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1/9/09

Hay días así



[Para Tony, por la injusticia de su vida truncada]

No quiere abrir la puerta. El aire fresco del interior del coche es, con seguridad, mucho más acogedor que los casi cuarenta grados que lo esperan en la calle. Son casi las doce y el calor apenas empieza a mostrarse tal cual es, sin la menor consideración por los nobles habitantes del puerto. Mejor me voy, piensa, a tomar un refresco al sanborn's, al cabo no tengo citas hoy. Una sonrisa le llena la cara. Busca su celular, marca un número, es el primero que se ha aprendido de memoria. Aguarda. Hola, soy yo, cómo estás, vamos al sanborn's, sí, sí, estoy aquí, pero no quiero abrir hoy, no tengo citas, y pensaba, ah, sí, no me acordaba, a qué hora sales, bueno, te espero, paso por ti... te amo, adiós. Cuelga y suspira. Hacía mucho que no estaba enamorado, y a pesar de que sus súbitos planes se han frustrado, o más bien, desplazado hacia horas más lejanas, se siente feliz. Ni hablar. Toma las llaves, se pone sus lentes oscuros y de un salto sale al cruel mundo exterior. Pone la alarma mientras se aleja de su camioneta nueva, la verdad le ha ido bien en el trabajo, no puede quejarse. Sin sospecharlo, a unos pocos metros de ahí, dos hombres y una mujer lo observan sigilosos enfilarse hacia el local.

Lo primero que hace, como cualquiera lo haría, es prender el aire acondicionado. Cierra con llave por dentro, es hora que la cerradura no sirve. Se deshace de sus lentes, de su mochila y de las llaves. Enciende la computadora, verifica el teléfono. El silencio de aquí dentro le causa algo de tristeza. Hay días así. En que nadie asoma las narices ni para saludar, en que se pasa todo el día solo, con la única conversación de sus clientas. Quizá otra vez contrate un asistente, sólo para tener a alguien con quién conversar en estos días. Lo que de veras pesa no es la soledad, sino la sensación de que está envejeciendo. Que sus amigos jóvenes no quieren más estar con él, que sus amigos viejos han empezado a hacer amigos jóvenes, o se han ido de la ciudad, o simplemente, lo han olvidado. Este tiempo, inclemente, irremediable, que parece derretirse como todo lo demás, se vuelve viscoso, insoportable. Se sienta frente a la computadora, y busca las fotos de su viaje a Europa. Aquello sí era mundo, carajo. Mira esos paisajes, esos árboles, esas nubes, esa gente. No hay comparación, y nunca la habrá, siempre se ha preguntado por qué dios, si es que existe, lo hizo nacer en un pueblo insignificante que nunca llegará a su nivel. Ahora ya ha pasado su tiempo. No le queda más que resignarse.

En el mensajero virtual, los de siempre lo saludan medio distraídos. Estarán viendo pornografía o bajando videos de sus bandas favoritas, como nacos que son. Les responde también distraído. Sí, se me hizo tarde, es que no tengo citas, hay días así, no, no me aburro, tengo mucho qué hacer. Suena el teléfono. Mira el reloj. Doce veintisiete. Aún faltan cinco horas para el que será el mejor momento de este día. Alza la bocina, es una mujer, preguntando si hoy tiene libre, Seguro, a la hora que quieras, sí, a las tres, o si quieres llegar antes no hay problema, muy bien, chao. Se asoma por la puerta de vidrio que da a la calle desierta, sólo para ver el cielo brillante y el asfalto caliente. Se recuesta en el sofá del fondo. Y piensa en el amor. En lo que se pudo haber perdido si no le hubiese dado otra oportunidad, en lo mucho que puede cambiar una persona enamorada, y pasar de ser un borracho, flojo y vago, a un hombre de bien, ya con tres meses de ayudante de cocinero, no será el mejor trabajo pero es algo honesto, así hay que empezar, desde cero, sobre todo si antes no había llegado a ningún lado, le da gusto, que lo haya hecho por sí mismo, y se alegra de ser el motor de una transformación tal, ser la inspiración de alguien, compartir sueños, recuerdos, sensaciones...

Se despierta de golpe, ante los insistentes golpes a la puerta de vidrio de la calle. Mira el reloj. Dos cuarenta y dos. Vaya, se ha quedado dormido. Vuelven a tocar. Se levanta, se peina el cabello, se estira, se acomoda la camisa. Tocan de nuevo. Ya voy, ya voy. Al otro lado de la puerta de vidrio, hay una mujer y dos hombres. Debe ser la clienta que habló hace rato. Abre la puerta. Hola, buenas tardes, pasen, pasen que afuera hace mucho calor. Luego que pasan, vuelve a cerrar. Y bueno, qué vas a querer, le dice a la mujer, pero al observar a sus presuntos clientes, se da cuenta que no parecen estar dispuestos a cortarse el cabello. La mujer se ve pálida, sudorosa, y los hombres miran a la calle, nerviosos, uno no tiene ni veinte años, otro ya debe tener unos treinta. El más joven, sin duda, es bastante apuesto. Quizá se han incomodado por las fotografías de los modelos desnudos en las paredes. Bueno, qué esperaban. Mija, qué te hago, insiste Tony. No venimos a eso, le dice ella. Uno de los hombres, el mayor, saca una navaja para afeitar y se la muestra. El dinero, cabrón, dónde lo tienes.

Levanta las manos, para evidenciase indefenso. Cálmense, se los voy a dar. Pasa entre ellos despacio, pero el que trae el arma lo apresura. Ándale, culero, no tenemos todo el día. Tembloroso, Tony les da la espalda y busca el tubo de cartón donde esconde el fondo. Recuerda que lo acaba de depositar en el banco hace tres días, por lo que ahora no hay mucho. Seiscientos pesos, nada más. Es todo lo que tengo aquí, les dice, mientras les entrega los billetes. No mames, cabrón, nada más, le dice el más joven, enojado. La mujer mira hacia afuera, pero a esta hora, la calle está más sola que nunca. Creo que en mi cartera tengo más, les dice, y una vez más, pasa entre ellos, cruza el salón hacia la parte de atrás, busca su mochila junto a la computadora. Sólo trae doscientos, y sus tarjetas de crédito. Tomen, tomen, es todo lo que tengo. Vale madre, dice el más joven, ya güey, vámonos, vámonos. La mujer está dispuesta a irse cuanto antes. Tony sigue con las manos alzadas. Pero el hombre de la navaja, furioso, se acerca a él y lo toma del cuello, por atrás. No, no, por favor, le dice Tony. Las llaves de tu camioneta, pinche puto, dámelas. Tony obedece. Es todo lo que tengo, por favor, es todo. La mujer ya ha abierto la puerta y sale del local, apurada. El de veinte años también, y le dice, Ya, güey, vámonos. Tony cierra los ojos, el hombre no lo suelta, respira agitado, le aprieta el cuello con una mano y con la otra sostiene la navaja cerca de su oreja. No sabe si por los nervios o el terror, Tony cree sentir en el muslo la erección de su captor. Él se da cuenta, le dice, Pinche puto, y le corta el cuello. Tony cae al suelo, desangrándose, y a los pocos minutos, muere sin remedio.

(FIN)

21/2/08

Un simple y sencillo homicidio (3 de 3)



Cerca de las dos de la mañana, sus pensamientos empezaron a divagar. Estaba claro que no le iba a alcanzar la noche para descubrir todas las maravillas de aquel divino aparato, y también que el cuerpo de Carla seguía tendido en el suelo de la cocina. Si mañana venía Porfirio a ver el partido, tendrían que guardar las cervezas en la cocina. Sería difícil deshacerse de su entrometido vecino, sobre todo si se trataba de admirar un televisor de la nueva generación. Así pues, era necesario desaparecer el cuerpo. En este punto se le presentaban algunas dificultades en las cuales tenía que detenerse a pensar, así que apagó la tele.

Primero, ¿cómo sacar el cuerpo, sin que alguien note que es un cuerpo? Por las noches, el edificio entero duerme. Por temor a los delincuentes, por más ruido que escuchen en las escaleras nadie asoma las narices. Podía entonces meter el cuerpo en la caja de la tele, y empujarla hacia abajo por las escaleras. Pensarlo fue fácil, pero hacerlo no tanto. La caja era muy ancha. El cuerpo se había puesto tieso. Sus maldiciones y gritos hacían más ruido que la caja rodando por las escaleras, sin embargo, nadie asomó las narices, tal como lo había predicho.

Segundo, ¿dónde enterrarlo? Por fortuna su padre le había heredado su pick-up, así que podía transportar el cuerpo hacia cualquier lugar. Había un lote valdío a unas cuadras de ahí, rodeado por moteles adonde la policía no se acercaba porque sus dueños pagaban cuotas importantes. Subió entonces a su departamento, cogió el pico y la pala y se fue al lote valdío.

