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12/9/09

Un espejismo



1. Es un fuerte choque recordar, en sólo hora y media, que todo lo que vivimos, esta realidad que hemos creado, de la que tan orgullosos estamos, es un fraude. Es un mundo mágico que no corresponde con el mundo exterior, que nos aleja de nuestra verdadera condición. Vivir para generar dinero, no es lo que deberíamos estar haciendo. Hemos edificado ciudades de asfalto, inmensas, laberínticas, donde hemos decidido perdernos para siempre en una bruma de ilusiones y falsos recuerdos, de un futuro irreal, inverosímil, al que estamos ansiosos de llegar pero que, sabemos, nunca llegará, porque más pronto se congelará el sol que saciará el hombre su ambición. Todo acto de nuestra sociedad (entiéndase occidental, "moderna" o mexicana, da lo mismo) es una parodia de un sueño que no puede ni podrá concretarse jamás. Escribir frente a esta computadora, por ejemplo. Para poder hacerlo, necesito luz, dado que el aparato electrónico complejo del que me sirvo así lo exige. Que se haga, pues, la luz, a través del enchufe y el cable. ¿Quién ha puesto ese enchufe ahí, y peor aún, de dónde viene esta energía eléctrica, nombre verdadero de lo que coloquialmente he llamado "luz"? La computadora está dispuesta, para mi uso y disfrute, en un escritorio de aserrín prensado, sencillo, con una repisa y un cajón. No son más que restos de madera y pegamento, uno que otro tornillo, que me da el soporte para no tener que acostarme en el suelo helado a escribir. ¿De dónde ha salido esta madera, quién ha armado este mueble? No yo. El instrumento principal, la computadora, es todavía más surreal. El código binario en que funciona la transmisión, procesamiento y codificación de la información es producto de complicados procesos intelectuales que se han acumulado a lo largo de toda la historia humana. El plástico que recubre todos los componentes electrónicos es, igualmente, resultado de la explotación salvaje de nuestra principal fuente de energía, el petróleo. Nada de esto, ninguna de estas cosas, las he trabajado yo. Lo único que hice fue conectar cables y presionar botones. Las casas en las que vivimos, las calles por las que transitamos, los alimentos que ingerimos y las diversiones que nos procuramos, nada es sino un espejismo que nos ayuda a olvidarnos que a cientos de miles de kilómetros hay millones de personas trabajando de sol a sol para que nosotros, habitantes/parásitos de las ciudades, podamos conservar esta vida repleta de lujos que tanto nos gusta y a la que tan bien nos hemos acostumbrado. Hemos construido nuestro modelo social en torno al dinero y no al alimento, como lo hacen el resto de las especies que habitan nuestro planeta. A causa de esto, hemos roto el equilibrio en que la Tierra se mantuvo durante millones de años antes de nuestra aparición. Un día, el dinero no tendrá más sentido, porque el petróleo se acabará, los árboles se acabarán, el agua se acabará, el aire se acabará, y los humanos, al fin, se acabarán también, víctimas de sus propios (devastadores) actos. Ese día, la Tierra, librada para siempre de su peor pesadilla, respirará aliviada, se sacudirá las cenizas y continuará sonriente su recorrido por el Universo que, generoso, no la volverá a castigar con tan despreciable especie.

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Recomendación: Home, un film de Yann Arthus-Bertrand.

25/10/08

Solo


[Fuegos artificiales de la fiesta de San Lucas, en Iztapalapa]

1. Últimamente he sentido una nostalgia que no sé si había sentido antes. Una especie de nostalgia proyectada hacia el futuro. Extraño el tiempo en el que me iré de aquí. Veo las calles de la Ciudad, caóticas, llenas de baches, la pintura cayéndose de las paredes de la escuela, el cielo medio nublado... Y empiezo a extrañarlo todo, porque sé que un día me iré, dejaré todo esto que conozco y veré cosas nuevas, es inevitable, estoy condenado a ser un peregrino. Quizá aguante lo suficiente aquí (otros seis años) como para ser un doctor en antropología, pero después mi iré. ¿A dónde? No sé, a Europa, probablemente. Después estaré otros años allá y me brincaré a Asia. También tengo que ir a Australia, cuna de muchas investigaciones antropológicas... Y luego volveré a morir a Mazatlán. Daré la vuelta al mundo en una vida... Y lo mejor: lo haré acompañado.

