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16/5/14

Doña Nostalgia

Mi hermana y yo, esperando el trolebús en Eje Central

-Buenas, joven.
-Buenas, señora. ¿Dígame?
-Pues nada, ya vine a visitarte.

En otros tiempos, la hubiera dejado pasar a regañadientes, inquieto por su visita, deseando que termine pronto, distraerme en otra cosa y que doña Nostalgia se canse de andar por ahí, hablando de tiempos pasados, contándome sus historias favoritas, de cuando yo era niño, cuando éramos jóvenes y no teníamos nada qué perder. La hubiera mirado de reojo mientras trabajaba, o mientras comía, o mientras me bañaba, haciendo como que la escucho, en ocasiones, distrayéndome con sus palabras, viajando hacia los lugares que describe, reviviendo esos anhelos, esas emociones, tan nítidamente que me espantaba sentirlo, algo que ya había dejado atrás, volver a vivirlo, qué angustia, pero aunque me atormentara, la dejaría hablar, y le pediría que se estuviera otro ratito más, hablándome de los buenos tiempos, con su voz ronca, pausada, y su mirada perdida, llena de recuerdos.

-¿No me invitas a pasar?
-Claro, pásele por favor, póngase cómoda.

Esta vez, la recibí con una sonrisa. La hice pasar, le ofrecí un asiento, me senté junto a ella, mirando sus canas, sus arrugas, sus manos firmes y seguras haciendo gestos amplios en el aire mientras me hablaba de lo bien que la pasaba con mi hermana, lo mucho que nos reíamos, la primera vez que la vi, en su cuna, envuelta en mantas rosas, la cabeza negra, llena de pelo, y su fragilidad de bebé. "Ese día te convertiste en el hermano mayor que nunca has dejado de ser", me dijo doña Nostalgia, que me conoce tan bien, mejor que yo mismo.

-¿Gusta un cafecito, señora?
-Ay, qué amable eres. Ándale pues.

Le gusta el café negro, bien cargado, y mientras lo bebía sin prisas, disfrutando cada sorbo, continuaba su relato, por momentos sus ojos brillaban y me recordaban a los de mi hermana, a los míos, cuando éramos más jóvenes, tantas angustias, tantas esperanzas y tantos buenos momentos. Yo la miraba extasiado, por primera vez en muchos, muchos años, estaba disfrutando su charla y su compañía. La escuchaba con atención, le pedía más detalles, "¿Te acuerdas lo bonita que se veía con ese vestido de frutas? ¿Lo mucho que te angustiaste cuando le dio apendicitis el día de su cumpleaños? ¿Lo mucho que sufriste cuando la viste recuperándose en la cama del hospital, tan niña, tan frágil?". Sí, yo me acordaba. Y sonreíamos con complicidad.

-Bueno joven, ya se hace tarde. Me voy.
-¿Cómo? ¿Tan rápido?

En otras ocasiones, ni se había despedido. O más bien, yo simplemente no me había dado cuenta de que se iba, nada más la ignoraba, hasta que se cansaba de murmurar sus historias por los rincones y se marchaba. Pero esta vez, le retiré su taza de café, la ayudé a ponerse en pie, le di un abrazo cariñoso y un beso en la frente. "Váyase con cuidado, señora".

No dijo más nada. Sólo atravesó la puerta y se fue, sin mirar atrás, con su paso lento, pausado. Yo me quedé ahí, parado en el umbral, viendo cómo se alejaba, no podía quitarme la sonrisa de la cara. Me quedé mirando hasta que su figura encorvada y dulce, pero fuerte y decidida, se perdió de vista, como si se hubiera evaporado en el aire.

Hasta la próxima, doña Nostalgia. Aquí la espero cuando guste.

30/8/12

Encima de las nubes

Primero vi todo negro. No podía moverme, no podía ver nada y me empecé a desesperar. Pensé "estúpido inconsciente". Pero después, de entre una niebla densa que salió, literalmente, de la nada, me vi, desnudo, con los ojos cerrados, sonriendo, respirando tranquilo, en un jardín de flores rojas y nubes rosas, con dos espejos que, extrañamente, mostraban mi frente estando detrás de mí.

Me sorprendió mi rostro, totalmente relajado, con la sonrisa como si hubiera estado ahí toda la vida. Me sentí... tranquilo. En paz.

Después el jardín y los espejos y yo mismo empezamos a desaparecer y me vi volando, libremente, plácidamente, (saludablemente) sobre las nubes del cielo, en dirección al sol. Era una vista de primera persona, así que no me veía a mí mismo, simplemente veía lo que estaba delante de mí, el espacio abierto, el silencio, el sonido del viento, hasta sentía la suavidad de las nubes acariciando mi cara, y mi cuerpo suelto, suelto, completamente libre. Fue maravilloso.

Cuando la voz dijo que abriera los ojos, yo no quería regresar. Quería seguir volando, libre, ligero, suelto. No volver jamás. No abrir los ojos.

Pero los abrí. Y aquí estoy.

13/8/12

La noche a lo salvaje

Cuidado
1. Empecé a caminar rumbo al metro pero luego recapacité: me encontrarías. Así que di media vuelta y me dirigí a 5 de mayo. Con los pasos rápidos, me fui como se van los taxis hasta salir a Río Churubusco. Luego crucé un puente peatonal y me bajé en el camellón, hay un sendero que tiene bancas y mesas, como para que la gente camine por ahí, así que caminé. Primero pensé: cruzaré todos los puentes y veré a dónde llego. Después pensé que me cansaría demasiado. Antes de llegar a La Viga me senté en una banca. Casi me quedo dormido. No pensaba. Sólo veía los coches pasar a toda velocidad frente a mí. Un par de veces creí que lo mejor era volver. Dar media vuelta y simplemente regresar. Pero quería saber qué era capaz de hacer. Así que me levanté de un salto y seguí caminando.

2. Caminar por Tlalpan fue mucho más cansado de lo que pensé. Todo fue bien hasta llegar al metro Chabacano. Justo antes había un puente peatonal, el primero con el que me topé: en esa avenida, la única manera de cruzar es por los pasos a desnivel, todos cerrados a esa hora de la noche. Varias patrullas se detenían unos instantes a checarme, y al ver que no iba borracho ni llevaba botellas de licor o churros, se iban sin importarles qué andaba haciendo un mozuelo como yo caminando sin rumbo a altas horas de la noche. Llegué a pensar que a la próxima patrulla que viera, le pediría que me llevara a uno de esos albergues que abren para la gente sin casa. Pero ya no vi ninguna. Digo que después del metro Chabacano empecé a sentir miedo por las trabajadoras sexuales que me salían al paso. Una se me acercó demasiado, "te la mamo", me dijo. "No, gracias", respondí, y aceleré el paso. Pero en cada esquina había o borrachos, o grupos de hombres toscos y de apariencia violenta. En San Antonio Abad empecé a toparme con los indigentes, durmiendo en plena banqueta, tapados con un periódico o un cartón. Hasta entonces me empecé a preguntar dónde dormiría yo.

3. La verdad no dormí mucho. Unos cuantos minutos. Las luces de los coches me daban en la cara, y los mosquitos no dejaban de torturarme, pero llovia mucho y yo no podía moverme de ahí. De vez en cuando la lluvia arreciaba y me tenía que poner de pie para que las gotas no me salpicaran. Pero sabía que si seguía caminando y me mojaba, me iba a morir de frío. Así que me volvía a sentar, me acurrucaba, trataba de matar a los mosquitos, de voltear la cara a la pared para no ver las luces de los coches y dormir, en ese hueco en la pared, aunque fuera unos minutos.

