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18/2/10

Ese hombre que va allí



Ese hombre que va allí tiene un nombre y un apellido, igual que todos aquellos que, en el transcurso del día, han circulado por esta calle tranquila y desierta de las afueras de la Gran Ciudad, con el que podría identificarse, detenerse, por ejemplo, frente a este perro, y decirle, Me llamo fulano de tal, ese es mi nombre, cuál es el tuyo. No lo hace, porque sabe que no serviría de nada. En este lugar, en este tiempo, bajo estas circunstancias, que se han mantenido imperturbables desde que su ser se introdujo en el mundo, y que no cambiarán de aquí a que lo abandone, que no falta mucho, su nombre no vale para un carajo. Igual que su persona.

Ese hombre que va allí tiene una especial debilidad por las sustancias alucinógenas. O al menos, al principio le gustaban. Todavía hace tres días se conformaba con alcohol puro y simple, de ese que venden en las farmacias. Hoy lo extraña, aunque por dentro le quemaba las tripas, no había, nunca hubo, punto de comparación con la gloriosa mariguana, su eterna favorita, de la que ya no podía ni evocar su sabor, o con la elegante cocaína que llegó a probar dos o tres veces, mucho menos con la potente pero incómoda heroína, de cuando eran buenos tiempos en las calles. Hoy, sólo perros y frío. Pero antes, ah que tiempos eran antes. La memoria, sin embargo, ya no le alcanza más que para recordar el futuro inmediato: qué hacer ahora, a dónde ir, cómo encontrar en esta maldita ciudad un pedazo de comida que echarse a la pansa, un lugar donde pasar la noche para no morirse de frío. Hay un coche abandonado aquí cerca, sólo que no recuerda exactamente en qué calle, por estos rumbos, que no son suyos, y lo cierto es que ningunos lo son, y a estas horas, todas las casas parecen iguales, unas al lado de las otras, apretujándose para aliviarse de la helada lluvia que cae como cristales puntiagudos sobre la cabeza del hombre, sobre las calles, sobre los techos, sobre los autos estacionados. La diferencia es que el hombre ya no las siente, y los demás nunca lo hicieron.

Van unos perros, siete u ocho, rodeando a ese hombre que va allí, pero él no es su dueño, sino al revés, y no son ellos quienes siguen al hombre, sino al revés. Gracias a ellos ha logrado sobrevivir, no sólo los últimos tres días, también el resto de sus días en la calle. Cualquiera con la suficiente, no digamos consideración, basta curiosidad, se preguntaría que cómo, que por qué este hombre, que en otros tiempos tuvo un trabajo, ni bueno ni malo, era sólo eso, un trabajo, una familia como cualquier otra, y algunos amigos efímeros, o fugaces, si se prefiere, ahora vaga por los ríos de cemento sin rumbo ni meta, sin esperanzas, como nada más que una sombra que se va apagando con el frío. Pero haría falta, ahora sí, algo más que pura curiosidad para acercarse y preguntarle, Oiga, qué hace usted aquí, pero sobre todo, para obtener una respuesta. Y es que ese hombre que va allí ha decidido no hablar con nadie sobre su pasado, y esa ha sido la única forma de acabar con él. No se dio cuenta que, a pesar de lo que dicen, un hombre sin pasado es un hombre sin futuro, y un hombre que sólo es presente, no es nada.

Ya no falta mucho para que ese hombre que va allí se rinda de una buena vez, se de cuenta de que es una inconsciencia, una verdadera desconsideración hacia los perros, quienes, desesperados, tratan de hallar un refugio que les sirva a todos, sin éxito. Uno encontró un huequito entre las raíces de un raquítico árbol, pero no tuvo corazón para dejar a los otros a la intemperie, desamparados, más al hombre, y decidió correr para alcanzarlos, Qué haría este pobre sin mí, sin nosotros. Aquí las casas son fortalezas inexpugnables, donde la gente protege con todas sus fuerzas y humores las delicadas posesiones que han acumulado, cual despiadados capitalistas ambiciosos, a lo largo de sus años, y si ese hombre que va allí tocara a cualquiera de esas puertas, o a todas, y dijera que por favor, que me dejen quedar aquí, sólo una noche, aunque sea en el patio, a mí y a mis perros, porque si no siento que me voy a morir, no recibiría más que el silencio desde adentro, si alguna luz estaba prendida, se apagaría, si algún sonido indiscreto se escapaba, sería reprimido, al menos hasta que ese viejo vago se vaya, que lo que menos queremos aquí es que nos robe un drogadicto, ya tenemos suficiente con los hijos, los sobrinos o los nietos, en sus versiones masculinas y femeninas, que no se diga que en este barrio no hay equidad de género e igualdad de oportunidades.

Se le ha congelado la garganta. Ya era hora. Esos harapos pestilentes y roídos, podridos de tanta mugre, de tanto sol y de tanta tristeza, nunca cumplieron ni su más mínimo cometido, que es proteger de la intemperie la piel desnuda, callosa y sucia, de ese hombre que va allí. El aire ya no consigue atravesar todo el camino hacia los pulmones, lo cual sólo significa una cosa: el olvido y la soledad, ayudados por el frío abrasador, han cumplido su cometido. Con todo, decide no tirarse en medio de la calle, no vaya a ser que lo atropellen, faltaba más, se arrastra como puede hasta la banqueta, hasta el toldo de un local, casi en la esquina, buscando todavía un refugio, aunque fuese breve, de la lluvia, debajo de un potente farol que alumbra la noche y que, con cierta carga de cruel ironía, y otro tanto de sublime metáfora, cuando el hombre al fin se rinde ante el desfallecimiento y el dolor incontenible e irremediable, decide privarnos para siempre jamás de su luz áspera y sucia, mientras adentro, un muchacho joven susurra en un oído, Al fin se apagó la lámpara, ahora podré dormir tranquilo.

