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1/12/07

El milagrero



Hay una multitud tan grande en la puerta de la casa, que el taxi se niega a dar vuelta en la esquina, y se ve obligado a caminar. Román se enfurece, ya los había corrido a todos el día anterior, los había amenazado con llamar a la policía, lo cual no funcionó, hasta que les dijo que le prendería fuego a la casa, y entonces sí, ni su fe pudo tanto, y salieron todos corriendo, espantados. Pero ahora... No iba a soportarlo más. Al diablo con la casa y los millones que le darían al venderla, al diablo con la memoria de su tío Monse que se la había heredado, al diablo con todos y con todo, ya estaba harto. Se abrió paso entre la gente, empujando a los inválidos, insultando a los sordos, tropezando con los ciegos, A ver, cabrones, háganse a un lado, esto no es la Corte de los Milagros.

Llega por fin a la reja y descubre que ahora sí se han sobrepasado. Abierta de par en par, los creyentes hacen una larga e impaciente fila para llegar al cristo milagrero. La cadena que mantenía cerrada la reja, a salvo de los fanáticos, no aparece por ningún lado. De seguro fue esa vieja, Fulgencia, piensa Román, y vuelve a abrirse paso para saltar la enorme fila y llegar hasta la recámara donde reposa, en medio de un altar con toda clase de ofrendas, la santa imagen. Oiga, no se meta, haga cola, le dicen los pobres infelices, y Román responde, insultante, A la chingada, esta es mi casa, y les saca el dedo. Había sido muy paciente con todos al principio. Incluso, cuando creyó que aquello podía ser negocio, puso una canastita con un letrero que versaba, "Una limosnita para el santo milagrero", pero nada, estos pobretones qué iban a tener, si estaban igual o más jodidos que él mismo, con lo que sacaba de la canastita no le alcanzaba ni para pagarse el desayuno del día siguiente. Entonces no venía tanta gente. Estaba seguro que Fulgencia había hecho propaganda por medio mundo, hasta conseguir reunir a esa multitud para que la policía no pudiera llevárselos a todos. Maldita mujer, pensó, es un demonio.

Lo sabía bien, nadie sino él tenía la culpa de aquello. Por mostrarse tan condescendiente cuando llegó, por dejar que pasaran en grupito a ponerle una velita que él mismo apagaba y tiraba a la basura en cuanto se iban. Luego volvían y preguntaban por la vela, y Román, en tono burlesco, les decía que a lo mejor dios se la subió al cielo, y las mujeres, Fulgencia siempre entre ellas, se persignaban y se hincaban a rezar y a darse golpes de pecho, mientras Román se divertía. Hasta entonces todo iba bien. El problema empezó cuando trajeron a un niño que nunca había podido caminar. Los papás lo dejaron frente al altar, rezaron unas dos o tres horas, y de pronto el niño tuvo unos ataques horrorosos, se convulsionaba por todo el suelo de la habitación, los ojos blancos, Fulgencia seguía rezando, todos los demás no podían hablar de la impresión, hasta que, justo cuando la mujer terminó el rezo, el niño se calmó, y como por arte de magia, se levantó del suelo y se colgó del cuello de su madre, espantado. Desde entonces desfilaron por su casa todo tipo de enfermos y discapacitados, para pedir por su salvación ante el enorme cristo que su tío muerto había dejado en la recámara más grande de la casa, y que desde siempre, según Fulgencia, había hecho milagros.

Entra en la habitación casi pisando a los allí reunidos. A los pies ensangrentados del cristo, Román descubre el velo negro y roído de Fulgencia, arrodillada, pidiendo por los pecados de todos con una devoción exagerada. A la mitad del camino Román ya no consigue avanzar. Le grita desde allí a la mujer, pero ella, absorta en su trance místico, no escucha más que el rumor permanente de los rezos. Les grita, Largo de mi casa, fuera todos, pero nadie hace caso. Hay unos cinco o seis tipos que se retuercen todos, babeando y con las manos en alto. Román siente un poco de miedo, pero ya, no hay otra solución. Ha intentado todo, y nada parece detener lo locura que produce el cristo milagrero. Una vez se lo llevó en su coche al basurero, le dio una fuerte suma a un pepenador para que lo resguardara, y cuando regresó a su casa, el cristo, desafiante, otra vez estaba clavado en la pared, a la espera de sus fieles, burlándose de Román. En otra ocasión intento destruirlo con un hacha, pero fue el filo del arma lo que se despostilló, mientras la figura no lucía un solo rayón.

Se acercó a una mesa lo más que pudo. Tomó una vela, y le prendió fuego a una cortina. Apenas se empezó a expandir el humo, el caos fue total en la recámara y todos comenzaron a salir atropellándose y gritando, pero Román, furioso, no iba a tener conmisceraciones con nadie. La muchedumbre se dispersó un poco, unos cuantos aún permanecían rezando, quién sabe si no se habrían dado cuenta del fuego o si estaban pidiendo que el cristo lo apagara con su infinito poder, a Román no le importa y va y prende otra cortina. Las paredes de madera vieja hacen que las llamas se expandan con rapidez, espantando al fin a los que permanecían detrás de la puerta de la recámara, esperando un nuevo milagro. Fulgencia, inmóvil hasta ese momento, tuvo un ataque de tos, y sin poder resistir más, se levantó y trató de irse, pero Román la detuvo en la puerta. Cómo quitaste la cadena, le preguntó. Y ella, desafiante, contestó, Rezándole al cristo. Él soltó una carcajada y Fulgencia aprovechó para huir. El humo empezaba a hacerse denso, así que Román, vela en mano, salió de la recámara y en su recorrido hacia el patio, iba incendiando todo lo que encontraba a su paso.

Cuando los bomberos terminaron su labor, y antes que la policía se llevara a Román, la casa del difunto don Monse, convertida en frágiles palitos negros, se derrumbó con limpieza, desvaneciéndose hasta llegar al suelo. El polvo y las cenizas se iban dispersando poco a poco, y mientras, una figura, un sobreviviente, se dibujaba en medio de las sombras, de pie, con su altura imponente y los brazos abiertos. El cristo, inmortal, sufría ahí, ni un tallón tenía siquiera, ni una mancha más de sangre, y por obra del santísimo se mantenía de pie, diciéndoles a sus fieles, Mírenme, aquí estoy. Román comenzó a reir, más por la desesperación y por la locura que le había provocado aquella figura durante su estancia en la casa de su tío que por otra cosa. Debe ser una broma, pensó, y le rogó al policía que se lo llevara, no quería estar ahí un momento más.

Y mientras lo montaban a la patrulla, echó un último vistazo, derrotado, y miró a los fieles, rodeando poco a poco, temerosos de tanto poder, al cristo que había soportado el fuego y el humo, pero otros, concientes de que aquello era imposible, se marchaban con discreción, pensando que, de seguro, aquello era obra del diablo.

(FIN)

21/11/07

La virgen



Tal vez es tiempo de decirle la verdad a su marido. Las palabras son secillísimas, sólo hay que pronunciar Ya, no esperes más, no voy a sangrar porque estoy embarazada. Sabe de antemano lo que pensará, las tonterías que se imaginará, que esta niña que desposó es una cualquiera, una perdida, quizá la acuse de adulterio como muchos maridos y la condenen a morir apedreada, pero ella no está segura, si el milagro sucedió antes de casarse, entonces no es adulterio... Pero es absurdo lo que piensa. Dios mismo impediría que la madre de su hijo muriera por una bobada. Él tendría que aceptarlo, tendría que creerle, por obra y gracia del Señor.

Se limitaba a observarla atento, impaciente, marcando los días y midiendo los cambios en ella, muriendo por la desesperación de no saber qué pensar, qué hacer. La había elegido porque le parecía hermosa, tierna, con un aire todavía infantil irresistible. También había creído que era ingenua, apacible, y muy sumisa, como debía ser una buena esposa. Y todo parecía indicarle que estaba en lo correcto. María no hablaba de nada, con nadie, no salía de casa más que para lo indispensable, sus guisos se iban perfeccionando con el paso de los días, y en las labores domésticas no era muy buena, pero él sabía que debía ser la edad, y lo que valía era el esfuerzo que hacía. La notaba temblar cada vez que se le acercaba como hombre, por eso se había contenido, y sin embargo, le angustiaba que ya llevaran casi un mes de casados y ella todavía no sangrara. Estaba decidido a no pensar lo peor, a pedir una explicación coherente y racional, pero le era difícil aceptar que se había casado con una mujer cuya pureza había sido trastocada.