2. Mañana comenzaré, aunque ese no era el plan, el corto sobre las parejas. Por cierto, debo escribir el guión... No sé. Yo espero que me quede muy bien. Que reciba algún tipo de comentarios, ya sea de la profesora de parentesco o del tipo del laboratorio de antropología visual. Lo que sea. También quiero hacer una pequeña, pequeñísima investigación sobre el día de muertos en el panteón vecino. Entrevistar a algunas personas, preguntarles qué hacen, cómo. Tal vez encuentre algo interesante. Argh... Mis aspiraciones antropológicas cada vez aumentan más, y no sé cómo controlarlas.

3. No sé si es por la crisis o qué, pero nuestra economía familiar está empeorando. Cada vez nos alcanza menos el dinero para pagar todas las deudas. Tenemos que estabilizarnos antes de diciembre para poder comprar regalitos y esas cosas, organizar la fiesta en mi casa, salir a pasear algunos días, y sobre todo, comprarme mis lentes. Creo que otro año con estos mismos va a ser una mentada de madre para mis pobres ojos.

Y una vez más, estoy desvariando... Sólo quería escribir algo. Como sea.

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"Puedo ver la tele hasta que no haya más que ver..."

29/3/08

Time Out



Sin tiempo para nada.
La capacitación es aburrida.
El trabajo está lejos.
No me gusta vender.
Salgo a las once de la noche.
No tengo más tiempo libre.
Necesito el dinero...

¿Cuándo podré salir a tomar fotos con mi cámara nueva?

Soon... I hope...

20/12/07

Te ves hermosa



(de la serie "Cuentos de Navidad")

Le va a doler deshacerse de la gargantilla, pero después de todo, piensa, es la última nochebuena en el club, pasada la fecha jamás podrá volver a utilizarla, qué caso tiene llevársela a la tumba. Si puede servirle para vivir una última noche sin humillaciones, sin que la gente murmure, Mira, trae el mismo vestido, Pobre viuda, se ha quedado en la ruina. Qué les importa. Los va hacer tragarse sus palabras, verán cuán radiante acude a la cena, más radiante, más elegante, más bella que nunca. La llavecita de la caja está en el clóset, en una puerta que se abre con combinación. Es para abrir otra caja, que contiene otra llave, que abre una puerta más en el clóset que contiene otra caja con una combinación diferente, y ahí dentro, envuelta en una suave tela, yace la gargantilla que su marido le regaló cuando se casaron.

Ah, lo que provocó aquella gargantilla en su tiempo de gloria. Miradas sobre ella, miradas de admiración y sobretodo, de envidia. Los ojos de todas las mujeres puestos sobre el brillo de los diamantes, sobre el resplandor del oro puro. Te ves hermosa, le decían, pero no le decían a ella, sino a su gargantilla, y Gloria se ponía feliz porque esa noche podía ver con claridad los pensamientos de las otras mujeres, Maldita perra, cómo fue a comprarse eso, está divina. No importaba cuántas veces se la pusiera, procuraba no gastarla demasiado, una, dos veces al año, pero cada vez provocaba la misma reacción. Es que una cosa así no se ve todos los días, menos en este país. Pero su marido, en ese tiempo, era una adoración. Claro, antes de morir y heredarle las deudas, los ajustes, los créditos vencidos, y dejarla en ruinas, ese pequeño secreto que le reveló hasta que estuvo en su lecho de muerte: No tengo un peso, estoy hasta el cuello de deudas.

Lo cierto es que ya no tenía ánimos de vivir sólo para sobrevivir. Su casa estaba ya vacía, sus alhajeros, vacíos, sus cuentas de banco, sus roperos, sus cofres, hasta los techos y las cocinas estaban vacías. De muebles, de cuadros, de candelabros, de licuadoras, de gente. Lo único que había en la enorme casa, además de ella, era su cama y un inmenso espejo donde recordaba, noche tras noche, los tiempos mejores. Sacó la gargantilla de su escondite y se la puso. Todo brilló, la casa se iluminó, escuchó el eco de sus amigas diciéndole, Te ves hermosa, sus mejillas adquirieron otra vez color, su pelo un resplandor de musa, su porte se enderezó, que tiempos, dios, que vida.

