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8/12/09

Si Teo llega



Cuando el tiempo se acaba, sea cual sea la razón, el silencio empieza a caer sobre nosotros más denso, más pesado, más oscuro. Lidia mira de reojo la ventana entreabierta, esperando lo peor: que la puerta que da a la calle se abra. Entonces sabrá que es Teo, y que tardará menos de un minuto en subir al primer piso del edificio Nochebuena, el más famoso de la unidad por estas fechas, únicas en las que toma algo de sentido su nombre. Teo llegará a la puerta, quizá borracho, pues si llega a esta hora, es porque se ha quedado tomando, hará un escándalo con las llaves pero se le caerán y pateará la puerta gritando, Lidia, ábreme, chingado. Mejor no pensar en eso, pero la bebé está tan callada, murmurando sus pensamientos en una lengua que sólo ella conoce porque ella la inventó, mirando las estrellas que cuelgan del móvil de su cuna, maravillada, nunca había visto una cosa así, eso es lo bueno de recién nacer, que todo en el mundo, por ser nuevo, es también lindo.

El sartén está caliente, la carne, salada, las papas, peladas, las cervezas en el congelador, Lidia revisa que ya estén bien frías, los tarros, carajo, se le olvidaron los tarros, sólo hay uno dentro, y si trae a sus amigos, y si viene su compadre, no, no, se da la vuelta bruscamente, su brazo choca con la estufa, derriba el sartén y el aceite cae sobre su pierna, ella grita, pero entonces, al retroceder, el plato con la carne cae al suelo, quebrándose con un terrible escándalo en miles de pedazos que huyen, despavoridos, por el piso recién trapeado. Lidia intenta no moverse, no hacer más ruido, la bebé empieza a inquietarse, y para qué quiere, ya tiene suficiente, fácil se ha retrasado otra media hora, y si Teo llega, está perdida, no hay más qué hacer, mejor irse preparando para lo inevitable.

Sale de la cocina y va al cuarto de limpieza por una escoba y una jerga para levantar el desastre. Sin darse cuenta, unas lágrimas le empiezan a escurrir, será mejor pararlas, porque si Teo llega y, encima de todo, la descubre llorando, se lo tendrá bien merecido. Ya me decía mi madre, piensa, No soy una buena esposa. Se lo dijo apenas el mes anterior, cuando le preguntó a Teo dónde había estado y tuvo que salir huyendo, espantado por una lluvia de cuchillos que por poco caen sobre la niña, y al llegar a la puerta de su madre, dos cuadras calle arriba, al verla, le dijo, Ay m’ija, qué le hiciste a tu marido.

Diez minutos después el suelo de la cocina ya está otra vez brillante, y la carne en el aceite. Ha metido los demás tarros en el refrigerador y puso el congelador en el número 9, que se supone es más frío. La niña se ha dormido, pero Teo no llega aún. Lidia no cree en dios, pero a veces le gustaría creer: así podría rezar, Por favor, señor, que no venga borracho. Pero no cree, y nadie puede asegurarle que la tarde se convertirá en noche sin ningún contratiempo. Otra vez, sorprende a sus ojos llorando, cuando descubre su rostro en la puerta de espejo del microondas, rodeados por enormes moretones que, junto con el labio roto, le recuerdan lo mucho que debe esforzarse para ser una buena esposa.

[FIN]

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Dominemos la tecnología

Campaña para los 16 días de activismo contra la violencia de género

En twitter: @DominemoslasTIC / hashtag: #dominemosTIC

11/5/09

No es una mujer (parte tres)



