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21/1/06

Placer enfermizo

Placer enfermizo

No parece pensar siquiera en el siguiente movimiento. Sólo fija su mirada en el objetivo, analiza los obstáculos, planea la mejor ruta, todo en una fracción de segundo, y sale disparado con toda la vitalidad de sus cinco años. El pequeño Nicolás corre una distancia de diez metros, esquivando a las personas que se atraviesan en su camino, aunque más bien es él quien se atraviesa en el camino de las demás personas, con una sonrisa deslumbrante, purísima, pintada en la cara de oreja a oreja, y agita sus bracitos para darse impulso, intentando llegar cuanto antes al bote de basura que representa su meta, como si de ello dependiera su existencia propia. Yo lo miro, de pie, desde cerca; tan cerca que me ha pasado por enfrente en sus ya tres carreras contra nadie, a sólo un palmo, y sería tan sencillo para mí frenar su loca y angustiante carrera y darle una lección a este insolente con tan sólo extender mi pie derecho, como para estirarlo nada más, nadie notaría nada, nadie pensaría que el culpable he sido yo porque no se puede ser tan amargado siendo tan joven, y como uno de los dos debe tener la culpa, será él, Nicolás, por andar corriendo como desquiciado por el andén, sin fijarse bien. Siento tanto placer, un placer enfermizo y difícil de ignorar, con sólo imaginar el momento, sus diminutos pies chocando contra la punta de uno de los míos, enormes, que se escondería de inmediato detrás del otro mientras el cuerpecito del infante es atraído hacia el centro de la tierra por la fuerza de gravedad, las manitas tratarán de detener o amortiguar el choque inevitable atravesándose entre el suelo y el resto de su ser, pero aún así, por la velocidad y porque las leyes de la física jamás fallan, el niño Nicolás se impactará en el piso, primero las valientes e instintivas manos, luego las frágiles rodillas, el pecho, el estómago, y, con algo de suerte, también el rostro, y el dolor, el susto, no van a tardar en llegar, y éstos traerán el llanto, instintivo también, que será para mí, en esta analogía imaginada, el clímax de mis sentidos, el orgasmo de mi malignidad y perversión.

Ya es la sexta vez que Nicolás repite la cada vez más absurda operación, retando la autoridad de los mayores y sus buenas costumbres, las cuales ordenan no correr entre la gente. Lo miro con discreción, oculto mi sonrisa maliciosa, levanto la cara y de reojo veo cómo el mocoso se acerca a toda velocidad y me preparo para liberar mis demonios internos. En el momento oportuno, estiro un poco el pie derecho, lo suficiente como para que interrumpa el ritmo de Nicolás y éste caiga, caiga sin remedio y se estrelle contra el suelo. Ya sólo espero las lágrimas para coronar mi horripilante acto. El mundo entero se queda en silencio un segundo, Nicolás se queda quieto un instante, contemplando el suelo desde muy cerca, y cuando mis oídos ya se disponen a escuchar la gloria de su dolor, el mocoso se levanta del suelo sin ayuda de nadie, se sacude como si nada hubiera pasado y, con la misma impertinente sonrisa, reanuda su inaudita carrera mientras yo lo observo tratando de disimular mi coraje.

(FIN)