4. Ya salía la gente para sus trabajos. "Que triste", pensé, "levantarse tan temprano en domingo". Una lluvia muy leve seguía cayendo pero yo ya no soportaba estar quieto. Caminé por 20 de noviembre, estaba seguro que esa calle me llevaría hasta el zócalo y después podría decidir mis siguientes pasos. Me sorprendió la cantidad de indigentes que dormían, unos contra otros, cubiertos por cobijas sucias, pedazos de plástico, cartón y periódico, refugiados de la lluvia en las fachadas de los locales comerciales. De pronto, en una esquina vi un hombre parado que me preguntó la hora, me detuve porque no lo veía sin mis lentes y me volvió a preguntar "tienes la hora", no, no la tenía, "espérate, ven", me volví a dar la vuelta, "te la mamo", me dijo, me reí, "no gracias", y seguí mi camino. En la siguiente esquina giré la cabeza y me di cuenta que me seguía, así que sin pensarlo, doblé a la derecha. No estaba de humor para mamadas, literalmente. La lluvia arreció y con ella mis pasos. Di otra vez vuelta. Llegué a un parque. No estaba seguro si este camino seguiría llevándome al zócalo. El cansancio, la falta de sueño, la ofuscación de los sentidos me hicieron perder la orientación. Las calles desiertas y tenebrosas me hicieron sentir miedo. Pero de entre las tinieblas, en una vuelta que di, se alzaron los campanarios de la Catedral, y me sentí a salvo.

5. Me detuve un momento a obervar, tanto como pude sin mis lentes, el Palacio de Bellas Artes. No sé por qué lo recuerdo con tanto cariño. Me acuerdo perfecto de la noche fría que nos sentamos en la jardinera y compramos un ponche, y nos lo tomamos juntos, uno de los primeros días que estuvimos aquí. Sé que el edificio te encanta, no sé. Pero seguí caminando y caminando. Calculaba que para las 7 de la mañana ya habría llegado al metro Insurgentes. Llegué un poco antes, después de orinar en las jardineras que rodean el ángel. También me detuve frente a la casona de Amberes, el primer lugar en el que vivimos juntos. Recordé la primera noche que llegamos aquí, en el colchón inflable que Toño ya nos tenía listo. Esa noche, te abracé, miré el techo, pensé "qué carajos vamos a hacer", sin trabajo, sin dinero, sin familia aquí. Respiré hondo, "todo saldrá bien", te apreté y cerré los ojos. Lo recuerdo a la perfección. Me quedé un rato ahí, frente a la reja verda, que estaba abierta, pero no quise entrar. Seguí mi camino hasta la glorieta, donde muchos jovencitos, recién salidos del antro, esperaban a que abrieran la puerta para volver a sus casas. En un descuido del policía me pasé por los torniquetes, esperé el tren y emprendí el camino de regreso. Pero sabía que algo en mí había cambiado esa noche. O tal vez había cambiado antes, y sólo hasta entonces me daba cuenta.

15/6/09

L'enthousiasme



1. La campana sonaba, y los niños, incluido yo, salíamos a todo correr de aquella insufrible prisión llamada escuela primaria. Por esos días me iba sin esperar a nada, ni a nadie. Sólo tenía que recorrer un par de cuadras, sacar la llave y abrir la puerta de la casa de mis abuelos. A esa hora, nadie había llegado aún. Así que dejaba mi mochila en alguna recámara, y con el corazón a punto de salírseme del pecho, abría los cajones del clóset de mi tía la menor, y sacaba el libro que, por alguna razón, leía en secreto. Tal vez porque era algo demasiado íntimo para compartir. El primer libro que leí.

2. Aprender a tocar guitarra fue una experiencia sin igual. Pero, el día que me percaté que ni mi dedicación ni mi talento natural me permitirían llegar demasiado lejos como músico de tiempo completo, decidí utilizar mi capacidad intelectual para ayudar a los músicos a sonar bien, y estudiar ingeniería en sonido. Esa carrera, si existía, no estaba en la Universidad de Guadalajara, pero aún así, quería irme. Cuanto antes. En parte porque sería más fácil que me admitieran en esa escuela terminándola allá -esa fue la versión oficial-, y en parte porque me fastidiaba que me estuvieran jodiendo con cortarme el pelo. Así que un buen día, lo decidí: me iría a Guadalajara.

3. El amigo de mi padre me esperó en el centro. Tomamos un taxi, de esos dorados que iban a Otay, e hicimos el recorrido en silencio. Hablamos de su trabajo, de mi escuela, y de otras vanalidades. Evidentemente, aquel hombre sólo estaba ahí por la legendaria amistad que, en otros tiempos, muy lejanos, había mantenido con mi papá. Pero no me importaba molestar. Nos bajamos una esquina antes, él quizá no se dio cuenta, estaría un poco desorientado. Caminamos por la avenida de los ingenieros, casi hasta el final de la calle, donde vivía su amigo, el Coronel. Pero el Coronel sólo rentaba cuartos para mujeres. "Pero aquí enfrente rentan", dijo. Así que fuimos. Un señor anciano nos abrió la reja verde. Nos mostró la habitación. Pequeña, con una ventana que daba a una pared, cama y buró, agua caliente y espejo en el baño. Estaba decidido. Ese sería mi nuevo hogar.

4. Después del gimnasio, Mónica y yo desayunamos en el comedor de la escuela y fuimos con Escalante. Eran casi las once. Escalante sacó de un rincón un pesado maletín negro, lo abrió y me mostró su contenido: una sony dvcam con micrófono, audífonos, gran angular, tripié, cargadores y tres baterías de 6 horas. Me brillaron los ojos. Pensar en sentirla de nuevo, en jugar con las imágenes. Capturar la imagen es todo un reto, pero el trabajo de edición... Eso es lo que en realidad me entusiasma. Eso, y comenzar mi formación como antropólogo visual.

18/3/09

Ser optimista



A pesar de no tener buena memoria, me gusta mucho recordar. Porque, debido a la manera en que se desenvuelve el tiempo hasta ahora, es decir, como una espiral interminable, podemos ir, en nuestra cabeza, de un punto a otro del pasado, sin que el tiempo tenga que transcurrir. El pasado en la cabeza es como un dvd, en cambio, el resto de las dimensiones temporales, el presente y el futuro, son como una cinta de un vhs. Hay que esperar, pacientemente, a que transcurra cada uno de los momentos, de los días, de los meses, para conocer qué pasará con nosotros.

Pensar en el futuro me provoca una gran ansiedad. Porque estoy nervioso. Que todo esto no valga la pena. Que después de todo, termine la carrera, me fastidie y no haga nada de lo tenga planeado, o que lo intente y lo arruine. Por eso estoy convencido de que es mejor no pensar. No imaginar, no especular, de cualquier forma, no sirve de nada. La vida está hecha de decisiones, tomándolas modificamos el curso de nuestras existencias. No decidir, en el fondo, también es una decisión, pero yo estoy determinado a aprovechar las oportunidades, todas y cada una. No, no quiero estudiar el acceso a la justicia de los pueblos indígenas, a pesar de ser un valioso conocimiento, estoy interesado en otros temas que considero más intrigantes y que me apasionan en una forma distinta; pero, si llegado el momento, tengo la oportunidad de involucrarme, no la desaprovecharé.

Todo el mundo busca destacar, sobresalir, ser más que los demás. No soy el único, no soy el mejor ni el más preparado. Pero todos tenemos derecho a esforzarnos, a intentarlo y, sobre todo, a hacernos ilusiones. Prefiero ser optimista, pero hay ocasiones en que no puedo mantener los pensamientos de ese tipo durante un periodo más o menos prolongado de tiempo.

