Mostrando las entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

16/4/14

La oveja negra | Augusto Monterroso



En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.

Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

30/5/10

Morir en su cama [parte dos]


[Imagen de Flickr: "Forbidden Love", Gabriel Radic]

De la ventana ni se dieron cuenta, todo pasó tan rápido, que sólo alcanzaron a reaccionar cuando la televisión voló por los aires en mil pedazos con un estruendo imposible partiendo la tranquilidad de la cena familiar. Entre gritos, llantos y balas, los tres hijos de la familia se echaron al suelo, cubiertos por el frondoso cuerpo de la madre, mientras el padre se metía debajo de la mesa, que era lo que le quedaba más cerca. Después explotó un florero, cayeron los cuadros de las paredes, las lámparas, las balas perforaron los sillones, las paredes, incluso el techo. Pareció un momento eterno, que se alargó cuando se detuvieron los proyectiles, y entonces Julio, temblando, levantó la cabeza y miró hacia la puerta, pensando que en cualquier momento entraría un sicario y le volaría los sesos sin compasión, frente a su familia. Pero no. El sicario, uno de los más fieles a Laureano Cañedo, tenía órdenes de espantar a este mequetrefe, pero no de matar a nadie, aunque ganas no le faltaban de arrancarle los huevos a ese hijo de puta.

No se imaginó Julio la escena que se desarrolló unas horas antes en la casa de Griselda, cuando llegó el marido, gritando, enfurecido, que dónde estaba ese cabrón, que lo iba a matar, que saliera, cobarde, maricón, no que muy machito, pendejo. La mujer, en bata de dormir, salió de su recámara, furiosa, por un lado, y por el otro aliviada de haber confiado en su intuición, a pesar de las ganas que tenía de dejar al muchacho desnudo en su cama, todo el día, todo el mes, toda la vida. Qué, qué quieres que haga, le dijo Griselda, también gritando, si me tienes aquí encerrada todo el día, no me dejas salir a ningún lado, no me llevas a ningún lado, no te veo en todo el día, nada más quieres tenerme aquí, como un trofeo, como un trofeo. Los guaruras no sabían que hacer, sostenían sus armas sobre el pecho, incómodos, esperando órdenes, y ante una seña de Laureano, todos se retiraron del pasillo, mientras el esposo, conmovido, se acercaba a la mujer, con los brazos extendidos, No llores, viejita, no llores. Lo que le hizo volver la sangre hasta las orejas, fue escucharla decir, No le hagas nada, pero con todo, respondió, No, te lo prometo, tratando de controlar su ira desbordante. Después de hacer el amor fugazmente, violentamente, desesperadamente, y al quedar Griselda dormida como un ángel en la cama, Laureano se fajó los pantalones, le llamó a su sicario más fiel, y lo mando a la casa de Julio para darle una calentadita, pero con órdenes estrictas de no matar a nadie.

Su familia se fue a casa de una prima y mandaron a Julio a un hotel, en las afueras de la ciudad. Su madre fue a comprarle un boleto de autobús para mandarlo a la capital, no podía quedarse aquí, menos ahora, cómo había llegado hasta este punto, si se suponía que sólo debía cogérsela una vez y dejarla, con todo el dinero que le pudiera sacar. Pero la ambición del muchacho, la inmadurez, lo habían hecho volver a la casa un día, y el siguiente, y el siguiente, y casi todos, y la madre lo había permitido, volvía con miles de pesos, en una semana habían juntado más dinero de lo que ella podía ganar en diez años, y ahora no podía con el remordimiento de conciencia, Nada más falta que me lo maten, lloraba en los brazos de su marido, inocente de todo lo que estaba pasando, insistiendo en ir a la policía, el muy ingenuo. Julio, en el hotel, no podía dormir. Cada luz que reflejaba en la ventana, cada puerta de coche que se abría en el estacionamiento, pensaba que hasta ahí había llegado, que era el final. El sonido del teléfono móvil lo hizo sobresaltarse, sintió que el ruido lo delataría, que el sicario estaría paseándose por el pasillo, Ajá, ya te tengo. Contestó sin pensar. Hola, Hola Julito, cómo estás, era ella, Bien, y tú, Extrañándote, y un pequeño silencio, no sabía qué hacer, qué decir, Oye, mi marido no viene a dormir esta noche, por qué no me haces compañía, No sé, Griselda, es que, Es que qué, no quieres, No, sí quiero, Entonces, Nada, voy para allá, Bueno Julito, aquí te espero, apúrate, Sí. Colgó el teléfono, se puso la chamarra y salió del hotel. Morir aquí, o morir en su cama, da lo mismo.

[FIN]

-------------------------

[Primera parte]

Morir en su cama [parte uno]


[Imagen de Flickr ("No quiero ser tu amigo, sólo tu amante"): broma]

Parece estar en la naturaleza misma de los teléfonos móviles sonar en los momentos más inoportunos, cuando de verdad queremos que nadie nos moleste, o estamos en una situación donde el silencio es requisito, pudo haber estado todo el santo día sin recibir una llamada, y justo entonces suena, por ejemplo, durante el orgasmo. Aunque, para ser sinceros, el móvil de Griselda nunca se está quieto, esta vez se le ha olvidado activar el vibrador, y yace ahí, en la mesa de noche, haciendo un tremendo escándalo y restándole al momento la pasión que merece, este buen mozo, atlético, moreno, joven, meciéndose y gruñendo, sosteniendo en alto las piernas de su amante, Espera, Julio, espera, tengo que contestar, Déjalo, implora el muchacho, con una cara de pervertido que no puede con ella, Que esperes carajo, es mi marido, fórmula más que eficiente para detener sus ímpetus adolescentes, un poco de miedo, al misterio, al engaño, a lo inmoral, o a la muerte. Bueno, cariño, no, estaba en la ducha, sí, no me he olvidado, comeré con Monchita, en el sanborns, sí, amorcito, te amo, no, cómo crees, ya vas a empezar, deja eso, en serio gordo, deja eso, ya te dije que no, por qué siempre sales con lo mismo, de verdad que contigo no se puede, vete a la mierda.

Julio ha perdido la erección, era de esperarse. Mejor te vas, Julito, estoy segura que mi marido ya viene para acá, ya me tienen harta sus celos. Le da ternura ver cómo el muchacho empieza a sudar frío, despide un olor diferente, ya no es el calor ardiente del sexo frenético, sino el ácido aroma del pánico, pobrecillo, pero él sabía lo que le esperaba, conocía las reglas del juego desde que se encontraron en la fiesta, y ella se le acercó, le propuso ser amantes, así, al grano, para qué perder el tiempo con la seducción y demás cursilerías si todo se arregla con dinero, desde cogerse a una desconocida, hasta cogerse a una mujer 40 años más grande, o las dos cosas, y Julio, pobre, tan poco listo, tan insensato, nunca pudo medir las consecuencias de aquella turbia relación, no nos refiramos a las morales, que son las de menos, sino a las vitales, a las armas de fuego, a los celos de macho del marido, que podían ser mortales, más con tantos sicarios siempre dispuestos a complacerlo. Había tenido suerte con este, los últimos tres amantes de Griselda habían terminado tirados en el monte, descuartizados o usados para dejarles “mensajes” a la policía en menos de un mes, pero Laureano no podía matarle a todos, un día se iba a dar cuenta que, ya que no podía cumplir sus deberes como hombre, era su obligación costearle los amantes para mantener contenta a su mujer. Y que no se hiciera el loco, como si él no tuviera centenares de mujeres, quién sabe cuántos hijos regados por todo el país, con esas viejas putonas, interesadas, que sacaba de los bares, hijo de su madre, es lo menos que se merece, ojo por ojo.

Con ropa parece un fracasado enclenque y ridículo, nadie sospecharía que es una bestia en la cama, a pesar de eso, Griselda disfruta tenerlo ahí, parado, temblando y esperando, atento a los sonidos de la calle, imaginando que en cualquier momento llega el marido y bang, una bala en la frente. Lo disfruta, tener a los hombres en sus manos, a sus más de sesenta años, lo que puede hacer el dinero, con los jóvenes, y el “honor” con los viejos, que maravilla esto de ser mujer. Pásame la bolsa, le dice Griselda, el joven obedece, No te vas a poner la ropa, No, Y si te encuentra tu marido así, Qué tiene, decía ella, despreocupada, mientras sacaba un fajo de billetes, lo partía en dos y le daba la mitad a Julio, Como no acabamos, me quedo con la mitad para la próxima, se le ve a Julio la contrariedad en la cara, pero qué puede hacer él, la mujer lleva las riendas aquí, si dice algo, le quita todo, o peor, lo acusa con el marido, ella es la jefa. Bueno, ya me voy. Griselda toma el celular y marca, Olga ven por favor por el técnico, ya terminó. A los pocos segundos, una muchacha de rasgos indígenas con uniforme rosa y delantal blanco aparece en la puerta, con cara de El técnico, claro. Adiós Griselda, Adiós Julito, hasta mañana. No deja de maravillarse Julio al atravesar los pasillos amplios de la mansión, con esculturas bañadas de oro y cuadros finos en las paredes, tapetes caros, jarrones lujosos, todo es ostentoso y magnífico en esta casa, y guardias por todos lados, inmóviles como las estatuas, sosteniendo los cuernos de chivo, clavándole los ojos, sospechando, tarde o temprano lo descubrirán, y será el fin, mientras a disfrutar, a fin de cuentas, la vida es corta, siempre lo ha sido. A la salida, unos hombres lo revisan, miran el interior de la mochila, algunos discos, pinzas, cables, cosas que todo reparador de computadoras traería entre sus cosas, pero a quién quiere engañar este tipo, está sentenciado desde el primer día que vino a esta casa.

[CONTINÚA]

------------------

[Parte dos]

24/4/10

Pedro el apóstol [Segunda parte]


[Uno de esos es Pedro. Según]

Aprovechó unos matorrales altos y espinosos a las afueras de la ciudad para esconderse mientras transcurría el tercer día. Quizá si rezaba y demostraba su fe redimida, el cuerpo del maestro cobraría vida, tal y como había dicho. Pasó las largas horas de aquel lúgubre día entre vómitos por la peste y azotándose con una rama de espinas, mientras repetía todas las oraciones y plegarias que Jesús les había enseñado, sin resultados. Lo único que llamaba eran las moscas y los buitres que, esperanzados ante un posible doble banquete, hacían círculos sobre la cabeza de Pedro. Lloró, gritó, imploró, pero nada funcionó. Llegada la noche, Pedro cazó unas lagartijas y se las comió crudas, junto con un par de frutos silvestres. Al siguiente día repitió lo mismo, y al siguiente también, hasta que se convenció que el maestro no cumpliría su palabra. Es culpa mía, lloraba desconsolado.

Cubrió el cadáver con ramas y hojas secas, y cuando se alejaba, vio cómo los buitres se daban el festín de su vida. Anduvo por los caminos, asaltando viajeros y escondiéndose, durante casi una semana, hasta que escuchó, en un pueblo vecino, la noticia que estaba en boca de todos: que el nazareno que decía ser hijo de dios había resucitado, que se le había aparecido a su madre y que andaba todavía por ahí, curando lisiados y predicando el amor, como en los viejos tiempos. Al llegar tales nuevas a los oídos de Pedro, no pudo hacer otra cosa que robar un par de ropas limpias e ir en busca de María.

