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28/8/14

Pue' Que Me Rajara


Foto: Virginio Urbina

¿Que vaya yo a verla...? ¡Ni manque esté loco!
¡Antes qu'ir a verla, primero me matan!
Pa mí, como muerta;
a mí no m'importa qu'esté güena o mala;
yo no tenga culpa de lo que le pasa.


Y... mira, mi cuate, por lo que más queras,
no güelvas a hablarme d'esa desgraciada;
ni quero oir su nombre,
ni quero, ya d'ella saber ni palabra.

Tú sabes, mi hermano, que yo la quería con todita mi alma;
harto a ti te costa qui a naide en el mundo, crioque ni a mi madre,
¡ni a mi madre santa he querido tanto como a aquella ingrata...!
¿Pa' quén trabajando me pasaba el día...? ¿Pa'quén era todo lo que yo ganaba...?
¿Pa'quén mi cariño...? ¿Pa'quén mi constancia...?

Y aluego... ¿pa' qué? Dimpués de todo eso, ya vites, manito, cómo jue la paga...
Dendi antes, mucho antes qu'ella se largara,
yo vide clarito que ya mi cariño no le daba di ala;
yo vide clarito qu'estaba a desgusto; ya no era la mesma mujer de su casa;
ya era sólo el lujo lo que le cuadraba... Y como soy probe,
y pa' ella era poco lo que yo ganaba, no quiso la indina seguir siendo honrada,
s'echó pa' la calle... se tiró a la vida... y jue una de tantas...

Y ora 'qui han pasado dos años de qui anda
rodando y rodando mesmamente como si juera hilacha;
ora qu'está probe; ora qu'está mala;
ora que no tiene quen si ocupe d'ella,
ni quén se priocupe de lo que le pasa;
ora que ricuerda que cuando era güena nada le faltaba,
ora es cuando quiere que yo la perdone
y que vaya a verla, pero... ¡qué esperanzas!

¡Antes qu'ir a verla primero me matan!

Pero, oye, manito... aguárdati un pelo;
hazme una valona antes que te vayas; di ai sobre la mesa agarra esos jierros,
son los de mi raya.
Llévaselos todos... llévaselos luego.
No vaya a ser cosa de que li hagan falta...
Pero eso sí; júrame que no has de decirle de mí una palabra...
No quero que sepa que mi ocupo d'ella,
No quero que sepa ni quén se los manda,
porque, si si alivia, pue' ser qui algún día,
la muy atascada, si alcanzara el punto de venir a verme
pa' darme las gracias, y si viene a verme y en sus ojos prietos
-más prietos que su alma-, deviso que bulle siquera una lágrima,
pue' que me ricuerde de cuando la quise con todita mi alma;
pue' que me ricuerde que sólo vivía resollando el aire qu'ella resollaba;
pue' ser que de nuevo me buiga esta cháchara,
y manque he jurado que nada ni naide,
por nada del mundo, mi hará perdonarla,
si ansina sucede... si ansina ricuerdo...
si miro en sus ojos siquera una lágrima...
antonces, mi cuate... ¿pa' qué he d'engañarte?
Manque soy muy hombre... ¡pue' que me rajara!

-Carlos Rivas Larrauri

[vía]

9/2/14

Pieces of the people we love | The Rapture


Don't try to tell me that my intentions are untrue
My eyes like butterflies you caught'em and they're open wide
Clouded and hazy futures clear whenever I'm with you
Just think of all the things that we could do to pass the time
It's a walk in the park, it goes:
Na na na na na na na na na na na na na na

Cuz' everybody's got a little piece of someone they hide
It's okey, it's the way we distract until the day that we die
And though our future's gone uncertain it's gonna be alright
Cuz' though i'm leaving longing leaves me ever by your side

And all our time together is tearing me apart
I can't hold you tomorrow but i hold you in my heart
And all our time together is tearing me apart
I can't hold out forever, but i hold you in my heart

Don't try to tell me that my intentions are untrue
Don't ever bother tryin' to tell me cuz you live a lie
Cuz in a moment or a minute i can see it through
And have a precious little second of you by my side, it goes:
Na na na na na na na na na na na na na na

And our future's looking bright
In all the little pieces of the people that we keep inside
Cuz you can do-make-say-think-laugh-sink-drink all night
All the little visions all the moments that we keep inside

And all our time together is tearing me apart
i can't hold you tomorrow but i hold you in my heart
And all our time together is tearing me apart
i can't hold out forever, but i hold you in my heart

26/1/14

Me gustaría


1.
Hacerte total y absolutamente feliz. Que en tu corazón no hubiera espacio para otro amor que el mío. Que el amor que sientes por mí ocupara toda tu mente y todo tu ser, poder no dejar huecos en tu pecho que tengan que ser llenados por otras personas o sentimientos que yo no soy capaz de generar en ti. Así nunca derramarías una sola lágrima, ningún deseo se te quedaría sin cumplir, y tu vida sería de puras satisfacciones y felicidad plena. No conocerías el dolor, ni la angustia, ni el rechazo, ni la tristeza. El espejo sólo reflejaría tus sonrisas y tu tranquilidad. Y seríamos felices por siempre y para siempre, como en los cuentos de hadas. Pero de eso no se trata, ni la vida, ni el amor. ¿Para qué carajos estamos en este mundo, si no es para disfrutar, experimentar, aprender, desaprender, descubrir y cuestionar? Lo bueno y lo malo, lo placentero y lo doloroso, lo que nos llena y lo que nos mata. Sentir, lo que sea, es lo que nos demuestra que seguimos vivos. Además, las personas no nos pertenecen, a pesar de que les amemos con todo nuestro ser. Habrá sensaciones que no vamos a ser capaces de generar en el ser amado, y que en cambio otras experiencias, otras mentes y otros cuerpos, sí puedan. Y qué más queda, que aceptarlo con humildad y honestidad. Lo único que a mí realmente me importa es que disfrutes el camino que estamos compartiendo tanto como yo, y así poder disfrutarlo mucho tiempo juntes, hasta que se nos vaya la vida.

2.
Que en este mundo cupieran muchos mundos. Que eso que desearías que existiera (justicia, libertad, igualdad, equidad) de verdad tuviera cabida en una sociedad decadente y decrépita como la nuestra. Que pudieras crecer, y aprender, y vivir a gusto y en paz en un contexto que te entiende y te acepta como eres. Que nadie sintiera la terrible necesidad de juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo que se hace y lo que no, y todes fuéramos libres, verdaderamente libres, de hacer lo que nos plazca. Así tendría la confianza y la seguridad de que nadie más te hará sufrir. De que podrás decir lo que piensas, hacer lo que quieres, compartir lo que sabes, sin barreras, ni peligros, ni decepciones. Pero no te puedo garantizar esa seguridad, ni conmigo ni sin mí. Y sólo me lleno de angustia, de pensar que eso nuevo que dices, eso nuevo que sientes, eso nuevo que haces, esas personas que conoces, sólo te vayan a hacer más daño, no por tu culpa ni por la mía, sino por la de esta enferma realidad en que nos fuimos a encontrar.

