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5/11/09

Noviembre y el frío



1. He querido escribir cuentos, salir a tomar fotos, editar unos pequeños videos, leerme un par de buenos libros, o simplemente caminar por ahí, sin rumbo, sin dirección, nada más para ver el mundo y estar seguro que sigue ahí. Mis meses ahora se agrupan de tres en tres, mis días en horas de clase y horas de no-clase, es decir, mi vida está estructurada en torno a la escuela, algo que no había percibido, al menos no con tanta fuerza, hasta ahora. En lo único que puedo pensar es en las tareas que no he hecho, en las lecturas que no he conseguido, en la proximidad del trabajo de campo, en el entusiasmo (y la esperanza) de la recién bautizada JAS, en los ensayos y exposiciones finales, en mis equipos de trabajo, en los pendientes de la revista, en la producción y posproducción de los videos. Estoy empezando a cansarme otra vez, a desesperarme por que el tiempo se diluye frente a mis narices y no puedo hacer nada para atraparlo, y en que dentro de unas cuatro o cinco semanas, antes imposible, necesitaré descansar mucho.

2. Me ha sorprendido recientemente percatarme que la cantidad de información en internet es interminable, verdaderamente infinita. Los últimos tres días me he sentado frente a la computadora dispuesto a examinar esas páginas tan populares de las que todos hablan, redes sociales y sitios de feeds, listas de marcadores y noticias, y me he llevado una sorpresa, no sé si agradable o no, al darme cuenta de todo lo que ocurre en el mundo. Leí un artículo sobre los peligros de twitter, por ejemplo, consistentes en que la desproporcionada masa de información que se recibe por este medio puede tener consecuencias morales para quienes usan el servicio, en especial, la disminución de nuestro sentido moral y el aumento de la indiferencia. Podrían tener razón, pero siento que darse cuenta de todo eso que pasa en el mundo, no sólo de los hechos empíricos que se suceden, sino de las ideas mismas que se generan, puede o bien despertarnos del estado de marasmo en el que solemos estar cuando creemos que nada pasa, o bien atraparnos en una espiral interminable de actualizaciones sobre todos los temas, en todos los lugares, y nunca detenernos a reflexionar sobre ninguno.

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"Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos", José Saramago

23/5/08

Etiqueta



Toda la vida me ha parecido absurdo.

Decir Con permiso cuando pasas entre dos personas, decir salud cuando alguien estornuda, decir perdón después de eructar, no decirle a alguien algo que te molesta cuando te molesta, aparentar que gente que te cae mal te cae bien, hablarle a alguien sólo por compromiso, decir gracias por todo y para todo, preguntar Cómo estás, si de antemano uno sabe que la respuesta siempre será Bien. Y en general, todas esas reglas absurdas de convivencia social, que se crearon para que la gente no se salga de control, para que nos movamos siempre dentro de rangos establecidos, patrones de conducta similares que no sorprendan a nadie, para tener la seguridad de una monotonía impuesta por la mayoría. Pero a mí la mayoría me vale madres.
No siempre. Cuando hago algo para mi beneficio propio que afecta a alguien más, procuro medirme o evitar al máximo las consecuencias para ese tercero. Procuro no insultar a la gente ni hacerla sentir incómoda. Procuro no señalarles su estupidez, a menos que sea algo muy grave o que sea una persona a la que le tengo confianza. En general, no me rijo por reglas de conducta estrictas, si no acepto las que la sociedad impone, sería contradictorio que yo mismo me impusiera alguna(s). Por eso algunas veces puedo reaccionar de ciertas maneras y otras de otras frente a una y a la misma situación.
Y a pesar de todo, existen conceptos y creencias, impuestas socialmente, que me siguen taladrando la cabeza sin que yo pueda evitarlo y en ocasiones sin que me de cuenta. Es quizá que hago un esfuerzo sobrehumano, después de las tonterías que hice, por mantenerlo contento. Por que estemos bien, con nosotros, con cada uno. Por que esté feliz y por que su felicidad sea por mi causa. Pero no puedo dejar de comportarme, las más de las veces, de una forma infantil absurda que ni yo mismo se de dónde heredé. Berrinches, llantos y celos irracionales son cosas de todos los días en mi cabeza. Y al principio pensé que quien tenía la razón era yo. Ayer me di cuenta de que no, no tengo la razón, porque la gente me ha dicho que piense así. Que tener una relación con una persona implica pertenencia y obligación. Y así no funcionan las cosas.
Además de mis exámenes, trabajos, tareas atrasadas y todo lo que debo hacer para lograr un promedio de B este trimestre -el promedio perfecto, qué cosas, quedó hundido en el pasado- para mantener la beca, debo también trabajar en esos procedimientos equívocos que sólo ocurren en mi cabeza y no por mi voluntad. Es lo más sencillo del mundo, no hay de qué preocuparse.

