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7/10/09

El argonauta del pacífico occidental [2 de 2]



2.

Por la noche, agotado, recogió la vela y se dejó llevar por la corriente. El mar, es verdad, era peligroso, pero si tenía que morir, moriría, sin importar los rituales o la magia. Vaya disparate, pensaba, temblando de coraje, vigilando el firmamento despejado y tranquilo, Y pensar que tantos años me equivoqué. Estaba decidido a viajar hasta encontrar una isla donde no practicaran la magia, donde pudiera vivir libre de rituales estúpidos y sinsentido, sólo ocuparse de trabajar y comer, nada de iniciaciones, ni ceremonias, ni canoas mágicas. En algún lugar de este mar debe haber un lugar así, se dijo.

Dos mil metros arriba de su cabeza, arropados por la oscuridad de la noche, los traficantes de diamantes gritaban desesperados y discutían por sus vidas. El conductor del helicóptero esperaba instrucciones, el líder de la banda, tenso, analizaba las opciones que tenían: una, arribar al puerto y entregarse sin resistencia al ejército, sabiendo que los matarían; dos, arribar al puerto y luchar contra ellos hasta morir; tres, estrellarse contra el mar y morir de todos modos. Uno de los miembros de la banda lloraba de desesperación, No quiero morir. De todos modos vamos a morir, pero podemos arruinarles el decomiso a esos imbéciles. Ordenó, al fin, que arrojaran los diamantes al mar, terminando así con su largo viaje por tierra, por agua y por aire, que prepararan sus armas y que trataran de morir dignamente, como hombres que eran. Así lo hizo el piloto.

Estaba a punto de amanecer y Najut ya cantaba victoria cuando escuchó un ruido extraño en el cielo. Miró hacia arriba pero sólo vio sorpresivas nubes de tormenta arremolinándose sobre su cabeza. Después de un trueno que partió el cielo en dos, empezaron a caer las piedras por todos lados. Eran brillantes, más duras que cualquier piedra que hubiera visto antes, cayendo con resplandor de fuego. Golpeaban por todos lados, dándole con tanta fuerza como un coco pétreo en la entrepierna, provocando que el agua se revolviera, que la canoa se agitara y que Najut pensara en la muerte. Entre el estruendo de los rayos y el incremento tempestuoso del oleaje, Najut no sabía qué hacer, sólo podía cubrirse la cabeza con los brazos y esperar que aquello terminara. Humillado y confundido, trató de convencerse de la imposibilidad de aquel acontecimiento, Esto no está pasando, repetía como único consuelo, cuando una piedra lo golpeó en la frente y lo dejó tumbado en el piso de la canoa, rodeado de la apacible oscuridad del otro mundo.

Eso creyó él cuando despertó y descubrió el mar en calma y el piso de la canoa alfombrado por una capa uniforme de piedras brillantes, afiladas como espinas. El sol le daba en la cara y la sangre seca en la frente le había dejado la piel dura. La vela, partida, no le serviría para continuar el viaje. Resignado, se lavó la cara con agua de mar y, en la transparencia de las aguas, alcanzó a ver en la profundidad una gigantesca, imposible, serpiente marina, avanzando con lentitud justo debajo de la canoa, acechándolo sedienta de sangre.

Varios cientos de metros debajo del mar, el marinero avisó al capitán que habían detectado un objeto pequeño, inmóvil, sobre la superficie, pero no podían identificarlo. El capitán, hombre patriota, preocupado por la fiabilidad del informe que presentaría al presidente de la nación sobre la situación de estas aguas nuevas y desconocidas, aunque pensaba que no sería más que basura o algas flotantes, ordenó que se acercaran lo suficiente como para mirar por el periscopio electrónico. Tuvieron que dar tres vueltas antes de emerger a la superficie, ante la mirada atónita de Najut, quien, presa del pánico, empezó a susurrar el conjuro que repelía a las serpientes marinas. Pero la gran masa negra, cuyo resplandor se confundía con el del agua salada, no se detenía. El argonauta, fuera de sí, vio cómo la boca del animal ya lo tenía al alcance cuando, sin más, su ojo negro se sumergió y la serpiente se alejó a toda velocidad, dejándolo otra vez en manos del silencio implacable del mar.

