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13/8/12

La noche a lo salvaje

Cuidado
1. Empecé a caminar rumbo al metro pero luego recapacité: me encontrarías. Así que di media vuelta y me dirigí a 5 de mayo. Con los pasos rápidos, me fui como se van los taxis hasta salir a Río Churubusco. Luego crucé un puente peatonal y me bajé en el camellón, hay un sendero que tiene bancas y mesas, como para que la gente camine por ahí, así que caminé. Primero pensé: cruzaré todos los puentes y veré a dónde llego. Después pensé que me cansaría demasiado. Antes de llegar a La Viga me senté en una banca. Casi me quedo dormido. No pensaba. Sólo veía los coches pasar a toda velocidad frente a mí. Un par de veces creí que lo mejor era volver. Dar media vuelta y simplemente regresar. Pero quería saber qué era capaz de hacer. Así que me levanté de un salto y seguí caminando.

2. Caminar por Tlalpan fue mucho más cansado de lo que pensé. Todo fue bien hasta llegar al metro Chabacano. Justo antes había un puente peatonal, el primero con el que me topé: en esa avenida, la única manera de cruzar es por los pasos a desnivel, todos cerrados a esa hora de la noche. Varias patrullas se detenían unos instantes a checarme, y al ver que no iba borracho ni llevaba botellas de licor o churros, se iban sin importarles qué andaba haciendo un mozuelo como yo caminando sin rumbo a altas horas de la noche. Llegué a pensar que a la próxima patrulla que viera, le pediría que me llevara a uno de esos albergues que abren para la gente sin casa. Pero ya no vi ninguna. Digo que después del metro Chabacano empecé a sentir miedo por las trabajadoras sexuales que me salían al paso. Una se me acercó demasiado, "te la mamo", me dijo. "No, gracias", respondí, y aceleré el paso. Pero en cada esquina había o borrachos, o grupos de hombres toscos y de apariencia violenta. En San Antonio Abad empecé a toparme con los indigentes, durmiendo en plena banqueta, tapados con un periódico o un cartón. Hasta entonces me empecé a preguntar dónde dormiría yo.

3. La verdad no dormí mucho. Unos cuantos minutos. Las luces de los coches me daban en la cara, y los mosquitos no dejaban de torturarme, pero llovia mucho y yo no podía moverme de ahí. De vez en cuando la lluvia arreciaba y me tenía que poner de pie para que las gotas no me salpicaran. Pero sabía que si seguía caminando y me mojaba, me iba a morir de frío. Así que me volvía a sentar, me acurrucaba, trataba de matar a los mosquitos, de voltear la cara a la pared para no ver las luces de los coches y dormir, en ese hueco en la pared, aunque fuera unos minutos.

4. Ya salía la gente para sus trabajos. "Que triste", pensé, "levantarse tan temprano en domingo". Una lluvia muy leve seguía cayendo pero yo ya no soportaba estar quieto. Caminé por 20 de noviembre, estaba seguro que esa calle me llevaría hasta el zócalo y después podría decidir mis siguientes pasos. Me sorprendió la cantidad de indigentes que dormían, unos contra otros, cubiertos por cobijas sucias, pedazos de plástico, cartón y periódico, refugiados de la lluvia en las fachadas de los locales comerciales. De pronto, en una esquina vi un hombre parado que me preguntó la hora, me detuve porque no lo veía sin mis lentes y me volvió a preguntar "tienes la hora", no, no la tenía, "espérate, ven", me volví a dar la vuelta, "te la mamo", me dijo, me reí, "no gracias", y seguí mi camino. En la siguiente esquina giré la cabeza y me di cuenta que me seguía, así que sin pensarlo, doblé a la derecha. No estaba de humor para mamadas, literalmente. La lluvia arreció y con ella mis pasos. Di otra vez vuelta. Llegué a un parque. No estaba seguro si este camino seguiría llevándome al zócalo. El cansancio, la falta de sueño, la ofuscación de los sentidos me hicieron perder la orientación. Las calles desiertas y tenebrosas me hicieron sentir miedo. Pero de entre las tinieblas, en una vuelta que di, se alzaron los campanarios de la Catedral, y me sentí a salvo.

5. Me detuve un momento a obervar, tanto como pude sin mis lentes, el Palacio de Bellas Artes. No sé por qué lo recuerdo con tanto cariño. Me acuerdo perfecto de la noche fría que nos sentamos en la jardinera y compramos un ponche, y nos lo tomamos juntos, uno de los primeros días que estuvimos aquí. Sé que el edificio te encanta, no sé. Pero seguí caminando y caminando. Calculaba que para las 7 de la mañana ya habría llegado al metro Insurgentes. Llegué un poco antes, después de orinar en las jardineras que rodean el ángel. También me detuve frente a la casona de Amberes, el primer lugar en el que vivimos juntos. Recordé la primera noche que llegamos aquí, en el colchón inflable que Toño ya nos tenía listo. Esa noche, te abracé, miré el techo, pensé "qué carajos vamos a hacer", sin trabajo, sin dinero, sin familia aquí. Respiré hondo, "todo saldrá bien", te apreté y cerré los ojos. Lo recuerdo a la perfección. Me quedé un rato ahí, frente a la reja verda, que estaba abierta, pero no quise entrar. Seguí mi camino hasta la glorieta, donde muchos jovencitos, recién salidos del antro, esperaban a que abrieran la puerta para volver a sus casas. En un descuido del policía me pasé por los torniquetes, esperé el tren y emprendí el camino de regreso. Pero sabía que algo en mí había cambiado esa noche. O tal vez había cambiado antes, y sólo hasta entonces me daba cuenta.

17/2/09

Morir solos



1. Vi al Chayo en el centro. Nos habíamos quedado de ver gracias a mi papá. Nos montamos a un taxi de esos, dorados, de los que van a otay y a la uabc. Me sentía libre por primera vez, pero no era libre. Me sentía pleno, emocionado, con la seguridad de que, ahora sí, las cosas serían como yo lo había imaginado. No iba a ser como en Guadalajara, ya estaba decidido. Me quedaría aquí, haría todo lo posible por terminar la carrera en tiempo y forma y regresaría a mi pueblo siendo un destacado publicista. Tenía toda la vida por delante y la aventura me emocionaba. Me sentía fuerte, seguro, imparable. Chayo me invitó a comer comida china, en ese restaurante que estaba aislado de todo, solo en la acera, a unos cien metros del siguiente local. Una mesera muy amable nos atendió sonriendo y preguntándonos, con su mal español, si estábamos bien, si no necesitábamos nada más. Como hacía por aquellos días, me enamoré de ella.

Caminamos por la calle, arquitectos, creo que se llamaba, casi hasta la avenida que corría paralela a universidad. Eran unos edificios amarillos. El señor, un viejo ya muy viejo, me mostró los dos únicos cuartos desocupados: uno en el edificio principal, amplio, con una ventana enorme, baño grande, semiamueblado. Había dos camas, había que compartirlo con alguien más que ya vivía ahí. De ninguna manera, pensé. Así que bajamos a ver el otro, en el edificio lateral. Había cinco en total de ese lado. Teníamos una sala común, una cocina equipada, y cada quien su recámara. La mía era la más chica: un solo cuarto con una cama individual, una ventana que daba al muro, y un baño bastante grande. Todo para mí solo. Me pareció fabuloso, apenas verlo. Dije que sí, pagué 150 dólares y el señor, no recuerdo su nombre, me entregó las llaves. Era mío ahora.

2. Era un verdadero tormento tener que pasar por un teléfono público. Sacaba mi cartera y veía la tarjeta telefónica ahí, vibrando. Pero no me detenía. No me alcanzaba el valor, la entereza ni la firmeza para llamarles. Vivir solo es siempre más difícil que vivir lejos. Pero cuando las dos se combinan, es una tortura. Nunca mi familia se había significado tanto para mí. Los extrañaba en silencio. No quería llamarlos porque sabía que a la más mínima provocación lloraría, y entonces pensarían que soy débil, y que quería regresar. Prefería hacerme el fuerte. No pensar.

Había un Chez cerca de la casa, así que una noche solitaria, cuando aún no tenía tele, decidí ir. En el camino pensaba, platicaré con alguien, haré un nuevo amigo, tal vez sea una chica. Me senté en una mesa, mirando la puerta de entrada. Había dos mesas más: una pareja, y un grupo de jóvenes ya no tan jóvenes, riendo y gritando. Pedí una caguama, tecate, y puse dos canciones en la rockola. Si nadie me habla antes que pasen mis canciones, me voy, pensé. Así pasó. Me limité a beber y esperar. Nada pasaba. Nadie más llegó y la cerveza sabía mala, nunca me ha gustado la tecate. Pagué y salí del lugar, ofuscado.

Días más tarde, pasó. Caminaba hacía la casa después de un largo día de escuela y edición, mal comer, mal dormir, sin dinero, deprimido, con la certeza de que llegaría a casa y nadie me estaría esperando. Los vi a unos cuantos metros delante de mí, intentando prender, sin éxito, su cigarro. Me abordaron, Oye, tienes lumbre. Dije que sí. Tomaron mi encendedor y prendieron su cigarro, satisfechos. El más alto me dijo su nombre y el nombre de su acompañante. Yo dije el mío. Walter me preguntó, Fumas weed, y yo, emocionado, dije que sí.

Así empezó todo.

15/12/08

Casi


[Navidad en Berlín/ Berlin zum Weihnnachtszeit]

1. Anoche no pude dormir. Me despertaba a mitad de la noche pensando, y si cambió el examen, pero luego recordaba las palabras de M, es verdad, lo va a dejar igual, y C, así se le facilita calificar, tiene que entregar calificaciones el miércoles, no se va a poner a leer más de 500 respuestas en dos días... Pero a las pocas horas otra pesadilla interrumpía mi descanso. La conciencia, caray. No, decía M, es su culpa, a quién se le ocurre no cambiar el examen en 5 años, qué clase de maestro es ese. Pensé, tiene razón. Luego pensé, Y si sí lo cambió. Me había pasado el fin de semana resolviéndolo, estudiando ejercicio por ejercicio, muchas horas de mi vida y para nada. Me desperté por última vez antes que el escándalo del celular y me paré antes de la salida del sol. Me fui a la escuela diez minutos antes. Creí que llegaría temprano, pero al menos cinco más de mi grupo ya estaban ahí. No era el único nervioso. Quién sabe si todos habrían pasado tan mala noche. El maestro se detuvo frente a nosotros, a unos 20 metros, y bebió muy quitado de la pena un sorbo de su café. Luego siguió caminando. Nos dijo, Vaya, que puntuales, y yo, como broma, dije, Punto extra. Todos reímos. Risa nerviosa, dijo C. A mí me dieron el examen primero. Por primera vez desde el inicio del trimestre estaba el grupo completo. Decía, Nombre, luego las instrucciones, idéntico. Leí las preguntas. Idénticas. Sonreí, miré a mi alrededor pero nadie me prestaba atención. Volví a sonreir y empecé a contestar.

