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15/11/07

La farsa



No alcanza los pañuelos desechables, tiene que quitarse de encima de Derek para llegar hasta el buró al lado de la cama. Toma uno, y se limpia. Le pasa uno a Derek, quien hace lo mismo, y luego abre los brazos y se queda tendido en la cama, con la respiración todavía agitada, cierra los ojos, estira las piernas, ha sido demasiado para él. John, a pesar de la oscuridad, puede ver sus facciones relajadas e inocentes, provocándole un enorme arranque de ternura. No puede resistirse, le da un beso antes de dirigirse al baño. Derek apenas logra responder, pobre, ha quedado agotado, bien dicen que el amor cansa, y bastante. Es por eso que John no tiene una gota de sudor. Deja al muchacho ahí, recostado, le murmura, Ha dormir, le parece mucho más fácil esta forma verbal que el presente, no hace mucho aprendió español para poder acostarse con un mexicanito que conociera en su largo, larguísimo viaje de negocios, pero no se topó con ningún mexicanito que le gustara, los veía a todos, horribles, no porque fueran feos, sino porque los jovencitos, los que quería, eran unos verdaderos idiotas. Todos. No sabían ni jota de inglés, no tenían tema de conversación si no era la absurda televisión de su país, la ropa o los mejores antros. No había remedio. Por fortuna, se le atravesó en el camino este bonito espécimen argentino, de ojos grandes, moreno, pelo negro, en pleno desarrollo. Diecisiete años tenía, Wow, fue lo único que dije John cuando Derek le mencionó su edad.

Es una verdadera lástima. Pero es que así no se puede. Cada año hace lo mismo, y aunque esta vez le ha gustado mucho el pibe, sabe bien que no puede quedarse con él. Las promesas no valen nada, apenas se conocen, cómo espera el pobre Derek que un gringo cuarentón, con toda una vida a cuestas, cumpla sus promesas, si le cree es por su ingenuidad adolescente, pero ya aprenderá, con el tiempo se irá curtiendo, los dolores del amor y de la vida lo harán convertirse en un ser frío y calculador, incapaz de amar a nadie. Lo sabe porque son muy parecidos. De inmediato te das cuenta, o al menos así lo cree John, cuando una persona es compatible contigo, por lo que dice, las palabras que usa, hasta los gestos que hace. Toma un poco de papel higiénico y se limpia otra vez. Han sido noches placenteras, ni dudarlo, pero ya, se le terminó su plazo, imposible continuar la farsa. Ya será el año que entra, quién sabe, quizá vuelva a encontrar a Derek por ahí, deambulando por las calles, yendo de un antro a otro porque en todos se aburre, igual que él. O quizá no. Como sea. Le dirá a su mujer y a sus hijos que se va a impartir unas conferencias importantísimas a sus empleados de Polonia. Es ahí donde tiene sus negocios y sus socios, ahí y en Francia, Alemania, Portugal, por toda Europa. En México, ni pensarlo. Además de que no se puede, le gustan mucho los mexicanos, por eso no puede arriesgarse a que en uno de estos viajes de placer, se encuentre a uno de sus colegas y le pregunte qué anda haciendo en el Tercer Mundo, o peor aún, que lo vea caminando abrazado de su chamaco, melosos, comiéndose un helado. La que se le armaría. Pero sabe que está a salvo acá.

Se mira en el espejo y comprueba que no es feo. Su mujer ha tenido suerte. Igual sus hijos, tendrán todo lo que quieran, cuando lo quieran. El único requisito es no cuestionarlo nunca. Su mujer no debe preguntar, ni siquiera pensar, en por qué no le hace nunca el amor. Por qué viaja tanto, por qué tiene secretario en vez de secretaria. En Washington sabe guardar las apariencias y resistir las tentaciones. Se limita a ver, con disimulo, a los latinos que se le van cruzando por la calle, pero jamás le gana el instinto. Es triste, en ocasiones, frustrante muchas veces, sabe que un día no va a resistir y se va a lanzar encima de su amigo Frank, un marica tremendo, por lo bueno y por lo marica, víctima de sus eternas provocaciones. No hay de otra, es hora de volver.

Sus maletas ya estaban listas, detrás del guardarropa. Toma un baño rápido, se viste, se perfuma. Derek se retuerce entre las sábanas. Luce tan tranquilo, tan seguro. Busca en su saco el boleto de avión, debe estar en el aeropuerto a las cinco de la mañana, así que ya es hora de salir. Como siempre hace, le deja un fajo de dólares en el buró, junto con una nota: "Me he ido a San Francisco. Take care. Love. John", se le acerca, no despertará, está bien dormido. Le da un beso en la frente, Last kiss, piensa, le acaricia el cabello. Se da media vuelta, toma su maleta y sale de la habitación. El pobre Derek despertará tarde, se descubrirá solo, sin John, llorará un rato, se llevará el dinero, y se pasará la vida entera juntando plata para irse a San Francisco, detrás de su amado, pero jamás volverá a verlo, porque irá a buscarlo en un tiempo y lugar equivocados.

