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7/1/14

Volver, volver (vol. 2)


Jueves
Sentado, cerca de la puerta 6, muriendo de frío a pesar de mi gorro, suéter y chamarra, pensaba en los ruidos que hacía mi estómago, y en lo que haría más tarde, esa misma noche, pero a dos mil 800 kilómetros de distancia. Pasaríamos por E, mucho gusto verte de nuevo, bajaríamos al centro desde las 6 de la tarde, dejaríamos el coche en el estacionamiento de al lado, y entraríamos por fin, al Za***, como había estado esperando gran parte del año. La novedad era un enorme tubo de ventilación que ponía el ambiente más helado que antes, en los tiempos de gloria, pero son nimiedades. Lo que en verdad me molestó fue el grupo de jovencitos pseudo-hardcore que ponían música horrible en la rockola, pero bueno, qué se le va a hacer, acá existe la democracia y quien pueda pagar, elige la música. Un empleado de la aerolínea se acercó y nos preguntó, a mí y al resto de personas que esperábamos sentadas, que si viajaríamos con ellos, porque ya podíamos pasar a documentar. Eran las 2 de la mañana. Llegó la hora, pensé.

Viernes
Bueno, vámonos o qué, dijo el primo de M, minutos después de que el compa de nuestro nuevo amigo, Carlos Alberto, dejó su lugar para él. Aún no tenía muchas ganas de irme, pero nuestro guía insistía, nos llevaría de tour por la Sexta, y el entusiasmo, por alguna razón, se apoderó de mí. Salimos del Za*** al frío del exterior, y caminamos hacia la Revo. El primo de M hacía señales curiosas, del tipo bochornosas, con las manos, para indicarnos el camino a seguir y animarnos a que, a pesar de la mano roja encendida, podíamos cruzar la calle. Carlos Alberto iba tirando los billetes por la banqueta, como si nos sobraran, pero no se daba cuenta el pobre. Después de caminar varias cuadras llegamos a la primera parada, el Mo*******. No cabía un alma. Con dificultad llegamos hasta la parte de atrás, donde dos o tres djs hacían sus mezclas entre luces verdes, humo y la película de Sin City proyectándose en la pared. Todo indicaba, a estas alturas, que podría ser una buena noche.

Sábado
Miraba fijamente el cuadro brillante de la tv, esperando algo, y pensando en que el pinche Güero me había estafado. A lo largo de la noche había tenido sensaciones extrañas, sí, pero nada de lo que esperaba. En ocasiones el marco del mueble sobre el que estaba la tele parecía brillar demasiado, más que la misma pantalla, pero nada más. Sientes algo, le pregunté a A, No, y tú, No. Estúpido Güero, pensaba. Ya sólo quedábamos nosotros dos despiertos, más de cuatro horas después, manteniendo todavía la esperanza de que en cualquier momento empezaría lo bueno... Pero no. Nos hubiéramos quedado en el Za***, pensé. Tal vez la dosis no fue suficiente, volví a pensar. Y después caí dormido.

Domingo
Cuando al fin Roberto se cansó de hablar de fantasmas, sueños y soldados del señor, pude observar a mi alrededor con calma, pensando que yo no veía malas vibras ni energías negativas en estas personas. Todas, o la mayoría, estábamos ahí para pasar una buena noche, con, esta vez sí, buena música, alcohol y demás estupefacientes, a elección de cada quién. La manzana estaba vacía, pero todavía teníamos la bala llena. El sujeto que nos la había pedido hace rato, de nariz respingada y ojos claros, más de cincuenta años, se dejaba seducir por un cholo, en la mesa de al lado, quien después de susurrarle algo al oído, fue a conseguirle un toque. Cuántas historias se cruzan acá abajo, pensé. Por eso me gusta este lugar.

Lunes
Miraba fijamente el techo del cuarto del hotel, las sombras que proyectaban su acabado irregular, rasposo, con pintura blanca, parecían bailar por momentos, pero nada significativo. Lo más raro fue el momento en que los personajes de la telenovela empezaron a moverse en algo parecido al fast-motion, aunque tal vez hubiera sido mi imaginación. No quería fumar, no quería perderme de nada, prefería esperar, a esa hora todavía tenía esperanzas. Esta vez sí pasará algo, me repetía mientras veía el reloj acercándose a la hora límite. Pero nada pasó, otra vez. Entonces no fue cosa del Güero, pensé, retirándole toda culpa y sintiéndome aliviado por no tener que reclamarle nada a mi regreso, sólo lo mencionaré como anécdota curiosa, Te acuerdas eso que me conseguiste, pues no sirvió. Tal vez es algo de mí. Como sea. Me cobijé bien, me di la vuelta y me quedé dormido.

Martes
Ahora sí me empezaba a sentir agripado. Faltaban quince minutos para las doce, y no podía evitar sentir un poco de nostalgia. Será igual que el año pasado, pensé, pero esta vez, con menos gente en casa de M, no hubo tantos abrazos ni tantas demostraciones de cariño de las cuales yo, por ser un extraño aquí, era obviamente excluido. Pensé en F, lo extrañé y quise abrazarlo. Pero me había propuesto disfrutar, nada más disfrutar, no pensar, no extrañar, no estar triste, no todavía. Me paré del sillón y me serví otro tequila, el último de la botella. Lo siento, papá de M.

Miércoles
La música no estaba mal, la cerveza barata y la compañía no podía ser mejor. Me dio gusto ver a C, y por un momento olvidé que hubiéramos podido estar en el Za*** si no hubieran cerrado hoy. Me fallaste por vez primera, le dije al bar en mi mente. Me dirigí al baño, con la bala y el encendedor en la mano. La verdad ya estaba cansado de salir a la calle a fumar, y decidí arriesgarme. ¿Qué podría pasar? Antes de entrar, miré que no viniera nadie detrás de mí. Las otras cuatro o cinco personas no se veían con intenciones de venir al baño así que fumé, cerca de la ventana, rápido y con algo de miedo. Volví a la mesa pensando que, a grandes rasgos, había sido una buena semana. Pudo haber sido mejor, pero eso no le quitaba los momentos chidos. Quedaba la incógnita de si habrá una tercera vez, pero esas son preocupaciones de las que me encargaré a su debido momento.

2/1/14

No es el año nuevo



No es el año nuevo que comienza, de ningún modo. Quién podría creer que una convención social para sincronizar nuestros días y noches puede tener algún significado espiritual o metafísico, o de la índole que sea. Dicen algunas personas que es un día más, como cualquier otro, uno de enero, la falsa sensación de que se puede comenzar todo de nuevo. Pero de energías está hecho este mundo y tal vez, sólo tal vez, si es lo que toda la gente busca y espera, una nueva oportunidad, una pizarra en blanco, un empezar de cero, sólo tal vez, el ambiente esté lleno de esa esperanza, de ese deseo, contagiando voluntades, empañando razones, haciendo brotar deseos.

Quiero un año de experiencias. Quiero un año de gozos, de alegrías, de recuerdos, de disfrute. Quiero extender los brazos y recibir lo que el universo me lance, sin preocupaciones, quiero ir con la corriente, dejarme llevar, aprender, enseñar, compartir, amar.

No, definitivamente no es el año nuevo. Es el viaje. Encontrar amigos entrañables, ir a lugares donde siempre te la pasaste bien, añadir un par de recuerdos más a la colección, un par de planes, un par de esperanzas... No todo salió como lo habíamos planeado, pero para mí fue un buen viaje. Ya se acabó. No sé cuándo se repetirá. No sé si se repetirá. Puede que sí, puede que no. El caso es que hay lugares donde siempre acabamos regresando, y hay personas con quienes se disfruta el tiempo, sin importar el lugar.

Crisis de inicio de año, pero no es tan grave. Me siento bien, a gusto, motivado, deseando empezar cosas nuevas, nuevos caminos, nuevas rutas.

