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28/10/09

Futuro [vol. 2]



1. Es un poco dar una última pataleada antes de llegar a la playa. Las cosas no están saliendo tan bien como yo quisiera, pero eso es lo de menos, estoy en muy buena compañía, me siento completo, feliz, agradecido por los días de sol y por los días de lluvia, y por las noches con luna y las nubladas, en fin, por todo lo que el mundo tiene para dar. Qué dirección ando, la sé, la conozco. Si fue o no mi mejor decisión, no importa ya, con tanto tramo caminado. Cuál es mi papel, qué quiero lograr, el tiempo lo dirá. No he tenido la oportunidad de desmayarme durante dos minutos y diecisiete segundos para conocer qué será de mí en seis meses, mi única salida es esperar, si me iré a un trabajo de campo o no, si elegiré un buen proyecto o no, me preocupo demasiado cuando la experiencia dicta que no es suficiente preocuparse, sino aprovechar las oportunidades cuando se presenten. ¿Y quién dice que yo aspiro al éxito profesional? Lo tengo muy claro, si no soy antropólogo, editaré videos, y si eso tampoco funciona, pues me iré de guía de turistas, todos trabajos dignos (tengo mis dudas sobre el de antropólogo), y que me ayudarán a vivir. Sólo es la sensación de que el tiempo pasa y que en realidad no he logrado nada. Ni para mí, ni para nadie.

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"¡Qué pobre memoria es aquella que sólo funciona hacia atrás!", Lewis Carroll

7/10/09

El argonauta del pacífico occidental [2 de 2]



2.

Por la noche, agotado, recogió la vela y se dejó llevar por la corriente. El mar, es verdad, era peligroso, pero si tenía que morir, moriría, sin importar los rituales o la magia. Vaya disparate, pensaba, temblando de coraje, vigilando el firmamento despejado y tranquilo, Y pensar que tantos años me equivoqué. Estaba decidido a viajar hasta encontrar una isla donde no practicaran la magia, donde pudiera vivir libre de rituales estúpidos y sinsentido, sólo ocuparse de trabajar y comer, nada de iniciaciones, ni ceremonias, ni canoas mágicas. En algún lugar de este mar debe haber un lugar así, se dijo.

Dos mil metros arriba de su cabeza, arropados por la oscuridad de la noche, los traficantes de diamantes gritaban desesperados y discutían por sus vidas. El conductor del helicóptero esperaba instrucciones, el líder de la banda, tenso, analizaba las opciones que tenían: una, arribar al puerto y entregarse sin resistencia al ejército, sabiendo que los matarían; dos, arribar al puerto y luchar contra ellos hasta morir; tres, estrellarse contra el mar y morir de todos modos. Uno de los miembros de la banda lloraba de desesperación, No quiero morir. De todos modos vamos a morir, pero podemos arruinarles el decomiso a esos imbéciles. Ordenó, al fin, que arrojaran los diamantes al mar, terminando así con su largo viaje por tierra, por agua y por aire, que prepararan sus armas y que trataran de morir dignamente, como hombres que eran. Así lo hizo el piloto.

Estaba a punto de amanecer y Najut ya cantaba victoria cuando escuchó un ruido extraño en el cielo. Miró hacia arriba pero sólo vio sorpresivas nubes de tormenta arremolinándose sobre su cabeza. Después de un trueno que partió el cielo en dos, empezaron a caer las piedras por todos lados. Eran brillantes, más duras que cualquier piedra que hubiera visto antes, cayendo con resplandor de fuego. Golpeaban por todos lados, dándole con tanta fuerza como un coco pétreo en la entrepierna, provocando que el agua se revolviera, que la canoa se agitara y que Najut pensara en la muerte. Entre el estruendo de los rayos y el incremento tempestuoso del oleaje, Najut no sabía qué hacer, sólo podía cubrirse la cabeza con los brazos y esperar que aquello terminara. Humillado y confundido, trató de convencerse de la imposibilidad de aquel acontecimiento, Esto no está pasando, repetía como único consuelo, cuando una piedra lo golpeó en la frente y lo dejó tumbado en el piso de la canoa, rodeado de la apacible oscuridad del otro mundo.

Eso creyó él cuando despertó y descubrió el mar en calma y el piso de la canoa alfombrado por una capa uniforme de piedras brillantes, afiladas como espinas. El sol le daba en la cara y la sangre seca en la frente le había dejado la piel dura. La vela, partida, no le serviría para continuar el viaje. Resignado, se lavó la cara con agua de mar y, en la transparencia de las aguas, alcanzó a ver en la profundidad una gigantesca, imposible, serpiente marina, avanzando con lentitud justo debajo de la canoa, acechándolo sedienta de sangre.

Varios cientos de metros debajo del mar, el marinero avisó al capitán que habían detectado un objeto pequeño, inmóvil, sobre la superficie, pero no podían identificarlo. El capitán, hombre patriota, preocupado por la fiabilidad del informe que presentaría al presidente de la nación sobre la situación de estas aguas nuevas y desconocidas, aunque pensaba que no sería más que basura o algas flotantes, ordenó que se acercaran lo suficiente como para mirar por el periscopio electrónico. Tuvieron que dar tres vueltas antes de emerger a la superficie, ante la mirada atónita de Najut, quien, presa del pánico, empezó a susurrar el conjuro que repelía a las serpientes marinas. Pero la gran masa negra, cuyo resplandor se confundía con el del agua salada, no se detenía. El argonauta, fuera de sí, vio cómo la boca del animal ya lo tenía al alcance cuando, sin más, su ojo negro se sumergió y la serpiente se alejó a toda velocidad, dejándolo otra vez en manos del silencio implacable del mar.

Ya con el sol descendiendo, la corriente lo llevó hasta un punto en que, más allá del horizonte, Najut alcanzó a vislumbrar una difusa capa de tierra. No era esa la isla con la que usualmente comerciaban y practicaban el Kula, pero era tierra, al fin estaría a salvo. Comenzó a remar con el brazo, víctima de un furor espontáneo, y no se percató de la nube de roca que se le acercaba por detrás hasta que vio su sombra en el agua y escuchó el estruendo de su música demoníaca. Eran las ninfómanas del mar. Desnudas sobre su nube, se deslizaban por el mar cazando a sus víctimas, los seducían con los calores propios del cuerpo y los destrozaban en sus vaginas carnívoras. En verdad, Najut las imaginaba diferentes: con cuernos y cabellos de serpiente, siete brazos y piel de calamar. Pero estas eran, sin duda gracias a sus artificios, muy parecidas a las mujeres, sólo que de piel de durazno, de cabellos de oro y con los senos pequeños y rosas. De no haber sabido que eran monstruos, Najut las habría considerado hermosas.

