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7/1/14

Volver, volver (vol. 2)


Jueves
Sentado, cerca de la puerta 6, muriendo de frío a pesar de mi gorro, suéter y chamarra, pensaba en los ruidos que hacía mi estómago, y en lo que haría más tarde, esa misma noche, pero a dos mil 800 kilómetros de distancia. Pasaríamos por E, mucho gusto verte de nuevo, bajaríamos al centro desde las 6 de la tarde, dejaríamos el coche en el estacionamiento de al lado, y entraríamos por fin, al Za***, como había estado esperando gran parte del año. La novedad era un enorme tubo de ventilación que ponía el ambiente más helado que antes, en los tiempos de gloria, pero son nimiedades. Lo que en verdad me molestó fue el grupo de jovencitos pseudo-hardcore que ponían música horrible en la rockola, pero bueno, qué se le va a hacer, acá existe la democracia y quien pueda pagar, elige la música. Un empleado de la aerolínea se acercó y nos preguntó, a mí y al resto de personas que esperábamos sentadas, que si viajaríamos con ellos, porque ya podíamos pasar a documentar. Eran las 2 de la mañana. Llegó la hora, pensé.

Viernes
Bueno, vámonos o qué, dijo el primo de M, minutos después de que el compa de nuestro nuevo amigo, Carlos Alberto, dejó su lugar para él. Aún no tenía muchas ganas de irme, pero nuestro guía insistía, nos llevaría de tour por la Sexta, y el entusiasmo, por alguna razón, se apoderó de mí. Salimos del Za*** al frío del exterior, y caminamos hacia la Revo. El primo de M hacía señales curiosas, del tipo bochornosas, con las manos, para indicarnos el camino a seguir y animarnos a que, a pesar de la mano roja encendida, podíamos cruzar la calle. Carlos Alberto iba tirando los billetes por la banqueta, como si nos sobraran, pero no se daba cuenta el pobre. Después de caminar varias cuadras llegamos a la primera parada, el Mo*******. No cabía un alma. Con dificultad llegamos hasta la parte de atrás, donde dos o tres djs hacían sus mezclas entre luces verdes, humo y la película de Sin City proyectándose en la pared. Todo indicaba, a estas alturas, que podría ser una buena noche.

Sábado
Miraba fijamente el cuadro brillante de la tv, esperando algo, y pensando en que el pinche Güero me había estafado. A lo largo de la noche había tenido sensaciones extrañas, sí, pero nada de lo que esperaba. En ocasiones el marco del mueble sobre el que estaba la tele parecía brillar demasiado, más que la misma pantalla, pero nada más. Sientes algo, le pregunté a A, No, y tú, No. Estúpido Güero, pensaba. Ya sólo quedábamos nosotros dos despiertos, más de cuatro horas después, manteniendo todavía la esperanza de que en cualquier momento empezaría lo bueno... Pero no. Nos hubiéramos quedado en el Za***, pensé. Tal vez la dosis no fue suficiente, volví a pensar. Y después caí dormido.

Domingo
Cuando al fin Roberto se cansó de hablar de fantasmas, sueños y soldados del señor, pude observar a mi alrededor con calma, pensando que yo no veía malas vibras ni energías negativas en estas personas. Todas, o la mayoría, estábamos ahí para pasar una buena noche, con, esta vez sí, buena música, alcohol y demás estupefacientes, a elección de cada quién. La manzana estaba vacía, pero todavía teníamos la bala llena. El sujeto que nos la había pedido hace rato, de nariz respingada y ojos claros, más de cincuenta años, se dejaba seducir por un cholo, en la mesa de al lado, quien después de susurrarle algo al oído, fue a conseguirle un toque. Cuántas historias se cruzan acá abajo, pensé. Por eso me gusta este lugar.