Ya con el sol descendiendo, la corriente lo llevó hasta un punto en que, más allá del horizonte, Najut alcanzó a vislumbrar una difusa capa de tierra. No era esa la isla con la que usualmente comerciaban y practicaban el Kula, pero era tierra, al fin estaría a salvo. Comenzó a remar con el brazo, víctima de un furor espontáneo, y no se percató de la nube de roca que se le acercaba por detrás hasta que vio su sombra en el agua y escuchó el estruendo de su música demoníaca. Eran las ninfómanas del mar. Desnudas sobre su nube, se deslizaban por el mar cazando a sus víctimas, los seducían con los calores propios del cuerpo y los destrozaban en sus vaginas carnívoras. En verdad, Najut las imaginaba diferentes: con cuernos y cabellos de serpiente, siete brazos y piel de calamar. Pero estas eran, sin duda gracias a sus artificios, muy parecidas a las mujeres, sólo que de piel de durazno, de cabellos de oro y con los senos pequeños y rosas. De no haber sabido que eran monstruos, Najut las habría considerado hermosas.

Las chicas, embriagadas y bajo los efectos de fuertes alucinógenos, se sorprendieron cuando encontraron en mar abierto a este pobre indígena a punto de la deshidratación. Una de ellas, verdadera pervertida como luego asegurarían sus compañeras de parranda, en especial la hija del dueño del yate en el que habían zarpado a la paradisíaca ilegalidad de las aguas internacionales, propuso que lo rescataran pues, decían, los nativos de aquellas islas extravagantes eran famosos por sus miembros inmensos y desproporcionados. Además se va a morir, dijo otra, y de inmediato entre todas buscaron una cuerda y se la lanzaron. Sólo dos o tres protestaron, Se suponía que era una fiesta de mujeres, enojadas porque creían que sus fantasías lésbicas podían hacerse realidad fuera de los ojos del mundo, pero nadie les hizo caso.

Esta vez, a Najut no le sirvieron los conjuros. Ante su resistencia para trepar por la puerta, dos de las bestias come-hombres bajaron por una escalera y lo llevaron por la fuerza al yate, donde se vio hundido y asfixiado por las pócimas más mortíferas que jamás hubiera imaginado, que le quemaban las entrañas, y rodeado de pieles sudorosas, manos imparables, lenguas curiosas, piernas sofocantes y gritos ensordecedores cuando le quitaron el taparrabos que cubría sus vergüenzas y se dieron cuenta que era verdad lo que decían de los indígenas de aquella región. Su miembro exuberante, por fortuna, fue su salvación: algunas de las mujeres, asustadas por aquella obscenidad, ni siquiera se atrevieron a tocarlo, y las que decidieron a montarse en aquel animal vigoroso no aguantaron más de una sesión. Najut pronunciaba, resignado, los conjuros contras las ninfómanas, pero nada las detenía, y entonces empezó a pedir perdón y protección a los ancestros para que le permitieran sobrevivir a la amarga y despiadada tortura de tan bárbaros demonios sexuales.

Antes que el sol saliera, se acercaron a la costa y lo dejaron ir, libre y vivo de milagro, entre risas, besos y aplausos que él no entendía. Exhausto y desamparado, se dejó caer en la arena y lloró. Pero antes de levantarse, y al ver la luz del sol iluminando esta nueva tierra con sus primeros rayos, pronunció el conjuro ritual, Permite, oh gran Babut, que mi alma se expanda por mi cuerpo como la luz del nuevo día por el cielo, para que la oscuridad me deje libre para seguir adorando a mis ancestros.

(FIN)

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[Primera parte]

3/10/09

El argonauta del pacífico occidental [1 de 2]



[Basado en "Los argonautas del Pacífico Occidental", del antropólogo polaco Bronislaw Malinowski]


1.

Su hijo murió en sus brazos una tarde cualquiera, como todas las que se sucedían sin cesar en aquel rincón olvidado de dios, y su mujer sólo aguantó la enfermedad dos meses más. A veces los niños mueren, le dijo su Maestro a manera de frío, único e insensible consuelo, y lo apresuró para llevar a cabo el entierro, no le fuera a traer mala suerte el cadáver. Najut, con la oreja ensangrentada, pareció obedecer: en silencio y sin consultar a sus parientes, cavó un hoyo en la tierra, en una esquina del patio de su choza, y colocó el pequeño cuerpo envuelto en hojas de palmera sin mencionar las palabras rituales, ante la estupefacción del pueblo entero, que lo había seguido en silencio, lo había observado cavando, lo había visto arropar a su hijo, pero nadie había movido un dedo, presas de la expectación y paralizados por semejante herejía, fascinados al mismo tiempo por la presencia descarada del mismísimo demonio. Su Maestro lo reprimió con severidad cuando empezó a echarle la tierra encima, Nuestros ancestros no nos lo perdonarán, nos condenarás a todos, a lo que Najut contestó con parquedad, Ya estamos condenados, y el consejo de ancianos, al que le sobrevivían sólo dos miembros, acordó que apenas se recuperara su mujer, este hombre peligroso sería expulsado de la isla para siempre.

