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21/2/08

Un simple y sencillo homicidio (3 de 3)



Cerca de las dos de la mañana, sus pensamientos empezaron a divagar. Estaba claro que no le iba a alcanzar la noche para descubrir todas las maravillas de aquel divino aparato, y también que el cuerpo de Carla seguía tendido en el suelo de la cocina. Si mañana venía Porfirio a ver el partido, tendrían que guardar las cervezas en la cocina. Sería difícil deshacerse de su entrometido vecino, sobre todo si se trataba de admirar un televisor de la nueva generación. Así pues, era necesario desaparecer el cuerpo. En este punto se le presentaban algunas dificultades en las cuales tenía que detenerse a pensar, así que apagó la tele.

Primero, ¿cómo sacar el cuerpo, sin que alguien note que es un cuerpo? Por las noches, el edificio entero duerme. Por temor a los delincuentes, por más ruido que escuchen en las escaleras nadie asoma las narices. Podía entonces meter el cuerpo en la caja de la tele, y empujarla hacia abajo por las escaleras. Pensarlo fue fácil, pero hacerlo no tanto. La caja era muy ancha. El cuerpo se había puesto tieso. Sus maldiciones y gritos hacían más ruido que la caja rodando por las escaleras, sin embargo, nadie asomó las narices, tal como lo había predicho.

Segundo, ¿dónde enterrarlo? Por fortuna su padre le había heredado su pick-up, así que podía transportar el cuerpo hacia cualquier lugar. Había un lote valdío a unas cuadras de ahí, rodeado por moteles adonde la policía no se acercaba porque sus dueños pagaban cuotas importantes. Subió entonces a su departamento, cogió el pico y la pala y se fue al lote valdío.

Calculó las medidas de la caja y comenzó a golpear la tierra con el pico. No pensaba en nada, ni siquiera estaba preocupado por que lo sorprendiera el amanecer. Sabía que eso, nada más, no era posible. Confiaba en su buena suerte. No temía en un castigo divino porque, a diferencia de lo que había intentado su mujer, no creía en Dios, así que ninguna fuerza superior lo castigaría. Estaba pensando en lo absurdo que sería que una patrulla pasara por ahí, justo a esa hora, lo descubrieran, lo llevaran preso y lo enjuiciaran. Ese sería el procedimiento si creyera en Dios. O en su defecto, nadie lo sorprendería, pero él se iría a casa con el remordimiento taladrándole los oídos, cada vez que encendiera la tele se acordaría de su crimen, y a los pocos días no podría más y se iría a entregar a la policía. Aquello tampoco pasaría, porque sabía que le había hecho un favor a su mujer. Tan desdichada, siempre con la intención de matarse sin tener nunca el valor de hacerlo, pobre, lo mal que ha de haber estado. Además, ahora podía casarse con Ceci, quien se había puesto muy triste cuando se casó, y hacerla feliz. Había complacido, así, a dos mujeres con un simple y sencillo homicidio.

Regresó a casa, se bañó, y durmió unas horas. Porfirio lo despertó aporreando la puerta, temeroso de que Renato no le abriera. Se puso un pantalón, una camisa de resaque, y abrió. Órale vecino, ¿no durmió bien o qué? Renato se rió. Es que me desvelé viendo tele. ¡Y cómo no!, gritó Porfirio. ¿No está tu mujer?, volvió a interrogar. Y él contestó, nada más, No. Ah, que bien, entonces podemos ver el partido agusto, es que ya ves cómo se pone, Sí, ya sé, pero no te apures, hoy podremos ver el partido completito sin nadie que nos interrumpa.

Porfirio dio un alarido de felicidad, y tuvo el honor de encender el televisor.

[FIN]

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[Primera parte]

[Segunda parte]

15/2/08

Un simple y sencillo homicidio (2 de 3)



A veces Renato se pregunta si su mujer de verdad le cree cuando le dice que se pasa todo el día trabajando. Y es que, si así fuera, tendría que ganar el doble, mínimo. ¿O a qué hora ella piensa que se va a la cantina, con sus amigos, a tomarse unas copitas mientras le pellizcan las nalgas a las meseras? ¿A qué hora cree que se encuentra con Ceci, la niña de quince años que está enamoradísima de un patán como él, y que sigue muy dolida porque se casó con Carla y no con ella? Su mujer lo sabe, una persona no puede ser tan pendeja, y aún así, cuando Renato llega a su casa, y finge estar cansado, ella le sirve la cena, le pregunta cómo le fue, le abre una cerveza, y luego se tira a sus pies a llorar desconsolada, mientras él le da unas patadas para que se calme. Comienza a hartarlo, pero bueno, nada más que quede embarazada, y se larga con Ceci, que está más buena y es más cachonda.

