Mostrando las entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas

10/2/14

Las Cuatro Nobles Verdades

Despejado

Según el budismo, las cuatro nobles verdades son:

1. La vida incluye duḥkha (sufrimiento, insatisfacción o descontento): El nacer es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, la pena es sufrimiento, así como la lamentación, el dolor y la desesperación. El contacto con lo desagradable es sufrimiento, la separación de lo que es placentero es sufrimiento, el deseo insatisfecho es sufrimiento. En definitiva, los cinco agregados de la mente y el cuerpo que producen los deseos (corporiedad, sentimiento, percepción, formaciones mentales predispuestas y consciencia discriminativa) son sufrimiento.

2. El origen del sufrimiento es el tṛṣṇā (anhelo, deseo, literalmente sed): El sufrimiento se origina en el ansia que causan los deseos, los sentidos y el placer sensual, buscando la satisfacción ahora aquí y después allí, el ansia de llegar a ser, el ansia de nacer de nuevo y el ansia de ser aniquilado.

3. El sufrimiento puede extinguirse cuando se extingue su causa: El sufrimiento se extingue con el abandono del ansia de placeres sensuales, de llegar a ser y de aniquilación, y con la ausencia de pasión, el no albergar ya más.

4. El noble camino es el método para extinguir al sufrimiento: El budismo prescribe un método, o camino, con el que se intenta evitar los extremos de una búsqueda excesiva de satisfacción por un lado, y de una mortificación innecesaria por el otro. Este camino comprende la sabiduría, la conducta ética y el entrenamiento o cultivo de la 'mente y corazón' por medio de meditación, atención y la plena consciencia del presente de manera continua.

vía

24/4/10

Pedro el apóstol [Segunda parte]


[Uno de esos es Pedro. Según]

Aprovechó unos matorrales altos y espinosos a las afueras de la ciudad para esconderse mientras transcurría el tercer día. Quizá si rezaba y demostraba su fe redimida, el cuerpo del maestro cobraría vida, tal y como había dicho. Pasó las largas horas de aquel lúgubre día entre vómitos por la peste y azotándose con una rama de espinas, mientras repetía todas las oraciones y plegarias que Jesús les había enseñado, sin resultados. Lo único que llamaba eran las moscas y los buitres que, esperanzados ante un posible doble banquete, hacían círculos sobre la cabeza de Pedro. Lloró, gritó, imploró, pero nada funcionó. Llegada la noche, Pedro cazó unas lagartijas y se las comió crudas, junto con un par de frutos silvestres. Al siguiente día repitió lo mismo, y al siguiente también, hasta que se convenció que el maestro no cumpliría su palabra. Es culpa mía, lloraba desconsolado.

Cubrió el cadáver con ramas y hojas secas, y cuando se alejaba, vio cómo los buitres se daban el festín de su vida. Anduvo por los caminos, asaltando viajeros y escondiéndose, durante casi una semana, hasta que escuchó, en un pueblo vecino, la noticia que estaba en boca de todos: que el nazareno que decía ser hijo de dios había resucitado, que se le había aparecido a su madre y que andaba todavía por ahí, curando lisiados y predicando el amor, como en los viejos tiempos. Al llegar tales nuevas a los oídos de Pedro, no pudo hacer otra cosa que robar un par de ropas limpias e ir en busca de María.

La mujer, aunque madura, todavía no podríamos decir que era una anciana, pero ya los estragos de la edad empezaban a hacerle mella. Se estaba quedando con su hijo mayor en una posada a las afueras de Jerusalén, no fue difícil dar con ella. El hijo, al principio, no dejó que Pedro estuviera a solas con María, pero cuando Pedro se quitó la capucha y enseñó el rostro, cambió de parecer al reconocerlo. Ya en la recámara, Pedro preguntó, Es verdad que has visto al maestro, y María de Nazaret respondió, Sí, otras mujeres y yo fuimos a su tumba, hace unos días, y nos habló, me habló. Dónde lo viste, cómo te habló, le preguntó Pedro, impaciente, y la mujer respondió, Lo sentí en mi corazón, estaba vivo Simón Pedro, vivo, tal como lo prometió. Pedro no tardó en reconocer el brillo de la locura en los ojos de la mujer, y después de decepcionarse, pensó que podía sacar algo de provecho. Asomado a la ventana, miraba la calle polvorienta y la gente viviendo sus vidas, como si el drama de días pasados fuese un cuento lejano y olvidado, como si su propio tormento no le interesara ni al creador de todas las cosas, cuando María lo abrazó por detrás, Eres tú, hijo mío, eres tú, estás vivo, mientras lloraba de alegría. Pedro tuvo que abofetearla para que lo soltara, Qué ha pasado, preguntó María, y Pedro, benévolo, le respondió, El maestro estuvo aquí, mientras la tranquilizaba.

Tuvieron que huir de la ciudad ante las amenazas de los fariseos. Pero se reunieron con los otros apóstoles en pueblos vecinos, y Pedro contaba cómo se le había aparecido Jesús mientras andaba vagando en el descampado, y luego como lo había vuelto a ver en el cuarto donde se quedaba María, mientras la mujer corroboraba la información añadiendo que les había mostrado, además, las heridas de los pies y las manos, y que olían a perfume de rosas. Algunos de los discípulos también percibieron el destello de sin razón en la mirada de María, pero comprendieron lo que tenían que hacer. Era su deber divino, como discípulos elegidos por el hijo de dios, convertir en verdad la promesa que les había hecho antes de morir. Costara lo que costara, enfrentándose a la persecución y a la muerte. En eso, se convencieron, consistía la verdadera fe: en ser martirizados, justo como su maestro, y ascender a las alturas, como después juraron, habían visto hacerlo a Jesús, todavía presumiendo sus heridas. Nunca le preguntaron a Pedro lo que realmente había pasado con el cuerpo, y él, a la hora de la muerte, ya no lo recordaba. En sus últimas horas, sólo alcanzaba a repetir, Lo vi subir al cielo, lo vi subir, yo lo vi.

[FIN]

---------------------
[Primera parte]

4/4/10

Pedro el apóstol [Primera parte]


[Jesús y el ángel durante el desfile del jueves en la pasión según los iztapalapenses]

1.

Una mujer se abrió paso entre la multitud, gritando, empujando, vuelta loca, con manchas de mugre en la cara por las lágrimas y el sudor, preguntando por Pedro. Simón Pedro, el discípulo del nazareno, especificaba, cuando la gente alrededor, alborotada en la calle, le preguntaba, Qué Pedro. Al fin lo encontró, oculto en la oscuridad de una esquina. Su escándalo había puesto todas las miradas de la calle en ella. Pedro, le dijo, Pedro, aquí estás, vamos, rápido, han apresado a Jesús. Pedro miró alrededor. La gente los observaba, atentos. Un hombre que, hace apenas un instante, había puesto en duda su identidad, le clavó los ojos y sonrió, Con que sí, eh, mentiroso, te han expuesto. Abrumado por aquello, Pedro no tuvo más remedio que contestar, Yo no soy Pedro. La mujer se quedó totalmente pasmada, De qué hablas, no es tiempo de bromas, nuestro maestro está preso y, un empujón, zas, hasta el suelo, la mujer no lo vio venir, Déjame en paz, no conozco a ese hombre. Ante las expresiones de asombro de la gente, qué hacía tanta gente aquí en la madrugada, nada más que alimentar el morbo de ver al que había entrado, días atrás, triunfante en la ciudad, ahora preso, como un vil delincuente, y sus discípulos perseguidos, añadámosle a este espectáculo la cobardía de quienes han quedado expuestos, y que al mismo tiempo tampoco tienen el valor para huir, como esta rata que ahora se aleja, no conforme con negar a su líder, encima ataca a una inocente mujer en la vía pública, Es una prostituta, lo tiene bien merecido, apoyaban algunos, pero los murmullos fueron acallados en un santiamén por el canto sobrenatural de un gallo, que retumbó por todas las calles y en todos los oídos, luego otro, y otro, y entonces la gente pensó que todos los gallos de la ciudad habían empezado a cantar al mismo tiempo, un canto desesperado y acusador, algo así como No juegues conmigo, Pedro, que soy el hijo de dios.

Hasta entonces, Pedro decidió huir al descampado. Desde lejos vio cómo conducían a su maestro hasta el Gólgota, cómo los romanos lo clavaban en la cruz y le encajaban una lanza, cómo la madre, hecha pedazos, lloraba sobre el cuerpo inerte y bañado de sangre. No hizo nada porque, había dicho Jesús, esto tenía que pasar, y para demostrarle a los simples mortales que en verdad era el hijo de dios y no otro lunático hablador cualquiera, resucitaría al tercer día. Luego de que vio cómo le clavaban la lanza, atravesándole el pecho, Pedro dudó que su maestro fuese capaz de traer de nuevo a la vida su propio cuerpo vuelto una piltrafa. Pero esperó. Siguió a las tropas que llevaron el cuerpo a la tumba que les habían conseguido, y luego vio a los guardias que custodiaban la entrada, al acecho de los discípulos prófugos, pues era por todos sabido que tarde o temprano intentarían venir a la tumba del amado maestro.

Pedro dormía a la intemperie, presa del hambre y el remordimiento, se atormentaba pensando que la única razón por la que su maestro no resucitaría sería su falta de fe. Haberlo negado, haberle dado así la espalda, haberle traicionado peor que Judas Iscariote, era imperdonable. Lo único que podía hacer era resucitarlo con sus propias manos. En la madrugada del tercer día, tomó por sorpresa a uno de los guardias que orinaba alejado de sus compañeros, entre las piedras, le arrebató su espada y lo degolló, inyectado de valor por su tormento mental. Se puso el casco y la capa del romano y, así disfrazado, pudo acercarse al resto de los guardias con sigilo y aniquilarlos de uno por uno, en silencio. Luego movió la piedra que cubría la tumba de Jesús, algo ciertamente más difícil que sacarle las tripas a los romanos. Tomó una antorcha y entró a la tumba. Aguantó la respiración para no desmayarse por el fétido olor, y luego, sacando fuerzas divinas, seguramente provistas por su señor, cargó el cadáver, rígido, en su espalda, y lo sacó de ahí. Cuando las mujeres vinieron, al amanecer, y vieron la tumba vacía y los cuerpos de los guardias regados por todos lados, salieron gritando excitadas, Ha cumplido su palabra, el maestro ha resucitado.

[Continúa]

-----------------

[Segunda parte]

7/3/10

Dios te salve [parte dos]


[Fuente original de la imagen]

2.

Esto de los celulares es una verdadera maravilla. Le permiten mirar, una y otra vez, como si el tiempo no fuera más que una broma de mal gusto, al nuevo recluta en la ducha, en la cama, paseándose por la habitación del hotel desnudo, asomándose al balcón, susurrándole suciedades, con esos ojos grandes y esos labios rojos, tan joven, tan inocente, tan incrédulo. Está en juego la salvación de tu alma, le decía, purifícate, mientras le dirigía la mano a su entrepierna. Se estaba poniendo duro, cosa que, a su edad, ya le costaba más trabajo, pero este jovencito no necesitaba tal esfuerzo, cuando abrieron la puerta del despacho de golpe, el padre Tomás sabe que no debe hacer eso, pero, o le importa un bledo, o es excesivamente torpe, o las dos cosas. Disculpe mi insensatez, monseñor, le dice, nervioso, sin saber dónde poner los ojos, Qué quieres, Tomás, habla, El... el... el muchacho... está aquí...

