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8/12/09

Si Teo llega



Cuando el tiempo se acaba, sea cual sea la razón, el silencio empieza a caer sobre nosotros más denso, más pesado, más oscuro. Lidia mira de reojo la ventana entreabierta, esperando lo peor: que la puerta que da a la calle se abra. Entonces sabrá que es Teo, y que tardará menos de un minuto en subir al primer piso del edificio Nochebuena, el más famoso de la unidad por estas fechas, únicas en las que toma algo de sentido su nombre. Teo llegará a la puerta, quizá borracho, pues si llega a esta hora, es porque se ha quedado tomando, hará un escándalo con las llaves pero se le caerán y pateará la puerta gritando, Lidia, ábreme, chingado. Mejor no pensar en eso, pero la bebé está tan callada, murmurando sus pensamientos en una lengua que sólo ella conoce porque ella la inventó, mirando las estrellas que cuelgan del móvil de su cuna, maravillada, nunca había visto una cosa así, eso es lo bueno de recién nacer, que todo en el mundo, por ser nuevo, es también lindo.

El sartén está caliente, la carne, salada, las papas, peladas, las cervezas en el congelador, Lidia revisa que ya estén bien frías, los tarros, carajo, se le olvidaron los tarros, sólo hay uno dentro, y si trae a sus amigos, y si viene su compadre, no, no, se da la vuelta bruscamente, su brazo choca con la estufa, derriba el sartén y el aceite cae sobre su pierna, ella grita, pero entonces, al retroceder, el plato con la carne cae al suelo, quebrándose con un terrible escándalo en miles de pedazos que huyen, despavoridos, por el piso recién trapeado. Lidia intenta no moverse, no hacer más ruido, la bebé empieza a inquietarse, y para qué quiere, ya tiene suficiente, fácil se ha retrasado otra media hora, y si Teo llega, está perdida, no hay más qué hacer, mejor irse preparando para lo inevitable.

Sale de la cocina y va al cuarto de limpieza por una escoba y una jerga para levantar el desastre. Sin darse cuenta, unas lágrimas le empiezan a escurrir, será mejor pararlas, porque si Teo llega y, encima de todo, la descubre llorando, se lo tendrá bien merecido. Ya me decía mi madre, piensa, No soy una buena esposa. Se lo dijo apenas el mes anterior, cuando le preguntó a Teo dónde había estado y tuvo que salir huyendo, espantado por una lluvia de cuchillos que por poco caen sobre la niña, y al llegar a la puerta de su madre, dos cuadras calle arriba, al verla, le dijo, Ay m’ija, qué le hiciste a tu marido.

Diez minutos después el suelo de la cocina ya está otra vez brillante, y la carne en el aceite. Ha metido los demás tarros en el refrigerador y puso el congelador en el número 9, que se supone es más frío. La niña se ha dormido, pero Teo no llega aún. Lidia no cree en dios, pero a veces le gustaría creer: así podría rezar, Por favor, señor, que no venga borracho. Pero no cree, y nadie puede asegurarle que la tarde se convertirá en noche sin ningún contratiempo. Otra vez, sorprende a sus ojos llorando, cuando descubre su rostro en la puerta de espejo del microondas, rodeados por enormes moretones que, junto con el labio roto, le recuerdan lo mucho que debe esforzarse para ser una buena esposa.

[FIN]

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Dominemos la tecnología

Campaña para los 16 días de activismo contra la violencia de género

En twitter: @DominemoslasTIC / hashtag: #dominemosTIC

11/5/09

No es una mujer (parte tres)



La ciudad parece asfixiarse bajo los miles de transeúntes en las calles del centro, pero quien tuviera una buena vista aérea de la zona y se sorprendiera, debería prepararse para descubrir los rinconces subterráneos, los anchos y calurosos pasillos, repletos, del metro. A esta hora, todos avanzan en una misma dirección, esa que los aleja del centro, sólo unos pocos, que necesitan hacer un rodeo porque el transporte hasta sus casas no es directo, permanecen en el andén del otro lado. Pero de este en el que estamos, no cabe un alma. Los policías, alertas, bloquean el paso de los hombres, excepto de aquellos mayores de 60 años, hacia los dos primeros vagones, aunque quién les asegura que entre éstos no va ningún rabo verde irrespetuoso que aprovechará su condición decrépita para tocar algo de carne fresca. Nadie puede asegurarlo, así como nadie asegurará que esta mujer que va pasando frente al policía, y que no se limita a pasar, sino que lo mira, le guiña un ojo y lo pone a sudar, no es, por ningún lado, excepto en la ropa y el maquillaje, una mujer, sino un hombre llamado Hugo Estrella. Se va hasta el principio del andén, se detiene detrás de una mujer con un perfume encantador, alta, rubia, como pocas, es lo bueno del centro, hay muchas ejecutivas. Ya viene el tren. Está repleto, pero en estos vagones de adelante aún queda un poco de espacio. Las puertas se abren, y la masa se avalancha violentamente tratando de entrar, pareciera que este es el último tren de la historia, que todos los que queden detrás se quedarán atrapados ahí por el resto de sus días, por eso se desarrollan estas batallas furiosas en los demás vagones, no en estos dos, llenos de mujeres educadas y civilizadas.

De inmediato a Hugo Estrella le llega el olor del sosiego. Las mujeres respiran tranquilas y emiten esos vapores muy particulares que se encierran en el minúsculo espacio del vagón. A veces piensa que podría ser un súper héroe con ese olfato que tiene, puede percibir hasta el más mínimo cambio en la atmósfera, pero no hay ningún olor que se le aproxime a este. Pero su máximo placer lo alcanza al trastocarlo, al arrebatárselos presionando contra sus muslos los genitales y frotándose con suavidad, con disimulo, sintiendo en la piel del pene el sublime roce del encaje de los calzones que trae puestos. No sabe cómo había podido vivir sin eso hasta ahora. Vestido de hombre no era lo mismo. Además, el olor de perdía, las mujeres, al verlo, comenzaban a apestar, a sentirse intranquilas, vulneradas. Pero con este disfraz, sobre todo con la ropa interior, las sensaciones se magnificaban ad infinítum.

Así que avanzó entre las faldas y las bolsas, entre los tacones y las medias, mordiéndose el labio, volteando los ojos, eyaculó una vez y se detuvo, alguna de estas mujeres lo miró extrañada, estuvo tentada a preguntarle, Señora, se encuentra bien, al ver a Hugo Estrella agachando la cabeza, tocándose de aquella manera el pecho, parecía que tendría un ataque, pero no, ya se recupera, seguro es el gentío, si ella tuviese su edad estaría igual, y a veces bastan estos años para desesperarse. Cuando mira a su alrededor, Hugo Estrella mira a esta mujer, quien le hace un gesto de complicidad, Se habrá dado cuenta, se pregunta, pero no puede llegar a ella, es imposible, así que no le da importancia, si sabe algo que lo demuestre, sigue su camino. Un orgasmo más, dios, esto es la gloria, llega al final del vagón, con las piernas temblándole, y sale al andén en la siguiente parada, ha sido suficiente por hoy, mejor será ir a casa, aunque no tiene prisa, tal vez sea sensato pasar por una cerveza antes, al fin y al cabo, nadie lo espera, su familia lo ha abandonado.

En esta estación casi no ha bajado gente, pero Hugo Estrella necesita desesperadamente aire fresco. Sube las escaleras y se queda de pie en la esquina. Al otro lado de la calle, observa a un policía de una casa de empeño que lo mira fijamente. Qué me ve ese cabrón, está a punto de sacarle el dedo cuando siente un golpe. Casi cae al suelo, pero se recupera, alguien está jalando su bolso, el bordado, Hugo Estrella se niega a soltarlo, mira nada más, Lo que me faltaba, un cabrón ratero, le dice, el joven ladrón lo mira sorprendido por la voz rasposa y grave, pero tampoco suelta el bolso, si ha arriesgado tanto, tiene que luchar por él, un bolso así de grande debe contener algo más que basura, seguro trae los recuerdos de toda una vida, le tira una patada, Hugo Estrella la recibe sin inmutarse, Vas a ver cabrón de mierda, y jala el bolso con más fuerza, atrae al joven ladrón y le propina un severo golpe en la nariz, el bolso, herido, se desprende de la correa, cae al suelo, rasgado por la mitad, y derramando su interior por la banqueta, al mismo tiempo que la sangre del joven ladrón.

El policía ha tardado en reaccionar, pero al fin se ha decidido. Si ha dejao su puesto de vigilancia es por ir a defender a una ciudadana, como es su deber, aunque no sea cliente de la casa de empeño, los jefes sabrán comprenderlo. Detiene al joven ladrón por la camisa, le da un sermón, orgulloso, A que no te lo esperabas, verdad, toparte con una mujer tan valiente. Hugo Estrella, alarmado, se apresura a recoger sus cosas y a meterlas de nuevo en el bolso, hace como puede, otro policía, el de la estación del metro, llega y ayuda a su colega, Señora, se encuentra bien, Hugo Estrella no quiere hablar, no puede hablar, ha hecho intentos por disimular la voz pero sabe que no es suficiente, cualquiera sospecharía, trata de cerrar la fisura del bolso, pero es imposible, es demasiado grande, Le voy a conseguir una bolsa de plástico para sus cosas, le dice uno de los policías, Le dio un buen chingazo a este hijo de puta, le dice el otro, mientras detiene los ojos alborotados para mirarlo, trae un corte de pelo extraño, sus manos no llevan las uñas pintadas, el sudor le ha corrido el maquillaje y con esta luz pareciera que se le nota la barba crecida. No puede ser, piensa el policía, entonces ve al otro llegando con la bolsa, le entrega al joven ladrón, toma la bolsa y se agacha para ayudar, la mujer parece nerviosa, con la mano le hace señas de que la deje, de que ella puede sola, pero el policía insiste, y recoge del suelo una camisa de hombre, arrugada que lucha por salirse del bolso, la mujer, apurada, trata de cerrar el agujero y se levanta, pero fracasa, y todo el contenido vuelve a caer en la banqueta. Toda una caja con maquillaje, rastrillo y desodorante, pantalones, y unos zapatos de hombre, además de otras prendas interiores femeninas. Qué es todo esto, pregunta el policía, y entonces le mira el rostro, el sudor ha corrido el maquilaje, la barba ahora es evidente. Usted no es una mujer.