11/1/09

Me cayó encima



1. De pronto, como por arte de magia, la cosa más importante que aprendí en mi vida dio un vuelco y, tímidamente, me cayó encima. Recordé las sesiones de terapia individual con la psicóloga del Centro, la vez que me dijo que yo usaba, como sistema de defensa, la racionalización, y que mi adicción a la mariguana era leve, y que el mayor peso que llevaba a cuestas era tratar de agradar a todo el mundo, tratar de complacerlos y de cumplir con sus expectativas. Justo eso. Tantas veces repidiéndote que lo único que buscaba era hacerte feliz, pero hasta este momento lo consideraba una cosa normal en el amor, qué es el amor si no hacer feliz a alguien. He llegado a un punto en el que el amor que siento por ti ha superado el amor que me tengo a mí mismo, y eso no sería ningún problema si tú lo apreciaras, o si el tiempo no hubiese transcurrido junto con la costumbre y la monotonía de los días juntos, de los días lejos, de los días iguales, cansados, de trabajar para vivir. No es culpa mía ni es culpa tuya, nada más así pasa, me he pasado la vida predicando que el amor no es un sentimiento hermoso sino la sublimación de todos los demás, incluyendo los feos, los malos o los que, nada más, no nos gustan. Y aun así, con una definición en apariencia tan concreta y certera, no vayas a pensar que sé cómo amar, quizá es algo que no se aprende porque no se puede, tal vez el amor es más como andar un camino, como manejar un coche, cada quien lo hace a su manera y del modo que mejor le acomode, entonces, es cuestión de intentar modos distintos, ensayo y error, la intención es lo que cuenta, pero cuentan más las acciones que motivan esas intenciones. Quiero decir que ya no voy a buscar complacerte en todo, no cuando contraríe mis propias motivaciones, mis gustos o mis apetencias coyunturales, no cuando tenga que pisotear mi amor propio para verte feliz. Y es que a veces, sólo a veces, me preocupa que no seas como yo sólo en una cosa: en que baste para hacerte feliz, verme feliz. Es cuestión de reciprocidad.

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"Porque yo adonde voy hablaré de tu amor como un sueño dorado..."

11/3/08

Virginio Urbina y el junkie del callejón



Salí del ciber al que solía ir por las noches, para no variar, deprimido y ofuscado por la soledad. Ante las expectativas de llegar a "casa" y no tener a nadie que me recibiera para preguntarme Cómo te fue o Qué hiciste, aminoré el paso y caminé mientras fumaba un cigarrillo. En la primera esquina, dos tipos me alcanzaron y me pidieron lumbre. Yo saqué el encendedor de mi mochila y se los di, sin dejar de caminar. Es extraño, que siempre he sido en exceso confiado con los desconocidos, y nunca me ha pasado nada malo. Coincidencias, o será el sereno. Ellos pudieron haberme asaltado (aunque se hubiesen llevado unos pocos centavos, pero la madriza quién me la iba a quitar), o al menos pedirme dinero, y a cambio de eso, uno de ellos, el más alto, me preguntó, ¿Fumas weed? Contesté que sí.

Eran un par de cholos típicos de la frontera, rapados, con sudaderas enormes, blancas con letras rojas, y pantalones amplios arrastrándoles sobre los tennis hinchados por el relleno de calcetines. Caminaban dando saltos, sin preocuparse por los coches que pasaban por la calle, sin voltear hacia atrás, a ver si no venía nadie. Por la acera de enfrente pasaron dos o tres personas, sin reparar en nosotros. El más alto me devolvió el encendedor y me pasó el toque. No lo pensé dos veces, y le di tres fumadas prolongadas y profundas. Sostuve el humo en los pulmones mientras cruzábamos la calle y después lo solté. Tosí un poco, estaba bastante buena. Fue curioso cómo me lo había pasado a mí antes de fumar él mismo. Cuando lo hizo, comenzó a toser con gran escándalo, inundando la calle. El otro, más bajo de estatura, se impacientó y le decía, Güey, cállate, mientras miraba hacia atrás. Supongo que se acordó que estábamos fumando a mitad de la calle, a las diez de la noche.

Me lo pasaron otras dos veces antes de llegar a casa. Íbamos platicando, no recuerdo sobre qué. Me dijo que si un día se me ofrecía algo, lo buscara. Siempre ando por aquí, me dijo, o pregunta por el Icker. Llegamos frente a la puerta mi casa y nos despedimos. Le di una última fumada y luego media vuelta. De pronto me acordé, Cómo te llamas, le grité. Walter, me dijo, y se fueron.

[...]

Era una noche como otras tantas en el callejón. Habíamos estado tranquilos, fumando de mi mota, supongo, y burlándonos del Cepillín o de otro de los borrachos que solían unírsenos, cuando llegó Walter (Cartón, le decían), y me saludó con efusividad. Estuvo un rato ahí, de pie, sin hablarle a nadie, tronándose los dedos y tallándose el rostro. Luego se puso de pie y empezó a caminar hacia el fondo del callejón, en dirección a mi casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie notó que nos fuimos.

Son buena onda, me dijo, pero ahorita no ando de humor, quiero unas pastas. Me confesó que le sorprendía que me trataran así, porque casi nunca le conseguían a la gente sin antes bajarle algo, y el Rulo, hasta ahorita, no te ha bajado, eso es lo que dan, pero cuídate. Mejor dime a mí, me decía, que él conseguía pero puros de a cien. Le dije, Pues es lo que casi siempre compro, Ah, pues ahí'stá, dijo, y de pronto se detuvo para enseñarme una plantita de mariguana que crecía en la grieta de una pared. Esos güeyes la plantaron, me dijo, riéndose, Se pasan de vergas.

Hablamos sobre las ventajas y desventajas de vivir solo. De las pastas. Le dije que nunca había probado. Pues ya es hora, me dijo, Compramos dos y te tomas la mitad, si no te gusta, yo me chingo la otra mitad, cuál es el pedo. Mi corazón se aceleró. Nunca había probado nada excepto mota. Una vez me habían ofrecido coca pero no quise. Y ahora, estaba frente a la posibilidad de probar pastas. Me emocioné, aunque sentí algo de miedo.

Llegamos a la casa donde vivía el fulano que vendía. Era la misma casa a la que ya habíamos ido antes, a tratar de comprar mota, y no había habido. Walter tocó el cancel con una llave. La luz de la ventana estaba prendida, pero nadie salió. Esperamos un rato. Nadie salió. Puta, no está, dijo, y empezó a caminar. Vamos al parque, ¿no?, me dijo, y yo accedí. Traes weed, me preguntó, y yo le dije que sí, que acababa de comprar. Uy, pues con eso la hacemos, expresó, triunfante, mientras nos dirigíamos con Pichardo, el de los hot dogs, a fumar en una pipa y a hacer desmadre toda la noche...

Y esa fue la última vez que lo vi, antes de irme de Tijuana.

[FIN]

22/1/08

[...]



No sé qué me empujó a ver tus fotos, todas. Curiosidad, supongo. Después de tantos años, de tanta gente, de tantas experiencias... Imaginar, o pensar, que queda algo de aquella jovencita tierna y encantadora que me cautivó, es absurdo. De verdad me cautivaste. Yo no sabía qué cosas iban a pasar después, no me estaba engañando ni te estaba engañando a ti, sólo estaba viviendo lo que en aquel momento quería vivir, es todo.

No sé si seas feliz. No puedo juzgar algo así por el tamaño de tu sonrisa. La verdad es que espero que sí. Y otra verdad es que me da una tristeza enorme que te hayas convertido en lo que eres. No te juzgo, no estoy diciendo que seas una mala persona, es nada más mi punto de vista. Quizá tu marido es feliz. A mí me da tristeza. ¿Por qué? Bueno, pues porque me preocupaba tu bienestar. Porque de entre todas las personas que han influido en lo que ahora soy, tú jugaste un papel fundamental. Enamorar a un chavito idealista, romántico, estúpido, obsesivo...

No te conocí. Nunca. Creí conocerte, pero me engañaba. Tu ternura me cubría los ojos con un velo que filtraba todo lo malo que había en ti y me otorgaba la imagen de una persona sublime, a la cual yo no merecía. Y me esforcé por ser mejor. Pero por ser mejor según mi concepción de la realidad. Ahora entiendo que no habría podido aguantar tu ritmo. Las fiestas, la banda, la socialización, todas esas cosas que me dan hueva y que tú no habrías cambiado por mí. Que bueno que me mandaste al carajo. Que bueno que por no enojar a tu novio ignorabas mis llamadas, y mis correos, y mi ser. Que bueno que hiciste como si yo hubiese desaparecido del mundo. Digo que bueno, y lo raro es que al mismo tiempo me da tristeza, porque yo siempre quise lo mejor para ti.

Ojalá seas muy feliz. Y ojalá que permanezcas en un bonito recuerdo, nada más.

