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1/10/12
Las cosas
Recuerdo desde muy niño haber tenido una relación muy especial con las cosas. Me gustaba tener cosas, en especial, videojuegos y juguetes. No para presumir, ni para sentirme superior a nadie. Más bien al revés. Me gustaba que otras personas se beneficiaran de lo que yo tenía. Me gustaba compartir lo que era mío con personas que no podían tener esas cosas. O simplemente, jugar, disfrutarlas.
En Tijuana cada domingo íbamos al sobreruedas. Mis puestos favoritos eran los de juguetes usados. Había de todo, y muy baratos. Así me hice una colección enorme de figuras de acción que poco a poco fui perdiendo. Ahora valdrían una fortuna. Tenía un hombre mosca, como el que salía en las Tortugas Ninja (mi serie de dibujos animados favorita de aquellos tiempos), y lo llevaba para todos lados. Me lo llevé a Mazatlán y un fatídico día fuimos a visitar a mi abuelo a El Castillo, y mi mamá me dejó irme hincado para poder sacar la mano por la ventana y jugar que mi hombre mosca volaba. Hasta que se me resbaló y lo perdí para siempre. Fue culpa de mi mamá.
Recuerdo haber tenido un MegaZord armable, pero el original, nada de las nuevas generaciones de Power Rangers en el espacio y esa basura. También recuerdo que una vez, mis mejores amigos de esa edad se fueron a dormir a mi casa, un día que había que cambiar el horario a las 2 de la mañana. No sé si había una razón en especial pero sabía que mi papá me llevaría Mortal Kombat 3 de SuperNES, y nos quedamos toda la noche esperándolo y cuando llegó, jugamos casi hasta el amanecer. Al fin y al cabo era domingo.
Fui creciendo y me fui especializando en videojuegos. NES fue la primer consola que tuve, después SuperNES, llegué a tener unos 20 títulos diferentes, lo cual era bastante para un niño de 8 o 9 años. Luego un Nintendo 64, a pesar del arribo de nuevas y más poderosas consolas, me mantuve fiel a Nintendo. Tuve un GameCube a pesar de las críticas, y hubiese tenido un Wii de no haber sido porque tuve que empezar a ganar mi propio dinero y ya no me alcanzó para comprarlo.
También fui de los primeros vecinos y amigos de la escuela que tuve una computadora. Siempre me gustó la tecnología. Recuerdo que era una Compaq Presario con un monitor enorme. Después compré (me compraron) otras mejores, armadas... Le ayudaba a mi tía a escribir sus informes del servicio social, y a mi abuelo a transcribir sus recortes de periódico (¿?), y a mi familia a descargar y quemar música... Todo eso de forma autodidacta, tal vez tomé un curso de verano de computación que me sirvió para un carajo, todo lo demás lo aprendí por mí mismo.
Lo que quiero decir es que siempre me ha gustado tener cosas, pero no cualquier cosa. Cosas que sirven, que tienen una utilidad y que me ayudan a aprender y a crecer. No las tengo para creerme mejor, o para presumir... Las tengo porque me sirven, porque me gustan o porque creo que les podría sacar algún provecho.
Y ya. Esa es mi historia con las cosas.
Etiquetas:
historias,
infancia,
personal,
reflexiones,
vida cotidiana
15/6/09
L'enthousiasme

1. La campana sonaba, y los niños, incluido yo, salíamos a todo correr de aquella insufrible prisión llamada escuela primaria. Por esos días me iba sin esperar a nada, ni a nadie. Sólo tenía que recorrer un par de cuadras, sacar la llave y abrir la puerta de la casa de mis abuelos. A esa hora, nadie había llegado aún. Así que dejaba mi mochila en alguna recámara, y con el corazón a punto de salírseme del pecho, abría los cajones del clóset de mi tía la menor, y sacaba el libro que, por alguna razón, leía en secreto. Tal vez porque era algo demasiado íntimo para compartir. El primer libro que leí.
2. Aprender a tocar guitarra fue una experiencia sin igual. Pero, el día que me percaté que ni mi dedicación ni mi talento natural me permitirían llegar demasiado lejos como músico de tiempo completo, decidí utilizar mi capacidad intelectual para ayudar a los músicos a sonar bien, y estudiar ingeniería en sonido. Esa carrera, si existía, no estaba en la Universidad de Guadalajara, pero aún así, quería irme. Cuanto antes. En parte porque sería más fácil que me admitieran en esa escuela terminándola allá -esa fue la versión oficial-, y en parte porque me fastidiaba que me estuvieran jodiendo con cortarme el pelo. Así que un buen día, lo decidí: me iría a Guadalajara.
