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24/12/09

Señora Clós



Lo que hay que saber de los duendes, y sobre todo de los que están en el poder, es que son idénticos a los humanos. A los adultos, porque los niños, según lo que tiene entendido la señora Clós, son otra cosa muy diferente. O si no, para qué su marido se rompe el lomo durante todo el año con negociaciones para patrocinios, donaciones y acuerdos con los malditos duendes, seres egoístas y envidiosos que sólo saben ver por ellos mismos. El líder del sindicato conoce a su marido desde hace una eternidad, por eso sonríe cuando la mira, con malicia, mientras sostiene una copa de vino en la mano derecha. Le dice a la señora Clós, Algo de tomar, querida señora, pero ella no contesta, permanece con los ojos fijos en la ventana, desde donde sólo puede verse nieve y oscuridad, tratando de aguantarse las ganas de arrancarse los ojos con las manos. Contrario a lo que pudiera pensarse, dada su apariencia de dulce viejecita, con gafas redondas y doradas enmarcando su suave rostro, sus cabellos plateados, sus mejillas sonrojadas, y sus vestidos de frescos colores invernales, la señora Clós, cuando se le provoca, puede resultar una verdadera fiera. El líder de los duendes ya tendrá ocasión de comprobarlo, pero por el momento, ni siquiera lo sospecha, está disfrutando su triunfo, la sensación de tener al señor Clós en la palma de la mano, esperando a su mujer afuera de la habitación para consolarla, después de todo, él es el respondable de que todo esto esté pasando, no haber previsto la crisis mundial, ahora en recuperación, pero no para el Polo Norte, ese está jodido desde hace mucho tiempo, ahora ha llegado al extremo. El duende imagina la cara del anciano, calvo y triste, es lo que saca por no tener otro medio de existencia, se levanta de la silla, es alto, fornido, muy bien parecido, podría pasar por uno de esos actores de hollywood que tanto veneran los humanos, pero lo delatan sus orejas puntiagudas.

No, la señora Clós, aunque es dulce y tierna, no le atrae físicamente, porque es una vieja estéril y maloliente. Lo hace sólo para poner a su marido en su lugar, para que no vuelva a llevarse todo el crédito de algo que no ha hecho solo y permanecer con la conciencia tranquila. Él también quiere resaltar, ser adorado por los niños, sentarse en un trineo días antes de navidad a escuchar a los deseos de los niños y sus ilusiones, a tomarse fotografías y hacer publicidad para tiendas, a que las personas decoren sus casas con su figura de fieltro sacada de una revista de manualidades. Guardándose el asco, se acerca a la señora Clós, le rodea los hombros y le acerca la lengua, viscosa, a la oreja. Ella no se mueve, pero aprieta los puños. Sabe que si intenta resistirse, se acabó todo, no más magia, no más regalos, no más esperanza en las caras de los niños, los duendes se irán a huelga, destrozarán la fábrica y desaparecerán, quizá hagan trato con el conejo de pascua, o con los reyes magos, o con alguna televisora internacional, y los abandonen en el olvido y la soledad para siempre, porque sin ellos no son nada. El duende se acerca a su cuello, y la señora Clós no puede contener el impulso de levantarse de un salto, aterrada y llena de náuseas. Se acerca al tocador y se percata del resplandor luminoso de una navaja de afeitar, descansado entre las esencias y los aceites que los duendes usan para verse como humanos. Sin pensarlo dos veces, la toma y cuando ve por el espejo que el duende se acerca por detrás para empezar en serio con su labor de seducción forzada, se da una ágil vuelta y le corta el cuello de tajo. El duende se desangra irremediablemente, cae al suelo y empieza a terminar de morir, lanzando a la señora Clós una mirada que dice, sin duda, Te arrepentirás, los niños lo pagarán. Adivinando sus pensamientos, la dulce señora le dice, No me vengas con estupideces, a mi los niños me importan un carajo, le da una patada furioso en los genitales y sale de la habitación con la cabeza más en alto que nunca en toda su vida.