En el interrogatorio, Hugo Estrella, acorralado, no tuvo más remedio que pedirles que no lo desnudaran, y que si lo hacían, no le quitaran los calzones, que los necesitaba. Aunque sea déjenme algo, les dijo a los oficiales, quienes, burlones, le dijeron, Sí, pendejo, también te vamos a dejar la peluca, para que te vean los periódicos, pinche pervertido. Hugo Estrella parecía resignado, como si hubiese sabido desde siempre que así terminaría todo. En la celda donde esperaba a los medios, se tocaba la entrepierna y frotaba sus genitales en los calzones de su mujer. Al menos, había sido más listo que todos ellos. Los oficiales vinieron al siguiente día, muy temprano. Lo sacaron a rastras, le dieron unas cachetadas y luego lo llevaron a la sala de prensa. Hicieron la recomendación de publicar su foto para que, si alguien lo reconocía, lo denunciara cuanto antes, ya que si no, tendrían que dejarlo libre. Al escuchar esto, Hugo Estrella empezó a sonreír. Los reporteros lo fotografiaban sin parar, esa era un imagen suficiente para la portada. El oficial a cargo se exasperó, le gritó, Por qué sonríes, carajo. Pero Hugo Estrella no respondió. Sólo pensaba, para sus adentros, que después de todo, se había salido con la suya.

(FIN)

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[Parte uno]

[Parte dos]

5/5/09

No es una mujer (parte dos)


[Imagen tomada de http://www.rtp.gob.mx/imagenes/atenea_6.jpg]


Ha sido un gran acierto del gobierno, desde el punto de vista de esta mujer que viene casi dormida de pie, sujetándose del mismo tubo pegajoso al que otras tantas mujeres vienen sujetadas, destinar autobuses al uso exclusivo de personas de su mismo sexo y condición, mantenerlas a salvo de los hombres, que son todos unos cerdos, al menos ahora puede sentirse segura, a bordo de un autobús rotulado con letreros rosas y flores que versan, Programa de Transporte Público para Mujeres Afrodita. Sobresaltada, se da cuenta que se acerca el momento de bajar, si no hace la parada aquí el chofer no la bajará hasta seis o siete cuadras adelante, así que reacciona con violencia, se abre paso entre las cabezas y los cuerpos, Con permiso, permiso por favor, toca el timbre, el chofer frena bruscamente, todas se tambalean pero ninguna cae, se mantienen, firmes, en sus lugares. Sólo bajan dos, el autobús cierra la puerta trasera y continúa su camino, las mujeres que bajaron no se volverán a encontrar, una va en una dirección, la otra en la opuesta, ni siquiera se han mirado.

La mujer camina las tres cuadras que separan la parada del camión de su casa. Los tacones la están matando, siente su cuerpo sucio, por el polvo de la ciudad, por el sudor del calor, necesita con urgencia un buen baño. Sus hijos deberían estar en casa, ya no son horas para que anden en la calle, sólo espera que la mayor sea tan responsable como para encargarse de sus dos hermanitos, pero con ese novio que trae, No me gusta nada, nada, pero qué le va a hacer, alguien le ha dicho que a nadie le gustan los novios de las hijas, menos las novias de los hijos, pero hay que resignarse, con mantenerlos vigilados bastará, nada más le pide a dios que no resulte embarazada, Soy muy joven para ser abuela, dice. Y su marido, quién sabe si llegó o no, desea que no, pero tampoco se le ocurre qué tanto puede estar haciendo en la calle, no cree que den entrevistas de trabajo tan tarde, Mejor ni le pregunto, es muy orgulloso, ha de estar apenado por ser mantenido por su mujer, y ella, a estas alturas, ya está hartándose, No me casé para esto.

Busca en su bolso las llaves, nada más falta que se le hayan olvidado, no tiene tan mala memoria, sólo es el temor de todos los días, haber dejado el foco prendido, las llaves pegadas, la puerta abierta, así somos, nunca vamos a estar tranquilos todo el tiempo. Entra. El pasillo está oscuro, pero las escaleras son iluminadas por la luz que llega de arriba, del número cinco, entonces sí hay alguien, Más les vale, canijos, piensa y sonríe, le da gusto, quizá esta es la mejor parte del día, antes de llegar a la casa, abrir la puerta y ver el desorden monumental que le han hecho sus hijos, nunca va a poder mantener la casa limpia aunque sea un día, entonces empiezan los corajes, pero aquí, en el pasillo, antes de subir la escalera, sabe que no ha pasado nada malo, y es feliz por un instante al día.

Tal y como lo esperaba, sus hijos menores juegan videojuegos en la sala, su hija mayor, en el cuarto, besuqueándose con el novio mientras un dvd se reproduce en la tele, Mira nada más, desvergonzados, la mujer le da al novio un golpe en la cabeza y lo saca de la casa, Órale, para su casa, chamaco, el novio sale, sonriendo, y desde la puerta, le tira un beso a su cómplice, para luego desaparecer, sólo tiene que cruzar la calle y estará a salvo en su casa, la hija, por su parte, se hará la indignada y luego bromeará al respecto, la mamá no se preocupa tanto, son besos inocentes, mientras no los encuentre desnudos en la cama todo irá bien, aunque a veces piensa, Y si lo hicieron mientras yo no estaba, pero descarta la idea, no se atreverían, después de todo, le ha inculcado los valores correctos a su hija. Luego de medio poner las cosas en orden, la madre pregunta si nadie llamó en su ausencia, y el hijo de enmedio responde que sí, que le hablaron a su papá, Quién, No sé, una señora, No te dijo para qué, Sí, que por un trabajo. Y hay un mensaje en el buzón, dijo la hija mayor, tratando de redimirse de su delito y demostrando que es tan capaz como su hermano de poner al tanto a su madre. Ella alzó la bocina, marcó las claves correspondientes, y escuchó, Este es un mensaje para el señor Hugo Estrella, le estamos llamando de Empresas Industriales, nada más queríamos saber qué había pasado con la entrevista que concertamos, ya que usted no se presentó y nos preguntábamos si le gustaría reagendarla para otro día, esperamos su respuesta a nuestros teléfonos, de diez a dos y de cuatro a seis por favor, con la licenciada Aurora, a sus órdenes, gracias.

La mujer, desconcertada, colgó la bocina. Esta había sido la entrevista que ella misma le había conseguido, y si no se había presentado, entonces dónde carajos había estado su marido todo el día, qué había estado haciendo, por qué le hacía perder el tiempo de esta manera. No le iba a preguntar. Una hora más tarde, cuando su marido llegara con aliento alcohólico, ella sabría que no había hecho el mínimo esfuerzo por encontrar un empleo, que se había pasado la tarde vagando por ahí con sus amigotes, y que si le decía algo, aunque fuese una insinuación, su marido se pondría violento, le gritaría a ella y a los niños, y no tenía humor para peleas, mejor esperar hasta mañana, ya dios dirá.

Cenaron en silencio, y el marido se fue a dormir sin dar las buenas noches. La mujer lavó los trastes y prendió el calentador, dispuesta a tomar una buena ducha antes de acostarse. Para no entretenerse en la mañana, sacaría desde ahora la ropa que se pondría para el trabajo. Una falda azul marino, una blusa color crema, su brasier blanco y esos calzones de encaje que tanto le gustaban. Todo fue bien, excepto los calzones. No estaban. Buscó y rebuscó en todos los cajones de la cómoda, pero faltaba justo esa prenda. Y no sólo esa. La segunda opción, unos sin encaje pero de una tela muy suave, también faltaban. Estaba segura que los había lavado la última vez. O quizá se habría confundido. El marido, desde la cama, roncó, Mujer, qué es ese escándalo, hombre. La mujer fue a revisar el cesto de la ropa sucia. Tampoco estaban ahí. Si no los encontraba, se volvería loca. Sus calzones no podían desaparecer y ya, tenían que estar en algún lugar. Buscó en los cojines de la sala, debajo del comedor, en el cuarto de los niños, quizá su hija los habría tomado prestados, aunque dudaba que le gustaran o que le quedaran, entre los calcetines, en la ropa limpia que estaba todavía extendida sobre una silla, ahí al lado estaba la bolsa esa que su marido se ha estado llevando estos días, una bordada con flores y pájaros, la tiró por accidente cuando revolvía el sillón, estaba muy pesada, Qué tanto traerá aquí, no pudo evitar la curiosidad, la abrió.

Mientras sacaba un objeto tras otro su espanto llegaba a niveles insospechados. Pero al menos, había encontrado sus calzones. Lo dejó todo en su lugar, furiosa. No iba a despertar al marido. Mañana llamaría al trabajo, diría que está enferma, y lo agarraría con las manos en la masa, aunque le costara creer lo que sus ojos vieran.

Él salió a las siete en punto. Ella esperó tres minutos y fue tras él. Los niños ya se habían ido a la escuela, así que no tuvo que dar explicaciones a nadie. En el camino llamó a la oficina, le dijeron que no había problema, pero que le tenían que descontar el día. Era de esperarse. Su marido entró en la estación del subterráneo. Ella detrás. Dos estaciones y bajó. Entre tanta gente, él jamás se daría cuenta de que estaba siendo seguido. Salió a la calle y caminó hacia el este, tres cuadras. Había unos baños públicos, se llamaban Sandoval, donde el marido entró sin dudarlo. La mujer esperó unos minutos antes de entrar. Que se sienta seguro, que crea que está a salvo. Entonces entró. Le preguntó al encargado, si no había visto a un señor bajo de estatura, gordito, calvo y que llevaba un enorme bolso bordado con flores y pájaros. El encargado dijo que sí, que había pagado un baño individual. Es que mire, le explicó la mujer, quiero darle una pequeña sorpresa. Oh, entiendo, dijo el encargado, aunque la verdad era que no entendía, y le dijo, Es al fondo del pasillo, a la izquierda, la tercera puerta. La mujer le guiñó el ojo.

Ya era mediodía cuando el marido todavía seguía gritando en la puerta del número cinco. La mujer había llamado a la hija mayor, que recogiera a sus hermanos y que la viera en la central de autobuses. Llenó dos maletas con toda la ropa que podía cargar. Tomó un desarmador y abrió, al fin, la puerta. No me toques, pendejo, le dijo a su marido, amenazándolo con su improvisada arma, Me voy a ir, le dijo, me voy a llevar a los niños y más vale que no nos sigas porque te echo a la policía, cabrón. El marido dejó de intentar hablar. Bajó los brazos, se hizo a un lado, resignado. La mujer tomó las maletas y pasó. Antes de empezar a bajar la escalera, se detuvo, abrió una maleta y sacó un par más de calzones, rojos, y se los aventó en la cara. Quédate con mis calzones, pervertido. Salió de la vecindad y paró un taxi. Se fue llorando de rabia. Su madre, al verla al día siguiente en el umbral de la puerta, le diría, Ya te habías tardado, hijita, te habías tardado.

