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30/10/07

Las noches vendidas



"Concéntrate. Tienes que sentir placer".

Siempre ha sido así, Rufino. A pesar de todo, no pierdes la esperanza. Apenas consigues respirar entre sus sudorosas carnes. Tus gemidos, eso cualquiera podría notarlo, no son de placer. Pero hay que trastocarlos, o tal vez él se dé cuenta. A quién engañas. En tus pensamientos estás a salvo. De Rufino y de ti misma. No tienes que fingir en tu cabeza. Puedes pensar, Hijo de la chingada, mientras gritas, Oh, sí, papito. ¿Quién va a enterarse, a parte de ti? ¿Y tú qué vas a hacerte? ¿Quién va a castigarte por odiar al patán de Rufino? Nada cambiará. Por más que lo desees.

Hace cuánto lo conoces. Ya no sabes. Es como si siempre hubiera estado aquí. Su cara te es familiar, lo suficiente como para no temer, para sentirte tranquila, segura. Eso es lo que tiene. Siendo sinceros, no es muy agraciado. Tiene un encanto extraño que lo hace popular entre las damas, eso ni dudarlo, pero de eso a tener atractivo sexual está muy lejos. Digamos que no ayudan sus bigotes disparejos, su penetrante olor a podrido, su piel siempre húmeda y pegajosa, sus manos callosas, duras, incapaces de dar una caricia. Y esos gestos que hace con la boca, como un viejo que juega con su dentadura postiza, es desagradable, asqueroso. Pero sabes que si estás con él no es por eso.

Es la esperanza. Que te rescate de la soledad. Porque temes que un día te levantes de la apestosa cama y descubras que no eres tú, que ya ni eso te queda. Que no te pases la noche esperando, a ver si viene, y si no vino hoy, a ver si viene mañana. Que te quite la incertidumbre que te está acabando, que te dejé aunque sea la seguridad de que un día, cercano o lejano, se va a quedar contigo para siempre.

Qué importa que no sea guapo, que sea un patán, que te coja así, con violencia, con furia, que te encaje las uñas y te grite en el oído. Sus perversiones no te importan. Podría ser peor, lo sabes bien. Tiene poco tacto, pero de eso a nada.

"Ya casi acaba. Le falta poco".

Lo conoces bien. Sabes que a veces aumenta de ritmo y no pasa nada, pero cuando aumenta de ritmo y ahoga los gemidos, cuando se pone rígido, de los brazos, del cuello, es que se avecina el orgasmo. Ya no es necesario que te dé instrucciones. Tú misma alzas más las piernas, para dejarlo subirse hasta tu cara. Cierras los ojos, aprietas los labios. Él ni se fija. Clava la mirada en el abanico de techo, se le dificulta respirar. "¿De verdad disfrutará esto?", piensas, mientras un líquido caliente y salado cae sobre tu rostro. Y él se limita a quitarse de encima, y se desploma en el colchón.

"Estás bien rica, Meme", te dice, mientras enciende un cigarro, porque así hacen en las películas. Ya que te limpiaste, te acuestas a su lado y por fin te sientes en paz. Ha pasado la tortura, el terrible momento de hacer el amor, si a eso puede llamársele hacer el amor. Ahora puedes entregarte a disfrutar su cuerpo aquí, contigo, en el momento en que tú dejas de ser suya, y él empieza a pertenecerte. Ahora puedes engañarte, decirte "Soy feliz, estoy bien", e imaginar que un día, quizá no muy lejano, llegue Rufino no a pagarte dos horas, sino una vida entera; y te diga, "Vente, vámonos de aquí. Vente conmigo".

Hoy no ha sido el día. Hoy te ha pagado dos horas, y las dos horas se han terminado. Ya tocan a la puerta. Gritas, Ya salgo, mientras Rufino todavía se pone los pantalones, tú sólo te pones el calzón, no es necesario más, abres la puerta y recibes a Salomón, siempre viene a las siete en punto. Rufino se va sin despedirse, saluda a Salomón, Buenas, y desaparece en el pasillo. Tú le sonrís a Salomón, y empiezas a engañarte otra vez, a imaginar que si no fue Rufino el que te salvó, tal vez sea Salomón, y que quizá esta sea la última noche de las noches vendidas.

