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30/5/10

Morir en su cama [parte dos]


[Imagen de Flickr: "Forbidden Love", Gabriel Radic]

De la ventana ni se dieron cuenta, todo pasó tan rápido, que sólo alcanzaron a reaccionar cuando la televisión voló por los aires en mil pedazos con un estruendo imposible partiendo la tranquilidad de la cena familiar. Entre gritos, llantos y balas, los tres hijos de la familia se echaron al suelo, cubiertos por el frondoso cuerpo de la madre, mientras el padre se metía debajo de la mesa, que era lo que le quedaba más cerca. Después explotó un florero, cayeron los cuadros de las paredes, las lámparas, las balas perforaron los sillones, las paredes, incluso el techo. Pareció un momento eterno, que se alargó cuando se detuvieron los proyectiles, y entonces Julio, temblando, levantó la cabeza y miró hacia la puerta, pensando que en cualquier momento entraría un sicario y le volaría los sesos sin compasión, frente a su familia. Pero no. El sicario, uno de los más fieles a Laureano Cañedo, tenía órdenes de espantar a este mequetrefe, pero no de matar a nadie, aunque ganas no le faltaban de arrancarle los huevos a ese hijo de puta.

No se imaginó Julio la escena que se desarrolló unas horas antes en la casa de Griselda, cuando llegó el marido, gritando, enfurecido, que dónde estaba ese cabrón, que lo iba a matar, que saliera, cobarde, maricón, no que muy machito, pendejo. La mujer, en bata de dormir, salió de su recámara, furiosa, por un lado, y por el otro aliviada de haber confiado en su intuición, a pesar de las ganas que tenía de dejar al muchacho desnudo en su cama, todo el día, todo el mes, toda la vida. Qué, qué quieres que haga, le dijo Griselda, también gritando, si me tienes aquí encerrada todo el día, no me dejas salir a ningún lado, no me llevas a ningún lado, no te veo en todo el día, nada más quieres tenerme aquí, como un trofeo, como un trofeo. Los guaruras no sabían que hacer, sostenían sus armas sobre el pecho, incómodos, esperando órdenes, y ante una seña de Laureano, todos se retiraron del pasillo, mientras el esposo, conmovido, se acercaba a la mujer, con los brazos extendidos, No llores, viejita, no llores. Lo que le hizo volver la sangre hasta las orejas, fue escucharla decir, No le hagas nada, pero con todo, respondió, No, te lo prometo, tratando de controlar su ira desbordante. Después de hacer el amor fugazmente, violentamente, desesperadamente, y al quedar Griselda dormida como un ángel en la cama, Laureano se fajó los pantalones, le llamó a su sicario más fiel, y lo mando a la casa de Julio para darle una calentadita, pero con órdenes estrictas de no matar a nadie.

Su familia se fue a casa de una prima y mandaron a Julio a un hotel, en las afueras de la ciudad. Su madre fue a comprarle un boleto de autobús para mandarlo a la capital, no podía quedarse aquí, menos ahora, cómo había llegado hasta este punto, si se suponía que sólo debía cogérsela una vez y dejarla, con todo el dinero que le pudiera sacar. Pero la ambición del muchacho, la inmadurez, lo habían hecho volver a la casa un día, y el siguiente, y el siguiente, y casi todos, y la madre lo había permitido, volvía con miles de pesos, en una semana habían juntado más dinero de lo que ella podía ganar en diez años, y ahora no podía con el remordimiento de conciencia, Nada más falta que me lo maten, lloraba en los brazos de su marido, inocente de todo lo que estaba pasando, insistiendo en ir a la policía, el muy ingenuo. Julio, en el hotel, no podía dormir. Cada luz que reflejaba en la ventana, cada puerta de coche que se abría en el estacionamiento, pensaba que hasta ahí había llegado, que era el final. El sonido del teléfono móvil lo hizo sobresaltarse, sintió que el ruido lo delataría, que el sicario estaría paseándose por el pasillo, Ajá, ya te tengo. Contestó sin pensar. Hola, Hola Julito, cómo estás, era ella, Bien, y tú, Extrañándote, y un pequeño silencio, no sabía qué hacer, qué decir, Oye, mi marido no viene a dormir esta noche, por qué no me haces compañía, No sé, Griselda, es que, Es que qué, no quieres, No, sí quiero, Entonces, Nada, voy para allá, Bueno Julito, aquí te espero, apúrate, Sí. Colgó el teléfono, se puso la chamarra y salió del hotel. Morir aquí, o morir en su cama, da lo mismo.

[FIN]

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[Primera parte]

Morir en su cama [parte uno]


[Imagen de Flickr ("No quiero ser tu amigo, sólo tu amante"): broma]

Parece estar en la naturaleza misma de los teléfonos móviles sonar en los momentos más inoportunos, cuando de verdad queremos que nadie nos moleste, o estamos en una situación donde el silencio es requisito, pudo haber estado todo el santo día sin recibir una llamada, y justo entonces suena, por ejemplo, durante el orgasmo. Aunque, para ser sinceros, el móvil de Griselda nunca se está quieto, esta vez se le ha olvidado activar el vibrador, y yace ahí, en la mesa de noche, haciendo un tremendo escándalo y restándole al momento la pasión que merece, este buen mozo, atlético, moreno, joven, meciéndose y gruñendo, sosteniendo en alto las piernas de su amante, Espera, Julio, espera, tengo que contestar, Déjalo, implora el muchacho, con una cara de pervertido que no puede con ella, Que esperes carajo, es mi marido, fórmula más que eficiente para detener sus ímpetus adolescentes, un poco de miedo, al misterio, al engaño, a lo inmoral, o a la muerte. Bueno, cariño, no, estaba en la ducha, sí, no me he olvidado, comeré con Monchita, en el sanborns, sí, amorcito, te amo, no, cómo crees, ya vas a empezar, deja eso, en serio gordo, deja eso, ya te dije que no, por qué siempre sales con lo mismo, de verdad que contigo no se puede, vete a la mierda.

Julio ha perdido la erección, era de esperarse. Mejor te vas, Julito, estoy segura que mi marido ya viene para acá, ya me tienen harta sus celos. Le da ternura ver cómo el muchacho empieza a sudar frío, despide un olor diferente, ya no es el calor ardiente del sexo frenético, sino el ácido aroma del pánico, pobrecillo, pero él sabía lo que le esperaba, conocía las reglas del juego desde que se encontraron en la fiesta, y ella se le acercó, le propuso ser amantes, así, al grano, para qué perder el tiempo con la seducción y demás cursilerías si todo se arregla con dinero, desde cogerse a una desconocida, hasta cogerse a una mujer 40 años más grande, o las dos cosas, y Julio, pobre, tan poco listo, tan insensato, nunca pudo medir las consecuencias de aquella turbia relación, no nos refiramos a las morales, que son las de menos, sino a las vitales, a las armas de fuego, a los celos de macho del marido, que podían ser mortales, más con tantos sicarios siempre dispuestos a complacerlo. Había tenido suerte con este, los últimos tres amantes de Griselda habían terminado tirados en el monte, descuartizados o usados para dejarles “mensajes” a la policía en menos de un mes, pero Laureano no podía matarle a todos, un día se iba a dar cuenta que, ya que no podía cumplir sus deberes como hombre, era su obligación costearle los amantes para mantener contenta a su mujer. Y que no se hiciera el loco, como si él no tuviera centenares de mujeres, quién sabe cuántos hijos regados por todo el país, con esas viejas putonas, interesadas, que sacaba de los bares, hijo de su madre, es lo menos que se merece, ojo por ojo.

Con ropa parece un fracasado enclenque y ridículo, nadie sospecharía que es una bestia en la cama, a pesar de eso, Griselda disfruta tenerlo ahí, parado, temblando y esperando, atento a los sonidos de la calle, imaginando que en cualquier momento llega el marido y bang, una bala en la frente. Lo disfruta, tener a los hombres en sus manos, a sus más de sesenta años, lo que puede hacer el dinero, con los jóvenes, y el “honor” con los viejos, que maravilla esto de ser mujer. Pásame la bolsa, le dice Griselda, el joven obedece, No te vas a poner la ropa, No, Y si te encuentra tu marido así, Qué tiene, decía ella, despreocupada, mientras sacaba un fajo de billetes, lo partía en dos y le daba la mitad a Julio, Como no acabamos, me quedo con la mitad para la próxima, se le ve a Julio la contrariedad en la cara, pero qué puede hacer él, la mujer lleva las riendas aquí, si dice algo, le quita todo, o peor, lo acusa con el marido, ella es la jefa. Bueno, ya me voy. Griselda toma el celular y marca, Olga ven por favor por el técnico, ya terminó. A los pocos segundos, una muchacha de rasgos indígenas con uniforme rosa y delantal blanco aparece en la puerta, con cara de El técnico, claro. Adiós Griselda, Adiós Julito, hasta mañana. No deja de maravillarse Julio al atravesar los pasillos amplios de la mansión, con esculturas bañadas de oro y cuadros finos en las paredes, tapetes caros, jarrones lujosos, todo es ostentoso y magnífico en esta casa, y guardias por todos lados, inmóviles como las estatuas, sosteniendo los cuernos de chivo, clavándole los ojos, sospechando, tarde o temprano lo descubrirán, y será el fin, mientras a disfrutar, a fin de cuentas, la vida es corta, siempre lo ha sido. A la salida, unos hombres lo revisan, miran el interior de la mochila, algunos discos, pinzas, cables, cosas que todo reparador de computadoras traería entre sus cosas, pero a quién quiere engañar este tipo, está sentenciado desde el primer día que vino a esta casa.

[CONTINÚA]

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[Parte dos]

6/4/08

La condena [3 de 3]



[ADVERTENCIA: El siguiente relato contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

"Y... ¿cómo has estado?", preguntó Francisco, mientras le traía un vaso con agua a Gabriel. Algo le decía que no era bien recibido. Pero no se explicaba por qué. No le había hecho nada. Había mantenido su distancia todo este tiempo, le dijo, para dejar que sus padres se calmaran. Pero después de tanto esperar, había perdido la paciencia, necesitaba verlo. Acariciar su rostro duro, su cuello suave, su espalda cálida, su piel blanca. No había aguantado más, y venía a convencerlo de que no necesitaba el perdón de Dios. Que lo que habían hecho no era un pecado, que había sido, nada más, amor. Francisco se rió. Enfadado, le dijo, "Eres sólo un niño, ¿qué entiendes del amor?". Y Gabriel no supo qué contestar. Era verdad que era un niño, pero no como los demás, Francisco le había dicho que eso le atraía de él, que no era igual a los demás, que podría pasarse la vida entera abrazándolo, besándolo, haciéndole el amor. ¿Ya se le había olvidado? Fue Gabriel quien se levantó del sofá y fue a sentarse más cerca de Francisco, fue él quien le puso la mano en la entrepierna, mientras Francisco tragaba saliva, fue él quien le dijo, "Hay que hacerlo como despedida", y le bajó la bragueta, pero Francisco, con la sangre fría, le sacó la mano y se cerró el pantalón, diciéndole, nada más, "No, Gabriel. No".

