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18/6/07

Nada personal



Su enorme tamaño, sus ojos penetrantes, sus entradas pronunciadas y sus pantalones ajustados de inmediato llaman la atención de Carlos. No consigue evitar no mirarlo, y no lo mira como lo miraría cualquiera, con un aire de curiosidad, de timidez, no, hace evidente su mirada de deseo, de lujuria, de pasión. La librería está vacía. Qué hace aquel ser descomunal, perfumado, vestido con un suéter negro abierto en el pecho velludo y un pantalón vaquero azul marino apretándole los testículos, los cuales, a juzgar por el bulto, han de ser gigantescos. No, no lo va a dejar pasar, pocos como este vienen a la librería, y ahora que hay oportunidad, hay que aprovecharla. Su jefe ha salido a comer, que vuelve en media hora, y los clientes, esos han estado ausentes todo el día. La mejor parte, la señal de arranque, es la mirada coqueta que le echa el tipo, arqueándole las cejas, dibujando una sonrisita dulce que desentona con su rudo físico.
Carlos sale de detrás del mostrador, con unos libros en la mano, y se dirije a un estante cercano al sujeto grande para acomodarlos, sin importarle que no vayan ahí, luego los pondrá en su lugar. Se tarda un poco, siguen con el jueguito de las miradas, se agacha y se pone de pie, el sujeto se acerca, como si nada, le pasa por detrás y Carlos siente en sus nalgas el roce de su mano. Se detiene ahí, a unos cuantos pasos, ambos confirman lo que quieren, lo que buscan, así que Carlos camina, volteándolo a ver, hacia el fondo del local, el tipo este, grandísimo, peludo, mucho mayor que él sin ser viejo, lo sigue disimulando, aunque no entran en la tienda, pasa gente por la calle, y la verdad no quiere que nadie lo vea ahí. Llega hasta Carlos, quien abre la puerta del armario de empleados, mirándolo a los ojos, mordiéndose un labio, y el fulano se acerca más, Carlos le abre paso, huele su perfume, y cierra la puerta detrás.
La oscuridad los envuelve. No logran ver nada, pero sustituyen los ojos con las manos. El tipo se desabrocha el suéter, Carlos le ayuda a desabotonarse el pantalón, ya puede sentir la erección, saca su miembro, retorcido hacia la derecha, y lo acaricia, mientras el otro sujeto lo abraza, le baja el pantalón, acaricia sus nalgas. Carlos desciende, se pone de rodillas y comienza a mamar, el otro gime, a Carlos le gusta aquello, está muy bien proporcionado, trata de metérsela toda en la garganta, el tipo le empuja la cabeza, sin decir una palabra, luego lo detiene, no quiere eyacular tan rápido, lo hace ponerse en pie y lo guía hacia sus pezones, los cuales son besados, lamidos y mordidos por la lengua experta de Carlos. La respiración del fulano se acelera en medio de aquella oscuridad. Saca algo de la bolsa de su suéter, tira la envoltura y se lo pone él mismo. Pone a Carlos de espaldas a él, escupe en su mano y embarra el ano del muchacho con la saliva. Lo penetra sin previo aviso, introduciéndose de prisa y con fuerza. A Carlos le duele un poco, pero está tan excitado que ni dice nada. El fulano lo empuja con la cadera, mientras que con las manos lo toma de los hombros y lo jala hacia él, haciendo la penetración violenta y deliciosa. Intenta estimular el pene de Carlos, quien ni siquiera tiene una erección bien hecha, y al darse cuenta de esto, lo suelta. En menos de tres minutos el sujeto termina conteniendo sus gemidos, apenas se escuchan, Carlos está ya erecto, pero eso al sujeto no le importa.
Retira su pene, quita el condón y lo deja por ahí tirado, saca un pedazo de papel higiénico de su bolsa y se limpia las manos. Se abrocha el suéter y los pantalones, suspira, y abre la puerta, saliendo y volviéndola a cerrar detrás de sí, dejando a Carlos todavía medio desnudo, solo en la oscuridad, con la respiración agitada y el culo húmedo. Ni siquiera le ha dicho su nombre. De hecho, no cruzaron una sola palabra. Se da cuenta que ha sido utilizado, que aquel sujeto jamás volverá a la librería, que no le importaba él, sino encontrar sexo rápido, con un chamaco y gratis. Sonríe, y piensa en lo excitante que es el sexo así, casual e impersonal. Toma unas servilletas, se limpia, envuelve el condón juntándolo del suelo y lo echa al bote de basura. Luego sale del cuarto y ve que la librería está vacía. En efecto, el sujeto se ha ido. Vuelve a sonreír, Qué bien, piensa, fui usado.