La ciudad parece asfixiarse bajo los miles de transeúntes en las calles del centro, pero quien tuviera una buena vista aérea de la zona y se sorprendiera, debería prepararse para descubrir los rinconces subterráneos, los anchos y calurosos pasillos, repletos, del metro. A esta hora, todos avanzan en una misma dirección, esa que los aleja del centro, sólo unos pocos, que necesitan hacer un rodeo porque el transporte hasta sus casas no es directo, permanecen en el andén del otro lado. Pero de este en el que estamos, no cabe un alma. Los policías, alertas, bloquean el paso de los hombres, excepto de aquellos mayores de 60 años, hacia los dos primeros vagones, aunque quién les asegura que entre éstos no va ningún rabo verde irrespetuoso que aprovechará su condición decrépita para tocar algo de carne fresca. Nadie puede asegurarlo, así como nadie asegurará que esta mujer que va pasando frente al policía, y que no se limita a pasar, sino que lo mira, le guiña un ojo y lo pone a sudar, no es, por ningún lado, excepto en la ropa y el maquillaje, una mujer, sino un hombre llamado Hugo Estrella. Se va hasta el principio del andén, se detiene detrás de una mujer con un perfume encantador, alta, rubia, como pocas, es lo bueno del centro, hay muchas ejecutivas. Ya viene el tren. Está repleto, pero en estos vagones de adelante aún queda un poco de espacio. Las puertas se abren, y la masa se avalancha violentamente tratando de entrar, pareciera que este es el último tren de la historia, que todos los que queden detrás se quedarán atrapados ahí por el resto de sus días, por eso se desarrollan estas batallas furiosas en los demás vagones, no en estos dos, llenos de mujeres educadas y civilizadas.

De inmediato a Hugo Estrella le llega el olor del sosiego. Las mujeres respiran tranquilas y emiten esos vapores muy particulares que se encierran en el minúsculo espacio del vagón. A veces piensa que podría ser un súper héroe con ese olfato que tiene, puede percibir hasta el más mínimo cambio en la atmósfera, pero no hay ningún olor que se le aproxime a este. Pero su máximo placer lo alcanza al trastocarlo, al arrebatárselos presionando contra sus muslos los genitales y frotándose con suavidad, con disimulo, sintiendo en la piel del pene el sublime roce del encaje de los calzones que trae puestos. No sabe cómo había podido vivir sin eso hasta ahora. Vestido de hombre no era lo mismo. Además, el olor de perdía, las mujeres, al verlo, comenzaban a apestar, a sentirse intranquilas, vulneradas. Pero con este disfraz, sobre todo con la ropa interior, las sensaciones se magnificaban ad infinítum.

Así que avanzó entre las faldas y las bolsas, entre los tacones y las medias, mordiéndose el labio, volteando los ojos, eyaculó una vez y se detuvo, alguna de estas mujeres lo miró extrañada, estuvo tentada a preguntarle, Señora, se encuentra bien, al ver a Hugo Estrella agachando la cabeza, tocándose de aquella manera el pecho, parecía que tendría un ataque, pero no, ya se recupera, seguro es el gentío, si ella tuviese su edad estaría igual, y a veces bastan estos años para desesperarse. Cuando mira a su alrededor, Hugo Estrella mira a esta mujer, quien le hace un gesto de complicidad, Se habrá dado cuenta, se pregunta, pero no puede llegar a ella, es imposible, así que no le da importancia, si sabe algo que lo demuestre, sigue su camino. Un orgasmo más, dios, esto es la gloria, llega al final del vagón, con las piernas temblándole, y sale al andén en la siguiente parada, ha sido suficiente por hoy, mejor será ir a casa, aunque no tiene prisa, tal vez sea sensato pasar por una cerveza antes, al fin y al cabo, nadie lo espera, su familia lo ha abandonado.

En esta estación casi no ha bajado gente, pero Hugo Estrella necesita desesperadamente aire fresco. Sube las escaleras y se queda de pie en la esquina. Al otro lado de la calle, observa a un policía de una casa de empeño que lo mira fijamente. Qué me ve ese cabrón, está a punto de sacarle el dedo cuando siente un golpe. Casi cae al suelo, pero se recupera, alguien está jalando su bolso, el bordado, Hugo Estrella se niega a soltarlo, mira nada más, Lo que me faltaba, un cabrón ratero, le dice, el joven ladrón lo mira sorprendido por la voz rasposa y grave, pero tampoco suelta el bolso, si ha arriesgado tanto, tiene que luchar por él, un bolso así de grande debe contener algo más que basura, seguro trae los recuerdos de toda una vida, le tira una patada, Hugo Estrella la recibe sin inmutarse, Vas a ver cabrón de mierda, y jala el bolso con más fuerza, atrae al joven ladrón y le propina un severo golpe en la nariz, el bolso, herido, se desprende de la correa, cae al suelo, rasgado por la mitad, y derramando su interior por la banqueta, al mismo tiempo que la sangre del joven ladrón.

