Mostrando las entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

26/1/14

Me gustaría


1.
Hacerte total y absolutamente feliz. Que en tu corazón no hubiera espacio para otro amor que el mío. Que el amor que sientes por mí ocupara toda tu mente y todo tu ser, poder no dejar huecos en tu pecho que tengan que ser llenados por otras personas o sentimientos que yo no soy capaz de generar en ti. Así nunca derramarías una sola lágrima, ningún deseo se te quedaría sin cumplir, y tu vida sería de puras satisfacciones y felicidad plena. No conocerías el dolor, ni la angustia, ni el rechazo, ni la tristeza. El espejo sólo reflejaría tus sonrisas y tu tranquilidad. Y seríamos felices por siempre y para siempre, como en los cuentos de hadas. Pero de eso no se trata, ni la vida, ni el amor. ¿Para qué carajos estamos en este mundo, si no es para disfrutar, experimentar, aprender, desaprender, descubrir y cuestionar? Lo bueno y lo malo, lo placentero y lo doloroso, lo que nos llena y lo que nos mata. Sentir, lo que sea, es lo que nos demuestra que seguimos vivos. Además, las personas no nos pertenecen, a pesar de que les amemos con todo nuestro ser. Habrá sensaciones que no vamos a ser capaces de generar en el ser amado, y que en cambio otras experiencias, otras mentes y otros cuerpos, sí puedan. Y qué más queda, que aceptarlo con humildad y honestidad. Lo único que a mí realmente me importa es que disfrutes el camino que estamos compartiendo tanto como yo, y así poder disfrutarlo mucho tiempo juntes, hasta que se nos vaya la vida.

2.
Que en este mundo cupieran muchos mundos. Que eso que desearías que existiera (justicia, libertad, igualdad, equidad) de verdad tuviera cabida en una sociedad decadente y decrépita como la nuestra. Que pudieras crecer, y aprender, y vivir a gusto y en paz en un contexto que te entiende y te acepta como eres. Que nadie sintiera la terrible necesidad de juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo que se hace y lo que no, y todes fuéramos libres, verdaderamente libres, de hacer lo que nos plazca. Así tendría la confianza y la seguridad de que nadie más te hará sufrir. De que podrás decir lo que piensas, hacer lo que quieres, compartir lo que sabes, sin barreras, ni peligros, ni decepciones. Pero no te puedo garantizar esa seguridad, ni conmigo ni sin mí. Y sólo me lleno de angustia, de pensar que eso nuevo que dices, eso nuevo que sientes, eso nuevo que haces, esas personas que conoces, sólo te vayan a hacer más daño, no por tu culpa ni por la mía, sino por la de esta enferma realidad en que nos fuimos a encontrar.

3.
Haber sido sincero. No haber actuado a tus espaldas, no haberte ocultado mis inquietudes, deseos y sensaciones, hacer lo que ahora haces tú. No quiero tomar la arrogante actitud de "yo ya pasé por eso", porque para mí, esa experiencia representa uno de los peores errores que cometí en mi vida. No por lo que sentí, sino porque no fui capaz de ser honesto. Quién sabe qué cosas serían distintas si yo no hubiese mentido. Y ahora me avergüenzo. Del antecedente, y de sentir ahora celos, de estar del otro lado y no saber cómo comportarme, qué hacer, cómo reaccionar, qué sentir. Duele un poco, pero es culpa de haber crecido pensando que el amor es de cierta forma, y que somos capaces de entenderlo, cuando no.

4.
Olvidar lo que he aprendido sobre el amor y empezar de cero, con tu experiencia, la mía, y las demás que vayamos descubriendo en el largo camino que todavía nos falta por recorrer, juntes y felices.

23/2/09

Todo el mundo



Yo, como Leach, sí creo que los seres humanos somos en esencia egoístas, y que cuando nos enfrentamos a uno contradicción entre nuestras representaciones ideales y el mundo real, el individuo tomará aquella decisión que le procure poder. A nadie le gusta ser sólo un rostro anónimo, indiferente al mundo y a sus estructuras, sin la más mínima oportunidad de incidir en él, de dejar una huella permanente, indeleble, en la memoria colectiva, su nombre en los libros de historia, o en el cuadro de honor de la escuela, o en la pared del empleado del mes. Necesitamos sentir que somos importantes, que tenemos un valor, por lo que somos y por lo que hacemos, no tanto que podemos "ayudar" o hacer el bien o velar por los intereses colectivos, sino simplemente, resaltar, brillar, destacar de entre las cifras, los promedios y las claves; ser los mejores de nuestra categoría: el mejor padre, el mejor amante, el mejor estudiante, el mejor obrero, el mejor político, el mejor ladrón, el mejor y más grande estafador.

Lograr algo así, destacar, se ha vuelto sumamente complicado cuando nos hemos multiplicado tantas y tantas veces, a todo lo largo y ancho del planeta, y cuando los retos a los que hoy nos enfrentamos tienen todo el peso de la historia pasada y futura. Quién, por ejemplo, podrá hoy ser capaz de superar a Gandhi o a la madre Teresa de Calcuta, quién se atreverá a medirse con Hitler y con Stalin, nadie en su sano juicio. Sin embargo, también creo firmemente que no estamos concientes de lo valiosos que somos, del grado de intimidad con el que, gracias a la amplia y elaborada red de relaciones sociales que hemos tejido, dependemos unos de otros, y depende la sociedad para funcionar, de esta manera o de la que sea. Más allá de la conciencia de clase marxista, necesitamos crear una conciencia de utilidad social. Saber, estar seguros, que somos un elemento importante, aunque no se note a nivel individual, sí ha de notarse a nivel colectivo. Y no tiene caso ver el lado negativo en el sentido de "Si yo no estuviese aquí, el mundo ni siquiera notaría mi ausencia", argumento fatalista y depresivo que muchas personas usan para darse de topes contra la pared, porque no se trata de lo que podríamos no hacer, sino de lo que de hecho hacemos.

Desde la persona que barre la calle hasta el diriginte de una empresa de capital nacional, se extiende una cadena de labores que son de utilidad social. Cada uno, puesto en su posición, cumple un papel que puede o no estar determinado por la dinámica social, pero que es vital para mantener el equilibrio. Hasta la que parece la más insignificante de las actividades tiene una utilidad. Sólo detengámonos a ver a las personas, qué hacen, a qué se dedican, y nos daremos cuenta que todos somos indispensables.

Si así son, en general, los oficios que los seres humanos se han inventado para convivir, ¿por qué el oficio de antropólogo tendría que ser diferente? ¿Por qué dedicarse a análizar modelos abstractos, teorías complejas sobre cómo debería ser la sociedad, cómo funciona y cómo no funciona? Alguna utilidad debe tener la teoría antropológica, no nada más la elaboración de modelos "inteligentes" que tengan aplicación universal, ¿de qué sirve eso? Necesitamos hacer algo, como disciplina, para contribuir con nuestros conocimientos al resto de la sociedad. Así lo hacen los médicos, los arquitectos, los biólogos y los administradores. Las teorías sociales pueden ser, tal vez, de mayor grado de abstracción, pero eso no tiene por qué condenarlas a la inactividad.

¿Cuál es mi utilidad como antropólogo? Creo que es la segunda pregunta más importante que un antropólogo en formación debería hacerse, después de "¿En verdad quiero ser antropólogo?".

------------------
"Es necesario una cierta dosis de ternura para comenzar a andar con tanto, tanto en contra"

23/5/08

Etiqueta



Toda la vida me ha parecido absurdo.

Decir Con permiso cuando pasas entre dos personas, decir salud cuando alguien estornuda, decir perdón después de eructar, no decirle a alguien algo que te molesta cuando te molesta, aparentar que gente que te cae mal te cae bien, hablarle a alguien sólo por compromiso, decir gracias por todo y para todo, preguntar Cómo estás, si de antemano uno sabe que la respuesta siempre será Bien. Y en general, todas esas reglas absurdas de convivencia social, que se crearon para que la gente no se salga de control, para que nos movamos siempre dentro de rangos establecidos, patrones de conducta similares que no sorprendan a nadie, para tener la seguridad de una monotonía impuesta por la mayoría. Pero a mí la mayoría me vale madres.
No siempre. Cuando hago algo para mi beneficio propio que afecta a alguien más, procuro medirme o evitar al máximo las consecuencias para ese tercero. Procuro no insultar a la gente ni hacerla sentir incómoda. Procuro no señalarles su estupidez, a menos que sea algo muy grave o que sea una persona a la que le tengo confianza. En general, no me rijo por reglas de conducta estrictas, si no acepto las que la sociedad impone, sería contradictorio que yo mismo me impusiera alguna(s). Por eso algunas veces puedo reaccionar de ciertas maneras y otras de otras frente a una y a la misma situación.
Y a pesar de todo, existen conceptos y creencias, impuestas socialmente, que me siguen taladrando la cabeza sin que yo pueda evitarlo y en ocasiones sin que me de cuenta. Es quizá que hago un esfuerzo sobrehumano, después de las tonterías que hice, por mantenerlo contento. Por que estemos bien, con nosotros, con cada uno. Por que esté feliz y por que su felicidad sea por mi causa. Pero no puedo dejar de comportarme, las más de las veces, de una forma infantil absurda que ni yo mismo se de dónde heredé. Berrinches, llantos y celos irracionales son cosas de todos los días en mi cabeza. Y al principio pensé que quien tenía la razón era yo. Ayer me di cuenta de que no, no tengo la razón, porque la gente me ha dicho que piense así. Que tener una relación con una persona implica pertenencia y obligación. Y así no funcionan las cosas.
Además de mis exámenes, trabajos, tareas atrasadas y todo lo que debo hacer para lograr un promedio de B este trimestre -el promedio perfecto, qué cosas, quedó hundido en el pasado- para mantener la beca, debo también trabajar en esos procedimientos equívocos que sólo ocurren en mi cabeza y no por mi voluntad. Es lo más sencillo del mundo, no hay de qué preocuparse.

------------
"Decirle al recién llegado, por ejemplo, aunque sea con las mejores maneras, Sí, señor, interrumpe, siéntese en otro sitio, causaría tal conmoción que la red de relaciones de grupo se tambalearía gravemente y quedaría en entredicho", José Saramago

21/2/08

Un simple y sencillo homicidio (3 de 3)



Cerca de las dos de la mañana, sus pensamientos empezaron a divagar. Estaba claro que no le iba a alcanzar la noche para descubrir todas las maravillas de aquel divino aparato, y también que el cuerpo de Carla seguía tendido en el suelo de la cocina. Si mañana venía Porfirio a ver el partido, tendrían que guardar las cervezas en la cocina. Sería difícil deshacerse de su entrometido vecino, sobre todo si se trataba de admirar un televisor de la nueva generación. Así pues, era necesario desaparecer el cuerpo. En este punto se le presentaban algunas dificultades en las cuales tenía que detenerse a pensar, así que apagó la tele.