Lunes
Miraba fijamente el techo del cuarto del hotel, las sombras que proyectaban su acabado irregular, rasposo, con pintura blanca, parecían bailar por momentos, pero nada significativo. Lo más raro fue el momento en que los personajes de la telenovela empezaron a moverse en algo parecido al fast-motion, aunque tal vez hubiera sido mi imaginación. No quería fumar, no quería perderme de nada, prefería esperar, a esa hora todavía tenía esperanzas. Esta vez sí pasará algo, me repetía mientras veía el reloj acercándose a la hora límite. Pero nada pasó, otra vez. Entonces no fue cosa del Güero, pensé, retirándole toda culpa y sintiéndome aliviado por no tener que reclamarle nada a mi regreso, sólo lo mencionaré como anécdota curiosa, Te acuerdas eso que me conseguiste, pues no sirvió. Tal vez es algo de mí. Como sea. Me cobijé bien, me di la vuelta y me quedé dormido.

Martes
Ahora sí me empezaba a sentir agripado. Faltaban quince minutos para las doce, y no podía evitar sentir un poco de nostalgia. Será igual que el año pasado, pensé, pero esta vez, con menos gente en casa de M, no hubo tantos abrazos ni tantas demostraciones de cariño de las cuales yo, por ser un extraño aquí, era obviamente excluido. Pensé en F, lo extrañé y quise abrazarlo. Pero me había propuesto disfrutar, nada más disfrutar, no pensar, no extrañar, no estar triste, no todavía. Me paré del sillón y me serví otro tequila, el último de la botella. Lo siento, papá de M.

Miércoles
La música no estaba mal, la cerveza barata y la compañía no podía ser mejor. Me dio gusto ver a C, y por un momento olvidé que hubiéramos podido estar en el Za*** si no hubieran cerrado hoy. Me fallaste por vez primera, le dije al bar en mi mente. Me dirigí al baño, con la bala y el encendedor en la mano. La verdad ya estaba cansado de salir a la calle a fumar, y decidí arriesgarme. ¿Qué podría pasar? Antes de entrar, miré que no viniera nadie detrás de mí. Las otras cuatro o cinco personas no se veían con intenciones de venir al baño así que fumé, cerca de la ventana, rápido y con algo de miedo. Volví a la mesa pensando que, a grandes rasgos, había sido una buena semana. Pudo haber sido mejor, pero eso no le quitaba los momentos chidos. Quedaba la incógnita de si habrá una tercera vez, pero esas son preocupaciones de las que me encargaré a su debido momento.

17/2/09

Morir solos



1. Vi al Chayo en el centro. Nos habíamos quedado de ver gracias a mi papá. Nos montamos a un taxi de esos, dorados, de los que van a otay y a la uabc. Me sentía libre por primera vez, pero no era libre. Me sentía pleno, emocionado, con la seguridad de que, ahora sí, las cosas serían como yo lo había imaginado. No iba a ser como en Guadalajara, ya estaba decidido. Me quedaría aquí, haría todo lo posible por terminar la carrera en tiempo y forma y regresaría a mi pueblo siendo un destacado publicista. Tenía toda la vida por delante y la aventura me emocionaba. Me sentía fuerte, seguro, imparable. Chayo me invitó a comer comida china, en ese restaurante que estaba aislado de todo, solo en la acera, a unos cien metros del siguiente local. Una mesera muy amable nos atendió sonriendo y preguntándonos, con su mal español, si estábamos bien, si no necesitábamos nada más. Como hacía por aquellos días, me enamoré de ella.

Caminamos por la calle, arquitectos, creo que se llamaba, casi hasta la avenida que corría paralela a universidad. Eran unos edificios amarillos. El señor, un viejo ya muy viejo, me mostró los dos únicos cuartos desocupados: uno en el edificio principal, amplio, con una ventana enorme, baño grande, semiamueblado. Había dos camas, había que compartirlo con alguien más que ya vivía ahí. De ninguna manera, pensé. Así que bajamos a ver el otro, en el edificio lateral. Había cinco en total de ese lado. Teníamos una sala común, una cocina equipada, y cada quien su recámara. La mía era la más chica: un solo cuarto con una cama individual, una ventana que daba al muro, y un baño bastante grande. Todo para mí solo. Me pareció fabuloso, apenas verlo. Dije que sí, pagué 150 dólares y el señor, no recuerdo su nombre, me entregó las llaves. Era mío ahora.