Hoy, sin embargo, es un día especial, por eso llega temprano. Ni siquiera espera el elevador: sube corriendo las escaleras, deja el maletín en el rellano, aporrea la puerta hasta que Carla abre, le cierra el paso con una cara de indignación asombrosa, pero Renato la empuja y pregunta, ¿Ya llegó? Llegó, claro que llegó, ha elegido la tienda que la entrega al siguiente día o te hace descuento. Carla firmó de recibido. Dos hombres tardaron casi una hora en subir la enorme televisión hasta el cuarto piso, donde tienen su departamento, por las estrechas escaleras. En el todavía más estrecho elevador, la inmensa caja ni siquiera cabía. Renato se detiene en medio de la sala, y maravillado, contempla la caja. Se acerca como si fuera una joya del más delicado cristal, y fuera a romperse ante la menor amenaza. En la cocina, Carla apoya la frente en la mesa, y llora, llora como nunca, a pulmón abierto, como lo haría un bebé. Pero su marido no la escucha. está ofuscado por la magnitud, por la perfección del aparato.

Con sumo cuidado, abre la caja. Saca los papeles y los plásticos que envuelven su nueva adquisición. Le ha salido baratísima, jamás en toda su vida se imaginó dueño de una como esta. Pero esos gritos... ¡Esos pinches gritos! Parece que la están matando. ¡Cállate, pendeja, si no quieres que te parta tu madre!, le grita Renato, sin voltearla a ver siquiera. Carla no se calla. En vez de eso, empieza a romper los platos, mientras, armada de valor, le reclama, ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a comprarte ese aparato tan caro, cuando anoche me acabas de decir que ya no puedes pagarme el doctor? ¡Cínico, desconsiderado, majadero! ¡Ya no quiero vivir, prefiero estar muerta! ¡Ya verás, me voy a matar, y entonces verás...!

Su marido no le hace caso. Es un día feliz en su vida, por qué ha de arruinarlo esa inútil que sólo sirve para chillar. No le va a hacer caso. Saca primero el folleto que enumera, una a una, todas las maravillas de su nueva televisión. No es cualquier televisión: es la primera de una nueva generación, una que marcará, sin duda, una era en la forma de ver el mundo, como dice su publicidad. Y cómo no. Parece brillar con luz propia... Si tan sólo Carla se callara un instante. Se ha puesto insoportable, amenazando que tiene un cuchillo y que se va a matar. Pues que lo haga de una puta vez. Renato mira a su alrededor, buscando entre el desorden desquiciado de la sala algo con qué frenar sus gritos. Y descubre, al lado de la lámpara, el collar que le compraron a un perro que todavía no tienen, pero que llamarán Rocky, como el boxeador.

Se lanza entonces sobre el collar, luego se dirige a la cocina, harto de los gritos. Toma a su mujer por los cabellos, la tira al suelo, se inca sobre sus brazos, para dejarla inmóvil, y mientras le grita, ¿Te quieres morir, cabrona? ¿Te quieres morir? ¡Pues te vas a morir, hija de la chingada! Se las arregla para colocarle el collar alrededor del cuello, mientras ella, desesperada, patalea y llora, ¡No, no! ¡Renato, déjame, déjame!, pero él, como siempre, no la escucha. Aprieta el collar tanto como puede. Coloca el cintillo, y sin soltarle los brazos, disfruta por un instante de un silencio golpeado por los gemidos de su mujer, por el ruido que hace al esforzarse por tomar una última bocanada de aire, aferrándose con todas sus fuerzas a una vida que, según sus llantos, ya no deseaba. En menos de dos minutos, Carla estaba inmóvil, con la cara azul a partir del cuello, y, oh Dios gracias, en silencio.