3. El amigo de mi padre me esperó en el centro. Tomamos un taxi, de esos dorados que iban a Otay, e hicimos el recorrido en silencio. Hablamos de su trabajo, de mi escuela, y de otras vanalidades. Evidentemente, aquel hombre sólo estaba ahí por la legendaria amistad que, en otros tiempos, muy lejanos, había mantenido con mi papá. Pero no me importaba molestar. Nos bajamos una esquina antes, él quizá no se dio cuenta, estaría un poco desorientado. Caminamos por la avenida de los ingenieros, casi hasta el final de la calle, donde vivía su amigo, el Coronel. Pero el Coronel sólo rentaba cuartos para mujeres. "Pero aquí enfrente rentan", dijo. Así que fuimos. Un señor anciano nos abrió la reja verde. Nos mostró la habitación. Pequeña, con una ventana que daba a una pared, cama y buró, agua caliente y espejo en el baño. Estaba decidido. Ese sería mi nuevo hogar.
4. Después del gimnasio, Mónica y yo desayunamos en el comedor de la escuela y fuimos con Escalante. Eran casi las once. Escalante sacó de un rincón un pesado maletín negro, lo abrió y me mostró su contenido: una sony dvcam con micrófono, audífonos, gran angular, tripié, cargadores y tres baterías de 6 horas. Me brillaron los ojos. Pensar en sentirla de nuevo, en jugar con las imágenes. Capturar la imagen es todo un reto, pero el trabajo de edición... Eso es lo que en realidad me entusiasma. Eso, y comenzar mi formación como antropólogo visual.
5/1/08
A qué hora llega Santa

Ante la insistencia de su hijo por esperar despierto a Santa, decidió que al día seguiente le pediría a su compadre un frasquito de esas píldoras milagrosas que hacían a los niños dormir como angelitos toda la noche. Son una maravilla, compadre, le decía, el chamaco se las toma y casi casi se nos cae dormido en ese mismo rato. Saúl pensaba que no tenía que darse por vencido así como así; después de todo, era su primer hijo, alguna forma había de haber para que Quique se quedara dormido sin tener que drogarlo. Para empezar, descartaba las amenazas, al niño lo que menos le importaba era obedecer, se había portado bien todo el año, y si Santa decidía mejor no llevarle los regalos porque no se había querido dormir para esperarlo... bueno, no iba él a dar una vuelta hasta acá desde el polo norte para nada, ¿o sí?
Le subió el volumen a la tele, después de haberlo arropado y de hacerlo prometer que se iba a dormir, para dejar de pensar en eso. Qué pasó, le preguntó Diana, y Saúl contestó, Nada, que no pienso tener otro hijo; no si sale como este. Ay, no digas barbaridades. Estaba viendo el resumen de noticias del día, el incendio de la fábrica por la mañana, la emocionante persecución policiaca por la tarde, el reportaje de los niños que no recibirían regalo esta navidad, Al menos ellos no se ponen tercos en esperar a Santa toda la noche. La mano de Diana en sus genitales evitó que el coraje de Saúl creciera más. El suave masaje, sobra decirlo, lo relajó tanto que ya no le puso atención a los resultados de la encuesta, ni a la entrevista con el procurador: al diablo el mundo. Apagó la tele, tomó con fuerza la mano de Diana, y estaba dispuesto a echársele encima cuando su Quique apareció en el marco de la puerta, arrastrando la cobija, con los ojos entrecerrados. Papá, ¿a qué hora llega Santa?
Lo tranquilizó su mujer, Yo voy, yo voy, no te preocupes, pero Saúl no se iba a dejar vencer por un escuincle, No, no, tú acuéstate y ponte cómoda, le dijo, mientras le guiñaba un ojo con una sonrisa pícara. Tomó al niño en sus brazos y se lo llevó a la cama. Quique no quería verlo, porque sabía que Santa era invisible para los niños, sólo quería saber si había llegado o no, y a qué hora, Ya se está tardando, papá, le dijo con una voz tan tierna que Saúl no pudo evitar olvidar el enfado. Sí mijo, pero mira, tiene que ir por todas las casas, son muchas, no jodas. El niño, al parecer satisfecho, se envolvió en las cobijas y le dijo a su papá, de la forma más impersonal que la hubiera escuchado jamás, Te quiero.