(FIN)

22/4/07

Las cinco desgracias de Irma (primera parte)



1. El marido.

Ya no sentía mareo alguno, sólo restos de una sensación desagradable en la garganta, y un ligero dolor de cabeza. Pero no era tan tonta como para dar media vuelta y regresar a la casona donde trabajaba, menos ahora, que la patrona se había mostrado tan condescendiente y piadosa, Te sientes bien, Irma, le preguntó apenas la vio, Irma creyó no haber escuchado bien, Mande usted, señora, Que si te sientes bien, mujer. Irma mintió, pero la señora Lidia no iba a permitir que una muchacha cualquiera se vomitara en su baño, por ejemplo, o peor aún, que rodara por las escaleras, desmayada, y la acusaran de homicidio imprudencial. Le checó la temperatura (Estás fría como el hielo, niña), las pupilas, la garganta, en busca de no sabía qué, porque nunca había estudiado primeros auxilios, mucho menos enfermería. Le bastó embarrarse la mano del sudor frío de la muchacha para darse cuenta que, al menos ese día, no iba a trabajar.
Ahora que se le habían pasado los dolores podía aprovechar para, quién sabe, ir al cine, salir al parque, o a un antro, incluso, dependía en gran medida del humor de su marido, por estos días ha estado deprimido, estresado, lo pone mal no conseguir trabajo, quedarse el día entero en casa, a la espera del inclemente teléfono que nunca sonaba. Pobrecillo, pensó, lo voy a llevar a pasear. Iba al fondo del vagón, esperando con paciencia la siguiente estación, faltan cinco, faltan cuatro, faltan tres, le da alegría tener el día libre, va haciendo planes, ya ni se acuerda ni se preocupa por el mareo matutino, habrá sido que salió de casa sin desayunar, tal vez, o las quesadillas de anoche, era muy tarde, lo que haya sido, no importa ya, el dolor se fue, hay que disfrutar del tiempo que tenemos libre, porque no es mucho.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Sólo contestaba, Nada, aquí me la paso, y cambiaba el tema. Tal vez salía, tal vez se quedaba dormido hasta el mediodía, quizá se ponía a ver esa pornografía rara que le había descubierto un día, sin querer casi. Iba pensando en esto, iba pensando que hoy lo descubriría, porque él no la esperaba, ella no había avisado, quería darle una sorpresa, sentía la imperiosa necesidad de hacerle un detalle así. Subió las escaleras en silencio, hasta se emocionó, le temblaban las manos. El pasillo de su piso estaba vacío, qué suerte, así ninguna vecina arruinaría la sorpresa. Metió la llave en la cerradura con sumo cuidado, la giró muy despacio, entreabrió la puerta poco a poco, para que no rechinaran los goznes, hasta donde calculó que ya le cabía el cuerpo para pasar, y pasó. Escuchó ruidos raros. Hubiese jurado que eran gemidos, golpes, gritos incluso. Sintió algo de miedo. Se puso nerviosa. Llegó hasta la recámara, y los vio: el cuerpo sudoroso, desnudo y moreno de su marido, disfrutando de un brinco tras otro encima del cuerpo sudoroso, desnudo y moreno del vecino del 4.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Ahora sabía por qué.