Las chicas, embriagadas y bajo los efectos de fuertes alucinógenos, se sorprendieron cuando encontraron en mar abierto a este pobre indígena a punto de la deshidratación. Una de ellas, verdadera pervertida como luego asegurarían sus compañeras de parranda, en especial la hija del dueño del yate en el que habían zarpado a la paradisíaca ilegalidad de las aguas internacionales, propuso que lo rescataran pues, decían, los nativos de aquellas islas extravagantes eran famosos por sus miembros inmensos y desproporcionados. Además se va a morir, dijo otra, y de inmediato entre todas buscaron una cuerda y se la lanzaron. Sólo dos o tres protestaron, Se suponía que era una fiesta de mujeres, enojadas porque creían que sus fantasías lésbicas podían hacerse realidad fuera de los ojos del mundo, pero nadie les hizo caso.

Esta vez, a Najut no le sirvieron los conjuros. Ante su resistencia para trepar por la puerta, dos de las bestias come-hombres bajaron por una escalera y lo llevaron por la fuerza al yate, donde se vio hundido y asfixiado por las pócimas más mortíferas que jamás hubiera imaginado, que le quemaban las entrañas, y rodeado de pieles sudorosas, manos imparables, lenguas curiosas, piernas sofocantes y gritos ensordecedores cuando le quitaron el taparrabos que cubría sus vergüenzas y se dieron cuenta que era verdad lo que decían de los indígenas de aquella región. Su miembro exuberante, por fortuna, fue su salvación: algunas de las mujeres, asustadas por aquella obscenidad, ni siquiera se atrevieron a tocarlo, y las que decidieron a montarse en aquel animal vigoroso no aguantaron más de una sesión. Najut pronunciaba, resignado, los conjuros contras las ninfómanas, pero nada las detenía, y entonces empezó a pedir perdón y protección a los ancestros para que le permitieran sobrevivir a la amarga y despiadada tortura de tan bárbaros demonios sexuales.

Antes que el sol saliera, se acercaron a la costa y lo dejaron ir, libre y vivo de milagro, entre risas, besos y aplausos que él no entendía. Exhausto y desamparado, se dejó caer en la arena y lloró. Pero antes de levantarse, y al ver la luz del sol iluminando esta nueva tierra con sus primeros rayos, pronunció el conjuro ritual, Permite, oh gran Babut, que mi alma se expanda por mi cuerpo como la luz del nuevo día por el cielo, para que la oscuridad me deje libre para seguir adorando a mis ancestros.

(FIN)

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[Primera parte]

3/10/09

El argonauta del pacífico occidental [1 de 2]



[Basado en "Los argonautas del Pacífico Occidental", del antropólogo polaco Bronislaw Malinowski]


1.

Su hijo murió en sus brazos una tarde cualquiera, como todas las que se sucedían sin cesar en aquel rincón olvidado de dios, y su mujer sólo aguantó la enfermedad dos meses más. A veces los niños mueren, le dijo su Maestro a manera de frío, único e insensible consuelo, y lo apresuró para llevar a cabo el entierro, no le fuera a traer mala suerte el cadáver. Najut, con la oreja ensangrentada, pareció obedecer: en silencio y sin consultar a sus parientes, cavó un hoyo en la tierra, en una esquina del patio de su choza, y colocó el pequeño cuerpo envuelto en hojas de palmera sin mencionar las palabras rituales, ante la estupefacción del pueblo entero, que lo había seguido en silencio, lo había observado cavando, lo había visto arropar a su hijo, pero nadie había movido un dedo, presas de la expectación y paralizados por semejante herejía, fascinados al mismo tiempo por la presencia descarada del mismísimo demonio. Su Maestro lo reprimió con severidad cuando empezó a echarle la tierra encima, Nuestros ancestros no nos lo perdonarán, nos condenarás a todos, a lo que Najut contestó con parquedad, Ya estamos condenados, y el consejo de ancianos, al que le sobrevivían sólo dos miembros, acordó que apenas se recuperara su mujer, este hombre peligroso sería expulsado de la isla para siempre.

No esperó a que su mujer se recuperara. Condenado al más estricto aislamiento por el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, que ya no podían hablarle más a menos que quisieran infectarse de su impureza, sólo podían observar a Najut pasear entre los árboles de la isla en los días siguientes a su expulsión de la comunidad, lo vieron talando el árbol seleccionado sin mencionar el conjuro para la protección de la madera de las serpientes marinas; lo vieron cortarla y tallarla, pasando por alto el hechizo para la repulsión de las ninfómanas del mar, y echarla al agua sin el ritual específico para evitar la lluvia de rocas en altamar. La isla más cercana estaba a dos días de navegación, pero sus vecinos y amigos estaban convencidos de que su canoa ni siquiera lograría pasar la primera ola.

Se preguntaban entre ellos qué le habría pasado para que se volviera un hereje, pero no concebían una razón. Estaba en camino a convertirse en el sucesor de Qat, el mayor y único hechicero que la isla tenía. El Maestro Qat le había enseñado toda clase de conjuros que, de su boca, no habían fallado ni una sola vez. La infalibilidad de la magia de Najut inspiraba en la gente del pueblo un profundo respeto, pero también cierto temor. Por supuesto, les parecía extraño que anduviera por ahí, preguntando si a alguien alguna vez lo habían atacado las serpientes marinas, o si se había visto atrapado en una lluvia de rocas, o si sabía de alguien que hubiera muerto en las vaginas insaciables de las ninfómanas del mar, pero todos sabían que los hechiceros jóvenes eran por regla excéntricos y mal educados. El Maestro Qat le instaba a dejar de hacer ese tipo de preguntas, Najut nunca hizo caso, y las hacía en los momentos menos esperados, en los banquetes, en las celebraciones, en las iniciaciones de los más jóvenes, en las visitas obligadas de la mañana. Y todos temían que, si le mentían, serían víctimas de su magia, por lo que la única respuesta que obtenía era No, nunca he visto nada de eso.

La cosa es que, cuando la mujer de Najut enfermó, él mismo realizó el ritual que se hacía para que las canoas no se hundieran en medio del mar. Creyó que el efecto mágico en su futuro hijo sería el mismo que daba inmortalidad a la madera de las canoas, pero se equivocó, la magia, siempre poderosa, siempre eficaz, esta vez no tuvo efecto alguno. Cuando lloraba frente al cadáver de su hijo, le confesó a su Maestro lo que había hecho y él, enfurecido, le dijo que los conjuros que le había enseñado sólo funcionaban para el Kula, no para la gente, Hacer lo que hiciste es un sacrilegio, es querer que te den un collar a cambio de otro collar. Najut se puso como loco, su Maestro pensó que estaba poseído: gritaba, blasfemaba, decía que la magia era una estupidez, que no servía para nada y que él y los demás hechiceros lo único que hacían era engañar a la gente con poderes que no eran reales. En ese momento, el Maestro Qat le arrancó de la oreja la pluma que lo distinguía como aprendiz de hechicero. Minutos más tarde, daría un paso más y lo desterraría de la isla.

