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31/7/05

mala memoria

ya no es lo mismo recordar qué se siente el viento en la cara durante un atardecer mazatleco en la playa escondida. no es igual caminar por las calles de tijuana, porque ya no ando como desorientado, admirándome de tanta gente que hay, y el asombro que sentía al ver los aviones tan bajos en el cielo ya no es el mismo. ya cruzo las calles como si nada por las líneas amarillas, acostumbrado a que los coches se detengan por obligación, sin andar esquivándolos como en otros lugares. tampoco es lo mismo pasar el día entero en casa, sin nadie que venga a buscarme para hacer algo, si nadie necesita de mí, yo tampoco necesito de nadie, y he llegado a disfrutar el aislamiento, el encierro, mediante sabores con los que ya me familiaricé.
a veces olvido que me sigue mi sombra, y que la tierra es la que se mueve, y no el sol. a veces olvido que mis intestinos gruñen de hambre, y que por mis venas corre sin descanso la sangre, y que mis neuronas se resisten a morir. a veces olvido que mis ojos captan la luz y la transforman en formas y colores, a veces olvido que traigo perforada la lengua y que mi pelo crece a diario. a veces olvido que traigo las llaves en el bolsillo, y que en todas las cabezas hay pensamientos, no sólo en la mía. a veces, sólo a veces, olvido que ella tal vez esté pensando en mí en este instante, como yo, y a veces olvido que tengo familia lejos, esperándome en dos semanas más. a veces olvido que para el 19 de agosto es probable que me esté montando en un autobús con rumbo a mi lugar de nacimiento, y que volveré a ver a mi familia, a mis amigos, a las calles en las que crecí. a veces olvido que todavía me falta un largo trecho por recorrer, y que nadie vendrá a ayudarme cuando vuelva a caerme al agujero... y a veces me pregunto si, una vez adentro, seré capaz de salir por mis propios medios...
a veces olvido que fácil me olvidan. a veces, que estoy solo entre tanta oscuridad. a veces olvido que mis oídos oyen, y que las narices de los demás también huelen. a veces olvido que no hay nadie para escucharme, y dejo escapar algunas palabras que se pierden en el aire. a veces olvido que nadie me recuerda, y me siento bien, porque el engaño siempre trae una satisfacción primaria. a veces olvido tantas cosas... excepto a ti. tú siempre estás aquí, y siempre estarás.

(dedicado a mis amigos, en especial a G.G. y a Paloma)

16/4/05

amnesia voluntaria (3 de 3)

Ya pasó un año desde aquel día. Si hubiese descubierto antes cómo reprimir los recuerdos a mi antojo, tal vez esto no habría pasado, aún podría vivir en la feliz ignorancia, huyendo de la justicia, pensando que todos están locos porque creen que maté a mi novia. Pero no. Apenas vi su departamento, las imágenes perdidas comenzaron a vibrar en mi memoria y no se me ocurrió detenerlas. Ni siquiera sospeché que era una trampa. Desde entonces he practicado, viendo de qué soy capaz, y esta será la última noche que reviva este recuerdo. Mañana, cuando me pregunten por qué estoy en la cárcel, les diré la verdad: que no me acuerdo, y que nunca me acordaré.

La nocheen que maté a Nabil, había estado con Brenda largo rato. Llegué a casa a las diez. La puerta estaba entreabierta, las luces prendidas, y apenas entré, la vi con la pistola en la mano, llorando en el sofá, mirando al suelo mientras me esperaba.

-Llamé a la oficina y me dijeron quesaliste a las cuatro. ¿Dónde carajo estuviste?