Los perros le lamen la cara. Olfatean inquietos, intentando percibir el cálido y pestilente aliento al que ya se habían acostumbrado, sin éxito. No queda nada, excepto un cuerpo maloliente que se había comenzado a pudrir estando todavía vivo. Y sin ceremonia alguna, sin un lamento de dolor o de incertidumbre, sin un aullido solitario antes del amanecer que haga eco entre los demás caninos que descansan, complacidos, entre colchas confortables o al menos debajo de un techo sólido, se dispersan y se pierden entre los rincones de la oscuridad, uno por aquí, otro por allá, totalmente en silencio, para no llamar la atención, esperando no encontrarse nunca más.

[Fin]

8/1/06

77ma. Temporada de Big Father

77ma. Temporada De Big Father

Nubarrones negros y centelleantes se forman en lo alto del domo, y llueve sobre la ciudad. Clara no sabe dónde está. Con trabajo recuerda cómo llegó allí. Un corredor oscuro, pestilente, humeante. Siente frío y tiembla. Recuerda que huía de Alberto. Se había portado raro durante meses enteros. A todos los miraba con un brillo macabro en los ojos. Recorría la mansión observándolos a escondidas, estudiando los hábitos de sus compañeros. Pero nadie sospechó hasta que Marlene apareció muerta en la piscina. Esa noche transmitieron en vivo. Adriana Camposanto se enlazó con los concursantes y anunció el inicio de la temporada 77 del programa. "Uno de los siete nuevos integrantes es el asesino, y se los aseguro, en verdad es un psicópata". Todos señalaron a Alberto como el culpable, y lo amarraron en el sótano. Todos sabían que la transmisión en vivo seguía, por lo que algo iba a pasar. Ignacio tuvo un ataque de nervios, y agredió a René. Alicia intervino, Tenemos que tranquilizarnos, así no solucionaremos nada, y se llevó a Ignacio al patio, lejos de los demás. Clara quería ayudar, así que los siguió. Encontró a Ignacio y a Alicia enfrascados en una pelea que no duró mucho: Alicia consiguió clavar un cuchillo en la garganta de su contrincante, y la sangre corrió. Clara no logró frenar su grito de espanto, y entró corriendo a la casa. Alicia es la asesina, Alicia es la asesina, gritaba. En la cocina, dos de sus compañeros estaban tirados en el suelo, desangrándose, ya sin vida. Adriana Camposanto hizo un nuevo enlace, recordándoles que el premio de la nueva temporada había ascendido a un millón y medio de dólares y un coche de lujo. Tal vez por eso la competencia se había puesto tan difícil.
Clara bajó corriendo al sótano, y deasató a Alberto. Discúlpanos, creímos que tú eras el asesino, pero no, yo vi a Alicia matando a Ignacio, y no está sola. Alberto se frota las adoloridas muñecas y la empuja. Clara cae al suelo, Oh, ¿no me digas? Qué mala suerte... para ti. Clara se incorpora con una velocidad asombrosa y huye. Siente los pasos de Alberto sobre sus talones. Corren atravesando los pasillos en tinieblas. Clara baja las escaleras y llega a la lavandería. Parece no haber salida, pero se equivoca: el ducto de ventilación, ahí quieto, en la pared, es su única salvación. Se mete en aquel estrecho agujero y avanza torciendo en cada esquina a la que llega. Escucha los gruñidos de esfuerzo de Alberto siguiéndola, cada vez más lejanos, hasta que desaparecen. Después de dar vueltas por horas, encuentra una salida.
Avanza por la calle con el cuello adolorido. Clara mira el nuevo mundo que la rodea, sin muros, sin techos, sin cámaras, y se siente libre por primera vez en su vida. Era la única habitante que había nacido en la casa. Había estado ahí durante tres emisiones distintas. Era la primera vez que veía la ciudad. Por eso no le pareció extraño que un sujeto la estuviera esperando en una esquina, con un paraguas. Se saludaron. Ven, entremos, le dijo él, y entraron.
Era una sensación indescriptible. Ya no estaba siendo observada, podía ir a donde quisiera, conocer a mucha gente sin tener la obligación de tratarlos por el resto de su vida, conseguir un trabajo y ser como una persona normal, como los de afuera le contaban. No volvería a la mansión de Big Father por nada del mundo. Me llamo Aurelio, le dijo con una dulce sonrisa. Clara se sonrojó y agachó la cabeza. El elevador llegó al piso 37. Caminaron hasta la puerta 11, a mitad del pasillo. Esto no se parece en nada a la mansión, pensó Clara. Aurelio la dejó sentada en la cama y dijo que iba por un café. La emoción no dejó a Clara quedarse sentada y comenzó a deambular por el departamento. Se detuvo frente a un espejo, para mirar su rostro nuevo, un rostro libre, que empezaba a mostrar los 16 años que tenía una vez liberada su alma de aquella prisión inhumana. La voz de Aurelio traspasaba la pared de la sala. Sí, oíste bien, está aquí, en mi casa... Ja'h, ¿me crees idiota o qué? Ninguna fotografía hasta que pagues por ella... Mira, no tengo tiempo para juegos de palabras, ya escuché dos ofertas de siete cadenas nacionales, ¿cuál es la tuya? (...) ¿¡Estás bromeando!? ¡Hecho! Vengan por ella antes de que les baje el rating. Clara regresó a la sala y encendió el televisor. Big Father seguía transmitiendo en vivo. En el estudio, Adriana Camposanto daba la bienvenida a los nuevos 14 habitantes, quienes tenían que entrar en ese instante a la mansión, uno de ellos iba armado, nadie sabía quién era. La conductora interrumpía la acción y anunciaba que tenían un boletín de último minuto. Ya han localizado a Clara, la fugitiva, quien será reinsertada a la competencia de inmediato. Claro, pensó ella, por el contrato de mi madre. Soy su esclava. Aurelio aparece ante ella. Cómo pudiste, me arruinaste la única oportunidad de ser libre, le grita. Bueno, al menos me gané un boleto de entrada al concurso. Clara enmudece... ¿Qué dices? ¿Acaso no ves la televisión? ¡Nos están matando allí dentro! ¡Nos han hecho sus esclavos! ¡Nos roban nuestra libertad, nuestra privacidad, nuestra dignidad! ¿Eso es lo que quieres?
Aurelio la mira, no puede creer lo que escucha. Claro que no, estúpida... Quiero el millón y medio y el coche. Clara no puede contenerse y empieza a llorar. Alguien toca la puerta. Seguro vienen por ellos...

