24/2/10

Sueños y escombros


[Imagen de United Nations Development Programme en flickr.com]

Cuando por fin logra quedarse dormida, Jackie sueña con la oscuridad. Se ve a sí misma, como mirando una pantalla de cine, en medio de un gran espacio vacío, negro, sin ningún lugar a dónde ir. Sólo su cuerpo, como si tuviese luz propia, puede verse entre la nada, pero no es una luz que ilumine: el resplandor no logra atravesar más allá de su piel. En este espacio vacío, no tiene sentido moverse, porque ningún paso lleva a ningún lado, todo es inútil, se ha perdido para siempre, la esperanza, el futuro, aquí no hay días mejores, ni peores, simplemente no hay nada, no hay gente, no hay aire, no hay vida.

No es que haya una gran diferencia entre las ilusiones oníricas de Jackie y la realidad que la recibe, con cara de pocos amigos, cuando despierta sobresaltada y sus sobrinos, unos delincuentes de dieciséis años, le lanzan con rudeza un par de sshh, hay gente aquí intentando descansar. Jackie, empapada de sudor, decide levantarse y estirar las piernas. Por las ventanas cubiertas con cortinas polvorientas apenas se filtra un poco de esa luz de media tarde que todo lo vuelve más melancólico, casi triste. Afuera la vida sigue para aquellos afortunados que tienen empleo. Acá, en las casas de la periferia, hechas de grandes y frágiles ladrillos grises, con varillas saliendo por todos lados, no hay otra manera de engañar el hambre, además de las drogas, que dormir. Pero los dioses del descanso ni siquiera ese gusto le dan a la pobre de Jackie. Atravesando con cuidado el cuarto, para no pisar a los familiares y amigos que se refugian en esta casa, por ser, según dicen, más fresca que otras, llega hasta la cocina y trata de servirse un vaso de agua, pero abre la llave y lo único que sale es el ruido que hace el aire al subir por las tuberías sofocadas. Sigue sin haber agua. Ahora tendrá que volver a cruzar la casa entera para ir con la vecina, y se dispone a ello cuando, sin más, se abre la tierra y les cae la casa encima.

Por un breve instante, Jackie pensó que había sido otro sueño. Que en realidad no había despertado, hasta ahora, envuelta otra vez en un manto de tiniebla absoluta. Pero pronto llegó el dolor. Sintió la cabeza caliente, las piernas destrozadas, y el peso del techo haciendo presión sobre su espalda. Trató de levantarse, pero estaba totalmente inmovilizada por los escombros. Se ha vuelto realidad, piensa, al ver que, como siempre, la realidad es mucho más cruel, mucho más espantosa y terrible que el más siniestro de los sueños. No consigue ver nada, por más que abre los ojos. Sus oídos no logran captar sonido alguno, sólo un zumbido agudo, interminable, como si le hubiera estallado una bomba en la cara. A sus pulmones casi no llega aire, las piedras que la aplastan no le permiten expandir el pecho.

Quiere gritar, pedir auxilio, alguien, quien sea, que me ayude. Si he de morir, que no sea de esta manera, implora Jackie, no se sabe a quién. Pero no cree poder resistir mucho. Ni siquiera le queda claro qué ha pasado. Llama con el pensamiento a Alex, a Piró, a Manuel, a quien sea, que vengan, seguro a ellos no les cayó el techo encima, seguro ellos están a salvo, y no tardarán en sacarme. Qué importa ya. Aunque la sacaran, qué haría después. Ni casa le ha quedado, que era lo único que tenía. Así pues, mejor la resignación. El fin, la extinción de la llama vital, que venga y me tome sin remordimientos, Jackie implora, que se acabe, por favor, que se acabe, le parece que ha sido una eternidad, por qué su cuerpo se resiste a lo inevitable, por qué desear algo imposible.

Un hombre que pasaba por allí levantaba desesperado pedazos de piedra y loza, intentando guiarse por el instinto más que por los gritos, los llantos y los lamentos, que a partir de ahora y por muchos días más, serían todo lo que viajaría por el cielo de Puerto Príncipe. Tiene suerte de haber salido ileso, iba caminando por la calle cuando de pronto la tierra decidió echar abajo todo el vecindario de una sola sacudida. A su alrededor, fuego, caras ensangrentadas, polvo, desesperación. Levanta un gran bloque de ladrillos, con mucho esfuerzo, y debajo ve la cabeza de una mujer. Una pesada loza le aplasta las piernas, y entonces es él quien comienza a gritar, Ayuda, que alguien me ayude, hay una mujer aquí. Otro hombre acude al llamado, entre los dos, después de varios intentos, logran liberar a la mujer.