2. La hermana.

Magdalena abrió la puerta y recibió a su pobre hermana con un abrazo escueto, frío y obligado. Nunca le había caído bien, pero era su hermana, no podía decirle que no. Ella no. Pero su marido sí.
Le contó que le hizo un escándalo. Que le abrió la cabeza al muchachito del 4 -un jovencito flacucho e introvertido que siempre le pareció sospechoso- con un florero, que los sacó a los dos desnudos hasta el pasillo, para que los vecinos los vieran, mientras gritoneaba desde adentro, Maricones de mierda, hijos de puta, y le rompía plato por plato contra las paredes. Cuando hubo roto todo lo que pudo, sacó del ropero una maleta grande, con llantas, y metió dentro su ropa, sus papeles, su dinero, y se fue. Los vecinos ahí estaban, todavía en el pasillo, pero su marido y el vecino del 4 se habían metido en el departamento de éste, lo supo por el rastro de sangre, quién sabe si a continuar lo que la mujer loca les había interrumpido. El caso es que no la siguió, ni le salió al paso, ni le pidió perdón, ni nada. Por eso Irma, destrozada, no tuvo más remedio que acudir con su hermana.
Cuando llegó se empezaba a sentir mal. Pronto volvió el sudor, el mareo y las náuseas. La hermana le dio una pastilla, también la revisó, como la señora Lidia, y aterrada, quitándose a los niños de encima -Mamá, tengo hambre, Mamá, quiero unas galletas, Mamá, puedo salir a jugar, Mamá, vamos a la calle-, le tomó el rostro a la hermana en las manos y le preguntó, cuando hubo callado a sus hijos, No estarás embarazada, Irma. Ay, no, qué horror, cómo se te ocurre, estás loca, no lo digas ni en broma. La hermana no lo decía en broma. De inmediato fue a la recámara, sacó una prueba de embarazo y se la extendió a Irma. Hay que salir de la duda, le dijo. Irma, temblando, le tomó la cajita.
Esperaron los cinco minutos que había que esperar. La banda se había puesto rosa. Rosa es que sí o es que no, preguntó Irma, horrorizada. La hermana suspiró, aliviada. Que no, contestó, e Irma se derritió en la silla. Ah, no, espérate, ¿rosa? Irma volvió a erguirse, a temblarle las manos, a sentir que el mundo se le derrumbaba en la cabeza. Rosa es que sí, le dijo su hermana. Ay, no, gimió Irma, y se tapó la cara.
-Pero es maricón...
-Pero te metió el pito.
Justo en ese momento llegó el marido de la hermana, es decir, el cuñado de Irma, y con la pura mirada, sin decir una sola palabra, sin entrar siquiera en la cocina, Irma se encogió de hombros, levantó se maleta grande, con llantas, y se fue, desolada.

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[Segunda parte]

[Parte final]

11/3/06

#4: "Ahí viene la reina" (Domingo)



(De la serie "Carnaval")

Por poco y vomita cuando apareció el rostro de Rosendo en medio de la multitud, sonriente, relajado, se veía tan guapo así. Sus ojos se llenaron de lágrimas, se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio, o la voluntad de estar de pie, pero por suerte un paletero que pasaba detrás de ella la detuvo, suerte para Toñito, porque si Margarita cae, el bebé cae desde más alto y con más dolor al impactarse. Jimena y Mariano se quedaron muy quietos cuando su madre empezó a llorar, ya no iba a vomitar ni se iba a caer, pero es que se negaba a creer los chismes de su comadre, tenía que verlo con sus propios ojos, no podía ser que Rosendo la estuviera engañando, a estas alturas, con tres hijos ya, era para que hubiese madurado, por Dios, cómo podía seguir igual que cuando eran novios, igual de mujeriego, de facilote, de golfo, ya es papá, mierda, Margarita no era una mala esposa, un poco alcohólica, sí, pero ese era un hábito recién adquirido, alguna forma debía encontrar para soportar los rumores de infidelidades que la bombardeaban hasta la locura, por eso mismo, en la mañana, cuando Rosendo se bañó muy temprano, se peinó con cuidado, desayunó una barra de granola y un vaso de jugo de naranja, planchó su camisa, su pantalón, se rasuró, se cortó las uñas, se perfumó, Parece que vas al baile, Voy a la oficina, Es domingo, Rosendo, hoy descansas, Hoy no, es carnaval y hay mucho trabajo, no vendré a comer, es más, mejor no me esperes en la noche, ¿estamos? Pero Rosendo, ¿y el desfile? ¿No vas a llevar a los niños? No, no, n’ombre, Magui, voy a andar bien ocupado, y ni se te ocurra ir sola con ellas, con tanta gente hasta se te puede perder un chamaco, mejor los llevo el martes, ¿estamos?

Por eso bebió.

Y ahora, frente a ella, frente a sus hijos, podía contemplar cómo, en efecto, Rosendo la creía una estúpida, y eso era lo que más le dolía, verlo todos los días así, arreglándose con descaro, llegando tarde, diciendo que trabajaba como burro aunque siempre traía la cartera vacía, y Margarita se preguntaba si en serio creía que ella no sospechaba nada, o si nada más no le importaba. El llanto incontrolable se desbordó cuando Rosendo, luego de propinarle un apasionado beso a su joven y bella acompañante, miró hacia donde estaba Margarita, a mitad de la calle, con Toñito en los brazos, Jimena tomada de su mano y Mariano agarrado a su pantalón, y no supo dónde meter la cara, cómo quitar el brazo de la espalda de la mujer con la que estaba, si levantarse e ir hacia su esposa o aparentar que no la había visto. En eso el flujo de gente que avanzaba calle arriba aumentó, vendedores retrasados y turistas desubicados apretaban el paso porque detrás venían las patrullas abriéndole el paso a la caravana de carros alegóricos, y Margarita fue arrastrada por la corriente humana, empujada, pisoteada, en aquel momento se dio cuenta que Mariano ya no la estaba sujetando, cuando por poco se le resbala la mano de Jimena, la acerca a ella y la abraza, pero Mariano no está, Margarita no lo ve, y le grita, Mariano, primero temerosa, el nombre tiembla con la esperanza de que la voz del niño surja de entre aquel tsunami viviente, Aquí estoy, mamá, pero no, sólo escucha gritos entusiastas, aplausos, silbidos, Ahí viene la reina, los fuegos artificiales estallan sobre su cabeza y entonces su temor se convierte en una súbita desesperación, Mariano, Mariano, ¡MARIANO! Pero es como si Mariano se hubiese esfumado, como si la multitud incontenible lo hubiera consumido, y nadie se detenía, cómo, si ahí viene la reina, ya empezó el desfile, abran paso a su majestad, y Mariano no está, Margarita gira la cabeza en todas las direcciones posibles, se pone de puntas, se agacha, grita más fuerte, ¡MARIANO! Toñito ha empezado a llorar, lo han asustado los gritos, tal vez los de la gente, tal vez los de la pobre Margarita que no encuentra a su hijito y nadie se preocupa por ayudarla, ¿no ven que estoy ebria y no puedo buscarlo yo sola? Y de repente comprende que no va a encontrarlo, se arrodilla en el suelo y llora, llora por todo, por su marido infiel, por su alcoholismo incurable, por la juventud perdida, por que Toñito llora, porque Jimena también ha comenzado a llorar sin saber bien la razón, porque la gente no la ve, tal vez se volvió invisible, y llora por Mariano, porque no volverá, porque su padre tenía razón, porque está ebria, porque…