Un día, cuando José notó que el vientre de María se había hinchado un poco, él le preguntó por fin si no había algo que quisiera decirle. Sí, hay algo, le respondió ella, contenta de que le hubiese hecho esa pregunta, y nerviosa por no saber cómo darle una respuesta. Qué es, volvió a preguntar él, y ella, dando un hondo suspiro, dejó que las palabras fluyeran: Un ángel me anunció que sería la madre del hijo de Dios. José, estupefacto, la miró incrédulo y le ordenó que repitiera lo que había dicho. Ella repitió lo mismo, palabra por palabra, y cuando terminó, vio a José levantarse de la silla que había construído el día anterior, y agarrándose la cabeza para pensar mejor, se estuvo paseando por la cocina, como fiera en su jaula. María notó que se estaba enfureciendo, por eso continuó, y le contó cómo había visto al ángel, quien durante algunos días se le había aparecido aquí y allá, le había juntado la canasta del mercado una vez, y se lo había encontrado en el pozo de agua, a las afueras del pueblo, y allí le había hablado de su misión. Omitió, por supuesto, la parte del ritual, cuando el ángel le ordenó desnudarse y ella aceptó, no le contó sobre la espada del ángel, que le salía de entre las piernas y era larga, dura y roja, ni le dijo cómo el ángel había introducido su espada en ella, lento, con cuidado, hasta hacerla llegar a ese éxtasis glorioso del que cuentan en sus relatos los profetas de otros tiempos.

Imploró José a María, llorando ya, y mucho más tranquilo, que le dijera la verdad. Que no la acusaría, que la quería demasiado, que no iba a permitir que nadie le pusiera un dedo encima, pero que no blasfemara de esa manera, porque Dios los castigaría. Ella, sin ninguna duda, le aseguró que todo era verdad. José, con todo el dolor de su corazón, le tuvo que ordenar que se levantara el faldón de la túnica y abriera las piernas. Sólo había una manera de comprobar aquello. María obedeció, temerosa, apenada, y José se agachó. Constató que el himen de María seguía intacto, inmaculado, lloró más, pero esta vez de alegría al sentirse parte de una misión de Dios, abrazó a María y la besó, y le prometió cuidarla el resto de sus días. María, de frente a la ventana, vio cómo el rostro del ángel se asomaba, y luego se iba, desapareciendo entre el polvo de la calle. Pero no dijo nada.

El ángel se iría de aquel pueblo. Había resultado divertido lo que había pasado allí, no podía medir las consecuencias futuras de aquello, pero le daba lo mismo. La verdad es que todo había resultado así porque el himen de María era en extremo flexible, y porque él mismo había tenido mucho cuidado al penetrarla para no romperlo. De tan sólo acordarse, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, sintió en sus manos otra vez la piel suave y tersa, el olor a niña de María, sus piernas firmes, sus nalgas redondas, su vagina apretada y húmeda... Pero lo que más le había excitado era su ingenuidad. Que cada palabra que le dijo, la creyó. Que ni siquiera sospechó sobre un engaño, que ella de verdad creía que sería la madre de un hijo de Dios, y no del hijo de un desconocido, un tipo vago, sin lugar de procedencia ni destino, que iba de pueblo en pueblo, haciéndoles creer a las niñitas vírgenes, que tenían una misión. Y todavía, cuando María se retiraba del lugar, ya recuperada del orgasmo, le preguntó, Cómo lo llamo, y él respondió, No sé, qué tal Jesús.

(FIN)

13/2/06

Eva y Adán(es) (Segunda Parte)

Eva y Adán(es)

3.
Si había algo que Dios no podía tolerar, era la desdicha de su hija consentida, y esa desdicha era provocada, sin duda alguna, por la soledad, por el abandono, por la traición de Adán. Eva lloraba desconsolada, día y noche, noche y día, mientras se negaba a aceptar que Adán no volvería.
–Lo siento, hermosa… Fui muy claro: Si sales del Edén, no puedes regresar.
–¿Y por qué pusiste ese maldito árbol ahí?
–Ustedes no son mis esclavos. Son libres de marcharse, si así lo desean.

Eva estaba sumergida en un profundo sueño, después de haber derramado litros de lágrimas, cuando Dios se acercó en silencio y le arrancó un pelo. Si lo que quería era a Adán de vuelta, le daría el gusto. No la comprendía, pero era tarde para cambiarla.
Hizo una réplica idéntica de Adán, pero, para librarse de la esencia corrompida que tenía, le agregó el cabello de Eva. “Ahora ambos tendrán mi esencia… Así nada saldrá mal”. La figura cobró vida y, hasta Él se sorprendió, era idéntico a Adán. Le dio una breve explicación de quién era y dónde estaba, Tú eres Adán, has vuelto de un largo viaje, amas con todo tu corazón a Eva y jamás la abandonarías. Luego le ordenó que fuera a acostarse a su lado, para que, al despertar, ella lo viera.
Por la mañana, mientras yacía en su magnífico trono con su ejército de ángeles arrullándolo con una dulce melodía, Dios escuchó las risas entusiastas de Eva, gritando por todo el Valle que Adán había vuelto. Pronto la vio acercándose, todavía con lágrimas en los ojos, pero esta vez por la inmensa felicidad que la invadía. Gracias, gracias, gracias, le decía a Dios, Gracias por haberlo dejado volver…
–No me agradezcas. Lo hice por ti…

(...)

El agua se agitó a su alrededor, como si un inmenso volcán hubiese hecho erupción. Eva y Adán, asustados, miraron la tierra y los árboles temblando con violencia, y se preguntaron que estaría pasando. Se encontraban en un estanque del lado sur del Jardín, cerca de la reja que era la Entrada al Edén, retozando como niños en alberca. Ambos salieron del agua y avanzaron poco a poco hacia la Entrada, cuando de repente Eva escuchó algo que le erizó la piel.
–¡EVAAAAAA…!
Esa voz la conocía. Era la misma voz que le había hablado durante toda su vida, sólo que esta vez con un tono de desesperación muy marcado. Eva se adelantó a Adán, confundida, y corrió hasta la puerta.
Al otro lado de la reja de oro macizo, Adán, de rodillas en el suelo, ensangrentado, sucio, llorando, gritaba el nombre de su amada. “¡EVAAAAAA…!”, inclinado el cuerpo hacia atrás, vestido con una túnica marrón rasgada y manchada con sangre y lodo, parecía un loco pidiendo que, por favor, lo sacaran del manicomio o lo mataran de una vez. Por el lado de adentro, Dios extendía su brazo, rígido, y apuntaba con la palma abierta hacia Adán, como deteniéndole el paso.
–¡Ya te he dicho que no puedes volver! ¡Largo de aquí!
–¡EVAAAAAA…!
Eva llegó a la reja y trató de atravesar los barrotes, pero apenas les puso una mano encima y sintió que le quemaban la piel, por lo que dio un salto hacia atrás. Su expresión era de consternación absoluta, ¿qué estaba pasando? ¿Quién era él? ¿Cuál de los dos Adanes era el verdadero…? Pronto lo comprendió todo, miró a Dios, como si lo desafiara, y le gritó, ¡Déjalo entrar! Mas Dios, furioso, no le hizo caso, ni volteó a mirarla siquiera, seguía en la misma posición, torturando con aquella mano abierta las entrañas de Adán, quien ahora se retorcía en el suelo por el dolor que le abrasaba el vientre, Eva miró las palmas de las manos quemadas, como si se hubiese sostenido a la reja ardiente por mucho tiempo, y se llenó de ira. ¡DÉJALO ENTRAR! Pero Dios, una vez más, hizo oídos sordos. Sin pensarlo, Eva se abalanzó corriendo hacia su Creador y trató de derribar su gigantesca figura, pero no hizo más que atravesarlo, como si se hubiese lanzado contra la niebla.
Desesperada, miró la mano abierta de Dios, apuntando a Adán, luego a Adán retorciéndose en el suelo al otro lado de la reja, y percibió un fino haz de luz que viajaba entre ambos objetivos. Se incorporó y se dirigió hacia aquel hilillo de luz, y por un segundo creyó que moriría, su cuerpo comenzó a convulsionarse, sintió que vomitaba los intestinos, los párpados derritiéndole los ojos, los huesos deshaciéndose dentro de ella, las uñas creciendo en dirección contraria y clavándose en la piel… Al percatarse de lo que Eva había hecho, Dios detuvo el ataque al instante y, mirando con furia Adán, culpándolo a él, le gritó, Regresa con aquel que te fuiste, y sustituyó la reja de oro del Edén por una pared como la que rodeaba todo el Jardín, quedando la única entrada sellada para siempre.

4.
La vida en el Edén nunca más fue lo que era antes. El Adán sustituto se dio cuenta al fin de su verdadera naturaleza y se sintió perdido. Eva, en cambio, se sintió traicionada por Dios, engañada, y más abandonada que nunca. Ambos se escondían uno del otro por el Jardín, y de Dios. La tensión flotaba densa entre los árboles, y Dios intuía cómo terminaría todo aquello. “Jamás debí darles vida a esas figurillas”, pensaba.
Sin embargo, ambos Adanes seguían amando con locura a la pobre Eva. Aunque se escondía de ella y trataba de no ser visto, Adán, el sustituto, la vigilaba oculto entre los matorrales, deseando todavía aquellos muslos bien torneados, aquellos labios carnosos, aquella piel suave y cálida, atento a todos sus movimientos, a todas las lágrimas que derramaba, intentando escuchar su dulce voz en vano. El otro, el de afuera, vagaba por los límites del Edén, buscando en la pared el más mínimo agujero por el cual trepar, imaginando que al otro lado estaba Eva, esperándolo, anhelando su regreso.
El hombre de la túnica lo observaba desde lo alto del muro, hambriento, sediento, a punto de morir y arruinarlo todo. Aquella obstinación suya podía echarle abajo los planes. Así que decidió ayudarlo, sólo por esta vez.