No esperó a que su mujer se recuperara. Condenado al más estricto aislamiento por el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, que ya no podían hablarle más a menos que quisieran infectarse de su impureza, sólo podían observar a Najut pasear entre los árboles de la isla en los días siguientes a su expulsión de la comunidad, lo vieron talando el árbol seleccionado sin mencionar el conjuro para la protección de la madera de las serpientes marinas; lo vieron cortarla y tallarla, pasando por alto el hechizo para la repulsión de las ninfómanas del mar, y echarla al agua sin el ritual específico para evitar la lluvia de rocas en altamar. La isla más cercana estaba a dos días de navegación, pero sus vecinos y amigos estaban convencidos de que su canoa ni siquiera lograría pasar la primera ola.

Se preguntaban entre ellos qué le habría pasado para que se volviera un hereje, pero no concebían una razón. Estaba en camino a convertirse en el sucesor de Qat, el mayor y único hechicero que la isla tenía. El Maestro Qat le había enseñado toda clase de conjuros que, de su boca, no habían fallado ni una sola vez. La infalibilidad de la magia de Najut inspiraba en la gente del pueblo un profundo respeto, pero también cierto temor. Por supuesto, les parecía extraño que anduviera por ahí, preguntando si a alguien alguna vez lo habían atacado las serpientes marinas, o si se había visto atrapado en una lluvia de rocas, o si sabía de alguien que hubiera muerto en las vaginas insaciables de las ninfómanas del mar, pero todos sabían que los hechiceros jóvenes eran por regla excéntricos y mal educados. El Maestro Qat le instaba a dejar de hacer ese tipo de preguntas, Najut nunca hizo caso, y las hacía en los momentos menos esperados, en los banquetes, en las celebraciones, en las iniciaciones de los más jóvenes, en las visitas obligadas de la mañana. Y todos temían que, si le mentían, serían víctimas de su magia, por lo que la única respuesta que obtenía era No, nunca he visto nada de eso.

La cosa es que, cuando la mujer de Najut enfermó, él mismo realizó el ritual que se hacía para que las canoas no se hundieran en medio del mar. Creyó que el efecto mágico en su futuro hijo sería el mismo que daba inmortalidad a la madera de las canoas, pero se equivocó, la magia, siempre poderosa, siempre eficaz, esta vez no tuvo efecto alguno. Cuando lloraba frente al cadáver de su hijo, le confesó a su Maestro lo que había hecho y él, enfurecido, le dijo que los conjuros que le había enseñado sólo funcionaban para el Kula, no para la gente, Hacer lo que hiciste es un sacrilegio, es querer que te den un collar a cambio de otro collar. Najut se puso como loco, su Maestro pensó que estaba poseído: gritaba, blasfemaba, decía que la magia era una estupidez, que no servía para nada y que él y los demás hechiceros lo único que hacían era engañar a la gente con poderes que no eran reales. En ese momento, el Maestro Qat le arrancó de la oreja la pluma que lo distinguía como aprendiz de hechicero. Minutos más tarde, daría un paso más y lo desterraría de la isla.

Pasados los dos meses, su mujer murió. La escena del funeral anterior se repitió, Najut cavó un hoyo, envolvió a su mujer y la cubrió de tierra sin más formalidad. Esta vez, el hechicero había prohibido a la gente acudir, así que todo el pueblo se había repartido en las chozas de los vecinos de Najut y espiaban cada movimiento con morbosidad enfermiza. Apenas acabó, se dirigió a la canoa profana que había construido. Soltó la cuerda y la echó al mar, y los vecinos, atentos desde sus cabañas, creyeron entender que lo que Najut quería era suicidarse, víctima de la lluvia de piedras. Su madre, que lo veía desde la puerta de su choza, lloró durante días enteros luego que se fue, pensando que una serpiente marina se lo comería, pero nadie hizo nada para detenerlo. Lo vieron alejarse en el horizonte, con la cara dura y sin expresión, le desearon que, al menos, no se topara con las ninfómanas de mar, los más terribles monstruos, y él, sin mirar atrás, izó la vela y emprendió el camino.