En la habitación, Diana se había cambiado y se había puesto el camisón de encaje negro que Saúl le había regalado en su aniversario y un gorrito navideño. Antes de que se echara un clavado en la cama, Diana le recordó que cerrara la puerta. Saúl la empujó con el pie y se metió en las cobijas, Ponle seguro, le dijo ella, Para qué, ya se durmió Quique, le contestó él. No sabía dónde poner las manos. Le gustaban las fechas especiales (navidad, halloween, el diez de mayo) porque su mujer se entusiasmaba y se volvía muy ingeniosa en la cama, Lo que hace la tele, se decía, agradeciendo la inspiración a las amas de casa para mantener contentos a los maridos, como debe de ser. ¿Te portaste bien este año, Saúl?, le preguntaba Diana, y Saúl, con la voz temblorosa, le decía, No, me porte mal, muy mal.
De pronto Diana se detuvo, cuando le estaba sacando la camisa a Saúl, con cara de espantada, y se quitó el gorro. Te dije que le echaras el seguro. Quique los observaba, más dormido que despierto, desde el marco de la puerta. ¿Ya casi llega, papá? Saúl se volvió a poner la camisa y se levantó de la cama mentando madres. Agarró al niño, se podría decir que con violencia, y lo llevó de vuelta a la cama. Orita llega, vas a ver si no, le dijo Saúl, pero en cuando escuches que llegue te duermes, ¿eh? Su hijo le prometió que sí, y se abrazó de su oso de peluche, sin percatarse del extremo coraje de su padre.
Qué vas a hacer, le preguntaba su esposa, mientras Saúl revolvía las cajas del armario maldiciendo la navidad. Ya verás, tú ve poniendo los regalos, pero que no te vea Quique. En el fondo de un baúl viejo, Saúl encontró una campana oxidada y mugrosa, que había usado hace años en una pastorela de su trabajo. Con una sonrisa triunfante en el rostro, salió al patio y colocó la escalera. Recordó que había que arreglar el tejado. Ba'h, el año que entra lo arreglo, se dijo, mientras subía con cuidado los peldaños mojados por la fría brisa de la noche. A ver si así se duerme el condenado chamaco, murmuraba, haciendo un mapa de la casa en la mente para ir a caminar al techo de su recámara. Lo cual era absurdo, siendo esa una casa sin chimenea, para qué carajos iba a querer Santa irse a trepar al techo, pero no pensó en eso, sino en la malvada santa con baby doll que lo esperaba en la cama.
Azotó con sus pasos el techo de Quique, mientras hacía sonar la campana con fuerza y gritaba, Jo jo jo, feliz navidad Quique, pórtate bien, jo jo jo, ya duérmete que ya llegue, jo jo jo. Y andaba de un lado al otro, divertidísimo, mientras Diana lo observaba desde abajo, sonriendo como boba. Está de la chingada el techo, pensaba, mientras caminaba a tropezones entre las tejas rotas, húmedas e inclinadas. Demasiado inclinadas, porque bastó que el tacón de la bota se atorara con una de las tejas, para que Saúl se fuera de rodillas hacia el borde del techo, y, ya sin poder detenerse de ningún lado, de cabeza hasta el suelo, estrellándose muy cerca de los pies de su mujer, quien vio cómo el cuello de Saúl se doblaba hasta quebrarse, y luego el resto del cuerpo le caía encima, y quedaba todo lo que había sido Saúl tendido en el pasto mojado, con los ojos, sin brillo, abiertos del susto; de la boca le corría un delgado hilo de sangre.
Ante los gritos de su mamá, Quique salió corriendo de la casa por la puerta del patio, se detuvo detrás de Diana y cuando ella vino corriendo a abrazarlo, llorando, tratando de taparle los ojos, el niño, sorprendido, murmuró, Entonces, ¿mi papá era Santa? Diana, llorando, le dijo, Sí mi amor, tu papi era Santa. Quique pensó un rato, mientras observaba el cuerpo inerte de su padre tendido en el suelo, y sentenció, Menos mal que alcanzó a dejarme los regalos.