Las estrellas invadían el firmamento como una colmena de insectos inmóviles y brillantes, mientras Eva intentaba dejar de llorar y quedarse dormida. No entendía cómo Dios podía condenarla a una vida de tristeza y sufrimiento, engañándola así y abandonando a Adán en el peligroso Mundo Vulgar. Entre los arbustos escuchó ruidos, pero no le sorprendió. Ya había visto en otras ocasiones al Adán falso, espiándola, y aunque en ocasiones había tratado de ahuyentarlo, siempre volvía. Pero esta vez los ruidos fueron acercándose más, y más, hasta que de las sombras, salió Adán. El que llevaba la túnica sucia.
Estaba flaco, sucio, herido. La expresión de sus ojos era distinta a la del que la había amado tantas veces en los gloriosos tiempos del Edén. Pero era él, y había vuelto. Una sonrisa sin precedentes se dibujó en el rostro, aún hermoso, aún joven, aunque ya un tanto demacrado por tantas lágrimas derramadas, de Eva, quien lo abrazó sujetándolo fuerte para que no volviera a dejarla, y lo besó con la pasión necesaria para que nunca la olvidara. Vamos, tenemos que salir de aquí, le dijo Adán, tomándola de la mano y comenzando a caminar, pero Eva, desconcertada, no dio un solo paso, De qué estás hablando, preguntó. Por un momento, un feliz y dichoso momento, Eva había creído que Dios había perdonado a Adán y le había permitido regresar al Edén. Pero la expresión en el rostro de su amado le decían algo muy diferente. Iban a escapar. Al comprenderlo todo, miró los ojos de Adán, y, decidida, lo siguió hacia el lado norte del muro, donde el manzano se erguía.

Se detuvieron al pie del árbol, Adán miró el rostro asustado de Eva, y le preguntó, Estás segura de que quieres hacerlo, Eva tragó saliva, y asintió despacio. Se disponían a subir cuando Eva sintió que alguien tomaba su otra mano. Era el Adán sustituto, quien respiraba agitado y parecía dispuesto a hacer lo que tuviese que hacer para detenerla. Adán sintió la resistencia de Eva, y al girarse y verse a sí mismo tal y como era antes, cuando vivía ahí y era feliz, recibió un fuerte impacto que lo desequilibró.
Ambos Adanes se miraron, uno con odio, otro con sorpresa, pero las intenciones de ambos eran más que claras. El sustituto se lanzó contra el original y le clavó ambas manos en el cuello, derribándolo al suelo y echándosele encima. La víctima trataba en vano de zafarse, pues lo había tomado desprevenido y había quedado en una posición incómoda. Eva observaba el forcejeo entre ambos y no sabía qué hacer. Ambos eran la misma imagen, aunque podía diferenciarlos porque uno llevaba una túnica hecha jirones y el otro iba desnudo, apoyar a uno era, al mismo tiempo, traicionarlo.
Adán al fin logró quitarse de encima a su agresor y le dio un duro puñetazo en la nariz. El otro retrocedió unos pasos, pero sin darle un segundo de descanso, volvió al ataque también con golpes que Adán trataba de cubrirse con los brazos. Intentó levantarse, y el sustituto lo agarró de una pierna y lo derribo, esta vez cayendo con el pecho en el suelo y golpeándose la frente con una roca. Se giró para mirar a su agresor, mareado por el golpe, y buscó entre su túnica con desesperación un objeto que, sin duda, le daría una marcada ventaja: una daga.
El otro Adán, nervioso ante el resplandor de aquella cosa que jamás había visto, le dio una patada en el brazo y la alejó de ellos. No encontró mucha resistencia cuando, con una calma arrogante, se sentaba sobre el abdomen de su oponente, abría y cerraba los dedos, y los colocaba una vez más en la garganta del que quería arrebatarle a su único amor. Amas con todo tu corazón a Eva y jamás la abandonarías, había escuchado aquellas palabras en su nacimiento y eran su único motivo de existencia. Apretó el cuello de su rival sintiendo ya un olor nuevo para él, un olor que le provocaba una extraña euforia. El olor de la muerte.
Apenas se debatía Adán cuando el aspirante a asesino sintió un terrible dolor en la espalda, algo frío atravesando su piel y luego algo caliente. De repente ya no podía respirar, ni apretar la garganta del intruso, ni parpadear, ni moverse. Una y otra vez sintió aquel calor insoportable en la espalda, acompañado por el llanto suave y discreto de Eva, quien empuñaba la daga sin saber muy bien lo que hacía, consciente de que, si la había enterrado una vez y había detenido al Adán sustituto, enterrarla más veces implicaría que desistiera.
El otro Adán se dejó caer encima del original, casi muerto, desangrándose por la espalda y con la daga todavía enterrada en un pulmón. Eva ayudó a Adán a levantarse y, aterrorizados por lo que acababa de pasar, no perdieron un segundo más y salieron del Edén a toda prisa.

Desde lo alto del muro, el hombre sonreía complacido. Miraba del lado de fuera del Edén a la pareja divina, huyendo de su Creador, internándose en el desierto para estar juntos por siempre, mientras que del otro lado, la creación más perfecta y noble de Dios se iba acercando a la muerte a un paso vertiginoso. Pero que su plan hubiera funcionado no era lo que más le alegraba, sino lo furioso que iba a ponerse Dios cuando encontrara el cadáver y descubriera de quién era la daga que estaba clavada en su espalda.

(FIN)

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[Primera parte]

8/2/06

Eva y Adán(es) (Primera Parte) (Corregido)

Eva y Adán(es)

Bue'h... Esta es la versión definitiva. Espero no haber sido demasiado pretencioso.

1.
“En el principio de los tiempos, Dios hizo el cielo, la tierra y todas las cosas. Pero en el Séptimo Día, aún tenía serias dudas sobre las figurillas de barro que descansaban, inertes, sobre la mesa de diseño. Miró el mundo que había creado, miró los hombres que había puesto en él y vio que eran imperfectos, que eran indignos de su gracia, pues le habían abandonado todos, se habían escapado del Jardín que les había construido y ahora se esparcían, como vulgares simios, por el mundo. Pero aquellos dos modelos de barro que había sobre la mesa eran perfectos. No tenían un solo defecto. Y viendo Dios que el Edén no lo podían disfrutar los ángeles por su naturaleza incorpórea, y sintiéndose herido y traicionado por la misma raza que había hecho a su imagen y semejanza, pero aún con una duda angustiosa clavada en el pecho, echó Su aliento divino sobre aquellas dos figuras, y éstas cobraron vida”.