Pasados los dos meses, su mujer murió. La escena del funeral anterior se repitió, Najut cavó un hoyo, envolvió a su mujer y la cubrió de tierra sin más formalidad. Esta vez, el hechicero había prohibido a la gente acudir, así que todo el pueblo se había repartido en las chozas de los vecinos de Najut y espiaban cada movimiento con morbosidad enfermiza. Apenas acabó, se dirigió a la canoa profana que había construido. Soltó la cuerda y la echó al mar, y los vecinos, atentos desde sus cabañas, creyeron entender que lo que Najut quería era suicidarse, víctima de la lluvia de piedras. Su madre, que lo veía desde la puerta de su choza, lloró durante días enteros luego que se fue, pensando que una serpiente marina se lo comería, pero nadie hizo nada para detenerlo. Lo vieron alejarse en el horizonte, con la cara dura y sin expresión, le desearon que, al menos, no se topara con las ninfómanas de mar, los más terribles monstruos, y él, sin mirar atrás, izó la vela y emprendió el camino.

[Continúa]

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[Segunda parte]

25/7/09

Mis días sin ti [vol. 2]



1. Abrí los ojos, sobresaltado. Era de madrugada. Escuché la lluvia, y volví a dormir. Abrí los ojos una segunda vez, cuando estaba amaneciendo; seguía lloviendo. Miré el reloj y volví a dormir. El despertador sonó, dos horas después. La lluvia estaba acabando. Me paré de la cama, la tendí, no como tú lo haces, pero hice mi mayor esfuerzo. La terraza estaba mojada. Jalé el agua, fui al baño. Faltaba poco para, por fin, escuchar tu voz y poder continuar mi día tranquilo, sabiendo que estás bien. No había luz. Tu hermana me dijo que aún no llegabas. Colgué el teléfono y me puse a avanzar con la tarea en mi cuaderno. En ese momento, te extrañé. Minutos después, sonó el teléfono. Me hubieras visto cuando te escuché, podría decir que nunca tuve tanta felicidad en la cara.

2. Fui yo quien tuvo la culpa. Cuando me puse a capturar lo de Giglia debí haber hecho lo mismo con lo de Pepe. Pero no. Así que tomé mi cámara de fotos, me puse una playera tuya, para sentirte más cerca, mi gorra y el pantalón sucio de ayer, y partí rumbo a Tlatelolco. Intentaría no tardarme. Llegué pronto, caminé desde Garibaldi, mirando la ciudad, el cielo que se nublaba y se despejaba alternadamente. En ese momento, te extrañé.

3. Finalmente, no llovió. Las señoras del pozole me recibieron un poco sorprendidas. Me sentí en la mesa del medio, justo frente al televisor, dándoles la espalda. Pedí un pozole de pollo y una coca cola en botella de vidrio. Me sirvieron de inmediato. Comí rápido. Pregunté cuánto era. Cuarenta y cuatro, me dijo. Le di el billete de cincuenta, y me regresó mi cambio, y dos dulces. Pero yo sólo era uno. En ese momento, te extrañé.

4. Iba a ser el segundo baño sin ti. Prendí la tele mientras se calentaba el agua. No había nada interesante. Me había puesto tus sandalias, para sentirte más cerca. Esperaba y esperaba, sin poder concentrarme en nada. Apagué la tele, mejor escucharía música. Recordé el disco que habías grabado hace unos pocos días, con las canciones que más te gustan, lo puse. Y en ese momento, volví a extrañarte. Y supe que no sería la última vez en este día.

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"El amor es un sacramento que debería recibirse de rodillas", Oscar Wilde

15/7/09

Ya



1. He tenido, últimamente, nostalgia de los primeros días. Cuando llegamos aquí sin nada, cuando podíamos cargar, nosotros mismos, con todas nuestras pertenencias. Eran tiempos de ilusiones, de deseos, de porvenires. No habíamos fracasado porque habíamos empezado otra vez, habíamos vuelto a nacer. Esa noche, mientras miraba el alto techo del cuarto que T nos consiguió para dormir, yo pensaba en nuestro futuro. El de largo plazo no me interesaba, sino que me preguntaba, Qué vamos a hacer, de qué viviremos, con esa ansiedad que ya me conoces. Tampoco me interesaba el pasado. Me enfoqué tanto en el día siguiente, en lo que haríamos, que olvidé que te tenía entre mis brazos. Al sentirte de nuevo, un escalofrío recorrió mi espalda, dibujé en mi cara una sonrisa y me sentí muy feliz. Sólo hasta entonces, supe que la felicidad, para mí, sí existía. Que tenía nombre, apellido, y el rostro más bello de todos.

2. Por una parte, me alegra que termine el trimestre. Estaba empezando a fastidiarme todo esto. Estoy perdiendo las motivaciones para la escuela, y no las recuperaré hasta que descubra nuevas clases, nuevos proyectos y nuevos retos. El tercer año ya. Queda poco tiempo y hay mucho qué hacer. Desde este trimestre me pondré en contacto con la universidad a la que me quiero ir a hacer trabajo de campo, prepararé el proyecto y se lo llevaré a mis maestros para que me ayuden. Hasta ahora, todo ha ido bien, pero sé que las cosas irán mejor. Eso espero.

3. Me mata la ansiedad. Cada vez que pasó por la oficina del departamento de antropología, me detengo en el cuadro de anuncios para ver si ya publicaron los resultados de la admisión. Durante estos últimos días, hay momentos en que estoy convencido, en que no hay manera de que no te acepten. Otras, tengo miedo, y estoy seguro que te rechazarán, y me pongo a pensar, Entonces, qué haremos. Yo creo que es un buen proyecto. El único motivo por el que, creo, podrías no quedar, es que no eres antropólogo. Pero entonces, para qué la abren a todos los de ciencias sociales... Además, justificamos muy bien la vinculación con la comunicación. Sólo espero el viernes para salir de la maldita duda. Entonces, ya veremos qué hacemos. Sólo entonces.