(FIN)

6/9/07

Que bonita boda (segunda parte)




2. El novio.

Hizo todo de forma mecánica. Le pidió a José Luis el video de su boda, y lo vio una y otra vez, hasta que aprendió los pasos que un buen novio debía ejecutar. Desde el Sí acepto, hasta el brindis al llegar a la recepción. Y vio que a partir de ahí, ya no era necesario. Que Diana se divirtiera con su fiesta, él casi no había invitado a nadie, a algunos socios nada más, y claro, a Emanuel. Su madre se había encargado de darle clase a la fiesta, según sus propias palabras, porque si por Diana fuera, hubiese invitado a todo el rancho. Por fortuna le restringieron las invitaciones, y la boda fue una mezcla de fiesta popular con distinguido coctel. A Raúl poco, o nada, le importaba aquel asunto. Le gustaba consentir a Diana, porque veía que se ponía contenta cuando le compraba algo, o cuando le daba dinero, cuando la llevaba a algún lado. Y le gustaba verla feliz, bueno, por algo la había elegido a ella. Además, tenían una especie de pacto secreto. Él sabía que Diana sospechaba algo, que intuía algo, justo como su madre, pero con su madre no tenía pacto alguno, sino una guerra. Ella misma se encargó de que la invitación no llegara a manos de Emanuel. Pero sus intentos fueron vanos, porque a pesar de todo, Emanuel vino. Raúl lo vio en cuanto llegaron. Estaba en la última fila, con su mirada melancólica, con un traje elegante, negro, y sus ojos brillantes. Había llegado a pensar que no vendría. Que su furia había sido tanta, que se alejaría para siempre, que había cumplido sus amenazas, sin importarle lo que le juraba Raúl, una y otra vez, A ti te amo, sólo a ti.

Fue duro para el pobre muchacho. Se había ilusionado tanto. Raúl lo mantenía al margen de su vida pública, lo escondía como a su más preciado tesoro. Iba por él a la escuela, en su coche menos lujoso, para no llamar la atención, y lo llevaba a algún mirador, al estacionamiento de un centro comercial, al principio, después empezaron a ir al motel más seguro del mundo gracias al dinero todopoderoso. Emanuel no entendía la razón del clandestinaje. A él le parecía tan natural. En la escuela podía ver a las parejas de hombres echados en el pasto, sonrientes y amorosos, o a las muchachas besándose, y creía que el temor de Raúl era por su edad. Siempre le decía que no tenía nada de malo. Que nunca se era demasiado grande como para empezar a ser auténtico. Una tarde le explicó todo. Su pasado, su vida pública, sus relaciones multimillonarias que, de fracasar, llevarían a la quiebra no sólo a su familia, sino a muchas otras que trabajaban en sus empresas. Que debía mantener las apariencias, porque a los socios no les gustaban los escándalos. Por eso, le dijo, voy a casarme con una mujer. Lloró por horas Emanuel, herido y destrozado, pero incapaz de asesinar el amor que ya sentía. Raúl le había dado alternativas que parecían sacadas de novelas de ciencia ficción, fingir su muerte y escapar, por ejemplo, o llevárselo con él a todas partes, aparentando ser su asesor, o su sobrino. La sola relación de ellos dos era riesgosa. La madre de Raúl lo sabía, por eso había insistido tanto en la boda.

Y a pesar del dolor, a pesar del incierto futuro, Emanuel acudió. Encontró a Raúl en medio del jardín, lo tomó de la mano y sin decir una palabra, sin hacer promesas que tal vez no se habrían de cumplir, se dispuso a disfrutar aquello mientras durara. Ni los millones de dólares, ni los socios internacionales, ni la esposa interesada podrían acabar jamás con el inmenso amor que se tenían, eso lo sabían muy bien los dos. Se fueron a un baño privado, que Raúl había rentado y que era independiente al del salón, y ahí se desnudaron, a prisa, con furia casi, y a lo lejos se escuchaba la fiesta, en su máximo esplendor, y al animador gritando, Ahora que pase el novio a la pista, y a alguien diciendo, Está en el baño.

(FIN)

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[Primera parte]

1/2/06

Sobre la mota

Sobre la mota

Sé que si logro liberar una mano, una sola, podré desatarme por completo y salir de esta maldita oscuridad que me está volviendo loco. Pero estoy sudando, demasiado, a mis ojos resbalan las gotas saladas que no puedo limpiarme porque no tengo los brazos libres para hacerlo, y arde hasta la madre. Por momentos siento que me asfixio, me retuerzo en la cama esperando vencer la tensión de la madera y recuperar mi libertad después de hacerla pedazos. Mi voluntad ahora me importa una mierda, he sido vencido, no puedo, lo único que me resta por hacer es desatar mi mano derecha, pues al ser yo diestro es ahí donde reside mi habilidad, y luego servirme de ella para soltar la izquierda, luego los pies, ambos, y será todo.