2.
Eva y Adán, echados debajo a la sombra de un árbol alto que se levantaba justo en el centro del Valle, sobre una pequeña colina, abrazaban el cuerpo desnudo del otro, y acariciaban con suavidad las pieles tersas. Adán no recordaba el momento exacto en que aquello había comenzado, pero todos los días agradecía en secreto a Dios por permitirles disfrutar así de sus cuerpos. El goce del cuerpo conduce sin duda al goce del alma, y el Amor entre un hombre y una mujer es, sin duda, el camino directo hacía tu Señor, le dijo cuando, un día, asustado, había huido de la vista de Eva cuando descubrió su pene erecto y la piel ardiéndole. No te asustes, Adán. Ya has madurado, y es tiempo de que conozcas cómo es que Eva te complementa.
Había pasado mucho tiempo desde entonces. Eva y Adán habían cambiado. Eran mucho más altos, Adán lucía una elegante barba y un fino bigote, Eva tenía los pechos hinchados, las caderas anchas y la cintura delgada. Eva levantó un poco la cara y besó a Adán en los labios. Adán la tomó entre sus fuertes brazos y, una vez más, se dispusieron a reiniciar las arduas labores del Amor. Pero fueron interrumpidos.
Una manzana cayó al costado de los jóvenes amantes cuando se incorporaban para adoptar una posición más cómoda. Eva la miró, y le pareció extraño, ya que el árbol bajo el que descansaban no daba frutos. Entonces puso más atención y descubrió que la manzana estaba mordida. Siguió con los ojos el trayecto que supuso había seguido para llegar a donde estaba, y descubrió con horror que de pie a unos cuantos metros de donde Adán la estaba besando con cada vez más ímpetu, un hombre los observaba. Un hombre con túnica.
Eva se levantó sobresaltada y Adán, que no se daba cuenta de nada porque estaba de espaldas, volteó y descubrió al hombre. Era un hombre corpulento, moreno, de barba larga y bigote poblado, con expresión dura y agresiva, daba la apariencia de estar sucio, pero lo más extraño era que iba vestido con una túnica oscura. Al único que habían visto con ropa era a Dios, y ya de por sí les parecía extraño. Adán recordó que, una vez, Dios le contó que los hombres del Mundo Vulgar iban vestidos, como si se avergonzaran de sus cuerpos, con túnicas largas que los cubrían hasta los tobillos… Túnicas como la que aquel hombre llevaba puesta.
–¿Quién eres?
El hombre ladeó un poco la cabeza hacia la derecha, y con expresión maliciosa le rebotó la pregunta:
–¿De verdad no me recuerdas, Adán?
Sin saber por qué aquel hombre le hacía una pregunta como esa, Adán de repente sintió que, en efecto, su rostro le parecía familiar. Cosa extraña, pues nunca había salido del Edén, y el único contacto que tenía era con Eva y con Dios.
El hombre, con suma lentitud, dio media vuelta y se alejó colina abajo, hacia la espesura de la selva que se extendía en dirección al norte. Eva, temblorosa, se acurrucaba en los brazos de Adán, incapaz de formularse una sola pregunta acerca de lo que acaba de pasar. Adán, en cambio, tenía la mente rebosante de cuestionamientos hacia aquel hombre: Quién era, de dónde venía, por qué habría que recordarlo él, hacia dónde va, y la más importante, cómo carajos había entrado al Edén, si, según lo que Dios les había dicho, todo aquel que sale no puede volver a entrar jamás.
Cuando el hombre estaba a punto de adentrarse entre los matorrales, Adán soltó a Eva y empezó a correr para alcanzarlo, dejándola sola en la cima de la colina, y no pudo evitar soltar unas lágrimas mientras le gritaba que a dónde iba, que volviera, que qué iba a hacer. El hombre con túnica ya se había adentrado en la selva cuando Adán apenas llegaba al borde, aún así, sin dudarlo un instante, se introdujo, y se abrió paso sin saber bien hacia dónde iba, sin un rastro qué seguir. Luego de un rato en el que anduvo corriendo creyendo que estaba dando vueltas en círculo, llegó a la zona despejada que precedía al Muro. Adán sabía muy bien lo que había detrás de ese muro: el Mundo Vulgar, hacia el que los hombres habían escapado.
Avanzó unos cuantos pasos y encontró, en medio de un ancho claro, un manzano que crecía alto y cuyas ramas se inclinaban hacia fuera del Edén. Sentado en una de las ramas, el hombre de túnica oscura espantaba a una serpiente mientras mordía gustoso una fruta del árbol. Adán lo miró intrigado, acercándose a él con sigilo.
–¿Quién eres?
Su interlocutor hizo caso omiso a la pregunta, y, una vez más, la rebotó.
–¿Has estado en el Mundo Exterior?
–No… Está prohibido.
–¿Por qué?
–…No lo sé… Dios dice que…
Apenas escuchó aquella frase, la interrumpió de inmediato.
–¿Te gustaría ir?
Le cayó como un balde de agua fría. Adán se había preguntado la vida entera por qué Dios no les permitía ir al Mundo Exterior. Por qué, si estaba lleno de hombres malos, no los eliminaba y extendía el Edén hacia aquellos dominios. Con seguridad su poder alcanzaría para eso. Estaba seguro de que, allá, detrás del Muro, Dios les ocultaba algo.
–Si se enteran que salí…
–Nadie va a enterarse. Sólo vas a echar un vistazo…
–Pero si salgo del Edén, no podré volver a entrar…
–Patrañas. Mírame a mí: Aquí estoy.
Adán sintió una punzada de emoción al escuchar la última frase del hombre con túnica. Tenía razón. Él había escapado del Edén, y ahora regresaba, con toda la intención de mostrar a los cautivos el secreto que se escondía allá afuera. Sólo echaría un vistazo…
–Está bien. Ayúdame a subir.

Justo cuando le tocaba el turno de saltar a Adán, Eva llegó al pie del manzano. El hombre de la túnica lo esperaba ya del otro lado, mordiendo todavía la manzana mientras lo animaba a saltar. Adán se quedó estupefacto al ver la extensión del desierto que se extendía al otro lado del muro, un desierto seco, desolado y oscuro, con la tierra áspera y nubarrones grises arremolinándose encima. Sintió miedo. Al ver a Eva, quien no decía nada, y se limitaba a mirarlo con los ojos llenos de lágrimas, pensó que tal vez no debía salir del Edén. No podía abandonarla. La amaba demasiado.
–No vamos a tardar… Te lo aseguro. Sólo quiero que conozcas un poco.
Adán asintió, volvió a mirar a Eva, y apretándose el corazón, le dijo No me tardo, y saltó. Eva dejó fluir el llanto con libertad.

Nadando en un vasto océano, Dios escuchó los sollozos de su hija consentida, percibió su tristeza, e intuyó lo que había pasado. De inmediato salió de ahí y regresó al Edén.

(CONTINÚA)

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[Segunda parte]

30/1/06

Eva y Adán (2/2) (Republicado)

Eva y Adán

Pero Adán se olvidó por un tiempo del árbol, y empezó a seguir sus instintos primarios, irresistibles ante las pronunciadas curvas de Eva, una mujer recién hecha, de semblante casi infantil, rubia y larga cabellera, manos delicadas, labios rojos, y un olor extraño a flores, extraño y atrayente. Pronto ambos comenzaron a experimentar, descubriendo el placer de tocar sus cuerpos, de besar sus cuerpos, de ensamblar sus cuerpos con una perfección que sólo podía ser obra del mismísimo Dios, quien los observaba desde su magnífico trono como un simple vouyerista mientras hacían el amor con todo el vigor de dos adolescentes. "Ahora sí esto es el Paraíso", pronunció Adán, después de que Eva, exhausta de pasión, se dejara caer sobre su cuerpo sudado. No había más, nada de rituales sociales y plásticos, nada de juegos previos ni de desvestirse, nada de apariencias ante nadie. Dos cuerpos solos y desnudos, no necesitan nada de eso. Dios se dio cuenta, y cuando se aburrió, cuando el Edén ya era un lugar monótono y horrible, los echó.

Despertó en la pareja la curiosidad, y ambos rondaban el árbol, deseosos de conocer qué pasaría si comieran de él. Los frutos habían crecido, eran jugosos y emitían perfumes irresistibles. Sin poder evitarlo, Adán arrancó uno de los frutos, y se disponía a comerlo, pero Eva se lo arrancó de las manos. "Espera. antes, pregúntale otra vez por qué no". Adán la miró y se tranquilizó, pero sabía que comerlo ahora era inevitable.

-Por qué lo único que nos prohibiste fue comer el fruto.
-Porque soy Dios, y hago lo que se me antoja.
-Entonces lo descubriré yo mismo.
-Sabes lo que pasará. Te echaré al mundo vulgar, y jamás volverás.
-Sí. Lo sé. No me importa.

Adán regresó con Eva. "Comámoslo". Pero Eva, temerosa aún, se lo ofreció al hombre. "Comeré si tú comes". Adán se lo quitó, lo miró por última vez, y lo mordió. Luego se lo pasó a Eva, y ella también mordió. Pero nada pasó. Hasta que unas nubes de tormenta comenzaron a formarse en el horizonte, y ellos, Eva y Adán, fueron privados por primera vez de la luz del sol. Sólo se oía la voz de Dios, rugiendo de furia entre las nubes, y los rayos que lanzaba, destruyendo el Edén.

(FIN)

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[Parte uno]

25/1/06

Eva y Adán (1/2) (Republicado)

Eva y Adán


El sol del mediodía anulaba las sombras en el jardín del Edén. Adán paseaba de la mano de Dios, gigantesco y omnipotente, quien le explicaba lo que había venido a hacer al mundo. "Te hice para entretenerme" le dijo Dios, y Adán, todavía ignorante de su propia insignificancia, lo tomó como una broma. No se había dado cuenta aún del poder que aquel hombre altísimo de blancas barbas había necesitado para darle vida y razón a una figurilla de barro. "Polvo eres, y en polvo te convertirás", y al pronunciar esta terrible sentencia, Adán sintió la vida y por vez primera, que se moría, como cuando a uno se le atora algo en la garganta y no puede respirar, y al lograr escupirlo siente uno que vuelve a nacer, o que nace por vez primera, porque nadie, excepto Adán, recuerda qué se siente nacer.

Pero dios tenía otros asuntos, el tiempo se agotaba y había decidido ya que a partir de aquel momento no se añadiría ni un solo átomo más a la Creación, y Adán se sentaba junto a las bestias salvajes, todavía en paz sin ningún arma que los amenazara, y se aburrían juntos. Adán se bañaba en su manantial preferido, se echaba al pasto a observar las nubes, y de vez en cuando se acercaba al límite del edén, y podía ver, en toda su extensión, el sombrío mundo vulgar, desolado, donde el sol no brillaba, y la vida era hostil y egoísta. Dios sabía que de seguir así, su única compañía terminaría cruzando el límite hacia el mundo vulgar en busca de algo qué hacer, pues la soledad de su pecho era tan inherente a él como la vida misma. Así que llamó a Adán, y con un rápido movimiento le arrancó una costilla, y el hombre sintió que volvía a morirse. "No te apures", le dijo Dios, "no te morirás hasta que a mí me dé la gana", y Adán dejó de sangrar. Con la costilla en la mano, Dios tomó unos granos de polvo del suelo y sopló, creando una masa deforma que latía como un corazón enorme. Dios la fue moldeando, formando sus figuras, pensando en cómo hacerle un complemento a Adán.

