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24/2/10

Sueños y escombros


[Imagen de United Nations Development Programme en flickr.com]

Cuando por fin logra quedarse dormida, Jackie sueña con la oscuridad. Se ve a sí misma, como mirando una pantalla de cine, en medio de un gran espacio vacío, negro, sin ningún lugar a dónde ir. Sólo su cuerpo, como si tuviese luz propia, puede verse entre la nada, pero no es una luz que ilumine: el resplandor no logra atravesar más allá de su piel. En este espacio vacío, no tiene sentido moverse, porque ningún paso lleva a ningún lado, todo es inútil, se ha perdido para siempre, la esperanza, el futuro, aquí no hay días mejores, ni peores, simplemente no hay nada, no hay gente, no hay aire, no hay vida.

No es que haya una gran diferencia entre las ilusiones oníricas de Jackie y la realidad que la recibe, con cara de pocos amigos, cuando despierta sobresaltada y sus sobrinos, unos delincuentes de dieciséis años, le lanzan con rudeza un par de sshh, hay gente aquí intentando descansar. Jackie, empapada de sudor, decide levantarse y estirar las piernas. Por las ventanas cubiertas con cortinas polvorientas apenas se filtra un poco de esa luz de media tarde que todo lo vuelve más melancólico, casi triste. Afuera la vida sigue para aquellos afortunados que tienen empleo. Acá, en las casas de la periferia, hechas de grandes y frágiles ladrillos grises, con varillas saliendo por todos lados, no hay otra manera de engañar el hambre, además de las drogas, que dormir. Pero los dioses del descanso ni siquiera ese gusto le dan a la pobre de Jackie. Atravesando con cuidado el cuarto, para no pisar a los familiares y amigos que se refugian en esta casa, por ser, según dicen, más fresca que otras, llega hasta la cocina y trata de servirse un vaso de agua, pero abre la llave y lo único que sale es el ruido que hace el aire al subir por las tuberías sofocadas. Sigue sin haber agua. Ahora tendrá que volver a cruzar la casa entera para ir con la vecina, y se dispone a ello cuando, sin más, se abre la tierra y les cae la casa encima.

Por un breve instante, Jackie pensó que había sido otro sueño. Que en realidad no había despertado, hasta ahora, envuelta otra vez en un manto de tiniebla absoluta. Pero pronto llegó el dolor. Sintió la cabeza caliente, las piernas destrozadas, y el peso del techo haciendo presión sobre su espalda. Trató de levantarse, pero estaba totalmente inmovilizada por los escombros. Se ha vuelto realidad, piensa, al ver que, como siempre, la realidad es mucho más cruel, mucho más espantosa y terrible que el más siniestro de los sueños. No consigue ver nada, por más que abre los ojos. Sus oídos no logran captar sonido alguno, sólo un zumbido agudo, interminable, como si le hubiera estallado una bomba en la cara. A sus pulmones casi no llega aire, las piedras que la aplastan no le permiten expandir el pecho.

Quiere gritar, pedir auxilio, alguien, quien sea, que me ayude. Si he de morir, que no sea de esta manera, implora Jackie, no se sabe a quién. Pero no cree poder resistir mucho. Ni siquiera le queda claro qué ha pasado. Llama con el pensamiento a Alex, a Piró, a Manuel, a quien sea, que vengan, seguro a ellos no les cayó el techo encima, seguro ellos están a salvo, y no tardarán en sacarme. Qué importa ya. Aunque la sacaran, qué haría después. Ni casa le ha quedado, que era lo único que tenía. Así pues, mejor la resignación. El fin, la extinción de la llama vital, que venga y me tome sin remordimientos, Jackie implora, que se acabe, por favor, que se acabe, le parece que ha sido una eternidad, por qué su cuerpo se resiste a lo inevitable, por qué desear algo imposible.

Un hombre que pasaba por allí levantaba desesperado pedazos de piedra y loza, intentando guiarse por el instinto más que por los gritos, los llantos y los lamentos, que a partir de ahora y por muchos días más, serían todo lo que viajaría por el cielo de Puerto Príncipe. Tiene suerte de haber salido ileso, iba caminando por la calle cuando de pronto la tierra decidió echar abajo todo el vecindario de una sola sacudida. A su alrededor, fuego, caras ensangrentadas, polvo, desesperación. Levanta un gran bloque de ladrillos, con mucho esfuerzo, y debajo ve la cabeza de una mujer. Una pesada loza le aplasta las piernas, y entonces es él quien comienza a gritar, Ayuda, que alguien me ayude, hay una mujer aquí. Otro hombre acude al llamado, entre los dos, después de varios intentos, logran liberar a la mujer.