3.
Haber sido sincero. No haber actuado a tus espaldas, no haberte ocultado mis inquietudes, deseos y sensaciones, hacer lo que ahora haces tú. No quiero tomar la arrogante actitud de "yo ya pasé por eso", porque para mí, esa experiencia representa uno de los peores errores que cometí en mi vida. No por lo que sentí, sino porque no fui capaz de ser honesto. Quién sabe qué cosas serían distintas si yo no hubiese mentido. Y ahora me avergüenzo. Del antecedente, y de sentir ahora celos, de estar del otro lado y no saber cómo comportarme, qué hacer, cómo reaccionar, qué sentir. Duele un poco, pero es culpa de haber crecido pensando que el amor es de cierta forma, y que somos capaces de entenderlo, cuando no.

4.
Olvidar lo que he aprendido sobre el amor y empezar de cero, con tu experiencia, la mía, y las demás que vayamos descubriendo en el largo camino que todavía nos falta por recorrer, juntes y felices.

27/8/12

Paciencia


Una parte de mí quisiera tener la misma paciencia que un día tuve con el mundo y con sus habitantes. Pero siento que por más paciente que sea, nada cambia, nada mejora, todo queda en las mismas, o incluso peor. El dinero no alcanza, el país se hunde vertiginosamente, la juventud está perdida, la adultez ni se diga. La paciencia deja de ser una virtud en un mundo que cambia constantemente, se transfigura, se deforma una y otra vez.

¿Cómo vivir, entonces, sin paciencia?

Me lo sigo preguntando. Quiero encontrar la respuesta.

13/8/12

La noche a lo salvaje

Cuidado
1. Empecé a caminar rumbo al metro pero luego recapacité: me encontrarías. Así que di media vuelta y me dirigí a 5 de mayo. Con los pasos rápidos, me fui como se van los taxis hasta salir a Río Churubusco. Luego crucé un puente peatonal y me bajé en el camellón, hay un sendero que tiene bancas y mesas, como para que la gente camine por ahí, así que caminé. Primero pensé: cruzaré todos los puentes y veré a dónde llego. Después pensé que me cansaría demasiado. Antes de llegar a La Viga me senté en una banca. Casi me quedo dormido. No pensaba. Sólo veía los coches pasar a toda velocidad frente a mí. Un par de veces creí que lo mejor era volver. Dar media vuelta y simplemente regresar. Pero quería saber qué era capaz de hacer. Así que me levanté de un salto y seguí caminando.

2. Caminar por Tlalpan fue mucho más cansado de lo que pensé. Todo fue bien hasta llegar al metro Chabacano. Justo antes había un puente peatonal, el primero con el que me topé: en esa avenida, la única manera de cruzar es por los pasos a desnivel, todos cerrados a esa hora de la noche. Varias patrullas se detenían unos instantes a checarme, y al ver que no iba borracho ni llevaba botellas de licor o churros, se iban sin importarles qué andaba haciendo un mozuelo como yo caminando sin rumbo a altas horas de la noche. Llegué a pensar que a la próxima patrulla que viera, le pediría que me llevara a uno de esos albergues que abren para la gente sin casa. Pero ya no vi ninguna. Digo que después del metro Chabacano empecé a sentir miedo por las trabajadoras sexuales que me salían al paso. Una se me acercó demasiado, "te la mamo", me dijo. "No, gracias", respondí, y aceleré el paso. Pero en cada esquina había o borrachos, o grupos de hombres toscos y de apariencia violenta. En San Antonio Abad empecé a toparme con los indigentes, durmiendo en plena banqueta, tapados con un periódico o un cartón. Hasta entonces me empecé a preguntar dónde dormiría yo.

3. La verdad no dormí mucho. Unos cuantos minutos. Las luces de los coches me daban en la cara, y los mosquitos no dejaban de torturarme, pero llovia mucho y yo no podía moverme de ahí. De vez en cuando la lluvia arreciaba y me tenía que poner de pie para que las gotas no me salpicaran. Pero sabía que si seguía caminando y me mojaba, me iba a morir de frío. Así que me volvía a sentar, me acurrucaba, trataba de matar a los mosquitos, de voltear la cara a la pared para no ver las luces de los coches y dormir, en ese hueco en la pared, aunque fuera unos minutos.

4. Ya salía la gente para sus trabajos. "Que triste", pensé, "levantarse tan temprano en domingo". Una lluvia muy leve seguía cayendo pero yo ya no soportaba estar quieto. Caminé por 20 de noviembre, estaba seguro que esa calle me llevaría hasta el zócalo y después podría decidir mis siguientes pasos. Me sorprendió la cantidad de indigentes que dormían, unos contra otros, cubiertos por cobijas sucias, pedazos de plástico, cartón y periódico, refugiados de la lluvia en las fachadas de los locales comerciales. De pronto, en una esquina vi un hombre parado que me preguntó la hora, me detuve porque no lo veía sin mis lentes y me volvió a preguntar "tienes la hora", no, no la tenía, "espérate, ven", me volví a dar la vuelta, "te la mamo", me dijo, me reí, "no gracias", y seguí mi camino. En la siguiente esquina giré la cabeza y me di cuenta que me seguía, así que sin pensarlo, doblé a la derecha. No estaba de humor para mamadas, literalmente. La lluvia arreció y con ella mis pasos. Di otra vez vuelta. Llegué a un parque. No estaba seguro si este camino seguiría llevándome al zócalo. El cansancio, la falta de sueño, la ofuscación de los sentidos me hicieron perder la orientación. Las calles desiertas y tenebrosas me hicieron sentir miedo. Pero de entre las tinieblas, en una vuelta que di, se alzaron los campanarios de la Catedral, y me sentí a salvo.