-Ya está.
-Qué es.
-Una mujer. Eva.

Adán vio cómo Eva respiraba por primera vez, y sonrió. Comenzó a sentir algo, algo inexplicable, quizá inexistente hasta que Eva apareció. "Qué esperas, muéstrale el Paraíso", y Adán tomó su mano, obedeciendo el instinto, y la condujo por los verdes campos del Edén. Le mostró el valle, las montañas, los ríos y las cascadas, los animales, las cuevas, las playas... y el árbol. Pronto, muy pronto, Eva sintió curiosidad y preguntó a Adán por qué dios había prohibido el fruto de ese árbol. Adán, reflexionando, supo que eso era lo único que dios no había querido decirle.

(CONTINÚA)

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[Parte dos]

26/12/05

Nochebuena

Apocalipsis

es tradición familiar reunirse en la casa de mi abuela en nochebuena, ir a misa, pedir posada, quebrar la piñata, cenar pavo y abrir los regalos en medio de una algarabía de niños que cada año van siendo menos niños.

fuimos a misa de nueve. por un momento pensé en no ir, pero sabía que todos y cada uno de los miembros de la familia me iban a mirar feo y que, cuando estuvieran de vuelta, me acorralarían con sermones de tener a dios en mi vida y no sé qué. además, tenía en mente un cuento nuevo, donde uno de los personajes tiene que ir a misa, así que me serviría para refrescar mi memoria. llegamos a la iglesia de fátima, y observé con cuidado la misa y los parroquianos. durante el sermón, había cosas en las que coincidía con el padre, y otras que me parecían soberanas estupideces.

para empezar, toda la opulencia y el lujo de la iglesia. justo en la de fátima, los feligreses están deslumbrados con un cristo de unos 8 metros que construyeron para adornar. hay cajas para limosna en cada esquina con un letrero ("ayúdanos a seguir construyendo tu iglesia"), y cuando el padre pasó las canastas anunció que eran para terminar los pilares de las imágenes... y yo me pregunto varias cosas: ¿en verdad dios querrá eso? ¿por qué, si necesitaba iglesias, no las hizo cuando hizo el universo? un dios todopoderoso como ese, para qué quiere esa clase de alabanzas, de lujos, de despilfarro... oraciones mecanizadas, creadas por el hombre... digo, si jesús hubiese querido todo eso, en vez de andar viajando y consolando a los enfermos y a los desamparados, hubiera predicado desde el principio lo que la iglesia predica...

¿no le agradaría más a dios que los feligreses se reunieran los domingos, pero en vez de rezar y construir iglesias, fueran y ayudaran a los enfermos, a los pobres y a los desamparados, como su dios hecho hombre? mierda, cuánta hipocresía, cuántas contradicciones... pero no, la gente cree que con rezar y dar limosna sus pecados son perdonados, qué estupidez... y mientras en el mundo sigue habiendo hambrientos, desamparados, condenados a vivir una vida que no es vida... mientras ellos construyen sus iglesias cada vez más costosas, cada vez más inútiles, cada vez con más letreros de "no tocar"... en verdad os digo que me da un pinche coraje...

mi familia siempre ha creído que estoy perdido en el ámbito espiritual, pero no es así. no creo en el dios tradicional, el de los castigos y la salvación, sino en el creador universal, una fuerza superior que alimenta el espíritu... para mí, dios es todo lo que nos rodea, pero el lado invisible, el que no se ve, el que sólo se intuye: la nostalgia de los atardeceres, la angustia del hambre, la alegría del éxito, la tranquilidad (o la furia) del mar, el placer que provoca el viento... todo lo inexplicable, lo que no puede entenderse con la razón, las coincidencias, eso que llamo "destino", eso para mí es dios... y no necesito una iglesia para darle gracias.

de regreso a casa, pedimos posada, quebramos la piñata, cenamos el pavo y abrimos los regalos, como siempre. y me sorprendió que todavía el año pasado esperaba los regalos con un poco de entusiasmo, pero esta vez no... los tennis que me regalaron reemplazarán a los viejos en comodidad (eso espero) pero no en opulencia, el suéter me servirá para el frío de tijuana y el otro pantalón... pues, tal vez lo regale porque no me queda bien. el mejor regalo: el libro de noam chomsky, no el que me recomendó el profe, pero lo que sea es bueno. mis primos, todos, siguen siendo chamacos materialistas, unos emocionados porque les "amaneció" un nuevo nintendo, otros porque tienen montones de muñecos nuevos... pero bueno... son niños, y ya dije que no trataría de cambiar a nadie, más que a mí.

y los fantasmas, y los recuerdos, y las nostalgias del año que se acaba, y de los que han pasado, y de los que aún no pasan...

"tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo"

16/3/05

noé (segunda parte)

La lluvia parecía una cascada uniforme cayendo sobre el mundo. La gente miraba pasar a Noé, corriendo a toda velocidad para llegar a su casa, y pensaban "tal vez el viejo borracho tenía razón". Mientras duró en prisión tuvo que soportar las burlas de los guardias los primeros días, y luego las parrandas atroces de los calabozos. Hubo un par de ocasiones en las que se levantó de buen humor, hasta que, pasados dos o tres minutos, su espalda resentía el suelo frío y su olfato la peste a excremento, y al abrir los ojos veía la sombra inclemente del ángel, reprendiéndolo por su inactividad.

-¿Cómo quieres que haga algo si estoy aquí encerrado, carajo?

No quedaba más tiempo. El plazo se había cumplido, y el arca no estaba terminaba, ni sus animales a salvo. Su mujer había recibido la noticia de que Noé sería liberado, y lo aguardaba en la puerta con una enorme sonrisa, creyendo que la prisión le había curado la locura. Pero se equivocó. El aspecto de Noé era el de un demente profesional, con los huesos marcados en la cara y la mugre pegada a la piel, las ropas hechas jirones y la barba enmarañada y larga, los ojos hundidos, la mirada perdida. Ni siquiera se detuvo a saludarla. Noé se fue directo al patio, y se llevó una tremenda sorpresa. Jafet trabajaba a marchas forzadas, soportando el aguacero terrible, en el proyecto de su padre. Más tarde se enteró que Sem y Cam habían intentado vender la madera del barco, y que Jafet había gastado todos sus ahorros en comprárselas, pero ocultó sus motivos. Un sueño recurrente no lo dejaba en paz: un ángel, montado en una nube, miraba cómo el mundo se inundaba, riéndose de sus desgracias. A Jafet le costó trabajo dejar a un lado la soberbia y defender a su padre, pero no tuvo alternativa. La conciencia era una aliada terrible.

Llovió durante catorce días seguidos antes de que las partes bajas del pueblo comenzaran a llenarse de agua. El comercio se había paralizado y las personas se ocupaban de rezar, implorando a Dios el perdón a cambio de su arrepentimiento. Dios, sentado en su magnífico trono, podía escuchar los lamentos de los humanos desdichados, y el castigo le producía una gran satisfacción. Lucifer, sentado a su lado izquierdo, observaba en calma, cuestionando en secreto los métodos de su jefe, aunque en el fondo también se sentía complacido.

Ya les llegaba el agua a los tobillos cuando Sem y Cam se unieron a Noé y a Jafet, sin hacer comentario alguno. Con el agua sobre las rodillas, comenzaron a subir a las mujeres y a los animales. No sólo las especies exóticas habían encontrado refugio en el barco, pues otros tantos ejemplares, guiados por su instinto, acudieron a su úncia salvación. Cam tuvo que matar a cuatro hombres a machetazos para convencer al resto delos vecinos que en el arca no había espacio para los incrédulos que se habían burlado de Noé. Éste, observándolo todo desde la cubierta del arca, miraba las caras de desesperación de tanta gente que se sabía muerta con anticipación. Luego de cerrar la enorme puerta y dejar al resto del pueblo sin posibilidad de sobrevivir, los rezagados enloquecieron y trataron de destruirla desde afuera con hachas, antorchas y ladrillos, pero apenas se acercaban a la embarcación, las gotas de lluvia se transformaban en piedras que descalabraban a los atacantes. El arca, a pesar de su fragilidad, logró quedar intacta. Cuando la lluvia alcanzó los cuellos de la gente, Noé se precipitó hacia la puerta de acceso y trató de abrirla para ayudar a las personas, y los hijos lo dejaron, sabiendo que nada podrían hacer, y que el arca no soportaría el peso de tanta gente. Cuando llegó, el ángel lo esperaba con una espada de fuego, impidiéndole el paso.