Jackie no abre los ojos, pero siente cómo su pecho se infla otra vez de aire, cómo el alma le regresa al cuerpo, y con ella, el dolor expandiéndose sin tregua ni compasión por todos sus huesos. Un hombre la lleva en brazos, a algún lugar, a dónde sea, no tiene importancia. Susurra algo, pero el hombre, ese gran héroe, ese salvador desinteresado, no entiende lo que dice. Cálmese, ya está a salvo, le dice, queriendo tranquilizarla. Acerca el oído a los labios de Jackie. Me hubieras dejado ahí, dice ella, mientras unas gruesas lágrimas resbalan, viscosas, abriéndose paso por el polvo del rostro. Me hubieras dejado ahí.

[FIN]

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Haiti Earthquake Aftermath Montage from Khalid Mohtaseb on Vimeo.

29/7/07

Más descalza



Su hermano le decía que no fuera, que no necesitaba su ayuda, pero a Xóchitl le gustaba ir a la fuente, aunque fuera lejos, aunque tuviera que cargar de regreso la pesada cubetita que le daban, y no tanto por el recorrido, fúnebre y deprimente, sino por sentirse útil para la casa. Habían sucedido emergencias en que, de no ser por su cubetita, quién sabe qué hubiera pasado. Arde la tierra bajo sus pies desnudos, y el sol encima de sus cabellos negros. El aire caliente la obliga a entrecerrar los ojos, los pasos largos de su hermano, quien dará unas cinco vueltas de la casa a la fuente para llenar los tambos que necesitan el día de hoy, la hacen apresurarse. Mira el suelo atenta, no quiere volver a enterrarse un vidrio, o un clavo que le atraviese el pie, como dicen que le pasó a Martín, por ir distraído.
Llegan por fin a la fuente, en el centro del pueblecito, y descubren una algarabía inusual. Hay un camión muy grande, hay un sujeto gordo, pelón, tétrico, vestido todo él de blanco, bailando una música estridente que sale de la caja del camión, y la gente se arremolina a su alrededor, gritando desesperados, alzando las manos, unos tratando de salir, otros tratando de entrar. Xóchitl no puede evitar sentir curiosidad, su hermano menos, estira el cuello, pero no puede más que ver que están regalando algo. Ha pasado antes, que viene reporteros de la televisión y les regalan despensas, o que viene gente común y corriente, güeros, altos, de ojos azules, y les regalan cobijas y ropas. Le dice su hermano a Xóchitl, Ándale niña, ve, asómate a ver qué están regalando. Le quita la cubetita de la mano y la empuja hacia la multitud. Ella tiene miedo, no le gusta la gente, luego la pisan, la golpean. Pero bueno. Tal vez su hermano esté en lo correcto y estén regalando costales de arroz y frijol, y puedan comer bien, al menos hoy.
Su diminuto cuerpecito se abre paso con facilidad por entre las faldas de las mujeres y antes de lo que cree ya llegó hasta el gordo de blanco. Ya viéndolo cerca descubre que no es un hombre, o bueno, sí es, nada más que trae un disfraz puesto, porque no puede haber un hombre tan bizarro. Sus ojos pequeñísimos, negros como escarabajos, y su bigote retorcido, y su sonrisa perpetua, son abominables. No sabe cómo, pero Xóchitl está segura que la mira. El gordo le estira la mano, la niña, temerosa, le ofrece la suya, el gordo la jala y la carga, algo grita un tipo detrás de ellos a la multitud que empieza a aplaudir, algunos gritan Gracias, gracias, otros chiflan, entonces Xóchitl vuelve a ser depositada en el suelo, mientras el gordo le da una caja de cartón, le sacude los cabellos y sigue bailando. Hace un esfuerzo por salir, que por cierto es mucho más difícil que entrar, y afuera de la multitud la espera otro sujeto, también de blanco, pero sin disfraz, que le dice, Niña, sonríe, sonríe. Ella obedece, creyendo que si no lo hace le quitarán su caja, hasta el momento ni se ha enterado qué es, sólo sospecha, por el peso y el tamaño, que pueden ser unos zapatos, dibuja en su cara una sonrisita tímida, el sujeto saca una foto con su cámara, y se va, sin prestarle mayor atención.
Xóchitl llega hasta su hermano corriendo. A ver, qué te dieron, a ver. La niña sabe que no es algo grande, porque la caja no pesa, pero no importa, todo lo que sea gratis, es bien recibido. Le da la vuelta a la caja, que por el otro lado es transparente, y descubre con tristeza una mujer, de esas rubias, pálidas, flacas, pero tan pequeña, que cabe en la caja. Es del tamaño de su muñeca de trapo, pero esta es como una estatua, dura y toda pintada. Puta madre, una mona, dice su hermano. Xóchitl también luce desencantada. Pues ni modos, le dice su hermano, tírala por ahí, y vámonos que ya se hizo tarde. Xóchitl avienta la caja de cartón, todavía sin abrir, al suelo, recupera su cubetita y se van a la fuente. Mientras camina, siente más la tierra caliente, las piedras molestas, se siente más descalza todavía, porque ya se había imaginado la suavidad de sus primeros zapatos en los pies.