Estuvieron un rato en silencio, escuchando la lluvia, reviviendo, cada uno en su mente, un pasado incómodo y doloroso, producto del azar. Una calentura de Francisco, una ilusión de Gabriel, ¿qué había sido aquello? ¿A dónde se había ido? ¿Regresaría? Gabriel deseaba que sí. Había visto a otros muchachitos gay en estos cuatro meses. Isaac, por ejemplo, un joven de su edad, de cabello chino y con una perforación en el labio, que incluso llegó a obsesionarse por Gabriel; o Luis, uno no tan varonil, con el cabello teñido que no salía mucho de antros... Pero ninguno había sido tan pasional y tan intenso como Francisco. Lo necesitaba. "Mira, Gabriel, ya habíamos quedado que no podía haber nada entre nosotros", le dijo Francisco. "Tú sabes a qué vine, lo siento. No te engañé". Había dejado de llover. Francisco se levantó y abrió la puerta, "Adiós, Gabriel".

Ya sin poder disimular las lágrimas con la lluvia, Gabriel salió del departamento de Francisco y abrió el portón de la calle. Por casualidad, un hombre, unos tres años mayor que él, estaba a punto de tocar uno de los timbres cuando Gabriel salió. "Disculpe", le dijo al hombre, y miró su cara: tenía los ojos negros y los labios gruesos, piel morena y cabello chino. Gabriel no le prestó más atención y salió corriendo, de regreso al metro, con el corazón doliéndole.

(...)

Creía en los ciclos. Gabriel creía que, cuando se quería avanzar y superar una situación que terminaba de forma abrupta, como lo de Francisco, había que cerrar un círculo con un ritual que asemejara el inicio de dicha situación. No sabía donde había leído algo así, pero era su única alternativa para olvidarse del primer hombre de su vida. Así pues, un día que descansó, regresó a aquella sex shop.

Parecía haber pasado mucho tiempo, pero todo estaba igual. Las mismas personas detrás del mostrador, los mismos estantes, las mismas películas, y las mismas tarifas para las cabinas. Se acercó a ellas, algo nervioso, y cuando tomó una para "leer la sinopsis", levantó la vista de forma disimulada, como había hecho cuando notó que Francisco estaba frente a él, pero esta vez, nada más, no había nadie. Francisco no estaba otra vez frente a él, y no iba a sonreirle, ni a guiñarle el ojo, ni a decirle "Chico, que rico...", no iba a meterse con él a la cabina y a quitarse todo, excepto la camisa y la mochila, nunca supo qué guardaba allí. No iba a pasar todo eso porque Francisco, justo ahora, mientras Gabriel lo evocaba con el pensamiento, cómo es la vida, su amado entraba por la puerta de la tienda y se dirigía, sin mirar alrededor, al mostrador, la encargada le daba un tubo de lubricante, él pagaba y sin decir más, se iba.

Tuvo que seguirlo. No iba a quedarse ahí, nada más dejándolo irse. Tenía que intentar algo, hacer un último esfuerzo por revivir en él la nostalgia, los sueños que sólo atacan a los adolescentes, las ansias de vivir algo prohibido, para ambos, para él por sus padres, para Francisco por Dios, ¿quién era más importante? "A mí no me importa Dios, soy ateo", pensaba Gabriel, mientras seguía a Francisco no tan de cerca, lo seguiría así, oculto, sin que lo viera, hasta su casa, una vez ahí, sería improbable que lo rechazara, que lo obligara a volver, a lo mejor, nada más por puro instinto, Francisco le permitiría pasar, le invitaría un vaso de agua, se sentaría a su lado, alzaría las cejas, "¿Qué piensas?", mientras le sonríe, luego su mano, disimulada, iría hacia la entrepierna de él, suave, relajada, y Gabriel, temblando como siempre, le acariciaría el rostro, ese rostro duro, con arrugas, que tanto le excita, y se besarían un rato, no mucho pues Francisco es impaciente, cerraría las cortinas para evitar a los vecinos fisgones, se quitaría la camisa, en algún lugar de esta casa guarda su preciada y misteriosa mochila negra, enorme, luego el pantalón, y obligaría a Gabriel de una forma no tan sutil (poniéndole el pene en la cara y empujando en su boca) a practicarle una felación que se prolongaría un rato, hasta que se fueran a la cama, todavía terminando de desnudarse, y Gabriel se le subiera encima, le pusiera el condón, usara saliva como lubricante y se pusieran a brincar, a cambiar de posición, una y otra vez hasta que las piernas le dolieran, entonces le diría a Francisco, "Ya", y Francisco se quitaría el condón para eyacularle en la cara.

Pero cuando llegaron a la estación del metro, Gabriel vio cómo Francisco se encontraba con alguien, alguien que lo estaba esperando ahí, sentado afuera, un hombre moreno, de ojos negros y con labios gruesos, el mismo hombre que había llegado a casa de Francisco el día de la despedida, el que estaba a punto de tocar su timbre cuando él salió, y le dejó la puerta para que pasara, y pasó, y tocó la puerta del departamento de Francisco, y éste antes se asomó por la ventana, y cuando vio que no era Gabriel, una sonrisa se dibujó en su rostro y abrió, radiante, "Llegas tarde, como siempre, chico", le dijo, y apenas cerró la puerta tras de él, lo empezó a besar, apasionado, ya había cerrado las cortinas, se lo llevó a la cama, a tropezones mientras se deshacían de sus estorbosas prendas. Y Gabriel, al verlos juntos, al verlos irse juntos, al ver su sonrisa cómplice, al verlo alzarle así las cejas, guiñarle así el ojo, hablarle con esa ternura, tal y como lo hacía con él, comprendió la verdadera razón de por qué lo suyo era imposible, y entendió que Francisco no quería el perdón, sino la condena. La condena para quienes lo amaran.

Se fue a su casa contento. Porque tarde o temprano, aquel hombre moreno, de labios gruesos y ojos negros, iba a sufrir como él, a llorar como él, a seguirlo y descubrirlo con otro jovencito ingenuo, porque era imposible no enamorarse de alguien como Francisco, de sus ojos claros y brillantes, de su cara dura con arrugas, de su bigote perfecto, y de los misterios en su mochila.

(FIN)

31/3/08

La condena [2 de 3]




La semana siguiente volvió a la misma sex shop donde había conocido a Francisco, más o menos a la misma hora, para ver si de nuevo lo encontraba. Pero no. Decepcionado, se metió a la tienda de discos de enfrente, y anduvo deambulando un rato entre los estantes. Estaba mirando un disco de The Doors cuando alguien detrás de él le dijo, "Yo lo tengo. Si quieres te lo presto", y Gabriel reconoció enseguida el acento hondureño de Francisco. Intercambiaron frases de sorpresa, como si fuesen amigos que no se ven muy seguido, Qué haces aquí, Pues ya ves, donde vinimos a encontrarmos, Que casualidad, ¿no? Sí, que casualidad. "¿Cómo te llamas?", preguntó Francisco, y Gabriel le dijo su nombre. "Yo me llamo Francisco", le dijo él, y Gabriel le dijo que ya lo sabía, que le había dado su teléfono. "¿Y entonces por qué no me has llamado?". Rieron. A Gabriel aquel hombre le parecía adorable, con su bigote recortado con precisión milimétrica, sus pestañas largas, un lunar en la mejilla y su mochila negra y enorme, repleta de misterios.

Salieron de la tienda de discos y comenzó a llover. Francisco iba para el metro, y como Gabriel no tenía nada qué hacer, lo acompañó. La verdad, aunque hubiese tenido algo qué hacer, lo habría acompañado, el hondureño lo había atrapado por completo. Llegaron corriendo a la estación, se detuvieron cerca de la taquilla, y Francisco, despidiéndose, le dijo que vivía por el metro cuitlahuac, que cuando quisiera visitarlo, ahí estaba su casa. "Puedo... no sé, hacerte de comer, es que no tengo ni tele, recién regresé a México", y Gabriel sonrió. "Bueno, entonces, cuando quieras, ¿okey?". Gabriel no pudo resistirse, después pensó que había sido un atrevimiento insólito para su temperamento, pero no se arrepintió: "¿Y si quiero ahora?", le preguntó. Francisco lo miró algo sorprendido. Pero no dijo nada. A él también lo había atrapado el niño este.

(...)

Por fin tocó el timbre. La lluvia no había amainado en lo absoluto. Ahí parado, le pareció una completa locura. Ni siquiera le había avisado que vendría. Tal vez calculó mal los sábados (Francisco descansaba un sábado sí y uno no), y hoy andaba trabajando. Esperó. Volvió a tocar. Miró su reloj. Las doce del día. Hacía mucho tiempo que no se veían. Desde... la última vez que había llegado aquí de imprevisto, traía las maletas con su ropa. Y Francisco le había dicho que algo entre ellos era imposible. Le confesó que era misionero. Que lo habían expulsado de la hermandad por haber intimado con el hijo de uno de los superiores. "Sólo fue sexo oral", dijo, excusándose, pidiéndole perdón sin tener que hacerlo. Por eso había regresado a México. Para pedir perdón.

A Gabriel le había parecido lo más absurdo del mundo. ¿Pedir perdón? ¿Acaso no debía sentirse arrepentido, entonces? Y no parecía hacerlo, pues Gabriel ya había ido a su casa en tres ocasiones, habían tenido mucho sexo, todo el día, y Francisco no parecía tener la más remota culpa en el pecho, al contrario, lucía radiante, más joven. Feliz. Gabriel había venido en busca de refugio: les había confesado a sus padres que era gay, y lo habían corrido de su casa. No podía volver. Francisco lo dejó quedarse esa noche. No hicieron nada. A la mañana siguiente, lo incitó a disculparse con sus padres, a regresar a su casa, le dijo que ellos estarían preocupados y se inventó todo un discurso sobre la familia y su importancia que Gabriel se creyó y volvió.

Desde entonces no se había animado a regresar a su casa. Había pasado un tiempo. Cuatro meses, más o menos. Pero Gabriel lo seguía recordando. Recordaba los vellitos que le nacían de la nariz y que llegaban hasta sus cejas. Recordaba la manera en que se convulsionaba cuando tenía un orgasmo. Recordaba la primera vez que lo había penetrado, cuando preguntaba a cada instante, "¿No te lastimo?". Era un hombre tierno, cariñoso y atractivo. No necesitaba pedirle perdón a Dios. Seguro también lo extrañaba. Bajo la inclemente lluvia, Gabriel sonrió con optimismo y volvió a timbrar.

Escuchó ruido del otro lado del portón. La puerta se abrió y Francisco apareció, sonriente, diciendo "Chico, que insistencia...", pero se calló al ver la cara empapada de Gabriel. "¿Gabriel? ¿Qué haces...?", y otra vez se detuvo. Se quitó de la puerta para que el joven pasara, y luego de asomarse a ambos lados de la calle, cerró, y puso el pasador.

[CONTINÚA]

4/3/08

La condena (1 de 3)



[Advertencia: El siguiente cuento contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

1.

Cuando bajó del microbús, la lluvia se había desatado con toda su furia. Las gotas de agua caían con tanta fuerza que dolían en la cabeza. Gabriel no llevaba nada con qué cubrirse, iba tan sólo con la ropa puesta, y siete pesos más. Era una suerte que hubiese empezado a llover así: las lágrimas se le habían confundido con el agua, y Francisco no notaría que estuvo llorando. Cruzó la calle y se detuvo en la puerta blanca, al lado del negocio de baterías de coches, y estuvo un rato ahí de pie, sin tocar el timbre del número 2, pensando con temor. ¿Qué le dirá a Francisco? ¿Qué le responderá él? Después de todo, su relación ni siquiera había empezado. Un día, Francisco lo invitó a su casa y él aceptó la invitación. Lo único que sabían el uno del otro eran sus nombres, y que estaban deseosos de acostarse juntos. Así, parado afuera de su casa, recordó la manera tan azarosa en que se habían conocido.