Estuvo cerca de dos horas contemplándose, recreando conversaciones, sosteniendo en la delicada mano una copa imaginaria de champán mientras saludaba a la imaginaria esposa del ministro extranjero. Rescató sus mejores recuerdos, y cuando dieron las seis, y su pequeño reloj despertador sonó, volvió de golpe a la cruel realidad y se dijo, Es hora. La cena de nochebuena en el club costaba, como de costumbre, cinco mil pesos, y no podía permitirse la humillación de no asistir. La gargantilla era lo último que le quedaba, y con lo que le dieran por ella le alcanzaría hasta para comprarse un vestido elegantísimo, porque también, el que llevaba puesto era el único que tenía. Era su último gusto, su última fiesta, donde brillaría igual que cuando estaba vivo su marido, y cuando creía poseer una fortuna inmensa: coches, casas, viajes, navidades llenas de regalos para todo el mundo. No llevaría regalo para nadie, pero estaba bien. La gente sabía que era pobre, le tenían lástima, qué más da, ya no le importa, llegando a su casa de la cena, tomará una soga y se ahorcará de donde estaba colgado el maravillosos candelabro de la cocina que había vendido el mes pasado.

Salió de su casa asegurando lo más que podía la gargantilla. Se detuvo en la esquina de la avenida y cuando vio venir un taxi, no pudo evitar hacerle la parada. Pero justo antes de subir, recordó que no llevaba más que cinco pesos. Se quedó pensativa, nostálgica, recordando cuando no le importaba pagar un taxi para ir al otro lado de la ciudad cuando su chofer estaba indispuesto. Lloró frente al taxista, y él la apresuró, Señora, súbase que estamos parando el tráfico. Ay, no, disculpe usted, le contestó ella, y cerró la puerta, y todavía con lágrimas en los ojos, le hizo la parada a un microbús que pasaba, al sentir el tubo de la escalera en su mano, frío y repleto de bacterias, para consolarse, pensaba, Es la última vez, esta es mi última noche, la última y se acabó, se acabó.

(FIN)

7/10/07

Tarde o temprano



-Prende una veladora, y reza por mí. Esta noche me muero.

Creíste que sería uno más de sus delirios. Tu madre era fuerte como una vaca. Soportaba en silencio el dolor de su cáncer, tensando los músculos, poniéndose rígida, hasta el color le cambiaba por la falta de aire, pero ni un quejido salía de sus labios. Llegas de tu fingido trabajo, y le das todas las atenciones que necesite, que si el juguito de naranja, que si el lavado de pies, que si sacarla un rato al sol. Hasta eso, ese último día, no ibas a salir, te quedarías con ella todo el día, en parte porque no tenías nada qué hacer, pero también porque querías ver si era verdad lo que había dicho.

La alentaste a que redactara su testamento cuando todavía le quedaba algo de lucidez. En aquellos tiempos te agradecía todos los días que la cuidaras, te imploraba que no la dejaras sola, que estuvieras con ella hasta el último suspiro, porque su más grande temor era morir y ser olvidada. Así al menos al hijo menor le quedaría la frustración de no haberla podido salvar, por más intentos que hubiese hecho, o el insoportable recuerdo de su agonía, torturándole las noches. A ti no te iba a quedar nada de eso, sino la casa y el dinero: te había hecho su heredero universal. Se te olvidó entonces la tristeza que había nacido en ti cuando escucharon el diagnóstico del doctor. Tu hermano tomó a su esposa y a sus hijos, y se mudó al piso de abajo. Ni te dirigía la palabra. Tu madre decía que lo comprendieras, que había sido un golpe terrible, que él era muy sensible y tú muy fuerte, que no le hicieras caso. Luego le remordió la conciencia, pero ya no lo dejaste regresar. Le prohibiste la entrada a tu casa, cambiaste la cerradura, pero no por rencor, sino pensando en futuro, siempre fuiste tan previsor, así no te podría reprochar nada, cuando tuvieras en tus manos la casa y el dinero, no iba a tener ningún derecho a reclamar su parte.

Le comentaste a tu amante alemán quién sería el próximo dueño de la enorme casa, con 8 departamentos independientes para rentar, dinero suficiente para vivir, y vivir bien. Después de hacer el amor, se quedaban acostados, haciendo cuentas, pensando qué se podrían comprar con aquel dinero, a dónde viajarían, qué negocio pondrían. Pero el avance de la enfermedad fue retrocediendo gracias a las poderosas defensas de tu madre y a las efectivas medicinas que le comprabas. Fue idea del alemán, no tuya, frase que ahora no te cansas de repetirte. Él te comentó, Y qué pasa si no le das todas las medicinas. Era verdad, aquellas pastillas e inyecciones estaban arruinándote el futuro. El doctor había dicho que sólo un milagro podía salvarla. Tú no creías en los milagros.