(FIN)

29/5/06

Confesión de un coprófago


Dice mi madre que toda la vida he sido un maldito grosero, y que así nunca voy a llegar lejos, que pasaré el resto de mis días con el sueldo miserable que tengo, que nunca podré mantener una familia y que, a pesar de ser “tan guapo”, moriré solo y amargado en un departamento pestilente. Sin embargo, mi intención nunca ha sido ser grosero. Yo sólo digo lo que creo. Además, ¿qué esperaba este cliente hijo de puta? ¿Que me pusiera a aprobar todo lo que decía como si me creyera sus mentiras? ¿Que podía llegar al local como si nada, a preguntarme por quién voy a votar, y a tratar de convencerme de que su candidato puede salvar al país de la ruina a la que ya está condenado? Mire, le dije, no me venga con chingaderas, la política es el arte de no decir la verdad entera, y le empecé a dar un sermón tan florido sobre los candidatos, que me sorprendí de los tantos adjetivos descalificativos que sabía. El sujeto dejó el periódico en el mostrador, muy enfadado, iracundo, diría yo, y me dijo, así nada más, “Come mierda”.

Eso me puso a pensar. Nadie nunca me lo había dicho de esa forma, tan seria, tan repleta del auténtico deseo de que yo fuese a un excusado tapado y hundiera la cara en él, aspirando como desquiciado las heces acumuladas. Lo vi alejarse, pensé en preguntarle, ¿le gustaría verme? Pero me contuve. Seré muy grosero, como dice mi madre, pero aún converso un poco, sólo un poco, de pudor. Y no es que sea gay, o bueno, no sé, pero me da igual que quien me observe sea hombre o mujer. Nunca he sido selectivo en ese aspecto.

Sé que suena raro, pero jamás fui el hombre más normal del mundo. Insisto: son más raros los que aceptan mis propuestas. ¡Se ven tan cómicos! Desnudos, en cuclillas en un rincón, pujando hasta que expulsan un par de cerotes. Una o dos veces me dejaron que los limpiara con mi lengua, me parecía un desperdicio, la verdad; los demás decían que les daba asco, pero yo sé que no, sólo tenían miedo de descubrir que, como yo, eran unos pervertidos. Yo nunca los obligué a mirar, sólo les pedía que cagaran frente a mí. Hasta ahora, ninguno ha querido hacerlo en mi boca, esa es mi única fantasía incumplida, pero algo es algo, debo conformarme. La única condición era: yo te cumplo tu fantasía, y tú la mía. Sólo no he aceptado hacerlo con un anciano, me parece repugnante. Pero me desvío…

Decía que mis parejas cagaban y se apartaban lo más que podían de mí. Repito, nunca los obligué a mirar, y muchos decían “no quiero ver”, pero mientras yo me moría del placer atragantándome de mierda, volteaba de reojo y los descubría mirándome horrorizados. Eso, por alguna razón, me excitaba aún más. Y si vomitaban era la gloria. Alguna vez pensé en beberme el vómito, pero el olor es asqueroso, no conseguí que atravesara mi garganta. Algunos, mujeres en su mayoría, comenzaban a llorar, se vestían y se iban. ¿Qué pasaría por sus cabezas? ¿Remordimiento por prestarse a prácticas tan poco ortodoxas? ¿Deseos reprimidos que afloraban al mirarme? Qué sé yo, y no me importa. Yo me quedaba a gatas, en un orgasmo que se extendía hasta quitar con mi lengua el último pegoste de mierda embarrado en el suelo… Lo saboreaba, y me dejaba caer, satisfecho.