Primero, ¿cómo sacar el cuerpo, sin que alguien note que es un cuerpo? Por las noches, el edificio entero duerme. Por temor a los delincuentes, por más ruido que escuchen en las escaleras nadie asoma las narices. Podía entonces meter el cuerpo en la caja de la tele, y empujarla hacia abajo por las escaleras. Pensarlo fue fácil, pero hacerlo no tanto. La caja era muy ancha. El cuerpo se había puesto tieso. Sus maldiciones y gritos hacían más ruido que la caja rodando por las escaleras, sin embargo, nadie asomó las narices, tal como lo había predicho.

Segundo, ¿dónde enterrarlo? Por fortuna su padre le había heredado su pick-up, así que podía transportar el cuerpo hacia cualquier lugar. Había un lote valdío a unas cuadras de ahí, rodeado por moteles adonde la policía no se acercaba porque sus dueños pagaban cuotas importantes. Subió entonces a su departamento, cogió el pico y la pala y se fue al lote valdío.

Calculó las medidas de la caja y comenzó a golpear la tierra con el pico. No pensaba en nada, ni siquiera estaba preocupado por que lo sorprendiera el amanecer. Sabía que eso, nada más, no era posible. Confiaba en su buena suerte. No temía en un castigo divino porque, a diferencia de lo que había intentado su mujer, no creía en Dios, así que ninguna fuerza superior lo castigaría. Estaba pensando en lo absurdo que sería que una patrulla pasara por ahí, justo a esa hora, lo descubrieran, lo llevaran preso y lo enjuiciaran. Ese sería el procedimiento si creyera en Dios. O en su defecto, nadie lo sorprendería, pero él se iría a casa con el remordimiento taladrándole los oídos, cada vez que encendiera la tele se acordaría de su crimen, y a los pocos días no podría más y se iría a entregar a la policía. Aquello tampoco pasaría, porque sabía que le había hecho un favor a su mujer. Tan desdichada, siempre con la intención de matarse sin tener nunca el valor de hacerlo, pobre, lo mal que ha de haber estado. Además, ahora podía casarse con Ceci, quien se había puesto muy triste cuando se casó, y hacerla feliz. Había complacido, así, a dos mujeres con un simple y sencillo homicidio.

Regresó a casa, se bañó, y durmió unas horas. Porfirio lo despertó aporreando la puerta, temeroso de que Renato no le abriera. Se puso un pantalón, una camisa de resaque, y abrió. Órale vecino, ¿no durmió bien o qué? Renato se rió. Es que me desvelé viendo tele. ¡Y cómo no!, gritó Porfirio. ¿No está tu mujer?, volvió a interrogar. Y él contestó, nada más, No. Ah, que bien, entonces podemos ver el partido agusto, es que ya ves cómo se pone, Sí, ya sé, pero no te apures, hoy podremos ver el partido completito sin nadie que nos interrumpa.

Porfirio dio un alarido de felicidad, y tuvo el honor de encender el televisor.

[FIN]

-------------------
[Primera parte]

[Segunda parte]

15/2/08

Un simple y sencillo homicidio (2 de 3)



A veces Renato se pregunta si su mujer de verdad le cree cuando le dice que se pasa todo el día trabajando. Y es que, si así fuera, tendría que ganar el doble, mínimo. ¿O a qué hora ella piensa que se va a la cantina, con sus amigos, a tomarse unas copitas mientras le pellizcan las nalgas a las meseras? ¿A qué hora cree que se encuentra con Ceci, la niña de quince años que está enamoradísima de un patán como él, y que sigue muy dolida porque se casó con Carla y no con ella? Su mujer lo sabe, una persona no puede ser tan pendeja, y aún así, cuando Renato llega a su casa, y finge estar cansado, ella le sirve la cena, le pregunta cómo le fue, le abre una cerveza, y luego se tira a sus pies a llorar desconsolada, mientras él le da unas patadas para que se calme. Comienza a hartarlo, pero bueno, nada más que quede embarazada, y se larga con Ceci, que está más buena y es más cachonda.

Hoy, sin embargo, es un día especial, por eso llega temprano. Ni siquiera espera el elevador: sube corriendo las escaleras, deja el maletín en el rellano, aporrea la puerta hasta que Carla abre, le cierra el paso con una cara de indignación asombrosa, pero Renato la empuja y pregunta, ¿Ya llegó? Llegó, claro que llegó, ha elegido la tienda que la entrega al siguiente día o te hace descuento. Carla firmó de recibido. Dos hombres tardaron casi una hora en subir la enorme televisión hasta el cuarto piso, donde tienen su departamento, por las estrechas escaleras. En el todavía más estrecho elevador, la inmensa caja ni siquiera cabía. Renato se detiene en medio de la sala, y maravillado, contempla la caja. Se acerca como si fuera una joya del más delicado cristal, y fuera a romperse ante la menor amenaza. En la cocina, Carla apoya la frente en la mesa, y llora, llora como nunca, a pulmón abierto, como lo haría un bebé. Pero su marido no la escucha. está ofuscado por la magnitud, por la perfección del aparato.

Con sumo cuidado, abre la caja. Saca los papeles y los plásticos que envuelven su nueva adquisición. Le ha salido baratísima, jamás en toda su vida se imaginó dueño de una como esta. Pero esos gritos... ¡Esos pinches gritos! Parece que la están matando. ¡Cállate, pendeja, si no quieres que te parta tu madre!, le grita Renato, sin voltearla a ver siquiera. Carla no se calla. En vez de eso, empieza a romper los platos, mientras, armada de valor, le reclama, ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a comprarte ese aparato tan caro, cuando anoche me acabas de decir que ya no puedes pagarme el doctor? ¡Cínico, desconsiderado, majadero! ¡Ya no quiero vivir, prefiero estar muerta! ¡Ya verás, me voy a matar, y entonces verás...!

Su marido no le hace caso. Es un día feliz en su vida, por qué ha de arruinarlo esa inútil que sólo sirve para chillar. No le va a hacer caso. Saca primero el folleto que enumera, una a una, todas las maravillas de su nueva televisión. No es cualquier televisión: es la primera de una nueva generación, una que marcará, sin duda, una era en la forma de ver el mundo, como dice su publicidad. Y cómo no. Parece brillar con luz propia... Si tan sólo Carla se callara un instante. Se ha puesto insoportable, amenazando que tiene un cuchillo y que se va a matar. Pues que lo haga de una puta vez. Renato mira a su alrededor, buscando entre el desorden desquiciado de la sala algo con qué frenar sus gritos. Y descubre, al lado de la lámpara, el collar que le compraron a un perro que todavía no tienen, pero que llamarán Rocky, como el boxeador.

Se lanza entonces sobre el collar, luego se dirige a la cocina, harto de los gritos. Toma a su mujer por los cabellos, la tira al suelo, se inca sobre sus brazos, para dejarla inmóvil, y mientras le grita, ¿Te quieres morir, cabrona? ¿Te quieres morir? ¡Pues te vas a morir, hija de la chingada! Se las arregla para colocarle el collar alrededor del cuello, mientras ella, desesperada, patalea y llora, ¡No, no! ¡Renato, déjame, déjame!, pero él, como siempre, no la escucha. Aprieta el collar tanto como puede. Coloca el cintillo, y sin soltarle los brazos, disfruta por un instante de un silencio golpeado por los gemidos de su mujer, por el ruido que hace al esforzarse por tomar una última bocanada de aire, aferrándose con todas sus fuerzas a una vida que, según sus llantos, ya no deseaba. En menos de dos minutos, Carla estaba inmóvil, con la cara azul a partir del cuello, y, oh Dios gracias, en silencio.

Y como los inoportunos siempre acuden cuando nadie los llama, alguien tocó la puerta justo en aquel momento. Renato se fajó la camisa y se peinó, viendo su reflejo en el refrigerador. Ya voy, respondió, mientras cerraba la puerta de la cocina. Abrió, y se encontró con la cara del chismoso de su vecino. ¿Todo bien?, preguntó el muy imbécil. Sí, Carla y yo peleamos, pero ya está más tranquila. Ah, sí, es que escuché gritos, le dijo, mientras trataba de asomar la cara hacia adentro, y de pronto abrió los ojos, que le brillaban, y le dijo, ¡No mames, Renato, qué es eso...! Lo hizo a un lado y se plantó frente a la caja de la tele. Renato sonreía, complacido. ¡Está rechingona, güey! ¿Cuánto te costó? Uy, si te dijera, le contestó Renato, mientras lo conducía de nuevo hacia la salida, y le decía, Orita estoy bien cansado, Porfirio, pero mañana vente en la tarde (con unas cervecitas) y la estrenamos viendo el partido, ¿eh? ¡Ya estás!, gritó el vecino, radiante de alegría.

Renato cerró la puerta, respiró profundo, y se dijo, Ahora sí, chiquita, y con mucho cuidado, sacó la tele de su caja, para contemplarla en toda su belleza.

[Continúa]

------------------
[Primera parte]

[Tercera parte]

4/2/08

Si no te quiere (2 de 3)



2. Pollo del amor

Siempre me pasa lo mismo. Al principio todo es valentía y arrojo, y cuando llega la hora de la verdad, resulta que soy como una chiquilla miedosa. Me veo bien. No, qué importa cómo me veo, no me importa. Soy una buena persona. Aunque no quiera, todavía duele lo de Gerardo. Cómo lo quise. Lo único que quería era lo mejor para él, que estuviera tranquilo y que no se preocupara por nada. Lo invitaba a cenar, le compraba ropa y zapatos, hasta pensé en comprarle el coche que me vendía el Poncho, pero no me alcanzó el dinero. Nunca quiso venirse a vivir conmigo. Decía que no podía dejar sola a su mamá, pero cuando yo iba a su casa a buscarlo, jamás estaba, andaba con sus amigotes, yo traté de alejarlo de ellos y se puso como loco. No puedo olvidar lo que me dijo ese día.

En fin, lo pasado pasado. Hace mucho tiempo de eso y ya no me quiero acordar. Ahora es una nueva oportunidad. Emanuel se ve que es un muchacho decente y educado. Se tomó casi toda la limonada y me invitó unos pastelitos que le había dado su tía. Lo invité hoy a cenar y aceptó, parecía contento. Quise preguntarle qué le gustaba más, si quería vino o coñac, qué se le antojaba de postre, pero el muy tímido me dijo que cualquier cosa que yo hiciera estaría bien. Me esmeré. Llevo casi cinco horas cocinando y la verdad es que jamás había cocinado una cosa tan deliciosa: el pollo del amor, con vino blanco y pétalos de rosas, almendras y miel, huele riquísimo. Me he puesto mi vestido verde, las zapatillas doradas y me hice un arreglito en el cabello que me llevó un buen rato.