Jackie no abre los ojos, pero siente cómo su pecho se infla otra vez de aire, cómo el alma le regresa al cuerpo, y con ella, el dolor expandiéndose sin tregua ni compasión por todos sus huesos. Un hombre la lleva en brazos, a algún lugar, a dónde sea, no tiene importancia. Susurra algo, pero el hombre, ese gran héroe, ese salvador desinteresado, no entiende lo que dice. Cálmese, ya está a salvo, le dice, queriendo tranquilizarla. Acerca el oído a los labios de Jackie. Me hubieras dejado ahí, dice ella, mientras unas gruesas lágrimas resbalan, viscosas, abriéndose paso por el polvo del rostro. Me hubieras dejado ahí.

[FIN]

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Haiti Earthquake Aftermath Montage from Khalid Mohtaseb on Vimeo.

18/2/10

Ese hombre que va allí



Ese hombre que va allí tiene un nombre y un apellido, igual que todos aquellos que, en el transcurso del día, han circulado por esta calle tranquila y desierta de las afueras de la Gran Ciudad, con el que podría identificarse, detenerse, por ejemplo, frente a este perro, y decirle, Me llamo fulano de tal, ese es mi nombre, cuál es el tuyo. No lo hace, porque sabe que no serviría de nada. En este lugar, en este tiempo, bajo estas circunstancias, que se han mantenido imperturbables desde que su ser se introdujo en el mundo, y que no cambiarán de aquí a que lo abandone, que no falta mucho, su nombre no vale para un carajo. Igual que su persona.

Ese hombre que va allí tiene una especial debilidad por las sustancias alucinógenas. O al menos, al principio le gustaban. Todavía hace tres días se conformaba con alcohol puro y simple, de ese que venden en las farmacias. Hoy lo extraña, aunque por dentro le quemaba las tripas, no había, nunca hubo, punto de comparación con la gloriosa mariguana, su eterna favorita, de la que ya no podía ni evocar su sabor, o con la elegante cocaína que llegó a probar dos o tres veces, mucho menos con la potente pero incómoda heroína, de cuando eran buenos tiempos en las calles. Hoy, sólo perros y frío. Pero antes, ah que tiempos eran antes. La memoria, sin embargo, ya no le alcanza más que para recordar el futuro inmediato: qué hacer ahora, a dónde ir, cómo encontrar en esta maldita ciudad un pedazo de comida que echarse a la pansa, un lugar donde pasar la noche para no morirse de frío. Hay un coche abandonado aquí cerca, sólo que no recuerda exactamente en qué calle, por estos rumbos, que no son suyos, y lo cierto es que ningunos lo son, y a estas horas, todas las casas parecen iguales, unas al lado de las otras, apretujándose para aliviarse de la helada lluvia que cae como cristales puntiagudos sobre la cabeza del hombre, sobre las calles, sobre los techos, sobre los autos estacionados. La diferencia es que el hombre ya no las siente, y los demás nunca lo hicieron.

Van unos perros, siete u ocho, rodeando a ese hombre que va allí, pero él no es su dueño, sino al revés, y no son ellos quienes siguen al hombre, sino al revés. Gracias a ellos ha logrado sobrevivir, no sólo los últimos tres días, también el resto de sus días en la calle. Cualquiera con la suficiente, no digamos consideración, basta curiosidad, se preguntaría que cómo, que por qué este hombre, que en otros tiempos tuvo un trabajo, ni bueno ni malo, era sólo eso, un trabajo, una familia como cualquier otra, y algunos amigos efímeros, o fugaces, si se prefiere, ahora vaga por los ríos de cemento sin rumbo ni meta, sin esperanzas, como nada más que una sombra que se va apagando con el frío. Pero haría falta, ahora sí, algo más que pura curiosidad para acercarse y preguntarle, Oiga, qué hace usted aquí, pero sobre todo, para obtener una respuesta. Y es que ese hombre que va allí ha decidido no hablar con nadie sobre su pasado, y esa ha sido la única forma de acabar con él. No se dio cuenta que, a pesar de lo que dicen, un hombre sin pasado es un hombre sin futuro, y un hombre que sólo es presente, no es nada.