O será la gripa. En estos tiempos ya no se sabe.

22/7/12

I'm back



1. La creatividad se ha vuelto una parte fundamental en mi vida laboral y cotidiana. Ser creativo, imaginar nuevas maneras, de sobrevivir y de hacer bien las cosas, de relacionarme con las personas, de maximizar mi tiempo, de aprovechar las oportunidades... Nuevas maneras de decir no, y de decir sí (por ejemplo, hoy leí que sólo hay que decir sí cuando pensemos "hell yes!") para ser más felices y hacer sólo lo que queremos hacer, decir sólo lo que queremos decir y que la frustración no sea una constante de nuestro día a día. Y como este blog, desde hace muchos años, me ha servido como refugio personal para escribir por escribir y desahogarme y tener más claridad en mis ideas, creo que es justo y necesario retomarlo. Por si queda todavía alguien en este mundo que se interese por una ventana vouyerista a la cabeza de alguien más, que es donde encontramos las cosas más útiles y más fascinantes.

19/11/09

Canto a Toño



1. Los caprichos de la muerte y de la vida son siempre misteriosos. No hace tanto de esta foto. Apenas este año, y pensar que ya, que se acabó, que las vidas se extinguen y que no hay marcha atrás, que no volveré a hablarle, a reírme con él, a recibir una botella de agua, una tajada de pizza, una "zona gay" que me diga Ten, llévatela. No volverá a preguntarme cómo va la escuela y a regañarme para que le eche ganas, ni me hará caminar a toda velocidad siguiéndolo por zona rosa. Esa maraña de crueldades inexplicables, ni más ni menos, es la vida, y el reverso de la moneda, reverso inevitable y omnipresente, la muerte. Que ganas de volver el tiempo atrás, repetir ese último abrazo y grabarlo para siempre en mi memoria para no tener que completarlo con invenciones mías, como lo hago ahora. Es, lo quiera o no, lo trate o no de evitar, una gran tristeza, que se resiste a diluirse, como un aceite negro y espeso, entre las demás preocupaciones de este mundo cruel de los vivos sin muertos, y de los muertos sin vivos.

2. Todo se remonta al inicio de los tiempos. Pero lo cierto es que yo no estaría aquí de no ser por Toño, y por eso le estaré siempre agradecido. Fue él quien nos consiguió dónde quedarnos cuando decidimos iniciar, Freddy y yo, una nueva aventura en una ciudad que no era la nuestra. Fue él quien nos sacó en repetidas ocasiones de muchos apuros económicos que derivaban en apuros emocionales. Fue él quien creyó en nosotros, quien compartió con nosotros un pedacito diminuto de su vida, quien nos confío su cotidianidad y su esperanza, sus pensamientos en voz alta y sus expectativas. Fue él quien, cuando quedé en la uam, me regaló una caja de plumas, un organizador para el refrigerador, y un diccionario de antropología. He sido muy afortunado por encontrarlo en mi camino. Y no, no se ha ido: vive, siempre vivirá en mis acciones, así como todos sus muertos vivieron a través de él. Ahora forma parte integral de mí como un recuerdo y como patrones de conducta deseables. Su energía se reintegrará poco a poco en este mundo, y se convertirá en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en las plantas que crecen, en las aves que vuelan. No, Toño, no te has ido. No te has ido.

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"Al final todos somos sólo un montón de tierra"

11/10/09

Canto a Ruy



1. Dicen que en la vida de todas las personas, llega un momento en que la muerte nos comienza a acechar en todo momento, llevándose a nuestros seres queridos, a las personas cercanas a nosotros, a nuestros vecinos, conocidos y familiares, como una epidemia de la que vamos sobreviviendo hasta que nos llegue la hora. Lo cierto es que la muerte está siempre ahí, vigilante, impetuosa, atenta a cada paso, a cada movimiento, y sucediendo todos los días, a todas las horas, en todos los instantes. Lo único constante de la vida, es la muerte, pero la sociedad del consumo (a la que últimamente le echo la culpa de todo) la ha vuelto un asunto cotidiano y tan natural como los fenómenos metereológicos, anunciando en los noticieros que ayer murieron tantas personas en un ataque terrorista, por ejemplo, y que para hoy se espera una lluvia ligera durante la noche. La muerte está, está siempre, sólo que algunas veces, se nos muestra más visible que otras.

2. Una de las funciones primordiales del pensamiento religioso (pero, según muchos antropólogos, no la única ni la que le da origen) es la de darle al hombre la esperanza de la eternidad, sembrar en su mente la idea de que, una vez que el cuerpo haya cumplido con su ciclo vital, y si es que nos hemos comportado conforme a lo dictado por los dogmas preferidos, un alma, espíritu o esencia inmaterial se desprenderá, liberada de su cárcel carnal, para ir al encuentro con lo divino y lo trascendental, que es por definición puro, imperecedero y feliz. Es un consuelo poderoso y sin duda, una buena razón para creer en un ser imaginario superior que nos libre del suplicio sin límites que provoca la pérdida de un ser querido o el pensamiento de la propia muerte. Pero, ¿qué hacemos nosotros, los incrédulos (porque es bien sabido que "ateo" es una palabra fea y un calificativo indeseable, insultante, peor que "homosexual")? ¿A qué podemos aferrarnos? ¿Cómo lidiar con el hecho concreto, impostergable, de la muerte? Confío, como siempre, en una perspectiva optimista (o positivista, como dicen en la televisión, burlándose con su ignorancia del pobre de Comte), en celebrar los recuerdos, las memorias, y los actos sucesivos que constituyeron la vida de aquellos que amamos y que se nos van muriendo, alegrándonos por la afortunada coincidencia de haberlos topado en nuestros caminos provocando un cambio de ruta, un nuevo enfoque, enseñándonos una importante lección o una nueva palabra, guiándonos con su sabiduría acumulada y poniendo en práctica sus invaluables consejos. En fin, convertir la agonía y el dolor que nos provoca la pérdida, en una felicidad basada en la celebración de la casualidad de la vida, pensar en la interminable cadena de sucesos que tuvieron que darse para que los caminos se cruzaran, y en la maravilla que eso representa en un universo del que no somos más que un pestañeo.

3. No lo conocí muy a fondo, ni muy bien. Lo que Freddy me contaba de él era suficiente para formarme en mi cabeza la idea de una persona admirable, digna de confianza, plena de fuerza y de valentía para enfrentarse con un mundo que siempre se mostró hostil y despiadado, como a todas las personas justas y comprometidas que en él habitan. Las pocas veces que lo vi, y que charlamos, capté los destellos de su sabiduría, de su rabia, de su pasión cada vez más gastada, de sus fuerzas cada día más roídas, no por las personas a su alrededor, sino por la sociedad en la que uno vive, por los fantasmas del pasado, por la maldición de la consciencia de saberse parte de esa sociedad injusta y miserable, donde puede más la corrupción y la desfachatez que la honestidad y la responsabilidad. En esta breve relación, conseguí respetarlo, admirarlo, apreciarlo y valorarlo como una persona excepcional. Duele que se haya ido así. Hasta siempre, Ruy: tu recuerdo, aunque breve, pero profundo, vivirá hasta siempre mientras sigamos haciendo eco de tu voz, mientras tus ideas y anhelos se sigan reflejando en nuestra acciones, y mientras nos empeñemos en hacer de esta sociedad un lugar mejor para todos.

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"No me llores, no/ no me llores, no/ porque si lloras yo peno/ en cambio, si tú me cantas/ yo siempre vivo/ y nunca muero..."