[Continúa]

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[Segunda parte]

12/9/09

Un espejismo



1. Es un fuerte choque recordar, en sólo hora y media, que todo lo que vivimos, esta realidad que hemos creado, de la que tan orgullosos estamos, es un fraude. Es un mundo mágico que no corresponde con el mundo exterior, que nos aleja de nuestra verdadera condición. Vivir para generar dinero, no es lo que deberíamos estar haciendo. Hemos edificado ciudades de asfalto, inmensas, laberínticas, donde hemos decidido perdernos para siempre en una bruma de ilusiones y falsos recuerdos, de un futuro irreal, inverosímil, al que estamos ansiosos de llegar pero que, sabemos, nunca llegará, porque más pronto se congelará el sol que saciará el hombre su ambición. Todo acto de nuestra sociedad (entiéndase occidental, "moderna" o mexicana, da lo mismo) es una parodia de un sueño que no puede ni podrá concretarse jamás. Escribir frente a esta computadora, por ejemplo. Para poder hacerlo, necesito luz, dado que el aparato electrónico complejo del que me sirvo así lo exige. Que se haga, pues, la luz, a través del enchufe y el cable. ¿Quién ha puesto ese enchufe ahí, y peor aún, de dónde viene esta energía eléctrica, nombre verdadero de lo que coloquialmente he llamado "luz"? La computadora está dispuesta, para mi uso y disfrute, en un escritorio de aserrín prensado, sencillo, con una repisa y un cajón. No son más que restos de madera y pegamento, uno que otro tornillo, que me da el soporte para no tener que acostarme en el suelo helado a escribir. ¿De dónde ha salido esta madera, quién ha armado este mueble? No yo. El instrumento principal, la computadora, es todavía más surreal. El código binario en que funciona la transmisión, procesamiento y codificación de la información es producto de complicados procesos intelectuales que se han acumulado a lo largo de toda la historia humana. El plástico que recubre todos los componentes electrónicos es, igualmente, resultado de la explotación salvaje de nuestra principal fuente de energía, el petróleo. Nada de esto, ninguna de estas cosas, las he trabajado yo. Lo único que hice fue conectar cables y presionar botones. Las casas en las que vivimos, las calles por las que transitamos, los alimentos que ingerimos y las diversiones que nos procuramos, nada es sino un espejismo que nos ayuda a olvidarnos que a cientos de miles de kilómetros hay millones de personas trabajando de sol a sol para que nosotros, habitantes/parásitos de las ciudades, podamos conservar esta vida repleta de lujos que tanto nos gusta y a la que tan bien nos hemos acostumbrado. Hemos construido nuestro modelo social en torno al dinero y no al alimento, como lo hacen el resto de las especies que habitan nuestro planeta. A causa de esto, hemos roto el equilibrio en que la Tierra se mantuvo durante millones de años antes de nuestra aparición. Un día, el dinero no tendrá más sentido, porque el petróleo se acabará, los árboles se acabarán, el agua se acabará, el aire se acabará, y los humanos, al fin, se acabarán también, víctimas de sus propios (devastadores) actos. Ese día, la Tierra, librada para siempre de su peor pesadilla, respirará aliviada, se sacudirá las cenizas y continuará sonriente su recorrido por el Universo que, generoso, no la volverá a castigar con tan despreciable especie.

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Recomendación: Home, un film de Yann Arthus-Bertrand.

26/9/05

Tamara



Un hombre calvo, sin expresión alguna en el rostro, anuncia con un altavoz lo que él llama "la atracción principal" de la feria, la mujer araña, Tamara, pase y véala con sus propios ojos, no es ningún truco, es un reto a sus sentidos, recibió un castigo por desobedecer a sus padres y quedó así, pase y véala usted, sólo por hoy, diez pesos la entrada. La voz animada invita a los que pasan frente a la tienda, algunos, incrédulos, no hacen mucho caso, otros más, curiosos, buscan en los monederos y pagan la entrada, al poco rato salen sonriendo, satisfechos, lo que pagaron valió, sí señor, una verdadera mujer araña, los niños también sonríen al salir, pero se les alcanza a notar el miedo en los ojos, "por desobedecer a sus padres", grita el hombre calvo, es un castigo muy brutal para estos niños modernos, suelen quedarse sin golosinas, sin videojuegos, sin postre, sin salir a jugar, sin juguete nuevo, todo depende del niño y de los padres, habituados ya a este tipo de reprimendas, pero no a ser convertidos en arañas, algunos piensan, ingenuos, que no estaría mal, "Podría ser un súper héroe", y se imaginan trepando por el techo, por los edificios, columpiándose sobre las calles de la ciudad, atrapando criminales.