26/6/05

La loca de la Coahuila

Echada sobre el pabellón, con la mirada perdida, la loca de la Coahuila eleva el rostro y deja que el sol del mediodía le queme la piel. Permanece así durante varios minutos, inmóvil, vagando sus enigmáticos pensamientos por el espacio infinito, nadie se pregunta qué pensará, las personas apenas la miran, dan asco sus cabellos sucios y revueltos, sus ropas gastadas y mugrosas, dan asco sus ojos opacos, sus labios secos, sus manos heridas, da asco toda ella y las personas prefieren no mirarla. Y aunque alguien se aventurara a indagar sobre lo que habita en la mente de esta mujer, si puede llamársele mujer, poco éxito tendría, pues es probable que en su cabeza, como en la de los animales, sólo exista el vacío, o al menos una confusión terrible de ideas sin ritmo ni lógica, imposibles de traducir en palabras, pensamientos puros, vírgenes, intactos. La loca eleva el rostro, sus ojos no ven nubes, y de la nada le cae una lluvia de un líquido caliente, tiene que agachar la cabeza, escupir los orines que un grupo de adolescentes le arrojaron, allá van, partiéndose de risa, y la loca se levanta y cruza la calle sin fijarse, los autos se detienen, tocan el claxon, no la atropellan sólo para no manchar la defensa de sangre, muévete pendeja, querrás que te mate, ella se interna en un callejón, busca comida en la basura y encuentra un pedazo de pan húmedo. Lo come, se echa al suelo y duerme.
Ya está oscuro cuando despierta, el movimiento brusco de un hombre extraño la saca de su aventura onírica. Soñaba que llovía. Otra vez, algún borracho a decidido no gastar en prostitutas para desahogar sus instintos sexuales, para qué, si ahí está la loca de la Coahuila y lo que lleva entre las piernas es lo mismo que lo que llevan las demás mujeres, sólo que esta no cobra nada, ni dice nada, espera con paciencia a que este tipo termine y le suelte las piernas, ya ha pasado antes, no sabe si son diferentes tipos o es uno solo con una extraña fijación, nunca les ve el rostro, cubierto en las sombras, está a punto, ya, al fin, su cuello se tensa, la loca lo mira distraída, el sujeto se sube los pantalones y se va, no tiene nada qué decir, la loca se pone la falda y camina, tambaleándose hacia su bar favorito, tal vez ahora sí la dejen entrar, tal vez le regalen cerveza, como una vez, su memoria es mala, no sabe si en verdad pasó, al fin ha llegado, baja las escaleras, el mesero la intercepta, le habla al oído pero sin sutileza, lárgate mugrosa loca, la toma de un brazo y la empuja hacia afuera. Espera un rato, tirada en la banqueta, y luego hace un segundo intento, esta vez llega hasta la barra, el cantinero la mira a los ojos, el mesero la jala de un brazo con una fuerza desmedida, la tumba al suelo, los clientes observan la escena y ríen, la loca se levanta con dificultad, le ha dolido el golpe, decide no luchar más, se deja llevar hacia afuera y se pierde entre las calles del centro. Nadie la mira, y ella no mira a nadie. Vale la pena preguntarse, ¿nos debe inspirar lástima esa existencia sin principio ni fin, sin metas, sin sueños, una existencia por la simple voluntad de existir? ¿O, en cambio, nos debe inspirar admiración, su profundo deseo de seguir viviendo aún sin tener motivos...? Pero no. Nadie la mira, ni con lástima, ni con admiración.

3/3/05

el relol del conejo blanco (segunda parte)

[basado en el cuento de Lewis Carroll]

Los árboles extendían sus ramas a lo largo del cielo nublado, extinguiendo los colores habituales del bosque. Una oruga que descansaba sobre una seta atrajo la atención de Alicia, sacándola del estupor en el que estaba sumida, se levantó y dejó caer su pie sobre el insecto. Luego volvió a sentarse entre las raíces del árbol, cubriéndose mejor la cabeza con el manto azul, y echando piedras al río, recordando un apacible día de verano, cuando el pedía a Mr. Dodgson una historia. Pero los recuerdos se le confundían en la mente, saltando de un lado a otro, y recordó a su hermana mayor leyéndole un libro aburrido, mientras ella se entretenía con las guirnaldas, cuando apareció el conejo blanco. Alicia tomó el reloj y lo examinó. Nada extraordinario había en él como para considerarlo un objeto maravilloso. Ya ni siquiera caminaba. Su única funcionalidad era usarlo como llave para volver al mundo de donde había sido expulsada.

El estudio del Conde estaba invadido por el humo de la pipa. Si hubiese permanecido una hora más allí, tal vez habría muerto asfixiado. Nicole apareció tosiendo, y anunció la llegada de Mr. Dodgson.

-¿A qué ha venido ese vago?

Alzó tanto la voz, que Dodgson pudo escuchar sus reproches sin sentido mientras esperaba en la estancia, pero no le dio importancia. Sus manos temblaban, sudorosas, con la mirada clavada en las escaleras, deseando ver bajar unas piernas ágiles y unos cabellos dorados... El Conde lo saludó con frialdad, mas su astucia mental no alcanzó a elaborar una salida ante la intromisión de Mr. Dodgson. Tuvo que decir la verdad.

-Alicia desapareció.
-¿Alicia...? ¿Alicia qué?
-¡Desapareció! ¡Alicia despareció! ¡Se esfumó!