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"Decirle al recién llegado, por ejemplo, aunque sea con las mejores maneras, Sí, señor, interrumpe, siéntese en otro sitio, causaría tal conmoción que la red de relaciones de grupo se tambalearía gravemente y quedaría en entredicho", José Saramago

5/5/08

Cuando quieras quitarme la vida



Ya ha pasado la tormenta, según parece, pero los daños están hechos, y quedarán, para siempre, marcados en el muelle, para que nunca se olviden, para que, en el futuro, cuando el mar esté en calma y los pescadores se confíen, haya uno que les diga, Recuerdan la cabaña que estaba allá, era de fulano, y ahora ya no está, se la llevó la tormenta, y lo que aprendieron, si es que algo aprendieron, no se pierde en los laberintos oscuros del tiempo y de la memoria, para atarles una cuerdita, seguir avanzando, cada vez es más difícil, de tantas cuerditas que llevamos atadas, no podemos movernos, continuar, por eso hay que deshacerse de las que no importan, y sólo esas, las que tiran las cabañas, esas sí hay que llevarlas siempre con nosotros.

Aquí quedaron los daños. Aquí no, en esta casa llena de sol, caliente, todavía extraña, es un paisaje distinto, los ruidos son diferentes, ya no está la maderería, o lo que fuese aquello, hombres trabajando hasta medianoche, ahora hay un puesto de tacos en la esquina, suadero, al pastor de pollo y longaniza, en la esquina un parque con un quiosco frente a una iglesia, la campana, sin falta, suena cada hora, once de la noche, doce de la noche, una de la mañana, dos de la mañana, después no sé porque duermo, tranquilo, con el eco del remordimiento, todavía, zumbándome los oídos, recordándome, Mira la suerte que has tenido, todavía poder dormir abrazado a un cuerpo que te ama, pero supongo que, como a las seis y siete de la mañana sigue sonando, igual lo hará a las tres, cuatro y cinco. Los olores también han cambiado, las paredes, los gatos y camiones pintados en la recámara, la cenefa despegándose en la sala, todavía vacía, excepto por el librero, ya atestado de libros errantes, la cocina, con una mesa faltante, pero por lo demás, cualquiera que vea esto diría, Que linda casa, y yo respondería, Pues no gracias a mí.

Eso y el trabajo. Después de un mes y medio, casi dos, contestando llamadas, ofreciendo productos que cambian la vida, superando rechazo tras rechazo, frustración tras frustración, no tolero no ser bueno en algo, no puedo ver mis métricas, todavía peores a las de O, y continuar trabajando tan tranquilo. Y no me importa. Trabajar en algo más, o en algo menos, sirviendo cafés, haciendo frappé, "esmutis", limonadas, por una miseria... De una frustración a la otra, por qué no puedo vivir de editar, de escribir, por ejemplo, si me pagaran por hacerlo, que feliz sería, la vida otra cosa, no tener que saltar de un trabajo al otro, ni soportar jefes déspotas, ni compañeros pedantes, que creen que lo saben todo pero no pueden armar una maldita máquina de capuccino frío, para qué la desarman entonces, y el otro, flojo como el solo, barrer, cuánto trabajo, cabrón, barrer y tallar, jalar y secar, eso es lo justo, dos y dos, cuándo alguien escuchó decir, y aceptó, que uno haga una cosa y el otro tres es justo, cuando ambos tienen el mismo puesto y se reparten tareas que son equivalentes, como en KFC, que tiempos aquellos, cerrar trasempaque, por ejemplo, uno hace el wash, el otro lava las freidoras, una cosa es una chinga, la otra es un riesgo, y eso es lo justo, malo cuando uno se iba a las nueve y tenía que dejar a E sola, porque la StoreTrainer no me quería ver más allí, cambiaba el filtro, lavaba las cuatro máquinas y una se quedaba sola, para lo que se ofrezca, de noche no hay ya tanta gente, uno que otro perdido, borracho, comprar una papas chicas para poder entrar al baño, pase así, no me haga ensuciar la máquina otra vez oiga.