Ya iba siendo hora de no esquivar más la verdad. Sí, es cierto que yo la busqué tres meses después de divorciarnos, cuando Brenda ya se estaba poniendo pesada con lo del compromiso, y es cierto que le prometí que jamás volvería a engañarla para convencerla de rehacer a nuestra familia. No había pasado ni medio año cuando ya todo estaba otra vez por los suelos, Nabil ya se hacía la mártir otra vez, Brenda otra vez presionando con sus ideas homicidas para separarme, alimentándose de una mentira inventada por ella misma... y no, yo no quería adentrarme más en ese vaivén inmoral de la bigamia, quería de vuelta los años gloriosos del amor sin fronteras, sin límites, cuando Nabil sólo existía para mí y yo sólo vivía por ella. Así que le diría la veradad: Que había vuelto a ver a Brenda durante el último mes, pero que ya me había decidido a cortar el triángulo y a quedarme con mi familia. Ella no me dejó. Ni siquiera me escuchó. Me apuntó con la pistola que yo mismo había comprado cuando se metieron a robar a la casa, diciéndome que yo era una sabandija del inframundo, que la había engañado todo el tiempo, que ella no quería una vida así, por qué la hago sufrir tanto, por qué no puedo amarla como antes, a ella que ha soportado tanto dolor, el cáncer de su padre, el tumor cerebral de su madre, el aborto del que sería nuestro segundo hijo, no valgo la pena, Sandrita no merece unos papás como nosotros... Siempre las lágrimas la hacen estornudar, y entre su nerviosismo y su perturbación, se distrae y yo le quito la pistola. Ahora soy yo quien le apunta, procurando parecer inofensivo...

-Bien, Nabil... Vamos a tranquilizarnos...
-¡Jódete, imbécil! Hoy nuestra hija se queda huérfana... ¡Ya lo decidí!

"Perdió la razón", pensé. Era de esperarse, su historial psiquiátrico no era un augurio de buena salud mental... Aún así, no me atreví a dispararle cuando se metió en la cocina y alcanzó un cuchillo. Me encaró. Ahora lucíamos como un par de gladiadores luchando por la muerte del otro. Yo no iba a dispararle. Pero es difícil controlar las reacciones naturales del cuerpo cuando alguien le abre a uno una herida profunda en la parte inferior izquierda del abdomen cuando menos la veías venir, no puedes controlar el terrible ardor de la carne abierta, ni la sorpresa de ver que quien tanto amas quiere matarte, ni la cara haciendo una mueca de sorpresa, ni el dedo jalando el gatillo del arma, ni el brazo derecho que se mueve por instinto hacia el atacante... Su cuerpo exánime quedó tendido en el suelo, y no volvería a levantarse. El brillo de sus ojos lúgubres no volvería a reflejarse en mi sonrisa, sus manos jamás desnudarían otra vez mi cuerpo, ni sus palabras llegarían a mis oídos, ni sus besos a mis labios. Cuando Sandrita dijera "mamá", nadie respondería a su llamado. Incluso el dolor de mi herida sangrante se apagó en ese instante, justo cuando no había más qué hacer.

Asustado, llamé a Lalo, y le dije lo que acababa de pasar. "No te muevas de ahí", me dijo, pero yo no soportaba contemplar el cuerpo desangrado de Nabil. Eché algo de ropa en una maleta, tratando de no despertar a Sandrita. Le besé al frente y le dije adiós. El egoísmo llevaba mi pensamiento del "acabo de matar al amor de mi vida" a un egoísta "iré a la cárcel". Llamé a Brenda para encargarle a mi hija, sin darle mayor explicación. A bordo de mi coche, manejé hasta que me topé por casualidad con un rave en la playa, abrumado por la insoportable herida. Quizá me dio justo en el alma, porque me dolía más por dentro. Pero confiaba en el bendito efecto de la heroína, abundante en este tipo de eventos, para sacarme de la realidad e instalarme en el cómodo palacio de la ilusión.

