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18/4/06

Un cadáver y esperanza

Todos los días se levantaba antes del amanecer, se vestía de luto con un chal negro, se amarraba las trenzas, veía que cada vez había más canas en su cabeza y más arrugas surcándole el rostro, y sus ojos más secos, y toda ella iba transformándose poco a poco en un cadáver ambulante que se negaba a entrar en la tumba. No por testarudez, Camelia es, de hecho, muy testaruda, pero ha pasado tanto tiempo burlando a la muerte, retándola, bromeando con ella, que no le asusta, al contrario, la respeta y sabe que su hora llegará en el momento adecuado, no ahora, no sin su hijo.
Silvio le decía que ya dejara eso, que no había logrado nada en todos esos años y que jamás lo lograría, que el gobierno era ciego y sordo y aquí todo está bien, que si en el tiempo de los reporteros y las televisoras no había pasado nada, mucho menos ahora, que ya todos se han cansado de su historia, con tantas guerras y tantas guerrillas, a quién le interesan los lamentos de una madre. Tú no entiendes, le decía Camelia, esta es mi guerra, y tomaba su cartulina, que en su tiempo había sido blanca pero ahora tenía un tono amarillento como el de los papiros, y las letras borrosas ya de tanto sol y de tanta lluvia, de tanto polvo, de tantos años, de tanto olvido, de tanta indiferencia. Silvio en ocasiones la detenía en la puerta, y volvía a decirle, Ya deja eso, vieja, mírate, estás perdiendo, pero ella no escuchaba, y extrañaba los viejos tiempos en que su esposo iba con ella y los dos juntos se plantaban frente al palacio de gobierno, todo el día, con cartulinas y letreros, rodeados de cientos, miles de personas, que exigían la inmediata localización de Rodolfo Navarro, estudiante de ciencias políticas, activista de numerosos grupos sociales, defensor de los derechos humanos y del medio ambiente, desaparecido un día cualquiera bajo circunstancias desconocidas, no había testigos, ni culpables, ni nada, como si se hubiese esfumado en el aire, pero Camelia conocía a su hijo, 24 años juntos le habían enseñado que Rodolfo no era de los que se esfumaban en el aire, al contrario, era de los que enfrentaban, de los que luchaban, de los que alzaban la voz.
Y así, cuando la guerrilla terminó y la “democracia” regresó al país, muchas madres y muchos padres salieron a las calles a exigir que les devolvieran los cuerpos de los hijos para darles un funeral digno. No era secreto que la dictadura los había matado a todos, no podían dejar a nadie con vida, si la desaparición duraba más de una semana era definitiva, jamás volvían. Camelia y Silvio se unieron a la marcha, ciegos de rencor ante lo que les habían hecho, un muchacho tan bueno, tan noble de corazón, que jamás le hizo daño a nadie, sino al revés, con la vida por delante, la única esperanza de sus padres, su único orgullo, su único motor.
Los años pasaron y la noticia de la marcha perdió fuerza. Cada día eran menos los manifestantes, debían ir a ganarse la vida, ocuparse en otras cosas, avanzar, carajo, de qué sirve quedarse estancado en el pasado, decían, pero Camelia no podía avanzar con el fantasma de su hijo rondándola todas las noches, y ella fue todos los días, primero con el apoyo de Silvio, Ve tú vieja, yo tengo que irme a trabajar, y con el de varias decenas de madres que se fueron haciendo menos, y menos, y menos, víctimas de la amnesia perpetua, del olvido de la dignidad, del “ya ni modo”, hasta que sólo quedó Camelia, plantada en el medio de la explanada, sin decir una palabra, con su cartulina extendida, Devuélvanme a mi hijo, por favor. Pero a quién le interesaba su desgracia, a nadie, la gente pasaba a su lado y nadie se detenía a verla, tal vez, ya tan acostumbrados a su presencia, los transeúntes y los funcionarios federales creerían que era un monumento o algo así. Claro, antes Camelia lloraba, gritaba, se lanzaba a los brazos de cada funcionario que salía caminando con su maletín en la mano y sus zapatos lustrosos, Dónde está mi hijo, por favor, dónde lo tienen, pero ellos no decían nada, Señora, por favor, ya estamos viendo su caso, en cuanto tengamos información se la haremos llegar… Pero así decían todos ellos, y la información jamás llegaba.
Por eso aquel día era como cualquier otro. Se tomó su jugo de zanahoria, y se fue. Silvio la miró resignado, ya ni siquiera le decía nada. Camelia tomó el autobús de siempre, saludó al voceador del periódico, a la señora de los nopales, al vigilante de la explanada, Buenos días, sonriente, como si ella fuera de paseo, olvidado, como todos, de que estaba allí por una razón. Pero se inmediato se percató que su lugar, el que ocupaba todos los días, justo frente a la entrada del palacio, entre las dos fuentes, ya estaba ocupado. Una decena de reporteros formados en círculo, fotografiando un bulto en el suelo, otra decena transmitiendo con cámaras a los noticieros y programas informativos, un alboroto por todos lados, ¿qué pasaba?
Camelia avanzó temerosa de lo que pudiera encontrar entre el caos de personas, hasta llegar donde los fotógrafos, y vio, no supo sin con alegría o con terror, una bolsa negra, rasgada, que dejaba ver algunas partes de un cuerpo en descomposición, fétido, con un gran letrero encima: “Para que ya no esté jodiendo: Aquí está su hijo”. Camelia cayó de rodillas al lado del cuerpo, murmurando, Mi hijo, mi hijo, hijo mío, y entonces comprendió que lo que sentía era esperanza, que aún quedaba esperanza en el mundo, y que ahí no paraba su lucha, como pretendía el letrero. Hubiera terminado todo si junto al cuerpo estuvieran, amordazados, los asesinos de su hijo. Pero no. Sólo había un cadáver, y esperanza.