(FIN)
7/12/07
Si entendiera de estas cosas

No se despierta por el escándalo del coche estacionándose, o por el ruido de las llaves, menos por las patadas que le propina a la puerta cuando ésta, impenetrable, se niega a abrirse si no atina antes a la llave; es más la sensación, si entendiera de estas cosas el pobre, podría decirnos, Es que el ambiente se llena de tensión, se vuelve horrible y lo único que queda por hacer es fingir estar dormido. Qué puta madre, balbucea su padre, y entonces escucha un sonido como de latas, luego una bragueta y por fin, un chorro de algún líquido que ansiaba salir de su recipiente, un chorro grueso y violento, intenso y apestoso. Hugo se voltea para darle la espalda a la puerta de entrada. Esta vez no quiere ver nada, siempre hace un esfuerzo tremendo por mantener los ojos cerrados, por creerse su propia mentira e imaginar que aquello es una horrible pesadilla, que por la mañana despertará y podrá ver a su padre dormido, tranquilo, casi desnudo en la brillante cama, envuelto en la sábana que su pobre madre mantiene tan blanca, como si de su blancura dependiera su estabilidad.
Su padre ha dado -¡al fin!- con la llave correcta. El chirrido de los goznes llega hasta los infantiles oídos de Hugo, de tan sólo escucharlo se aterra, se cubre la cabeza, quizá hoy también pase desapercibido, siempre le ha dado miedo enfurecer a su padre con su sola presencia, si entendiera de estas cosas nos diría, Creerá que soy un insolente, que no tengo respeto por su autoridad, que es una osadía de mi parte mirarlo a los ojos y no mostrarle pánico. Pero lo más probable es que su padre, así de borracho, ni siquiera recuerde que tiene un hijo. Es tan reciente. No puede aceptarlo todavía. No puede creer que su mujer lo haya obligado a hacer esto, a pesar de que le dijo, Abórtalo, no lo quiero, y la mujer se atrevió a retarlo, Pues yo sí, no cree que sea culpa suya no poder acostumbrarse a ser padre, ni mencionar el posible intento de ser uno bueno, uno ejemplar, que no llegue borracho a las cuatro de la mañana. Además, la diminuta cama de Hugo, oculta en una esquina, ni siquiera se hace notar, y el bulto que forma su cuerpo puede pasar a sus ojos, desenfocados y en constante movimiento, como un mueble más.
Avanza por la sala dando traspiés y mentando madres. Ojalá su madre pudiese hacer algo por él para evitarle tan arduos momentos de tensión al pobrecillo Hugo, pero ella no ve sino la misma salida que su hijito: hacerse la dormida. Quizá hoy venga demasiado borracho como para querer dar pleito. Quizá venga arrepentido, quizá se haya gastado demasiado dinero, quizá le haya dado una paliza un policía, quizá una prostituta le haya pegado el herpes. Si Hugo entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No te engañes ni seas ingenua, mi papá es un hombre con suficientes influencias como para pasarse al arrepentimiento, al dinero, a la policía y al herpes por el arco del triunfo, ¿no ves que nada de eso le importa un carajo? Es que es un muchachito muy inteligente, muy noble, muy entendido. Nada más decirle, Vete Huguito por las tortillas, y Huguito deja lo que esté haciendo y corre a la tortillería, así es en todo.
Como que quiere hablar, pero el sabor del vómito le cierra la garganta. Llega al fin hasta la puerta de la recámara, después de meterse dos veces al baño y decidir que mejor no, que prefiere echarse en la cama. Pero no puede entrar. Su madre ha cerrado la puerta por dentro, quién sabe si en un ataque de inconciencia decidió dejar encerrado a su bebé con el monstruo y su furia, no lo ha de haber pensado así, sólo se dijo, Que no entre aquí, que no entre conmigo, no lo aguanto. Y no pensó. Su padre, al razonar el por qué de la puerta cerrada, comienza a aporrearla, a gritarle, Abre pinche vieja puta o te parto el hocico; la puerta se estremece, si pudiera elegir una sola palabra en el mundo de entre todas las que existen para decirla sólo en este momento, seguro elegiría "basta". Pero las puertas no hablan, y los borrachos no entienden. Y Hugo, ay el pobre, espantado por los gritos y los golpes, por la furia encendida y en aumento de su padre, al que puede ver si entreabre los párpados, a pesar del esfuerzo que había hecho, no puede reprimir las lágrimas y los sollozos, y en un momento de silencio, su padre agudiza el oído, y lo escucha, y su madre, del otro lado de la puerta, también lo escucha, y comete una locura: abre la puerta.