Ya no falta mucho para que ese hombre que va allí se rinda de una buena vez, se de cuenta de que es una inconsciencia, una verdadera desconsideración hacia los perros, quienes, desesperados, tratan de hallar un refugio que les sirva a todos, sin éxito. Uno encontró un huequito entre las raíces de un raquítico árbol, pero no tuvo corazón para dejar a los otros a la intemperie, desamparados, más al hombre, y decidió correr para alcanzarlos, Qué haría este pobre sin mí, sin nosotros. Aquí las casas son fortalezas inexpugnables, donde la gente protege con todas sus fuerzas y humores las delicadas posesiones que han acumulado, cual despiadados capitalistas ambiciosos, a lo largo de sus años, y si ese hombre que va allí tocara a cualquiera de esas puertas, o a todas, y dijera que por favor, que me dejen quedar aquí, sólo una noche, aunque sea en el patio, a mí y a mis perros, porque si no siento que me voy a morir, no recibiría más que el silencio desde adentro, si alguna luz estaba prendida, se apagaría, si algún sonido indiscreto se escapaba, sería reprimido, al menos hasta que ese viejo vago se vaya, que lo que menos queremos aquí es que nos robe un drogadicto, ya tenemos suficiente con los hijos, los sobrinos o los nietos, en sus versiones masculinas y femeninas, que no se diga que en este barrio no hay equidad de género e igualdad de oportunidades.

Se le ha congelado la garganta. Ya era hora. Esos harapos pestilentes y roídos, podridos de tanta mugre, de tanto sol y de tanta tristeza, nunca cumplieron ni su más mínimo cometido, que es proteger de la intemperie la piel desnuda, callosa y sucia, de ese hombre que va allí. El aire ya no consigue atravesar todo el camino hacia los pulmones, lo cual sólo significa una cosa: el olvido y la soledad, ayudados por el frío abrasador, han cumplido su cometido. Con todo, decide no tirarse en medio de la calle, no vaya a ser que lo atropellen, faltaba más, se arrastra como puede hasta la banqueta, hasta el toldo de un local, casi en la esquina, buscando todavía un refugio, aunque fuese breve, de la lluvia, debajo de un potente farol que alumbra la noche y que, con cierta carga de cruel ironía, y otro tanto de sublime metáfora, cuando el hombre al fin se rinde ante el desfallecimiento y el dolor incontenible e irremediable, decide privarnos para siempre jamás de su luz áspera y sucia, mientras adentro, un muchacho joven susurra en un oído, Al fin se apagó la lámpara, ahora podré dormir tranquilo.

Los perros le lamen la cara. Olfatean inquietos, intentando percibir el cálido y pestilente aliento al que ya se habían acostumbrado, sin éxito. No queda nada, excepto un cuerpo maloliente que se había comenzado a pudrir estando todavía vivo. Y sin ceremonia alguna, sin un lamento de dolor o de incertidumbre, sin un aullido solitario antes del amanecer que haga eco entre los demás caninos que descansan, complacidos, entre colchas confortables o al menos debajo de un techo sólido, se dispersan y se pierden entre los rincones de la oscuridad, uno por aquí, otro por allá, totalmente en silencio, para no llamar la atención, esperando no encontrarse nunca más.

[Fin]