[Continúa]

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[Parte uno]

[Parte tres]

1/5/09

No es una mujer (parte uno)


[Imagen de http://brothermk1.blogspot.com/2007/03/freakshow-tanda-2.html]

Pintarse el borde de los ojos, hasta ahora, ha sido lo más difícil, pero un estúpido lápiz negro no lo va a detener, no después de haber revisado detalladamente los rostros de las modelos en las revistas de moda y glamour, no después de interrogar misteriosamente a su esposa, Este para qué sirve, cómo te pintas ahí, y para salir airoso, elogiarla, Es que siempre quedas muy guapa. Hay que otorgarle mérito, para ser la primera vez, no está tan mal, el rubor no se ve exagerado, las sombras están en su punto, el lápiz labial, bueno, parece que lleva haciendo esto toda la vida, y eso que las luces, densas y pesadas, de este baño individual que pagó no ayudan en lo absoluto, ni el espejo embarrado, ni el intenso olor a cloro. Se mira el rostro en el espejo, sonríe con malicia, si ese policía se hubiera dado cuenta de con quién estaba tratando, le habría merecido un poco más de respeto, carajo, sacarlo así, a rastras, del andén, con toda la gente mirando, no hacía caso a su Suélteme, yo puedo solo, no, no le dejó ni un poco de dignidad, habrá pensado que se enfrentaba a un degenerado sin cerebro, a uno de esos sujetos que sólo se dedican a sentir placer, en lo desconocido o en lo conocido, en lo arriesgado o en lo seguro, pero se equivocaba, a Hugo Estrella no le interesa el placer por el placer, sino ganárselo, y pensar, al final del día, Que bien lo hiciste hoy, carajo, y responderse, Y mañana irá mejor, vas a ver.

Toca el turno a la peluca. Le ha costado trabajo conseguirla, jamás imaginó en qué negocio harían cosas de estas, jamás pensó que tenía que combinarla con su tono de piel, buscar la medida, la forma del rostro, para que pareciera natural, Para que de verdad parezcas una dama, le dijo la encargada de la tienda, o el encargado, quien quizá había tenido más éxito en la labor que ahora absorbía a Hugo Estrella. Se acomodó la redecilla, suspirando al recordar los suaves perfumes de las féminas, encerrados en un vagón de metro, respirando ese aire de tranquilidad que sólo tienen allí, todas ellas, juntas, creyéndose a salvo de las manos sudorosas de los aprovechados, es la única manera en que adquieran tan particular encanto, los músculos descansados se tensan levemente al creer sentir algo duro encajándoseles en las nalgas, Hugo Estrella no sabe qué pensarán, es un celular, un bolso, una uña postiza, qué sé yo, esa mujer que lo delató, alta, usaba lentes, le podía ver el rostro en el reflejo del vidrio de la puerta, las cejas depiladas, los labios rosas, cerrados, la frente amplia, era una verdadera mujer, exhalando por sus poros esa sensación que se disipó cuando ella también alcanzó a verlo en el reflejo del vidrio, su gesto se endureció, furiosa, gritó, Hijo de puta, y lo tomó del cuello y cuando la puerta se abrió, al llegar a la estación, lo llevó directo al policía que vigilaba la línea que separaba los vagones exclusivos para mujeres del resto, mientras le gritaba, Pervertido, creíste que me iba a quedar callada, no elegiste bien a tu presa, cabrón, ahora sí vas a ver.

Llamaron a su mujer, por lo visto, al policía lo único que le interesaba era humillarlo públicamente, por eso iba gritando por los pasillos, Ahora sí te agarramos, pervertido, vas a ver cómo te va a ir, por quererte aprovechar de inocentes mujeres, por manolarga, la gente volteaba, lo miraban con asco, no concebían que un ser de esa naturaleza existiera todavía, algunos se referían al policía cumpliendo su deber, pero la mayoría, al gordo aprovechado y pervertido. Hugo Estrella sonreía mientras pensaba, Si supieras, pendejo, que no soy quien tú creíste. No era de los que se daban por vencidos, ni de los que aprendían su lección. Al contrario, ahora era un reto, más divertido, más excitante, burlar a la seguridad, encontrar la manera, y dentro de poco, conseguiría el éxito, ya sólo le faltaba acomodarse el vestido, ponerse las medias y los tacones, y vencería.

La esposa de Hugo Estrella llegó dos horas después. Le dio un sermón sobre los valores y el esfuerzo que ella hace ahora que está desempleado, pero no logró conmoverlo. Cuando llegaron a la casa, nada más para que aprendiera que con él no se juega, le dio una chinga. Creyó que se iba a salir con la suya nomás porque había un policía cuidándola, pues no, que equivocada estaba, mira nomás, y luego le dijo que durmiera en la sala y que le preparara chilaquiles. La mujer obedeció, llorando. Más le valía. Nadie iba a pasar por encima de Hugo Estrella, ni la policía moralista de la ciudad, ni las mujeres estúpidas que no saben lo que es un hombre. Quién diría, que este que ve el espejo, con tacones rojos, cabellos castaños y boca encendida, era tal. Ay cabrona, que buena estás, se dijo a sí mismo, y guardando sus cosas en su enorme bolsa bordada con flores y pájaros, salió del baño público ante la mirada atónita del encargado, quien jamás se imaginó que un hombre como el que había entrado se pudiese convertir en una mujer como la que había salido, y eso que había visto bastantes cosas en su no tan corta carrera como encargado del baño público, Jamás volveré a estar seguro de nada, pensó, y cambió el canal de la tele.

La primera prueba comenzó en cuanto puso un pie en la calle. Seguro de sí mismo, caminó con paso firme hasta la parada del camión, dos cuadras adelante, tratando de no tambalerse demasiado, hacerlo como lo había practicado, tacón, punta, tacón, punta, despacio, no lleva prisa. Con excepción de algunos viejos libidinosos que se ruenían en las jardineras, nadie se fijó realmente en Hugo Estrella vestido de mujer. Era una ciudadana más, con sus problemas y sus felicidades, sus temores y sus desvaríos. Se detiene junto a otras mujeres en la banca diseñada para aguardar el arribo del autobús de transporte público, se abrasa a su enorme bolsa, un tanto nervioso, puede desde ya sentir una erección rozando la ropa interior femenina, cualquier le preguntaría, Sólo tienes que verte como mujer, no sentirte como una, para qué usas también ropa interior, a lo que él, en este momento, no podría responder, porque, a pesar de considerarse listo, y hasta brillante, acepta que, cuando alcanza este nivel de excitación, no logra llegar a razonamientos, digamos, del todo correctos, o al menos coherentes.

Ya viene el autobús. Por suerte, pertenece al programa de uso exclusivo para mujeres, Afrodita, quien lo haya bautizado habrá pensado que no podía elegir un nombre mejor o más apropiado, quién, en su sano juicio, puede objetar la comparación con una auténtica diosa del Olimpo. Viene casi lleno, con espacio suficiente sólo para que las cinco mujeres, y Hugo Estrella, aquí esperando, lo aborden. Se acerca a la puerta, cualquiera con un buen oído podría escuchar los latidos de su corazón, o cualquiera con un buen olfato percibiría el olor amargo del lubricante que ha derramado, se siente empapado, no esta mujer, que trata de meterse en la fila, es una cualquiera, que le sonríe, como si fueran cómplices, Hugo Estrella le permite pasar primero, ella dice Gracias, y ahora sabe quién será su primera víctima, esa pobre ingenua, insolente, que no alcanzó a verle la sombra de la barba bajo el maquillaje, bien elegido está el nombre, Afrodita no sólo era la diosa de la belleza, también de la prostitución. Tendrá su merecido si logra pasar al conductor, quien mira desde su asiento, recibe las monedas, las echa en la tómbola y entrega el boleto, tres veces ya lo hizo, Hugo Estrella pone un pie en el primer escalón, sin tacto alguno, abriendo las piernas, sólo piensa, Cuidado con la peluca, sube el otro pie, ya estoy arriba, la quinta mujer, esa zorra, pasa por delante del chofer, No tengo cambio, déjeme cambiar, sí, y el chofer, atrapado por sus viscosas redes, responde, Déjelo así, pásele, ándele, pásele, no cabe duda, es verdad lo que dicen de los hombres, todos son iguales. Al fin toca el turno de Hugo Estrella, la prueba de fuego, si él, que pertenece a su mismo género, no puede reconocerlo, nadie podrá. Ya llevaba las monedas en la mano, las deposita en la tómbola, el chofer baja la palanca y deja caer el dinero en la caja, luego arranca un boleto, Hugo Estrella lo mira fijamente, con los ojos llenos de nerviosismo, quizá el chofer piensa que es admiración, por lo que, al entregarle el boleto, le acaricia suavemente los dedos, y luego le guiña un ojo. Hugo Estrella casi habla, sorprendido, estuvo a punto de pronunciar un Gracias infestado de rabia, pero piensa mejor, si su disfraz es perfecto por fuera, no ha conseguido pensar en la voz, cualquiera lo reconocería por la voz rasposa, grave, que su abuelo le heredó.

Y he ahí el paraíso que le había sido arrebatado. De regreso a él, localiza a la quinta mujer de la fila, que debió haber sido la sexta si no hubiese usurpado un lugar que no le correspondía. Se las ha arreglado para irse casi hasta la puerta de bajada. No importa. El camino es largo, y será entretenido. Hugo Estrella comienza a avanzar. Diría Con permiso, pero no es tan zoquete.

[Continúa]

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[Parte dos]

[Parte tres]

11/2/08

Un simple y sencillo homicidio (1 de 3)



Era joven. Bonita. Tenía buena salud. Cocinaba muy bien. Caderas anchas, podía ser una excelente madre. Pero esa cara. Triste y sin luz, con los ojos siempre rojos de tanto llorar, era suficiente dirigirle la palabra para que encontrara una excusa y se deshiciera en lágrimas, gritando que la vida no valía la pena y que se iba a matar, sin nunca cumplir su promesa. Todos creían que era un juego, que era porque los medicamentos ya no le hacían el mismo efecto, sus pocas amigas le recomendaban que visitara a otro psiquiatra para que le recetara algo más fuerte. Pero Héctor le había dicho, la noche anterior, que ya no podía pagar sus medicinas, que fuera buscando qué hacer. Pues qué iba a hacer, morirse, eso es lo que iba a hacer, no podía -ni quería- hacer nada más.

Por qué ha tenido tan mala suerte en su vida, no lo sabe. Sólo de una cosa está segura: está harta, y quiere que todo termine. Su madre, única confidente que le queda, le ha dicho que rece. Que a veces ella se siente sola, en una casa tan grande y ahora que su esposo ha muerto, pues más, pero que se pasa la tarde entera rezando y se le olvida el dolor. Carla no puede concentrarse, así que va a la iglesia del parque, pues ahí, dicen, es la casa de Dios. Se sienta en una banca, casi hasta adelante, y al ver a aquel hombre, semidesnudo, con los músculos marcados, la cara de eterna agonía, la barba enmarañada, sudorosa, las espinas clavándosele en el cráneo y la sangre chorreando por su cara, clavado en una enorme cruz de madera, se siente más desdichada que nunca, y la iglesia entera retumba con su llanto.