(FIN)

7/11/05

El llanto

El llanto del bebé inunda el vagón y mata cualquier otro sonido. Los pasajeros, todos, parecen atentos a los gemidos inocentes que aquella inexperta garganta emite, tratando de identificar la más mínima variación en la frecuencia, tono, volumen o intensidad del que, suponen, es un varón recién nacido. Algunos, los más entrometidos, se preguntan por qué la madre no hace nada, sólo está ahí, sentada, mirando por la ventanilla la interminable pared del túnel subterráneo sin expresión alguna en el rostro, sosteniendo y aguantando al pequeño. Lo que no saben es que la madre también llora, pero nadie puede ver sus lágrimas disimuladas.
El tren se detiene, la puerta se abre, la gente sale presurosa. La madre se levanta de su asiento, el llanto del bebé se pierde, confundido por el ambiente que de pronto se volvió ruidoso. Un joven se detiene para dejar pasar a la madre, Adelante, pase usted, y ella pasa, nada más. Camina con pasos cortos y rápidos. Mira al frente. Sabe qué tiene que hacer. No puede ser débil, no ahora. De su fortaleza depende su futuro, pero no es momento de pensar en esas cosas, no, hay que enfocarse, no tocar a nadie, esquivar a las personas, alguno tal vez quiera detenerla y decirle que qué lindo nene, por qué llora, pobrecito. No es posible que sepa, piensa la madre, Es sólo un bebé, no tiene idea. El andén está repleto. Pero el baño, es el lugar elegido, debe estar vacío. Hoy en día nadie usa los baños del metro, están asquerosos. Hacia allá se dirige.
Entra. Está vacío, húmedo, oscuro, repugnante. No tendrá que esperar mucho, alguien escuchará el llanto y vendrá. No hay tiempo para despedidas. La madre deja al bebé en el lavamanos, lo cobija bien, ya no puede disimular su llanto, las lágrimas gruesas ruedan por su rostro joven y demacrado antes de tiempo. Una bendición, un beso en la frente. Ni siquiera le puso nombre. Sale casi corriendo, Adiós, adiós, hijo, choca con una señora con el cabello teñido de rojo y muy maquillada, Disculpe, No hay cuidado, y ahora sí corre hacia el tren que está a punto de irse. Parece el mismo vagón en el que venía, pero no: falta el llanto de un bebé. Mira la interminable pared. Mira a la gente. Todos parecen estar atentos a ella, todos parecen saber que es la peor madre del mundo. No, no puedo hacer esto. La madre baja en la siguiente estación y corre todo el camino de regreso. No puedo dejar a mi hijo, no puedo.
Un grupo de personas rodean a la señora pelirroja en la puerta del baño. Lo encontré llorando, pobrecito, está asustado, Y la madre, No lo sé, se fue corriendo, Cómo era ella, Por qué, Pues porque vamos a buscarla para detenerla, esto es un delito. La señora pelirroja mira directo a los ojos de la joven y asustada madre que observa la escena algo alejada, pero que escucha todo. Ambas se miran por un instante, la madre da media vuelta y sale a la calle, presa del pánico, no quiere ir a la cárcel. La señora pelirroja mira al niño, se está calmando ya. Lo siento oficial, no le ví la cara.

(FIN)

8/10/05

movimiento

movimiento

todo se mueve. nada puede permanecer inmutable por siempre y para siempre. las cosas, los objetos, cumplen ciclos de esplendor y decadencia, al igual que los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir. me lo enseñaron en la escuela con unos pollos de ejemplo. yo no soy la excepción: yo también tengo ciclos. y me transformo.

de noche por la ciudad, y el desorden de ruidos, el domingo pasado, porque la selección ganó. en medio de ese caos de coches y de personas, de claxons y gritos, era posible encontrar cierta armonía extraña, cierto orden inmiscuido como un intruso. después, en la explanada del cecut, un grupo de percusiones africanas (o algo por el estilo) ordenaba ritmos en los tambores y armaban melodías, en las cuales también era posible encontrar un lado caótico: en cierto punto los golpes no eran más que golpes sin orden. el día se transforma en noche, la luz en oscuridad, los coches en sombras con ojos luminosos que te acosen desde sus caminos veloces. y nada, que me he atorado en el presente. incapaz de sentirme triste, deprimido, o eufórico, optimista. me quedé en el presente y el mañana no me importa, el ayer aún menos. sólo sé que hoy estoy aquí y mañana quién sabe... y eso me ha traído problemas, con el modo de vivir que llevaba antes de atorarme en el presente, pero no quiere decir que sean problemas con este modo de vida. no me logro percibir viviendo mañana, no es porque yo lo quiera... bueno, tal vez, cuando lo intenté, me pareció tan sencillo que ya no puedo dejar de hacerlo. el futuro no me entusiasma como antes, ya sólo pienso en lo que puedo hacer hoy, y los días se me escurren entre los dedos, y el tiempo pasa devorándome insaciable. y yo, necesito trabajo, dinero, tiempo, esperanzas, retos, metas... pero ya no soy capaz de mirar a futuro. para mí, sólo cuenta el día de hoy... todo se mueve, y yo me muevo con todo. por eso es como si hubiera quedado estancado.

cada noche hay gente nueva. cada día, nuevas fotos. en cada sueño hay cosas raras... y en cada bocanada, un túnel de estrellas.