1/9/09

Hay días así



[Para Tony, por la injusticia de su vida truncada]

No quiere abrir la puerta. El aire fresco del interior del coche es, con seguridad, mucho más acogedor que los casi cuarenta grados que lo esperan en la calle. Son casi las doce y el calor apenas empieza a mostrarse tal cual es, sin la menor consideración por los nobles habitantes del puerto. Mejor me voy, piensa, a tomar un refresco al sanborn's, al cabo no tengo citas hoy. Una sonrisa le llena la cara. Busca su celular, marca un número, es el primero que se ha aprendido de memoria. Aguarda. Hola, soy yo, cómo estás, vamos al sanborn's, sí, sí, estoy aquí, pero no quiero abrir hoy, no tengo citas, y pensaba, ah, sí, no me acordaba, a qué hora sales, bueno, te espero, paso por ti... te amo, adiós. Cuelga y suspira. Hacía mucho que no estaba enamorado, y a pesar de que sus súbitos planes se han frustrado, o más bien, desplazado hacia horas más lejanas, se siente feliz. Ni hablar. Toma las llaves, se pone sus lentes oscuros y de un salto sale al cruel mundo exterior. Pone la alarma mientras se aleja de su camioneta nueva, la verdad le ha ido bien en el trabajo, no puede quejarse. Sin sospecharlo, a unos pocos metros de ahí, dos hombres y una mujer lo observan sigilosos enfilarse hacia el local.

Lo primero que hace, como cualquiera lo haría, es prender el aire acondicionado. Cierra con llave por dentro, es hora que la cerradura no sirve. Se deshace de sus lentes, de su mochila y de las llaves. Enciende la computadora, verifica el teléfono. El silencio de aquí dentro le causa algo de tristeza. Hay días así. En que nadie asoma las narices ni para saludar, en que se pasa todo el día solo, con la única conversación de sus clientas. Quizá otra vez contrate un asistente, sólo para tener a alguien con quién conversar en estos días. Lo que de veras pesa no es la soledad, sino la sensación de que está envejeciendo. Que sus amigos jóvenes no quieren más estar con él, que sus amigos viejos han empezado a hacer amigos jóvenes, o se han ido de la ciudad, o simplemente, lo han olvidado. Este tiempo, inclemente, irremediable, que parece derretirse como todo lo demás, se vuelve viscoso, insoportable. Se sienta frente a la computadora, y busca las fotos de su viaje a Europa. Aquello sí era mundo, carajo. Mira esos paisajes, esos árboles, esas nubes, esa gente. No hay comparación, y nunca la habrá, siempre se ha preguntado por qué dios, si es que existe, lo hizo nacer en un pueblo insignificante que nunca llegará a su nivel. Ahora ya ha pasado su tiempo. No le queda más que resignarse.

En el mensajero virtual, los de siempre lo saludan medio distraídos. Estarán viendo pornografía o bajando videos de sus bandas favoritas, como nacos que son. Les responde también distraído. Sí, se me hizo tarde, es que no tengo citas, hay días así, no, no me aburro, tengo mucho qué hacer. Suena el teléfono. Mira el reloj. Doce veintisiete. Aún faltan cinco horas para el que será el mejor momento de este día. Alza la bocina, es una mujer, preguntando si hoy tiene libre, Seguro, a la hora que quieras, sí, a las tres, o si quieres llegar antes no hay problema, muy bien, chao. Se asoma por la puerta de vidrio que da a la calle desierta, sólo para ver el cielo brillante y el asfalto caliente. Se recuesta en el sofá del fondo. Y piensa en el amor. En lo que se pudo haber perdido si no le hubiese dado otra oportunidad, en lo mucho que puede cambiar una persona enamorada, y pasar de ser un borracho, flojo y vago, a un hombre de bien, ya con tres meses de ayudante de cocinero, no será el mejor trabajo pero es algo honesto, así hay que empezar, desde cero, sobre todo si antes no había llegado a ningún lado, le da gusto, que lo haya hecho por sí mismo, y se alegra de ser el motor de una transformación tal, ser la inspiración de alguien, compartir sueños, recuerdos, sensaciones...

Se despierta de golpe, ante los insistentes golpes a la puerta de vidrio de la calle. Mira el reloj. Dos cuarenta y dos. Vaya, se ha quedado dormido. Vuelven a tocar. Se levanta, se peina el cabello, se estira, se acomoda la camisa. Tocan de nuevo. Ya voy, ya voy. Al otro lado de la puerta de vidrio, hay una mujer y dos hombres. Debe ser la clienta que habló hace rato. Abre la puerta. Hola, buenas tardes, pasen, pasen que afuera hace mucho calor. Luego que pasan, vuelve a cerrar. Y bueno, qué vas a querer, le dice a la mujer, pero al observar a sus presuntos clientes, se da cuenta que no parecen estar dispuestos a cortarse el cabello. La mujer se ve pálida, sudorosa, y los hombres miran a la calle, nerviosos, uno no tiene ni veinte años, otro ya debe tener unos treinta. El más joven, sin duda, es bastante apuesto. Quizá se han incomodado por las fotografías de los modelos desnudos en las paredes. Bueno, qué esperaban. Mija, qué te hago, insiste Tony. No venimos a eso, le dice ella. Uno de los hombres, el mayor, saca una navaja para afeitar y se la muestra. El dinero, cabrón, dónde lo tienes.

Levanta las manos, para evidenciase indefenso. Cálmense, se los voy a dar. Pasa entre ellos despacio, pero el que trae el arma lo apresura. Ándale, culero, no tenemos todo el día. Tembloroso, Tony les da la espalda y busca el tubo de cartón donde esconde el fondo. Recuerda que lo acaba de depositar en el banco hace tres días, por lo que ahora no hay mucho. Seiscientos pesos, nada más. Es todo lo que tengo aquí, les dice, mientras les entrega los billetes. No mames, cabrón, nada más, le dice el más joven, enojado. La mujer mira hacia afuera, pero a esta hora, la calle está más sola que nunca. Creo que en mi cartera tengo más, les dice, y una vez más, pasa entre ellos, cruza el salón hacia la parte de atrás, busca su mochila junto a la computadora. Sólo trae doscientos, y sus tarjetas de crédito. Tomen, tomen, es todo lo que tengo. Vale madre, dice el más joven, ya güey, vámonos, vámonos. La mujer está dispuesta a irse cuanto antes. Tony sigue con las manos alzadas. Pero el hombre de la navaja, furioso, se acerca a él y lo toma del cuello, por atrás. No, no, por favor, le dice Tony. Las llaves de tu camioneta, pinche puto, dámelas. Tony obedece. Es todo lo que tengo, por favor, es todo. La mujer ya ha abierto la puerta y sale del local, apurada. El de veinte años también, y le dice, Ya, güey, vámonos. Tony cierra los ojos, el hombre no lo suelta, respira agitado, le aprieta el cuello con una mano y con la otra sostiene la navaja cerca de su oreja. No sabe si por los nervios o el terror, Tony cree sentir en el muslo la erección de su captor. Él se da cuenta, le dice, Pinche puto, y le corta el cuello. Tony cae al suelo, desangrándose, y a los pocos minutos, muere sin remedio.

(FIN)

15/6/09

L'enthousiasme



1. La campana sonaba, y los niños, incluido yo, salíamos a todo correr de aquella insufrible prisión llamada escuela primaria. Por esos días me iba sin esperar a nada, ni a nadie. Sólo tenía que recorrer un par de cuadras, sacar la llave y abrir la puerta de la casa de mis abuelos. A esa hora, nadie había llegado aún. Así que dejaba mi mochila en alguna recámara, y con el corazón a punto de salírseme del pecho, abría los cajones del clóset de mi tía la menor, y sacaba el libro que, por alguna razón, leía en secreto. Tal vez porque era algo demasiado íntimo para compartir. El primer libro que leí.

2. Aprender a tocar guitarra fue una experiencia sin igual. Pero, el día que me percaté que ni mi dedicación ni mi talento natural me permitirían llegar demasiado lejos como músico de tiempo completo, decidí utilizar mi capacidad intelectual para ayudar a los músicos a sonar bien, y estudiar ingeniería en sonido. Esa carrera, si existía, no estaba en la Universidad de Guadalajara, pero aún así, quería irme. Cuanto antes. En parte porque sería más fácil que me admitieran en esa escuela terminándola allá -esa fue la versión oficial-, y en parte porque me fastidiaba que me estuvieran jodiendo con cortarme el pelo. Así que un buen día, lo decidí: me iría a Guadalajara.