El policía ha tardado en reaccionar, pero al fin se ha decidido. Si ha dejao su puesto de vigilancia es por ir a defender a una ciudadana, como es su deber, aunque no sea cliente de la casa de empeño, los jefes sabrán comprenderlo. Detiene al joven ladrón por la camisa, le da un sermón, orgulloso, A que no te lo esperabas, verdad, toparte con una mujer tan valiente. Hugo Estrella, alarmado, se apresura a recoger sus cosas y a meterlas de nuevo en el bolso, hace como puede, otro policía, el de la estación del metro, llega y ayuda a su colega, Señora, se encuentra bien, Hugo Estrella no quiere hablar, no puede hablar, ha hecho intentos por disimular la voz pero sabe que no es suficiente, cualquiera sospecharía, trata de cerrar la fisura del bolso, pero es imposible, es demasiado grande, Le voy a conseguir una bolsa de plástico para sus cosas, le dice uno de los policías, Le dio un buen chingazo a este hijo de puta, le dice el otro, mientras detiene los ojos alborotados para mirarlo, trae un corte de pelo extraño, sus manos no llevan las uñas pintadas, el sudor le ha corrido el maquillaje y con esta luz pareciera que se le nota la barba crecida. No puede ser, piensa el policía, entonces ve al otro llegando con la bolsa, le entrega al joven ladrón, toma la bolsa y se agacha para ayudar, la mujer parece nerviosa, con la mano le hace señas de que la deje, de que ella puede sola, pero el policía insiste, y recoge del suelo una camisa de hombre, arrugada que lucha por salirse del bolso, la mujer, apurada, trata de cerrar el agujero y se levanta, pero fracasa, y todo el contenido vuelve a caer en la banqueta. Toda una caja con maquillaje, rastrillo y desodorante, pantalones, y unos zapatos de hombre, además de otras prendas interiores femeninas. Qué es todo esto, pregunta el policía, y entonces le mira el rostro, el sudor ha corrido el maquilaje, la barba ahora es evidente. Usted no es una mujer.

En el interrogatorio, Hugo Estrella, acorralado, no tuvo más remedio que pedirles que no lo desnudaran, y que si lo hacían, no le quitaran los calzones, que los necesitaba. Aunque sea déjenme algo, les dijo a los oficiales, quienes, burlones, le dijeron, Sí, pendejo, también te vamos a dejar la peluca, para que te vean los periódicos, pinche pervertido. Hugo Estrella parecía resignado, como si hubiese sabido desde siempre que así terminaría todo. En la celda donde esperaba a los medios, se tocaba la entrepierna y frotaba sus genitales en los calzones de su mujer. Al menos, había sido más listo que todos ellos. Los oficiales vinieron al siguiente día, muy temprano. Lo sacaron a rastras, le dieron unas cachetadas y luego lo llevaron a la sala de prensa. Hicieron la recomendación de publicar su foto para que, si alguien lo reconocía, lo denunciara cuanto antes, ya que si no, tendrían que dejarlo libre. Al escuchar esto, Hugo Estrella empezó a sonreír. Los reporteros lo fotografiaban sin parar, esa era un imagen suficiente para la portada. El oficial a cargo se exasperó, le gritó, Por qué sonríes, carajo. Pero Hugo Estrella no respondió. Sólo pensaba, para sus adentros, que después de todo, se había salido con la suya.

