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11/11/08

Pensando...


[Araña muerta en mi casa]

1. No debí hacerlo. Sé que es una muestra de confianza la que nos tenemos al compartir nuestras contraseñas, pero a veces la curiosidad puede demasiado. Lo sé, yo soy el que tiene antecedentes negativos, tú eres inocente de todo, libre de toda culpa, yo soy el que debería de preocuparse, pero ya no, desde aquella vez no he vuelto a relacionarme con nadie a espaldas tuyas, ni escrito mails comprometedores, ni me han escrito nada que tú no hayas visto o te hayas enterado. Sólo quería saber si le habías escrito algo a tus jefas, de lo que estábamos hablando ayer, pensé, Quiero ver qué les dijo, y entré, y no había nada, así que utilicé todos mis conocimientos internáuticos para buscar a profundidad, revisé los enviados, los borrados, de todas tus cuentas. Los que él te escribió ya no estaban, eso me choca de ti, ni siquiera puedo celarte por tus mensajes, aunque bueno, eso ahora se llama violencia tecnológica o algo así, haces bien en borrar todo, pero los que tú le enviaste, no puedo evitarlo, pienso y pienso, Bueno, está en Chile, que importa lo que diga, a la distancia estamos seguros, ellos y yo, más seguro yo, pero no puedo, no puedo, le doy vueltas y más vueltas, Por qué dijo eso, y para rematar lo que le escribes a tu amigo C, que a veces te cansas, que te da miedo, y pienso y repienso, Tal vez no debería amarte tanto, no es que no te lo merezcas, pero será una medida para protegerme por si un día cumples tus amenazas, por si un día de veras te hartas de mí y me dejas solo en este mundo triste y despiadado, qué va a ser de mí, amándote así no puedo hacer nada, no me quedará más remedio, pienso, Qué voy a hacer sin ti, qué haré, y no amarte tanto es la solución, una barrera, un escudo, como un seguro contra daños, y me doy cuenta que no puedo, nunca podré, porque el amor se me desborda por los poros sin que yo pueda hacer nada, es imposible no amarte con todas mis fuerzas, con todos mis tiempos, con todos mis modos. Y entonces, siento más miedo. ¿Acaso la solución es ser poliamor? De qué otra forma dejar atrás los celos idiotas, sino dejándote ir, dejar de sentir que me perteneces, que tu cuerpo, que tu mente, que tu alma me pertenecen tal y como los míos son tuyos, pero entonces, para qué el amor, para qué los planes, para qué.

2. La casa de la primera pareja, para ser sinceros, no me gustó nada. La calle es horrible, los vagos de la esquina como maniquíes de aparador no saben hacer más que mirarte amenazantes a los ojos, el edificio te recibe con un altar para la virgen, es decir, en ese lugar no hay libertad de culto. A pesar de que ellos poseen un nivel económico mayor al nuestro, no les envidio nada, comparados con ellos, me siento pleno. Pero luego, al compararnos con la segunda pareja, dios que casa, que calle, que mesa, que cocina. La televisión de miles de pulgadas no la envidio en lo más mínimo, pero lo demás, su estilo de vida, poder ir al gimnasio, recibir a los amigos en casa, pasear, vender tu casa y comprarte otra, regresar a España y volver a México, eso sí lo envidio. Me digo, No comas ansias, algún día, aún eres joven, tres años más y serás licenciado, siete y serás doctor, entonces podrás hacer lo que te venga en gana. Y luego me respondo, Más te vale.

3. Todo es producto del estrés. Pensar demasiado me estresa sobremanera, no estoy hecho para el estrés, debo irme a vivir a una campiña olvidado por la mano del hombre a cosechar mis propias papas y dejar atrás el dinero, los coches, las cuentas pendientes, el teléfono, la escuela, la gente idiota, la luz que dejan encendida, carajo, tan difícil es, presionar el interruptor, cientos de años para inventar algo así y la gente no puedo usarlo, eso si es joder al prójimo. Pero se deriva de no poder ser el mejor. De no sacar 10 con Ana Paula, de sacar 82 en la optativa, de la acumulación de las lecturas de Xóchitl, de las trabas para la exposición de Hamel, todo eso, que carajo, yo sólo quiero ser el mejor, no es mucho pedir, además, no quiero competir con nadie, es pura satisfacción personal, nada más, no se lo voy a echar en cara a nadie, pero me servirá para un par de becas, para abrirme paso en el difícil mundo profesional, o qué, ¿a poco para que uno cumpla sus sueños en este país es indispensable hacer el ridículo en la televisión? Carajo.