El caso es que tengo 22 años, casi, y no puedo dedicarme toda la vida a esta clase de trabajos, por muy dignos que sean, lo que yo quiero es otra cosa, algo más retador, algo que me haga esforzarme en serio, que no sea solo trabajo físico. En la finca está bien, no es pesado, ayer lo fue, pero eso es por "la situación", dijo M, por el Foro será, qué sé yo, es pesado, sí, pero no tanto, fue mi segundo día, funcioné bien, supongo, me falta experiencia, práctica, después haré todo sin pensarlo, justo como en KFC, presionar botones, echar hielos, servir, entregar, es todo, quién sigue.

A algunos nos tocó chingarle. Otra cosa sería, si mi padre fuese rico, por ejemplo. Para empezar, no estaría viviendo aquí. Me habría ido ya a Francia o a Sudamérica a estudiar. No tendría que trabajar. Esta PC sería una MacPro y yo estaría, ahora misma, escribiendo reflexiones sobre la vida tirado en el pasto del campus, fumando mariguana y filosofando sobre las virtudes espirituales de la materia o algún tema por el estilo, y en cambio, estoy aquí, muriendo de calor, en el día más libre que tendré en el año, sin ganas de hacer tarea, queriendo descansar, sólo descansar, pero el remordimiento no me lo permite. Sé que tengo tarea que hacer, y en cambio, estoy aquí, escribiendo tonterías que a nadie le interesan, sólo para desahogarme.

Desahogado estoy. Y ahora, a seguirle chingando, no hay de otra... Pero antes, terminaré el Ensayo sobre la ceguera de una vez, para ver si en la biblioteca de la UAM tienen Marianela de Pérez Galdós, que tengo ganas de leerlo de nuevo. Quizá por la historia de los ciegos. O quizá no.

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"Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos", José Saramago

5/1/06

Puntos de vista (2/2)

Puntos de vista 2

Camina con calma las ocho cuadras que lo separan de su hogar, pensando como siempre en lo que le espera al llegar. Basta con que el viejo Matías aparezca en el umbral de la puerta para que los nietos borren de sus rostros las sonrisas y los hijos apaguen el ánimo, y todos empiecen a dispersarse a sus respectivas casas. Claro, podría ser que ya es tarde, los niños tienen sueño, los papás deben trabajar, no hay escuela porque son vacaciones, pero el hecho es que con la llegada del abuelo, la casa de vacía en menos de quince minutos. Y es en esta situación donde los puntos de vista, contrarios, chocan.

¿Y qué tal si aquello no es una simple coincidencia de horas? ¿Qué tal si, en lugar de que todos se vayan a la hora que él llega, todos se vayan porque es la hora en la que él llega? A pesar de que son cuatro diminutas palabras las que se añaden, el sentido de la segunda frase es, sin duda, mucho muy diferente que el de la primera. Don Matías sabe que cuestionar las razones que tienen sus hijos para sacar a sus nietos de la casa a la que el abuelo acaba de llegar es un acto de ingenuidad pura, aunque él, en el fondo, prefiere el término "autoengaño". En ocasiones le gustaría pensar que es nada más una cruel coincidencia, le gustaría ignorar el frío recibimiento, repleto de silencios, de miradas esquivando la suya a toda costa, de fugaces apretones de mano que se dan sólo por educación elemental, de besos en sus mejillas por parte de los nietos obligados a hacerlo y superar la repulsión, el asco o la vergüenza de su piel áspera, arrugada e infestada de verrugas y pelos mal rasurados, de la salida de cualquier persona de la habitación a la que don Matías entre, cuando las nietas mayores están viendo tele en la habitación y el abuelo entra, las niñas apagan el aparato, como si obedecieran una orden implícita, y salen disparadas sin dar explicaciones; si están reunidos en la sala tomándose un café y el abuelo llega y se sienta en el sillón, uno a uno, a cuenta gotas, van saliendo al porche donde continúan sus tazas ylas conversaciones, dejando al abuelo solo con su periódico como única compañía.