2. E salió del salón de posgrados de CBI sin despedirse de nadie. A veces me siento mal porque es un tipo muy noble y no merece ser tratado así, pero hay ocasiones en los que a mí se me antoja irresistible una expresión irónica o algo así... No lo hago por molestarlo. M recibió una llamada. Debo aceptarlo, me cae muy bien, cómo tiene esa visión crítica de la antropología, cómo no se calla nada, su sinceridad desconcertante... Que la maestra iba a invitar el desayuno. Va. Salimos corriendo hacia la entrada de la escuela. Estaban en las quesadillas. La gente le entregó su trabajo. A mí me daba un poco de pena entregárselo frente a todos, porque sabía que me iba a ver presuntuoso. La maestra me miró y me dijo, Daniel, tu trabajo. Saqué el CD de la mochila y se lo di. Puso cara de asombro. Igual que todos. Luego se ve el futuro antropólogo visual, dijo C. Me sentí bien. Orgulloso. Al final le expliqué a la maestra que tenía que leer la nota del disco, y no le hice ni una aclaración más. Desistí de la idea de verlo con ella porque sabía que sudaría mucho, y ya era tarde. Comimos. Fueron $235, escuché a la señora. 10 refrescos. La maestra dijo, Perfecto. Le salimos baratos, la verdad. Había empezado a pensar que el video no era tan bueno. Pero es la autoestima, el estrés, qué sé yo. Qué sé yo.

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"Se me cae, se me cae como a la culebra"

15/6/08

Bang!



De regreso a Teotihuacan, pero esto vez para mostrarle el mítico lugar a mis nuevos amigos alemanes, G y L. Quedaron fascinados, conseguí un descuentazo en un silbato de jaguar, de 250 a 160 pesos, para G, quien es músico y lo usará en uno de sus shows. Compraron llaveros para sus hijos, nos refugiamos de la lluvia...

Eso fue el miércoles. El viernes los llevé al foro Alicia a ver a los Corazones Rotos, los Frenéticos y Nicotyna. A G le encantó, son grupos como de rock & roll, tipo los Implantes, con kinky guitars y bailes y disfraces retro. Un niño bailaba mejor que muchos de los adolescentes con copetes esponjados que acudieron al llamado. Me hubiera gustado quedarme un rato más, pero no tenía dinero para el taxi. Es lo malo de ser pobre.

Y ayer vinieron a la casa. Les advertí que yo no era un guía de turistas convencional. Los llevamos al mercado de Iztapalapa, comimos en la fonda de abajo y de postre F hizo fresas con crema. L probó, por primera vez en su vida, tequila. G no toma y como tampoco había refresco, tuvo que tomar agua. Fueron buenos días. La verdad es que los voy a extrañar cuando se vayan. Probablemente hoy los vea, en el Vicio. O si no, hasta el lunes, antes de que se vayan al aeropuerto. Y después, quién sabe cuándo.

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No lo vas a creer, pero todavía me duele. Todavía veo tu imagen, aterrorizante, en mi cabeza, antes de dormir, al despertarme, cuando vamos a comer, cuando me abrazas, cuando me das un beso... Trato de olvidarlo, pero es difícil cuando todavía duele. No hay marcas, ni señas, cualquiera que me viera diría que nada pasó... Pero pasó, y todavía me duele. Todavía...

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"He shot me down [bang, bang], I hit the ground [bang, bang], that awful sound [bang, bang]...
my baby shot me down..."

21/3/08

Flashback [vol. 3]



-Pues, vamos a fumar, ¿no?
-Arre.

No perdimos el tiempo. En cuanto llegamos del museo nómada del zócalo, A. y yo nos salimos a la terraza [o como se llame] y fumamos la mitad de un porro empezado. Le di muy duro, cuando andaba arriba estaba muy preocupado, y repetía, No debí dejar que se me subiera tanto, mientras A. me decía que me relajara o me iba a malviajar. Al final logré cambiarme, nos bañamos y, ya más despejados, nos fuimos al Vicio en metro.

[...]

Después de caminar por lo que yo creí que era el barrio chino, nos sentamos en una banca al lado de un señor con lentes oscuros. Habíamos caminado mucho ese día. Me preocupaba llegar a la casa, y encontrarlo enojado. Me dijo que podíamos caminar por la calle donde estábamos y fumar. Pero yo creí que estábamos muy cerca del centro, así que le propuse ir a Chapultepec. Nos dejaron en el paradero y tuvimos que rodear para llegar al museo Rufino Tamayo. En el camino fumamos, y nos sentamos a trippear frente al museo. Hablamos de los niveles, de la verdad absoluta y de las relativas. Y no podía creer que ahora pensara así.

La verdad, lo vi como un retroceso. Pero él piensa que no. Tendrá sus razones, pero un día se dará cuenta que antes estuvo en lo correcto y ahora es cuando está equivocado.

[...]

Pasamos la noche en vela. Las bancas de la Terminal Poniente son sumamente incómodas y lastiman al sentarse. Además estábamos muy cerca de la puerta, y conforme avanzaba la madrugada, el frío arreciaba. Los tipos de las pulidoras no ayudaban en lo más mínimo a dormir, aunque fuese un rato. No recuerdo haberme quedado dormido en ningún momento. Compramos un café pero cuando salimos, como iba temblando, tiré buena parte. Ya de regreso se me quitó el sueño, sólo faltaban unos minutos para que dieran las 4:30 a.m.

Llegada la hora, nos detuvimos en los taxis de afuera. El fulano que vendía los boletos de los taxis de la central anunció que no habría metro hasta las 7. Así fue. Creo que, mientras estábamos sentados, tratando de dormir, pensé en decirle cuando se fuera que no podía creer que se iba creyendo en el relativismo, poniendo en duda la veracidad de la razón humana. Hubiera funcionado si nos hubiéramos fumado otro gallo. Pero hacía mucho frío afuera y me daba una hueva tremenda salir a fumar. Y antes de que subiera al taxi, sólo alcancé a decirle que me había dado un gusto tremendo que viniera, y que esperaba que no fuera la última vez. Luego el taxi se fue, y yo me quedé con su chamarra, cubriéndome el frío, dos horas y media más.

11/3/08

Virginio Urbina y el junkie del callejón



Salí del ciber al que solía ir por las noches, para no variar, deprimido y ofuscado por la soledad. Ante las expectativas de llegar a "casa" y no tener a nadie que me recibiera para preguntarme Cómo te fue o Qué hiciste, aminoré el paso y caminé mientras fumaba un cigarrillo. En la primera esquina, dos tipos me alcanzaron y me pidieron lumbre. Yo saqué el encendedor de mi mochila y se los di, sin dejar de caminar. Es extraño, que siempre he sido en exceso confiado con los desconocidos, y nunca me ha pasado nada malo. Coincidencias, o será el sereno. Ellos pudieron haberme asaltado (aunque se hubiesen llevado unos pocos centavos, pero la madriza quién me la iba a quitar), o al menos pedirme dinero, y a cambio de eso, uno de ellos, el más alto, me preguntó, ¿Fumas weed? Contesté que sí.

Eran un par de cholos típicos de la frontera, rapados, con sudaderas enormes, blancas con letras rojas, y pantalones amplios arrastrándoles sobre los tennis hinchados por el relleno de calcetines. Caminaban dando saltos, sin preocuparse por los coches que pasaban por la calle, sin voltear hacia atrás, a ver si no venía nadie. Por la acera de enfrente pasaron dos o tres personas, sin reparar en nosotros. El más alto me devolvió el encendedor y me pasó el toque. No lo pensé dos veces, y le di tres fumadas prolongadas y profundas. Sostuve el humo en los pulmones mientras cruzábamos la calle y después lo solté. Tosí un poco, estaba bastante buena. Fue curioso cómo me lo había pasado a mí antes de fumar él mismo. Cuando lo hizo, comenzó a toser con gran escándalo, inundando la calle. El otro, más bajo de estatura, se impacientó y le decía, Güey, cállate, mientras miraba hacia atrás. Supongo que se acordó que estábamos fumando a mitad de la calle, a las diez de la noche.

Me lo pasaron otras dos veces antes de llegar a casa. Íbamos platicando, no recuerdo sobre qué. Me dijo que si un día se me ofrecía algo, lo buscara. Siempre ando por aquí, me dijo, o pregunta por el Icker. Llegamos frente a la puerta mi casa y nos despedimos. Le di una última fumada y luego media vuelta. De pronto me acordé, Cómo te llamas, le grité. Walter, me dijo, y se fueron.

[...]

Era una noche como otras tantas en el callejón. Habíamos estado tranquilos, fumando de mi mota, supongo, y burlándonos del Cepillín o de otro de los borrachos que solían unírsenos, cuando llegó Walter (Cartón, le decían), y me saludó con efusividad. Estuvo un rato ahí, de pie, sin hablarle a nadie, tronándose los dedos y tallándose el rostro. Luego se puso de pie y empezó a caminar hacia el fondo del callejón, en dirección a mi casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie notó que nos fuimos.

Son buena onda, me dijo, pero ahorita no ando de humor, quiero unas pastas. Me confesó que le sorprendía que me trataran así, porque casi nunca le conseguían a la gente sin antes bajarle algo, y el Rulo, hasta ahorita, no te ha bajado, eso es lo que dan, pero cuídate. Mejor dime a mí, me decía, que él conseguía pero puros de a cien. Le dije, Pues es lo que casi siempre compro, Ah, pues ahí'stá, dijo, y de pronto se detuvo para enseñarme una plantita de mariguana que crecía en la grieta de una pared. Esos güeyes la plantaron, me dijo, riéndose, Se pasan de vergas.

