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29/6/05

Un niño normal

Es común que, en las fiestas de cumpleaños, acudan algunos despistados antes de la hora señalada, incomodando a los anfitriones como si buscaran presionarlos y sintiéndose ofendidos por no estar listos ya para los invitados. Esta no es la ocasión. Todo estuvo listo desde media hora antes, cuando el papá colgaba los últimos globos en el marco de la puerta, pegaba las sillas a la pared, separaba las bolsas de dulces, ponía las velitas en el pastel, ocho velas, una por cada año, y el niño, no podía evitar sentirse entusiasmado por su primera fiesta de cumpleaños, se sentaba en un banco junto a la mesa con un gorrito puesto, los zapatos brillosos, la camisa fajada, se puso perfumo de su papá para oler a hombre y cuidó que ni un solo pelo estuviera fuera del lugar que le correspondía. La sonrisa se le desvanecía a medida que pasaban los minutos, revisó las invitaciones, cuatro de la tarde, la dirección estaba bien clara, miró el reloj de la sala, las tres cincuenta, y nadie, el de la cocina, las tres cincuenta y dos, nadie, el reloj de pulso que le regaló en navidad su papá, las tres cincuenta y uno, nadie. La puerta está cerrada, el papá espera en la cocina, fingiendo que pule unos últimos detalles, mueve unos vasos por aquí, unos platos por allá, ya los las cuatro y cinco, según el reloj de la sala, la calle parece desierta, no pasa un alma. El niño lo sabía, lo sabía, o al menos lo intuía, pero su papá insistió, invita a los niños de tu escuela, le dijo, vas a ver que sí vienen, pero él no creía que fuera una buena idea, aún así, una semana antes llevó invitaciones, las repartió con timidez, los compañeros no hacían gestos, seguían las indicaciones de sus mamás, de los profesores, sólo las tomaban, unos las doblaban y las olvidaban en el fondo de la mochila, otros las dejaban por ahí, algunos más, los peores, las rompían y las echaban a la basura, pero esto no lo vio el cumpleañero, él confiaba que, por estadística, si invitaba a todos al menos iría una partelos que no tuvieran nada qué hacer, los que disfrutaban del pastel, de los dulces, de la piñata, unos cuatro, cinco, quien fuera, quizá lejos del ambiente de la escuela, viéndolo en su casa, en su entorno natural, olvidaran su condición y vieran que no iba a pasar nada si jugaban con él, si le dirigían la palabra, tal vez aquí, en su casa, lo vieran como a un niño común y corriente, no como un niño con sida.Son las cinco veintisiete. El niño se ha quitado el gorrito porque la liga lo lastimó. El papá, sentado en la cocina, se siente culpable, pues él también sabía que esto pasaría, y reprime como puede unas lágrimas, si ni siquiera su hijo llora, hay que demostrar coraje, por Dios. Las cinco y media de la tarde. Tocan a la puerta. "Yo voy", dice el papá, y salta de su silla en la cocina, ya sólo jugaba con un tenedor. Es el payaso. El niño, al verlo, no puede más, se da cuenta de la farsa, y sube corriendo las escaleras. Se escucha la puerta cerrando con violencia. El papá se muerde el labio, agacha la cabeza. "Disculpe, ya no vamos a necesitar sus servicios, señor", le paga y cierra la puerta. Él también se quita el gorrito, y traga saliva.
(FIN)

18/6/05

el cáncer no sólo lo lleva en los pulmones

Gustavo llega a casa a la una y media de la mañana, y apaga los faros del coche. Ha subido los vidrios para que no se escape el humo, y escucha, por tercera vez en el día, a Led Zepellin, esta vez con volumen bajo, no quiere hacer ruido, es suficiente con el que ha hecho el motor al detenerse frente al portón, incluso trata apenas de respirar, como si ya estuviese en la recámara intentando no despertar a Magda, la pobre estará cansada, como siempre, y el más mínimo ruido la hace volver del dulce estado de inconsciencia en el que, con mucho esfuerzo, logra encerrarse. Una vez más, antes de dar vuelta en la avenida, se detuvo en el parque, tres cuatras lo separaban de su hogar, subió los vidrios y encendió el vigésimo cigarro, el último, al menos por hoy, pues ya se nota su adicción creciente fumando tanto, como una chimenea incansable, se detuvo, pues, y pensó en lo mismo que piensa antes de estacionarse en la banqueta de su casa, recargó la frente en el volante, "Soy un pendejo", se repetía, torturándose y escupiendo humo.
El choque metálico entre la llave y la cerradura de la puerta provocan un escándalo devido al eco que crece con el silencio, y Gustavo siente vibrar hasta sus huesos, pero no puede evitar el ruido de la llave girando, de los goznes de la puerta rechinando, de sus pasos sobre el suelo recién pulido. Se quita los zapatos al pie de las escaleras, y sube de puntas hasta la recámara donde Magda se ha quedado dormida con la televisión encendida. Se quita la ropa y se mete en la cama, con sumo cuidado, pero los resortes gritan, las cobijas crujen, el aire se rompe y, es inevitable, Magada despierta, lo siente acostarse y girar para quedar sobre el costado derecho, y ahora que ambos se dan la espalda, ella puede abrir los ojos y llorar un poco. Gustavo huele a tabaco, como siempre, ha fumado todo el día, y ella llora, no por la traición, si puede llamarse así al no cumplir una promesa, ni por su desconsideración, su falta de preocupación, no, llora porque la vida es injusta, porque no comprende que su marido, fumador desde jjoven y siempre constante, esté sano, sano como un niño feliz o como un anciano deportista, ni siquiera tose de vez en cuando, ni se ahoga al comer, nada, y ella, que jamás le dio una chupada a un cigarrillo, ni hizo algo por intentarlo, tenga cáncer en los pulmones. Magda lo sabe bien, ambos se odian, ella por ser la víctima, él por sentirse culpable. Seca sus lágrimas y cierra los ojos. Ahora Magda duerme, pero Gustavo no.