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"I want to be the kind of dreams you'll never share"

23/5/08

Etiqueta



Toda la vida me ha parecido absurdo.

Decir Con permiso cuando pasas entre dos personas, decir salud cuando alguien estornuda, decir perdón después de eructar, no decirle a alguien algo que te molesta cuando te molesta, aparentar que gente que te cae mal te cae bien, hablarle a alguien sólo por compromiso, decir gracias por todo y para todo, preguntar Cómo estás, si de antemano uno sabe que la respuesta siempre será Bien. Y en general, todas esas reglas absurdas de convivencia social, que se crearon para que la gente no se salga de control, para que nos movamos siempre dentro de rangos establecidos, patrones de conducta similares que no sorprendan a nadie, para tener la seguridad de una monotonía impuesta por la mayoría. Pero a mí la mayoría me vale madres.
No siempre. Cuando hago algo para mi beneficio propio que afecta a alguien más, procuro medirme o evitar al máximo las consecuencias para ese tercero. Procuro no insultar a la gente ni hacerla sentir incómoda. Procuro no señalarles su estupidez, a menos que sea algo muy grave o que sea una persona a la que le tengo confianza. En general, no me rijo por reglas de conducta estrictas, si no acepto las que la sociedad impone, sería contradictorio que yo mismo me impusiera alguna(s). Por eso algunas veces puedo reaccionar de ciertas maneras y otras de otras frente a una y a la misma situación.
Y a pesar de todo, existen conceptos y creencias, impuestas socialmente, que me siguen taladrando la cabeza sin que yo pueda evitarlo y en ocasiones sin que me de cuenta. Es quizá que hago un esfuerzo sobrehumano, después de las tonterías que hice, por mantenerlo contento. Por que estemos bien, con nosotros, con cada uno. Por que esté feliz y por que su felicidad sea por mi causa. Pero no puedo dejar de comportarme, las más de las veces, de una forma infantil absurda que ni yo mismo se de dónde heredé. Berrinches, llantos y celos irracionales son cosas de todos los días en mi cabeza. Y al principio pensé que quien tenía la razón era yo. Ayer me di cuenta de que no, no tengo la razón, porque la gente me ha dicho que piense así. Que tener una relación con una persona implica pertenencia y obligación. Y así no funcionan las cosas.
Además de mis exámenes, trabajos, tareas atrasadas y todo lo que debo hacer para lograr un promedio de B este trimestre -el promedio perfecto, qué cosas, quedó hundido en el pasado- para mantener la beca, debo también trabajar en esos procedimientos equívocos que sólo ocurren en mi cabeza y no por mi voluntad. Es lo más sencillo del mundo, no hay de qué preocuparse.

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"Decirle al recién llegado, por ejemplo, aunque sea con las mejores maneras, Sí, señor, interrumpe, siéntese en otro sitio, causaría tal conmoción que la red de relaciones de grupo se tambalearía gravemente y quedaría en entredicho", José Saramago

1/2/08

Si no te quiere (1 de 3)



1. Persianas

Tener persianas en las ventanas resulta conveniente sobre todo cuando llega un nuevo vecino. Viviendo en el último piso, con la ventana hacia el edificio de enfrente, puedo observar las escaleras, y vigilar quién sube y quién baja. Hoy sube y baja un muchacho de unos 25 años, que lleva días sin afeitarse. Ojos claros, piel morena, cara afilada, pelo corto, brillante. El sudor le sienta bien. Desde su coche estacionado en la puerta del edificio, acarrea cajas con sus cosas sin detenerse a descansar. Ya ha subido una televisión de las viejas, de perillas, una radio negra, muy moderna, con luces de colores, y un horno de microondas. Iba subiendo un mueble, de esos que se arman casi solos, cuando se detuvo en el rellano de las escaleras, se desabotonó la camisa y la dejó en el barandal. Nada más de verlo sentí un calor por todo el cuerpo que me dobló las rodillas. He tenido una idea para acercármele. Es que un soltero como ese, y joven además, no se ve todos los días.