Hablamos sobre las ventajas y desventajas de vivir solo. De las pastas. Le dije que nunca había probado. Pues ya es hora, me dijo, Compramos dos y te tomas la mitad, si no te gusta, yo me chingo la otra mitad, cuál es el pedo. Mi corazón se aceleró. Nunca había probado nada excepto mota. Una vez me habían ofrecido coca pero no quise. Y ahora, estaba frente a la posibilidad de probar pastas. Me emocioné, aunque sentí algo de miedo.

Llegamos a la casa donde vivía el fulano que vendía. Era la misma casa a la que ya habíamos ido antes, a tratar de comprar mota, y no había habido. Walter tocó el cancel con una llave. La luz de la ventana estaba prendida, pero nadie salió. Esperamos un rato. Nadie salió. Puta, no está, dijo, y empezó a caminar. Vamos al parque, ¿no?, me dijo, y yo accedí. Traes weed, me preguntó, y yo le dije que sí, que acababa de comprar. Uy, pues con eso la hacemos, expresó, triunfante, mientras nos dirigíamos con Pichardo, el de los hot dogs, a fumar en una pipa y a hacer desmadre toda la noche...

Y esa fue la última vez que lo vi, antes de irme de Tijuana.

[FIN]

4/4/07

Emociones



Anoté el teléfono nomás porque sí, para ver qué pasaba. Igual llamaba y nadie contestaba, o me decían que ya no estaban solicitando editores, o que yo era muy joven e inexperto para el puesto -ya que los requisitos especificaban "de 25 a 35 años". Pero vencí mi pesimismo y guardé el teléfono. Antes de llamar, lo seguí pensando. Al diablo, levanté la bocina y marqué. Me contestó una mujer. Me preguntó sobre mi experiencia. Me hablo del sueldo, de la ubicación, de las características del trabajo que se desempeñaba, y me concedió una entrevista. Allá voy, un largo trayecto en metro, hasta cuatro caminos, de ahí una combi que decía Palosolo, un lugar que no parece estar en esta ciudad (y que de hecho, no está). Pero el entusiasmo y la emoción eran mucho más fuertes que el miedo y la angustia por perderme, por no llegar a tiempo, por que me dijeran que no, gracias. Después de, como lo tenía bien previsto, irme de paso hasta la terminal, y regresar, al fin encontré las escaleras que me dijeron. Y al bajar, vi la glorieta, enorme y hermosa, en medio de las casas del lugar, enormes y hermosas. Crucé la calle. El guardia me pedía una identificación para dejarme pasar, y yo, era el colmo, no llevaba mi cartera. Empecé a reirme de mi mala suerte, de la travesía que había sido llegar para, ya estando en la puerta, regresar con las manos vacías. Le dije, voy a la casa número 6, a una entrevista de trabajo. El guardia me vio de arriba a abajo, se grabó mi rostro, quizá, y me dijo, Pásale pues. Pasé.
La casa era, como ya lo dije, enorme y hermosa. Me abrió un muchacho de cabello largo, alto y moreno. Me saludó y me invitó a pasar. El señor (hasta ahora no me sé su nombre), me recibió y me dijo que tenía suerte, porque ya estaba por salir. Me hizo un par de preguntas y me dejó con su esposa, para que finalizara la entrevista. Le enseñé uno de los trabajos que he hecho, me dijo que estaba bien, que cuándo podía empezar. Cuando sea, contesté, entre valiente e idiota. El lunes está bien, me preguntó, y le dije que sí. Y no sólo me emociona haber encontrado un trabajo de lo que me gusta, de lo que sé y disfruto hacer, sino por fin poder abandonar, de una vez por todas, el asqueroso sabor de la receta secreta, la crueldad del cruji pollo, y los increíbles e insalubres procedimientos y antiprocedimientos con los que KFC alimenta a sus inconscientes clientes.
Esa es una. La otra: en la mañana, cuando se levantó a tomarse su pastilla de las 7am, abrí el ojo y pregunté Qué hora es, y sin esperar respuesta, porque ya la sabía, decreté Voy por el periódico. Me puse una gorra, un pantalón, una camisa y una chamarra. Estaba helado afuera. No iba nervioso. Una parte de mí ya sabía qué iba a pasar, la otra se rehusaba a creerlo, pero traté de mantener un equilibrio, de no pensar en ninguna posibilidad, como el resultado no me afectara a mí, sino al resto del mundo. No pensaba en nada. Llegué al primer puesto de periódicos, el que está saliendo del metro. Estaba cerrado. Pero vi, en la otra esquina, el otro puesto -el perredista-, y ahora sí, con los nervios carcomiéndome, casi corrí. Una señora acababa de llevar la gaceta de la UAM, y se preparaba, junto a su hijo, para cruzar la calle. Tomé el periódico y pregunté, Cuánto cuesta. Dos pesos, pagué, y lo abrí. Y ahí estaban, los números de folio de los aspirantes aceptados en todas las unidades. Yo, por supuesto, no recordaba el mío. Me calmé un poco y emprendí el camino de regreso. Al entrar, me dirijí al librero, saqué la carpeta con los papeles que fui juntando durante el proceso de selección, y leí mi folio: 3108171. Lo busqué primero en los tres. Del 30080168 se saltaba al 30080174. Por un momento me creí perdido, pero la emoción no me dejaba leer bien los números. Volví a revisar el mío. Lo busqué en los 31... Y ahí estaba. Unidad Iztapalapa, división de ciencias sociales y humanidades, periódo Otoño de 2007. No pude evitar una carcajada.
Y esas son las dos cosas que me emocionan. Porque lo son todo, empezar un trabajo nuevo, asegurarme un lugar en la universidad... Con eso soy feliz. Claro, con eso, y con el amor de cada noche, de cada día, de cada minuto... Y ya.

26/10/06

Amanece



Me dice A ver, voy a usar la compu, y yo me levanto, furioso, y me voy al baño. Me miro en el espejo, noto mi respiración agitada, mis ojos inyectados de ira, mis manos tiemblan mucho más de lo normal, y entonces recuerdo. El ejercicio de la crueldad, una práctica de una llamada Tradición del Sol que aprendí en un libro hace muchos años, consiste en clavar la uña del dedo índice en el nacimiento de la uña del dedo pulgar y dejarla así hasta que el dolor sea insoportable, tratando de concentrarse en el dolor, y viendo a éste como el mismo que te causas en el interior con los sentimientos negativos, como la ira, los celos, las envidias, las depresiones, y toda esa gama de emociones que el hombre se inventó para martirizarse. Se supone que cada vez que te domina uno de estos sentimientos, al practicar el ejercicio de la crueldad, la sensación se aleja, quedas tranquilo, relajado, dispuesto a enfrentar lo que venga, y conforme lo vas realizando más seguido, esos sentimientos van desapareciendo poco a poco.

La situación lo ameritaba. Hacía años que no practicaba el ejercicio, recuerdo que tendría unos 14 ó 15 años, lo realicé durante meses y el dedo pulgar me quedó horrible, en carne viva, pero aprendí a ser mucho más paciente, tolerante y tranquilo. Y ahora me vi obligado a usarlo de nuevo, porque el amor, así como despierta sentimientos nobles y sublimes, también despierta a los viles y malvados, no hay remedio, debe haber un equilibrio, como en el resto del universo. Así que cerré los ojos, para concentrarme mejor, y clavé la uña tan fuerte como pude, y la mantuve ahí más de un minuto, hasta que sentí que el enojo se iba, reflejando el daño emocional que me hacía en el lado físico, no tenía por qué estarme soportando. Ya más tranquilo, regresé a la recámara, me senté en la silla azul, justo detrás suyo, y le hablé. Ni siquiera recuerdo qué le dije, pero sé que me respondió a la defensiva, ahora atacándome, tal vez pensando en adelantarse, mi intención no era esa, sólo quería hablar, no gritar, nos dijimos esto y aquello, se voltea de nuevo, y de nuevo me quedo mirando su nuca. Y lo vuelvo a hacer, porque no quiero que el enojo crezca. Clavo mi uña otra vez, cierro los ojos, espero a que el dolor crezca, y lo suelto. De nuevo le hablo, atraigo su cuerpo hacia el mío y lo envuelvo en un abrazo, me recargo en su cuello, empieza a hablar, a decirme que estoy equivocado, que si es egoísmo salirse de su casa, dejarlo todo para empezar de nuevo en una metrópoli, haber aceptado un trabajo de lavatrastes teniendo una licenciatura, haber soportado burlas, gritos, insultos, si eso es egoísmo, entonces es egoísta.

Yo no me refería a eso, pero igual aplicaba. Yo me refería a los pequeños detalles, que son también importantes. Lo cierto es que hoy es mucho más detallista que al principio, no sé si por mis reclamos o por convicción propia, ha de haber algo de los dos. Pero ya, después de ese terrible pseudo-pleito, no tengo otra idea en la cabeza más que ser feliz a su lado. No quiero más gritos, ni más miradas de rabia, ni más reproches... Aunque lo mismo pienso después de cada grito, de cada mirada de rabia y de cada reproche. No me desanimo, para nada, sé que sólo con voluntad podremos aprender del otro y crecer, como pareja y como personas. Tenemos metas, sueños, proyectos para el futuro, pero dejemos que el futuro llegue a nosotros, no hay que correr hacia él, ahora es tiempo de aprendizaje y consensos, es tiempo de curarnos con besos las heridas y con abrazos los raspones, es tiempo de ser hombros para llorar y aplausos para animar. Es tiempo de alzar la vista, y sonreír, porque amanece allá, en el horizonte, entre las montañas.