[FIN]

5/1/08

A qué hora llega Santa



Ante la insistencia de su hijo por esperar despierto a Santa, decidió que al día seguiente le pediría a su compadre un frasquito de esas píldoras milagrosas que hacían a los niños dormir como angelitos toda la noche. Son una maravilla, compadre, le decía, el chamaco se las toma y casi casi se nos cae dormido en ese mismo rato. Saúl pensaba que no tenía que darse por vencido así como así; después de todo, era su primer hijo, alguna forma había de haber para que Quique se quedara dormido sin tener que drogarlo. Para empezar, descartaba las amenazas, al niño lo que menos le importaba era obedecer, se había portado bien todo el año, y si Santa decidía mejor no llevarle los regalos porque no se había querido dormir para esperarlo... bueno, no iba él a dar una vuelta hasta acá desde el polo norte para nada, ¿o sí?

Le subió el volumen a la tele, después de haberlo arropado y de hacerlo prometer que se iba a dormir, para dejar de pensar en eso. Qué pasó, le preguntó Diana, y Saúl contestó, Nada, que no pienso tener otro hijo; no si sale como este. Ay, no digas barbaridades. Estaba viendo el resumen de noticias del día, el incendio de la fábrica por la mañana, la emocionante persecución policiaca por la tarde, el reportaje de los niños que no recibirían regalo esta navidad, Al menos ellos no se ponen tercos en esperar a Santa toda la noche. La mano de Diana en sus genitales evitó que el coraje de Saúl creciera más. El suave masaje, sobra decirlo, lo relajó tanto que ya no le puso atención a los resultados de la encuesta, ni a la entrevista con el procurador: al diablo el mundo. Apagó la tele, tomó con fuerza la mano de Diana, y estaba dispuesto a echársele encima cuando su Quique apareció en el marco de la puerta, arrastrando la cobija, con los ojos entrecerrados. Papá, ¿a qué hora llega Santa?

Lo tranquilizó su mujer, Yo voy, yo voy, no te preocupes, pero Saúl no se iba a dejar vencer por un escuincle, No, no, tú acuéstate y ponte cómoda, le dijo, mientras le guiñaba un ojo con una sonrisa pícara. Tomó al niño en sus brazos y se lo llevó a la cama. Quique no quería verlo, porque sabía que Santa era invisible para los niños, sólo quería saber si había llegado o no, y a qué hora, Ya se está tardando, papá, le dijo con una voz tan tierna que Saúl no pudo evitar olvidar el enfado. Sí mijo, pero mira, tiene que ir por todas las casas, son muchas, no jodas. El niño, al parecer satisfecho, se envolvió en las cobijas y le dijo a su papá, de la forma más impersonal que la hubiera escuchado jamás, Te quiero.

En la habitación, Diana se había cambiado y se había puesto el camisón de encaje negro que Saúl le había regalado en su aniversario y un gorrito navideño. Antes de que se echara un clavado en la cama, Diana le recordó que cerrara la puerta. Saúl la empujó con el pie y se metió en las cobijas, Ponle seguro, le dijo ella, Para qué, ya se durmió Quique, le contestó él. No sabía dónde poner las manos. Le gustaban las fechas especiales (navidad, halloween, el diez de mayo) porque su mujer se entusiasmaba y se volvía muy ingeniosa en la cama, Lo que hace la tele, se decía, agradeciendo la inspiración a las amas de casa para mantener contentos a los maridos, como debe de ser. ¿Te portaste bien este año, Saúl?, le preguntaba Diana, y Saúl, con la voz temblorosa, le decía, No, me porte mal, muy mal.