Su ventana está oscura. Son las siete quince, y no ha llegado aún. Bueno, está bien. En cuanto llegue le haré señas para que se venga directo acá, para qué va a su casa, no hay necesidad de ponerse elegante, seguro va a querer bañarse y perfumarse, para qué, si así me gusta, sudoroso, oliendo a trabajo. Aunque creo que es muy vanidoso. En cuanto llegué con la limonada, se puso una camisa nueva y dejó la sudada en un rincón de la recámara. Pero conmigo no tiene que guardar las apariencias. Después de todo, va a estar conmigo toda la vida, lo voy a conocer con ropa o sin ella, limpio o mugroso, perfumado o apestoso: igual voy a quererlo y a cuidarlo.

[...]

Son las ocho y treinta y no ha llegado, su ventana sigue oscura. Estoy preocupada. Me dijo que iba a cambiar su número de celular y que por eso no me lo daba, debí insistirle más, ahora no sé dónde anda, con quién, si le habrá pasado algo, si está en la cárcel o en el hospital... Ay no, ojalá que no. Que esté atorado en el tráfico, que haya tenido un problema en su trabajo, que se haya metido en medio de una marcha nocturna o haya tomado mal la salida... Lo que sea, pero que esté bien. Lo que no sé es por qué no me llama para decirme que ya viene. Yo sí le di mi número.

[...]

Creo estar soñando, pero no: alguien abrió la puerta del edificio, al parecer de una patada. No pienso en nada, sólo en que puede ser él, y me asomo a la ventana. En algún momento de la noche, me cansé de tanto estar angustiada y me quedé dormida. No puedo ver más que una silueta azul que se mueve por el pasillo del patio, sosteniéndose con la pared, mientras anda como si el cuerpo le pesara mil kilos. Empieza a subir las escaleras a tropezones. Le grito. Emanuel, eres tú, Emanuel, estás bien, Emanuel, ¡Emanuel...!

-Ya cállate... pinche gorda... Ja ja ja... pinche gorda...

Sigue subiendo hasta llegar al segundo piso, y se va al fondo del rellano. Se talla la cara, saca una llave y con mucha dificultad, abre la puerta. La luz dura prendida dos minutos, luego se apaga. Bueno, al menos llegó bien. Al menos no le pasó nada. Se perdió de un pollo exquisito.

[Continúa]

-------------------
[Primera parte]

[Tercera parte]

1/2/08

Si no te quiere (1 de 3)



1. Persianas

Tener persianas en las ventanas resulta conveniente sobre todo cuando llega un nuevo vecino. Viviendo en el último piso, con la ventana hacia el edificio de enfrente, puedo observar las escaleras, y vigilar quién sube y quién baja. Hoy sube y baja un muchacho de unos 25 años, que lleva días sin afeitarse. Ojos claros, piel morena, cara afilada, pelo corto, brillante. El sudor le sienta bien. Desde su coche estacionado en la puerta del edificio, acarrea cajas con sus cosas sin detenerse a descansar. Ya ha subido una televisión de las viejas, de perillas, una radio negra, muy moderna, con luces de colores, y un horno de microondas. Iba subiendo un mueble, de esos que se arman casi solos, cuando se detuvo en el rellano de las escaleras, se desabotonó la camisa y la dejó en el barandal. Nada más de verlo sentí un calor por todo el cuerpo que me dobló las rodillas. He tenido una idea para acercármele. Es que un soltero como ese, y joven además, no se ve todos los días.

Hice limonada. Estoy esperando a que pare su ir y venir para salir bamboleando las caderas, con una sonrisa coqueta, mis pestañas enchinadas y mi lápiz labial rosa que tan bien me queda. Con el vestido suelto ni se me nota lo gorda. Quizá le lleve un poquito de nieve, y unos dulces. No, mejor sólo agua. Digo, apenas lo voy a conocer. El agua no se le niega a nadie, por educación, pero yo qué sé, quizá es diabético el pobre. Yo voy a cuidarlo. Nada más que se enamore de mí, y va a ver, se va a preguntar cómo es que pudo vivir tanto tiempo solo. Lo voy a tratar mejor que su madre. Lo voy a mimar todos los días. Voy a trabajar horas extras, y voy a adelgazar, ahora sí. De cualquier manera, no se va a enamorar por mi apariencia. Se ve un muchacho sensible, inteligente, muy noble, sé que él sí sabrá apreciar lo que tengo para ofrecer, sé que podrá valorarlo.

En las amistades ya no se puede confiar. Por eso es siempre bueno tener a alguien, una pareja, contigo, que te apoye, que te cuide, que te diga lo que te conviene y lo que no. Y ese muchacho, tan simpático, tan puro, cualquiera podría abusar de él, pobre, tiene cara de inocente. Pero ya verá, conmigo a su lado no le va a pasar nada, no tendrá qué temer. Esa es la última caja. Regresó a estacionar bien su coche, y ahora sube las escaleras sin nada en las manos. Se detiene otra vez en el rellano y se empieza a abotonar la camisa. Esa es la señal. Le voy a tocar la puerta, veré de cerca sus ojos claros y su sudor, todavía fresco, y le diré: Hola, yo vivo enfrente, me llamo Renata, te traje limonada. Con eso cae. Con eso.

[Continúa]

-------------------
[Segunda parte]

[Tercera parte]

27/1/08

La maldición de Ahmed




1. La niña de al lado

Se había acostumbrado tanto al llanto estruendoso de Ahmed, que ni siquiera lo escuchaba. Ella decía que ya estaba muy vieja para cuidar a un niño, por eso dejaba que la niña de al lado, nunca supo su nombre, entrara todos los días a darle una botella de agua y algo de comer al bebé. La niña lo hacía de mala gana, pero temía tanto a los castigos divinos, que ella misma tocó un día a la puerta de Khadija y le dijo, Disculpe, señora, por qué llora tanto su hijo. Yo no tengo hijos, contestó la mujer, y le cerró la puerta en las narices. Le ponía la almohada en la cara para que su llanto no se expandiera hasta la calle, pero por alguna razón, la niña podía percibirlo, lo escuchaba en la escuela, en la calle, en la mezquita, cuando jugaba, cuando cocinaba, cuando su abuelo le contaba cuentos sobre niños muertos, escuchaba el llanto inconsolable de Ahmed y sentía la urgencia de ir a socorrerlo, y de mala gana cuestionaba a su conciencia, Yo por qué, pero no habiendo nadie que pudiese contestarle esa pregunta, insistió con Khadija, quien al fin la dejó pasar para que se convenciera de que en su casa no había ningún niño.

Quizá la mujer, en efecto, estaba loca, porque su casa parecía un chiquero. Pero cuando la niña de al lado comenzó a alimentar a Ahmed, la presencia del bebé se hizo evidente. La niña creció y quién sabe si le tomó cariño a Ahmed. Khadija le decía, Por qué no te lo llevas a tu casa, para que lo cuides siempre, pero no había que pensarlo, su madre la mataría si llegaba un día con un niño en brazos, imagínate. Mejor vengo y aquí lo cuido, le dijo.

Un día entre los días, Khadija quiso un plato de arroz y descubrió que ya no tenía. Tampoco alubias, ni maiz, ni nada. Tampoco tenía dinero para comprarlo. Se preguntó cómo es que sus pocos recursos, de un tiempo a acá, se terminaban más rápido que de costumbre, y la única explicación que se le ocurrió fue Ahmed. Así que lo envolvió en una sábana sucia y rota, y emprendió un largo viaje hasta la casa de una pariente del esposo de su difunta hermana, que por cierto, había muerto a causa de Ahmed. Llegó de sorpresa y todos la recibieron con gran alegría. Le dijeron Que lindo niño, es tuyo. Y ella respondió, No, es el hijo de mi hermana. Entones la cara se les hizo larga y nadie quiso seguir acariciándolo, porque el hijo que mata a su madre al nacer, sin duda está maldito. Se marcharon, pues, a dormir, y Khadija se quedó al final, despierta frente al fuego, dejando al pequeño Ahmed en el suelo.

Y cuando se aseguró que nadie seguía despierto, emprendió el camino de regreso, liberada al fin de tan pesado bulto. En el camino un camión sin luces la arrolló y ese fue el final de todos sus días.

2. Kelb

Por varios días, Ahmed estuvo olvidado frente al raquítico fuego sin que nadie se interesara por moverlo de ahí. Pensaron que seguramente Khadija habría salido a atender algún asunto cerca, y que pronto volvería por su sobrino. Cuando se enteraron del trágico accidente, comprendieron que era a causa de la maldición de Ahmed, y echaron suertes para ver quién sacaba al niño al patio. Zahra, una mujer madura y soltera, vivía en aquella casa y era dueña de tres de los cuatro perros de la familia, y tuvo la suerte de hacer que Ahmed saliera de la casa. No podían matarlo y ya, pues matar a un niño maldito significaba una maldición aún peor para el asesino. Entonces, Zahra llamó a su perro consentido, Kelb, que entendía, según Zahra, todo lo que ella le decía, y le ordenó que sacara al niño al patio. El perro permaneció unos instantes inmóvil, mirando el bulto ruidoso y hediondo que era Ahmed, hasta que entendió lo que su ama quería y, arrastrándolo por la sábana en la que Khadija lo había envuelto, lo llevó hasta una esquina del patio, muy cerca de su plato de comida.

Los gatos lo acecharon los primeros días. Había entre treinta y cuarenta. Los otros tres perros, peresozos y dedicados a alimentarse, ni siquiera se interesaron por el recién llegado. Sólo Kelb permaneció a su lado, sin apartarse de él desde el primer ataque de los gatos, cuando descubrió su rostro arañado cubierto de sangre, y lamió sus heridas toda la noche. Tampoco acudía al llamado de Zahra, quien pronto dejó de mimarlo y lo cambió por otro perro. Kelb estaba día y noche, noche y día, encima de Ahmed, cubriéndolo del frío, alimentándolo con su comida, jugando con él y cuidándolo de los salvajes gatos.

Los vecinos jamás lo notaron. Había tanta gente en aquella casa, que ver a un pequeño de cuatro años entre los perros no les parecía extraño, y no se preocupaban por averiguar su genealogía, porque de todos modos, al final, no entenderían de quién era hijo. Y los que vivían allí, jamás se acordaron de su nombre, y lo consideraron un perro más, pues andaba como uno, ladraba como uno, andaba en cuatro patas como uno, y cuando Kelb, su cuidador y criador, murió de viejo, Ahmed se quedó a su lado, hasta que los primos de Zahra lo enterraron al otro lado de la cerca, y ahí fue donde Ahmed tuvo su cama unas noches, aullando, lamentándose la pérdida del ser tan querido, hasta que el mismo tiempo y la memoria lo olvidaron también, cumpliendo así la última condición de la maldición que descansaba sobre su nuca.

(FIN)

20/12/07

Te ves hermosa



(de la serie "Cuentos de Navidad")

Le va a doler deshacerse de la gargantilla, pero después de todo, piensa, es la última nochebuena en el club, pasada la fecha jamás podrá volver a utilizarla, qué caso tiene llevársela a la tumba. Si puede servirle para vivir una última noche sin humillaciones, sin que la gente murmure, Mira, trae el mismo vestido, Pobre viuda, se ha quedado en la ruina. Qué les importa. Los va hacer tragarse sus palabras, verán cuán radiante acude a la cena, más radiante, más elegante, más bella que nunca. La llavecita de la caja está en el clóset, en una puerta que se abre con combinación. Es para abrir otra caja, que contiene otra llave, que abre una puerta más en el clóset que contiene otra caja con una combinación diferente, y ahí dentro, envuelta en una suave tela, yace la gargantilla que su marido le regaló cuando se casaron.