[Y por fin he encontrado el camino que ha de guiar mis pasos, y esta noche me espera el amor en tus labios]

30/9/06

Mutación



Estaba tratando de no cruzarme con sus ojos, por temor a lo que pudiera encontrar en ellos. Por temor a encontrar el reproche, el "mira-lo-que-me-hiciste-hacer", el "ve-cómo-me-tienes-maldito", que son de las miradas que más duelen, sobre todo cuando uno sabe que hay fundamentos. Yo pretendía que todo saliera bien. Que tomáramos el metrobús, nos fuéramos sentaditos, llegáramos en cinco minutos a Revolución, viéramos a quien teníamos que ver y regresáramos a casa, a abrazarnos, a disfrutarnos, a querernos. Eso me pasa por confiar en el "bendito" transporte público: metrobús atascado, tuvimos que dejar pasar dos; esperamos, por cierto, casi media hora; cuando al fin llegamos, quien teníamos que ver ya se había ido, con seguridad se habría cansado de esperar, quién no; de regreso al andén, esperamos casi una hora, y nada de metrobús, mierda.
Miré su rostro con sueño, recargado al otro lado de la reja, bostezando, sus ojos rojos cerrándose, y me sentí miserable. Bien me había dicho que viniera yo solo, que yo aquí me quedo, pero yo le rogué, le imploré, y cedió, aunque de mala gana, algo así como "para que no estés chingando, cabrón". Y ya, fui hacia donde estaba, y le dije, Vámonos, y me respondió, En qué, su voz llena de enojo, Pues en taxi. Cruzamos la calle y tomamos un taxi, y yo me sentía miserable.
Pero he comprobado que los sentimientos no permanecen estáticos, sino que mutan, se transforman, evolucionan en otras sensaciones. El odio puede convertirse en un profundo amor, y la alegría en una inconsolable tristeza, así de radical puede ser el cambio. Así, mi miseria se transformó en coraje cuando me dije que yo no tenía la culpa de nada, que es verdad, le había rogado, implorado que viniera conmigo, pero luego, antes de subir al metrobús (en dirección contraria, por cierto), le dije que se quedara, le ofrecí las llaves, que se devolviera a la casa, que si no quería ir, que no fuera. Pero no, me dijo, Ya qué, ya vine, a fin de cuentas, la decisión fue suya, no mía. Cuando dejamos que otros decidan por nosotros, hemos tomado una decisión, y debemos afrontar las consecuencias.
Y ese egoísmo que a veces percibo. Esa intolerancia, ese despotismo... Su actitud, siempre a la defensiva, con los que cree inferiores, ignorantes, incultos... Pero la gente, toda, es ignorante. Uno mismo, que se dice inteligente, informado, interesado en el haber social, es ignorante a su vez de la realidad de esos a los que llama "ignorantes". La percepción del ser humano, tal y como las normas sociales han sido establecidas, es limitadísima. Inmersos como estamos en la cultura del consumismo, de la individualidad, nos apartamos de la gente, nos ponemos a la defensiva, y creemos que el hecho de que nos pregunten si te gustan los chicos o las chicas (como es costumbre por acá) es una ofensa y una intromisión pecaminosa a la intimidad de cada quien, no te importa saber con quién me acuesto o qué me gusta, no lo vemos como un simple intento de acercamiento, de lograr un nexo un poco más profundo con esa persona, de la oportunidad de oírle, de decirle, de aprenderle.
No sé. Es sólo que de pronto son tantas cosas. De pronto siento que su amor me ha cambiado tanto, me ha hecho ver el mundo, verme a mí, de una forma por completo distinta, me ha quitado mis escudos, mis barreras, mis complejos, me ha inundado de una felicidad incontenible, que necesito compartir con cualquiera que veo, y siento el deber imperioso de regalar una sonrisa a quien se cruza en mi camino, no importa que le guste el antro, que le aburra leer, que cante canciones de Gloria Trevi, que crea que con Calderón vamos a vivir mejor, que se la pase hablando de fútbol... en fin, que sea todo lo que en otros tiempos odié, pero que ya no puedo odiar, por una muy sencilla razón: ya no me cabe el odio en el pecho, ya no tengo espacio para él, ya se me ha olvidado cómo se odia, porque el amor corre por mis venas, porque he decidido ser feliz a su lado, y nada, nadie, podrán opacar eso.
Y a veces siento que del otro lado no se siente igual. Y me duele. Me duele no arrancarle una sonrisa con sólo verme, me duele no curarle el cansancio con un beso, me duele que siga deseando ver a medio mundo muerto, me duele su intolerancia, me duele su vanidad, me duele su orgullo, sus aires de superioridad; porque veo que su tranquilidad no es total, que su felicidad es coyuntural, me da la impresión de que sólo es feliz cuando apagamos las luces y nos quitamos el frío con amor... Y me da miedo. Que se canse, que se frustre, que se harte. Me gustaría no ver más que haga un coraje, no ver su preocupación obsesiva por el orden (dicen que uno refleja afuera lo que trae dentro, y si se desvive ordenando lo de afuera, es porque no ha de poder ordenar lo de adentro), me gustaría no escuchar más una crítica hacia algo o hacia alguien, porque eso sólo demuestra las propias inseguridades... No sé. Sólo quiero sentir su tranquilidad, su paz, su seguridad, así como dice sentir las mías.
No hay de qué preocuparse. Ya aprenderemos, a convivir, como estamos aprendiendo a sobrevivir. Será cuestión de tiempo. De ir midiendo reacciones. De ir viendo ejemplos, de alimentar la paciencia, la voluntad, el deseo de superación. El amor no se salva de esa mutación, también cambia, también se transforma. Al principio es todo ilusiones y romanticismo. Después es tolerancia y mutua enseñanza. ¿Qué será después? No me preocupa. Siempre será amor... Siempre.


[Por un amor... me desvelo y vivo apasionada, tengo un amor... que en mi alma dejó para siempre amargo dolor...]

15/9/06

Independencia



Siete de la mañana. Tomo el metro Insurgentes con dirección Pantitlán (no es tan difícil como parecía), y trasbordo en Balderas, dirección Universidad, hasta Miguel Ángel de Quevedo. Por fortuna, aún era temprano y pude irme sentado. Salgo de la estación, camino hacia la esquina y procuro orientarme, hacia dónde está Insurgentes. Y camino. Voy comiéndome un durazno enorme y desabrido. Cruzo un par de calles y veo el metrobús. "Llegué", me digo, cuando veo un letrero de Pizza Hut y una fila de jovenzuelos esperando la llamada del guardia de seguridad. Me hace firmar una hoja de registro de entrada, y me dice que espere a que nos llamen. Me siento en un escalón, junto a una muchacha de lentes redondos, y espero. Se me antoja un cigarro, pero odio apagarlos a la mitad. Después de un rato, el guardia nos manda llamar. Somos como once o doce gentes. Subimos por las escaleras, entramos a un salón con pupitres y una televisión transmitiendo "Daniel el travieso", y espero.
Trabajar para una trasnacional gringa no es (ni será jamás) mi meta en la vida, pero bajo las circunstancias en las que me encuentro (poco dinero y 1800 de renta para el día 9 de octubre), lo que sea es bueno. Así tenga que disfrazarme con un ridículo pantalón caquí, playera azul con la cara de un viejito estampada de un lado, un mandil igualmente ridículo, y una gorra, más ridícula aún. Observo a los sujetos del video del curso de inducción, y se me hacen unos completos retrasados, siempre sonriendo y echándose porras, siendo que, días antes, cuando me mostraron las instalaciones de lo que sería (a partir del lunes próximo) mi nuevo lugar de trabajo, veía las caras largas y frustradas de los muchachos que trabajaban atrás, sacando basura, preparando ensalada, lavando los baños. Comeré pollo todos los días, que emoción (nótese el sarcasmo).
Tengo sueño, y hambre. Un repartidor entra al salón mientras nos tienen esperando, y deja tres pizzas olorosas y cuatro litros de refresco en la mesa... Carajo, hasta las pizzas de plástico huelen delicioso cuando uno tiene hambre. Un rato después, cuando el video al fin termina, una licenciada viene y nos trae platos y vasos desechables, y nos dice que comamos. Se va, y todos se voltean a ver, esperan que uno sea el que se levante, para no verse tan hambrientos, o qué sé yo. Los miro, sonrío, y voy por mi pizza. Luego nos hicieron firmar y más firmar, nos entregaron los uniformes. "Preséntate el lunes en tu sucursal, pregúntale a tu gerente en qué horario". Qué bien, ya me voy.
Ahora camino hacia Insurgentes y busco una parada próxima de metrobús. Hay una cruzando un parque. Reviso el mapa, me doy cuenta que estoy en la penúltima estación... Mierda, viajaré un buen rato. Por fortuna (otra vez), me voy sentado. Satisfecho de al fin tener empleo. Con seguro y sindicato y todo el rollo. Claro, es temporal, mientras consigo otro de editor... Mientras... preparar hamburguesas y atender chilangos hambrientos, estará bien. Cerca de casa, de seis a ocho horas, comida incluída... Insisto: MIENTRAS, está bien.
Y en casa, el amor me espera. Está poniéndose los tennis cuando entro... El amor.

29/8/06

Flashback (vol. 2)



1. Llego ahí, donde me dijo que me esperaría, pero no hay nadie. Espero unos minutos, y al fin viene llegando. Me alegro de que venga. Nos sentamos en una banca de la plazuela. Charlamos, hacemos planes, me cuenta de sus experiencias pasadas. Me habla de esto y de aquello. Yo escucho, atento, un poco nervioso. Le entrego mis fotos para la credencial de estudiante falsa que intentará sacarme, y nos vamos. Cuando nos despedimos, sonrío. Y me voy, contento.


2. Otra vez espero. Fumo un cigarro, veo a la gente, refugiada del intenso sol, ahí, al lado de la cabeza gigante de Miguel Hidalgo. Empiezo a darme cuenta que no suele ser muy puntual, pero no me importa. Yo soy paciente. Ahí viene, me saluda, se sienta conmigo. "¿Tienes mucho esperando?", pregunta. Yo le miento: "No, voy llegando". Nos vamos a esperar el camión a la esquina. Dice que tiene que contarme algo. "Es que fui con la muchacha que me va a hacer la credencial, y pues no quería y no quería, hasta que me preguntó que quién eras... Y, no te vayas a enojar, yo le dije que eras mi novio... Para convencerla". Yo sonrío. No, no me enoja. Para nada.

3. Llegamos a su casa, me quité la gorra y dejé por ahí mi mochila. Nos sentamos a comer, espagueti, hablamos, como siempre, de esto y de aquello, tan fácil, como si nada. No tenía nada en mente... Deseaba que uno de los dos empezara, pero no quería ser yo. ¿Qué tal si estaba malinterpretando? Dejé mi mente quieta... Y mis manos. Vimos una película, escuchamos música, me enseñó sus libros. Vi las fotos y los pósters pegados en sus paredes, y me fascinó. Llegó su papá, "Buenas tardes", saluda, medio sorprendido. Yo me despido. "Gracias por invitarme", le digo. "Gracias por venir", me dice.