A veces trata de justificarlos. Sabe que nunca fue un padre ejemplar, y se ha resignado a buscar la anhelada redención en los nietos de mayor edad, aunque sin mucho éxito, pues los nietos de mayor edad han escuchado historias del ogro que fue don Matías en sus años de esplendor autoritario, cuando era la principal fuente de ingresos de la casa y nadie comía si él no llevaba el dinero. Han escuchado, pues, los despilfarros en alcohol y prostitutas, han escuchado de los amigos parásitos que lo abandonaron cuando le exprimieron el último centavo, han escuchado de las explosiones de furia y los golpes que en repetidas ocasiones repartió, tanto entre sus hijos e hijas como en su mujer. Don Matías alcanza a comprender que toda una vida de errores no se borra de la noche a la mañana, y a pesar de que no pasa un día en que no se arrepienta de todo lo que hizo y dejó de hacer, le resulta difícil tratar de arreglar las cosas. Sabe que si empieza hoy a tratar de ser buen padre, los hijos reaccionarían con incredulidad y hasta con indignación. Él mismo lo sintió cuando su propio padre, ya en la etapa terminal de su cirrosis hepática, lo llamó a su lecho de muerte y le rogó perdón por todas las barbaridades que había cometido a lo largo de su vida. Sólo podía pensar, Cómo se atreve, cree que es nada más decir "perdón" y ya, cree que con escuchar esa clave mágica antes de morir se le abrirán las puertas del paraíso, pues mi "perdón" significa otra cosa: Púdrete en el infierno, cabrón.

Esa noche se dio cuenta de que era tarde para tratar de hacer algo. Los intentos anteriores, aunque escasos, hay que aceptarlo, habían sio improductivos por la razón ya mencionada de los hijos incrédulos. Nadie creía que, en los pocos años, o meses, o días -ya a esta edad uno debe estar preparado para cualquier sorpresita- que le quedaran de vida, don Matías pudiera hacer algo por recompensar la infancia arruinada y los traumas emocionales derivados del inframundo que había sido su familia primaria, con el alcohol y la violencia como principales actores del drama de la vida real.

Llegó a casa y, como siempre, saludó a los hijos que todavía le dirigían la palabra -dos de ellos habían roto toda comunicación con don Matías dos meses antes por discusiones que se fueron inflamando hasta reventar-, y a los nietos que, tímidos, o más bien, temerosos, se acercaban a besar la áspera piel del abuelo. Cuando se sentó a cenar a la mesa, solo, sus hijos se preparaban para marcharse, e hicieron fila para despedirse del malhumorado padre. Una vez devorada la cena en su totalidad, recogió sus platos y los llevó al fregadero, donde una alta torre de trastes lo esperaba, como cada noche, y recordó lo que durante el camino había venido pensando. La impotencia, la amargura, la terrible resignación, le exprimieron el corazón hasta sacarle las lágrimas. La mujer lo descubrió y, en tono burlón, le preguntó Qué tienes gordo, ya estás llorando otra vez. No estés chingando, contestó. A las tres de la mañana tuvo un infarto más, y esta vez sabía que era el último. Debo pedirle perdón a mi vieja, pensó. ¡Vieja! ¡Me muero!, le gritó. Ella creyó que era uno más de sus ataques inventados, se tapó la cabeza con la sábana. ¡No estés chingando!

(FIN)

"...Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no".

(Tomado de "Las intermitencias de la muerte", de José Saramago)

3/1/06

Puntos de vista (1/2)

Puntos de vista (1/2)