(FIN)

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[Parte uno]

[Parte dos]

7/12/07

Si entendiera de estas cosas



No se despierta por el escándalo del coche estacionándose, o por el ruido de las llaves, menos por las patadas que le propina a la puerta cuando ésta, impenetrable, se niega a abrirse si no atina antes a la llave; es más la sensación, si entendiera de estas cosas el pobre, podría decirnos, Es que el ambiente se llena de tensión, se vuelve horrible y lo único que queda por hacer es fingir estar dormido. Qué puta madre, balbucea su padre, y entonces escucha un sonido como de latas, luego una bragueta y por fin, un chorro de algún líquido que ansiaba salir de su recipiente, un chorro grueso y violento, intenso y apestoso. Hugo se voltea para darle la espalda a la puerta de entrada. Esta vez no quiere ver nada, siempre hace un esfuerzo tremendo por mantener los ojos cerrados, por creerse su propia mentira e imaginar que aquello es una horrible pesadilla, que por la mañana despertará y podrá ver a su padre dormido, tranquilo, casi desnudo en la brillante cama, envuelto en la sábana que su pobre madre mantiene tan blanca, como si de su blancura dependiera su estabilidad.

Su padre ha dado -¡al fin!- con la llave correcta. El chirrido de los goznes llega hasta los infantiles oídos de Hugo, de tan sólo escucharlo se aterra, se cubre la cabeza, quizá hoy también pase desapercibido, siempre le ha dado miedo enfurecer a su padre con su sola presencia, si entendiera de estas cosas nos diría, Creerá que soy un insolente, que no tengo respeto por su autoridad, que es una osadía de mi parte mirarlo a los ojos y no mostrarle pánico. Pero lo más probable es que su padre, así de borracho, ni siquiera recuerde que tiene un hijo. Es tan reciente. No puede aceptarlo todavía. No puede creer que su mujer lo haya obligado a hacer esto, a pesar de que le dijo, Abórtalo, no lo quiero, y la mujer se atrevió a retarlo, Pues yo sí, no cree que sea culpa suya no poder acostumbrarse a ser padre, ni mencionar el posible intento de ser uno bueno, uno ejemplar, que no llegue borracho a las cuatro de la mañana. Además, la diminuta cama de Hugo, oculta en una esquina, ni siquiera se hace notar, y el bulto que forma su cuerpo puede pasar a sus ojos, desenfocados y en constante movimiento, como un mueble más.

Avanza por la sala dando traspiés y mentando madres. Ojalá su madre pudiese hacer algo por él para evitarle tan arduos momentos de tensión al pobrecillo Hugo, pero ella no ve sino la misma salida que su hijito: hacerse la dormida. Quizá hoy venga demasiado borracho como para querer dar pleito. Quizá venga arrepentido, quizá se haya gastado demasiado dinero, quizá le haya dado una paliza un policía, quizá una prostituta le haya pegado el herpes. Si Hugo entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No te engañes ni seas ingenua, mi papá es un hombre con suficientes influencias como para pasarse al arrepentimiento, al dinero, a la policía y al herpes por el arco del triunfo, ¿no ves que nada de eso le importa un carajo? Es que es un muchachito muy inteligente, muy noble, muy entendido. Nada más decirle, Vete Huguito por las tortillas, y Huguito deja lo que esté haciendo y corre a la tortillería, así es en todo.

Como que quiere hablar, pero el sabor del vómito le cierra la garganta. Llega al fin hasta la puerta de la recámara, después de meterse dos veces al baño y decidir que mejor no, que prefiere echarse en la cama. Pero no puede entrar. Su madre ha cerrado la puerta por dentro, quién sabe si en un ataque de inconciencia decidió dejar encerrado a su bebé con el monstruo y su furia, no lo ha de haber pensado así, sólo se dijo, Que no entre aquí, que no entre conmigo, no lo aguanto. Y no pensó. Su padre, al razonar el por qué de la puerta cerrada, comienza a aporrearla, a gritarle, Abre pinche vieja puta o te parto el hocico; la puerta se estremece, si pudiera elegir una sola palabra en el mundo de entre todas las que existen para decirla sólo en este momento, seguro elegiría "basta". Pero las puertas no hablan, y los borrachos no entienden. Y Hugo, ay el pobre, espantado por los gritos y los golpes, por la furia encendida y en aumento de su padre, al que puede ver si entreabre los párpados, a pesar del esfuerzo que había hecho, no puede reprimir las lágrimas y los sollozos, y en un momento de silencio, su padre agudiza el oído, y lo escucha, y su madre, del otro lado de la puerta, también lo escucha, y comete una locura: abre la puerta.