4. Recibo su abrazo un poco desconcertado, más por la espontaneidad del gesto que por otra cosa. Es que yo siempre he sido así, como muy reservado, con todos. Hace calor, hay ruido, chamacos bailando, bebiendo, drogándose. Pero no me fijo en nada. Que nuestros compañeros se hayan ido, cada uno, y nosotros hayamos decidido quedarnos, los dos, por alguna razón, me hace sentir feliz. Me comparte su hielo para el calor. Me empuja, me sonríe. Cuando nos cansamos de aguantar el calor, nos vamos, sin saber muy bien a dónde. Me propone irnos por ahí, a distraernos. Yo le digo que no llevo dinero. Bueno, me acompaña a mi casa, caminando. Caminamos mucho, hablamos, nos contamos cosas. Nos sentamos en la jardinera cerca de la farmacia, y hablamos todavía más. Sabemos que la hora de despedirse se acerca, pero ninguno quiere que llegue, la ignoramos. "Quiero pedirte algo", me dice. "¿Qué?". "Un abrazo". Me levanto, gustoso, y enredo mis brazos en su cuello, aprieto, no muy fuerte, siento su calor. Y me gustó, aunque en ese momento no quise reconocerlo. "Vente conmigo, a mi casa", me pidió. Pero me faltaba el valor. Le dije que no. Y nos despedimos, y se fue en un taxi, a las 3 de la mañana, y me dejó ahí, deseando haberle dicho que Sí...

"Y así llegaste tú devolviéndome la fe...
Sin poemas y sin flores, con defectos, con errores...
Pero en pie..."

24/7/06

Flashback (vol. 1)



1.
El autobús estaba casi vacío. Hablábamos, reíamos. Ibamos entusiasmados, ambos. Yo, nervioso. Pero de pronto ya nada me importó, cuando nos quedamos clavados en la mirada del otro. Me recosté en su regazo. Me dejé guiar por sus manos, por sus brazos. No podía no darse cuenta. Intercambio de sonrisas. De miradas. De besos.

2. Nuestro anfitrión dormía. Llegamos horas antes de lo que planeado. Nos acomodó en el cuarto de servicio, a un lado de la lavadora, en un colchón que se convirtió en una guarida que nos negábamos a abandonar, cada mañana que duramos ahí (hasta que llegó la francesa). No recuerdo muy bien cómo pasó, qué hicimos, quién empezó. De repente ya estábamos, los dos, acostados, abrazados, desnudos. Felices de tenernos.

3. Ambos estábamos lejos, de todo y de todos. La gente que nos veía juntos asumía, por alguna razón, que había algo entre nosotros. Algo de lo que no hablábamos, o al menos que no mencionábamos de forma explícita, pero que se veía en nuestros rostros, en las señas que nos hacíamos, en nuestros gestos, en nuestras voces, en lo que decíamos del otro. Tan así que, la segunda mañana, cuando conocí al doctor, lo primero que me preguntó al vernos salir juntos del cuarto (antes incluso que mi nombre), fue "¿Cuánto tiempo llevan juntos?". Yo sonreí, nada más, y contesté "Unos meses". Es que decir "Un día o dos", era mucho descaro.

4. Yo estaba un poco nervioso. Conocer a T. iba a ser uno de los acontecimientos más importantes en mi incursión a su pasado. Me sentía como si fuera a presentarme a su ex. Por eso me sentía sofocado en esa esquina, trepado en una periquera incómoda. Recuerdo, sí -lo confieso-, que aun entonces ponía unas cuantas reservas hacia lo que estaba sintiendo. "No debe importarme tanto", pensaba. Pero el hecho era que me importaba. Discutíamos esto cuando T. bajó de su oficina, atravesó las mesas y llegó hasta la nuestra (a la que nos habíamos cambiado). Se sentó, nos presentaron. Me pareció un buen sujeto. Hasta me cayó bien.

5. Nos quedamos dormidos en el autobús de regreso. Quizá porque era mucho más cómodo (y menos caluroso) que el que habíamos tomado de ida. Quizá porque volvíamos exhaustos luego de subir tantos escalones y caminar tanto rato por Teotihuacán. Cuando vi por la ventana que entrábamos a la central del norte, me sentí desdichado. Porque dentro de pocos días tendríamos que regresar ahí, pero ya no para irnos de paseo a algún lugar cercano y maravilloso, sino para emprender el largo camino hacia nuestro -no tan- querido rancho con agua. Mierda.

6. Hacía mucho que no lloraba. De verdad que no recuerdo la vez anterior a esa. Pero en mi interior había una mezcla terrible y desgarradora de sentimientos angustiantes. Rabia, temor, nostalgia, frustración. Y eso que nos quedamos un día más. Interrumpí nuestro abrazo para decirle "Hay que quedarnos". Me miró, con la cara llena de sorpresa. Sabía que era una locura. Hablamos. Al final decidimos volver a nuestra tierra natal, un par de días, para arreglarlo todo y marcharnos de una vez por todas y para siempre a la metrópoli mexicana por excelencia: Chilangolandia.

7. (Tic-tac, tic-tac...)

19/5/06

Seiscientos treinta millones, setecientos veinte mil segundos



Nací en Mazatlán, hoy hace 20 años. Soy tauro. Estudié como tres semestres de la licenciatura en Comunicación y publicidad, pero no saqué el certificado parcial a tiempo así que es como si no valieran, y tendré que comenzar de cero en la peor escuela de Sinaloa, la Autónoma. Vivo con mis padres. Mi papá es "asesor financiero", o en otras palabras, vende casas caras a tipos ricos. Mi madre es enfermera del turno nocturno en una clínica particular del centro, o sea que atiende a enfermos ricos. Yo me dedico a editar videos de fiestas, como bodas, quince años, bautizos y toda clase de eventos, también para gente rica. Tengo dos hermanos, y tres medios hermanos, de los cuales sólo conozco a una, la mayor, sin embargo, no sé dónde está ahora, y la extraño.

Me temo que soy un idealista, aunque no estoy seguro de lo que eso significa. Sólo sé que creo que un mundo mejor es posible. "Un mundo donde quepan muchos mundos". Me considero impulsivo. Hago y digo cosas sin pensar, y eso hace que me sienta libre. Me considero sincero. Nunca digo lo que los demás quieren escuchar, a menos que sea lo que yo quiero decir. El dinero no me importa. Dirán lo que quieran, que no tengo mayores responsabilidades y que cuando tenga una familia sabré lo que es trabajar por dinero y no por tener algo qué hacer... Pero, por lo pronto, no tengo una familia y odio el dinero, sólo lo uso porque en esta sociedad consumista es necesario para todo. Me fascinan mi ropa vieja, mis tennis rotos y sucios, mis lentes rayados, mi pelo desaliñado, mis pulseras con una capa de mugre, mis recuerdos, que no valen nada para nadie, excepto para mí.
Me gusta mi familia, por alguna razón. Pocas veces me siento identificado con ellos, pues sus gustos y sus intereses son muy, pero muy distintos a los míos. Aún así, desde que era niño me enseñaron que soy un hombre de familia y como tal debo comportarme. Por suerte ya me estoy deshaciendo de los malos hábitos, como ver cine comercial y televisión, y escuchar música "de moda". En realidad disfruto todo lo que es alternativo, lo que a nadie le gusta, lo que todos desprecian. De hecho, eso que está de moda, que es aceptado y visto con buenos ojos, yo lo rebajo, miro la otra cara de la moneda y lo desprestigio, y es que creo que todo lo que le gusta a las masas no puede ser bueno, pues las masas no piensan y son felices sumidas en la ignorancia.
Tengo algunos talentos. Sé de ritmos, y de entonaciones. Por supuesto, sé tocar la guitarra, aunque siento que lo hago igual que cuando recién aprendí, pues todavía no sé ritmos complicados ni acordes compuestos. Y canto para mí. En la voz sí he hecho avance, pues gracias a ciertos trucos de respiración que yo mismo me enseñé puedo alcanzar notas que antes ni soñaba. También soy hábil con las computadoras. Aprendo cosas con suma facilidad, pero eso no quiere decir que las haga bien. Puedo dibujar. Y soy obsesivo con la ortografía, odio no saber cómo se escribe una palabra o que se me escape un acento.
Nunca estoy en estado de alerta, por eso me sorprendo con facilidad y da la impresión de que "todo me asusta", pero no. Me gustan los pingüinos y las jirafas, porque son raros. Me gustan los cuadros, incluso tengo sólo camisas a cuadros y pantalones de mezclilla. Me gusta el cine, pero en la ciudad no hay muchos lugares para disfrutar de buenas películas, como el Café Revólver de Tijuana. Leo, siempre traigo un libro en mi mochila, aunque con esto de los libros virtuales puede que ya no sea así. Me gusta que los relojes se detengan. Da la impresión de que el tiempo se ha quedado estancado, y esa sensación me fascina, como cuando llegas a un pueblo colonial.
Soy pasivo a un grado desesperante. No le doy importancia a asuntos banales, me importa poco el sabor de la nieve o el nuevo color de pelo de mis (poquísimas) amigas fashion, y eso frustra a otros. Pero he aprendido a no vivir para darle gusto a los demás.
He comenzado a dejar de creer en todo lo que no puedo comprobar. Sé que en algún lugar de la galaxia debe haber otros seres pensantes, pero no creo que se den sus escapadas a la Tierra como destino vacacional: nadie con sus facultades mentales plenas desearía acercarse a nuestro planeta, a menos que allá estén más jodidos (lo cual creo que es imposible, con tremendas naves espaciales). ¿Dios? Pues... No, el fanatismo religioso me ha desencantado, la hipocresía y los excesos de los católicos me han hecho dudar de todas las religiones. Además, si yo fuera un dios todopoderoso, ¿para qué carajos querría que un puñado de inútiles e insensatos humanos me alabaran? Como si no tuviera cosas más importantes qué hacer. El amor me ha decepcionado tantas ocasiones, que veo difícil volver a enamorarme. Ahora más que nunca, pues desprecio la ignorancia y sólo me atraen las mujeres con opiniones e ideas propias, algo muy raro de encontrar. Por supuesto, no digo que no existen, las hay, lo sé, y he encontrado a algunas, pero soy un imbécil, lo acepto, y no puedo ser un conquistador.
Mis "sueños" (no me gusta esa palabra) son tres: publicar un libro, tener un hijo y grabar un corto. Cuando cumpla esas tres cosas, podré morir. Si muero antes, no hay bronca, sabré que todos mis días han estado encaminados a esos tres objetivos, y eso cuenta mucho.
No niego que soy un tipo complicado, voluble, cambiante. Pero siempre seré genuino, auténtico, honesto, incapaz de traicionar mis principios. Y eso se lo debo a toda la gente que me ha enseñado todo lo que sé durante los 20 años, 240 meses, 7300 días, 175 200 horas, 10 512 000 minutos, 630 720 000 segundos. Y los que faltan, sean los que sean. De todo corazón, gracias a todos.