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"En el fondo amamos nuestro deseo, y no aquello que deseamos", F. Nietzsche

15/6/09

L'enthousiasme



1. La campana sonaba, y los niños, incluido yo, salíamos a todo correr de aquella insufrible prisión llamada escuela primaria. Por esos días me iba sin esperar a nada, ni a nadie. Sólo tenía que recorrer un par de cuadras, sacar la llave y abrir la puerta de la casa de mis abuelos. A esa hora, nadie había llegado aún. Así que dejaba mi mochila en alguna recámara, y con el corazón a punto de salírseme del pecho, abría los cajones del clóset de mi tía la menor, y sacaba el libro que, por alguna razón, leía en secreto. Tal vez porque era algo demasiado íntimo para compartir. El primer libro que leí.

2. Aprender a tocar guitarra fue una experiencia sin igual. Pero, el día que me percaté que ni mi dedicación ni mi talento natural me permitirían llegar demasiado lejos como músico de tiempo completo, decidí utilizar mi capacidad intelectual para ayudar a los músicos a sonar bien, y estudiar ingeniería en sonido. Esa carrera, si existía, no estaba en la Universidad de Guadalajara, pero aún así, quería irme. Cuanto antes. En parte porque sería más fácil que me admitieran en esa escuela terminándola allá -esa fue la versión oficial-, y en parte porque me fastidiaba que me estuvieran jodiendo con cortarme el pelo. Así que un buen día, lo decidí: me iría a Guadalajara.

3. El amigo de mi padre me esperó en el centro. Tomamos un taxi, de esos dorados que iban a Otay, e hicimos el recorrido en silencio. Hablamos de su trabajo, de mi escuela, y de otras vanalidades. Evidentemente, aquel hombre sólo estaba ahí por la legendaria amistad que, en otros tiempos, muy lejanos, había mantenido con mi papá. Pero no me importaba molestar. Nos bajamos una esquina antes, él quizá no se dio cuenta, estaría un poco desorientado. Caminamos por la avenida de los ingenieros, casi hasta el final de la calle, donde vivía su amigo, el Coronel. Pero el Coronel sólo rentaba cuartos para mujeres. "Pero aquí enfrente rentan", dijo. Así que fuimos. Un señor anciano nos abrió la reja verde. Nos mostró la habitación. Pequeña, con una ventana que daba a una pared, cama y buró, agua caliente y espejo en el baño. Estaba decidido. Ese sería mi nuevo hogar.

4. Después del gimnasio, Mónica y yo desayunamos en el comedor de la escuela y fuimos con Escalante. Eran casi las once. Escalante sacó de un rincón un pesado maletín negro, lo abrió y me mostró su contenido: una sony dvcam con micrófono, audífonos, gran angular, tripié, cargadores y tres baterías de 6 horas. Me brillaron los ojos. Pensar en sentirla de nuevo, en jugar con las imágenes. Capturar la imagen es todo un reto, pero el trabajo de edición... Eso es lo que en realidad me entusiasma. Eso, y comenzar mi formación como antropólogo visual.

8/4/09

Season finale



La escuela ha finalizado. No fue un trimestre estresante, pero sí agotador. Y ahora, como recompensa, nos vamos a Mazatlán. Unos días de relajación y playa es justo lo que necesito en este momento.

Porque sé que este mes será como un final de temporada de mi serie de tv favorita. Muchas cosas embonarán en su sitio, descubriremos cuáles son los siguientes pasos y nos pondremos manos a la obra para comenzar de nuevo. No tengo miedo, estoy entusiasmado. No sé qué pasará, pero todo será diferente. Comenzaré mi proyecto sobre vih/sida, conoceré gente, leeré nuevos libros...

Estoy entusiasmado. Tanto que no puedo escribir coherentemente.

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"They will se us waving from such great highs..."

29/3/09

Siempre he pensado



Siempre he pensado que si no quiero enterarme de asuntos desagradables o preocupantes, no debo meter mis narices donde no me llaman. Es mejor, siempre, limitarse a los asuntos propios y dejar que los demás se ocupen de sus vidas. Ser un metiche no deja nada bueno, excepto cosas en las que pensar.

Siempre he pensado que los momentos más estresantes son los más inspiradores. Depresiones, presiones y euforias son fuente inagotable de ideas creativas que, por la misma naturaleza del tiempo, son a la vez volátiles y efímeras. Toda la semana he pensado en mis trabajos finales, en que son colectivos, en que no sé por dónde comenzar, en que estoy atrasado y en que siempre pienso que no lo lograré y siempre saco cuatro MBs; y casi a la par, se me han ocurrido una cantidad de ideas para esa novela de la que cada vez me convenzo más que no terminaré de escribir jamás si jamás me siento a comenzarla. Pero por ahora, tengo prioridades, y no hay más qué hacer.

Siempre he pensado que uno y nadie más es responsable de las decisiones que toma o no respecto a sus propias vidas. Sin embargo, como seres humanos que somos, nos la pasamos echándole la culpa a factores externos. Dificultades técnicas o climatológicas, emociones ajenas y conspiraciones cósmicas son más culpables que nosotros mismos por nuestras desgracias, no así por nuestros triunfos. Cuando tenemos éxito, el mérito es mayormente nuestro. Cuando surge algo en nuestro camino, la culpa es de los demás. Por supuesto, es inverosímil y absurdo creer algo así, y sólo cuando nos percatamos de ello podemos comenzar a hacer algo para cambiarlo. No podemos, entonces, quedarnos cruzados de brazos, viendo a través de la ventanilla cómo van pasando los días y las semanas, los meses y los años, esperando por algo que ni sabemos cómo es. No podemos quedarnos supeditados a la existencia de terceras personas. Debemos ser autosuficientes, pensar por nosotros mismos antes que por los demás y aceptar que todos nuestros actos tienen consecuencias.

Siempre he pensado que la constancia es una virtud que yo no tenía, y por tanto, no me sentía con el derecho de exigirla para con los demás, pero me molestaba. Que dijeran, por ejemplo, Es que si lo quiero, y regresaran con su novio, y a las dos semanas cambiaran de parecer y volvieran a cortar. Porque yo mismo tomé decisiones inconsistentes en más de una ocasión, y me fui y regresé a mi casa en infinidad de ocasiones. Ahora, con el correr de los años, me he mantenido en una misma ciudad durante casi tres de estos periodos de doce meses, estudiando una carrera que me fascina y a la cual me quiero dedicar, dándolo todo para poder avanzar hasta el final. Creo que la madurez implica empezar a pensar en el futuro, pues que sea una dimensión temporal absurda, que de alguna manera, no existe, sabemos, porque así ha sido a lo largo de la historia, que en algún momento terminará por existir, nos alcanzará. No podemos ir por la vida esperando oportunidades. No podemos abandonar ese camino a la primera dificultad que se nos presenta, porque el futuro nos cobrará cuentas pendientes, tarde o temprano, con sufrimientos y calamidades. Y yo no estoy hecho para los sufrimientos y las calamidades, mi objetivo principal en esta vida, la única que tendré, va girando poco a poco hacia la tranquilidad y la paz. Disfruto, es verdad, de pequeñas dosis de emoción en ocasiones, pero no estoy dispuesto a hacer de mi vida una montaña rusa de incertidumbres. Si hay algo que me pone mal, es la incertidumbre. Soportar los caminos actuales, difíciles, asfixiantes, devastadores, pero con los objetivos firmes en un mejor mañana, a la usanza del Estado mexicano, el sacrificio del hoy por el después, de aguantar un poco más... Si no pensara de este modo, hacia mucho que lo habría dejado todo y me habría ido a vivir una vida llena de emociones y riesgos mortales. Pero aguanto.