(FIN)

3/7/07

Los días que le queden



Guadalupe Pérez llega todos los días a las 6 de la tarde a la misma esquina transitada del centro de la ciudad. Viste siempre su chal morado, su falda blanca, amplia, sus lentes gruesos, sus zapatos negros cerrados y viejos. Trae consigo el vasito de plástico blanco, una bolsa misteriosa de nylon, y su bastón para caminar. Se coloca en el lugar exacto, y sin decir una palabra, deja la bolsa de nylon entre sus pies, se recarga en su bastón, y sosteniendo el vasito de plástico, estira el brazo. Y ya, a esperar. Trata de dirigir, junto con sus ojos casi cerrados, el vasito hacia los transeúntes, que pasan, pasan y pasan, la mayoría sin voltearla a ver siquiera, como si no existiera, como si fuera parte de la decoración de la ciudad, otra vez infestada de vagabundos, de limosneros, de parásitos sociales, según muchos, porque impera la ley del sálvese quien pueda, hagan lo que quieran para no morir de hambre, todo se vale. Algunos deciden robar, no sólo los bolsos de las damas en las calles, sino mediante fraudes a socios bien intencionados, o jugando con las finanzas de la compañía; otros, prefieren comerciar con objetos insólitos, dijes de la santa Muerte, calcetines para el frío o para el calor, películas para adultos que no sólo venden a adultos, sino a quien pueda pagarlas. Guadalupe Pérez no puede hacer nada de eso. Tiene órdenes precisas de no invertir. Una vez sugirió comprar una cajita de chicles, en uno de sus extraños momentos de lucidez, y subirse al metro, como lo hacían su comadre Petra, pero no, la mafia era enorme, y un gasto en eso es, dice su hijo, un desperdicio de dinero. A su edad, que ya ni ella misma recuerda, se le ha vuelto muy difícil ver de noche. Está atenta a las sombras que le pasan por enfrente, y al sonido que hace la moneda al caer al fondo del vaso, que jamás se llena. Apenas cae una, y Guadalupe le da la vuelta al vaso, para que la moneda caiga en su mano, y se la echa en el bolsillo. La mayoría son monedas pequeñas, es muy rara la vez que caen cinco o diez pesos, pero pasa todas las noches. La bondad de la gente, la necesidad de ayudar, es quizá el remordimiento de la conciencia, de saber que todos los días viven envueltos en la corrupción y la explotación, y que no mueven un dedo para remediarlo, al menos ayudo a la ancianita, pobrecita, ha de estar muerta de frío. Y de hambre. Pero no. Guadalupe Pérez no siente frío, ni hambre. Su estómago se ha reducido, su piel ya no es sensible al clima externo, ya nunca tiene frío ni calor. Un pan con café por la mañana, y un plato de sopa en la tarde, son suficientes para calmar las tripas todo el día. Ya se va haciendo tarde. Pasa casi cinco horas en la misma posición, sin decir palabra, alternando el vasito y el bastón de un brazo a otro, para no cansarse tanto. Está a punto de irse, cuando una mujer se detiene frente a ella, en ocasiones sucede, que le intenten decir algo, que la noten ahí parada y que descubran una persona de carne y hueso. Buenas noches, señora, cómo está. Guadalupe Pérez siempre hace lo mismo cuando esto sucede: se queda quieta, callada, con la mirada perdida. Sin embargo, la mujer no espera respuesta, está abriendo su cartera, saca un billete, lo mete en el vasito y le dice Ya váyase a su casa. Descanse unos días. Y desaparece. Es un billete de quinientos. Ella lo sabe porque de estos sólo le han dado tres veces, contando la de hoy. Se detiene en las escaleras del metro, saca el billete de su mandil y abre la bolsa de nylon, busca un viejo trapo, sucio y roto, lo desenvuelve y mete el billete, juntándolo con los otros que ahí guarda. No hay tiempo para contarlo, mejor será llegar a la casa ya. La mujer de su hijo la recibe de mala gana. Sólo le quita el seguro a la puerta, y se va. Guadalupe tiene que empujarla, meterse en la casa y volver a cerrarla.
-¿Ora, por qué tan tarde, Lupe?
Su hijo ni siquiera la mira, no puede quitar los ojos de la televisión encendida. Está cenando sobre el sofá, con la mujer de pie a su lado, haciendo guardia, esperando recibir alguna orden. Guadalupe no hace caso, camina en silencio hacia la mesita y vacía ahí el contenido del mandil. Al fin su hijo reacciona, deja el plato de comida, casi vacío, a un lado, y se apresura a contar. Uy, viejita, cada vez me traes menos, le dice a su madre, si sigues así, te vas a quedar sin comer otros tres días. Guadalupe agacha la cabeza. No puede evitar sentir miedo, aunque sabe que pronto todo terminará, pero el temor que siente hacia su hijo, ese se lo llevará a la tumba.
-Sírvele, Berta.
La mujer de su hijo se dirige de inmediato al rincón de la casa que simboliza la cocina, vierte en un plato hondo una cucharada de sopa, ya fría, y lo coloca en la barra que separa la cocina del comedor, gritándole a su suegra, Ahí'stá. Cena aprisa, y sin dar las buenas noches, se va a dormir.
Son las tres y media de la mañana cuando Guadalupe se decide. Ya su hijo ronca a pecho abierto, es imposible despertarlo cuando hace tanto ruido. A tientas, busca su bolsa de nylon, la desata procurando hacer el menor ruido posible, saca el trapo viejo y roto, lo desenvuelve, y descubre su pequeña fortuna. Tres billetes de quinientos, siete de doscientes, seis de cien. Los de cincuenta se los daba a su hijo, para que no pensara que no había gente generosa. Ha tenido que esperar ocho años, desde aquel primer día en que le dieron un billete de doscientos, y se le ocurrió la idea de irse, de abandonar a su hijo, de vivir por sí misma y bajo su propio régimen. Hoy es el día. Con esta pequeña fortuna puede comprarse algunas cositas y venderlas en la Merced, no más pedir limosnas. Puede rentar un cuartucho en la periferia de la ciudad, no le importa. Lo único que desea es pasar sus últimos días, los que le queden, siendo libre, independiente, alejada de las humillaciones que su hijo, ese vividor de mierda, igualito que su padre, le hacía pasar. Se pone su chal, sus zapatos negros, sus gafas gruesas. Abre la puerta, y sale de su casa, con el rumbo bien definido, aunque no sabe a dónde ir. Pero ya no siente miedo, porque ahora es libre.