Bendito sea, murmuró Ramón, que en esta sacrosanta institución, y más bien en el mundo entero excepto en casa de la madre de sus hijos, era mejor conocido por su verdadero nombre seguido del tratamiento, padre Miguel, Hazlo pasar, qué esperas. El padre Tomás sale corriendo del despacho, se persigna y reza luego de cerrar la puerta, sabe, en el fondo de su corazón, que arderá por siempre jamás en el fuego del infierno, qué saca él de esto, qué gana, si ya ni siquiera se lo cogen, ahora que ha envejecido, llegar a los 26 no le ha sentado nada bien. Adopta una postura totalmente distinta mientras baja por las escaleras de caracol hacía el patio de la iglesia, de una solemnidad autoritaria, juntas las manos, sereno el semblante, llama con un grito al muchacho y le hace una señal para que se acerque, hará bien irlo preparando para lo que le espera, le pone una mano en la cabeza, realmente es hermoso, sólo 15 años, alto, moreno, robusto, ojos brillantes, abundante cabellera, es perfecto, la bondad pura, Hijo mío, le dice, el padre Miguel va a recibirte, has tenido mucha, mucha suerte, te has ganado el cielo, le dice, mientras suben las escaleras, el padre Tomás, como si fuese la cosa más natural del mundo, lo lleva tomado de las nalgas, mientras el pobre muchacho tiembla de miedo.

El padre Miguel no puede esconder la emoción cuando lo mira en el umbral del despacho, ahí, de pie, vestido con unos harapos, limpios, pero siguen harapos, el pelo alborotado, la piel lampiña, es un ángel del señor, no hay duda. Pasa, hijo, pasa, le dice, y el muchacho da unos pasos inseguros, Te han dado de comer, Sí señor, responde, agachando la cabeza, Y qué tal, Muy rico señor, le han dicho que así debe dirigirse a este hombre, que es un santo, con respeto y sin cuestionarlo, así le hubiesen dado de comer mierda, que entre eso y lo que le espera, no hay gran diferencia. Tienes miedo, le pregunta el padre Miguel, No señor, responde el muchacho, pero la voz lo delata, las manos sudorosas, las rodillas a punto de venirse abajo con todo y cuerpo, Padre nuestro, que estás en el cielo, empieza a rezar el muchacho en su cabeza, pero no le alcanza el tiempo, el padre Tomás ha salido del despacho ante un gesto del padre Miguel, y ha cerrado la puerta, con órdenes de no molestar. Bueno, criatura, le dice el padre, qué esperas, quítate la ropa.

3.

Dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre jesús, dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre jesús, dios te salve maría... El padre Miguel reza frente un altar improvisado en la mesita de noche de la habitación del hotel, donde ha adoptado la identidad de su alter ego, el doctor Ramón González. Ha sido un día duro, sobre todo para Omarcito, que se lo ha tenido que pasar encerrado hasta hace dos horas, cuando por fin llegó su padre para llevarlo a dar un paseo. Cenaron hamburguesas, que no son muy diferentes a las de México, Para eso he venido, se lamentaba el niño, en su cabeza, por su puesto, su madre no ha parado de decirle que sea agradecido y amable, pues su papá lo único que quiere es su bien, Julio tenía razón, no hubiera venido, piensa, mientras se da un baño de burbujas en el jacuzzi y juega con un barco en miniatura que trajo con sus juguetes.

Y bendito es el fruto de tu vientre jesús, recita Ramón, ha terminado el rosario, ahora puede ponerse de pie, apagar las velas, y prepararse, que para eso ha venido. Siente que va a eyacular de sólo pensarlo, pero se contiene, respira, no puede arruinar el momento, siete largos años, desde que lo tomó en sus brazos el día que nació, salido de esa sucia cavidad femenina, fantaseó con este día. A Julio lo había tomado de 9 años, hace ya dos, y no había sido sencillo, pero Omarcito era dócil, y frágil, sus tiernos siete añitos no representarían mucha resistencia. Respiró una vez más, Alabado sea el señor, pensó, y se metió en el baño, ya sin ropa.

[FIN]

-------------------------------------
[Primera parte]
-------------------------------------

Más información:

5/3/10

Dios te salve [parte uno]


[Miguel Ángel. La Sagrada Familia con el infante San Juan Bautista. c. 1503-05/ Fuente original]

1.

Antes de la cena, oraban, y se comía rápido y en silencio. Su marido siempre había sido un hombre muy religioso, desde que lo conoció en un parque, casi una década atrás. Sus canas plateadas y finas, sus facciones amables y serias, sus ademanes elegantes, su inteligencia abrumadora: características suficientes para cautivar a una muchacha de 18 años y convencerla de formar una familia sui generis, con 35 años de diferencia. Casémonos, le decía ella al principio, pero él no cambiaba de opinión, Para qué, si dios sabe que nos amamos. Hace mucho que dejó de insistir. Ramón, ay Ramón, a pesar de sus ausencias prolongadas, del relativo abandono en que los tenía, a ella y a los hijos, de los secretos y las mentiras, ella no podía olvidar que lo amaba, como se ama el aire o el agua, que sabemos que, sin ellos, no podríamos vivir.

Los niños se ponían contentos cuando su padre llegaba de sus viajes. Pasaba cuatro, cinco días, una semana a lo mucho, llevándolos de paseo, comprándoles regalos, mimándolos hasta el cansancio, y los niños no podían estar más agradecidos y felices. Sólo Julio, el mayor, que al ir creciendo se había vuelto más callado, más nervioso, pero los juguetes y dulces de su padre no tardaban en devolverle la sonrisa al rostro. Así son los niños.

Tengo un anuncio que hacer, dijo Ramón, después de persignarse, cuando todos habían terminado la cena. Voy a Europa, de negocios, y me llevo a Omarcito. El niño sintió que volaba, a sus tiernos siete años, no sabía dónde era Europa, pero le encantaban los viajes. La madre se entusiasmó, el padre los abrazó, pero a Julio le sudaron las manos y se le encogió el estómago. Él todavía recordaba el viaje al que había ido con su padre, a Colombia. Cómo olvidarlo.

Ya en su habitación, a punto de dormir, Omarcito planeaba qué juguetes se llevaría al viaje, su oso de peluche no podía faltar, el carro de carreras, el videojuego. Julio, irritado, le ordenó que se callara, que se metiera de una vez a la cama. Su hermano obedeció. Se quedaron los dos, en silencio, cada uno en su cama, Omarcito arriba, Julio abajo, mirando por la ventana, esperando, cerca de una hora, y entonces Julio dijo, No vayas. Qué, preguntó Omarcito, No vayas al viaje, repitió Julio en un susurro. Por qué, Por favor, te pido que no vayas. Omarcito se quedó muy quieto, callado. Luego se dio la vuelta hacia la pared, Tienes envidia, y se durmió.

(...)

Raras veces hacían el amor, y cuando Laura lograba convencer a Ramón, tenía que aguantar que la penetrara por el ano. No le desagradaba del todo, pero llegaba un punto en que estaba cansada, se le llenaba la cabeza de ideas disparatadas, Por qué le gusta así, pero no decía nada. Él era tan bueno, mejor no pelear, que nunca está aquí y yo haciendo escándalo por nada. Laura se puso boca abajo, metió la cabeza en la almohada y dejó que el marido, le gustaba decirle marido, o esposo, aunque no estuvieran casados y supiera que nunca lo iban a estar, dejó que el marido, decíamos, se sirviera a su antojo. Él volvió a persignarse, susurró Amén, y empezó. Ella gimió un poco, pero no llegó al orgasmo. Ramón sí, Bendito sea, dijo cuando acabó. Luego se tumbó en el colchón y se quedó dormido. Laura se quedó despierta un rato, mirándolo. No sabía cómo se había enamorado así. Luego de un rato, el teléfono móvil de Ramón vibró en el tocador, y estaba a punto de caerse, cuando Laura lo cogió y, sin pensar, contestó. Sí bueno, Padre Miguel, preguntaron del otro lado, No, se equivocó señor, Virgen santísima... perdón, Ramón González, busco a Ramón González. Laura iba a decir que estaba dormido, pero eso hubiera sido una mentira, Ramón ya tenía los ojos abiertos y puestos en Laura, que sólo atinó a decir, Un momento, por favor. Le pasó el teléfono a su esposo, él se lo quitó con violencia, Por qué contestaste, reclamó, se puso de pie y, desnudo, salió de la recámara para tomar la llamada. Laura sólo alcanzó a escuchar un Te he dicho que no llames aquí, mientras Ramón cerraba la puerta tras él.

[CONTINÚA]

--------------------------------------------
[Segunda parte]
--------------------------------------------

Más información:

12/12/09

Yo no quería venir



Cuéntenos todo lo que recuerde, señora, le dice el policía, ya en la comisaría, cuando la mujer hace una pausa en su largo llanto para respirar, se enjuga las lágrimas con el dorso, se sacude la cabeza, y sólo atina a decir, Es que yo no quería venir, señor. Pero no se puede con mi suegra. Si no es como ella dice, está mal hecho, desde el caldo de gallina hasta el doblado de los calzones, y mi marido, ese inservible, hace lo que sea para complacerla. Y cuando nos dijo el doctor que ya no se podía hacer nada por mi niña, pues yo dije, Ya, ¿verdad señor? Ni modo, qué hacer, y me resigné, y estaba muy en paz, la cuidaba, ya sabe, trataba de hacer que estuviera bien, los días que le quedaran, digo, para qué hacerla sufrir más, para qué hacerme sufrir más, si apenas puedo con esta vida ingrata que hasta ahora no me ha dado más que penares. Y le dije a mi marido, Ya, déjalo, mira, cuando menos lo esperes, nuestra niña se nos va a ir y tú por andar buscando un milagro no vas a poder disfrutar el tiempo que nos queda, pero él no entendía, pero era por mi suegra, vieja desgraciada, ella tiene la culpa, señor. Bueno, ella y la virgencita.

Es que yo nunca creí, la verdad. Cómo decirle… Era como pensar que existe la magia, pues. Que con ir de rodillas y cantar y rezar se le desaparecen los problemas a uno. Y pues son más las veces que no pasa nada, ¿me entiende? Son más las veces en que no importa lo que uno haga, la vida dispone, y nada, pues qué, uno se aguanta, señor. Mi suegra no puede caminar ya, pero le dijo a mi marido que nos trajera, y le dio dinero, y mi marido, inútil como siempre, obedeció, aunque yo le dije que no quería venir, que para qué. Pero tampoco lo iba a dejar que se trajera a mi hija así como así, no señor, pues tuve que venir, aunque no quería. Viajamos tres días, mi niña estaba ya medio muerta, y a menos que la virgencita nos la fuera a revivir, yo estaba piense y piense que este méndigo viaje más había fregado a mi niña que lo que le había ayudado. Ya en la noche, cuando llegamos al atrio, yo me quedé con mi niña cerca de la puerta, muerta de miedo, no sabía que hubiera tanta gente en el mundo, y que se quisieran juntar tanto, cuando otras veces nomás puras caras chuecas, puras mentiras, puras hipocresías. Me senté al lado de mi niña, le di agua, la pobre, hubiera visto su carita, estaba muy cansada, le dije Ya, ya casi nos vamos, y ella me veía con esos ojos que me echó la vez que la recogimos del hospital, después del accidente, como pidiéndome algo, Mamá, por favor, eso quería decir esa mirada, y qué le decía yo, señor, nada más me quedé ahí, recargada en la silla de ruedas, acariciándole las piernitas, tratando de consolarla.