Siempre he pensado que la palabrería es inútil, por eso no me gusta la filosofía. Considero que lo mejor es dejarse de cavilaciones y de pensamientos masoquistas, y ponerse manos a la obra. La última oportunidad que tuve de tomar mi propio destino en mis manos la abandoné por miedo. Pero no pasará de nuevo. Si no lo hago ahora, ¿cuándo?

3/3/09

Futuro



Casi a las diez treinta me decidí. Corría el riesgo de que la respuesta fuera, No, no va a venir, no avisó nada, sería un golpe duro, pero entonces podría disimular la decepción y salir corriendo para mi clase antes que fuera demasiado tarde, hacer como si nada. Los planes, las esperanzas, el discurso trazado en mi cabeza, todo sería olvidado y yo seguiría adelante. Lo intentaría de nuevo, sí, pero ya no sería igual. Como no será igual cuando la dr. De Teresa me invite a comer a su casa, dentro de cinco meses, para que su marido vea mi trabajo. Pregunté, y me dijeron que el doctor estaba en un examen. Que terminaría a las once. Respiré aliviado, emocionado, salí de la oficina y me fui a recargar al pasamanos de la escalera, en el centro del patio. Esperé.

Por alguna razón, no fue como yo esperaba, pero logré lo que tenía en mente: que el doctor me conociera, que supiera que a mí también me interesa la investigación visual. Hablamos un rato considerable, me entusiasmé, le hablé de cómo lo había hecho, de qué había pensado, de cómo sería el siguiente video, y él me dijo, Me gusta, me gusta mucho. No lo había dicho si no fuese cierto, no tiene necesidad de mentir. Tal vez el proyecto que le presenté no es de los que él prefiere, lo cual importa poco, no voy a hacer lo mismo que todos. Últimamente he tenido pensamientos muy ambiciosos. Y este episodio era nada más y nada menos mi cita con el futuro. Sé que dentro de varios años recordaré este primer encuentro y reconoceré que fue importante. Definitivamente, este es el primer paso. Todo lo anterior, hasta ahora, en realidad no había contado.

Ahora sólo queda ponerme a trabajar. Leer, preguntar, comenzar a hacer verdadera antropología. Me he liberado de un enorme peso al decidir el tema de mi tesis desde ahora, y he dado un primer paso en la elección de mi asesor. Me encuentro bien, tranquilo, excitado por el rumbo que están tomando las cosas. Cada vez me convenzo más de que puedo lograr grandes cosas. De que valdrá la pena haber faltado a los viajes y a las fiestas y a las reuniones, porque después, cuando ya me encuentre trabajando y haciendo lo que me gusta, podré hacer todos los viajes, todas las fiestas y todas las reuniones que me plazcan. En eso tengo puesta la mira. En el futuro, a largo plazo. Sólo espero que no me caiga un avión encima, cuando vaya caminando por la calle, y todo se vaya al carajo. Pero eso sería tener muy mala suerte...

Y yo no creo en la suerte.

23/2/09

Todo el mundo



Yo, como Leach, sí creo que los seres humanos somos en esencia egoístas, y que cuando nos enfrentamos a uno contradicción entre nuestras representaciones ideales y el mundo real, el individuo tomará aquella decisión que le procure poder. A nadie le gusta ser sólo un rostro anónimo, indiferente al mundo y a sus estructuras, sin la más mínima oportunidad de incidir en él, de dejar una huella permanente, indeleble, en la memoria colectiva, su nombre en los libros de historia, o en el cuadro de honor de la escuela, o en la pared del empleado del mes. Necesitamos sentir que somos importantes, que tenemos un valor, por lo que somos y por lo que hacemos, no tanto que podemos "ayudar" o hacer el bien o velar por los intereses colectivos, sino simplemente, resaltar, brillar, destacar de entre las cifras, los promedios y las claves; ser los mejores de nuestra categoría: el mejor padre, el mejor amante, el mejor estudiante, el mejor obrero, el mejor político, el mejor ladrón, el mejor y más grande estafador.

Lograr algo así, destacar, se ha vuelto sumamente complicado cuando nos hemos multiplicado tantas y tantas veces, a todo lo largo y ancho del planeta, y cuando los retos a los que hoy nos enfrentamos tienen todo el peso de la historia pasada y futura. Quién, por ejemplo, podrá hoy ser capaz de superar a Gandhi o a la madre Teresa de Calcuta, quién se atreverá a medirse con Hitler y con Stalin, nadie en su sano juicio. Sin embargo, también creo firmemente que no estamos concientes de lo valiosos que somos, del grado de intimidad con el que, gracias a la amplia y elaborada red de relaciones sociales que hemos tejido, dependemos unos de otros, y depende la sociedad para funcionar, de esta manera o de la que sea. Más allá de la conciencia de clase marxista, necesitamos crear una conciencia de utilidad social. Saber, estar seguros, que somos un elemento importante, aunque no se note a nivel individual, sí ha de notarse a nivel colectivo. Y no tiene caso ver el lado negativo en el sentido de "Si yo no estuviese aquí, el mundo ni siquiera notaría mi ausencia", argumento fatalista y depresivo que muchas personas usan para darse de topes contra la pared, porque no se trata de lo que podríamos no hacer, sino de lo que de hecho hacemos.

Desde la persona que barre la calle hasta el diriginte de una empresa de capital nacional, se extiende una cadena de labores que son de utilidad social. Cada uno, puesto en su posición, cumple un papel que puede o no estar determinado por la dinámica social, pero que es vital para mantener el equilibrio. Hasta la que parece la más insignificante de las actividades tiene una utilidad. Sólo detengámonos a ver a las personas, qué hacen, a qué se dedican, y nos daremos cuenta que todos somos indispensables.