La mujer, aunque madura, todavía no podríamos decir que era una anciana, pero ya los estragos de la edad empezaban a hacerle mella. Se estaba quedando con su hijo mayor en una posada a las afueras de Jerusalén, no fue difícil dar con ella. El hijo, al principio, no dejó que Pedro estuviera a solas con María, pero cuando Pedro se quitó la capucha y enseñó el rostro, cambió de parecer al reconocerlo. Ya en la recámara, Pedro preguntó, Es verdad que has visto al maestro, y María de Nazaret respondió, Sí, otras mujeres y yo fuimos a su tumba, hace unos días, y nos habló, me habló. Dónde lo viste, cómo te habló, le preguntó Pedro, impaciente, y la mujer respondió, Lo sentí en mi corazón, estaba vivo Simón Pedro, vivo, tal como lo prometió. Pedro no tardó en reconocer el brillo de la locura en los ojos de la mujer, y después de decepcionarse, pensó que podía sacar algo de provecho. Asomado a la ventana, miraba la calle polvorienta y la gente viviendo sus vidas, como si el drama de días pasados fuese un cuento lejano y olvidado, como si su propio tormento no le interesara ni al creador de todas las cosas, cuando María lo abrazó por detrás, Eres tú, hijo mío, eres tú, estás vivo, mientras lloraba de alegría. Pedro tuvo que abofetearla para que lo soltara, Qué ha pasado, preguntó María, y Pedro, benévolo, le respondió, El maestro estuvo aquí, mientras la tranquilizaba.

Tuvieron que huir de la ciudad ante las amenazas de los fariseos. Pero se reunieron con los otros apóstoles en pueblos vecinos, y Pedro contaba cómo se le había aparecido Jesús mientras andaba vagando en el descampado, y luego como lo había vuelto a ver en el cuarto donde se quedaba María, mientras la mujer corroboraba la información añadiendo que les había mostrado, además, las heridas de los pies y las manos, y que olían a perfume de rosas. Algunos de los discípulos también percibieron el destello de sin razón en la mirada de María, pero comprendieron lo que tenían que hacer. Era su deber divino, como discípulos elegidos por el hijo de dios, convertir en verdad la promesa que les había hecho antes de morir. Costara lo que costara, enfrentándose a la persecución y a la muerte. En eso, se convencieron, consistía la verdadera fe: en ser martirizados, justo como su maestro, y ascender a las alturas, como después juraron, habían visto hacerlo a Jesús, todavía presumiendo sus heridas. Nunca le preguntaron a Pedro lo que realmente había pasado con el cuerpo, y él, a la hora de la muerte, ya no lo recordaba. En sus últimas horas, sólo alcanzaba a repetir, Lo vi subir al cielo, lo vi subir, yo lo vi.

[FIN]

---------------------
[Primera parte]

4/4/10

Pedro el apóstol [Primera parte]


[Jesús y el ángel durante el desfile del jueves en la pasión según los iztapalapenses]

1.

Una mujer se abrió paso entre la multitud, gritando, empujando, vuelta loca, con manchas de mugre en la cara por las lágrimas y el sudor, preguntando por Pedro. Simón Pedro, el discípulo del nazareno, especificaba, cuando la gente alrededor, alborotada en la calle, le preguntaba, Qué Pedro. Al fin lo encontró, oculto en la oscuridad de una esquina. Su escándalo había puesto todas las miradas de la calle en ella. Pedro, le dijo, Pedro, aquí estás, vamos, rápido, han apresado a Jesús. Pedro miró alrededor. La gente los observaba, atentos. Un hombre que, hace apenas un instante, había puesto en duda su identidad, le clavó los ojos y sonrió, Con que sí, eh, mentiroso, te han expuesto. Abrumado por aquello, Pedro no tuvo más remedio que contestar, Yo no soy Pedro. La mujer se quedó totalmente pasmada, De qué hablas, no es tiempo de bromas, nuestro maestro está preso y, un empujón, zas, hasta el suelo, la mujer no lo vio venir, Déjame en paz, no conozco a ese hombre. Ante las expresiones de asombro de la gente, qué hacía tanta gente aquí en la madrugada, nada más que alimentar el morbo de ver al que había entrado, días atrás, triunfante en la ciudad, ahora preso, como un vil delincuente, y sus discípulos perseguidos, añadámosle a este espectáculo la cobardía de quienes han quedado expuestos, y que al mismo tiempo tampoco tienen el valor para huir, como esta rata que ahora se aleja, no conforme con negar a su líder, encima ataca a una inocente mujer en la vía pública, Es una prostituta, lo tiene bien merecido, apoyaban algunos, pero los murmullos fueron acallados en un santiamén por el canto sobrenatural de un gallo, que retumbó por todas las calles y en todos los oídos, luego otro, y otro, y entonces la gente pensó que todos los gallos de la ciudad habían empezado a cantar al mismo tiempo, un canto desesperado y acusador, algo así como No juegues conmigo, Pedro, que soy el hijo de dios.

Hasta entonces, Pedro decidió huir al descampado. Desde lejos vio cómo conducían a su maestro hasta el Gólgota, cómo los romanos lo clavaban en la cruz y le encajaban una lanza, cómo la madre, hecha pedazos, lloraba sobre el cuerpo inerte y bañado de sangre. No hizo nada porque, había dicho Jesús, esto tenía que pasar, y para demostrarle a los simples mortales que en verdad era el hijo de dios y no otro lunático hablador cualquiera, resucitaría al tercer día. Luego de que vio cómo le clavaban la lanza, atravesándole el pecho, Pedro dudó que su maestro fuese capaz de traer de nuevo a la vida su propio cuerpo vuelto una piltrafa. Pero esperó. Siguió a las tropas que llevaron el cuerpo a la tumba que les habían conseguido, y luego vio a los guardias que custodiaban la entrada, al acecho de los discípulos prófugos, pues era por todos sabido que tarde o temprano intentarían venir a la tumba del amado maestro.

Pedro dormía a la intemperie, presa del hambre y el remordimiento, se atormentaba pensando que la única razón por la que su maestro no resucitaría sería su falta de fe. Haberlo negado, haberle dado así la espalda, haberle traicionado peor que Judas Iscariote, era imperdonable. Lo único que podía hacer era resucitarlo con sus propias manos. En la madrugada del tercer día, tomó por sorpresa a uno de los guardias que orinaba alejado de sus compañeros, entre las piedras, le arrebató su espada y lo degolló, inyectado de valor por su tormento mental. Se puso el casco y la capa del romano y, así disfrazado, pudo acercarse al resto de los guardias con sigilo y aniquilarlos de uno por uno, en silencio. Luego movió la piedra que cubría la tumba de Jesús, algo ciertamente más difícil que sacarle las tripas a los romanos. Tomó una antorcha y entró a la tumba. Aguantó la respiración para no desmayarse por el fétido olor, y luego, sacando fuerzas divinas, seguramente provistas por su señor, cargó el cadáver, rígido, en su espalda, y lo sacó de ahí. Cuando las mujeres vinieron, al amanecer, y vieron la tumba vacía y los cuerpos de los guardias regados por todos lados, salieron gritando excitadas, Ha cumplido su palabra, el maestro ha resucitado.

[Continúa]

-----------------

[Segunda parte]

22/3/10

Bala perdida


[El bloque de búsqueda del coronel Martínez celebra sobre el cuerpo de Pablo Escobar el 2 de diciembre de 1993. Fotografía del agente de la DEA Steve Murphy - Vista en el Flickr de andy z, quien la vio en Rotten.com]

Esta mañana, Barbara despertó y dijo, Basta ya de lamentarme. Se ha puesto un pantalón blanco y una blusa negra, ha tomado una ducha de agua fría y, mirándose la barriga hinchada, temiendo reventar, al sentir la patadita de la nena se le ha llenado la cara de dicha. Tuvo que sentarse en el piso del baño a llorar otra vez, pero ya no de culpa y de terror, por haber sido tan irresponsable, dejar la escuela a menos de un año de titularse, ver en la cara de sus padres la decepción y el desprecio, recordar las palabras de Fausto, No estoy listo, y nunca más saber de él. Esta mañana, Barbara se ha levantado convencida de que todo irá bien, por eso llora, por no haber disfrutado los últimos ocho meses, en vez de acudir al ginecólogo y querer preguntarle si conoce una clínica de abortos, sin atreverse nunca, pudo haber mirado los ultrasonidos y sentirse emocionada de formar en su interior una nueva vida, que es lo mismo que una nueva oportunidad, para ella y para alguien más.

Quizá es muy tarde para avisar a sus amigas que siempre sí habrá baby shower. No esperará que nadie venga, con un cambio de actitud así, cualquier se sorprendería. Ha decidido gastarse el cheque por incapacidad que le dieron en el trabajo en ropa para su hija. Toma un taxi sin mucha dificultad, es lo bueno de estar embarazada, el mundo se vuelve más amable, más cariñoso, cualquier hijo de vecino que la ve en la parada del camión le ofrece un lugar para esperar en la sombra, un trago de agua, le acaricia el vientre suspirando, le cede el taxi que viene. Lástima haber valorado todo esto hasta ahora, pero no importa, nunca es tarde para empezar, menos para ella. El taxista sólo la baja unas cuantas cuadras, con este calor está imposible caminar, y para su sorpresa, cuando le pregunta cuánto es, el conductor del vehículo le dice que Nada, así está bien, señora, y le mira, sonriente, el bulto debajo de la blusa. Barbara le agradece y sale del taxi lo más rápido que puede, entra en la tienda y se refugia del infierno del exterior en el aire acondicionado del local de ropa para bebés.

La encargada se le acerca maravillada, Ay mira que enorme pansa, felicidades, y le da un abrazo. El mundo percibe su cambio de actitud de Barbara, ya no lleva el ceño fruncido o la cara sombría, ahora irradia esperanza y calma, como toda futura madre entusiasta, y la gente no tiene miedo de acercarse y llenarla de mimos. Qué va a ser, niño o niña, le pregunta la encargada, y Barbara responde, Nena, mientras se deja dirigir a la parte rosa del local, justo frente al aparador que da a la calle. Le enseña un vestidito, dos, tres, Barbara quiere comprarlo todo, se muere por ver a su nena en cada trajecito rosa, amarillo, con osos o con conejos, con flores o con abejas. Ríe, siente ganas de llorar otra vez, lo que no daría por que su madre estuviera aquí con ella, quién necesita a Fausto, ese cabrón.

El cristal del aparador estalla en mil pedazos y lo primero que Barbara escucha son las llantas de las camionetas, enormes y negras, patinando tratando de escapar de sus atacantes, otras camionetas, blancas y rojas, que van detrás a toda velocidad, tirando balas. Muy atrás, las sirenas de la policía. Luego sintió las pequeñas heridas en la cara, de los pedazos de vidrio que habían volado por todas partes. La encarga de la tienda, horrorizada, gritaba, Auxilio, auxilio, una ambulancia, mientras salía corriendo a la calle, parecía ilesa. Por último, una fuerte punzada en el abdomen. Súbitamente baja la vista, su blusa negra está húmeda, más negra todavía, y su pantalón blanco está lleno de sangre. No, iba a empezar a lamentarse, se lleva una mano al vientre, No por favor, murmura, no siente dolor, sólo puede pensar en la nena, Mi nena, exhala por última vez, y cae para siempre, sujetándose la barriga, pensando, ingenuamente, no lastimar a la niña al caer al piso.

[FIN]

---------------------

[Inspirado por "En el paralelo 23º", de Freddy]

---------------------

Más información:

7/3/10

Dios te salve [parte dos]


[Fuente original de la imagen]

2.