De pronto Diana se detuvo, cuando le estaba sacando la camisa a Saúl, con cara de espantada, y se quitó el gorro. Te dije que le echaras el seguro. Quique los observaba, más dormido que despierto, desde el marco de la puerta. ¿Ya casi llega, papá? Saúl se volvió a poner la camisa y se levantó de la cama mentando madres. Agarró al niño, se podría decir que con violencia, y lo llevó de vuelta a la cama. Orita llega, vas a ver si no, le dijo Saúl, pero en cuando escuches que llegue te duermes, ¿eh? Su hijo le prometió que sí, y se abrazó de su oso de peluche, sin percatarse del extremo coraje de su padre.

Qué vas a hacer, le preguntaba su esposa, mientras Saúl revolvía las cajas del armario maldiciendo la navidad. Ya verás, tú ve poniendo los regalos, pero que no te vea Quique. En el fondo de un baúl viejo, Saúl encontró una campana oxidada y mugrosa, que había usado hace años en una pastorela de su trabajo. Con una sonrisa triunfante en el rostro, salió al patio y colocó la escalera. Recordó que había que arreglar el tejado. Ba'h, el año que entra lo arreglo, se dijo, mientras subía con cuidado los peldaños mojados por la fría brisa de la noche. A ver si así se duerme el condenado chamaco, murmuraba, haciendo un mapa de la casa en la mente para ir a caminar al techo de su recámara. Lo cual era absurdo, siendo esa una casa sin chimenea, para qué carajos iba a querer Santa irse a trepar al techo, pero no pensó en eso, sino en la malvada santa con baby doll que lo esperaba en la cama.

Azotó con sus pasos el techo de Quique, mientras hacía sonar la campana con fuerza y gritaba, Jo jo jo, feliz navidad Quique, pórtate bien, jo jo jo, ya duérmete que ya llegue, jo jo jo. Y andaba de un lado al otro, divertidísimo, mientras Diana lo observaba desde abajo, sonriendo como boba. Está de la chingada el techo, pensaba, mientras caminaba a tropezones entre las tejas rotas, húmedas e inclinadas. Demasiado inclinadas, porque bastó que el tacón de la bota se atorara con una de las tejas, para que Saúl se fuera de rodillas hacia el borde del techo, y, ya sin poder detenerse de ningún lado, de cabeza hasta el suelo, estrellándose muy cerca de los pies de su mujer, quien vio cómo el cuello de Saúl se doblaba hasta quebrarse, y luego el resto del cuerpo le caía encima, y quedaba todo lo que había sido Saúl tendido en el pasto mojado, con los ojos, sin brillo, abiertos del susto; de la boca le corría un delgado hilo de sangre.

Ante los gritos de su mamá, Quique salió corriendo de la casa por la puerta del patio, se detuvo detrás de Diana y cuando ella vino corriendo a abrazarlo, llorando, tratando de taparle los ojos, el niño, sorprendido, murmuró, Entonces, ¿mi papá era Santa? Diana, llorando, le dijo, Sí mi amor, tu papi era Santa. Quique pensó un rato, mientras observaba el cuerpo inerte de su padre tendido en el suelo, y sentenció, Menos mal que alcanzó a dejarme los regalos.

(FIN)

20/12/07

Te ves hermosa



(de la serie "Cuentos de Navidad")

Le va a doler deshacerse de la gargantilla, pero después de todo, piensa, es la última nochebuena en el club, pasada la fecha jamás podrá volver a utilizarla, qué caso tiene llevársela a la tumba. Si puede servirle para vivir una última noche sin humillaciones, sin que la gente murmure, Mira, trae el mismo vestido, Pobre viuda, se ha quedado en la ruina. Qué les importa. Los va hacer tragarse sus palabras, verán cuán radiante acude a la cena, más radiante, más elegante, más bella que nunca. La llavecita de la caja está en el clóset, en una puerta que se abre con combinación. Es para abrir otra caja, que contiene otra llave, que abre una puerta más en el clóset que contiene otra caja con una combinación diferente, y ahí dentro, envuelta en una suave tela, yace la gargantilla que su marido le regaló cuando se casaron.