5. Me detuve un momento a obervar, tanto como pude sin mis lentes, el Palacio de Bellas Artes. No sé por qué lo recuerdo con tanto cariño. Me acuerdo perfecto de la noche fría que nos sentamos en la jardinera y compramos un ponche, y nos lo tomamos juntos, uno de los primeros días que estuvimos aquí. Sé que el edificio te encanta, no sé. Pero seguí caminando y caminando. Calculaba que para las 7 de la mañana ya habría llegado al metro Insurgentes. Llegué un poco antes, después de orinar en las jardineras que rodean el ángel. También me detuve frente a la casona de Amberes, el primer lugar en el que vivimos juntos. Recordé la primera noche que llegamos aquí, en el colchón inflable que Toño ya nos tenía listo. Esa noche, te abracé, miré el techo, pensé "qué carajos vamos a hacer", sin trabajo, sin dinero, sin familia aquí. Respiré hondo, "todo saldrá bien", te apreté y cerré los ojos. Lo recuerdo a la perfección. Me quedé un rato ahí, frente a la reja verda, que estaba abierta, pero no quise entrar. Seguí mi camino hasta la glorieta, donde muchos jovencitos, recién salidos del antro, esperaban a que abrieran la puerta para volver a sus casas. En un descuido del policía me pasé por los torniquetes, esperé el tren y emprendí el camino de regreso. Pero sabía que algo en mí había cambiado esa noche. O tal vez había cambiado antes, y sólo hasta entonces me daba cuenta.

30/5/10

Morir en su cama [parte dos]


[Imagen de Flickr: "Forbidden Love", Gabriel Radic]

De la ventana ni se dieron cuenta, todo pasó tan rápido, que sólo alcanzaron a reaccionar cuando la televisión voló por los aires en mil pedazos con un estruendo imposible partiendo la tranquilidad de la cena familiar. Entre gritos, llantos y balas, los tres hijos de la familia se echaron al suelo, cubiertos por el frondoso cuerpo de la madre, mientras el padre se metía debajo de la mesa, que era lo que le quedaba más cerca. Después explotó un florero, cayeron los cuadros de las paredes, las lámparas, las balas perforaron los sillones, las paredes, incluso el techo. Pareció un momento eterno, que se alargó cuando se detuvieron los proyectiles, y entonces Julio, temblando, levantó la cabeza y miró hacia la puerta, pensando que en cualquier momento entraría un sicario y le volaría los sesos sin compasión, frente a su familia. Pero no. El sicario, uno de los más fieles a Laureano Cañedo, tenía órdenes de espantar a este mequetrefe, pero no de matar a nadie, aunque ganas no le faltaban de arrancarle los huevos a ese hijo de puta.

No se imaginó Julio la escena que se desarrolló unas horas antes en la casa de Griselda, cuando llegó el marido, gritando, enfurecido, que dónde estaba ese cabrón, que lo iba a matar, que saliera, cobarde, maricón, no que muy machito, pendejo. La mujer, en bata de dormir, salió de su recámara, furiosa, por un lado, y por el otro aliviada de haber confiado en su intuición, a pesar de las ganas que tenía de dejar al muchacho desnudo en su cama, todo el día, todo el mes, toda la vida. Qué, qué quieres que haga, le dijo Griselda, también gritando, si me tienes aquí encerrada todo el día, no me dejas salir a ningún lado, no me llevas a ningún lado, no te veo en todo el día, nada más quieres tenerme aquí, como un trofeo, como un trofeo. Los guaruras no sabían que hacer, sostenían sus armas sobre el pecho, incómodos, esperando órdenes, y ante una seña de Laureano, todos se retiraron del pasillo, mientras el esposo, conmovido, se acercaba a la mujer, con los brazos extendidos, No llores, viejita, no llores. Lo que le hizo volver la sangre hasta las orejas, fue escucharla decir, No le hagas nada, pero con todo, respondió, No, te lo prometo, tratando de controlar su ira desbordante. Después de hacer el amor fugazmente, violentamente, desesperadamente, y al quedar Griselda dormida como un ángel en la cama, Laureano se fajó los pantalones, le llamó a su sicario más fiel, y lo mando a la casa de Julio para darle una calentadita, pero con órdenes estrictas de no matar a nadie.

Su familia se fue a casa de una prima y mandaron a Julio a un hotel, en las afueras de la ciudad. Su madre fue a comprarle un boleto de autobús para mandarlo a la capital, no podía quedarse aquí, menos ahora, cómo había llegado hasta este punto, si se suponía que sólo debía cogérsela una vez y dejarla, con todo el dinero que le pudiera sacar. Pero la ambición del muchacho, la inmadurez, lo habían hecho volver a la casa un día, y el siguiente, y el siguiente, y casi todos, y la madre lo había permitido, volvía con miles de pesos, en una semana habían juntado más dinero de lo que ella podía ganar en diez años, y ahora no podía con el remordimiento de conciencia, Nada más falta que me lo maten, lloraba en los brazos de su marido, inocente de todo lo que estaba pasando, insistiendo en ir a la policía, el muy ingenuo. Julio, en el hotel, no podía dormir. Cada luz que reflejaba en la ventana, cada puerta de coche que se abría en el estacionamiento, pensaba que hasta ahí había llegado, que era el final. El sonido del teléfono móvil lo hizo sobresaltarse, sintió que el ruido lo delataría, que el sicario estaría paseándose por el pasillo, Ajá, ya te tengo. Contestó sin pensar. Hola, Hola Julito, cómo estás, era ella, Bien, y tú, Extrañándote, y un pequeño silencio, no sabía qué hacer, qué decir, Oye, mi marido no viene a dormir esta noche, por qué no me haces compañía, No sé, Griselda, es que, Es que qué, no quieres, No, sí quiero, Entonces, Nada, voy para allá, Bueno Julito, aquí te espero, apúrate, Sí. Colgó el teléfono, se puso la chamarra y salió del hotel. Morir aquí, o morir en su cama, da lo mismo.

[FIN]

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[Primera parte]

Morir en su cama [parte uno]


[Imagen de Flickr ("No quiero ser tu amigo, sólo tu amante"): broma]

Parece estar en la naturaleza misma de los teléfonos móviles sonar en los momentos más inoportunos, cuando de verdad queremos que nadie nos moleste, o estamos en una situación donde el silencio es requisito, pudo haber estado todo el santo día sin recibir una llamada, y justo entonces suena, por ejemplo, durante el orgasmo. Aunque, para ser sinceros, el móvil de Griselda nunca se está quieto, esta vez se le ha olvidado activar el vibrador, y yace ahí, en la mesa de noche, haciendo un tremendo escándalo y restándole al momento la pasión que merece, este buen mozo, atlético, moreno, joven, meciéndose y gruñendo, sosteniendo en alto las piernas de su amante, Espera, Julio, espera, tengo que contestar, Déjalo, implora el muchacho, con una cara de pervertido que no puede con ella, Que esperes carajo, es mi marido, fórmula más que eficiente para detener sus ímpetus adolescentes, un poco de miedo, al misterio, al engaño, a lo inmoral, o a la muerte. Bueno, cariño, no, estaba en la ducha, sí, no me he olvidado, comeré con Monchita, en el sanborns, sí, amorcito, te amo, no, cómo crees, ya vas a empezar, deja eso, en serio gordo, deja eso, ya te dije que no, por qué siempre sales con lo mismo, de verdad que contigo no se puede, vete a la mierda.