18/6/07

Ha sido un año



No me puedo quejar. Ha sido un año duro y generoso al mismo tiempo. Ha sido un año de aventuras, de enfrentar temores mucho tiempo evadidos, algunos superados y otros vueltos a evadir. Han habido angustias, limitaciones, emergencias, en las que, de no ser por nuestros incondicionales salvadores (T., R., y nuestras familias), nos hubiésemos quebrado al inicio de la jornada. Gracias a ellos pudimos continuar luchando, haciendo un esfuerzo más cada día para mantenernos a flote.
Nuestro primer hogar fue la casa de la colonia Del Valle, dos días en cuarto propio, el resto, ocultos detrás de un sofá en la sala, debajo de la ventana, protegidos por la oscuridad. Fue divertido, mientras conocía otra ciudad, iba conociendo un nuevo tipo de amor, que al principio, incluso a estas alturas, me fue difícil aceptar, y veía como algo pasajero, algo difuso, volátil. Casi no nos conocíamos, además, el miedo a enfrentarme a la realidad suspendida en nuestro puerto natal me hacía frenarme. Lo primero que conocí fue Coyoacán, donde, mientras caminábamos por la placita, un vago se nos acercó y nos intentó vender un churro por cualquier moneda que trajéramos. Por obvias razones, me negué.
Conocí Teotihuacán, Xochimilco, el paseo de la Reforma, la Zona Rosa, y el Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano, que en aquellos días me pareció maravilloso. La Ciudad nos recibió con lluvias frecuentes y climas variados. Por las mañanas, cuando salíamos, el sol brillaba en todo su esplendor y por las tardes al regresar, nubarrones grises dejaban caer lluvias torrenciales sobre nosotros. Comprobé que los conductores de micros, la mayoría, sí manejaban como el diablo. Y así, mientras yo iba descubriendo un lugar fascinante por sus contrastes y sus exotismos, se iba fraguando dentro mío un deseo de que aquellas vacaciones, de que la pequeña aventura de antes del inicio de clases, no se terminara jamás, no tanto por la aventura en sí, más bien, por la compañía.
Lloré la noche anterior. Y esa es otra: ha sido un año de lágrimas, donde por fin la tubería por algún motivo se destapó y ahora soy libre para sentirme triste y llorar, si quiero, y si no quiero también, porque las abundantes lágrimas se han vuelto irreprimibles y yo me he vuelto un chillón. Le dije, de repente, y juro que no había planeado nada antes, Hay que quedarnos. Me miró con incredulidad, mientras sostenía mi cara húmeda con sus manos, y como no hubo respuesta de su parte, repetí, Hay que quedarnos. Imposible. No teníamos papeles, ni más dinero, ni dónde quedarnos, ni nada. Y volvimos, con el firme propósito de regresar a la capital en el menor tiempo posible.
Ya de vuelta en nuestro puerto, el amor explotó. De hecho aquella última noche en la casa de la Del Valle, me sostuve a su cuerpo con tal firmeza, que parecía que si me soltaba, me moriría. Fue difícil acostumbrarse otra vez a dormir en una cama para uno, tanto que mejor no nos esforzamos, y me iba a su casa, de clandestino, a recostarnos debajo del guayabo, o en su camita ruidosa y caliente, protegidos del calor con un raquítico ventilador. Fueron días buenos, los recuerdo con mucha nostalgia. Nos pasábamos el tiempo planeando, juntando dinero, reuniendo fondos que hubiera de otros lados, no nada más para los pasajes, sino para todo lo que necesitaríamos acá. En ocasiones me daba la impresión de que sería una labor imposible, pero la seguridad que me brindaba su amor me hacían permanecer firme, no retroceder ni un paso.
Las ideas revolucionarias, otro de los motivos por los que viajamos al Distrito Federal -para participar en la marcha multitudinaria de la Otra Campaña-, se han ido evaporando en el aire, no por la falta de convicción, pues estamos en sabotaje permanente al capitalismo -sin cocacola, sin macdonalds o burguer king, y sobre todo, sin televisa, ni televisión-, y siempre que nuestros recursos lo permiten, compramos el Machete, y nos informamos del desarrollo de la revolución. Pero, ay, si nos quedara algo de tiempo libre, si el dinero no fuera tan obligatorio, y si el trabajo diera más... Aunque confío que, llegado el momento, regresaremos al activismo social, eso ni dudarlo.
Ha sido un año de éxitos y fracasos, de gente nueva y de nuevos lugares, de pasar hambres y darnos pequeños lujos una que otra vez. Pero sobre todo, de forjar muchos planes, los cuales, después de este año, ya no los veo tan irrealizables. Y el siguiente año, ese pinta mejor: con escuela, más actividad, madrugar todos los días, más cansancio, más estrés, más aprendizaje, y con un poco de suerte, una o dos deudas menos, si nos aplicamos. Lo bueno es que no perdemos el rumbo. Y que el amor no se detiene, sigue, se mantiene, y no sólo eso, sino que crece, se expande, se afirma junto con nosotros.
A todos los que hicieron posible este año maravilloso, con sus ayudas directas o apoyos simbólicos, morales o monetarios, de todo corazón: Gracias. Y vamos por el siguiente.

(Dedicado a F.B.C., por el tiempo y el amor compartidos)

7/12/06

Nostalgia de neón vol. 3



Hace un año, me encontraba en Tijuana, con tres materias reprobadas y la conciencia abrumándome todos los días, por haber fallado, por no haber sido fuerte y por haberme dejado arrastrar por un camino que creí podría controlar, pero no, no pude. Y haciendo el balance del año que agoniza -pues nadie ve a diciembre como otro mes más, sino como el final, el último, el magistral verdugo que corta la cabeza de otro año poco a poco, con dolor, y, por supuesto, con nostalgia-, el balance es positivo. He ganado más de lo que he perdido. He aprendido más de lo que he olvidado. He amado más, mucho más, de lo que he odiado en toda mi vida. Eso, creo yo, puede considerarse una ganancia.
Jamás podré escapar a la nostalgia, mucho menos a la que invade el inconsciente colectivo durante la época navideña. Los medios y la publicidad te hacen recordar que en algún lugar, tienes una familia, que en algún tiempo, pasaste una navidad con ella, en medio de cenas y recalentados, de oraciones y ritos absurdos, de regalos esperados con ansias y abiertos con desilusión, porque no era lo que querías, sino la copia barata, pues la economía no andaba bien por esos días. Diecinueve navidades he pasado con mi familia. Esta será la primera que, por voluntad propia, estaré ausente.
Y es que a pesar de que la nostalgia me sigue a todos lados, como una sombra que me supera, he cambiado, he crecido, he madurado, dirían algunos. Tantos ires y venires, tantos golpes, raspones y caídas, tantos tropiezos cuando ya había encontrado, suponía, el ritmo de mis pasos y la dirección de mi camino, me han convertido en un hombre diferente al precario y soberbio adolescente que una vez fui, y que se resiste a morir dentro de mí, pero he aprendido a controlarlo. Y la nostalgia, que es parte de mí desde pequeño -se me ve en los ojos, dicen quienes me conocen y se atreven a decírmelo-, ha cambiado conmigo. Ya no es ese deseo desesperado por revivir a los fantasmas y reparar lo irreparable. Ya no es la sensación de haberse quedado estancado en una época y en un lugar al que estoy obligado a regresar para completarme con esa parte que dejé. Eso sería como si la serpiente, luego de haber mudado de piel, volviera sobre sus huellas a buscarla para vestirse con ella de nuevo, al final de sus días no podría ni arrastrarse por tantas capas que ha ido volviendo a poner en su lugar.
La gente cambia, eso siempre lo supe, pero jamás lo apliqué en mí. Yo me resistía, pretendía haber cambiado pero tarde o temprano regresaba a mi origen, como una espiral que gira sobre su propio eje, y no se expande, y no abarca el espacio disponible que hay para seguir creciendo, para ocuparlo todo, para mostrarse en todo su esplendor. Qué sería del viajero incansable si al menor indicio de melancolía, cansancio o frustración, volviera a su pueblo, a sus casas y a sus gentes, a recuperar energía: jamás llegaría lejos, y pudiendo haber recorrido un camino muy largo y haber llegado muy lejos con todo lo que avanzó, decidió retroceder y recorrer pequeños fragmentos de muchos caminos diferentes. Yo no quiero eso.
Porque siento que ya me he encontrado. Que poco a poco voy descubriendo lo que soy y lo que puedo hacer. Porque estoy confiando en mi suerte y mi suerte me está consintiendo, a veces más y a veces menos, pero nunca me falla. Porque la nostalgia ya no está compuesta de añoranza, sino de satisfacción. Estoy contento con lo que hice y dejé de hacer. Estoy a gusto con lo que fui y lo que quiero ser. Estoy tranquilo con quien abandoné y con quien ahora estoy. Porque lo que no hice ya no lo puedo ser, y lo que fui me ha hecho lo que soy, y a quien abandoné le di todas las bases para que pudiese seguir sin mí, le dejé un pedazo mío, y no pienso ir a quitárselo. Yo, también, voy recogiendo partes de otros, de gente a la que quiero y a la que no, y me voy armando con esas piezas, y tomo las que me sirven y las que no las hago a un lado, y sigo caminando.
Porque ahora, en este punto de mi vida, siento que ahora sí he encontrado mi camino. Ya no ando como loco buscando no sé qué, ahora avanzo y disfruto, camino alegre, tarareando, dando saltitos, por un sendero que elegí y que no quiero abandonar, aunque a veces se ponga feo, aunque a veces se ponga difícil, no dejo de disfrutarlo, quiero seguir hasta la punta, hasta que se me acabe la vida, a ver hasta dónde llego, sé que será lejos. Y es que los caminos, al igual que los amigos, que el mar y que los días, que los números y las estrellas, no tienen final.