Pero mierda, jamás imaginé que a Jacinta le salieran tan bien los nudos. De haberlo sabido, mejor le habría dicho a Elvira, o a Inés, o a Marcelo. Marcelo es un poco idiota, ese me habría escuchado gritar hacer una hora que ya, por favor, que ya había tenido suficiente, que no iba a lograrlo, que me iba a morir por su culpa, y de inmediato habría corrido hacia acá a desatarme con la pipa en una mano y la mariguana en la otra, me habría dicho No te preocupes, compa, sé que es difícil, lo hiciste muy bien, va a ser cuestión de tiempo, ya verás, conseguirás dejarla, y luego nos habríamos puesto bien grifotes y asunto resuelto. Pero Jacinta... Pinche Jacinta, es muy lista, sabe que la mota no causa dependencia física, por lo que no puedo morirme de abstinencia, por eso no resultaron mis gritos implorando piedad, nada más un churro, es más, sólo un tanque y ya. A parte ella no se mete nada, ni toma la desgraciada... ¿Para qué le pedí a ella que me cuidara, carajo, para qué...?

Ya está. De súbito siento que la muñeca se ha liberado del nudo que la aprisionaba y mis ojos se abren de vuelta a la vida. Ahora sólo es cuestión de minutos para salir de este agujero y volar... Puta, de solo pensarlo... Antes de continuar con mi labor, alcanzo un cigarro de la mesita de noche, busco el encendedor y lo prendo... Ayudará a que no me muera de ansias mientras termino de desatarme. La mano izquierda resulta un tanto más difícil, pero luego de un rato lo logro. Ya puedo sentarme... Estoy cada vez más cerca. Ilumino con el tenue fuego el reloj y miro la hora. Han pasado cinco horas... Imposible, ¿nada más? Debe estar mal. Me parece que llevo aquí unas doce, al menos. En fin, otro cigarro mientras libero los pies... No es cuestión de fuerza, uno tiene que respirar, tranquilizarse, por más que este nudo culero tarde en ceder, no debo perder la calma... Si me desespero nada saldrá bien. Hay que analizar la forma, hacia dónde va la cuerda... Puta, qué disparate. Ah, pero el nene cree que puede dejar la mota sin ayuda... He perdido la cuenta de las veces que he dicho Ya no voy a fumar. He olvidado si existía la tranquilidad, la calma, el sosiego, antes de la mota. No recuerdo ya los verdaderos colores del mundo, ni en qué me entretenía antes de descubrir la canabis, ni cómo creía que era la felicidad -porque intuyo que tal vez fui feliz, aunque fuese un instante-, ni qué era no necesitar de un churro para pasarla bien. Ya no reconozco al tipo ese del espejo. Y la incertidumbre que trataba de espantar quemando weed ha adquirido nueva fuerza, y el futuro se ha extinguido, y el presente es un cristal de ilusiones que jamás se concretan, y el pasado está vacío...

Ya he desatado mis pies, pero no me muevo de aquí. Ni he prendido la luz. Puedo limpiarme el sudor de la cara y encender un cigarro más, mientras me pregunto si estoy haciendo lo correcto, si de verdad estoy aprovechando mis días y mis noches... Lo primero que me respondo, Si estuvieras haciendo lo correcto no tendrías dudas. Pero mierda, la vida es corta, sólo se es joven una vez, si esta vez tampoco pude la próxima seguro podré, no hay mejor forma para gozar de la vida que hacer lo que a uno se le antoja hacer, al fin y al cabo, ya mañana será lo que será, ni siquiera sé si estaré vivo, no tiene caso preocuparse, sólo tenemos el presente...

A quién engaño. Sólo a mí mismo.

Me levanto, prendo un último cigarro, salgo del cuarto. Tras la puerta está Jacinta, se sorprende al verme, creería que me había quedado dormido, se me pone enfrente, la empujo. Ahí, en ese cajón, está la pipa y la bolsa con mariguana, y me voy sobre ellas. Jacinta, se ha caído al suelo la pobre, me observa decepcionada.

-Te prometo que la próxima vez sí la dejo. Te lo prometo.

(FIN)

20/4/05

no vendrá (segunda parte)

El autobús llegó a la hora prometida, 5:45 de la mañana. Minerva sostenía su maleta con firmeza, mirando el reloj, esperando hasta el último momento, pues sabía que el temperamento romántico de Diego lo haría llegar justo cuando ella pensara que no llegaría. Y ya estaba empezando a dudar. "Si en verdad me ama, vendrá", pensó. No estaba segura de lo que había pasado entre ellos para llegar hasta este punto. La verdad era que, un día, había llegado Rubén y lo había cambiado todo. La central estaba casi desierta, unos cuantos viajeros regresando a sus lugares de origen, otros más volviendo a casa, un par de perros callejeros buscando entre la basura algo de comer, un par de niños jugando entre el equipaje, sujetos lavando los vehículos, choferes desayunando de pie mientras bromeaban entre ellos... Nadie, nadie estaba consciente del drama que estaba viviendo aquella chica de pie, con la maleta agarada con firmeza, consultando el reloj que no hacía ningún esfuerzo por detenerse. Los pasajeros ya comenzaban a abordar el autobús que ella debía tomar, como se había prometido, para empezar de nuevo.