Los que estaban cerca se fueron de inmediato, asustados. Sólo algunas mujeres, ya acostumbradas a aquellas explosiones de insensatez ("Cómo viene a la casa de Dios y hace todo ese escándalo, debe estar loca"), y por supuesto, sin nada qué hacer, se quedan. Carla no sabe cómo rezar, se le han olvidado las oraciones del catecismo, pero su madre le dijo que sólo hablara como si tuviese a Dios enfrente, que le pidiera algo, que él a veces respondía y a veces no, así era siempre. Pidió, pues, de la siguiente manera, Dios, no sé si me escuchas, con tanta gente que habrá por ahí pidiéndote cosas ahora, qué puedo tener yo de importante para que me prestes atención, siendo Tú tan poderoso como eres. Sólo quisiera saber si debo o no suicidarme, ¿sabes? Es que estoy harta de mi vida, no sé lo que quiero, nunca lo he sabido y nunca lo sabré, me salí dos veces de la escuela, me casé con el primer hombre que me lo propuso, me fui de mi casa en busca de algo que hasta ahora no he encontrado y que empiezo a sospechar que jamás encontraré, ya han pasado dos meses desde que estamos casados y mi vida, en lugar de volverse más tranquila, se ha vuelto más insoportable, no nos aguantamos, estamos toda la noche discutiendo, él está irritado porque no he quedado embarazada, desde antes que nos casáramos, entonces era cariñoso y pensé que quizá podría ser feliz, es varonil y fuerte, seguro de sí mismo, pero no me ama, yo lo sé, porque siempre que salimos le coquetea a otras mujeres como un descarado, como si yo no estuviera ahí, no me respeta ni me trata con delicadeza, me estoy quedando dormida apenas cuando se me sube encima y me baja la ropa interior, me obliga a abrir las piernas y me tapa la boca, termina en cinco minutos y me da la espalda, y no se despierta hasta la mañana siguiente, cuando me está apurando para que le haga el desayuno antes de irse al trabajo. La verdad ya no lo aguanto, no quiero pasar el resto de mi vida así y he decidido suicidarme, pero si tienes una misión para mí, si hay algo más en el mundo destinado a mí, dame una señal, por más mínima que sea, y de algún lado sacaré valor para continuar con esta vida que me está matando.

Detuvo su oración y se calló. Se percató hasta entonces del angustiante silencio del templo, del eco de las mujeres, rezando en el altar de la virgen, cuando murmuraban el avemaría, cuando carraspeaban la garganta para que la virgen las entendiera, cuando una daba unos pasos y se sentaba en la banca más cercana, porque sus piernas ya no la aguantaban de pie tanto como antes. Carla se quedó mirando el rostro del crucificado, a la espera de la señal que había pedido. Siendo algo tan importante como la vida de una mujer que acudía a Él, Dios al menos tenía que tomarse la molestia de contestarle. Pero el crucificado no se movió. Se quedó tan estático como antes de que ella llegara, como se quedaría luego de que se fuera, y como estaría si volviera mañana. Igual. Nada pasó. Las voces de las mujeres desaparecieron, alejándose cada vez más.

Ya se estaba convenciendo de que la señal no llegaría, de que Dios no había respondido, ni respondería jamás, a su petición, cuando una mano dura y olorosa a humo le tocó el hombro. Carla volteó la cara, espantada, y vio a un hombre maduro, calvo y con un grueso bigote, sonriéndole, mientras sostenía en la otra mano una escoba. Le dijo:

-Señorita, disculpe usted. Ya vamos a cerrar.

¿Era esa su señal? ¿Qué quería decir? ¿Por qué mandar una señal tan absurda e incoherente, ante una pregunta tan importante para ella? Sintió un profundo coraje, se levantó y salió de la iglesia, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara, enfriándosela por el viento helado que soplaba ese día, en pleno mediodía.

[Continúa]

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[Segunda parte]

[Tercera parte]

7/2/08

Si no te quiere (3 de 3)



3. Última vez

Es que no me estoy metiendo en su vida. Cuando cumplió un mes aquí, después de disculparse con mucha pena por lo de la cena, le llevé un pastel que yo hice, decía Feliz Primer Mes, y creo que le gustó, aunque no me invitó a pasar a su casa porque estaba muy ocupado, dijo. La verdad es que desde el día de la limonada no he vuelto a pasar a su casa. A cada rato voy y le tocó, a ver si está bien, si necesita algo. Digo, si no se quiere enamorar, todavía, está bien, algunos requieren tiempo, sobre todo si son tan jóvenes, y yo soy paciente, mucho, sabré esperar. Pero mientras no puede negarme el derecho a velar por su bienestar, para que se vaya acostumbrando.

Sobre todo porque esa mujer de su trabajo ya lo está acechando. De inmediato advirtió la inocencia de Emanuel y quiere abusar, estoy segura. La primera vez que vino lo pasé por alto. Pensé que seguro venía por un papel o alguna cosa que Emanuel fuera a darle. Si se quedó toda la noche, tal vez fue porque se le hizo tarde y cerraron el metro, y andar en taxi a esas horas es muy peligroso, es mejor quedarse en casa de alguien, eso demuestra que es caballeroso.

Sé que ha vuelto a venir. Emanuel no me quiere decir nada porque tiene miedo y está muy confundido. Maldita perra. Crearle esos sentimientos encontrados a un pobre muchachito indefenso. Pero ya verá cuando me la encuentre cara a cara, va a saber de mí. Si tan sólo Emanuel me hiciera su novia, podría irme a vivir con él y la zorra esa no tendría ya a qué irse a meter a su casa. Pero me va a escuchar. Ya verá.

[...]

Emanuel descansó y se fue muy temprano a la calle, lo oí. Estoy dispuesta a hablar con él con mucha seriedad. Lo he estado pensando. Creo que sí me alcanzan mis ahorros para una boda sencilla. Sin muchos lujos, invitando sólo a los amigos cercanos, una cena discreta, un vestidito mono, ya he bajado un kilo y medio desde que Emanuel llegó, seguro lo ha notado. Sólo me faltan 35 y estaré en mi peso ideal. Pan comido. Entonces, hablaré con él. Le diré que me preocupa. Ya van tres noches que no viene a dormir. Ayer llegó, con esa mujerzuela, haciendo un escándalo. Qué pensarán de él los vecinos, ay no, pobrecillo. Lo han enredado y no puede escaparse de sus garras viscosas y pútridas. Así que tengo que ir en su auxilio. Nada más que vuelva con ella, la voy a poner en su lugar.

Viene doblando la esquina. Me levanto de la banqueta, aliviada. Trae puestos unos lentes oscuros y la camisa desabrochada, carga una bolsa de plástico. Yo sé que no ha dormido bien, pero igual sigue viéndose apuesto. Tiene un encanto natural, desde su forma de caminar hasta su modo de hablar, no sé. Se acerca. Le digo Hola, mientras el mueve la cabeza y saca las llaves de la bolsa de su pantalón. Tengo que hablar contigo, le digo, Ahora no puedo, después, Pero es importante, Después, Renata, tengo cosas que hacer. Abre la puerta y se mete, yo no lo dejo cerrar. Quiero que te cases conmigo. Se queda petrificado, con la boca abierta. Yo sólo estoy esperando que se me lance y me atrape entre sus musculosos brazos.

Qué dices, Que quiero que nos casemos, tú y yo. Debes estar loca, No, hablo en serio, lo he estado planeando, mira, tengo unos ahorros y tú no tienes que... Azota la puerta en mi nariz. Debe estar aturdido por mi proposición, lo comprendo. Lo dejaré que lo piense, unos días, quizá, hasta que asimile lo que eso significaría para él. No más tener que estar soportando a esa miserable que sólo quiere abusar. Alzo la cara para mirar hacia su ventana, y veo que la mujer esa asoma la cabeza y me ve. Me hierve la sangre, pero está bien, que le diga, para que se vaya haciendo a la idea.

Cuando abro la puerta ella viene bajando las escaleras. Se para frente a mí, alterada. Detrás viene Emanuel. Óyeme, Renata o como te llames, Me llamo Renata, y tú, Qué te importa, pendeja, óyeme nomás, deja en paz a Emanuel, ya estamos cansados de que lo acoses, ya no te aguanta, de tan sólo verte se le revuelve el estómago así que será mejor que te alejes de él y lo dejes tranquilo. Increíble. ¿Quién se cree...? Detrás viene Emanuel. Le dice, Ya, tranquila Rocío, no vale la pena. La empujo y me acerco a él. Lo miro, cuestionándolo con la mirada. Quiero que me diga que todo eso no es verdad, que él jamás lo habría dicho, que se disculpe y que corra de su casa a esa mujer horrible y mentirosa. Pero no lo hace. Más bien parece fastidiado, como si quisiera estar en cualquier otro lugar menos aquí. Se da la vuelta y empieza a subir las escaleras.

La mujer sonríe, divertida de la escena. Yo no entiendo. No sé qué ha pasado. Unas lágrimas se me escapan casi sin que las perciba. Murmuro, Por qué, por qué, mientras me dirijo a las otras escaleras. Rocío se me acerca, todavía sonriente, contenta por su soberbio triunfo, y me dice, Si no te quiere es por gorda, babosa. Y se va, detrás de aquel que, por última vez, me ha roto el corazón. Pero está es la última. Lo juro. Lo juro.

[FIN]

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[Primera parte]

[Segunda parte]

1/2/08

Si no te quiere (1 de 3)



1. Persianas

Tener persianas en las ventanas resulta conveniente sobre todo cuando llega un nuevo vecino. Viviendo en el último piso, con la ventana hacia el edificio de enfrente, puedo observar las escaleras, y vigilar quién sube y quién baja. Hoy sube y baja un muchacho de unos 25 años, que lleva días sin afeitarse. Ojos claros, piel morena, cara afilada, pelo corto, brillante. El sudor le sienta bien. Desde su coche estacionado en la puerta del edificio, acarrea cajas con sus cosas sin detenerse a descansar. Ya ha subido una televisión de las viejas, de perillas, una radio negra, muy moderna, con luces de colores, y un horno de microondas. Iba subiendo un mueble, de esos que se arman casi solos, cuando se detuvo en el rellano de las escaleras, se desabotonó la camisa y la dejó en el barandal. Nada más de verlo sentí un calor por todo el cuerpo que me dobló las rodillas. He tenido una idea para acercármele. Es que un soltero como ese, y joven además, no se ve todos los días.