(...)

Estaba harto de ocultarlo. Harto de masturbarse y sentirse culpable, harto de tener que mirar de reojo a los hombres que le gustaban, por temor a que la gente lo descubriera. Había reunido todo su valor adolescente, no podía ser que ya tuviera 18 años y se mantuviera virgen. En su día de descanso, fue a la zona rosa y se metió en una cabina de sex shop. Había escuchado en una conversación ajena la de cosas que pasaban en esos lugares. Primero, deambuló un poco por la tienda, poniendo especial atención en los dildos y las revistas gay. Y en la sección de videos, lo encontró. Francisco llevaba su mochila negra, repleta de misterios, en la espalda. Su bigote perfecto, su cabello canoso, sus ojos claros y brillantes se cruzaron con los ojos cafés, el cabello largo y las manos temblorosas de Gabriel. Francisco era más bajo. La verdad no era un hombre fuera de lo común. Es decir, de haberlo visto en la calle, pasando, tal vez hubiese sido merecedor de una mirada furtiva, y lo habría olvidado en el acto, vestido como vendedor (pues lo era), con los zapatos viejos y la mochila sucia, no habría pasado de ahí, quién sabe, tal vez antes se habían cruzado otras tantas veces en la calle y ninguno había reparado en el otro. Pero ahí, en la complicidad de la sección de videos para las cabinas, ambos se habían fijado en el otro, y se habían empezado a desear.

Con el corazón acelerado, Gabriel tomó uno de los videos y lo llevó a la caja. Pagó una hora de cabina y se fue, con el video, hacia la parte posterior de la tienda, sin dejar de mirar a Francisco. Seguro él captaría el mensaje, seguro lo seguiría, seguro se meterían en la misma cabina y tendrían sexo apasionado y furtivo. Se sentó y puso el video. Para su gusto, el volumen estaba demasiado alto, los gemidos de los protagonistas retumbaron en sus oídos, y sintió vergüenza. Después de todo, estaba en un lugar público. Miró por el agujero que daba a la cabina de al lado, pero estaba vacía. Igual que la del otro lado. Ni siquiera había logrado una erección, de lo nervioso que estaba, así que entreabrió la puerta y asomó la nariz, para ver si Franciso (aunque no conocía todavía su nombre) aún estaba allá afuera, sin animarse a entrar. Pero no lo vio. Ya no estaba en los videos. Frustrado y decepcionado, cerró la puerta, y se apretó la cabeza con los brazos, a punto de llorar de rabia, sin saber con exactitud por qué.

Alguien tocó a la puerta. Gabriel dejó de hacer ruido y se puso de pie, otra vez con el corazón acelerado. Volvieron a tocar. "¿Sí?", dijo Gabriel, y del otro lado preguntó alguien, con acento sudamericano, "¿Se puede?". Gabriel abrió por dentro y allí estaba él. Rojo, temblando, con la frente sudorosa y la mochila en la espalda. Sonrieron, Francisco pasó y cerraron la puerta. Y sin decir una palabra, comenzaron a besarse, como si hubiesen estado esperándose la vida entera. Atrapados en un apretado abrazo, Gabriel pudo sentir la erección de Francisco en su pierna, y pensó, lleno de excitación, que aquel hombre era al menos 20 años mayor. Luego se enteraría que le llevaba 23 años, la edad de su padre, y aquello sólo conseguía encenderle más los instintos.

Se bajaron los pantalones y Francisco abrió la boca por segunda vez para preguntar, "¿Qué te gusta?". Gabriel, sintiéndose cómplice de una locura, devolvió la pregunta, "¿Qué te gusta a ti?". Francisco acercó la boca a su oído y murmuró, "¿A mí? Me gusta... besar... abrazar... penetrar...". La luz de neón, tenue y oscura, le daba a la escena un aire de sensualidad que Gabriel jamás hubiese imaginado para su primera vez. Tomó un condón de la mesa, lo abrió como había leído cientos de veces que debía abrirse un condón, y se lo colocó a Francisco, quien ya empezaba a perder la erección, quién sabe si por los nervios. No consiguieron la penetración, así que Gabriel retiró el condón y empezó a chupar. Un rato respués sintió el sabor salado del semen inundando su boca, miró la cara de Francisco, que parecía estarse convulsionando, y tragó, satisfecho.

Francisco sacó de su mochila una libretita y una pluma. Escribió su teléfono y su nombre en una hoja y, mientras todavía se fajaba los pantalones, se lo entregó a Gabriel y le dijo, con su atractivo acento (que más tarde se enteró, era hondureño) "Me llamas, ¿eh?". Gabriel asintió con la cabeza y se guardó el papel mientras veía irse a Francisco. Luego, ya solo, se masturbó, saboreando todavía lo que, por primera vez, acababa de probar.

[Continúa]

21/1/08

Piedras




Desde que la vio aquel infortunado día, supo enseguida que su fin estaba próximo, pues estaba escrito en su destino el rigor de las rocas. La verdad era que estaba esperando a que llegara el momento por pura curiosidad, quería saber quién, cómo, y si en verdad se consumaría el delito o serían puras calumnias. La primera cuestión era si el adulterio lo cometería él o ella. La fecha de su boda la sabía lejana, lejanísima, y el día en que vio a aquella mujer extraña, pecadora, vestida de rosa, supo, pues, que jamás llegaría a conocer a su esposa. Una vez develado este primer misterio, necesitaba saber el temperamento y la posición del marido de la mujer vestida de rosa, la cual, más tarde se enteró, resultó llamarse Hessén, igual un nombre poco común, pero aceptable viniendo de una extranjera, y como toda buena extranjera, predispuesta al adulterio, en especial con jovencitos.

El marido era un prominente comerciante con muchos, muchísimos amigos e influencias. La primera vez que estuvo en la cama de Hessén, ella sonreía mientras correteaba entre las cortinas, desnuda, burlándose de él. "Es que cuando te descubra mi marido", le decía, "¿sabes qué pasará?", y él contestaba Sí, estamos condenados, le decía, y ella se dejaba alcanzar, y cuando estaba apresada en sus brazos, le decía, cínica, Yo no, tú. Aquello no podía ser menos verdad. El poder de su marido era tal que incluso alcanzaba para salvar a su mujer de la muerte, pues ya otras tantas ocasiones lo había hecho. Kelú acudía al lecho de Hessén con una opresión en el pecho, pues no había ocasión en que ella negara que lo que hacía con él, ya lo había hecho otras tantas veces con otros tantos hombres cuyos huesos descansaban resquebrajados en el desierto. Más bien parecía presumirlo, sin dolerle ni un poco la conciencia. Después le decía, ¿Y sabes qué es lo peor? Que cuando te apedreen a ti, te olvidaré y me buscaré otro amante.

Kelú estaba convencido de que el marido no la vigilaba en sus prolongadas ausencias, pues sabía que una mujer tan hermosa tenía necesidades obvias para su condición que él mismo no podía satisfacer. Y en sus viajes trataba de no pensar, de hacerse el ignorante, pero cuando llegaba y olía el cuello de Hessén, hedionda a sudor y a arena, a camellos, a gritos, a calor, y su sonrisa de desfachatez, y su impertinencia, el odio lo dominaba y no tardaba en averiguar quién había sido esta vez. Para Kelú fue bueno saberlo desde antes de conocer a Hessén, por eso tampoco dejaba de visitarla, no tanto porque la mujer le pareciera con encantos irresistibles, sino porque iba caminando directo hacia el destino que desde siempre supo le pertenecía.

Los guardias, cuando fueron por él, ya tenían el agujero preparado, y Hessén estaba ahí, con sus ojos grandes brillando, quién sabe si de tristeza o de emoción, y Kelú pensó que tal vez aquel agujero había pertenecido a otro amante suyo, de similar edad y condición, y que la escena ya había sido representada tantas veces frente a ella que se había vuelto insensible. El marido también se encontraba allí, y bastó una señal de su brazo para que las personas reunidas, todas ávidas de justicia, castigo y sangre, lanzaran las piedras que le destrozarían poco a poco los huesos.

Y a pesar de los golpes, Kelú permaneció erecto, mirando los presuntuosos ojos de Hessén, hasta que ella levantó la mano y lanzó una piedra con una puntería que, no cabía duda, había sido perfeccionada por la práctica, y fue a impactarse entre los ojos del joven adúltero, y lo bañó en los placenteros y húmedos campos de la inconciencia eterna.

(FIN)

15/11/07

La farsa



No alcanza los pañuelos desechables, tiene que quitarse de encima de Derek para llegar hasta el buró al lado de la cama. Toma uno, y se limpia. Le pasa uno a Derek, quien hace lo mismo, y luego abre los brazos y se queda tendido en la cama, con la respiración todavía agitada, cierra los ojos, estira las piernas, ha sido demasiado para él. John, a pesar de la oscuridad, puede ver sus facciones relajadas e inocentes, provocándole un enorme arranque de ternura. No puede resistirse, le da un beso antes de dirigirse al baño. Derek apenas logra responder, pobre, ha quedado agotado, bien dicen que el amor cansa, y bastante. Es por eso que John no tiene una gota de sudor. Deja al muchacho ahí, recostado, le murmura, Ha dormir, le parece mucho más fácil esta forma verbal que el presente, no hace mucho aprendió español para poder acostarse con un mexicanito que conociera en su largo, larguísimo viaje de negocios, pero no se topó con ningún mexicanito que le gustara, los veía a todos, horribles, no porque fueran feos, sino porque los jovencitos, los que quería, eran unos verdaderos idiotas. Todos. No sabían ni jota de inglés, no tenían tema de conversación si no era la absurda televisión de su país, la ropa o los mejores antros. No había remedio. Por fortuna, se le atravesó en el camino este bonito espécimen argentino, de ojos grandes, moreno, pelo negro, en pleno desarrollo. Diecisiete años tenía, Wow, fue lo único que dije John cuando Derek le mencionó su edad.

Es una verdadera lástima. Pero es que así no se puede. Cada año hace lo mismo, y aunque esta vez le ha gustado mucho el pibe, sabe bien que no puede quedarse con él. Las promesas no valen nada, apenas se conocen, cómo espera el pobre Derek que un gringo cuarentón, con toda una vida a cuestas, cumpla sus promesas, si le cree es por su ingenuidad adolescente, pero ya aprenderá, con el tiempo se irá curtiendo, los dolores del amor y de la vida lo harán convertirse en un ser frío y calculador, incapaz de amar a nadie. Lo sabe porque son muy parecidos. De inmediato te das cuenta, o al menos así lo cree John, cuando una persona es compatible contigo, por lo que dice, las palabras que usa, hasta los gestos que hace. Toma un poco de papel higiénico y se limpia otra vez. Han sido noches placenteras, ni dudarlo, pero ya, se le terminó su plazo, imposible continuar la farsa. Ya será el año que entra, quién sabe, quizá vuelva a encontrar a Derek por ahí, deambulando por las calles, yendo de un antro a otro porque en todos se aburre, igual que él. O quizá no. Como sea. Le dirá a su mujer y a sus hijos que se va a impartir unas conferencias importantísimas a sus empleados de Polonia. Es ahí donde tiene sus negocios y sus socios, ahí y en Francia, Alemania, Portugal, por toda Europa. En México, ni pensarlo. Además de que no se puede, le gustan mucho los mexicanos, por eso no puede arriesgarse a que en uno de estos viajes de placer, se encuentre a uno de sus colegas y le pregunte qué anda haciendo en el Tercer Mundo, o peor aún, que lo vea caminando abrazado de su chamaco, melosos, comiéndose un helado. La que se le armaría. Pero sabe que está a salvo acá.