Perdió el control. Una avalancha de reclamos, tal vez justos, atropellaron los oídos sordos de Mr. Dodgson, encogido en un diván. sus estúpidas historias habían enloquecido a su hija. Después de los paseos por el río, se dedicaba a charlar con su gato y con las flores del jardín, poniendo las respuestas en sus bocas y contestándose sola. Jugaba con los naipes y con las fichas de ajedrez sin método alguno, y hablaba de meriendas con liebres y de cerdos bebés... Una tarde, regresó de su paseo con su hermana excitada por haberse topado al conejo blanco, y les contó a todos lo que había pasado al caer por la madriguera. El Conde, al principio, lo encontró divertido, pero cuando la niña vino asegurando que había visitado el País del Espejo, creyó que se había sobrepasado, y le prohibió contar más historias ridículas.

Pasaron unos días en que la niña andaba triste y pensativa por la casa, incluso con algunos aires de temor. Nadie ingadó demasiado, y se conformaron con el olvido de los cuentos de Dodgson. Sin embargo, al Conde le preocupó el hecho de que cada día estuviera más callada y más pálida. No salía para nada de la casa, a veces la encontraba escondida en los armarios o en la cocina, como si la complaciera la soledad. Lo más alarmante, fue cuando los gatitos de Alicia amanecieron degollados, colgados con una cuerda del espejo del tocador en la recámara de la niña, y ella en una esquina, cubierta con un velo azul marino, llorando y con una navaja de afeitar llena de sangre a sus pies.

-¿Qué has hecho, Alicia...?
-No fui yo.
-¿Entonces quién lo hizo?
-Fue el conejo blanco.

Esa había sido la mentira más recurrente de aquellos días, y el Conde no tuvo más remedio que llamar al doctor Prouse y prohibir las visitas de Mr. Dodgson a sus demás hijas. Después fracasó en sus negocios, lo
abandonó su familia y lo sedujo la soledad. Pero eso era lo de menos. Dodgson, el culpable de su mayor desgracia, estaba sentado en la estancia, preguntando por Alicia. Logró arrastrar al Conde en busca de la
niña, y la encontraron bajo un árbol tupido, al lado del río. La niña murmuraba reclinada hacia adelante, como hablando con alguien, hasta que un conejo blanco salió disparado de sus manos, y Alicia se apresuró a seguirlo. El Conde reconoció el reloj de bolsillo en la mano de su hija y se echó a correr detrás de ella. Pudo observar cómo conejo y niña se escurrían por una madriguera oscura y diminuta, donde él no pudo tener acceso. Buscó a Dodgson y regresaron a la casa por ayuda. Buscaron durante meses enteros, mas ya la cueva había desaparecido sin dejar rastro.

(...)

El Conde nunca volvió a Ver a su hija. Tan pronto llegó el invierno, se encerró en su estudio a fumar y a mirar por la ventana. Nicole lo encontró sentado en el diván, y su mano muerta todavía sostenía el revolver que le había volado los sesos.

[FIN]

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[Primera parte]

demasiado lejos

Desde el inicio, su relación había sido un juego sadomasoquista, y esa noche lo llevaron todo al límite. Alejandro vio interrumpido su beso eterno al sentir la hoja afilada del cuchillo penetrándole un pulmón,y luego el chorro caliente de sangre brotar, en una imagen poética inigualable que lo conmovió hasta las lágrimas. Lidia lo miró, miró sus ojos sorprendidos y su garganta trabada, y siguió besándolo. Después de retirar el cuchillo de su espalda, la sangre surgió con mayor libertad, y al acostarse Alejandro, las sábanas se tiñeron de un tono escarlata delicioso. Trató de decirle algo a Lidia, pero ella selló sus laios con el índice, enmudeciéndolo, y él sonrió, complacido de morir en manos de su amada. Una ráfaga de viento cerró las ventanas con un golpe espantoso, y los dos, ella y él, se quedaron sumidos en el silencio penetrante de la habitación, roto apenas por los delicados gemidos de dolor o de placer de Alejandro. El olor de la sangre sin duda era algo nuevo, que complació a los amantes, reavivando su pasión. Alejandro sentía un hormigueo recorriéndole el cuerpo, y una voz en su cabeza le contestó la pregunta que todavía no formulaba: "Es la vida que se te escapa". Cerró los ojos, porque no iba a ser un cadaver con los ojos abiertos, en un intento patético por conservar la vida que ya no le pertenecía, y ya casi no sentía los húmedos labios de Lidia acariciándole el cuello y el abdomen, besando cada rincón de su cuerpo desnudo, frotando su piel contra la de él, cada vez más fría, cada vez más blanca. Cuando Alejandro dejó escapar el alma, resignado, Lidia estalló en el éxtasis del placer, y se tendió encima de su víctima, cubierta por una fina capa de sudor.