Calculó las medidas de la caja y comenzó a golpear la tierra con el pico. No pensaba en nada, ni siquiera estaba preocupado por que lo sorprendiera el amanecer. Sabía que eso, nada más, no era posible. Confiaba en su buena suerte. No temía en un castigo divino porque, a diferencia de lo que había intentado su mujer, no creía en Dios, así que ninguna fuerza superior lo castigaría. Estaba pensando en lo absurdo que sería que una patrulla pasara por ahí, justo a esa hora, lo descubrieran, lo llevaran preso y lo enjuiciaran. Ese sería el procedimiento si creyera en Dios. O en su defecto, nadie lo sorprendería, pero él se iría a casa con el remordimiento taladrándole los oídos, cada vez que encendiera la tele se acordaría de su crimen, y a los pocos días no podría más y se iría a entregar a la policía. Aquello tampoco pasaría, porque sabía que le había hecho un favor a su mujer. Tan desdichada, siempre con la intención de matarse sin tener nunca el valor de hacerlo, pobre, lo mal que ha de haber estado. Además, ahora podía casarse con Ceci, quien se había puesto muy triste cuando se casó, y hacerla feliz. Había complacido, así, a dos mujeres con un simple y sencillo homicidio.

Regresó a casa, se bañó, y durmió unas horas. Porfirio lo despertó aporreando la puerta, temeroso de que Renato no le abriera. Se puso un pantalón, una camisa de resaque, y abrió. Órale vecino, ¿no durmió bien o qué? Renato se rió. Es que me desvelé viendo tele. ¡Y cómo no!, gritó Porfirio. ¿No está tu mujer?, volvió a interrogar. Y él contestó, nada más, No. Ah, que bien, entonces podemos ver el partido agusto, es que ya ves cómo se pone, Sí, ya sé, pero no te apures, hoy podremos ver el partido completito sin nadie que nos interrumpa.

Porfirio dio un alarido de felicidad, y tuvo el honor de encender el televisor.

[FIN]

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[Primera parte]

[Segunda parte]

15/2/08

Un simple y sencillo homicidio (2 de 3)



A veces Renato se pregunta si su mujer de verdad le cree cuando le dice que se pasa todo el día trabajando. Y es que, si así fuera, tendría que ganar el doble, mínimo. ¿O a qué hora ella piensa que se va a la cantina, con sus amigos, a tomarse unas copitas mientras le pellizcan las nalgas a las meseras? ¿A qué hora cree que se encuentra con Ceci, la niña de quince años que está enamoradísima de un patán como él, y que sigue muy dolida porque se casó con Carla y no con ella? Su mujer lo sabe, una persona no puede ser tan pendeja, y aún así, cuando Renato llega a su casa, y finge estar cansado, ella le sirve la cena, le pregunta cómo le fue, le abre una cerveza, y luego se tira a sus pies a llorar desconsolada, mientras él le da unas patadas para que se calme. Comienza a hartarlo, pero bueno, nada más que quede embarazada, y se larga con Ceci, que está más buena y es más cachonda.

Hoy, sin embargo, es un día especial, por eso llega temprano. Ni siquiera espera el elevador: sube corriendo las escaleras, deja el maletín en el rellano, aporrea la puerta hasta que Carla abre, le cierra el paso con una cara de indignación asombrosa, pero Renato la empuja y pregunta, ¿Ya llegó? Llegó, claro que llegó, ha elegido la tienda que la entrega al siguiente día o te hace descuento. Carla firmó de recibido. Dos hombres tardaron casi una hora en subir la enorme televisión hasta el cuarto piso, donde tienen su departamento, por las estrechas escaleras. En el todavía más estrecho elevador, la inmensa caja ni siquiera cabía. Renato se detiene en medio de la sala, y maravillado, contempla la caja. Se acerca como si fuera una joya del más delicado cristal, y fuera a romperse ante la menor amenaza. En la cocina, Carla apoya la frente en la mesa, y llora, llora como nunca, a pulmón abierto, como lo haría un bebé. Pero su marido no la escucha. está ofuscado por la magnitud, por la perfección del aparato.

Con sumo cuidado, abre la caja. Saca los papeles y los plásticos que envuelven su nueva adquisición. Le ha salido baratísima, jamás en toda su vida se imaginó dueño de una como esta. Pero esos gritos... ¡Esos pinches gritos! Parece que la están matando. ¡Cállate, pendeja, si no quieres que te parta tu madre!, le grita Renato, sin voltearla a ver siquiera. Carla no se calla. En vez de eso, empieza a romper los platos, mientras, armada de valor, le reclama, ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a comprarte ese aparato tan caro, cuando anoche me acabas de decir que ya no puedes pagarme el doctor? ¡Cínico, desconsiderado, majadero! ¡Ya no quiero vivir, prefiero estar muerta! ¡Ya verás, me voy a matar, y entonces verás...!

Su marido no le hace caso. Es un día feliz en su vida, por qué ha de arruinarlo esa inútil que sólo sirve para chillar. No le va a hacer caso. Saca primero el folleto que enumera, una a una, todas las maravillas de su nueva televisión. No es cualquier televisión: es la primera de una nueva generación, una que marcará, sin duda, una era en la forma de ver el mundo, como dice su publicidad. Y cómo no. Parece brillar con luz propia... Si tan sólo Carla se callara un instante. Se ha puesto insoportable, amenazando que tiene un cuchillo y que se va a matar. Pues que lo haga de una puta vez. Renato mira a su alrededor, buscando entre el desorden desquiciado de la sala algo con qué frenar sus gritos. Y descubre, al lado de la lámpara, el collar que le compraron a un perro que todavía no tienen, pero que llamarán Rocky, como el boxeador.

Se lanza entonces sobre el collar, luego se dirige a la cocina, harto de los gritos. Toma a su mujer por los cabellos, la tira al suelo, se inca sobre sus brazos, para dejarla inmóvil, y mientras le grita, ¿Te quieres morir, cabrona? ¿Te quieres morir? ¡Pues te vas a morir, hija de la chingada! Se las arregla para colocarle el collar alrededor del cuello, mientras ella, desesperada, patalea y llora, ¡No, no! ¡Renato, déjame, déjame!, pero él, como siempre, no la escucha. Aprieta el collar tanto como puede. Coloca el cintillo, y sin soltarle los brazos, disfruta por un instante de un silencio golpeado por los gemidos de su mujer, por el ruido que hace al esforzarse por tomar una última bocanada de aire, aferrándose con todas sus fuerzas a una vida que, según sus llantos, ya no deseaba. En menos de dos minutos, Carla estaba inmóvil, con la cara azul a partir del cuello, y, oh Dios gracias, en silencio.

Y como los inoportunos siempre acuden cuando nadie los llama, alguien tocó la puerta justo en aquel momento. Renato se fajó la camisa y se peinó, viendo su reflejo en el refrigerador. Ya voy, respondió, mientras cerraba la puerta de la cocina. Abrió, y se encontró con la cara del chismoso de su vecino. ¿Todo bien?, preguntó el muy imbécil. Sí, Carla y yo peleamos, pero ya está más tranquila. Ah, sí, es que escuché gritos, le dijo, mientras trataba de asomar la cara hacia adentro, y de pronto abrió los ojos, que le brillaban, y le dijo, ¡No mames, Renato, qué es eso...! Lo hizo a un lado y se plantó frente a la caja de la tele. Renato sonreía, complacido. ¡Está rechingona, güey! ¿Cuánto te costó? Uy, si te dijera, le contestó Renato, mientras lo conducía de nuevo hacia la salida, y le decía, Orita estoy bien cansado, Porfirio, pero mañana vente en la tarde (con unas cervecitas) y la estrenamos viendo el partido, ¿eh? ¡Ya estás!, gritó el vecino, radiante de alegría.

Renato cerró la puerta, respiró profundo, y se dijo, Ahora sí, chiquita, y con mucho cuidado, sacó la tele de su caja, para contemplarla en toda su belleza.

[Continúa]

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[Primera parte]

[Tercera parte]

7/10/07

Tarde o temprano



-Prende una veladora, y reza por mí. Esta noche me muero.

Creíste que sería uno más de sus delirios. Tu madre era fuerte como una vaca. Soportaba en silencio el dolor de su cáncer, tensando los músculos, poniéndose rígida, hasta el color le cambiaba por la falta de aire, pero ni un quejido salía de sus labios. Llegas de tu fingido trabajo, y le das todas las atenciones que necesite, que si el juguito de naranja, que si el lavado de pies, que si sacarla un rato al sol. Hasta eso, ese último día, no ibas a salir, te quedarías con ella todo el día, en parte porque no tenías nada qué hacer, pero también porque querías ver si era verdad lo que había dicho.