Ah, lo que provocó aquella gargantilla en su tiempo de gloria. Miradas sobre ella, miradas de admiración y sobretodo, de envidia. Los ojos de todas las mujeres puestos sobre el brillo de los diamantes, sobre el resplandor del oro puro. Te ves hermosa, le decían, pero no le decían a ella, sino a su gargantilla, y Gloria se ponía feliz porque esa noche podía ver con claridad los pensamientos de las otras mujeres, Maldita perra, cómo fue a comprarse eso, está divina. No importaba cuántas veces se la pusiera, procuraba no gastarla demasiado, una, dos veces al año, pero cada vez provocaba la misma reacción. Es que una cosa así no se ve todos los días, menos en este país. Pero su marido, en ese tiempo, era una adoración. Claro, antes de morir y heredarle las deudas, los ajustes, los créditos vencidos, y dejarla en ruinas, ese pequeño secreto que le reveló hasta que estuvo en su lecho de muerte: No tengo un peso, estoy hasta el cuello de deudas.

Lo cierto es que ya no tenía ánimos de vivir sólo para sobrevivir. Su casa estaba ya vacía, sus alhajeros, vacíos, sus cuentas de banco, sus roperos, sus cofres, hasta los techos y las cocinas estaban vacías. De muebles, de cuadros, de candelabros, de licuadoras, de gente. Lo único que había en la enorme casa, además de ella, era su cama y un inmenso espejo donde recordaba, noche tras noche, los tiempos mejores. Sacó la gargantilla de su escondite y se la puso. Todo brilló, la casa se iluminó, escuchó el eco de sus amigas diciéndole, Te ves hermosa, sus mejillas adquirieron otra vez color, su pelo un resplandor de musa, su porte se enderezó, que tiempos, dios, que vida.

Estuvo cerca de dos horas contemplándose, recreando conversaciones, sosteniendo en la delicada mano una copa imaginaria de champán mientras saludaba a la imaginaria esposa del ministro extranjero. Rescató sus mejores recuerdos, y cuando dieron las seis, y su pequeño reloj despertador sonó, volvió de golpe a la cruel realidad y se dijo, Es hora. La cena de nochebuena en el club costaba, como de costumbre, cinco mil pesos, y no podía permitirse la humillación de no asistir. La gargantilla era lo último que le quedaba, y con lo que le dieran por ella le alcanzaría hasta para comprarse un vestido elegantísimo, porque también, el que llevaba puesto era el único que tenía. Era su último gusto, su última fiesta, donde brillaría igual que cuando estaba vivo su marido, y cuando creía poseer una fortuna inmensa: coches, casas, viajes, navidades llenas de regalos para todo el mundo. No llevaría regalo para nadie, pero estaba bien. La gente sabía que era pobre, le tenían lástima, qué más da, ya no le importa, llegando a su casa de la cena, tomará una soga y se ahorcará de donde estaba colgado el maravillosos candelabro de la cocina que había vendido el mes pasado.

Salió de su casa asegurando lo más que podía la gargantilla. Se detuvo en la esquina de la avenida y cuando vio venir un taxi, no pudo evitar hacerle la parada. Pero justo antes de subir, recordó que no llevaba más que cinco pesos. Se quedó pensativa, nostálgica, recordando cuando no le importaba pagar un taxi para ir al otro lado de la ciudad cuando su chofer estaba indispuesto. Lloró frente al taxista, y él la apresuró, Señora, súbase que estamos parando el tráfico. Ay, no, disculpe usted, le contestó ella, y cerró la puerta, y todavía con lágrimas en los ojos, le hizo la parada a un microbús que pasaba, al sentir el tubo de la escalera en su mano, frío y repleto de bacterias, para consolarse, pensaba, Es la última vez, esta es mi última noche, la última y se acabó, se acabó.

(FIN)

15/11/07

La farsa



No alcanza los pañuelos desechables, tiene que quitarse de encima de Derek para llegar hasta el buró al lado de la cama. Toma uno, y se limpia. Le pasa uno a Derek, quien hace lo mismo, y luego abre los brazos y se queda tendido en la cama, con la respiración todavía agitada, cierra los ojos, estira las piernas, ha sido demasiado para él. John, a pesar de la oscuridad, puede ver sus facciones relajadas e inocentes, provocándole un enorme arranque de ternura. No puede resistirse, le da un beso antes de dirigirse al baño. Derek apenas logra responder, pobre, ha quedado agotado, bien dicen que el amor cansa, y bastante. Es por eso que John no tiene una gota de sudor. Deja al muchacho ahí, recostado, le murmura, Ha dormir, le parece mucho más fácil esta forma verbal que el presente, no hace mucho aprendió español para poder acostarse con un mexicanito que conociera en su largo, larguísimo viaje de negocios, pero no se topó con ningún mexicanito que le gustara, los veía a todos, horribles, no porque fueran feos, sino porque los jovencitos, los que quería, eran unos verdaderos idiotas. Todos. No sabían ni jota de inglés, no tenían tema de conversación si no era la absurda televisión de su país, la ropa o los mejores antros. No había remedio. Por fortuna, se le atravesó en el camino este bonito espécimen argentino, de ojos grandes, moreno, pelo negro, en pleno desarrollo. Diecisiete años tenía, Wow, fue lo único que dije John cuando Derek le mencionó su edad.

Es una verdadera lástima. Pero es que así no se puede. Cada año hace lo mismo, y aunque esta vez le ha gustado mucho el pibe, sabe bien que no puede quedarse con él. Las promesas no valen nada, apenas se conocen, cómo espera el pobre Derek que un gringo cuarentón, con toda una vida a cuestas, cumpla sus promesas, si le cree es por su ingenuidad adolescente, pero ya aprenderá, con el tiempo se irá curtiendo, los dolores del amor y de la vida lo harán convertirse en un ser frío y calculador, incapaz de amar a nadie. Lo sabe porque son muy parecidos. De inmediato te das cuenta, o al menos así lo cree John, cuando una persona es compatible contigo, por lo que dice, las palabras que usa, hasta los gestos que hace. Toma un poco de papel higiénico y se limpia otra vez. Han sido noches placenteras, ni dudarlo, pero ya, se le terminó su plazo, imposible continuar la farsa. Ya será el año que entra, quién sabe, quizá vuelva a encontrar a Derek por ahí, deambulando por las calles, yendo de un antro a otro porque en todos se aburre, igual que él. O quizá no. Como sea. Le dirá a su mujer y a sus hijos que se va a impartir unas conferencias importantísimas a sus empleados de Polonia. Es ahí donde tiene sus negocios y sus socios, ahí y en Francia, Alemania, Portugal, por toda Europa. En México, ni pensarlo. Además de que no se puede, le gustan mucho los mexicanos, por eso no puede arriesgarse a que en uno de estos viajes de placer, se encuentre a uno de sus colegas y le pregunte qué anda haciendo en el Tercer Mundo, o peor aún, que lo vea caminando abrazado de su chamaco, melosos, comiéndose un helado. La que se le armaría. Pero sabe que está a salvo acá.

Se mira en el espejo y comprueba que no es feo. Su mujer ha tenido suerte. Igual sus hijos, tendrán todo lo que quieran, cuando lo quieran. El único requisito es no cuestionarlo nunca. Su mujer no debe preguntar, ni siquiera pensar, en por qué no le hace nunca el amor. Por qué viaja tanto, por qué tiene secretario en vez de secretaria. En Washington sabe guardar las apariencias y resistir las tentaciones. Se limita a ver, con disimulo, a los latinos que se le van cruzando por la calle, pero jamás le gana el instinto. Es triste, en ocasiones, frustrante muchas veces, sabe que un día no va a resistir y se va a lanzar encima de su amigo Frank, un marica tremendo, por lo bueno y por lo marica, víctima de sus eternas provocaciones. No hay de otra, es hora de volver.

Sus maletas ya estaban listas, detrás del guardarropa. Toma un baño rápido, se viste, se perfuma. Derek se retuerce entre las sábanas. Luce tan tranquilo, tan seguro. Busca en su saco el boleto de avión, debe estar en el aeropuerto a las cinco de la mañana, así que ya es hora de salir. Como siempre hace, le deja un fajo de dólares en el buró, junto con una nota: "Me he ido a San Francisco. Take care. Love. John", se le acerca, no despertará, está bien dormido. Le da un beso en la frente, Last kiss, piensa, le acaricia el cabello. Se da media vuelta, toma su maleta y sale de la habitación. El pobre Derek despertará tarde, se descubrirá solo, sin John, llorará un rato, se llevará el dinero, y se pasará la vida entera juntando plata para irse a San Francisco, detrás de su amado, pero jamás volverá a verlo, porque irá a buscarlo en un tiempo y lugar equivocados.

(FIN)

26/9/07

Antropología




"La atracción de lo extraño y distante ejerce una influencia peculiar en los que están descontentos de sí mismos o que no se sienten agusto en su propia sociedad"