(FIN)

11/4/06

El hueco que dejaba el hambre



1.
Todavía con la adrenalina fluyendo por su torrente sanguíneo, Demetrio se detiene en un callejón oscuro y se refugia en sus sombras. Ya no se escuchan los gritos de histeria de la señora que lo persiguió hasta cansarse luego de correr dos cuadras: sólo percibe los violentos latidos de su corazón. Hasta esa noche se había mantenida alejado del mundo del crimen. Había trabajado con el carpintero hasta que el negocio quebró, luego se dedicó a vender elotes pero muchas veces el hambre podía más que la perseverancia y pronto eran más las pérdidas que las ganancias; después lavó coches, después se fue al campo… Había vivido mucho más de lo que sus 14 años podían ofrecerle. Y todo para no morir… En ocasiones se preguntaba, ¿de verdad vale la pena?
Abrió el monedero. Estaba atiborrado de papeles doblados con minucioso cuidado y fotografías de niños. Credenciales, cuentas pendientes, calendarios tamaño tarjeta de muchos años pasados, listas de frutas en diminutos papeles, servilletas con recordatorios y recados (“ir con doña Marta por la ropa para planchar”), y veinte centavos. Nada más. Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

2.
El Príncipe Isidoro Villarrutia precedía la tómbola semanal en el quiosco en penumbras. El suelo salpicado de velitas y la lámpara de aceite del príncipe eran la única iluminación, pues los faroles públicos que el alcalde había mandado poner funcionaron tres días y nunca más prendieron. El Príncipe Isidoro vivía en el taller de calzado, cruzando la calle, con su esposa y sus cinco hijos. Cada semana hacía una rifa pública de todo lo que le sobraba, pues su sueño era juntar dinero suficiente para irse a los Estados Unidos a trabajar en los campos de fresas. Lo de príncipe no lo tenía por rico: era un título que su familia había venido heredando desde tiempos inmemoriales, hasta que la fortuna de la familia se terminó y todo se fue al carajo. Siempre odió ese título, pues le recordaba la ruina de su estirpe, cuando los dueños de las minas las saquearon y se fueron con toda la riqueza, pero era un buen nombre para la zapatería.
Doña Martina se había ganado la lata de frijol. Demetrio se apretujó las tripas cuando escuchó el número ganador… Ya sólo le quedaba una oportunidad. El último premio era un pedazo de torta de requesón, casi entero, y cuando el Príncipe echó a andar la tómbola, Demetrio besó el papel donde tenía escrito su número, y se persignó con él. Sintió la punzada del pecado más fuerte que la del hambre, pues los boletos eran comprados con el patético dinero que minutos antes había robado, pero se consoló pensando que su objetivo era noble, pues gracias a Dios aún podía distinguir entre lo que era noble y lo que no. Miró los infantiles y descuidados trazos del 18 escrito en su papel roído y sucio, y se concentró en la recta del 1 y las curvas infinitas del 8, y dejó que el silencio expectante de la plazuela lo aplastara también a él. Las tantas bocas abiertas ya saboreaban el suculento, apetitoso, y viéndolo bien, no tan pequeño, pedazo de torta…
¡Número… 5!, grita el Príncipe. Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

