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12/9/09

Un espejismo



1. Es un fuerte choque recordar, en sólo hora y media, que todo lo que vivimos, esta realidad que hemos creado, de la que tan orgullosos estamos, es un fraude. Es un mundo mágico que no corresponde con el mundo exterior, que nos aleja de nuestra verdadera condición. Vivir para generar dinero, no es lo que deberíamos estar haciendo. Hemos edificado ciudades de asfalto, inmensas, laberínticas, donde hemos decidido perdernos para siempre en una bruma de ilusiones y falsos recuerdos, de un futuro irreal, inverosímil, al que estamos ansiosos de llegar pero que, sabemos, nunca llegará, porque más pronto se congelará el sol que saciará el hombre su ambición. Todo acto de nuestra sociedad (entiéndase occidental, "moderna" o mexicana, da lo mismo) es una parodia de un sueño que no puede ni podrá concretarse jamás. Escribir frente a esta computadora, por ejemplo. Para poder hacerlo, necesito luz, dado que el aparato electrónico complejo del que me sirvo así lo exige. Que se haga, pues, la luz, a través del enchufe y el cable. ¿Quién ha puesto ese enchufe ahí, y peor aún, de dónde viene esta energía eléctrica, nombre verdadero de lo que coloquialmente he llamado "luz"? La computadora está dispuesta, para mi uso y disfrute, en un escritorio de aserrín prensado, sencillo, con una repisa y un cajón. No son más que restos de madera y pegamento, uno que otro tornillo, que me da el soporte para no tener que acostarme en el suelo helado a escribir. ¿De dónde ha salido esta madera, quién ha armado este mueble? No yo. El instrumento principal, la computadora, es todavía más surreal. El código binario en que funciona la transmisión, procesamiento y codificación de la información es producto de complicados procesos intelectuales que se han acumulado a lo largo de toda la historia humana. El plástico que recubre todos los componentes electrónicos es, igualmente, resultado de la explotación salvaje de nuestra principal fuente de energía, el petróleo. Nada de esto, ninguna de estas cosas, las he trabajado yo. Lo único que hice fue conectar cables y presionar botones. Las casas en las que vivimos, las calles por las que transitamos, los alimentos que ingerimos y las diversiones que nos procuramos, nada es sino un espejismo que nos ayuda a olvidarnos que a cientos de miles de kilómetros hay millones de personas trabajando de sol a sol para que nosotros, habitantes/parásitos de las ciudades, podamos conservar esta vida repleta de lujos que tanto nos gusta y a la que tan bien nos hemos acostumbrado. Hemos construido nuestro modelo social en torno al dinero y no al alimento, como lo hacen el resto de las especies que habitan nuestro planeta. A causa de esto, hemos roto el equilibrio en que la Tierra se mantuvo durante millones de años antes de nuestra aparición. Un día, el dinero no tendrá más sentido, porque el petróleo se acabará, los árboles se acabarán, el agua se acabará, el aire se acabará, y los humanos, al fin, se acabarán también, víctimas de sus propios (devastadores) actos. Ese día, la Tierra, librada para siempre de su peor pesadilla, respirará aliviada, se sacudirá las cenizas y continuará sonriente su recorrido por el Universo que, generoso, no la volverá a castigar con tan despreciable especie.

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Recomendación: Home, un film de Yann Arthus-Bertrand.