-Déjalos que se pudran. Se lo merecen.

El nivel del agua ascendió, hasta cubrir todos los techos de las casas y todas las copas de los árboles. En poco tiempo, los cuerpos que todavía trataban de salvarse nadando, se cansaron y se convirtieron en cadáveres flotantes. Las aguas estaban atestadas de muertos, y Sem y Cam se dedicaron a recuperar a los animales ahogados para guardar su carne. No sabían cuánto tiempo estarían a la deriva, y si la comida se terminaba, los animales se comerían unos a otros e incluso podrían atacar a los hombres y mujeres a bordo, olvidándose de su domesticación. Noé se quedó en su cabina por muchos días, escuchando todavía en su cabeza las voces de sus vecinos muertos, implorando un lugar en el arca para conservar su vida, y se distraía con los barriles de vino que no compartía con nadie.

Por suerte, la comida no se les terminó. Cuando la carne de los cadáveres rescatados se acabó, los hijos de Noé pescaban el día entero, lo cual era fácil, no sabían si por que no tenían competencia y el mar era ahora muchos más grande, o por un simple mandato divino. El pescado le hizo daño a Noé, aunque apenas comía. El día 87 de navegación, se quedó tendido en la cama y jamás volvió a levantarse, hasta dos días antes de morir, con los oídos sangrándole de tanto oír a los fantasmas que había matado. Su mujer se había convertido en nada desde que a Noé lo encarcelaron, era un estorbo estéril que nadie tomaba en cuenta. Tardaron dos días en percatarse que se había echado por la borda, cuando Sem pescó a su propia madre, mordida por las ánguilas. La mujer de Cam había enfermado y estaba en cuarentena, mas el hombre no consiguió apaciguar sus ímpetus carnales y desahogó la abstinencia obligada con su cabra favorita, y al volver a pisar tierra, sustituyó a su mujer en las tareas de cama.

Dios no podía creerlo. Lucifer se desbarataba de risa antes las ocurrencias de los sobrevivientes, y no dejaba de echarle a Dios su error en cara.

-Está bien. No más diluvios como este.

[FIN]

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[Primera parte]

7/3/05

noé (primera parte)

Almacenaba el vino de mayor calidad en barriles ocultos en las bodegas, y se encerraba junto a ellos todas las noches, a beber hasta quedar inconsciente. Jafet, su hijo menor, se dirigía al almacén antes del amanecer y arrastraba a su padre hasta la habitación, le echaba una sábana encima y lo dejaba roncando su ebriedad. Desde que tenía memoria, las cosas eran así. Cuando la madre servía el desayuno, los tres hermanos procuraban no hablar sobre su padre, organizando los negocios familiares y cada uno dándole órdenes expresas a su mujer. Jafet y Nmera en verdad se habían casado enamorados, mas la cruel postura de los dos hermanos mayores hacia sus esposas lo hicieron desistir de sus tratos amables y sus palabras tiernas.

Las costumbres los obligaban a respetar a su progenitos, a pesar de que los años le habían causado algún mal. Agradecían los buenos años juveniles de Noé, cuando tuvo fuerzas e inteligencia para recorrer el mundo buscando animales exóticos para criarlos. Había comenzado con un criadero de gallinas y cedos, y fue aumentándolo hasta tener tigres, zebras, gorilas, leones, caballos, jirafas y hasta elefantes. Los hacían reproducirse y luego vendrían a las crías por verdaderas fortunas a sus clientes, en su mayoría reyes excéntricos o nobles sin compañía. Los tres hijos manejaban el negocio como unos profesionales y dejaban a su padre perderse en las delicias de su excelente vino, mientras nadie se enterara. Pero no podrían ocultarlo por siempre.

La noche estaba oscura, con la luna invisible por culpa de las numerosas nubes. Noé andaba a tientas por el patio, tratando de orientarse para llegar al almacén, cuando le pareció que una estrella atravesaba la pared de nubes y zurcaba el cielo como una bola de fuego. Su miedo se multiplicó cuando una llama incandescente se estrelló en el patio y de entre las flamas salió un ángel. Noé apenas si sospechaba la existencia de tan fantásticos seres. Su rostro era fino y hermoso como el de una mujer, con los rizos dorados cayendo más allá de los hombros. Su piel era tersa y blanca, y sus rasgos femeninos se truncaban en la falta de senos, pues ni siquiera su desnudez delataba su sexo: no llevaba nada entre las piernas, como los eunucos.

-¿A dónde ibas, Noé?

La voz del ángel pareció salir de todos lados, menos de su boca, pues Noé estaba seguro que no había movido los labios. No logró contestarle, tirado en el lodo y expuesto a los ojos de un Dios que pensaba muerto, o distante, pero sabía que para el ángel no era un impedimento el silencio de Noé. Bastaba pensar en su respuesta, y el ángel la sabría. Sin embargo, tampoco pudo enfocar su pensamiento. "Me voy a ir al infierno". Nada más se le ocurría.

-Sin duda, pero hasta que te mueras. Hoy, Dios ha salvado tu vida.

Le explicó una complicada relación de genealogías y alianzas con sus antepasados que lo liberaban de cualquier represalia que Dios pudiera tomar contra la humanidad. Le reveló que Dios planeaba dejar caer todo el agua de los cielos a la tierra y acabar con los humanos infames y criminales, y sólo unos pocos se salvarían, incluídos en esa prestigiada lista iban Noé y su familia. El hombre se horrorizó ante el irremediable futuro.

-¿Qué... qué debo hacer?
-Usa tu imaginación.

Y así como llegó, el ángel se fue y tomó su lugar en el firmamento, dejando la noche tan oscura como antes de su llegada.

(...)

Los hijos lo veían empecinado en la extenuante labor de construir un arca inmensa en la que pudieran salvar hasta a sus preciados animales. Los vecinos, intrigados, dirigían sus primeras palabras a Noé, interrogándolo.

-Voy a construir un barco para salvarme del diluvio.
Tenía que soportar las explosivas carcajadas de quien escuchara sus respuestas inverosímiles. La mujer de Noé no podía explicarse aquel milagro. En realidad, su marido jamás había sido hábil con la carpintería, y si no era capaz de construir una mesa con sus sillas, le resultaba excesiva su obsesión por el arca. No había duda. Eran delirios de un viejo borracho. No había de qué preocuparse.

Era poco su avance, y sentía que el tiempo se le acababa. Noé no tuvo más remedio que pedir ayuda a los carpinteros del pueblo, pero las consecuencias de haber visto a un ángel eran peores de lo que creía. No conseguía ocultarles sus verdaderos motivos, y todas las recomendaciones que les hacía se diluían en el aire. Las advertencias desesperadas fueron tornándose en agresivas amenazas poco a poco, cuando el implacable constructor perdió la paciencia ante la estupidez e incredulidad de las personas, y se lanzó a gritar en la plaza pública con toda la fuerza de su garganta que el mundo se iba a acabar. Los días estaban soleados, calurosos y secos. Los vecinos hartos del escándalo de Noé por tal disparate, y el resto del pueblo ofendido por sus insultos. El jefe de la aldea lo mandó encerrar a un calabozo, ante la deshonra que provocaba a sus hijos. En los seis meses que pasó en prisión, no cayó ni una sola gota de agua. Apenas puso un pie en la calle, un aguacero torrencial se desbordó del cielo.

[CONTINÚA]

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[Segunda parte]

28/2/05

lucifer

Una inmensas nubes de humo se elevaban sobre las ruinas de lo que había sido un jardín exquisito, destruído para infundar temor en aquella pareja de incrédulos que Dios había hecho con sus propias manos. Sentado en un trono magnífico, miraba a su ejército de ángeles reconstruyendo el paraíso, para agotar así su último recurso para salvar las almas de los hombres, que se le escapaban como el agua entre los dedos hacia algún lugar del infinito... No concebía la ingratitud de los humanos por
su creador, una indiferencia desmedida y hasta cruel, producto de una vanidad heredada por su padre que les impedía temer a lo desconocido. Su nueva estrategia era simple: buscar a Caín, hacer que se arrepintiera a cambio de la salvación de su alma, y obligarlo a llevar su mensaje por el mundo. Pero en el fondo, sabía que no funcionaría. Nadie iba a creerle a un asesino.

Se disponía a partir hacia el desierto en busca del hijo de Adán cuando recibió una sorpresiva visita. Lucifer avanzaba con luz propia, con el semblante orgulloso mirando con desprecio a los demás ángeles, considerándolos, y con razón, inferiores a él. Dios no conocía el miedo, pero sintió algo muy parecido cuando su primera obra se detuvo ante él y le clavó los ojos pidiendo sin hablar una explicación. Dios hizo como que había olvidado todo, y tomó la postura poderosa e imponente que le caracterizaba.

-Creí que tenías prohibido poner un pie de vuelta en el Edén, Lucifer.
-¿Este es el Edén? Disculpa, creí que era un basurero.