Esto de los celulares es una verdadera maravilla. Le permiten mirar, una y otra vez, como si el tiempo no fuera más que una broma de mal gusto, al nuevo recluta en la ducha, en la cama, paseándose por la habitación del hotel desnudo, asomándose al balcón, susurrándole suciedades, con esos ojos grandes y esos labios rojos, tan joven, tan inocente, tan incrédulo. Está en juego la salvación de tu alma, le decía, purifícate, mientras le dirigía la mano a su entrepierna. Se estaba poniendo duro, cosa que, a su edad, ya le costaba más trabajo, pero este jovencito no necesitaba tal esfuerzo, cuando abrieron la puerta del despacho de golpe, el padre Tomás sabe que no debe hacer eso, pero, o le importa un bledo, o es excesivamente torpe, o las dos cosas. Disculpe mi insensatez, monseñor, le dice, nervioso, sin saber dónde poner los ojos, Qué quieres, Tomás, habla, El... el... el muchacho... está aquí...

Bendito sea, murmuró Ramón, que en esta sacrosanta institución, y más bien en el mundo entero excepto en casa de la madre de sus hijos, era mejor conocido por su verdadero nombre seguido del tratamiento, padre Miguel, Hazlo pasar, qué esperas. El padre Tomás sale corriendo del despacho, se persigna y reza luego de cerrar la puerta, sabe, en el fondo de su corazón, que arderá por siempre jamás en el fuego del infierno, qué saca él de esto, qué gana, si ya ni siquiera se lo cogen, ahora que ha envejecido, llegar a los 26 no le ha sentado nada bien. Adopta una postura totalmente distinta mientras baja por las escaleras de caracol hacía el patio de la iglesia, de una solemnidad autoritaria, juntas las manos, sereno el semblante, llama con un grito al muchacho y le hace una señal para que se acerque, hará bien irlo preparando para lo que le espera, le pone una mano en la cabeza, realmente es hermoso, sólo 15 años, alto, moreno, robusto, ojos brillantes, abundante cabellera, es perfecto, la bondad pura, Hijo mío, le dice, el padre Miguel va a recibirte, has tenido mucha, mucha suerte, te has ganado el cielo, le dice, mientras suben las escaleras, el padre Tomás, como si fuese la cosa más natural del mundo, lo lleva tomado de las nalgas, mientras el pobre muchacho tiembla de miedo.

El padre Miguel no puede esconder la emoción cuando lo mira en el umbral del despacho, ahí, de pie, vestido con unos harapos, limpios, pero siguen harapos, el pelo alborotado, la piel lampiña, es un ángel del señor, no hay duda. Pasa, hijo, pasa, le dice, y el muchacho da unos pasos inseguros, Te han dado de comer, Sí señor, responde, agachando la cabeza, Y qué tal, Muy rico señor, le han dicho que así debe dirigirse a este hombre, que es un santo, con respeto y sin cuestionarlo, así le hubiesen dado de comer mierda, que entre eso y lo que le espera, no hay gran diferencia. Tienes miedo, le pregunta el padre Miguel, No señor, responde el muchacho, pero la voz lo delata, las manos sudorosas, las rodillas a punto de venirse abajo con todo y cuerpo, Padre nuestro, que estás en el cielo, empieza a rezar el muchacho en su cabeza, pero no le alcanza el tiempo, el padre Tomás ha salido del despacho ante un gesto del padre Miguel, y ha cerrado la puerta, con órdenes de no molestar. Bueno, criatura, le dice el padre, qué esperas, quítate la ropa.

3.

Dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre jesús, dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre jesús, dios te salve maría... El padre Miguel reza frente un altar improvisado en la mesita de noche de la habitación del hotel, donde ha adoptado la identidad de su alter ego, el doctor Ramón González. Ha sido un día duro, sobre todo para Omarcito, que se lo ha tenido que pasar encerrado hasta hace dos horas, cuando por fin llegó su padre para llevarlo a dar un paseo. Cenaron hamburguesas, que no son muy diferentes a las de México, Para eso he venido, se lamentaba el niño, en su cabeza, por su puesto, su madre no ha parado de decirle que sea agradecido y amable, pues su papá lo único que quiere es su bien, Julio tenía razón, no hubiera venido, piensa, mientras se da un baño de burbujas en el jacuzzi y juega con un barco en miniatura que trajo con sus juguetes.

Y bendito es el fruto de tu vientre jesús, recita Ramón, ha terminado el rosario, ahora puede ponerse de pie, apagar las velas, y prepararse, que para eso ha venido. Siente que va a eyacular de sólo pensarlo, pero se contiene, respira, no puede arruinar el momento, siete largos años, desde que lo tomó en sus brazos el día que nació, salido de esa sucia cavidad femenina, fantaseó con este día. A Julio lo había tomado de 9 años, hace ya dos, y no había sido sencillo, pero Omarcito era dócil, y frágil, sus tiernos siete añitos no representarían mucha resistencia. Respiró una vez más, Alabado sea el señor, pensó, y se metió en el baño, ya sin ropa.

[FIN]

-------------------------------------
[Primera parte]
-------------------------------------

Más información:

5/3/10

Dios te salve [parte uno]


[Miguel Ángel. La Sagrada Familia con el infante San Juan Bautista. c. 1503-05/ Fuente original]

1.

Antes de la cena, oraban, y se comía rápido y en silencio. Su marido siempre había sido un hombre muy religioso, desde que lo conoció en un parque, casi una década atrás. Sus canas plateadas y finas, sus facciones amables y serias, sus ademanes elegantes, su inteligencia abrumadora: características suficientes para cautivar a una muchacha de 18 años y convencerla de formar una familia sui generis, con 35 años de diferencia. Casémonos, le decía ella al principio, pero él no cambiaba de opinión, Para qué, si dios sabe que nos amamos. Hace mucho que dejó de insistir. Ramón, ay Ramón, a pesar de sus ausencias prolongadas, del relativo abandono en que los tenía, a ella y a los hijos, de los secretos y las mentiras, ella no podía olvidar que lo amaba, como se ama el aire o el agua, que sabemos que, sin ellos, no podríamos vivir.

Los niños se ponían contentos cuando su padre llegaba de sus viajes. Pasaba cuatro, cinco días, una semana a lo mucho, llevándolos de paseo, comprándoles regalos, mimándolos hasta el cansancio, y los niños no podían estar más agradecidos y felices. Sólo Julio, el mayor, que al ir creciendo se había vuelto más callado, más nervioso, pero los juguetes y dulces de su padre no tardaban en devolverle la sonrisa al rostro. Así son los niños.

Tengo un anuncio que hacer, dijo Ramón, después de persignarse, cuando todos habían terminado la cena. Voy a Europa, de negocios, y me llevo a Omarcito. El niño sintió que volaba, a sus tiernos siete años, no sabía dónde era Europa, pero le encantaban los viajes. La madre se entusiasmó, el padre los abrazó, pero a Julio le sudaron las manos y se le encogió el estómago. Él todavía recordaba el viaje al que había ido con su padre, a Colombia. Cómo olvidarlo.

Ya en su habitación, a punto de dormir, Omarcito planeaba qué juguetes se llevaría al viaje, su oso de peluche no podía faltar, el carro de carreras, el videojuego. Julio, irritado, le ordenó que se callara, que se metiera de una vez a la cama. Su hermano obedeció. Se quedaron los dos, en silencio, cada uno en su cama, Omarcito arriba, Julio abajo, mirando por la ventana, esperando, cerca de una hora, y entonces Julio dijo, No vayas. Qué, preguntó Omarcito, No vayas al viaje, repitió Julio en un susurro. Por qué, Por favor, te pido que no vayas. Omarcito se quedó muy quieto, callado. Luego se dio la vuelta hacia la pared, Tienes envidia, y se durmió.

(...)

Raras veces hacían el amor, y cuando Laura lograba convencer a Ramón, tenía que aguantar que la penetrara por el ano. No le desagradaba del todo, pero llegaba un punto en que estaba cansada, se le llenaba la cabeza de ideas disparatadas, Por qué le gusta así, pero no decía nada. Él era tan bueno, mejor no pelear, que nunca está aquí y yo haciendo escándalo por nada. Laura se puso boca abajo, metió la cabeza en la almohada y dejó que el marido, le gustaba decirle marido, o esposo, aunque no estuvieran casados y supiera que nunca lo iban a estar, dejó que el marido, decíamos, se sirviera a su antojo. Él volvió a persignarse, susurró Amén, y empezó. Ella gimió un poco, pero no llegó al orgasmo. Ramón sí, Bendito sea, dijo cuando acabó. Luego se tumbó en el colchón y se quedó dormido. Laura se quedó despierta un rato, mirándolo. No sabía cómo se había enamorado así. Luego de un rato, el teléfono móvil de Ramón vibró en el tocador, y estaba a punto de caerse, cuando Laura lo cogió y, sin pensar, contestó. Sí bueno, Padre Miguel, preguntaron del otro lado, No, se equivocó señor, Virgen santísima... perdón, Ramón González, busco a Ramón González. Laura iba a decir que estaba dormido, pero eso hubiera sido una mentira, Ramón ya tenía los ojos abiertos y puestos en Laura, que sólo atinó a decir, Un momento, por favor. Le pasó el teléfono a su esposo, él se lo quitó con violencia, Por qué contestaste, reclamó, se puso de pie y, desnudo, salió de la recámara para tomar la llamada. Laura sólo alcanzó a escuchar un Te he dicho que no llames aquí, mientras Ramón cerraba la puerta tras él.

[CONTINÚA]

--------------------------------------------
[Segunda parte]
--------------------------------------------

Más información:

24/2/10

Sueños y escombros


[Imagen de United Nations Development Programme en flickr.com]

Cuando por fin logra quedarse dormida, Jackie sueña con la oscuridad. Se ve a sí misma, como mirando una pantalla de cine, en medio de un gran espacio vacío, negro, sin ningún lugar a dónde ir. Sólo su cuerpo, como si tuviese luz propia, puede verse entre la nada, pero no es una luz que ilumine: el resplandor no logra atravesar más allá de su piel. En este espacio vacío, no tiene sentido moverse, porque ningún paso lleva a ningún lado, todo es inútil, se ha perdido para siempre, la esperanza, el futuro, aquí no hay días mejores, ni peores, simplemente no hay nada, no hay gente, no hay aire, no hay vida.

No es que haya una gran diferencia entre las ilusiones oníricas de Jackie y la realidad que la recibe, con cara de pocos amigos, cuando despierta sobresaltada y sus sobrinos, unos delincuentes de dieciséis años, le lanzan con rudeza un par de sshh, hay gente aquí intentando descansar. Jackie, empapada de sudor, decide levantarse y estirar las piernas. Por las ventanas cubiertas con cortinas polvorientas apenas se filtra un poco de esa luz de media tarde que todo lo vuelve más melancólico, casi triste. Afuera la vida sigue para aquellos afortunados que tienen empleo. Acá, en las casas de la periferia, hechas de grandes y frágiles ladrillos grises, con varillas saliendo por todos lados, no hay otra manera de engañar el hambre, además de las drogas, que dormir. Pero los dioses del descanso ni siquiera ese gusto le dan a la pobre de Jackie. Atravesando con cuidado el cuarto, para no pisar a los familiares y amigos que se refugian en esta casa, por ser, según dicen, más fresca que otras, llega hasta la cocina y trata de servirse un vaso de agua, pero abre la llave y lo único que sale es el ruido que hace el aire al subir por las tuberías sofocadas. Sigue sin haber agua. Ahora tendrá que volver a cruzar la casa entera para ir con la vecina, y se dispone a ello cuando, sin más, se abre la tierra y les cae la casa encima.