Ah, lo que provocó aquella gargantilla en su tiempo de gloria. Miradas sobre ella, miradas de admiración y sobretodo, de envidia. Los ojos de todas las mujeres puestos sobre el brillo de los diamantes, sobre el resplandor del oro puro. Te ves hermosa, le decían, pero no le decían a ella, sino a su gargantilla, y Gloria se ponía feliz porque esa noche podía ver con claridad los pensamientos de las otras mujeres, Maldita perra, cómo fue a comprarse eso, está divina. No importaba cuántas veces se la pusiera, procuraba no gastarla demasiado, una, dos veces al año, pero cada vez provocaba la misma reacción. Es que una cosa así no se ve todos los días, menos en este país. Pero su marido, en ese tiempo, era una adoración. Claro, antes de morir y heredarle las deudas, los ajustes, los créditos vencidos, y dejarla en ruinas, ese pequeño secreto que le reveló hasta que estuvo en su lecho de muerte: No tengo un peso, estoy hasta el cuello de deudas.

Lo cierto es que ya no tenía ánimos de vivir sólo para sobrevivir. Su casa estaba ya vacía, sus alhajeros, vacíos, sus cuentas de banco, sus roperos, sus cofres, hasta los techos y las cocinas estaban vacías. De muebles, de cuadros, de candelabros, de licuadoras, de gente. Lo único que había en la enorme casa, además de ella, era su cama y un inmenso espejo donde recordaba, noche tras noche, los tiempos mejores. Sacó la gargantilla de su escondite y se la puso. Todo brilló, la casa se iluminó, escuchó el eco de sus amigas diciéndole, Te ves hermosa, sus mejillas adquirieron otra vez color, su pelo un resplandor de musa, su porte se enderezó, que tiempos, dios, que vida.

Estuvo cerca de dos horas contemplándose, recreando conversaciones, sosteniendo en la delicada mano una copa imaginaria de champán mientras saludaba a la imaginaria esposa del ministro extranjero. Rescató sus mejores recuerdos, y cuando dieron las seis, y su pequeño reloj despertador sonó, volvió de golpe a la cruel realidad y se dijo, Es hora. La cena de nochebuena en el club costaba, como de costumbre, cinco mil pesos, y no podía permitirse la humillación de no asistir. La gargantilla era lo último que le quedaba, y con lo que le dieran por ella le alcanzaría hasta para comprarse un vestido elegantísimo, porque también, el que llevaba puesto era el único que tenía. Era su último gusto, su última fiesta, donde brillaría igual que cuando estaba vivo su marido, y cuando creía poseer una fortuna inmensa: coches, casas, viajes, navidades llenas de regalos para todo el mundo. No llevaría regalo para nadie, pero estaba bien. La gente sabía que era pobre, le tenían lástima, qué más da, ya no le importa, llegando a su casa de la cena, tomará una soga y se ahorcará de donde estaba colgado el maravillosos candelabro de la cocina que había vendido el mes pasado.

Salió de su casa asegurando lo más que podía la gargantilla. Se detuvo en la esquina de la avenida y cuando vio venir un taxi, no pudo evitar hacerle la parada. Pero justo antes de subir, recordó que no llevaba más que cinco pesos. Se quedó pensativa, nostálgica, recordando cuando no le importaba pagar un taxi para ir al otro lado de la ciudad cuando su chofer estaba indispuesto. Lloró frente al taxista, y él la apresuró, Señora, súbase que estamos parando el tráfico. Ay, no, disculpe usted, le contestó ella, y cerró la puerta, y todavía con lágrimas en los ojos, le hizo la parada a un microbús que pasaba, al sentir el tubo de la escalera en su mano, frío y repleto de bacterias, para consolarse, pensaba, Es la última vez, esta es mi última noche, la última y se acabó, se acabó.