4/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (#3, #4 y #5)

#3: "Aplastado por un tráiler"

Es admirable la cantidad de fenómenos que pueden verse en el centro de la ciudad. Vicente mira y mira, fascinado, mientras espera a que el conductor del taxi se abra paso en el cuello de botella del tráfico de la calle Segunda. A su lado viene una señora con una adorable bebé que le va pellizcando el hombro mientras balbucea sabe Dios cuántas incoherencias. La madre le dice "Deja al muchacho, m'ija". La luz verde se muestra al fin en todo su esplendor, los automovilistas dejan caer el pie en el acelerador, la mayoría da vuelta a la derecha. El taxista encuentra un hueco entre un autobús y un tráiler. No se puede frenar en una curva, eso es bien sabido por todos, excepto, claro, por los desconsiderados peatones que decidieron no esperar su semáforo, el hombre verde tarda demasiado en aparecer y es mucho más práctico y divertido esquivar los coches. No para el trailero, sus frenos no sirven bien, las llantas se barren y se va de costado, aplastando al taxi y a unos cuantos transeúntes empedernidos. El cráneo deshecho de Vicente aparecerá en primera plana en los periódicos amarillistas de mañana, qué buena foto consiguió el reportero, lugar y momento oportunos, no hay más.

(FIN)

#4: "Múltiples fracturas por rodar de una escalera empinada"

Al fin pudieron despedirse de las computadoras, todo un día, ha sido un lunes lento, y la situación está bajo control, ya van rumbo a casa. Él lleva un sandwich en el estómago, es todo lo que ha comido, a la hora del desayuno, mucho tiempo atrás, y decide encender otro cigarro, "uno más no me matará", piensa. Su compañero va diciéndole un discurso tendido sobre un tema y sobre otro, la conversación comenzó con los futuros hijos y desembocó en el síndrome obsesivo-compulsivo de este amigo suyo, de qué manera terminó así, nadie lo sabe, pero así fue. Ya está oscureciendo, no hay nubes en el cielo, eso no quiere decir que habrá estrellas. La escuela, ubicada en lo alto de un cerro, tiene unas escaleras al costado para llegar más rápido a la calle, y por aquí se disponen a bajar. Vicente le ha dado dos chupadas al cigarro y se ha sentido mareado, se estuvo quejando todo el día, se tomó una coca cola, pero el dolor, que nacía en el estómago y se magnificaba al reír, no disminuyó. Fueron dos segundos, todo le dio vueltas, habían bajado cinco escalones, restaban cuarenta y dos, cuando Vicente no supo más de sí y se desplomó. Sólo la banqueta frenó su largo trayecto en picada, y se amigo, desde allá arriba, se quedó quieto, sin saber qué hacer.

(FIN)

#5: "Pisoteado en el slam"

"Quiénes son estos tipos", se pregunta, mientras escucha los chiflidos de los demás asistentes. La banda invitada ha tocado durante treinta largos y tormentosos minutos, un género que no es ni reggae, ni ska, ni punk ni rock, sino todo esto molido, triturado, licuado, echado en un colador, bebido por algún idiota, vomitado y luego embarrado en una pared de colores. Mira su reloj, y grita groserías, Vicente no sabe chiflar. Al fin, los músicos frustrados deciden no hacer más el ridículo y bajarse del escenario, unos minutos de silencio, y una voz diciendo "Atento... Permanece a la escucha", saca a todos del estupor en el que estaban inmersos y se abalanzan como fieras hambrientas al escenario. Las luces se encienden, las guitarras y los demás instrumentos raros suenan... El concierto comienza, la euforia despierta a la primera canción, nadie sabe dónde tiene la cabeza o dónde pone los pies, la música retumba en el recinto, el ritmo mueve a la masa, la masa no piensa, sólo baila. Vicente pierde primero sus lentes, y luego se pierde él mismo, devorado por la energía de los feroces bailarines, que sólo sienten que pisan algo, sin saber qué.

(FIN)

porque sólo morir una vez no es suficiente...

24/7/05

El abandono (segunda parte)

Por el camino, la cosa sigue igual, nadie, e igual seguirá hasta llegar al centro, donde tampoco hay gente, sólo coches revueltos, quietos en las calles. No hay periódicos, no hay negocio alguno abierto, ni nada que indique que esa no es una ciudad fantasma. "Tal vez... tal vez evacuaron a todo el mundo por la noche", piensa Elías, queriendo engañarse. Sería imposible sacar a toda la gente de una ciudad tan grande como ésta en una sola noche. Elías no puede pensar, tiene miedo y hambre, está desesperado. Sólo camina, dando vueltas, atento al menor sonido, pero sólo logra escuchar el viento que mueve la basura y las copas de los árboles. Tampoco ha visto perros callejeros, ni palomas volando, cosa común, de todos los días. Ya no supo dónde dejó el portafolio, se ha quitado la corbata y desfajado la camisa, y anda buscando Dios sabe qué. Al fin, llega a uno de esos mercados abiertos las 24 horas, y descubre que aquí, al menos, sí cumplen: está abierto. Elías entra, y empieza a comer. Abre bolsas de papas fritas, empaques de galletas, latas de cerveza, barras de granola... Come hasta saciar un hambre que parecía de meses. Se sienta en un pasillo mientras bebe otra cerveza, y no piensa, no puede explicárselo, pero no puede pensar. Como si la gente, al evaporarse en el aire, hubiera consumido con ella los pensamientos y ahora la única persona olvidada y rezagada no pudiera ni siquiera oír la voz de su propia cabeza.
Ya es más de mediodía. Elías no sabe qué hacer, ni adónde ir... Y de pronto, de la nada, una sensación de entera libertad se apodera de él. La conciencia de saberse solo en la ciudad le despierta una euforia que no es capaz de controlar, y así, sin más, se quita toda la ropa, queda desnudo, y comienza a tirar los estantes de la tienda al suelo, ciego de furia y excitación. Como el niño que se queda solo en casa por primera vez y decide darle rienda suelta a sus impulsos viendo canales de TV prohibidos y husmeando entre las cosas de papá, así Elías corre, brinca, ríe y grita sin razón. Toma bastantes cervezas y las mete en bolsas, luego reflexiona y va por una hielera para llevarlas, y por último, sube la hielera en un carrito de súper mercado y sale a la calle. Se pasea por el centro como si fuera la primera vez, bebiendo y fumando cervezas y cigarros robados a nadie, mira un coche de lujo abandonado con las llaves pegadas, se sube y lo echa a andar. Conduce un rato a toda velocidad, esquivando los demás vehículos cuando puede, y cuando no, no hay problema, nadie se quejará por el choque, y disfruta del vértigo que la velocidad le ofrece. Llega a una tienda departamental, y, como estaba cerrada, rompe los vidrios del escaparate con piedras y por allí entra, elige el traje más fino, los zapatos más exóticos, un reloj de oro y el perfume más caro, y sale vistiendo como un verdadero caballero. Vuelve a desnudarse después de un rato, cuando ya ha bebido tanta cerveza que ha empezado a vomitar, y se pasea deslizándose en el carrito del mercado hasta llegar a una licorería. También tiene que romper la puerta para entrar, y ahí se pasa el resto de la tarde, bebiendo toda clase de licores: vodka, ginebra, ron, mezcal, tequila, vino, coñac, whisky... Cuando ya empieza a oscurecer, sale como puede del local y se sube al primer coche que encuentra, y trata de conducir hasta su casa, pero pronto choca con un árbol, entonces Elías se baja, sube a otro carro y vuelve a tratar, y así una y otra vez hasta llegar a su casa. Sube por la escalera y, como no lleva llaves, se le hace fácil tirar la puerta para entrar, y se deja caer en el colchón.
Al siguiente día, el escándalo del despertador le hace retumbar los oídos. Con trabajo recuerda la aventura del día anterior, y pronto vuelve a entusiasmarse... Pero antes de volver a salir a la calle, se pone unos pantalones y una camisa. Baja corriendo las escaleras, temblando de emoción... ¿qué hará hoy? ¿a dónde irá? "A ningún lado", se responde, cuando escucha el cordial "buenos días" con que el portero lo saludo, y luego añade un "¿cómo le fue anoche?", lo dice por la cara de Elías, las ojeras y el olor a alcohol. La señora de enfrente ha salido ha salido a barrer la banqueta, rodeada de sus gatos. Dos coches hacen sonar el claxón uno contra otro, enfadados. La ciudad luce viva otra vez... Elías no sabe si está contento por esto o no.