Y como los inoportunos siempre acuden cuando nadie los llama, alguien tocó la puerta justo en aquel momento. Renato se fajó la camisa y se peinó, viendo su reflejo en el refrigerador. Ya voy, respondió, mientras cerraba la puerta de la cocina. Abrió, y se encontró con la cara del chismoso de su vecino. ¿Todo bien?, preguntó el muy imbécil. Sí, Carla y yo peleamos, pero ya está más tranquila. Ah, sí, es que escuché gritos, le dijo, mientras trataba de asomar la cara hacia adentro, y de pronto abrió los ojos, que le brillaban, y le dijo, ¡No mames, Renato, qué es eso...! Lo hizo a un lado y se plantó frente a la caja de la tele. Renato sonreía, complacido. ¡Está rechingona, güey! ¿Cuánto te costó? Uy, si te dijera, le contestó Renato, mientras lo conducía de nuevo hacia la salida, y le decía, Orita estoy bien cansado, Porfirio, pero mañana vente en la tarde (con unas cervecitas) y la estrenamos viendo el partido, ¿eh? ¡Ya estás!, gritó el vecino, radiante de alegría.

Renato cerró la puerta, respiró profundo, y se dijo, Ahora sí, chiquita, y con mucho cuidado, sacó la tele de su caja, para contemplarla en toda su belleza.

[Continúa]

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[Primera parte]

[Tercera parte]

22/7/07

Los esclavos



Suena la alarma de su reloj de pulso cuando la telenovela está mejor. Rebeca la apaga y se dice a sí misma, Ahorita voy, ahorita que pase un comercial. Deja pasar tres minutos más, tan pequeño tiempo no puede traer mayores consecuencias. Y es que le han revelado a Isabel Cecilia que Rubén Alberto es su verdadero hijo, no Armando Manuel. Ay no, ya se terminó, piensa, cuando ve correr la cortinilla de los créditos finales en la mitad de la pantalla, mientras en la otra el titular del noticiero estelar da un avance de los acontecimientos que según ellos conmovieron al día. Rebeca se levanta a toda prisa. Saca del tocador las ampolletas de su madre, y descubre con horror, que sólo le queda una. Y ahora no están para comprar más, tan caras que son. Tendrá que consultarlo con Ernesto, ahorita que llegue. Mientras prepara la jeringa, el algodón, el vaso de agua que debe tomar su madre para tranquilizarse después del inmenso dolor que le provoca aquello. Toca a la puerta, como siempre. A lo lejos, se escuchan las preliminares del partido de futbol de esta noche, juega la selección. Fernandito corre desde el patio, no se quiere perder el juego. Hasta Nancy, la pobre, deja a un lado su libro con la tarea y se hipnotiza con la pantalla brillante. No tarda en llegar Ernesto.
Saluda a su madre como si fuera una enfermera y no su hija, de una manera impersonal y áspera. Cómo está, mamá, le pregunta, y la mamá ni siquiera puede responder. Apenas se oye un desganado Bien, hija, y nada más. Le lleva sus dos pastillas en una charolita y la inyección ya preparada. Doña Isabel trata de erguirse un poco, mas le es imposible. Está más débil que otros días, ya no consigue ni mantener los ojos abiertos. Rebeca introduce la aguja en el catete del suero, y la incorporación del pesado líquido en sus venas la hacen fruncir el ceño, emitir un gemido inaudible, apretar el otro puño. Pero ya, todo termina pronto. Rebeca le acerca el vaso de agua a los labios, le dice, Duérmase ya, eh, y sale de la recámara. A ella tampoco le gusta perderse las preliminares.