3. El amigo de mi padre me esperó en el centro. Tomamos un taxi, de esos dorados que iban a Otay, e hicimos el recorrido en silencio. Hablamos de su trabajo, de mi escuela, y de otras vanalidades. Evidentemente, aquel hombre sólo estaba ahí por la legendaria amistad que, en otros tiempos, muy lejanos, había mantenido con mi papá. Pero no me importaba molestar. Nos bajamos una esquina antes, él quizá no se dio cuenta, estaría un poco desorientado. Caminamos por la avenida de los ingenieros, casi hasta el final de la calle, donde vivía su amigo, el Coronel. Pero el Coronel sólo rentaba cuartos para mujeres. "Pero aquí enfrente rentan", dijo. Así que fuimos. Un señor anciano nos abrió la reja verde. Nos mostró la habitación. Pequeña, con una ventana que daba a una pared, cama y buró, agua caliente y espejo en el baño. Estaba decidido. Ese sería mi nuevo hogar.

4. Después del gimnasio, Mónica y yo desayunamos en el comedor de la escuela y fuimos con Escalante. Eran casi las once. Escalante sacó de un rincón un pesado maletín negro, lo abrió y me mostró su contenido: una sony dvcam con micrófono, audífonos, gran angular, tripié, cargadores y tres baterías de 6 horas. Me brillaron los ojos. Pensar en sentirla de nuevo, en jugar con las imágenes. Capturar la imagen es todo un reto, pero el trabajo de edición... Eso es lo que en realidad me entusiasma. Eso, y comenzar mi formación como antropólogo visual.

13/10/08

Consecuencias


[Una playa en Mazatlán, Sinaloa]

1. La repetición consistente de las mismas actividades durante un prolongado periodo de tiempo conlleva, en la mayoría de los casos, un hastío generalizado por la monotonía de la rutina que provoca estados de angustia, depresión, irritabilidad y demás consecuencias nefastas. Hace un año que entré a la escuela y el fin todavía no se acerca, a pesar de que sé mucho más sobre antropología que lo que sabía antes de entrar. F ya está harto de su trabajo y ha dictaminado seguir ahí hasta enero. Y sin embargo, nosotros estamos mucho mejor que nunca. El miedo al cambio permanece, es indiscutible, pero la emoción de hacer algo nuevo no se compara con nada. Ayer fuimos a repartir volantes de KPD. Y mientras... a la espera.

2. Mis ambiciones profesionales van mutando poco a poco. Todo el año pasado me interesaban los niveles de verdad y realidad aplicables al mundo humano, los matices y juicios que establecemos, cómo se producen las diferencias y la intolerancia entre los grupos. Aún no me queda claro, pero empiezo a intuir que es por la educación. Los niveles de educación crean marcadas diferencias entre grupos que no siempre se resuelven de manera armoniosa. Pero ahora, con mi renovado entusiasmo por la edición y la expresión audiovisual, pretende incursionar en el intrincado mundillo de la antropología visual, y como primer trabajo entregaré una pequeña investigación comparativa entre parejas heterosexuales y homosexuales, y las relaciones de roles y dominación que se dan a su interior. Había pensado, pues, hacer mi tesis sobre los fenómenos socioreligiosos de los iztapalapenses, pero si mi investigación resulta interesante, tal vez regresa al terreno de la política y las relaciones de género y poder... ¡Diantres! Pero en esta dimensión, como en muchas otras de mi vida, simplemente me dejaré llevar y a ver qué sucede.

3. No sé si este año he sido yo mismo o he mantenido una máscara con mis compañeros de escuela. Según yo, me he portado como quiero con ellos, sin importarme las relaciones de fraternidad que pudiesen surgir de la convivencia. ¿Por qué? Porque esta vez la escuela no es una obligación ni un deber que debo cumplir de la mejor manera posible. Antes de la UAM, en toda mi vida académica, había intentado establecer esos lazos de fraternidad para hacer la estadía más llevadera. Ahora, no me interesa. Realmente estoy preocupado por la obtención y comprensión de conocimientos, por el aprendizaje y las experiencias que tengan qué ver con lo que estoy estudiando. Sin embargo, esto me ha traído consecuencias, mayormente negativas, las cuales francamente no las esperaba: una exclusión del ámbito social que se identifica como "grupo" de antropólogos uameros, tal vez no explícita, pero que se refleja sobre todo en las actitudes que mis colegas tienen para conmigo. Seguramente se da desde hace un tiempo, pero no lo había notado hasta hoy. El siguiente paso es establecer la razón de esta presunta exclusión: mi actitud hacia ellos, o mi alejamiento en las distintas actividades lúdicas que organizan para fortalecer los lazos de fraternidad. Es más: ni siquiera tengo ahijado. Lo cual, extrañamente, no me provoca gran cosa...

4. La prioridad establecida entre mis distintas actividades y tareas me ha alejado sistemáticamente de la inspiración y la disponibilidad para seguir escribiendo cuentos. Muchas veces los veo en mi cabeza, imagino situaciones, conflictos, choques, pero no me siento con las ganas suficientes de crear historias. Ahorita lo que más me preocupa es el video de relaciones de dominación, cómo lo voy a estructurar, qué voy a incluir, cómo voy a grabar, escribir el guión, documentarme sobre el tema (en lo cual voy muy atrasado), ese tipo de cosas; luego, las demás materias, las lecturas, las exposiciones, incluso los trabajos finales; después mi actividad laboral, seguir repartiendo volantes, estar atento a todas las oportunidades de grabar/editar videos, echar a andar de una vez por todas el proyecto; las encuestas en El Vicio, mis clases de alemán, la fiesta en diciembre, las cuentas por pagar, la higiene personal, la salud, el aspecto físico, las características del lenguaje, la inmensa creatividad del ser humano... Miles, millones de preocupaciones en mi cabeza que, francamente, han ido desplazando, aunque sea por un tiempo, la necesidad imperiosa de la creación literaria.

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"Bésame... bésame mucho... como si fuera esta noche la última vez..."

4/9/08

Be



1. Cuando M. me acompañó al edificio H, a buscar al profe de sociología, secretamente esperaba no encontrarlo. La noche anterior había meditado mucho el asunto de esa calificación. Desde que fuimos a presentar el "examen", cuando me topé con C. en el camino y me dijo, "nos puso MB", pensé, Entonces será pan comido. Cuando terminó nuestra charla, después de no haber dicho nada (¿¡Por qué me quedé callado!?), y cuando nos dijo, "Pues en esta charla les pongo B", pensé en decirle algo, Oiga, cómo B, no estamos tan mal, al menos no todos... Pero algo dentro de mí, un instinto de resignación, genético quizá, me hizo detenerme.

2. Aunque creo que ya sé qué fue lo que pasó. Todo empezó cuando el dr. Reygadas nos entregó las calificaciones del ensayo. Pude ver, en la parte de arriba, una calificación a la que no estoy acostumbrado, aunque en la final era la misma de siempre. Inmediatamente pensé, Mierda, no es justo. Después pensé que lo merecía. Por soberbio y por engreído. Luego pensé que no podía resignarme de esa forma. Por eso con fui a preguntarle a Falomir, y puse todos sus textos en mi ensayo final. Por eso fui a preguntarle a Tejera, y contesté las preguntas tal y como me dijo. Con Reygadas no había más qué hacer. Y con Rodríguez... Quizá ahí me entró el remordimiento. De no haber hecho nada cuando estábamos en el equipo. De haber faltado a dos o tres clases importantes. Entonces sí pensé, Me lo merezco. Y me quedé de brazos cruzados.