27/4/06

La realidad editada



Hay algo que me está robando inspiración. O más bien, me la revuelve en miles de ideas amontonadas, unas encima de otras, incapaces de encontrarse un orden ni un método. Y ese algo es, sin duda, la realidad.
La realidad me ha golpeado de frente y me ha despertado de mi inconsciencia. Mucho tiempo viví, creyendo como todos, que el mundo es así, y que la realidad es lo que veo y lo que escucho. Que la gente existe para vivir bien, y que cada quien hace lo que puede para lograrlo. Que los hombres y las mujeres vamos a la escuela para aprender cosas, y que buscamos trabajo para ganar dinero. Que las tiendas departamentales cumplen su labor de llevar la mercancía a la población. Que los ricos son ricos porque han estudiado y trabajado para serlo. Que los pobres son pobres porque no saben nada y no pueden trabajar. Pero la realidad, ahora lo veo claro, es mucho más profunda, mucho más siniestra, que estos simples conceptos.
Vivimos en una sociedad neoliberal. El nombre hace referencia lógica a las libertades. Se escucha bien. Pero la verdad es que las libertades son sólo económicas. Así, por ejemplo, puede venir una empresa de Chile, o de Argentina o de Canadá a vender sus productos a México, y nadie se lo puede impedir. Eso ayuda al desarrollo de los países participantes: el que vende porque vende y el que compra porque compra. Muy bien. Ayuda al desarrollo, nos dicen. Una pregunta: ¿al desarrollo de quién carajos? Pues obvio. De las empresas. De las empresas capitalistas que invaden nuestros mercados y desplazan a la economía local. Que le quitan la chamba a los comerciantes locales porque pueden producir su mercancía a menor costo y no tienen por qué pagar impuestos. No, eso no es libertad. Es "competencia desleal", le dicen.
Pero bueno. Más allá de vivir rodeados de grandes empresas que joden el comercio local, el modo de vida que impone el capitalismo es lo que nos ha podrido como sociedad. Todo se ha convertido en una mercancía. La tierra, el pan, las medicinas, la educación, incluso la libertad. Las marcas y las grandes empresas lucran con nuestro bienestar y con nuestra felicidad, vendiéndonos la triste idea de que si consumimos su producto llenaremos ese vacío que el mismo sistema ha creado en nosotros. Así caemos en su puta trampa, y necesitamos tener más para sentirnos mejores personas, y admiramos a los ricos, a los famosos, pensamos, qué chingón ha de ser vivir así, qué chingón ser rico, y nos amargamos y nos hacemos ilusiones estúpidas, y ahorramos y nos compramos unos tennis puma y decimos, Voy por buen camino. Como si enriquecer aún más a los capitalistas nos abriera las puertas de la felicidad de par en par. ¿Por qué actuamos así?
Despreciamos a los pobres y a los ignorantes porque no saben nada o porque no entienden o porque no tienen nada, porque los vemos inferiores. Son pobres. Son discapacitados. Son indígenas. Son putas. Son niños. ¿Quién los toma en cuenta? ¿A quién les importa? El capitalismo promueve, en sus revistas, en sus telenovelas, en sus noticieros, en sus programas de radio, que admiremos a los ricos y a los poderosos, que mantengamos nuestra vista alzada hacia ellos, venerándolos y admirándolos, y nos olvidemos de que acá abajo hay tanta gente a nuestro lado, hay tanta gente que pisoteamos y hacemos menos sólo para sentir que alcanzamos casi a esos a quienes nos han dicho "idolatra, envidia, sé como ellos".
Y lo veo todos los días, en todo momento. Lo veo en mi familia y en mis "amigos". Lo veo en los empleados y en los jefes, en los pasajeros y en los choferes, en los alumnos y en los maestros, al salir a la calle, al salir de mi casa, al abrir los putos ojos, lo veo, mierda, lo veo, y me siento impotente, y me pregunto qué les pasa, por qué nadie hace nada, por qué chingados todos se conforman con las vidas que nos han obligado a vivir, con la realidad que han diseñado los capitalistas para que creamos que vivimos bien, y que acá no pasa nada. Estoy harto.
Si la revolución que viene no tumba al gobierno, no descansaré. Seguiré alzando la voz y tratando de decirle a la gente que abran los ojos, por favor, que miren a su alrededor y vean lo jodidos que estamos, el mundo vacío en el que vivimos, el mundo materialista y egoísta del que somos prisioneros. No descansaré hasta que desaparezca la oligarquía, hasta que el poder de unos cuantos sobre la mayoría se diluya en los que debemos, merecemos, exigimos, tener el poder. Y que todos nos preocupemos, y que todos hagamos algo, y que dejemos de ser unos egoístas de mierda.