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11/1/06

Moscas

Moscas

Toda su vida había soñado con hacerlo, pero sólo hasta hoy había tenido la oportunidad. O el valor. Llevaba meses haciendo que su departamento se pudriera con restos de comida, mierda de animales, basura y demás pestilencias. Él mismo había dejado de asearse. Y lo hacía persiguiendo un único, firme y claro objetivo: cumplir su más grande y más perversa fantasía sexual.
Se consideró siempre distinto a los demás. De niño no iba a los parques a jugar, sino a buscar hormigueros, echarse al pasto y ver de cerca el arduo e interminable trabajo que las diminutas criaturas realizaban. Capturaba mariposas, las metía en un frasco con agujeros en la tapa para contemplar su belleza inigualable hasta que los ojos se le cansaban de tanto verlas. Correteaba por su casa a las cucarachas, las tomaba con cuidado entre las manos y se conformaba con sentir las patas viscosas en la palma de la mano, y en concha dura y fría, y las antenas en constante movimiento... Jamás mataba a los animales para coleccionar sus cadáveres, como hacían otros aficionados a los insectos, ya que la sola idea le parecía horrible, cruel, brutal.
Apenas llegó a la adolescencia, tras encenderse sus todavía inocentes pasiones y oscuros deseos, descubrió que el amor que profesaba por los insectos iba más allá de una simple admiración. Sobre todo, por las moscas. Su anatomía armoniosa, la agilidad de sus movimientos, sus hábitos, el zumbido de sus alas, el cosquilleo que sentía en la piel cuando sus finas, casi imperceptibles patas se paseaban encima suyo, le provocaban un placer difícil de experimentar por otros medios. Las raras ocasiones en que conseguía que una mosca se posara sobre su pene mientras se masturbaba, hacía estallar en él un orgasmo indefinido, irreal, tan feroz como la creación misma del universo.
Por supuesto que tuvo serias dificultades para ocultar a sus padres su inclinación sexual. Llegaron a pesar que Higinio, ese era su nombre, era homosexual, por aquello de que jamás le conocieron novia que no fuese inventada. Poco a poco, aprendió a balancear su escasa vida social con su perversa faceta sexual, y sus compañeros de escuela, y más tarde los del trabajo, comprendieron, al no encontrar otra explicación coherente, que Higinio era lo que se llamaba un asexual, pues sus amigos varones lo invitaban a prostíbulos y tables-dances, y aunque iba de vez en cuando, sólo para no levantar sospechas, se mantenía reservado, distraído, hasta parecía aburrido, y lo mismo pasaba cuando sus dos o tres amigas, pensando que no tenía el valor suficiente para salir del clóset, como dicen, lo llevaron a un antro gay, con strippers y cuartos oscuros. En un par de meses se daban por vencidos, y para consolarse, suponían que Higinio tendría un desorden hormonal, o genético, o psicológico, que lo hacía invulnerable a la influencia y el deseo del sexo.
Él no se consideraba como los demás zoófilos. Le parecía asqueroso introducir su miembro en cualquier tipo de cavidad que se prestase para ello, odiaba a los mamíferos, siempre llenos de pelo y salivando sin descanso o haciendo ruidos insoportables. Higinio, en cambio, disfrutaba de la sutileza, la gracia, la viscosidad. Había probado con gusanos, arañas y termitas, pero nada tenía comparación con las moscas.
Un día vio en televisión un sujeto que, para romper un absurdo récord, se cubría el cuerpo con alacranes. Aunque los alacranes le asustaban un poco por el veneno mortal, la idea le pareció demasiado excitante, y decidió hacer lo mismo, pero no para romper ningún récord mundial, sino uno personal, el del mayor orgasmo de su vida.
Se desnudó por completo, se paró en medio de la cocina y alzó la cubeta sobre su cabeza. Ya algunas moscas, atraídas por la basura acumulada y la podredumbre circundante, se habían posado, curiosas, en su cuerpo. Volteó la cubeta y dejó caer sobre sí, poco a poco, las vísceras, los sesos y la sangre, hasta que se cubrió por completo y se tendió de prisa en el suelo. De inmediato las moscas volaron hacia él, y como una segunda piel, transformaron su cuerpo en una masa negra, asquerosa y zumbante. Minutos después, Higinio perdió el conocimiento, víctima de un placer profundo y descomunal, pero las moscas, enloquecidas, salvajes, carcomieron la basura que cubría el cuerpo, y luego, cuando terminaron, pasaron a la piel viva, hasta atravesarla, y empezaron con la carne, entraron por sus oídos, por la nariz, por el ano, y se dieron el banquete de su efímera existencia, mientras Higinio, ya en el umbral de la muerte, volvía al mundo conciente por un breve lapso sólo para sonreír, satisfecho por al fin sentir moscas dentro de su cuerpo.