Se mira en el espejo y comprueba que no es feo. Su mujer ha tenido suerte. Igual sus hijos, tendrán todo lo que quieran, cuando lo quieran. El único requisito es no cuestionarlo nunca. Su mujer no debe preguntar, ni siquiera pensar, en por qué no le hace nunca el amor. Por qué viaja tanto, por qué tiene secretario en vez de secretaria. En Washington sabe guardar las apariencias y resistir las tentaciones. Se limita a ver, con disimulo, a los latinos que se le van cruzando por la calle, pero jamás le gana el instinto. Es triste, en ocasiones, frustrante muchas veces, sabe que un día no va a resistir y se va a lanzar encima de su amigo Frank, un marica tremendo, por lo bueno y por lo marica, víctima de sus eternas provocaciones. No hay de otra, es hora de volver.

Sus maletas ya estaban listas, detrás del guardarropa. Toma un baño rápido, se viste, se perfuma. Derek se retuerce entre las sábanas. Luce tan tranquilo, tan seguro. Busca en su saco el boleto de avión, debe estar en el aeropuerto a las cinco de la mañana, así que ya es hora de salir. Como siempre hace, le deja un fajo de dólares en el buró, junto con una nota: "Me he ido a San Francisco. Take care. Love. John", se le acerca, no despertará, está bien dormido. Le da un beso en la frente, Last kiss, piensa, le acaricia el cabello. Se da media vuelta, toma su maleta y sale de la habitación. El pobre Derek despertará tarde, se descubrirá solo, sin John, llorará un rato, se llevará el dinero, y se pasará la vida entera juntando plata para irse a San Francisco, detrás de su amado, pero jamás volverá a verlo, porque irá a buscarlo en un tiempo y lugar equivocados.

(FIN)

30/10/07

Las noches vendidas



"Concéntrate. Tienes que sentir placer".

Siempre ha sido así, Rufino. A pesar de todo, no pierdes la esperanza. Apenas consigues respirar entre sus sudorosas carnes. Tus gemidos, eso cualquiera podría notarlo, no son de placer. Pero hay que trastocarlos, o tal vez él se dé cuenta. A quién engañas. En tus pensamientos estás a salvo. De Rufino y de ti misma. No tienes que fingir en tu cabeza. Puedes pensar, Hijo de la chingada, mientras gritas, Oh, sí, papito. ¿Quién va a enterarse, a parte de ti? ¿Y tú qué vas a hacerte? ¿Quién va a castigarte por odiar al patán de Rufino? Nada cambiará. Por más que lo desees.

Hace cuánto lo conoces. Ya no sabes. Es como si siempre hubiera estado aquí. Su cara te es familiar, lo suficiente como para no temer, para sentirte tranquila, segura. Eso es lo que tiene. Siendo sinceros, no es muy agraciado. Tiene un encanto extraño que lo hace popular entre las damas, eso ni dudarlo, pero de eso a tener atractivo sexual está muy lejos. Digamos que no ayudan sus bigotes disparejos, su penetrante olor a podrido, su piel siempre húmeda y pegajosa, sus manos callosas, duras, incapaces de dar una caricia. Y esos gestos que hace con la boca, como un viejo que juega con su dentadura postiza, es desagradable, asqueroso. Pero sabes que si estás con él no es por eso.

Es la esperanza. Que te rescate de la soledad. Porque temes que un día te levantes de la apestosa cama y descubras que no eres tú, que ya ni eso te queda. Que no te pases la noche esperando, a ver si viene, y si no vino hoy, a ver si viene mañana. Que te quite la incertidumbre que te está acabando, que te dejé aunque sea la seguridad de que un día, cercano o lejano, se va a quedar contigo para siempre.

Qué importa que no sea guapo, que sea un patán, que te coja así, con violencia, con furia, que te encaje las uñas y te grite en el oído. Sus perversiones no te importan. Podría ser peor, lo sabes bien. Tiene poco tacto, pero de eso a nada.

"Ya casi acaba. Le falta poco".

Lo conoces bien. Sabes que a veces aumenta de ritmo y no pasa nada, pero cuando aumenta de ritmo y ahoga los gemidos, cuando se pone rígido, de los brazos, del cuello, es que se avecina el orgasmo. Ya no es necesario que te dé instrucciones. Tú misma alzas más las piernas, para dejarlo subirse hasta tu cara. Cierras los ojos, aprietas los labios. Él ni se fija. Clava la mirada en el abanico de techo, se le dificulta respirar. "¿De verdad disfrutará esto?", piensas, mientras un líquido caliente y salado cae sobre tu rostro. Y él se limita a quitarse de encima, y se desploma en el colchón.

"Estás bien rica, Meme", te dice, mientras enciende un cigarro, porque así hacen en las películas. Ya que te limpiaste, te acuestas a su lado y por fin te sientes en paz. Ha pasado la tortura, el terrible momento de hacer el amor, si a eso puede llamársele hacer el amor. Ahora puedes entregarte a disfrutar su cuerpo aquí, contigo, en el momento en que tú dejas de ser suya, y él empieza a pertenecerte. Ahora puedes engañarte, decirte "Soy feliz, estoy bien", e imaginar que un día, quizá no muy lejano, llegue Rufino no a pagarte dos horas, sino una vida entera; y te diga, "Vente, vámonos de aquí. Vente conmigo".

Hoy no ha sido el día. Hoy te ha pagado dos horas, y las dos horas se han terminado. Ya tocan a la puerta. Gritas, Ya salgo, mientras Rufino todavía se pone los pantalones, tú sólo te pones el calzón, no es necesario más, abres la puerta y recibes a Salomón, siempre viene a las siete en punto. Rufino se va sin despedirse, saluda a Salomón, Buenas, y desaparece en el pasillo. Tú le sonrís a Salomón, y empiezas a engañarte otra vez, a imaginar que si no fue Rufino el que te salvó, tal vez sea Salomón, y que quizá esta sea la última noche de las noches vendidas.

(FIN)

11/9/07

Los profetas (parte dos)


Subieron las escaleras hasta el tercer piso. Julia se detuvo en el rellano, sacó de su diminuto bolsillo una único llave, y abrió la puerta. Entró, y luego le hizo señas al vagabundo para que entrara también y no hiciera ruido. Seguro su madre ya estaba despierta, pero no quería que se espantara con aquella ocurrencia suya. Y es que estaba convencida de que la idea había sido una iluminación súbita, por eso su madre tendría que comprenderla. Le murmuró al vago, Siéntate, pero éste no hizo caso, no parecía estar poniendo mucha atención en lo que estaba pasando, con los ojos fijos en las caderas bamboleantes de Julia. A pesar de ser una cuarentona, poseía una buena figura, con el busto erguido y las caderas anchas, su rostro limpio y delicado, era bonita, no vamos a negarlo. Llamó a su madre con sigilo, como una niña que sabe que hizo una travesura y está dispuesta a confesarlo todo. Le parecía que el tiempo había avanzado demasiado rápido, pues el sol ya estaba alto. Hacía un calor infernal, se quitó el chal y lo dejó por ahí. Los aviones sobrevolaban la ciudad. Nunca se sabía si eran los propios o los del enemigo, pero ya se habían acostumbrado. Además, sólo por las noches bombardeaban. El televisor de la recámara estaba prendido, pero no había señal, como siempre. Vio la cabeza de su madre, le daba la espalda en la mecedora. Pero no se mecía. Parecía mirar el televisor atenta, esperando algo. Ya había pasado antes, que la madre encendía el televisor, y esperaba, luego, de pronto, gritaba, Viste, pero Julia nunca veía nada. Ya estaba vieja, su pobrecita madre. Y un día tenía que suceder. Pasó justo a tiempo.
Sus ojos bien cerrados. Sus manos sobre el regazo. El rostro tranquilo, como si estuviese en un sueño profundo. Quizá la estuvo esperando. Quizá sospechó lo que iba a pasar aquella tarde, y decidió irse antes. Julia dejó escapar unas pocas lágrimas antes de echarse a la cama y llorar un largo rato, en silencio. Se había quedado sola. Presenciaría el fin del mundo sin nadie con ella, sin haber hecho tantas cosas, como casarse, comer helado o ponerse una tanga. No haber hecho todo eso no le importaba mientras tuviera a su madre, pero ahora ella no estaba. No se dio cuenta del tiempo, pero dejó de llorar cuando ya los ojos le ardían y las rodillas se le habían entumecido. Se quedó recostada, deseando que llegara la tarde y que el mundo se acabara de una vez por todas, para no tener que pasar aquel dolor.
En ese momento sintió una mano dura y áspera sobre su gluteo, acariciando despacio. Luego la otra mano, en el otro gluteo. Al principio se espantó, pero la sensación era tan agradable que no hizo nada para detenerlo. El profeta callejero se había metido a hurtadillas a la habitación. Julia se dio la vuelta para verlo, y descubrió que ya llevaba los pantalones abajo, todavía con su erección y el pene babeando lubricante. Jamás había visto una cosa así. Sintió más calor, y de golpe comprendió todo otra vez. Por qué lo había encontrado justo hoy. Por qué lo había llevado a su casa. Por qué su madre había muerto antes de que llegara. Tomó al vagabundo de las muñecas y lo jaló hacia ella. Lo llenó de besos, desesperados y violentos, que sabían a mugre y a sudor. El vagabundo no hacía más que mover la cabeza de un lado a otro y abrir y cerrar la boca. Pronto ambos se despojaron de sus ropas y comenzaron a acariciarse. Julia había escuchado que, si no quería embarazarse o enfermarse, debía usar condón. Pero mierda, con el fin del mundo a unas cuantas horas, no iba a volver a vestirse para salir a comprar un maldito condón. Había que aprovechar el momento. Acostó al vago de espaldas y se le subió encima. Casi de inmediato sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, cerró los ojos y un cosquilleo insoportable la invadió. Pero no se detuvo. Al contrario, siguió hasta que la sensación, la mejor que había experimentado, se repitió. Y así una y otra vez.
No le cabía duda en aquel momento, dios era sabio. Se paró y tomó al vago de la mano, para llevarlo al baño y limpiarlo, porque el sabor de la mugre en un principio no le importó, pero ya le empezaba a parecer repugnante. Iban por el pasillo de la recámara cuando oyeron las primeras explosiones. Los aviones parecían volar a dos centímetros de sus cabezas. Las sirenas de alarma sonaron por toda la ciudad, y los gritos de la gente inundaron el aire. No alcanzaron a llegar al baño, pero antes de que el fuego arrasara también con ellos, Julia abrazó al vagabundo y apretó sus labios contra los suyos, congelando ese último beso en el final de los tiempos.