(FIN)

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[Primera parte]

19/7/05

El abandono (primera parte)

No había agua en la regadera, ni en el lavabo, ni en la cocina. Ni siquiera había luz, y Elías, malhumorado, se faja la camisa y se calza los zapatos mientras reniega sobre cualquier cosa. Toma su portafolio, recuerda de repente que el coche está con el mecánico y de un sólo golpe se le hace media hora más tarde. Tendrá que tomar un taxi para llegar a tiempo al trabajo, se ajusta la corbata, alisa su pelo en la penumbra de su recámara tanto como puede, y sale de prisa del departamento. Ya en las escaleras, se da cuenta que ha olvidado las llaves, pero no hay tiempo para lamentarse, por la tarde llamará al cerrajero. No se ha percatado todavía del terrible eco que producen sus pasos al bajar los peldaños de aluminio. Preparado para darle los buenos días al portero, Elías se decepciona al ver que no está. No le preocupa, el tiempo perdido es lo único que habita en su mente.
El brillo del sol ya ha disipado la bruma de la mañana, y parece extraño, como desolado. La calle está desierta, y no es que sea una muy transitada avenida, pero a esas horas es común ver salir coches de aquí y de allá dirigiéndose a los respectivos lugares de trabajo o de estudio, y hoy, nada. Elías se detiene en la esquina y, mirando su reloj cada cinco segundos, espera impaciente el arribo de un taxi. Pero no llega. Pasan diez, veinte, treinta minutos, y no se ha asomado ni un sólo coche. No se oye un sólo ruido. Durante esta media hora, Elías se ha puesto a observar a su alrededor, y a cada instante se admira más y más de no ver a nadie en la calle. La señora de enfrente, que cada mañana sale a barrer la calle rodeada de sus gatos, esta vez está ausente. Elías va sintiendo cómo una singular opresión en el pecho lo va sofocando, y se afloja un poco la corbata. El silencio que lo invade todo es abrumador. Elías, cansado ya de esperar y con esta sensación amenazándolo, se decide a ir dos cuadras más allá, hacia la farmacia. "Tal vez haya una huelga de taxistas...", piensa. Pero la farmacia está cerrada. Son las 9.45 de la mañana. Es miércoles. Elías se muerde el labio y camina un poco más, hasta llegar a una calzada importante. Sus ojos no pueden creer lo que ven: decenas de coches abandonados a lo largo de la calle, los semáforos sin funcionar, y nada de gente... La taquería, la papelería, la otra farmacia, la tienda de abarrotes, el restaurante de mariscos, la llantera... Todo abandonado.
Al ver aquella escena incomprensible, Elías suelta el portafolio y se deja caer en la banqueta, ofuscado, sin saber qué pensar. Enciende un cigarro, y espera, sin imaginar qué o a quién. Pasará varias horas ahí en la esquina, fumando y buscando explicaciones que nadie puede darle, porque no hay nadie. Recorrerá la calzada entera, tocando en cada puerta, en la pizzería, en el salón de fiestas infantiles, en la tortillería, en la florería, en el video club, en la tienda de refacciones automotrices, en la rosticería, en la cerrajería, en la casa de empeño, en el autolavado... Pero lo único que encuentra con coches y más coches abandonados, esparcidos por la calle, algunos con las llaves pegadas o con las luces encendidas, pero ni una sola persona. Pronto, Elías empieza a respirar con dificultad, no tanto por la enorme cantidad de cigarros que ha consumido hasta este momento, uno tras otro, sino porque la soledad y el desamparo que le provocan ver todo aquello le afectan bastante. Camina apretando el paso a lo largo de la calzada, admirando los coches ahí, quietos, paseándose entre ellos, buscando algún indicio que lo ayude a explicarse la situación. Piensa en una manifestación colectiva, tal vez toda la ciudad esté reunida en el centro cívico defendiendo sus derechos o expresando su repudio contra la violencia citadina. Era como si un rayo incandescente hubiera arrasado con las personas, pero sin dejar huella alguna, sin que quedara un rastro inconfundible de caos y terror. En los coches, todos abiertos, excepto los que estaban estacionados, no puede encontrar ninguna identificación, ni nada que lo haga pensar que la gente salió a toda prisa de sus autos y huyeron despavoridos olvidando sus cosas.