24/12/09

Señora Clós



Lo que hay que saber de los duendes, y sobre todo de los que están en el poder, es que son idénticos a los humanos. A los adultos, porque los niños, según lo que tiene entendido la señora Clós, son otra cosa muy diferente. O si no, para qué su marido se rompe el lomo durante todo el año con negociaciones para patrocinios, donaciones y acuerdos con los malditos duendes, seres egoístas y envidiosos que sólo saben ver por ellos mismos. El líder del sindicato conoce a su marido desde hace una eternidad, por eso sonríe cuando la mira, con malicia, mientras sostiene una copa de vino en la mano derecha. Le dice a la señora Clós, Algo de tomar, querida señora, pero ella no contesta, permanece con los ojos fijos en la ventana, desde donde sólo puede verse nieve y oscuridad, tratando de aguantarse las ganas de arrancarse los ojos con las manos. Contrario a lo que pudiera pensarse, dada su apariencia de dulce viejecita, con gafas redondas y doradas enmarcando su suave rostro, sus cabellos plateados, sus mejillas sonrojadas, y sus vestidos de frescos colores invernales, la señora Clós, cuando se le provoca, puede resultar una verdadera fiera. El líder de los duendes ya tendrá ocasión de comprobarlo, pero por el momento, ni siquiera lo sospecha, está disfrutando su triunfo, la sensación de tener al señor Clós en la palma de la mano, esperando a su mujer afuera de la habitación para consolarla, después de todo, él es el respondable de que todo esto esté pasando, no haber previsto la crisis mundial, ahora en recuperación, pero no para el Polo Norte, ese está jodido desde hace mucho tiempo, ahora ha llegado al extremo. El duende imagina la cara del anciano, calvo y triste, es lo que saca por no tener otro medio de existencia, se levanta de la silla, es alto, fornido, muy bien parecido, podría pasar por uno de esos actores de hollywood que tanto veneran los humanos, pero lo delatan sus orejas puntiagudas.

No, la señora Clós, aunque es dulce y tierna, no le atrae físicamente, porque es una vieja estéril y maloliente. Lo hace sólo para poner a su marido en su lugar, para que no vuelva a llevarse todo el crédito de algo que no ha hecho solo y permanecer con la conciencia tranquila. Él también quiere resaltar, ser adorado por los niños, sentarse en un trineo días antes de navidad a escuchar a los deseos de los niños y sus ilusiones, a tomarse fotografías y hacer publicidad para tiendas, a que las personas decoren sus casas con su figura de fieltro sacada de una revista de manualidades. Guardándose el asco, se acerca a la señora Clós, le rodea los hombros y le acerca la lengua, viscosa, a la oreja. Ella no se mueve, pero aprieta los puños. Sabe que si intenta resistirse, se acabó todo, no más magia, no más regalos, no más esperanza en las caras de los niños, los duendes se irán a huelga, destrozarán la fábrica y desaparecerán, quizá hagan trato con el conejo de pascua, o con los reyes magos, o con alguna televisora internacional, y los abandonen en el olvido y la soledad para siempre, porque sin ellos no son nada. El duende se acerca a su cuello, y la señora Clós no puede contener el impulso de levantarse de un salto, aterrada y llena de náuseas. Se acerca al tocador y se percata del resplandor luminoso de una navaja de afeitar, descansado entre las esencias y los aceites que los duendes usan para verse como humanos. Sin pensarlo dos veces, la toma y cuando ve por el espejo que el duende se acerca por detrás para empezar en serio con su labor de seducción forzada, se da una ágil vuelta y le corta el cuello de tajo. El duende se desangra irremediablemente, cae al suelo y empieza a terminar de morir, lanzando a la señora Clós una mirada que dice, sin duda, Te arrepentirás, los niños lo pagarán. Adivinando sus pensamientos, la dulce señora le dice, No me vengas con estupideces, a mi los niños me importan un carajo, le da una patada furioso en los genitales y sale de la habitación con la cabeza más en alto que nunca en toda su vida.

[FIN]

12/12/09

Yo no quería venir



Cuéntenos todo lo que recuerde, señora, le dice el policía, ya en la comisaría, cuando la mujer hace una pausa en su largo llanto para respirar, se enjuga las lágrimas con el dorso, se sacude la cabeza, y sólo atina a decir, Es que yo no quería venir, señor. Pero no se puede con mi suegra. Si no es como ella dice, está mal hecho, desde el caldo de gallina hasta el doblado de los calzones, y mi marido, ese inservible, hace lo que sea para complacerla. Y cuando nos dijo el doctor que ya no se podía hacer nada por mi niña, pues yo dije, Ya, ¿verdad señor? Ni modo, qué hacer, y me resigné, y estaba muy en paz, la cuidaba, ya sabe, trataba de hacer que estuviera bien, los días que le quedaran, digo, para qué hacerla sufrir más, para qué hacerme sufrir más, si apenas puedo con esta vida ingrata que hasta ahora no me ha dado más que penares. Y le dije a mi marido, Ya, déjalo, mira, cuando menos lo esperes, nuestra niña se nos va a ir y tú por andar buscando un milagro no vas a poder disfrutar el tiempo que nos queda, pero él no entendía, pero era por mi suegra, vieja desgraciada, ella tiene la culpa, señor. Bueno, ella y la virgencita.