–Señora.

Un policía de tránsito le toca el hombro con brusquedad. Margarita alza la vista, lo mira con los ojos rebosantes de lágrimas creyendo ver en él a su salvador, después de todo no es invisible, tal vez el policía, un hombre heroico, con espíritu de servicio, logre encontrar al pobrecito Mariano, aunque sea como descubrir la aguja en el pajar, pero no tiene dudas, él podrá, la ayudará…

–Hágase a un lado, por favor. Ahí viene la reina.

(FIN)

29/7/05

La puerta

Ana y María conversan por el camino. Una inesperada ola de calor azota la ciudad, y las mujeres procuran andar con paso veloz refugiándose en las sombras que los edificios proyectan del inclemente sol de mediodía. Tenían varias semanas sin verse, sus horarios no coinciden, pues Ana trabaja en la mañana y María en la tarde, cuando una va, la otra viene. Hoy ha tocado que las dos vayan. María, con una radiante sonrisa, le cuenta a su amiga sobre lo bueno que es su jefe, y le muestra con alegría el brillante anillo que luce en su dedo anular.
-Julio me lo dio anoche. Fue tan romántico... Por eso mi jefe me dio el día libre.
"Váyase a festejar con su prometido", le dijo, y María, feliz, toma sus cosas y se va de la oficina. Ana mira de cerca el anillo, hace como puede para ocultar la envidia, pero se le nota en los ojos. Como María está ciega de dicha, no alcanza a notarlo, y se despide de su amiga esperando encontrarla pronto. "Nos hablamos", le grita, pero Ana ya va cruzando la calle, y finge no escuchar. Pasará un tiempo para que se recupere del golpe.
El autobús hace pocas paradas, y el chofer tiene prisa, así que María llega pronto a su destino. Mientras camina las últimas cuadras, va mirando su anillo, y sonríe. Se le nota la felicidad en el rostro, en los pasos que da, camina como si bailara una música interna que la envuelve. No puede decir que ama a Julio, pero confía en que el amor llegará. Antes de entrar en el edificio, María ve el coche de Julio estacionado afuera. Seguro estará dormido. Sube las escaleras de prisa, pero procurando hacer el menor ruido, no quisiera despertarlo así, con el escándalo de los tacones. A esa hora no hay nadie en el edificio, sin embargo, algún ruido extraño quiebra el silencio. Parecen rumores, alguna conversación acalorada. María enfoca el oído: no son palabras, son gemidos, son gritos de una pareja hundida en la pasión, intercambiando sudor y besos entre sus pieles desnudas... Sí, el ruido es inconfundible, y también el lugar de donde proviene. María, conteniendo la respiración y las lágrimas, se detiene ante el umbral del departamento y, aunque le duele, pone atención al sonido que viene desde adentro. Lo único que desea es no escuchar la voz de Julio mezclándose con los gritos de la mujer... Pero la esperanza dura poco. Julio grita sin pena el nombre de su amante, justo cuando el placer explota. Un minuto después, cuando la calma ha vuelto, María reune valor y toca la puerta. Julio se cubre con una sábana y salta de la cama para abrir. Cree que su prometida no llegará hasta el anochecer... Sólo encuentra el anillo de María en el suelo, y el eco de unos tacones alejándose.