La intención era desviar la atención. Y lo logró. Apenas vio su padre a su madre, la tomó de los cabellos y la echó al suelo. A ver si ahora muy valentona, pinche pendeja, le gritaba, mientras la obligaba a levantarse para seguir tirándola al suelo. Decía que jamás había golpeado a su mujer, y su mujer no sabía si aquello era mejor o peor. Se limitaba a aventarla, a escupirla, a insultarla, a apretarle el pescuezo hasta ponerla morada; ah, pero nunca la había golpeado con el puño cerrado. Su compadre le preguntó una vez, ¿Y a poco ni una cachetadita? Y él le contestó, Bueno, sí le doy sus cachetadas, pero nunca con el puño. Entonces le pegas como los maricones, ay mana, y las risotadas; y al siguiente segundo el compadre estaba en el suelo, retorciéndose por las patadas que el padre de Hugo le propinaba en la abultada barriga. Hugo se tapa los oídos. No es nada agradable escuchar aquello, sentirse en medio de la batalla, quisiera levantarse, gritarle a su padre, Déjala en paz, cabrón, eso quisiera, él no se pondría límites.
Tampoco es que dure mucho. Pronto el padre de Hugo se cansa de gritar y romper cosas, y se va arrastrando hasta la cama, donde se desviste y en menos de cinco segundos ya está roncando. La madre, humillada, presa de la ira y de la resignación, anda a gatas hasta la camita de Hugo, quien hace lo posible por mantener su mentira, su madre lo abraza, siente con las llemas de los dedos las lágrimas del niño empapando la almohada, tan chiquito y tan traumado, y se murmura, Shht, shht, duérmete hijito, mientras en su cabeza piensa, No merezco esto, ojo, no incluye al niño, por qué, ni ella lo sabe; como tampoco sabe Hugo lo que siente al verse rodeado por los brazos de su madre, al percibir su llanto en la sien, sus temblores de rabia, pero si entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No me toques, me das asco.
(FIN)
22/6/07
Javier y la pornografía

El timbre suena y los chiquillos salen de la clase sin esperar a que el profesor termine de hablar, motivados por la pandilla de Roberto, el más viejo, el más burro, el más cobarde de todos. Javier sale detrás, apuntando la tarea en su agenda, trata de escuchar hasta la última palabra del profesor, pero sus compañeros ya van bajando las escaleras, qué importa, preguntará en la siguiente clase, sólo espera que alguien al menos haya anotado. Tienen quince minutos de receso, y el punto de reunión es, como siempre, las bancas al lado de las canchas de basquetbol.
Llega Javier cuando ya la pandilla de Roberto -el único que no tiene sobrenombre- se reúne en torno a él tratando de ver algo. Siempre trae cosas para enseñar a los incautos e inmaduros infantes, como él les llama. Una vez trajo una navaja con sangre, que según él había utilizado la noche anterior; otro día trajo un churro de mota a medio terminar, amarillento y deshaciéndose, que según él se terminó un rato después, pero nadie lo vio fumándolo. Hoy, hoy traía una hoja de papel. Javier, aprovechando que era más alto que la mayoría de los ahí reunidos, asomó la cabeza y vio: una foto enorme, en toda la hoja, de una mujer morena, de cabello negro y ojos verdes, sentada, con las piernas abiertas, toda ella desnuda, mostrando unos pechos redondos y brillantes, y abriendo con una mano su rasurada vagina.
-¿De dónde la sacaste? Está rebuena. -Del internet, pendejo, de dónde más.
A lo largo del día se fueron turnando la imagen para irse a masturbar al baño, por supuesto, Roberto fue el primero. Javier no quiso, le daba vergüenza, pero no podía, no conseguía quitarse de la cabeza aquella imagen, vulgar y de mal gusto, para su propio juicio, y sin embargo, necesitaba ver más.