3.
Los últimos invitados de doña Cecilia Contreras de Torres se alejaban en su flamante coche de la casa, y la anfitriona suspiraba de satisfacción. La cena había sido un rotundo éxito. Ya podía imaginarse leyendo el periódico de mañana con la reseña, “Un exquisito y fino banquete…”, “Detalles de elegancia sin precedentes…”, “La élite de Potosí y sus alrededores reunida en una misma y magnífica mansión colonial…”
De pronto aterrizó en el alfombrado suelo y se apresuró a la cocina. Todavía quedaba un último detalle que cerraría su venganza particular con broche de oro, en sentido literal. Abrió de par en par las puertas, hizo a un lado a la sirvienta y empezó a meter los trastes sucios en bolsas transparentes de plástico: la vajilla de fina plata, los cubiertos del mismo material, las servilletas importadas de París, vaya, incluso los saleros y pimenteros con cubiertas bañadas en oro. La sirvienta se le quedó viendo, atónita, esperando que terminara su arranque de locura. Doña Cecilia no olvidaba la humillación de parte de doña María de las Mercedes Torralba, un mes atrás, cuando en la cena otorgada, sólo para demostrar su riqueza, tiró la vajilla de porcelana china en la que había servido a los invitados, dejándola en la banqueta frente a su casa. Que arrogancia. Pero doña Cecilia no se quedaría de brazos cruzados.

(…)

Distinguió la silueta de la sirvienta arrastrando una enorme bolsa hasta la esquina, y le entró curiosidad. En bolsas tan grandes siempre se encuentran cosas útiles o comestibles, que para el caso es lo mismo. Iba pensando en que haría lo mismo que el Príncipe, algún día, irse a los Estados Unidos… “Cuando robe suficiente dinero”, pensó, y se puso triste. Pero se reanimó al pensar que en la bolsa tal vez habría comida. En las casas de los ricos tiran comida muy seguido, y en realidad, por eso se había encaminado a este barrio, para hurgar toda la noche en los basureros. Esperó a que la sirvienta entrara de nuevo, pues se había demorado buscando ella misma en la bolsa alguna cosa que se le habrá caído, y Demetrio creyó ver que se metía un par de tenedores en el mandil, y luego entraba presurosa a la casa.
Apretó el paso, ansioso y hambriento, y al llegar a la esquina, desgarró la bolsa. Los platos y los cubiertos se derrumbaron de su frágil equilibrio provocando un escándalo que poco le importó a Demetrio, los ojos le brillaban. No recordaba cuándo había sido la última vez que había probado bocado… Pero su esperanza fue vana. Por más que buscó, sólo encontró platos, cucharas, tenedores… Nada para comer. Debe ser una broma, pensó, y, furioso, dando patadas al aire, se aleja del lugar… Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

(FIN)

"El hambre viene... el hombre se va... por la frontera...
El hambre viene... el hombre se va... cuándo volverá...
(Por la carretera)"

28/2/06

#1: "Amanecer" (Jueves)

Nota preliminar: El Carnaval 2006, una festividad típica y muy popular del puerto donde vivo, termina hoy para la desgracia de muchos fanáticos de los placeres carnales, y deja a su paso tantas historias como asistentes. Inspirado en ellas, decidí escribir esta mini-serie para compartir la visión que yo tengo de tan digna fiesta. Ah, y serán ilustrados con dibujos trazados por mi humilde mano.