Por un breve instante, Jackie pensó que había sido otro sueño. Que en realidad no había despertado, hasta ahora, envuelta otra vez en un manto de tiniebla absoluta. Pero pronto llegó el dolor. Sintió la cabeza caliente, las piernas destrozadas, y el peso del techo haciendo presión sobre su espalda. Trató de levantarse, pero estaba totalmente inmovilizada por los escombros. Se ha vuelto realidad, piensa, al ver que, como siempre, la realidad es mucho más cruel, mucho más espantosa y terrible que el más siniestro de los sueños. No consigue ver nada, por más que abre los ojos. Sus oídos no logran captar sonido alguno, sólo un zumbido agudo, interminable, como si le hubiera estallado una bomba en la cara. A sus pulmones casi no llega aire, las piedras que la aplastan no le permiten expandir el pecho.

Quiere gritar, pedir auxilio, alguien, quien sea, que me ayude. Si he de morir, que no sea de esta manera, implora Jackie, no se sabe a quién. Pero no cree poder resistir mucho. Ni siquiera le queda claro qué ha pasado. Llama con el pensamiento a Alex, a Piró, a Manuel, a quien sea, que vengan, seguro a ellos no les cayó el techo encima, seguro ellos están a salvo, y no tardarán en sacarme. Qué importa ya. Aunque la sacaran, qué haría después. Ni casa le ha quedado, que era lo único que tenía. Así pues, mejor la resignación. El fin, la extinción de la llama vital, que venga y me tome sin remordimientos, Jackie implora, que se acabe, por favor, que se acabe, le parece que ha sido una eternidad, por qué su cuerpo se resiste a lo inevitable, por qué desear algo imposible.

Un hombre que pasaba por allí levantaba desesperado pedazos de piedra y loza, intentando guiarse por el instinto más que por los gritos, los llantos y los lamentos, que a partir de ahora y por muchos días más, serían todo lo que viajaría por el cielo de Puerto Príncipe. Tiene suerte de haber salido ileso, iba caminando por la calle cuando de pronto la tierra decidió echar abajo todo el vecindario de una sola sacudida. A su alrededor, fuego, caras ensangrentadas, polvo, desesperación. Levanta un gran bloque de ladrillos, con mucho esfuerzo, y debajo ve la cabeza de una mujer. Una pesada loza le aplasta las piernas, y entonces es él quien comienza a gritar, Ayuda, que alguien me ayude, hay una mujer aquí. Otro hombre acude al llamado, entre los dos, después de varios intentos, logran liberar a la mujer.

Jackie no abre los ojos, pero siente cómo su pecho se infla otra vez de aire, cómo el alma le regresa al cuerpo, y con ella, el dolor expandiéndose sin tregua ni compasión por todos sus huesos. Un hombre la lleva en brazos, a algún lugar, a dónde sea, no tiene importancia. Susurra algo, pero el hombre, ese gran héroe, ese salvador desinteresado, no entiende lo que dice. Cálmese, ya está a salvo, le dice, queriendo tranquilizarla. Acerca el oído a los labios de Jackie. Me hubieras dejado ahí, dice ella, mientras unas gruesas lágrimas resbalan, viscosas, abriéndose paso por el polvo del rostro. Me hubieras dejado ahí.

[FIN]

------------------

Haiti Earthquake Aftermath Montage from Khalid Mohtaseb on Vimeo.

18/2/10

Ese hombre que va allí



Ese hombre que va allí tiene un nombre y un apellido, igual que todos aquellos que, en el transcurso del día, han circulado por esta calle tranquila y desierta de las afueras de la Gran Ciudad, con el que podría identificarse, detenerse, por ejemplo, frente a este perro, y decirle, Me llamo fulano de tal, ese es mi nombre, cuál es el tuyo. No lo hace, porque sabe que no serviría de nada. En este lugar, en este tiempo, bajo estas circunstancias, que se han mantenido imperturbables desde que su ser se introdujo en el mundo, y que no cambiarán de aquí a que lo abandone, que no falta mucho, su nombre no vale para un carajo. Igual que su persona.

Ese hombre que va allí tiene una especial debilidad por las sustancias alucinógenas. O al menos, al principio le gustaban. Todavía hace tres días se conformaba con alcohol puro y simple, de ese que venden en las farmacias. Hoy lo extraña, aunque por dentro le quemaba las tripas, no había, nunca hubo, punto de comparación con la gloriosa mariguana, su eterna favorita, de la que ya no podía ni evocar su sabor, o con la elegante cocaína que llegó a probar dos o tres veces, mucho menos con la potente pero incómoda heroína, de cuando eran buenos tiempos en las calles. Hoy, sólo perros y frío. Pero antes, ah que tiempos eran antes. La memoria, sin embargo, ya no le alcanza más que para recordar el futuro inmediato: qué hacer ahora, a dónde ir, cómo encontrar en esta maldita ciudad un pedazo de comida que echarse a la pansa, un lugar donde pasar la noche para no morirse de frío. Hay un coche abandonado aquí cerca, sólo que no recuerda exactamente en qué calle, por estos rumbos, que no son suyos, y lo cierto es que ningunos lo son, y a estas horas, todas las casas parecen iguales, unas al lado de las otras, apretujándose para aliviarse de la helada lluvia que cae como cristales puntiagudos sobre la cabeza del hombre, sobre las calles, sobre los techos, sobre los autos estacionados. La diferencia es que el hombre ya no las siente, y los demás nunca lo hicieron.

Van unos perros, siete u ocho, rodeando a ese hombre que va allí, pero él no es su dueño, sino al revés, y no son ellos quienes siguen al hombre, sino al revés. Gracias a ellos ha logrado sobrevivir, no sólo los últimos tres días, también el resto de sus días en la calle. Cualquiera con la suficiente, no digamos consideración, basta curiosidad, se preguntaría que cómo, que por qué este hombre, que en otros tiempos tuvo un trabajo, ni bueno ni malo, era sólo eso, un trabajo, una familia como cualquier otra, y algunos amigos efímeros, o fugaces, si se prefiere, ahora vaga por los ríos de cemento sin rumbo ni meta, sin esperanzas, como nada más que una sombra que se va apagando con el frío. Pero haría falta, ahora sí, algo más que pura curiosidad para acercarse y preguntarle, Oiga, qué hace usted aquí, pero sobre todo, para obtener una respuesta. Y es que ese hombre que va allí ha decidido no hablar con nadie sobre su pasado, y esa ha sido la única forma de acabar con él. No se dio cuenta que, a pesar de lo que dicen, un hombre sin pasado es un hombre sin futuro, y un hombre que sólo es presente, no es nada.

Ya no falta mucho para que ese hombre que va allí se rinda de una buena vez, se de cuenta de que es una inconsciencia, una verdadera desconsideración hacia los perros, quienes, desesperados, tratan de hallar un refugio que les sirva a todos, sin éxito. Uno encontró un huequito entre las raíces de un raquítico árbol, pero no tuvo corazón para dejar a los otros a la intemperie, desamparados, más al hombre, y decidió correr para alcanzarlos, Qué haría este pobre sin mí, sin nosotros. Aquí las casas son fortalezas inexpugnables, donde la gente protege con todas sus fuerzas y humores las delicadas posesiones que han acumulado, cual despiadados capitalistas ambiciosos, a lo largo de sus años, y si ese hombre que va allí tocara a cualquiera de esas puertas, o a todas, y dijera que por favor, que me dejen quedar aquí, sólo una noche, aunque sea en el patio, a mí y a mis perros, porque si no siento que me voy a morir, no recibiría más que el silencio desde adentro, si alguna luz estaba prendida, se apagaría, si algún sonido indiscreto se escapaba, sería reprimido, al menos hasta que ese viejo vago se vaya, que lo que menos queremos aquí es que nos robe un drogadicto, ya tenemos suficiente con los hijos, los sobrinos o los nietos, en sus versiones masculinas y femeninas, que no se diga que en este barrio no hay equidad de género e igualdad de oportunidades.

Se le ha congelado la garganta. Ya era hora. Esos harapos pestilentes y roídos, podridos de tanta mugre, de tanto sol y de tanta tristeza, nunca cumplieron ni su más mínimo cometido, que es proteger de la intemperie la piel desnuda, callosa y sucia, de ese hombre que va allí. El aire ya no consigue atravesar todo el camino hacia los pulmones, lo cual sólo significa una cosa: el olvido y la soledad, ayudados por el frío abrasador, han cumplido su cometido. Con todo, decide no tirarse en medio de la calle, no vaya a ser que lo atropellen, faltaba más, se arrastra como puede hasta la banqueta, hasta el toldo de un local, casi en la esquina, buscando todavía un refugio, aunque fuese breve, de la lluvia, debajo de un potente farol que alumbra la noche y que, con cierta carga de cruel ironía, y otro tanto de sublime metáfora, cuando el hombre al fin se rinde ante el desfallecimiento y el dolor incontenible e irremediable, decide privarnos para siempre jamás de su luz áspera y sucia, mientras adentro, un muchacho joven susurra en un oído, Al fin se apagó la lámpara, ahora podré dormir tranquilo.

Los perros le lamen la cara. Olfatean inquietos, intentando percibir el cálido y pestilente aliento al que ya se habían acostumbrado, sin éxito. No queda nada, excepto un cuerpo maloliente que se había comenzado a pudrir estando todavía vivo. Y sin ceremonia alguna, sin un lamento de dolor o de incertidumbre, sin un aullido solitario antes del amanecer que haga eco entre los demás caninos que descansan, complacidos, entre colchas confortables o al menos debajo de un techo sólido, se dispersan y se pierden entre los rincones de la oscuridad, uno por aquí, otro por allá, totalmente en silencio, para no llamar la atención, esperando no encontrarse nunca más.

[Fin]

24/12/09

Señora Clós



Lo que hay que saber de los duendes, y sobre todo de los que están en el poder, es que son idénticos a los humanos. A los adultos, porque los niños, según lo que tiene entendido la señora Clós, son otra cosa muy diferente. O si no, para qué su marido se rompe el lomo durante todo el año con negociaciones para patrocinios, donaciones y acuerdos con los malditos duendes, seres egoístas y envidiosos que sólo saben ver por ellos mismos. El líder del sindicato conoce a su marido desde hace una eternidad, por eso sonríe cuando la mira, con malicia, mientras sostiene una copa de vino en la mano derecha. Le dice a la señora Clós, Algo de tomar, querida señora, pero ella no contesta, permanece con los ojos fijos en la ventana, desde donde sólo puede verse nieve y oscuridad, tratando de aguantarse las ganas de arrancarse los ojos con las manos. Contrario a lo que pudiera pensarse, dada su apariencia de dulce viejecita, con gafas redondas y doradas enmarcando su suave rostro, sus cabellos plateados, sus mejillas sonrojadas, y sus vestidos de frescos colores invernales, la señora Clós, cuando se le provoca, puede resultar una verdadera fiera. El líder de los duendes ya tendrá ocasión de comprobarlo, pero por el momento, ni siquiera lo sospecha, está disfrutando su triunfo, la sensación de tener al señor Clós en la palma de la mano, esperando a su mujer afuera de la habitación para consolarla, después de todo, él es el respondable de que todo esto esté pasando, no haber previsto la crisis mundial, ahora en recuperación, pero no para el Polo Norte, ese está jodido desde hace mucho tiempo, ahora ha llegado al extremo. El duende imagina la cara del anciano, calvo y triste, es lo que saca por no tener otro medio de existencia, se levanta de la silla, es alto, fornido, muy bien parecido, podría pasar por uno de esos actores de hollywood que tanto veneran los humanos, pero lo delatan sus orejas puntiagudas.