3. Lo que sí está decidido es que será la única B que me permitiré en toda la carrera. Me confié, ese fue mi error. Me sentí superior a los demás y creí que la UAM, igual que todas mis anteriores escuelas, serían pan comido. Pero ahora veo que me falta mucho. Si redacto bien y puedo entender las teorías, no basta. Mi limitación es aplicarlas en la vida cotidiana, y en eso hay gente que es mejor que yo, y tengo que trabajarlo.

4. Ya no me importa no ir a las fiestas. El otro día estaba viendo las fotos de E., de todo lo que me he perdido y lo que no viviré jamás... Pero ahora más que nunca estoy convencido que las fiestas no ayudarán en lo más mínimo a mi futuro profesional. Que mi época de adolescente desmadroso ya pasó, y lo que ahora realmente me interesa es saber qué será de mí después de la escuela...Las fiestas lo único que dejan es una cruda terrible. Y las pocas que llegué a experimentar (y las pocas que estoy dispuesto a experimentar próximamente) son suficientes para mí.

26/8/08

Golpe bajo



Cuando estuve en la prepa, fue sumamente sencillo superar, en casi todo los aspectos, a mis compañeros de clase. La verdad era que sentía orgullo, al ver a la maestra de música recomendarle a los demás guitarristas que si se les olvidaba algo, me siguieran a mí; o cuando la maestra de taller de redacción me hacía leer mis trabajos frente a la clase; o cuando la maestra de historia me quitaba los exámenes para que no me copiaran. Era increíble.

Cuando llegué a la universidad, me sentía nervioso. Pero bastaron dos trimestres de calificaciones perfectas para percatarme de que, en realidad, competir acá no iba a ser tan difícil. Pero hoy el dr. R me ha puesto los pies en la tierra. No soy el mejor. No soy un buen analítico. Entiendo con facilidad las teorías, y redacto mejor que muchos, pero como él dijo, eso no basta. Bueno, escribir bien ayuda a los que te leen a entenderte. Pero se necesita mucho más que una pluma hábil para ser un buen antropólogo. Aunque se suponía que esto era mi hobbie.

Me había confiado tanto que lo dejé todo para el final. Que no pedí consejo de nadie, que realmente pensé que no necesitaba esforzarme demasiado. Llegado el momento de redactar, me puse tan nervioso (como ahora me pasa con mi siguiente ensayo) que no pude hilar mis ideas, ni hacer una buena aplicación de la teoría al ejemplo, aunque lo intenté. No sabía qué más agregar. Fue un trabajo mediocre, pobre y que merecía esa calificación. Digo, no fui el peor. Pero no es a lo que estoy acostumbrado. Eso pasa por confiarme.

Ahora, tengo dos alternativas. Puedo ser más humilde y dejar de preocuparme por saberlo todo; pero hoy dejé pasar la oportunidad. El dr. R me detuvo antes de la clase y me preguntó sobre mi trabajo. Yo le dije lo que sabía, y estuve tentado a preguntarle qué había salido mal, cómo podía mejorar. Pero en ese momento llegó C. No lo considero un rival, no estamos en las mismas condiciones. Él me supera por mucho, pero hirió mi orgullo escuchar al dr. R decirle que "había sido un placer darle clases"... ¡Argh! La mayor parte del tiempo había escuchado eso, pero hacia mí, no hacia alguien más. Quizá ese golpe bajo me hizo dejarme de demostraciones de humildad. Fue un golpe duro, la verdad.

La otra alternativa es ser más agresivo. Leerlo todo, pensar, escribir, discutir con los maestros. Ya que mi memoria no es tan buena, necesito hacer fichas, sinopsis, resúmenes, de todas las teorías que hemos visto. Participar más en clase, opinar, criticar, debatir... Es decir, como hacía en la prepa: darme a notar. Que los profesores recuerden mi rostro al pasar lista, que me citen, que discutan mis ideas... Eso ayudará, supongo, a mis ambiciones futuras.

O tal vez sea una buena idea combinar ambas y dejar de confiarme. Aceptar que tengo limitaciones analíticas importantes, que la comprensión de una teoría no es suficiente. Que ser un buen antropólogo no consiste en pasar todos los exámenes...

La verdad es que me dolió el orgullo. Esa es la verdad.

15/6/08

Bang!



De regreso a Teotihuacan, pero esto vez para mostrarle el mítico lugar a mis nuevos amigos alemanes, G y L. Quedaron fascinados, conseguí un descuentazo en un silbato de jaguar, de 250 a 160 pesos, para G, quien es músico y lo usará en uno de sus shows. Compraron llaveros para sus hijos, nos refugiamos de la lluvia...

Eso fue el miércoles. El viernes los llevé al foro Alicia a ver a los Corazones Rotos, los Frenéticos y Nicotyna. A G le encantó, son grupos como de rock & roll, tipo los Implantes, con kinky guitars y bailes y disfraces retro. Un niño bailaba mejor que muchos de los adolescentes con copetes esponjados que acudieron al llamado. Me hubiera gustado quedarme un rato más, pero no tenía dinero para el taxi. Es lo malo de ser pobre.

Y ayer vinieron a la casa. Les advertí que yo no era un guía de turistas convencional. Los llevamos al mercado de Iztapalapa, comimos en la fonda de abajo y de postre F hizo fresas con crema. L probó, por primera vez en su vida, tequila. G no toma y como tampoco había refresco, tuvo que tomar agua. Fueron buenos días. La verdad es que los voy a extrañar cuando se vayan. Probablemente hoy los vea, en el Vicio. O si no, hasta el lunes, antes de que se vayan al aeropuerto. Y después, quién sabe cuándo.

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No lo vas a creer, pero todavía me duele. Todavía veo tu imagen, aterrorizante, en mi cabeza, antes de dormir, al despertarme, cuando vamos a comer, cuando me abrazas, cuando me das un beso... Trato de olvidarlo, pero es difícil cuando todavía duele. No hay marcas, ni señas, cualquiera que me viera diría que nada pasó... Pero pasó, y todavía me duele. Todavía...

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"He shot me down [bang, bang], I hit the ground [bang, bang], that awful sound [bang, bang]...
my baby shot me down..."

21/3/08

Flashback [vol. 3]



-Pues, vamos a fumar, ¿no?
-Arre.

No perdimos el tiempo. En cuanto llegamos del museo nómada del zócalo, A. y yo nos salimos a la terraza [o como se llame] y fumamos la mitad de un porro empezado. Le di muy duro, cuando andaba arriba estaba muy preocupado, y repetía, No debí dejar que se me subiera tanto, mientras A. me decía que me relajara o me iba a malviajar. Al final logré cambiarme, nos bañamos y, ya más despejados, nos fuimos al Vicio en metro.

[...]

Después de caminar por lo que yo creí que era el barrio chino, nos sentamos en una banca al lado de un señor con lentes oscuros. Habíamos caminado mucho ese día. Me preocupaba llegar a la casa, y encontrarlo enojado. Me dijo que podíamos caminar por la calle donde estábamos y fumar. Pero yo creí que estábamos muy cerca del centro, así que le propuse ir a Chapultepec. Nos dejaron en el paradero y tuvimos que rodear para llegar al museo Rufino Tamayo. En el camino fumamos, y nos sentamos a trippear frente al museo. Hablamos de los niveles, de la verdad absoluta y de las relativas. Y no podía creer que ahora pensara así.

La verdad, lo vi como un retroceso. Pero él piensa que no. Tendrá sus razones, pero un día se dará cuenta que antes estuvo en lo correcto y ahora es cuando está equivocado.

[...]