Alzó la vista del suelo sólo por un breve instante, y descubrió que la claridad ya había llegado, que aquello era el final de la noche, que el silencio y la soledad indicaban que el primer día de fiesta había terminado, pero sus ojos, ya mareados de tanto buscar latas vacías, ya irritados de tanto obligarlos a no dejarse vencer por el sueño, se quedaron clavados en la línea que marcaba la extinción del mar, tranquilo e imperturbable, y el inicio del despejado y amplio cielo. Jamás había contemplado un paisaje tan hermoso, ni había disfrutado de un olor tan limpio como el del mar al amanecer, aunque el sol saliera del lado opuesto, la tenue luz, tímida, volvía las aguas de un tono grisáceo exquisito, y aquella masa líquida en perpetuo movimiento lucía recién estrenada, como si no la hubieran sacado del empaque hasta que él tuvo la oportunidad de detenerse, y sus brazos se libraron del fastidioso peso de los costales repletos, y su mente de la extenuante labor de analizar cada cúmulo de desperdicios, que no eran pocos, aunque sí menos que en el basurero, donde pasaba la mayor parte de sus días, urgando entre asquerosidades, tarea soportable sólo gracias a que en ocasiones podía ver el duro trabajo como un juego, una búsqueda del tesoro, Esto no sirve, no sirve, no sirve, y esto, pero qué veo, una bolsa con ropa vieja, o una bocina de carro, o un periódico entero, cosas que, por supuesto, a él no le servían, tuvo mucha suerte cuando llegó a encontrarse un balón de fútbol ponchado o un muñeco de acción sin cabeza ni piernas, pero eso fue pura suerte. A pesar de todo, esperaba con ansias el carnaval, pues no tenía que quemarse todo el santo día bajo el sol fulminante, ni aventurarse entre excrementos, vidrios, alambres, comida podrida, acá era más sencillo, a la sombra de la luna, ir y venir atento al suelo y econtrar todos los botes de aluminio que pudiera, pan comido. Incluso un día, el año pasado, su mamá encontró dinero tirado, y se puso tan feliz que no lloró en tres días...

-¡Neto! ¿Qué haces ahí parado? Apúrate, ándale, no te quedes atrás...

El niño vuelve a la realidad tras el llamado de su madre, y corre dando saltitos hasta alcanzarla, con toda la vitalidad de sus seis años, arrastra tras de sí los costales, le sonríe a su hermanita para darle ánimos. Ya ha amanecido, gracias a Dios, la noche parecía eterna, ahora sí podrá dormir un poco, y quién sabe, tal vez, si tienen suerte, hasta desayunen...

(FIN)

25/8/05

historias de taxi (serie de cuentos cortos)

#1: "La honradez"

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No dio un solo paso para abrir la puerta, el coche se detuvo justo delante de él, y él, como si esto fuera cosa de todos los días, como si el chofer del taxi fuera en realidad su chofer particular (al que despidió ayer por insolente), se sube al asiento de en medio, hablando por teléfono, o mejor dicho, gritándole a alguien, cómo eres pendejo, cómo se te ocurre, qué tienes en la cabeza, vuelve a hacer todo el trámite, fíjate bien en el pinche expediente que para eso está y luego le mandas el fax al licenciado Arreola, sí, al licenciado Arreola, estás sordo o qué. Cuanco cuelga, parece cansado, harto de la mediocridad de sus empleados. Miguel lo mira de reojo, se ha tenido que encoger en el asiento para hacerle espacio a su mochila repleta de libros, el tipo este ni lo toma en cuenta, se ha desparramado sobre sí mismo, dejando libre su barriga inflamada, abriendo las piernas, tosiendo, rascándose, parece que no cabe, Miguel no protesta, su menudo cuerpo no moverá la mole inmensa del sujeto este. En una de esas, el tipo gordo empieza a revolverse en el asiento, Miguel es aplastado casi, el otro saca la cartera, repleta de billetes de doscientos pesos, y le extiende uno al chofer. Seguro el pobre se preguntará, "no tendrá cambio", pero por algo se calla, la autoridad que este tipo despide es tanta que hasta a él lo intimida, saca sus propios y escasos billetes y le da el cambio. Sí, va a bajar, baja ya, labor casi imposible encontrar la manija de la puerta, abrirla y despegar el trasero sudoroso del asiento. Hace caso omiso al letrero "NO AZOTE LA PUERTA", Miguel siente que le ha dado el portazo en la cara, suspira, triste la mirada, triste la imagen de la cartera rebosante de este sujeto y el recuerdo de lo que le espera al llegar a casa, los hermanos llorando de hambre, la pobre madre echándole más agua a los frijoles, tristes sus zapatos con la suela despegada y su mochila descosida y vuelta a coser un millar de veces, triste esta cartera olvidada, yace en el asiento, justo al lado de Miguel, quien hasta ahora no la había visto, a la expectativa de que alguien, por favor, la salve de la soledad. Miguel la toma, le tiemblan las manos, sabe que nunca volverá a tener esa cantidad de dinero en su poder, y pronto se da cuenta: el semáforo rojo detuvo el taxi, el tipo que se acaba de bajar se detiene ahí, en esa esquina, ya está gritando por teléfono otra vez, no mira a Miguel, a pesar de que el niño le clava los ojos, acaricia el forro de piel, abre un poco la cartera, admira los billetes nuevos, verdes, es mucho, mucho dinero... Miguel grita, ¡señor!, pero el señor no hace caso. El semáforo cambia a verde. El taxi avanza. Vuelve a gritar ¡señor!, pero ya no lo escucha. Miguel se sonroja, y el corazón se le acelera mientras la figura del hombre gordo se desvanece entre la gente.