Hice limonada. Estoy esperando a que pare su ir y venir para salir bamboleando las caderas, con una sonrisa coqueta, mis pestañas enchinadas y mi lápiz labial rosa que tan bien me queda. Con el vestido suelto ni se me nota lo gorda. Quizá le lleve un poquito de nieve, y unos dulces. No, mejor sólo agua. Digo, apenas lo voy a conocer. El agua no se le niega a nadie, por educación, pero yo qué sé, quizá es diabético el pobre. Yo voy a cuidarlo. Nada más que se enamore de mí, y va a ver, se va a preguntar cómo es que pudo vivir tanto tiempo solo. Lo voy a tratar mejor que su madre. Lo voy a mimar todos los días. Voy a trabajar horas extras, y voy a adelgazar, ahora sí. De cualquier manera, no se va a enamorar por mi apariencia. Se ve un muchacho sensible, inteligente, muy noble, sé que él sí sabrá apreciar lo que tengo para ofrecer, sé que podrá valorarlo.

En las amistades ya no se puede confiar. Por eso es siempre bueno tener a alguien, una pareja, contigo, que te apoye, que te cuide, que te diga lo que te conviene y lo que no. Y ese muchacho, tan simpático, tan puro, cualquiera podría abusar de él, pobre, tiene cara de inocente. Pero ya verá, conmigo a su lado no le va a pasar nada, no tendrá qué temer. Esa es la última caja. Regresó a estacionar bien su coche, y ahora sube las escaleras sin nada en las manos. Se detiene otra vez en el rellano y se empieza a abotonar la camisa. Esa es la señal. Le voy a tocar la puerta, veré de cerca sus ojos claros y su sudor, todavía fresco, y le diré: Hola, yo vivo enfrente, me llamo Renata, te traje limonada. Con eso cae. Con eso.

[Continúa]

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[Segunda parte]

[Tercera parte]

7/12/07

Si entendiera de estas cosas



No se despierta por el escándalo del coche estacionándose, o por el ruido de las llaves, menos por las patadas que le propina a la puerta cuando ésta, impenetrable, se niega a abrirse si no atina antes a la llave; es más la sensación, si entendiera de estas cosas el pobre, podría decirnos, Es que el ambiente se llena de tensión, se vuelve horrible y lo único que queda por hacer es fingir estar dormido. Qué puta madre, balbucea su padre, y entonces escucha un sonido como de latas, luego una bragueta y por fin, un chorro de algún líquido que ansiaba salir de su recipiente, un chorro grueso y violento, intenso y apestoso. Hugo se voltea para darle la espalda a la puerta de entrada. Esta vez no quiere ver nada, siempre hace un esfuerzo tremendo por mantener los ojos cerrados, por creerse su propia mentira e imaginar que aquello es una horrible pesadilla, que por la mañana despertará y podrá ver a su padre dormido, tranquilo, casi desnudo en la brillante cama, envuelto en la sábana que su pobre madre mantiene tan blanca, como si de su blancura dependiera su estabilidad.

Su padre ha dado -¡al fin!- con la llave correcta. El chirrido de los goznes llega hasta los infantiles oídos de Hugo, de tan sólo escucharlo se aterra, se cubre la cabeza, quizá hoy también pase desapercibido, siempre le ha dado miedo enfurecer a su padre con su sola presencia, si entendiera de estas cosas nos diría, Creerá que soy un insolente, que no tengo respeto por su autoridad, que es una osadía de mi parte mirarlo a los ojos y no mostrarle pánico. Pero lo más probable es que su padre, así de borracho, ni siquiera recuerde que tiene un hijo. Es tan reciente. No puede aceptarlo todavía. No puede creer que su mujer lo haya obligado a hacer esto, a pesar de que le dijo, Abórtalo, no lo quiero, y la mujer se atrevió a retarlo, Pues yo sí, no cree que sea culpa suya no poder acostumbrarse a ser padre, ni mencionar el posible intento de ser uno bueno, uno ejemplar, que no llegue borracho a las cuatro de la mañana. Además, la diminuta cama de Hugo, oculta en una esquina, ni siquiera se hace notar, y el bulto que forma su cuerpo puede pasar a sus ojos, desenfocados y en constante movimiento, como un mueble más.

Avanza por la sala dando traspiés y mentando madres. Ojalá su madre pudiese hacer algo por él para evitarle tan arduos momentos de tensión al pobrecillo Hugo, pero ella no ve sino la misma salida que su hijito: hacerse la dormida. Quizá hoy venga demasiado borracho como para querer dar pleito. Quizá venga arrepentido, quizá se haya gastado demasiado dinero, quizá le haya dado una paliza un policía, quizá una prostituta le haya pegado el herpes. Si Hugo entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No te engañes ni seas ingenua, mi papá es un hombre con suficientes influencias como para pasarse al arrepentimiento, al dinero, a la policía y al herpes por el arco del triunfo, ¿no ves que nada de eso le importa un carajo? Es que es un muchachito muy inteligente, muy noble, muy entendido. Nada más decirle, Vete Huguito por las tortillas, y Huguito deja lo que esté haciendo y corre a la tortillería, así es en todo.

Como que quiere hablar, pero el sabor del vómito le cierra la garganta. Llega al fin hasta la puerta de la recámara, después de meterse dos veces al baño y decidir que mejor no, que prefiere echarse en la cama. Pero no puede entrar. Su madre ha cerrado la puerta por dentro, quién sabe si en un ataque de inconciencia decidió dejar encerrado a su bebé con el monstruo y su furia, no lo ha de haber pensado así, sólo se dijo, Que no entre aquí, que no entre conmigo, no lo aguanto. Y no pensó. Su padre, al razonar el por qué de la puerta cerrada, comienza a aporrearla, a gritarle, Abre pinche vieja puta o te parto el hocico; la puerta se estremece, si pudiera elegir una sola palabra en el mundo de entre todas las que existen para decirla sólo en este momento, seguro elegiría "basta". Pero las puertas no hablan, y los borrachos no entienden. Y Hugo, ay el pobre, espantado por los gritos y los golpes, por la furia encendida y en aumento de su padre, al que puede ver si entreabre los párpados, a pesar del esfuerzo que había hecho, no puede reprimir las lágrimas y los sollozos, y en un momento de silencio, su padre agudiza el oído, y lo escucha, y su madre, del otro lado de la puerta, también lo escucha, y comete una locura: abre la puerta.

La intención era desviar la atención. Y lo logró. Apenas vio su padre a su madre, la tomó de los cabellos y la echó al suelo. A ver si ahora muy valentona, pinche pendeja, le gritaba, mientras la obligaba a levantarse para seguir tirándola al suelo. Decía que jamás había golpeado a su mujer, y su mujer no sabía si aquello era mejor o peor. Se limitaba a aventarla, a escupirla, a insultarla, a apretarle el pescuezo hasta ponerla morada; ah, pero nunca la había golpeado con el puño cerrado. Su compadre le preguntó una vez, ¿Y a poco ni una cachetadita? Y él le contestó, Bueno, sí le doy sus cachetadas, pero nunca con el puño. Entonces le pegas como los maricones, ay mana, y las risotadas; y al siguiente segundo el compadre estaba en el suelo, retorciéndose por las patadas que el padre de Hugo le propinaba en la abultada barriga. Hugo se tapa los oídos. No es nada agradable escuchar aquello, sentirse en medio de la batalla, quisiera levantarse, gritarle a su padre, Déjala en paz, cabrón, eso quisiera, él no se pondría límites.

Tampoco es que dure mucho. Pronto el padre de Hugo se cansa de gritar y romper cosas, y se va arrastrando hasta la cama, donde se desviste y en menos de cinco segundos ya está roncando. La madre, humillada, presa de la ira y de la resignación, anda a gatas hasta la camita de Hugo, quien hace lo posible por mantener su mentira, su madre lo abraza, siente con las llemas de los dedos las lágrimas del niño empapando la almohada, tan chiquito y tan traumado, y se murmura, Shht, shht, duérmete hijito, mientras en su cabeza piensa, No merezco esto, ojo, no incluye al niño, por qué, ni ella lo sabe; como tampoco sabe Hugo lo que siente al verse rodeado por los brazos de su madre, al percibir su llanto en la sien, sus temblores de rabia, pero si entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No me toques, me das asco.

(FIN)

30/10/07

Las noches vendidas



"Concéntrate. Tienes que sentir placer".

Siempre ha sido así, Rufino. A pesar de todo, no pierdes la esperanza. Apenas consigues respirar entre sus sudorosas carnes. Tus gemidos, eso cualquiera podría notarlo, no son de placer. Pero hay que trastocarlos, o tal vez él se dé cuenta. A quién engañas. En tus pensamientos estás a salvo. De Rufino y de ti misma. No tienes que fingir en tu cabeza. Puedes pensar, Hijo de la chingada, mientras gritas, Oh, sí, papito. ¿Quién va a enterarse, a parte de ti? ¿Y tú qué vas a hacerte? ¿Quién va a castigarte por odiar al patán de Rufino? Nada cambiará. Por más que lo desees.

Hace cuánto lo conoces. Ya no sabes. Es como si siempre hubiera estado aquí. Su cara te es familiar, lo suficiente como para no temer, para sentirte tranquila, segura. Eso es lo que tiene. Siendo sinceros, no es muy agraciado. Tiene un encanto extraño que lo hace popular entre las damas, eso ni dudarlo, pero de eso a tener atractivo sexual está muy lejos. Digamos que no ayudan sus bigotes disparejos, su penetrante olor a podrido, su piel siempre húmeda y pegajosa, sus manos callosas, duras, incapaces de dar una caricia. Y esos gestos que hace con la boca, como un viejo que juega con su dentadura postiza, es desagradable, asqueroso. Pero sabes que si estás con él no es por eso.

Es la esperanza. Que te rescate de la soledad. Porque temes que un día te levantes de la apestosa cama y descubras que no eres tú, que ya ni eso te queda. Que no te pases la noche esperando, a ver si viene, y si no vino hoy, a ver si viene mañana. Que te quite la incertidumbre que te está acabando, que te dejé aunque sea la seguridad de que un día, cercano o lejano, se va a quedar contigo para siempre.

Qué importa que no sea guapo, que sea un patán, que te coja así, con violencia, con furia, que te encaje las uñas y te grite en el oído. Sus perversiones no te importan. Podría ser peor, lo sabes bien. Tiene poco tacto, pero de eso a nada.

"Ya casi acaba. Le falta poco".

Lo conoces bien. Sabes que a veces aumenta de ritmo y no pasa nada, pero cuando aumenta de ritmo y ahoga los gemidos, cuando se pone rígido, de los brazos, del cuello, es que se avecina el orgasmo. Ya no es necesario que te dé instrucciones. Tú misma alzas más las piernas, para dejarlo subirse hasta tu cara. Cierras los ojos, aprietas los labios. Él ni se fija. Clava la mirada en el abanico de techo, se le dificulta respirar. "¿De verdad disfrutará esto?", piensas, mientras un líquido caliente y salado cae sobre tu rostro. Y él se limita a quitarse de encima, y se desploma en el colchón.