Julio ha perdido la erección, era de esperarse. Mejor te vas, Julito, estoy segura que mi marido ya viene para acá, ya me tienen harta sus celos. Le da ternura ver cómo el muchacho empieza a sudar frío, despide un olor diferente, ya no es el calor ardiente del sexo frenético, sino el ácido aroma del pánico, pobrecillo, pero él sabía lo que le esperaba, conocía las reglas del juego desde que se encontraron en la fiesta, y ella se le acercó, le propuso ser amantes, así, al grano, para qué perder el tiempo con la seducción y demás cursilerías si todo se arregla con dinero, desde cogerse a una desconocida, hasta cogerse a una mujer 40 años más grande, o las dos cosas, y Julio, pobre, tan poco listo, tan insensato, nunca pudo medir las consecuencias de aquella turbia relación, no nos refiramos a las morales, que son las de menos, sino a las vitales, a las armas de fuego, a los celos de macho del marido, que podían ser mortales, más con tantos sicarios siempre dispuestos a complacerlo. Había tenido suerte con este, los últimos tres amantes de Griselda habían terminado tirados en el monte, descuartizados o usados para dejarles “mensajes” a la policía en menos de un mes, pero Laureano no podía matarle a todos, un día se iba a dar cuenta que, ya que no podía cumplir sus deberes como hombre, era su obligación costearle los amantes para mantener contenta a su mujer. Y que no se hiciera el loco, como si él no tuviera centenares de mujeres, quién sabe cuántos hijos regados por todo el país, con esas viejas putonas, interesadas, que sacaba de los bares, hijo de su madre, es lo menos que se merece, ojo por ojo.

Con ropa parece un fracasado enclenque y ridículo, nadie sospecharía que es una bestia en la cama, a pesar de eso, Griselda disfruta tenerlo ahí, parado, temblando y esperando, atento a los sonidos de la calle, imaginando que en cualquier momento llega el marido y bang, una bala en la frente. Lo disfruta, tener a los hombres en sus manos, a sus más de sesenta años, lo que puede hacer el dinero, con los jóvenes, y el “honor” con los viejos, que maravilla esto de ser mujer. Pásame la bolsa, le dice Griselda, el joven obedece, No te vas a poner la ropa, No, Y si te encuentra tu marido así, Qué tiene, decía ella, despreocupada, mientras sacaba un fajo de billetes, lo partía en dos y le daba la mitad a Julio, Como no acabamos, me quedo con la mitad para la próxima, se le ve a Julio la contrariedad en la cara, pero qué puede hacer él, la mujer lleva las riendas aquí, si dice algo, le quita todo, o peor, lo acusa con el marido, ella es la jefa. Bueno, ya me voy. Griselda toma el celular y marca, Olga ven por favor por el técnico, ya terminó. A los pocos segundos, una muchacha de rasgos indígenas con uniforme rosa y delantal blanco aparece en la puerta, con cara de El técnico, claro. Adiós Griselda, Adiós Julito, hasta mañana. No deja de maravillarse Julio al atravesar los pasillos amplios de la mansión, con esculturas bañadas de oro y cuadros finos en las paredes, tapetes caros, jarrones lujosos, todo es ostentoso y magnífico en esta casa, y guardias por todos lados, inmóviles como las estatuas, sosteniendo los cuernos de chivo, clavándole los ojos, sospechando, tarde o temprano lo descubrirán, y será el fin, mientras a disfrutar, a fin de cuentas, la vida es corta, siempre lo ha sido. A la salida, unos hombres lo revisan, miran el interior de la mochila, algunos discos, pinzas, cables, cosas que todo reparador de computadoras traería entre sus cosas, pero a quién quiere engañar este tipo, está sentenciado desde el primer día que vino a esta casa.

[CONTINÚA]

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[Parte dos]

27/4/10

Mala memoria

Había olvidado cómo es que le rompan a uno el corazón.
Mal día para recordarlo (del carajo).

26/7/09

Mis días sin ti [vol. 3]



1. Al sentarme sonreí
Estuve a punto de quedarme en casa, desesperado por tu ausencia y con la noche cerrándose peligrosamente, pero al final decidí que lo mejor era cobrar de una vez para que el lunes no tuviera que andar a las carreras. Así que me puse la misma ropa que había traído todo el día y salí de la casa, paraguas en mano. Mientras bajaba las escaleras, la desesperación aumentaba, sabía que al regresar yo, no estarías, sabía que aún faltaban varios días para reunirnos, sabía que estabas lejos y que yo estaba sin ti. Respiré profundamente, pensé en eso camino al metro, en ti, en mí, y cuando vi el tren emerger del túnel oscuro, me di cuenta que no debía estar deprimido, sino feliz, de haberte encontrado, de habernos vivido, de haber aprendido junto a ti cosas que jamás imaginé, de nuestras experiencias y nuestros deseos. Al sentarme sonreí. Era momento no de penar por tu ausencia, sino de celebrar nuestro amor.

2. Pero no estabas
La mañana me sacudió sin remordimientos. No conseguí dormir más, así que me levanté y repetí la rutina del día anterior. Pero fue difícil, los buenos pensamientos de la noche anterior se habían esfumado, dejándome una vez más en la penumbra de la soledad. Me senté en la silla de la computadora y vi la cama destendida. Pensé, Ojalá estuviera aquí para ayudarme a tenderla. Pero no estabas. Me sacudí la cara, me puse de pie de un salto y comencé mi domingo, impaciente por escuchar otra vez tu voz.

3. Vuelta en la esquina
Los ojos me lloraban y sentía que el cuello se me quebraría frente a la computadora. Decidí hacer una pausa en mi trabajo, he avanzado lento, hay muchas distracciones, entre ellas, tu ausencia, jamás pensé que sería tan difícil de sobrellevar. Me estiré, grité, salí a la terraza y me asomé a la calle. Te imaginé dando vuelta en la esquina, llegando a la casa, saludándome con una sonrisa.

4. Tres días
Cuando terminé de comer, apagué la tele y me dispuse a lavar los trastes sin reflexión alguna. Entonces me di cuenta de que sólo había un plato. Y que en verdad me esfuerzo por hacer de esto un drama sin remedio, cuando lo cierto es que te veré, en sólo tres días estaré contigo. Vamos, si pasé 20 años esperando por ti, tres días no son nada.