(FIN)

10/7/05

no te detengas

"Corre. Corre. No te detengas. No pienses. Sólo corre..."
Es como si fuera la primera vez que hace esto. La euforia, los ojos muy abiertos, la fuerza y resistencia sacadas de Dios sabe dónde que impulsan sus piernas a toda velocidad, la agilidad para esquivar a los transeúntes, para escabullirse entre la gente.
"No mires atrás. No mires... Sólo corre. Corre, corre. No te detengas. No mires atrás".
Ha aprendido a mirar el camino, a inventarlo, a recordar que si da vuelta en tal esquina llegará a una avenida transitada y no podrá escapar. Para correr así, cargando la pesada bolsa, debe olvidar que lo que lleva es comida, porque entonces el estómago se inquieta... No puede pensar en nada más que en correr, hasta que el policía, el frutero y el tendero se cansen y, resignados, le dejen ir, no pueden durar demasiado, no con esas enormes pansas que les estorban. Tal vez uno se toque el corazón, se de cuenta que lo que el ladrón lleva es comida, no dinero, y para qué iba a robar comida si no era para comerla, y para qué iba a comerla si no era para calmar un hambre atroz.
A pesar de todo, Julián siente miedo. Al principio era porque no sabía qué pasaría si lo alcanzaran, ahora porque ya lo sabe. Los persecutores, al cazar a su presa, son cegadas por el éxito, se creen superiores y olvidan que el ladrón tiene treinta o cuarenta kilos menos, treinta o cuarenta años menos, y dejan caer sobre el frágil cuerpo sus pesados puños, como castigo por hacerlos correr tanto. Julián no puede permitirlo, por eso corre sin parar. Ya les ha sacado una marcada ventaja. Los gritos ("¡detengan a ese chamaco!") se oyen lejanos y cansados. Julián baja la velocidad y se arriesga a girar la cabeza. El policía se va deteniendo, el tendero descansa ya, el frutero ni se ve, se ha quedado muy atrás. Julián sonríe, suspira aliviado, pero sigue corriendo, y no deja de hacerlo hasta llegar al parque donde, podría decirse así, vive, lejos ya de la amenaza.
Sólo un niño con el temperamento de Julián podría sobrevivir en las calles. Hace casi un año que salió de su casa. Sabe que, uno de estos días, no recuerda bien cuál, será su décimo cumpleaños, y ya se ha adaptado bien a su nueva vida. "Es mejor que vivir con mis papás", responde cuando algún metiche le pregunta por qué se escapó de su casa. Se sienta en una banca, y saborea por adelantado el interior de la bolsa. Su estómago ruge con furia. Un perro se acerca olfateando con desesperación. Julián lo mira, muerde una pieza de pan y arranca un pedazo. "Sé lo que sientes", murmura, "el hambre es canija", y le pone el trozo en el hocico. Luego, al verlo comer, le da el resto de la pieza, y comparte con su nuevo amigo la comida que ha robado

26/6/05

La loca de la Coahuila

Echada sobre el pabellón, con la mirada perdida, la loca de la Coahuila eleva el rostro y deja que el sol del mediodía le queme la piel. Permanece así durante varios minutos, inmóvil, vagando sus enigmáticos pensamientos por el espacio infinito, nadie se pregunta qué pensará, las personas apenas la miran, dan asco sus cabellos sucios y revueltos, sus ropas gastadas y mugrosas, dan asco sus ojos opacos, sus labios secos, sus manos heridas, da asco toda ella y las personas prefieren no mirarla. Y aunque alguien se aventurara a indagar sobre lo que habita en la mente de esta mujer, si puede llamársele mujer, poco éxito tendría, pues es probable que en su cabeza, como en la de los animales, sólo exista el vacío, o al menos una confusión terrible de ideas sin ritmo ni lógica, imposibles de traducir en palabras, pensamientos puros, vírgenes, intactos. La loca eleva el rostro, sus ojos no ven nubes, y de la nada le cae una lluvia de un líquido caliente, tiene que agachar la cabeza, escupir los orines que un grupo de adolescentes le arrojaron, allá van, partiéndose de risa, y la loca se levanta y cruza la calle sin fijarse, los autos se detienen, tocan el claxon, no la atropellan sólo para no manchar la defensa de sangre, muévete pendeja, querrás que te mate, ella se interna en un callejón, busca comida en la basura y encuentra un pedazo de pan húmedo. Lo come, se echa al suelo y duerme.
Ya está oscuro cuando despierta, el movimiento brusco de un hombre extraño la saca de su aventura onírica. Soñaba que llovía. Otra vez, algún borracho a decidido no gastar en prostitutas para desahogar sus instintos sexuales, para qué, si ahí está la loca de la Coahuila y lo que lleva entre las piernas es lo mismo que lo que llevan las demás mujeres, sólo que esta no cobra nada, ni dice nada, espera con paciencia a que este tipo termine y le suelte las piernas, ya ha pasado antes, no sabe si son diferentes tipos o es uno solo con una extraña fijación, nunca les ve el rostro, cubierto en las sombras, está a punto, ya, al fin, su cuello se tensa, la loca lo mira distraída, el sujeto se sube los pantalones y se va, no tiene nada qué decir, la loca se pone la falda y camina, tambaleándose hacia su bar favorito, tal vez ahora sí la dejen entrar, tal vez le regalen cerveza, como una vez, su memoria es mala, no sabe si en verdad pasó, al fin ha llegado, baja las escaleras, el mesero la intercepta, le habla al oído pero sin sutileza, lárgate mugrosa loca, la toma de un brazo y la empuja hacia afuera. Espera un rato, tirada en la banqueta, y luego hace un segundo intento, esta vez llega hasta la barra, el cantinero la mira a los ojos, el mesero la jala de un brazo con una fuerza desmedida, la tumba al suelo, los clientes observan la escena y ríen, la loca se levanta con dificultad, le ha dolido el golpe, decide no luchar más, se deja llevar hacia afuera y se pierde entre las calles del centro. Nadie la mira, y ella no mira a nadie. Vale la pena preguntarse, ¿nos debe inspirar lástima esa existencia sin principio ni fin, sin metas, sin sueños, una existencia por la simple voluntad de existir? ¿O, en cambio, nos debe inspirar admiración, su profundo deseo de seguir viviendo aún sin tener motivos...? Pero no. Nadie la mira, ni con lástima, ni con admiración.