No, la señora Clós, aunque es dulce y tierna, no le atrae físicamente, porque es una vieja estéril y maloliente. Lo hace sólo para poner a su marido en su lugar, para que no vuelva a llevarse todo el crédito de algo que no ha hecho solo y permanecer con la conciencia tranquila. Él también quiere resaltar, ser adorado por los niños, sentarse en un trineo días antes de navidad a escuchar a los deseos de los niños y sus ilusiones, a tomarse fotografías y hacer publicidad para tiendas, a que las personas decoren sus casas con su figura de fieltro sacada de una revista de manualidades. Guardándose el asco, se acerca a la señora Clós, le rodea los hombros y le acerca la lengua, viscosa, a la oreja. Ella no se mueve, pero aprieta los puños. Sabe que si intenta resistirse, se acabó todo, no más magia, no más regalos, no más esperanza en las caras de los niños, los duendes se irán a huelga, destrozarán la fábrica y desaparecerán, quizá hagan trato con el conejo de pascua, o con los reyes magos, o con alguna televisora internacional, y los abandonen en el olvido y la soledad para siempre, porque sin ellos no son nada. El duende se acerca a su cuello, y la señora Clós no puede contener el impulso de levantarse de un salto, aterrada y llena de náuseas. Se acerca al tocador y se percata del resplandor luminoso de una navaja de afeitar, descansado entre las esencias y los aceites que los duendes usan para verse como humanos. Sin pensarlo dos veces, la toma y cuando ve por el espejo que el duende se acerca por detrás para empezar en serio con su labor de seducción forzada, se da una ágil vuelta y le corta el cuello de tajo. El duende se desangra irremediablemente, cae al suelo y empieza a terminar de morir, lanzando a la señora Clós una mirada que dice, sin duda, Te arrepentirás, los niños lo pagarán. Adivinando sus pensamientos, la dulce señora le dice, No me vengas con estupideces, a mi los niños me importan un carajo, le da una patada furioso en los genitales y sale de la habitación con la cabeza más en alto que nunca en toda su vida.

[FIN]

12/12/09

Yo no quería venir



Cuéntenos todo lo que recuerde, señora, le dice el policía, ya en la comisaría, cuando la mujer hace una pausa en su largo llanto para respirar, se enjuga las lágrimas con el dorso, se sacude la cabeza, y sólo atina a decir, Es que yo no quería venir, señor. Pero no se puede con mi suegra. Si no es como ella dice, está mal hecho, desde el caldo de gallina hasta el doblado de los calzones, y mi marido, ese inservible, hace lo que sea para complacerla. Y cuando nos dijo el doctor que ya no se podía hacer nada por mi niña, pues yo dije, Ya, ¿verdad señor? Ni modo, qué hacer, y me resigné, y estaba muy en paz, la cuidaba, ya sabe, trataba de hacer que estuviera bien, los días que le quedaran, digo, para qué hacerla sufrir más, para qué hacerme sufrir más, si apenas puedo con esta vida ingrata que hasta ahora no me ha dado más que penares. Y le dije a mi marido, Ya, déjalo, mira, cuando menos lo esperes, nuestra niña se nos va a ir y tú por andar buscando un milagro no vas a poder disfrutar el tiempo que nos queda, pero él no entendía, pero era por mi suegra, vieja desgraciada, ella tiene la culpa, señor. Bueno, ella y la virgencita.

Es que yo nunca creí, la verdad. Cómo decirle… Era como pensar que existe la magia, pues. Que con ir de rodillas y cantar y rezar se le desaparecen los problemas a uno. Y pues son más las veces que no pasa nada, ¿me entiende? Son más las veces en que no importa lo que uno haga, la vida dispone, y nada, pues qué, uno se aguanta, señor. Mi suegra no puede caminar ya, pero le dijo a mi marido que nos trajera, y le dio dinero, y mi marido, inútil como siempre, obedeció, aunque yo le dije que no quería venir, que para qué. Pero tampoco lo iba a dejar que se trajera a mi hija así como así, no señor, pues tuve que venir, aunque no quería. Viajamos tres días, mi niña estaba ya medio muerta, y a menos que la virgencita nos la fuera a revivir, yo estaba piense y piense que este méndigo viaje más había fregado a mi niña que lo que le había ayudado. Ya en la noche, cuando llegamos al atrio, yo me quedé con mi niña cerca de la puerta, muerta de miedo, no sabía que hubiera tanta gente en el mundo, y que se quisieran juntar tanto, cuando otras veces nomás puras caras chuecas, puras mentiras, puras hipocresías. Me senté al lado de mi niña, le di agua, la pobre, hubiera visto su carita, estaba muy cansada, le dije Ya, ya casi nos vamos, y ella me veía con esos ojos que me echó la vez que la recogimos del hospital, después del accidente, como pidiéndome algo, Mamá, por favor, eso quería decir esa mirada, y qué le decía yo, señor, nada más me quedé ahí, recargada en la silla de ruedas, acariciándole las piernitas, tratando de consolarla.

Mi marido, el muy cabrón, quién sabe dónde se había metido, y cuando yo empecé a escuchar las murmuraciones me asusté, primero pensé que algo le había pasado, luego escuché bien, decía la gente, La virgencita está llorando, Dicen que es sangre, Milagro, milagro, y yo me asomé para dentro, a ver si veía al inútil ese, pero no, desde donde estaba alcanzaba a ver a mi niña, pero luego todo pasó tan rápido, no supe qué hacer, señor, no supe… La señora vuelve a quebrarse. El oficial le pasa otro pañuelo y una galleta. Cálmese, señora, cálmese, le dice, pero lo cierto es que le da mucha lástima. La mujer, sucia y maloliente, está desconsolada. No tiene corazón para hacerla seguir contando su relato, ya todos sabemos en qué acabó. Pero, por otro lado, cree que le hará bien a la mujer desahogarse. Que diga lo que tenga que decir. Si quiere le paramos, le dice, y la mujer suspira con fuerza, hace señas con la mano, No, no, ya me calmo, toma otra vez aire y continúa hablando.

Ahí estaba mi niña, a unos poquitos pasos, pero las murmuraciones fueron más veloces, de pronto toda la gente que estaba en el atrio se abalanzó hacia las puertas, corrían eufóricos, gritaban, se jalaban los cabellos y lloraban, Milagro, milagro, Alabado sea el señor, y no sé qué más, y mi niña, todavía alcancé a ver su carita espantada antes que alguien me tumbara, me ayudaron a levantar pero por más que yo les gritaba Mi hija, mi hija, nadie me hacía caso, la gente histérica trataba de entrar a la basílica y yo quería ir para afuera, pero no pude, no pude con la gente… Parece que empieza a llorar de nuevo, pero se detiene antes. Ya cuando todos estaban que no se podían mover, les empecé a dar de codazos y a pisarlos, y me decían de cosas pero no me importaba. Ya no estaba donde la había dejado. Empecé a gritar como loca mientras todos rezaban y lloraban por el milagro, pero nadie se preocupó por mi niña. Ya después cuando llegaron los otros oficiales encontramos la silla por allá, bien lejos, y pues hasta en la mañana cuando se despejó la gente dimos con su cuerpecito, todo quebrado, todo molido, la pobre… Yo no quería venir… Yo no quería venir…

Rompió en llanto de nuevo y esta vez el oficial decidió parar el interrogatorio. Cuando se llevaron a la mujer, terminó de llenar el expediente y, tras el punto final, pensó, Que hijos de puta. Luego se arrepintió en su mente, no fuera pensar la virgencita que ella también. Luego pensó otra vez, en todos los reportes de personas aplastadas y tragedias parecidas que faltaban por llenar… y cómo se le ocurre llorar sangre con tanta gente junta… Que insensatez, de veras. Seguía otra mujer, con el brazo roto, que tenía a su mamá desaparecida… Se asomó a la puerta y le dijo a la secretaria, Échame a la que sigue, Lupe, y dejó la puerta abierta.

[FIN]

8/12/09

Si Teo llega



Cuando el tiempo se acaba, sea cual sea la razón, el silencio empieza a caer sobre nosotros más denso, más pesado, más oscuro. Lidia mira de reojo la ventana entreabierta, esperando lo peor: que la puerta que da a la calle se abra. Entonces sabrá que es Teo, y que tardará menos de un minuto en subir al primer piso del edificio Nochebuena, el más famoso de la unidad por estas fechas, únicas en las que toma algo de sentido su nombre. Teo llegará a la puerta, quizá borracho, pues si llega a esta hora, es porque se ha quedado tomando, hará un escándalo con las llaves pero se le caerán y pateará la puerta gritando, Lidia, ábreme, chingado. Mejor no pensar en eso, pero la bebé está tan callada, murmurando sus pensamientos en una lengua que sólo ella conoce porque ella la inventó, mirando las estrellas que cuelgan del móvil de su cuna, maravillada, nunca había visto una cosa así, eso es lo bueno de recién nacer, que todo en el mundo, por ser nuevo, es también lindo.

El sartén está caliente, la carne, salada, las papas, peladas, las cervezas en el congelador, Lidia revisa que ya estén bien frías, los tarros, carajo, se le olvidaron los tarros, sólo hay uno dentro, y si trae a sus amigos, y si viene su compadre, no, no, se da la vuelta bruscamente, su brazo choca con la estufa, derriba el sartén y el aceite cae sobre su pierna, ella grita, pero entonces, al retroceder, el plato con la carne cae al suelo, quebrándose con un terrible escándalo en miles de pedazos que huyen, despavoridos, por el piso recién trapeado. Lidia intenta no moverse, no hacer más ruido, la bebé empieza a inquietarse, y para qué quiere, ya tiene suficiente, fácil se ha retrasado otra media hora, y si Teo llega, está perdida, no hay más qué hacer, mejor irse preparando para lo inevitable.

Sale de la cocina y va al cuarto de limpieza por una escoba y una jerga para levantar el desastre. Sin darse cuenta, unas lágrimas le empiezan a escurrir, será mejor pararlas, porque si Teo llega y, encima de todo, la descubre llorando, se lo tendrá bien merecido. Ya me decía mi madre, piensa, No soy una buena esposa. Se lo dijo apenas el mes anterior, cuando le preguntó a Teo dónde había estado y tuvo que salir huyendo, espantado por una lluvia de cuchillos que por poco caen sobre la niña, y al llegar a la puerta de su madre, dos cuadras calle arriba, al verla, le dijo, Ay m’ija, qué le hiciste a tu marido.

Diez minutos después el suelo de la cocina ya está otra vez brillante, y la carne en el aceite. Ha metido los demás tarros en el refrigerador y puso el congelador en el número 9, que se supone es más frío. La niña se ha dormido, pero Teo no llega aún. Lidia no cree en dios, pero a veces le gustaría creer: así podría rezar, Por favor, señor, que no venga borracho. Pero no cree, y nadie puede asegurarle que la tarde se convertirá en noche sin ningún contratiempo. Otra vez, sorprende a sus ojos llorando, cuando descubre su rostro en la puerta de espejo del microondas, rodeados por enormes moretones que, junto con el labio roto, le recuerdan lo mucho que debe esforzarse para ser una buena esposa.