"Estás bien rica, Meme", te dice, mientras enciende un cigarro, porque así hacen en las películas. Ya que te limpiaste, te acuestas a su lado y por fin te sientes en paz. Ha pasado la tortura, el terrible momento de hacer el amor, si a eso puede llamársele hacer el amor. Ahora puedes entregarte a disfrutar su cuerpo aquí, contigo, en el momento en que tú dejas de ser suya, y él empieza a pertenecerte. Ahora puedes engañarte, decirte "Soy feliz, estoy bien", e imaginar que un día, quizá no muy lejano, llegue Rufino no a pagarte dos horas, sino una vida entera; y te diga, "Vente, vámonos de aquí. Vente conmigo".

Hoy no ha sido el día. Hoy te ha pagado dos horas, y las dos horas se han terminado. Ya tocan a la puerta. Gritas, Ya salgo, mientras Rufino todavía se pone los pantalones, tú sólo te pones el calzón, no es necesario más, abres la puerta y recibes a Salomón, siempre viene a las siete en punto. Rufino se va sin despedirse, saluda a Salomón, Buenas, y desaparece en el pasillo. Tú le sonrís a Salomón, y empiezas a engañarte otra vez, a imaginar que si no fue Rufino el que te salvó, tal vez sea Salomón, y que quizá esta sea la última noche de las noches vendidas.

(FIN)

25/6/07

Unos cuantos piquetitos



(Inspirado en la obra de Frida Kahlo)


El baño se comparte en la vecindad donde viven. En ocasiones es asqueroso, ya que deben turnarse para lavarlo, y aunque las mujeres lo hacen bien, los hombres que viven solos nomás no dan una, lo dejan peor que como estaba, pero qué puede hacer ella, no se va a poner a lavar el baño cada vez que quiera usarlo. Y en este momento, cómo le gustaría, la vejiga, ya inflamada, se le ha puesto insoportable. Se pasea por el cuarto, de un lado a otro, sacudiendo lo sacudido y vuelto a sacudir, le da vueltas a la comida, a esta hora la mantiene caliente, a fuego lento, porque Miguel puede llegar en cualquier momento y no le gusta esperar para comer. Se sienta, se levanta, no hay ninguna posición que la haga aguantarse mejor las ganas, Mierda, piensa, de no ser por esta maldita cadena.
Antes sólo la encerraba con llave. Pero una de sus vecinas, la muy cabrona, había mandado llamar un cerrajero y le había hecho una copia para poder sacar a Ruth. Se la llevaba con ella, al mercado, al centro, la mujer quería que la pobre Ruth se distrajera un poco, al principio ella no quería, le daba miedo salir, que Miguel llegara y no la encontrara, a lo único que salía era al baño, por la ventana, su cuerpo delgadito cabía muy bien por el hueco, Miguel ni se lo imaginaba, pero ella salía corriendo, y corriendo regresaba, dejándolo todo como estaba. Pero cuando comenzó Ruth a salir con la vecina, Miguel de inmediato sospecho. Quién sabe, la notó más morena, quemada por el sol, olorosa a grasa, nunca supo, pero un día volvieron juntos, Miguel por un lado, Ruth por el otro, le dio una golpiza que casi la mata, estuvo varios días en cama, incapaz de mover un dedo, Mejor, decía Miguel, así no se sale a la calle a andar de loca.
Luego, cuando ya pudo caminar, fue que le compró la cadena larga y se la amarró al cuello. Clavo una estaca bien hondo en el suelo, en el centro del cuarto, y de ahí la sujetaba. Ruth se quejaba mucho al principio, a pesar del miedo que tenía, porque la cadena le quemada el cuello, decía, dejándole unas llagas horribles, insoportables. Pero luego, cuando las primeras cicatrizaron, ya no le dolió. Se acostumbró a pasar el día encadenada, metida en cada, y si una vecina se acercaba y tocaba la puerta, ella se quedaba quieta, hasta se escondía debajo de la mesa, sin hacer ningún ruido, hasta que la vecina se hubiese cansado y largado a atender sus propios asuntos. Nadie se atrevía a decirle nada a Miguel, porque sabían que si lo hacían, la que salía perdiendo era Ruth.
No aguantó más. Tomó un vasito de la mesa, y orinó ahí. Cuando se levantó, por torpe, golpeó con el codo la estufa y derramó el caldo que había hecho para acompañar el guisado. El aceite avivó las llamas y todo se hizo un tremendo desmadre. Dejó el vaso en la mesa y trató de secar, limpiar y enfriar las cosas, todo al mismo tiempo. Justo en ese momento llegó Miguel, añadiendo su típico escándalo al de la estufa incendiándose y las cazuelas rodando al suelo. Qué chingados pasa, mujer, le gritó, mientras cerraba la puerta. Ruth no contestó. Juntó las cazuelas del suelo, salvando una ración de caldo, y secó la estufa para que las llamas se controlaran. Nada, nada, le dijo, al fin, y al darse la vuelta para besarlo, vio con horror que se había sentado en la mesa, de espaldas a ella, como siempre, y se llevaba el vaso que ella misma acababa de dejar a la boca, bebiendo un largo sorbo. Debía venir muy borracho, porque casi se lo había terminado cuando lo escupió, a punto de vomitar, tosiendo, con la lengua de fuera, y gritándole, Qué es esa mierda, qué es. Ruth, espantada, se quedó inmóvil.
Cuando Miguel se hubo recuperado, con el sabor amargo del orín todavía en la garganta, se levantó enfrentando a su mujer y se desquitó. Pinche vieja, querías envenenarme, verdá, cabrona, hija de la chingada, pero ahorita vas a ver, si me muero yo, primero te mueres tú, pendeja. Ruth se cubrió la cara con los brazos, lista ya para otra golpiza, pero esta vez fue más allá. Le enredó la cadena en el cuello, apretándola, hasta casi asfixiarla. Entonces la empujó el suelo, y la arrastró por todo el cuarto a patadas. Le quebró una silla en la cabeza, le dio con un sartén en la cara, otra vez patadas y la arrastró de los cabellos hasta la pared, donde la estrelló y Ruth, a punto de quedar inconsciente, se desplomó en el colchón, que le había quedado a un lado. Miguel, excitado por la violencia y desesperado porque su mujer no decía nada, sino que se quejaba y gemía del dolor, pero sin implorarle que se detuviera, que Ya no por favor como era su costumbre, sacó su navaja de la bota y se la clavó en la espalda.
Sintió tan bien, que lo hizo de nuevo. Y una vez más, y otra y otra, hasta completar 26 puñaladas, una tras otra, sin darle un repiro a la pobre mujer, distribuidas a lo largo del cuerpo de Ruth, que se desangraba manchando las sábanas y las almohadas de la cama, y la pobre, todavía, no quedaba inconsciente. Hasta entonces fue que, con una voz débil y moribunda, le dijo, Ya, ya, por favor, ya. Miguel, limpiando su navaja, contestó, Qué, a poco te duele, pero si sólo fueron unos cuantos piquetitos.


(FIN)

Nota: Por estos días se exhibe en el D.F. la exposición homenaje a Frida Kahlo, conmemorando los cien años de su nacimiento, en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Recomiendo bastante que se den una vuelta, está increíble. Para más información, clic aquí.

2/5/07

Las cinco desgracias de Irma (parte final)



5. El hijo.

Siente que todos los ojos de toda la gente van posándose en ella a medida que avanza por las calles retorcidas del barrio, cada vez más vacías conforme va subiendo la loma, lo cual es un verdadero alivio para ella. Y es que el rumor se extendió más rápido que el fuego. La madre vendía a los hijos, y a todos los escuincles que había ido recolectando a lo largo de su amarga vida. Se los llevaba a la ciudad y los rentaba, para fotos, videos o uso personal. Hasta eso que le pagaban muy bien, pero sabía moderarse, tenía contactos que le ayudaban a administrarse, a pagar a quien tenía que pagar y a firmar con el nombre que debía firmar, pero un día no pagó a quien tenía que pagar y no firmó con el nombre que debía firmar, y por eso la agarraron, no por otra cosa. Mala suerte, quizá.
Acá arriba, en el silencio y la soledad del cerro, alcanzaba a escuchar un llanto ahogado que se le escapaba de la mochila colgada en la espalda. Miró hacia atrás. Nadie la seguía. Entonces nadie había escuchado. Se interna entre los árboles, fuera de los caminos de terracería que con seguridad conducían a algún sitio, y busca el lugar idóneo para, de una vez por todas, acabar con su maldición, con su cadena, y ser libre por siempre jamás. Encontró una diminuta cueva, detrás de la parte poblada del cerro, cubierta de ramas y hojas secas. No había basura, por lo que no debían ir personas muy seguido para allá. Se arrodilló, se quitó la mochila y la abrió con cuidado. El llanto se escapó con toda su fuerza y resonó en el hueco de piedra frente a ella, pero a Irma no le importó: ahí nadie lo escuchaba, y no iba a durar mucho.
Buscó una piedra. Una piedra grande, filosa, y de ser posible, no tan sucia. Pero luego se arrepintió, si se manchaba de sangre sería difícil huir sin levantar sospechas. Además, sentía que la sangre de bebé jamás se le iba a lavar de las manos. Buscó una raíz o un bejuco flexible con el cual poder estrangular el cuello, interrumpiendo la respiración y por consiguiente, el incesante llanto que ya la comenzaba a irritar. Encontró uno perfecto, que parecía resistente. Envolvió el cuello de su hijo con la enredadera, y apretó. Pronto el llanto se fue opacando, los párpados apretados del niño y la boca abierta se tornaban de un color azuloso insoportable. Irma dejó de apretar cuando ningún sonido salía de la boca, pero no reparo en que los bracitos continuaban debatiéndose, así que cuando soltó el bejuco, el llanto volvió, precedido de una tosesita que, bajo otras circunstancias, a cualquiera le habría parecido cómica.
No puedo, se dijo, irritada, frustrada y agobiada por su cobardía. No era que odiara a su hijo, sino que no lo quería, no quería verlo feliz ni tampoco verlo sufrir en un mundo ingrato, no quería saber que andaba por ahí, quién sabe dónde, quién sabe con quién, haciéndo quién sabe qué; no quería que la conciencia le dijera por las noches, Qué habrá sido de él, porque sabía que un día se iba a levantar, así, de madrugada, y lo iba a ir a buscar, a encontrarlo, no porque lo quisiera, sino para enterarse que, en efecto, estaba sufriendo, por no tener papás, por no tener dinero, por no tener casa, o por lo que fuera, iba a sufrir, y ella, sólo ella, iba a ser la única culpable. En cambio, muerto, no había de qué preocuparse. Los muertos se mueren y se olvidan, y no hay que ir a ver cómo están, porque de su tumba no se salen y en ella nadie los molesta. Pero ahora que le había visto el rostro, ahora que le había escuchado el llanto, no se atrevía a acabar con él. Ya no.
Por eso se resignó. Haría de cuenta que ahí nadie lo encontraría, que se moriría de hambre y que la misma naturaleza se encargaría de finalizar lo que ella había comenzado, sin quererlo, sin desearlo, sin planearlo. Era inocente. Se levantó, con el llanto del hijo retumbándole en la cabeza. Dio un paso hacia atrás, luego otro, luego se dio la vuelta y caminó como quien camina a su libertad.
Y fue libre. Aunque algunas noches, sola en la cama o acompañada, le parecía que el viento traía hasta su ventana el llanto de su hijo, desde aquel lejano sitio, desde aquel lejano tiempo.