"¿Habrá leído mi nota?", se preguntó, mientras verificaba por enésima ocasión que su teléfono estuviera encendido, que tal si Diego trataba de llamarla y ella con el celular apagado, sería una tragedia. No era su estilo dejar notas. Por eso había lo había llamado a su casa toda la tarde anterior, sin que él contestara. Sabía que, por más molesto que estuviera, debía contestar, aunque fuera sólo para decirle que bien por ella, si se iba con Rubén que tuviera buena suerte y que fuera muy feliz, ella trataría de consolarlo, tratando de hacerlo cambiar de actitud, tratando de sacarle un par de palabras, quédate conmigo, era lo que necesitaba escuchar. Pero Diego no contestó. Cuando fue a buscarlo y no vio su carro, dejó una nota en un folleto de publicidad de una pizzería y la dejó enrollada en la ventana. Ese era el estilo del pobre Diego, demasiado idealista. Pero todavía quedaban unos minutos.

Después, por la tarde, fue a la casa de Rubén. Minerva ya estaba decidida, si Diego no le contestaba, se iría con el otro. Al fin y al cabo, Rubén también había demostrado amor. Por supuesto, no era como Diego, y no sabía si eso era bueno o malo. "¿Te irás conmigo?", le preguntó él, "Sí, pero necesito despedirme de Diego", le dijo ella. Fueron a la casa de Minerva a preparar el equipaje, y Rubén, por entrar antes, vio en el suelo la nota que Diego le había dejado. Se quedó allí de pie, pisándola para que ella no la viera, y en un momento de distracción, se agachó y se la echó al bolsillo. No permitiría que el patético ex-novio arruinara su plan. Pasaron la noche en vela, viendo la televisión, algunas películas viejas, hasta que llegó la hora de ir a la central. Minerva revisaba cada dos minutos su celular, pensando si no se habría descompuesto. Pero no. Diego no llamaba porque había pasado la noche en la azotea de un edificio...

"Vamos. Ya es hora", le dijo Rubén. Minerva echó un último vistazo a la sala de espera, buscando la figura triste e insegura del que tanto había esperado. "No vendrá", pensó. Con un último suspiro, reafirmó la maleta y tomó de la mano a su acompañante, regalándole una sonrisa. Subieron al autobús. Rubén la abrazó y le besó la mejilla.

-¿Esperabas a alguien?
-...No. A nadie.
-Vamos a ser muy felices. Ya lo verás.

(FIN)

(nota: para aclarar un poco las cosas, consulta la primera parte)

16/4/05

amnesia voluntaria (3 de 3)

Ya pasó un año desde aquel día. Si hubiese descubierto antes cómo reprimir los recuerdos a mi antojo, tal vez esto no habría pasado, aún podría vivir en la feliz ignorancia, huyendo de la justicia, pensando que todos están locos porque creen que maté a mi novia. Pero no. Apenas vi su departamento, las imágenes perdidas comenzaron a vibrar en mi memoria y no se me ocurrió detenerlas. Ni siquiera sospeché que era una trampa. Desde entonces he practicado, viendo de qué soy capaz, y esta será la última noche que reviva este recuerdo. Mañana, cuando me pregunten por qué estoy en la cárcel, les diré la verdad: que no me acuerdo, y que nunca me acordaré.

La nocheen que maté a Nabil, había estado con Brenda largo rato. Llegué a casa a las diez. La puerta estaba entreabierta, las luces prendidas, y apenas entré, la vi con la pistola en la mano, llorando en el sofá, mirando al suelo mientras me esperaba.

-Llamé a la oficina y me dijeron quesaliste a las cuatro. ¿Dónde carajo estuviste?

Ya iba siendo hora de no esquivar más la verdad. Sí, es cierto que yo la busqué tres meses después de divorciarnos, cuando Brenda ya se estaba poniendo pesada con lo del compromiso, y es cierto que le prometí que jamás volvería a engañarla para convencerla de rehacer a nuestra familia. No había pasado ni medio año cuando ya todo estaba otra vez por los suelos, Nabil ya se hacía la mártir otra vez, Brenda otra vez presionando con sus ideas homicidas para separarme, alimentándose de una mentira inventada por ella misma... y no, yo no quería adentrarme más en ese vaivén inmoral de la bigamia, quería de vuelta los años gloriosos del amor sin fronteras, sin límites, cuando Nabil sólo existía para mí y yo sólo vivía por ella. Así que le diría la veradad: Que había vuelto a ver a Brenda durante el último mes, pero que ya me había decidido a cortar el triángulo y a quedarme con mi familia. Ella no me dejó. Ni siquiera me escuchó. Me apuntó con la pistola que yo mismo había comprado cuando se metieron a robar a la casa, diciéndome que yo era una sabandija del inframundo, que la había engañado todo el tiempo, que ella no quería una vida así, por qué la hago sufrir tanto, por qué no puedo amarla como antes, a ella que ha soportado tanto dolor, el cáncer de su padre, el tumor cerebral de su madre, el aborto del que sería nuestro segundo hijo, no valgo la pena, Sandrita no merece unos papás como nosotros... Siempre las lágrimas la hacen estornudar, y entre su nerviosismo y su perturbación, se distrae y yo le quito la pistola. Ahora soy yo quien le apunta, procurando parecer inofensivo...