La alentaste a que redactara su testamento cuando todavía le quedaba algo de lucidez. En aquellos tiempos te agradecía todos los días que la cuidaras, te imploraba que no la dejaras sola, que estuvieras con ella hasta el último suspiro, porque su más grande temor era morir y ser olvidada. Así al menos al hijo menor le quedaría la frustración de no haberla podido salvar, por más intentos que hubiese hecho, o el insoportable recuerdo de su agonía, torturándole las noches. A ti no te iba a quedar nada de eso, sino la casa y el dinero: te había hecho su heredero universal. Se te olvidó entonces la tristeza que había nacido en ti cuando escucharon el diagnóstico del doctor. Tu hermano tomó a su esposa y a sus hijos, y se mudó al piso de abajo. Ni te dirigía la palabra. Tu madre decía que lo comprendieras, que había sido un golpe terrible, que él era muy sensible y tú muy fuerte, que no le hicieras caso. Luego le remordió la conciencia, pero ya no lo dejaste regresar. Le prohibiste la entrada a tu casa, cambiaste la cerradura, pero no por rencor, sino pensando en futuro, siempre fuiste tan previsor, así no te podría reprochar nada, cuando tuvieras en tus manos la casa y el dinero, no iba a tener ningún derecho a reclamar su parte.

Le comentaste a tu amante alemán quién sería el próximo dueño de la enorme casa, con 8 departamentos independientes para rentar, dinero suficiente para vivir, y vivir bien. Después de hacer el amor, se quedaban acostados, haciendo cuentas, pensando qué se podrían comprar con aquel dinero, a dónde viajarían, qué negocio pondrían. Pero el avance de la enfermedad fue retrocediendo gracias a las poderosas defensas de tu madre y a las efectivas medicinas que le comprabas. Fue idea del alemán, no tuya, frase que ahora no te cansas de repetirte. Él te comentó, Y qué pasa si no le das todas las medicinas. Era verdad, aquellas pastillas e inyecciones estaban arruinándote el futuro. El doctor había dicho que sólo un milagro podía salvarla. Tú no creías en los milagros.

Temías que se diera cuenta. Temías que tu madre fuera de esas personas paranoicas, y que en cualquier momento te descubriera, te lanzara platos, vasos, gritándote, Maldito, desagradecido, asesino, y pidiendo auxilio a tu hermano. Pero no fue así. Las medicinas la habían vuelto dócil, distraída, habían perturbado su memoria. Un día olvidó el nombre de tu hermano. Luego, olvidó que tenías uno. Primero le diste las pastillas a deshoras, a ver qué pasaba. Pero nada. Ella seguía igual, el doctor seguía diciendo que todo iba bien, que estaba mejorando. Así que suprimiste una, al azar. Se le quitó el hambre, dejó de comer. Pero aun así, su salud seguía estable. Entonces le quitaste otra. Y cuando la paciencia se te acabó, y pasaron dos años de quitarle pastillas y tu madre no se moría, se las quitaste todas. Todas. Le dabas dulces en su lugar, y le inyectabas agua. Entonces comenzó el deterioro, a una velocidad vertiginosa. Se le cayeron el pelo y las uñas. Se le partieron los labios. Envejeció de pronto, no podía caminar. Y tú veías el éxito venir, nadie sospechaba, el doctor decía, Tarde o temprano tenía que pasar, los medicamentos sólo estaban retrasando lo peor, pero al parecer, ya no funcionan.

Volvió a ti el alemán, pues por esos tiempos se había alejado, creyéndote débil e inmaduro, pero apenas se enteró que tu madre estaba en las últimas, se enamoró otra vez. Rehicieron los planes, las cuentas y los viajes. Te revolcabas con él y soñabas con tu madre, revolcándose también, pero en el dolor de su cama. Habías empezado a hartarte. Desde hacía seis meses no le dabas medicamentos, y todavía no se moría. Tu hermano había empezado a sospechar, y se metía a tu casa por la puerta de atrás. Un día descubrió el frasquito de las medicinas, olorosas a chocolate. Por fortuna no lo dejaste probarlas. No ves lo caras que están, apenas si me alcanza para comprárselas. Tu madre se había asustado con los gritos. Entraste en la recámara, luego de correr a tu hermano, y le acariciaste la cabeza, mientras la engañabas, Todo va a estar bien, te vas a recuperar, vas a ver.

Y al fin, aquella mañana ella misma te había dado las instrucciones de qué hacer cuando muriera, cómo quería su ataud, qué vestido quería traer puesto. La escuchaste atento. Se pasaron el día juntos. Cuando le llevaste las pastillas, te tiró la charola, furiosa, y te gritó, Para qué, si no sirven para nada. Tú te quedaste temblando. Era verdad que habías puesto en marcha aquel plan maligno sin que nadie te obligara, pero te aterrorizaba la idea de que alguien te descubriera, peor si era la propia víctima. Hiciste un segundo intento, Pero mamá, son por tu bien, para que te pongas mejor, y te agachaste a juntarlas, pero tu madre otra vez gritó, Cállate, no quiero nada. Bueno, allá ella. Se pasó el día entero en la mecedora, sin hablarte, sin mirar nada, sin moverse siquiera. Llegada la noche, murmuró, con una voz débil, de moribunda, Llévame a acostar. Dejaste la revista que leías en el sillón, y la cargaste hasta la cama.

La arropaste y le acomodaste la almohada. Ya te ibas, para acostarte también, pues te hayabas fastidiado por la falsa promesa y la espera eterna, cuando te detuvo, tomándote de la mano y negándose a soltarte. Se le empezaron a cerrar los pulmones. Sentía la muerte ahí, acostada a su lado, acariciándole el rostro, invitándola, Vente, vámonos, mientras ella le respondía, Espérame, dame un minuto. Te clavó los ojos, y tú le evadías la mirada, A ver mamá, no te sientes bien, verdad, deja llamo al doctor. Ella dijo No, ya no lo necesito. Entonces capturó por fin sus ojos. Se quedaron así, tú pidiendo disculpas, con las lágrimas a punto de salir, ella conteniendo a la muerte. Al final, con el último suspiro, pronunció tu propia sentencia:

-Ojalá que disfrutes mi casa y mi dinero, cabrón.

Y murió.

(FIN)

25/6/07

Unos cuantos piquetitos



(Inspirado en la obra de Frida Kahlo)


El baño se comparte en la vecindad donde viven. En ocasiones es asqueroso, ya que deben turnarse para lavarlo, y aunque las mujeres lo hacen bien, los hombres que viven solos nomás no dan una, lo dejan peor que como estaba, pero qué puede hacer ella, no se va a poner a lavar el baño cada vez que quiera usarlo. Y en este momento, cómo le gustaría, la vejiga, ya inflamada, se le ha puesto insoportable. Se pasea por el cuarto, de un lado a otro, sacudiendo lo sacudido y vuelto a sacudir, le da vueltas a la comida, a esta hora la mantiene caliente, a fuego lento, porque Miguel puede llegar en cualquier momento y no le gusta esperar para comer. Se sienta, se levanta, no hay ninguna posición que la haga aguantarse mejor las ganas, Mierda, piensa, de no ser por esta maldita cadena.
Antes sólo la encerraba con llave. Pero una de sus vecinas, la muy cabrona, había mandado llamar un cerrajero y le había hecho una copia para poder sacar a Ruth. Se la llevaba con ella, al mercado, al centro, la mujer quería que la pobre Ruth se distrajera un poco, al principio ella no quería, le daba miedo salir, que Miguel llegara y no la encontrara, a lo único que salía era al baño, por la ventana, su cuerpo delgadito cabía muy bien por el hueco, Miguel ni se lo imaginaba, pero ella salía corriendo, y corriendo regresaba, dejándolo todo como estaba. Pero cuando comenzó Ruth a salir con la vecina, Miguel de inmediato sospecho. Quién sabe, la notó más morena, quemada por el sol, olorosa a grasa, nunca supo, pero un día volvieron juntos, Miguel por un lado, Ruth por el otro, le dio una golpiza que casi la mata, estuvo varios días en cama, incapaz de mover un dedo, Mejor, decía Miguel, así no se sale a la calle a andar de loca.
Luego, cuando ya pudo caminar, fue que le compró la cadena larga y se la amarró al cuello. Clavo una estaca bien hondo en el suelo, en el centro del cuarto, y de ahí la sujetaba. Ruth se quejaba mucho al principio, a pesar del miedo que tenía, porque la cadena le quemada el cuello, decía, dejándole unas llagas horribles, insoportables. Pero luego, cuando las primeras cicatrizaron, ya no le dolió. Se acostumbró a pasar el día encadenada, metida en cada, y si una vecina se acercaba y tocaba la puerta, ella se quedaba quieta, hasta se escondía debajo de la mesa, sin hacer ningún ruido, hasta que la vecina se hubiese cansado y largado a atender sus propios asuntos. Nadie se atrevía a decirle nada a Miguel, porque sabían que si lo hacían, la que salía perdiendo era Ruth.
No aguantó más. Tomó un vasito de la mesa, y orinó ahí. Cuando se levantó, por torpe, golpeó con el codo la estufa y derramó el caldo que había hecho para acompañar el guisado. El aceite avivó las llamas y todo se hizo un tremendo desmadre. Dejó el vaso en la mesa y trató de secar, limpiar y enfriar las cosas, todo al mismo tiempo. Justo en ese momento llegó Miguel, añadiendo su típico escándalo al de la estufa incendiándose y las cazuelas rodando al suelo. Qué chingados pasa, mujer, le gritó, mientras cerraba la puerta. Ruth no contestó. Juntó las cazuelas del suelo, salvando una ración de caldo, y secó la estufa para que las llamas se controlaran. Nada, nada, le dijo, al fin, y al darse la vuelta para besarlo, vio con horror que se había sentado en la mesa, de espaldas a ella, como siempre, y se llevaba el vaso que ella misma acababa de dejar a la boca, bebiendo un largo sorbo. Debía venir muy borracho, porque casi se lo había terminado cuando lo escupió, a punto de vomitar, tosiendo, con la lengua de fuera, y gritándole, Qué es esa mierda, qué es. Ruth, espantada, se quedó inmóvil.
Cuando Miguel se hubo recuperado, con el sabor amargo del orín todavía en la garganta, se levantó enfrentando a su mujer y se desquitó. Pinche vieja, querías envenenarme, verdá, cabrona, hija de la chingada, pero ahorita vas a ver, si me muero yo, primero te mueres tú, pendeja. Ruth se cubrió la cara con los brazos, lista ya para otra golpiza, pero esta vez fue más allá. Le enredó la cadena en el cuello, apretándola, hasta casi asfixiarla. Entonces la empujó el suelo, y la arrastró por todo el cuarto a patadas. Le quebró una silla en la cabeza, le dio con un sartén en la cara, otra vez patadas y la arrastró de los cabellos hasta la pared, donde la estrelló y Ruth, a punto de quedar inconsciente, se desplomó en el colchón, que le había quedado a un lado. Miguel, excitado por la violencia y desesperado porque su mujer no decía nada, sino que se quejaba y gemía del dolor, pero sin implorarle que se detuviera, que Ya no por favor como era su costumbre, sacó su navaja de la bota y se la clavó en la espalda.
Sintió tan bien, que lo hizo de nuevo. Y una vez más, y otra y otra, hasta completar 26 puñaladas, una tras otra, sin darle un repiro a la pobre mujer, distribuidas a lo largo del cuerpo de Ruth, que se desangraba manchando las sábanas y las almohadas de la cama, y la pobre, todavía, no quedaba inconsciente. Hasta entonces fue que, con una voz débil y moribunda, le dijo, Ya, ya, por favor, ya. Miguel, limpiando su navaja, contestó, Qué, a poco te duele, pero si sólo fueron unos cuantos piquetitos.