Es hora de bajar la cortina del local y regresar a casa. Don Matías rectifica y actualiza las cuentas, toma nota de lo que ya vendió y de lo que hay para vender mañana, saca las cervezas de la hielera y las devuelve al refrigerador, desconecta el radio, desarma las mesas, ordena el periódico, y con algo de esa angustia inexplicable que de vez en cuando lo asalta, apaga las luces y sale a la calle. Ha llegado a su fin la jornada de trabajo en el depósito, a pesar de que es la hora y el día en que la gente busca más alcohol, ya sea para una reunión, con los amigos o con la familia, por coincidencias o por anticipaciones, los sábados de noche son ideales para beber, pero tendrán que arreglárselas como puedan, este depósito tiene permiso hasta las nueve, ni un minuto más.
Camina con calma las ocho cuadras que lo separan de su hogar, pensando como siempre en lo que le espera al llegar. Basta con que el viejo Matías aparezca en el umbral de la puerta para que los nietos borren de sus rostros las sonrisas y los hijos apaguen el ánimo, y todos empiecen a dispersarse a sus respectivas casas. Claro, podría ser que ya es tarde, los niños tienen sueño, los papás deben trabajar, no hay escuela porque son vacaciones, pero el hecho es que con la llegada del abuelo, la casa de vacía en menos de quince minutos. Y es en esta situación donde los puntos de vista, contrarios, chocan.
Los cinco hermanos, todos ya con, al menos, dos hijos, acuden a la casa de sus padres casi todas las tardes, se podría decir que por la fuerza de la costumbre, pero no se puede ignorar el hecho de que esta familia siempre ha sido, valga la redundancia, muy familiar, o dicho con otras palabras, más unidas que muchas, y se reúnen con la madre para contarse sus problemas y pedir consejos, siempre de forma relajada y sin dramas. También hablan de otros asuntos mucho más superficiales, como los chismes de barrio, las noticias de la tele, los rumores de los parientes menos cercanos, enfermedades de los niños, anécdotas, proyectos, chistes. A veces incluso juegan a la lotería, o al dominó, o a las barajas, a "dígalo con mímica", en fin, se la pasan bien, a pesar de las pequeñas fricciones naturales entre hermanos, más que nada causadas por los hijos maleducados, que en la educación de los retoños los padres respectivos, eso lo sabemos todos, nunca coinciden unos con otros, y lo que a unos les parece adecuado a otros puede parecerles faltas de cortesía, o por las parejas de cada uno que, para qué negarlo, no siempre agradan a todos. Pero la mayor parte del tiempo, el ambiente que se respira en la casa es de armonía y jovialidad, hasta que llega el abuelo. Y es que don Matías tiene fama de ser un cascarrabias, de caracter difícil, renegado, enojón, de pocos amigos, amante del orden, del silencio y de la tranquilidad. Llega y recorre la casa recogiendo las secciones del periódico esparcidas por doquier, lavando los platos, regañando a los chamacos que no se pueden estar quietos un rato, preguntando que dónde me dejaron las chanclas, chingado, que qué hay de cenar, que quién dejó esto aquí, que por qué no hay tortillas, que dónde dejaron el teléfono, qué manía de dejarlo desvalagado donde terminan de hablar, quién destendió la cama, apaguen esa tele, bájenle a esa música y ya no estén haciendo tanto escándalo porque ando bien madreado y quiero dormir.
Los hijos, los nietos y la abuela deben soportar todo esto en silencio y sin ningún intento por contradecir sus órdenes, deseos o quejas, pues saben que el alboroto que se armaría sería peor que el peor de los alborotos, pero como ha sido igual por largos años, ya todos se limitan a tratar de ignorarlo mientras encuentran una excusa cualquiera para irse. Han aprendido que la mejor manera de no provocar la ira, tan fácil de despertar, en don Matías, es alejarse de él y entablar el mínimo contacto, qué pasó, cómo está, cómo le fue, y un hasta luego respetuoso, nos vemos mañana, son suficientes para evitar cualquier conflicto, de los cuales ya ha habido muchos y tan graves que no valdría la pena volver a desencadenarlos. Muchas veces, los más comprensivos de la familia -uno o dos-, han tratado de explicarse las razones del abuelo para ser así, como es, pero lo único que encuentran es un corazón frío, pesado, insensible, incapaz del diálogo. Podría decirse que de piedra.
Esa noche don Matías llegó y pasó lo que siempre pasaba. A los diez minutos la casa estaba vacía, silenciosa, tranquila, justo como a él, según la creencia familiar, le gustaba. Extraño es el hecho de que don Matías demostrara su satisfacción con lágrimas que se le escapaban mientras lavaba los platos en la cocina. Su mujer lo descubrió, se acercó con cautela y preguntó Qué tienes. Respondió él, sin voltearla a ver siquiera, No estés chingando. Dormían, como la lógica manda suponer, en cuartos separados, pues la repulsión, el desprecio y el rencor mutuo era inmenso y no toleraban estar en la misma habitación por más de cinco minutos. A las tres de la mañana, don Matías sintió que se le entumecía la mitad del cuerpo y que la garganta se rehusaba a abrirse para dejar paso al aire. Voy a morir, pensó el abuelo, pero sacando Dios sabe de dónde fuerzas para dar un último grito antes de perder el sentido y la vida, llamó a su mujer, con toda la intención de arrepentirse de sus pecados en el último instante, y adquirir así la redención de la familia entera por medio del corazón blando, puro, capaz de perdonar, de la siempre amable abuela, ¡Vieja! ¡Me muero!
Ella lo escuchaba desde su recámara, escuchaba su respiración desesperada y su pataleo nervioso, pero pensó que sería uno más de sus teatros para llamar la atención. Ya otras veces había ocurrido, iban corriendo al hospital y descubrían, al llegar, que no era nada. Así que se envolvió en las sábanas, giró su cuerpo hacia la pared y respondió, No estés hingando.
Don Matías amaneció muerto la mañana siguiente. Su familia no pudo evitar sentir, en lo más profundo de su corazón, algo de una extraña y retorcida alegría.