Pasamos la noche en vela. Las bancas de la Terminal Poniente son sumamente incómodas y lastiman al sentarse. Además estábamos muy cerca de la puerta, y conforme avanzaba la madrugada, el frío arreciaba. Los tipos de las pulidoras no ayudaban en lo más mínimo a dormir, aunque fuese un rato. No recuerdo haberme quedado dormido en ningún momento. Compramos un café pero cuando salimos, como iba temblando, tiré buena parte. Ya de regreso se me quitó el sueño, sólo faltaban unos minutos para que dieran las 4:30 a.m.

Llegada la hora, nos detuvimos en los taxis de afuera. El fulano que vendía los boletos de los taxis de la central anunció que no habría metro hasta las 7. Así fue. Creo que, mientras estábamos sentados, tratando de dormir, pensé en decirle cuando se fuera que no podía creer que se iba creyendo en el relativismo, poniendo en duda la veracidad de la razón humana. Hubiera funcionado si nos hubiéramos fumado otro gallo. Pero hacía mucho frío afuera y me daba una hueva tremenda salir a fumar. Y antes de que subiera al taxi, sólo alcancé a decirle que me había dado un gusto tremendo que viniera, y que esperaba que no fuera la última vez. Luego el taxi se fue, y yo me quedé con su chamarra, cubriéndome el frío, dos horas y media más.

20/8/07

Piel de plástico



Despierta solo en la cama, con la cabeza a punto de estallarle, y muy desorientado. No hay duda, esta es su cama, y su recámara, por donde la luz entra a bocanadas en la primer mañana soleada del invierno. A pesar del intenso sol, hace frío, y Gil busca la colcha, con los ojos entrecerrados, en el suelo. Se tapa, retornando así a la oscuridad cálida de sus sueños. Anoche estuvo bien. Quién diría que por única ocasión Juani tendría razón. Ella no es tan mala. Sólo a ella puede considerar como su amiga. Se preocupa por él. Le lleva de comer, a veces. Le consigue trabajos buenos. Lo invita al cine, a un concierto, o a ir a tomarse un café, un helado. Lo aconseja. De no ser porque se conocen muy bien, Gil creería que le gusta. Pero ella sabe muy bien cómo es él. Sabe que no tiene ojos más que para Butch. Y hablando del muñeco...
De un salto se levanta, abriendo mucho los ojos, diciendo, como en las películas, Butch, llamándolo, preguntándole al aire por él, y quedándose ciego unos segundos por el paso de la oscuridad a la luz. No recuerda muy bien qué pasó anoche. Ni siquiera sabe si se enteró del nombre del fulano que se trajo a la casa. Sólo sabe que tenía unas manotas que daban miedo. Aún las siente en la piel. Mas no es momento de pensar en vanalidades, ahora mismo hay asuntos más importantes qué atender, o hay al menos uno, pero es como si contara por todos los asuntos de su vida: dónde carajos dejaron a Butch anoche. Quién sabe, tal vez el fulano todavía ande por aquí, esté en el baño, o en la sala, o preparándose un té, un café, Gil se pone la ropa, unos pants y una camisa, por estos días se ha puesto guapo, ya no es más el muchachito escueto y sin chiste, le pasa algo a su rostro, Juani se lo ha dicho, sin precisar bien los detalles, sólo sabe que hay algo, que le ha cambiado algo, por eso su conquista de anoche, en otros tiempos habría regresado solo a casa, a pesar de sus repetidos intentos, pero siempre estaba Butch para consolarlo, él jamás se había atrevido a abandonarlo, despertaba ebrio y triste, con Butch a su lado, los ojos abiertos, la boca abierta también, marcados los músculos con un color más fuerte en su piel de plástico, y se abrazaba de él con tal desesperación que a veces temía reventarlo.
Lo vio por primera vez en una sex shop. En ese entonces le parecía una ridiculez, una tontería, un juego casi. Preguntó el precio, según él, nada más por curiosidad. El encargado de la tienda no le dio importancia, todos los días iba gente así, o muy pervertida o muy desesperada, preguntando por todo, era el método general, excepto el de unos pocos, los más valientes, que tomaban lo que querían sin preguntar nada a nadie y lo llevaban directo al mostrador sin importar si hubiese o no gente, pagaban y se iban por la calle muy contentos con sus nuevos artículos en bolsas negras con el sello de la tienda. Gil no era tan osado. Hasta la tercera ocasión que puso un pie en la tienda, casi un mes después, durante el cual soñaba y fantaseaba con Butch, que así decía en la caja que se llamaba, pensando cómo una piel de plástico y un cuerpo inarticulado podrían provocarle placer. Tomó la caja, los ojos del encargado fijos en él todo el tiempo, no fuera a robarse algo, y se anduvo paseando por la tienda. Tomó también unas revistas, una película y unos condones. Condones, pensó el encargado, No se necesitan condones para cogerse un muñeco, pinche pervertido pendejo. Gil, incapaz de conocer lo que habitaba la mente del vendedor, agradeció con una sonrisa nerviosa y se fue. Jamás volvió a ese lugar.
Lo guardaba en secreto, a salvo de todo y de todos. Nunca le mencionó a nadie su compañero nocturno, el que le devolvió la sonrisa al rostro, el que lo hizo olvidar sus fracasos sentimentales, era suyo, no lo quería compartir, no deseaba exponerlo al juicio feroz de los que supieran de él. Conocían bien las consecuencias, lo relajado que estaba, la risa espontánea y hasta entonces desconocida, el optimismo, la seguridad. La única que sospechó fue Juani. A ella no podía engañarla, y le dijo. Le habló de Butch. Hasta se lo enseñó. Lo mantenía desnudo siempre, con el pene artificial erecto y los pies pequeños, desproporcionados, las manos sin dedos, los vellitos pintados en el pecho. Es una aberración, dijo ella, espantada. Le costó trabajo a Gil hacerla comprender que era asunto suyo, no de un psicólogo o un doctor, que estaba conciente de lo que estaba haciendo, que sabía que Butch era un muñeco y no un hombre de verdad, que no estaba perdiendo la razón. A Juani le costó un tiempo asimilarlo, pero cuando al fin lo logró, de algún modo se hizo de centenares de amigos para presentar a Gil, pero él nunca podía entablar una relación, por más que quiso. Hasta la noche anterior, cuando salió por su propio pie al antro cerca de su casa, conoció a este fulano, se besó con él, lo acarició, lo invitó a su casa, Vivo solo, le dijo, y tengo un amigo, era arriesgado, pero como iba a ser su primera vez, iba a sentirse más seguro con Butch ahí, vigilando.
Cuando lo sacó del clóset el fulano sonrió, pensando, Maldito pervertido, me encanta. Tomó a Gil y al muñeco y los echó en la cama. Estaban ebrios, no supo cómo pasaron las cosas, hasta que despertó, y vio los condones esparcidos por aquí y por allá. En definitiva, el fulano este se había ido, no estaba su ropa. Tampoco estaba Butch, ni en la sala, ni en la cocina, ni en el patio, ni de vuelta en el clóset. Gil se puso de rodillas frente a la ventana, y lloró. Al principio de su llanto porque lo extrañó. Pensó que ya no tendría su compañía incondicional, que ya nadie le daría cariño, comprensión, placer como Butch. Pero luego, poco a poco y conforme sus cavilaciones avanzaron, lo odió. Porque se había ido. Porque había provocado que el fulano que se trajo a casa se lo llevara, tan hábil era en la cama, o más que Gil, al menos, y se sintió desplazado, traicionado, y abandonado. Ya más calmado, aceptó que no iba a tener otra salida. Volvería a esa sex shop, y se haría creer que Butch estaría ahí, esperándolo, como si nada de esto hubiese pasado, para empezar de nuevo.

(FIN)

24/7/06

Flashback (vol. 1)



1.
El autobús estaba casi vacío. Hablábamos, reíamos. Ibamos entusiasmados, ambos. Yo, nervioso. Pero de pronto ya nada me importó, cuando nos quedamos clavados en la mirada del otro. Me recosté en su regazo. Me dejé guiar por sus manos, por sus brazos. No podía no darse cuenta. Intercambio de sonrisas. De miradas. De besos.