Con la respiración agitada y el cabello mojado, porque afuera llueve, llega Ernesto haciendo un escándalo. Ya empezó, ya empezó, le pregunta a Fernandito, quien le contesta, entusiasmado, No papá, apenas están los comentaristas, y lo empuja hacia un extremo del sofá. Es lógico que el jefe de la casa tome el lugar del centro, del que mejor se ve la pantalla plana, recién adquirida, de 32 pulgadas y sonido envolvente. Cuando la trajeron, Rebeca pensó que era la mejor televisión que había en el mundo. Y debía ser, por lo que le costó a Ernesto, quien después de un año, no llevaba ni la mitad de la cuenta pagada. Eso era malo, porque ya habían amenazado con embargar si no se liquidaban los retrasos. Sería terrible. Habían por fin conseguido el dinero, casi por milagro, Rebeca tuvo que lavar y planchar ajeno todo el mes, montañas de ropa por toda la casa que le dejaron las manos destrozadas. Ernesto dobló turnos en el microbús, y daba sus vueltas a toda velocidad, incluso se salía de la ruta para tomar atajos, pero, entre más vueltas daba, más le pagaban. Hasta Fernandito y Nancy elaboraron una rifa falsa de un juego de video en la escuela, donde ganó el primo inexistente de la amiguita de Nancy. Pero no se había acordado de las medicinas de su mamá.
Le había advertido el médico que las dosis de su madre eran indispensables, que la falta, incluso el retraso, de una sola, le podría causar agravamientos mortales. No le había dado mucha esperanza. Le confirmaba en cada consulta el retroceso de su estado, le aconsejaba que fuera preparándose, porque los gastos del funeral son fuertes y más que indispensables, y que la necesidad de féretro, fosa y papeleo podía surgir en cualquier momento, uno de estos días. Pero ahora no quería pensar en eso. El partido había comenzado, la cena estaba caliente y Ernesto hambriento. Le puso una de las mesitas que tenían para comer en la sala, le sirvió el caldo y el guisado juntos, para que cupieran en el plato, y un enorme vaso de cocacola. Ernesto, eufórico, no despegaba los ojos ni un segundo del televisor, metía la cuchara en el plato sin voltear a verlo, y gritaba cuando la selección se acercaba a la portería contraría, regando comida por todo el suelo. Fernandito, a su lado, estaba contagiado por su fervor, ni siquiera entendía muy bien lo que era el futbol, sólo sabía que quien metiera más goles, ganaba, que eran los mismos conocimientos que su madre tenía del dicho deporte. Nancy, desde la mesa y con el lápiz todavía en la mano, seguro le faltaba muchísima tarea, tampoco podía voltear la cara, lo ideal hubiera sido que se retirara a su recámara, sin televisión, cerrara la puerta y se concentrara. Pero Rebeca, piadosa como siempre, le preguntó, Te falta mucho, mija, y la hija, Algo. Rebeca sonrió y la invitó, Vente, 'orita terminas eso. La niña saltó de la silla y se fue a sentar al lado de su papá, con una sonrisa de oreja a oreja.
Eso le gustaba de la televisión, que unía a la familia. Aunque fuese sólo por las noches, todos se reunían en la sala a ver el partido, un programa de comedia, uno de concursos, lo que sea, aquel aparato tenía el mágico don de unificar lo fragmentado, de conciliar lo alterado, de juntarlos y hacerlos felices como la bonita familia que eran. Aunque después, ya apagado el aparato, Fernandito siguiera con su mutismo inalterable y con su incapacidad para hacer amigos, Nancy volviera a la triste realidad de la escuela y su falta de talento para ella, y la inminente posibilidad de tener que repetir, una vez más, el cuarto año; Ernesto siguiera pensando en las deudas por montones y en las cuentas por pagar, además de mantener también a su amante y a su otro hijo, recién nacido, con el salario miserable de un microbusero, y Rebeca continuara angustiada por las sospechas, por vivir encerrada en esas cuatro paredes sin poder salir nunca, esperando paciente a que todos llegaran, de la escuela o del trabajo, para unirse en torno de su amo, de quien dependía su felicidad y su armonía. Estaba decidido. Mañana iría a dar el abono de la televisión. Las medicinas de su madre podían esperar, digamos, hasta el siguiente mes.