(CONTINÚA)

"Érase una vez una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y un niño de ocho años. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quería, no conseguía mantener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme le era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa..."

8/8/05

de lo innombrable y las lecturas de media noche

es eso que las ciencias humanas llaman instinto lo que me hace recorrer una vez más la avenida de los ingenieros para ir en busca de algo que llene el hueco de mi estómago, es lo que hace al sol buscar un agujero entre las nubes que, indiferentes, se pasean con entera libertad por el cielo azul. hasta el sol tiene instintos, tiene un fin, iluminar la tierra, hacer nacer la vida, vean si no las ramitas que se asoman entre el asfalto de la calle, quieren encontrar al sol, el sol las guía hacia él, es cuestión de reciprocidad. mi mente se ha estado torturando con una frase que leí la otra noche, en realidad son dos, diferentes, pero con el mismo sentido, como bien sabe el mundo, todo es una sola cosa, todo habla sobre todo: "es una vieja costumbre de la humanidad ésa de pasar al lado de los muertos y no verlos", así dice saramago, también dice "dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos". será que yo no tengo nada adentro, que quien mira dentro de mis ojos sólo ve neblina, cansancio, melancolía, por eso la gente tiene la impresión de que ando como muerto, un fantasma hambriento, dije, y no se fijan en mí. excepto, claro, el doctor simi, que apenas me ha visto en la calle, hace un par de horas, y me ha hecho señas con las manos, levantando sus dedos índice y meñique, el habitual saludo de los rockeros, según la creencia popular, me ven a mí huyéndole al peluquero, la chamarra descolorida de mezclilla, la mochila llena de 'pins', los tennis sucios, los pantalones rotos, dan por hecho que me gusta el rock, que toco la guitarra, que me inyecto alguna droga, con esa greña, me dijo el tipo la otra noche, no creo que no te metas nada.
recuerdo, recuerdo el buen augurio del doctor simi, no soy tan invisible después de todo, mientras camino con una torta en la mano para llevar, de la taquería de aquí al lado, no son como las de don ernesto pero qué se le va a hacer, ya es tarde y no tengo humor de caminar, apenas levanto los pies, y pienso que todo lo que he venido pensando antes no tiene sentido. qué caso tiene esta lucha a largo plazo, este esfuerzo desmedido por acomodar en mi cama la soledad inminente, por acostumbrar a los oídos al silencio de las paredes blancas, por vivir de recuerdos alimentados por esperanzas vanas, etéreas, que no tardan en desvanecerse en el aire. qué poco duró el encanto de un programa de tv al aire, de proyectos no realizados, de personas no conocidas, de libertades mal tratadas, todo comienza a diluirse en el tiempo, a perderse entre la bruma. no tiene caso llegar al final de este camino andando con estos pasos, pensar en que mi única motivación es terminar la carrera, conseguirme un buen empleo, quizá termine dando clases de literatura o de expresión escrita en alguna universidad, en alguna preparatoria, de mis peores miedos, terminar de maestro, y no es que tenga nada contra ellos, pero mi vida siempre ha sido la escuela, no quiero que sea así hasta la hora de mi muerte, quiero algo más, algo que no sé qué es, pero jamás dar clases en una secundaria, en una secundaria no, no lo toleraría, prefiero una preparatoria o una universidad. prefiero no ser maestro. mi única motivación es un futuro incierto, una familia imaginaria, un hijo que me abrace al llegar a casa, una esposa que me reciba con un beso, cómo te fue, mal, los chiquillos son insoportables, y reiremos, me servirá la cena, conoce mi platillo favorito, me contará su día, yo escucharé atento, haré preguntas inútiles, pero ese es el caso, compartir una vida, aunque sea una vida inútil.
no tiene sentido pensar así. no tienen sentido mis motivaciones. el pasado es inquebrantable, permanente, no se puede cambiar, y vivir de recuerdos es una tortura. el futuro es insondable, frágil, una sola acción, por más insignificante que sea, cambia el rumbo de todas las cosas, no se puede confiar en él. de hoy en adelante, mi única motivación será el presente, dejarme llevar por el instinto, levantarme de la cama cuando el despertador suene, vestirme, desayunar algo, el cuerpo es débil, buscar qué comer, dormir bien, mirar a la gente sabiendo que ellos no me miran, pero de qué vale que me miren, a fin de cuentas. el reto será levantarme, y cuando vuelva a la cama, dispuesto a dormir una noche más, y soñar con cosas que no recordaré, sabré que cumplí mi objetivo: un día más, otra lucha ganada.
al menos en la guerra de hoy llevo una ventaja. poco falta para que el día termine, y yo ya he comido. sé que alguien en esta ciudad, en este país, en este mundo, en este universo, piensa en mí, me recuerda con una sonrisa, anhela mi presencia como yo no tengo idea, se preocupa por mi bienestar y por mi felicidad... lo sé, confío en ellos, si mañana me olvidan, si mañana los olvido, si antes no estuvieron para consolarme, qué más da: yo sólo tengo el presente, los tengo aquí, lejos o cerca, me acompañan hoy, mañana será otra cosa, dios dirá, como dicen, por lo pronto, hoy miró el atardecer, las nubes tornándose rosas, la luz menguante del sol escurriéndose por las ventanas del local, los coches fluyendo sin descanso por la calzada... y yo respiro, satisfecho, sabiendo que tú (sí, tú), en algún lugar allá afuera, cerca o lejos, piensas en mí. y te doy las gracias por eso. yo también pienso en ti.