Temías que se diera cuenta. Temías que tu madre fuera de esas personas paranoicas, y que en cualquier momento te descubriera, te lanzara platos, vasos, gritándote, Maldito, desagradecido, asesino, y pidiendo auxilio a tu hermano. Pero no fue así. Las medicinas la habían vuelto dócil, distraída, habían perturbado su memoria. Un día olvidó el nombre de tu hermano. Luego, olvidó que tenías uno. Primero le diste las pastillas a deshoras, a ver qué pasaba. Pero nada. Ella seguía igual, el doctor seguía diciendo que todo iba bien, que estaba mejorando. Así que suprimiste una, al azar. Se le quitó el hambre, dejó de comer. Pero aun así, su salud seguía estable. Entonces le quitaste otra. Y cuando la paciencia se te acabó, y pasaron dos años de quitarle pastillas y tu madre no se moría, se las quitaste todas. Todas. Le dabas dulces en su lugar, y le inyectabas agua. Entonces comenzó el deterioro, a una velocidad vertiginosa. Se le cayeron el pelo y las uñas. Se le partieron los labios. Envejeció de pronto, no podía caminar. Y tú veías el éxito venir, nadie sospechaba, el doctor decía, Tarde o temprano tenía que pasar, los medicamentos sólo estaban retrasando lo peor, pero al parecer, ya no funcionan.

Volvió a ti el alemán, pues por esos tiempos se había alejado, creyéndote débil e inmaduro, pero apenas se enteró que tu madre estaba en las últimas, se enamoró otra vez. Rehicieron los planes, las cuentas y los viajes. Te revolcabas con él y soñabas con tu madre, revolcándose también, pero en el dolor de su cama. Habías empezado a hartarte. Desde hacía seis meses no le dabas medicamentos, y todavía no se moría. Tu hermano había empezado a sospechar, y se metía a tu casa por la puerta de atrás. Un día descubrió el frasquito de las medicinas, olorosas a chocolate. Por fortuna no lo dejaste probarlas. No ves lo caras que están, apenas si me alcanza para comprárselas. Tu madre se había asustado con los gritos. Entraste en la recámara, luego de correr a tu hermano, y le acariciaste la cabeza, mientras la engañabas, Todo va a estar bien, te vas a recuperar, vas a ver.

Y al fin, aquella mañana ella misma te había dado las instrucciones de qué hacer cuando muriera, cómo quería su ataud, qué vestido quería traer puesto. La escuchaste atento. Se pasaron el día juntos. Cuando le llevaste las pastillas, te tiró la charola, furiosa, y te gritó, Para qué, si no sirven para nada. Tú te quedaste temblando. Era verdad que habías puesto en marcha aquel plan maligno sin que nadie te obligara, pero te aterrorizaba la idea de que alguien te descubriera, peor si era la propia víctima. Hiciste un segundo intento, Pero mamá, son por tu bien, para que te pongas mejor, y te agachaste a juntarlas, pero tu madre otra vez gritó, Cállate, no quiero nada. Bueno, allá ella. Se pasó el día entero en la mecedora, sin hablarte, sin mirar nada, sin moverse siquiera. Llegada la noche, murmuró, con una voz débil, de moribunda, Llévame a acostar. Dejaste la revista que leías en el sillón, y la cargaste hasta la cama.

La arropaste y le acomodaste la almohada. Ya te ibas, para acostarte también, pues te hayabas fastidiado por la falsa promesa y la espera eterna, cuando te detuvo, tomándote de la mano y negándose a soltarte. Se le empezaron a cerrar los pulmones. Sentía la muerte ahí, acostada a su lado, acariciándole el rostro, invitándola, Vente, vámonos, mientras ella le respondía, Espérame, dame un minuto. Te clavó los ojos, y tú le evadías la mirada, A ver mamá, no te sientes bien, verdad, deja llamo al doctor. Ella dijo No, ya no lo necesito. Entonces capturó por fin sus ojos. Se quedaron así, tú pidiendo disculpas, con las lágrimas a punto de salir, ella conteniendo a la muerte. Al final, con el último suspiro, pronunció tu propia sentencia:

-Ojalá que disfrutes mi casa y mi dinero, cabrón.

Y murió.