La intención era desviar la atención. Y lo logró. Apenas vio su padre a su madre, la tomó de los cabellos y la echó al suelo. A ver si ahora muy valentona, pinche pendeja, le gritaba, mientras la obligaba a levantarse para seguir tirándola al suelo. Decía que jamás había golpeado a su mujer, y su mujer no sabía si aquello era mejor o peor. Se limitaba a aventarla, a escupirla, a insultarla, a apretarle el pescuezo hasta ponerla morada; ah, pero nunca la había golpeado con el puño cerrado. Su compadre le preguntó una vez, ¿Y a poco ni una cachetadita? Y él le contestó, Bueno, sí le doy sus cachetadas, pero nunca con el puño. Entonces le pegas como los maricones, ay mana, y las risotadas; y al siguiente segundo el compadre estaba en el suelo, retorciéndose por las patadas que el padre de Hugo le propinaba en la abultada barriga. Hugo se tapa los oídos. No es nada agradable escuchar aquello, sentirse en medio de la batalla, quisiera levantarse, gritarle a su padre, Déjala en paz, cabrón, eso quisiera, él no se pondría límites.

Tampoco es que dure mucho. Pronto el padre de Hugo se cansa de gritar y romper cosas, y se va arrastrando hasta la cama, donde se desviste y en menos de cinco segundos ya está roncando. La madre, humillada, presa de la ira y de la resignación, anda a gatas hasta la camita de Hugo, quien hace lo posible por mantener su mentira, su madre lo abraza, siente con las llemas de los dedos las lágrimas del niño empapando la almohada, tan chiquito y tan traumado, y se murmura, Shht, shht, duérmete hijito, mientras en su cabeza piensa, No merezco esto, ojo, no incluye al niño, por qué, ni ella lo sabe; como tampoco sabe Hugo lo que siente al verse rodeado por los brazos de su madre, al percibir su llanto en la sien, sus temblores de rabia, pero si entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No me toques, me das asco.

(FIN)

25/6/07

Unos cuantos piquetitos



(Inspirado en la obra de Frida Kahlo)