Hice limonada. Estoy esperando a que pare su ir y venir para salir bamboleando las caderas, con una sonrisa coqueta, mis pestañas enchinadas y mi lápiz labial rosa que tan bien me queda. Con el vestido suelto ni se me nota lo gorda. Quizá le lleve un poquito de nieve, y unos dulces. No, mejor sólo agua. Digo, apenas lo voy a conocer. El agua no se le niega a nadie, por educación, pero yo qué sé, quizá es diabético el pobre. Yo voy a cuidarlo. Nada más que se enamore de mí, y va a ver, se va a preguntar cómo es que pudo vivir tanto tiempo solo. Lo voy a tratar mejor que su madre. Lo voy a mimar todos los días. Voy a trabajar horas extras, y voy a adelgazar, ahora sí. De cualquier manera, no se va a enamorar por mi apariencia. Se ve un muchacho sensible, inteligente, muy noble, sé que él sí sabrá apreciar lo que tengo para ofrecer, sé que podrá valorarlo.

En las amistades ya no se puede confiar. Por eso es siempre bueno tener a alguien, una pareja, contigo, que te apoye, que te cuide, que te diga lo que te conviene y lo que no. Y ese muchacho, tan simpático, tan puro, cualquiera podría abusar de él, pobre, tiene cara de inocente. Pero ya verá, conmigo a su lado no le va a pasar nada, no tendrá qué temer. Esa es la última caja. Regresó a estacionar bien su coche, y ahora sube las escaleras sin nada en las manos. Se detiene otra vez en el rellano y se empieza a abotonar la camisa. Esa es la señal. Le voy a tocar la puerta, veré de cerca sus ojos claros y su sudor, todavía fresco, y le diré: Hola, yo vivo enfrente, me llamo Renata, te traje limonada. Con eso cae. Con eso.

[Continúa]

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[Segunda parte]

[Tercera parte]

14/12/07

Volver otro día



Esta es la última vez, se dijo, tomó las llaves de la camioneta, encerró a los niños, y partió rumbo al lago. Apretaba con fuerza el volante mientras conducía sin prisas, sabía que si hoy descubría la verdad, John la esperaría. Pero qué tal si no. Lo imaginaba recargado en un árbol, escondiéndose, quizá fumando, como hace cuando espera algo que no sabe cuánto se tardará, atento a los sonidos de la carretera, lanzando piedras, mirando el cielo, abrazándose el pecho por el frío. Pobre, se decía, cómo habrá hecho todo este tiempo, dónde se habrá metido, por qué no fue a la casa, por qué no me pidió ayuda, pensó que lo traicionaría, que tonto, si yo lo amo.

Lo amaba tanto que se negaba a creerlo, y no sólo eso: estaba convencida de que la noticia había sido falsa. De que el acta de defunción la habían expedido con demasiadas prisas, para ocultar algo. De que el abogado tenía buenas intenciones, pero había arruinado la investigación. Estaba convencida de que el mundo había conspirado en su contra. Declararlo muerto, perdonarle las deudas, era lo que a todo el mundo le convenía, excepto a ella. No sabía cómo vivir sin él. Por eso Anne imaginaba todas las noches que John entraría a hurtadillas por la ventana, se recostaría a su lado y le diría, He vuelto, no te preocupes, estoy bien. Ella tocaría su cuerpo flaco y demacrado, mientras repite Lo sabía, lo sabía, y le plantaba sonoros besos en la cara. Pero luego despertaba, todas las mañanas, y se descubría sola en la inmensidad de la cama, bañada en lágrimas.