(FIN)

11/4/06

El hueco que dejaba el hambre



1.
Todavía con la adrenalina fluyendo por su torrente sanguíneo, Demetrio se detiene en un callejón oscuro y se refugia en sus sombras. Ya no se escuchan los gritos de histeria de la señora que lo persiguió hasta cansarse luego de correr dos cuadras: sólo percibe los violentos latidos de su corazón. Hasta esa noche se había mantenida alejado del mundo del crimen. Había trabajado con el carpintero hasta que el negocio quebró, luego se dedicó a vender elotes pero muchas veces el hambre podía más que la perseverancia y pronto eran más las pérdidas que las ganancias; después lavó coches, después se fue al campo… Había vivido mucho más de lo que sus 14 años podían ofrecerle. Y todo para no morir… En ocasiones se preguntaba, ¿de verdad vale la pena?
Abrió el monedero. Estaba atiborrado de papeles doblados con minucioso cuidado y fotografías de niños. Credenciales, cuentas pendientes, calendarios tamaño tarjeta de muchos años pasados, listas de frutas en diminutos papeles, servilletas con recordatorios y recados (“ir con doña Marta por la ropa para planchar”), y veinte centavos. Nada más. Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

2.
El Príncipe Isidoro Villarrutia precedía la tómbola semanal en el quiosco en penumbras. El suelo salpicado de velitas y la lámpara de aceite del príncipe eran la única iluminación, pues los faroles públicos que el alcalde había mandado poner funcionaron tres días y nunca más prendieron. El Príncipe Isidoro vivía en el taller de calzado, cruzando la calle, con su esposa y sus cinco hijos. Cada semana hacía una rifa pública de todo lo que le sobraba, pues su sueño era juntar dinero suficiente para irse a los Estados Unidos a trabajar en los campos de fresas. Lo de príncipe no lo tenía por rico: era un título que su familia había venido heredando desde tiempos inmemoriales, hasta que la fortuna de la familia se terminó y todo se fue al carajo. Siempre odió ese título, pues le recordaba la ruina de su estirpe, cuando los dueños de las minas las saquearon y se fueron con toda la riqueza, pero era un buen nombre para la zapatería.
Doña Martina se había ganado la lata de frijol. Demetrio se apretujó las tripas cuando escuchó el número ganador… Ya sólo le quedaba una oportunidad. El último premio era un pedazo de torta de requesón, casi entero, y cuando el Príncipe echó a andar la tómbola, Demetrio besó el papel donde tenía escrito su número, y se persignó con él. Sintió la punzada del pecado más fuerte que la del hambre, pues los boletos eran comprados con el patético dinero que minutos antes había robado, pero se consoló pensando que su objetivo era noble, pues gracias a Dios aún podía distinguir entre lo que era noble y lo que no. Miró los infantiles y descuidados trazos del 18 escrito en su papel roído y sucio, y se concentró en la recta del 1 y las curvas infinitas del 8, y dejó que el silencio expectante de la plazuela lo aplastara también a él. Las tantas bocas abiertas ya saboreaban el suculento, apetitoso, y viéndolo bien, no tan pequeño, pedazo de torta…
¡Número… 5!, grita el Príncipe. Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

3.
Los últimos invitados de doña Cecilia Contreras de Torres se alejaban en su flamante coche de la casa, y la anfitriona suspiraba de satisfacción. La cena había sido un rotundo éxito. Ya podía imaginarse leyendo el periódico de mañana con la reseña, “Un exquisito y fino banquete…”, “Detalles de elegancia sin precedentes…”, “La élite de Potosí y sus alrededores reunida en una misma y magnífica mansión colonial…”
De pronto aterrizó en el alfombrado suelo y se apresuró a la cocina. Todavía quedaba un último detalle que cerraría su venganza particular con broche de oro, en sentido literal. Abrió de par en par las puertas, hizo a un lado a la sirvienta y empezó a meter los trastes sucios en bolsas transparentes de plástico: la vajilla de fina plata, los cubiertos del mismo material, las servilletas importadas de París, vaya, incluso los saleros y pimenteros con cubiertas bañadas en oro. La sirvienta se le quedó viendo, atónita, esperando que terminara su arranque de locura. Doña Cecilia no olvidaba la humillación de parte de doña María de las Mercedes Torralba, un mes atrás, cuando en la cena otorgada, sólo para demostrar su riqueza, tiró la vajilla de porcelana china en la que había servido a los invitados, dejándola en la banqueta frente a su casa. Que arrogancia. Pero doña Cecilia no se quedaría de brazos cruzados.