-Clyde Kluckhohn

29/7/07

Más descalza



Su hermano le decía que no fuera, que no necesitaba su ayuda, pero a Xóchitl le gustaba ir a la fuente, aunque fuera lejos, aunque tuviera que cargar de regreso la pesada cubetita que le daban, y no tanto por el recorrido, fúnebre y deprimente, sino por sentirse útil para la casa. Habían sucedido emergencias en que, de no ser por su cubetita, quién sabe qué hubiera pasado. Arde la tierra bajo sus pies desnudos, y el sol encima de sus cabellos negros. El aire caliente la obliga a entrecerrar los ojos, los pasos largos de su hermano, quien dará unas cinco vueltas de la casa a la fuente para llenar los tambos que necesitan el día de hoy, la hacen apresurarse. Mira el suelo atenta, no quiere volver a enterrarse un vidrio, o un clavo que le atraviese el pie, como dicen que le pasó a Martín, por ir distraído.
Llegan por fin a la fuente, en el centro del pueblecito, y descubren una algarabía inusual. Hay un camión muy grande, hay un sujeto gordo, pelón, tétrico, vestido todo él de blanco, bailando una música estridente que sale de la caja del camión, y la gente se arremolina a su alrededor, gritando desesperados, alzando las manos, unos tratando de salir, otros tratando de entrar. Xóchitl no puede evitar sentir curiosidad, su hermano menos, estira el cuello, pero no puede más que ver que están regalando algo. Ha pasado antes, que viene reporteros de la televisión y les regalan despensas, o que viene gente común y corriente, güeros, altos, de ojos azules, y les regalan cobijas y ropas. Le dice su hermano a Xóchitl, Ándale niña, ve, asómate a ver qué están regalando. Le quita la cubetita de la mano y la empuja hacia la multitud. Ella tiene miedo, no le gusta la gente, luego la pisan, la golpean. Pero bueno. Tal vez su hermano esté en lo correcto y estén regalando costales de arroz y frijol, y puedan comer bien, al menos hoy.
Su diminuto cuerpecito se abre paso con facilidad por entre las faldas de las mujeres y antes de lo que cree ya llegó hasta el gordo de blanco. Ya viéndolo cerca descubre que no es un hombre, o bueno, sí es, nada más que trae un disfraz puesto, porque no puede haber un hombre tan bizarro. Sus ojos pequeñísimos, negros como escarabajos, y su bigote retorcido, y su sonrisa perpetua, son abominables. No sabe cómo, pero Xóchitl está segura que la mira. El gordo le estira la mano, la niña, temerosa, le ofrece la suya, el gordo la jala y la carga, algo grita un tipo detrás de ellos a la multitud que empieza a aplaudir, algunos gritan Gracias, gracias, otros chiflan, entonces Xóchitl vuelve a ser depositada en el suelo, mientras el gordo le da una caja de cartón, le sacude los cabellos y sigue bailando. Hace un esfuerzo por salir, que por cierto es mucho más difícil que entrar, y afuera de la multitud la espera otro sujeto, también de blanco, pero sin disfraz, que le dice, Niña, sonríe, sonríe. Ella obedece, creyendo que si no lo hace le quitarán su caja, hasta el momento ni se ha enterado qué es, sólo sospecha, por el peso y el tamaño, que pueden ser unos zapatos, dibuja en su cara una sonrisita tímida, el sujeto saca una foto con su cámara, y se va, sin prestarle mayor atención.
Xóchitl llega hasta su hermano corriendo. A ver, qué te dieron, a ver. La niña sabe que no es algo grande, porque la caja no pesa, pero no importa, todo lo que sea gratis, es bien recibido. Le da la vuelta a la caja, que por el otro lado es transparente, y descubre con tristeza una mujer, de esas rubias, pálidas, flacas, pero tan pequeña, que cabe en la caja. Es del tamaño de su muñeca de trapo, pero esta es como una estatua, dura y toda pintada. Puta madre, una mona, dice su hermano. Xóchitl también luce desencantada. Pues ni modos, le dice su hermano, tírala por ahí, y vámonos que ya se hizo tarde. Xóchitl avienta la caja de cartón, todavía sin abrir, al suelo, recupera su cubetita y se van a la fuente. Mientras camina, siente más la tierra caliente, las piedras molestas, se siente más descalza todavía, porque ya se había imaginado la suavidad de sus primeros zapatos en los pies.

(FIN)

22/7/07

Los esclavos



Suena la alarma de su reloj de pulso cuando la telenovela está mejor. Rebeca la apaga y se dice a sí misma, Ahorita voy, ahorita que pase un comercial. Deja pasar tres minutos más, tan pequeño tiempo no puede traer mayores consecuencias. Y es que le han revelado a Isabel Cecilia que Rubén Alberto es su verdadero hijo, no Armando Manuel. Ay no, ya se terminó, piensa, cuando ve correr la cortinilla de los créditos finales en la mitad de la pantalla, mientras en la otra el titular del noticiero estelar da un avance de los acontecimientos que según ellos conmovieron al día. Rebeca se levanta a toda prisa. Saca del tocador las ampolletas de su madre, y descubre con horror, que sólo le queda una. Y ahora no están para comprar más, tan caras que son. Tendrá que consultarlo con Ernesto, ahorita que llegue. Mientras prepara la jeringa, el algodón, el vaso de agua que debe tomar su madre para tranquilizarse después del inmenso dolor que le provoca aquello. Toca a la puerta, como siempre. A lo lejos, se escuchan las preliminares del partido de futbol de esta noche, juega la selección. Fernandito corre desde el patio, no se quiere perder el juego. Hasta Nancy, la pobre, deja a un lado su libro con la tarea y se hipnotiza con la pantalla brillante. No tarda en llegar Ernesto.
Saluda a su madre como si fuera una enfermera y no su hija, de una manera impersonal y áspera. Cómo está, mamá, le pregunta, y la mamá ni siquiera puede responder. Apenas se oye un desganado Bien, hija, y nada más. Le lleva sus dos pastillas en una charolita y la inyección ya preparada. Doña Isabel trata de erguirse un poco, mas le es imposible. Está más débil que otros días, ya no consigue ni mantener los ojos abiertos. Rebeca introduce la aguja en el catete del suero, y la incorporación del pesado líquido en sus venas la hacen fruncir el ceño, emitir un gemido inaudible, apretar el otro puño. Pero ya, todo termina pronto. Rebeca le acerca el vaso de agua a los labios, le dice, Duérmase ya, eh, y sale de la recámara. A ella tampoco le gusta perderse las preliminares.
Con la respiración agitada y el cabello mojado, porque afuera llueve, llega Ernesto haciendo un escándalo. Ya empezó, ya empezó, le pregunta a Fernandito, quien le contesta, entusiasmado, No papá, apenas están los comentaristas, y lo empuja hacia un extremo del sofá. Es lógico que el jefe de la casa tome el lugar del centro, del que mejor se ve la pantalla plana, recién adquirida, de 32 pulgadas y sonido envolvente. Cuando la trajeron, Rebeca pensó que era la mejor televisión que había en el mundo. Y debía ser, por lo que le costó a Ernesto, quien después de un año, no llevaba ni la mitad de la cuenta pagada. Eso era malo, porque ya habían amenazado con embargar si no se liquidaban los retrasos. Sería terrible. Habían por fin conseguido el dinero, casi por milagro, Rebeca tuvo que lavar y planchar ajeno todo el mes, montañas de ropa por toda la casa que le dejaron las manos destrozadas. Ernesto dobló turnos en el microbús, y daba sus vueltas a toda velocidad, incluso se salía de la ruta para tomar atajos, pero, entre más vueltas daba, más le pagaban. Hasta Fernandito y Nancy elaboraron una rifa falsa de un juego de video en la escuela, donde ganó el primo inexistente de la amiguita de Nancy. Pero no se había acordado de las medicinas de su mamá.
Le había advertido el médico que las dosis de su madre eran indispensables, que la falta, incluso el retraso, de una sola, le podría causar agravamientos mortales. No le había dado mucha esperanza. Le confirmaba en cada consulta el retroceso de su estado, le aconsejaba que fuera preparándose, porque los gastos del funeral son fuertes y más que indispensables, y que la necesidad de féretro, fosa y papeleo podía surgir en cualquier momento, uno de estos días. Pero ahora no quería pensar en eso. El partido había comenzado, la cena estaba caliente y Ernesto hambriento. Le puso una de las mesitas que tenían para comer en la sala, le sirvió el caldo y el guisado juntos, para que cupieran en el plato, y un enorme vaso de cocacola. Ernesto, eufórico, no despegaba los ojos ni un segundo del televisor, metía la cuchara en el plato sin voltear a verlo, y gritaba cuando la selección se acercaba a la portería contraría, regando comida por todo el suelo. Fernandito, a su lado, estaba contagiado por su fervor, ni siquiera entendía muy bien lo que era el futbol, sólo sabía que quien metiera más goles, ganaba, que eran los mismos conocimientos que su madre tenía del dicho deporte. Nancy, desde la mesa y con el lápiz todavía en la mano, seguro le faltaba muchísima tarea, tampoco podía voltear la cara, lo ideal hubiera sido que se retirara a su recámara, sin televisión, cerrara la puerta y se concentrara. Pero Rebeca, piadosa como siempre, le preguntó, Te falta mucho, mija, y la hija, Algo. Rebeca sonrió y la invitó, Vente, 'orita terminas eso. La niña saltó de la silla y se fue a sentar al lado de su papá, con una sonrisa de oreja a oreja.
Eso le gustaba de la televisión, que unía a la familia. Aunque fuese sólo por las noches, todos se reunían en la sala a ver el partido, un programa de comedia, uno de concursos, lo que sea, aquel aparato tenía el mágico don de unificar lo fragmentado, de conciliar lo alterado, de juntarlos y hacerlos felices como la bonita familia que eran. Aunque después, ya apagado el aparato, Fernandito siguiera con su mutismo inalterable y con su incapacidad para hacer amigos, Nancy volviera a la triste realidad de la escuela y su falta de talento para ella, y la inminente posibilidad de tener que repetir, una vez más, el cuarto año; Ernesto siguiera pensando en las deudas por montones y en las cuentas por pagar, además de mantener también a su amante y a su otro hijo, recién nacido, con el salario miserable de un microbusero, y Rebeca continuara angustiada por las sospechas, por vivir encerrada en esas cuatro paredes sin poder salir nunca, esperando paciente a que todos llegaran, de la escuela o del trabajo, para unirse en torno de su amo, de quien dependía su felicidad y su armonía. Estaba decidido. Mañana iría a dar el abono de la televisión. Las medicinas de su madre podían esperar, digamos, hasta el siguiente mes.

(FIN)

15/7/07

No se olvida



Dos marchas, un mitin en plaza pública, una reunión con ejidatarios, una asamblea nacional, un par de volanteos, y muchas sesiones ordinarias y extraordinarias del comité. De eso se conforma mi historial como revolucionario. He hecho tan poco.
Mis días consisten, o al menos los últimos, en levantarme de la cama, vestirme, sentarme a escribir, cambiarme, desayunar/comer, tomar el metro, leer la biografía del Che, trabajar diez horas rodeado de gente que pertenece a un grupo social que una vez admiré, por su lucha y su actividad política, pero ahora, al contactarlos, al conocerlos, me he dado cuenta que la mayoría son vacíos, secos del cerebro, faltos de ideas propias, preocupados por banalidades, sin saber ni apreciar, ni practicar, dicho sea de paso, lo que sus dirigentes una vez lograron, y haciendo todo lo contrario a lo que intentaron predicar, discriminando, haciendo a un lado, ignorando a otros grupos minoritarios. Prosiguiendo con mi rutina: termino de trabajar como a las 10 y media u once, me dirijo otra vez al metro, otra vez leo la vida del Che, llego a mi casa, como/ceno, leo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes -unas tres o cuatro páginas por sesión-, o si no toco la guitarra para no perder la práctica, no me da tiempo de hacer las dos, y me acuesto en la cama, dispuesto a empaparme de amor para dormir tranquilo. Los días de descanso salimos, vamos a algún museo, a la cineteca, visitamos a alguien, compramos la despensa, ese es el único que varía. Si no aprovecho, al menos vivo 15 ó 16 horas al día. Todavía duermo bien.
Pero siento la angustia ahogándome. Siento la necesidad imperiosa de utilizar mi tiempo en lo que antes lo usaba, en lo que antes agotaba mis energías, físicas, intelectuales y monetarias. Todos los días recuerdo que este país, esta sociedad está condenada a cambiar para no perecer. Cada día veo la injusticia, le desigualdad, la ignorancia, la pobreza extrema, y la rabia me invade. No estoy al día con lo que pasa en el mundo, mis actualizaciones se limitan a las primeras planas que leo en los puestos de periódicos, y la mayoría consisten en "¡Mató a la nuera!" o "¡Partido en dos!", pero sé que las cosas no pueden andar bien, porque no se ve en las calles. Porque la política sigue siendo, como siempre, un ranking de popularidad, porque, por más bonita y moderna que se vea la ciudad, no significa que haya un avance o un progreso. Acá, en los lados feos, todo está igual, los desempleados siguen sin empleo, los desnutridos siguen sin comer, los analfabetos siguen sin ir a la escuela. Eso es lo que más me preocupa, la educación. Estoy convencido que un proceso revolucionario no puede llevarse a cabo sin la participación popular, y ésta no puede accionarse sino en personas con un nivel de educación medio. Con gente que sepa un poquito de economía, de política, de sociología. Y me gustaría hacer eso, en mis ratos libres -que son de por sí pocos-, participar en campañas voluntarias de educación, y hacer algo por mi país.
No me siento patriota. No siento que este sea un país que yo deba defender con la vida, pero sí lo haría por las personas. Ellas no son las culpables de su ignorancia, sino este sistema horrible, esta tríada gobierno-iglesia-medios de comunicación, esos son los que chingan la nación. Más los últimos, embobando, durmiendo conciencias, volviéndolos adictos a dramas insensibles, a juegos sin motivo, a noticias que desinforman. Sé que cuando entre a la UAM podré sumarme a algún grupito de rebeldes que encuentre por ahí, que sí los hay, y organizarme con ellos para armar un documental sobre la pobre educación de los mexicanos, o una jornada de educación, o un taller de lectura y redacción... Tantas cosas. Por eso no puedo esperar para entrar a la escuela. Por eso, y porque estoy ávido de aprender acerca del hombre y sus sociedades. Pero ya cada día falta menos, ese es mi único consuelo.