Mi marido, el muy cabrón, quién sabe dónde se había metido, y cuando yo empecé a escuchar las murmuraciones me asusté, primero pensé que algo le había pasado, luego escuché bien, decía la gente, La virgencita está llorando, Dicen que es sangre, Milagro, milagro, y yo me asomé para dentro, a ver si veía al inútil ese, pero no, desde donde estaba alcanzaba a ver a mi niña, pero luego todo pasó tan rápido, no supe qué hacer, señor, no supe… La señora vuelve a quebrarse. El oficial le pasa otro pañuelo y una galleta. Cálmese, señora, cálmese, le dice, pero lo cierto es que le da mucha lástima. La mujer, sucia y maloliente, está desconsolada. No tiene corazón para hacerla seguir contando su relato, ya todos sabemos en qué acabó. Pero, por otro lado, cree que le hará bien a la mujer desahogarse. Que diga lo que tenga que decir. Si quiere le paramos, le dice, y la mujer suspira con fuerza, hace señas con la mano, No, no, ya me calmo, toma otra vez aire y continúa hablando.

Ahí estaba mi niña, a unos poquitos pasos, pero las murmuraciones fueron más veloces, de pronto toda la gente que estaba en el atrio se abalanzó hacia las puertas, corrían eufóricos, gritaban, se jalaban los cabellos y lloraban, Milagro, milagro, Alabado sea el señor, y no sé qué más, y mi niña, todavía alcancé a ver su carita espantada antes que alguien me tumbara, me ayudaron a levantar pero por más que yo les gritaba Mi hija, mi hija, nadie me hacía caso, la gente histérica trataba de entrar a la basílica y yo quería ir para afuera, pero no pude, no pude con la gente… Parece que empieza a llorar de nuevo, pero se detiene antes. Ya cuando todos estaban que no se podían mover, les empecé a dar de codazos y a pisarlos, y me decían de cosas pero no me importaba. Ya no estaba donde la había dejado. Empecé a gritar como loca mientras todos rezaban y lloraban por el milagro, pero nadie se preocupó por mi niña. Ya después cuando llegaron los otros oficiales encontramos la silla por allá, bien lejos, y pues hasta en la mañana cuando se despejó la gente dimos con su cuerpecito, todo quebrado, todo molido, la pobre… Yo no quería venir… Yo no quería venir…

Rompió en llanto de nuevo y esta vez el oficial decidió parar el interrogatorio. Cuando se llevaron a la mujer, terminó de llenar el expediente y, tras el punto final, pensó, Que hijos de puta. Luego se arrepintió en su mente, no fuera pensar la virgencita que ella también. Luego pensó otra vez, en todos los reportes de personas aplastadas y tragedias parecidas que faltaban por llenar… y cómo se le ocurre llorar sangre con tanta gente junta… Que insensatez, de veras. Seguía otra mujer, con el brazo roto, que tenía a su mamá desaparecida… Se asomó a la puerta y le dijo a la secretaria, Échame a la que sigue, Lupe, y dejó la puerta abierta.

[FIN]

11/11/09

La puerta del cielo


[Imagen de: http://www.notitarde.com/]

El puré, de hace tres días, empezaba a ponerse grumoso y seco al mezclarse con los barbitúricos. Gueno estuvo a punto de añadirle apenas un chorro de agua para ver si recuperaba la consistencia original, pero recordó que Sol, cuyo cuerpo vacío empezaba a oler a podrido, les había dado instrucciones precisas de no modificar la fórmula, so pena de condena eterna, y si había algo a lo que Gueno temía más que a cualquier otra cosa de este mundo, era a la condena eterna. O al menos hasta ese instante así lo creía, pero estaba equivocado. Atravesó la cocina y llegó hasta la habitación donde Damar asistía a la última compañera, Pem. Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzadas sobre el pecho, como había visto en las películas, aunque nadie les había dicho si debían hacerlo así, todos los treinta y ocho tripulantes, excepto Sol, y tal vez porque de la emoción ni siquiera se acordó, habían decidido irse con los brazos así dispuestos. Cuando Gueno entró en el cuarto, Pem intentó por un instante respirar, trató de hacer llegar sus manos hasta las de Damar, que detenían la bolsa en su cabeza, se rindió a mitad del camino y con un último suspiro, se fue. Damar suspiró también, luego de comprobar que el cuerpo había quedado hueco, se volvió para mirar a Gueno y reconoció el terror en sus ojos, aunque pensó que era el reflejo de los suyos y, avergonzada, los apartó.
A ellos nadie los ayudaría. Sin decir una palabra, Gueno le dio el tazón de puré a Damar y esperó. Ella se quedó inmóvil un instante, luego dio tres pasos hacia la única litera que quedaba vacía, subió la escalera y se sentó con las piernas cruzadas. Gueno la veía, sintiendo desde el fondo de su ser cómo la angustia y el miedo ascendían hasta la garganta, estremeciéndole los nervios y tensándole los músculos. En menos de tres minutos, Gueno estaba invadido por la incertidumbre, convencido de la estupidez que estaba a punto de hacer, y decidido a no continuar con una locura de tan graves consecuencias. No puedo hacerlo, dijo en voz alta sin pensarlo. Damar, que ya estaba comiendo el puré, ni siquiera le dirigió una mirada de compasión, ni de curiosidad, nada, con la vista clavada en el puré siguió comiéndolo, y cuando el tazón estuvo vacío, se recostó y dijo, Te condenarás. Pero Gueno ya tenía un pie fuera de la casa, azotó la puerta y cuando ya bajaba por el jardín, regresó a cerrar con llave, como tenía por hábito.
Caminó durante horas hasta que los nervios empezaron a descender. No se había llevado ni una chamarra y trataba de cubrirse del frío agachando la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, sin mucho éxito. Había llegado a las calles lúgubres del centro, dudando entre ir a la estación de policía o telefonear a su madre para pedirle un giro, pues su mente, de alguna manera, había regresado a la normalidad en la huída, volvía a ser práctica y metódica, y no una pizarra en blanco en la que Sol escribía sus más disparatados deseos para ser cumplidos sin chistar, por lo que ahora tenía una enorme cicatriz negra en lugar de genitales. Pensaba, por ejemplo, que si acudía con la policía lo arrestarían por homicidio, y que si pedía ayuda a su madre no podría cobrar ningún giro porque no tenía identificación. Se había convertido apenas en una sombra sin identidad, sin rumbo y sin razón de ser. Mejor hubiera sido comerse el puré y morir como el resto del grupo, ahora que la vida no tenía más sentido.
Se topó con una pequeña multitud que se arremolinaba frente al escaparate de una tienda de televisiones, todas transmitiendo el noticiario de cadena nacional a las siete, cosa rara, pues el horario habitual era a las diez. Gueno se detuvo al ver en el recuadro, junto a la cabeza del presentador, la foto del cometa con una forma extraña y brillante al lado, que, según el boletín que leía, hasta ahora no podía verse por la posición de la Tierra respecto del cuerpo celeste. El experto que habían invitado, un astrónomo de la NASA, declaraba por teléfono que posiblemente se trataba de uno de los que hasta ahora habían llamado objetos voladores no identificados, nombre que ya no tendría sentido usar, y que el cometa quizá no era un cometa, sino una fuerza luminosa hasta ahora desconocida para la ciencia humana, dirigida por la nave espacial. El presentador, al terminar la entrevista, declaraba ante los ojos atónitos del mundo que era un momento determinante para la historia moderna, qué digo moderna, para la historia de todos los tiempos, hemos descubierto, con pruebas fehacientes al fin, y no por rumores incoherentes de lunáticos obsesivos, que no estamos solos en este mundo, no señor, y que debemos prepararnos para recibir, en futuros días, la visita de civilizaciones superiores, que lucharán por conquistarnos y esclavizarnos, tal como nosotros hemos hecho tantos siglos con nosotros mismos.
Fue entonces que Gueno comprendió que nunca debió dejar de temer a la condena eterna, pero ya no había nada qué hacer.

[FIN]

11/10/09

Canto a Ruy



1. Dicen que en la vida de todas las personas, llega un momento en que la muerte nos comienza a acechar en todo momento, llevándose a nuestros seres queridos, a las personas cercanas a nosotros, a nuestros vecinos, conocidos y familiares, como una epidemia de la que vamos sobreviviendo hasta que nos llegue la hora. Lo cierto es que la muerte está siempre ahí, vigilante, impetuosa, atenta a cada paso, a cada movimiento, y sucediendo todos los días, a todas las horas, en todos los instantes. Lo único constante de la vida, es la muerte, pero la sociedad del consumo (a la que últimamente le echo la culpa de todo) la ha vuelto un asunto cotidiano y tan natural como los fenómenos metereológicos, anunciando en los noticieros que ayer murieron tantas personas en un ataque terrorista, por ejemplo, y que para hoy se espera una lluvia ligera durante la noche. La muerte está, está siempre, sólo que algunas veces, se nos muestra más visible que otras.

2. Una de las funciones primordiales del pensamiento religioso (pero, según muchos antropólogos, no la única ni la que le da origen) es la de darle al hombre la esperanza de la eternidad, sembrar en su mente la idea de que, una vez que el cuerpo haya cumplido con su ciclo vital, y si es que nos hemos comportado conforme a lo dictado por los dogmas preferidos, un alma, espíritu o esencia inmaterial se desprenderá, liberada de su cárcel carnal, para ir al encuentro con lo divino y lo trascendental, que es por definición puro, imperecedero y feliz. Es un consuelo poderoso y sin duda, una buena razón para creer en un ser imaginario superior que nos libre del suplicio sin límites que provoca la pérdida de un ser querido o el pensamiento de la propia muerte. Pero, ¿qué hacemos nosotros, los incrédulos (porque es bien sabido que "ateo" es una palabra fea y un calificativo indeseable, insultante, peor que "homosexual")? ¿A qué podemos aferrarnos? ¿Cómo lidiar con el hecho concreto, impostergable, de la muerte? Confío, como siempre, en una perspectiva optimista (o positivista, como dicen en la televisión, burlándose con su ignorancia del pobre de Comte), en celebrar los recuerdos, las memorias, y los actos sucesivos que constituyeron la vida de aquellos que amamos y que se nos van muriendo, alegrándonos por la afortunada coincidencia de haberlos topado en nuestros caminos provocando un cambio de ruta, un nuevo enfoque, enseñándonos una importante lección o una nueva palabra, guiándonos con su sabiduría acumulada y poniendo en práctica sus invaluables consejos. En fin, convertir la agonía y el dolor que nos provoca la pérdida, en una felicidad basada en la celebración de la casualidad de la vida, pensar en la interminable cadena de sucesos que tuvieron que darse para que los caminos se cruzaran, y en la maravilla que eso representa en un universo del que no somos más que un pestañeo.

3. No lo conocí muy a fondo, ni muy bien. Lo que Freddy me contaba de él era suficiente para formarme en mi cabeza la idea de una persona admirable, digna de confianza, plena de fuerza y de valentía para enfrentarse con un mundo que siempre se mostró hostil y despiadado, como a todas las personas justas y comprometidas que en él habitan. Las pocas veces que lo vi, y que charlamos, capté los destellos de su sabiduría, de su rabia, de su pasión cada vez más gastada, de sus fuerzas cada día más roídas, no por las personas a su alrededor, sino por la sociedad en la que uno vive, por los fantasmas del pasado, por la maldición de la consciencia de saberse parte de esa sociedad injusta y miserable, donde puede más la corrupción y la desfachatez que la honestidad y la responsabilidad. En esta breve relación, conseguí respetarlo, admirarlo, apreciarlo y valorarlo como una persona excepcional. Duele que se haya ido así. Hasta siempre, Ruy: tu recuerdo, aunque breve, pero profundo, vivirá hasta siempre mientras sigamos haciendo eco de tu voz, mientras tus ideas y anhelos se sigan reflejando en nuestra acciones, y mientras nos empeñemos en hacer de esta sociedad un lugar mejor para todos.