Es que yo nunca creí, la verdad. Cómo decirle… Era como pensar que existe la magia, pues. Que con ir de rodillas y cantar y rezar se le desaparecen los problemas a uno. Y pues son más las veces que no pasa nada, ¿me entiende? Son más las veces en que no importa lo que uno haga, la vida dispone, y nada, pues qué, uno se aguanta, señor. Mi suegra no puede caminar ya, pero le dijo a mi marido que nos trajera, y le dio dinero, y mi marido, inútil como siempre, obedeció, aunque yo le dije que no quería venir, que para qué. Pero tampoco lo iba a dejar que se trajera a mi hija así como así, no señor, pues tuve que venir, aunque no quería. Viajamos tres días, mi niña estaba ya medio muerta, y a menos que la virgencita nos la fuera a revivir, yo estaba piense y piense que este méndigo viaje más había fregado a mi niña que lo que le había ayudado. Ya en la noche, cuando llegamos al atrio, yo me quedé con mi niña cerca de la puerta, muerta de miedo, no sabía que hubiera tanta gente en el mundo, y que se quisieran juntar tanto, cuando otras veces nomás puras caras chuecas, puras mentiras, puras hipocresías. Me senté al lado de mi niña, le di agua, la pobre, hubiera visto su carita, estaba muy cansada, le dije Ya, ya casi nos vamos, y ella me veía con esos ojos que me echó la vez que la recogimos del hospital, después del accidente, como pidiéndome algo, Mamá, por favor, eso quería decir esa mirada, y qué le decía yo, señor, nada más me quedé ahí, recargada en la silla de ruedas, acariciándole las piernitas, tratando de consolarla.

Mi marido, el muy cabrón, quién sabe dónde se había metido, y cuando yo empecé a escuchar las murmuraciones me asusté, primero pensé que algo le había pasado, luego escuché bien, decía la gente, La virgencita está llorando, Dicen que es sangre, Milagro, milagro, y yo me asomé para dentro, a ver si veía al inútil ese, pero no, desde donde estaba alcanzaba a ver a mi niña, pero luego todo pasó tan rápido, no supe qué hacer, señor, no supe… La señora vuelve a quebrarse. El oficial le pasa otro pañuelo y una galleta. Cálmese, señora, cálmese, le dice, pero lo cierto es que le da mucha lástima. La mujer, sucia y maloliente, está desconsolada. No tiene corazón para hacerla seguir contando su relato, ya todos sabemos en qué acabó. Pero, por otro lado, cree que le hará bien a la mujer desahogarse. Que diga lo que tenga que decir. Si quiere le paramos, le dice, y la mujer suspira con fuerza, hace señas con la mano, No, no, ya me calmo, toma otra vez aire y continúa hablando.

Ahí estaba mi niña, a unos poquitos pasos, pero las murmuraciones fueron más veloces, de pronto toda la gente que estaba en el atrio se abalanzó hacia las puertas, corrían eufóricos, gritaban, se jalaban los cabellos y lloraban, Milagro, milagro, Alabado sea el señor, y no sé qué más, y mi niña, todavía alcancé a ver su carita espantada antes que alguien me tumbara, me ayudaron a levantar pero por más que yo les gritaba Mi hija, mi hija, nadie me hacía caso, la gente histérica trataba de entrar a la basílica y yo quería ir para afuera, pero no pude, no pude con la gente… Parece que empieza a llorar de nuevo, pero se detiene antes. Ya cuando todos estaban que no se podían mover, les empecé a dar de codazos y a pisarlos, y me decían de cosas pero no me importaba. Ya no estaba donde la había dejado. Empecé a gritar como loca mientras todos rezaban y lloraban por el milagro, pero nadie se preocupó por mi niña. Ya después cuando llegaron los otros oficiales encontramos la silla por allá, bien lejos, y pues hasta en la mañana cuando se despejó la gente dimos con su cuerpecito, todo quebrado, todo molido, la pobre… Yo no quería venir… Yo no quería venir…