(FIN)

Nota: Por estos días se exhibe en el D.F. la exposición homenaje a Frida Kahlo, conmemorando los cien años de su nacimiento, en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Recomiendo bastante que se den una vuelta, está increíble. Para más información, clic aquí.

14/5/06

No ha pasado nada (Republicado)


-No te vayas a mover... Esto es más difícil de lo que parece...
-¿É dihiste?
-¿Eh? Nada... Tú tranquilo, no vayas a meter la lengua...

"Cómo se le ocurre al pendejo del Joselo dejarme solo... Bueno, ya, tranquilo, Román, que no se te salga otro comentario que demuestre tus nervios... Cálmate y ponte unos guantes". Román se lavó las manos y tomó una profunda bocanada de aire contanimado por el humo de tantos inciensos quemados. El muchachito no tendría más de dieciséis años, miraba con expresión asustada el cuartucho al que lo habían conducido, fijándose mucho en las persianas de la ventana y en la enorme televisión, de última generación, que no hacía juego con el suelo manchado y los colchones en el suelo, las cobijas viejas, el olor a podredumbre que se estancaba entre la mercancía del puesto, y apretaba los puños y se secaba con una servilleta la lengua, asqueado por el sabor de la xilocaína, escupiendo en el balde de basura. Mientras se ponía los guantes, Román notó el temblor de sus manos. "¡Mierda!", pero no podía hacer nada. Algún día tenía que aprender.

Abrió la jeringa que usaría para atravesar la lengua de su cliente, le repitió una vez más que no fuera a moverse, y vio como el muchacho cerraba los ojos. Él también temblaba, y las ligeras sacudidas de ambos, provocadas por sus mutuos miedos, hacían más difícil la labor. "Cuidado con las venas... cuidado con los nervios..." La mente de Román era una licuadora a punto del cortocircuito. La aguja vaciló entre sus dedos, y atravesó su objetivo en un segundo. Le siguió, de inmediato, un agudo chillido de dolor por parte del muchacho, y un abundante chorro de sangre que resbaló por su cuello y manchó las manos de Román en su camino hacia el suelo. "¡Mierda! ¡Mierda y más mierda!", pensó el joven, pero no pudo articular palabra, pensando en lo estúpido que sonaría un "Perdón", o un "¿Estás bien?", no había más vida para la lengua del adolescente intrépido, y en su lugar, una demanda, tal vez la cárcel, por no indagar en la edad del muchacho... Así que lo único que se le ocurrió fue: "Bien, si voy a ir a la cárcel, que sea por algo que siempre quise hacer y que valga la pena".

Junto al baño estaba la pequeña cocina del cuarto. Sobre la estufa, un enorme cuchillo de carnicero descansaba, y fue ésta el arma que alcanzó Román y, al ver cómo el muchacho se echaba al suelo, desangrándose y retorciéndose de dolor, miró el filo del arma y lo clavó, de un solo golpe, en la cabeza del pobre cliente que había acudido aquella tarde nada más para hacerse un arete nuevo qué presumir a sus amigos. Justo en el momento en que el cuerpo se estampaba en el piso, llegó Joselo, y se quedó mudo, mirando a Román, y el charco de sangre que se empezaba a formar.

-¿Qué hiciste, cabrón?
-Se estaba moviendo mucho, Joselo... Y empezó a gritar y a desangrarse...
-¿Y por qué chingados le enterraste el cuchillo en la cabeza, güey?
-No se me ocurrió en otro lugar... ¿Qué? ¿Se ve muy gacho?
-¡Cállate, imbécil!

Unos minutos de silencio. El Brujo, su jefe, llegaría en un par de horas, y los correría a los dos si se enteraba del incidente. Román seguía temblando, pero no había perdido la compostura.

-¿Qué hacemos?
-Pues... limpiar el desmadre, y deshacernos del cuerpo. Y que nadie se entere. Aquí no ha pasado nada...

(FIN)

24/3/06

#6: "Monstruo" (Martes)



(De la serie "Carnaval")