------------

"No me llores, no/ no me llores, no/ porque si lloras yo peno/ en cambio, si tú me cantas/ yo siempre vivo/ y nunca muero..."

7/10/09

El argonauta del pacífico occidental [2 de 2]



2.

Por la noche, agotado, recogió la vela y se dejó llevar por la corriente. El mar, es verdad, era peligroso, pero si tenía que morir, moriría, sin importar los rituales o la magia. Vaya disparate, pensaba, temblando de coraje, vigilando el firmamento despejado y tranquilo, Y pensar que tantos años me equivoqué. Estaba decidido a viajar hasta encontrar una isla donde no practicaran la magia, donde pudiera vivir libre de rituales estúpidos y sinsentido, sólo ocuparse de trabajar y comer, nada de iniciaciones, ni ceremonias, ni canoas mágicas. En algún lugar de este mar debe haber un lugar así, se dijo.

Dos mil metros arriba de su cabeza, arropados por la oscuridad de la noche, los traficantes de diamantes gritaban desesperados y discutían por sus vidas. El conductor del helicóptero esperaba instrucciones, el líder de la banda, tenso, analizaba las opciones que tenían: una, arribar al puerto y entregarse sin resistencia al ejército, sabiendo que los matarían; dos, arribar al puerto y luchar contra ellos hasta morir; tres, estrellarse contra el mar y morir de todos modos. Uno de los miembros de la banda lloraba de desesperación, No quiero morir. De todos modos vamos a morir, pero podemos arruinarles el decomiso a esos imbéciles. Ordenó, al fin, que arrojaran los diamantes al mar, terminando así con su largo viaje por tierra, por agua y por aire, que prepararan sus armas y que trataran de morir dignamente, como hombres que eran. Así lo hizo el piloto.

Estaba a punto de amanecer y Najut ya cantaba victoria cuando escuchó un ruido extraño en el cielo. Miró hacia arriba pero sólo vio sorpresivas nubes de tormenta arremolinándose sobre su cabeza. Después de un trueno que partió el cielo en dos, empezaron a caer las piedras por todos lados. Eran brillantes, más duras que cualquier piedra que hubiera visto antes, cayendo con resplandor de fuego. Golpeaban por todos lados, dándole con tanta fuerza como un coco pétreo en la entrepierna, provocando que el agua se revolviera, que la canoa se agitara y que Najut pensara en la muerte. Entre el estruendo de los rayos y el incremento tempestuoso del oleaje, Najut no sabía qué hacer, sólo podía cubrirse la cabeza con los brazos y esperar que aquello terminara. Humillado y confundido, trató de convencerse de la imposibilidad de aquel acontecimiento, Esto no está pasando, repetía como único consuelo, cuando una piedra lo golpeó en la frente y lo dejó tumbado en el piso de la canoa, rodeado de la apacible oscuridad del otro mundo.

Eso creyó él cuando despertó y descubrió el mar en calma y el piso de la canoa alfombrado por una capa uniforme de piedras brillantes, afiladas como espinas. El sol le daba en la cara y la sangre seca en la frente le había dejado la piel dura. La vela, partida, no le serviría para continuar el viaje. Resignado, se lavó la cara con agua de mar y, en la transparencia de las aguas, alcanzó a ver en la profundidad una gigantesca, imposible, serpiente marina, avanzando con lentitud justo debajo de la canoa, acechándolo sedienta de sangre.

Varios cientos de metros debajo del mar, el marinero avisó al capitán que habían detectado un objeto pequeño, inmóvil, sobre la superficie, pero no podían identificarlo. El capitán, hombre patriota, preocupado por la fiabilidad del informe que presentaría al presidente de la nación sobre la situación de estas aguas nuevas y desconocidas, aunque pensaba que no sería más que basura o algas flotantes, ordenó que se acercaran lo suficiente como para mirar por el periscopio electrónico. Tuvieron que dar tres vueltas antes de emerger a la superficie, ante la mirada atónita de Najut, quien, presa del pánico, empezó a susurrar el conjuro que repelía a las serpientes marinas. Pero la gran masa negra, cuyo resplandor se confundía con el del agua salada, no se detenía. El argonauta, fuera de sí, vio cómo la boca del animal ya lo tenía al alcance cuando, sin más, su ojo negro se sumergió y la serpiente se alejó a toda velocidad, dejándolo otra vez en manos del silencio implacable del mar.

Ya con el sol descendiendo, la corriente lo llevó hasta un punto en que, más allá del horizonte, Najut alcanzó a vislumbrar una difusa capa de tierra. No era esa la isla con la que usualmente comerciaban y practicaban el Kula, pero era tierra, al fin estaría a salvo. Comenzó a remar con el brazo, víctima de un furor espontáneo, y no se percató de la nube de roca que se le acercaba por detrás hasta que vio su sombra en el agua y escuchó el estruendo de su música demoníaca. Eran las ninfómanas del mar. Desnudas sobre su nube, se deslizaban por el mar cazando a sus víctimas, los seducían con los calores propios del cuerpo y los destrozaban en sus vaginas carnívoras. En verdad, Najut las imaginaba diferentes: con cuernos y cabellos de serpiente, siete brazos y piel de calamar. Pero estas eran, sin duda gracias a sus artificios, muy parecidas a las mujeres, sólo que de piel de durazno, de cabellos de oro y con los senos pequeños y rosas. De no haber sabido que eran monstruos, Najut las habría considerado hermosas.

Las chicas, embriagadas y bajo los efectos de fuertes alucinógenos, se sorprendieron cuando encontraron en mar abierto a este pobre indígena a punto de la deshidratación. Una de ellas, verdadera pervertida como luego asegurarían sus compañeras de parranda, en especial la hija del dueño del yate en el que habían zarpado a la paradisíaca ilegalidad de las aguas internacionales, propuso que lo rescataran pues, decían, los nativos de aquellas islas extravagantes eran famosos por sus miembros inmensos y desproporcionados. Además se va a morir, dijo otra, y de inmediato entre todas buscaron una cuerda y se la lanzaron. Sólo dos o tres protestaron, Se suponía que era una fiesta de mujeres, enojadas porque creían que sus fantasías lésbicas podían hacerse realidad fuera de los ojos del mundo, pero nadie les hizo caso.

Esta vez, a Najut no le sirvieron los conjuros. Ante su resistencia para trepar por la puerta, dos de las bestias come-hombres bajaron por una escalera y lo llevaron por la fuerza al yate, donde se vio hundido y asfixiado por las pócimas más mortíferas que jamás hubiera imaginado, que le quemaban las entrañas, y rodeado de pieles sudorosas, manos imparables, lenguas curiosas, piernas sofocantes y gritos ensordecedores cuando le quitaron el taparrabos que cubría sus vergüenzas y se dieron cuenta que era verdad lo que decían de los indígenas de aquella región. Su miembro exuberante, por fortuna, fue su salvación: algunas de las mujeres, asustadas por aquella obscenidad, ni siquiera se atrevieron a tocarlo, y las que decidieron a montarse en aquel animal vigoroso no aguantaron más de una sesión. Najut pronunciaba, resignado, los conjuros contras las ninfómanas, pero nada las detenía, y entonces empezó a pedir perdón y protección a los ancestros para que le permitieran sobrevivir a la amarga y despiadada tortura de tan bárbaros demonios sexuales.

Antes que el sol saliera, se acercaron a la costa y lo dejaron ir, libre y vivo de milagro, entre risas, besos y aplausos que él no entendía. Exhausto y desamparado, se dejó caer en la arena y lloró. Pero antes de levantarse, y al ver la luz del sol iluminando esta nueva tierra con sus primeros rayos, pronunció el conjuro ritual, Permite, oh gran Babut, que mi alma se expanda por mi cuerpo como la luz del nuevo día por el cielo, para que la oscuridad me deje libre para seguir adorando a mis ancestros.

(FIN)

------------------
[Primera parte]

3/10/09

El argonauta del pacífico occidental [1 de 2]



[Basado en "Los argonautas del Pacífico Occidental", del antropólogo polaco Bronislaw Malinowski]


1.

Su hijo murió en sus brazos una tarde cualquiera, como todas las que se sucedían sin cesar en aquel rincón olvidado de dios, y su mujer sólo aguantó la enfermedad dos meses más. A veces los niños mueren, le dijo su Maestro a manera de frío, único e insensible consuelo, y lo apresuró para llevar a cabo el entierro, no le fuera a traer mala suerte el cadáver. Najut, con la oreja ensangrentada, pareció obedecer: en silencio y sin consultar a sus parientes, cavó un hoyo en la tierra, en una esquina del patio de su choza, y colocó el pequeño cuerpo envuelto en hojas de palmera sin mencionar las palabras rituales, ante la estupefacción del pueblo entero, que lo había seguido en silencio, lo había observado cavando, lo había visto arropar a su hijo, pero nadie había movido un dedo, presas de la expectación y paralizados por semejante herejía, fascinados al mismo tiempo por la presencia descarada del mismísimo demonio. Su Maestro lo reprimió con severidad cuando empezó a echarle la tierra encima, Nuestros ancestros no nos lo perdonarán, nos condenarás a todos, a lo que Najut contestó con parquedad, Ya estamos condenados, y el consejo de ancianos, al que le sobrevivían sólo dos miembros, acordó que apenas se recuperara su mujer, este hombre peligroso sería expulsado de la isla para siempre.

No esperó a que su mujer se recuperara. Condenado al más estricto aislamiento por el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, que ya no podían hablarle más a menos que quisieran infectarse de su impureza, sólo podían observar a Najut pasear entre los árboles de la isla en los días siguientes a su expulsión de la comunidad, lo vieron talando el árbol seleccionado sin mencionar el conjuro para la protección de la madera de las serpientes marinas; lo vieron cortarla y tallarla, pasando por alto el hechizo para la repulsión de las ninfómanas del mar, y echarla al agua sin el ritual específico para evitar la lluvia de rocas en altamar. La isla más cercana estaba a dos días de navegación, pero sus vecinos y amigos estaban convencidos de que su canoa ni siquiera lograría pasar la primera ola.

Se preguntaban entre ellos qué le habría pasado para que se volviera un hereje, pero no concebían una razón. Estaba en camino a convertirse en el sucesor de Qat, el mayor y único hechicero que la isla tenía. El Maestro Qat le había enseñado toda clase de conjuros que, de su boca, no habían fallado ni una sola vez. La infalibilidad de la magia de Najut inspiraba en la gente del pueblo un profundo respeto, pero también cierto temor. Por supuesto, les parecía extraño que anduviera por ahí, preguntando si a alguien alguna vez lo habían atacado las serpientes marinas, o si se había visto atrapado en una lluvia de rocas, o si sabía de alguien que hubiera muerto en las vaginas insaciables de las ninfómanas del mar, pero todos sabían que los hechiceros jóvenes eran por regla excéntricos y mal educados. El Maestro Qat le instaba a dejar de hacer ese tipo de preguntas, Najut nunca hizo caso, y las hacía en los momentos menos esperados, en los banquetes, en las celebraciones, en las iniciaciones de los más jóvenes, en las visitas obligadas de la mañana. Y todos temían que, si le mentían, serían víctimas de su magia, por lo que la única respuesta que obtenía era No, nunca he visto nada de eso.