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"Dar por un querer la vida misma sin morir... eso es cariño"

24/7/09

Mis días sin ti [vol. 1]



1. Desde el parque vi que los vidrios de esas ventanitas chiquitas de la fachada de la casa estaban iluminados. Pensé, "pero no hay nadie", y ahí empecé a quebrarme. Subí las escaleras y encontré, en los lavaderos, un jabón azul olvidado. Pensé, "ahora qué hago con esto". Y me di cuenta que no estabas, y que te necesitaba para que hicieras algo con el jabón. Luego entré a la sala y me recibió el silencio. Estaría solo durante cinco días y seis noches. Eso es mucho tiempo sin ti. Así que lloré, dejé que la desesperación se apoderara de mí, hasta el último rincón, y cuando estuve satisfecho, me limpié la cara, bebí un vaso de agua y me metí a bañar. Sé que te pondrás triste si te enteras que yo lo estuve. Voy a ser fuerte, te lo prometo.

2. En el metro hacía calor, afuera llovía. Mucha gente, casi me quedo dormido. Varias viejitas se pararon frente a mí, pero no le di el asiento a ninguna.

3. El autobús se quedó parado porque varios detrás de él se habían quedado atorados intentando salir al mismo tiempo. Cuando se fue, salí de la sala 2 a la calle, y busqué por dónde saldrían los autobuses. Tenía que verte una vez más, cerca, despedirme, serían muchos días, en ese momento no me había dado cuenta de que serían tantos. Decidí, pues, que no te voy a dejar ir a Hermosillo, aunque haya sido una propuesta mía. Será mejor que lo vayas olvidando.

4. Te amo.

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"El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo: estira los minutos y los alarga como siglos", Octavio Paz

25/1/09

Gracias



1. Mandar todo al carajo, comenzar de cero, echar todo por la borda, borrón y cuenta nueva, son muchas las frases para una sola cosa, tan sencilla, tan simple, con tantas consecuencias, causante de tantos temores, de inquietudes, qué vamos a hacer, qué va a pasar, tendré que dejar la escuela, trabajar aquí y allá, vender nuestras cosas, cambiarnos a un multifamiliar, y todo lo que hemos hecho, lo que hemos logrado durante dos largos años, qué, pues se derrumba, se nos escapa, inevitablemente, despiadadamente, de entre las manos, qué vamos a hacerle, nada, esperar, que la suerte nos sonría, si es que nos sonríe, ser como el río que fluye, como el viento que corre alrededor de este mundo. Todo esto me llenaba de miedo, por la incertidumbre, porque recordé, recordé el hambre, la soledad, la fatiga ocasionada por estudiar tiempo completo y trabajar tiempo completo, y además, dónde iba a conseguir trabajo, pensé, pensé, le pido a mis maestros, le digo a M, que a fin de cuentas cuando le pedí se hizo el sordo, me la debe, o en algún call center, al cabo experiencia ya tengo, y no necesito más, fingiré que vendí mucho, que ni uno se me iba vivo, que me pasaron directo a Expertos Puerto Rico después de la capacitación, omitiendo la parte en que me degradan a un grupo que no tiene pies ni cabeza, que no es el mejor pero tampoco el peor, sólo diré, cuando me pregunten, Y vendías, diré, pues, Sí. Y escucharte entonces, decirme No es necesario, no te preocupes, me llenó de dicha, de tranquilidad, mi corazón dio un suspiro, porque bajo estas condiciones, en este momento de nuestras vidas, es lo mejor que se te ha ocurrido, esperar, sacrificarte por los que amas, y no sabes cuán agradecido estoy contigo, y nunca te lo voy a dejar de agradecer, porque me estás dando una oportunidad que nadie más me habría dado, porque sin ti, no veo el modo de llegar al final de la carrera, porque me has demostrado que no eres esa persona egoísta y arrebatada que a veces das la impresión de ser... No sé si es madurez o qué, lo cierto es que, aunque tal vez no es la decisión más acorde a nuestra ideología, sí lo es a nuestro contexto coyuntural, a la situación que estamos viviendo ahora mismo.
Una vez más, gracias.
Una vez más, te amo.

11/1/09

Me cayó encima



1. De pronto, como por arte de magia, la cosa más importante que aprendí en mi vida dio un vuelco y, tímidamente, me cayó encima. Recordé las sesiones de terapia individual con la psicóloga del Centro, la vez que me dijo que yo usaba, como sistema de defensa, la racionalización, y que mi adicción a la mariguana era leve, y que el mayor peso que llevaba a cuestas era tratar de agradar a todo el mundo, tratar de complacerlos y de cumplir con sus expectativas. Justo eso. Tantas veces repidiéndote que lo único que buscaba era hacerte feliz, pero hasta este momento lo consideraba una cosa normal en el amor, qué es el amor si no hacer feliz a alguien. He llegado a un punto en el que el amor que siento por ti ha superado el amor que me tengo a mí mismo, y eso no sería ningún problema si tú lo apreciaras, o si el tiempo no hubiese transcurrido junto con la costumbre y la monotonía de los días juntos, de los días lejos, de los días iguales, cansados, de trabajar para vivir. No es culpa mía ni es culpa tuya, nada más así pasa, me he pasado la vida predicando que el amor no es un sentimiento hermoso sino la sublimación de todos los demás, incluyendo los feos, los malos o los que, nada más, no nos gustan. Y aun así, con una definición en apariencia tan concreta y certera, no vayas a pensar que sé cómo amar, quizá es algo que no se aprende porque no se puede, tal vez el amor es más como andar un camino, como manejar un coche, cada quien lo hace a su manera y del modo que mejor le acomode, entonces, es cuestión de intentar modos distintos, ensayo y error, la intención es lo que cuenta, pero cuentan más las acciones que motivan esas intenciones. Quiero decir que ya no voy a buscar complacerte en todo, no cuando contraríe mis propias motivaciones, mis gustos o mis apetencias coyunturales, no cuando tenga que pisotear mi amor propio para verte feliz. Y es que a veces, sólo a veces, me preocupa que no seas como yo sólo en una cosa: en que baste para hacerte feliz, verme feliz. Es cuestión de reciprocidad.

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"Porque yo adonde voy hablaré de tu amor como un sueño dorado..."

10/8/08

Estamos perdiendo el tiempo



Paremos de gritar, pido palabra,
estamos perdiendo el tiempo,
con los insultos y los corajes,
convirtiendo en pesadilla macabra
el sueño que nos mantenía despiertos.

¿En qué se convertirán los recuerdos?
Cuando las canas nos roben nuestras noches,
se habrán hundido, los pies atados,
en medio de un mar de reproches,
sordos, ciegos y desalmados.

Estamos perdiendo el tiempo,
se nos escurren entre los dedos,
los segundos que aún nos quedan,
los minutos llenos de miedos,
las horas que nos precedan,
los días que se sucedan,
los meses, los años restantes,
y nosotros, pobres ignorantes,
sin ver que al fin nos hemos convertido
en un par de pieles ambulantes.