No, jamás me he comido mi propia caca. No sé, no me llama la atención. Sólo me gusta la de otros. Y es por eso, y no por otra cosa, que conseguí este empleo en la central de autobuses. Porque ya no soy el jovencito guapo que mi madre conserva en su deteriorada memoria. Me voy poniendo viejo, arrugado, panzón, y no puedo conseguir tantas parejas como antes, mucho menos que se presten a hacer lo que en verdad me atrae del sexo. Todo lo demás me parece tan típico y aburrido. Y eso que he probado de todo… Bien, me desvió de nuevo.

Decía que aquí en la central, el servicio de baños es pésimo, y los enfermos del estómago son bastantes. Todos los días hay, al menos, dos excusados tapados, rebosando una mierda espesa y pastosa, de una consistencia incomparable. De noche, al cerrar el local, me voy como si nada al baño, y me doy mi banquete de placer.

(FIN)

[De la serie "Perversiones"]

20/3/06

#5: "En las películas" (Lunes)















Apagó el motor del coche y se quedó mirando, no porque fuera fanático de meter su nariz en asuntos ajenos, ni por morbo, en realidad, tenía un presentimiento, algo le decía que aquella mujer cambiaría su vida, estaba seguro, desde el primer momento en que la vio, hace apenas unos segundos, sus lágrimas, su cabello desordenado, su rostro desecho, y el patán que le gritaba en plena cara, era una situación de película, Damián se acercaría ignorando al tipo ese, y le preguntaría a la pobre muchacha si se encontraba bien, tal vez tendría que darle algunos golpes al imbécil machista que la acompañaba, o tal vez tendría que soportar unos duros puñetazos en la cara, uno nunca sabe si el oponente resultará experto en Kung-Fu o no, de cualquier manera, aunque recibiera la paliza, la muchacha apreciaría el gesto, le gritaría al novio y luego consolaría a su héroe fracasado con palabras tiernas y promesas de futuros encuentros. Era el plan perfecto, no podía fallar.
La mano de Damián está lista para abrir la puerta, pero ha decidido esperar un poco más, tal vez la discusión esté por finalizar… Tal parece que no, y Damián, predispuesto a soportar la paliza –el sujeto, viéndolo mejor, parece ser muy agresivo–, baja despacio del coche, guarda sus manos en los bolsillos y empieza a caminar con prudente lentitud, Vete, por favor, vete, y antes de cruzar la calle escucha al sujeto gritándole, Chinga a tu madre, pues, y se aleja apretando el paso y desapareciendo entre el cúmulo de gente que se dirige a la plazuela Machado. Damián va casi en dirección opuesta a todos ellos, por lo que le cuesta un poco de trabajo llegar hasta la mujer que lo dejó cautivado. Oye, estás bien, pero ella no contesta, alza la cara, lo mira escudriñándolo, Qué quieres, Nada, sólo saber si estás bien, Y por qué no habría de estarlo. Damián se recarga contra la pared al lado de ella, mira las caras que desfilan frente a él, todas sonrientes, entusiastas, listas para una noche más de inimaginables excesos, ese sería el momento idóneo para deslindarse de “eso” que le cambiará la vida, decirle, Perdón, no quería molestarte, y largarse, dejando a la grosera pero hermosa mujer para que se seque por sí misma las numerosas lágrimas, y en cambio, otras son las palabras que pronuncia, Te vi pelear con tu novio, Ese pendejo no es mi novio, es un cabrón, como todos los hombres, y sus ojos adquieren ese tinte nostálgico de cuando no sólo dices algo porque sí, sino porque para ti es una verdad absoluta y, además, dolorosa. Damián sonríe, No estoy de acuerdo, no todos somos así. La muchacha lo mira con incredulidad y un poco de enfado, y luego, casi en un murmullo, pero bien audible, Todos dicen lo mismo. Damián vuelve a sonreír, y al desviar un poco la mirada descubre al sujeto que hacía apenas unos minutos le había dicho a la mujer que chingara a su madre, regresando sobre sus pasos, abriéndose camino entre la gente con empujones y groserías, con la vista clavada en él. Mierda, ahí viene mi novio, vete, si te ve conmigo te va a matar, le dice ella, pero Damián, con la sangre hirviendo, aprieta los puños y tensa los músculos, mientras piensa, No que no era tu novio, un valor extraño surge de su interior y lo dispone para cualquier cosa. La mujer se da vuelta y lo empuja cuando el novio ya está a unos pocos metros de ellos, Vete, chingado, ¿no entiendes? ¡Te matará! Damián hace caso omiso, de hecho no la escucha, el novio, más alto, rostro cuadrado, ojos furibundos, labios delgados, pelo brillante y ondulado, traje fino, zapatos lustrosos, perfume caro, se planta frente a él, la mujer se aparta, más bien corre, huye de ahí, dejándolos solos en medio de todas aquellas personas que no terminan de pasar y no se fijan en ellos, y Damián, con el miedo paralizándole los músculos ahora que no hay mujer hermosa para impresionar, comprende al fin las advertencias de ella, cuando el novio le muestra el cañón alargado de un arma con silenciador asomándose por su saco, y en un rudo abrazo lo acerca a él, Damián siente el arma, Órale, cabrón, a ver si así te vueles a meter con mi vieja.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Cuatro balas, rápidas y silenciosas, penetran en el abdomen y en el pecho de Damián, mientras el novio, muy tranquilo, se incorpora a la multitud alisándose el saco, y se pierde en busca de la que escapó.
Pasará un buen rato antes de que alguna de aquellas personas, nubladas sus mentes por la fiesta frente a ellos, se percate del cuerpo de Damián, tirado junto a la pared, ahí, a la luz de los faroles amarillentos, tal vez alguien tenga que resbalarse con su sangre en la banqueta para que lo descubran, desangrándose hasta la muerte mientras piensa, Ni siquiera me dijo su nombre, ni siquiera vio cómo me mataban… Carajo, así no pasa en las películas.