(FIN)

8/1/06

77ma. Temporada de Big Father

77ma. Temporada De Big Father

Nubarrones negros y centelleantes se forman en lo alto del domo, y llueve sobre la ciudad. Clara no sabe dónde está. Con trabajo recuerda cómo llegó allí. Un corredor oscuro, pestilente, humeante. Siente frío y tiembla. Recuerda que huía de Alberto. Se había portado raro durante meses enteros. A todos los miraba con un brillo macabro en los ojos. Recorría la mansión observándolos a escondidas, estudiando los hábitos de sus compañeros. Pero nadie sospechó hasta que Marlene apareció muerta en la piscina. Esa noche transmitieron en vivo. Adriana Camposanto se enlazó con los concursantes y anunció el inicio de la temporada 77 del programa. "Uno de los siete nuevos integrantes es el asesino, y se los aseguro, en verdad es un psicópata". Todos señalaron a Alberto como el culpable, y lo amarraron en el sótano. Todos sabían que la transmisión en vivo seguía, por lo que algo iba a pasar. Ignacio tuvo un ataque de nervios, y agredió a René. Alicia intervino, Tenemos que tranquilizarnos, así no solucionaremos nada, y se llevó a Ignacio al patio, lejos de los demás. Clara quería ayudar, así que los siguió. Encontró a Ignacio y a Alicia enfrascados en una pelea que no duró mucho: Alicia consiguió clavar un cuchillo en la garganta de su contrincante, y la sangre corrió. Clara no logró frenar su grito de espanto, y entró corriendo a la casa. Alicia es la asesina, Alicia es la asesina, gritaba. En la cocina, dos de sus compañeros estaban tirados en el suelo, desangrándose, ya sin vida. Adriana Camposanto hizo un nuevo enlace, recordándoles que el premio de la nueva temporada había ascendido a un millón y medio de dólares y un coche de lujo. Tal vez por eso la competencia se había puesto tan difícil.
Clara bajó corriendo al sótano, y deasató a Alberto. Discúlpanos, creímos que tú eras el asesino, pero no, yo vi a Alicia matando a Ignacio, y no está sola. Alberto se frota las adoloridas muñecas y la empuja. Clara cae al suelo, Oh, ¿no me digas? Qué mala suerte... para ti. Clara se incorpora con una velocidad asombrosa y huye. Siente los pasos de Alberto sobre sus talones. Corren atravesando los pasillos en tinieblas. Clara baja las escaleras y llega a la lavandería. Parece no haber salida, pero se equivoca: el ducto de ventilación, ahí quieto, en la pared, es su única salvación. Se mete en aquel estrecho agujero y avanza torciendo en cada esquina a la que llega. Escucha los gruñidos de esfuerzo de Alberto siguiéndola, cada vez más lejanos, hasta que desaparecen. Después de dar vueltas por horas, encuentra una salida.
Avanza por la calle con el cuello adolorido. Clara mira el nuevo mundo que la rodea, sin muros, sin techos, sin cámaras, y se siente libre por primera vez en su vida. Era la única habitante que había nacido en la casa. Había estado ahí durante tres emisiones distintas. Era la primera vez que veía la ciudad. Por eso no le pareció extraño que un sujeto la estuviera esperando en una esquina, con un paraguas. Se saludaron. Ven, entremos, le dijo él, y entraron.
Era una sensación indescriptible. Ya no estaba siendo observada, podía ir a donde quisiera, conocer a mucha gente sin tener la obligación de tratarlos por el resto de su vida, conseguir un trabajo y ser como una persona normal, como los de afuera le contaban. No volvería a la mansión de Big Father por nada del mundo. Me llamo Aurelio, le dijo con una dulce sonrisa. Clara se sonrojó y agachó la cabeza. El elevador llegó al piso 37. Caminaron hasta la puerta 11, a mitad del pasillo. Esto no se parece en nada a la mansión, pensó Clara. Aurelio la dejó sentada en la cama y dijo que iba por un café. La emoción no dejó a Clara quedarse sentada y comenzó a deambular por el departamento. Se detuvo frente a un espejo, para mirar su rostro nuevo, un rostro libre, que empezaba a mostrar los 16 años que tenía una vez liberada su alma de aquella prisión inhumana. La voz de Aurelio traspasaba la pared de la sala. Sí, oíste bien, está aquí, en mi casa... Ja'h, ¿me crees idiota o qué? Ninguna fotografía hasta que pagues por ella... Mira, no tengo tiempo para juegos de palabras, ya escuché dos ofertas de siete cadenas nacionales, ¿cuál es la tuya? (...) ¿¡Estás bromeando!? ¡Hecho! Vengan por ella antes de que les baje el rating. Clara regresó a la sala y encendió el televisor. Big Father seguía transmitiendo en vivo. En el estudio, Adriana Camposanto daba la bienvenida a los nuevos 14 habitantes, quienes tenían que entrar en ese instante a la mansión, uno de ellos iba armado, nadie sabía quién era. La conductora interrumpía la acción y anunciaba que tenían un boletín de último minuto. Ya han localizado a Clara, la fugitiva, quien será reinsertada a la competencia de inmediato. Claro, pensó ella, por el contrato de mi madre. Soy su esclava. Aurelio aparece ante ella. Cómo pudiste, me arruinaste la única oportunidad de ser libre, le grita. Bueno, al menos me gané un boleto de entrada al concurso. Clara enmudece... ¿Qué dices? ¿Acaso no ves la televisión? ¡Nos están matando allí dentro! ¡Nos han hecho sus esclavos! ¡Nos roban nuestra libertad, nuestra privacidad, nuestra dignidad! ¿Eso es lo que quieres?
Aurelio la mira, no puede creer lo que escucha. Claro que no, estúpida... Quiero el millón y medio y el coche. Clara no puede contenerse y empieza a llorar. Alguien toca la puerta. Seguro vienen por ellos...