Las luces que giran frente a él, opacas y cambiantes, le han borrado por un momento de la cabeza el tremendo fastidio que sentía, hundido en su sillita de plástico amarilla ya demasiado chica para su cuerpo, aún infantil pero en rápido desarrollo. A pesar de que la luz del sol resplandece y nubla los pequeños foquitos que parpadean y giran a gran velocidad en su mano, formando un círculo multicolor fascinante, Víctor no les quita los ojos de encima. Descubrir formas, letras, incluso rostros en el abanico luminoso es mucho más entretenido que observar a aquellos payasos patéticos que intentan encender el ánimo del público en vano. Todos los años es lo mismo. No importa si ya vieron el desfile el domingo, Víctor es arrastrado al peor suplicio a la fuerza, obligado a soportar los fieros rayos solares, el agobiante rumor del mar y la exasperante euforia ficticia de todo el mundo, mezcla de rencor y de nostalgia. Se lo ha preguntado muchas veces, pero nunca ha encontrado una sola respuesta: ¿Por qué a la gente le gusta tanto el carnaval? Deben ser todos idiotas, piensa, cuando el abanico de luces se detiene de súbito. Las baterías se acabaron.
Antes de que pueda empezar a refunfuñar, siente que alguien le pellizca un costado. Da un brinco y voltea hacia atrás, y encuentra el rostro de Adrián, su hermano mayor, adornado con una risa malévola. Le hace una seña para que se acerque, y le enseña, disimulado, el contenido de una misteriosa bolsa gris que Adrián trajo oculta en su chamarra. Víctor abre los ojos tanto como sus párpados le permiten al mirar aquel montón de cascarones huecos, tapado el agujero con papel de china amarillo y rellenos, con seguridad, de confeti. Los hermanos intercambian guiños cómplices y malévolos, Adrián le pasa la bolsa a Víctor y le murmura, Para cuando pasen las reinas. El niño, emocionado, se pone la bolsa entre los pies y alza la cabeza, sonriendo por primera vez desde que llegaron.
La reina infantil, una niña que se perdía entre el abultado vestido de princesa y la ostentosa corona de aluminio, saludaba con la mano cansada y la sonrisa forzada a la concurrencia, cuando, de la nada, apareció un huevo que fue a impactarse justo en su frente, y volvió al mundo negro. Los que estaban del lado oeste vieron, horrorizados, el momento preciso en que la precoz monarca perdía el equilibrio y se resbalaba del peldaño más alto de su carro alegórico, y luego, de dos aparatosos golpes con las figuras de papel maché y los reflectores, aterrizaba boca abajo en el asfalto, a un palmo de los niños que admiraban el desfile sentados en la banqueta. Por una fracción de segundo nadie se movió cuando el último grito, uno muy agudo, se apagó, pero cuando un charco de sangre comenzó a expandirse alrededor de la cabeza de la reinita, se desató un caos tremendo de cuerpos revolviéndose sin rumbo.
Qué pasó, Llamen a una ambulancia, Detengan el desfile, La reinita se cayó del carro y parece que está herida, Voltéala boca arriba, para que respire, No, no la muevan, llamen a un médico, hay algún médico por aquí, Sí, que no ves, los médicos ven esta madre por Sky, güey, Ya llamaron a la ambulancia, Bueno, alguien sabe primeros auxilios, sabe qué hay que hacer, Yo sé qué hay que hacer, Pues ven, hazlo, pronto que se nos muere la reinita, Quién fue, eh, Quién anda jugando con estas mamadas, Se cayó sola, No, ni madres, yo vi bien clarito que alguien tiró un huevazo, Quién, Alguien de allá de enfrente, No mames, los huevazos están prohibidos, Sí, pero alguien quiso hacerse el chistosito y mira lo que pasó, Pero qué irresponsabilidad, esto es intolerable, Sí, mira que tirarle huevos a una niña, no la chingues, que poca madre.
Alguien comenzó a abuchear y los ánimos se encendieron cuando llegó la ambulancia y los paramédicos se miraron con expresión preocupada, abriéndose paso entre el mar de gente que se apretujaba para ver a la reinita muerta, o descalabrada, quién sabe si se murió, no le taparon la cara con la sábana pero tampoco dijeron que estaba bien, y es que un disparo así no se ve todos los días, pero de entre los chiflidos resaltó un Este güey fue, de una señora mayor que señalaba con dedo acusador y tembloroso al pobre y asustado Víctor, quien no se había levantado de su silla en todo este tiempo. Víctor observó con pánico cómo todos los rostros se volvían hacia él, gritando furiosos, cómo una mano arrancaba de sus pies la bolsa repleta de huevos y éstos se esparcían por el suelo para que la gente iracunda los pisoteara mientras seguían vociferando, Cómo se atreve, Hijo de su puta madre, Agárrenlo, Denle su merecido, uno que otro apenas murmuraba, Pero es un niño, como si eso le importara a alguien, y Víctor se quedó mudo, sin poder articular palabra. Antes de que consiguieran traspasar la resistencia de sus padres y demás familiares, el hermano de Víctor se levantó de su silla y reveló una verdad distinta: No fue él, fui yo. La turba enardecida bajó un poco el volumen, murmuró, y luego, reactivándose antes de que el desconcierto le bajara el odio irracional, dirigió sus miles de ojos hacia Adrián, quien había empezado también a gritar y a levantar los brazos haciendo señas obscenas. Víctor se dejó llevar por su padre, quien sin dudarlo un segundo sacaba al niño de en medio de la manada furibunda y lo ponía lejos y a salvo.
Cuando se acercaron tanto que se sintió amenazado, cuando ya algunas uñas empezaban a rasguñar y algunas bocas a escupir, cuando las voces de todos se habían fundido en un solo gruñido incomprensible, Adrián lanzó golpes y patadas al aire, Qué me van a hacer, culeros, ya les dije que le di por error, pero nadie ponía atención a sus palabras, aquel monstruo mostraba sus afilados e interminables dientes, y sus múltiples y peligrosas garras, dejando a Adrián sin salida, rodeado por todas partes de puños que empezaban a atacar, primero un tanto reservados, para tantear el terreno, para comprobar la dureza del objetivo, luego frenéticos, impacientes, antes de que la policía llegara y les quitara la justicia de las manos, los puños inclementes debían aprovechar y sentirse con el control sólo unos segundos, mientras aquel joven se deshacía con rapidez, transformándose de un desesperado con ansias de supervivencia en un bulto inerte, una masa de sangre y moretones, en un costal de huesos rotos y contusiones.
Víctor observaba, angustiado, impotente, cómo su hermano era devorado por la fiera salvaje llamada muchedumbre enardecida, a la vez que se maldecía a sí mismo por tener tan buena puntería: mira que pocas veces le das a la reinita en medio de la frente al primer tiro…

(FIN)

20/3/06

#5: "En las películas" (Lunes)















Apagó el motor del coche y se quedó mirando, no porque fuera fanático de meter su nariz en asuntos ajenos, ni por morbo, en realidad, tenía un presentimiento, algo le decía que aquella mujer cambiaría su vida, estaba seguro, desde el primer momento en que la vio, hace apenas unos segundos, sus lágrimas, su cabello desordenado, su rostro desecho, y el patán que le gritaba en plena cara, era una situación de película, Damián se acercaría ignorando al tipo ese, y le preguntaría a la pobre muchacha si se encontraba bien, tal vez tendría que darle algunos golpes al imbécil machista que la acompañaba, o tal vez tendría que soportar unos duros puñetazos en la cara, uno nunca sabe si el oponente resultará experto en Kung-Fu o no, de cualquier manera, aunque recibiera la paliza, la muchacha apreciaría el gesto, le gritaría al novio y luego consolaría a su héroe fracasado con palabras tiernas y promesas de futuros encuentros. Era el plan perfecto, no podía fallar.
La mano de Damián está lista para abrir la puerta, pero ha decidido esperar un poco más, tal vez la discusión esté por finalizar… Tal parece que no, y Damián, predispuesto a soportar la paliza –el sujeto, viéndolo mejor, parece ser muy agresivo–, baja despacio del coche, guarda sus manos en los bolsillos y empieza a caminar con prudente lentitud, Vete, por favor, vete, y antes de cruzar la calle escucha al sujeto gritándole, Chinga a tu madre, pues, y se aleja apretando el paso y desapareciendo entre el cúmulo de gente que se dirige a la plazuela Machado. Damián va casi en dirección opuesta a todos ellos, por lo que le cuesta un poco de trabajo llegar hasta la mujer que lo dejó cautivado. Oye, estás bien, pero ella no contesta, alza la cara, lo mira escudriñándolo, Qué quieres, Nada, sólo saber si estás bien, Y por qué no habría de estarlo. Damián se recarga contra la pared al lado de ella, mira las caras que desfilan frente a él, todas sonrientes, entusiastas, listas para una noche más de inimaginables excesos, ese sería el momento idóneo para deslindarse de “eso” que le cambiará la vida, decirle, Perdón, no quería molestarte, y largarse, dejando a la grosera pero hermosa mujer para que se seque por sí misma las numerosas lágrimas, y en cambio, otras son las palabras que pronuncia, Te vi pelear con tu novio, Ese pendejo no es mi novio, es un cabrón, como todos los hombres, y sus ojos adquieren ese tinte nostálgico de cuando no sólo dices algo porque sí, sino porque para ti es una verdad absoluta y, además, dolorosa. Damián sonríe, No estoy de acuerdo, no todos somos así. La muchacha lo mira con incredulidad y un poco de enfado, y luego, casi en un murmullo, pero bien audible, Todos dicen lo mismo. Damián vuelve a sonreír, y al desviar un poco la mirada descubre al sujeto que hacía apenas unos minutos le había dicho a la mujer que chingara a su madre, regresando sobre sus pasos, abriéndose camino entre la gente con empujones y groserías, con la vista clavada en él. Mierda, ahí viene mi novio, vete, si te ve conmigo te va a matar, le dice ella, pero Damián, con la sangre hirviendo, aprieta los puños y tensa los músculos, mientras piensa, No que no era tu novio, un valor extraño surge de su interior y lo dispone para cualquier cosa. La mujer se da vuelta y lo empuja cuando el novio ya está a unos pocos metros de ellos, Vete, chingado, ¿no entiendes? ¡Te matará! Damián hace caso omiso, de hecho no la escucha, el novio, más alto, rostro cuadrado, ojos furibundos, labios delgados, pelo brillante y ondulado, traje fino, zapatos lustrosos, perfume caro, se planta frente a él, la mujer se aparta, más bien corre, huye de ahí, dejándolos solos en medio de todas aquellas personas que no terminan de pasar y no se fijan en ellos, y Damián, con el miedo paralizándole los músculos ahora que no hay mujer hermosa para impresionar, comprende al fin las advertencias de ella, cuando el novio le muestra el cañón alargado de un arma con silenciador asomándose por su saco, y en un rudo abrazo lo acerca a él, Damián siente el arma, Órale, cabrón, a ver si así te vueles a meter con mi vieja.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Cuatro balas, rápidas y silenciosas, penetran en el abdomen y en el pecho de Damián, mientras el novio, muy tranquilo, se incorpora a la multitud alisándose el saco, y se pierde en busca de la que escapó.
Pasará un buen rato antes de que alguna de aquellas personas, nubladas sus mentes por la fiesta frente a ellos, se percate del cuerpo de Damián, tirado junto a la pared, ahí, a la luz de los faroles amarillentos, tal vez alguien tenga que resbalarse con su sangre en la banqueta para que lo descubran, desangrándose hasta la muerte mientras piensa, Ni siquiera me dijo su nombre, ni siquiera vio cómo me mataban… Carajo, así no pasa en las películas.