[FIN]

-------------------------------

Dominemos la tecnología

Campaña para los 16 días de activismo contra la violencia de género

En twitter: @DominemoslasTIC / hashtag: #dominemosTIC

11/11/09

La puerta del cielo


[Imagen de: http://www.notitarde.com/]

El puré, de hace tres días, empezaba a ponerse grumoso y seco al mezclarse con los barbitúricos. Gueno estuvo a punto de añadirle apenas un chorro de agua para ver si recuperaba la consistencia original, pero recordó que Sol, cuyo cuerpo vacío empezaba a oler a podrido, les había dado instrucciones precisas de no modificar la fórmula, so pena de condena eterna, y si había algo a lo que Gueno temía más que a cualquier otra cosa de este mundo, era a la condena eterna. O al menos hasta ese instante así lo creía, pero estaba equivocado. Atravesó la cocina y llegó hasta la habitación donde Damar asistía a la última compañera, Pem. Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzadas sobre el pecho, como había visto en las películas, aunque nadie les había dicho si debían hacerlo así, todos los treinta y ocho tripulantes, excepto Sol, y tal vez porque de la emoción ni siquiera se acordó, habían decidido irse con los brazos así dispuestos. Cuando Gueno entró en el cuarto, Pem intentó por un instante respirar, trató de hacer llegar sus manos hasta las de Damar, que detenían la bolsa en su cabeza, se rindió a mitad del camino y con un último suspiro, se fue. Damar suspiró también, luego de comprobar que el cuerpo había quedado hueco, se volvió para mirar a Gueno y reconoció el terror en sus ojos, aunque pensó que era el reflejo de los suyos y, avergonzada, los apartó.
A ellos nadie los ayudaría. Sin decir una palabra, Gueno le dio el tazón de puré a Damar y esperó. Ella se quedó inmóvil un instante, luego dio tres pasos hacia la única litera que quedaba vacía, subió la escalera y se sentó con las piernas cruzadas. Gueno la veía, sintiendo desde el fondo de su ser cómo la angustia y el miedo ascendían hasta la garganta, estremeciéndole los nervios y tensándole los músculos. En menos de tres minutos, Gueno estaba invadido por la incertidumbre, convencido de la estupidez que estaba a punto de hacer, y decidido a no continuar con una locura de tan graves consecuencias. No puedo hacerlo, dijo en voz alta sin pensarlo. Damar, que ya estaba comiendo el puré, ni siquiera le dirigió una mirada de compasión, ni de curiosidad, nada, con la vista clavada en el puré siguió comiéndolo, y cuando el tazón estuvo vacío, se recostó y dijo, Te condenarás. Pero Gueno ya tenía un pie fuera de la casa, azotó la puerta y cuando ya bajaba por el jardín, regresó a cerrar con llave, como tenía por hábito.
Caminó durante horas hasta que los nervios empezaron a descender. No se había llevado ni una chamarra y trataba de cubrirse del frío agachando la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, sin mucho éxito. Había llegado a las calles lúgubres del centro, dudando entre ir a la estación de policía o telefonear a su madre para pedirle un giro, pues su mente, de alguna manera, había regresado a la normalidad en la huída, volvía a ser práctica y metódica, y no una pizarra en blanco en la que Sol escribía sus más disparatados deseos para ser cumplidos sin chistar, por lo que ahora tenía una enorme cicatriz negra en lugar de genitales. Pensaba, por ejemplo, que si acudía con la policía lo arrestarían por homicidio, y que si pedía ayuda a su madre no podría cobrar ningún giro porque no tenía identificación. Se había convertido apenas en una sombra sin identidad, sin rumbo y sin razón de ser. Mejor hubiera sido comerse el puré y morir como el resto del grupo, ahora que la vida no tenía más sentido.
Se topó con una pequeña multitud que se arremolinaba frente al escaparate de una tienda de televisiones, todas transmitiendo el noticiario de cadena nacional a las siete, cosa rara, pues el horario habitual era a las diez. Gueno se detuvo al ver en el recuadro, junto a la cabeza del presentador, la foto del cometa con una forma extraña y brillante al lado, que, según el boletín que leía, hasta ahora no podía verse por la posición de la Tierra respecto del cuerpo celeste. El experto que habían invitado, un astrónomo de la NASA, declaraba por teléfono que posiblemente se trataba de uno de los que hasta ahora habían llamado objetos voladores no identificados, nombre que ya no tendría sentido usar, y que el cometa quizá no era un cometa, sino una fuerza luminosa hasta ahora desconocida para la ciencia humana, dirigida por la nave espacial. El presentador, al terminar la entrevista, declaraba ante los ojos atónitos del mundo que era un momento determinante para la historia moderna, qué digo moderna, para la historia de todos los tiempos, hemos descubierto, con pruebas fehacientes al fin, y no por rumores incoherentes de lunáticos obsesivos, que no estamos solos en este mundo, no señor, y que debemos prepararnos para recibir, en futuros días, la visita de civilizaciones superiores, que lucharán por conquistarnos y esclavizarnos, tal como nosotros hemos hecho tantos siglos con nosotros mismos.
Fue entonces que Gueno comprendió que nunca debió dejar de temer a la condena eterna, pero ya no había nada qué hacer.

[FIN]

7/10/09

El argonauta del pacífico occidental [2 de 2]



2.

Por la noche, agotado, recogió la vela y se dejó llevar por la corriente. El mar, es verdad, era peligroso, pero si tenía que morir, moriría, sin importar los rituales o la magia. Vaya disparate, pensaba, temblando de coraje, vigilando el firmamento despejado y tranquilo, Y pensar que tantos años me equivoqué. Estaba decidido a viajar hasta encontrar una isla donde no practicaran la magia, donde pudiera vivir libre de rituales estúpidos y sinsentido, sólo ocuparse de trabajar y comer, nada de iniciaciones, ni ceremonias, ni canoas mágicas. En algún lugar de este mar debe haber un lugar así, se dijo.

Dos mil metros arriba de su cabeza, arropados por la oscuridad de la noche, los traficantes de diamantes gritaban desesperados y discutían por sus vidas. El conductor del helicóptero esperaba instrucciones, el líder de la banda, tenso, analizaba las opciones que tenían: una, arribar al puerto y entregarse sin resistencia al ejército, sabiendo que los matarían; dos, arribar al puerto y luchar contra ellos hasta morir; tres, estrellarse contra el mar y morir de todos modos. Uno de los miembros de la banda lloraba de desesperación, No quiero morir. De todos modos vamos a morir, pero podemos arruinarles el decomiso a esos imbéciles. Ordenó, al fin, que arrojaran los diamantes al mar, terminando así con su largo viaje por tierra, por agua y por aire, que prepararan sus armas y que trataran de morir dignamente, como hombres que eran. Así lo hizo el piloto.

Estaba a punto de amanecer y Najut ya cantaba victoria cuando escuchó un ruido extraño en el cielo. Miró hacia arriba pero sólo vio sorpresivas nubes de tormenta arremolinándose sobre su cabeza. Después de un trueno que partió el cielo en dos, empezaron a caer las piedras por todos lados. Eran brillantes, más duras que cualquier piedra que hubiera visto antes, cayendo con resplandor de fuego. Golpeaban por todos lados, dándole con tanta fuerza como un coco pétreo en la entrepierna, provocando que el agua se revolviera, que la canoa se agitara y que Najut pensara en la muerte. Entre el estruendo de los rayos y el incremento tempestuoso del oleaje, Najut no sabía qué hacer, sólo podía cubrirse la cabeza con los brazos y esperar que aquello terminara. Humillado y confundido, trató de convencerse de la imposibilidad de aquel acontecimiento, Esto no está pasando, repetía como único consuelo, cuando una piedra lo golpeó en la frente y lo dejó tumbado en el piso de la canoa, rodeado de la apacible oscuridad del otro mundo.

Eso creyó él cuando despertó y descubrió el mar en calma y el piso de la canoa alfombrado por una capa uniforme de piedras brillantes, afiladas como espinas. El sol le daba en la cara y la sangre seca en la frente le había dejado la piel dura. La vela, partida, no le serviría para continuar el viaje. Resignado, se lavó la cara con agua de mar y, en la transparencia de las aguas, alcanzó a ver en la profundidad una gigantesca, imposible, serpiente marina, avanzando con lentitud justo debajo de la canoa, acechándolo sedienta de sangre.

Varios cientos de metros debajo del mar, el marinero avisó al capitán que habían detectado un objeto pequeño, inmóvil, sobre la superficie, pero no podían identificarlo. El capitán, hombre patriota, preocupado por la fiabilidad del informe que presentaría al presidente de la nación sobre la situación de estas aguas nuevas y desconocidas, aunque pensaba que no sería más que basura o algas flotantes, ordenó que se acercaran lo suficiente como para mirar por el periscopio electrónico. Tuvieron que dar tres vueltas antes de emerger a la superficie, ante la mirada atónita de Najut, quien, presa del pánico, empezó a susurrar el conjuro que repelía a las serpientes marinas. Pero la gran masa negra, cuyo resplandor se confundía con el del agua salada, no se detenía. El argonauta, fuera de sí, vio cómo la boca del animal ya lo tenía al alcance cuando, sin más, su ojo negro se sumergió y la serpiente se alejó a toda velocidad, dejándolo otra vez en manos del silencio implacable del mar.

Ya con el sol descendiendo, la corriente lo llevó hasta un punto en que, más allá del horizonte, Najut alcanzó a vislumbrar una difusa capa de tierra. No era esa la isla con la que usualmente comerciaban y practicaban el Kula, pero era tierra, al fin estaría a salvo. Comenzó a remar con el brazo, víctima de un furor espontáneo, y no se percató de la nube de roca que se le acercaba por detrás hasta que vio su sombra en el agua y escuchó el estruendo de su música demoníaca. Eran las ninfómanas del mar. Desnudas sobre su nube, se deslizaban por el mar cazando a sus víctimas, los seducían con los calores propios del cuerpo y los destrozaban en sus vaginas carnívoras. En verdad, Najut las imaginaba diferentes: con cuernos y cabellos de serpiente, siete brazos y piel de calamar. Pero estas eran, sin duda gracias a sus artificios, muy parecidas a las mujeres, sólo que de piel de durazno, de cabellos de oro y con los senos pequeños y rosas. De no haber sabido que eran monstruos, Najut las habría considerado hermosas.

Las chicas, embriagadas y bajo los efectos de fuertes alucinógenos, se sorprendieron cuando encontraron en mar abierto a este pobre indígena a punto de la deshidratación. Una de ellas, verdadera pervertida como luego asegurarían sus compañeras de parranda, en especial la hija del dueño del yate en el que habían zarpado a la paradisíaca ilegalidad de las aguas internacionales, propuso que lo rescataran pues, decían, los nativos de aquellas islas extravagantes eran famosos por sus miembros inmensos y desproporcionados. Además se va a morir, dijo otra, y de inmediato entre todas buscaron una cuerda y se la lanzaron. Sólo dos o tres protestaron, Se suponía que era una fiesta de mujeres, enojadas porque creían que sus fantasías lésbicas podían hacerse realidad fuera de los ojos del mundo, pero nadie les hizo caso.

Esta vez, a Najut no le sirvieron los conjuros. Ante su resistencia para trepar por la puerta, dos de las bestias come-hombres bajaron por una escalera y lo llevaron por la fuerza al yate, donde se vio hundido y asfixiado por las pócimas más mortíferas que jamás hubiera imaginado, que le quemaban las entrañas, y rodeado de pieles sudorosas, manos imparables, lenguas curiosas, piernas sofocantes y gritos ensordecedores cuando le quitaron el taparrabos que cubría sus vergüenzas y se dieron cuenta que era verdad lo que decían de los indígenas de aquella región. Su miembro exuberante, por fortuna, fue su salvación: algunas de las mujeres, asustadas por aquella obscenidad, ni siquiera se atrevieron a tocarlo, y las que decidieron a montarse en aquel animal vigoroso no aguantaron más de una sesión. Najut pronunciaba, resignado, los conjuros contras las ninfómanas, pero nada las detenía, y entonces empezó a pedir perdón y protección a los ancestros para que le permitieran sobrevivir a la amarga y despiadada tortura de tan bárbaros demonios sexuales.