(FIN)

7/12/06

Nostalgia de neón vol. 3



Hace un año, me encontraba en Tijuana, con tres materias reprobadas y la conciencia abrumándome todos los días, por haber fallado, por no haber sido fuerte y por haberme dejado arrastrar por un camino que creí podría controlar, pero no, no pude. Y haciendo el balance del año que agoniza -pues nadie ve a diciembre como otro mes más, sino como el final, el último, el magistral verdugo que corta la cabeza de otro año poco a poco, con dolor, y, por supuesto, con nostalgia-, el balance es positivo. He ganado más de lo que he perdido. He aprendido más de lo que he olvidado. He amado más, mucho más, de lo que he odiado en toda mi vida. Eso, creo yo, puede considerarse una ganancia.
Jamás podré escapar a la nostalgia, mucho menos a la que invade el inconsciente colectivo durante la época navideña. Los medios y la publicidad te hacen recordar que en algún lugar, tienes una familia, que en algún tiempo, pasaste una navidad con ella, en medio de cenas y recalentados, de oraciones y ritos absurdos, de regalos esperados con ansias y abiertos con desilusión, porque no era lo que querías, sino la copia barata, pues la economía no andaba bien por esos días. Diecinueve navidades he pasado con mi familia. Esta será la primera que, por voluntad propia, estaré ausente.
Y es que a pesar de que la nostalgia me sigue a todos lados, como una sombra que me supera, he cambiado, he crecido, he madurado, dirían algunos. Tantos ires y venires, tantos golpes, raspones y caídas, tantos tropiezos cuando ya había encontrado, suponía, el ritmo de mis pasos y la dirección de mi camino, me han convertido en un hombre diferente al precario y soberbio adolescente que una vez fui, y que se resiste a morir dentro de mí, pero he aprendido a controlarlo. Y la nostalgia, que es parte de mí desde pequeño -se me ve en los ojos, dicen quienes me conocen y se atreven a decírmelo-, ha cambiado conmigo. Ya no es ese deseo desesperado por revivir a los fantasmas y reparar lo irreparable. Ya no es la sensación de haberse quedado estancado en una época y en un lugar al que estoy obligado a regresar para completarme con esa parte que dejé. Eso sería como si la serpiente, luego de haber mudado de piel, volviera sobre sus huellas a buscarla para vestirse con ella de nuevo, al final de sus días no podría ni arrastrarse por tantas capas que ha ido volviendo a poner en su lugar.
La gente cambia, eso siempre lo supe, pero jamás lo apliqué en mí. Yo me resistía, pretendía haber cambiado pero tarde o temprano regresaba a mi origen, como una espiral que gira sobre su propio eje, y no se expande, y no abarca el espacio disponible que hay para seguir creciendo, para ocuparlo todo, para mostrarse en todo su esplendor. Qué sería del viajero incansable si al menor indicio de melancolía, cansancio o frustración, volviera a su pueblo, a sus casas y a sus gentes, a recuperar energía: jamás llegaría lejos, y pudiendo haber recorrido un camino muy largo y haber llegado muy lejos con todo lo que avanzó, decidió retroceder y recorrer pequeños fragmentos de muchos caminos diferentes. Yo no quiero eso.
Porque siento que ya me he encontrado. Que poco a poco voy descubriendo lo que soy y lo que puedo hacer. Porque estoy confiando en mi suerte y mi suerte me está consintiendo, a veces más y a veces menos, pero nunca me falla. Porque la nostalgia ya no está compuesta de añoranza, sino de satisfacción. Estoy contento con lo que hice y dejé de hacer. Estoy a gusto con lo que fui y lo que quiero ser. Estoy tranquilo con quien abandoné y con quien ahora estoy. Porque lo que no hice ya no lo puedo ser, y lo que fui me ha hecho lo que soy, y a quien abandoné le di todas las bases para que pudiese seguir sin mí, le dejé un pedazo mío, y no pienso ir a quitárselo. Yo, también, voy recogiendo partes de otros, de gente a la que quiero y a la que no, y me voy armando con esas piezas, y tomo las que me sirven y las que no las hago a un lado, y sigo caminando.
Porque ahora, en este punto de mi vida, siento que ahora sí he encontrado mi camino. Ya no ando como loco buscando no sé qué, ahora avanzo y disfruto, camino alegre, tarareando, dando saltitos, por un sendero que elegí y que no quiero abandonar, aunque a veces se ponga feo, aunque a veces se ponga difícil, no dejo de disfrutarlo, quiero seguir hasta la punta, hasta que se me acabe la vida, a ver hasta dónde llego, sé que será lejos. Y es que los caminos, al igual que los amigos, que el mar y que los días, que los números y las estrellas, no tienen final.