(FIN)

19/2/06

Habitación 203

Fortuna

Primer Cuento: "Fortuna"

Se podría decir que, por una parte, es natural que Genaro sienta algo de vergüenza en una situación como esta, sobre todo si no es él quien se ha adelantado hasta donde se encuentra la señora que vende hot-dogs para preguntarle dónde hay un hotel cerca, sino la dama que lo acompaña. Y es que el hombre es quien, en general, tiene la necesidad de presumir a quien pueda, entre más gente mejor, que va a coger, por usar el término vulgar, y qué mejor manera de hacerlo que tomar de la mano a la complaciente compañera e ir preguntando por la calle dónde hay un hotel cerca, o acudir a una farmacia abarrotada de gente a comprar condones, y, si la insinuación no basta, llevar de paso lubricante y preguntarle al encargado si él no sabe dónde hay un hotel cerca.

En este caso, fue Alma quien interrumpió la intensa labor de besos y caricias en la mesa del table-dance unisex donde se encontraban, encendida por una pasión desmedida luego de ver tanto manoseo por todas partes, los tacones altos como únicas prendas de las exhuberantes bailarinas, las diminutas y casi transparentes tangas con que los cuerpos bien musculosos de los strippers iban cubiertos, y cuerpos, cuerpos con cientos de pares de manos que exploran la piel desnuda en busca del éxtasis carnal, como en una orgía descomunal donde nadie queda excento de recibir su dosis de placer. Alma apartó el rostro de los labios de Genaro, y luego de un profundo suspiro murmuró en su oído, Vamos a un hotel. Genaro la miró, para descubrir una firme determinación y un candor nada pudoroso, asintió, se empinaron las respectivas botellas de cerveza y, todavía proporcionándose suaves y súbitos besos cada tres o cuatro pasos, salieron del antro de mala muerte apestando a alcohol y a tabaco y se adentraron en las calles del centro de la ciudad. Eran las cinco de la mañana, según el reloj de la catedral.