["Yo que era un solitario bailando me quedé sin hablar mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar"]

2/1/06

Nostalgia de años nuevos

Nostalgia de años nuevas

no es como era antes. mi memoria nunca ha sido de fiar, pero mi padre es un gran aficionado a dejar registros de cuanta reunión familiar se atraviesa en vhs, así que, a lo largo de los años, he tenido la oportunidad de refrescar mis recuerdos por medio de los muchas veces embarazosos videos. y he visto en ellos que en años anteriores, las fiestas del día 31 de diciembre en casa de mi abuela eran mucho más fiestas.

he visto en esos videos, donde yo tengo 10, 11 ó 12 años, que mis tíos se pasan la noche bailando en la sala de la casa, que por única ocasión al año es acondicionada como pista de baile, en un estado de intoxicación etílica que no podría ser calificada como alarmante, sino más bien como divertida. por desgracia en aquellos tiempos yo no tenía edad para beber, así que me la pasaba echado en un sillón, al principio riéndome por las ocurrencias de aquella bola de borrachos, pero ya pasadas las tres de la mañana bostezando cada cinco segundos. mis primos y mis hermanos eran unos mocosos, después del abrazo tradicional a las 12 de la noche no pasaban más de 30 minutos antes de que todos estuvieran distribuidos en las camas de la casa, durmiendo como angelitos a pesar del escándalo de los mayores que muchas veces se prolongaba hasta el amanecer, y no había necesidad de dormir entre la cena del 31 y el desayuno del 1ro., que siempre es menudo. mis cinco tías bastaban para amenizar la fiesta, mi abuela se les sumaba, todavía joven y capaz de bailar la noche entera con una botella en la mano y otra en la cabeza. además, a lo largo de la velada, vecinos, parientes no tan cercanos, amigos y enemigos de la familia, acudían a pasar un rato en la casa, inyectando así nueva frescura a la celebración. todos se sentían jóvenes, con un enorme futuro por delante, pues el presente lucía como si jamás fuera a perder su brillo.

pero basta rememorar la velada de este año para darse cuenta de que el presente se ha venido opacando. se notó desde navidad: los niños, ya no tan niños, no recibieron tantos regalos como estaban acostumbrados. de los videojuegos, los tennis de marca, las sudaderas oficiales de las pumas, los muñecos y muñecas más solicitados, pasaron a recibir chanclas de un dólar (un par por cabeza) y playeras casi idénticas, una para cada uno, que se diferenciaban por el color. ¿los adultos? tuvimos suerte si logramos abrir un sólo regalo, que por lo general era de los papás o los respectivos(as) esposos (as).

volviendo a la fiesta de año nuevo, esta vez tuvimos que contar los tamales, y cooperar, tú traes las sodas, tú los frijoles, tú el ceviche, tú el pastel de atún, tú los desechables. las dos botellas de tequila ni siquiera se terminaron (a pesar de que contribuí lo mejor que pude a extinguirlas), porque después de tantas vidas destruidas en la familia por culpa del alcohol ya nadie bebe como solíamos hacerlo antes. cada quien cenó cuando le llegó el hambre, los relojes no fueron sincronizados e hicimos la cuenta regresiva dos veces porque no nos poníamos de acuerdo, y ni siquiera el reggaetón llamó a todos a la pista de baile, que esta vez terminó luciendo casi tan limpia que como al principio de la noche. los niños, que antes brincoteaban por toda la casa de las 9 a las 12, se encerraron en el cuarto de la tv para jugar mario kart y fifa street hasta las 4am, hora en la que los tres adultos que todavía quedaban en la casa se encontraban acostados en un sillón de la sala, dormitando y viendo bailar a mi prima de 7 años como toda una rockstar canciones de la cuca, caifanes y moderatto con belinda. mi abuela bailó cinco minutos con mi primo de 4 años, y le empezó a doler la rodilla.

en definitiva, ya nada es como antes. los años nos están llegando, la situación económica es cada vez más difícil ahora que los niños crecen y empiezan a ir a la secundaria, y eso no quiere decir que los primitos dejen de llegar: este año nacieron dos nuevas. además, los juguetes para grandes son más caros que los juguetes para chicos, los tennis, los balones originales, los discos de gamecube, y los niños grandes son cada vez más que los niños chicos. es difícil mantener a la familia reunida toda la noche, porque los que no están en otra ciudad tratando de vivir mejor, ya se han olvidado de nosotros o descubrieron que en otras casas se come mejor y se bebe más. y mi abuela pegó como cinco pirámides de monedas en la puerta para que el dinero nunca le falte a ninguno de sus hijos este año que comienza. con los años, los rencores se acumulan, el dinero rinde menos y el entusiasmo decae. las esperanzas son como castillos de naipes. la familia, antes joven, unida, llena de vida, se va desmoronando año tras año... de verdad que me da bastante tristeza.

"ojalá que llueva café en el campo..."

8/12/05

el torrente del tiempo

primer amor

hace unos días estaba recordando a una persona, a la que llamaremos "flor", por ser del género femenino y porque así le decía su abuelo en lugar de llamarla por su nombre. siempre mantuve un lindo recuerdo de ella, muy bien cuidado, repleto de melancolía y de frases cursis que me la recordaban. pero, cuando las frustraciones amorosas sobrepasaron los éxitos, mi primer amor se convirtió en mi primera obsesión. después adquirí las demás.

ambos abandonamos nuestro puerto natal al terminar la prepa. ella se fue a mexicali, yo a tijuana. ella tenía novio cuando se fue. yo... me cuesta admitirlo, pero yo todavía la quería, con un amor casi infantil, enfermizo, que no me cabía en el pecho y me hacía daño. la busqué. traté de encontrarla, de hablarle, de decirle una palabra más, de echarle un último vistazo, de pedirle que me regalara un último abrazo, un último beso, porque la despedida nunca me había quedado clara en la memoria. jamás nos despedimos. ella rechazó lo que le ofrecí, y yo la odié por no dejarme quererla como se merecía.

hoy se me ocurrió revisar su perfil en hi5, sólo por curiosidad. yo recordaba a una flor amable con la gente, simpática, con un sentido del humor tierno e infantil, que se preocupaba por los animales que se comía y por los pobres y por los necesitados. recordaba a una muchacha que era una amiga incondicional, la creía incapaz de olvidarse de sus amigos, mucho menos de su primer enamorado. pero encontré a una persona muy diferente. le gusta el reggaetón, los corridos y la banda. busca amigos, no le importa cómo sean, pero que les guste divertirse. se alacia el pelo, usa maquillaje y ropa "nice"... es decir: es, como les dicen acá, una trola. no me gusta juzgar a la gente por cómo se ve... pero me queda muy claro que la persona que yo amaba ya no existe. que esa mujer a quien quise entregarle el alma y me rechazó, ya no está en este mundo. el tiempo la ha aniquilado. y junto con ella murieron mis recuerdos lindos, y mis esperanzas ambiguas.

y así... la vida sigue.