PD: Ah, y soy malísimo para las matemáticas. Tardé media hora en sacar la cuenta de los segundos...

2/1/06

Nostalgia de años nuevos

Nostalgia de años nuevas

no es como era antes. mi memoria nunca ha sido de fiar, pero mi padre es un gran aficionado a dejar registros de cuanta reunión familiar se atraviesa en vhs, así que, a lo largo de los años, he tenido la oportunidad de refrescar mis recuerdos por medio de los muchas veces embarazosos videos. y he visto en ellos que en años anteriores, las fiestas del día 31 de diciembre en casa de mi abuela eran mucho más fiestas.

he visto en esos videos, donde yo tengo 10, 11 ó 12 años, que mis tíos se pasan la noche bailando en la sala de la casa, que por única ocasión al año es acondicionada como pista de baile, en un estado de intoxicación etílica que no podría ser calificada como alarmante, sino más bien como divertida. por desgracia en aquellos tiempos yo no tenía edad para beber, así que me la pasaba echado en un sillón, al principio riéndome por las ocurrencias de aquella bola de borrachos, pero ya pasadas las tres de la mañana bostezando cada cinco segundos. mis primos y mis hermanos eran unos mocosos, después del abrazo tradicional a las 12 de la noche no pasaban más de 30 minutos antes de que todos estuvieran distribuidos en las camas de la casa, durmiendo como angelitos a pesar del escándalo de los mayores que muchas veces se prolongaba hasta el amanecer, y no había necesidad de dormir entre la cena del 31 y el desayuno del 1ro., que siempre es menudo. mis cinco tías bastaban para amenizar la fiesta, mi abuela se les sumaba, todavía joven y capaz de bailar la noche entera con una botella en la mano y otra en la cabeza. además, a lo largo de la velada, vecinos, parientes no tan cercanos, amigos y enemigos de la familia, acudían a pasar un rato en la casa, inyectando así nueva frescura a la celebración. todos se sentían jóvenes, con un enorme futuro por delante, pues el presente lucía como si jamás fuera a perder su brillo.

pero basta rememorar la velada de este año para darse cuenta de que el presente se ha venido opacando. se notó desde navidad: los niños, ya no tan niños, no recibieron tantos regalos como estaban acostumbrados. de los videojuegos, los tennis de marca, las sudaderas oficiales de las pumas, los muñecos y muñecas más solicitados, pasaron a recibir chanclas de un dólar (un par por cabeza) y playeras casi idénticas, una para cada uno, que se diferenciaban por el color. ¿los adultos? tuvimos suerte si logramos abrir un sólo regalo, que por lo general era de los papás o los respectivos(as) esposos (as).

volviendo a la fiesta de año nuevo, esta vez tuvimos que contar los tamales, y cooperar, tú traes las sodas, tú los frijoles, tú el ceviche, tú el pastel de atún, tú los desechables. las dos botellas de tequila ni siquiera se terminaron (a pesar de que contribuí lo mejor que pude a extinguirlas), porque después de tantas vidas destruidas en la familia por culpa del alcohol ya nadie bebe como solíamos hacerlo antes. cada quien cenó cuando le llegó el hambre, los relojes no fueron sincronizados e hicimos la cuenta regresiva dos veces porque no nos poníamos de acuerdo, y ni siquiera el reggaetón llamó a todos a la pista de baile, que esta vez terminó luciendo casi tan limpia que como al principio de la noche. los niños, que antes brincoteaban por toda la casa de las 9 a las 12, se encerraron en el cuarto de la tv para jugar mario kart y fifa street hasta las 4am, hora en la que los tres adultos que todavía quedaban en la casa se encontraban acostados en un sillón de la sala, dormitando y viendo bailar a mi prima de 7 años como toda una rockstar canciones de la cuca, caifanes y moderatto con belinda. mi abuela bailó cinco minutos con mi primo de 4 años, y le empezó a doler la rodilla.

en definitiva, ya nada es como antes. los años nos están llegando, la situación económica es cada vez más difícil ahora que los niños crecen y empiezan a ir a la secundaria, y eso no quiere decir que los primitos dejen de llegar: este año nacieron dos nuevas. además, los juguetes para grandes son más caros que los juguetes para chicos, los tennis, los balones originales, los discos de gamecube, y los niños grandes son cada vez más que los niños chicos. es difícil mantener a la familia reunida toda la noche, porque los que no están en otra ciudad tratando de vivir mejor, ya se han olvidado de nosotros o descubrieron que en otras casas se come mejor y se bebe más. y mi abuela pegó como cinco pirámides de monedas en la puerta para que el dinero nunca le falte a ninguno de sus hijos este año que comienza. con los años, los rencores se acumulan, el dinero rinde menos y el entusiasmo decae. las esperanzas son como castillos de naipes. la familia, antes joven, unida, llena de vida, se va desmoronando año tras año... de verdad que me da bastante tristeza.

"ojalá que llueva café en el campo..."

11/11/05

un milagro

milagro

todo empezó cuando el profesor luis moreno, de globalización y modernidad, nos dejó una exposición sobre la reforma energética mexicana. mi equipo de trabajo consistía en un grupo de personas a las que no frecuento, y yo jamás me había sentido con la confianza suficiente como para liderar un grupo. lo dejé pasar. bajo mi nueva filosofía de "las calificaciones no relfejan lo que en verdad he aprendido", el mes de octubre había flojeado tanto en la escuela que terminé reprobando tres materias, una con cero, una verdadera humillación para mi historial académico. como excusa para mi autoengaño, decidí que, ya que me cambiaría de escuela el próximo periodo, no tenía por qué esforzarme demasiado por pasar materias que, o no me interesaban, o no me gustaban los profesores. la irresponsabilidad, una vez más, me había envuelto en sus tramposos brazos, seduciéndome.

llegó el día de la exposición, y nuestro equipo fue el más patético de la historia. nadie tenía bien claro sobre qué iba a hablar, ni siquiera dominábamos el tema, y el profesor moreno lo notó de inmediato. me sentí mal, como suelo sentirme cuando defraudo las expectativas de las personas que admiro (como mi papá o algunos de mis tíos). pero, la misericordia del profe nos otorgaba veinte minutos de la clase siguiente (el viernes) para reponer nuestra pésima actuación. al término de la clase, reuní a mi equipo y les exigí reunirnos a la mañana siguiente, faltando a nuestras clases regulares, para enmendar nuestro trabajo.

el jueves me fui directo a la biblioteca, pero no había nadie, así que me dirigí al salón de clases. el profesor de mercadotecnia sólo estaba recibiendo trabajos, y como yo no lo había hecho, me quedé afuera. vi por la puerta a dos de mis compañeras, pero cuando llegaron mis amigos y propusieron irnos a desayunar, no puede evitar aceptar. cuando regresé, ya no había nadie. y no tenía manera de localizar a los miembros de mi equipo, por tanto, mi exposición del día siguiente no se efectuaría, una vez más, gracias a mi irresponsabilidad.

todo el día estuve maquinando planes para excusarme con el profesor moreno. había varias posibilidades: faltar a su clase, inventarme alguna excusa catastrófica e implorarle para que me otorgara una nueva oportunidad, recurrir a mi trágica historia de estudiante solo y sin recursos (que siempre había funcionado con otros profes), o, nada más, decir la verdad. decidí que eso sería lo mejor. esperar al profe a la entrada del salón y decirle que yo no iba a exponer, porque no había hecho nada, y que merecía el castigo que él considerara necesario. el viernes llegué más temprano que lo habitual, mis compañeras preparaban la computadora y la presentación, y yo... yo me quería hundir en un pozo. salí del salón, me planté en las escaleras para terminar de leer el libro que nos había encargado también para esa clase, y esperé, muerto de nervios y de vergüenza.

¿qué cara le mostraría al profe? ¿qué cara pondría él cuando se lo dijera? "mierda", pensé. eran las ocho diez. un retraso de diez minutos no significaba nada. a las ocho quince me empecé a impacientar. a las ocho veinte, subió don robert, el encargado de no sé qué en la escuela, para avisarnos que el profe luis moreno no asistiría a dar clases. recordé que, cuando me levanté esta mañana, y salí de mi casa, enfundado en la máscara de valor que me pongo cuando sé que soy un fiasco, pensé "algo extraordinario tiene que ocurrir, como siempre". porque esa era la ley. siempre que yo no hago algún trabajo importante, algo pasa y me libero de todo eso. esta vez también pasó. pero sé que es la última vez, algo dentro de mí me lo dice.

todo esto coincide con la revolución ideológica que experimento en estos días. desde que me enteré del abrumador cero, decidí que debía dejar de lado mi actitud valemadrista y aplicarme. desde que me empezó a preocupar mi futuro, después de ese profundo lapsus en el que me autoproclamé "prisionero del presente", me pregunté qué voy a ser para ganarme la vida, y me quedé sin respuesta. mi profesora de lectura y redacción me ha dado ánimos para editar mis cuentos y novelas, y aunque lo ideal sería vivir de lo que me gusta, aún no me siento con confianza (ni talento, ni experiencia) suficiente para empezar el arduo camino que deben recorrer los escritores, aunque sé que tarde o temprano lo empezaré. mi imagen dando clases de ortografía en alguna preparatoria es algo que no termino de aceptar. necesito moverme, y este milagro que ocurrió hoy es la señal que me terminó de activar. es todo, no puedo seguir igual. se acabó la irresponsabilidad.