["Yo que era un solitario bailando me quedé sin hablar mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar"]

26/12/05

Nochebuena

Apocalipsis

es tradición familiar reunirse en la casa de mi abuela en nochebuena, ir a misa, pedir posada, quebrar la piñata, cenar pavo y abrir los regalos en medio de una algarabía de niños que cada año van siendo menos niños.

fuimos a misa de nueve. por un momento pensé en no ir, pero sabía que todos y cada uno de los miembros de la familia me iban a mirar feo y que, cuando estuvieran de vuelta, me acorralarían con sermones de tener a dios en mi vida y no sé qué. además, tenía en mente un cuento nuevo, donde uno de los personajes tiene que ir a misa, así que me serviría para refrescar mi memoria. llegamos a la iglesia de fátima, y observé con cuidado la misa y los parroquianos. durante el sermón, había cosas en las que coincidía con el padre, y otras que me parecían soberanas estupideces.

para empezar, toda la opulencia y el lujo de la iglesia. justo en la de fátima, los feligreses están deslumbrados con un cristo de unos 8 metros que construyeron para adornar. hay cajas para limosna en cada esquina con un letrero ("ayúdanos a seguir construyendo tu iglesia"), y cuando el padre pasó las canastas anunció que eran para terminar los pilares de las imágenes... y yo me pregunto varias cosas: ¿en verdad dios querrá eso? ¿por qué, si necesitaba iglesias, no las hizo cuando hizo el universo? un dios todopoderoso como ese, para qué quiere esa clase de alabanzas, de lujos, de despilfarro... oraciones mecanizadas, creadas por el hombre... digo, si jesús hubiese querido todo eso, en vez de andar viajando y consolando a los enfermos y a los desamparados, hubiera predicado desde el principio lo que la iglesia predica...

¿no le agradaría más a dios que los feligreses se reunieran los domingos, pero en vez de rezar y construir iglesias, fueran y ayudaran a los enfermos, a los pobres y a los desamparados, como su dios hecho hombre? mierda, cuánta hipocresía, cuántas contradicciones... pero no, la gente cree que con rezar y dar limosna sus pecados son perdonados, qué estupidez... y mientras en el mundo sigue habiendo hambrientos, desamparados, condenados a vivir una vida que no es vida... mientras ellos construyen sus iglesias cada vez más costosas, cada vez más inútiles, cada vez con más letreros de "no tocar"... en verdad os digo que me da un pinche coraje...

mi familia siempre ha creído que estoy perdido en el ámbito espiritual, pero no es así. no creo en el dios tradicional, el de los castigos y la salvación, sino en el creador universal, una fuerza superior que alimenta el espíritu... para mí, dios es todo lo que nos rodea, pero el lado invisible, el que no se ve, el que sólo se intuye: la nostalgia de los atardeceres, la angustia del hambre, la alegría del éxito, la tranquilidad (o la furia) del mar, el placer que provoca el viento... todo lo inexplicable, lo que no puede entenderse con la razón, las coincidencias, eso que llamo "destino", eso para mí es dios... y no necesito una iglesia para darle gracias.