"La alegría y la tristeza pueden andar unidas, no son como el agua y el aceite"

2/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (prólogo, #1 y #2)

la vida es una frágil copa de cristal. dice saramago que "si antes de cada acción pudiésemos prever todas las consecuencias, no llegaríamos siquiera a movernos del lugar donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos", y eso es una verdad universal. cada mañana, al despertar, me doy cuenta de que este podría ser mi último día con vida, cualquier cosa podría pasar, cualquiera... por eso decidí comenzar a escribir esta serie de cuentos "cortos" (ni tan cortos), y, como consideré injusto ponerme a matar a distintas personas, me inventé un hermano gemelo ficticio al que asesinaré una y otra vez y sin descanso. la vida es un cuento, eso sí, y el final puede llegar en cualquier punto y aparte, al final de este párrafo, en la siguiente coma... uno nunca sabe. espero que los disfruten.

#1: "En el umbral de su casa"

Al cigarrillo todavía le falta la mitad, y ya sólo resta por caminar una cuadra, así que apresura el tabaco y disminuye la velocidad. Enfrente, unos niños juegan, Vicente oye sus risas y sus gritos. "Son odiosos, los niños", piensa, mientras ve cómo un peatón más se le adelanta por la derecha. No puede creer que sean las nueve y treinta, las calles parecen desoladas, de no ser por los contados caminantes luciría como si fueran las cuatro de la mañana. Su visión es defectuosa, más de lo normal, en la penumbra nocturna, suavizada apenas por los faroles públicos que a veces prenden, pero alcanza a distinguir cómo desde la otra esquina viene un tipo corriendo. Ya ha visto a muchos tipos corriendo por esta avenida, no le da importancia y se saca las llaves del bolsillo, las tantea, ya no necesita verlas para saber que esta es la de la reja verde, esta la de la puerta negra y la última la de su cuarto, el número cuatro. Se detiene, busca la cerradura, el tipo que viene corriendo le roza el hombro, Vicente oye sus jadeos, parece que huye de algo, o de alguien. De alguien, más bien: una camioneta negra aparece de la nada escupiendo sendas ráfagas de plomo. Los niños de enfrente se asustan, algunos alcanzan a ver los cuerpos que caen, uno se da con la frente en la banqueta, el otro no suelta las llaves, ni siquiera alcanzó a abrir la puerta.