"you say you would love me until you die... and as far as I know you're still alive"


25/10/05

el señor flores

increíble. es sólo... increíble. he estado demasiado ocupado los últimos días, las últimas semanas. de nuevo caí en la trampa del presente, pero ahora ya no me asfixia. sin embargo, con mi papá aquí, creo que todo tiene más sentido. no puedo explicarlo, pero así es.

recuerdo que lo vi, claro, en medio de algún receso, los primeros días de clases en la preparatoria sinaloense. lizbeth becerra ayudó a juntarnos, un día que se le acercó a aquel muchachito antisocial que entonces era, y me preguntó que si tenía novia. por qué, bueno, en ese momento no pensé nada, ni que se me estuviera insinuando ni que se estuviera burlando o algo, porque ella estaba muy presente en mi mente. sólo contesté que sí, y lizbeth, sorprendida, me llevó con sus amigos. ah, tenía que ser ella...

no recuerdo bien cómo estuvo. de seguro nadie presentó a nadie, y me fui acoplando poco a poco, como siempre. una extraña afinidad nos unió al señor alberto flores y a mí, que con el tiempo fue creciendo. sí, yo sabía que había sido amigo de isaac lizárraga toda la vida, y mi intención no era entrometerme, pero como dije, fueron las afinidades las que nos unieron. de pronto me encontré contándole mis penas de amor, él pidiéndome consejo, una noche, ambos, conversando en la parada del camión sobre nuestros respectivos problemas... podíamos hablar de cualquier cosa. yo sabía que de él jamás iba a recibir una palabra falsa pero que fuero lo que yo quería oír. siempre me decía lo que a él le parecía mejor, aunque fuera duro. como quien le da unas cachetadas a su amigo para que se calme. y el humor, hablábamos el mismo lenguaje, cierto sarcasmo suave y cruel al mismo tiempo... ah, qué tiempos aquellos. la noche de la despedida, apenas un semestre después de habernos conocido, fuimos a tocar al malecón, a la glorieta sánchez taboada. en la gorra que pusimos para el dinero reunimos lo suficiente como para comprarnos cada quien un vasito de elote con crema y queso. le dije, que le deseaba suerte, que por acá se le iba a extrañar. vaya que sí. lo he vuelto a ver dos veces. la primera, no pasamos muchos días juntos, pero los disfrutamos. la segunda, en una parranda como pocas en el callejón donde vivía, era año nuevo, me fui hasta que amanecía. y ahora existía la posibilidad de reunirnos de nuevo en diciembre, pero ya empiezo a preocuparme.

cuando recordé dónde había pegado el huracán (mi mente ya no funciona como antes... maldita sea), me preocupé por mi amigo. y qué si le pasó algo, estará bien, tengo que llamarlo. pero no lo he hecho. dice karla que no entran llamadas. de todas maneras lo intentaré. tengo que preguntarle si de nuevo pasaremos año nuevo en el callejón, con la hielera llena y los recuerdos a flor de piel. sólo espero, de verdad espero, que al señor flores le esté yendo bien.

y me gustaría estar presente en el cumpleaños de mi hermano. ya van dos seguidos que me pierdo, y no creo que sea justo. en fin. así es la vida.

"mi vida... no me hagas sufrir más..."

11/9/05

es un domingo más (doctor jeckill sucks!)

una vez escuché esta canción al grupo donde mi compañero de escuela, el señor pez, toca desde por allá por abril. y me gustó el título. un domingo más.

bien, lo que se dice bien, no he comido. he leído hasta el cansancio, y cuando me di una vuelta por el barrio para ver a quién veía, no vi a nadie. y es que pasar el largo y tormentoso domingo con alguien no es igual que pasarla solo. con alguien aunque sea puedes decir estupideces. si te las dices a ti mismo, ni gracia te dan.

de repente recuerdos. una conversación que no me inmiscuía pero que aún así decidí revivir, un correo que me invita a una reunión de la secundaria a la cual no podré asistir por vivir en una ciudad diferente, un característico brillo del sol en la tarde que me transporta a mi puerto natal con la mente, sólo con la mente. malas amistades, así las llamarían las abuelitas conservadoras, esas que me han llamado el lic, será porque soy el único que estudia, será por alguna otra idiotez, el caso es que me han bautizado, me han unido a su club, algo que no había sido común en mí desde tiempos inmemoriales, que alguien me haga parte de su grupo es insólito, inaudito. pero malas amistades, lo que se dicen malas amistades, no lo son. no me obligan a hacer nada que no quiera hacer, me cuidan, me dicen cuídate de ese, al menos ya sé lo que me espera. no debo darle tanta importancia. de su amistad, por usar una palabra cualquiera, no dependo yo ni ningún aspecto de mi vida. es todo como que me pusieron el lic, y me reconocen en la calle, y me dicen ahí la vemos lic. patético. entusiasmado por un apodo.

no puedo quejarme de la primera semana de clases. estuvo hasta cierto punto bien, y ahora vamos a ver qué nos depara la segunda. na'h... los fantasmas no resucitan del todo. son como zombies asquerosos que se pasean desorientados, tratando de ser lo que una vez fueron pero ya jamás serán... lo que cuenta es lo que existe, lo que está vivo, lo que es tangible y presente. lo demás no hay que tomarlo en cuenta. lo demás está de más.

3/9/05

La despedida (#5)

La despedida

primera: la preparatoria era una tortura para mí. tenía que llevar zapatos limpios, camisa fajada, pelo corto, cinto negro, no había modo de pinteársela ni de hacer nada divertido. la libertad era un término que la directora no conocía en lo absoluto. así que, bajo el pretexto de que sería mucho más fácil entrar a la u. de g. si terminaba mis estudios en guadalajara, convencí a mi padre de que lo mejor era mudarme, yo solo, a aquella ciudad al entrar al cuarto semestre. hablé con toda la familia y conseguí alojamiento en la casa de la hermana de mi abuelo. todos fueron a despedirme, entre llantos y abrazos y consejos y miradas de añoranza prematura. lo que más me dolió: el llanto de mis hermanos. pero me sentía capaz, grande, fuerte. sentía que lo que estaba haciendo era necesario. me equivoqué. poco tiempo después, decidí que aún no estaba listo para abandonar a mi familia, y regresé a mi casa, derrotado, humillado, sabiendo que aún me faltaba mucho por madurar, que un jovencito de 16 años que siempre había dependido de sus padres no estaba listo para enfrentarse a la soledad.

segunda: 21 de julio de 2004. ya estaba todo listo. lo había decidido casi por una coincidencia, al encontrar entre mis libretas viejas un folleto de la universidad de tijuana con el plan de estudios de la carrera "comunicación y publicidad", un folleto olvidado que me habían dado en las vacaciones pasadas a aquella ciudad fronteriza. bastó echarle una ojeada para descubrir que eso quería estudiar, no ingeniería en sonido en la u. de g., y cambiar todos mis planes. mis tíos herrera habían aceptado recibirme en su casa, mi papá me había prometido que él se iría dentro de unos meses, mi madre lo había aceptado con serias dificultades, mis hermanos se habían resignado. otra vez, su llanto fue lo que más me dolió. su desolación, su desconsuelo. mi mamá me confesó en una carta que intuía que yo haría mi vida en tijuana, y que duraría mucho tiempo allá... y el instinto maternal casi nunca se equivoca. yo lloraba, lloraba sin pena, pegado a la ventana del autobús, y en silencio... sólo dejaba correr las lágrimas, frías y ásperas, mientras veía a ese numeroso grupo de personas reunidas ahí, abrazándose, llorando por despedir al primer sobrino, al primer nieto, al primer hijo.