Siempre tomaba el mismo camino. Es que era supersticiosa. Desde que vio el bote estallando en mil pedazos en medio del lago. Fue una suerte que el helicóptero pasara por allí en ese preciso momento, y que ella estuviese viendo las noticias de la tarde. Si no, quién sabe hasta cuándo se habría enterado. Así pudo irse sin perder el tiempo hacia el lago, por ese camino que ahora recorría, pero pisando más a fondo el acelerador. Aquel día le urgía llegar. Para que fuese ella la que llevara a su marido al hospital, no la ambulancia, para que fuese ella quien le dijera las primeras palabras, No te preocupes, vas a estar bien. Pero la policía no la dejó pasar, hasta que barrieron toda el área del lago. La explosión, inexplicable, había sido tan aparatosa que esperaban encontrar los miembros de John regados por todo el lugar. No pasó eso. Al contrario, no pudieron encontrar un sólo rastro, una piedra manchada de sangre, un cabello, un trozo de uña. Nada. Buscaron y buscaron, hasta que la noticia se agotó, y nació el borrego con cinco patas, y fue la sensación. Todo el mundo se olvidó del hombre que se esfumó en el aire.

Tenía sus motivos para suicidarse. Pero Anne sabía que nunca tomaría una decisión como esa sin consultarla, o al menos, sin dejarle un recado, una nota, Es lo mejor para nosotros, así la habría firmado, porque él siempre se había sacrificado por su familia, hasta el suicidio habría sido un sacrificio y no un escape. Sabía que su muerte solucionaría todo. Anne podría cobrar el seguro de vida, el banco condonaría la hipoteca de la casa, y los delincuentes que los tenían amenazados la dejarían en paz, a ella y a sus hijos. Pero se negaba a creerlo. Quizá fingió su muerte. Nadie pudo comprobar que de verdad estuviera en el bote cuando estalló. No habían encontrado el cuerpo... No era, entonces, tan disparatado pensar en que había sobrevivido, se había escondido por un tiempo, y que en cualquier momento regresaría.

Pero cinco años es mucho tiempo. Al banco ya se le había olvidado el caso, la televisión nunca más tocó el asunto (en cambio hacían especiales de la oveja de cinco patas cada dos meses, hasta que murió y todo el país estuvo de luto). A nadie le importaba que estuviese vivo o muerto. Ya podía volver. Anne lo sabía, y por eso iba, de vez en cuando, al lago, para ver si lo encontraba por ahí, rondando la escena de su supuesta muerte.

Bajó de la camioneta y el frío le dio de lleno en la cara. Miró la quietud de la superficie, sintió el silencio y la calma de la tarde. Atenta a cualquier sonido, a cualquier sombra, a la señal que su marido le daría, esperó. Uno hora, dos horas, tres horas. Oscureció y ella siguió esperando. Hablándole como si estuviera presente, Ven mi amor, no tengas miedo, ya estás a salvo. John no respondía. Una vocecita, débil y desafiante, en el fondo de su pecho le decía, Ya no te engañes, pero Anne se negaba a escucharla. Ocho, nueve, diez de la noche. Ni un alma. Nada. Cuándo volverás John, cuándo.

Dio media vuelta y abrió la puerta de la camioneta. Ya era media noche y el frío era insoportable, incluso para un muerto. Sus hijos estaban solos, y de John, nada, como siempre. No importa. Tenía toda la vida para esperarlo. Volvería otro día... Y al encender la camioneta, estuvo segura de que la próxima vez que viniera a buscarlo, él la estaría esperando, y le preguntaría, Por qué tardaste tanto.