(FIN)

13/12/05

licenciatura en robo

Los verdaderos ladrones

Una señora mayor, con el pelo teñido y una sudadera verde, aparece en la esquina y se interna en el parque. Camina rápido, sujetando con fuerza su bolso contra el pecho, se le nota que tiene prisa por llegar a casa, o será que son las once treinta de la noche y este parque tiene mala pinta. Miguel la sigue con la mirada. En tres minutos, cuando la señora mayor con sudadera verde haya atravesado el parque, él la tendrá a su alcance y esta vez tiene que hacerlo. Bastará con salir de pronto de entre las sombras, apuntarle con el arma -procurando disimular el temblor de su mano-, y decir una sencilla frase: Dame el dinero, vieja. Había pensado en no llamarla "vieja" -demasiado rudo-, sino "abuela", como los gringos. O anciana. O señito.
"¿Pero qué clase de asaltante soy?", se pregunta. Está aquí desde las nueve, y ha ido dejando pasar a todos los transeúntes sin amenazarlos, ni siquiera se deja ver. En el último segundo, se le ocurre que tal vez este joven va demasiado drogado como para asustarlo, o que aquella parejita sólo quiere un buen faje en un lugar oscuro (¿por qué molestarlos? No hay derecho...), o que la muchacha con el niño debe ser madre soltera y ha de estar igual de jodida que él. Miguel se responde: "Soy la clase de asaltante que no asalta a nadie porque la conciencia no me deja; porque haré el intento, como se lo prometí a mi cuñado -¡él sí que tiene talento para esto!-, pero sólo para convencerme de que esto del crimen no es lo mío, si hasta ahora he sobrevivido con mi mujer y mis tres hijos, puedo seguir haciéndolo, aunque sea vendiendo sodas en algún crucero, o limpiando parabrisas... pero ya ni eso deja, y los niños en la escuela, y los uniformes, los cuadernos... y ya va a ser fin de mes y debo seis meses de renta, don José me dijo que era la última oportunidad que me daba... ¿Y qué puedo hacer? No me dieron clases de esto en la universidad, me dijeron que con buena ortografía y sonrisa amable las puertas del mundo se me abrirían, y aquí estoy... licenciatura en robo, eso debí estudiar..."
Miguel toma un último aliento y emerge de las sombras, apuntándole a la señora mayor con sudadera verde, quien lo mira sorprendida.
-Dame el dinero, anciana.
Pero la anciana no suelta su bolso. Se queda paralizada.
-¿No oíste? ¡La bolsa!
Miguel se pone aún más nervioso, y temblando, se acerca un sólo paso a la señora. Ella, horrorizada, hace lo que le dijo su marido: saca de su bolso un revólver, y apuntando hacia enfrente jala del gatillo. Miguel se desploma, y su frente se estrella contra el césped húmedo. La señora guarda el revólver y sigue caminando, apurada.

(FIN)

2/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (prólogo, #1 y #2)

la vida es una frágil copa de cristal. dice saramago que "si antes de cada acción pudiésemos prever todas las consecuencias, no llegaríamos siquiera a movernos del lugar donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos", y eso es una verdad universal. cada mañana, al despertar, me doy cuenta de que este podría ser mi último día con vida, cualquier cosa podría pasar, cualquiera... por eso decidí comenzar a escribir esta serie de cuentos "cortos" (ni tan cortos), y, como consideré injusto ponerme a matar a distintas personas, me inventé un hermano gemelo ficticio al que asesinaré una y otra vez y sin descanso. la vida es un cuento, eso sí, y el final puede llegar en cualquier punto y aparte, al final de este párrafo, en la siguiente coma... uno nunca sabe. espero que los disfruten.

#1: "En el umbral de su casa"

Al cigarrillo todavía le falta la mitad, y ya sólo resta por caminar una cuadra, así que apresura el tabaco y disminuye la velocidad. Enfrente, unos niños juegan, Vicente oye sus risas y sus gritos. "Son odiosos, los niños", piensa, mientras ve cómo un peatón más se le adelanta por la derecha. No puede creer que sean las nueve y treinta, las calles parecen desoladas, de no ser por los contados caminantes luciría como si fueran las cuatro de la mañana. Su visión es defectuosa, más de lo normal, en la penumbra nocturna, suavizada apenas por los faroles públicos que a veces prenden, pero alcanza a distinguir cómo desde la otra esquina viene un tipo corriendo. Ya ha visto a muchos tipos corriendo por esta avenida, no le da importancia y se saca las llaves del bolsillo, las tantea, ya no necesita verlas para saber que esta es la de la reja verde, esta la de la puerta negra y la última la de su cuarto, el número cuatro. Se detiene, busca la cerradura, el tipo que viene corriendo le roza el hombro, Vicente oye sus jadeos, parece que huye de algo, o de alguien. De alguien, más bien: una camioneta negra aparece de la nada escupiendo sendas ráfagas de plomo. Los niños de enfrente se asustan, algunos alcanzan a ver los cuerpos que caen, uno se da con la frente en la banqueta, el otro no suelta las llaves, ni siquiera alcanzó a abrir la puerta.

(FIN)

#2: "Víctima de la conspiración de las cucarachas"

La atmósfera del cuarto es densa, huele a tabaco y a otros olores que Vicente ya no distingue. Las luces hacen huir a las cucarachas, que se paseaban por todos lados y andaban por el tocador, en el radio, entre los platos sucios, entre los libros tirados, o nada más por ahí, arrastrándose en el suelo. Alcanza a pisar unas cuantas, ya es hora de comprar un insecticida, pero los olores encerrados se intensificarían. Vicente tira la mochila, se quita los zapatos y echa al suelo todo lo que había encima de la cama para tenderse a descansar en ella. Ni ha encendido el radio, en menos de cinco minutos se queda dormido, con la boca abierta y la ropa puesta. Las cucarachas, al sentir de nuevo la calma, salen de la oscuridad y reanudan sus paseos. Una de ellas se aventura, por aquí huele a comida, sube por el cuello de Vicente, llega al oído, a la nariz, más abajo, la lengua se mueve, es un reflejo, y esta cucaracha tiene la desdicha de resbalar y atorarse en la garganta del durmiente, de donde no volverá a salir.

(FIN)

16/4/05

amnesia voluntaria (3 de 3)

Ya pasó un año desde aquel día. Si hubiese descubierto antes cómo reprimir los recuerdos a mi antojo, tal vez esto no habría pasado, aún podría vivir en la feliz ignorancia, huyendo de la justicia, pensando que todos están locos porque creen que maté a mi novia. Pero no. Apenas vi su departamento, las imágenes perdidas comenzaron a vibrar en mi memoria y no se me ocurrió detenerlas. Ni siquiera sospeché que era una trampa. Desde entonces he practicado, viendo de qué soy capaz, y esta será la última noche que reviva este recuerdo. Mañana, cuando me pregunten por qué estoy en la cárcel, les diré la verdad: que no me acuerdo, y que nunca me acordaré.

La nocheen que maté a Nabil, había estado con Brenda largo rato. Llegué a casa a las diez. La puerta estaba entreabierta, las luces prendidas, y apenas entré, la vi con la pistola en la mano, llorando en el sofá, mirando al suelo mientras me esperaba.

-Llamé a la oficina y me dijeron quesaliste a las cuatro. ¿Dónde carajo estuviste?

Ya iba siendo hora de no esquivar más la verdad. Sí, es cierto que yo la busqué tres meses después de divorciarnos, cuando Brenda ya se estaba poniendo pesada con lo del compromiso, y es cierto que le prometí que jamás volvería a engañarla para convencerla de rehacer a nuestra familia. No había pasado ni medio año cuando ya todo estaba otra vez por los suelos, Nabil ya se hacía la mártir otra vez, Brenda otra vez presionando con sus ideas homicidas para separarme, alimentándose de una mentira inventada por ella misma... y no, yo no quería adentrarme más en ese vaivén inmoral de la bigamia, quería de vuelta los años gloriosos del amor sin fronteras, sin límites, cuando Nabil sólo existía para mí y yo sólo vivía por ella. Así que le diría la veradad: Que había vuelto a ver a Brenda durante el último mes, pero que ya me había decidido a cortar el triángulo y a quedarme con mi familia. Ella no me dejó. Ni siquiera me escuchó. Me apuntó con la pistola que yo mismo había comprado cuando se metieron a robar a la casa, diciéndome que yo era una sabandija del inframundo, que la había engañado todo el tiempo, que ella no quería una vida así, por qué la hago sufrir tanto, por qué no puedo amarla como antes, a ella que ha soportado tanto dolor, el cáncer de su padre, el tumor cerebral de su madre, el aborto del que sería nuestro segundo hijo, no valgo la pena, Sandrita no merece unos papás como nosotros... Siempre las lágrimas la hacen estornudar, y entre su nerviosismo y su perturbación, se distrae y yo le quito la pistola. Ahora soy yo quien le apunta, procurando parecer inofensivo...