"Si mi sangre pide, mi sangre le doy/ por los habitantes de nuestra nación"

3/7/07

Los días que le queden



Guadalupe Pérez llega todos los días a las 6 de la tarde a la misma esquina transitada del centro de la ciudad. Viste siempre su chal morado, su falda blanca, amplia, sus lentes gruesos, sus zapatos negros cerrados y viejos. Trae consigo el vasito de plástico blanco, una bolsa misteriosa de nylon, y su bastón para caminar. Se coloca en el lugar exacto, y sin decir una palabra, deja la bolsa de nylon entre sus pies, se recarga en su bastón, y sosteniendo el vasito de plástico, estira el brazo. Y ya, a esperar. Trata de dirigir, junto con sus ojos casi cerrados, el vasito hacia los transeúntes, que pasan, pasan y pasan, la mayoría sin voltearla a ver siquiera, como si no existiera, como si fuera parte de la decoración de la ciudad, otra vez infestada de vagabundos, de limosneros, de parásitos sociales, según muchos, porque impera la ley del sálvese quien pueda, hagan lo que quieran para no morir de hambre, todo se vale. Algunos deciden robar, no sólo los bolsos de las damas en las calles, sino mediante fraudes a socios bien intencionados, o jugando con las finanzas de la compañía; otros, prefieren comerciar con objetos insólitos, dijes de la santa Muerte, calcetines para el frío o para el calor, películas para adultos que no sólo venden a adultos, sino a quien pueda pagarlas. Guadalupe Pérez no puede hacer nada de eso. Tiene órdenes precisas de no invertir. Una vez sugirió comprar una cajita de chicles, en uno de sus extraños momentos de lucidez, y subirse al metro, como lo hacían su comadre Petra, pero no, la mafia era enorme, y un gasto en eso es, dice su hijo, un desperdicio de dinero. A su edad, que ya ni ella misma recuerda, se le ha vuelto muy difícil ver de noche. Está atenta a las sombras que le pasan por enfrente, y al sonido que hace la moneda al caer al fondo del vaso, que jamás se llena. Apenas cae una, y Guadalupe le da la vuelta al vaso, para que la moneda caiga en su mano, y se la echa en el bolsillo. La mayoría son monedas pequeñas, es muy rara la vez que caen cinco o diez pesos, pero pasa todas las noches. La bondad de la gente, la necesidad de ayudar, es quizá el remordimiento de la conciencia, de saber que todos los días viven envueltos en la corrupción y la explotación, y que no mueven un dedo para remediarlo, al menos ayudo a la ancianita, pobrecita, ha de estar muerta de frío. Y de hambre. Pero no. Guadalupe Pérez no siente frío, ni hambre. Su estómago se ha reducido, su piel ya no es sensible al clima externo, ya nunca tiene frío ni calor. Un pan con café por la mañana, y un plato de sopa en la tarde, son suficientes para calmar las tripas todo el día. Ya se va haciendo tarde. Pasa casi cinco horas en la misma posición, sin decir palabra, alternando el vasito y el bastón de un brazo a otro, para no cansarse tanto. Está a punto de irse, cuando una mujer se detiene frente a ella, en ocasiones sucede, que le intenten decir algo, que la noten ahí parada y que descubran una persona de carne y hueso. Buenas noches, señora, cómo está. Guadalupe Pérez siempre hace lo mismo cuando esto sucede: se queda quieta, callada, con la mirada perdida. Sin embargo, la mujer no espera respuesta, está abriendo su cartera, saca un billete, lo mete en el vasito y le dice Ya váyase a su casa. Descanse unos días. Y desaparece. Es un billete de quinientos. Ella lo sabe porque de estos sólo le han dado tres veces, contando la de hoy. Se detiene en las escaleras del metro, saca el billete de su mandil y abre la bolsa de nylon, busca un viejo trapo, sucio y roto, lo desenvuelve y mete el billete, juntándolo con los otros que ahí guarda. No hay tiempo para contarlo, mejor será llegar a la casa ya. La mujer de su hijo la recibe de mala gana. Sólo le quita el seguro a la puerta, y se va. Guadalupe tiene que empujarla, meterse en la casa y volver a cerrarla.
-¿Ora, por qué tan tarde, Lupe?
Su hijo ni siquiera la mira, no puede quitar los ojos de la televisión encendida. Está cenando sobre el sofá, con la mujer de pie a su lado, haciendo guardia, esperando recibir alguna orden. Guadalupe no hace caso, camina en silencio hacia la mesita y vacía ahí el contenido del mandil. Al fin su hijo reacciona, deja el plato de comida, casi vacío, a un lado, y se apresura a contar. Uy, viejita, cada vez me traes menos, le dice a su madre, si sigues así, te vas a quedar sin comer otros tres días. Guadalupe agacha la cabeza. No puede evitar sentir miedo, aunque sabe que pronto todo terminará, pero el temor que siente hacia su hijo, ese se lo llevará a la tumba.
-Sírvele, Berta.
La mujer de su hijo se dirige de inmediato al rincón de la casa que simboliza la cocina, vierte en un plato hondo una cucharada de sopa, ya fría, y lo coloca en la barra que separa la cocina del comedor, gritándole a su suegra, Ahí'stá. Cena aprisa, y sin dar las buenas noches, se va a dormir.
Son las tres y media de la mañana cuando Guadalupe se decide. Ya su hijo ronca a pecho abierto, es imposible despertarlo cuando hace tanto ruido. A tientas, busca su bolsa de nylon, la desata procurando hacer el menor ruido posible, saca el trapo viejo y roto, lo desenvuelve, y descubre su pequeña fortuna. Tres billetes de quinientos, siete de doscientes, seis de cien. Los de cincuenta se los daba a su hijo, para que no pensara que no había gente generosa. Ha tenido que esperar ocho años, desde aquel primer día en que le dieron un billete de doscientos, y se le ocurrió la idea de irse, de abandonar a su hijo, de vivir por sí misma y bajo su propio régimen. Hoy es el día. Con esta pequeña fortuna puede comprarse algunas cositas y venderlas en la Merced, no más pedir limosnas. Puede rentar un cuartucho en la periferia de la ciudad, no le importa. Lo único que desea es pasar sus últimos días, los que le queden, siendo libre, independiente, alejada de las humillaciones que su hijo, ese vividor de mierda, igualito que su padre, le hacía pasar. Se pone su chal, sus zapatos negros, sus gafas gruesas. Abre la puerta, y sale de su casa, con el rumbo bien definido, aunque no sabe a dónde ir. Pero ya no siente miedo, porque ahora es libre.

(FIN)

