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3/3/09

Futuro



Casi a las diez treinta me decidí. Corría el riesgo de que la respuesta fuera, No, no va a venir, no avisó nada, sería un golpe duro, pero entonces podría disimular la decepción y salir corriendo para mi clase antes que fuera demasiado tarde, hacer como si nada. Los planes, las esperanzas, el discurso trazado en mi cabeza, todo sería olvidado y yo seguiría adelante. Lo intentaría de nuevo, sí, pero ya no sería igual. Como no será igual cuando la dr. De Teresa me invite a comer a su casa, dentro de cinco meses, para que su marido vea mi trabajo. Pregunté, y me dijeron que el doctor estaba en un examen. Que terminaría a las once. Respiré aliviado, emocionado, salí de la oficina y me fui a recargar al pasamanos de la escalera, en el centro del patio. Esperé.

Por alguna razón, no fue como yo esperaba, pero logré lo que tenía en mente: que el doctor me conociera, que supiera que a mí también me interesa la investigación visual. Hablamos un rato considerable, me entusiasmé, le hablé de cómo lo había hecho, de qué había pensado, de cómo sería el siguiente video, y él me dijo, Me gusta, me gusta mucho. No lo había dicho si no fuese cierto, no tiene necesidad de mentir. Tal vez el proyecto que le presenté no es de los que él prefiere, lo cual importa poco, no voy a hacer lo mismo que todos. Últimamente he tenido pensamientos muy ambiciosos. Y este episodio era nada más y nada menos mi cita con el futuro. Sé que dentro de varios años recordaré este primer encuentro y reconoceré que fue importante. Definitivamente, este es el primer paso. Todo lo anterior, hasta ahora, en realidad no había contado.

Ahora sólo queda ponerme a trabajar. Leer, preguntar, comenzar a hacer verdadera antropología. Me he liberado de un enorme peso al decidir el tema de mi tesis desde ahora, y he dado un primer paso en la elección de mi asesor. Me encuentro bien, tranquilo, excitado por el rumbo que están tomando las cosas. Cada vez me convenzo más de que puedo lograr grandes cosas. De que valdrá la pena haber faltado a los viajes y a las fiestas y a las reuniones, porque después, cuando ya me encuentre trabajando y haciendo lo que me gusta, podré hacer todos los viajes, todas las fiestas y todas las reuniones que me plazcan. En eso tengo puesta la mira. En el futuro, a largo plazo. Sólo espero que no me caiga un avión encima, cuando vaya caminando por la calle, y todo se vaya al carajo. Pero eso sería tener muy mala suerte...

Y yo no creo en la suerte.