(CONTINÚA)

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[Segunda parte]

16/7/05

un cigarro...

Arriba, la luna sonreía. La oscuridad obligaba a la noche a ceñirse de una capa falsa de luz amarilla, que emanaba generosa de los faroles públicos. Héctor echó un vistazo desde la puerta, ya se le había hecho costumbre, aún ahora que sabía que a las 12.20 de la medianoche nadie transitaba por las calles de la colonia en pleno martes laboral. Cerró la puerta, y antes de llegar a la banqueta, y auxiliado por un encendedor de juguete, ya había encendido el cigarro. Una vez afuera, a salvo de los vecinos metiches, Héctor ya no se preocupaba por voltear a los lados y asegurarse que la soledad de las calles permaneciera. Ahora sabía que los autos no cuentan, lo que los conductores deben hacer es esquivar al peatón, no detenerse a preguntarle si necesita ayuda, o qué anda haciendo en la calle a estas horas de la noche. Anduvo con paso distraído, ya no necesitaba fijarse cómo se llamaba esta calle o cuántas cuadras faltan para llegar al parque, y miraba los faroles mientras escupía el humo. Conforme avanzaba entre las retorcidas calles del cerro, podía percibir cómo la oscuridad que lo cernía se hacía más densa y los faroles más brillantes.
Llegó al mirador y se sentó en una esquina. Primero cerró los ojos, y admiró los sonidos de la noche, el silencio que se tragaba los ruidos humanos y vomitaba los de una ciudad enorme y anónima: ambulancias, patrullas, música estridente saliendo de algún rincón en algún lugar de allá abajo, disparos, gritos, más ambulancias. Luego entreabrió los ojos y siguió las luces en movimiento de los coches, todos yendo en una misma dirección, hacia un lado o hacia el otro. Poco a poco dejó que las demás luces fueran penetrando a través de sus pestañas, que cada segundo se abrían más, y transformó aquel mar de puntos luminosos es un espacio inmenso repleto de estrellas, y se sintió envuelto en la armonía y singularidad del universo. Tras esto, al regresar a la ciudad, comenzó a buscar y a descubrir figuras ocultas entre los edificioes, seguro eran satélites personalizados esperando afuera del restaurante (?), o un antro nuevo obra de un arquitecto un tanto loco. Después pasó a su entretenimiento favorito: buscar voces humanas. Dirigía tan bien y con tanta facilidad el oído que alcanzaba a escuchar a un papá regañando a su hija por llegar tan tarde, o a una mujer diciéndole a su amante que se fuera pronto porque el marido no tardaba en llegar. Estuvo así un rato, abriendo y cerrando los ojos, hasta que el cigarro se terminó. Aspiró hasta el final, y tiró la colilla inservible. Tambaleándose, volvía a casa, listo para bailar.
(FIN)

10/7/05

no te detengas

"Corre. Corre. No te detengas. No pienses. Sólo corre..."
Es como si fuera la primera vez que hace esto. La euforia, los ojos muy abiertos, la fuerza y resistencia sacadas de Dios sabe dónde que impulsan sus piernas a toda velocidad, la agilidad para esquivar a los transeúntes, para escabullirse entre la gente.
"No mires atrás. No mires... Sólo corre. Corre, corre. No te detengas. No mires atrás".
Ha aprendido a mirar el camino, a inventarlo, a recordar que si da vuelta en tal esquina llegará a una avenida transitada y no podrá escapar. Para correr así, cargando la pesada bolsa, debe olvidar que lo que lleva es comida, porque entonces el estómago se inquieta... No puede pensar en nada más que en correr, hasta que el policía, el frutero y el tendero se cansen y, resignados, le dejen ir, no pueden durar demasiado, no con esas enormes pansas que les estorban. Tal vez uno se toque el corazón, se de cuenta que lo que el ladrón lleva es comida, no dinero, y para qué iba a robar comida si no era para comerla, y para qué iba a comerla si no era para calmar un hambre atroz.
A pesar de todo, Julián siente miedo. Al principio era porque no sabía qué pasaría si lo alcanzaran, ahora porque ya lo sabe. Los persecutores, al cazar a su presa, son cegadas por el éxito, se creen superiores y olvidan que el ladrón tiene treinta o cuarenta kilos menos, treinta o cuarenta años menos, y dejan caer sobre el frágil cuerpo sus pesados puños, como castigo por hacerlos correr tanto. Julián no puede permitirlo, por eso corre sin parar. Ya les ha sacado una marcada ventaja. Los gritos ("¡detengan a ese chamaco!") se oyen lejanos y cansados. Julián baja la velocidad y se arriesga a girar la cabeza. El policía se va deteniendo, el tendero descansa ya, el frutero ni se ve, se ha quedado muy atrás. Julián sonríe, suspira aliviado, pero sigue corriendo, y no deja de hacerlo hasta llegar al parque donde, podría decirse así, vive, lejos ya de la amenaza.
Sólo un niño con el temperamento de Julián podría sobrevivir en las calles. Hace casi un año que salió de su casa. Sabe que, uno de estos días, no recuerda bien cuál, será su décimo cumpleaños, y ya se ha adaptado bien a su nueva vida. "Es mejor que vivir con mis papás", responde cuando algún metiche le pregunta por qué se escapó de su casa. Se sienta en una banca, y saborea por adelantado el interior de la bolsa. Su estómago ruge con furia. Un perro se acerca olfateando con desesperación. Julián lo mira, muerde una pieza de pan y arranca un pedazo. "Sé lo que sientes", murmura, "el hambre es canija", y le pone el trozo en el hocico. Luego, al verlo comer, le da el resto de la pieza, y comparte con su nuevo amigo la comida que ha robado