El baño se comparte en la vecindad donde viven. En ocasiones es asqueroso, ya que deben turnarse para lavarlo, y aunque las mujeres lo hacen bien, los hombres que viven solos nomás no dan una, lo dejan peor que como estaba, pero qué puede hacer ella, no se va a poner a lavar el baño cada vez que quiera usarlo. Y en este momento, cómo le gustaría, la vejiga, ya inflamada, se le ha puesto insoportable. Se pasea por el cuarto, de un lado a otro, sacudiendo lo sacudido y vuelto a sacudir, le da vueltas a la comida, a esta hora la mantiene caliente, a fuego lento, porque Miguel puede llegar en cualquier momento y no le gusta esperar para comer. Se sienta, se levanta, no hay ninguna posición que la haga aguantarse mejor las ganas, Mierda, piensa, de no ser por esta maldita cadena.
Antes sólo la encerraba con llave. Pero una de sus vecinas, la muy cabrona, había mandado llamar un cerrajero y le había hecho una copia para poder sacar a Ruth. Se la llevaba con ella, al mercado, al centro, la mujer quería que la pobre Ruth se distrajera un poco, al principio ella no quería, le daba miedo salir, que Miguel llegara y no la encontrara, a lo único que salía era al baño, por la ventana, su cuerpo delgadito cabía muy bien por el hueco, Miguel ni se lo imaginaba, pero ella salía corriendo, y corriendo regresaba, dejándolo todo como estaba. Pero cuando comenzó Ruth a salir con la vecina, Miguel de inmediato sospecho. Quién sabe, la notó más morena, quemada por el sol, olorosa a grasa, nunca supo, pero un día volvieron juntos, Miguel por un lado, Ruth por el otro, le dio una golpiza que casi la mata, estuvo varios días en cama, incapaz de mover un dedo, Mejor, decía Miguel, así no se sale a la calle a andar de loca.
Luego, cuando ya pudo caminar, fue que le compró la cadena larga y se la amarró al cuello. Clavo una estaca bien hondo en el suelo, en el centro del cuarto, y de ahí la sujetaba. Ruth se quejaba mucho al principio, a pesar del miedo que tenía, porque la cadena le quemada el cuello, decía, dejándole unas llagas horribles, insoportables. Pero luego, cuando las primeras cicatrizaron, ya no le dolió. Se acostumbró a pasar el día encadenada, metida en cada, y si una vecina se acercaba y tocaba la puerta, ella se quedaba quieta, hasta se escondía debajo de la mesa, sin hacer ningún ruido, hasta que la vecina se hubiese cansado y largado a atender sus propios asuntos. Nadie se atrevía a decirle nada a Miguel, porque sabían que si lo hacían, la que salía perdiendo era Ruth.
No aguantó más. Tomó un vasito de la mesa, y orinó ahí. Cuando se levantó, por torpe, golpeó con el codo la estufa y derramó el caldo que había hecho para acompañar el guisado. El aceite avivó las llamas y todo se hizo un tremendo desmadre. Dejó el vaso en la mesa y trató de secar, limpiar y enfriar las cosas, todo al mismo tiempo. Justo en ese momento llegó Miguel, añadiendo su típico escándalo al de la estufa incendiándose y las cazuelas rodando al suelo. Qué chingados pasa, mujer, le gritó, mientras cerraba la puerta. Ruth no contestó. Juntó las cazuelas del suelo, salvando una ración de caldo, y secó la estufa para que las llamas se controlaran. Nada, nada, le dijo, al fin, y al darse la vuelta para besarlo, vio con horror que se había sentado en la mesa, de espaldas a ella, como siempre, y se llevaba el vaso que ella misma acababa de dejar a la boca, bebiendo un largo sorbo. Debía venir muy borracho, porque casi se lo había terminado cuando lo escupió, a punto de vomitar, tosiendo, con la lengua de fuera, y gritándole, Qué es esa mierda, qué es. Ruth, espantada, se quedó inmóvil.
Cuando Miguel se hubo recuperado, con el sabor amargo del orín todavía en la garganta, se levantó enfrentando a su mujer y se desquitó. Pinche vieja, querías envenenarme, verdá, cabrona, hija de la chingada, pero ahorita vas a ver, si me muero yo, primero te mueres tú, pendeja. Ruth se cubrió la cara con los brazos, lista ya para otra golpiza, pero esta vez fue más allá. Le enredó la cadena en el cuello, apretándola, hasta casi asfixiarla. Entonces la empujó el suelo, y la arrastró por todo el cuarto a patadas. Le quebró una silla en la cabeza, le dio con un sartén en la cara, otra vez patadas y la arrastró de los cabellos hasta la pared, donde la estrelló y Ruth, a punto de quedar inconsciente, se desplomó en el colchón, que le había quedado a un lado. Miguel, excitado por la violencia y desesperado porque su mujer no decía nada, sino que se quejaba y gemía del dolor, pero sin implorarle que se detuviera, que Ya no por favor como era su costumbre, sacó su navaja de la bota y se la clavó en la espalda.
Sintió tan bien, que lo hizo de nuevo. Y una vez más, y otra y otra, hasta completar 26 puñaladas, una tras otra, sin darle un repiro a la pobre mujer, distribuidas a lo largo del cuerpo de Ruth, que se desangraba manchando las sábanas y las almohadas de la cama, y la pobre, todavía, no quedaba inconsciente. Hasta entonces fue que, con una voz débil y moribunda, le dijo, Ya, ya, por favor, ya. Miguel, limpiando su navaja, contestó, Qué, a poco te duele, pero si sólo fueron unos cuantos piquetitos.