(FIN)

21/2/05

episodio zoofílico

Desde muy niño tuve el talento de hacerme invisible. Por alguna razón, las personas no sentían mi presencia detrás de ellos, o mi mirada acechándolos, o mis oídos atentos a sus palabras secretas. Conservé esta habilidad hasta siempre, y así pude ver a mi esposa la noche del cuarto cumpleaños de nuestro hijo refugiada en nuestra recámara, llorando frente al espejo del tocador mientras contemplaba su gruesa figura. Fido reposaba complacido entre sus piernas, con su aspecto feroz de pastor alemán que escondía el temperamente de un cachorro de labrador, incapaz de dañar a una mosca el muy cabrón, y Norma no le prestaba atención, sucedo en verdad inaudito. No me atrevía a interrumpir su meditación íntima ni cuando me percaté de que sus manos curiosas comenzaban a revolver el contenido de mis cajones, ni siquiera cuando encontró lo que yo con tanto esfuerzo había escondido. Sorprendida, dejó el arma donde estaba y cerró el cajón, y fue a sentarse en la cama para hablarle al perro, como tenía por estúpida costumbre. Tuve que sacarla de su mundo de fantasía, mi hijo tenía un pastel que partir. Me miró como si viera a un criminal, y yo traté de conservar mi naturalidad.

-¿Te molestó lo que dijo tu hermana?
-Sabes que su comentario estaba fuera de lugar. Fido es un buen perrito...
-Tenemos que bajar.

¡Al carajo con el perro de mierda! Ya me tenía harto su obsesión por aquel animal, al que cuidaba más que al hijo, gastando miles de pesos en comida, en estética, en medicinas y en chingadera y media que yo y nadie más que yo pagaba. El perro más parecía el jefe de la casa que yo, y aquel que diga que exagero, no opinará lo mismo al enterarse de mi repugnante descubrimiento. Días después de la piñata de mi hijo, salí temprano del trabajo, y a diferencia de otras ocasiones me fui directo a casa, entré en silencio para sorprender a Norma y que llego y la encuentro desnuda, a gatas y con el pinche perro puto de mierda encima, babeándole la espalda, y la mujer fascinada ladrando... ¡ladrando de placer! El asco y la repulsión que aquella escena me provocó me hicieron salir de la casa y largarme de borrachoa cogerme una puta, y no volví a la casa hasta la mañana siguiente, y para colmo, la imbécil de Norma me recibió indignada, con el perro chupándole las patas hediondas.

Sólo estaba esperando una excusa, una sola, para chingarme al pendejo del Fido. Pero había algo mal con Norma, ya no buscaba razones para discutir conmigo ni me comparaba con el perro. No me quedó otra alternativa, tuve que provocar una pelea, echándole en cara por quincuagésima vez que atendía mejor al Fido que a mí, por desgracia, la furia que conseguí expulsar fue suficiente para que el episodio zoofílico entre mi mujer y el pinche perro se me escapara del subconsciente. Norma pareció indignarse, dándose las ínfulas de mujer decente, incapaz de una atrocidad así.

-No me digas que no es cierto ¡porque te ví dejándote coger por el pinche perro de mierda!

Norma se quedó en silencio, eligiendo entre aceptar o no la verdad.

-No me dejaste otra. Al menos Fido hace algo por complacerme...

Aquello fue la mierda de las mierdas, le solté un chingazo en el hocico que todavía le ha de doler, y saqué el revolver del cajón, le quité el seguro y bajé al patio. El perro, al verme, me gruñió el hijo de su chingada madre, y le volé la cabeza en mil pedazos, y sus sesos se desparramaron por los suelos. Norma gritó desde la ventana como si le hubieran matado al marido o al hijo.

-¡Voy a llamar a la policía, loco psicótico!
-Tú que llamas a la policía y yo que difundo una foto tuya cogiendo con el perro, pinche pervertida.

La tuve amenazada un buen rato con esa foto inexistente, hasta que al pendejo de mí se me ocurrió mandarle una sentencia por escrito cuando me corrió de la casa a patadas, y con esa evidencia me encerraron por chantaje emocional, pero no estoy dispuesto a volver a la cárcel hasta que me condenen por asesinar a una coge-perros.

(FIN)