-Bien, Nabil... Vamos a tranquilizarnos...
-¡Jódete, imbécil! Hoy nuestra hija se queda huérfana... ¡Ya lo decidí!

"Perdió la razón", pensé. Era de esperarse, su historial psiquiátrico no era un augurio de buena salud mental... Aún así, no me atreví a dispararle cuando se metió en la cocina y alcanzó un cuchillo. Me encaró. Ahora lucíamos como un par de gladiadores luchando por la muerte del otro. Yo no iba a dispararle. Pero es difícil controlar las reacciones naturales del cuerpo cuando alguien le abre a uno una herida profunda en la parte inferior izquierda del abdomen cuando menos la veías venir, no puedes controlar el terrible ardor de la carne abierta, ni la sorpresa de ver que quien tanto amas quiere matarte, ni la cara haciendo una mueca de sorpresa, ni el dedo jalando el gatillo del arma, ni el brazo derecho que se mueve por instinto hacia el atacante... Su cuerpo exánime quedó tendido en el suelo, y no volvería a levantarse. El brillo de sus ojos lúgubres no volvería a reflejarse en mi sonrisa, sus manos jamás desnudarían otra vez mi cuerpo, ni sus palabras llegarían a mis oídos, ni sus besos a mis labios. Cuando Sandrita dijera "mamá", nadie respondería a su llamado. Incluso el dolor de mi herida sangrante se apagó en ese instante, justo cuando no había más qué hacer.

Asustado, llamé a Lalo, y le dije lo que acababa de pasar. "No te muevas de ahí", me dijo, pero yo no soportaba contemplar el cuerpo desangrado de Nabil. Eché algo de ropa en una maleta, tratando de no despertar a Sandrita. Le besé al frente y le dije adiós. El egoísmo llevaba mi pensamiento del "acabo de matar al amor de mi vida" a un egoísta "iré a la cárcel". Llamé a Brenda para encargarle a mi hija, sin darle mayor explicación. A bordo de mi coche, manejé hasta que me topé por casualidad con un rave en la playa, abrumado por la insoportable herida. Quizá me dio justo en el alma, porque me dolía más por dentro. Pero confiaba en el bendito efecto de la heroína, abundante en este tipo de eventos, para sacarme de la realidad e instalarme en el cómodo palacio de la ilusión.

Dos semanas después, el recuerdo resurgió a mitad de la noche, más fuerte que nunca, provocándome una fiebre casi fatal. Por suerte, logré reprimirlo por primera vez, pero me confundí mucho y tuve que volver a Tijuana para saber qué había pasado. Brenda creyó que había matado a Nabil por ella... pero qué va. Cuando llegué a la casa de Nabil, no vi las patrullas escondidas en la esquina. Ya arrestado, me hicieron saber que Ana María Bravo había llamado a la policía advirtiéndoles que iba para allá, y me dieron un papel con un recado suyo: "Para que sepas que onmigo no se juega, cabrón", y un beso rojo pintado sobre las letras.

Pero ya estuve practicando, y mañana lo único que recordaré será mi nombre, y que yo mismo me borré la memoria mientras dormía. Quizá me vuelva loco y quiera saber otra vez qué pasó, pero no sé cuál es peor castigo: vivir una vida sin recuerdos o soportar estos recuerdos toda la vida.

(FIN)

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[Parte uno]

[Parte dos]

12/4/05

amnesia voluntaria (1 de 3)

Un suave rumor, como el sonido del mar, me despierta de súbito. Esto no huele a mi casa. La cama está demasiado grande, las sábanas son nuevas. Abro los ojos. Por la enorme ventana, justo frente a la cama, entra la luz débil y blanquecina del amanecer, atravesando las cortinas transparentes. Puedo ver la playa, aunque sé que es imposible, al otro lado del marco. Miro alrededor. Esto no es mi casa. Estoy desnudo, y muy cansado. Mi cuerpo está frío. Me duele la parte inferior izquiera del abdomen, y me percato de que tengo un parche allí, cubriendo una herida profunda que comienza a sanar. Oigo que alguien silba una melodía familiar. Mi ropa yace en el suelo alfombrado. De un salto me levanto y me pongo los pantalones. Sigo este sonido silbante, que me conduce hacia el baño junto a la recámara. La puerta está abierta. Hay pinturas en todas las paredes, pinturas que no conozco. En la tina, una mujer silba con los ojos cerrados. Es hermosa. Quizá percibe mi presencia, o escucha mis pasos, porque de pronto fija su mirada en mí.

-Ya te levantaste... Buenos días. Ven. Métete conmigo. ¿Ya te sientes mejor?

Pienso en la dificultad de tal hazaña, pues aunque esta mujer desconocida que me trata con la mayor confianza posible no posee un cuerpo demasiado voluminoso, el mío junto al suyo sin duda nos dificultaría la labor de acomodarnos en ese pequeño espacio sin que uno de los dos quede en una posición incómoda. No he perdido la calma, eso se nota, pero me pregunto cuál será la mejor manera de indagar qué estoy haciendo aquí sin oírme como un imbécil. Sí, me siento un poco perdido, lo acepto, pero aún sé que me llamo Alberto Flores y que vivo en el centro de Tijuana, que en mi departamento apenas quepo yo y que la única ventana da al patio común y no a las playas del Pacífico. Estoy seguro que esto no es el producto de una tremenda borrachera porque no siento resaca alguna, así que no hay de otra.

-¿Qué estoy haciendo aquí?

Apenas puedo creer que lo pregunté. La mujer de la tina me mira divertida, su sonrisa es la ternura hecha labios, y me remuerde la conciencia. Nabil no estará muy contenta cuando se entere con quién pasé la noche, pero antes, yo mismo debo saberlo.

-¿De qué hablas, Alberto? Anda. Ven...
-No, no, no... Primero dime qué hago aquí. Y quién eres tú.

Ella sale de la tina, alarmada, y así, desnuda y chorreando agua, me toca la frente y las mejillas.

-Ya no tienes fiebre... ¿Qué te pasa? No empieces con bromas. Bien sabes que no me gustan.
-No es broma. Por favor, dime dónde estoy y quién eres tú.

Ella hace un gesto de resignación. Luego sonríe.

-Vas... Te seguiré el juego: Estás en la casa de playa de mis padres, en Rosarito, y yo soy la mujer de tu vida, Ana María Bravo. Ahora, vamos a la tina...
-Para, para... ¿de qué hablas? ¿Desde cuándo estoy aquí?
-¡Ya, Alberto! Tienes dos semanas viviendo conmigo, como si no lo supieras, desde que nos conocimos en el rave. No me digas que no te acuerdas de nada, porque...
-¿Rave? ¿Cuál rave? Explícame bien porque estoy confundido...
-Vaya... No pensé que la fiebre de anoche te fuera a afectar tanto. Creí que había sido por el maravilloso sexo previo, y no por la infección de la herida que te hizo esa perra...
-Basta de bromas. Me largo a mi casa.

Ana María, que así me dijo esta mujer que se llamaba, me persigue así, desnuda, hasta el cuarto donde desperté hace apenas unos minutos, y mientras termino de vestirme me dice que no esté jugando, primero divertida, luego alterada, por último furiosa, no vas a dejarme aquí sola, adónde crees que vas, etcétera. Descubro una maleta con ropa mía detrás de la puerta, y en el tocador están las llaves de mi coche, y quitándome a esta loca de enfrente, salgo de la casa. Encuentro mi coche, ella se envolvió en una toalla y me sigue todavía, gritando. Cuando arranco el motor, ella baja la voz y pronuncia una sentencia sorpresiva.

-No puedes volver a Tijuana. Te estará buscando la policía.

La miro y nos quedamos inmóviles dos segundos. Meto la reversa.

-Como tú digas. Chao.

(...)

No parece que pasaron dos semanas. Todo está igual. Hay un recado que Lalo pasó por debajo de la puerta, nada más dice: "Llámame". Nabil no contesta el teléfono, le dejo un mensaje en el contestador. Ha de estar muy enojada. Llamo a Lalo.

-¿Lalo? Soy yo...
-Voy para allá.

Y cuelga. Dos minutos más tarde, alguien toca la puerta. No puede ser Lalo, vive al otro lado de la ciudad. Es otra mujer, a la que tampoco conozco. Me atrapa en un abrazo, me besa, me tumba en la cama, radiante de felicidad.

-Ya la mataste, ¿verdad?
-¿Qué? ¿A quién?
-A Nabil... Sí, fuiste tú. ¡Gracias! Ahora sí estaremos juntos... Nadie nos separará.

(CONTINÚA)

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[Parte dos]

[Parte tres]

2/4/05

No ha pasado nada...