25/8/05

historias de taxi (serie de cuentos cortos)

#1: "La honradez"

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No dio un solo paso para abrir la puerta, el coche se detuvo justo delante de él, y él, como si esto fuera cosa de todos los días, como si el chofer del taxi fuera en realidad su chofer particular (al que despidió ayer por insolente), se sube al asiento de en medio, hablando por teléfono, o mejor dicho, gritándole a alguien, cómo eres pendejo, cómo se te ocurre, qué tienes en la cabeza, vuelve a hacer todo el trámite, fíjate bien en el pinche expediente que para eso está y luego le mandas el fax al licenciado Arreola, sí, al licenciado Arreola, estás sordo o qué. Cuanco cuelga, parece cansado, harto de la mediocridad de sus empleados. Miguel lo mira de reojo, se ha tenido que encoger en el asiento para hacerle espacio a su mochila repleta de libros, el tipo este ni lo toma en cuenta, se ha desparramado sobre sí mismo, dejando libre su barriga inflamada, abriendo las piernas, tosiendo, rascándose, parece que no cabe, Miguel no protesta, su menudo cuerpo no moverá la mole inmensa del sujeto este. En una de esas, el tipo gordo empieza a revolverse en el asiento, Miguel es aplastado casi, el otro saca la cartera, repleta de billetes de doscientos pesos, y le extiende uno al chofer. Seguro el pobre se preguntará, "no tendrá cambio", pero por algo se calla, la autoridad que este tipo despide es tanta que hasta a él lo intimida, saca sus propios y escasos billetes y le da el cambio. Sí, va a bajar, baja ya, labor casi imposible encontrar la manija de la puerta, abrirla y despegar el trasero sudoroso del asiento. Hace caso omiso al letrero "NO AZOTE LA PUERTA", Miguel siente que le ha dado el portazo en la cara, suspira, triste la mirada, triste la imagen de la cartera rebosante de este sujeto y el recuerdo de lo que le espera al llegar a casa, los hermanos llorando de hambre, la pobre madre echándole más agua a los frijoles, tristes sus zapatos con la suela despegada y su mochila descosida y vuelta a coser un millar de veces, triste esta cartera olvidada, yace en el asiento, justo al lado de Miguel, quien hasta ahora no la había visto, a la expectativa de que alguien, por favor, la salve de la soledad. Miguel la toma, le tiemblan las manos, sabe que nunca volverá a tener esa cantidad de dinero en su poder, y pronto se da cuenta: el semáforo rojo detuvo el taxi, el tipo que se acaba de bajar se detiene ahí, en esa esquina, ya está gritando por teléfono otra vez, no mira a Miguel, a pesar de que el niño le clava los ojos, acaricia el forro de piel, abre un poco la cartera, admira los billetes nuevos, verdes, es mucho, mucho dinero... Miguel grita, ¡señor!, pero el señor no hace caso. El semáforo cambia a verde. El taxi avanza. Vuelve a gritar ¡señor!, pero ya no lo escucha. Miguel se sonroja, y el corazón se le acelera mientras la figura del hombre gordo se desvanece entre la gente.

(FIN)