29/6/07

La oscuridad de repente



Ha sido difícil, pero están a punto de lograrlo. Sólo necesitan caminar unas cuadras más, y llegarán. Los tres han ido temerosos todo el camino, asidos con todas sus fuerzas a las manos de los otros, desatar la diminuta cadena humana que los guía y les da seguridad sería su perdición. La de René y Tere, porque se sentirían defraudados de sí mismos. La de Hugo, porque se perdería para siempre y no tendría salvación. Estuvieron preparándolo durante un par de meses para este momento. En un inicio el niño se negaba a aceptar que tenía que aventurarse al mundo por sí solo, sin nadie que lo guiara. Si apenas empezaba a medir los espacios de la casa, a intuir dónde estaban las puertas, las ventanas, cuántos pasos había que dar para llegar a la cocina, y lo más peligroso, la altura, longitud y cantidad de los escalones. Todavía, al abrir los ojos y no ver nada más que negrura, le daba un pavor terrible levantarse de la seguridad inóspita de su lecho. Pero René y Tere le habían dado confianza en sí mismo, en que el mundo no era tan difícil de andar, aunque no hubiese luz que guiara sus ojos, había otros métodos, otras maneras, el oído la más importante, y el bastón, una secundaria. Ellos habían sido su luz todo el camino. Hugo estaba convencido de que soltar la mano de Tere sería su perdición. En el centro de la ciudad, el sol brillaba, obligándolo a usar esas gafas oscuras enormes que le cubrían casi todo el rostro, y la gente iba de un lado para otro, apurados. Ellos tres eran los únicos que se tomaban su tiempo. Al fin y al cabo, tenían de sobra, según René. A él no le hubiera gustado que Hugo saliera de la casa tan pronto, pero con las precarias situaciones económicas de la asociación, no le quedaba otro remedio. Si querían recibir un nuevo aporte para un nuevo miembro, éste tenía que presentarse a las oficinas del gobierno y dejar en un papel sus huellas dactilares, tomarse unas fotografías, entrevistarse con fulanito, hacerse un examen médico, y un sinfín de trámites más, que les llevaría sin duda todo el día, entre el ir y venir de las oficinas, no había salida, así es la burocracia mexicana. Tere fue quien encontró a Hugo, un día, no hace mucho. Se había perdido en un callejoncito, muy cerca de las instalaciones de la asociación, y lloraba como un bebé, gritando para que alguien por favor lo encontrara. A estas alturas, Tere creía que no se había perdido, sino que lo habían dejado ahí. Por lo que le contaba Hugo durante sus arranques de confianza plena, su madre -con quien vivía- podía ver, y veía la miseria de su casa, de sus siete hijos, del padre mujeriego y vividor, podía ver el infierno en el que vivía, por eso de vez en cuando pensaba que lo había abandonado no por desinterés, sino por compasión, a las puertas de la asociación, para que ella lo encontrara y lo salvara. Era mejor pensar eso de la madre de un niño tan noble, que imaginarla como una bruja cruel y despiadada. No iban a soltarse. Al llegar a una esquina, René anunció, Faltan dos cuadras, y Hugo dibujó una sonrisa de ansiedad en el rostro. El espacio abierto le atemorizaba más que nada. En los ocho años que había pasado en su casa, sin ver, jamás había salido a la calle. Y ahora, helo aquí, aventurándose a la inmensidad de la metrópoli. Escucha un murmullo que se acerca. No es en realidad un murmullo, sino un rumor que lo pone nervioso, porque parece un rumor de las masas. Un altavoz. Pasos, aplausos, tambores, matracas. A lo lejos, distingue una frase, "El pueblo, unido...", y las manos le empiezan a sudar. Se dirigen a ellos. René se da cuenta, avanzan con rapidez, tiene que actuar pronto. Verse envuelto en una manifestación masiva es lo último que quiere. Pero los manifestantes se acercan antes de que se le ocurra nada. Comienzan a sentir el rose de los cuerpos, los gritos en los oídos, los estruendos de las bandas carnavalescas que los acompañan. Se ven rodeados, y están a contracorriente. La gente los empuja sin querer, les dice Perdón, pero no se detienen, luego hay otros que los vuelven a empujar y no hay remedio. Se quedan inmóviles, apretándose unos contra otros, nadie parece verlos, por el simple hecho de que ellos no ven a nadie. La densidad de las personas se agudiza, se vuelve más difícil permanecer juntos, Hugo está temblando, una lágrima rueda por su mejilla, está espantado, paralizado, bañado en sudor, y por eso, por las manos resbalosas, por unos adolescentes encendidos, alguien empuja con violencia y los tres van a dar al suelo, Hugo cae de rodillas, ignora cómo o dónde cayeron sus tutores, sólo sabe que al no sentir la mano de Tere, la oscuridad total, la irremediable, la que significa su segunda muerte, ha caído sobre él de repente. La mano que sostenía era su única salvación, su luz en el mundo, su esperanza de vivir. Ahora no le queda nada, sólo el suelo de piedra, caliente y sucio, y el infinito de los pasos que lo rodean, que lo aplastan. Alguien lo toma del brazo y lo levanta de un jalón. Hugo alcanza a pescar la mano que lo levantó y le pregunta, Tere, pero un hombre contesta, le dice, No, allá está, y se aleja, no puede perderse el mitin, Hugo da tres pasos hacia la nada, choca con alguien, repite, Tere, pero nadie contesta. No le queda más remedio, tampoco es que pueda soportar otro instante, así que suelta sus pulmones, sus lágrimas, su voz, y llora gritando, desamparado, pero su grito lo ahogan para siempre las consignas, los tambores, los aplausos, "...Jamás será vencido".
Siente una mano en el hombro cuando cree que ya todo está perdido, que nada tiene solución. Es una mano delicada, casi del tamaño de la suya, es una mano salvadora, una mano luminosa. Guarda silencio dos segundos, con algo de temor, pregunta por tercera vez, Tere, y una voz le contesta con otra pregunta, Hugo, y entonces no sólo es mano y hombro los que se tocan, sino todo el cuerpo, en un abrazo fuerte, apretadísimo, blindado de todo empujón, de toda consigna, de toda manifestación política o social, no saben, no les interesa, lo importante es que se encontraron, que se toman de la mano otra vez, que la luz guía ha regresado, y con ella, la esperanza, el futuro, la vida misma. Los manifestantes se dispersan, sus gritos se escuchan allá, lejos, la calma, el silencio, la seguridad, vuelve al mundo. Hugo deja de llorar, se tranquiliza al fin, René los encuentra con menor dificultad ahora que la masa se diluye, y los invita a apurarse. Ya sólo falta una cuadra, les dice. Y caminan, esperando no volver a soltarse otra vez.

(FIN)

25/4/07

Las cinco desgracias de Irma (segunda parte)



3. El doctor.

La "total discreción" del anuncio significaba no poder verle la cara al doctor que en ese momento le pedía que se recostara en la camilla -una base de piedra cubierta por un colchón imperceptible y una sábana azul, carcomida por el tiempo y manchada de sangre seca-, ni conocer su nombre, ni nada. A ella tampoco le pidieron el nombre, cuando llegó, sólo dio su clave, su número de cita, y pagó. Con eso fue suficiente. La secretaria, distraída, le dio a firmar una carta donde los eximía de toda responsabilidad, a los empleados, doctores, y a todo el personal de la clínica, en caso de "acontecimientos desafortunados, fuera de nuestro control". Irma, con un valor poco común en ella, producto del mismo nerviosismo, se aventuró a preguntar, Y si no firmo. Fue entonces que la secretaria levantó la cara, la miró a los ojos, hizo una mueca de enfado y contestó, Si no firma, se va. No tuvo más remedio.
Estaba temblando. No podía ocultar el miedo que sentía, la respiración agitada, las contracciones en su cara. Cuántos años tienes, muchacha, le preguntó el doctor con una voz gruesa, pausada, que a Irma le pareció fingida desde la primera hasta la última letra pronunciada. Dieciocho, contestó. El doctor se rió. Sí, cómo no. Irma volteó el rostro, miró el cuartucho donde la habían metido, la bata olía mal, o quién sabe si era la sábana, o la mesa donde el presunto doctor ahora ordenaba los instrumentos que utilizaría durante el proceso de interrupción del embarazo. El doctor era alto, sus ojos parecían ausentes, su cuerpo era robusto, y lo único que lo hacía parecer un doctor era el tapabocas, porque iba vestido con una camisa azul marino -también manchada de sangre- y un pantalón de mezclilla negro. Estaba husmeando en el pequeño refrigerador que había en una esquina. Sacó una lata de cerveza y la abrió. Irma dedujo que, de espaldas a ella, se había levantado el tapabocas y le había dado un trago largo a la lata. Aah, exclamó, volviéndose a cubrir la cara y mirando a Irma. Quieres algo de tomar, le preguntó. Ella movió la cabeza con rapidez, ahora estaba más nerviosa que cuando había llegado, quería que aquello empezara de una vez para que acabara pronto. Pero el doctor había decidido sacarle plática. Relájate, niña, vas a ver que todo va a estar bien, te vamos a quitar esa carga y luego vas a poder seguir trabajando, o estudiando, o prostituyéndote, o lo que sea que hagas, al fin y al cabo, cada quien su vida, ¿o no? Irma cerró los ojos. Empiece ya, por favor, murmuró, pero el doctor la escuchó, volvió a reir.
-Ah, tenemos prisa. Bueno, empecemos. Abra las piernas.
Irma hizo caso. Apretó los párpados tanto como pudo, mientras se escuchaba el choque de los instrumentos metálicos que el doctor maniobraba, como si no se decidiera con cuál comenzar. Irma sentía que el aire no le alcanzaba a entrar por los pulmones, que el pecho le iba a reventar, pero estaba decidida a no pensar. Era su única salida.
Justo cuando sintió el filo de algo puntiagudo y frío introduciéndose en su vagina, escuchó un grito en el otro cuarto -la recepción, dijo la secretaria-. Doctor, doctor, y el doctor retiró con violencia el aparato ese, provocándole a Irma una diminuta herida, que la movió a incorporarse sobre la cama de piedra y clavar los ojos en la puerta. Entraron los policías, uno tras otro, todos con el arma en alto, apuntándole hasta a los focos, y gritando, Revisen todo, Dónde están los otros, Agarren a ese, cuando el doctor trató de echarse a correr y lo detuvieron tres o cuatro uniformados, dándole fieros macanazos. Irma no sabía si tenía más o menos miedo ahora, con el reducido espacio invadido por policías. Uno se le acercó, con una sonrisita paternal, y le dijo, Justo a tiempo, señorita, la salvamos.

4. La madre.

No hubo un sólo día, dentro de los siete meses siguientes, en que su madre se aguantara las ganas de regañarla por la estupidez -así lo dijo- que había querido hacer. Irma no hacía más que decirle a todo que sí, porque no tenía más remedio. Sin trabajo, sin marido, y con la barriga a punto de reventar, su madre era la única que podía darle asilo y apoyo. Me lo dejas a mí, si no lo quieres, sea niño o niña, yo sabré qué hacer con él, le repetía, cada vez que le veía intenciones de aventurarse a repetir la hazaña. A estas alturas ya se había resignado. Se apretaba el vientre con las uñas, odiando su suerte y al patán que la había orillado a eso, que le había arruinado la vida.
Se sentía como una prisionera. Su madre la dejaba todo el tiempo al cuidado de Georgina, la madrina de Irma y de Magdalena, quien no la dejaba salir ni a la esquina, la cuidaba como quien cuida a la reina de España. Se limitaba a ver al mundo por la ventana, ansiosa del día en que se desharía de la carga indeseada y sería libre de nuevo. Se iría lejos, lejos de todo lo que conocía y de todos a los que conocía, y no volvería jamás. Se olvidaría de su marido, de su hermana, de su madre, y de ese hijo que se había visto obligada a traer al mundo.
Por alguna razón el comportamiento de su madre le parecía extraño, sospechoso. La casa estaba llena de niños y niñas pequeños, hermanos o medios hermanos de Irma que jamás había conocido, pues muy chica -uno o dos años-, su padre se las había llevado, a ella y a Magdalena, a la capital, y no habían conocido a su madre hasta hace apenas unos años, cuando su padre murió y les dijo, en su último aliento, Vayan a perdonarla. Jamás había hablado de ella, hasta esa vez. Y así, sin conocerla, la acogió en su hogar, donde vivía sola con ese mundo de niños retraídos, silenciosos, víctimas de una severidad absoluta e indolente, sin duda. En realidad, poco le importaba. Apenas diera a luz, se iría de ese lugar para siempre.
La despertaron los dolores del parto. La comadre Georgina le puso trapos fríos en la frente y le dio su mano para que la apretara mientras llegaba el taxi que las llevaría al hospital. Todo pasó muy rápido, le pareció a Irma. El vehículo no demoró ni cinco minutos en llegar, una camilla ya las esperaba, rodeada de un pequeño grupo de paramédicos. Las luces de la sala de parto eran deslumbrantes, no podía percibir nada más que los ojos asomándose entre las máscaras azules, brillantes, de la gente que la rodeaba. Los dolores, esos sí, los sentía en todo el cuerpo. Alcanzó a escuchar el gritito del bebé, traído al mundo sin que nadie quisiera, ni él mismo, y cuando le preguntaron, Quiere verlo, contestó que no, y se quedó dormida.
La siguiente mañana, había un escándalo en el hospital, justo frente a su puerta. Abrió los ojos y levantó la cabeza, para ver qué pasaba. Unos hombres, tres en total, rodeaban a su madrina Georgina, uno de ellos tomándole las manos por la espalda, mientras la mujer se debatía dando patadas al aire y gritos desgarradores, y los otros intentaban calmarla. Al fin pudieron someterla, y llevársela, mientras uno más, salido de las sombras, entraba en el cuarto y le preguntaba si ella era fulana de tal, a lo que contestó que sí. Le informamos que su madre fue detenida esta mañana, le dijo, y usted debe presentarse a comparecer la semana entrante, dado su estado hacemos esa consideración, si no nos la lleváramos también, le dijo. Pero por qué, preguntó ella. Se le acusa de explotación sexual de menores, pornografía infantil, extorsión, fraude, prostitución -también infantil-, y un largo etcétera. El agente dejó un sobre en la mesa y se fue. Irma suspiró hondo, y se encajó las uñas en el vientre, ya vacío, con un odio profundo.