(FIN)

20/4/05

no vendrá (segunda parte)

El autobús llegó a la hora prometida, 5:45 de la mañana. Minerva sostenía su maleta con firmeza, mirando el reloj, esperando hasta el último momento, pues sabía que el temperamento romántico de Diego lo haría llegar justo cuando ella pensara que no llegaría. Y ya estaba empezando a dudar. "Si en verdad me ama, vendrá", pensó. No estaba segura de lo que había pasado entre ellos para llegar hasta este punto. La verdad era que, un día, había llegado Rubén y lo había cambiado todo. La central estaba casi desierta, unos cuantos viajeros regresando a sus lugares de origen, otros más volviendo a casa, un par de perros callejeros buscando entre la basura algo de comer, un par de niños jugando entre el equipaje, sujetos lavando los vehículos, choferes desayunando de pie mientras bromeaban entre ellos... Nadie, nadie estaba consciente del drama que estaba viviendo aquella chica de pie, con la maleta agarada con firmeza, consultando el reloj que no hacía ningún esfuerzo por detenerse. Los pasajeros ya comenzaban a abordar el autobús que ella debía tomar, como se había prometido, para empezar de nuevo.

"¿Habrá leído mi nota?", se preguntó, mientras verificaba por enésima ocasión que su teléfono estuviera encendido, que tal si Diego trataba de llamarla y ella con el celular apagado, sería una tragedia. No era su estilo dejar notas. Por eso había lo había llamado a su casa toda la tarde anterior, sin que él contestara. Sabía que, por más molesto que estuviera, debía contestar, aunque fuera sólo para decirle que bien por ella, si se iba con Rubén que tuviera buena suerte y que fuera muy feliz, ella trataría de consolarlo, tratando de hacerlo cambiar de actitud, tratando de sacarle un par de palabras, quédate conmigo, era lo que necesitaba escuchar. Pero Diego no contestó. Cuando fue a buscarlo y no vio su carro, dejó una nota en un folleto de publicidad de una pizzería y la dejó enrollada en la ventana. Ese era el estilo del pobre Diego, demasiado idealista. Pero todavía quedaban unos minutos.

Después, por la tarde, fue a la casa de Rubén. Minerva ya estaba decidida, si Diego no le contestaba, se iría con el otro. Al fin y al cabo, Rubén también había demostrado amor. Por supuesto, no era como Diego, y no sabía si eso era bueno o malo. "¿Te irás conmigo?", le preguntó él, "Sí, pero necesito despedirme de Diego", le dijo ella. Fueron a la casa de Minerva a preparar el equipaje, y Rubén, por entrar antes, vio en el suelo la nota que Diego le había dejado. Se quedó allí de pie, pisándola para que ella no la viera, y en un momento de distracción, se agachó y se la echó al bolsillo. No permitiría que el patético ex-novio arruinara su plan. Pasaron la noche en vela, viendo la televisión, algunas películas viejas, hasta que llegó la hora de ir a la central. Minerva revisaba cada dos minutos su celular, pensando si no se habría descompuesto. Pero no. Diego no llamaba porque había pasado la noche en la azotea de un edificio...

"Vamos. Ya es hora", le dijo Rubén. Minerva echó un último vistazo a la sala de espera, buscando la figura triste e insegura del que tanto había esperado. "No vendrá", pensó. Con un último suspiro, reafirmó la maleta y tomó de la mano a su acompañante, regalándole una sonrisa. Subieron al autobús. Rubén la abrazó y le besó la mejilla.

-¿Esperabas a alguien?
-...No. A nadie.
-Vamos a ser muy felices. Ya lo verás.

(FIN)

(nota: para aclarar un poco las cosas, consulta la primera parte)

9/4/05

en la central

El camión llegó a Ciudad Obregón, Sonora, a las tres de la tarde. El aire acondicionado se había descompuesto y el chofer anunció que había un problema con la transmisión del vehículo, por lo que los pasajeros se verían obligados a soportar el extremo ybochornoso calor de aquel lugar durante dos horas y media, más o menos, mientras reparaban el problema. Ramiro bajó su cajetilla de cigarros, su libro -"El laberinto de la soledad", de Octavio Paz-, y su cartera. Se sentó en la sala de espera a hacer lo que todos hacían, luego de ir al baño a enjuagarse el rostro invadido por la somnolencia, y esperó. Abrió su libro, lo cerró, lo volvió a abrir, y decidió llamar por teléfono a Marisol para avisarle del retraso. Los teléfonos públicos de tarjetas estaban afuera de la central, del lado de la banqueta, y hasta allá tuvo que andar Ramiro cargando con sus cigarros, su libro y su cartera.

Una mujer alta y morena aporreaba uno e los teléfonos, al borde de la histeria. Ramiro la miró extrañado y atraído por su inaudita belleza, pero disimuló su admiración bajando la vista y buscando el número de teléfono de su casa. La mujer morena se quedó de pie. Parecía consternada, y no se movió para nada. Ramiro marcó cada número con cuidado, percibiendo los ojos de aquella desconocida sobre él. Siempre había tenido ese talento inhato para atrapar las miradas y los deseos de las mujeres que se le acercaran. "Son las feromonas", le dijo su amigo el poeta.