Desde luego, ambos sabían las razones del encuentro, aunque Dios no había tomado las cosas tan en serio, ahora sabía para dónde se estaban yendo sus almas perdidas. Al terminar el mundo y sus maravillas, seis días después de su laboriosa creación, Lucifer quedó satisfecho con el resultado, pero aun faltaba una idea suya por materializar.

-Faltan los hombres, y todo estará terminado.
-¡¿Hombres?! ¡Jamás! ¡Querrás que destruyan esta hermosura...!

A Dios no le pareció la idea de su brazo derecho, al menos al principio, y cuando lo descubrió modelando las figuras de los hombres, se enfureció, y lo echó del paraíso. Lucifer imploró su perdón, juró destruir los modelos, mas la voluntad de Dios era inexorable, y el ángel más hermoso del Edén fue expulsado para siempre, y se refugió en el mundo vulgar, lejos de su creador. Dios miró a los hombres de arcilla, inmóviles, regados por todo el suelo, dispuesto a exterminarlos, pero al examinarlos con detenimiento le parecieron tan perfectos que no se atrevió a desecharlos, al contrario, les dio vida y los arrojó al mundo. Después, basado en el mismo molde, formó a Adán.

Pasó el tiempo, y Lucifer había andado por largos caminos, dejando una marca de sufrimiento y de tristeza por donde quiera que pasara. No comprendía por qué Dios había sido tan duro con él, y un cúmulo de ideas descabelladas empezaron a surgir en su mente, para qué Dios creaba al ángel más perfecto si lo iba a apartar de su lado... Le costó trabajo descartarlas, y haciendo a un lado su orgullo, decidió regresar al Edén, a implorar de nuevo ante Dios la redención y la paz.

En su camino tuvo que cruzar un desierto inmenso, y al encontrarse rodeado por el océano de arena, le pareció ver a lo lejos un ángel de Dios, pero al acercarse y contemplarlo, vio con admiración que se trataba de un hombre, joven todavía, y con el alma destrozada. Era Caín, hijo de Adán, y tras escuchar su historia, Lucifer comprendió todo.

-Fuiste víctima de Dios, Caín, igual que yo. Ahora estás bajo mi protección.

Le ordenó que fuese al pueblo en el norte y ahí lo esperara. Colocó una marca en su hombro izquierdo, símbolo de su pacto, y sin más pausas fue en busca de Dios.

-Bien sabes para qué estoy aquí. No me iré hasta que me escuches.
-No tengo por qué escucharte. Tenías prohibido crear. Para eso soy yo Dios.

-Te engañas tú mismo... Sabes que estás perdiendo muchas almas.

El error básico de Dios había sido dotar de una inteligencia suprema a Lucifer, y hasta ese momento se percató.

-No vengo a hacerte reproches inútiles. He venido a proponerte un trato.

Con eso bastaba para capturar la atención de un Dios desesperado y curioso.

-Continúa...
-Haré que todas las almas vuelvan a ti, y pidan tu perdón y tu salvación a gritos, usando el temor al castigo. Es la único forma de hacer reaccionar a los hombres. Ya lo he planeado todo, y no te fallaré.

Dios se quedó pensativo.

-Qué quieres a cambio.

Lucifer sonrió con malicia.

-No es gran cosa. Un ejército de ángeles como el tuyo. Dominio total en el mundo material. Y la posesión temporal de las almas rebeldes hasta que se purifiquen.

Dios examinó la oferta con cuidado. Al final supo que no estaba en posición de negociar.

-Hecho.

[FIN]

21/2/05

abel y caín [segunda parte]

La cicatriz en el pecho de Abel le recordaba a Caún sus más bajos instintos, y un año después todavía no conseguía explicarse por qué había intentado matar a su hermano, tan sólo recordaba en la oscuridad de sus noches el olor de las sangres confundiéndose y agitando el fuego, y su mano criminal paralizada, y los inaudibles quejidos de dolor de su hermano suplicando por ayuda, con el cuello torcido en un ángulo imposible para capturar los ojos de Caín y acusarlo, voy a morir, moriré y será culpa tuya. El remordimiento lo habría atormentado si Abel hubiera muerto, y se hubiera muerto si el hijo mayor de Set no hubiera creído en las palabras de un viejo que mendigaba por el mercado.

-Los hijos de Adán se están matando.

Sin quererlo, Dios había pronunciado una premonición eterna que maldeciría a la humanidad venidera. Dios vestido de mendigo estuvo presente en la recuperación de Abel, su único seguidor hasta ese día, día en que lo curó con sus manos limpias en el nombre del Señor, y la noticia se difundió por el pueblo y por los pueblos vecinos, quienes venían a escuchar quién era Dios y para qué servía, pero sobre todo, a ver cómo ese mendigo, poseedor de un don divino, daba salud a los enfermos y vista a los ciegos, cómo incendiaba árboles con la mirada y cómo condenaba al castigo a los pecadores.

Eva y Adán lo reconocieron enseguida, y huyeron del pueblo con sus hijos.

(...)

A todos les costó trabajo abrirse camino de nueva cuenta en un lugar desconocido y mucho menos hospitalario que el anterior. Un comerciante creyó ver en Caín un buen mozo, y le ofreció a Adán la mano de su hija para su primogénito. Adán ya había aprendido que hacer parientes nuevos y crear lazos entre las familias era bastante conveniente en un mundo como el que Dios había hecho, y no lo dudó un segundo.

Las cosas no estaban resultando nada bien para Abel. Los pastores no eran vistos con buenos ojos en aquel pueblo, y pasó de ser el muchacho mimado a la vergüenza familiar. Sus ovejas eran víctimas de unos coyotes nocturnos que las devoraban insaciables, y un hongo atacó su cuello causándole una espantosa infección. Todo aquello, pensaba Abel, no habría sucedido si Caín no hubiese intentado matarlo. Según el mendigo, Dios castigaba la venganza, pero por el momento, Dios estaba lejos, intentando impresionar a otro pueblo. Abel invitó a su hermano a pasear por el valle, un día antes de su boda. Caín, que no aguantaba más el peso de su conciencia, no pudo negarse, a pesar del extraño comportamiento de Abel.

Anduvieron hasta llegar a un paraje bastante alejado y casi desértico. Abel hablaba sobre asuntos triviales, pero había decidido desahogar sus penas con Caín.

-Todos me miran como si hubiera matado a alguien...

Caín iba distraído, pero este comentario llamó su atención. Volteó para encontrar a Abel, quien se dirigía hacia él sosteniendo una roca de gran tamaño que lanzó directo a su frente. Caín cayó de espaldas por el impacto, y la sangre caliente brotó cubriéndole los ojos y encendiendo su furia. Abel se disponía a destrozarle el cuerpo a pedradas, pero no contaba con la fuerza superior de su hermano y su euforia al sacarlo de control. Abel recibió varios puñetazos antes de darle un golpe a Caín, y éste no tuvo más remedio que sujetarlo por el cuello y estrangularlo. Los brazos de Abel se debatían desesperados en el aire buscando una salvación, pero las manos de Caín eran como dos tenazas de metal que estrujaron la vida de su hermano menor. Cuando Abel quedó inherte y exhaló un último suspiro, el pánico invadió la mente del nuevo asesino.

No... No volvería al pueblo a recibir el castigo que les daban a los criminales, ni a ser señalado por sus padres como el peor de los hijos, ni a tener que sufrir la humillación de perder a su esposa un día antes de la boda. Prefirió desaparecer, internarse en el calor del desierto hasta que su nombre y su crimen fueran olvidados, incapaz de matarse porque le gustaba vivir. Lloró su desgracia dándole la espalda al cuerpo de Abel, que estaba tendido boca arriba como si esperara a los buitres que devorarían hasta el último pedazo de carne. Nadie, excepto sus padres, se preguntaría nunca qué había sido de aquel andrajoso pastor lleno de granos, mientras que todos indagarían el paradero del apuesto joven que iba a desposar a la hija del comerciante. Eva, excenta del instinto maternal, ni siquiera pensó en donde podrían estar sus hijos.

-Tal vez regresaron con Dios.

Adán asintió, mientras comenzaba a desvestirla.

[FIN]

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[Primera parte]

18/2/05

abel y caín [primera parte]

Habían andado durante días enteros por el valle desolado que fue el Edén, buscando qué comer, sedientos y desnudos, creyéndose solos en una inmensidad de mundo. El vientre de Eva comenzó a hincharse, y la mujer, alarmada, pensó que como castigo Dios la haría estallar por dentro, pero Adán la tranquilizó, diciéndole que en ese caso, él también recibiría el mismo castigo.

-Tal vez a ti te perdonó. Tú eras su consentido.

Encontraron al fin el cauce de un río mugroso y raquítico, y se alimentaron de peces crudos y bebieron el agua contaminada. Adán enfermó, y su cuerpo ardía en una fiebre atroz cuando llegó Set, un viejo pescador, y se los llevó a ambos a su cabaña, en un pueblo cercano. Set y su familia escucharon el relato de los jóvenes, y los creyeron trastornados, pero nada dijeron. Eran dos pobres desamparados, sucios y sin nada, la mujer encinta y el hombre enfermo, y la compasiva naturaleza de la mujer de Set la orilló a vestirlos y a alimentarlos como era debido.

