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14/4/08

Who am I?




Creo que ya he tenido un poco de tiempo para analizar lo que está pasando con nosotros. Y entre más lo pienso, menos lo entiendo.

No me explico cómo pude comportarme así. Como pude llegar a hacer tales disparates, semejantes tonterías, sin pensar, sin prever, cuando lo hice, me pareció... qué sé yo, emocionante, excitante, y deseaba en el alma que no tuviera mayores consecuencias. Pero no lo razoné, no me dije Daniel, ¿acaso no ves lo que estás haciendo? ¿Quién era ese Daniel que estaba haciendo tantas tonterías, sin detenerse a pensar? La verdad es que no lo entiendo. Y entre más pienso en ello, entre más busco una razón, una explicación para dársela a F, más me confundo.

Pudo ser curiosidad. Pero la curiosidad deja de serlo cuando llega al extremo al que llegué. Pudo ser hastío, frustración por la rutina, cansancio. Y de la misma manera, nada de eso lo justifica. ¿Entonces? Entonces sólo me queda decir que soy un total pendejo. No hay otra razón. Soy un idiota, un imbécil, y no merezco su perdón. No sé con qué cara se lo he pedido, tal vez porque es lo único que me queda, el único remedio, para que no se vaya, para que cumpla lo que me dijo... Para que estemos juntos, hasta ver las arrugas y las canas, y los años y todo... La verdad es que no deseo otra cosa de la vida. Que pena que tenga que hacer tantas pendejadas para darme cuenta de eso. ¿Qué clase de persona soy? No lo merezco... Nunca lo he merecido, y nada de lo que haga me hará merecerlo.

Pero si decide quedarse... Será otra historia. Será otro día. Ya no será fe, en el sentido de que lo daré por hecho. Ya no daré por hecho que cuando yo llegue, él va a estar. Que cuando lo necesite, estará. Porque eso me hizo cometer estos errores fatales. Ahora seré coherente con lo que digo y lo que hago, y haré un esfuerzo, todos los días, día tras día, para mantenerlo junto a mí sin tener que atarlo a mí...

No quiero llorar, porque puede penar que lo voy a chantajear. Pero ante una situación como esta... es difícil no llorar. Más después de haberme vuelto tan llorón.

Él tomará la decisión. Yo, hasta ahora, no me he ganado el derecho ni de voz, ni de voto, ni de nada. Puedo tenerlo todo, y ofrecerlo todo, y decirle que me pida lo que quiera... Pero al final, él será quien decida. Y a mí no me quedará más que aceptarlo. Así que voy a esperar, el tiempo que sea, y a soportar, el dolor que aguante. No hay otro camino. Yo mismo los eliminé todos...

La culpa fue mía.

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["So just say how to make it right
And i swear I'll do my best to comply"]

19/7/05

El abandono (primera parte)

No había agua en la regadera, ni en el lavabo, ni en la cocina. Ni siquiera había luz, y Elías, malhumorado, se faja la camisa y se calza los zapatos mientras reniega sobre cualquier cosa. Toma su portafolio, recuerda de repente que el coche está con el mecánico y de un sólo golpe se le hace media hora más tarde. Tendrá que tomar un taxi para llegar a tiempo al trabajo, se ajusta la corbata, alisa su pelo en la penumbra de su recámara tanto como puede, y sale de prisa del departamento. Ya en las escaleras, se da cuenta que ha olvidado las llaves, pero no hay tiempo para lamentarse, por la tarde llamará al cerrajero. No se ha percatado todavía del terrible eco que producen sus pasos al bajar los peldaños de aluminio. Preparado para darle los buenos días al portero, Elías se decepciona al ver que no está. No le preocupa, el tiempo perdido es lo único que habita en su mente.
El brillo del sol ya ha disipado la bruma de la mañana, y parece extraño, como desolado. La calle está desierta, y no es que sea una muy transitada avenida, pero a esas horas es común ver salir coches de aquí y de allá dirigiéndose a los respectivos lugares de trabajo o de estudio, y hoy, nada. Elías se detiene en la esquina y, mirando su reloj cada cinco segundos, espera impaciente el arribo de un taxi. Pero no llega. Pasan diez, veinte, treinta minutos, y no se ha asomado ni un sólo coche. No se oye un sólo ruido. Durante esta media hora, Elías se ha puesto a observar a su alrededor, y a cada instante se admira más y más de no ver a nadie en la calle. La señora de enfrente, que cada mañana sale a barrer la calle rodeada de sus gatos, esta vez está ausente. Elías va sintiendo cómo una singular opresión en el pecho lo va sofocando, y se afloja un poco la corbata. El silencio que lo invade todo es abrumador. Elías, cansado ya de esperar y con esta sensación amenazándolo, se decide a ir dos cuadras más allá, hacia la farmacia. "Tal vez haya una huelga de taxistas...", piensa. Pero la farmacia está cerrada. Son las 9.45 de la mañana. Es miércoles. Elías se muerde el labio y camina un poco más, hasta llegar a una calzada importante. Sus ojos no pueden creer lo que ven: decenas de coches abandonados a lo largo de la calle, los semáforos sin funcionar, y nada de gente... La taquería, la papelería, la otra farmacia, la tienda de abarrotes, el restaurante de mariscos, la llantera... Todo abandonado.
Al ver aquella escena incomprensible, Elías suelta el portafolio y se deja caer en la banqueta, ofuscado, sin saber qué pensar. Enciende un cigarro, y espera, sin imaginar qué o a quién. Pasará varias horas ahí en la esquina, fumando y buscando explicaciones que nadie puede darle, porque no hay nadie. Recorrerá la calzada entera, tocando en cada puerta, en la pizzería, en el salón de fiestas infantiles, en la tortillería, en la florería, en el video club, en la tienda de refacciones automotrices, en la rosticería, en la cerrajería, en la casa de empeño, en el autolavado... Pero lo único que encuentra con coches y más coches abandonados, esparcidos por la calle, algunos con las llaves pegadas o con las luces encendidas, pero ni una sola persona. Pronto, Elías empieza a respirar con dificultad, no tanto por la enorme cantidad de cigarros que ha consumido hasta este momento, uno tras otro, sino porque la soledad y el desamparo que le provocan ver todo aquello le afectan bastante. Camina apretando el paso a lo largo de la calzada, admirando los coches ahí, quietos, paseándose entre ellos, buscando algún indicio que lo ayude a explicarse la situación. Piensa en una manifestación colectiva, tal vez toda la ciudad esté reunida en el centro cívico defendiendo sus derechos o expresando su repudio contra la violencia citadina. Era como si un rayo incandescente hubiera arrasado con las personas, pero sin dejar huella alguna, sin que quedara un rastro inconfundible de caos y terror. En los coches, todos abiertos, excepto los que estaban estacionados, no puede encontrar ninguna identificación, ni nada que lo haga pensar que la gente salió a toda prisa de sus autos y huyeron despavoridos olvidando sus cosas.


(CONTINÚA)

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[Segunda parte]

15/2/05

estrofa de un poema disparatado

Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran,
y que los silbos serenan y que los gruños marranan,
y que la aurorada rosa los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.

José Manuel Marroquín, Bogotá.