8/10/05

movimiento

movimiento

todo se mueve. nada puede permanecer inmutable por siempre y para siempre. las cosas, los objetos, cumplen ciclos de esplendor y decadencia, al igual que los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir. me lo enseñaron en la escuela con unos pollos de ejemplo. yo no soy la excepción: yo también tengo ciclos. y me transformo.

de noche por la ciudad, y el desorden de ruidos, el domingo pasado, porque la selección ganó. en medio de ese caos de coches y de personas, de claxons y gritos, era posible encontrar cierta armonía extraña, cierto orden inmiscuido como un intruso. después, en la explanada del cecut, un grupo de percusiones africanas (o algo por el estilo) ordenaba ritmos en los tambores y armaban melodías, en las cuales también era posible encontrar un lado caótico: en cierto punto los golpes no eran más que golpes sin orden. el día se transforma en noche, la luz en oscuridad, los coches en sombras con ojos luminosos que te acosen desde sus caminos veloces. y nada, que me he atorado en el presente. incapaz de sentirme triste, deprimido, o eufórico, optimista. me quedé en el presente y el mañana no me importa, el ayer aún menos. sólo sé que hoy estoy aquí y mañana quién sabe... y eso me ha traído problemas, con el modo de vivir que llevaba antes de atorarme en el presente, pero no quiere decir que sean problemas con este modo de vida. no me logro percibir viviendo mañana, no es porque yo lo quiera... bueno, tal vez, cuando lo intenté, me pareció tan sencillo que ya no puedo dejar de hacerlo. el futuro no me entusiasma como antes, ya sólo pienso en lo que puedo hacer hoy, y los días se me escurren entre los dedos, y el tiempo pasa devorándome insaciable. y yo, necesito trabajo, dinero, tiempo, esperanzas, retos, metas... pero ya no soy capaz de mirar a futuro. para mí, sólo cuenta el día de hoy... todo se mueve, y yo me muevo con todo. por eso es como si hubiera quedado estancado.

cada noche hay gente nueva. cada día, nuevas fotos. en cada sueño hay cosas raras... y en cada bocanada, un túnel de estrellas.

3/9/05

La despedida (#5)

La despedida

primera: la preparatoria era una tortura para mí. tenía que llevar zapatos limpios, camisa fajada, pelo corto, cinto negro, no había modo de pinteársela ni de hacer nada divertido. la libertad era un término que la directora no conocía en lo absoluto. así que, bajo el pretexto de que sería mucho más fácil entrar a la u. de g. si terminaba mis estudios en guadalajara, convencí a mi padre de que lo mejor era mudarme, yo solo, a aquella ciudad al entrar al cuarto semestre. hablé con toda la familia y conseguí alojamiento en la casa de la hermana de mi abuelo. todos fueron a despedirme, entre llantos y abrazos y consejos y miradas de añoranza prematura. lo que más me dolió: el llanto de mis hermanos. pero me sentía capaz, grande, fuerte. sentía que lo que estaba haciendo era necesario. me equivoqué. poco tiempo después, decidí que aún no estaba listo para abandonar a mi familia, y regresé a mi casa, derrotado, humillado, sabiendo que aún me faltaba mucho por madurar, que un jovencito de 16 años que siempre había dependido de sus padres no estaba listo para enfrentarse a la soledad.

segunda: 21 de julio de 2004. ya estaba todo listo. lo había decidido casi por una coincidencia, al encontrar entre mis libretas viejas un folleto de la universidad de tijuana con el plan de estudios de la carrera "comunicación y publicidad", un folleto olvidado que me habían dado en las vacaciones pasadas a aquella ciudad fronteriza. bastó echarle una ojeada para descubrir que eso quería estudiar, no ingeniería en sonido en la u. de g., y cambiar todos mis planes. mis tíos herrera habían aceptado recibirme en su casa, mi papá me había prometido que él se iría dentro de unos meses, mi madre lo había aceptado con serias dificultades, mis hermanos se habían resignado. otra vez, su llanto fue lo que más me dolió. su desolación, su desconsuelo. mi mamá me confesó en una carta que intuía que yo haría mi vida en tijuana, y que duraría mucho tiempo allá... y el instinto maternal casi nunca se equivoca. yo lloraba, lloraba sin pena, pegado a la ventana del autobús, y en silencio... sólo dejaba correr las lágrimas, frías y ásperas, mientras veía a ese numeroso grupo de personas reunidas ahí, abrazándose, llorando por despedir al primer sobrino, al primer nieto, al primer hijo.

tercera: en verdad terminé mal con mis tíos, pero si quería volver, sólo podía ser con ellos. sentía pena con mi familia, las noticias de lo que había hecho con mi vida eran despiadadas, tremendas, y mi reputación estaba pisoteada. pero eso me importaba poco. yo necesitaba continuar, tenía que continuar, y mi papá, el hombre al que más admiro, me apoyaba, confiaba en mí. él confiaba en mí, eso era lo más importante. por eso regresaba. tenía que demostrarme a mí mismo que podía seguir, hasta el final, pasara lo que pasara. menos gente fue a despedirme. había perdido credibilidad, respeto, y ahora no lloraban. sólo mis hermanos, un llanto seco, reprimido, que me llenaba de remordimiento. me fui a comienzos de enero. una semana después, regresaba: yo no era capaz de continuar así. no podía.

cuarta: mi papá confiaba en mí. si no, no me habría mandado otra vez a tijuana, esta vez a vivir solo. mi mamá no fue a la central. me partió el alma verla allí, en la sala, llorando con mi foto, y nos enlazamos en un eterno abrazo hasta que yo sentí los ojos húmedos. de los demás, sólo fue mi abuelo, mi papá y mis hermanos. nadie más. el comité de despedida se había reducido exponencialmente, creían que era un capricho mío, cómo, teniendo a mis tíos, me iba a vivir solo, vaya ingratitud, es un berrinche... pero yo sabía que sólo así podría demostrarme de lo que era capaz. manejar mi libertad, demostrar que puedo lidiar con ella, que puedo sobrevivir solo, con el apoyo de mi padre... otra vez los ojos rojos de mi hermano, y el abrazo cálido de mi hermana, me decían que esta lucha valía la pena. por ellos, valía la pena.

quinta: es dentro de unas horas. lo peor es que sé que no será la última.

8/8/05

de lo innombrable y las lecturas de media noche

es eso que las ciencias humanas llaman instinto lo que me hace recorrer una vez más la avenida de los ingenieros para ir en busca de algo que llene el hueco de mi estómago, es lo que hace al sol buscar un agujero entre las nubes que, indiferentes, se pasean con entera libertad por el cielo azul. hasta el sol tiene instintos, tiene un fin, iluminar la tierra, hacer nacer la vida, vean si no las ramitas que se asoman entre el asfalto de la calle, quieren encontrar al sol, el sol las guía hacia él, es cuestión de reciprocidad. mi mente se ha estado torturando con una frase que leí la otra noche, en realidad son dos, diferentes, pero con el mismo sentido, como bien sabe el mundo, todo es una sola cosa, todo habla sobre todo: "es una vieja costumbre de la humanidad ésa de pasar al lado de los muertos y no verlos", así dice saramago, también dice "dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos". será que yo no tengo nada adentro, que quien mira dentro de mis ojos sólo ve neblina, cansancio, melancolía, por eso la gente tiene la impresión de que ando como muerto, un fantasma hambriento, dije, y no se fijan en mí. excepto, claro, el doctor simi, que apenas me ha visto en la calle, hace un par de horas, y me ha hecho señas con las manos, levantando sus dedos índice y meñique, el habitual saludo de los rockeros, según la creencia popular, me ven a mí huyéndole al peluquero, la chamarra descolorida de mezclilla, la mochila llena de 'pins', los tennis sucios, los pantalones rotos, dan por hecho que me gusta el rock, que toco la guitarra, que me inyecto alguna droga, con esa greña, me dijo el tipo la otra noche, no creo que no te metas nada.
recuerdo, recuerdo el buen augurio del doctor simi, no soy tan invisible después de todo, mientras camino con una torta en la mano para llevar, de la taquería de aquí al lado, no son como las de don ernesto pero qué se le va a hacer, ya es tarde y no tengo humor de caminar, apenas levanto los pies, y pienso que todo lo que he venido pensando antes no tiene sentido. qué caso tiene esta lucha a largo plazo, este esfuerzo desmedido por acomodar en mi cama la soledad inminente, por acostumbrar a los oídos al silencio de las paredes blancas, por vivir de recuerdos alimentados por esperanzas vanas, etéreas, que no tardan en desvanecerse en el aire. qué poco duró el encanto de un programa de tv al aire, de proyectos no realizados, de personas no conocidas, de libertades mal tratadas, todo comienza a diluirse en el tiempo, a perderse entre la bruma. no tiene caso llegar al final de este camino andando con estos pasos, pensar en que mi única motivación es terminar la carrera, conseguirme un buen empleo, quizá termine dando clases de literatura o de expresión escrita en alguna universidad, en alguna preparatoria, de mis peores miedos, terminar de maestro, y no es que tenga nada contra ellos, pero mi vida siempre ha sido la escuela, no quiero que sea así hasta la hora de mi muerte, quiero algo más, algo que no sé qué es, pero jamás dar clases en una secundaria, en una secundaria no, no lo toleraría, prefiero una preparatoria o una universidad. prefiero no ser maestro. mi única motivación es un futuro incierto, una familia imaginaria, un hijo que me abrace al llegar a casa, una esposa que me reciba con un beso, cómo te fue, mal, los chiquillos son insoportables, y reiremos, me servirá la cena, conoce mi platillo favorito, me contará su día, yo escucharé atento, haré preguntas inútiles, pero ese es el caso, compartir una vida, aunque sea una vida inútil.
no tiene sentido pensar así. no tienen sentido mis motivaciones. el pasado es inquebrantable, permanente, no se puede cambiar, y vivir de recuerdos es una tortura. el futuro es insondable, frágil, una sola acción, por más insignificante que sea, cambia el rumbo de todas las cosas, no se puede confiar en él. de hoy en adelante, mi única motivación será el presente, dejarme llevar por el instinto, levantarme de la cama cuando el despertador suene, vestirme, desayunar algo, el cuerpo es débil, buscar qué comer, dormir bien, mirar a la gente sabiendo que ellos no me miran, pero de qué vale que me miren, a fin de cuentas. el reto será levantarme, y cuando vuelva a la cama, dispuesto a dormir una noche más, y soñar con cosas que no recordaré, sabré que cumplí mi objetivo: un día más, otra lucha ganada.
al menos en la guerra de hoy llevo una ventaja. poco falta para que el día termine, y yo ya he comido. sé que alguien en esta ciudad, en este país, en este mundo, en este universo, piensa en mí, me recuerda con una sonrisa, anhela mi presencia como yo no tengo idea, se preocupa por mi bienestar y por mi felicidad... lo sé, confío en ellos, si mañana me olvidan, si mañana los olvido, si antes no estuvieron para consolarme, qué más da: yo sólo tengo el presente, los tengo aquí, lejos o cerca, me acompañan hoy, mañana será otra cosa, dios dirá, como dicen, por lo pronto, hoy miró el atardecer, las nubes tornándose rosas, la luz menguante del sol escurriéndose por las ventanas del local, los coches fluyendo sin descanso por la calzada... y yo respiro, satisfecho, sabiendo que tú (sí, tú), en algún lugar allá afuera, cerca o lejos, piensas en mí. y te doy las gracias por eso. yo también pienso en ti.