-¿Hola? ¿Marisol? (...) Soy yo (...) En Ciudad Obregón, el camión tuvo un problema (...) Pues como dos horas y media, dijo el chofer (...) Qué va, creo que iré a comer algo y a estirar las piernas (...) Sí, un calor endemoniado, ¿y los niños? (...) Qué bien. Diles que su papi ya va (...) Bueno, te quiero, nos vemos (...) Sí, yo te llamo. Bai'.

Ramiro colgó y supo quela mujer morena no había salido de su trance hipnótico.

-¿Algún problema, señorita?
-Por favor, llámame Silvia. Escuché que estás libre para comer.
-Sí, bueno, en realidad...
-Conozco un lugar espléndido cerca de aquí. ¿Vamos?
-...Está bien.

(...)

"¿Qué le pasa a esta loca?", pensó Ramiro cuando Silvia se agarró de su brazo en la entrada del restaurante y lo condujo hacia la mesa. Lo miraba a los ojos con esa expresión seductora que Ramiro no podía resistir. Era bellísima. Se mojaba los labios rosas con su lengua cada diez segundos, su vestido azul, entallado y con un gran escote, la hacía ver como si debajo de la tela no trajera nada más que la piel. Su tez morena, combinada con la fina capa de sudor que la cubría y el cabello negro suelto sobre los hombros, le daba un toque salvaje y atrevido. Ramiro ya no pudo quitarle los ojos de encima.

Cualquiera quelos hubiera visto allí, sentados y charlando, habría pensado que eran amigos de toda la vida.

-Mi departamento no está lejos. ¿Quieres ir?
-Pues no sé... Falta como una hora para que salga mi camión.
-Es tiempo suficiente. Vente.

Fueron. Comenzaron a besarse desde la entrada. Ramiro se deshizo de sus ropas como si le quemaran, y empujó a Silvia hasta la cama, olorosa a jazmín. Ella lo dejó tendido y se puso de pie, quitándose, con una lentitud inquietante, el vestido de una sola pieza. Debajo no llevaba más que una tanga diminuta que en pocos instantes se unió al resto de las prendas en el suelo. La explosión del orgasmo, contenido por más de media hora, dejó a Ramiro hundido en las tinieblas de un sueño profundo.

Despertó y Silvia ya no estaba. Había un recado en el espejo: "Cuando te vayas dejas la luz prendida. Y por favor, no vuelvas a buscarme". Se vistió con una rapidez impresionante, y se negó a creer que la noche había invadido ya el cielo. "No... no puede ser... ¡Mierda! ¿Y mi cartera?". Sus bolsillos estaban vacíos. Silvia se llevó, incluso, el libro de Octavio Paz.

Ramiro llegó al mismo teléfono que había usado por la tarde y marcó por cobrar a su casa.

-¿Marisol? No lo vas a creer... Me dejó el autobús. Estoy en la central de Ciudad Obregón (...) Sí, todavía (...) Bueno es que... me perdí y me asaltaron (...) Sí, ya sé, soy un imbécil. Mándame dinero, ¿no? Bueno. Te quiero. Bai'.

(FIN)

6/4/05

no vendrá

Desde allá arriba, Diego podía ver gran parte de la ciudad, cubierta por el brilla melancólico del crepúsculo. "¿Y si no viene?", pensó, mirando el reloj. Se puso de pie y se asomó al vacío. En la calle, la gente despreocupada caminaba sin notarlo. Al fin y al cabo, sería uno menos en aquella enorme ciudad. El viento era helado. Le dio de plazo hasta que la luz moribunda del sol se extinguiera por completo. Le encantaban las escenas dramáticas, fantaseó durante horas con la llegada de Minerva, con sus lágrimas de arrepentimiento manchándole la ternura del rostro, con su dulce voz diciéndole al oído "Aquí estoy, vine a salvarte". Ya tenía preparada la segunda nota, escrita en una servilleta, empuñada con firmeza en su mano izquierda. Había pensado mucho en los últimos meses, decidiendo al final que una herida sangrienta en su meñaca tal vez no cumpliera el cometido, aburriéndose por lo complicado que resultaría conseguir una soga y ahorcarse, horrorizado por el espectáculo que iba a ser su cuerpo balanceándose como una vulgar piñata a la espera de una paliza. También le gustó la sensación del cañón de una pistalo dentro de su boca, el metal frío e insensible acariciando su lengua blanda, pero adivinaba que no le alcanzaría el valor para jalar el gatillo. Optó por una alternativa mucho más romántica. Si Minerva no iba al finalizar el día, no tenía más que correr y saltar, gozando sus segundos finales con el vértigo de la caída libre y destrozando su cráneo contra el pavimento, en medio de los transeuntes. Así podría saberse más pronto de su muerte, no tendría que esperar a que alguien encontrara su cuerpo para difundir la nota de amor que torturaría para siempre la conciencia de la mujer que amaba.