(FIN)

18/2/05

mi caldo preferido

Los gritos agonizantes de Sara no lo dejaban dormir, a pesar de que cerraba las puertas y dormía en la habitación más alejada y la saturaba con sedantes y subía todo el volumen a los audífonos incapacez de arrullarlo si cantaban "se nos muere el amor". Nunca le había gustado Arjona, pero Sara lo adoraba y en toda la casa no había un disco que no fuera del mentado cantante, y ni sus empalagosas letras lograban conmoverlo y hacerle pensar que su esposa quizá necesitaba sólo algo de atención en sus últimos días de vida. Leonardo se cansaba de pasear a las dos de la mañana, y se quedaba dormido en la sala, soñando con los gritos de la mujer, como si no fueran ya una tortura a lo largo del día. Todas las mañanas, apenas abría los ojos, no podía evitar que un pensamiento tan cruel como auténtico cruzara su mente."Ojalá que se muera hoy". Ojalá...

Diferentes doctores desfilaban por la casa en los últimos meses. Había comenzado como una jaqueca normal, dos años antes, tres meses después de haberse casado. El dolor de cabeza se hizo cada vez más recurrente, Leonardo llegó a pensar que era una ridícula excusa para evitar el sexo, cada noche menos romántico y más fugaz. Tiempo después, Sara comenzó a escuchar sonidos en su cabeza, como si alguien le murmurara palabras ininteligibles que, según ella, la amenazaban, y le ordenaban que se hiriera la palma de la mano con navajas y que rompiera los espejos con la frente. Leonardo comenzó trayendo psicólogos, ya bastante perturbado por las paredes manchadas de sangre y las cicatricez de Sara, y el diagnóstico era que su enfermedad era un trastorno neuronal severo. Llegaron tantos doctores diferentes que Leonardo tuvo que numerarlos a todos y usar claves para distinguir uno de otro.

La enfermedad, desconocida hasta entonces, pudo controlarse unos meses con una lista interminable de medicamentos, que dejaron a Leonardo en la bancarrota y a Sara ida y sin saber lo que pasaba a su alrededor. Leonardo no lo soportaba, era como un cuerpo sin vida, limitado al simple hecho de existir y nada más, sin poder hablar, sin reír, sin reconocer nada ni a nadie. Poco a poco, a medida que el cuerpo iba resistiendo más a los efectos de las drogas, y las dosis tuvieron que aumentarse, Sara fue recobrando su lucidez. Sabía que estaba volviéndose loca, y le echaba la culpa a todo el mundo, en especial al marido inepto que la había desposado. A pesar de todo, el estado de Sara era un avance, y Leonardo tuvo una última esperanza, hasta que llegó la amnesia crónica para ella, y el inicio de un nuevo suplicio para él. Volvieron las jaquecas, esta vez mucho más agudas y dolorosas. Comenzó a gritar del dolor, a revolcarse en la cama sin querer tomar las medicinas. El marido la sabía deseosa de morir. Su vida se había convertudo en un infierno, según ella, y lo mejor, según él, sería cumplir su último deseo.
Una rara mañana despertó tranquila, intuyendo tal vez los planes de Leonardo. La enfermera entró para inyectarle el desayuno, pero Sara la detuvo.

-Quiero comer.
Leonardo recibió la noticia como una señal. Él mismo preparó el caldo, él mismo lo llevó a la recámara y él mismo se lo dio de comer. Sara miró con desconfianza la cuchara.

-Es caldo. Pruébalo.
La mujer estaba decidida a hacerle infeliz por última vez.

-Huele raro. Come tú primero.
-No me gusta este caldo... Anda, come. Es tu preferido.
-Mentira. Mi caldo preferido te gustaba.
-Estás confundida...
-¡No me digas loca! ¡Si estoy loca es por tu causa!
-¡No digas barbaridades...! Anda, come...

Leonardo intentó meter la cuchara en la boca de Sara, pero ella no despegó los labios y sacó de quicio a su marido.
-¡Vete a la mierda entonces!

El caldo y la cuchara se quedaron al alcance de Sara, sobre la mesa. Leonardo, horas más tarde, recapacitó, y concibió la vaga idea de un milagro que le devolviese la salud a su mujer. Pero cuando regresó al cuarto ya era tarde. Sara ni siquiera había usado la cuchara para beber hasta la última gota de caldo, y ahora su cuerpo reposaba, inmóvil para siempre, encima de la cama impregnada de olor a muerte.

[FIN]