22/6/05

comerse una torta en un callejón es delito

En un domingo nublado como este, no se ve mucha gente en las calles, y menos a las seis de la tarde. La ciudad está desierta, como muerta, hay pocos coches, los semáforos son inútiles, los taxis deambulan vacíos. Si así están las calles principales, imaginemos las demás, las que se internan serpenteando entre las colonias, subiendo y bajando cerros, adentrándose en las entrañas de Tijuana. Por una de estas calles camina Gaspar, camina contento, alegre, poco le preocupa que haya gente o no, aunque la hubiera, nadie se fijaría en la felicidad de un vago, y menos de uno cuyo rostro no refleja ninguna expresión, no lo consigue, pero Gaspar siente que se le incendia el pecho de pura emoción, porque hoy, después de una semana de comer sobras recogidas de la basura, tiene qué comer. Javier, el taquero, le ha regalado una enorme y suculenta torta de carne asada, y Gaspar la carga en una bolsa de papel en busca de un lugar adecuado para sentarse a comer, pues entre más le dure más podrá saborearla, más podrá imaginar entre sus dientes el sabor del pan, de la carne, de la lechuga, entre los escasos dientes. Ya siente rugir sus tripas, alborotadas al saber que de nuevo, después de tanto tiempo, volverán a probar algo digno de comerse.

Gaspar vislumbra un callejón acogedor y se interna en él. No se ha percatado de la patrulla que lo viene siguiende desde hace un rato, todo por el entusiasmo previo al banquete. Se sienta en un rincón, se recarga contra la pared y abre la bolsa de papel para olfatear la torta antes de de devorarla. Las botas de los policías producen un eco lúgubre. Vienen riendo, gritando animados, y asustan a Gaspar, quien vuelve a cerrar la bolsa y la esconde, temeroso. Ya conoce a estos tipos, sabe que debe cuidarse, que a los policías no les gustan las barbas sucias y los pantalones hechos jirones.

-¿Qué llevas ahí, viejo? Droga, ¿verdad? ¿crack? ¿cristal?

Gaspar sólo logra balbucear, nervioso, tratando de mirar al piso, a los policías no les gusta quie los miren a la cara, y aprieta la bolsa con su comida entre los brazos. Los oficiales se carcajean, de pie frente a él, por su reacción, hacen comentarios groseros, le dan un par de patadas.

-¡A ver, viejo! ¿Qué traes en la bolsa?

Uno de los oficiales se agacha y, ayudado por sus puños, le quita la bolsa a Gaspar. Él no puede hacer mucho, el miedo y el hambre le restan fuerza, y se limita a soportar los golpes, a observar, horrorizado, al policía abriendo la bolsa y sacando la torta.

-¡Ah, mira! ¡Es una torta! ¡Mmmh...!

El policía la muerde, se la pasa a su pareja y éste le arranca otro pedazo, la mastica un poco, la escupe y luego tira la torta al suelo.

-¡Esto sabe a mierda, viejo!

Le dan unas últimas patadas, siguen riendo, se alejan poco a poco, carcajeándose. Gaspar se arrastra y rescata lo que queda de su torta, le sacude la tierra, intenta quitarle el lodo, y empieza a comer.