(…)

Distinguió la silueta de la sirvienta arrastrando una enorme bolsa hasta la esquina, y le entró curiosidad. En bolsas tan grandes siempre se encuentran cosas útiles o comestibles, que para el caso es lo mismo. Iba pensando en que haría lo mismo que el Príncipe, algún día, irse a los Estados Unidos… “Cuando robe suficiente dinero”, pensó, y se puso triste. Pero se reanimó al pensar que en la bolsa tal vez habría comida. En las casas de los ricos tiran comida muy seguido, y en realidad, por eso se había encaminado a este barrio, para hurgar toda la noche en los basureros. Esperó a que la sirvienta entrara de nuevo, pues se había demorado buscando ella misma en la bolsa alguna cosa que se le habrá caído, y Demetrio creyó ver que se metía un par de tenedores en el mandil, y luego entraba presurosa a la casa.
Apretó el paso, ansioso y hambriento, y al llegar a la esquina, desgarró la bolsa. Los platos y los cubiertos se derrumbaron de su frágil equilibrio provocando un escándalo que poco le importó a Demetrio, los ojos le brillaban. No recordaba cuándo había sido la última vez que había probado bocado… Pero su esperanza fue vana. Por más que buscó, sólo encontró platos, cucharas, tenedores… Nada para comer. Debe ser una broma, pensó, y, furioso, dando patadas al aire, se aleja del lugar… Y a Demetrio se le hizo más grande el hueco que dejaba el hambre.

(FIN)

"El hambre viene... el hombre se va... por la frontera...
El hambre viene... el hombre se va... cuándo volverá...
(Por la carretera)"

27/12/05

Promesas y máscaras

Promesas y máscaras

Faltan todavía unas cuantas horas para que amanezca. Ramiro escucha la respiración tranquila de su mujer y se alegra de que el sueño le haya quitado las preocupaciones: su rostro luce sereno, relajado, no como en el día. Tal vez no le perdone la mentira, pero es más fácil así, jamás ha sido bueno para las despedidas. Se levanta con cuidado, tratando de no hacer ruido. Se pone la ropa, un sombrero, una chamarra, las botas. Viaja ligero, sólo una mochila con algo de ropa, agua y comida. El corazón se le encoge, no sabe si de tristeza o de nervios, cuando, ya en la puerta del cuarto, echa un último vistazo a lo que fue su vida. Pero él confía en que ha tomado la mejor decisión. Por ellos... Por ellos...

(...)

Sostiene el papel doblado con una mano, y con la otra recorre su propio rostro, presa de la angustia. La tierra no está dando como antes, la austeridad está llegando al punto crítico, hasta su palabra de hombre está perdiendo valor. Se le han terminado los amigos, no tiene a quién más recurrir, sabe que nadie más va a prestarle dinero, porque es por todos sabido que Ramiro no puede ya pagar sus deudas. Su mujer se acerca en silencio.
-¿Cómo sigue?
-Todavía no se le baja la calentura... ¿qué vamos a hacer, Ramiro?
Ramiro resopla, desdobla el papel y mira el presupuesto que el doctor les hizo para las medicinas de su hijo. A pesar de los descuentos, la cifra es gruesa. Como se le acabaron las opciones, decide que tiene que hacer lo que había evitado a toda costa.
-Mañana voy a pedir un préstamo al banco.
No hay de otra.

(...)

La sensación de que los días son réplicas unos de otros le impiden recordar si el sol que cae en el horizonte es el quinto, o el noveno, o el vigésimo. Su compañero se quedó dormido en una esquina, entre varias cajar grandes de madera, y Ramiro nota que su sueño es muy distinto al que vio en su mujer aquella lejana noche. Es un sueño que no deja descansar, no tanto por los bruscos movimientos del tren, sino por el mismo cansancio, que de tan intenso ya se volvió inmune, y por el miedo, y por la nostalgia. Sentado en la puerta del vagón, recargado en unos costales de azúcar, Ramiro tiene fija su mirada en el sur, y ve cómo se va alejando más, y más, y más, de su única realidad. A su mujer le costó trabajo entender que no se iba por gusto, o por aventura. La había tenido que obligar a comprenderlo... sólo esperaba que un día lo perdonaran por haberse ido.

(...)