de regreso a casa, pedimos posada, quebramos la piñata, cenamos el pavo y abrimos los regalos, como siempre. y me sorprendió que todavía el año pasado esperaba los regalos con un poco de entusiasmo, pero esta vez no... los tennis que me regalaron reemplazarán a los viejos en comodidad (eso espero) pero no en opulencia, el suéter me servirá para el frío de tijuana y el otro pantalón... pues, tal vez lo regale porque no me queda bien. el mejor regalo: el libro de noam chomsky, no el que me recomendó el profe, pero lo que sea es bueno. mis primos, todos, siguen siendo chamacos materialistas, unos emocionados porque les "amaneció" un nuevo nintendo, otros porque tienen montones de muñecos nuevos... pero bueno... son niños, y ya dije que no trataría de cambiar a nadie, más que a mí.

y los fantasmas, y los recuerdos, y las nostalgias del año que se acaba, y de los que han pasado, y de los que aún no pasan...

"tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo"

24/12/05

regalo de navidad

regalo de navidad

dos días seguidos he tenido pequeñas fricciones con mi hermano que pudieron haberse evitado. sé que ninguno de los dos queremos eso. todo porque no supe darle a mis mensajes el tratamiento adecuado, y mis preguntas sonaron a regaños, mis sugerencias sonaron a órdenes. yo sé muy bien qué siente, porque el asunto del orgullo es genético, y a su edad, yo era igual. procuro no olvidarlo.

la última discusión fue por una estupidez. rentamos un videojuego, yo, para no variar, me clavé y jugué varias horas seguidas porque sólo tengo cuatro días para terminarlo. a la hora de la comida le paré y me puse a "remodelar" los links de mi blog. luego de un rato llegó mi hermano y se disponía a prender el nintendo, pero iba a poner uno de los juegos suyos, no el que rentamos... le sugerí que continuara con mi labor de horas, porque bueno... para un videojugador, terminar un juego es una especie de símbolo, y sólo teníamos cuatro días. él no tenía ganas, aún así aceptó mi sugerencia, pero de mala gana. al ver su reacción, me arrepentí de haberlo presionado, y le dije que mejor no jugara, que pusiera otro y le di un pretexto cualquiera. él respondió que no, que ya así... pero yo lo conozco, y su tono era de algo de rencor, elevó la voz, yo volví a "sugerir", él gritó, y yo apagué el nintendo suponiendo que ese sería el fin de la discusión, y él, iracundo, aventó el control al suelo y se fue...

ya sé, suena como una estupidez, y sé que lo fue. yo no debí sugerirle nada, y él no debió reaccionar así... pero es más difícil de lo que parece. no supe qué hacer, y todo por algo tan simple... ante situaciones como ésta me pregunto si tendré lo que se requiere para ser un buen papá. ser el hermano mayor es como ensayar para la paternidad, y yo siempre he tenido problemas con esto. y es que a veces mis hermanos son tan cerrados que me desespero... estoy empezando a dejar de entenderlos. mierda.

pero reflexioné toda la tarde, y llegué a una conclusión. no debo tratar que los demás hagan lo que yo haría. no debo obligarlos, ni enfadarme si no toman mis sugerencias, ni presionarlos para que hagan lo que digo. cada quien debe tropezar con sus propias piedras. cada quien debe escoger qué estrella seguir. no todos son como yo... ese es el encanto de la humanidad: todos somos diferentes, y esas diferencias deben preservarse.

de vuelta en mi casa (después de ver king kong por segunda ocasión), vi en el noticiero un reportaje del muro de la vergüenza, de los indocumentados, de los campesinos que, a pesar del tratado de libre comercio, no pueden vender en los estados unidos, y recordé todo lo que aprendí en mis clases de globalización, y sentí la indignación y la injusticia más que nunca, y decidí que tengo que hacer más. sin embargo, creo que lo mío no son las protestas, ni los boicots, ni los saqueos, ni las manifestaciones... no. debo cambiar yo. ya lo estoy haciendo, pero aún falta mucho qué hacer. debo sacudirme hasta el más mínimo residuo de egoísmo en mi interior, debo empezar a mirar a las demás personas hasta el fondo de su alma, y ver en sus ojos sus problemas, sus miedos, sus frustraciones, sus esperanzas... porque el egoísmo es lo que nos frena. porque al sólo pensar en la satisfacción propia, nos olvidamos que en el camino tal vez estamos pisoteando a otra persona. no soy la única persona con sueños, ni con deseos, ni con temores... todos somos iguales.