La cosa es que, cuando la mujer de Najut enfermó, él mismo realizó el ritual que se hacía para que las canoas no se hundieran en medio del mar. Creyó que el efecto mágico en su futuro hijo sería el mismo que daba inmortalidad a la madera de las canoas, pero se equivocó, la magia, siempre poderosa, siempre eficaz, esta vez no tuvo efecto alguno. Cuando lloraba frente al cadáver de su hijo, le confesó a su Maestro lo que había hecho y él, enfurecido, le dijo que los conjuros que le había enseñado sólo funcionaban para el Kula, no para la gente, Hacer lo que hiciste es un sacrilegio, es querer que te den un collar a cambio de otro collar. Najut se puso como loco, su Maestro pensó que estaba poseído: gritaba, blasfemaba, decía que la magia era una estupidez, que no servía para nada y que él y los demás hechiceros lo único que hacían era engañar a la gente con poderes que no eran reales. En ese momento, el Maestro Qat le arrancó de la oreja la pluma que lo distinguía como aprendiz de hechicero. Minutos más tarde, daría un paso más y lo desterraría de la isla.

Pasados los dos meses, su mujer murió. La escena del funeral anterior se repitió, Najut cavó un hoyo, envolvió a su mujer y la cubrió de tierra sin más formalidad. Esta vez, el hechicero había prohibido a la gente acudir, así que todo el pueblo se había repartido en las chozas de los vecinos de Najut y espiaban cada movimiento con morbosidad enfermiza. Apenas acabó, se dirigió a la canoa profana que había construido. Soltó la cuerda y la echó al mar, y los vecinos, atentos desde sus cabañas, creyeron entender que lo que Najut quería era suicidarse, víctima de la lluvia de piedras. Su madre, que lo veía desde la puerta de su choza, lloró durante días enteros luego que se fue, pensando que una serpiente marina se lo comería, pero nadie hizo nada para detenerlo. Lo vieron alejarse en el horizonte, con la cara dura y sin expresión, le desearon que, al menos, no se topara con las ninfómanas de mar, los más terribles monstruos, y él, sin mirar atrás, izó la vela y emprendió el camino.

[Continúa]

------------------
[Segunda parte]

5/1/09

Último día



1. He disfrutado mucho estas vacaciones, de alguna manera, no han sido como las anteriores. Ahora me siento mucho más relajado y tengo seguridad, estabilidad y confianza en mi vida, que es lo que realmente necesitaba. Sé que puedo ser alguien, sólo necesito paciencia. Ver a algunos amigos me llenó de dicha, pero sobre todo, ver a mi familia. Es que cuando uno estudia antropología se da cuenta que en realidad, no son mi familia por los lazos sanguíneos, o cómo explicaría el cariño hacia mi tío D, por ejemplo, sino por las relaciones personales y sociales que he establecido con ellos. Lejos, en aquella urbe de acero, sólo tengo a F, y aquí me siento en compañía, de quienes me quieren y se preocupan por mí. Eso me llena de fuerzas para seguir.

2. Quisiera decirles, para empezar, que la vida no es sencilla. Que un día van a tener que dejar a los papás y continuar por su camino, y que el mundo no les va a poner las cosas fáciles. Es verdad que el dinero es una mierda y que el sistema es terrible y opresor, creador de masas ignorantes y consumistas, pero también es verdad que no hay de otro. Somos, sin duda, individuos libres, y por eso mismo hemos decidido continuar reproduciendo los patrones de conducto, siendo sus cómplices desde el momento en que permanecemos en la sociedad. No hay de otra. Pero no por eso hay que quedarse callados. No sirve de nada, por ejemplo, negarse a ver la tele, o no ir a mcdonalds, pero sí sirve tener una mirada crítica, dejar de creer en los medios, fomentar otros modos, otras formas, respetar, tolerar y promover las diferentes maneras de pensar. Creo firmemente que cualquier modo de pensar es válido, pero también que el fanatismo religioso hace mucho daño, y eso es lo que en verdad no tolero, porque soy enemigo de la ignorancia, porque la libertad sin conocimiento es esclavitud. Creer sólo por creer no tiene sentido.

3. El puerto que me vio nacer va en camino desenfrenado a convertirse en un producto más para las necesidades consumistas de los ricos. No se necesitan tantos hoteles en una ciudad tan pequeña. Mientras, por un lado, las calles permanecen sin pavimento, los camiones cumplen 30 ó 40 años de viejos, y la cultura del narco y el "pseudoprogreso" prolifera, del otro lado hay grandes inversionistas haciendo su minita de plata, vendiéndole a la gente ilusa la idea de que, embelleciendo las zonas turísticas Mazatlán alcanzará el nivel del primer mundo. Lo único que yo veo es una enorme tienda departamental, ofreciendo sus productos y servicios a gringos engreídos y rascistas que disfrutan dando órdenes a gente con un color de piel distinto. Pobres mazatlecos, creyendo que su ciudad progresa cuando en realidad, la están vendiendo.

4. Me harté de pararme y sentarme como idiota. Al principio me parecía interesante mirar con otros ojos la liturgia católica, y pensé, Será divertido escuchar el sermón del padre. Fue divertido, sí, ver cómo todos sabían los cantos y las alabanzas, fue fascinante y muy interesante ver cómo creen que así rinden culto a un ser que no conocen y que nunca conocerán, y después de estallar, fue asombroso ver cómo la gente paga 10mil pesos por un lugar diminuto dentro de la iglesia donde las cenizas de sus cuerpos reposen. Simplemente increíble. Pero no pude soportar al padre diciendo una sarta de pendejadas sobre el derecho a la vida y aconsejando a los padres para que no dejaran abortar a sus hijas. Dijo, "Ahora, con toda esa mugre de la liberación, nuestras hijas corren peligro", ni más ni menos. Me dieron ganas de apedrearlo. Por hacer que la gente lo escuche. Por hacerles pensar que tiene la razón. ¿Qué clase de personas lavan el cerebro de la gente de esa manera? ¿Con qué clase de ideas basura llenan las cabezas de gente que necesita que le digan lo que tienen que hacer, porque viven sumidos en la ignorancia? Y lo decidí: continuaré (o iniciaré) alguna clase de campaña contra las creencias religiosas. La superstición, como siempre he dicho, nubla la razón.

5. Por increíble que parezca... Extraño el df. Pero también, a unas horas de partir, ya estoy extrañando Mazatlán.

-------------------
"Porque allá donde voy me llaman el extranjero"

6/4/08

La condena [3 de 3]



[ADVERTENCIA: El siguiente relato contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

"Y... ¿cómo has estado?", preguntó Francisco, mientras le traía un vaso con agua a Gabriel. Algo le decía que no era bien recibido. Pero no se explicaba por qué. No le había hecho nada. Había mantenido su distancia todo este tiempo, le dijo, para dejar que sus padres se calmaran. Pero después de tanto esperar, había perdido la paciencia, necesitaba verlo. Acariciar su rostro duro, su cuello suave, su espalda cálida, su piel blanca. No había aguantado más, y venía a convencerlo de que no necesitaba el perdón de Dios. Que lo que habían hecho no era un pecado, que había sido, nada más, amor. Francisco se rió. Enfadado, le dijo, "Eres sólo un niño, ¿qué entiendes del amor?". Y Gabriel no supo qué contestar. Era verdad que era un niño, pero no como los demás, Francisco le había dicho que eso le atraía de él, que no era igual a los demás, que podría pasarse la vida entera abrazándolo, besándolo, haciéndole el amor. ¿Ya se le había olvidado? Fue Gabriel quien se levantó del sofá y fue a sentarse más cerca de Francisco, fue él quien le puso la mano en la entrepierna, mientras Francisco tragaba saliva, fue él quien le dijo, "Hay que hacerlo como despedida", y le bajó la bragueta, pero Francisco, con la sangre fría, le sacó la mano y se cerró el pantalón, diciéndole, nada más, "No, Gabriel. No".

Estuvieron un rato en silencio, escuchando la lluvia, reviviendo, cada uno en su mente, un pasado incómodo y doloroso, producto del azar. Una calentura de Francisco, una ilusión de Gabriel, ¿qué había sido aquello? ¿A dónde se había ido? ¿Regresaría? Gabriel deseaba que sí. Había visto a otros muchachitos gay en estos cuatro meses. Isaac, por ejemplo, un joven de su edad, de cabello chino y con una perforación en el labio, que incluso llegó a obsesionarse por Gabriel; o Luis, uno no tan varonil, con el cabello teñido que no salía mucho de antros... Pero ninguno había sido tan pasional y tan intenso como Francisco. Lo necesitaba. "Mira, Gabriel, ya habíamos quedado que no podía haber nada entre nosotros", le dijo Francisco. "Tú sabes a qué vine, lo siento. No te engañé". Había dejado de llover. Francisco se levantó y abrió la puerta, "Adiós, Gabriel".

Ya sin poder disimular las lágrimas con la lluvia, Gabriel salió del departamento de Francisco y abrió el portón de la calle. Por casualidad, un hombre, unos tres años mayor que él, estaba a punto de tocar uno de los timbres cuando Gabriel salió. "Disculpe", le dijo al hombre, y miró su cara: tenía los ojos negros y los labios gruesos, piel morena y cabello chino. Gabriel no le prestó más atención y salió corriendo, de regreso al metro, con el corazón doliéndole.

(...)

Creía en los ciclos. Gabriel creía que, cuando se quería avanzar y superar una situación que terminaba de forma abrupta, como lo de Francisco, había que cerrar un círculo con un ritual que asemejara el inicio de dicha situación. No sabía donde había leído algo así, pero era su única alternativa para olvidarse del primer hombre de su vida. Así pues, un día que descansó, regresó a aquella sex shop.

Parecía haber pasado mucho tiempo, pero todo estaba igual. Las mismas personas detrás del mostrador, los mismos estantes, las mismas películas, y las mismas tarifas para las cabinas. Se acercó a ellas, algo nervioso, y cuando tomó una para "leer la sinopsis", levantó la vista de forma disimulada, como había hecho cuando notó que Francisco estaba frente a él, pero esta vez, nada más, no había nadie. Francisco no estaba otra vez frente a él, y no iba a sonreirle, ni a guiñarle el ojo, ni a decirle "Chico, que rico...", no iba a meterse con él a la cabina y a quitarse todo, excepto la camisa y la mochila, nunca supo qué guardaba allí. No iba a pasar todo eso porque Francisco, justo ahora, mientras Gabriel lo evocaba con el pensamiento, cómo es la vida, su amado entraba por la puerta de la tienda y se dirigía, sin mirar alrededor, al mostrador, la encargada le daba un tubo de lubricante, él pagaba y sin decir más, se iba.