"¿Esto es todo?" Se pregunta Ramiro. Los niños, sentados en el suelo, le echan miradas cuestionándolo. La televisión muestra sólo la guerra de los puntos negros contra los blancos: apenas capta la señal. En un canal hay un documental de la Guerra Fría, y en otro un programa de chismes que nadie entiendde porque ni su mujer, ni sus hijos, ni él, saben quién carajos es Niurka. Ramirito pregunta que si pueden irse a jugar. Él lo observa con cuidado, ya bien repuesto de su salud, y con el control en la mano les da la aprobación para que se retiren. Luego mira la TV con odio. ¿Para qué me endeudé? Al menos, la cama matrimonial sí tendrá un uso práctico, piensa, clavándole una mirada de deseo a su mujer, quien de inmediato la capta y empieza a correr hacia la recámara. Gracias, banco.

(...)

La botella vacía descansa sobre la mesa, pero sólo por un instante, hasta que el mesero trae el relevo, y Ramiro vuelve a empinársela. Esta noche ya no le quedan lágrimas para llorar. Ha pasado más de un año desde que abandonó a su familia por ir en busca de un sueño imposible. Llegó a la frontera, pero el muro resultó ser impenetrable. No consiguió cruzar, ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez. A la sexta se dio por vencido y se quedó con su trabajo en la constructora. Es día de sueldo, y vino al bar para decidirse de una vez. Y lo ha decidido. Si regresa, su mujer lo recibirá con rencor, y sus hijos verán en él la personificación misma del fracaso, y le perderán el respeto... Además, qué cara va a dar después de haberse ido así, como se fue. Si hubiese conseguido traspasar la frontera, el éxito habría sido una formidable máscara para dar en casa... Por eso decidió no regresar. Ramiro se empina la cerveza. Se equivocó: todavía le quedaban unas pocas lágrimas.

(...)

Primero se llevaron la TV, y luego fueron desmantelando la casa hasta dejarlos en la calle sin nada. Ramiro intentó de todo, pero nada funcionó. Vivían en casa de su cuñadp cuando se le ocurrió irse al otro lado. Salió con cuidado por la puerta del patio, tratando de no despertar a nadie para no despedirse. Pero Ramirito tenía el sueño ligero y lo sorprendió.
-¿A dónde vas, papi?
-Váyase a dormir, mijo.
-¿Vas a volver?
-Sí, mijo, volveré. Váyase a dormir, ándele.
Su hijo regresa a la cama, confiado de la promesa de su padre, mientras él comienza un camino que no tiene retorno, sin saberlo.

21/11/05

descubrimientos

descubrimientos

hay quienes dicen que todos los días se aprende algo nuevo. el otro día le enseñé a jessy a recordar cuáles meses tienen 31 días contando con los nudillos. y el fin de semana pasado descubrí que siempre es mejor estar bien hidratado, aunque te den ganas de ir al baño o aunque no sientas sed, si no, puedes quedarte ciego cuando menos lo esperas... pero esa es otra historia.

anoche decidí gastar mis últimos veinte pesos en algo de cenar. hice los dibujos de la tarea de mercadotecnia en el cuaderno (igual que el guión técnico para guionismo), con la esperanza de poder pasarlo al siguiente día temprano a computadora para entregarlo. la nueva remesa me llegó hasta las once pasadas, lo cual me quitaba la posibilidad de entregar mi trabajo a tiempo para evaluación. ¿víctima de las circunstancias? no, no creo. más bien, víctima de la mala administración, víctima de la economía del país, víctima del modelo neoliberal, como la gran mayoría de los habitantes del mundo. en la clase de foto había cola para usar el salón, y a mí me toca hasta el próximo miércoles, así que decidí no ir a la escuela. me bañé con calma, arreglé como pude mi cuarto, y fui a sacar el dinero. compré un libro que necesitaba y que por casualidad encontré en la librería de la uabc, en un recorrido de reconocimiento, pensando en que, en un futuro no muy lejano, estaría recorriendo los andadores de esa escuela pero no para perder el tiempo, sino para acudir a mi siguiente clase. regresé a casa, leí dos capítulos de "patas arriba, la escuela del mundo al revés" de eduardo galeano (muy recomendable), y cuando dieron las dos y media, acudí a la fondita a cuatro cuadras de mi casa a comer algo. luego fui a caminar, y por casualidad, vi a lo lejos una comercial mexicana. con la esperanza de poder adquirir ahí mi revista conozca más (edición especial de sexo) a precio de portada, me encaminé hacia ahí y, para mi enorme sorpresa, descubrí el centro comercial otay, una especia de "gran plaza" mazatleca si estuviera abierta las 24 horas y fueras a las 4 de la mañana: locales abandonados, pasillos vacíos, vendedores (de libros, de belleza estética, de impresiones, de ropa, de sombreros mexicanos) esperando el milagro de que un cliente atravesara la puerta del local.