Dos semanas después, el recuerdo resurgió a mitad de la noche, más fuerte que nunca, provocándome una fiebre casi fatal. Por suerte, logré reprimirlo por primera vez, pero me confundí mucho y tuve que volver a Tijuana para saber qué había pasado. Brenda creyó que había matado a Nabil por ella... pero qué va. Cuando llegué a la casa de Nabil, no vi las patrullas escondidas en la esquina. Ya arrestado, me hicieron saber que Ana María Bravo había llamado a la policía advirtiéndoles que iba para allá, y me dieron un papel con un recado suyo: "Para que sepas que onmigo no se juega, cabrón", y un beso rojo pintado sobre las letras.

Pero ya estuve practicando, y mañana lo único que recordaré será mi nombre, y que yo mismo me borré la memoria mientras dormía. Quizá me vuelva loco y quiera saber otra vez qué pasó, pero no sé cuál es peor castigo: vivir una vida sin recuerdos o soportar estos recuerdos toda la vida.

(FIN)

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[Parte uno]

[Parte dos]

13/4/05

amensia voluntaria (2 de 3)

Me la quito de encima y me levanto de la cama. Ya puedo convencerme de que perdí dos semanas de mi vida y no supe dónde las dejé.

-Te equivocas. Puedo hacer locuras a veces pero no sería capaz de matar a nadie. Mucho menos a Nabil. La amo.

Ella se queda estupefacta, como si mis palabras la hubieran ofendido. Esa expresión en su rostro la hace ver mucho más familiar ante mis ojos. Recuerdo que nos besábamos, que reíamos, que íbamos a su casa y nos desvelábamos viendo películas viejas. Pero pronto Nabil reaparece y ahuyenta a la entrometida. Tendré que usar mi último recurso para salir de esta confusión: la sinceridad.

-Mira, te voy a decir la verdad. Hoy desperté algo malo, sin recordar nada de lo que he estado haciendo las últimas dos semanas. Todo esto es muy extraño, así que por favor, explícame bien quién eres y de dónde te conozco...

Sus facciones se contraen más todavía. De pronto pierde el control, me grita que soy un cínico y comienza a lanzarme el despertador, la lámpara usada, un libro robado, la agenda telefónica, un bolígrafo, un portaretrato con la fotografía de mi hermana menor, no tiene ni maña puntaría ni poca fuerza, a mí no me queda más que encogerme contra la pared y esperar a que se tranquilice. Sus lágrimas son conmovedoras, y yo, sin poder explicarlo siento unas tremendas ganas de abrazarla y reconfortarla. Estoy a punto de ser vencido por el impulso cuando ella levanta el rostro y poner cara de sorpresa. O se le ocurrió un plan infalibre y recordó de pronto algo importante, eso no lo sabré hasta que ella decida hablar.

-Es verdad... El doctor nos lo advirtió hace meses... Sí, después del accidente en la moto de Lalo... Dijo... dijo que tenías un daño en no sé qué región del cerebro, y que podía afectar tu memoria... pero no es nada serio. En unos días se te pasará y...
-A ver, a ver, a ver... ¿Que dijo qué? Dime sus palabras exactas.
-Bueno, te hizo unos estudios y diho que un estado de estrés excesivo podría borrarte algunos recuerdos de la cabeza... Pero no sería permanente. Te acordarás pronto.

Esperaba que eso fuera cierto.

-Está bien... Entonces, dime... ¿quién eres?
-Brenda. Brenda Lerma. Te conocí en el bar de aquí cerca, hace ocho meses. Habías discutido con tu esposa, comenzamoz a hablar, y dormiste en mi casa. Recuerdo que te portarte como un caballero, no intentaste propasarte, fuiste muy dulce...
-No... ¡No! Nunca me he casado. Nabil y yo sólo éramos novios. Me estás engañando...
-¿per qué dices? Te divorciaste ese mismo mes, y obtuviste la custodia de tu niña... Sandrita te extrañó mucho, pero la cuidé bien, como te prometí, no te apures...
-¿Sandrita? ¿Cuál niña? Escúchame bien, Brenda, estás confundiéndome más... No tengo ninguna hija, ¿sí? Basta de tonterías, por favor...
-Ah, ¿no me crees? Llevas una fotografía de ella en la billetera. Vela tú mismo.