tercera: en verdad terminé mal con mis tíos, pero si quería volver, sólo podía ser con ellos. sentía pena con mi familia, las noticias de lo que había hecho con mi vida eran despiadadas, tremendas, y mi reputación estaba pisoteada. pero eso me importaba poco. yo necesitaba continuar, tenía que continuar, y mi papá, el hombre al que más admiro, me apoyaba, confiaba en mí. él confiaba en mí, eso era lo más importante. por eso regresaba. tenía que demostrarme a mí mismo que podía seguir, hasta el final, pasara lo que pasara. menos gente fue a despedirme. había perdido credibilidad, respeto, y ahora no lloraban. sólo mis hermanos, un llanto seco, reprimido, que me llenaba de remordimiento. me fui a comienzos de enero. una semana después, regresaba: yo no era capaz de continuar así. no podía.

cuarta: mi papá confiaba en mí. si no, no me habría mandado otra vez a tijuana, esta vez a vivir solo. mi mamá no fue a la central. me partió el alma verla allí, en la sala, llorando con mi foto, y nos enlazamos en un eterno abrazo hasta que yo sentí los ojos húmedos. de los demás, sólo fue mi abuelo, mi papá y mis hermanos. nadie más. el comité de despedida se había reducido exponencialmente, creían que era un capricho mío, cómo, teniendo a mis tíos, me iba a vivir solo, vaya ingratitud, es un berrinche... pero yo sabía que sólo así podría demostrarme de lo que era capaz. manejar mi libertad, demostrar que puedo lidiar con ella, que puedo sobrevivir solo, con el apoyo de mi padre... otra vez los ojos rojos de mi hermano, y el abrazo cálido de mi hermana, me decían que esta lucha valía la pena. por ellos, valía la pena.

quinta: es dentro de unas horas. lo peor es que sé que no será la última.

6/8/05

del hambre y el desconsuelo

leo. leo sin descanso, hasta que me harto, entonces escribo, hasta que se me acaba la inspiración, y luego me quedo acostado, mirando el techo, pensando que debo comer algo, sin saber qué. no tengo ganas de salir de casa, algo ha pasado que me ha tumbado en la cama como un pobre ciego convaleciente, escucho a los vecinos que entran y salen, discuten deudas, comentan planes, yo no participo, si llego a salir de mi cuarto para buscar algún bocadillo en el refrigerador, no los miro, ni les hablo, apenas los saludo, les digo qué hubo, qué cuentas, pero en realidad no me interesa lo que esos tipos cuentan. vuelvo a mi jaula, leo un poco más, escribo un poco más, escucho las canciones mil veces repetidas en la radio, no tengo humor de ninguno de mis discos, me los sé ya de memoria, igual los libros, sólo espero, que suene el teléfono, que pase algo, que pase cualquier cosa y me saque de debajo de la tierra. pero no pasa nada.
salgo y miro la calle. el sol no calienta, lo que calienta son las calles, los edificios, el aire. ando como un perro callejero, oliendo aquí y allá las vapores que salen de las casas donde viven familias, se reúnen ya al comedor para ingerir los sagrados alimentos, la madre sirve los platos, la hija pone la mesa, el hijo y el papá se sientan sin remordimientos, y comen, como familia. yo los imagino con envidia, desde hace meses que como solo, que sólo escucho mi quijada masticando y nadie me pregunta Me quedó rico, te gustó, no está muy caliente, nada de eso, si está malo no puedo reclamar, si me gustó o no, es cosa que no interesa, basta con que calme el hambre, si está caliente no hay remedio más que esperar a que se enfríe, es ahí cuando sale el problema, cuando ya está frío y es imposible calentarlo.
nadie me reconoce. camino por la calle y soy como un fantasma, con un ente errante que vaga desconsolado, que no sabe de dónde viene ni a dónde irá a parar. la gente me ve, algunos piensan Qué le pasa a este jovenzuelo, lleno de aretes y todo greñudo, Queremos rock, dicen los albañiles cuando les paso por enfrente, burlándose de mí. que se burlen, que piensen lo que quieran, me importa poco, en parte porque tienen razón, a mí qué. no sé qué comer, no hay nadie que me oriente, que me diga Qué se te antoja, yo te lo preparo, Unas enchiladas, diría yo, unas suculentas enchiladas de pollo, no habrá gloria más grande este día que llenar mi estómago vacío con un platillo casero, ya basta de hamburguesas y de tortas, basta de tacos y de pizzas, estoy harto de comida chatarra, quiero algo que sepa a hogar, a familia, a recuerdo.
no es culpa de nadie. yo decidí esto, ahora no sé si lo quiero, pero no hay otra forma de saberlo más que llegar al final, entonces sabré si tanto sacrificio valió la pena. cualquiera podría pensar, Eso no es ningún sacrificio, tendrás oportunidades, tienes una libertad que muchos desearían, tienes un futuro prominente, una vida ideal, no sé de qué tanto te quejas, pero yo no me quejo, no estoy diciendo que ya no quiero esto, si no que no lo aguanto, y es bien sabido que el ser humano tiene esa capacidad masoquista de acostumbrarse a lo que no aguanta, si no cómo se explican todas esas parejas que evaden el divorcio por el miedo, no hay otra respuesta, es el miedo. si no estoy aquí, si no hago esto, dónde estaré, qué haré, no tengo otro camino, este es el único que me atrae, a pesar de que no lo soporte. entro en el local, saludó a don enrique, creo que ese es su nombre, buenas tardes, está disponible la nueve, me dice, ya ni me saluda, se ha acostumbrado a mi presencia, a que venga por aquí, a veces más tarde, a veces más temprano, ya soy su cliente habitual. avanzó hasta el fondo del local, me siento en la silla negra y, tras esperar los inevitables retrasos del explorador, comienzo a escribir. el hambre disminuyó, la compañía de todos estos desconocidos a mi alrededor la ahuyenta. nadie me habla, nadie me conoce. soy como un fantasma. un fantasma hambriento.

Gira y da vueltas y rueda girando... Gira y da vueltas, y rueda, y rueda...

31/7/05

mala memoria

ya no es lo mismo recordar qué se siente el viento en la cara durante un atardecer mazatleco en la playa escondida. no es igual caminar por las calles de tijuana, porque ya no ando como desorientado, admirándome de tanta gente que hay, y el asombro que sentía al ver los aviones tan bajos en el cielo ya no es el mismo. ya cruzo las calles como si nada por las líneas amarillas, acostumbrado a que los coches se detengan por obligación, sin andar esquivándolos como en otros lugares. tampoco es lo mismo pasar el día entero en casa, sin nadie que venga a buscarme para hacer algo, si nadie necesita de mí, yo tampoco necesito de nadie, y he llegado a disfrutar el aislamiento, el encierro, mediante sabores con los que ya me familiaricé.
a veces olvido que me sigue mi sombra, y que la tierra es la que se mueve, y no el sol. a veces olvido que mis intestinos gruñen de hambre, y que por mis venas corre sin descanso la sangre, y que mis neuronas se resisten a morir. a veces olvido que mis ojos captan la luz y la transforman en formas y colores, a veces olvido que traigo perforada la lengua y que mi pelo crece a diario. a veces olvido que traigo las llaves en el bolsillo, y que en todas las cabezas hay pensamientos, no sólo en la mía. a veces, sólo a veces, olvido que ella tal vez esté pensando en mí en este instante, como yo, y a veces olvido que tengo familia lejos, esperándome en dos semanas más. a veces olvido que para el 19 de agosto es probable que me esté montando en un autobús con rumbo a mi lugar de nacimiento, y que volveré a ver a mi familia, a mis amigos, a las calles en las que crecí. a veces olvido que todavía me falta un largo trecho por recorrer, y que nadie vendrá a ayudarme cuando vuelva a caerme al agujero... y a veces me pregunto si, una vez adentro, seré capaz de salir por mis propios medios...
a veces olvido que fácil me olvidan. a veces, que estoy solo entre tanta oscuridad. a veces olvido que mis oídos oyen, y que las narices de los demás también huelen. a veces olvido que no hay nadie para escucharme, y dejo escapar algunas palabras que se pierden en el aire. a veces olvido que nadie me recuerda, y me siento bien, porque el engaño siempre trae una satisfacción primaria. a veces olvido tantas cosas... excepto a ti. tú siempre estás aquí, y siempre estarás.