26/6/05

La loca de la Coahuila

Echada sobre el pabellón, con la mirada perdida, la loca de la Coahuila eleva el rostro y deja que el sol del mediodía le queme la piel. Permanece así durante varios minutos, inmóvil, vagando sus enigmáticos pensamientos por el espacio infinito, nadie se pregunta qué pensará, las personas apenas la miran, dan asco sus cabellos sucios y revueltos, sus ropas gastadas y mugrosas, dan asco sus ojos opacos, sus labios secos, sus manos heridas, da asco toda ella y las personas prefieren no mirarla. Y aunque alguien se aventurara a indagar sobre lo que habita en la mente de esta mujer, si puede llamársele mujer, poco éxito tendría, pues es probable que en su cabeza, como en la de los animales, sólo exista el vacío, o al menos una confusión terrible de ideas sin ritmo ni lógica, imposibles de traducir en palabras, pensamientos puros, vírgenes, intactos. La loca eleva el rostro, sus ojos no ven nubes, y de la nada le cae una lluvia de un líquido caliente, tiene que agachar la cabeza, escupir los orines que un grupo de adolescentes le arrojaron, allá van, partiéndose de risa, y la loca se levanta y cruza la calle sin fijarse, los autos se detienen, tocan el claxon, no la atropellan sólo para no manchar la defensa de sangre, muévete pendeja, querrás que te mate, ella se interna en un callejón, busca comida en la basura y encuentra un pedazo de pan húmedo. Lo come, se echa al suelo y duerme.
Ya está oscuro cuando despierta, el movimiento brusco de un hombre extraño la saca de su aventura onírica. Soñaba que llovía. Otra vez, algún borracho a decidido no gastar en prostitutas para desahogar sus instintos sexuales, para qué, si ahí está la loca de la Coahuila y lo que lleva entre las piernas es lo mismo que lo que llevan las demás mujeres, sólo que esta no cobra nada, ni dice nada, espera con paciencia a que este tipo termine y le suelte las piernas, ya ha pasado antes, no sabe si son diferentes tipos o es uno solo con una extraña fijación, nunca les ve el rostro, cubierto en las sombras, está a punto, ya, al fin, su cuello se tensa, la loca lo mira distraída, el sujeto se sube los pantalones y se va, no tiene nada qué decir, la loca se pone la falda y camina, tambaleándose hacia su bar favorito, tal vez ahora sí la dejen entrar, tal vez le regalen cerveza, como una vez, su memoria es mala, no sabe si en verdad pasó, al fin ha llegado, baja las escaleras, el mesero la intercepta, le habla al oído pero sin sutileza, lárgate mugrosa loca, la toma de un brazo y la empuja hacia afuera. Espera un rato, tirada en la banqueta, y luego hace un segundo intento, esta vez llega hasta la barra, el cantinero la mira a los ojos, el mesero la jala de un brazo con una fuerza desmedida, la tumba al suelo, los clientes observan la escena y ríen, la loca se levanta con dificultad, le ha dolido el golpe, decide no luchar más, se deja llevar hacia afuera y se pierde entre las calles del centro. Nadie la mira, y ella no mira a nadie. Vale la pena preguntarse, ¿nos debe inspirar lástima esa existencia sin principio ni fin, sin metas, sin sueños, una existencia por la simple voluntad de existir? ¿O, en cambio, nos debe inspirar admiración, su profundo deseo de seguir viviendo aún sin tener motivos...? Pero no. Nadie la mira, ni con lástima, ni con admiración.

22/6/05

comerse una torta en un callejón es delito

En un domingo nublado como este, no se ve mucha gente en las calles, y menos a las seis de la tarde. La ciudad está desierta, como muerta, hay pocos coches, los semáforos son inútiles, los taxis deambulan vacíos. Si así están las calles principales, imaginemos las demás, las que se internan serpenteando entre las colonias, subiendo y bajando cerros, adentrándose en las entrañas de Tijuana. Por una de estas calles camina Gaspar, camina contento, alegre, poco le preocupa que haya gente o no, aunque la hubiera, nadie se fijaría en la felicidad de un vago, y menos de uno cuyo rostro no refleja ninguna expresión, no lo consigue, pero Gaspar siente que se le incendia el pecho de pura emoción, porque hoy, después de una semana de comer sobras recogidas de la basura, tiene qué comer. Javier, el taquero, le ha regalado una enorme y suculenta torta de carne asada, y Gaspar la carga en una bolsa de papel en busca de un lugar adecuado para sentarse a comer, pues entre más le dure más podrá saborearla, más podrá imaginar entre sus dientes el sabor del pan, de la carne, de la lechuga, entre los escasos dientes. Ya siente rugir sus tripas, alborotadas al saber que de nuevo, después de tanto tiempo, volverán a probar algo digno de comerse.

Gaspar vislumbra un callejón acogedor y se interna en él. No se ha percatado de la patrulla que lo viene siguiende desde hace un rato, todo por el entusiasmo previo al banquete. Se sienta en un rincón, se recarga contra la pared y abre la bolsa de papel para olfatear la torta antes de de devorarla. Las botas de los policías producen un eco lúgubre. Vienen riendo, gritando animados, y asustan a Gaspar, quien vuelve a cerrar la bolsa y la esconde, temeroso. Ya conoce a estos tipos, sabe que debe cuidarse, que a los policías no les gustan las barbas sucias y los pantalones hechos jirones.

-¿Qué llevas ahí, viejo? Droga, ¿verdad? ¿crack? ¿cristal?

Gaspar sólo logra balbucear, nervioso, tratando de mirar al piso, a los policías no les gusta quie los miren a la cara, y aprieta la bolsa con su comida entre los brazos. Los oficiales se carcajean, de pie frente a él, por su reacción, hacen comentarios groseros, le dan un par de patadas.

-¡A ver, viejo! ¿Qué traes en la bolsa?

Uno de los oficiales se agacha y, ayudado por sus puños, le quita la bolsa a Gaspar. Él no puede hacer mucho, el miedo y el hambre le restan fuerza, y se limita a soportar los golpes, a observar, horrorizado, al policía abriendo la bolsa y sacando la torta.

-¡Ah, mira! ¡Es una torta! ¡Mmmh...!

El policía la muerde, se la pasa a su pareja y éste le arranca otro pedazo, la mastica un poco, la escupe y luego tira la torta al suelo.

-¡Esto sabe a mierda, viejo!