Tengo miedo de hacerle caso. Algo trama esta Brenda Lerma. Sólo son dos semanas las que perdí, es seguro que miente. Recordaría si tuviera una hija, recordaría si me hubiera divorciado y recordaría, eso es irrefutable, que maté a una persona. Mis ojos buscan el último recuerdo por todos lados, el último... Creo que discutí con Nabil... Pero nunca ha sido nada serio, no... Nada cuadra aquí. Debo intentar descubrir qué pasó. Sólo puedo confiar en mi hermano, Lalo. Por suerte, él llega en este justo momento para sacarme de una vez de esta maldita incertidumbre.

-Al fin... Mira, tengo a esta dama aquí, contándome una historia de ficción muy divertida que...

Lalo parece preocupado. Parece que no ha dormido en días. Cuando sus ojos se topan con Brenda, explota en furia y me grita señalándola.

-¿Qué hace esta puta aquí? Pensé que ya no la estabas viendo más...
-¿Qué dices? ¿Entonces sí la conozco?

Mi hermano no comprende lo que dije, así que tengo que contarle todo lo que me ha pasado este día, desde que desperté en Rosarito hasta este momento en el que él abrió la puerta. Cuando termino, él permanece inmutable.

-Alberto, escúchame. Todo lo que te dijo Brenda es cierto. Debes salir de la ciudad cuanto antes.
-No... No, no puede ser... Yo... nunca... nunca habría matado a Nabil... La amo...
-Eres el principal sospechoso. Además... antes de irte de la ciudad, me llamaste y me lo dijiste... Debes huir.

Me niego a creer toda esta mierda. Dejo a mis "invitados" allí y me voy al departamento de Nabil. La ventana está abierta, y la puerta entrecerrada, señales de que su única habitante se encuentra dentro...

(CONTINÚA)

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[Parte uno]

[Parte tres]

12/4/05

amnesia voluntaria (1 de 3)

Un suave rumor, como el sonido del mar, me despierta de súbito. Esto no huele a mi casa. La cama está demasiado grande, las sábanas son nuevas. Abro los ojos. Por la enorme ventana, justo frente a la cama, entra la luz débil y blanquecina del amanecer, atravesando las cortinas transparentes. Puedo ver la playa, aunque sé que es imposible, al otro lado del marco. Miro alrededor. Esto no es mi casa. Estoy desnudo, y muy cansado. Mi cuerpo está frío. Me duele la parte inferior izquiera del abdomen, y me percato de que tengo un parche allí, cubriendo una herida profunda que comienza a sanar. Oigo que alguien silba una melodía familiar. Mi ropa yace en el suelo alfombrado. De un salto me levanto y me pongo los pantalones. Sigo este sonido silbante, que me conduce hacia el baño junto a la recámara. La puerta está abierta. Hay pinturas en todas las paredes, pinturas que no conozco. En la tina, una mujer silba con los ojos cerrados. Es hermosa. Quizá percibe mi presencia, o escucha mis pasos, porque de pronto fija su mirada en mí.

-Ya te levantaste... Buenos días. Ven. Métete conmigo. ¿Ya te sientes mejor?

Pienso en la dificultad de tal hazaña, pues aunque esta mujer desconocida que me trata con la mayor confianza posible no posee un cuerpo demasiado voluminoso, el mío junto al suyo sin duda nos dificultaría la labor de acomodarnos en ese pequeño espacio sin que uno de los dos quede en una posición incómoda. No he perdido la calma, eso se nota, pero me pregunto cuál será la mejor manera de indagar qué estoy haciendo aquí sin oírme como un imbécil. Sí, me siento un poco perdido, lo acepto, pero aún sé que me llamo Alberto Flores y que vivo en el centro de Tijuana, que en mi departamento apenas quepo yo y que la única ventana da al patio común y no a las playas del Pacífico. Estoy seguro que esto no es el producto de una tremenda borrachera porque no siento resaca alguna, así que no hay de otra.