Clavó sus ojos en la escalera que llevaba hasta la azotea del edificio. La luz ya no era más que un espectro distante. El tiempo no se había detenido. Las primeras estrellas se encendieron en el firmamento. "No vendrá", pensó Diego. No quedaba de otra. Reunió todo su valor, procurando no acordarse de nada, esperando todavía que en su carrera hacia el vacío, un grito desgarrando el aire llegara a sus oídos y lo frenara todo, salvándolo de sí mismo. Esperó todavía unos cuantos minutos, esperó hasta que la luna trazó un buen tramo en el cielo, esperó hasta que la noche murió y el alba irrumpió con lentitud de nuevo en la ciudad. Con un profundo suspiro, se puso de pie, se asomó otra vez al abismo, y lamentó su cobardía. Hizo pedazos la nota, dio media vuelta y regresó sobre sus pasos, alcanzando la escalera que lo llevaría de vuelta a la calle, de vuelta a su casa y de vuelta a sus planes, nunca concretadas, de tener un final romántico.

(FIN)

nota: lo publico así, aunque siento que no está del todo terminado... no tengo idea de qué es lo que le falta, así que agradecería sus comentarios. gracias.

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[Segunda parte]

4/4/05

bonita pareja

Llevaba en la mano sudada el recorte viejo del periódico, la única prueba tangible de su existencia. No despegaba la vista de la entrada del restaurante, ansiosa, aunque todavía faltaban algunos minutos para que dieran las seis. Esperaba encontrar a ese hombre de doscientos kilos, feo, de 37 años, que aceptaba "madre soltera para fines matrimoniales". Aunque Diana no tenía hijos, al abrir el periódico en la página de anuncios calificados, sección avisos personales, dispuesta a que un desconocido le ayudara a alejar la soledad que la embargaba, la profunda meditación la hizo descartar al "joven aventurero de 18 años, guapo, buscando compañera para diversión", al "joven de 28 años, profesionista, ojos de color" y al "chico solitario bien parecido", convencida de que si éstos eran sinceros, les faltaba modestia, y si mentían, su apariencia real estaría lejos de la descripción, además de que jamás podría esperar que le dijeran la verdad. "Prefiero uno feo y gordo, pero modesto y que no me mienta", pensó. Entonces vio entrar a un joven vestido con un saco gris y pantalón de vestir, rubio, ojos azules, sonrisa perfecta, y los ojos se le desviaron de la puerta hacia sus zapatos lustrosos y recorrieron el cuerpo del especimen masculino hasta la punta del último cabello brillante. La sorpresa de Diana fue ver en el bolsillo de su saco la rosa blanca que habían acordado llevar a su cita para reconocerse, y no pudo fingir la indiferencia planeada cuando él se sentó frente a ella y saludó con su radiante sonrisa.

-Hola. Soy Rodrigo. Tú debes ser Diana, ¿cierto?
-Sí... -apenas pudo articular el monosílabo.
-¿Sorprendida?
-Pues, la verdad... esperaba que fueras...
-¿Cómo?¿Gordo y feo?
-Pues... sí.
-Qué va. Busco a una mujer que no se deje llevar por las apariencias, por eso mentí en la descripción. Tú fuiste la única que contestó... Gracias.
-No... No hay por qué.

Él insistió en conocer todo de su vida. Tenían mucho en común. Bebieron vino. Comieron una ensalado, y fumaron un cigarrillo. Después, fueron a bailar, y ya en la madrugada, Rodrigo se ofreció a llevarla a su casa en su flamante coche, y ella lo invitó a entrar. Fue el mejor sexo que Diana hubiese tenido en su vida.

(...)

Rodrigo se retrasó un poco por los nervios. Al final, decidió no seguir el consejo de su amigo Ignacio y acudir al restaurante. Si ella había llamado, a pesar de la fiel descripción que se arriesgo a publicar, era porque de verdad no le importaban sus doscientos kilos y su fea cara. "O tal vez quiera burlarse de ti", le dijo su amigo. Tomó un baño, se afeitó, se peinó, e perfumó. Llegó al restaurante, pero desde la puerta distinguió el porte elegante de Ignacio. Frente a él, una mujer joven, de cabello castaño, ojos grandes, lucía como prendedor en su blusa una rosa blanca. Era ella. Rodrigo sacó la flor de su bolsillo y la tiró al suelo. El engaño de su amigo lo lastimó... pero pensó que sería mejor así. Ellos formaban una bonita pareja. ¿Cómo se vería una mujer hermosa y delgada como Diana al lado de un enorme y nada agraciado hombre como él? Vio que se disponían a marcharse, Ignacio y Diana, así que dio media vuelta, se secó la humedad de los ojos y regresó a casa. Abrió las válvulas de gas de la estufa, y un par de horas después, cuando el aire ya era muy denso, alcanzó la caja de los fósforos. "Sí... se veían bien juntos. Serán una bonita pareja".