(FIN)

7/12/07

Si entendiera de estas cosas



No se despierta por el escándalo del coche estacionándose, o por el ruido de las llaves, menos por las patadas que le propina a la puerta cuando ésta, impenetrable, se niega a abrirse si no atina antes a la llave; es más la sensación, si entendiera de estas cosas el pobre, podría decirnos, Es que el ambiente se llena de tensión, se vuelve horrible y lo único que queda por hacer es fingir estar dormido. Qué puta madre, balbucea su padre, y entonces escucha un sonido como de latas, luego una bragueta y por fin, un chorro de algún líquido que ansiaba salir de su recipiente, un chorro grueso y violento, intenso y apestoso. Hugo se voltea para darle la espalda a la puerta de entrada. Esta vez no quiere ver nada, siempre hace un esfuerzo tremendo por mantener los ojos cerrados, por creerse su propia mentira e imaginar que aquello es una horrible pesadilla, que por la mañana despertará y podrá ver a su padre dormido, tranquilo, casi desnudo en la brillante cama, envuelto en la sábana que su pobre madre mantiene tan blanca, como si de su blancura dependiera su estabilidad.

Su padre ha dado -¡al fin!- con la llave correcta. El chirrido de los goznes llega hasta los infantiles oídos de Hugo, de tan sólo escucharlo se aterra, se cubre la cabeza, quizá hoy también pase desapercibido, siempre le ha dado miedo enfurecer a su padre con su sola presencia, si entendiera de estas cosas nos diría, Creerá que soy un insolente, que no tengo respeto por su autoridad, que es una osadía de mi parte mirarlo a los ojos y no mostrarle pánico. Pero lo más probable es que su padre, así de borracho, ni siquiera recuerde que tiene un hijo. Es tan reciente. No puede aceptarlo todavía. No puede creer que su mujer lo haya obligado a hacer esto, a pesar de que le dijo, Abórtalo, no lo quiero, y la mujer se atrevió a retarlo, Pues yo sí, no cree que sea culpa suya no poder acostumbrarse a ser padre, ni mencionar el posible intento de ser uno bueno, uno ejemplar, que no llegue borracho a las cuatro de la mañana. Además, la diminuta cama de Hugo, oculta en una esquina, ni siquiera se hace notar, y el bulto que forma su cuerpo puede pasar a sus ojos, desenfocados y en constante movimiento, como un mueble más.

Avanza por la sala dando traspiés y mentando madres. Ojalá su madre pudiese hacer algo por él para evitarle tan arduos momentos de tensión al pobrecillo Hugo, pero ella no ve sino la misma salida que su hijito: hacerse la dormida. Quizá hoy venga demasiado borracho como para querer dar pleito. Quizá venga arrepentido, quizá se haya gastado demasiado dinero, quizá le haya dado una paliza un policía, quizá una prostituta le haya pegado el herpes. Si Hugo entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No te engañes ni seas ingenua, mi papá es un hombre con suficientes influencias como para pasarse al arrepentimiento, al dinero, a la policía y al herpes por el arco del triunfo, ¿no ves que nada de eso le importa un carajo? Es que es un muchachito muy inteligente, muy noble, muy entendido. Nada más decirle, Vete Huguito por las tortillas, y Huguito deja lo que esté haciendo y corre a la tortillería, así es en todo.

Como que quiere hablar, pero el sabor del vómito le cierra la garganta. Llega al fin hasta la puerta de la recámara, después de meterse dos veces al baño y decidir que mejor no, que prefiere echarse en la cama. Pero no puede entrar. Su madre ha cerrado la puerta por dentro, quién sabe si en un ataque de inconciencia decidió dejar encerrado a su bebé con el monstruo y su furia, no lo ha de haber pensado así, sólo se dijo, Que no entre aquí, que no entre conmigo, no lo aguanto. Y no pensó. Su padre, al razonar el por qué de la puerta cerrada, comienza a aporrearla, a gritarle, Abre pinche vieja puta o te parto el hocico; la puerta se estremece, si pudiera elegir una sola palabra en el mundo de entre todas las que existen para decirla sólo en este momento, seguro elegiría "basta". Pero las puertas no hablan, y los borrachos no entienden. Y Hugo, ay el pobre, espantado por los gritos y los golpes, por la furia encendida y en aumento de su padre, al que puede ver si entreabre los párpados, a pesar del esfuerzo que había hecho, no puede reprimir las lágrimas y los sollozos, y en un momento de silencio, su padre agudiza el oído, y lo escucha, y su madre, del otro lado de la puerta, también lo escucha, y comete una locura: abre la puerta.