La casa entera estaba en penumbras. Se habían apagado todas las velas. El reloj indicaba las tres treinta de la mañana. Lidia escupía su aliento cálido en la cara de su amante, muerto ya, y le parecía excitante no ser correspondida con el mismo gesto, no sentir en su mejilla el suave arrullo de su respiración, y en sus pechos juntos sólo se oían los latidos de un corazón acelerado. Poco a poco, se levantó y se sentó en el borde de la cama, observando el cuerpo inerte de Alejandro, y vio sus manos y sus brazos, en donde se había mezclado el sudor de ella con la sangre de él. Tocó, con cierto temor, el cuerpo que se desangraba, y dejó las huellas de sus manos plasmadas en su piel. Después extendió, como si se tratara de pintura sobre el lienzo, el líquido rojo que había humedecido las sábanas y llenó con él ambos cuerpos, tanto el vivo como el muerto, cuando la razón le empezó a advertir que estaba yendo demasiado lejos. Mas la voz de la razón era débil y lejana, sin fuerza suficiente para detener su ardiente y lúgubre pasión. Lidia retozaba, más libre que nunca, con el cuerpo frío e inmóvil de Alejandro, y el ligero sabor de la sangre penetraba en ella por medio de su lengua de vampiresa, y parecía que aquel licor vital era lo único que podría saciar su ser. Su tercer orgasmo fue el mejor de la noche, y cuando la euforia pasional terminó y se descubrió desnuda y cubierta de sangre, se alejó de la cama y permaneció vacilante, desesperada, sin poder experimentar la célebre locura de hablarse sola, por no saber qué decirse.

Descubrió las ropas de Alejandro esparcidas por el suelo, y se tumbó hacia ellas para percibir su perfume, puro y vivo. Reunió las prendas y las dejó sobre el tocador. Después, tomó el rígido cuerpo de su amante inanimado y lo llevó a la regadera. Se bañó junto con él, extasiada por la sensación de sus cuerpos húmedos, y mientras le lavana la sangre, seguía besándolo y acariciándolo sin freno y a su total antojo. Lo secó y lo vistió de nuevo, colocándole cada pieza con ayuda de su boca, mordiéndolo todo con un amor insano y desquiciado. Lo sentó en la misma silla que había ocupado durante la cena, cuando todavía estaba vivo, yluego ella se vistió y encendió las velas del comedor, y se sentó junto a él. Repartió una serie de esos fugaces en su cuello y tuvo el placer de desvestirlo de nuevo, de manejarlo a su gusto, como un muñeco helado, de escuchar lo que quería escuchar y lamer lo que quiso lamer. Se echó con él al asuelo para no volver a llenarse de sangre en la cama, y no cesó en su inaudita pasión hasta que volvió a reventer de goce.

(...)

A las once de la mañana, Daniel regresó a la casa, esperando que Alejandro y su amante se hubieran levantado temprano para no encontrarse en la bochornosa situación de sorprenderlos todavía en la cama,
desnudos y dormidos. Para su mala fortuna, justo así los encontró, o peor. Las paredes estaban manchadas de sangre, y Lidia abrazaba el cuello, ya morado, de Alejandro, mirando con los ojos vacíos el inmenso cielo de la ventana, abierta otra vez.

-Lidia... ¿qué pasó?

Ella no respondió. Daniel sabía lo que había pasado, Alejandro no paraba de contarlo los intentos que ambos habían hecho de matar gente o de matarse entre sí tantas veces... Lidia conservaba una extraña expresión de dolor en el rostro... Sólo cuando se acercó lo suficiente a la cama, Daniel se dio cuenta de la herida en la espalda de su amigo, y encontró el cuchillo homicida, que seguía clavado en el pecho desnudo de Lidia.

(FIN)

28/2/05

el reloj del conejo blanco [primera parte]

[basado en el cuento de Lewis Carroll]

El enorme reloj de la estancia resonaba por toda la casa a las doce del mediodía, haciendo retumbar el tintero del Conde, encerrado en su estudio, mirando el cielo nublado y esperando, con cierto temor, el regreso de su hija. En el último mensaje enviado, el doctor le había dicho que no quedaba nada más por hacer, y que la etapa final en la recuperación de la niña tenía que ser en casa. El Conde no pudo contestarle atiempo para advertirle sobre los acontecimientos recientes, y ahora, aparte de tener que lidiar con la humillación social, tendría que explicarle todo a su hija. La casa retumbaba todavía con el reloj, cuando Nicole irrumpió como siempre en el estudio y anunció fastidiada la llegada del doctor.