(FIN)

27/12/05

Promesas y máscaras

Promesas y máscaras

Faltan todavía unas cuantas horas para que amanezca. Ramiro escucha la respiración tranquila de su mujer y se alegra de que el sueño le haya quitado las preocupaciones: su rostro luce sereno, relajado, no como en el día. Tal vez no le perdone la mentira, pero es más fácil así, jamás ha sido bueno para las despedidas. Se levanta con cuidado, tratando de no hacer ruido. Se pone la ropa, un sombrero, una chamarra, las botas. Viaja ligero, sólo una mochila con algo de ropa, agua y comida. El corazón se le encoge, no sabe si de tristeza o de nervios, cuando, ya en la puerta del cuarto, echa un último vistazo a lo que fue su vida. Pero él confía en que ha tomado la mejor decisión. Por ellos... Por ellos...

(...)

Sostiene el papel doblado con una mano, y con la otra recorre su propio rostro, presa de la angustia. La tierra no está dando como antes, la austeridad está llegando al punto crítico, hasta su palabra de hombre está perdiendo valor. Se le han terminado los amigos, no tiene a quién más recurrir, sabe que nadie más va a prestarle dinero, porque es por todos sabido que Ramiro no puede ya pagar sus deudas. Su mujer se acerca en silencio.
-¿Cómo sigue?
-Todavía no se le baja la calentura... ¿qué vamos a hacer, Ramiro?
Ramiro resopla, desdobla el papel y mira el presupuesto que el doctor les hizo para las medicinas de su hijo. A pesar de los descuentos, la cifra es gruesa. Como se le acabaron las opciones, decide que tiene que hacer lo que había evitado a toda costa.
-Mañana voy a pedir un préstamo al banco.
No hay de otra.

(...)

La sensación de que los días son réplicas unos de otros le impiden recordar si el sol que cae en el horizonte es el quinto, o el noveno, o el vigésimo. Su compañero se quedó dormido en una esquina, entre varias cajar grandes de madera, y Ramiro nota que su sueño es muy distinto al que vio en su mujer aquella lejana noche. Es un sueño que no deja descansar, no tanto por los bruscos movimientos del tren, sino por el mismo cansancio, que de tan intenso ya se volvió inmune, y por el miedo, y por la nostalgia. Sentado en la puerta del vagón, recargado en unos costales de azúcar, Ramiro tiene fija su mirada en el sur, y ve cómo se va alejando más, y más, y más, de su única realidad. A su mujer le costó trabajo entender que no se iba por gusto, o por aventura. La había tenido que obligar a comprenderlo... sólo esperaba que un día lo perdonaran por haberse ido.

(...)

"¿Esto es todo?" Se pregunta Ramiro. Los niños, sentados en el suelo, le echan miradas cuestionándolo. La televisión muestra sólo la guerra de los puntos negros contra los blancos: apenas capta la señal. En un canal hay un documental de la Guerra Fría, y en otro un programa de chismes que nadie entiendde porque ni su mujer, ni sus hijos, ni él, saben quién carajos es Niurka. Ramirito pregunta que si pueden irse a jugar. Él lo observa con cuidado, ya bien repuesto de su salud, y con el control en la mano les da la aprobación para que se retiren. Luego mira la TV con odio. ¿Para qué me endeudé? Al menos, la cama matrimonial sí tendrá un uso práctico, piensa, clavándole una mirada de deseo a su mujer, quien de inmediato la capta y empieza a correr hacia la recámara. Gracias, banco.

(...)

La botella vacía descansa sobre la mesa, pero sólo por un instante, hasta que el mesero trae el relevo, y Ramiro vuelve a empinársela. Esta noche ya no le quedan lágrimas para llorar. Ha pasado más de un año desde que abandonó a su familia por ir en busca de un sueño imposible. Llegó a la frontera, pero el muro resultó ser impenetrable. No consiguió cruzar, ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez. A la sexta se dio por vencido y se quedó con su trabajo en la constructora. Es día de sueldo, y vino al bar para decidirse de una vez. Y lo ha decidido. Si regresa, su mujer lo recibirá con rencor, y sus hijos verán en él la personificación misma del fracaso, y le perderán el respeto... Además, qué cara va a dar después de haberse ido así, como se fue. Si hubiese conseguido traspasar la frontera, el éxito habría sido una formidable máscara para dar en casa... Por eso decidió no regresar. Ramiro se empina la cerveza. Se equivocó: todavía le quedaban unas pocas lágrimas.