La intención era desviar la atención. Y lo logró. Apenas vio su padre a su madre, la tomó de los cabellos y la echó al suelo. A ver si ahora muy valentona, pinche pendeja, le gritaba, mientras la obligaba a levantarse para seguir tirándola al suelo. Decía que jamás había golpeado a su mujer, y su mujer no sabía si aquello era mejor o peor. Se limitaba a aventarla, a escupirla, a insultarla, a apretarle el pescuezo hasta ponerla morada; ah, pero nunca la había golpeado con el puño cerrado. Su compadre le preguntó una vez, ¿Y a poco ni una cachetadita? Y él le contestó, Bueno, sí le doy sus cachetadas, pero nunca con el puño. Entonces le pegas como los maricones, ay mana, y las risotadas; y al siguiente segundo el compadre estaba en el suelo, retorciéndose por las patadas que el padre de Hugo le propinaba en la abultada barriga. Hugo se tapa los oídos. No es nada agradable escuchar aquello, sentirse en medio de la batalla, quisiera levantarse, gritarle a su padre, Déjala en paz, cabrón, eso quisiera, él no se pondría límites.

Tampoco es que dure mucho. Pronto el padre de Hugo se cansa de gritar y romper cosas, y se va arrastrando hasta la cama, donde se desviste y en menos de cinco segundos ya está roncando. La madre, humillada, presa de la ira y de la resignación, anda a gatas hasta la camita de Hugo, quien hace lo posible por mantener su mentira, su madre lo abraza, siente con las llemas de los dedos las lágrimas del niño empapando la almohada, tan chiquito y tan traumado, y se murmura, Shht, shht, duérmete hijito, mientras en su cabeza piensa, No merezco esto, ojo, no incluye al niño, por qué, ni ella lo sabe; como tampoco sabe Hugo lo que siente al verse rodeado por los brazos de su madre, al percibir su llanto en la sien, sus temblores de rabia, pero si entendiera de estas cosas, podría decirle a su madre, No me toques, me das asco.

(FIN)

6/9/07

Que bonita boda (segunda parte)




2. El novio.

Hizo todo de forma mecánica. Le pidió a José Luis el video de su boda, y lo vio una y otra vez, hasta que aprendió los pasos que un buen novio debía ejecutar. Desde el Sí acepto, hasta el brindis al llegar a la recepción. Y vio que a partir de ahí, ya no era necesario. Que Diana se divirtiera con su fiesta, él casi no había invitado a nadie, a algunos socios nada más, y claro, a Emanuel. Su madre se había encargado de darle clase a la fiesta, según sus propias palabras, porque si por Diana fuera, hubiese invitado a todo el rancho. Por fortuna le restringieron las invitaciones, y la boda fue una mezcla de fiesta popular con distinguido coctel. A Raúl poco, o nada, le importaba aquel asunto. Le gustaba consentir a Diana, porque veía que se ponía contenta cuando le compraba algo, o cuando le daba dinero, cuando la llevaba a algún lado. Y le gustaba verla feliz, bueno, por algo la había elegido a ella. Además, tenían una especie de pacto secreto. Él sabía que Diana sospechaba algo, que intuía algo, justo como su madre, pero con su madre no tenía pacto alguno, sino una guerra. Ella misma se encargó de que la invitación no llegara a manos de Emanuel. Pero sus intentos fueron vanos, porque a pesar de todo, Emanuel vino. Raúl lo vio en cuanto llegaron. Estaba en la última fila, con su mirada melancólica, con un traje elegante, negro, y sus ojos brillantes. Había llegado a pensar que no vendría. Que su furia había sido tanta, que se alejaría para siempre, que había cumplido sus amenazas, sin importarle lo que le juraba Raúl, una y otra vez, A ti te amo, sólo a ti.