2. Era un verdadero tormento tener que pasar por un teléfono público. Sacaba mi cartera y veía la tarjeta telefónica ahí, vibrando. Pero no me detenía. No me alcanzaba el valor, la entereza ni la firmeza para llamarles. Vivir solo es siempre más difícil que vivir lejos. Pero cuando las dos se combinan, es una tortura. Nunca mi familia se había significado tanto para mí. Los extrañaba en silencio. No quería llamarlos porque sabía que a la más mínima provocación lloraría, y entonces pensarían que soy débil, y que quería regresar. Prefería hacerme el fuerte. No pensar.

Había un Chez cerca de la casa, así que una noche solitaria, cuando aún no tenía tele, decidí ir. En el camino pensaba, platicaré con alguien, haré un nuevo amigo, tal vez sea una chica. Me senté en una mesa, mirando la puerta de entrada. Había dos mesas más: una pareja, y un grupo de jóvenes ya no tan jóvenes, riendo y gritando. Pedí una caguama, tecate, y puse dos canciones en la rockola. Si nadie me habla antes que pasen mis canciones, me voy, pensé. Así pasó. Me limité a beber y esperar. Nada pasaba. Nadie más llegó y la cerveza sabía mala, nunca me ha gustado la tecate. Pagué y salí del lugar, ofuscado.

Días más tarde, pasó. Caminaba hacía la casa después de un largo día de escuela y edición, mal comer, mal dormir, sin dinero, deprimido, con la certeza de que llegaría a casa y nadie me estaría esperando. Los vi a unos cuantos metros delante de mí, intentando prender, sin éxito, su cigarro. Me abordaron, Oye, tienes lumbre. Dije que sí. Tomaron mi encendedor y prendieron su cigarro, satisfechos. El más alto me dijo su nombre y el nombre de su acompañante. Yo dije el mío. Walter me preguntó, Fumas weed, y yo, emocionado, dije que sí.

Así empezó todo.

21/3/08

Flashback [vol. 3]



-Pues, vamos a fumar, ¿no?
-Arre.

No perdimos el tiempo. En cuanto llegamos del museo nómada del zócalo, A. y yo nos salimos a la terraza [o como se llame] y fumamos la mitad de un porro empezado. Le di muy duro, cuando andaba arriba estaba muy preocupado, y repetía, No debí dejar que se me subiera tanto, mientras A. me decía que me relajara o me iba a malviajar. Al final logré cambiarme, nos bañamos y, ya más despejados, nos fuimos al Vicio en metro.

[...]

Después de caminar por lo que yo creí que era el barrio chino, nos sentamos en una banca al lado de un señor con lentes oscuros. Habíamos caminado mucho ese día. Me preocupaba llegar a la casa, y encontrarlo enojado. Me dijo que podíamos caminar por la calle donde estábamos y fumar. Pero yo creí que estábamos muy cerca del centro, así que le propuse ir a Chapultepec. Nos dejaron en el paradero y tuvimos que rodear para llegar al museo Rufino Tamayo. En el camino fumamos, y nos sentamos a trippear frente al museo. Hablamos de los niveles, de la verdad absoluta y de las relativas. Y no podía creer que ahora pensara así.

La verdad, lo vi como un retroceso. Pero él piensa que no. Tendrá sus razones, pero un día se dará cuenta que antes estuvo en lo correcto y ahora es cuando está equivocado.

[...]

Pasamos la noche en vela. Las bancas de la Terminal Poniente son sumamente incómodas y lastiman al sentarse. Además estábamos muy cerca de la puerta, y conforme avanzaba la madrugada, el frío arreciaba. Los tipos de las pulidoras no ayudaban en lo más mínimo a dormir, aunque fuese un rato. No recuerdo haberme quedado dormido en ningún momento. Compramos un café pero cuando salimos, como iba temblando, tiré buena parte. Ya de regreso se me quitó el sueño, sólo faltaban unos minutos para que dieran las 4:30 a.m.