Entre Adán y Set construyeron una rústica cabaña donde la joven pareja se instalaría. Cuando Adán recuperó su salud y empezó a entender el sistema del mundo social, se sintió muy agradecido con su mentor, y al dar a luz Eva, Adán no dio crédito a sus ojos.

-¿Cómo lo llamarás?
-Le pondré tu nombre. Set.

Pero al pescador no le agradó la idea y lo disuadió.
-Mejor llámalo Caín.
-Caín será.

(...)

La tierra junto a la cabaña de sus padres era áspera y seca, y Caín obró verdaderos milagros para hacerla dar frutos. Desde chico había sido un joven testarudo y orgulloso, pero al menos honesto y dedicado, no como Abel, sin ningún oficio, viviendo de lo que sus padres le daban bajo el pretexto de ser enfermizo y fotofóbico. Caín le consiguió dos ovejas para que comenzara su rebaño, y aunque Abel al principio no concibió la idea de ser pastor, la ternura que le inspiraban los animales lo animaron.

Fue unos años más tarde que Dios se aburrió de estar sentado en su magnífico trono, y se vistió con unos harapos apestosos y bajó al encuentro de los hijos de Adán y Eva. Abel lo encontró mendigando a las afueras del pueblo, y se disponía a llevarlo a la casa para alimentarlo, pero Dios se rehusó, pensando en que Eva y Adán podrían reconocerlo.

-Mejor tráeme la comida aquí.

Abel fue a su casa y pidió comida para llevársela al mendigo, y Adán lo reprendió.
-No tienes por qué andarle llevando nada a un pordiosero. Que venga hasta aquí, si quiere.

Furioso ante la negativa de su padre, Abel robó algunos frutos de la huerta de Caín, arrancando las plantas de raíz y arruinándole la tierra a su hermano. Dios comenzó a hablar de un ser poderoso, creador del mundo y de la vida, al que debía adorar y temer, y Abel se fascinó ante la idea del paraíso, pues la muerte le aterrorizaba.

(...)

Caín no encontraba su cuchillo, y creyó que algún animal salvaje había arrancado las hortalizas. Fue en busca de Abel, para preguntarle, y lo encontró frente a un altar de piedra construido por él mismo, con sus mejores ovejas alrededor. Había encendido una hoguera en un lado del altar, y sobre la plancha de piedra, una de las mejores crías yacía degollada, y la sangre se expandía derramándose y manchando el suelo, avivando las llamas.

-¿Qué estás haciendo?
-Una ofrenda para Dios.
-Esto más bien parece una carnicería...

No conseguía apartar los ojos de aquel líquido viscoso y oscuro, ni de su propio cuchillo ensangrentado, y se sentía confundido... Abel se había dejado seducir por las ideas del viejo mendigo que nadie más que él había visto, y ahora sacrificaba su única propiedad esperando una salvación inexistente. Sus padres les habían dicho que Dios los había abandonado... No tenía caso matar a los inocentes animales para después dejar que su carne se convirtiera en humo que se perdía en el firmamento.

Abel tomó una segunda oveja, luego de rezar y golpearse el pecho, arrepintiéndose de pecados que él no había cometido, pero Caín intentó detenerlo.

-¿Estás loco o qué? ¿Piensas matarlas a todas...?
-¿Y qué si lo hago? No quiero morir yo... Quiero agradar a Dios, y ser eterno...

Caín detuvo la mano de su hermano en el aire, le quitó el cuchillo y lo clavó en el pecho de Abel. Lasangre brotó desmedida, y Abel quedó tendido en el altar, confundiendo su propia sangre con la del animal muerto.

[CONTINÚA]

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[Segunda parte]

15/2/05

eva y adán (cont.)

pero adán se olvidó por un tiempo del árbol, y empezó a seguir sus instintos primarios, irresistibles ante las pronunciadas curvas de eva, una mujer recién hecha, de semblante casi infantil, rubia y larga cabellera, manos delicadas, labios rojos, y un olor extraño a flores, extraño y atrayente. pronto ambos comenzaron a experimentar, descubriendo el placer de tocar sus cuerpos, de besar sus cuerpos, de ensamblar sus cuerpos con una perfección que sólo podía ser obra del mismísimo dios, quien los observaba desde su magnífico trono como un simple vouyerista mientras hacían el amor con todo el vigos de dos adolescentes. "ahora sí esto es el paraíso", pronunció adán, después de que eva, exhausta de pasión, se dejara caer sobre su cuerpo sudado. no había más, nada de rituales sociales y plásticos, nada de juegos previos ni de desvestirse, nada de apariencias ante nadie. Dos cuerpos solos y desnudos, no necesitan nada de eso. dios se dio cuenta, y cuando se aburrió, cuando el edén ya era un lugar monótono y horrible, los echó.

despertó en la pareja la curiosidad, y ambos rondaban el árbol, deseosos de conocer qué pasaría si comieran de él. los frutos habían crecido, eran jugosos y emitían perfumes irresistibles. sin poder evitarlo, adán arrancó uno de los frutos, y se disponía a comerlo, pero eva se lo arrancó de las manos. "espera. antes, pregúntale otra vez por qué no". adán la miró y se tranquilizó, pero sabía que comerlo ahora era inevitable.

-por qué lo único que nos prohibiste fue comer el fruto.
-porque soy dios, y hago lo que se me antoja.
-entonces lo descubriré yo mismo.
-sabes lo que pasará. te echaré al mundo vulgar, y jamás volverás.
-sí. lo sé. no me importa.

adán regresó con eva. "comámoslo". pero eva, temerosa aún, se lo ofreció al hombre. "comeré si tú comes". adán se lo quitó, lo miró por última vez, y lo mordió. luego se lo pasó a eva, y ella también mordió. pero nada pasó. hasta que unas nubes de tormenta comenzaron a formarse en el horizonte, y ellos, eva y adán, fueron privados por primera vez de la luz del sol. sólo se oía la voz de dios, rugiendo de furia entre las nubes, y los rayos que lanzaba, destruyendo el edén.

(FIN)

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[Primera parte]

10/2/05

eva y adán

el sol del mediodía anulaba las sombras en el jardín del edén. adán paseaba de la mano de dios, gigantesco y omnipotente, quien le explicaba lo que había venido a hacer al mundo. "te hice para entretenerme" le dijo dios, y adán, todavía ignorante de su propia insignificancia, lo tomó como una broma. no se había dado cuenta aún del poder que aquel hombre altísimo de blancas barbas había necesitado para darle vida y razón a una figurilla de barro. "polvo eres, y en polvo te convertirás", y al pronunciar esta terrible sentencia, adán sintió la vida y por vez primera, que se moría, como cuando a uno se le atora algo en la garganta y no puede respirar, y al lograr escupirlo siente uno que vuelve a nacer, o que nace por vez primera, porque nadie, excepto adán, recuerda qué se siente nacer.

pero dios tenía otros asuntos, el tiempo se agotaba y había decidido ya que a partir de aquel momento no se añadiría ni un solo átomo más a la creación, y adán se sentaba junto a las bestias salvajes, todavía en paz sin ningún arma que los amenazara, y se aburrían juntos. adán se bañaba en su manantial preferido, se echaba al pasto a observar las nubes, y de vez en cuando se acercaba al límite del edén, y podía ver, en toda su extensión, el sombrío mundo vulgar, desolado, donde el sol no brillaba, y la vida era hostil y egoísta. dios sabía que de seguir así, su única compañía terminaría cruzando el límite hacia el mundo vulgar en busca de algo qué hacer, pues la soledad de su pecho era tan inherente a él como la vida misma. así que llamó a adán, y con un rápido movimiento le arrancó una costilla, y el hombre sintió que volvía a morirse. "no te apures", le dijo dios "no te morirás hasta que a mí me dé la gana", y adán dejó de sangrar. con la costilla en la mano, dios tomó unos granos de polvo del suelo y sopló, creando una masa deforma que latía como un corazón enorme. dios la fue moldeando, formando sus figuras, pensando en cómo hacerle un complemento a adán.

-ya está.
-qué es.
-una mujer. eva.

adán vio cómo eva respiraba por primera vez, y sonrió. comenzó a sentir algo, algo inexplicable, quizá inexistente hasta que eva apareció. "qué esperas, muéstrale el paraíso", y adán tomó su mano, obedeciendo el instinto, y la condujo por los verdes campos del edén. le mostró el vallo, las montañas, los ríos y las cascadas, los animales, las cuevas, las playas... y el árbol. pronto, muy pronto, eva sintió curiosidad y preguntó a adán por qué dios había prohibido el fruto de ese árbol. adán, reflexionando, supo que eso era lo único que dios no había querido decirle.

(CONTINÚA)

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[Segunda parte]