Rompió en llanto de nuevo y esta vez el oficial decidió parar el interrogatorio. Cuando se llevaron a la mujer, terminó de llenar el expediente y, tras el punto final, pensó, Que hijos de puta. Luego se arrepintió en su mente, no fuera pensar la virgencita que ella también. Luego pensó otra vez, en todos los reportes de personas aplastadas y tragedias parecidas que faltaban por llenar… y cómo se le ocurre llorar sangre con tanta gente junta… Que insensatez, de veras. Seguía otra mujer, con el brazo roto, que tenía a su mamá desaparecida… Se asomó a la puerta y le dijo a la secretaria, Échame a la que sigue, Lupe, y dejó la puerta abierta.

[FIN]

8/12/09

Si Teo llega



Cuando el tiempo se acaba, sea cual sea la razón, el silencio empieza a caer sobre nosotros más denso, más pesado, más oscuro. Lidia mira de reojo la ventana entreabierta, esperando lo peor: que la puerta que da a la calle se abra. Entonces sabrá que es Teo, y que tardará menos de un minuto en subir al primer piso del edificio Nochebuena, el más famoso de la unidad por estas fechas, únicas en las que toma algo de sentido su nombre. Teo llegará a la puerta, quizá borracho, pues si llega a esta hora, es porque se ha quedado tomando, hará un escándalo con las llaves pero se le caerán y pateará la puerta gritando, Lidia, ábreme, chingado. Mejor no pensar en eso, pero la bebé está tan callada, murmurando sus pensamientos en una lengua que sólo ella conoce porque ella la inventó, mirando las estrellas que cuelgan del móvil de su cuna, maravillada, nunca había visto una cosa así, eso es lo bueno de recién nacer, que todo en el mundo, por ser nuevo, es también lindo.

El sartén está caliente, la carne, salada, las papas, peladas, las cervezas en el congelador, Lidia revisa que ya estén bien frías, los tarros, carajo, se le olvidaron los tarros, sólo hay uno dentro, y si trae a sus amigos, y si viene su compadre, no, no, se da la vuelta bruscamente, su brazo choca con la estufa, derriba el sartén y el aceite cae sobre su pierna, ella grita, pero entonces, al retroceder, el plato con la carne cae al suelo, quebrándose con un terrible escándalo en miles de pedazos que huyen, despavoridos, por el piso recién trapeado. Lidia intenta no moverse, no hacer más ruido, la bebé empieza a inquietarse, y para qué quiere, ya tiene suficiente, fácil se ha retrasado otra media hora, y si Teo llega, está perdida, no hay más qué hacer, mejor irse preparando para lo inevitable.

Sale de la cocina y va al cuarto de limpieza por una escoba y una jerga para levantar el desastre. Sin darse cuenta, unas lágrimas le empiezan a escurrir, será mejor pararlas, porque si Teo llega y, encima de todo, la descubre llorando, se lo tendrá bien merecido. Ya me decía mi madre, piensa, No soy una buena esposa. Se lo dijo apenas el mes anterior, cuando le preguntó a Teo dónde había estado y tuvo que salir huyendo, espantado por una lluvia de cuchillos que por poco caen sobre la niña, y al llegar a la puerta de su madre, dos cuadras calle arriba, al verla, le dijo, Ay m’ija, qué le hiciste a tu marido.

Diez minutos después el suelo de la cocina ya está otra vez brillante, y la carne en el aceite. Ha metido los demás tarros en el refrigerador y puso el congelador en el número 9, que se supone es más frío. La niña se ha dormido, pero Teo no llega aún. Lidia no cree en dios, pero a veces le gustaría creer: así podría rezar, Por favor, señor, que no venga borracho. Pero no cree, y nadie puede asegurarle que la tarde se convertirá en noche sin ningún contratiempo. Otra vez, sorprende a sus ojos llorando, cuando descubre su rostro en la puerta de espejo del microondas, rodeados por enormes moretones que, junto con el labio roto, le recuerdan lo mucho que debe esforzarse para ser una buena esposa.

[FIN]

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