Déjamelo a mí, le dijo Alma, demostrando que era ella quien iba a tomar el control de la situación hasta el final. Así, Genaro se dejó guiar hasta el hotel indicado, esperó a que Alma hablara con el recepcionista y luego la siguió, tratando de recordar si alguna vez había tenido tanta suerte como aquel día, y por más vueltas que le daba a la memoria no se le ocurría una situación así de afortunada: conocer en el bar de siempre una mujer como nunca, es decir, hermosa, bien formada, y al parecer, ninfómana, que le había invitado cinco caguamas sin pedir nada a cambio más que una tanda frenética de luchas lingüísticas, en el sentido literal. Decidió no dudar más, y dejarse llevar. A partir de ese momento, de su boca no saldría un No.

El recepcionista les deseó buenas noches y guiñó el ojo a ambos mientras cerraba la puerta y colgaba el letrero de No molestar en el picaporte. Alma empujó a Genaro a la cama y con un salvaje tirón le arrancó la camisa, regando los botones por el suelo. Se subió en su cintura y comenzó a besarlo con la urgencia del fin de los días, mientras Genaro no hacía nada más que abrir y cerrar la boca, sacar y meter la lengua, subir y bajar los brazos tratando de recorrer con las manos todo el cuerpo, todavía vestido, de Alma. Apenas sentía los mordiscos, los rasguños, las lamidas, pues el mareo y la insensibilidad provocada por el alcohol ya empezaba a dejarse notar. Mejor, pensó Genaro, así duraré más.

Un punto sensible del suertudo Genaro es el cuello, por eso le pareció perverso que Alma se detuviera en sexo cuando estimulaba con los labios aquella zona. La mujer se levantó de la cama, sacó un teléfono de su bolso y marcó un número. "Dónde estás (...) ¿Yo? En el hotel Tecate, cuarto 203". Alma se ríe, y cuelga el teléfono. Genaro, curioso e impaciente, pregunta.

-¿A quién llamaste?
-Invité a Lucía... No te molesta, ¿verdad?

Por un instante, Genaro no sabe qué decir. El timbre del teléfono le da tiempo para pensar.

"¿Hola? (...) ¿Dónde la encontraste? (...) Por supuesto que puede venir. Y tráete una cámara de video (...) 203, no lo olvides... Pero apúrate que sólo es uno para tres".

Ahora sí, Genaro no puedo disimular su asombro. Con la felicidad dibujada en el rostro, y la sonrisa cómplice y dulce de Alma, observa cómo ella va desabotonándose la blusa, y concluye que, en efecto, jamás había sido tan afortunado.

(FIN)