Comenzó a llover. El doctor Prouse bajó del carruaje con el sombrero en la mano y no muy feliz de ver al Conde, aunque al estrechar su mano dibujó una amplia sonrisa que dejaba al descubierto sus dientes amarillos. Luego bajó Alicia. Envuelta en un manto azul marino, su rubia cabellera cubría gran parte de su cara, de donde resaltaban los ojos grandes y penetrantes, los labios finos, las mejillas pálidas, y su padre no pudo esconder una mueca de desagrado. Parecía que, en vez de haberla curado, la hubiesen revivido, y a pesar de que su cuerpo comenzaba a mostrar los primeros indicios de una súbita adolescencia, había algo en ella que más bien recordaba a un espectro que a una señorita. El abrazo de bienvenida fue obligado por el padre, y la niña se retorció hasta lograr soltarse, y permaneció de pie, con la expresión fija en la nada, mientras la lluvia la mojaba.

-¿Cómo te sientes, Alicia?
-...
-¿No estás feliz de volver a casa...?

El Conde miró al doctor. El doctor suspiró desalentado ante el falso entusiasmo del Conde. Ordenó a Nicole que llevara a la pequeña a su habitación, y luego pasó a la estancia para beber té con el doctor. Prouse no pudo darle las eternas negativas al exasperado Conde, quien no se rindió hasta que el médico le dijo lo que quería escuchar.

-La niña no está bien todavía, pero ni mis colegas ni yo podemos hacernada más por ella. Si usted cree en Dios, rece. Si no, enciérrela en elático.

En la puerta, antes de despedirse del Conde, el doctor Prouse le entregó una caja cerrada con candado y una llave. Había un reloj de bolsillo adentro.

-Lo llevaba con ella cuando la recibí. Dice que es... Dice que es el reloj del conejo blanco. Por favor, evite mostrárselo.

Había entregado toda su fe y sus esperanzas a aquel doctor que ahora le regresaba a la hija igual de loca que como se había ido, o peor. Cuando llegó a la estancia, descubrió a Alicia frente al reloj de péndulo, hipnotizada con su tic-tac, y la niña clavó sus ojos en la caja que sostenía el Conde. Sin duda, la había reconocido, pero Alicia no habló, y el Conde sintió un inexplicable escalofrío que le recorrió la espalda.

-¡Nicole! ¿No te dije que llevaras a Alicia a su habitación?

Nicole llegó refunfuñando que la había dejado encerrada, y cuando intentó llevársela de la mano y Alicia se resistió, volvió a mirar alConde y el reloj empezó a resonar con un escándalo tremendo, dando campanadas sin cesar a la una y quince minutos. Dos horas después, el reloj continuaba con su estrepitosa alarma, y el Conde ordenó que se lo llevaran al relojero para que lo arreglara. Una semana más tarde, le devolvieron el mueble sin arreglar, y tuvieron que destruirlo con una hacha para que dejara de sonar.

Alicia no preguntó ni una sola vez por su madre o por sus hermanas. De hecho, no hablaba con nadie. Durante la cena, las velas de los candelabros se apagaban una y otra vez, y el Conde se lo atribuía a corrientes de viento inexistentes, y la niña se negaba a probar bocado y a deshacerse del sucio manto azul que la cubría como a una virgen. Por consejo del doctor Prouse, el Conde había mandado quitar todos los espejos de la mansión, pero en el momento menos esperado encontraban a Alicia contemplándose como hechizada ante espejos de todos los tamaños, muchos de los cuales jamás habían visto, y cuando trataban de quitárselos, los cristales se hacían añicos. Nadie se explicaba cómo la niña había podido traer tantos sombreros en su escaso equipaje, que adornaban su recámara y parecían multiplicarse conforma iban pasando los días. La ventana estaba siempre abierta, y su cama invadida por una docena de gatos perezosos salidos de la nada. Una mañana, las paredes aparecieron tapizadas con la imagen de una sola baraja: la reina de corazones, y el Conde confirmó sus temores.

-Alicia no está loca. Está poseída.