-Bien, Nabil... Vamos a tranquilizarnos...
-¡Jódete, imbécil! Hoy nuestra hija se queda huérfana... ¡Ya lo decidí!

"Perdió la razón", pensé. Era de esperarse, su historial psiquiátrico no era un augurio de buena salud mental... Aún así, no me atreví a dispararle cuando se metió en la cocina y alcanzó un cuchillo. Me encaró. Ahora lucíamos como un par de gladiadores luchando por la muerte del otro. Yo no iba a dispararle. Pero es difícil controlar las reacciones naturales del cuerpo cuando alguien le abre a uno una herida profunda en la parte inferior izquierda del abdomen cuando menos la veías venir, no puedes controlar el terrible ardor de la carne abierta, ni la sorpresa de ver que quien tanto amas quiere matarte, ni la cara haciendo una mueca de sorpresa, ni el dedo jalando el gatillo del arma, ni el brazo derecho que se mueve por instinto hacia el atacante... Su cuerpo exánime quedó tendido en el suelo, y no volvería a levantarse. El brillo de sus ojos lúgubres no volvería a reflejarse en mi sonrisa, sus manos jamás desnudarían otra vez mi cuerpo, ni sus palabras llegarían a mis oídos, ni sus besos a mis labios. Cuando Sandrita dijera "mamá", nadie respondería a su llamado. Incluso el dolor de mi herida sangrante se apagó en ese instante, justo cuando no había más qué hacer.

Asustado, llamé a Lalo, y le dije lo que acababa de pasar. "No te muevas de ahí", me dijo, pero yo no soportaba contemplar el cuerpo desangrado de Nabil. Eché algo de ropa en una maleta, tratando de no despertar a Sandrita. Le besé al frente y le dije adiós. El egoísmo llevaba mi pensamiento del "acabo de matar al amor de mi vida" a un egoísta "iré a la cárcel". Llamé a Brenda para encargarle a mi hija, sin darle mayor explicación. A bordo de mi coche, manejé hasta que me topé por casualidad con un rave en la playa, abrumado por la insoportable herida. Quizá me dio justo en el alma, porque me dolía más por dentro. Pero confiaba en el bendito efecto de la heroína, abundante en este tipo de eventos, para sacarme de la realidad e instalarme en el cómodo palacio de la ilusión.

Dos semanas después, el recuerdo resurgió a mitad de la noche, más fuerte que nunca, provocándome una fiebre casi fatal. Por suerte, logré reprimirlo por primera vez, pero me confundí mucho y tuve que volver a Tijuana para saber qué había pasado. Brenda creyó que había matado a Nabil por ella... pero qué va. Cuando llegué a la casa de Nabil, no vi las patrullas escondidas en la esquina. Ya arrestado, me hicieron saber que Ana María Bravo había llamado a la policía advirtiéndoles que iba para allá, y me dieron un papel con un recado suyo: "Para que sepas que onmigo no se juega, cabrón", y un beso rojo pintado sobre las letras.

Pero ya estuve practicando, y mañana lo único que recordaré será mi nombre, y que yo mismo me borré la memoria mientras dormía. Quizá me vuelva loco y quiera saber otra vez qué pasó, pero no sé cuál es peor castigo: vivir una vida sin recuerdos o soportar estos recuerdos toda la vida.

(FIN)

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[Parte uno]

[Parte dos]

13/4/05

amensia voluntaria (2 de 3)

Me la quito de encima y me levanto de la cama. Ya puedo convencerme de que perdí dos semanas de mi vida y no supe dónde las dejé.

-Te equivocas. Puedo hacer locuras a veces pero no sería capaz de matar a nadie. Mucho menos a Nabil. La amo.

Ella se queda estupefacta, como si mis palabras la hubieran ofendido. Esa expresión en su rostro la hace ver mucho más familiar ante mis ojos. Recuerdo que nos besábamos, que reíamos, que íbamos a su casa y nos desvelábamos viendo películas viejas. Pero pronto Nabil reaparece y ahuyenta a la entrometida. Tendré que usar mi último recurso para salir de esta confusión: la sinceridad.