-¿Qué estoy haciendo aquí?

Apenas puedo creer que lo pregunté. La mujer de la tina me mira divertida, su sonrisa es la ternura hecha labios, y me remuerde la conciencia. Nabil no estará muy contenta cuando se entere con quién pasé la noche, pero antes, yo mismo debo saberlo.

-¿De qué hablas, Alberto? Anda. Ven...
-No, no, no... Primero dime qué hago aquí. Y quién eres tú.

Ella sale de la tina, alarmada, y así, desnuda y chorreando agua, me toca la frente y las mejillas.

-Ya no tienes fiebre... ¿Qué te pasa? No empieces con bromas. Bien sabes que no me gustan.
-No es broma. Por favor, dime dónde estoy y quién eres tú.

Ella hace un gesto de resignación. Luego sonríe.

-Vas... Te seguiré el juego: Estás en la casa de playa de mis padres, en Rosarito, y yo soy la mujer de tu vida, Ana María Bravo. Ahora, vamos a la tina...
-Para, para... ¿de qué hablas? ¿Desde cuándo estoy aquí?
-¡Ya, Alberto! Tienes dos semanas viviendo conmigo, como si no lo supieras, desde que nos conocimos en el rave. No me digas que no te acuerdas de nada, porque...
-¿Rave? ¿Cuál rave? Explícame bien porque estoy confundido...
-Vaya... No pensé que la fiebre de anoche te fuera a afectar tanto. Creí que había sido por el maravilloso sexo previo, y no por la infección de la herida que te hizo esa perra...
-Basta de bromas. Me largo a mi casa.

Ana María, que así me dijo esta mujer que se llamaba, me persigue así, desnuda, hasta el cuarto donde desperté hace apenas unos minutos, y mientras termino de vestirme me dice que no esté jugando, primero divertida, luego alterada, por último furiosa, no vas a dejarme aquí sola, adónde crees que vas, etcétera. Descubro una maleta con ropa mía detrás de la puerta, y en el tocador están las llaves de mi coche, y quitándome a esta loca de enfrente, salgo de la casa. Encuentro mi coche, ella se envolvió en una toalla y me sigue todavía, gritando. Cuando arranco el motor, ella baja la voz y pronuncia una sentencia sorpresiva.

-No puedes volver a Tijuana. Te estará buscando la policía.

La miro y nos quedamos inmóviles dos segundos. Meto la reversa.

-Como tú digas. Chao.

(...)

No parece que pasaron dos semanas. Todo está igual. Hay un recado que Lalo pasó por debajo de la puerta, nada más dice: "Llámame". Nabil no contesta el teléfono, le dejo un mensaje en el contestador. Ha de estar muy enojada. Llamo a Lalo.

-¿Lalo? Soy yo...
-Voy para allá.

Y cuelga. Dos minutos más tarde, alguien toca la puerta. No puede ser Lalo, vive al otro lado de la ciudad. Es otra mujer, a la que tampoco conozco. Me atrapa en un abrazo, me besa, me tumba en la cama, radiante de felicidad.

-Ya la mataste, ¿verdad?
-¿Qué? ¿A quién?
-A Nabil... Sí, fuiste tú. ¡Gracias! Ahora sí estaremos juntos... Nadie nos separará.