Si así son, en general, los oficios que los seres humanos se han inventado para convivir, ¿por qué el oficio de antropólogo tendría que ser diferente? ¿Por qué dedicarse a análizar modelos abstractos, teorías complejas sobre cómo debería ser la sociedad, cómo funciona y cómo no funciona? Alguna utilidad debe tener la teoría antropológica, no nada más la elaboración de modelos "inteligentes" que tengan aplicación universal, ¿de qué sirve eso? Necesitamos hacer algo, como disciplina, para contribuir con nuestros conocimientos al resto de la sociedad. Así lo hacen los médicos, los arquitectos, los biólogos y los administradores. Las teorías sociales pueden ser, tal vez, de mayor grado de abstracción, pero eso no tiene por qué condenarlas a la inactividad.

¿Cuál es mi utilidad como antropólogo? Creo que es la segunda pregunta más importante que un antropólogo en formación debería hacerse, después de "¿En verdad quiero ser antropólogo?".

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"Es necesario una cierta dosis de ternura para comenzar a andar con tanto, tanto en contra"

5/1/09

Último día



1. He disfrutado mucho estas vacaciones, de alguna manera, no han sido como las anteriores. Ahora me siento mucho más relajado y tengo seguridad, estabilidad y confianza en mi vida, que es lo que realmente necesitaba. Sé que puedo ser alguien, sólo necesito paciencia. Ver a algunos amigos me llenó de dicha, pero sobre todo, ver a mi familia. Es que cuando uno estudia antropología se da cuenta que en realidad, no son mi familia por los lazos sanguíneos, o cómo explicaría el cariño hacia mi tío D, por ejemplo, sino por las relaciones personales y sociales que he establecido con ellos. Lejos, en aquella urbe de acero, sólo tengo a F, y aquí me siento en compañía, de quienes me quieren y se preocupan por mí. Eso me llena de fuerzas para seguir.

2. Quisiera decirles, para empezar, que la vida no es sencilla. Que un día van a tener que dejar a los papás y continuar por su camino, y que el mundo no les va a poner las cosas fáciles. Es verdad que el dinero es una mierda y que el sistema es terrible y opresor, creador de masas ignorantes y consumistas, pero también es verdad que no hay de otro. Somos, sin duda, individuos libres, y por eso mismo hemos decidido continuar reproduciendo los patrones de conducto, siendo sus cómplices desde el momento en que permanecemos en la sociedad. No hay de otra. Pero no por eso hay que quedarse callados. No sirve de nada, por ejemplo, negarse a ver la tele, o no ir a mcdonalds, pero sí sirve tener una mirada crítica, dejar de creer en los medios, fomentar otros modos, otras formas, respetar, tolerar y promover las diferentes maneras de pensar. Creo firmemente que cualquier modo de pensar es válido, pero también que el fanatismo religioso hace mucho daño, y eso es lo que en verdad no tolero, porque soy enemigo de la ignorancia, porque la libertad sin conocimiento es esclavitud. Creer sólo por creer no tiene sentido.

3. El puerto que me vio nacer va en camino desenfrenado a convertirse en un producto más para las necesidades consumistas de los ricos. No se necesitan tantos hoteles en una ciudad tan pequeña. Mientras, por un lado, las calles permanecen sin pavimento, los camiones cumplen 30 ó 40 años de viejos, y la cultura del narco y el "pseudoprogreso" prolifera, del otro lado hay grandes inversionistas haciendo su minita de plata, vendiéndole a la gente ilusa la idea de que, embelleciendo las zonas turísticas Mazatlán alcanzará el nivel del primer mundo. Lo único que yo veo es una enorme tienda departamental, ofreciendo sus productos y servicios a gringos engreídos y rascistas que disfrutan dando órdenes a gente con un color de piel distinto. Pobres mazatlecos, creyendo que su ciudad progresa cuando en realidad, la están vendiendo.

4. Me harté de pararme y sentarme como idiota. Al principio me parecía interesante mirar con otros ojos la liturgia católica, y pensé, Será divertido escuchar el sermón del padre. Fue divertido, sí, ver cómo todos sabían los cantos y las alabanzas, fue fascinante y muy interesante ver cómo creen que así rinden culto a un ser que no conocen y que nunca conocerán, y después de estallar, fue asombroso ver cómo la gente paga 10mil pesos por un lugar diminuto dentro de la iglesia donde las cenizas de sus cuerpos reposen. Simplemente increíble. Pero no pude soportar al padre diciendo una sarta de pendejadas sobre el derecho a la vida y aconsejando a los padres para que no dejaran abortar a sus hijas. Dijo, "Ahora, con toda esa mugre de la liberación, nuestras hijas corren peligro", ni más ni menos. Me dieron ganas de apedrearlo. Por hacer que la gente lo escuche. Por hacerles pensar que tiene la razón. ¿Qué clase de personas lavan el cerebro de la gente de esa manera? ¿Con qué clase de ideas basura llenan las cabezas de gente que necesita que le digan lo que tienen que hacer, porque viven sumidos en la ignorancia? Y lo decidí: continuaré (o iniciaré) alguna clase de campaña contra las creencias religiosas. La superstición, como siempre he dicho, nubla la razón.

5. Por increíble que parezca... Extraño el df. Pero también, a unas horas de partir, ya estoy extrañando Mazatlán.

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"Porque allá donde voy me llaman el extranjero"

29/12/08

Express



1. Apenas me bajé del avión y el olor del mar me dio de lleno en la cara. F dice que también le llegó, pero que también percibió el olor del drenaje. Hace calor. Ahora he notado el acento mazatleco más que nunca, y como he estado leyendo a Marvin Harris, asocio la manera de hablar cortando las palabras y las vestimentas de la gente (ropas cortas y delgadas, como si anduviesen casi semidesnudos) con el clima caluroso y el ahorro de energía vital... Es la famosa maldición del antropólogo de la que tanta habló Xóchitl.

2. No me gusta pelear por dinero. Y me pone muy triste que sea yo quien siempre intenta arreglarlo todo, y que sea yo quien siempre trato de buscar soluciones y tú estés siempre evitando las soluciones. Pero no importa. Ya no importa...