Antes que el sol saliera, se acercaron a la costa y lo dejaron ir, libre y vivo de milagro, entre risas, besos y aplausos que él no entendía. Exhausto y desamparado, se dejó caer en la arena y lloró. Pero antes de levantarse, y al ver la luz del sol iluminando esta nueva tierra con sus primeros rayos, pronunció el conjuro ritual, Permite, oh gran Babut, que mi alma se expanda por mi cuerpo como la luz del nuevo día por el cielo, para que la oscuridad me deje libre para seguir adorando a mis ancestros.

(FIN)

------------------
[Primera parte]

3/10/09

El argonauta del pacífico occidental [1 de 2]



[Basado en "Los argonautas del Pacífico Occidental", del antropólogo polaco Bronislaw Malinowski]


1.

Su hijo murió en sus brazos una tarde cualquiera, como todas las que se sucedían sin cesar en aquel rincón olvidado de dios, y su mujer sólo aguantó la enfermedad dos meses más. A veces los niños mueren, le dijo su Maestro a manera de frío, único e insensible consuelo, y lo apresuró para llevar a cabo el entierro, no le fuera a traer mala suerte el cadáver. Najut, con la oreja ensangrentada, pareció obedecer: en silencio y sin consultar a sus parientes, cavó un hoyo en la tierra, en una esquina del patio de su choza, y colocó el pequeño cuerpo envuelto en hojas de palmera sin mencionar las palabras rituales, ante la estupefacción del pueblo entero, que lo había seguido en silencio, lo había observado cavando, lo había visto arropar a su hijo, pero nadie había movido un dedo, presas de la expectación y paralizados por semejante herejía, fascinados al mismo tiempo por la presencia descarada del mismísimo demonio. Su Maestro lo reprimió con severidad cuando empezó a echarle la tierra encima, Nuestros ancestros no nos lo perdonarán, nos condenarás a todos, a lo que Najut contestó con parquedad, Ya estamos condenados, y el consejo de ancianos, al que le sobrevivían sólo dos miembros, acordó que apenas se recuperara su mujer, este hombre peligroso sería expulsado de la isla para siempre.

No esperó a que su mujer se recuperara. Condenado al más estricto aislamiento por el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, que ya no podían hablarle más a menos que quisieran infectarse de su impureza, sólo podían observar a Najut pasear entre los árboles de la isla en los días siguientes a su expulsión de la comunidad, lo vieron talando el árbol seleccionado sin mencionar el conjuro para la protección de la madera de las serpientes marinas; lo vieron cortarla y tallarla, pasando por alto el hechizo para la repulsión de las ninfómanas del mar, y echarla al agua sin el ritual específico para evitar la lluvia de rocas en altamar. La isla más cercana estaba a dos días de navegación, pero sus vecinos y amigos estaban convencidos de que su canoa ni siquiera lograría pasar la primera ola.

Se preguntaban entre ellos qué le habría pasado para que se volviera un hereje, pero no concebían una razón. Estaba en camino a convertirse en el sucesor de Qat, el mayor y único hechicero que la isla tenía. El Maestro Qat le había enseñado toda clase de conjuros que, de su boca, no habían fallado ni una sola vez. La infalibilidad de la magia de Najut inspiraba en la gente del pueblo un profundo respeto, pero también cierto temor. Por supuesto, les parecía extraño que anduviera por ahí, preguntando si a alguien alguna vez lo habían atacado las serpientes marinas, o si se había visto atrapado en una lluvia de rocas, o si sabía de alguien que hubiera muerto en las vaginas insaciables de las ninfómanas del mar, pero todos sabían que los hechiceros jóvenes eran por regla excéntricos y mal educados. El Maestro Qat le instaba a dejar de hacer ese tipo de preguntas, Najut nunca hizo caso, y las hacía en los momentos menos esperados, en los banquetes, en las celebraciones, en las iniciaciones de los más jóvenes, en las visitas obligadas de la mañana. Y todos temían que, si le mentían, serían víctimas de su magia, por lo que la única respuesta que obtenía era No, nunca he visto nada de eso.

La cosa es que, cuando la mujer de Najut enfermó, él mismo realizó el ritual que se hacía para que las canoas no se hundieran en medio del mar. Creyó que el efecto mágico en su futuro hijo sería el mismo que daba inmortalidad a la madera de las canoas, pero se equivocó, la magia, siempre poderosa, siempre eficaz, esta vez no tuvo efecto alguno. Cuando lloraba frente al cadáver de su hijo, le confesó a su Maestro lo que había hecho y él, enfurecido, le dijo que los conjuros que le había enseñado sólo funcionaban para el Kula, no para la gente, Hacer lo que hiciste es un sacrilegio, es querer que te den un collar a cambio de otro collar. Najut se puso como loco, su Maestro pensó que estaba poseído: gritaba, blasfemaba, decía que la magia era una estupidez, que no servía para nada y que él y los demás hechiceros lo único que hacían era engañar a la gente con poderes que no eran reales. En ese momento, el Maestro Qat le arrancó de la oreja la pluma que lo distinguía como aprendiz de hechicero. Minutos más tarde, daría un paso más y lo desterraría de la isla.

Pasados los dos meses, su mujer murió. La escena del funeral anterior se repitió, Najut cavó un hoyo, envolvió a su mujer y la cubrió de tierra sin más formalidad. Esta vez, el hechicero había prohibido a la gente acudir, así que todo el pueblo se había repartido en las chozas de los vecinos de Najut y espiaban cada movimiento con morbosidad enfermiza. Apenas acabó, se dirigió a la canoa profana que había construido. Soltó la cuerda y la echó al mar, y los vecinos, atentos desde sus cabañas, creyeron entender que lo que Najut quería era suicidarse, víctima de la lluvia de piedras. Su madre, que lo veía desde la puerta de su choza, lloró durante días enteros luego que se fue, pensando que una serpiente marina se lo comería, pero nadie hizo nada para detenerlo. Lo vieron alejarse en el horizonte, con la cara dura y sin expresión, le desearon que, al menos, no se topara con las ninfómanas de mar, los más terribles monstruos, y él, sin mirar atrás, izó la vela y emprendió el camino.

[Continúa]

------------------
[Segunda parte]

21/9/09

Los mártires de la crisis



Fue mientras se servía la sexta taza de café cuando Ruperto Benítez, por pura intuición, miró por las paredes de cristal del despacho y vio, primero, el anuncio enorme de una mujer desvergonzada que enseñaba los senos en plena vía pública, luego, el bulto grisáceo de cabello rubio que descendía a toda velocidad desde quince pisos más arriba, y que después se enteraría, no al asomarse para ver una mancha de sangre y tripas en el pavimento mojado, era Silvia Mendoza, la jefa de ventas del corporativo en la zona oriente. El informe extraoficial que se difundió de boca en boca apenas se fueron los paramédicos narraba cómo el mismísimo presidente, que se había aparecido en las últimas dos semanas al menos trece veces, algo inusual e inverosímil bajo las leyes del universo del corporativo, desde su oficina repleta de asesores y demás parásitos la había mandado llamar por dos motivos, primero, otorgarle un merecido reconocimiento por treinta y cinco años trabajando para el corporativo con resultados inigualables, un impreso prediseñado con su nombre en letras cursivas y brillantes y una canasta de pan de dulce con listones rojos y blancos, y segundo, para obligarla a firmar su carta de retiro voluntario y ponerla de patitas en la calle sin mayor explicación que la crisis. Silvia Mendoza miró al presidente por encima de sus enormes gafas cuadradas, se aclaró la garganta, e incrédula, sólo alcanzó a articular, Habla usted en serio, antes que el presidente, con sólo un movimiento de mano, hiciera que sus dos guardaespaldas la sacaran de la oficina mientras él agitaba, cínico, los dedos gruesos y manchados y le decía, Muchas gracias señora Mendoza, hasta pronto. Ella no se resistió, pero cuando cerraron la puerta tras ella, caminó hasta su cubículo sin mirar a nadie ni decir palabra, se sentó frente a su computadora y lloró en silencio por dos horas. Luego la vieron poner sus cosas en una caja, nadie se animaba a decirle nada, aquello había sido tan inesperado para ella como para el resto, tiró con un movimiento elegante la pantalla del computador, haciéndola añicos contra el suelo, y salió del piso por la escalera, no hacia abajo como todo el mundo, mirándola por el rabillo del ojo, esperaba, sino hacia arriba, causando el asombro de las secretarias, que no se habían recuperado todavía de su acto reciente de vandalismo corporativo, o tecnológico, cuando ya la señora Silvia las sorprendía con este nuevo arranque de insensatez, A dónde va la señora Silvia, Qué va a hacer, pero nadie se atrevió a subir el primer peldaño para seguirla. Tres minutos después, la vieron descender en caída libre los cuarenta y cuatro pisos que separaban la banqueta de la azotea, y desbaratarse el cráneo contra el suelo.

Ella fue la primera. Ruperto Benítez, coordinador de enlace y medios, zona sur, vio con sus propios ojos cómo despedían a dieciocho jefes, subjefes, gerentes, coordinadores y asesores de todos los pisos en los siguientes dieciocho días, todos y cada uno siguiendo los pasos de la señora Silvia: luego de ver, muchos de ellos, por primera vez al presidente del corporativo de frente a los ojos, ponían sus cosas en una caja y se tiraban de la azotea del edificio sin hablar con nadie y sin que nadie les hablara. Alrededor de las cuatro de la tarde eran llamados a la oficina del jefe, y dos horas después ya se les veía pasar como una mancha lúgubre por las paredes del cristal del edificio a toda velocidad, uno tras otro, después del quinto a nadie le sorprendió que todos siguieran sus pasos. Para los empleados, se había convertido en un pacto secreto, todo un ritual obligatorio que debía cumplirse al pie de la letra, apenas empezaban los rumores y la víctima tenía que mentalizarse para lo inevitable. Los noticiarios y gobiernos locales, en cambio, estaban escandalizados, exigiendo a la empresa que tomara medidas inmediatas para solucionar aquella ola de suicidios que amenazaban con desatar el pánico laboral en todo el país, pero lo único que hizo el presidente fue mandarles un email de aliento a todos los empleados, Todos son parte esencial del corporativo, saldremos adelante juntos como un equipo y demás disparates, y poner una pizarra en la recepción con ofertas de empleo de otras empresas, para que vieran que afuera, en el mundo, todavía podían ser alguien, Se solicita chófer de ambulancia, excelente presentación, Urge capitán de meseros, ofrecemos sueldo base, Prestigiosa empresa líder en su ramo solicita vendedores ejecutivos, telefonistas, guardias de seguridad y personal de limpieza, llamar a la licenciada Aurora. Pero aquellos no eran trabajos que valieran la pena, al menos no para los jefes, subjefes, gerentes, coordinadores y asesores, que eran los más vulnerados ante las medidas para combatir la crisis, ninguno de ellos, con al menos diez años en el mismo empleo, se veía vendiendo seguros de vida.