(CONTINÚA)

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[Parte dos]

[Parte tres]

3/3/05

olvidándome de mí

Me llamo Patricio Ortiz. La mayoría de mis conocidos me dicen Pato, y yo los dejo, a pesar de que me cagan los diminutivos. Estoy condenado a mirar la vida a través de unos cristales empañados por culpa de la miopía. Dejé la escuela después de cambiarme cuatro veces de carrera. Soy de Tijuana, pero vivo desde hace doce años en Mazatlán. Hace dos meses cumplí veintidós. No tengo novia, ni planes de tenerla. Trabajo en la caja de un supermercado escondido en el culo de la ciudad. Vivo en una casa prestada, porque mi madre no soportaba encontrar en mi cuarto los cuerpos desnudos de mis múltiples amantes todos los domingos en la mañana, y me corrió. Mi papá se compadeció de mí cuando me encontró dispuesto a dormir en un parque, y me consiguió la casa. Soy adicto, a la coca y al metal. Me gustan las mujeres más bien robustas y morenas. Nunca uso calcetines, me salen ronchas en los pies. Jamás digo mentiras. Odio al pendejo de mi hermano. Tuve un pequeño romance con una maestra de preparatoria que me llevó a la cárcel una semana, aunque de eso ya ni me acordaba. No tengo talento alguno, y me dedico a pasar los días, con poco dinero y con muchos excesos. Una amiga que estudia psicología me aconsejó escribir esta chingadera, y pues aquí me tienen, iluminado por una lámpara y con ciertas dificultades para trazar las letras en el papel.

Sucedió que llevaba casi un mes sin lavar mis escasas ropas, y fui a la casa de mi papá a que me prestara su lavadora. Su mujer me recibió entre sorprendida y reservada, invitándome a irme de su casa con una sutileza desastrosa. Primero, eché en la lavadora la ropa interior, lo más importante, y la máquina hizo el resto. Por esos días, yo me había percatado ya de lo patética que era mi rutina habitual: trabajo, casa, dormir, fiesta, droga, coger, dormir, y así todos los días. Nunca me pasaba nada nuevo, y veía que mis amigos conseguían trabajos mejores o se iban de viaje, y yo, desde hacía una eternidad, en el mismo lugar y con el mismo dinero. No sé si percatarme de que era un fracasado me puso triste o feliz, no me di cuenta, pero no me importó, y seguí como estaba. Lo que sí me daba miedo era que un día amaneciera muerto en la casa, por cualquier razón, y que me dejaran allí hasta que las ratas comenzaran a comerme, víctima de un olvido crónico y pestilente... Me sentía débil, la vista se me nublaba, no escuchaba ni mis pensamientos y las cosas que tomaba se me resbalaban de las manos.

Una luz en la lavadora se encendió para indicarme que era el momento de añadir el jabón, y pasó por primera vez. Intenté tomar la bolsa de plástico con mi mano derecha, y sentí que cuatro de mis dedos la atravesaban como a una cortina de humo, sin poder agarrarla. Me quedé paralizado, y al instante me convencí de que sólo había sido mi imaginación. Terminé de lavar, me despedí de la familia de mi papá y salí de la casa en el momento justo en el que él iba llegando. Bajó del coche y caminó hacia la casa, pasándome por un lado sin mirarme siquiera. Antes de que entrara, lo llamé y él, medio distraído, volteó hacia mí, y sonrió como el que saluda a un desconocido.

-¡Hijo! No te había visto.

Y así, sin más, entró a su casa y cerró la puerta detrás. En otras circunstancias yo me habría puesto furioso y le hubiera roto las ventanas a pedradas, pero no, ni siquiera me importó, nada más se me hizo raro que no me viera y me fui... caminando, por cierto, ya que ni los camiones ni los taxis me hacían caso.

Desde entonces la gente me mira como si no me mirara, o como si yo no estuviera, y sólo se percatan de mi presencia cuando me hago notar. Lo curioso es que no me interesa, aunque mi amiga psicóloga diga que me nota cabizbajo y melancólico... Será que me resulta extraño comenzar a atravesar las cosas, primero los vasos, luego las ventanas cerradas, luego los postes en la calle. Ayer atravesé una puerta. Esta mañana, al mirarme en el espejo, me sentí raro, y me pareció ver a través de mí... Hace semana y media que mi padre no viene a visitarme... Es como si me desvaneciera poco a poco en el aire y en las memorias de todos los que me conocieron. Casi siento que estoy olvidándome de mí, de cómo era antes.