me pareció fabuloso. como descubrir ruinas contemporáneas, un centro comercial en el olvido, donde el eco se multiplica por las esquinas, los guardias de seguridad te ven con ojos de sospecha, y te siguen por los estantes del interior de la comercial mexicana, porque en aquel lugar rústico no existen las cámaras de seguridad, ni las alarmas antirrobos, vamos, ni siquiera existen las puertas que se abren solas: aún tienen la leyenda "empuje" inscrita con letras blancas. me pareció un descubrimiento insólito, un lugar donde puedes ir y disfrutar del silencio y la tranquilidad, un mundo paralelo donde el consumismo aún no clava sus garras, donde los vendedores, en lugar de competir, se unen para vender aunque sea un poco, y los clientes, en vez de recorrer la plaza con prisa, se toman su tiempo para saborear el placer de la quietud. la mejor plaza de tijuana: el centro comercial otay.

por cierto, antes tenía multicinemas. ya no.

25/8/05

historias de taxi (serie de cuentos cortos)

#1: "La honradez"

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No dio un solo paso para abrir la puerta, el coche se detuvo justo delante de él, y él, como si esto fuera cosa de todos los días, como si el chofer del taxi fuera en realidad su chofer particular (al que despidió ayer por insolente), se sube al asiento de en medio, hablando por teléfono, o mejor dicho, gritándole a alguien, cómo eres pendejo, cómo se te ocurre, qué tienes en la cabeza, vuelve a hacer todo el trámite, fíjate bien en el pinche expediente que para eso está y luego le mandas el fax al licenciado Arreola, sí, al licenciado Arreola, estás sordo o qué. Cuanco cuelga, parece cansado, harto de la mediocridad de sus empleados. Miguel lo mira de reojo, se ha tenido que encoger en el asiento para hacerle espacio a su mochila repleta de libros, el tipo este ni lo toma en cuenta, se ha desparramado sobre sí mismo, dejando libre su barriga inflamada, abriendo las piernas, tosiendo, rascándose, parece que no cabe, Miguel no protesta, su menudo cuerpo no moverá la mole inmensa del sujeto este. En una de esas, el tipo gordo empieza a revolverse en el asiento, Miguel es aplastado casi, el otro saca la cartera, repleta de billetes de doscientos pesos, y le extiende uno al chofer. Seguro el pobre se preguntará, "no tendrá cambio", pero por algo se calla, la autoridad que este tipo despide es tanta que hasta a él lo intimida, saca sus propios y escasos billetes y le da el cambio. Sí, va a bajar, baja ya, labor casi imposible encontrar la manija de la puerta, abrirla y despegar el trasero sudoroso del asiento. Hace caso omiso al letrero "NO AZOTE LA PUERTA", Miguel siente que le ha dado el portazo en la cara, suspira, triste la mirada, triste la imagen de la cartera rebosante de este sujeto y el recuerdo de lo que le espera al llegar a casa, los hermanos llorando de hambre, la pobre madre echándole más agua a los frijoles, tristes sus zapatos con la suela despegada y su mochila descosida y vuelta a coser un millar de veces, triste esta cartera olvidada, yace en el asiento, justo al lado de Miguel, quien hasta ahora no la había visto, a la expectativa de que alguien, por favor, la salve de la soledad. Miguel la toma, le tiemblan las manos, sabe que nunca volverá a tener esa cantidad de dinero en su poder, y pronto se da cuenta: el semáforo rojo detuvo el taxi, el tipo que se acaba de bajar se detiene ahí, en esa esquina, ya está gritando por teléfono otra vez, no mira a Miguel, a pesar de que el niño le clava los ojos, acaricia el forro de piel, abre un poco la cartera, admira los billetes nuevos, verdes, es mucho, mucho dinero... Miguel grita, ¡señor!, pero el señor no hace caso. El semáforo cambia a verde. El taxi avanza. Vuelve a gritar ¡señor!, pero ya no lo escucha. Miguel se sonroja, y el corazón se le acelera mientras la figura del hombre gordo se desvanece entre la gente.

(FIN)