(FIN)

Nota: Por estos días se exhibe en el D.F. la exposición homenaje a Frida Kahlo, conmemorando los cien años de su nacimiento, en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Recomiendo bastante que se den una vuelta, está increíble. Para más información, clic aquí.

2/4/06

Porque te quiero



Tú no eres como los maridos tradicionales, yo te conozco. Aunque digas que no. Sé qué ropa interior te gusta usar –esos boxers entallados se te ven divinos–, sé que Cuauhtémoc Blanco es tu ídolo, y sé también que odias a tu padre con una rabia descomunal. Sé que, algunas veces, sueñas conmigo, porque entre tus potentes ronquidos se te escapa mi nombre como un murmullo, Ofelia, Ofelia… Jamás nadie ha pronunciado mi nombre tan bonito como tú cuando duermes, y las veces que te he escuchado, no he podido pegar los ojos en toda la noche. Mi comadre dice que han de ser tus ronquidos, pero ella no sabe, no, qué va a saber, como tú dices, es una pendeja chismolera, y yo sé muy bien que me tiene envidia, no ves que el otro día me preguntó que cuándo iba a dejarte, así, Cuándo vas a dejar a tu marido… Sí, me tiene envidia… Por ti. Sí, por ti, y por lo mucho que me quieres.
Comprendo que te enfades tanto. He leído, ¿sabes? Aunque ya sé que a ti no te gusta, pero no lo hago por contradecirte, mi rey, ¿cómo se te ocurre? No, leo para ayudarte. Aunque no creo mucho de lo que dicen los libros, no sé, como que leer me hace pensar, y sé que dices que nada más los pendejos piensan, ¿será que soy una pendeja? Pues no sé, pero he pensado que no es que te creas superior a mí, sino que no sabes cómo acercarte. Y es que tuviste una infancia tan dura…con ese papá que te tocó, pobrecito, vieras cómo trata a sus demás nietos, bien retebonito, nomás a nuestros hijos los desprecia, pinche viejo, tienes razón, te odia porque… pues, ¿por qué te odiará? En fin, así que no te apures, chiquito, yo sé que me adoras… aunque nunca me lo digas, por culpa de tu papá.
Tienes toda la razón al decirme que parezco pendeja. Ay, y es que me vieras… Hay veces que me quedo durante horas esperando frente a la ventana, muerta de la preocupación. Incluso cuando sé que todavía no llegarás, como ahorita, volteo de vez en cuando a ver si me topo con tus pasos tambaleantes y tu rostro invadido por la abundante barba que me vuelve loca, y nomás de imaginarme tus besos rudos, tus brazos fuertes, tu aliento amargo… Nunca me ha gustado la cerveza, lo sabes, a menos que esté impregnando tus labios y tu lengua. También sé que te fascina que te espere acostada en la cama, semidesnuda y perfumada (sé que fue broma cuando me dijiste que parecía una puta), aunque nunca digas nada y me cojas así, con violencia, con cachetadas, golpes, jalándome el pelo, te comprendo. Así me demuestras que me amas.
Y hay algo más que tú no sabes. No te digo porque sé que no lo entenderías. Pero es que yo sólo quiero darte lo que tú quieres recibir, nada más. Quiero hacerte feliz, cueste lo que cueste. Al principio no se me hubiera ocurrido. De hecho, me daba un poco de miedo pensarlo. Creí que estaría enferma o algo así. Pero hoy comprendo que no, que es sólo amor. Es que… en ocasiones yo te provoco. Para que me pegues. Sí, cuando no llegas borracho y te vas directo al sillón, sin voltearme a ver, ni dirigirme la palabra, pues te empiezo a hacer preguntas. Sé que no te gusta, pero sólo así puedo hacerte reaccionar. Sólo así logra atraer tus ojos hacia mí, y tu voz, aunque grite palabrotas, y tus manos, aunque sean agudos golpes… Pero lo hago porque te quiero.

(FIN)