27/1/08

La maldición de Ahmed




1. La niña de al lado

Se había acostumbrado tanto al llanto estruendoso de Ahmed, que ni siquiera lo escuchaba. Ella decía que ya estaba muy vieja para cuidar a un niño, por eso dejaba que la niña de al lado, nunca supo su nombre, entrara todos los días a darle una botella de agua y algo de comer al bebé. La niña lo hacía de mala gana, pero temía tanto a los castigos divinos, que ella misma tocó un día a la puerta de Khadija y le dijo, Disculpe, señora, por qué llora tanto su hijo. Yo no tengo hijos, contestó la mujer, y le cerró la puerta en las narices. Le ponía la almohada en la cara para que su llanto no se expandiera hasta la calle, pero por alguna razón, la niña podía percibirlo, lo escuchaba en la escuela, en la calle, en la mezquita, cuando jugaba, cuando cocinaba, cuando su abuelo le contaba cuentos sobre niños muertos, escuchaba el llanto inconsolable de Ahmed y sentía la urgencia de ir a socorrerlo, y de mala gana cuestionaba a su conciencia, Yo por qué, pero no habiendo nadie que pudiese contestarle esa pregunta, insistió con Khadija, quien al fin la dejó pasar para que se convenciera de que en su casa no había ningún niño.

Quizá la mujer, en efecto, estaba loca, porque su casa parecía un chiquero. Pero cuando la niña de al lado comenzó a alimentar a Ahmed, la presencia del bebé se hizo evidente. La niña creció y quién sabe si le tomó cariño a Ahmed. Khadija le decía, Por qué no te lo llevas a tu casa, para que lo cuides siempre, pero no había que pensarlo, su madre la mataría si llegaba un día con un niño en brazos, imagínate. Mejor vengo y aquí lo cuido, le dijo.

Un día entre los días, Khadija quiso un plato de arroz y descubrió que ya no tenía. Tampoco alubias, ni maiz, ni nada. Tampoco tenía dinero para comprarlo. Se preguntó cómo es que sus pocos recursos, de un tiempo a acá, se terminaban más rápido que de costumbre, y la única explicación que se le ocurrió fue Ahmed. Así que lo envolvió en una sábana sucia y rota, y emprendió un largo viaje hasta la casa de una pariente del esposo de su difunta hermana, que por cierto, había muerto a causa de Ahmed. Llegó de sorpresa y todos la recibieron con gran alegría. Le dijeron Que lindo niño, es tuyo. Y ella respondió, No, es el hijo de mi hermana. Entones la cara se les hizo larga y nadie quiso seguir acariciándolo, porque el hijo que mata a su madre al nacer, sin duda está maldito. Se marcharon, pues, a dormir, y Khadija se quedó al final, despierta frente al fuego, dejando al pequeño Ahmed en el suelo.

Y cuando se aseguró que nadie seguía despierto, emprendió el camino de regreso, liberada al fin de tan pesado bulto. En el camino un camión sin luces la arrolló y ese fue el final de todos sus días.

2. Kelb

Por varios días, Ahmed estuvo olvidado frente al raquítico fuego sin que nadie se interesara por moverlo de ahí. Pensaron que seguramente Khadija habría salido a atender algún asunto cerca, y que pronto volvería por su sobrino. Cuando se enteraron del trágico accidente, comprendieron que era a causa de la maldición de Ahmed, y echaron suertes para ver quién sacaba al niño al patio. Zahra, una mujer madura y soltera, vivía en aquella casa y era dueña de tres de los cuatro perros de la familia, y tuvo la suerte de hacer que Ahmed saliera de la casa. No podían matarlo y ya, pues matar a un niño maldito significaba una maldición aún peor para el asesino. Entonces, Zahra llamó a su perro consentido, Kelb, que entendía, según Zahra, todo lo que ella le decía, y le ordenó que sacara al niño al patio. El perro permaneció unos instantes inmóvil, mirando el bulto ruidoso y hediondo que era Ahmed, hasta que entendió lo que su ama quería y, arrastrándolo por la sábana en la que Khadija lo había envuelto, lo llevó hasta una esquina del patio, muy cerca de su plato de comida.

Los gatos lo acecharon los primeros días. Había entre treinta y cuarenta. Los otros tres perros, peresozos y dedicados a alimentarse, ni siquiera se interesaron por el recién llegado. Sólo Kelb permaneció a su lado, sin apartarse de él desde el primer ataque de los gatos, cuando descubrió su rostro arañado cubierto de sangre, y lamió sus heridas toda la noche. Tampoco acudía al llamado de Zahra, quien pronto dejó de mimarlo y lo cambió por otro perro. Kelb estaba día y noche, noche y día, encima de Ahmed, cubriéndolo del frío, alimentándolo con su comida, jugando con él y cuidándolo de los salvajes gatos.

Los vecinos jamás lo notaron. Había tanta gente en aquella casa, que ver a un pequeño de cuatro años entre los perros no les parecía extraño, y no se preocupaban por averiguar su genealogía, porque de todos modos, al final, no entenderían de quién era hijo. Y los que vivían allí, jamás se acordaron de su nombre, y lo consideraron un perro más, pues andaba como uno, ladraba como uno, andaba en cuatro patas como uno, y cuando Kelb, su cuidador y criador, murió de viejo, Ahmed se quedó a su lado, hasta que los primos de Zahra lo enterraron al otro lado de la cerca, y ahí fue donde Ahmed tuvo su cama unas noches, aullando, lamentándose la pérdida del ser tan querido, hasta que el mismo tiempo y la memoria lo olvidaron también, cumpliendo así la última condición de la maldición que descansaba sobre su nuca.

(FIN)

21/1/08

Piedras




Desde que la vio aquel infortunado día, supo enseguida que su fin estaba próximo, pues estaba escrito en su destino el rigor de las rocas. La verdad era que estaba esperando a que llegara el momento por pura curiosidad, quería saber quién, cómo, y si en verdad se consumaría el delito o serían puras calumnias. La primera cuestión era si el adulterio lo cometería él o ella. La fecha de su boda la sabía lejana, lejanísima, y el día en que vio a aquella mujer extraña, pecadora, vestida de rosa, supo, pues, que jamás llegaría a conocer a su esposa. Una vez develado este primer misterio, necesitaba saber el temperamento y la posición del marido de la mujer vestida de rosa, la cual, más tarde se enteró, resultó llamarse Hessén, igual un nombre poco común, pero aceptable viniendo de una extranjera, y como toda buena extranjera, predispuesta al adulterio, en especial con jovencitos.

El marido era un prominente comerciante con muchos, muchísimos amigos e influencias. La primera vez que estuvo en la cama de Hessén, ella sonreía mientras correteaba entre las cortinas, desnuda, burlándose de él. "Es que cuando te descubra mi marido", le decía, "¿sabes qué pasará?", y él contestaba Sí, estamos condenados, le decía, y ella se dejaba alcanzar, y cuando estaba apresada en sus brazos, le decía, cínica, Yo no, tú. Aquello no podía ser menos verdad. El poder de su marido era tal que incluso alcanzaba para salvar a su mujer de la muerte, pues ya otras tantas ocasiones lo había hecho. Kelú acudía al lecho de Hessén con una opresión en el pecho, pues no había ocasión en que ella negara que lo que hacía con él, ya lo había hecho otras tantas veces con otros tantos hombres cuyos huesos descansaban resquebrajados en el desierto. Más bien parecía presumirlo, sin dolerle ni un poco la conciencia. Después le decía, ¿Y sabes qué es lo peor? Que cuando te apedreen a ti, te olvidaré y me buscaré otro amante.