Llegada la hora, nos detuvimos en los taxis de afuera. El fulano que vendía los boletos de los taxis de la central anunció que no habría metro hasta las 7. Así fue. Creo que, mientras estábamos sentados, tratando de dormir, pensé en decirle cuando se fuera que no podía creer que se iba creyendo en el relativismo, poniendo en duda la veracidad de la razón humana. Hubiera funcionado si nos hubiéramos fumado otro gallo. Pero hacía mucho frío afuera y me daba una hueva tremenda salir a fumar. Y antes de que subiera al taxi, sólo alcancé a decirle que me había dado un gusto tremendo que viniera, y que esperaba que no fuera la última vez. Luego el taxi se fue, y yo me quedé con su chamarra, cubriéndome el frío, dos horas y media más.

29/8/06

Flashback (vol. 2)



1. Llego ahí, donde me dijo que me esperaría, pero no hay nadie. Espero unos minutos, y al fin viene llegando. Me alegro de que venga. Nos sentamos en una banca de la plazuela. Charlamos, hacemos planes, me cuenta de sus experiencias pasadas. Me habla de esto y de aquello. Yo escucho, atento, un poco nervioso. Le entrego mis fotos para la credencial de estudiante falsa que intentará sacarme, y nos vamos. Cuando nos despedimos, sonrío. Y me voy, contento.


2. Otra vez espero. Fumo un cigarro, veo a la gente, refugiada del intenso sol, ahí, al lado de la cabeza gigante de Miguel Hidalgo. Empiezo a darme cuenta que no suele ser muy puntual, pero no me importa. Yo soy paciente. Ahí viene, me saluda, se sienta conmigo. "¿Tienes mucho esperando?", pregunta. Yo le miento: "No, voy llegando". Nos vamos a esperar el camión a la esquina. Dice que tiene que contarme algo. "Es que fui con la muchacha que me va a hacer la credencial, y pues no quería y no quería, hasta que me preguntó que quién eras... Y, no te vayas a enojar, yo le dije que eras mi novio... Para convencerla". Yo sonrío. No, no me enoja. Para nada.

3. Llegamos a su casa, me quité la gorra y dejé por ahí mi mochila. Nos sentamos a comer, espagueti, hablamos, como siempre, de esto y de aquello, tan fácil, como si nada. No tenía nada en mente... Deseaba que uno de los dos empezara, pero no quería ser yo. ¿Qué tal si estaba malinterpretando? Dejé mi mente quieta... Y mis manos. Vimos una película, escuchamos música, me enseñó sus libros. Vi las fotos y los pósters pegados en sus paredes, y me fascinó. Llegó su papá, "Buenas tardes", saluda, medio sorprendido. Yo me despido. "Gracias por invitarme", le digo. "Gracias por venir", me dice.


4. Recibo su abrazo un poco desconcertado, más por la espontaneidad del gesto que por otra cosa. Es que yo siempre he sido así, como muy reservado, con todos. Hace calor, hay ruido, chamacos bailando, bebiendo, drogándose. Pero no me fijo en nada. Que nuestros compañeros se hayan ido, cada uno, y nosotros hayamos decidido quedarnos, los dos, por alguna razón, me hace sentir feliz. Me comparte su hielo para el calor. Me empuja, me sonríe. Cuando nos cansamos de aguantar el calor, nos vamos, sin saber muy bien a dónde. Me propone irnos por ahí, a distraernos. Yo le digo que no llevo dinero. Bueno, me acompaña a mi casa, caminando. Caminamos mucho, hablamos, nos contamos cosas. Nos sentamos en la jardinera cerca de la farmacia, y hablamos todavía más. Sabemos que la hora de despedirse se acerca, pero ninguno quiere que llegue, la ignoramos. "Quiero pedirte algo", me dice. "¿Qué?". "Un abrazo". Me levanto, gustoso, y enredo mis brazos en su cuello, aprieto, no muy fuerte, siento su calor. Y me gustó, aunque en ese momento no quise reconocerlo. "Vente conmigo, a mi casa", me pidió. Pero me faltaba el valor. Le dije que no. Y nos despedimos, y se fue en un taxi, a las 3 de la mañana, y me dejó ahí, deseando haberle dicho que Sí...