Voy a aventurar una propuesta,
en lugar de pelear, amemos,
y en vez de gritar, cantemos,
la alegría de nuestro amor fortuito,
que la voluntad ha vuelto infinito.

Caminemos en la dirección opuesta,
reencontremos nuestra propia historia,
sin exigirnos intentar respuestas,
no dejemos que el rencor nos abrace,
mejor tus brazos emanando euforia.

Estamos perdiendo el tiempo,
y vamos a intentar recuperarlo,
a tu corazón cansado y tibio,
voy a terminar de calentarlo,
con detalles y gestos de alivio,
que desmoronen las costumbres,
elevarte alto y que vislumbres,
sentado junto a mí sobre una estrella,
al mundo y sus incertidumbres,
y que no habrá una hazaña más bella,
que esta del amor que nos tenemos,
y que en el fin de los días estaremos,
juntos los cuerpos,
tomadas las manos,
gritando el afecto,
dos seres humanos,
que aprendieron a no perder el tiempo.

Virginio Urbina

28/7/08

Importante




¿Sabes? Acabo de descubrir algo de suma importancia, que no debo olvidar jamás:

No vale la pena llorar por ti.

Así llore diez mares de lágrimas, o los que fuesen, no vas a cambiar. Seguirás con tu mismo temperamento, voluble, obsesivo, enojón, y te valdrá madres considerar que vives con una persona que al igual que tú, tiene emociones complejas y sentimientos irracionales.

Esperaba que funcionara mantener el corazón abierto para ti. Según esta teoría, la puerta del corazón es, a fuerza, de dos vías. No puedes mantener la circulación de emociones si la cierras para impedir que entren sentimientos hirientes. Has insistido tanto, no te quedes con nada, dime las cosas, pero no sirve, no sirve de nada, no ganamos nada, ninguno. Así que lo ideal es mantenerla firmemente cerrada, y poner, enfrente de la puerta, un bonito cuadro, o mejor, una fotografía, con las cosas como están ahorita, un amor interminable, una paciencia inagotable, una voluntad inquebrantable. Nada entra, nada sale, y viviremos felices por siempre, tú enojándote, yo viéndote enojar. Pero eso sí, ni una lágrima más, ya estoy harto de eso.

No, no estoy harto de ti. Sino de dejarme lastimar por ti, de que tus palabras y tus acciones me resulten tan hirientes, porque me importas, porque el mundo se puede caer en mil pedazos, y la gente puede señalarme y burlarse de mí, eso no me importa, pero tú, lo que tú digas, lo que tú hagas, es lo que me quita el sueño. O me quitaba. Porque lo permitía. No quiere decir que te quiera menos, o que te vaya a dejar de amar. Es, nada más, cambiar la estrategia, para mejorar la convivencia, respirar y suspirar no ha funcionado, ni contar hasta diez, ni el ejercicio de la crueldad, nada, hasta ahora, y no quiero que se muera el amor, es lo que menos quiero, la voluntad está, siempre estará, eso no lo dudes, sólo voy a no dejar que me lastimes. Porque de eso sí ya me cansé, y es cosa mía, no tuya, esa es la esencia de mi descubrimiento, que no es que tú me lastimes, sino que me dejo lastimar, y eso es lo que cambiaré.

¿Cómo decían los de la película? Corazón de piedra, o algo así.

12/4/08

He's gone



Y como dice la canción [aunque es demasiado tarde]...

"Si no te vas
te voy a dar mi vida
Si no te vas
vas a saber quién soy
Vas a tener
lo que muy poca gente
Algo muy tuyo
y mucho, mucho amor...

Ay, cuánto diera yo
por verte una vez más
pedazo de mi vida...
Por Dios que si te vas
se va a acabar mi amor
pedazo de mi vida...

Si tú te vas
se va acabar mi mundo
El mundo donde sólo
vives tú
No te vayas
no quiero que te vayas
Porque si tú te vas
en ese mismo instante
Muero yo..."

De verdad... Te voy a esperar. El tiempo que quieras.

Te amo.

19/3/08

Obsesiones




...Te amo. Y te voy a extrañar mucho.
Con eso basta.

...

"Tú me acostumbraste a todas esas cosas...""

7/2/08

Si no te quiere (3 de 3)



3. Última vez

Es que no me estoy metiendo en su vida. Cuando cumplió un mes aquí, después de disculparse con mucha pena por lo de la cena, le llevé un pastel que yo hice, decía Feliz Primer Mes, y creo que le gustó, aunque no me invitó a pasar a su casa porque estaba muy ocupado, dijo. La verdad es que desde el día de la limonada no he vuelto a pasar a su casa. A cada rato voy y le tocó, a ver si está bien, si necesita algo. Digo, si no se quiere enamorar, todavía, está bien, algunos requieren tiempo, sobre todo si son tan jóvenes, y yo soy paciente, mucho, sabré esperar. Pero mientras no puede negarme el derecho a velar por su bienestar, para que se vaya acostumbrando.

Sobre todo porque esa mujer de su trabajo ya lo está acechando. De inmediato advirtió la inocencia de Emanuel y quiere abusar, estoy segura. La primera vez que vino lo pasé por alto. Pensé que seguro venía por un papel o alguna cosa que Emanuel fuera a darle. Si se quedó toda la noche, tal vez fue porque se le hizo tarde y cerraron el metro, y andar en taxi a esas horas es muy peligroso, es mejor quedarse en casa de alguien, eso demuestra que es caballeroso.

Sé que ha vuelto a venir. Emanuel no me quiere decir nada porque tiene miedo y está muy confundido. Maldita perra. Crearle esos sentimientos encontrados a un pobre muchachito indefenso. Pero ya verá cuando me la encuentre cara a cara, va a saber de mí. Si tan sólo Emanuel me hiciera su novia, podría irme a vivir con él y la zorra esa no tendría ya a qué irse a meter a su casa. Pero me va a escuchar. Ya verá.

[...]

Emanuel descansó y se fue muy temprano a la calle, lo oí. Estoy dispuesta a hablar con él con mucha seriedad. Lo he estado pensando. Creo que sí me alcanzan mis ahorros para una boda sencilla. Sin muchos lujos, invitando sólo a los amigos cercanos, una cena discreta, un vestidito mono, ya he bajado un kilo y medio desde que Emanuel llegó, seguro lo ha notado. Sólo me faltan 35 y estaré en mi peso ideal. Pan comido. Entonces, hablaré con él. Le diré que me preocupa. Ya van tres noches que no viene a dormir. Ayer llegó, con esa mujerzuela, haciendo un escándalo. Qué pensarán de él los vecinos, ay no, pobrecillo. Lo han enredado y no puede escaparse de sus garras viscosas y pútridas. Así que tengo que ir en su auxilio. Nada más que vuelva con ella, la voy a poner en su lugar.