Nunca se le había ocurrido. Introdujo en el buscador la frase "Mujer desnuda", y las imágenes se desplegaron frente a él. Ya toda su familia estaba dormida, y él, fingiendo que hacía una tarea, había encendido la computadora, cerrando la puerta de su recámara con seguro, y ahora navegaba de un sitio a otro, en busca de mujeres cada vez más exhuberantes, le gustaban las que traían los tacones puestos, o las uñas postizas larguísimas. Y entonces, descubrió una foto increíble. Una mujer rubia, de rasgos infantiles y mirada tierna, claro, con excesivo maquillaje, tacones y uñas postizas, muy pequeña ella, era penetrada por un hombre negro enorme, muscular, rapado, con la cara encendida de furia, y un pene imposible por su tamaño. Javier no podía creerlo, había fotografías del acto sexual... De inmediato cambió el tema de su buscador a "Hombre y mujer en el acto sexual", él siempre tan metódico, y aparecieron páginas con palabras que él ni sospechaba, pero descubrió en ese momento una palabra que le aceleró la búsqueda: pornografía. Cuando dieron las seis de la mañana, apagó por fin el aparato, ni siquiera había tenido tiempo de masturbarse, se desvistió y se acostó en la cama, quitándole el seguro a la puerta. Cinco minutos después su madre irrumpe, medio dormida todavía, y lo llama, Javi, mijo, levántate, ya es hora. Javier, tratando de poner cara de recién despierto, se levanta otra vez de la cama y se dirige a bañarse. Aprovechará para hacer lo que no le había dado tiempo esa noche, y descubre que los orgasmos se sienten mucho mejor después de ver tanta y tanta pornografía.
No pone atención en la clase. La tarea del día anterior la había olvidado por completo. Su mente viajaba otra vez por las imágenes que había estado viendo durante siete cortísimas horas, impaciente por la llegada de la noche, para deleitarse de nuevo con aquellas maravillas de cuerpos enredados, desnudos, sudorosos, penetrando y siendo penetrados, en todas las posiciones posibles, de todos los tamaños, colores y formas, había visto gente asiática, mujeres embarazadas, hombres viejos y gordos, haciéndolo en una cama, en la playa, en un bosque, en la calle, en un cuarto de espejos, sobre la mesa, encima de un árbol... Había visto también a dos mujeres con un caballo, a una con un perro pastor alemán encima, incluso una metiéndose una ánguila por la vagina. El espectáculo de lo grotesco, de lo irreal, le fascinaba. De la misma manera, había descubierto a dos o más hombres juntos, penetrándose por el ano, uno detrás del otro, formando una verdadera cadena humana de siete u ocho personas, y a otro, clavándose a un dildo rojo enorme, tan grueso como su brazo. No se decidía por qué le había excitado más. Descubrir todas las posibilidades y variaciones del sexo le había nublado los sentidos, lo único que sabía era que quería ver más de todo.
Sale de la escuela, llega a su casa y de inmediato se sienta en la computadora. Atento a que no entre nadie a su cuarto, intenta abrir una ventana diminuta en el buscador, pequeñísima, donde apenas se vea una parte indescifrable de los cuerpos, para que no lo descubran, pero en su lugar, aparece la página en blanco, y una leyenda con sugerencias: "Página web no disponible sin conexión". Esto nunca había pasado, no sabe qué hacer, cómo reaccionar. Utiliza sus amplios conocimientos de computación para intentar conectarse de nuevo, pero es imposible. Su madre lo llama a comer. Javier no quiere parecer sospechoso, así que se lava las manos, camina tranquilo, se sienta sonriendo, juega con su hermano mientras la madre sirve los platos, y a mitad de la comida, como no queriendo, le pregunta, Oye amá, por qué no sirve el internet. La madre mastica el bocado, lo traga, toma aire y le contesta, Porque ya no tengo dinero para pagarlo. Lo cancelé. A ver si el mes que viene lo vuelvo a contratar.
Tiene que reprimir una punzada en el estómago, no dice nada, no puede ni protestar. Sigue comiendo, mientras piensa que no es posible que la pornografía sólo habite en el internet... Así que se decide a buscarla allá, en el mundo, sin saber el lugar preciso, pero sabe que con algo de esfuerzo y motivación -y de esa tiene mucha-, la encontrará.