---------------------
[Primera parte]

[Parte final]

8/5/06

La verdad sobre la represión en Atenco


Pueblo de México, esas que escuchaste son las mentiras de Televisa, TV Azteca, y todos los demás medios de (des)información, te pedimos que ahora conozcas la voz del pueblo de Atenco:

Tenemos que ponerle un alto a este gobierno traidor, mentiroso, corrupto y asesino. Si no lo hacemos nosotros, los de abajo, no lo hará nadie.

En la mina de Pasta de Conchos, del estado de Coahuila, hoy están olvidados los cuerpos de 65 mineros, cuyas muertes fueron causadas por la negligencia del gobierno y los charros sindicales, por las inhumanas condiciones de trabajo en las que laboran y que hoy sufren también millones de obreros en todo el país.

Después de este crimen, el gobierno panista de Vicente Fox, junto con el

perredista de Michoacán encabezado por Lázaro Cárdenas Batel, asesinaron con sus policías armados a al menos otros 2 mineros de Sicartsa, e hirieron de bala a muchos más, en el Puerto de Lázaro Cárdenas, donde desde hace años cientos trabajadores mantienen una férrea lucha por la democratización de su sindicato y por la defensa de los derechos de todo el pueblo, al margen de los intereses de los falsos “líderes mineros”, los charros Napoleón Gómez Urrutia y Elías Morales, quienes pelean entre sí para el beneficio de sus propias mafias, no de los trabajadores mineros.

Estas agresiones anunciaron una guerra desde el poder contra todos los que, a lo largo y ancho del país, se niegan a bajar la cabeza, y defienden con firmeza lo poco que nos queda, frente al despojo de los capitalistas.

La brutalidad policiaca, las agresiones, los golpes, el linchamiento mediático de los medios de comunicación lamebotas de los poderosos, el encarcelamiento y el asesinato de que fuimos objeto los habitantes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, los pasados 3 y 4 de mayo, es parte de esta guerra que el gobierno ha reforzado despiadadamente contra el pueblo y organizaciones sociales que resisten, para que ellos puedan avanzar en más arrebatos de nuestros derechos, de los recursos naturales de la nación, dejando para los de abajo más trabajadores en la calle, más estudiantes sin escuela, más gente obligada a emigrar a Estados

Unidos, todo para el beneficio de unos cuantos magnates, corruptos y ladrones.

Tras la violenta irrupción y ocupación policiaco-militar de nuestro pueblo, los de arriba tratan, como era de esperarse, de cubrir su responsabilidad con el velo de los medios de comunicación a su servicio. Pretenden ocultar la saña con que fueron tratados los niños, las mujeres y los ancianos de Atenco. Quieren que nadie sepa cómo asesinaron de un tiro a un joven de tan sólo 14 años de edad y ahora pretenden hacer creer que fue gente del FPDT, cuando es bien sabido que para defendernos nosotros jamás hemos utilizado un arma de fuego. Intentan impedir que el pueblo sepa que varios policías, imbéciles y bestias, violaron a las mujeres detenidas, que con un bazucazo fracturaron el cráneo de un estudiante universitario. Los medios de (des)información apenas muestran las imágenes de los violentos cateos a las casas de los pobladores, los brutales golpizas que le dieron a cuanta persona transitaba por las calles en el momento de la intromisión de los militares de la PFP y de las policías del estado a Atenco. Ellos callan que aparte de los presos políticos, que ya suman más de 200, tenemos decenas de desaparecidos, que sabemos la policía se llevó, pero que no presentan en ningún lado, ni en reclusorios, ni en hospitales ni nada.

El Estado y su aparato, con todo y los medios de comunicación que le besan los pies, tienen las manos manchadas de sangre del pueblo, y esas manchas con nada las podrán lavar, por más que pasen, repitan, y vuelvan a repetir en la televisión las mimas dos escenas (porque no tienen más), de campesinos golpeando policías, la verdad saldrá a la luz y se hará justicia contra los verdaderos responsables, los criminales y asesinos del pueblo.

¿Qué culpa puede tener un pueblo que sólo quería vender sus flores, y fue objeto de una represión absolutamente desmedida? ¿Qué harías tú si, por querer trabajar para darle de comer a tu familia, te golpean, te disparan, violan a tu hermana y a tu madre, y encarcelan a tus hijos? ¿Te quedarías cruzado de brazos, aceptando sumisamente tal abuso contra los tuyos? El pueblo de Atenco NO, por el contrario, decidimos hacer uso del legítimo derecho a la defensa, que tiene cualquiera cuando es agredido despótica e injustamente como nosotros. Pero el despojo y la represión de los de arriba no es sólo contra Atenco, es contra todo nuestro pueblo mexicano, que es constantemente saqueado, empobrecido y marginado. Por eso cada quien debe decidir qué lugar va a ocupar en esta pelea. Si sólo tienes acceso a los medios oficiales de comunicación, es comprensible que tengas indecisión y dudas, pero siempre podemos usar el sentido común: en este conflicto, como en muchos otros, vemos, de un lado, a los policías, los militares de la PFP, a los “intelectuales” del sistema, a Vicente Fox, a Madrazo, a Calderón, a López Obrador, con todos sus partidos políticos, y del otro lado vemos a los campesinos, a los estudiantes, a las madres y hermanos de los presos, a las organizaciones populares… ¿a qué lado perteneces? La línea la marcaron ellos con su corrupción, con sus robos y su represión, nos toca a nosotros, a cada quién, decidir de qué lado nos vamos a parar.

No dejes que las “noticias” te nublen la vista, en ellas dicen que detrás de Atenco hay “intereses oscuros”. Nada más falso. Detrás de nuestra resistencia no hay ningún interés oscuro, sino la más cristalina convicción de defender nuestros derechos, nuestra tierra, nuestro trabajo, para Atenco y para todo México, junto a las organizaciones hermanas que luchan por estas demandas elementales.

Intereses oscuros los de las mafias partidistas, los del gobierno de Vicente Fox, de Peña Nieto y de las administraciones perredistas municipales de Atenco y Texcoco, que provocaron este conflicto y no tienen la menor intención de solucionar.

Es muy posible que sea su rencor, su malestar, ese enojo que se han tenido que tragar desde el 2001 y hasta ahora, por no poder derrotar a nuestro pequeño y humilde Atenco, y sus campesinos rebeldes que los han parado en muchos de sus robos, sus fraudes y sus despojos, empezando por su megaproyecto del aeropuerto, que fue derrotado por la capacidad y fuerza del pueblo organizado.

Queremos que comprendan y compartan nuestra indignación, no tenemos a quién recurrir más que a ustedes, nuestro pueblo. Necesitamos sus manos, su voz, en este momento que se encuentran más de 200 presos, hospitalizados-presos y desaparecidos, de diferentes comunidades y organizaciones sociales. Sólo con su apoyo podremos arrancarles la libertad de nuestros compañeros, a este gobierno carcelero y violador. Tierra, libertad, trabajo, salud, educación y vivienda para todos, eso y nada más es lo que defendemos, esos son nuestros intereses y ningún otro. Es por ello que el pueblo entero debe unirse y luchar, estar codo con codo con los que son los suyos: los de abajo.

¡Libertad a todos nuestros presos políticos!

¡Presentación inmediata y en buen estado de los desaparecidos!

¡Fuera todas las fuerzas represivas de San Salvador Atenco!

¡Cese del hostigamiento, los cateos y las aprehensiones!

Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de San Salvador Atenco, organizaciones, colectivos y pueblo solidario con esta lucha.

2/5/06

Reconstrucción



El estadio y el palco


En los años ochenta, el pueblo de Nicaragua sufrió castigo de guerra por creer que la dignidad nacional y la justicia social eran lujos posibles para un país pobre y chiquito.
En 1996, Félix Zurita entrevistó al general Humberto Ortega, que había sido revolucionario. Mucho habían cambiado los tiempos, en tan poco tiempo. ¿Humillación? ¿Injusticia? La naturaleza humana es así, dijo el general: nunca nadie está conforme con lo que le toca.
-Hay una jerarquía, pues -dijo. Y dijo que la sociedad es como un estadio de fútbol:
-Al estadio entran cien mil, pero en el palco caben quinientos. Por mucho que usted quiera al pueblo, no puede meterlos a todos en el palco.

La cancha.

El pueblo, ¿asiste al partido o lo juega?
En una democracia, cuando es verdadera, ¿el lugar del pueblo no está en la cancha? ¿Se ejerce la democracia solamente el día en que el voto se deposita en la urna, cada cuatro, cinco o seis años, o se ejerce todos los días de cada año?
Una de las experiencias latinoamericanas de democracia cotidiana se está desarrollando en la ciudad brasileña de Porto Alegre. Allí, los vecinos discuten y deciden el destino de los fondos municipales disponibles para cada barrio, y aprueban, corrigen y desaprueban los proyectos que genera el gobierno local. Los técnicos y los políticos proponen, pero son los vecinos quienes disponen. (1)

. . .

El actual proceso de integración no nos reencuentra con nuestro origen ni nos aproxima a nuestras metas. Ya Bolívar había afirmado, certera profecía, que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar América de miserias en nombre de la libertad. No han de ser la General Motors y la IBM las que tendrán la gentileza de levantar, en lugar de nosotros, las viejas banderas de unidad y emancipación caídas en la pelea, ni han de ser los traidores contemporáneos quienes realicen, hoy, la redención de los héroes ayer traicionados. Es mucha la podredumbre para arrojar al fondo del mar en el camino de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los malditos tienen, ellos sí, en sus manos, la tarea. La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio. Hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío candente, sobre las conciencias de los hombres. (2)

. . .

Notas:
(1) Eduardo Galeano, Patas arriba, la escuela del mundo al revés. Siglo XXI, sexta edición, 2003. México
(2) Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, septuagésimosexta edición, 2004. México.

. . .

PD: Y mientras yo sigo leyendo mis libros revolucionarios, mi padre insiste en la religión, con la "Gran Biografía de Jesús de Nazaret, hombre y leyenda", por Almudena García Páramo. Y sigo sin poder moldear la inspiración. Ya veremos qué hago...