(FIN)

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[Primera parte]

20/8/07

Piel de plástico



Despierta solo en la cama, con la cabeza a punto de estallarle, y muy desorientado. No hay duda, esta es su cama, y su recámara, por donde la luz entra a bocanadas en la primer mañana soleada del invierno. A pesar del intenso sol, hace frío, y Gil busca la colcha, con los ojos entrecerrados, en el suelo. Se tapa, retornando así a la oscuridad cálida de sus sueños. Anoche estuvo bien. Quién diría que por única ocasión Juani tendría razón. Ella no es tan mala. Sólo a ella puede considerar como su amiga. Se preocupa por él. Le lleva de comer, a veces. Le consigue trabajos buenos. Lo invita al cine, a un concierto, o a ir a tomarse un café, un helado. Lo aconseja. De no ser porque se conocen muy bien, Gil creería que le gusta. Pero ella sabe muy bien cómo es él. Sabe que no tiene ojos más que para Butch. Y hablando del muñeco...
De un salto se levanta, abriendo mucho los ojos, diciendo, como en las películas, Butch, llamándolo, preguntándole al aire por él, y quedándose ciego unos segundos por el paso de la oscuridad a la luz. No recuerda muy bien qué pasó anoche. Ni siquiera sabe si se enteró del nombre del fulano que se trajo a la casa. Sólo sabe que tenía unas manotas que daban miedo. Aún las siente en la piel. Mas no es momento de pensar en vanalidades, ahora mismo hay asuntos más importantes qué atender, o hay al menos uno, pero es como si contara por todos los asuntos de su vida: dónde carajos dejaron a Butch anoche. Quién sabe, tal vez el fulano todavía ande por aquí, esté en el baño, o en la sala, o preparándose un té, un café, Gil se pone la ropa, unos pants y una camisa, por estos días se ha puesto guapo, ya no es más el muchachito escueto y sin chiste, le pasa algo a su rostro, Juani se lo ha dicho, sin precisar bien los detalles, sólo sabe que hay algo, que le ha cambiado algo, por eso su conquista de anoche, en otros tiempos habría regresado solo a casa, a pesar de sus repetidos intentos, pero siempre estaba Butch para consolarlo, él jamás se había atrevido a abandonarlo, despertaba ebrio y triste, con Butch a su lado, los ojos abiertos, la boca abierta también, marcados los músculos con un color más fuerte en su piel de plástico, y se abrazaba de él con tal desesperación que a veces temía reventarlo.
Lo vio por primera vez en una sex shop. En ese entonces le parecía una ridiculez, una tontería, un juego casi. Preguntó el precio, según él, nada más por curiosidad. El encargado de la tienda no le dio importancia, todos los días iba gente así, o muy pervertida o muy desesperada, preguntando por todo, era el método general, excepto el de unos pocos, los más valientes, que tomaban lo que querían sin preguntar nada a nadie y lo llevaban directo al mostrador sin importar si hubiese o no gente, pagaban y se iban por la calle muy contentos con sus nuevos artículos en bolsas negras con el sello de la tienda. Gil no era tan osado. Hasta la tercera ocasión que puso un pie en la tienda, casi un mes después, durante el cual soñaba y fantaseaba con Butch, que así decía en la caja que se llamaba, pensando cómo una piel de plástico y un cuerpo inarticulado podrían provocarle placer. Tomó la caja, los ojos del encargado fijos en él todo el tiempo, no fuera a robarse algo, y se anduvo paseando por la tienda. Tomó también unas revistas, una película y unos condones. Condones, pensó el encargado, No se necesitan condones para cogerse un muñeco, pinche pervertido pendejo. Gil, incapaz de conocer lo que habitaba la mente del vendedor, agradeció con una sonrisa nerviosa y se fue. Jamás volvió a ese lugar.
Lo guardaba en secreto, a salvo de todo y de todos. Nunca le mencionó a nadie su compañero nocturno, el que le devolvió la sonrisa al rostro, el que lo hizo olvidar sus fracasos sentimentales, era suyo, no lo quería compartir, no deseaba exponerlo al juicio feroz de los que supieran de él. Conocían bien las consecuencias, lo relajado que estaba, la risa espontánea y hasta entonces desconocida, el optimismo, la seguridad. La única que sospechó fue Juani. A ella no podía engañarla, y le dijo. Le habló de Butch. Hasta se lo enseñó. Lo mantenía desnudo siempre, con el pene artificial erecto y los pies pequeños, desproporcionados, las manos sin dedos, los vellitos pintados en el pecho. Es una aberración, dijo ella, espantada. Le costó trabajo a Gil hacerla comprender que era asunto suyo, no de un psicólogo o un doctor, que estaba conciente de lo que estaba haciendo, que sabía que Butch era un muñeco y no un hombre de verdad, que no estaba perdiendo la razón. A Juani le costó un tiempo asimilarlo, pero cuando al fin lo logró, de algún modo se hizo de centenares de amigos para presentar a Gil, pero él nunca podía entablar una relación, por más que quiso. Hasta la noche anterior, cuando salió por su propio pie al antro cerca de su casa, conoció a este fulano, se besó con él, lo acarició, lo invitó a su casa, Vivo solo, le dijo, y tengo un amigo, era arriesgado, pero como iba a ser su primera vez, iba a sentirse más seguro con Butch ahí, vigilando.
Cuando lo sacó del clóset el fulano sonrió, pensando, Maldito pervertido, me encanta. Tomó a Gil y al muñeco y los echó en la cama. Estaban ebrios, no supo cómo pasaron las cosas, hasta que despertó, y vio los condones esparcidos por aquí y por allá. En definitiva, el fulano este se había ido, no estaba su ropa. Tampoco estaba Butch, ni en la sala, ni en la cocina, ni en el patio, ni de vuelta en el clóset. Gil se puso de rodillas frente a la ventana, y lloró. Al principio de su llanto porque lo extrañó. Pensó que ya no tendría su compañía incondicional, que ya nadie le daría cariño, comprensión, placer como Butch. Pero luego, poco a poco y conforme sus cavilaciones avanzaron, lo odió. Porque se había ido. Porque había provocado que el fulano que se trajo a casa se lo llevara, tan hábil era en la cama, o más que Gil, al menos, y se sintió desplazado, traicionado, y abandonado. Ya más calmado, aceptó que no iba a tener otra salida. Volvería a esa sex shop, y se haría creer que Butch estaría ahí, esperándolo, como si nada de esto hubiese pasado, para empezar de nuevo.

(FIN)

22/6/07

Javier y la pornografía



El timbre suena y los chiquillos salen de la clase sin esperar a que el profesor termine de hablar, motivados por la pandilla de Roberto, el más viejo, el más burro, el más cobarde de todos. Javier sale detrás, apuntando la tarea en su agenda, trata de escuchar hasta la última palabra del profesor, pero sus compañeros ya van bajando las escaleras, qué importa, preguntará en la siguiente clase, sólo espera que alguien al menos haya anotado. Tienen quince minutos de receso, y el punto de reunión es, como siempre, las bancas al lado de las canchas de basquetbol.
Llega Javier cuando ya la pandilla de Roberto -el único que no tiene sobrenombre- se reúne en torno a él tratando de ver algo. Siempre trae cosas para enseñar a los incautos e inmaduros infantes, como él les llama. Una vez trajo una navaja con sangre, que según él había utilizado la noche anterior; otro día trajo un churro de mota a medio terminar, amarillento y deshaciéndose, que según él se terminó un rato después, pero nadie lo vio fumándolo. Hoy, hoy traía una hoja de papel. Javier, aprovechando que era más alto que la mayoría de los ahí reunidos, asomó la cabeza y vio: una foto enorme, en toda la hoja, de una mujer morena, de cabello negro y ojos verdes, sentada, con las piernas abiertas, toda ella desnuda, mostrando unos pechos redondos y brillantes, y abriendo con una mano su rasurada vagina.
-¿De dónde la sacaste? Está rebuena. -Del internet, pendejo, de dónde más.
A lo largo del día se fueron turnando la imagen para irse a masturbar al baño, por supuesto, Roberto fue el primero. Javier no quiso, le daba vergüenza, pero no podía, no conseguía quitarse de la cabeza aquella imagen, vulgar y de mal gusto, para su propio juicio, y sin embargo, necesitaba ver más.
Nunca se le había ocurrido. Introdujo en el buscador la frase "Mujer desnuda", y las imágenes se desplegaron frente a él. Ya toda su familia estaba dormida, y él, fingiendo que hacía una tarea, había encendido la computadora, cerrando la puerta de su recámara con seguro, y ahora navegaba de un sitio a otro, en busca de mujeres cada vez más exhuberantes, le gustaban las que traían los tacones puestos, o las uñas postizas larguísimas. Y entonces, descubrió una foto increíble. Una mujer rubia, de rasgos infantiles y mirada tierna, claro, con excesivo maquillaje, tacones y uñas postizas, muy pequeña ella, era penetrada por un hombre negro enorme, muscular, rapado, con la cara encendida de furia, y un pene imposible por su tamaño. Javier no podía creerlo, había fotografías del acto sexual... De inmediato cambió el tema de su buscador a "Hombre y mujer en el acto sexual", él siempre tan metódico, y aparecieron páginas con palabras que él ni sospechaba, pero descubrió en ese momento una palabra que le aceleró la búsqueda: pornografía. Cuando dieron las seis de la mañana, apagó por fin el aparato, ni siquiera había tenido tiempo de masturbarse, se desvistió y se acostó en la cama, quitándole el seguro a la puerta. Cinco minutos después su madre irrumpe, medio dormida todavía, y lo llama, Javi, mijo, levántate, ya es hora. Javier, tratando de poner cara de recién despierto, se levanta otra vez de la cama y se dirige a bañarse. Aprovechará para hacer lo que no le había dado tiempo esa noche, y descubre que los orgasmos se sienten mucho mejor después de ver tanta y tanta pornografía.
No pone atención en la clase. La tarea del día anterior la había olvidado por completo. Su mente viajaba otra vez por las imágenes que había estado viendo durante siete cortísimas horas, impaciente por la llegada de la noche, para deleitarse de nuevo con aquellas maravillas de cuerpos enredados, desnudos, sudorosos, penetrando y siendo penetrados, en todas las posiciones posibles, de todos los tamaños, colores y formas, había visto gente asiática, mujeres embarazadas, hombres viejos y gordos, haciéndolo en una cama, en la playa, en un bosque, en la calle, en un cuarto de espejos, sobre la mesa, encima de un árbol... Había visto también a dos mujeres con un caballo, a una con un perro pastor alemán encima, incluso una metiéndose una ánguila por la vagina. El espectáculo de lo grotesco, de lo irreal, le fascinaba. De la misma manera, había descubierto a dos o más hombres juntos, penetrándose por el ano, uno detrás del otro, formando una verdadera cadena humana de siete u ocho personas, y a otro, clavándose a un dildo rojo enorme, tan grueso como su brazo. No se decidía por qué le había excitado más. Descubrir todas las posibilidades y variaciones del sexo le había nublado los sentidos, lo único que sabía era que quería ver más de todo.
Sale de la escuela, llega a su casa y de inmediato se sienta en la computadora. Atento a que no entre nadie a su cuarto, intenta abrir una ventana diminuta en el buscador, pequeñísima, donde apenas se vea una parte indescifrable de los cuerpos, para que no lo descubran, pero en su lugar, aparece la página en blanco, y una leyenda con sugerencias: "Página web no disponible sin conexión". Esto nunca había pasado, no sabe qué hacer, cómo reaccionar. Utiliza sus amplios conocimientos de computación para intentar conectarse de nuevo, pero es imposible. Su madre lo llama a comer. Javier no quiere parecer sospechoso, así que se lava las manos, camina tranquilo, se sienta sonriendo, juega con su hermano mientras la madre sirve los platos, y a mitad de la comida, como no queriendo, le pregunta, Oye amá, por qué no sirve el internet. La madre mastica el bocado, lo traga, toma aire y le contesta, Porque ya no tengo dinero para pagarlo. Lo cancelé. A ver si el mes que viene lo vuelvo a contratar.
Tiene que reprimir una punzada en el estómago, no dice nada, no puede ni protestar. Sigue comiendo, mientras piensa que no es posible que la pornografía sólo habite en el internet... Así que se decide a buscarla allá, en el mundo, sin saber el lugar preciso, pero sabe que con algo de esfuerzo y motivación -y de esa tiene mucha-, la encontrará.