Cuando llegó el cura de la iglesia, nadie pudo encontrar a la niña. La buscaron en cada rincón de la casa, pero ella no estaba, ni la reina de corazones en las paredes, ni los gatos, ni los sombreros, ni los espejos. Más tarde, el Conde notó que también el reloj de bolsillo que guardaba bajo llave había desaparecido.

[CONTINÚA]

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[Segunda parte]

16/2/05

manchas de sangre (cont.)

Lidia se levantó, apagó las velas y se sentó frente a Alejandro, sobre sus piernas, y parecía que medía con envidiable prudencia cada beso, cada caricia y cada mirada buscando la total locura desu amante. Le arrancó los botones a su camisa, se quitó su blusa, se deshizo de los zapatos, Alejandro la cargó hasta la cama, donde las prendas restantes -medias, pantalón, falda, calzones- fueron perdiéndose ante la intensa luz artificial de las luces citadinas. El calor de sus cuerpos empapó de sudor las sábanas, el olor de su pelo sofocó los sentidos de Alejandro, sus músculos tensos dilataron las preocupaciones de Lidia, y llegaron al punto sin retorno, al límite del éxtasis, donde el corazón se detiene una fracción de segundo y se vuelve a nacer.

(...)

Alejandro, desnudo, de pie frente a la ventana, fumaba y miraba de reojo a Lidia, quien dormía boca abajo sobre la almohada. "No tengo que matarla hoy", pensó. Pero pronto descartó la idea.Tiró las últimas cenizas del cigarro en la maceta, y caminó con pasos cortos hasta la cama. Quitó las sábanas y contempló el hermoso cuerpo de Lidia, su piel suave, su cabello revuelto, su espalda larga yperfecta. Besó su cuello, acarició su vientre, y tomó la almohada en la que reposaba su cabeza, y al hacerlo descubrió los ojos abiertos de Lidia, y su mano escondida sosteniendo un afilado cuchillo. Ambos se miraron, vulnerables sus cuerpos y sus almas ante la presencia del otro.

-¿Qué ibas a hacer, Alejandro?
-Lo mismo que tú.

No apartaban la mirada. No sentían vergüenza. Sonrieron, como auténticos cómplices, y Alejandro regresó a la cama, soltando la almohada, y llenó de besos el cuerpo de Lidia. Ella recibía cada beso con placer, pero su mano se negaba a soltar el cuchillo. No tenía idea de que las manchas de sangre serían difíciles de quitar de las sábanas.

(FIN)

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[Primera parte]

15/2/05

manchas de sangre

lo había estado planeando durante más de seis años. llegó a un punto de madurez en que creyó que sería una locura, que iba contra todas las leyes de la moral y de la sociedad, que no funcionaría, que era algo indebido, que se iría al infierno... pero su época racional había pasado, y nadie puede huir de sus propios instintos. alejandro encendió velas, preparó las maletas, abrió las ventanas y quitó los tapetes, aunque su ideal era no dejar manchas de sangre, ni de violencia. vendría un juicio, una investigación, pero eso ya no le preocupaba. había decidido que su cómplice fuera su víctima, sería mejor así, y ahora ella se dirigía a una trampa mortal. la amaba demasiado. por eso iba a matarla.

lidia tocó la puerta, se alisó la falda, se arregló el cabello y preparó su sonrisa nerviosa como si se tratara de su primera cita. mientras se dirigía a abrir, alejandro repasaba su plan en la mente, y la euforia invadía sus sentidos. detrás del marco, lidia le sonrió, y él la invitó a pasar. se quedaron frente a frente, inmóviles, y de repente alejandro se eschó sobre lidia en un esenfrenado arrebato de pasión espontánea. lidia tiró la bolsa. alejandro la tomó de los cabellos, y juntos cayeron al suelo. la mano de alejandro se escabulló debajo de la falda de lidia, y ella no pudo evitar abrir los ojos.

-espera...
-qué.
-hay que cenar primero.

se miraron dos segundos, eternos segundos, sin despegar los labios de la boca del otro.
-está bien.

la mesa, las velas, la comida, los separaban. los ruidos de una ciudad enorme en viernes por la noche entraban por la ventana del balcón. no hablaban. sus mentes ocupaban toda la concentración para reprimir sus propios deseos. alejandro pensaba en asfixiarla con sus propias manos, pero mejor utilizaría la almohada. lidia esperaba arrojarlo por el balcón, aunque sería mejor idea usar el cuchillo en su garganta.

-es una linda noche.
-¿tú crees?
-no sé. ¿tú qué crees?
-no sé.

(CONTINÚA)

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[Segunda parte]