-Mira, te voy a decir la verdad. Hoy desperté algo malo, sin recordar nada de lo que he estado haciendo las últimas dos semanas. Todo esto es muy extraño, así que por favor, explícame bien quién eres y de dónde te conozco...

Sus facciones se contraen más todavía. De pronto pierde el control, me grita que soy un cínico y comienza a lanzarme el despertador, la lámpara usada, un libro robado, la agenda telefónica, un bolígrafo, un portaretrato con la fotografía de mi hermana menor, no tiene ni maña puntaría ni poca fuerza, a mí no me queda más que encogerme contra la pared y esperar a que se tranquilice. Sus lágrimas son conmovedoras, y yo, sin poder explicarlo siento unas tremendas ganas de abrazarla y reconfortarla. Estoy a punto de ser vencido por el impulso cuando ella levanta el rostro y poner cara de sorpresa. O se le ocurrió un plan infalibre y recordó de pronto algo importante, eso no lo sabré hasta que ella decida hablar.

-Es verdad... El doctor nos lo advirtió hace meses... Sí, después del accidente en la moto de Lalo... Dijo... dijo que tenías un daño en no sé qué región del cerebro, y que podía afectar tu memoria... pero no es nada serio. En unos días se te pasará y...
-A ver, a ver, a ver... ¿Que dijo qué? Dime sus palabras exactas.
-Bueno, te hizo unos estudios y diho que un estado de estrés excesivo podría borrarte algunos recuerdos de la cabeza... Pero no sería permanente. Te acordarás pronto.

Esperaba que eso fuera cierto.

-Está bien... Entonces, dime... ¿quién eres?
-Brenda. Brenda Lerma. Te conocí en el bar de aquí cerca, hace ocho meses. Habías discutido con tu esposa, comenzamoz a hablar, y dormiste en mi casa. Recuerdo que te portarte como un caballero, no intentaste propasarte, fuiste muy dulce...
-No... ¡No! Nunca me he casado. Nabil y yo sólo éramos novios. Me estás engañando...
-¿per qué dices? Te divorciaste ese mismo mes, y obtuviste la custodia de tu niña... Sandrita te extrañó mucho, pero la cuidé bien, como te prometí, no te apures...
-¿Sandrita? ¿Cuál niña? Escúchame bien, Brenda, estás confundiéndome más... No tengo ninguna hija, ¿sí? Basta de tonterías, por favor...
-Ah, ¿no me crees? Llevas una fotografía de ella en la billetera. Vela tú mismo.

Tengo miedo de hacerle caso. Algo trama esta Brenda Lerma. Sólo son dos semanas las que perdí, es seguro que miente. Recordaría si tuviera una hija, recordaría si me hubiera divorciado y recordaría, eso es irrefutable, que maté a una persona. Mis ojos buscan el último recuerdo por todos lados, el último... Creo que discutí con Nabil... Pero nunca ha sido nada serio, no... Nada cuadra aquí. Debo intentar descubrir qué pasó. Sólo puedo confiar en mi hermano, Lalo. Por suerte, él llega en este justo momento para sacarme de una vez de esta maldita incertidumbre.

-Al fin... Mira, tengo a esta dama aquí, contándome una historia de ficción muy divertida que...

Lalo parece preocupado. Parece que no ha dormido en días. Cuando sus ojos se topan con Brenda, explota en furia y me grita señalándola.

-¿Qué hace esta puta aquí? Pensé que ya no la estabas viendo más...
-¿Qué dices? ¿Entonces sí la conozco?

Mi hermano no comprende lo que dije, así que tengo que contarle todo lo que me ha pasado este día, desde que desperté en Rosarito hasta este momento en el que él abrió la puerta. Cuando termino, él permanece inmutable.

-Alberto, escúchame. Todo lo que te dijo Brenda es cierto. Debes salir de la ciudad cuanto antes.
-No... No, no puede ser... Yo... nunca... nunca habría matado a Nabil... La amo...
-Eres el principal sospechoso. Además... antes de irte de la ciudad, me llamaste y me lo dijiste... Debes huir.

Me niego a creer toda esta mierda. Dejo a mis "invitados" allí y me voy al departamento de Nabil. La ventana está abierta, y la puerta entrecerrada, señales de que su única habitante se encuentra dentro...