(FIN)

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[Primera parte]

[Segunda parte]

25/4/07

Las cinco desgracias de Irma (segunda parte)



3. El doctor.

La "total discreción" del anuncio significaba no poder verle la cara al doctor que en ese momento le pedía que se recostara en la camilla -una base de piedra cubierta por un colchón imperceptible y una sábana azul, carcomida por el tiempo y manchada de sangre seca-, ni conocer su nombre, ni nada. A ella tampoco le pidieron el nombre, cuando llegó, sólo dio su clave, su número de cita, y pagó. Con eso fue suficiente. La secretaria, distraída, le dio a firmar una carta donde los eximía de toda responsabilidad, a los empleados, doctores, y a todo el personal de la clínica, en caso de "acontecimientos desafortunados, fuera de nuestro control". Irma, con un valor poco común en ella, producto del mismo nerviosismo, se aventuró a preguntar, Y si no firmo. Fue entonces que la secretaria levantó la cara, la miró a los ojos, hizo una mueca de enfado y contestó, Si no firma, se va. No tuvo más remedio.
Estaba temblando. No podía ocultar el miedo que sentía, la respiración agitada, las contracciones en su cara. Cuántos años tienes, muchacha, le preguntó el doctor con una voz gruesa, pausada, que a Irma le pareció fingida desde la primera hasta la última letra pronunciada. Dieciocho, contestó. El doctor se rió. Sí, cómo no. Irma volteó el rostro, miró el cuartucho donde la habían metido, la bata olía mal, o quién sabe si era la sábana, o la mesa donde el presunto doctor ahora ordenaba los instrumentos que utilizaría durante el proceso de interrupción del embarazo. El doctor era alto, sus ojos parecían ausentes, su cuerpo era robusto, y lo único que lo hacía parecer un doctor era el tapabocas, porque iba vestido con una camisa azul marino -también manchada de sangre- y un pantalón de mezclilla negro. Estaba husmeando en el pequeño refrigerador que había en una esquina. Sacó una lata de cerveza y la abrió. Irma dedujo que, de espaldas a ella, se había levantado el tapabocas y le había dado un trago largo a la lata. Aah, exclamó, volviéndose a cubrir la cara y mirando a Irma. Quieres algo de tomar, le preguntó. Ella movió la cabeza con rapidez, ahora estaba más nerviosa que cuando había llegado, quería que aquello empezara de una vez para que acabara pronto. Pero el doctor había decidido sacarle plática. Relájate, niña, vas a ver que todo va a estar bien, te vamos a quitar esa carga y luego vas a poder seguir trabajando, o estudiando, o prostituyéndote, o lo que sea que hagas, al fin y al cabo, cada quien su vida, ¿o no? Irma cerró los ojos. Empiece ya, por favor, murmuró, pero el doctor la escuchó, volvió a reir.
-Ah, tenemos prisa. Bueno, empecemos. Abra las piernas.
Irma hizo caso. Apretó los párpados tanto como pudo, mientras se escuchaba el choque de los instrumentos metálicos que el doctor maniobraba, como si no se decidiera con cuál comenzar. Irma sentía que el aire no le alcanzaba a entrar por los pulmones, que el pecho le iba a reventar, pero estaba decidida a no pensar. Era su única salida.
Justo cuando sintió el filo de algo puntiagudo y frío introduciéndose en su vagina, escuchó un grito en el otro cuarto -la recepción, dijo la secretaria-. Doctor, doctor, y el doctor retiró con violencia el aparato ese, provocándole a Irma una diminuta herida, que la movió a incorporarse sobre la cama de piedra y clavar los ojos en la puerta. Entraron los policías, uno tras otro, todos con el arma en alto, apuntándole hasta a los focos, y gritando, Revisen todo, Dónde están los otros, Agarren a ese, cuando el doctor trató de echarse a correr y lo detuvieron tres o cuatro uniformados, dándole fieros macanazos. Irma no sabía si tenía más o menos miedo ahora, con el reducido espacio invadido por policías. Uno se le acercó, con una sonrisita paternal, y le dijo, Justo a tiempo, señorita, la salvamos.

4. La madre.

No hubo un sólo día, dentro de los siete meses siguientes, en que su madre se aguantara las ganas de regañarla por la estupidez -así lo dijo- que había querido hacer. Irma no hacía más que decirle a todo que sí, porque no tenía más remedio. Sin trabajo, sin marido, y con la barriga a punto de reventar, su madre era la única que podía darle asilo y apoyo. Me lo dejas a mí, si no lo quieres, sea niño o niña, yo sabré qué hacer con él, le repetía, cada vez que le veía intenciones de aventurarse a repetir la hazaña. A estas alturas ya se había resignado. Se apretaba el vientre con las uñas, odiando su suerte y al patán que la había orillado a eso, que le había arruinado la vida.
Se sentía como una prisionera. Su madre la dejaba todo el tiempo al cuidado de Georgina, la madrina de Irma y de Magdalena, quien no la dejaba salir ni a la esquina, la cuidaba como quien cuida a la reina de España. Se limitaba a ver al mundo por la ventana, ansiosa del día en que se desharía de la carga indeseada y sería libre de nuevo. Se iría lejos, lejos de todo lo que conocía y de todos a los que conocía, y no volvería jamás. Se olvidaría de su marido, de su hermana, de su madre, y de ese hijo que se había visto obligada a traer al mundo.
Por alguna razón el comportamiento de su madre le parecía extraño, sospechoso. La casa estaba llena de niños y niñas pequeños, hermanos o medios hermanos de Irma que jamás había conocido, pues muy chica -uno o dos años-, su padre se las había llevado, a ella y a Magdalena, a la capital, y no habían conocido a su madre hasta hace apenas unos años, cuando su padre murió y les dijo, en su último aliento, Vayan a perdonarla. Jamás había hablado de ella, hasta esa vez. Y así, sin conocerla, la acogió en su hogar, donde vivía sola con ese mundo de niños retraídos, silenciosos, víctimas de una severidad absoluta e indolente, sin duda. En realidad, poco le importaba. Apenas diera a luz, se iría de ese lugar para siempre.
La despertaron los dolores del parto. La comadre Georgina le puso trapos fríos en la frente y le dio su mano para que la apretara mientras llegaba el taxi que las llevaría al hospital. Todo pasó muy rápido, le pareció a Irma. El vehículo no demoró ni cinco minutos en llegar, una camilla ya las esperaba, rodeada de un pequeño grupo de paramédicos. Las luces de la sala de parto eran deslumbrantes, no podía percibir nada más que los ojos asomándose entre las máscaras azules, brillantes, de la gente que la rodeaba. Los dolores, esos sí, los sentía en todo el cuerpo. Alcanzó a escuchar el gritito del bebé, traído al mundo sin que nadie quisiera, ni él mismo, y cuando le preguntaron, Quiere verlo, contestó que no, y se quedó dormida.
La siguiente mañana, había un escándalo en el hospital, justo frente a su puerta. Abrió los ojos y levantó la cabeza, para ver qué pasaba. Unos hombres, tres en total, rodeaban a su madrina Georgina, uno de ellos tomándole las manos por la espalda, mientras la mujer se debatía dando patadas al aire y gritos desgarradores, y los otros intentaban calmarla. Al fin pudieron someterla, y llevársela, mientras uno más, salido de las sombras, entraba en el cuarto y le preguntaba si ella era fulana de tal, a lo que contestó que sí. Le informamos que su madre fue detenida esta mañana, le dijo, y usted debe presentarse a comparecer la semana entrante, dado su estado hacemos esa consideración, si no nos la lleváramos también, le dijo. Pero por qué, preguntó ella. Se le acusa de explotación sexual de menores, pornografía infantil, extorsión, fraude, prostitución -también infantil-, y un largo etcétera. El agente dejó un sobre en la mesa y se fue. Irma suspiró hondo, y se encajó las uñas en el vientre, ya vacío, con un odio profundo.

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[Primera parte]

[Parte final]

22/4/07

Las cinco desgracias de Irma (primera parte)



1. El marido.

Ya no sentía mareo alguno, sólo restos de una sensación desagradable en la garganta, y un ligero dolor de cabeza. Pero no era tan tonta como para dar media vuelta y regresar a la casona donde trabajaba, menos ahora, que la patrona se había mostrado tan condescendiente y piadosa, Te sientes bien, Irma, le preguntó apenas la vio, Irma creyó no haber escuchado bien, Mande usted, señora, Que si te sientes bien, mujer. Irma mintió, pero la señora Lidia no iba a permitir que una muchacha cualquiera se vomitara en su baño, por ejemplo, o peor aún, que rodara por las escaleras, desmayada, y la acusaran de homicidio imprudencial. Le checó la temperatura (Estás fría como el hielo, niña), las pupilas, la garganta, en busca de no sabía qué, porque nunca había estudiado primeros auxilios, mucho menos enfermería. Le bastó embarrarse la mano del sudor frío de la muchacha para darse cuenta que, al menos ese día, no iba a trabajar.
Ahora que se le habían pasado los dolores podía aprovechar para, quién sabe, ir al cine, salir al parque, o a un antro, incluso, dependía en gran medida del humor de su marido, por estos días ha estado deprimido, estresado, lo pone mal no conseguir trabajo, quedarse el día entero en casa, a la espera del inclemente teléfono que nunca sonaba. Pobrecillo, pensó, lo voy a llevar a pasear. Iba al fondo del vagón, esperando con paciencia la siguiente estación, faltan cinco, faltan cuatro, faltan tres, le da alegría tener el día libre, va haciendo planes, ya ni se acuerda ni se preocupa por el mareo matutino, habrá sido que salió de casa sin desayunar, tal vez, o las quesadillas de anoche, era muy tarde, lo que haya sido, no importa ya, el dolor se fue, hay que disfrutar del tiempo que tenemos libre, porque no es mucho.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Sólo contestaba, Nada, aquí me la paso, y cambiaba el tema. Tal vez salía, tal vez se quedaba dormido hasta el mediodía, quizá se ponía a ver esa pornografía rara que le había descubierto un día, sin querer casi. Iba pensando en esto, iba pensando que hoy lo descubriría, porque él no la esperaba, ella no había avisado, quería darle una sorpresa, sentía la imperiosa necesidad de hacerle un detalle así. Subió las escaleras en silencio, hasta se emocionó, le temblaban las manos. El pasillo de su piso estaba vacío, qué suerte, así ninguna vecina arruinaría la sorpresa. Metió la llave en la cerradura con sumo cuidado, la giró muy despacio, entreabrió la puerta poco a poco, para que no rechinaran los goznes, hasta donde calculó que ya le cabía el cuerpo para pasar, y pasó. Escuchó ruidos raros. Hubiese jurado que eran gemidos, golpes, gritos incluso. Sintió algo de miedo. Se puso nerviosa. Llegó hasta la recámara, y los vio: el cuerpo sudoroso, desnudo y moreno de su marido, disfrutando de un brinco tras otro encima del cuerpo sudoroso, desnudo y moreno del vecino del 4.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Ahora sabía por qué.