Llega Javier cuando ya la pandilla de Roberto -el único que no tiene sobrenombre- se reúne en torno a él tratando de ver algo. Siempre trae cosas para enseñar a los incautos e inmaduros infantes, como él les llama. Una vez trajo una navaja con sangre, que según él había utilizado la noche anterior; otro día trajo un churro de mota a medio terminar, amarillento y deshaciéndose, que según él se terminó un rato después, pero nadie lo vio fumándolo. Hoy, hoy traía una hoja de papel. Javier, aprovechando que era más alto que la mayoría de los ahí reunidos, asomó la cabeza y vio: una foto enorme, en toda la hoja, de una mujer morena, de cabello negro y ojos verdes, sentada, con las piernas abiertas, toda ella desnuda, mostrando unos pechos redondos y brillantes, y abriendo con una mano su rasurada vagina.
-¿De dónde la sacaste? Está rebuena. -Del internet, pendejo, de dónde más.
A lo largo del día se fueron turnando la imagen para irse a masturbar al baño, por supuesto, Roberto fue el primero. Javier no quiso, le daba vergüenza, pero no podía, no conseguía quitarse de la cabeza aquella imagen, vulgar y de mal gusto, para su propio juicio, y sin embargo, necesitaba ver más.
Nunca se le había ocurrido. Introdujo en el buscador la frase "Mujer desnuda", y las imágenes se desplegaron frente a él. Ya toda su familia estaba dormida, y él, fingiendo que hacía una tarea, había encendido la computadora, cerrando la puerta de su recámara con seguro, y ahora navegaba de un sitio a otro, en busca de mujeres cada vez más exhuberantes, le gustaban las que traían los tacones puestos, o las uñas postizas larguísimas. Y entonces, descubrió una foto increíble. Una mujer rubia, de rasgos infantiles y mirada tierna, claro, con excesivo maquillaje, tacones y uñas postizas, muy pequeña ella, era penetrada por un hombre negro enorme, muscular, rapado, con la cara encendida de furia, y un pene imposible por su tamaño. Javier no podía creerlo, había fotografías del acto sexual... De inmediato cambió el tema de su buscador a "Hombre y mujer en el acto sexual", él siempre tan metódico, y aparecieron páginas con palabras que él ni sospechaba, pero descubrió en ese momento una palabra que le aceleró la búsqueda: pornografía. Cuando dieron las seis de la mañana, apagó por fin el aparato, ni siquiera había tenido tiempo de masturbarse, se desvistió y se acostó en la cama, quitándole el seguro a la puerta. Cinco minutos después su madre irrumpe, medio dormida todavía, y lo llama, Javi, mijo, levántate, ya es hora. Javier, tratando de poner cara de recién despierto, se levanta otra vez de la cama y se dirige a bañarse. Aprovechará para hacer lo que no le había dado tiempo esa noche, y descubre que los orgasmos se sienten mucho mejor después de ver tanta y tanta pornografía.
No pone atención en la clase. La tarea del día anterior la había olvidado por completo. Su mente viajaba otra vez por las imágenes que había estado viendo durante siete cortísimas horas, impaciente por la llegada de la noche, para deleitarse de nuevo con aquellas maravillas de cuerpos enredados, desnudos, sudorosos, penetrando y siendo penetrados, en todas las posiciones posibles, de todos los tamaños, colores y formas, había visto gente asiática, mujeres embarazadas, hombres viejos y gordos, haciéndolo en una cama, en la playa, en un bosque, en la calle, en un cuarto de espejos, sobre la mesa, encima de un árbol... Había visto también a dos mujeres con un caballo, a una con un perro pastor alemán encima, incluso una metiéndose una ánguila por la vagina. El espectáculo de lo grotesco, de lo irreal, le fascinaba. De la misma manera, había descubierto a dos o más hombres juntos, penetrándose por el ano, uno detrás del otro, formando una verdadera cadena humana de siete u ocho personas, y a otro, clavándose a un dildo rojo enorme, tan grueso como su brazo. No se decidía por qué le había excitado más. Descubrir todas las posibilidades y variaciones del sexo le había nublado los sentidos, lo único que sabía era que quería ver más de todo.