(FIN)

#2: "Víctima de la conspiración de las cucarachas"

La atmósfera del cuarto es densa, huele a tabaco y a otros olores que Vicente ya no distingue. Las luces hacen huir a las cucarachas, que se paseaban por todos lados y andaban por el tocador, en el radio, entre los platos sucios, entre los libros tirados, o nada más por ahí, arrastrándose en el suelo. Alcanza a pisar unas cuantas, ya es hora de comprar un insecticida, pero los olores encerrados se intensificarían. Vicente tira la mochila, se quita los zapatos y echa al suelo todo lo que había encima de la cama para tenderse a descansar en ella. Ni ha encendido el radio, en menos de cinco minutos se queda dormido, con la boca abierta y la ropa puesta. Las cucarachas, al sentir de nuevo la calma, salen de la oscuridad y reanudan sus paseos. Una de ellas se aventura, por aquí huele a comida, sube por el cuello de Vicente, llega al oído, a la nariz, más abajo, la lengua se mueve, es un reflejo, y esta cucaracha tiene la desdicha de resbalar y atorarse en la garganta del durmiente, de donde no volverá a salir.

(FIN)

17/3/05

16/3/05

caos

"El caos es un orden por descifrar", dice José Saramago en El hombre duplicado, el libro que estoy leyendo en mis ratos de ocio, los cuales ya superan mis capacidades mentales. Al leer la frase citada, una voz que hace tiempo no escuchaba en mi cabeza dijo, con toda la naturalidad del mundo, que quizá el orden también era un caos por descifrar. Es tal vez esa la razón de mis sinsabores actuales. Y es que dormir cada noche un sueño repleto de imágenes sueltas y sonidos lejanos, y despertar cada mañana con el sol intruso golpeándome la cara, percibir el olor a oscuridad que intento diluir abriendo puertas y recorriendo cortinas para que entre algo de luz, que tanta falta me hace, y pasar cada tarde viendo TV con mi hermano menor mientras pienso, podría estar ahora en Tijuana, haciendo mis tareas universitarias en vez de estar aquí perdiendo el tiempo, copiando recortes de periódicos, robándole inspiración a la biblia católica, leyendo libros que me torturan y sacan al masoquista que hay en mí, bañándome cada vez que la cabeza comienza a picarme por el pelo revuelto y la barba crecida.
Y para colmo, su sombra, su terrible y monstruosa sombra, que no acaba de perseguirme. He ido y venido por el tiempo y por el espacio, buscando perderme de su persecución criminal sin conseguirlo. Mi papá me concedió la pesada tarea de editar todos los videos familiares que ha estado almacenando en cassettes desde hace diez años, y en uno de los más recientes, durante la revisión, encontré la reunión para celebrar mi cumpleaños número 16. Estaba en mi etapa de pseudo-rockero, entusiasmado por la posibilidad de formar una banda con mis compañeros de prepa, y me regalaron una guitarra eléctrica que justo en este momento está arrumbada en un rincón de mi cuarto llenándose de polvo. La cinta mostraba a mis tías desparramadas en la banqueta, a mi tío Carlos asando la carne que conformaría nuestra cena, a mí sentado en el suelo, y frente a mí, compartiendo una plática alegre sobre las canciones románticas de esos tiempos, estaba ella. Vestía una blusa color melón y un pantalón de mezclilla, llevaba una trenza improvisada de último minuto y los hombros destapados. Sonreía cada vez que me miraba, y el amor que nos profesábamos se cohibía en presencia de mis parientes. Esa noche le canté con mi voz inexperta para las baladas, y ella no pudo ocultar su fastidio de estar allí, feliz de tenerme pero no de estar rodeada de mis primos acosándola, a ver tus frenos, te gusta la carne asada, tienes hermanos, dónde vives, y en la grabación puede verse mi poco talento interpretativo.
No es culpa suya. El imbécil soy yo, por después de... ¿cuánto tiempo ha pasado? los años que hayan sido, no he podido apartarla de mi mente por un día entero. Hay que imaginar lo patético que me veía la otra noche, mirándola en la pantalla de la cámara, sonriendo como idiota mientras murmuraba "Cómo te quiero, mi Niña, cómo te quiero..."

10/2/05

tiempo

"ayer, hoy y mañana, no son más que nombres diferentes de la ilusión"

... José Saramago