4/4/07

Emociones



Anoté el teléfono nomás porque sí, para ver qué pasaba. Igual llamaba y nadie contestaba, o me decían que ya no estaban solicitando editores, o que yo era muy joven e inexperto para el puesto -ya que los requisitos especificaban "de 25 a 35 años". Pero vencí mi pesimismo y guardé el teléfono. Antes de llamar, lo seguí pensando. Al diablo, levanté la bocina y marqué. Me contestó una mujer. Me preguntó sobre mi experiencia. Me hablo del sueldo, de la ubicación, de las características del trabajo que se desempeñaba, y me concedió una entrevista. Allá voy, un largo trayecto en metro, hasta cuatro caminos, de ahí una combi que decía Palosolo, un lugar que no parece estar en esta ciudad (y que de hecho, no está). Pero el entusiasmo y la emoción eran mucho más fuertes que el miedo y la angustia por perderme, por no llegar a tiempo, por que me dijeran que no, gracias. Después de, como lo tenía bien previsto, irme de paso hasta la terminal, y regresar, al fin encontré las escaleras que me dijeron. Y al bajar, vi la glorieta, enorme y hermosa, en medio de las casas del lugar, enormes y hermosas. Crucé la calle. El guardia me pedía una identificación para dejarme pasar, y yo, era el colmo, no llevaba mi cartera. Empecé a reirme de mi mala suerte, de la travesía que había sido llegar para, ya estando en la puerta, regresar con las manos vacías. Le dije, voy a la casa número 6, a una entrevista de trabajo. El guardia me vio de arriba a abajo, se grabó mi rostro, quizá, y me dijo, Pásale pues. Pasé.
La casa era, como ya lo dije, enorme y hermosa. Me abrió un muchacho de cabello largo, alto y moreno. Me saludó y me invitó a pasar. El señor (hasta ahora no me sé su nombre), me recibió y me dijo que tenía suerte, porque ya estaba por salir. Me hizo un par de preguntas y me dejó con su esposa, para que finalizara la entrevista. Le enseñé uno de los trabajos que he hecho, me dijo que estaba bien, que cuándo podía empezar. Cuando sea, contesté, entre valiente e idiota. El lunes está bien, me preguntó, y le dije que sí. Y no sólo me emociona haber encontrado un trabajo de lo que me gusta, de lo que sé y disfruto hacer, sino por fin poder abandonar, de una vez por todas, el asqueroso sabor de la receta secreta, la crueldad del cruji pollo, y los increíbles e insalubres procedimientos y antiprocedimientos con los que KFC alimenta a sus inconscientes clientes.
Esa es una. La otra: en la mañana, cuando se levantó a tomarse su pastilla de las 7am, abrí el ojo y pregunté Qué hora es, y sin esperar respuesta, porque ya la sabía, decreté Voy por el periódico. Me puse una gorra, un pantalón, una camisa y una chamarra. Estaba helado afuera. No iba nervioso. Una parte de mí ya sabía qué iba a pasar, la otra se rehusaba a creerlo, pero traté de mantener un equilibrio, de no pensar en ninguna posibilidad, como el resultado no me afectara a mí, sino al resto del mundo. No pensaba en nada. Llegué al primer puesto de periódicos, el que está saliendo del metro. Estaba cerrado. Pero vi, en la otra esquina, el otro puesto -el perredista-, y ahora sí, con los nervios carcomiéndome, casi corrí. Una señora acababa de llevar la gaceta de la UAM, y se preparaba, junto a su hijo, para cruzar la calle. Tomé el periódico y pregunté, Cuánto cuesta. Dos pesos, pagué, y lo abrí. Y ahí estaban, los números de folio de los aspirantes aceptados en todas las unidades. Yo, por supuesto, no recordaba el mío. Me calmé un poco y emprendí el camino de regreso. Al entrar, me dirijí al librero, saqué la carpeta con los papeles que fui juntando durante el proceso de selección, y leí mi folio: 3108171. Lo busqué primero en los tres. Del 30080168 se saltaba al 30080174. Por un momento me creí perdido, pero la emoción no me dejaba leer bien los números. Volví a revisar el mío. Lo busqué en los 31... Y ahí estaba. Unidad Iztapalapa, división de ciencias sociales y humanidades, periódo Otoño de 2007. No pude evitar una carcajada.
Y esas son las dos cosas que me emocionan. Porque lo son todo, empezar un trabajo nuevo, asegurarme un lugar en la universidad... Con eso soy feliz. Claro, con eso, y con el amor de cada noche, de cada día, de cada minuto... Y ya.

19/2/06

Habitación 203

Fortuna

Primer Cuento: "Fortuna"

Se podría decir que, por una parte, es natural que Genaro sienta algo de vergüenza en una situación como esta, sobre todo si no es él quien se ha adelantado hasta donde se encuentra la señora que vende hot-dogs para preguntarle dónde hay un hotel cerca, sino la dama que lo acompaña. Y es que el hombre es quien, en general, tiene la necesidad de presumir a quien pueda, entre más gente mejor, que va a coger, por usar el término vulgar, y qué mejor manera de hacerlo que tomar de la mano a la complaciente compañera e ir preguntando por la calle dónde hay un hotel cerca, o acudir a una farmacia abarrotada de gente a comprar condones, y, si la insinuación no basta, llevar de paso lubricante y preguntarle al encargado si él no sabe dónde hay un hotel cerca.