Le dan unas últimas patadas, siguen riendo, se alejan poco a poco, carcajeándose. Gaspar se arrastra y rescata lo que queda de su torta, le sacude la tierra, intenta quitarle el lodo, y empieza a comer.

28/4/05

miércoles...

en la calle tercera, esperábamos a rosario luque. llamamos a mi papá, y fuimos a la colonia postal a buscar un cuarto. a las cuatro treinta de la tarde, don manuel nos abrió la puerta, le cambió las sábanas a la cama y me entregó las llaves del que sería mi nuevo hogar. yeah. volví a la escuela. al cine. a los taxis de acá. volví... y pues, me siento como en casa. aunque extraño, y cómo no. pero bueno. acá vamos, a ver qué pasa.

saludos.

23/2/05

narcotizarse

Eran las once de la noche. Ya eran pocos los carros que desfilaban por la avenida, y menos las personas que caminaban. Fay miró el reloj del centro comercial, y supo que faltaba una hora para que cumpliera doce años. Se hubiera quedado a dormir en la casa de el Nieto si la madre de él no fuera tan preocupona, que necesitaba que le llamaran por teléfono sus papás para confirmar el permiso. No tenía con quién quedarse, así que tuvo que volver a su casa. Las luces estaban apagadas, pero su hermano Tito lo vio llegar desde el fondo de la calle, y se separó de su grupo de amigos para ir al encuentro del pequeño revoltoso.

-¿Qué horas son estas de llegar, güey?

Fay no contestó. Tito lo tomó de los cabellos y lo aventó hacia adentro de la casa, pese a los reclamos, y lo encerró. Su padre yacía en el sofá, roncando de ebrio, con los botes vacíos de cerveza rodeándolo. Una luz roja pintaba las paredes, y Fay no pudo evitar a Marcela, su hermana mayor. Había huído hacía un año, la noche en que confesó su amor por el vago de Adrián, y su embarazo de tres meses. Su padrastro se enteró dónde estaban y secuestro con una torpeza ejemplar a su nieto, pero la policía lo agarró y lo encerraron un buen rato. Recordaba cómo Marcela le tapaba los oídos cada vez que sus padres se gritaban entre sí, y la forma en que mantenía el ánimo aun después de las golpizas de su padrastro, golpizas derivadas de violaciones frustradas.

Apenas durmió. En la mañana los demás miembros de la "familia" seguían dormidos: el padre, como muerto, se mantenía en la misma posición que seis horas antes; la madre, llegada en un punto cualquiera de la madrugada, se había echado semidesnuda y sin desmaquillarse sobre el colchón. Tito ni siquiera había ido a dormir a la casa. Fay se cambíó de ropa, tomó su mochila y salió rumbo a la escuela.

Jamás supo cómo Toño se enteró, pero desde que Fay llegó todos comenzaron a reírse, señalándolo. Su único amigo, el Nieto, no tuvo el valor de decirle.

-¿Y 'ora por qué se ríen estos culeros?
-Pus no sé Fay...

La campana sonó, anunciando el recreo. Fay se fue a la cancha de fútbol, lo único que él veía con buenos ojos de la escuela, y se preparó para anotar todos los goles de su equipo, como siempre. Desde el enorme árbol junto a los baños se acercaba Toño, seguido por un séquito de lambiscones cobardes. Fay estaba decidido a no pegarle más. El director le había advertido que una pelea más, y te me vas. Intentó controlarse, pese a la sangre que le hervía en la cabeza... La verdad, en esta ocasión Toño se ganó los chingazos.

-Órale Feyo, ¿cómo le fue a tu jefa anoche...?
-Cómo le fue de qué.

Hacer oídos sordos a sus provocaciones... Así le había enseñado Marcela...

-Me imagino que bien... Dice mi carnal que hasta propina le dió...

Risas. Risas auténticas de burla frente a una verdad humillante. Fay trató de hacer como que todo era mentira, pero no pudo. Ellos lo sabían... Se habían enterado.

-No te hagas pendejo. Mi carnal me dijo que se la cogió ayer, y que le pegó un mamadón que...

Fay se lanzó contra la cara de Toño y se la destruyó a puñetazos limpios. Los niños presentes rodeaban a ambos contendientes, y les lanzaban tierra y piedras para ayudas a su favorito. Una maestra los separó en el momento oportuno, cuando la hemorragia de Toño comenzaba a marearlo. El director cumplió su amenaza, y suspendió a Fay. Bonito cumpleaños.

Estaba decidido a no volver a la escuela ahora que todos se habían enterado de que su madre era puta. Tampoco quería volver a su casa, un verdadero infierno de todos contra todos. Vagando por la tarde entre las calles de su colonia, encontró al Sebas, uno de los amigos de Tito, de los más jóvenes.

-¿Qué te pasó Feyo?

Al Sebas parecieron interesarle los problemas de Fay, y conmovido por escuchar que su misma historia la volvía a vivir otra persona, lo invitó a la reunión de aquella noche.

-Va a haber de todo, Feyo: pisto, coca, mota... ¿Te gusta la mota?

En realidad, Fay tan sólo había fumado tabaco algunas veces en la escuela, y bebido un par de cervezas en distintas ocasiones. Pasó la tarde con Sebas, convenciéndose de que la mejor manera de olvidarse de que su vida era una mierda era narcotizarse. Algo lo impulsó a regresar a su casa, algo triste, pero ya en la puerta escuchó gritos y platos rompiéndose. Retrocedió, primero despacio, luego corriendo, hasta llegar a la casa donde ya empezaba la fiesta. El Sebas lo reconoció.

-¡Feyo! Que bien que viniste... Te vas a divertir... Pásale, y tómate algo.

(...)

Marcela regresaba del trabajo, y vio en el pabellón de la avenida a un vago, tirado bajo un árbol, borracho y tal vez drogado, que le llamó la atención. Su rostro se parecía un poco al de su medio hermano, al que, cuatro años antes, había abandonado, y recordó cuando le tapaba los oídos durante las peleas, y cuando lo consolaba después de sus regaños, y se preguntó que habría sido de él.

(FIN)