2. Nuestro anfitrión dormía. Llegamos horas antes de lo que planeado. Nos acomodó en el cuarto de servicio, a un lado de la lavadora, en un colchón que se convirtió en una guarida que nos negábamos a abandonar, cada mañana que duramos ahí (hasta que llegó la francesa). No recuerdo muy bien cómo pasó, qué hicimos, quién empezó. De repente ya estábamos, los dos, acostados, abrazados, desnudos. Felices de tenernos.

3. Ambos estábamos lejos, de todo y de todos. La gente que nos veía juntos asumía, por alguna razón, que había algo entre nosotros. Algo de lo que no hablábamos, o al menos que no mencionábamos de forma explícita, pero que se veía en nuestros rostros, en las señas que nos hacíamos, en nuestros gestos, en nuestras voces, en lo que decíamos del otro. Tan así que, la segunda mañana, cuando conocí al doctor, lo primero que me preguntó al vernos salir juntos del cuarto (antes incluso que mi nombre), fue "¿Cuánto tiempo llevan juntos?". Yo sonreí, nada más, y contesté "Unos meses". Es que decir "Un día o dos", era mucho descaro.

4. Yo estaba un poco nervioso. Conocer a T. iba a ser uno de los acontecimientos más importantes en mi incursión a su pasado. Me sentía como si fuera a presentarme a su ex. Por eso me sentía sofocado en esa esquina, trepado en una periquera incómoda. Recuerdo, sí -lo confieso-, que aun entonces ponía unas cuantas reservas hacia lo que estaba sintiendo. "No debe importarme tanto", pensaba. Pero el hecho era que me importaba. Discutíamos esto cuando T. bajó de su oficina, atravesó las mesas y llegó hasta la nuestra (a la que nos habíamos cambiado). Se sentó, nos presentaron. Me pareció un buen sujeto. Hasta me cayó bien.

5. Nos quedamos dormidos en el autobús de regreso. Quizá porque era mucho más cómodo (y menos caluroso) que el que habíamos tomado de ida. Quizá porque volvíamos exhaustos luego de subir tantos escalones y caminar tanto rato por Teotihuacán. Cuando vi por la ventana que entrábamos a la central del norte, me sentí desdichado. Porque dentro de pocos días tendríamos que regresar ahí, pero ya no para irnos de paseo a algún lugar cercano y maravilloso, sino para emprender el largo camino hacia nuestro -no tan- querido rancho con agua. Mierda.

6. Hacía mucho que no lloraba. De verdad que no recuerdo la vez anterior a esa. Pero en mi interior había una mezcla terrible y desgarradora de sentimientos angustiantes. Rabia, temor, nostalgia, frustración. Y eso que nos quedamos un día más. Interrumpí nuestro abrazo para decirle "Hay que quedarnos". Me miró, con la cara llena de sorpresa. Sabía que era una locura. Hablamos. Al final decidimos volver a nuestra tierra natal, un par de días, para arreglarlo todo y marcharnos de una vez por todas y para siempre a la metrópoli mexicana por excelencia: Chilangolandia.

7. (Tic-tac, tic-tac...)

20/4/06

Nostalgia



Llegó de pronto. Tan de sorpresa que no me dio tiempo siquiera de prepararle una bienvenida como se merece. Es más, ni siquiera me di cuenta. Tan escurridiza se ha hecho desde la última vez, que ya ni avisa cuándo dará el golpe. Sólo lo da, y ya, como si fuera mi dueña. Coincide, es extraño, con las recientes decaídas de los compañeros del CPOC, y la baja de entusiasmo general en nuestro grupo, el pesimismo, la negatividad. Sin embargo, no creo que se deba a eso. Es como algo interno. Reubicarte, replantearte prioridades, metas, objetivos, bajo un contexto por completo diferente al de tus anteriores prioridades y metas y objetivos, es una labor ardua. Luego de un tiempo, comienzas a extrañar. Será el calor.
Extrañas a los amigos que se quedaron atrás y que, es muy probable, se consideren traicionados, olvidados, ignorados, mientras yo seguido veo sus fotos, visito en silencio sus blogs si los tienen para enterarme de cómo les va, y recuerdo. Las calles, los parques, los camiones eternos, el cine. Mi vida burguesa tijuanense, comiendo hamburguesitas en McDonald's y desayunando tacos de birria. El olor húmedo de mi diminuta habitación. La cama siempre destendida. El radio, nido de cucarachas. El clóset decorado con galones vacíos de agua. Los focos blancos de neón en el techo bajo. Los dos espejos. La regadera caliente y el vapor inundándolo todo. Incluso extraño las canciones que mi odioso vecino Eliazár cantaba a todo volumen casi todas las tardes. Las desveladas en el callejón, con los que resultaron ser cholos pseudo-violadores gays. El estacionamiento del Costco, la explanada del CECUT. Los taxis dorados que me llevaban a mi casa a las tres de la mañana, y las cinco cuadras que me separaban de la avenida, que recorría a diario soportando el intenso frío de las noches...
Extraño todo eso.
Y lo extraño porque acá mi vida no es tan intensa. No tengo compañeros de trabajo, más que el "jefe". Debo esperar otros cuatro o cinco meses para entrar a la escuela. Y, al parecer, funciono como "desarmador" de todos los grupos a los que trato de integrarme, y en los que, hasta la fecha, no me he integrado del todo. Qué fiasco. Estoy cansado, la verdad. Estoy frustrado. A ver, ¿por qué sólo sale trabajo los días en los que tengo otros asuntos qué atender, y no cuando me paso días enteros, buscando qué hacer? Que mierda. Ya no lo aguanto. Pero estoy convencido de que, como siempre, es una fase... Y saldré de esta. Hay que pensar que mañana saldrá el sol, no en la tormenta que esta noche azota... Claro, en caso de que la tormenta nos resulte insoportable. Y tediosa. Y asquerosa. Maldita nostalgia.

21/11/05

descubrimientos

descubrimientos

hay quienes dicen que todos los días se aprende algo nuevo. el otro día le enseñé a jessy a recordar cuáles meses tienen 31 días contando con los nudillos. y el fin de semana pasado descubrí que siempre es mejor estar bien hidratado, aunque te den ganas de ir al baño o aunque no sientas sed, si no, puedes quedarte ciego cuando menos lo esperas... pero esa es otra historia.

anoche decidí gastar mis últimos veinte pesos en algo de cenar. hice los dibujos de la tarea de mercadotecnia en el cuaderno (igual que el guión técnico para guionismo), con la esperanza de poder pasarlo al siguiente día temprano a computadora para entregarlo. la nueva remesa me llegó hasta las once pasadas, lo cual me quitaba la posibilidad de entregar mi trabajo a tiempo para evaluación. ¿víctima de las circunstancias? no, no creo. más bien, víctima de la mala administración, víctima de la economía del país, víctima del modelo neoliberal, como la gran mayoría de los habitantes del mundo. en la clase de foto había cola para usar el salón, y a mí me toca hasta el próximo miércoles, así que decidí no ir a la escuela. me bañé con calma, arreglé como pude mi cuarto, y fui a sacar el dinero. compré un libro que necesitaba y que por casualidad encontré en la librería de la uabc, en un recorrido de reconocimiento, pensando en que, en un futuro no muy lejano, estaría recorriendo los andadores de esa escuela pero no para perder el tiempo, sino para acudir a mi siguiente clase. regresé a casa, leí dos capítulos de "patas arriba, la escuela del mundo al revés" de eduardo galeano (muy recomendable), y cuando dieron las dos y media, acudí a la fondita a cuatro cuadras de mi casa a comer algo. luego fui a caminar, y por casualidad, vi a lo lejos una comercial mexicana. con la esperanza de poder adquirir ahí mi revista conozca más (edición especial de sexo) a precio de portada, me encaminé hacia ahí y, para mi enorme sorpresa, descubrí el centro comercial otay, una especia de "gran plaza" mazatleca si estuviera abierta las 24 horas y fueras a las 4 de la mañana: locales abandonados, pasillos vacíos, vendedores (de libros, de belleza estética, de impresiones, de ropa, de sombreros mexicanos) esperando el milagro de que un cliente atravesara la puerta del local.