(FIN)

18/6/07

Nada personal



Su enorme tamaño, sus ojos penetrantes, sus entradas pronunciadas y sus pantalones ajustados de inmediato llaman la atención de Carlos. No consigue evitar no mirarlo, y no lo mira como lo miraría cualquiera, con un aire de curiosidad, de timidez, no, hace evidente su mirada de deseo, de lujuria, de pasión. La librería está vacía. Qué hace aquel ser descomunal, perfumado, vestido con un suéter negro abierto en el pecho velludo y un pantalón vaquero azul marino apretándole los testículos, los cuales, a juzgar por el bulto, han de ser gigantescos. No, no lo va a dejar pasar, pocos como este vienen a la librería, y ahora que hay oportunidad, hay que aprovecharla. Su jefe ha salido a comer, que vuelve en media hora, y los clientes, esos han estado ausentes todo el día. La mejor parte, la señal de arranque, es la mirada coqueta que le echa el tipo, arqueándole las cejas, dibujando una sonrisita dulce que desentona con su rudo físico.
Carlos sale de detrás del mostrador, con unos libros en la mano, y se dirije a un estante cercano al sujeto grande para acomodarlos, sin importarle que no vayan ahí, luego los pondrá en su lugar. Se tarda un poco, siguen con el jueguito de las miradas, se agacha y se pone de pie, el sujeto se acerca, como si nada, le pasa por detrás y Carlos siente en sus nalgas el roce de su mano. Se detiene ahí, a unos cuantos pasos, ambos confirman lo que quieren, lo que buscan, así que Carlos camina, volteándolo a ver, hacia el fondo del local, el tipo este, grandísimo, peludo, mucho mayor que él sin ser viejo, lo sigue disimulando, aunque no entran en la tienda, pasa gente por la calle, y la verdad no quiere que nadie lo vea ahí. Llega hasta Carlos, quien abre la puerta del armario de empleados, mirándolo a los ojos, mordiéndose un labio, y el fulano se acerca más, Carlos le abre paso, huele su perfume, y cierra la puerta detrás.
La oscuridad los envuelve. No logran ver nada, pero sustituyen los ojos con las manos. El tipo se desabrocha el suéter, Carlos le ayuda a desabotonarse el pantalón, ya puede sentir la erección, saca su miembro, retorcido hacia la derecha, y lo acaricia, mientras el otro sujeto lo abraza, le baja el pantalón, acaricia sus nalgas. Carlos desciende, se pone de rodillas y comienza a mamar, el otro gime, a Carlos le gusta aquello, está muy bien proporcionado, trata de metérsela toda en la garganta, el tipo le empuja la cabeza, sin decir una palabra, luego lo detiene, no quiere eyacular tan rápido, lo hace ponerse en pie y lo guía hacia sus pezones, los cuales son besados, lamidos y mordidos por la lengua experta de Carlos. La respiración del fulano se acelera en medio de aquella oscuridad. Saca algo de la bolsa de su suéter, tira la envoltura y se lo pone él mismo. Pone a Carlos de espaldas a él, escupe en su mano y embarra el ano del muchacho con la saliva. Lo penetra sin previo aviso, introduciéndose de prisa y con fuerza. A Carlos le duele un poco, pero está tan excitado que ni dice nada. El fulano lo empuja con la cadera, mientras que con las manos lo toma de los hombros y lo jala hacia él, haciendo la penetración violenta y deliciosa. Intenta estimular el pene de Carlos, quien ni siquiera tiene una erección bien hecha, y al darse cuenta de esto, lo suelta. En menos de tres minutos el sujeto termina conteniendo sus gemidos, apenas se escuchan, Carlos está ya erecto, pero eso al sujeto no le importa.
Retira su pene, quita el condón y lo deja por ahí tirado, saca un pedazo de papel higiénico de su bolsa y se limpia las manos. Se abrocha el suéter y los pantalones, suspira, y abre la puerta, saliendo y volviéndola a cerrar detrás de sí, dejando a Carlos todavía medio desnudo, solo en la oscuridad, con la respiración agitada y el culo húmedo. Ni siquiera le ha dicho su nombre. De hecho, no cruzaron una sola palabra. Se da cuenta que ha sido utilizado, que aquel sujeto jamás volverá a la librería, que no le importaba él, sino encontrar sexo rápido, con un chamaco y gratis. Sonríe, y piensa en lo excitante que es el sexo así, casual e impersonal. Toma unas servilletas, se limpia, envuelve el condón juntándolo del suelo y lo echa al bote de basura. Luego sale del cuarto y ve que la librería está vacía. En efecto, el sujeto se ha ido. Vuelve a sonreír, Qué bien, piensa, fui usado.

(FIN)

23/9/06

Hacíamos el amor

Ella y yo hacíamos el amor diariamente
En otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles
Hacíamos el amor invariablemente...
los jueves, los viernes y los sábados,
hacíamos el amor igualmente...
Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente.

Hacíamos el amor compulsivamente
Lo hacíamos deliberadamente
Lo hacíamos espontáneamente
Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,

por favor, por supuesto, por teléfono,
de primera intención y en última instancia,
por no dejar y por si acaso,
como primera medida y como último recurso

Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis:
y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí,
es decir, recíprocamente
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo,
con el miembro convertido en un músculo fláccido,
no podía llenarla,
entonces hacíamos el amor lastimosamente
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder,
y no podía,
y ella pensaba que no iba a sentir,
y no sentía,
o bien estábamos tan cansados y tan preocupados
que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo
Decíamos entonces que habíamos hecho el amor aproximadamente


Muchas veces hicimos el amor contra natura,
a favor de natura,
ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida,

o de día con los ojos cerradoso
con el cuerpo limpio y la conciencia sucia
o viceversa
Contentos, felices, dolientes, amargados
Con remordimiento y sin sentido
Con sueño y con frío
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida,
y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro,
entonces hacíamos el amor inútilmente

Para envidia de nuestros amigos y enemigos,
hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente
Para alegría de los psiquíatras, hacíamos el amor sintomáticamente
Hacíamos el amor físicamente,

de pie y cantando,
de rodillas y rezando,
acostados y soñando
Y sobre todo, y por la simple razónde que yo la quería así
Y ella también
hacíamos el amor...
voluntariamente.


Fernando del Paso

29/5/06

Confesión de un coprófago


Dice mi madre que toda la vida he sido un maldito grosero, y que así nunca voy a llegar lejos, que pasaré el resto de mis días con el sueldo miserable que tengo, que nunca podré mantener una familia y que, a pesar de ser “tan guapo”, moriré solo y amargado en un departamento pestilente. Sin embargo, mi intención nunca ha sido ser grosero. Yo sólo digo lo que creo. Además, ¿qué esperaba este cliente hijo de puta? ¿Que me pusiera a aprobar todo lo que decía como si me creyera sus mentiras? ¿Que podía llegar al local como si nada, a preguntarme por quién voy a votar, y a tratar de convencerme de que su candidato puede salvar al país de la ruina a la que ya está condenado? Mire, le dije, no me venga con chingaderas, la política es el arte de no decir la verdad entera, y le empecé a dar un sermón tan florido sobre los candidatos, que me sorprendí de los tantos adjetivos descalificativos que sabía. El sujeto dejó el periódico en el mostrador, muy enfadado, iracundo, diría yo, y me dijo, así nada más, “Come mierda”.

Eso me puso a pensar. Nadie nunca me lo había dicho de esa forma, tan seria, tan repleta del auténtico deseo de que yo fuese a un excusado tapado y hundiera la cara en él, aspirando como desquiciado las heces acumuladas. Lo vi alejarse, pensé en preguntarle, ¿le gustaría verme? Pero me contuve. Seré muy grosero, como dice mi madre, pero aún converso un poco, sólo un poco, de pudor. Y no es que sea gay, o bueno, no sé, pero me da igual que quien me observe sea hombre o mujer. Nunca he sido selectivo en ese aspecto.

Sé que suena raro, pero jamás fui el hombre más normal del mundo. Insisto: son más raros los que aceptan mis propuestas. ¡Se ven tan cómicos! Desnudos, en cuclillas en un rincón, pujando hasta que expulsan un par de cerotes. Una o dos veces me dejaron que los limpiara con mi lengua, me parecía un desperdicio, la verdad; los demás decían que les daba asco, pero yo sé que no, sólo tenían miedo de descubrir que, como yo, eran unos pervertidos. Yo nunca los obligué a mirar, sólo les pedía que cagaran frente a mí. Hasta ahora, ninguno ha querido hacerlo en mi boca, esa es mi única fantasía incumplida, pero algo es algo, debo conformarme. La única condición era: yo te cumplo tu fantasía, y tú la mía. Sólo no he aceptado hacerlo con un anciano, me parece repugnante. Pero me desvío…

Decía que mis parejas cagaban y se apartaban lo más que podían de mí. Repito, nunca los obligué a mirar, y muchos decían “no quiero ver”, pero mientras yo me moría del placer atragantándome de mierda, volteaba de reojo y los descubría mirándome horrorizados. Eso, por alguna razón, me excitaba aún más. Y si vomitaban era la gloria. Alguna vez pensé en beberme el vómito, pero el olor es asqueroso, no conseguí que atravesara mi garganta. Algunos, mujeres en su mayoría, comenzaban a llorar, se vestían y se iban. ¿Qué pasaría por sus cabezas? ¿Remordimiento por prestarse a prácticas tan poco ortodoxas? ¿Deseos reprimidos que afloraban al mirarme? Qué sé yo, y no me importa. Yo me quedaba a gatas, en un orgasmo que se extendía hasta quitar con mi lengua el último pegoste de mierda embarrado en el suelo… Lo saboreaba, y me dejaba caer, satisfecho.

No, jamás me he comido mi propia caca. No sé, no me llama la atención. Sólo me gusta la de otros. Y es por eso, y no por otra cosa, que conseguí este empleo en la central de autobuses. Porque ya no soy el jovencito guapo que mi madre conserva en su deteriorada memoria. Me voy poniendo viejo, arrugado, panzón, y no puedo conseguir tantas parejas como antes, mucho menos que se presten a hacer lo que en verdad me atrae del sexo. Todo lo demás me parece tan típico y aburrido. Y eso que he probado de todo… Bien, me desvió de nuevo.

Decía que aquí en la central, el servicio de baños es pésimo, y los enfermos del estómago son bastantes. Todos los días hay, al menos, dos excusados tapados, rebosando una mierda espesa y pastosa, de una consistencia incomparable. De noche, al cerrar el local, me voy como si nada al baño, y me doy mi banquete de placer.

(FIN)

[De la serie "Perversiones"]

19/2/06

Habitación 203

Fortuna

Primer Cuento: "Fortuna"

Se podría decir que, por una parte, es natural que Genaro sienta algo de vergüenza en una situación como esta, sobre todo si no es él quien se ha adelantado hasta donde se encuentra la señora que vende hot-dogs para preguntarle dónde hay un hotel cerca, sino la dama que lo acompaña. Y es que el hombre es quien, en general, tiene la necesidad de presumir a quien pueda, entre más gente mejor, que va a coger, por usar el término vulgar, y qué mejor manera de hacerlo que tomar de la mano a la complaciente compañera e ir preguntando por la calle dónde hay un hotel cerca, o acudir a una farmacia abarrotada de gente a comprar condones, y, si la insinuación no basta, llevar de paso lubricante y preguntarle al encargado si él no sabe dónde hay un hotel cerca.