(...)

Primero se llevaron la TV, y luego fueron desmantelando la casa hasta dejarlos en la calle sin nada. Ramiro intentó de todo, pero nada funcionó. Vivían en casa de su cuñadp cuando se le ocurrió irse al otro lado. Salió con cuidado por la puerta del patio, tratando de no despertar a nadie para no despedirse. Pero Ramirito tenía el sueño ligero y lo sorprendió.
-¿A dónde vas, papi?
-Váyase a dormir, mijo.
-¿Vas a volver?
-Sí, mijo, volveré. Váyase a dormir, ándele.
Su hijo regresa a la cama, confiado de la promesa de su padre, mientras él comienza un camino que no tiene retorno, sin saberlo.

29/10/05

Viendo "Tu cerebro"

Tu cerebro

sólo imagina...

Esta noche la bolsa es de mil dólares. MIL dólares. Es una fortuna. Con eso alimentaría a mi familia por dos semanas, y le compraría zapatos nuevos a Marisol, la pobre no puede ir a la escuela porque no tiene zapatos. Que no se lo lleven. Así mañana serán mil cien, esos cien extra me servirían para un frasco de Rivaliux. Buena falta que me hace. Ah, perdió ese pendejo, sigue la pregunta final. Todas las miras en la frente del último concursante, el tipo amarrado en una cama vertical, todo un clásico. Pero me gustan más las hachas. Truenan. Oh, ahí viene el tren. Mierda, cállate Max, ya vas a empezar, ladrarle a un tren, qué reverenda estupidez, ¡que te calles! Uff... ¿En qué estaba? Ah, la pregunta. Elije el sobre verde. Está sudando, incluso llora, pero no se notan las lágrimas. El conductor lo abre. Ahora, la pregunta final, señor Salas Sepúlveda 21-D. Si contesta acertadamente se llevará la bolsa acumulada de mil (sí, MIL) dólares, y un pase de cortesía para el ciber-billar ElectroPool, ubicado en la calle 42 y Ruanova, manzana 3, edificio 52-G. De lo contrario, nuestros francotiradores de esta noche, entre ellos, el actor hollywoodense Brendan Buckerham (aplausos) y la princesa de Nueva Ucrania Republicana, Eloise Mundock (aplausos y chiflidos), le dispararán directo al cráneo hasta extraer tu, tu, TU cerebro. ¿Estás listo, 21-D? Cuánta confianza como para llamarlo por su primer nombre. 21-D está listo. La pregunta es...

¿Qué famoso cantante de reggae-gótico transmetal-indust se divorció de la super estrella porno y derectora de la línea de maquillaje para niñas Ultra-Cute, Sarah Williams, convirtiéndose en su ex-marido número 26, cifra récord para esta generación de jóvenes actrices porno?

21-D mira para todos lados, es obvio que no sabe, no tiene la menor idea. Pero si está fácil, hasta yo la sé: Lorenzo Bacardi ZayZay, el de Cinco Picos. Pide que se la repitan... Iluso, no sabe las reglas. O tal vez la presión mortal lo ponga nervioso. Niñerías. Le da cinco segundos. Cuatro... Tres... Dos... Uno... ¡Nacho Hernández-Varff! El conductor detiene el "¡Disparen!" en el pecho y abre la tarjeta con lentitud. Los créditos comienzan a aparecer en la tira negra de abajo, a toda velocidad. El conductor mira hacia la cámara. Y la respuesta es... ¡incorrecta! ¡Disparen!

Los francotiradores disparan, y el último grito de terror del pobre 21-D es consumido por el sonido de las balas destruyendo el cráneo del sujeto este, hasta dejar al descubierto su cerebro. El conductor toma el cerebro entre sus manos y baila al compás del ritmo que suena de fondo, una canción de ZayZay.

Tú, tú, TÚ puedes participar mañana por la bolsa acumulada de MIL CIEN dólares, sólo llama al 532117043249 e inscríbete ahora mismo.

Pronto, una pluma y una libreta, no se me vaya a olvidar.

(FIN)

...anigami olós