11/1/06

Moscas

Moscas

Toda su vida había soñado con hacerlo, pero sólo hasta hoy había tenido la oportunidad. O el valor. Llevaba meses haciendo que su departamento se pudriera con restos de comida, mierda de animales, basura y demás pestilencias. Él mismo había dejado de asearse. Y lo hacía persiguiendo un único, firme y claro objetivo: cumplir su más grande y más perversa fantasía sexual.
Se consideró siempre distinto a los demás. De niño no iba a los parques a jugar, sino a buscar hormigueros, echarse al pasto y ver de cerca el arduo e interminable trabajo que las diminutas criaturas realizaban. Capturaba mariposas, las metía en un frasco con agujeros en la tapa para contemplar su belleza inigualable hasta que los ojos se le cansaban de tanto verlas. Correteaba por su casa a las cucarachas, las tomaba con cuidado entre las manos y se conformaba con sentir las patas viscosas en la palma de la mano, y en concha dura y fría, y las antenas en constante movimiento... Jamás mataba a los animales para coleccionar sus cadáveres, como hacían otros aficionados a los insectos, ya que la sola idea le parecía horrible, cruel, brutal.
Apenas llegó a la adolescencia, tras encenderse sus todavía inocentes pasiones y oscuros deseos, descubrió que el amor que profesaba por los insectos iba más allá de una simple admiración. Sobre todo, por las moscas. Su anatomía armoniosa, la agilidad de sus movimientos, sus hábitos, el zumbido de sus alas, el cosquilleo que sentía en la piel cuando sus finas, casi imperceptibles patas se paseaban encima suyo, le provocaban un placer difícil de experimentar por otros medios. Las raras ocasiones en que conseguía que una mosca se posara sobre su pene mientras se masturbaba, hacía estallar en él un orgasmo indefinido, irreal, tan feroz como la creación misma del universo.
Por supuesto que tuvo serias dificultades para ocultar a sus padres su inclinación sexual. Llegaron a pesar que Higinio, ese era su nombre, era homosexual, por aquello de que jamás le conocieron novia que no fuese inventada. Poco a poco, aprendió a balancear su escasa vida social con su perversa faceta sexual, y sus compañeros de escuela, y más tarde los del trabajo, comprendieron, al no encontrar otra explicación coherente, que Higinio era lo que se llamaba un asexual, pues sus amigos varones lo invitaban a prostíbulos y tables-dances, y aunque iba de vez en cuando, sólo para no levantar sospechas, se mantenía reservado, distraído, hasta parecía aburrido, y lo mismo pasaba cuando sus dos o tres amigas, pensando que no tenía el valor suficiente para salir del clóset, como dicen, lo llevaron a un antro gay, con strippers y cuartos oscuros. En un par de meses se daban por vencidos, y para consolarse, suponían que Higinio tendría un desorden hormonal, o genético, o psicológico, que lo hacía invulnerable a la influencia y el deseo del sexo.
Él no se consideraba como los demás zoófilos. Le parecía asqueroso introducir su miembro en cualquier tipo de cavidad que se prestase para ello, odiaba a los mamíferos, siempre llenos de pelo y salivando sin descanso o haciendo ruidos insoportables. Higinio, en cambio, disfrutaba de la sutileza, la gracia, la viscosidad. Había probado con gusanos, arañas y termitas, pero nada tenía comparación con las moscas.
Un día vio en televisión un sujeto que, para romper un absurdo récord, se cubría el cuerpo con alacranes. Aunque los alacranes le asustaban un poco por el veneno mortal, la idea le pareció demasiado excitante, y decidió hacer lo mismo, pero no para romper ningún récord mundial, sino uno personal, el del mayor orgasmo de su vida.
Se desnudó por completo, se paró en medio de la cocina y alzó la cubeta sobre su cabeza. Ya algunas moscas, atraídas por la basura acumulada y la podredumbre circundante, se habían posado, curiosas, en su cuerpo. Volteó la cubeta y dejó caer sobre sí, poco a poco, las vísceras, los sesos y la sangre, hasta que se cubrió por completo y se tendió de prisa en el suelo. De inmediato las moscas volaron hacia él, y como una segunda piel, transformaron su cuerpo en una masa negra, asquerosa y zumbante. Minutos después, Higinio perdió el conocimiento, víctima de un placer profundo y descomunal, pero las moscas, enloquecidas, salvajes, carcomieron la basura que cubría el cuerpo, y luego, cuando terminaron, pasaron a la piel viva, hasta atravesarla, y empezaron con la carne, entraron por sus oídos, por la nariz, por el ano, y se dieron el banquete de su efímera existencia, mientras Higinio, ya en el umbral de la muerte, volvía al mundo conciente por un breve lapso sólo para sonreír, satisfecho por al fin sentir moscas dentro de su cuerpo.

(FIN)

28/2/05

cortina rosa

Los labios que la besaban sabían a gloria, y las manos que acariciaban su piel eran varoniles y expertas, y se metieron sigilosas debajo de su bata de dormir, y comenzaron a quitarle los calzones mientras ellasonreía y murmuraba "sigue, no te detengas". El escándalo de la puerta la despertó. Ernesto llegaba, ebrio e inoportuno como siempre, cantando canciones mezcladas de acuerdo a lo que se le iba ocurriendo, y Aurora abrió los ojos, espantada y sudando la excitación de su sueño. Su marido ni siquiera alcanzó a llegar a la cama, y se desplomó a mitad de las escaleras. La habitación tenía un aire de perturbación, la ventana del balcón estaba abierta de par en par, y el viento que se colaba daba la impresiónde que alguien había huído precipitado de allí. Lo que la dejó pensando no fue todo eso, sino su ropa interior hasta las rodillas, y la sensación en la piel de unas manos duras.