"La alegría y la tristeza pueden andar unidas, no son como el agua y el aceite"

6/8/05

del hambre y el desconsuelo

leo. leo sin descanso, hasta que me harto, entonces escribo, hasta que se me acaba la inspiración, y luego me quedo acostado, mirando el techo, pensando que debo comer algo, sin saber qué. no tengo ganas de salir de casa, algo ha pasado que me ha tumbado en la cama como un pobre ciego convaleciente, escucho a los vecinos que entran y salen, discuten deudas, comentan planes, yo no participo, si llego a salir de mi cuarto para buscar algún bocadillo en el refrigerador, no los miro, ni les hablo, apenas los saludo, les digo qué hubo, qué cuentas, pero en realidad no me interesa lo que esos tipos cuentan. vuelvo a mi jaula, leo un poco más, escribo un poco más, escucho las canciones mil veces repetidas en la radio, no tengo humor de ninguno de mis discos, me los sé ya de memoria, igual los libros, sólo espero, que suene el teléfono, que pase algo, que pase cualquier cosa y me saque de debajo de la tierra. pero no pasa nada.
salgo y miro la calle. el sol no calienta, lo que calienta son las calles, los edificios, el aire. ando como un perro callejero, oliendo aquí y allá las vapores que salen de las casas donde viven familias, se reúnen ya al comedor para ingerir los sagrados alimentos, la madre sirve los platos, la hija pone la mesa, el hijo y el papá se sientan sin remordimientos, y comen, como familia. yo los imagino con envidia, desde hace meses que como solo, que sólo escucho mi quijada masticando y nadie me pregunta Me quedó rico, te gustó, no está muy caliente, nada de eso, si está malo no puedo reclamar, si me gustó o no, es cosa que no interesa, basta con que calme el hambre, si está caliente no hay remedio más que esperar a que se enfríe, es ahí cuando sale el problema, cuando ya está frío y es imposible calentarlo.
nadie me reconoce. camino por la calle y soy como un fantasma, con un ente errante que vaga desconsolado, que no sabe de dónde viene ni a dónde irá a parar. la gente me ve, algunos piensan Qué le pasa a este jovenzuelo, lleno de aretes y todo greñudo, Queremos rock, dicen los albañiles cuando les paso por enfrente, burlándose de mí. que se burlen, que piensen lo que quieran, me importa poco, en parte porque tienen razón, a mí qué. no sé qué comer, no hay nadie que me oriente, que me diga Qué se te antoja, yo te lo preparo, Unas enchiladas, diría yo, unas suculentas enchiladas de pollo, no habrá gloria más grande este día que llenar mi estómago vacío con un platillo casero, ya basta de hamburguesas y de tortas, basta de tacos y de pizzas, estoy harto de comida chatarra, quiero algo que sepa a hogar, a familia, a recuerdo.
no es culpa de nadie. yo decidí esto, ahora no sé si lo quiero, pero no hay otra forma de saberlo más que llegar al final, entonces sabré si tanto sacrificio valió la pena. cualquiera podría pensar, Eso no es ningún sacrificio, tendrás oportunidades, tienes una libertad que muchos desearían, tienes un futuro prominente, una vida ideal, no sé de qué tanto te quejas, pero yo no me quejo, no estoy diciendo que ya no quiero esto, si no que no lo aguanto, y es bien sabido que el ser humano tiene esa capacidad masoquista de acostumbrarse a lo que no aguanta, si no cómo se explican todas esas parejas que evaden el divorcio por el miedo, no hay otra respuesta, es el miedo. si no estoy aquí, si no hago esto, dónde estaré, qué haré, no tengo otro camino, este es el único que me atrae, a pesar de que no lo soporte. entro en el local, saludó a don enrique, creo que ese es su nombre, buenas tardes, está disponible la nueve, me dice, ya ni me saluda, se ha acostumbrado a mi presencia, a que venga por aquí, a veces más tarde, a veces más temprano, ya soy su cliente habitual. avanzó hasta el fondo del local, me siento en la silla negra y, tras esperar los inevitables retrasos del explorador, comienzo a escribir. el hambre disminuyó, la compañía de todos estos desconocidos a mi alrededor la ahuyenta. nadie me habla, nadie me conoce. soy como un fantasma. un fantasma hambriento.

Gira y da vueltas y rueda girando... Gira y da vueltas, y rueda, y rueda...

7/6/05

tour por lomas taurinas... creo

había sido un día exhaustivo, de escuela, de grabar, de editar, de más grabar, entrevistas, sondeos, fotografías... todo lo que ocupa mi tiempo en los últimos días. cuando el taxista hizo señas de que cabía una persona más en el taxi, respiré aliviado: ya me voy a mi casa, uno de esos raros días en los que ansío llegar a casa y echarme en la cama a escuchar música y a leer a saramago. y, pues, como por ese lugar siempre pasa el mismo taxi del mismo color, y siempre me deja cerca de casa, ni siquiera lo pensé, sólo verle la pintura dorada y me monté en la parte trasera, al lado de una señora que llevaba un niño en brazos. era curioso ver a un niño tan pequeño articular algunas frases y caminar, con dificultades, cuando se bajaron del taxi, él y su madre. no me preocupó que el conductor diera vuelta antes de subir la segunda rampa, en ocasiones se va por ese lado, pero cuando noté que se adentraba cada vez más entre las calles, para mí desconocidas, me empecé a inquietar. "a dónde carajos va este tipo", pensé. y ninguna respuesta llegó a mi mente. el taxi descendía, doblada en las esquinas, alejándose cada vez más de mis lugares de referencia. decidí voltear y mirar los letreros que traen en el frente, indicando las rutas. decía "pte. baja - lomas". y dónde estaba eso, lo ignoraba, hasta hoy. me bajé donde se bajó el último pasajero, creyendo que todavía podía orientarme por la posición del sol, ya que si caía la noche, el extravío sería total y definitivo. la muchacha de suéter rojo me abordó: "vives por aquí", "no", "ah... con razón. como nunca te había visto... por dónde vives". sí, confesar que ni siquiera sabía dónde estaba me haría quedar en ridículo, y pedirle ayuda a un desconocido no es mi estilo. "más arriba", dije, y apreté el paso, mientras encendía un cigarro para aminorar el estrés de las casas que se amontonaban sobre mí, de los niños jugando en las calles despreocupados, de los chiflidos que se alcanzaban a escuchar desde lejos, los perros ladrando, los escasos carros que por esas laberínticas calles circulaban, el cielo pálido que se oscurecía con mayor velocidad que mis desesperados pasos, buscando en el horizonte cualquier punto que pudiese reconocer, y entonces caminar hasta allí. pero la loma estaba inclinada, y no podía ver más que cables de luz al alzar la cabeza. cuando llegué a la cima, me encontré con una calle cerrada, un muro enorme bloqueaba el camino que, supuse, tendría que seguir para dar con la calzada que me llevaría directo a mi barrio. "mierda". doblé a la derecha en la esquina anterior, y caminé, con la esperanza de que el muro desapareciera al subir algunas calles. tuve suerte de que, esta misma avenida corriera paralela a la uabc, lo cual descubrí al caminar unas pocas cuadras. respiré aliviado, y tiré el cigarro. de ahora en adelante, antes de subirme en un taxi (aunque sea del color de siempre), revisaré que diga "postal, uabc" o "20 de noviembre, otay".
por lo demás, todo sigue igual. escuela, escuela, y más escuela. no es que me moleste, mi vida (aun) no me tiene tan harto, y la rutina es soportable, pero cansada. sin embargo, nada me hace olvidarme, aunque sea por un día, que al llegar a casa lo único que me saludará será la radio, ya cansada y sin querer sintonizar bien las estaciones, diciéndome "sólo me utilizas, no sabes lo que valgo en realidad, eres un egoísta". ni siquiera el richard me habla, y el espejo me devuelve un rostro que cambia cada día, y que apenas reconozco. el teléfono permanece mudo, cada vez más inútil para mí, y el suelo de mi cuarto se llena poco a poco de basura y de polvo (lo que me recuerda: debo comprar una escoba). el tubo de la cortina de la regadera se achica en cada baño, y el colchón está tan lleno de somnolencia que él es quien me contagia a mí, y me atrapa en cuanto me acuesto a devorar el último libro que compré, y que no he logrado soltar. mis pies me dueles, el cajón de los calcetines ya está casi vacío, y el choco krispis se agota, y ni qué decir de la leche: los vecinos desaparecen mis últimos tragos cada noche, y por la mañana, no hay para desayunar. pero las carencias son siempre suplidas, desplazadas por otras formas abstractas que, si no las sustutiyen como deben, al menos hacen el intento. mi familia son mis amigos, con los que convivo cada día, los que me llaman por teléfono, los que me llevan a pasear, los que me dicen, muy por debajo del agua, utilizando otras palabras (¿o será que las traduzco a mi conveniencia?) para decirme que me aprecian, que siga con esta lucha que no se acabará nunca, una aventura interminable, llena de episodios inesperados. después de todo, uno nunca sabe lo que le espera al despertar la mañana siguiente, al salir de casa temprano, o al subirse en el primer taxi que pasa.