Lo bueno del caso es que mi peor miedo no se volverá realidad. Un día saldrá el sol y el mundo ya no me tendrá, pero no porque me haya muerto de una sobredosis o algo así, sino porque me desvanecí para siempre. Será mejor... Quizá ni yo mismo me de cuenta.

[FIN]

15/2/05

coma

me parece que he dormido una eternidad, una larga noche de sueños extraños y pesadillas interminables, pero un sol ya maduro entra por la ventana y pinta la oscuridad de mis párpados cerrados de rojo. no consigo abrir los ojos, no consigo moverme, ni hablar... de repente, mi memoria comienza a trabajar y con mucha lentitud me trae las imágenes más recientes: el cumpleaños de consuelo, los litros de alcohol, los churros de mota, el auto a toda velocidad por las calles de la ciudad, saúl fuera de control al volante, los demás asustados y eufóricos, la lengua de mariel en mi boca, su mano en mi pantalón... y por último, el sonido de los frenos, y gritos.

abro los ojos y la luz me lastima. siento el cuerpo entumecido, y miro alrededor, pero no hay claridad en lo que percibe mi vista. máquinas rodeándome, tubos, una recámara extraña, una enfermera que tira al suelo su libro y sale a buscar al doctor, porque el paciente despertó. ¿qué pasó...? todo está tan... cambiado. se acerca el doctor.

-señor buelna, ha vuelto usted a nacer.

lo miro atónito. me ha llamado "señor".

(...)

-¿qué le pasó a mariel?
-nada. salió ilesa. no deberías hablar... el doctor dice que...
-¿y saúl? ¿dónde está?

mi madre me mira con compasión. el tiempo ha hecho estragos en su rostro, privado de una juventud que se negaba a abandonarla.

-saúl murió en el choque.

silencio. las cortinas se agitan con pereza y dejan entrar los ruidos de una calle desierta. tengo miedo de seguir preguntando.

-¿y consuelo?
-consuelo perdió las dos piernas en el accidente. se suicidó seis meses después.

un silencio aún más profundo. las lágrimas son ya incontenibles.

-quiero ver a mariel.

mi madre se levanta de la silla y echa un vistazo por la ventana. no puede ser tan malo si ella sobrevivió... tendríamos un hijo... íbamos a casarnos.

-mariel se fue de la ciudad.
-¿qué? ¿por qué? ¿a dónde?
-regresó a guadalajara. con su esposo...

otro silenio, esta vez violento y agresivo. hubiese preferido que me dijera que había muerto. el mundo se detiene, quizá por piedad, hasta que la furia me invade y tomo el florero que hay en la mesa y lo arrojo con todas mis fuerzas contra la pared. ni siquiera se rompe. cómo pudo haberme hecho esto...

-¿qué esperabas, hijo? han pasado... ha pasado tiempo. estuviste largo tiempo en coma.

¿coma...? pero... nos amábamos... no puede justificarse una traición así.

-cuánto.
-¿qué?
-¿¡cuánto tiempo!?

mi madre evade mi mirada. de pronto sonrié nerviosa, se acerca a mí y toma mi mano.

-tu... tu hermana... tuvo un bebé... ahora eres tío y...
-¿¡cuánto tiempo, carajo!?

he gritado con una ira atroz, y mi madre retrocede y me mira como si no me reconociera, y comienza a llorar de nuevo.

-quince años.

silencio. mi madre sale de la habitación, todavía llorando. yo no puedo permanecer sentado, pero tampoco puedo ponerme de pie, así que me recuesto. cierro los ojos, esperando que esto sea sólo un sueño más. hay un espejo en la mesa junto a la cama, lo tomo y un treintañero desconocido aparece sobre el cristal. desearía no haber despertado.

(FIN)