Ya iba a ser mediodía cuando Ernesto apenas salía para la oficina. Aurora ya estaba cansada de reclamos, de sermones, de pedir explicaciones o disculpas, todo sin resultado, y había preparado el desayuno y planchado la ropa de su esposo sin decir una palabra. Hasta aceptó el beso obligado de despedida,fastidiada por haberse casado con un hombre como aquel. Ya lo sospechaba, y en los tres meses que llevaban juntos lo había comprobado: Ernesto era homosexual. Se había casado con una mujer para conservar una buena imagen social, y tal vez porque a él mismo le aterraba su preferencia, pero todo apuntaba a una sola explicación. No se preocupaba por tocarla, pasando por alto sus provocaciones. Su celular estaba lleno de teléfonos de otros hombres, su maletín de recados comprometedores y de membresías de clubes gay. Y Aurora no era fea, para nada, si hasta sentía cómo el jardinero la miraba deseando su cuerpo joven hecho de gimnasio paseándose en shorts diminutos por el patio, o tomando el sol en la piscina vestina apenas con un pequeño y triste bikini. Se quitaba la ropa y se miraba en el espejo por todos lados, y no podía aceptar otra explicación.

-Él es el maricón.

A la noche siguiente, recordó el sueño tan realista que había tenido, y se quedó despierta hasta muy tarde. Justo cuando la somnolencia la dominaba, escuchó que la ventana se abría poco a poco, y cerró losojos para fingirse dormida. El hombre que había entrado destapó su cuerpo y comenzó a tocarlo, desde las pantorrillas, recorriendo los muslos, las caderas, el vientre, los senos, el cuello, y coronó su labor con un beso en los labios que Aurora correspondió. El hombre se asustó al verla despierta, y se disponía a irse, pero ella lo detuvo por el brazo, sin poder verle la cara por la oscuridad.

-Por favor... quédate.

El hombre vaciló un instante, pero al final regresó y desnudó a Aurora, y ella lo desnudó a él, y se dio vuelo con un cuerpo cuya existencia se limitaba a complacerla. Retozaron ciegos y alegres durante un buen rato, y Aurora explotó en placer dos segundos antes de que Ernesto llegara con su tradicional escándalo. Cuando recuperó las sensaciones de su cuerpo, su amante se había ido, dejándole el vacío de no ser lo que quisiera ser, en el abismo de la realidad. Ernesto la encontró desnuda sobre la cama, ruborizada y dispuesta a proseguir con su pasión. Sólo atinó a decir:

-Dormiré en la sala

(...)

Todas las noches, Aurora se preguntaba quién podría ser su amante nocturno. Tenía que ser un hombre joven para tener la vitalidad de cuatro o cinco sesiones por encuentro, dependiendo de la hora en que Ernesto llegara, y a juzgar por las propiedades físicas de su cuerpo, algún fisicoculturista muy bien dotado, o una estrella porno a domicilio. Se dio cuenta de que lo más atrayente de su relación no era el sexo en sí, sino el misterio de hacerle el amor a un desconocido. Ni siquiera tocaba su cara, para no formarse en la mente una idea de su rostro.

Estaban jugueteando en la cama sin pronunciar palabra cuando al amante se le ocurrió prender la luz del cuarto.

-Quiero ver tu cuerpo desnudo...

Aurora vio a su vez, con la claridad del foco, la cara de Esteban Parra, su joven vecino, el soltero más codiciado de la colonia.

-¿Tú?
-¿A quién esperabas? ¿A tu jardinero...?

Llegaron hasta el final aquella vez, pero Esteban no se dio cuenta del desencanto que Aurora había sufrido, y cuando volvió la noche siguiente, encontró la ventana cerrada, y una cortina rosa obstruyendo la vista. Aurora lo escuchó llegar, pero ya no le veía el caso, ahora que el rostro de su amante se había revelado. Hizo un gesto cualquiera, para no darle importancia al hombre de la ventana, y el jardinero continuó besando el cuello de Aurora.

(FIN)