Viene doblando la esquina. Me levanto de la banqueta, aliviada. Trae puestos unos lentes oscuros y la camisa desabrochada, carga una bolsa de plástico. Yo sé que no ha dormido bien, pero igual sigue viéndose apuesto. Tiene un encanto natural, desde su forma de caminar hasta su modo de hablar, no sé. Se acerca. Le digo Hola, mientras el mueve la cabeza y saca las llaves de la bolsa de su pantalón. Tengo que hablar contigo, le digo, Ahora no puedo, después, Pero es importante, Después, Renata, tengo cosas que hacer. Abre la puerta y se mete, yo no lo dejo cerrar. Quiero que te cases conmigo. Se queda petrificado, con la boca abierta. Yo sólo estoy esperando que se me lance y me atrape entre sus musculosos brazos.

Qué dices, Que quiero que nos casemos, tú y yo. Debes estar loca, No, hablo en serio, lo he estado planeando, mira, tengo unos ahorros y tú no tienes que... Azota la puerta en mi nariz. Debe estar aturdido por mi proposición, lo comprendo. Lo dejaré que lo piense, unos días, quizá, hasta que asimile lo que eso significaría para él. No más tener que estar soportando a esa miserable que sólo quiere abusar. Alzo la cara para mirar hacia su ventana, y veo que la mujer esa asoma la cabeza y me ve. Me hierve la sangre, pero está bien, que le diga, para que se vaya haciendo a la idea.

Cuando abro la puerta ella viene bajando las escaleras. Se para frente a mí, alterada. Detrás viene Emanuel. Óyeme, Renata o como te llames, Me llamo Renata, y tú, Qué te importa, pendeja, óyeme nomás, deja en paz a Emanuel, ya estamos cansados de que lo acoses, ya no te aguanta, de tan sólo verte se le revuelve el estómago así que será mejor que te alejes de él y lo dejes tranquilo. Increíble. ¿Quién se cree...? Detrás viene Emanuel. Le dice, Ya, tranquila Rocío, no vale la pena. La empujo y me acerco a él. Lo miro, cuestionándolo con la mirada. Quiero que me diga que todo eso no es verdad, que él jamás lo habría dicho, que se disculpe y que corra de su casa a esa mujer horrible y mentirosa. Pero no lo hace. Más bien parece fastidiado, como si quisiera estar en cualquier otro lugar menos aquí. Se da la vuelta y empieza a subir las escaleras.

La mujer sonríe, divertida de la escena. Yo no entiendo. No sé qué ha pasado. Unas lágrimas se me escapan casi sin que las perciba. Murmuro, Por qué, por qué, mientras me dirijo a las otras escaleras. Rocío se me acerca, todavía sonriente, contenta por su soberbio triunfo, y me dice, Si no te quiere es por gorda, babosa. Y se va, detrás de aquel que, por última vez, me ha roto el corazón. Pero está es la última. Lo juro. Lo juro.

[FIN]

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[Primera parte]

[Segunda parte]

4/2/08

Si no te quiere (2 de 3)



2. Pollo del amor

Siempre me pasa lo mismo. Al principio todo es valentía y arrojo, y cuando llega la hora de la verdad, resulta que soy como una chiquilla miedosa. Me veo bien. No, qué importa cómo me veo, no me importa. Soy una buena persona. Aunque no quiera, todavía duele lo de Gerardo. Cómo lo quise. Lo único que quería era lo mejor para él, que estuviera tranquilo y que no se preocupara por nada. Lo invitaba a cenar, le compraba ropa y zapatos, hasta pensé en comprarle el coche que me vendía el Poncho, pero no me alcanzó el dinero. Nunca quiso venirse a vivir conmigo. Decía que no podía dejar sola a su mamá, pero cuando yo iba a su casa a buscarlo, jamás estaba, andaba con sus amigotes, yo traté de alejarlo de ellos y se puso como loco. No puedo olvidar lo que me dijo ese día.

En fin, lo pasado pasado. Hace mucho tiempo de eso y ya no me quiero acordar. Ahora es una nueva oportunidad. Emanuel se ve que es un muchacho decente y educado. Se tomó casi toda la limonada y me invitó unos pastelitos que le había dado su tía. Lo invité hoy a cenar y aceptó, parecía contento. Quise preguntarle qué le gustaba más, si quería vino o coñac, qué se le antojaba de postre, pero el muy tímido me dijo que cualquier cosa que yo hiciera estaría bien. Me esmeré. Llevo casi cinco horas cocinando y la verdad es que jamás había cocinado una cosa tan deliciosa: el pollo del amor, con vino blanco y pétalos de rosas, almendras y miel, huele riquísimo. Me he puesto mi vestido verde, las zapatillas doradas y me hice un arreglito en el cabello que me llevó un buen rato.

Su ventana está oscura. Son las siete quince, y no ha llegado aún. Bueno, está bien. En cuanto llegue le haré señas para que se venga directo acá, para qué va a su casa, no hay necesidad de ponerse elegante, seguro va a querer bañarse y perfumarse, para qué, si así me gusta, sudoroso, oliendo a trabajo. Aunque creo que es muy vanidoso. En cuanto llegué con la limonada, se puso una camisa nueva y dejó la sudada en un rincón de la recámara. Pero conmigo no tiene que guardar las apariencias. Después de todo, va a estar conmigo toda la vida, lo voy a conocer con ropa o sin ella, limpio o mugroso, perfumado o apestoso: igual voy a quererlo y a cuidarlo.

[...]

Son las ocho y treinta y no ha llegado, su ventana sigue oscura. Estoy preocupada. Me dijo que iba a cambiar su número de celular y que por eso no me lo daba, debí insistirle más, ahora no sé dónde anda, con quién, si le habrá pasado algo, si está en la cárcel o en el hospital... Ay no, ojalá que no. Que esté atorado en el tráfico, que haya tenido un problema en su trabajo, que se haya metido en medio de una marcha nocturna o haya tomado mal la salida... Lo que sea, pero que esté bien. Lo que no sé es por qué no me llama para decirme que ya viene. Yo sí le di mi número.

[...]

Creo estar soñando, pero no: alguien abrió la puerta del edificio, al parecer de una patada. No pienso en nada, sólo en que puede ser él, y me asomo a la ventana. En algún momento de la noche, me cansé de tanto estar angustiada y me quedé dormida. No puedo ver más que una silueta azul que se mueve por el pasillo del patio, sosteniéndose con la pared, mientras anda como si el cuerpo le pesara mil kilos. Empieza a subir las escaleras a tropezones. Le grito. Emanuel, eres tú, Emanuel, estás bien, Emanuel, ¡Emanuel...!