y si puedo comprender eso, y puedo cambiar mi manera de actuar, tal vez contagie a alguien, y si una sola persona comprende mis razones, y mis motivaciones, y mis causas, y las hace suyas, habré dado el primer paso, habré contribuido con el bienestar social. porque tal vez esa persona contagie a otra más, y esa a otra, y así se formará una gran cadena que abrazará al mundo entero... y eso, un cambio en el mundo, será el mejor regalo de navidad. el cambio ya ha comenzado, porque mi motivación aumentó. y sé que encontraré muchos obstáculos y sinsabores... pero no puedo darme por vencido. el mundo no va a cambiarme.

sé que en estas fechas los corazones se ablandan y la percepción se abre, así que mi mensaje de navidad es el siguiente:

di NO al egoísmo. que tu prioridad pase del "yo" al "nosotros". que la indiferencia no te domine. que el sistema no te ciegue ante la injusticia. que el consumismo no convierta a tu corazón en una joya de 18 kilates. que recuerdes siempre, siempre, que allá afuera hay alguien que tiene menos oportunidades que tú y más problemas, que su lucha de cada día no es vivir mejor, sino sobrevivir, y que mientras tú estás aquí leyendo estas líneas y mientras yo estoy aquí escribiéndolas, hay alguien que se está muriendo de hambre, y alguien que está sufriendo una pérdida, y alguien angustiado porque no sabe qué pasará mañana con sus hijos... ábrete: abre tus ojos, y mira a tu alrededor; abre la boca, y di lo que ves; abre la mente, y percibe la realidad; abre el corazón, y siente cómo el mundo sufre...

feliz navidad.

21/12/05

sugestiones

sugestiones

"siempre, al viajar de una ciudad a otra, me duele el estómago". al principio era por nervios, según, pero esta vez no creo haber estado nervioso, y aún así, hubo un momento en que el dolor fue insoportable.

"en mazatlán hace calor". cuando llegué a la casa que me vio crecer y convertirme de un niño caprichoso y rencoroso al jovenzuelo que aspira cambiar el mundo, encontré a mi madre tapada con una pequeña cobija azul, mientras yo sudaba porque traía una camisa de manga larga.

"las despedidas son siempre dolorosas". esta vez me sucedió al revés, y en lugar de pensar en la despedida #6 hasta el final de las vacaciones, ese pensamiento angustiante fue el que provocó mi insomnio de la primera noche. pensé que no podría soportar una despedida más, que ni mi madre, ni mis hermanos, ni yo, la merecíamos. en el punto crítico, asumí que entonces sólo quedaban dos salidas: o me quedo para siempre aquí, o me quedo para siempre allá. pero ninguna de las dos me parecía mi camino. concluí que, como cuando dicen "es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado", es mucho mejor ver a mis hermanos y a mi madre de vez en cuando que nunca, así, la esperanza de verlos de nuevo me da fuerzas cuando estoy lejos.

"la navidad es época de reconciliación". pero descubrí que no siempre es así. mi familia (hoy lo descubrí) tiene conflictos emocionales que van más allá de lo que se puede ver. rencores enraizados, odios que jamás fueron olvidados, discusiones enterradas vivas, cuyos fantasmas aún siguen haciendo estragos. esta navidad no será como las demás. la festividad más tradicional de la familia ha sido estropeada por un problema que siempre ha existido, pero que hasta ahora explotó... y yo no quiero eso. no vine para eso, mierda... vine para la cena de noche buena en casa de mi abuela, con todos reunidos, como una verdadera familia... porque allá es lo único que me falta.

"debo cortarme el pelo". así es. debo.

"incluso los sentidos pueden verse afectados cuando la sugestión es demasiada"