-No te vayas a mover... Esto es más difícil de lo que parece...
-¿É dihiste?
-¿Eh? Nada... Tú tranquilo, no vayas a meter la lengua...

"Cómo se le ocurre al pendejo del Joselo dejarme solo... Bueno, ya, tranquilo, Román, que no se te salga otro comentario que demuestre tus nervios... Cálmate y ponte unos guantes". Román se lavó las manos y tomó una profunda bocanada de aire contaminado por el humo de tantos inciensos quemados. El muchachito no tendría más de dieciséis años, miraba con expresión asustada el cuartucho al que lo habían conducido, fijándose mucho en las persianas de la ventana y en la enorme televisión, de última generación, que no hacía juego con el suelo manchado y los colchones en el suelo, las cobijas viejas, el olor a podredumbre que se estancaba entre la mercancía del puesto, y apretaba los puños y se secaba con una servilleta la lengua, asqueado por el sabor de la xilocaína, escupiendo en el balde de basura. Mientras se ponía los guantes, Román notó el temblor de sus manos. "¡Mierda!", pero no podía hacer nada. Algún día tenía que aprender.

Abrió la jeringa que usaría para atravesar la lengua de su cliente, le repitió una vez más que no fuera a moverse, y vio como el muchacho cerraba los ojos. Él también temblaba, y las ligeras sacudidas de ambos, provocadas por sus mutuos miedos, hacían más difícil la labor. "Cuidado con las venas... cuidado con los nervios..." La mente de Román era una licuadora a punto del cortocircuito. La aguja vaciló entre sus dedos, y atravesó su objetivo en un segundo. Le siguió, de inmediato, un agudo chillido de dolor por parte del muchacho, y un abundante chorro de sangre que resbaló por su cuello y manchó las manos de Román en su camino hacia el suelo. "¡Mierda! ¡Mierda y más mierda!", pensó el joven, pero no pudo articular palabra, pensando en lo estúpido que sonaría un "Perdón", o un "¿Estás bien?", no había más vida para la lengua del adolescente intrépido, y en su lugar, una demanda, tal vez la cárcel, por no indagar en la edad del muchacho... Así que lo único que se le ocurrió fue: "Bien, si voy a ir a la cárcel, que sea por algo que siempre quise hacer y que valga la pena".

Junto al baño estaba la pequeña cocina del cuarto. Sobre la estufa, un enorme cuchillo de carnicero descansaba, y fue ésta el arma que alcanzó Román y, al ver cómo el muchacho se echaba al suelo, desangrándose y retorciéndose de dolor, miró el filo del arma y lo clavó, de un solo golpe, en la cabeza del pobre cliente que había acudido aquella tarde nada más para hacerse un arete nuevo qué presumir a sus amigos. Justo en el momento en que el cuerpo se estampaba en el piso, llegó Joselo, y se quedó mudo, mirando a Román, y el charco de sangre que se empezaba a formar.

-¿Qué hiciste, cabrón?
-Se estaba moviendo mucho, Joselo... Y empezó a gritar y a desangrarse...
-¿Y por qué chingados le enterraste el cuchillo en la cabeza, güey?
-No se me ocurrió en otro lugar... ¿Qué? ¿Se ve muy gacho?
-¡Cállate, imbécil!

Unos minutos de silencio. El Brujo, su jefe, llegaría en un par de horas, y los correría a los dos si se enteraba del incidente. Román seguía temblando, pero no había perdido la compostura.

-¿Qué hacemos?
-Pues... limpiar el desmadre, y deshacernos del cuerpo. Y que nadie se entere. Aquí no ha pasado nada...

(FIN)

3/3/05

demasiado lejos

Desde el inicio, su relación había sido un juego sadomasoquista, y esa noche lo llevaron todo al límite. Alejandro vio interrumpido su beso eterno al sentir la hoja afilada del cuchillo penetrándole un pulmón,y luego el chorro caliente de sangre brotar, en una imagen poética inigualable que lo conmovió hasta las lágrimas. Lidia lo miró, miró sus ojos sorprendidos y su garganta trabada, y siguió besándolo. Después de retirar el cuchillo de su espalda, la sangre surgió con mayor libertad, y al acostarse Alejandro, las sábanas se tiñeron de un tono escarlata delicioso. Trató de decirle algo a Lidia, pero ella selló sus laios con el índice, enmudeciéndolo, y él sonrió, complacido de morir en manos de su amada. Una ráfaga de viento cerró las ventanas con un golpe espantoso, y los dos, ella y él, se quedaron sumidos en el silencio penetrante de la habitación, roto apenas por los delicados gemidos de dolor o de placer de Alejandro. El olor de la sangre sin duda era algo nuevo, que complació a los amantes, reavivando su pasión. Alejandro sentía un hormigueo recorriéndole el cuerpo, y una voz en su cabeza le contestó la pregunta que todavía no formulaba: "Es la vida que se te escapa". Cerró los ojos, porque no iba a ser un cadaver con los ojos abiertos, en un intento patético por conservar la vida que ya no le pertenecía, y ya casi no sentía los húmedos labios de Lidia acariciándole el cuello y el abdomen, besando cada rincón de su cuerpo desnudo, frotando su piel contra la de él, cada vez más fría, cada vez más blanca. Cuando Alejandro dejó escapar el alma, resignado, Lidia estalló en el éxtasis del placer, y se tendió encima de su víctima, cubierta por una fina capa de sudor.

La casa entera estaba en penumbras. Se habían apagado todas las velas. El reloj indicaba las tres treinta de la mañana. Lidia escupía su aliento cálido en la cara de su amante, muerto ya, y le parecía excitante no ser correspondida con el mismo gesto, no sentir en su mejilla el suave arrullo de su respiración, y en sus pechos juntos sólo se oían los latidos de un corazón acelerado. Poco a poco, se levantó y se sentó en el borde de la cama, observando el cuerpo inerte de Alejandro, y vio sus manos y sus brazos, en donde se había mezclado el sudor de ella con la sangre de él. Tocó, con cierto temor, el cuerpo que se desangraba, y dejó las huellas de sus manos plasmadas en su piel. Después extendió, como si se tratara de pintura sobre el lienzo, el líquido rojo que había humedecido las sábanas y llenó con él ambos cuerpos, tanto el vivo como el muerto, cuando la razón le empezó a advertir que estaba yendo demasiado lejos. Mas la voz de la razón era débil y lejana, sin fuerza suficiente para detener su ardiente y lúgubre pasión. Lidia retozaba, más libre que nunca, con el cuerpo frío e inmóvil de Alejandro, y el ligero sabor de la sangre penetraba en ella por medio de su lengua de vampiresa, y parecía que aquel licor vital era lo único que podría saciar su ser. Su tercer orgasmo fue el mejor de la noche, y cuando la euforia pasional terminó y se descubrió desnuda y cubierta de sangre, se alejó de la cama y permaneció vacilante, desesperada, sin poder experimentar la célebre locura de hablarse sola, por no saber qué decirse.

Descubrió las ropas de Alejandro esparcidas por el suelo, y se tumbó hacia ellas para percibir su perfume, puro y vivo. Reunió las prendas y las dejó sobre el tocador. Después, tomó el rígido cuerpo de su amante inanimado y lo llevó a la regadera. Se bañó junto con él, extasiada por la sensación de sus cuerpos húmedos, y mientras le lavana la sangre, seguía besándolo y acariciándolo sin freno y a su total antojo. Lo secó y lo vistió de nuevo, colocándole cada pieza con ayuda de su boca, mordiéndolo todo con un amor insano y desquiciado. Lo sentó en la misma silla que había ocupado durante la cena, cuando todavía estaba vivo, yluego ella se vistió y encendió las velas del comedor, y se sentó junto a él. Repartió una serie de esos fugaces en su cuello y tuvo el placer de desvestirlo de nuevo, de manejarlo a su gusto, como un muñeco helado, de escuchar lo que quería escuchar y lamer lo que quiso lamer. Se echó con él al asuelo para no volver a llenarse de sangre en la cama, y no cesó en su inaudita pasión hasta que volvió a reventer de goce.

(...)

A las once de la mañana, Daniel regresó a la casa, esperando que Alejandro y su amante se hubieran levantado temprano para no encontrarse en la bochornosa situación de sorprenderlos todavía en la cama,
desnudos y dormidos. Para su mala fortuna, justo así los encontró, o peor. Las paredes estaban manchadas de sangre, y Lidia abrazaba el cuello, ya morado, de Alejandro, mirando con los ojos vacíos el inmenso cielo de la ventana, abierta otra vez.

-Lidia... ¿qué pasó?

Ella no respondió. Daniel sabía lo que había pasado, Alejandro no paraba de contarlo los intentos que ambos habían hecho de matar gente o de matarse entre sí tantas veces... Lidia conservaba una extraña expresión de dolor en el rostro... Sólo cuando se acercó lo suficiente a la cama, Daniel se dio cuenta de la herida en la espalda de su amigo, y encontró el cuchillo homicida, que seguía clavado en el pecho desnudo de Lidia.

(FIN)