(CONTINÚA)

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[Parte uno]

[Parte tres]

12/4/05

amnesia voluntaria (1 de 3)

Un suave rumor, como el sonido del mar, me despierta de súbito. Esto no huele a mi casa. La cama está demasiado grande, las sábanas son nuevas. Abro los ojos. Por la enorme ventana, justo frente a la cama, entra la luz débil y blanquecina del amanecer, atravesando las cortinas transparentes. Puedo ver la playa, aunque sé que es imposible, al otro lado del marco. Miro alrededor. Esto no es mi casa. Estoy desnudo, y muy cansado. Mi cuerpo está frío. Me duele la parte inferior izquiera del abdomen, y me percato de que tengo un parche allí, cubriendo una herida profunda que comienza a sanar. Oigo que alguien silba una melodía familiar. Mi ropa yace en el suelo alfombrado. De un salto me levanto y me pongo los pantalones. Sigo este sonido silbante, que me conduce hacia el baño junto a la recámara. La puerta está abierta. Hay pinturas en todas las paredes, pinturas que no conozco. En la tina, una mujer silba con los ojos cerrados. Es hermosa. Quizá percibe mi presencia, o escucha mis pasos, porque de pronto fija su mirada en mí.

-Ya te levantaste... Buenos días. Ven. Métete conmigo. ¿Ya te sientes mejor?

Pienso en la dificultad de tal hazaña, pues aunque esta mujer desconocida que me trata con la mayor confianza posible no posee un cuerpo demasiado voluminoso, el mío junto al suyo sin duda nos dificultaría la labor de acomodarnos en ese pequeño espacio sin que uno de los dos quede en una posición incómoda. No he perdido la calma, eso se nota, pero me pregunto cuál será la mejor manera de indagar qué estoy haciendo aquí sin oírme como un imbécil. Sí, me siento un poco perdido, lo acepto, pero aún sé que me llamo Alberto Flores y que vivo en el centro de Tijuana, que en mi departamento apenas quepo yo y que la única ventana da al patio común y no a las playas del Pacífico. Estoy seguro que esto no es el producto de una tremenda borrachera porque no siento resaca alguna, así que no hay de otra.

-¿Qué estoy haciendo aquí?

Apenas puedo creer que lo pregunté. La mujer de la tina me mira divertida, su sonrisa es la ternura hecha labios, y me remuerde la conciencia. Nabil no estará muy contenta cuando se entere con quién pasé la noche, pero antes, yo mismo debo saberlo.

-¿De qué hablas, Alberto? Anda. Ven...
-No, no, no... Primero dime qué hago aquí. Y quién eres tú.

Ella sale de la tina, alarmada, y así, desnuda y chorreando agua, me toca la frente y las mejillas.

-Ya no tienes fiebre... ¿Qué te pasa? No empieces con bromas. Bien sabes que no me gustan.
-No es broma. Por favor, dime dónde estoy y quién eres tú.

Ella hace un gesto de resignación. Luego sonríe.

-Vas... Te seguiré el juego: Estás en la casa de playa de mis padres, en Rosarito, y yo soy la mujer de tu vida, Ana María Bravo. Ahora, vamos a la tina...
-Para, para... ¿de qué hablas? ¿Desde cuándo estoy aquí?
-¡Ya, Alberto! Tienes dos semanas viviendo conmigo, como si no lo supieras, desde que nos conocimos en el rave. No me digas que no te acuerdas de nada, porque...
-¿Rave? ¿Cuál rave? Explícame bien porque estoy confundido...
-Vaya... No pensé que la fiebre de anoche te fuera a afectar tanto. Creí que había sido por el maravilloso sexo previo, y no por la infección de la herida que te hizo esa perra...
-Basta de bromas. Me largo a mi casa.

Ana María, que así me dijo esta mujer que se llamaba, me persigue así, desnuda, hasta el cuarto donde desperté hace apenas unos minutos, y mientras termino de vestirme me dice que no esté jugando, primero divertida, luego alterada, por último furiosa, no vas a dejarme aquí sola, adónde crees que vas, etcétera. Descubro una maleta con ropa mía detrás de la puerta, y en el tocador están las llaves de mi coche, y quitándome a esta loca de enfrente, salgo de la casa. Encuentro mi coche, ella se envolvió en una toalla y me sigue todavía, gritando. Cuando arranco el motor, ella baja la voz y pronuncia una sentencia sorpresiva.

-No puedes volver a Tijuana. Te estará buscando la policía.

La miro y nos quedamos inmóviles dos segundos. Meto la reversa.

-Como tú digas. Chao.

(...)

No parece que pasaron dos semanas. Todo está igual. Hay un recado que Lalo pasó por debajo de la puerta, nada más dice: "Llámame". Nabil no contesta el teléfono, le dejo un mensaje en el contestador. Ha de estar muy enojada. Llamo a Lalo.

-¿Lalo? Soy yo...
-Voy para allá.

Y cuelga. Dos minutos más tarde, alguien toca la puerta. No puede ser Lalo, vive al otro lado de la ciudad. Es otra mujer, a la que tampoco conozco. Me atrapa en un abrazo, me besa, me tumba en la cama, radiante de felicidad.

-Ya la mataste, ¿verdad?
-¿Qué? ¿A quién?
-A Nabil... Sí, fuiste tú. ¡Gracias! Ahora sí estaremos juntos... Nadie nos separará.