Tuvo que seguirlo. No iba a quedarse ahí, nada más dejándolo irse. Tenía que intentar algo, hacer un último esfuerzo por revivir en él la nostalgia, los sueños que sólo atacan a los adolescentes, las ansias de vivir algo prohibido, para ambos, para él por sus padres, para Francisco por Dios, ¿quién era más importante? "A mí no me importa Dios, soy ateo", pensaba Gabriel, mientras seguía a Francisco no tan de cerca, lo seguiría así, oculto, sin que lo viera, hasta su casa, una vez ahí, sería improbable que lo rechazara, que lo obligara a volver, a lo mejor, nada más por puro instinto, Francisco le permitiría pasar, le invitaría un vaso de agua, se sentaría a su lado, alzaría las cejas, "¿Qué piensas?", mientras le sonríe, luego su mano, disimulada, iría hacia la entrepierna de él, suave, relajada, y Gabriel, temblando como siempre, le acariciaría el rostro, ese rostro duro, con arrugas, que tanto le excita, y se besarían un rato, no mucho pues Francisco es impaciente, cerraría las cortinas para evitar a los vecinos fisgones, se quitaría la camisa, en algún lugar de esta casa guarda su preciada y misteriosa mochila negra, enorme, luego el pantalón, y obligaría a Gabriel de una forma no tan sutil (poniéndole el pene en la cara y empujando en su boca) a practicarle una felación que se prolongaría un rato, hasta que se fueran a la cama, todavía terminando de desnudarse, y Gabriel se le subiera encima, le pusiera el condón, usara saliva como lubricante y se pusieran a brincar, a cambiar de posición, una y otra vez hasta que las piernas le dolieran, entonces le diría a Francisco, "Ya", y Francisco se quitaría el condón para eyacularle en la cara.

Pero cuando llegaron a la estación del metro, Gabriel vio cómo Francisco se encontraba con alguien, alguien que lo estaba esperando ahí, sentado afuera, un hombre moreno, de ojos negros y con labios gruesos, el mismo hombre que había llegado a casa de Francisco el día de la despedida, el que estaba a punto de tocar su timbre cuando él salió, y le dejó la puerta para que pasara, y pasó, y tocó la puerta del departamento de Francisco, y éste antes se asomó por la ventana, y cuando vio que no era Gabriel, una sonrisa se dibujó en su rostro y abrió, radiante, "Llegas tarde, como siempre, chico", le dijo, y apenas cerró la puerta tras de él, lo empezó a besar, apasionado, ya había cerrado las cortinas, se lo llevó a la cama, a tropezones mientras se deshacían de sus estorbosas prendas. Y Gabriel, al verlos juntos, al verlos irse juntos, al ver su sonrisa cómplice, al verlo alzarle así las cejas, guiñarle así el ojo, hablarle con esa ternura, tal y como lo hacía con él, comprendió la verdadera razón de por qué lo suyo era imposible, y entendió que Francisco no quería el perdón, sino la condena. La condena para quienes lo amaran.

Se fue a su casa contento. Porque tarde o temprano, aquel hombre moreno, de labios gruesos y ojos negros, iba a sufrir como él, a llorar como él, a seguirlo y descubrirlo con otro jovencito ingenuo, porque era imposible no enamorarse de alguien como Francisco, de sus ojos claros y brillantes, de su cara dura con arrugas, de su bigote perfecto, y de los misterios en su mochila.

(FIN)

31/3/08

La condena [2 de 3]




La semana siguiente volvió a la misma sex shop donde había conocido a Francisco, más o menos a la misma hora, para ver si de nuevo lo encontraba. Pero no. Decepcionado, se metió a la tienda de discos de enfrente, y anduvo deambulando un rato entre los estantes. Estaba mirando un disco de The Doors cuando alguien detrás de él le dijo, "Yo lo tengo. Si quieres te lo presto", y Gabriel reconoció enseguida el acento hondureño de Francisco. Intercambiaron frases de sorpresa, como si fuesen amigos que no se ven muy seguido, Qué haces aquí, Pues ya ves, donde vinimos a encontrarmos, Que casualidad, ¿no? Sí, que casualidad. "¿Cómo te llamas?", preguntó Francisco, y Gabriel le dijo su nombre. "Yo me llamo Francisco", le dijo él, y Gabriel le dijo que ya lo sabía, que le había dado su teléfono. "¿Y entonces por qué no me has llamado?". Rieron. A Gabriel aquel hombre le parecía adorable, con su bigote recortado con precisión milimétrica, sus pestañas largas, un lunar en la mejilla y su mochila negra y enorme, repleta de misterios.

Salieron de la tienda de discos y comenzó a llover. Francisco iba para el metro, y como Gabriel no tenía nada qué hacer, lo acompañó. La verdad, aunque hubiese tenido algo qué hacer, lo habría acompañado, el hondureño lo había atrapado por completo. Llegaron corriendo a la estación, se detuvieron cerca de la taquilla, y Francisco, despidiéndose, le dijo que vivía por el metro cuitlahuac, que cuando quisiera visitarlo, ahí estaba su casa. "Puedo... no sé, hacerte de comer, es que no tengo ni tele, recién regresé a México", y Gabriel sonrió. "Bueno, entonces, cuando quieras, ¿okey?". Gabriel no pudo resistirse, después pensó que había sido un atrevimiento insólito para su temperamento, pero no se arrepintió: "¿Y si quiero ahora?", le preguntó. Francisco lo miró algo sorprendido. Pero no dijo nada. A él también lo había atrapado el niño este.

(...)

Por fin tocó el timbre. La lluvia no había amainado en lo absoluto. Ahí parado, le pareció una completa locura. Ni siquiera le había avisado que vendría. Tal vez calculó mal los sábados (Francisco descansaba un sábado sí y uno no), y hoy andaba trabajando. Esperó. Volvió a tocar. Miró su reloj. Las doce del día. Hacía mucho tiempo que no se veían. Desde... la última vez que había llegado aquí de imprevisto, traía las maletas con su ropa. Y Francisco le había dicho que algo entre ellos era imposible. Le confesó que era misionero. Que lo habían expulsado de la hermandad por haber intimado con el hijo de uno de los superiores. "Sólo fue sexo oral", dijo, excusándose, pidiéndole perdón sin tener que hacerlo. Por eso había regresado a México. Para pedir perdón.

A Gabriel le había parecido lo más absurdo del mundo. ¿Pedir perdón? ¿Acaso no debía sentirse arrepentido, entonces? Y no parecía hacerlo, pues Gabriel ya había ido a su casa en tres ocasiones, habían tenido mucho sexo, todo el día, y Francisco no parecía tener la más remota culpa en el pecho, al contrario, lucía radiante, más joven. Feliz. Gabriel había venido en busca de refugio: les había confesado a sus padres que era gay, y lo habían corrido de su casa. No podía volver. Francisco lo dejó quedarse esa noche. No hicieron nada. A la mañana siguiente, lo incitó a disculparse con sus padres, a regresar a su casa, le dijo que ellos estarían preocupados y se inventó todo un discurso sobre la familia y su importancia que Gabriel se creyó y volvió.

Desde entonces no se había animado a regresar a su casa. Había pasado un tiempo. Cuatro meses, más o menos. Pero Gabriel lo seguía recordando. Recordaba los vellitos que le nacían de la nariz y que llegaban hasta sus cejas. Recordaba la manera en que se convulsionaba cuando tenía un orgasmo. Recordaba la primera vez que lo había penetrado, cuando preguntaba a cada instante, "¿No te lastimo?". Era un hombre tierno, cariñoso y atractivo. No necesitaba pedirle perdón a Dios. Seguro también lo extrañaba. Bajo la inclemente lluvia, Gabriel sonrió con optimismo y volvió a timbrar.

Escuchó ruido del otro lado del portón. La puerta se abrió y Francisco apareció, sonriente, diciendo "Chico, que insistencia...", pero se calló al ver la cara empapada de Gabriel. "¿Gabriel? ¿Qué haces...?", y otra vez se detuvo. Se quitó de la puerta para que el joven pasara, y luego de asomarse a ambos lados de la calle, cerró, y puso el pasador.

[CONTINÚA]

4/3/08

La condena (1 de 3)



[Advertencia: El siguiente cuento contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

1.

Cuando bajó del microbús, la lluvia se había desatado con toda su furia. Las gotas de agua caían con tanta fuerza que dolían en la cabeza. Gabriel no llevaba nada con qué cubrirse, iba tan sólo con la ropa puesta, y siete pesos más. Era una suerte que hubiese empezado a llover así: las lágrimas se le habían confundido con el agua, y Francisco no notaría que estuvo llorando. Cruzó la calle y se detuvo en la puerta blanca, al lado del negocio de baterías de coches, y estuvo un rato ahí de pie, sin tocar el timbre del número 2, pensando con temor. ¿Qué le dirá a Francisco? ¿Qué le responderá él? Después de todo, su relación ni siquiera había empezado. Un día, Francisco lo invitó a su casa y él aceptó la invitación. Lo único que sabían el uno del otro eran sus nombres, y que estaban deseosos de acostarse juntos. Así, parado afuera de su casa, recordó la manera tan azarosa en que se habían conocido.

(...)

Estaba harto de ocultarlo. Harto de masturbarse y sentirse culpable, harto de tener que mirar de reojo a los hombres que le gustaban, por temor a que la gente lo descubriera. Había reunido todo su valor adolescente, no podía ser que ya tuviera 18 años y se mantuviera virgen. En su día de descanso, fue a la zona rosa y se metió en una cabina de sex shop. Había escuchado en una conversación ajena la de cosas que pasaban en esos lugares. Primero, deambuló un poco por la tienda, poniendo especial atención en los dildos y las revistas gay. Y en la sección de videos, lo encontró. Francisco llevaba su mochila negra, repleta de misterios, en la espalda. Su bigote perfecto, su cabello canoso, sus ojos claros y brillantes se cruzaron con los ojos cafés, el cabello largo y las manos temblorosas de Gabriel. Francisco era más bajo. La verdad no era un hombre fuera de lo común. Es decir, de haberlo visto en la calle, pasando, tal vez hubiese sido merecedor de una mirada furtiva, y lo habría olvidado en el acto, vestido como vendedor (pues lo era), con los zapatos viejos y la mochila sucia, no habría pasado de ahí, quién sabe, tal vez antes se habían cruzado otras tantas veces en la calle y ninguno había reparado en el otro. Pero ahí, en la complicidad de la sección de videos para las cabinas, ambos se habían fijado en el otro, y se habían empezado a desear.

Con el corazón acelerado, Gabriel tomó uno de los videos y lo llevó a la caja. Pagó una hora de cabina y se fue, con el video, hacia la parte posterior de la tienda, sin dejar de mirar a Francisco. Seguro él captaría el mensaje, seguro lo seguiría, seguro se meterían en la misma cabina y tendrían sexo apasionado y furtivo. Se sentó y puso el video. Para su gusto, el volumen estaba demasiado alto, los gemidos de los protagonistas retumbaron en sus oídos, y sintió vergüenza. Después de todo, estaba en un lugar público. Miró por el agujero que daba a la cabina de al lado, pero estaba vacía. Igual que la del otro lado. Ni siquiera había logrado una erección, de lo nervioso que estaba, así que entreabrió la puerta y asomó la nariz, para ver si Franciso (aunque no conocía todavía su nombre) aún estaba allá afuera, sin animarse a entrar. Pero no lo vio. Ya no estaba en los videos. Frustrado y decepcionado, cerró la puerta, y se apretó la cabeza con los brazos, a punto de llorar de rabia, sin saber con exactitud por qué.