"Y así llegaste tú devolviéndome la fe...
Sin poemas y sin flores, con defectos, con errores...
Pero en pie..."

24/7/06

Flashback (vol. 1)



1.
El autobús estaba casi vacío. Hablábamos, reíamos. Ibamos entusiasmados, ambos. Yo, nervioso. Pero de pronto ya nada me importó, cuando nos quedamos clavados en la mirada del otro. Me recosté en su regazo. Me dejé guiar por sus manos, por sus brazos. No podía no darse cuenta. Intercambio de sonrisas. De miradas. De besos.

2. Nuestro anfitrión dormía. Llegamos horas antes de lo que planeado. Nos acomodó en el cuarto de servicio, a un lado de la lavadora, en un colchón que se convirtió en una guarida que nos negábamos a abandonar, cada mañana que duramos ahí (hasta que llegó la francesa). No recuerdo muy bien cómo pasó, qué hicimos, quién empezó. De repente ya estábamos, los dos, acostados, abrazados, desnudos. Felices de tenernos.

3. Ambos estábamos lejos, de todo y de todos. La gente que nos veía juntos asumía, por alguna razón, que había algo entre nosotros. Algo de lo que no hablábamos, o al menos que no mencionábamos de forma explícita, pero que se veía en nuestros rostros, en las señas que nos hacíamos, en nuestros gestos, en nuestras voces, en lo que decíamos del otro. Tan así que, la segunda mañana, cuando conocí al doctor, lo primero que me preguntó al vernos salir juntos del cuarto (antes incluso que mi nombre), fue "¿Cuánto tiempo llevan juntos?". Yo sonreí, nada más, y contesté "Unos meses". Es que decir "Un día o dos", era mucho descaro.

4. Yo estaba un poco nervioso. Conocer a T. iba a ser uno de los acontecimientos más importantes en mi incursión a su pasado. Me sentía como si fuera a presentarme a su ex. Por eso me sentía sofocado en esa esquina, trepado en una periquera incómoda. Recuerdo, sí -lo confieso-, que aun entonces ponía unas cuantas reservas hacia lo que estaba sintiendo. "No debe importarme tanto", pensaba. Pero el hecho era que me importaba. Discutíamos esto cuando T. bajó de su oficina, atravesó las mesas y llegó hasta la nuestra (a la que nos habíamos cambiado). Se sentó, nos presentaron. Me pareció un buen sujeto. Hasta me cayó bien.

5. Nos quedamos dormidos en el autobús de regreso. Quizá porque era mucho más cómodo (y menos caluroso) que el que habíamos tomado de ida. Quizá porque volvíamos exhaustos luego de subir tantos escalones y caminar tanto rato por Teotihuacán. Cuando vi por la ventana que entrábamos a la central del norte, me sentí desdichado. Porque dentro de pocos días tendríamos que regresar ahí, pero ya no para irnos de paseo a algún lugar cercano y maravilloso, sino para emprender el largo camino hacia nuestro -no tan- querido rancho con agua. Mierda.

6. Hacía mucho que no lloraba. De verdad que no recuerdo la vez anterior a esa. Pero en mi interior había una mezcla terrible y desgarradora de sentimientos angustiantes. Rabia, temor, nostalgia, frustración. Y eso que nos quedamos un día más. Interrumpí nuestro abrazo para decirle "Hay que quedarnos". Me miró, con la cara llena de sorpresa. Sabía que era una locura. Hablamos. Al final decidimos volver a nuestra tierra natal, un par de días, para arreglarlo todo y marcharnos de una vez por todas y para siempre a la metrópoli mexicana por excelencia: Chilangolandia.

7. (Tic-tac, tic-tac...)