En este caso, fue Alma quien interrumpió la intensa labor de besos y caricias en la mesa del table-dance unisex donde se encontraban, encendida por una pasión desmedida luego de ver tanto manoseo por todas partes, los tacones altos como únicas prendas de las exhuberantes bailarinas, las diminutas y casi transparentes tangas con que los cuerpos bien musculosos de los strippers iban cubiertos, y cuerpos, cuerpos con cientos de pares de manos que exploran la piel desnuda en busca del éxtasis carnal, como en una orgía descomunal donde nadie queda excento de recibir su dosis de placer. Alma apartó el rostro de los labios de Genaro, y luego de un profundo suspiro murmuró en su oído, Vamos a un hotel. Genaro la miró, para descubrir una firme determinación y un candor nada pudoroso, asintió, se empinaron las respectivas botellas de cerveza y, todavía proporcionándose suaves y súbitos besos cada tres o cuatro pasos, salieron del antro de mala muerte apestando a alcohol y a tabaco y se adentraron en las calles del centro de la ciudad. Eran las cinco de la mañana, según el reloj de la catedral.

Déjamelo a mí, le dijo Alma, demostrando que era ella quien iba a tomar el control de la situación hasta el final. Así, Genaro se dejó guiar hasta el hotel indicado, esperó a que Alma hablara con el recepcionista y luego la siguió, tratando de recordar si alguna vez había tenido tanta suerte como aquel día, y por más vueltas que le daba a la memoria no se le ocurría una situación así de afortunada: conocer en el bar de siempre una mujer como nunca, es decir, hermosa, bien formada, y al parecer, ninfómana, que le había invitado cinco caguamas sin pedir nada a cambio más que una tanda frenética de luchas lingüísticas, en el sentido literal. Decidió no dudar más, y dejarse llevar. A partir de ese momento, de su boca no saldría un No.

El recepcionista les deseó buenas noches y guiñó el ojo a ambos mientras cerraba la puerta y colgaba el letrero de No molestar en el picaporte. Alma empujó a Genaro a la cama y con un salvaje tirón le arrancó la camisa, regando los botones por el suelo. Se subió en su cintura y comenzó a besarlo con la urgencia del fin de los días, mientras Genaro no hacía nada más que abrir y cerrar la boca, sacar y meter la lengua, subir y bajar los brazos tratando de recorrer con las manos todo el cuerpo, todavía vestido, de Alma. Apenas sentía los mordiscos, los rasguños, las lamidas, pues el mareo y la insensibilidad provocada por el alcohol ya empezaba a dejarse notar. Mejor, pensó Genaro, así duraré más.

Un punto sensible del suertudo Genaro es el cuello, por eso le pareció perverso que Alma se detuviera en sexo cuando estimulaba con los labios aquella zona. La mujer se levantó de la cama, sacó un teléfono de su bolso y marcó un número. "Dónde estás (...) ¿Yo? En el hotel Tecate, cuarto 203". Alma se ríe, y cuelga el teléfono. Genaro, curioso e impaciente, pregunta.

-¿A quién llamaste?
-Invité a Lucía... No te molesta, ¿verdad?

Por un instante, Genaro no sabe qué decir. El timbre del teléfono le da tiempo para pensar.

"¿Hola? (...) ¿Dónde la encontraste? (...) Por supuesto que puede venir. Y tráete una cámara de video (...) 203, no lo olvides... Pero apúrate que sólo es uno para tres".

Ahora sí, Genaro no puedo disimular su asombro. Con la felicidad dibujada en el rostro, y la sonrisa cómplice y dulce de Alma, observa cómo ella va desabotonándose la blusa, y concluye que, en efecto, jamás había sido tan afortunado.

(FIN)