Alguien tocó a la puerta. Gabriel dejó de hacer ruido y se puso de pie, otra vez con el corazón acelerado. Volvieron a tocar. "¿Sí?", dijo Gabriel, y del otro lado preguntó alguien, con acento sudamericano, "¿Se puede?". Gabriel abrió por dentro y allí estaba él. Rojo, temblando, con la frente sudorosa y la mochila en la espalda. Sonrieron, Francisco pasó y cerraron la puerta. Y sin decir una palabra, comenzaron a besarse, como si hubiesen estado esperándose la vida entera. Atrapados en un apretado abrazo, Gabriel pudo sentir la erección de Francisco en su pierna, y pensó, lleno de excitación, que aquel hombre era al menos 20 años mayor. Luego se enteraría que le llevaba 23 años, la edad de su padre, y aquello sólo conseguía encenderle más los instintos.

Se bajaron los pantalones y Francisco abrió la boca por segunda vez para preguntar, "¿Qué te gusta?". Gabriel, sintiéndose cómplice de una locura, devolvió la pregunta, "¿Qué te gusta a ti?". Francisco acercó la boca a su oído y murmuró, "¿A mí? Me gusta... besar... abrazar... penetrar...". La luz de neón, tenue y oscura, le daba a la escena un aire de sensualidad que Gabriel jamás hubiese imaginado para su primera vez. Tomó un condón de la mesa, lo abrió como había leído cientos de veces que debía abrirse un condón, y se lo colocó a Francisco, quien ya empezaba a perder la erección, quién sabe si por los nervios. No consiguieron la penetración, así que Gabriel retiró el condón y empezó a chupar. Un rato respués sintió el sabor salado del semen inundando su boca, miró la cara de Francisco, que parecía estarse convulsionando, y tragó, satisfecho.

Francisco sacó de su mochila una libretita y una pluma. Escribió su teléfono y su nombre en una hoja y, mientras todavía se fajaba los pantalones, se lo entregó a Gabriel y le dijo, con su atractivo acento (que más tarde se enteró, era hondureño) "Me llamas, ¿eh?". Gabriel asintió con la cabeza y se guardó el papel mientras veía irse a Francisco. Luego, ya solo, se masturbó, saboreando todavía lo que, por primera vez, acababa de probar.

[Continúa]

21/1/08

Piedras




Desde que la vio aquel infortunado día, supo enseguida que su fin estaba próximo, pues estaba escrito en su destino el rigor de las rocas. La verdad era que estaba esperando a que llegara el momento por pura curiosidad, quería saber quién, cómo, y si en verdad se consumaría el delito o serían puras calumnias. La primera cuestión era si el adulterio lo cometería él o ella. La fecha de su boda la sabía lejana, lejanísima, y el día en que vio a aquella mujer extraña, pecadora, vestida de rosa, supo, pues, que jamás llegaría a conocer a su esposa. Una vez develado este primer misterio, necesitaba saber el temperamento y la posición del marido de la mujer vestida de rosa, la cual, más tarde se enteró, resultó llamarse Hessén, igual un nombre poco común, pero aceptable viniendo de una extranjera, y como toda buena extranjera, predispuesta al adulterio, en especial con jovencitos.

El marido era un prominente comerciante con muchos, muchísimos amigos e influencias. La primera vez que estuvo en la cama de Hessén, ella sonreía mientras correteaba entre las cortinas, desnuda, burlándose de él. "Es que cuando te descubra mi marido", le decía, "¿sabes qué pasará?", y él contestaba Sí, estamos condenados, le decía, y ella se dejaba alcanzar, y cuando estaba apresada en sus brazos, le decía, cínica, Yo no, tú. Aquello no podía ser menos verdad. El poder de su marido era tal que incluso alcanzaba para salvar a su mujer de la muerte, pues ya otras tantas ocasiones lo había hecho. Kelú acudía al lecho de Hessén con una opresión en el pecho, pues no había ocasión en que ella negara que lo que hacía con él, ya lo había hecho otras tantas veces con otros tantos hombres cuyos huesos descansaban resquebrajados en el desierto. Más bien parecía presumirlo, sin dolerle ni un poco la conciencia. Después le decía, ¿Y sabes qué es lo peor? Que cuando te apedreen a ti, te olvidaré y me buscaré otro amante.

Kelú estaba convencido de que el marido no la vigilaba en sus prolongadas ausencias, pues sabía que una mujer tan hermosa tenía necesidades obvias para su condición que él mismo no podía satisfacer. Y en sus viajes trataba de no pensar, de hacerse el ignorante, pero cuando llegaba y olía el cuello de Hessén, hedionda a sudor y a arena, a camellos, a gritos, a calor, y su sonrisa de desfachatez, y su impertinencia, el odio lo dominaba y no tardaba en averiguar quién había sido esta vez. Para Kelú fue bueno saberlo desde antes de conocer a Hessén, por eso tampoco dejaba de visitarla, no tanto porque la mujer le pareciera con encantos irresistibles, sino porque iba caminando directo hacia el destino que desde siempre supo le pertenecía.

Los guardias, cuando fueron por él, ya tenían el agujero preparado, y Hessén estaba ahí, con sus ojos grandes brillando, quién sabe si de tristeza o de emoción, y Kelú pensó que tal vez aquel agujero había pertenecido a otro amante suyo, de similar edad y condición, y que la escena ya había sido representada tantas veces frente a ella que se había vuelto insensible. El marido también se encontraba allí, y bastó una señal de su brazo para que las personas reunidas, todas ávidas de justicia, castigo y sangre, lanzaran las piedras que le destrozarían poco a poco los huesos.

Y a pesar de los golpes, Kelú permaneció erecto, mirando los presuntuosos ojos de Hessén, hasta que ella levantó la mano y lanzó una piedra con una puntería que, no cabía duda, había sido perfeccionada por la práctica, y fue a impactarse entre los ojos del joven adúltero, y lo bañó en los placenteros y húmedos campos de la inconciencia eterna.

(FIN)

14/1/08

Para ser verdad (parte dos)




2.

Pensó en irse de rodillas todo el camino, pero no quería salir en algún noticiario y hacer famoso el caso de su hija. Aquello era entre la virgen y él, un favor que le había pedido y que ella le había cumplido. Lo que le prometió, lo cumpliría, pero hasta ahí. Ni pensar en volverse religioso, meterse en alguna iglesia o ir a predicar de casa en casa, ni loco. Como vio que mucha gente se ponía de rodillas hasta llegar a la entrada de la basílica, él hizo lo mismo. Cargando el enorme arreglo floral, se incó y avanzó. El suelo ardía, tuvo que detenerse un par de veces a descansar antes de llegar a la puerta. Adentro el piso estaba fresco, pero ya se había herido las rodillas y de todas formas dolía. Cuando llegó hasta el altar, fue un alivio para él.

Gracias, gracias, gracias. Repitió gracias no supo cuántas veces. Nadie parecía acordarse de él, hoy no le prestaron mayor atención. Se santigüó cien veces, recitó las oraciones de las que se acordaba con la mayor devoción, y cuando pensó que ya la tarea estaba hecha, se puso de pie y se disponía a volver a casa, cuando una inspiración súbita lo obligó a pronunciar, en voz alta, Usted disculpará, virgencita, que venga aquí nomás por cumplir, pero es que la verdad no me lo termino de creer. Una señora que estaba cerca le respondió, Pues créalo, señor, o la virgen se va a echar para atrás. Él le sonrió, le dijo, Cómo, si es la virgen, dio media vuelta y se retiró del lugar. Caía la tarde.

Pasó a compartir la noticia con sus hermanos y compadres. Llegó a su casa ahogado de euforia, con unas ganas tremendas de ver a Natalia. Pero ya desde la entrada a la vecindad escuchaba los rumores. Como rezos. Luz de velas. Pétalos de flores por las escaleras. No alcanzó a empezar a preocuparse, porque antes que cualquier pensamiento negativo se formara en su cabeza, ya había llegado a su casa. Las vecinas, con velos negros y rosarios en la mano, rezaban. Aurora estaba sentada en un rincón, con cara de fastidiada, las piernas cruzadas. Genaro empujó a la gente, se abrió paso con violencia hasta la recámara, donde el cuerpecito de Natalia yacía, inmóvil, con los ojos cerrados, pálida como la luna, en la cama, traía puesto el vestido blanco de su primera comunión, parecía un angelito.

No le dijo nada a nadie, sólo habló de aquello con Aurora. El escándalo que harían. Sintió, después de todo, que se había librado de un peso enorme. Bueno, al menos no había muerto en medio de dolor y sufrimiento. El pequeño milagro había servido para que Natalia terminara sus días con tranquilidad, según le dijo Aurora, dijo que tenía sueño, se fue a acostar y dejó de respirar. Genaro le contó lo que le había dicho la señora en la basílica. Y Aurora respondió, Le vas a creer, gente loca. Y Genaro le dijo, Sí, verdad. Era demasiado bueno para ser verdad.

[FIN]

-------------------
[Primera parte]

10/1/08

Para ser verdad (parte uno)




1.

Su hija lo despertó pegándole unas ligeras cachetadas que se sentían como piquetes de mosquito. Ya, carajo, gritó, y cuando abrió los ojos, y vio el rostro iluminado de Natalia, sonriendo, colorada, con los ojos brillándole, Genaro lloró. Abrazó a la niña y sin poder contenerse, lloró casi una hora, mientras Natalia intentaba safarse de sus brazos, sin entender por qué la efusividad, y repetía, Papá, tengo hambre, suéltame. Ay virgencita, repetía Genaro. Gracias, gracias. Su mujer, incapaz de formular un razonamiento cualquiera, se negaba a creer lo que sus ojos le mostraban. Debo estar soñando, alcanzó a murmurar, cuando al fin Genaro soltó a la niña y ésta corrió a los brazos de su madre postiza, quien la noche anterior había estado pensando ya en los fuertes gastos del funeral.

Nunca se había cansado de repetirle a Aurora, Vas a ver, mujer, Natalia se va a curar, vas a ver. Los doctores ya habían dado el caso por perdido, y a Genaro se le ocurrió, un día, ir a la basílica. Hacía, cuánto, diez años, hasta más, que no ponía un pie en la iglesia, desde el bautizo de Natalia. No se le había ocurrido otra cosa. Había gastado todo su dinero en medicamentos, tratamientos, consultas, viajes. Nadie podía hacer un diagnóstico seguro. La niña sufría, todas las noches, y nadie podía hacer nada por la pobre. Así el día anterior, gastó lo que quedaba de su ahorro en un arreglo de flores, y se los llevó a la virgen. Le prometió quién sabe cuántas cosas si le curaba a la niña, se estuvo en el altar, incado, toda la tarde, lloró y gritó, y uno que otro creyente le daban palmaditas en la espalda, Se va a poner bien tu hija, vas a ver, tú ten fe.

Llegó a su casa y la niña estaba dormida. Tuvo pesadillas horribles, pero apenas había conciliado el sueño, Natalia estaba de pie, despertándolo y anunciando que tenía hambre. Increíble, inexplicable. No se cansaba de mirarla. La miró comer con entusiasmo, parecía que nada había pasado desde que cayó enferma, hablaba con fluidez de lo que haría en la escuela, que ya quería ver a fulanita porque era su mejor amiga, que la maestra la iba a regañar porque no había hecho las tareas. Y Genaro no le quitaba los ojos de encima, impresionado. Terminaron de desayunar y él fue el primero en levantarse. Le dio un beso a su hija y le dijo a Aurora que iba a la basílica, a dar gracias. Tomó su chaqueta y se fue, solo.