me pareció fabuloso. como descubrir ruinas contemporáneas, un centro comercial en el olvido, donde el eco se multiplica por las esquinas, los guardias de seguridad te ven con ojos de sospecha, y te siguen por los estantes del interior de la comercial mexicana, porque en aquel lugar rústico no existen las cámaras de seguridad, ni las alarmas antirrobos, vamos, ni siquiera existen las puertas que se abren solas: aún tienen la leyenda "empuje" inscrita con letras blancas. me pareció un descubrimiento insólito, un lugar donde puedes ir y disfrutar del silencio y la tranquilidad, un mundo paralelo donde el consumismo aún no clava sus garras, donde los vendedores, en lugar de competir, se unen para vender aunque sea un poco, y los clientes, en vez de recorrer la plaza con prisa, se toman su tiempo para saborear el placer de la quietud. la mejor plaza de tijuana: el centro comercial otay.

por cierto, antes tenía multicinemas. ya no.

25/10/05

el señor flores

increíble. es sólo... increíble. he estado demasiado ocupado los últimos días, las últimas semanas. de nuevo caí en la trampa del presente, pero ahora ya no me asfixia. sin embargo, con mi papá aquí, creo que todo tiene más sentido. no puedo explicarlo, pero así es.

recuerdo que lo vi, claro, en medio de algún receso, los primeros días de clases en la preparatoria sinaloense. lizbeth becerra ayudó a juntarnos, un día que se le acercó a aquel muchachito antisocial que entonces era, y me preguntó que si tenía novia. por qué, bueno, en ese momento no pensé nada, ni que se me estuviera insinuando ni que se estuviera burlando o algo, porque ella estaba muy presente en mi mente. sólo contesté que sí, y lizbeth, sorprendida, me llevó con sus amigos. ah, tenía que ser ella...

no recuerdo bien cómo estuvo. de seguro nadie presentó a nadie, y me fui acoplando poco a poco, como siempre. una extraña afinidad nos unió al señor alberto flores y a mí, que con el tiempo fue creciendo. sí, yo sabía que había sido amigo de isaac lizárraga toda la vida, y mi intención no era entrometerme, pero como dije, fueron las afinidades las que nos unieron. de pronto me encontré contándole mis penas de amor, él pidiéndome consejo, una noche, ambos, conversando en la parada del camión sobre nuestros respectivos problemas... podíamos hablar de cualquier cosa. yo sabía que de él jamás iba a recibir una palabra falsa pero que fuero lo que yo quería oír. siempre me decía lo que a él le parecía mejor, aunque fuera duro. como quien le da unas cachetadas a su amigo para que se calme. y el humor, hablábamos el mismo lenguaje, cierto sarcasmo suave y cruel al mismo tiempo... ah, qué tiempos aquellos. la noche de la despedida, apenas un semestre después de habernos conocido, fuimos a tocar al malecón, a la glorieta sánchez taboada. en la gorra que pusimos para el dinero reunimos lo suficiente como para comprarnos cada quien un vasito de elote con crema y queso. le dije, que le deseaba suerte, que por acá se le iba a extrañar. vaya que sí. lo he vuelto a ver dos veces. la primera, no pasamos muchos días juntos, pero los disfrutamos. la segunda, en una parranda como pocas en el callejón donde vivía, era año nuevo, me fui hasta que amanecía. y ahora existía la posibilidad de reunirnos de nuevo en diciembre, pero ya empiezo a preocuparme.

cuando recordé dónde había pegado el huracán (mi mente ya no funciona como antes... maldita sea), me preocupé por mi amigo. y qué si le pasó algo, estará bien, tengo que llamarlo. pero no lo he hecho. dice karla que no entran llamadas. de todas maneras lo intentaré. tengo que preguntarle si de nuevo pasaremos año nuevo en el callejón, con la hielera llena y los recuerdos a flor de piel. sólo espero, de verdad espero, que al señor flores le esté yendo bien.

y me gustaría estar presente en el cumpleaños de mi hermano. ya van dos seguidos que me pierdo, y no creo que sea justo. en fin. así es la vida.

"mi vida... no me hagas sufrir más..."

10/9/05

la reflexión del día

no es que sean amigos amigos, pero ya me han puesto un apodo. pero no me importa, es igual... de todos modos, el que manda soy yo.

otra vez vuelve a hacer frío por las tardes y por las noches. otra vez mi cuarto. otra vez mi cama. otra vez la luna que sonríe. otra vez la nostalgia. la infinita nostalgia. otra vez andar a las carreras, que el tiempo y el dinero se escurran entre las manos, que el hambre indomable se filtra a cada hora. y los abrumadores recuerdos. y la tortuosa conciencia. y todo, todo lo que andaba rondando por ahí, por mi cabeza, sigue su curso, sigue, sigue... sin apiadarse. no fue suficiente el descanso. dos semanas no son nada. dos semanas no cambian nada. o lo cambian todo. los muertos, después de todo, sí resucitan. y algunos agujeros, eso ni dudarlo, no tienen fondo.

15/7/05

esperando la última ola...

al fin ha pasado todo. entre planes echados a perder y tareas entregadas (y por ende, estrés liberado), ayer tuve que medio soportar el escándalo de los vecinos borrachos, mientras sentía que ella se me escapaba de entre las manos. y es que ya la sentía tan cerca, ya podía oler su cuello y sentir su mirada, y saborear sus besos. y resulta que el concierto que sería el pretexto para viajar a mexicali se cancela, y yo me quedo flotando en el aire, con los planes arruinados y la perspectiva de otro fin de semana aburrido.
ya todos se han ido de vacaciones, y no me quedan más amigos. los que más quiero ver están muy lejos, los que están aquí... pues, nada más no. los que todavía no llegan, ya llegarán, y los que están en trámites, llevan las de perder. mi cuaderno de cuentos ha sido invadido por poemas malos que no me atrevo a publicar, mi cuarto está sofocado y caliente... pasó una semana más, tan lenta y tan rápida a la vez. y nada... que todo parece tan lejano. el día de ayer parece tan distante, y qué decir de la semana pasada. y siguiendo con este patrón, quedaron muy atrás los gloriosos años de prepa, cuando yo era un joven cantante y actor muy popular entre los profesores, que ya me requerían para tal o cual obra, que para una tocada o para una pastorela, o para escribir un ensayo o qué sé yo.
quedaron muy atrás los tiempos en los que me tenía que levantar cada mañana, ponerme los zapatos, el pantalón negro y la playera blanca y subirme en un villa galaxia con dirección al centro histórico, esperar a que llegara el teniente y abriera la puerta del colegio, entrar y esperar al profesor o profesora, tomar las clases correspondientes, salir al receso a comprarle una torta a conchita o una pizza de champiñones, tomar más clases, salir de la escuela y caminar hasta el mercado pino suárez a tomar el camión de regreso a casa... qué lejos han quedado aquellos tiempos. lo peor es que nunca jamás regresarán.
por estos días el mundo se ve como si fuera un mundo vacío, solitario, como si todas las personas estuvieran deprimidas como yo. insisto en que mi viad se rige por los ciclos lunares, y cuando el cuarto creciente se empieza a transformar en luna llena, mi estrella comienza a opacarse. aah... pero qué cosas digo. tanto tiempo libre, y nada qué hacer... me gustaría... verla. verlas. pero más a ella, porque, pues... ella es importante. lo más importante... en fin. ninguna experiencia sobrenatural hasta el momento... qué vida aburrida, ¿no? jajaja...
ya.