(FIN)

18/2/05

mi caldo preferido

Los gritos agonizantes de Sara no lo dejaban dormir, a pesar de que cerraba las puertas y dormía en la habitación más alejada y la saturaba con sedantes y subía todo el volumen a los audífonos incapacez de arrullarlo si cantaban "se nos muere el amor". Nunca le había gustado Arjona, pero Sara lo adoraba y en toda la casa no había un disco que no fuera del mentado cantante, y ni sus empalagosas letras lograban conmoverlo y hacerle pensar que su esposa quizá necesitaba sólo algo de atención en sus últimos días de vida. Leonardo se cansaba de pasear a las dos de la mañana, y se quedaba dormido en la sala, soñando con los gritos de la mujer, como si no fueran ya una tortura a lo largo del día. Todas las mañanas, apenas abría los ojos, no podía evitar que un pensamiento tan cruel como auténtico cruzara su mente."Ojalá que se muera hoy". Ojalá...

Diferentes doctores desfilaban por la casa en los últimos meses. Había comenzado como una jaqueca normal, dos años antes, tres meses después de haberse casado. El dolor de cabeza se hizo cada vez más recurrente, Leonardo llegó a pensar que era una ridícula excusa para evitar el sexo, cada noche menos romántico y más fugaz. Tiempo después, Sara comenzó a escuchar sonidos en su cabeza, como si alguien le murmurara palabras ininteligibles que, según ella, la amenazaban, y le ordenaban que se hiriera la palma de la mano con navajas y que rompiera los espejos con la frente. Leonardo comenzó trayendo psicólogos, ya bastante perturbado por las paredes manchadas de sangre y las cicatricez de Sara, y el diagnóstico era que su enfermedad era un trastorno neuronal severo. Llegaron tantos doctores diferentes que Leonardo tuvo que numerarlos a todos y usar claves para distinguir uno de otro.

La enfermedad, desconocida hasta entonces, pudo controlarse unos meses con una lista interminable de medicamentos, que dejaron a Leonardo en la bancarrota y a Sara ida y sin saber lo que pasaba a su alrededor. Leonardo no lo soportaba, era como un cuerpo sin vida, limitado al simple hecho de existir y nada más, sin poder hablar, sin reír, sin reconocer nada ni a nadie. Poco a poco, a medida que el cuerpo iba resistiendo más a los efectos de las drogas, y las dosis tuvieron que aumentarse, Sara fue recobrando su lucidez. Sabía que estaba volviéndose loca, y le echaba la culpa a todo el mundo, en especial al marido inepto que la había desposado. A pesar de todo, el estado de Sara era un avance, y Leonardo tuvo una última esperanza, hasta que llegó la amnesia crónica para ella, y el inicio de un nuevo suplicio para él. Volvieron las jaquecas, esta vez mucho más agudas y dolorosas. Comenzó a gritar del dolor, a revolcarse en la cama sin querer tomar las medicinas. El marido la sabía deseosa de morir. Su vida se había convertudo en un infierno, según ella, y lo mejor, según él, sería cumplir su último deseo.
Una rara mañana despertó tranquila, intuyendo tal vez los planes de Leonardo. La enfermera entró para inyectarle el desayuno, pero Sara la detuvo.

-Quiero comer.
Leonardo recibió la noticia como una señal. Él mismo preparó el caldo, él mismo lo llevó a la recámara y él mismo se lo dio de comer. Sara miró con desconfianza la cuchara.

-Es caldo. Pruébalo.
La mujer estaba decidida a hacerle infeliz por última vez.

-Huele raro. Come tú primero.
-No me gusta este caldo... Anda, come. Es tu preferido.
-Mentira. Mi caldo preferido te gustaba.
-Estás confundida...
-¡No me digas loca! ¡Si estoy loca es por tu causa!
-¡No digas barbaridades...! Anda, come...

Leonardo intentó meter la cuchara en la boca de Sara, pero ella no despegó los labios y sacó de quicio a su marido.
-¡Vete a la mierda entonces!

El caldo y la cuchara se quedaron al alcance de Sara, sobre la mesa. Leonardo, horas más tarde, recapacitó, y concibió la vaga idea de un milagro que le devolviese la salud a su mujer. Pero cuando regresó al cuarto ya era tarde. Sara ni siquiera había usado la cuchara para beber hasta la última gota de caldo, y ahora su cuerpo reposaba, inmóvil para siempre, encima de la cama impregnada de olor a muerte.

[FIN]