En este caso, fue Alma quien interrumpió la intensa labor de besos y caricias en la mesa del table-dance unisex donde se encontraban, encendida por una pasión desmedida luego de ver tanto manoseo por todas partes, los tacones altos como únicas prendas de las exhuberantes bailarinas, las diminutas y casi transparentes tangas con que los cuerpos bien musculosos de los strippers iban cubiertos, y cuerpos, cuerpos con cientos de pares de manos que exploran la piel desnuda en busca del éxtasis carnal, como en una orgía descomunal donde nadie queda excento de recibir su dosis de placer. Alma apartó el rostro de los labios de Genaro, y luego de un profundo suspiro murmuró en su oído, Vamos a un hotel. Genaro la miró, para descubrir una firme determinación y un candor nada pudoroso, asintió, se empinaron las respectivas botellas de cerveza y, todavía proporcionándose suaves y súbitos besos cada tres o cuatro pasos, salieron del antro de mala muerte apestando a alcohol y a tabaco y se adentraron en las calles del centro de la ciudad. Eran las cinco de la mañana, según el reloj de la catedral.

Déjamelo a mí, le dijo Alma, demostrando que era ella quien iba a tomar el control de la situación hasta el final. Así, Genaro se dejó guiar hasta el hotel indicado, esperó a que Alma hablara con el recepcionista y luego la siguió, tratando de recordar si alguna vez había tenido tanta suerte como aquel día, y por más vueltas que le daba a la memoria no se le ocurría una situación así de afortunada: conocer en el bar de siempre una mujer como nunca, es decir, hermosa, bien formada, y al parecer, ninfómana, que le había invitado cinco caguamas sin pedir nada a cambio más que una tanda frenética de luchas lingüísticas, en el sentido literal. Decidió no dudar más, y dejarse llevar. A partir de ese momento, de su boca no saldría un No.

El recepcionista les deseó buenas noches y guiñó el ojo a ambos mientras cerraba la puerta y colgaba el letrero de No molestar en el picaporte. Alma empujó a Genaro a la cama y con un salvaje tirón le arrancó la camisa, regando los botones por el suelo. Se subió en su cintura y comenzó a besarlo con la urgencia del fin de los días, mientras Genaro no hacía nada más que abrir y cerrar la boca, sacar y meter la lengua, subir y bajar los brazos tratando de recorrer con las manos todo el cuerpo, todavía vestido, de Alma. Apenas sentía los mordiscos, los rasguños, las lamidas, pues el mareo y la insensibilidad provocada por el alcohol ya empezaba a dejarse notar. Mejor, pensó Genaro, así duraré más.

Un punto sensible del suertudo Genaro es el cuello, por eso le pareció perverso que Alma se detuviera en sexo cuando estimulaba con los labios aquella zona. La mujer se levantó de la cama, sacó un teléfono de su bolso y marcó un número. "Dónde estás (...) ¿Yo? En el hotel Tecate, cuarto 203". Alma se ríe, y cuelga el teléfono. Genaro, curioso e impaciente, pregunta.

-¿A quién llamaste?
-Invité a Lucía... No te molesta, ¿verdad?

Por un instante, Genaro no sabe qué decir. El timbre del teléfono le da tiempo para pensar.

"¿Hola? (...) ¿Dónde la encontraste? (...) Por supuesto que puede venir. Y tráete una cámara de video (...) 203, no lo olvides... Pero apúrate que sólo es uno para tres".

Ahora sí, Genaro no puedo disimular su asombro. Con la felicidad dibujada en el rostro, y la sonrisa cómplice y dulce de Alma, observa cómo ella va desabotonándose la blusa, y concluye que, en efecto, jamás había sido tan afortunado.

(FIN)

11/1/06

Moscas

Moscas

Toda su vida había soñado con hacerlo, pero sólo hasta hoy había tenido la oportunidad. O el valor. Llevaba meses haciendo que su departamento se pudriera con restos de comida, mierda de animales, basura y demás pestilencias. Él mismo había dejado de asearse. Y lo hacía persiguiendo un único, firme y claro objetivo: cumplir su más grande y más perversa fantasía sexual.
Se consideró siempre distinto a los demás. De niño no iba a los parques a jugar, sino a buscar hormigueros, echarse al pasto y ver de cerca el arduo e interminable trabajo que las diminutas criaturas realizaban. Capturaba mariposas, las metía en un frasco con agujeros en la tapa para contemplar su belleza inigualable hasta que los ojos se le cansaban de tanto verlas. Correteaba por su casa a las cucarachas, las tomaba con cuidado entre las manos y se conformaba con sentir las patas viscosas en la palma de la mano, y en concha dura y fría, y las antenas en constante movimiento... Jamás mataba a los animales para coleccionar sus cadáveres, como hacían otros aficionados a los insectos, ya que la sola idea le parecía horrible, cruel, brutal.
Apenas llegó a la adolescencia, tras encenderse sus todavía inocentes pasiones y oscuros deseos, descubrió que el amor que profesaba por los insectos iba más allá de una simple admiración. Sobre todo, por las moscas. Su anatomía armoniosa, la agilidad de sus movimientos, sus hábitos, el zumbido de sus alas, el cosquilleo que sentía en la piel cuando sus finas, casi imperceptibles patas se paseaban encima suyo, le provocaban un placer difícil de experimentar por otros medios. Las raras ocasiones en que conseguía que una mosca se posara sobre su pene mientras se masturbaba, hacía estallar en él un orgasmo indefinido, irreal, tan feroz como la creación misma del universo.
Por supuesto que tuvo serias dificultades para ocultar a sus padres su inclinación sexual. Llegaron a pesar que Higinio, ese era su nombre, era homosexual, por aquello de que jamás le conocieron novia que no fuese inventada. Poco a poco, aprendió a balancear su escasa vida social con su perversa faceta sexual, y sus compañeros de escuela, y más tarde los del trabajo, comprendieron, al no encontrar otra explicación coherente, que Higinio era lo que se llamaba un asexual, pues sus amigos varones lo invitaban a prostíbulos y tables-dances, y aunque iba de vez en cuando, sólo para no levantar sospechas, se mantenía reservado, distraído, hasta parecía aburrido, y lo mismo pasaba cuando sus dos o tres amigas, pensando que no tenía el valor suficiente para salir del clóset, como dicen, lo llevaron a un antro gay, con strippers y cuartos oscuros. En un par de meses se daban por vencidos, y para consolarse, suponían que Higinio tendría un desorden hormonal, o genético, o psicológico, que lo hacía invulnerable a la influencia y el deseo del sexo.
Él no se consideraba como los demás zoófilos. Le parecía asqueroso introducir su miembro en cualquier tipo de cavidad que se prestase para ello, odiaba a los mamíferos, siempre llenos de pelo y salivando sin descanso o haciendo ruidos insoportables. Higinio, en cambio, disfrutaba de la sutileza, la gracia, la viscosidad. Había probado con gusanos, arañas y termitas, pero nada tenía comparación con las moscas.
Un día vio en televisión un sujeto que, para romper un absurdo récord, se cubría el cuerpo con alacranes. Aunque los alacranes le asustaban un poco por el veneno mortal, la idea le pareció demasiado excitante, y decidió hacer lo mismo, pero no para romper ningún récord mundial, sino uno personal, el del mayor orgasmo de su vida.
Se desnudó por completo, se paró en medio de la cocina y alzó la cubeta sobre su cabeza. Ya algunas moscas, atraídas por la basura acumulada y la podredumbre circundante, se habían posado, curiosas, en su cuerpo. Volteó la cubeta y dejó caer sobre sí, poco a poco, las vísceras, los sesos y la sangre, hasta que se cubrió por completo y se tendió de prisa en el suelo. De inmediato las moscas volaron hacia él, y como una segunda piel, transformaron su cuerpo en una masa negra, asquerosa y zumbante. Minutos después, Higinio perdió el conocimiento, víctima de un placer profundo y descomunal, pero las moscas, enloquecidas, salvajes, carcomieron la basura que cubría el cuerpo, y luego, cuando terminaron, pasaron a la piel viva, hasta atravesarla, y empezaron con la carne, entraron por sus oídos, por la nariz, por el ano, y se dieron el banquete de su efímera existencia, mientras Higinio, ya en el umbral de la muerte, volvía al mundo conciente por un breve lapso sólo para sonreír, satisfecho por al fin sentir moscas dentro de su cuerpo.

(FIN)

26/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (#12)

#12: "Asfixia por los senos de una mujer"

asfixia por los senos de una mujer

No es bueno para esto del friltreo, es un tanto tímido, esta noche tuvo suerte, la mujer que posó sus ojos en él no padece de inhibiciones de ningún tipo y se acerca, le invita un trago, lo atraen su mirada enigmática, su pelo revuelto, su apariencia misteriosa, qué esconde este hombre, una gran pena, un secreto inconfesable, una pesada sombra del pasado, la mujer quiere saber, ahora que está despierta, su narcolepsia es inclemente, quizá se quede dormida de pronto aquí y, al despertar, el hombre este ya no esté. Vicente la recibe gustoso, le contesta, bebe con ella, baila con ella, accede sin pena a los besos, a las caricias, vamos a mi casa, dice ella, vivo cerca. La noche es joven, a Vicente le gustaría quedarse un rato más, pero a situaciones como esta no les dices que no, o lo tomas o lo dejas, y salen tomados de las manos, suben a un taxi y ahí comienzan a encender la pasión, el conductor se hace el que no los ve, ya conoce los ánimos y la falta de prudencia de los jóvenes de hoy. Llegan a la casa de ella, entran, no hace falta encender las luces, sus manos iluminan los cuerpos que tocan, no necesitan usar los ojos, mientras van desnudándose el uno al otro van tropezando con mesas, sillas, muebles, hasta que encuentran la cama, ya han llegado sin ropa hasta aquí, y la urgencia de ambos por terminar se acrecenta. Ya hemos visto, Vicente es de los que se dejan guiar, la mujer lo tumba en la cama y se le echa encima, para su sorpresa, saca unas esposas y aprisiona con una sonrisa malévola las muñecas de su amante a la cabecera de la cama, él no hace nada para evitarlo, su excitación es demasiada, ella dirige el vaivén de los cuerpos, ella es quien entra y sale, y Vicente apenas puede aguantarse, no es hasta que nota en la expresión de ella la llegada del orgasmo, por los ojos, por el rubor de sus mejillas, por los sonidos de su garganta y el temblor de su cuerpo, que decide no esperar más, regresa a su cuerpo, siente un calor que surge de lo más profundo de su ser, ya viene, está a punto. La mujer grita, cierra los ojos y cae dormida, fulminada por la narcolepsia, con los pechos desnudos en el rostro de Vicente. Él no reacciona, el golpe, el orgasmo, el cuerpo no responde, las manos esposadas se agitan sin éxito, que se levante, que se levante, piensa, pero ella no se levanta, ni se mueve, su cuerpo rígido se resiste a los débiles e infructuosos esfuerzos de su amante que, desesperado por no sentir aire en los pulmones, empieza a patalear. Siente el roce suave de la piel de la mujer en la cara, sus senos, enormes y redondos, le aplastan la nariz. No pasa un minuto cuando Vicente ha dejado de insistir, qué mejor lugar para morir de asfixia que este.