(CONTINÚA)

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[Parte dos]

[Parte tres]

9/4/05

en la central

El camión llegó a Ciudad Obregón, Sonora, a las tres de la tarde. El aire acondicionado se había descompuesto y el chofer anunció que había un problema con la transmisión del vehículo, por lo que los pasajeros se verían obligados a soportar el extremo ybochornoso calor de aquel lugar durante dos horas y media, más o menos, mientras reparaban el problema. Ramiro bajó su cajetilla de cigarros, su libro -"El laberinto de la soledad", de Octavio Paz-, y su cartera. Se sentó en la sala de espera a hacer lo que todos hacían, luego de ir al baño a enjuagarse el rostro invadido por la somnolencia, y esperó. Abrió su libro, lo cerró, lo volvió a abrir, y decidió llamar por teléfono a Marisol para avisarle del retraso. Los teléfonos públicos de tarjetas estaban afuera de la central, del lado de la banqueta, y hasta allá tuvo que andar Ramiro cargando con sus cigarros, su libro y su cartera.

Una mujer alta y morena aporreaba uno e los teléfonos, al borde de la histeria. Ramiro la miró extrañado y atraído por su inaudita belleza, pero disimuló su admiración bajando la vista y buscando el número de teléfono de su casa. La mujer morena se quedó de pie. Parecía consternada, y no se movió para nada. Ramiro marcó cada número con cuidado, percibiendo los ojos de aquella desconocida sobre él. Siempre había tenido ese talento inhato para atrapar las miradas y los deseos de las mujeres que se le acercaran. "Son las feromonas", le dijo su amigo el poeta.

-¿Hola? ¿Marisol? (...) Soy yo (...) En Ciudad Obregón, el camión tuvo un problema (...) Pues como dos horas y media, dijo el chofer (...) Qué va, creo que iré a comer algo y a estirar las piernas (...) Sí, un calor endemoniado, ¿y los niños? (...) Qué bien. Diles que su papi ya va (...) Bueno, te quiero, nos vemos (...) Sí, yo te llamo. Bai'.

Ramiro colgó y supo quela mujer morena no había salido de su trance hipnótico.

-¿Algún problema, señorita?
-Por favor, llámame Silvia. Escuché que estás libre para comer.
-Sí, bueno, en realidad...
-Conozco un lugar espléndido cerca de aquí. ¿Vamos?
-...Está bien.

(...)

"¿Qué le pasa a esta loca?", pensó Ramiro cuando Silvia se agarró de su brazo en la entrada del restaurante y lo condujo hacia la mesa. Lo miraba a los ojos con esa expresión seductora que Ramiro no podía resistir. Era bellísima. Se mojaba los labios rosas con su lengua cada diez segundos, su vestido azul, entallado y con un gran escote, la hacía ver como si debajo de la tela no trajera nada más que la piel. Su tez morena, combinada con la fina capa de sudor que la cubría y el cabello negro suelto sobre los hombros, le daba un toque salvaje y atrevido. Ramiro ya no pudo quitarle los ojos de encima.

Cualquiera quelos hubiera visto allí, sentados y charlando, habría pensado que eran amigos de toda la vida.

-Mi departamento no está lejos. ¿Quieres ir?
-Pues no sé... Falta como una hora para que salga mi camión.
-Es tiempo suficiente. Vente.

Fueron. Comenzaron a besarse desde la entrada. Ramiro se deshizo de sus ropas como si le quemaran, y empujó a Silvia hasta la cama, olorosa a jazmín. Ella lo dejó tendido y se puso de pie, quitándose, con una lentitud inquietante, el vestido de una sola pieza. Debajo no llevaba más que una tanga diminuta que en pocos instantes se unió al resto de las prendas en el suelo. La explosión del orgasmo, contenido por más de media hora, dejó a Ramiro hundido en las tinieblas de un sueño profundo.

Despertó y Silvia ya no estaba. Había un recado en el espejo: "Cuando te vayas dejas la luz prendida. Y por favor, no vuelvas a buscarme". Se vistió con una rapidez impresionante, y se negó a creer que la noche había invadido ya el cielo. "No... no puede ser... ¡Mierda! ¿Y mi cartera?". Sus bolsillos estaban vacíos. Silvia se llevó, incluso, el libro de Octavio Paz.

Ramiro llegó al mismo teléfono que había usado por la tarde y marcó por cobrar a su casa.

-¿Marisol? No lo vas a creer... Me dejó el autobús. Estoy en la central de Ciudad Obregón (...) Sí, todavía (...) Bueno es que... me perdí y me asaltaron (...) Sí, ya sé, soy un imbécil. Mándame dinero, ¿no? Bueno. Te quiero. Bai'.

(FIN)