2. La hermana.

Magdalena abrió la puerta y recibió a su pobre hermana con un abrazo escueto, frío y obligado. Nunca le había caído bien, pero era su hermana, no podía decirle que no. Ella no. Pero su marido sí.
Le contó que le hizo un escándalo. Que le abrió la cabeza al muchachito del 4 -un jovencito flacucho e introvertido que siempre le pareció sospechoso- con un florero, que los sacó a los dos desnudos hasta el pasillo, para que los vecinos los vieran, mientras gritoneaba desde adentro, Maricones de mierda, hijos de puta, y le rompía plato por plato contra las paredes. Cuando hubo roto todo lo que pudo, sacó del ropero una maleta grande, con llantas, y metió dentro su ropa, sus papeles, su dinero, y se fue. Los vecinos ahí estaban, todavía en el pasillo, pero su marido y el vecino del 4 se habían metido en el departamento de éste, lo supo por el rastro de sangre, quién sabe si a continuar lo que la mujer loca les había interrumpido. El caso es que no la siguió, ni le salió al paso, ni le pidió perdón, ni nada. Por eso Irma, destrozada, no tuvo más remedio que acudir con su hermana.
Cuando llegó se empezaba a sentir mal. Pronto volvió el sudor, el mareo y las náuseas. La hermana le dio una pastilla, también la revisó, como la señora Lidia, y aterrada, quitándose a los niños de encima -Mamá, tengo hambre, Mamá, quiero unas galletas, Mamá, puedo salir a jugar, Mamá, vamos a la calle-, le tomó el rostro a la hermana en las manos y le preguntó, cuando hubo callado a sus hijos, No estarás embarazada, Irma. Ay, no, qué horror, cómo se te ocurre, estás loca, no lo digas ni en broma. La hermana no lo decía en broma. De inmediato fue a la recámara, sacó una prueba de embarazo y se la extendió a Irma. Hay que salir de la duda, le dijo. Irma, temblando, le tomó la cajita.
Esperaron los cinco minutos que había que esperar. La banda se había puesto rosa. Rosa es que sí o es que no, preguntó Irma, horrorizada. La hermana suspiró, aliviada. Que no, contestó, e Irma se derritió en la silla. Ah, no, espérate, ¿rosa? Irma volvió a erguirse, a temblarle las manos, a sentir que el mundo se le derrumbaba en la cabeza. Rosa es que sí, le dijo su hermana. Ay, no, gimió Irma, y se tapó la cara.
-Pero es maricón...
-Pero te metió el pito.
Justo en ese momento llegó el marido de la hermana, es decir, el cuñado de Irma, y con la pura mirada, sin decir una sola palabra, sin entrar siquiera en la cocina, Irma se encogió de hombros, levantó se maleta grande, con llantas, y se fue, desolada.

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[Segunda parte]

[Parte final]

2/4/06

Porque te quiero



Tú no eres como los maridos tradicionales, yo te conozco. Aunque digas que no. Sé qué ropa interior te gusta usar –esos boxers entallados se te ven divinos–, sé que Cuauhtémoc Blanco es tu ídolo, y sé también que odias a tu padre con una rabia descomunal. Sé que, algunas veces, sueñas conmigo, porque entre tus potentes ronquidos se te escapa mi nombre como un murmullo, Ofelia, Ofelia… Jamás nadie ha pronunciado mi nombre tan bonito como tú cuando duermes, y las veces que te he escuchado, no he podido pegar los ojos en toda la noche. Mi comadre dice que han de ser tus ronquidos, pero ella no sabe, no, qué va a saber, como tú dices, es una pendeja chismolera, y yo sé muy bien que me tiene envidia, no ves que el otro día me preguntó que cuándo iba a dejarte, así, Cuándo vas a dejar a tu marido… Sí, me tiene envidia… Por ti. Sí, por ti, y por lo mucho que me quieres.
Comprendo que te enfades tanto. He leído, ¿sabes? Aunque ya sé que a ti no te gusta, pero no lo hago por contradecirte, mi rey, ¿cómo se te ocurre? No, leo para ayudarte. Aunque no creo mucho de lo que dicen los libros, no sé, como que leer me hace pensar, y sé que dices que nada más los pendejos piensan, ¿será que soy una pendeja? Pues no sé, pero he pensado que no es que te creas superior a mí, sino que no sabes cómo acercarte. Y es que tuviste una infancia tan dura…con ese papá que te tocó, pobrecito, vieras cómo trata a sus demás nietos, bien retebonito, nomás a nuestros hijos los desprecia, pinche viejo, tienes razón, te odia porque… pues, ¿por qué te odiará? En fin, así que no te apures, chiquito, yo sé que me adoras… aunque nunca me lo digas, por culpa de tu papá.
Tienes toda la razón al decirme que parezco pendeja. Ay, y es que me vieras… Hay veces que me quedo durante horas esperando frente a la ventana, muerta de la preocupación. Incluso cuando sé que todavía no llegarás, como ahorita, volteo de vez en cuando a ver si me topo con tus pasos tambaleantes y tu rostro invadido por la abundante barba que me vuelve loca, y nomás de imaginarme tus besos rudos, tus brazos fuertes, tu aliento amargo… Nunca me ha gustado la cerveza, lo sabes, a menos que esté impregnando tus labios y tu lengua. También sé que te fascina que te espere acostada en la cama, semidesnuda y perfumada (sé que fue broma cuando me dijiste que parecía una puta), aunque nunca digas nada y me cojas así, con violencia, con cachetadas, golpes, jalándome el pelo, te comprendo. Así me demuestras que me amas.
Y hay algo más que tú no sabes. No te digo porque sé que no lo entenderías. Pero es que yo sólo quiero darte lo que tú quieres recibir, nada más. Quiero hacerte feliz, cueste lo que cueste. Al principio no se me hubiera ocurrido. De hecho, me daba un poco de miedo pensarlo. Creí que estaría enferma o algo así. Pero hoy comprendo que no, que es sólo amor. Es que… en ocasiones yo te provoco. Para que me pegues. Sí, cuando no llegas borracho y te vas directo al sillón, sin voltearme a ver, ni dirigirme la palabra, pues te empiezo a hacer preguntas. Sé que no te gusta, pero sólo así puedo hacerte reaccionar. Sólo así logra atraer tus ojos hacia mí, y tu voz, aunque grite palabrotas, y tus manos, aunque sean agudos golpes… Pero lo hago porque te quiero.

(FIN)

7/11/05

El llanto

El llanto del bebé inunda el vagón y mata cualquier otro sonido. Los pasajeros, todos, parecen atentos a los gemidos inocentes que aquella inexperta garganta emite, tratando de identificar la más mínima variación en la frecuencia, tono, volumen o intensidad del que, suponen, es un varón recién nacido. Algunos, los más entrometidos, se preguntan por qué la madre no hace nada, sólo está ahí, sentada, mirando por la ventanilla la interminable pared del túnel subterráneo sin expresión alguna en el rostro, sosteniendo y aguantando al pequeño. Lo que no saben es que la madre también llora, pero nadie puede ver sus lágrimas disimuladas.
El tren se detiene, la puerta se abre, la gente sale presurosa. La madre se levanta de su asiento, el llanto del bebé se pierde, confundido por el ambiente que de pronto se volvió ruidoso. Un joven se detiene para dejar pasar a la madre, Adelante, pase usted, y ella pasa, nada más. Camina con pasos cortos y rápidos. Mira al frente. Sabe qué tiene que hacer. No puede ser débil, no ahora. De su fortaleza depende su futuro, pero no es momento de pensar en esas cosas, no, hay que enfocarse, no tocar a nadie, esquivar a las personas, alguno tal vez quiera detenerla y decirle que qué lindo nene, por qué llora, pobrecito. No es posible que sepa, piensa la madre, Es sólo un bebé, no tiene idea. El andén está repleto. Pero el baño, es el lugar elegido, debe estar vacío. Hoy en día nadie usa los baños del metro, están asquerosos. Hacia allá se dirige.
Entra. Está vacío, húmedo, oscuro, repugnante. No tendrá que esperar mucho, alguien escuchará el llanto y vendrá. No hay tiempo para despedidas. La madre deja al bebé en el lavamanos, lo cobija bien, ya no puede disimular su llanto, las lágrimas gruesas ruedan por su rostro joven y demacrado antes de tiempo. Una bendición, un beso en la frente. Ni siquiera le puso nombre. Sale casi corriendo, Adiós, adiós, hijo, choca con una señora con el cabello teñido de rojo y muy maquillada, Disculpe, No hay cuidado, y ahora sí corre hacia el tren que está a punto de irse. Parece el mismo vagón en el que venía, pero no: falta el llanto de un bebé. Mira la interminable pared. Mira a la gente. Todos parecen estar atentos a ella, todos parecen saber que es la peor madre del mundo. No, no puedo hacer esto. La madre baja en la siguiente estación y corre todo el camino de regreso. No puedo dejar a mi hijo, no puedo.
Un grupo de personas rodean a la señora pelirroja en la puerta del baño. Lo encontré llorando, pobrecito, está asustado, Y la madre, No lo sé, se fue corriendo, Cómo era ella, Por qué, Pues porque vamos a buscarla para detenerla, esto es un delito. La señora pelirroja mira directo a los ojos de la joven y asustada madre que observa la escena algo alejada, pero que escucha todo. Ambas se miran por un instante, la madre da media vuelta y sale a la calle, presa del pánico, no quiere ir a la cárcel. La señora pelirroja mira al niño, se está calmando ya. Lo siento oficial, no le ví la cara.

(FIN)