Sale de la escuela, llega a su casa y de inmediato se sienta en la computadora. Atento a que no entre nadie a su cuarto, intenta abrir una ventana diminuta en el buscador, pequeñísima, donde apenas se vea una parte indescifrable de los cuerpos, para que no lo descubran, pero en su lugar, aparece la página en blanco, y una leyenda con sugerencias: "Página web no disponible sin conexión". Esto nunca había pasado, no sabe qué hacer, cómo reaccionar. Utiliza sus amplios conocimientos de computación para intentar conectarse de nuevo, pero es imposible. Su madre lo llama a comer. Javier no quiere parecer sospechoso, así que se lava las manos, camina tranquilo, se sienta sonriendo, juega con su hermano mientras la madre sirve los platos, y a mitad de la comida, como no queriendo, le pregunta, Oye amá, por qué no sirve el internet. La madre mastica el bocado, lo traga, toma aire y le contesta, Porque ya no tengo dinero para pagarlo. Lo cancelé. A ver si el mes que viene lo vuelvo a contratar.
Tiene que reprimir una punzada en el estómago, no dice nada, no puede ni protestar. Sigue comiendo, mientras piensa que no es posible que la pornografía sólo habite en el internet... Así que se decide a buscarla allá, en el mundo, sin saber el lugar preciso, pero sabe que con algo de esfuerzo y motivación -y de esa tiene mucha-, la encontrará.
(FIN)
Etiquetas:
cuentos,
infancia,
perversiones,
pornografía,
sexo
21/1/06
Placer enfermizo
No parece pensar siquiera en el siguiente movimiento. Sólo fija su mirada en el objetivo, analiza los obstáculos, planea la mejor ruta, todo en una fracción de segundo, y sale disparado con toda la vitalidad de sus cinco años. El pequeño Nicolás corre una distancia de diez metros, esquivando a las personas que se atraviesan en su camino, aunque más bien es él quien se atraviesa en el camino de las demás personas, con una sonrisa deslumbrante, purísima, pintada en la cara de oreja a oreja, y agita sus bracitos para darse impulso, intentando llegar cuanto antes al bote de basura que representa su meta, como si de ello dependiera su existencia propia. Yo lo miro, de pie, desde cerca; tan cerca que me ha pasado por enfrente en sus ya tres carreras contra nadie, a sólo un palmo, y sería tan sencillo para mí frenar su loca y angustiante carrera y darle una lección a este insolente con tan sólo extender mi pie derecho, como para estirarlo nada más, nadie notaría nada, nadie pensaría que el culpable he sido yo porque no se puede ser tan amargado siendo tan joven, y como uno de los dos debe tener la culpa, será él, Nicolás, por andar corriendo como desquiciado por el andén, sin fijarse bien. Siento tanto placer, un placer enfermizo y difícil de ignorar, con sólo imaginar el momento, sus diminutos pies chocando contra la punta de uno de los míos, enormes, que se escondería de inmediato detrás del otro mientras el cuerpecito del infante es atraído hacia el centro de la tierra por la fuerza de gravedad, las manitas tratarán de detener o amortiguar el choque inevitable atravesándose entre el suelo y el resto de su ser, pero aún así, por la velocidad y porque las leyes de la física jamás fallan, el niño Nicolás se impactará en el piso, primero las valientes e instintivas manos, luego las frágiles rodillas, el pecho, el estómago, y, con algo de suerte, también el rostro, y el dolor, el susto, no van a tardar en llegar, y éstos traerán el llanto, instintivo también, que será para mí, en esta analogía imaginada, el clímax de mis sentidos, el orgasmo de mi malignidad y perversión.
Ya es la sexta vez que Nicolás repite la cada vez más absurda operación, retando la autoridad de los mayores y sus buenas costumbres, las cuales ordenan no correr entre la gente. Lo miro con discreción, oculto mi sonrisa maliciosa, levanto la cara y de reojo veo cómo el mocoso se acerca a toda velocidad y me preparo para liberar mis demonios internos. En el momento oportuno, estiro un poco el pie derecho, lo suficiente como para que interrumpa el ritmo de Nicolás y éste caiga, caiga sin remedio y se estrelle contra el suelo. Ya sólo espero las lágrimas para coronar mi horripilante acto. El mundo entero se queda en silencio un segundo, Nicolás se queda quieto un instante, contemplando el suelo desde muy cerca, y cuando mis oídos ya se disponen a escuchar la gloria de su dolor, el mocoso se levanta del suelo sin ayuda de nadie, se sacude como si nada hubiera pasado y, con la misma impertinente sonrisa, reanuda su inaudita carrera mientras yo lo observo tratando de disimular mi coraje.
(FIN)
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