(FIN)

19/8/05

Te tenía miedo

Te tenía miedo

-¿Nada más lo hacemos por el niño, verdad?
-Sí, nada más. En eso habíamos quedado.
-Pues ojalá que sean gemelos. Así uno para ti, y otro para mí.

Ambos ríen, pero pronto el silencio regresa. Miran la cortina cerrada, no deja entrar la luz del crepúsculo, miran las velas, los inciensos, los cuadros en la pared, los zapatos tirados, y no saben qué más mirar, se les acaban los lugares para poner los ojos y no les queda más remedio que mirar en los del otro. Ella mira el reflejo de sus anteojos, se ha puesto bonita. Él no sabe cómo está, imagina su barba desordenada y su pelo desaliñado, pero no desvía los ojos. Vuelven a sonreír, y así culmina con éxito la simulación de una antesala al sexo, sabían que era pura burocracia, puros modales, no somos animales, cómo llegar, abrir las piernas y ya, así no funciona esto, si queremos que salga bonito tenemos que hacerlo con amor. Sin decir una palabra, ella apaga las velas, y en la penuria de la habitación, se saca la blusa. Él se quita el cinturón y se desabotona la camisa. Comienzan a besarse.

(...)

La calma vuelve, y ellos, abrazados, desnudos, sonrientes, vuelven a escuchar los perros ladrando y los grillos cantando en el monte.

-¿Alguna vez te imaginaste haciendo el amor conmigo?
-Jamás. ¿Tú?
-Yo sí.

Ella lo mira, asombrada, pero él mira el techo, y se le antoja un cigarro. Vuelve a abrazarlo, pone su oído en el pecho de él, escucha los latidos de su corazón.

-Para serte sincero, siempre te quise, en secreto. Pero tú decías que apreciabas mucho mi amistad, por eso no hice nada.

No sabe por qué ha dicho esto. Son confesiones inútiles, no vale la pena hacerlas. Por un momento cree que en realidad no lo dijo, que sólo lo pensó, hasta que ella levanta la cabeza de su pecho, y lo mira a los ojos. Su mirada brilla.

-Yo también. Es que te tenía miedo. Pero ya no. Ya te quiero.

(FIN)

9/4/05

en la central

El camión llegó a Ciudad Obregón, Sonora, a las tres de la tarde. El aire acondicionado se había descompuesto y el chofer anunció que había un problema con la transmisión del vehículo, por lo que los pasajeros se verían obligados a soportar el extremo ybochornoso calor de aquel lugar durante dos horas y media, más o menos, mientras reparaban el problema. Ramiro bajó su cajetilla de cigarros, su libro -"El laberinto de la soledad", de Octavio Paz-, y su cartera. Se sentó en la sala de espera a hacer lo que todos hacían, luego de ir al baño a enjuagarse el rostro invadido por la somnolencia, y esperó. Abrió su libro, lo cerró, lo volvió a abrir, y decidió llamar por teléfono a Marisol para avisarle del retraso. Los teléfonos públicos de tarjetas estaban afuera de la central, del lado de la banqueta, y hasta allá tuvo que andar Ramiro cargando con sus cigarros, su libro y su cartera.

Una mujer alta y morena aporreaba uno e los teléfonos, al borde de la histeria. Ramiro la miró extrañado y atraído por su inaudita belleza, pero disimuló su admiración bajando la vista y buscando el número de teléfono de su casa. La mujer morena se quedó de pie. Parecía consternada, y no se movió para nada. Ramiro marcó cada número con cuidado, percibiendo los ojos de aquella desconocida sobre él. Siempre había tenido ese talento inhato para atrapar las miradas y los deseos de las mujeres que se le acercaran. "Son las feromonas", le dijo su amigo el poeta.

-¿Hola? ¿Marisol? (...) Soy yo (...) En Ciudad Obregón, el camión tuvo un problema (...) Pues como dos horas y media, dijo el chofer (...) Qué va, creo que iré a comer algo y a estirar las piernas (...) Sí, un calor endemoniado, ¿y los niños? (...) Qué bien. Diles que su papi ya va (...) Bueno, te quiero, nos vemos (...) Sí, yo te llamo. Bai'.

Ramiro colgó y supo quela mujer morena no había salido de su trance hipnótico.

-¿Algún problema, señorita?
-Por favor, llámame Silvia. Escuché que estás libre para comer.
-Sí, bueno, en realidad...
-Conozco un lugar espléndido cerca de aquí. ¿Vamos?
-...Está bien.

(...)

"¿Qué le pasa a esta loca?", pensó Ramiro cuando Silvia se agarró de su brazo en la entrada del restaurante y lo condujo hacia la mesa. Lo miraba a los ojos con esa expresión seductora que Ramiro no podía resistir. Era bellísima. Se mojaba los labios rosas con su lengua cada diez segundos, su vestido azul, entallado y con un gran escote, la hacía ver como si debajo de la tela no trajera nada más que la piel. Su tez morena, combinada con la fina capa de sudor que la cubría y el cabello negro suelto sobre los hombros, le daba un toque salvaje y atrevido. Ramiro ya no pudo quitarle los ojos de encima.

Cualquiera quelos hubiera visto allí, sentados y charlando, habría pensado que eran amigos de toda la vida.

-Mi departamento no está lejos. ¿Quieres ir?
-Pues no sé... Falta como una hora para que salga mi camión.
-Es tiempo suficiente. Vente.

Fueron. Comenzaron a besarse desde la entrada. Ramiro se deshizo de sus ropas como si le quemaran, y empujó a Silvia hasta la cama, olorosa a jazmín. Ella lo dejó tendido y se puso de pie, quitándose, con una lentitud inquietante, el vestido de una sola pieza. Debajo no llevaba más que una tanga diminuta que en pocos instantes se unió al resto de las prendas en el suelo. La explosión del orgasmo, contenido por más de media hora, dejó a Ramiro hundido en las tinieblas de un sueño profundo.

Despertó y Silvia ya no estaba. Había un recado en el espejo: "Cuando te vayas dejas la luz prendida. Y por favor, no vuelvas a buscarme". Se vistió con una rapidez impresionante, y se negó a creer que la noche había invadido ya el cielo. "No... no puede ser... ¡Mierda! ¿Y mi cartera?". Sus bolsillos estaban vacíos. Silvia se llevó, incluso, el libro de Octavio Paz.

Ramiro llegó al mismo teléfono que había usado por la tarde y marcó por cobrar a su casa.

-¿Marisol? No lo vas a creer... Me dejó el autobús. Estoy en la central de Ciudad Obregón (...) Sí, todavía (...) Bueno es que... me perdí y me asaltaron (...) Sí, ya sé, soy un imbécil. Mándame dinero, ¿no? Bueno. Te quiero. Bai'.

(FIN)

28/2/05

cortina rosa

Los labios que la besaban sabían a gloria, y las manos que acariciaban su piel eran varoniles y expertas, y se metieron sigilosas debajo de su bata de dormir, y comenzaron a quitarle los calzones mientras ellasonreía y murmuraba "sigue, no te detengas". El escándalo de la puerta la despertó. Ernesto llegaba, ebrio e inoportuno como siempre, cantando canciones mezcladas de acuerdo a lo que se le iba ocurriendo, y Aurora abrió los ojos, espantada y sudando la excitación de su sueño. Su marido ni siquiera alcanzó a llegar a la cama, y se desplomó a mitad de las escaleras. La habitación tenía un aire de perturbación, la ventana del balcón estaba abierta de par en par, y el viento que se colaba daba la impresiónde que alguien había huído precipitado de allí. Lo que la dejó pensando no fue todo eso, sino su ropa interior hasta las rodillas, y la sensación en la piel de unas manos duras.

Ya iba a ser mediodía cuando Ernesto apenas salía para la oficina. Aurora ya estaba cansada de reclamos, de sermones, de pedir explicaciones o disculpas, todo sin resultado, y había preparado el desayuno y planchado la ropa de su esposo sin decir una palabra. Hasta aceptó el beso obligado de despedida,fastidiada por haberse casado con un hombre como aquel. Ya lo sospechaba, y en los tres meses que llevaban juntos lo había comprobado: Ernesto era homosexual. Se había casado con una mujer para conservar una buena imagen social, y tal vez porque a él mismo le aterraba su preferencia, pero todo apuntaba a una sola explicación. No se preocupaba por tocarla, pasando por alto sus provocaciones. Su celular estaba lleno de teléfonos de otros hombres, su maletín de recados comprometedores y de membresías de clubes gay. Y Aurora no era fea, para nada, si hasta sentía cómo el jardinero la miraba deseando su cuerpo joven hecho de gimnasio paseándose en shorts diminutos por el patio, o tomando el sol en la piscina vestina apenas con un pequeño y triste bikini. Se quitaba la ropa y se miraba en el espejo por todos lados, y no podía aceptar otra explicación.

-Él es el maricón.

A la noche siguiente, recordó el sueño tan realista que había tenido, y se quedó despierta hasta muy tarde. Justo cuando la somnolencia la dominaba, escuchó que la ventana se abría poco a poco, y cerró losojos para fingirse dormida. El hombre que había entrado destapó su cuerpo y comenzó a tocarlo, desde las pantorrillas, recorriendo los muslos, las caderas, el vientre, los senos, el cuello, y coronó su labor con un beso en los labios que Aurora correspondió. El hombre se asustó al verla despierta, y se disponía a irse, pero ella lo detuvo por el brazo, sin poder verle la cara por la oscuridad.

-Por favor... quédate.

El hombre vaciló un instante, pero al final regresó y desnudó a Aurora, y ella lo desnudó a él, y se dio vuelo con un cuerpo cuya existencia se limitaba a complacerla. Retozaron ciegos y alegres durante un buen rato, y Aurora explotó en placer dos segundos antes de que Ernesto llegara con su tradicional escándalo. Cuando recuperó las sensaciones de su cuerpo, su amante se había ido, dejándole el vacío de no ser lo que quisiera ser, en el abismo de la realidad. Ernesto la encontró desnuda sobre la cama, ruborizada y dispuesta a proseguir con su pasión. Sólo atinó a decir:

-Dormiré en la sala

(...)

Todas las noches, Aurora se preguntaba quién podría ser su amante nocturno. Tenía que ser un hombre joven para tener la vitalidad de cuatro o cinco sesiones por encuentro, dependiendo de la hora en que Ernesto llegara, y a juzgar por las propiedades físicas de su cuerpo, algún fisicoculturista muy bien dotado, o una estrella porno a domicilio. Se dio cuenta de que lo más atrayente de su relación no era el sexo en sí, sino el misterio de hacerle el amor a un desconocido. Ni siquiera tocaba su cara, para no formarse en la mente una idea de su rostro.

Estaban jugueteando en la cama sin pronunciar palabra cuando al amante se le ocurrió prender la luz del cuarto.

-Quiero ver tu cuerpo desnudo...

Aurora vio a su vez, con la claridad del foco, la cara de Esteban Parra, su joven vecino, el soltero más codiciado de la colonia.

-¿Tú?
-¿A quién esperabas? ¿A tu jardinero...?

Llegaron hasta el final aquella vez, pero Esteban no se dio cuenta del desencanto que Aurora había sufrido, y cuando volvió la noche siguiente, encontró la ventana cerrada, y una cortina rosa obstruyendo la vista. Aurora lo escuchó llegar, pero ya no le veía el caso, ahora que el rostro de su amante se había revelado. Hizo un gesto cualquiera, para no darle importancia al hombre de la ventana, y el jardinero continuó besando el cuello de Aurora.

(FIN)