-Ya cállate... pinche gorda... Ja ja ja... pinche gorda...

Sigue subiendo hasta llegar al segundo piso, y se va al fondo del rellano. Se talla la cara, saca una llave y con mucha dificultad, abre la puerta. La luz dura prendida dos minutos, luego se apaga. Bueno, al menos llegó bien. Al menos no le pasó nada. Se perdió de un pollo exquisito.

[Continúa]

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[Primera parte]

[Tercera parte]

22/1/08

[...]



No sé qué me empujó a ver tus fotos, todas. Curiosidad, supongo. Después de tantos años, de tanta gente, de tantas experiencias... Imaginar, o pensar, que queda algo de aquella jovencita tierna y encantadora que me cautivó, es absurdo. De verdad me cautivaste. Yo no sabía qué cosas iban a pasar después, no me estaba engañando ni te estaba engañando a ti, sólo estaba viviendo lo que en aquel momento quería vivir, es todo.

No sé si seas feliz. No puedo juzgar algo así por el tamaño de tu sonrisa. La verdad es que espero que sí. Y otra verdad es que me da una tristeza enorme que te hayas convertido en lo que eres. No te juzgo, no estoy diciendo que seas una mala persona, es nada más mi punto de vista. Quizá tu marido es feliz. A mí me da tristeza. ¿Por qué? Bueno, pues porque me preocupaba tu bienestar. Porque de entre todas las personas que han influido en lo que ahora soy, tú jugaste un papel fundamental. Enamorar a un chavito idealista, romántico, estúpido, obsesivo...

No te conocí. Nunca. Creí conocerte, pero me engañaba. Tu ternura me cubría los ojos con un velo que filtraba todo lo malo que había en ti y me otorgaba la imagen de una persona sublime, a la cual yo no merecía. Y me esforcé por ser mejor. Pero por ser mejor según mi concepción de la realidad. Ahora entiendo que no habría podido aguantar tu ritmo. Las fiestas, la banda, la socialización, todas esas cosas que me dan hueva y que tú no habrías cambiado por mí. Que bueno que me mandaste al carajo. Que bueno que por no enojar a tu novio ignorabas mis llamadas, y mis correos, y mi ser. Que bueno que hiciste como si yo hubiese desaparecido del mundo. Digo que bueno, y lo raro es que al mismo tiempo me da tristeza, porque yo siempre quise lo mejor para ti.

Ojalá seas muy feliz. Y ojalá que permanezcas en un bonito recuerdo, nada más.

6/9/07

Que bonita boda (segunda parte)




2. El novio.

Hizo todo de forma mecánica. Le pidió a José Luis el video de su boda, y lo vio una y otra vez, hasta que aprendió los pasos que un buen novio debía ejecutar. Desde el Sí acepto, hasta el brindis al llegar a la recepción. Y vio que a partir de ahí, ya no era necesario. Que Diana se divirtiera con su fiesta, él casi no había invitado a nadie, a algunos socios nada más, y claro, a Emanuel. Su madre se había encargado de darle clase a la fiesta, según sus propias palabras, porque si por Diana fuera, hubiese invitado a todo el rancho. Por fortuna le restringieron las invitaciones, y la boda fue una mezcla de fiesta popular con distinguido coctel. A Raúl poco, o nada, le importaba aquel asunto. Le gustaba consentir a Diana, porque veía que se ponía contenta cuando le compraba algo, o cuando le daba dinero, cuando la llevaba a algún lado. Y le gustaba verla feliz, bueno, por algo la había elegido a ella. Además, tenían una especie de pacto secreto. Él sabía que Diana sospechaba algo, que intuía algo, justo como su madre, pero con su madre no tenía pacto alguno, sino una guerra. Ella misma se encargó de que la invitación no llegara a manos de Emanuel. Pero sus intentos fueron vanos, porque a pesar de todo, Emanuel vino. Raúl lo vio en cuanto llegaron. Estaba en la última fila, con su mirada melancólica, con un traje elegante, negro, y sus ojos brillantes. Había llegado a pensar que no vendría. Que su furia había sido tanta, que se alejaría para siempre, que había cumplido sus amenazas, sin importarle lo que le juraba Raúl, una y otra vez, A ti te amo, sólo a ti.

Fue duro para el pobre muchacho. Se había ilusionado tanto. Raúl lo mantenía al margen de su vida pública, lo escondía como a su más preciado tesoro. Iba por él a la escuela, en su coche menos lujoso, para no llamar la atención, y lo llevaba a algún mirador, al estacionamiento de un centro comercial, al principio, después empezaron a ir al motel más seguro del mundo gracias al dinero todopoderoso. Emanuel no entendía la razón del clandestinaje. A él le parecía tan natural. En la escuela podía ver a las parejas de hombres echados en el pasto, sonrientes y amorosos, o a las muchachas besándose, y creía que el temor de Raúl era por su edad. Siempre le decía que no tenía nada de malo. Que nunca se era demasiado grande como para empezar a ser auténtico. Una tarde le explicó todo. Su pasado, su vida pública, sus relaciones multimillonarias que, de fracasar, llevarían a la quiebra no sólo a su familia, sino a muchas otras que trabajaban en sus empresas. Que debía mantener las apariencias, porque a los socios no les gustaban los escándalos. Por eso, le dijo, voy a casarme con una mujer. Lloró por horas Emanuel, herido y destrozado, pero incapaz de asesinar el amor que ya sentía. Raúl le había dado alternativas que parecían sacadas de novelas de ciencia ficción, fingir su muerte y escapar, por ejemplo, o llevárselo con él a todas partes, aparentando ser su asesor, o su sobrino. La sola relación de ellos dos era riesgosa. La madre de Raúl lo sabía, por eso había insistido tanto en la boda.

Y a pesar del dolor, a pesar del incierto futuro, Emanuel acudió. Encontró a Raúl en medio del jardín, lo tomó de la mano y sin decir una palabra, sin hacer promesas que tal vez no se habrían de cumplir, se dispuso a disfrutar aquello mientras durara. Ni los millones de dólares, ni los socios internacionales, ni la esposa interesada podrían acabar jamás con el inmenso amor que se tenían, eso lo sabían muy bien los dos. Se fueron a un baño privado, que Raúl había rentado y que era independiente al del salón, y ahí se desnudaron, a prisa, con furia casi, y a lo lejos se escuchaba la fiesta, en su máximo esplendor, y al animador gritando, Ahora que pase el novio a la pista, y a alguien diciendo, Está en el baño.

(FIN)

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[Primera parte]