[Continúa]

-------------------
[Segunda parte]

1/12/07

El milagrero



Hay una multitud tan grande en la puerta de la casa, que el taxi se niega a dar vuelta en la esquina, y se ve obligado a caminar. Román se enfurece, ya los había corrido a todos el día anterior, los había amenazado con llamar a la policía, lo cual no funcionó, hasta que les dijo que le prendería fuego a la casa, y entonces sí, ni su fe pudo tanto, y salieron todos corriendo, espantados. Pero ahora... No iba a soportarlo más. Al diablo con la casa y los millones que le darían al venderla, al diablo con la memoria de su tío Monse que se la había heredado, al diablo con todos y con todo, ya estaba harto. Se abrió paso entre la gente, empujando a los inválidos, insultando a los sordos, tropezando con los ciegos, A ver, cabrones, háganse a un lado, esto no es la Corte de los Milagros.

Llega por fin a la reja y descubre que ahora sí se han sobrepasado. Abierta de par en par, los creyentes hacen una larga e impaciente fila para llegar al cristo milagrero. La cadena que mantenía cerrada la reja, a salvo de los fanáticos, no aparece por ningún lado. De seguro fue esa vieja, Fulgencia, piensa Román, y vuelve a abrirse paso para saltar la enorme fila y llegar hasta la recámara donde reposa, en medio de un altar con toda clase de ofrendas, la santa imagen. Oiga, no se meta, haga cola, le dicen los pobres infelices, y Román responde, insultante, A la chingada, esta es mi casa, y les saca el dedo. Había sido muy paciente con todos al principio. Incluso, cuando creyó que aquello podía ser negocio, puso una canastita con un letrero que versaba, "Una limosnita para el santo milagrero", pero nada, estos pobretones qué iban a tener, si estaban igual o más jodidos que él mismo, con lo que sacaba de la canastita no le alcanzaba ni para pagarse el desayuno del día siguiente. Entonces no venía tanta gente. Estaba seguro que Fulgencia había hecho propaganda por medio mundo, hasta conseguir reunir a esa multitud para que la policía no pudiera llevárselos a todos. Maldita mujer, pensó, es un demonio.

Lo sabía bien, nadie sino él tenía la culpa de aquello. Por mostrarse tan condescendiente cuando llegó, por dejar que pasaran en grupito a ponerle una velita que él mismo apagaba y tiraba a la basura en cuanto se iban. Luego volvían y preguntaban por la vela, y Román, en tono burlesco, les decía que a lo mejor dios se la subió al cielo, y las mujeres, Fulgencia siempre entre ellas, se persignaban y se hincaban a rezar y a darse golpes de pecho, mientras Román se divertía. Hasta entonces todo iba bien. El problema empezó cuando trajeron a un niño que nunca había podido caminar. Los papás lo dejaron frente al altar, rezaron unas dos o tres horas, y de pronto el niño tuvo unos ataques horrorosos, se convulsionaba por todo el suelo de la habitación, los ojos blancos, Fulgencia seguía rezando, todos los demás no podían hablar de la impresión, hasta que, justo cuando la mujer terminó el rezo, el niño se calmó, y como por arte de magia, se levantó del suelo y se colgó del cuello de su madre, espantado. Desde entonces desfilaron por su casa todo tipo de enfermos y discapacitados, para pedir por su salvación ante el enorme cristo que su tío muerto había dejado en la recámara más grande de la casa, y que desde siempre, según Fulgencia, había hecho milagros.

Entra en la habitación casi pisando a los allí reunidos. A los pies ensangrentados del cristo, Román descubre el velo negro y roído de Fulgencia, arrodillada, pidiendo por los pecados de todos con una devoción exagerada. A la mitad del camino Román ya no consigue avanzar. Le grita desde allí a la mujer, pero ella, absorta en su trance místico, no escucha más que el rumor permanente de los rezos. Les grita, Largo de mi casa, fuera todos, pero nadie hace caso. Hay unos cinco o seis tipos que se retuercen todos, babeando y con las manos en alto. Román siente un poco de miedo, pero ya, no hay otra solución. Ha intentado todo, y nada parece detener lo locura que produce el cristo milagrero. Una vez se lo llevó en su coche al basurero, le dio una fuerte suma a un pepenador para que lo resguardara, y cuando regresó a su casa, el cristo, desafiante, otra vez estaba clavado en la pared, a la espera de sus fieles, burlándose de Román. En otra ocasión intento destruirlo con un hacha, pero fue el filo del arma lo que se despostilló, mientras la figura no lucía un solo rayón.

Se acercó a una mesa lo más que pudo. Tomó una vela, y le prendió fuego a una cortina. Apenas se empezó a expandir el humo, el caos fue total en la recámara y todos comenzaron a salir atropellándose y gritando, pero Román, furioso, no iba a tener conmisceraciones con nadie. La muchedumbre se dispersó un poco, unos cuantos aún permanecían rezando, quién sabe si no se habrían dado cuenta del fuego o si estaban pidiendo que el cristo lo apagara con su infinito poder, a Román no le importa y va y prende otra cortina. Las paredes de madera vieja hacen que las llamas se expandan con rapidez, espantando al fin a los que permanecían detrás de la puerta de la recámara, esperando un nuevo milagro. Fulgencia, inmóvil hasta ese momento, tuvo un ataque de tos, y sin poder resistir más, se levantó y trató de irse, pero Román la detuvo en la puerta. Cómo quitaste la cadena, le preguntó. Y ella, desafiante, contestó, Rezándole al cristo. Él soltó una carcajada y Fulgencia aprovechó para huir. El humo empezaba a hacerse denso, así que Román, vela en mano, salió de la recámara y en su recorrido hacia el patio, iba incendiando todo lo que encontraba a su paso.

Cuando los bomberos terminaron su labor, y antes que la policía se llevara a Román, la casa del difunto don Monse, convertida en frágiles palitos negros, se derrumbó con limpieza, desvaneciéndose hasta llegar al suelo. El polvo y las cenizas se iban dispersando poco a poco, y mientras, una figura, un sobreviviente, se dibujaba en medio de las sombras, de pie, con su altura imponente y los brazos abiertos. El cristo, inmortal, sufría ahí, ni un tallón tenía siquiera, ni una mancha más de sangre, y por obra del santísimo se mantenía de pie, diciéndoles a sus fieles, Mírenme, aquí estoy. Román comenzó a reir, más por la desesperación y por la locura que le había provocado aquella figura durante su estancia en la casa de su tío que por otra cosa. Debe ser una broma, pensó, y le rogó al policía que se lo llevara, no quería estar ahí un momento más.

Y mientras lo montaban a la patrulla, echó un último vistazo, derrotado, y miró a los fieles, rodeando poco a poco, temerosos de tanto poder, al cristo que había soportado el fuego y el humo, pero otros, concientes de que aquello era imposible, se marchaban con discreción, pensando que, de seguro, aquello era obra del diablo.

(FIN)

11/9/07

Los profetas (parte dos)


Subieron las escaleras hasta el tercer piso. Julia se detuvo en el rellano, sacó de su diminuto bolsillo una único llave, y abrió la puerta. Entró, y luego le hizo señas al vagabundo para que entrara también y no hiciera ruido. Seguro su madre ya estaba despierta, pero no quería que se espantara con aquella ocurrencia suya. Y es que estaba convencida de que la idea había sido una iluminación súbita, por eso su madre tendría que comprenderla. Le murmuró al vago, Siéntate, pero éste no hizo caso, no parecía estar poniendo mucha atención en lo que estaba pasando, con los ojos fijos en las caderas bamboleantes de Julia. A pesar de ser una cuarentona, poseía una buena figura, con el busto erguido y las caderas anchas, su rostro limpio y delicado, era bonita, no vamos a negarlo. Llamó a su madre con sigilo, como una niña que sabe que hizo una travesura y está dispuesta a confesarlo todo. Le parecía que el tiempo había avanzado demasiado rápido, pues el sol ya estaba alto. Hacía un calor infernal, se quitó el chal y lo dejó por ahí. Los aviones sobrevolaban la ciudad. Nunca se sabía si eran los propios o los del enemigo, pero ya se habían acostumbrado. Además, sólo por las noches bombardeaban. El televisor de la recámara estaba prendido, pero no había señal, como siempre. Vio la cabeza de su madre, le daba la espalda en la mecedora. Pero no se mecía. Parecía mirar el televisor atenta, esperando algo. Ya había pasado antes, que la madre encendía el televisor, y esperaba, luego, de pronto, gritaba, Viste, pero Julia nunca veía nada. Ya estaba vieja, su pobrecita madre. Y un día tenía que suceder. Pasó justo a tiempo.
Sus ojos bien cerrados. Sus manos sobre el regazo. El rostro tranquilo, como si estuviese en un sueño profundo. Quizá la estuvo esperando. Quizá sospechó lo que iba a pasar aquella tarde, y decidió irse antes. Julia dejó escapar unas pocas lágrimas antes de echarse a la cama y llorar un largo rato, en silencio. Se había quedado sola. Presenciaría el fin del mundo sin nadie con ella, sin haber hecho tantas cosas, como casarse, comer helado o ponerse una tanga. No haber hecho todo eso no le importaba mientras tuviera a su madre, pero ahora ella no estaba. No se dio cuenta del tiempo, pero dejó de llorar cuando ya los ojos le ardían y las rodillas se le habían entumecido. Se quedó recostada, deseando que llegara la tarde y que el mundo se acabara de una vez por todas, para no tener que pasar aquel dolor.
En ese momento sintió una mano dura y áspera sobre su gluteo, acariciando despacio. Luego la otra mano, en el otro gluteo. Al principio se espantó, pero la sensación era tan agradable que no hizo nada para detenerlo. El profeta callejero se había metido a hurtadillas a la habitación. Julia se dio la vuelta para verlo, y descubrió que ya llevaba los pantalones abajo, todavía con su erección y el pene babeando lubricante. Jamás había visto una cosa así. Sintió más calor, y de golpe comprendió todo otra vez. Por qué lo había encontrado justo hoy. Por qué lo había llevado a su casa. Por qué su madre había muerto antes de que llegara. Tomó al vagabundo de las muñecas y lo jaló hacia ella. Lo llenó de besos, desesperados y violentos, que sabían a mugre y a sudor. El vagabundo no hacía más que mover la cabeza de un lado a otro y abrir y cerrar la boca. Pronto ambos se despojaron de sus ropas y comenzaron a acariciarse. Julia había escuchado que, si no quería embarazarse o enfermarse, debía usar condón. Pero mierda, con el fin del mundo a unas cuantas horas, no iba a volver a vestirse para salir a comprar un maldito condón. Había que aprovechar el momento. Acostó al vago de espaldas y se le subió encima. Casi de inmediato sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, cerró los ojos y un cosquilleo insoportable la invadió. Pero no se detuvo. Al contrario, siguió hasta que la sensación, la mejor que había experimentado, se repitió. Y así una y otra vez.
No le cabía duda en aquel momento, dios era sabio. Se paró y tomó al vago de la mano, para llevarlo al baño y limpiarlo, porque el sabor de la mugre en un principio no le importó, pero ya le empezaba a parecer repugnante. Iban por el pasillo de la recámara cuando oyeron las primeras explosiones. Los aviones parecían volar a dos centímetros de sus cabezas. Las sirenas de alarma sonaron por toda la ciudad, y los gritos de la gente inundaron el aire. No alcanzaron a llegar al baño, pero antes de que el fuego arrasara también con ellos, Julia abrazó al vagabundo y apretó sus labios contra los suyos, congelando ese último beso en el final de los tiempos.

(FIN)

-------------------
[Primera parte]