El día diecinueve anunciaron que les entregarían las nuevas credenciales y que ya no despedirían a una persona por día, sino a cincuenta y cinco al mes, comenzando hoy y durante los siguientes tres meses, a ver si tenían los suficientes pantalones para ir lanzándose unos detrás de otros, sin la satisfacción del protagonismo personal, vueltos una cifra más de las espeluznantes estadísticas que los reporteros llevaban con rigurosa exactitud, sin más notas sobre la cotidianidad de sus vidas de boca de sus familiares, amigos y conocidos, pero no de los compañeros de trabajo, que tenían prohibido dar entrevistas, so pena de despido inmediato que bajo estas circunstancias era igual a una condena súbita. Ruperto Benítez se tomó la quinta taza de café de un trago y se sirvió uno más. Las manos le temblaban, el sudor resbalaba por su frente, porque intuía lo inevitable. Desde que llegó por la mañana, nadie lo miraba a los ojos. Grupos de secretarias, sabiéndose inmunes a las estrategias de la dirección, murmuraban en los rincones y se dispersaban ante su cercanía. Descubrió a cuatro compañeros mirándolo de reojo, casi compadeciéndolo. Carajo, pensaba, si no me compadecieron cuando mi mujer me dejó, qué les da el derecho a hablar así de mí. No consiguió concentrarse en toda la mañana. Miraba el reloj, impaciente, y luego su teléfono, esperando la llamada final, la sentencia de muerte irrevocable. Estuvo a punto de rezar, pero antes de aceptar su destino, tenía que salir de esa maldita angustia. Se desató la corbata, se sirvió un duodécimo café y salió del piso a toda velocidad. Pobre hombre, dijo una secretaria, está muy alterado, si supiera lo que le espera. Pero Ruperto ya se encontraba bajando las escaleras a toda velocidad, esquivando a los intendentes, disculpándose con los que subían y tropezando con los que bajaban, hasta que llegó al piso tercero, donde se encontraban las bodegas. El guardia de la puerta, al ver su determinación, no se atrevió a hacerle el interrogatorio de rutina, Con quién va, qué asunto, nada más se hizo a un lado, y Ruperto no se molestó en agradecer.

No le costó trabajo encontrar las cajas con las nuevas credenciales. Estaban organizadas por departamento, por zona y por inicial. Aquí está, departamento de enlace y medios, zona este, zona oeste, zona sur, este es. No le era suficiente con mirar las fotografías, leía los apellidos y el puesto, Alarcón, mensajero, Almeida, intendencia, Arámbura, inspector de calidad, Azabache, técnico, Baluarte, intendencia, Benavides, secretaria, Benigno, contabilidad, Bretón, auxiliar de contabilidad, Casares, secretaria. Repasó los apellidos una vez más, y todavía una tercera, desde la A hasta la Z, seguro que se había despistado, se le habrá pasado sin ver, No es esto posible, dónde se ha metido mi credencial…

No se tomó la molestia de meter sus cosas en una caja, ni de darle a sus compañeros de oficina el gusto de verlo humillado y convertido en objeto de compasión. Paso a paso, escalón por escalón, subió desde el tercer piso hasta la azotea, sin esperar para ser llamado a la oficina del presidente, miró la ciudad desde las alturas, invadida de nubes de tormenta, se dio cuenta que hoy no llovería, y que nada, ni ser despedido junto con otros cincuenta y cuatro incautos, lo detendría de cumplir con lo que ya estaba escrito desde el inicio de los tiempos sería su final, descerebrado como un mártir de la crisis en la banqueta. Sin dudar, se lanzó, casi con gusto, hasta sintió alivio, sólo pensando en el viento fuerte rompiéndose a su paso, en el frío del otoño y en el vértigo de la caída libre, y luego, la oscuridad.

Cuando Ruperto Benítez terminó de hurgar entre las cajas, un grupo de empleados entró por algunas y el presidente mandó llamar a todo el personal del departamento de enlace y medios a la sala de conferencias para repartir las nuevas credenciales y anunciar el ascenso del coordinador de la zona sur, Ruperto Benítez, a jefe de departamento en reemplazo de Lupita Martínez, quien lamentablemente había fallecido hace tres días, mostrándole a todos la credencial del empleado afortunado como si se tratara de un premio de consolación para el resto, Ya ven, no nada más hay despidos. Nadie lo encontró cuando lo mandaron llamar, pero todo el mundo se alborotó cuando una secretaria histérica salió por el pasillo gritando que se había matado alguien. El presidente, indignado, refunfuñó, Pero si todavía no he despedido a nadie hoy, lo que me faltaba, y se encerró en su oficina dando órdenes expresas y determinantes de que nadie lo molestara.

(FIN)

1/9/09

Hay días así



[Para Tony, por la injusticia de su vida truncada]

No quiere abrir la puerta. El aire fresco del interior del coche es, con seguridad, mucho más acogedor que los casi cuarenta grados que lo esperan en la calle. Son casi las doce y el calor apenas empieza a mostrarse tal cual es, sin la menor consideración por los nobles habitantes del puerto. Mejor me voy, piensa, a tomar un refresco al sanborn's, al cabo no tengo citas hoy. Una sonrisa le llena la cara. Busca su celular, marca un número, es el primero que se ha aprendido de memoria. Aguarda. Hola, soy yo, cómo estás, vamos al sanborn's, sí, sí, estoy aquí, pero no quiero abrir hoy, no tengo citas, y pensaba, ah, sí, no me acordaba, a qué hora sales, bueno, te espero, paso por ti... te amo, adiós. Cuelga y suspira. Hacía mucho que no estaba enamorado, y a pesar de que sus súbitos planes se han frustrado, o más bien, desplazado hacia horas más lejanas, se siente feliz. Ni hablar. Toma las llaves, se pone sus lentes oscuros y de un salto sale al cruel mundo exterior. Pone la alarma mientras se aleja de su camioneta nueva, la verdad le ha ido bien en el trabajo, no puede quejarse. Sin sospecharlo, a unos pocos metros de ahí, dos hombres y una mujer lo observan sigilosos enfilarse hacia el local.

Lo primero que hace, como cualquiera lo haría, es prender el aire acondicionado. Cierra con llave por dentro, es hora que la cerradura no sirve. Se deshace de sus lentes, de su mochila y de las llaves. Enciende la computadora, verifica el teléfono. El silencio de aquí dentro le causa algo de tristeza. Hay días así. En que nadie asoma las narices ni para saludar, en que se pasa todo el día solo, con la única conversación de sus clientas. Quizá otra vez contrate un asistente, sólo para tener a alguien con quién conversar en estos días. Lo que de veras pesa no es la soledad, sino la sensación de que está envejeciendo. Que sus amigos jóvenes no quieren más estar con él, que sus amigos viejos han empezado a hacer amigos jóvenes, o se han ido de la ciudad, o simplemente, lo han olvidado. Este tiempo, inclemente, irremediable, que parece derretirse como todo lo demás, se vuelve viscoso, insoportable. Se sienta frente a la computadora, y busca las fotos de su viaje a Europa. Aquello sí era mundo, carajo. Mira esos paisajes, esos árboles, esas nubes, esa gente. No hay comparación, y nunca la habrá, siempre se ha preguntado por qué dios, si es que existe, lo hizo nacer en un pueblo insignificante que nunca llegará a su nivel. Ahora ya ha pasado su tiempo. No le queda más que resignarse.

En el mensajero virtual, los de siempre lo saludan medio distraídos. Estarán viendo pornografía o bajando videos de sus bandas favoritas, como nacos que son. Les responde también distraído. Sí, se me hizo tarde, es que no tengo citas, hay días así, no, no me aburro, tengo mucho qué hacer. Suena el teléfono. Mira el reloj. Doce veintisiete. Aún faltan cinco horas para el que será el mejor momento de este día. Alza la bocina, es una mujer, preguntando si hoy tiene libre, Seguro, a la hora que quieras, sí, a las tres, o si quieres llegar antes no hay problema, muy bien, chao. Se asoma por la puerta de vidrio que da a la calle desierta, sólo para ver el cielo brillante y el asfalto caliente. Se recuesta en el sofá del fondo. Y piensa en el amor. En lo que se pudo haber perdido si no le hubiese dado otra oportunidad, en lo mucho que puede cambiar una persona enamorada, y pasar de ser un borracho, flojo y vago, a un hombre de bien, ya con tres meses de ayudante de cocinero, no será el mejor trabajo pero es algo honesto, así hay que empezar, desde cero, sobre todo si antes no había llegado a ningún lado, le da gusto, que lo haya hecho por sí mismo, y se alegra de ser el motor de una transformación tal, ser la inspiración de alguien, compartir sueños, recuerdos, sensaciones...

Se despierta de golpe, ante los insistentes golpes a la puerta de vidrio de la calle. Mira el reloj. Dos cuarenta y dos. Vaya, se ha quedado dormido. Vuelven a tocar. Se levanta, se peina el cabello, se estira, se acomoda la camisa. Tocan de nuevo. Ya voy, ya voy. Al otro lado de la puerta de vidrio, hay una mujer y dos hombres. Debe ser la clienta que habló hace rato. Abre la puerta. Hola, buenas tardes, pasen, pasen que afuera hace mucho calor. Luego que pasan, vuelve a cerrar. Y bueno, qué vas a querer, le dice a la mujer, pero al observar a sus presuntos clientes, se da cuenta que no parecen estar dispuestos a cortarse el cabello. La mujer se ve pálida, sudorosa, y los hombres miran a la calle, nerviosos, uno no tiene ni veinte años, otro ya debe tener unos treinta. El más joven, sin duda, es bastante apuesto. Quizá se han incomodado por las fotografías de los modelos desnudos en las paredes. Bueno, qué esperaban. Mija, qué te hago, insiste Tony. No venimos a eso, le dice ella. Uno de los hombres, el mayor, saca una navaja para afeitar y se la muestra. El dinero, cabrón, dónde lo tienes.

Levanta las manos, para evidenciase indefenso. Cálmense, se los voy a dar. Pasa entre ellos despacio, pero el que trae el arma lo apresura. Ándale, culero, no tenemos todo el día. Tembloroso, Tony les da la espalda y busca el tubo de cartón donde esconde el fondo. Recuerda que lo acaba de depositar en el banco hace tres días, por lo que ahora no hay mucho. Seiscientos pesos, nada más. Es todo lo que tengo aquí, les dice, mientras les entrega los billetes. No mames, cabrón, nada más, le dice el más joven, enojado. La mujer mira hacia afuera, pero a esta hora, la calle está más sola que nunca. Creo que en mi cartera tengo más, les dice, y una vez más, pasa entre ellos, cruza el salón hacia la parte de atrás, busca su mochila junto a la computadora. Sólo trae doscientos, y sus tarjetas de crédito. Tomen, tomen, es todo lo que tengo. Vale madre, dice el más joven, ya güey, vámonos, vámonos. La mujer está dispuesta a irse cuanto antes. Tony sigue con las manos alzadas. Pero el hombre de la navaja, furioso, se acerca a él y lo toma del cuello, por atrás. No, no, por favor, le dice Tony. Las llaves de tu camioneta, pinche puto, dámelas. Tony obedece. Es todo lo que tengo, por favor, es todo. La mujer ya ha abierto la puerta y sale del local, apurada. El de veinte años también, y le dice, Ya, güey, vámonos. Tony cierra los ojos, el hombre no lo suelta, respira agitado, le aprieta el cuello con una mano y con la otra sostiene la navaja cerca de su oreja. No sabe si por los nervios o el terror, Tony cree sentir en el muslo la erección de su captor. Él se da cuenta, le dice, Pinche puto, y le corta el cuello. Tony cae al suelo, desangrándose, y a los pocos minutos, muere sin remedio.

(FIN)