Marcos va comiendo palomitas, camina despacio, sin prisas de ninguna índole, deteniéndose aquí y allá, mientras come sus palomitas de una en una, no quiere atragantarse. Da vuelta en una esquina y descubre al hombre calvo con el altavoz, su tono no cambia, como una grabación va repitiendo las mismas palabras, venga a ver la atracción principal de la feria, la mujer araña, Tamara, pase y véala con sus propios ojos, no es ningún truco, es un reto a sus sentidos. Marcos se detiene frente a la tienda y mira el letrero encima de la puerta, ahí está el dibujo de una mujer asustada, huyendo de los relámpagos nocturnos que la atacan, parece correr con torpeza con sus ocho patas, peludas, largas y asquerosas. Como para asegurarse de que nadie lo mira, Marcos voltea a un lado y al otro, nadie se fija en él, las familias van juntas, protegiendo a los niños, las parejas van tomados de las manos, próximos los cuerpos que se aman, los amigos van en grupos, unos numerosos, otros no tanto, haciendo bromas y dirigiéndose sin escalar a los juegos mecánicos ubicados en el fondo. Nadie parece ir solo, excepto Marcos, es evidente, el hombre calvo le habla directa a él, alteranso un poco su recitación, pase señor, y véalo con sus propios ojos, no es ningún truco, es un reto a sus sentidos. Busca en su bolsillo y saca una moneda, se la entrega al encargado, entra.

Atraviesa la cortina púrpura y avanza por el estrecho pasillo. Al final de éste, dobla a la derecha y se encuentra en un cuarto pequeño, abarrotado de gente que, maravillada, observa a través de una ventana en medio de la pared blanca a la mujer araña quieta, encima de una mesa de plástico, con la expresión fastidiada y cansada. Algunos murmuran, tratan de explicarse el truco, Será una muñeca, dice uno, y el otro responde No, no ves cómo mueve los ojos, no es una muñeca, Entonces es un robot, pronuncia un tercero, y los otros dos parecen estar de acuerdo, mientras Tamara voltea los ojos, habrá pensado Que imbéciles, ojalá yo fuera un robot para no tener que soportar comentarios estúpidos, entonces alguien le dice A ver, mueve las patas, y Tamara, obediente y fastidiada a la vez, hace bailar con distracción sus patas sobre la mesa. Parecen de verdad, dice un niño. Luego alguien le dice A ver, acércate un poco, pero ella no puede, y así lo dice, No puedo, su voz dulce, infantil casi, sorprende los oídos de Marcos, Por qué, le preguntan, y ella, suspirando enfadada, mira al sujeto que le preguntó y le dice:

-Si me bajo de la mesa ya no podré volver a subirme.

Podría ser verdad. Su enorme cuerpo de araña apenas cabe en el ancho de la mesa, debe tener cuidado para no resbalar. Los tres tipos que discutían cuando llegó Marcos comienzan a dudar sobre su hipótesis, No creo que un robot pueda responder preguntas así, además, fíjate cómo mueve los ojos, y Tamara, al escucharlos, comienza a hacer muecas y a mover los ojos, y le saca la lengua a una niña pequeña. De inmediato, la niña se abraza a su madre, asustada por el grotesco espectáculo, y Tamara sonríe, divertida y maliciosa. Marcos lo nota, le parece adorable, las miradas de ambos de encuentran, los ojos de ella se detienen en los de él, como si lo reconociera de pronto, y pasan por alto a la pequeña multitud allí reunida, el alambre que cubre la ventana a falta de vidrio, el extraño olor a excremento de vaca, las tonterías que dice el público, es un títere, es un disfraz. Permanecen mirándose largo rato, se cuentan sus vidas con los ojos, hasta que Tamara se va, es hora de su descanso, la gente sale de la tienda, Marcos ve cómo una mujer entra en el pequeño cuarto donde esta Tamara, la ayuda a bajarse de la mesa y la pone en el suelo, luego Tamara mira hacia la ventana y Marcos está todavía allí, ambos sonríen, y se despiden, víctimas de un amor súbito que no alcanzará a nacer, hoy es el último día de la feria en la ciudad, Marcos lo ignora, Tamara lo sabe bien, y llora en silencio, mientras trata de dormir entre las vacas, viendo dónde mete sus ocho patas, largas y peludas.

(FIN)