(dedicado a mis amigos, en especial a G.G. y a Paloma)

15/7/05

esperando la última ola...

al fin ha pasado todo. entre planes echados a perder y tareas entregadas (y por ende, estrés liberado), ayer tuve que medio soportar el escándalo de los vecinos borrachos, mientras sentía que ella se me escapaba de entre las manos. y es que ya la sentía tan cerca, ya podía oler su cuello y sentir su mirada, y saborear sus besos. y resulta que el concierto que sería el pretexto para viajar a mexicali se cancela, y yo me quedo flotando en el aire, con los planes arruinados y la perspectiva de otro fin de semana aburrido.
ya todos se han ido de vacaciones, y no me quedan más amigos. los que más quiero ver están muy lejos, los que están aquí... pues, nada más no. los que todavía no llegan, ya llegarán, y los que están en trámites, llevan las de perder. mi cuaderno de cuentos ha sido invadido por poemas malos que no me atrevo a publicar, mi cuarto está sofocado y caliente... pasó una semana más, tan lenta y tan rápida a la vez. y nada... que todo parece tan lejano. el día de ayer parece tan distante, y qué decir de la semana pasada. y siguiendo con este patrón, quedaron muy atrás los gloriosos años de prepa, cuando yo era un joven cantante y actor muy popular entre los profesores, que ya me requerían para tal o cual obra, que para una tocada o para una pastorela, o para escribir un ensayo o qué sé yo.
quedaron muy atrás los tiempos en los que me tenía que levantar cada mañana, ponerme los zapatos, el pantalón negro y la playera blanca y subirme en un villa galaxia con dirección al centro histórico, esperar a que llegara el teniente y abriera la puerta del colegio, entrar y esperar al profesor o profesora, tomar las clases correspondientes, salir al receso a comprarle una torta a conchita o una pizza de champiñones, tomar más clases, salir de la escuela y caminar hasta el mercado pino suárez a tomar el camión de regreso a casa... qué lejos han quedado aquellos tiempos. lo peor es que nunca jamás regresarán.
por estos días el mundo se ve como si fuera un mundo vacío, solitario, como si todas las personas estuvieran deprimidas como yo. insisto en que mi viad se rige por los ciclos lunares, y cuando el cuarto creciente se empieza a transformar en luna llena, mi estrella comienza a opacarse. aah... pero qué cosas digo. tanto tiempo libre, y nada qué hacer... me gustaría... verla. verlas. pero más a ella, porque, pues... ella es importante. lo más importante... en fin. ninguna experiencia sobrenatural hasta el momento... qué vida aburrida, ¿no? jajaja...
ya.

18/4/05

nublado

soñaba con oficinas. conmigo de traje. con teléfonos sonando. con secretaras imprudentes... cuando me despierta la tenue luz blanca de una mañana poco común, una mañana nublada. no es que tenga algo en contra de las nubes, pero tantas malas experiencias -y otras tantas buenas- en días como este me han vuelto algo paranoico. tal vez sea percepción mía o tal vez un desconocido fenómeno psicológico, el hecho de que dos segundos después de mi salida del abismo onírico, mi hermano menor me hace la petición de todas las mañanas:

-¿me llevas?

Para qué negar que me enfada al despertarme así, sin aviso previo, con su cara en mi oído murmurando que me levante, pero no hay otra forma de hacerlo. Me niego unos instantes, fingiéndome hundido todavía en un lago de inconsciencia, le digo que no, que sigo dormido, y él argumenta que prefiere que yo lo lleve a que mi madre lo haga.

-ella se quiere ir bien tarde.

y a mi hermano le encanta llegar a su aula antes que nadie. sigo con mi jueguito de hacerme el difícil por unos minutos, aunque sé que es infantil, que me he de ver ridículo torturando a un pobre niño, lo hago para formar parte una vez más de un mundo que sólo existe entre nosotros, un mundo privado, con un lenguaje que nada más él y yo entendemos, porque dentro de unos pocos días, la distancia destruirá este paradisiaco y aislado universo, y dentro de algunos años, cuando la edad desplace a la inocencia de mi hermano, se convertirá en un vacío exponencial, imposible de evocar.

ahora que ese infeliz momento de amnesia que se mantiene unos instantes después de abrir los ojos se ha esfumado, ahora que sé lo que está a punto de pasar gracias a mí y a mi egoísmo, salto de la cama, tratando de parecer enojado, y hago que mi hermano guarde un riguroso silencio, sólo para torturarlo un poco más. al llegar a la escuela, le hago saber, a nuestra manera, lo mucho que lo quiero y lo mucho que me hará falta cuando no estemos juntos, bromeando con él y preguntándole con voz infantil:

-¿qué me vas a traer?

él lo piensa un poco, y, sonriente, sentencia:

-¡nada!

yo lo veo entrar en la escuela, y cuando desaparece entre los salones de clases, regreso a casa.


uno de los dibujos de mi hermano:

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"hamtaro matón"

14/4/05

haciendo memoria #1

-¿viste?
-¿qué?
-¿no viste?
-dime qué...
-no sé... como una luz roja que salió.
-sí... pero no estaba segura.
sonreímos. nuestras manos se quedan así, juntas, pero con un hueco en el medio, para ver si otra luz roja vuelve a brotar. pero no saldrán más luces de allí. me despido de ella en la esquina, con un beso tímido, y camino hacia mi casa.
(...)
no puedo dormir. me recuesto en su hombro y ella me baja y me refugia en sus brazos como a un bebé. pasa un rato, ella me habla, para ver si estoy dormido, pero yo no respondo, para ver qué hace. acerca sus labios a los míos y me besa apenas. hacía tantos que no sentía los labios de nadie, que no hago nada para detenerla, a pesar de que no sentía nada por ella. pero empezaba a sentir algo, de eso no hay duda.
(...)
entro a la central cargando dos maletas, una mochila, mi morral y mi guitarra. mi tío, josé herrera, toma la maleta más pequeña, y me pregunta que cómo me fue. yo le digo que bien. apenas hablamos durante el camino. la cena de bienvenida fue muy fría y silenciosa. "me dijeron que no comías carne", dice mi tía, así que hizo, pues no sé, tal vez sopa. duermo en un colchón duro en la sala, y procuro no pensar en nada, no acordarme de lo que estoy haciendo, nada más despertar en la mañana y continuar igual.
(...)
-¿bueno?
-¿sí?
-¿tío? soy yo.
-ah... ¿qué pasó?
-em... nada. le hablaba para decirle que voy a ir a una fiesta ahorita.
-...bueno. ¿a qué hora llegas?
-pues... mañana.
-...ah. ¿ya lo pensaste bien? ¿te acuerdas en lo que habíamos quedado?
-sí. ya sé.
-bueno. adiós. que te diviertas.
(...)
está nublado. me fumo un cigarro a las puertas de la biblioteca. veo a alexandra tamayo bajar con su novio chuy, y no le hablo. mejor. que nadie me vea. así no tendré que dar explicaciones. pero alguien, tal vez liliana, tal vez taíz, qué sé yo, me descubren y luego me veo rodeado por mis únicos amigos de tijuana.
-¿qué pasó? ¿por qué no habías venido?
-es que estaba enfermo, y con estas lluvias...
-ah, sí... huevón... ¿y ya te inscribiste?
-em... no. no me voy a inscribir.
no sabía que sería un error. un problema más de no medir las consecuencias. y pensar que todo comenzó en un concierto de café tacuba, cuando mis tíos me preguntaron "¿y de ahí adónde fueron?", "a ningún lado... se acabó hasta las dos", y la avalancha de mentiras se desbordó.