Kelú estaba convencido de que el marido no la vigilaba en sus prolongadas ausencias, pues sabía que una mujer tan hermosa tenía necesidades obvias para su condición que él mismo no podía satisfacer. Y en sus viajes trataba de no pensar, de hacerse el ignorante, pero cuando llegaba y olía el cuello de Hessén, hedionda a sudor y a arena, a camellos, a gritos, a calor, y su sonrisa de desfachatez, y su impertinencia, el odio lo dominaba y no tardaba en averiguar quién había sido esta vez. Para Kelú fue bueno saberlo desde antes de conocer a Hessén, por eso tampoco dejaba de visitarla, no tanto porque la mujer le pareciera con encantos irresistibles, sino porque iba caminando directo hacia el destino que desde siempre supo le pertenecía.

Los guardias, cuando fueron por él, ya tenían el agujero preparado, y Hessén estaba ahí, con sus ojos grandes brillando, quién sabe si de tristeza o de emoción, y Kelú pensó que tal vez aquel agujero había pertenecido a otro amante suyo, de similar edad y condición, y que la escena ya había sido representada tantas veces frente a ella que se había vuelto insensible. El marido también se encontraba allí, y bastó una señal de su brazo para que las personas reunidas, todas ávidas de justicia, castigo y sangre, lanzaran las piedras que le destrozarían poco a poco los huesos.

Y a pesar de los golpes, Kelú permaneció erecto, mirando los presuntuosos ojos de Hessén, hasta que ella levantó la mano y lanzó una piedra con una puntería que, no cabía duda, había sido perfeccionada por la práctica, y fue a impactarse entre los ojos del joven adúltero, y lo bañó en los placenteros y húmedos campos de la inconciencia eterna.

(FIN)

2/11/07

Virginio Urbina y el Reino de Mictlán



Es que todo fue muy confuso. De pronto ya todas las almas habían sido despachadas y estaba yo, frente a Mictlantecuhtli, que me miraba fijamente desde una nube negra que hacía el papel de trono real. Si no hubiese estado yo muerto, habría muerto de un susto. Y ya me iba cuando Tláloc me detuvo. Supe que había sido él porque de pronto la profunda oscuridad del lugar se diluyó en una neblina brillante y espesa, que llenó el ambiente de tranquilidad. Hablaron entre ellos en el idioma de los dioses, una especie de conjunto de ruidos imprecisos, chillantes, y que sin embargo pude comprender. Tláloc dijo, Esa alma es mía. Pero Mictlantecuhtli se rehusó. De cierta manera, me sentí importante. Mira que no todos los días un par de poderosos dioses se pelean por tu alma.

Es que cuando resbalé del risco, caí al acantilado pero antes mi cabeza golpeó contra una roca. Cuando llegué al agua ya no supe si estaba vivo o no. Cualquier intento por opinar, de todas maneras, sería vano. A ellos qué les interesa mi opinión. A fin de cuentas, qué voy a saber yo de la muerte; ellos son los expertos. Me hice a un lado y esperé. Miraba con mucha curiosidad a mi alrededor. De verdad confiaba en que la muerte sería cosa de no existir. Para mí la vida era el ser, y su contraparte, el no ser. Y ahora estaba ahí, a la entrada de un valle enorme, frío y tétrico. Podía ver uno o dos ríos a lo lejos, la tierra asediada por rocas filosas y relámpagos feroces, y más allá, después del horizonte, se distinguía un lugar despejado y limpio.

Enfoqué los ojos y distinguí las almas de las gentes. Todos eran como calaveras, sólo los esqueletos moviéndose, andando con pasos pesados, desorientados. Nadie les había explicado nada, Mictlantecuhtli sólo les había dicho, Adelante, uno por uno. Miré hacia atrás pero no había nadie. Quién sabe si las muertes se habían suspendido debido a mi caso particular. Me sentí más importante aún. Me puse de pie y avancé un poco. El primer río con el que se encontraban las almas parecía ser de corriente potente, porque muchas eran arrastradas por las aguas. De la inmensa cantidad que se sumergía en él, sólo unos pocos lograban pasar a la otra orilla.

Sentí de pronto una urgencia de mirarme las manos. Yo también era un alma, ¿sería igual sólo huesos? Pero no pude verme. Sabía que estaba ahí, de pie, con la mano extendida frente a mi cara, pero no la veía. Me di cuenta que los esqueletos de las otras almas tampoco parecían muy sólidos. Una ansiedad terrible se apoderó de mí. No podía esperar a que Tláloc y Mictlantecuhtli terminaran de discutir a dónde debía ir yo. Necesitaba llegar a ese valle lejano, despejado y limpio, así que empecé a caminar, casi corrí.

Era difícil dar los pasos. La tierra no era dura, los pies se hundían, a pesar de que no podía verlos. Me costó mucho trabajo llegar a la orilla del río, pero al fin estaba ahí. Respiré y miré adelante. La extensión del Reino de Mictlán se apreciaba mejor de aquí. Logré contar nueve ríos antes de la meta. Pude ver almas cortadas en trozos por el mismo viento, y otras aplastadas por rocas enormes que caían del cielo. Tuve miedo, pero no podía permanecer ahí. Tenía que llegar. Metí un pie al agua y sentí que mi alma se congelaba. Si mi otro pie no hubiese estado todavía en tierra firme, la poderosa corriente me habría arrastrado hasta dios sabe dónde.

En ese momento sentí los ojos centelleantes de Mictlantecuhtli sobre mí, y al siguiente segundo ya estaba yo en sus manos huesudas; me gritaba y me escupía, Está prohibido pisar el Reino de Mictlán sin mi autorización, cómo te atreves... Otra vez, si no hubiese estado ya muerto, me habría muerto del susto. Por esta tontería me expulsaron para siempre del Reino.

Me he pasado los años pensando. ¿Qué tal si ya no muero? Tuve mi oportunidad, y por impaciente, la perdí. Qué se le va a hacer.

(FIN)

26/9/07

Antropología




"La atracción de lo extraño y distante ejerce una influencia peculiar en los que están descontentos de sí mismos o que no se sienten agusto en su propia sociedad"

-Clyde Kluckhohn