Fue duro para el pobre muchacho. Se había ilusionado tanto. Raúl lo mantenía al margen de su vida pública, lo escondía como a su más preciado tesoro. Iba por él a la escuela, en su coche menos lujoso, para no llamar la atención, y lo llevaba a algún mirador, al estacionamiento de un centro comercial, al principio, después empezaron a ir al motel más seguro del mundo gracias al dinero todopoderoso. Emanuel no entendía la razón del clandestinaje. A él le parecía tan natural. En la escuela podía ver a las parejas de hombres echados en el pasto, sonrientes y amorosos, o a las muchachas besándose, y creía que el temor de Raúl era por su edad. Siempre le decía que no tenía nada de malo. Que nunca se era demasiado grande como para empezar a ser auténtico. Una tarde le explicó todo. Su pasado, su vida pública, sus relaciones multimillonarias que, de fracasar, llevarían a la quiebra no sólo a su familia, sino a muchas otras que trabajaban en sus empresas. Que debía mantener las apariencias, porque a los socios no les gustaban los escándalos. Por eso, le dijo, voy a casarme con una mujer. Lloró por horas Emanuel, herido y destrozado, pero incapaz de asesinar el amor que ya sentía. Raúl le había dado alternativas que parecían sacadas de novelas de ciencia ficción, fingir su muerte y escapar, por ejemplo, o llevárselo con él a todas partes, aparentando ser su asesor, o su sobrino. La sola relación de ellos dos era riesgosa. La madre de Raúl lo sabía, por eso había insistido tanto en la boda.

Y a pesar del dolor, a pesar del incierto futuro, Emanuel acudió. Encontró a Raúl en medio del jardín, lo tomó de la mano y sin decir una palabra, sin hacer promesas que tal vez no se habrían de cumplir, se dispuso a disfrutar aquello mientras durara. Ni los millones de dólares, ni los socios internacionales, ni la esposa interesada podrían acabar jamás con el inmenso amor que se tenían, eso lo sabían muy bien los dos. Se fueron a un baño privado, que Raúl había rentado y que era independiente al del salón, y ahí se desnudaron, a prisa, con furia casi, y a lo lejos se escuchaba la fiesta, en su máximo esplendor, y al animador gritando, Ahora que pase el novio a la pista, y a alguien diciendo, Está en el baño.

(FIN)

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[Primera parte]

3/9/07

Que bonita boda (primera parte)



1. La novia

El salón está a reventar. Todos los que fueron invitados, vinieron, todos los asientos están ocupados, y además, hay gente en la pista, bailando, conversando, tomándose una cerveza. La boda ha sido un éxito, los fotógrafos no se dan abasto con las personalidades que aparecen, inesperadas, en el cuadro, y las luces de los flashes parecen ir acordes con el ritmo de la música. Vaya, hasta hay gente alrededor de la piscina, quién sabe si con intenciones de meterse, de refrescarse un poco, a nadie se le avisó que podían traer traje de baño, por eso, asumen, tampoco se puede uno meter al agua. Qué importa, hay trago, música, y muchos, muchos solteros. Ella va de un lado a otro, saludando a quienes conoce, siendo interceptada también por los que no conoce, quienes la felicitan, le dicen, Que bonita quedaste, que bonitas las mesas, que rica la cena, todo perfecto, muy bonita boda, cásate más seguido. Le duelen las mejillas de tanto sonreír. Va de un lado a otro, a veces por su propio pie, a veces guiada por la mano de su hermana que le quiere presentar al novio de Anastasia, o la trae de la mano la nuera para que conozca a la tía que vino de Calcuta, qué andaba haciendo por allá, sólo ella sabrá, a Diana no le importa, no pregunta, lo único que dice es Gracias por venir, gracias por venir, luego la llevan, el animador del grupo musical invita a la novia al centro de la pista, Que pase la novia, y Diana, fascinada, extasiada, a punto de reventar de tanta y tanta felicidad que se le sale por todos los poros, pasa, y baila, a su alrededor todos aplauden, y el animador vuelve a intervenir, Ahora que pase el novio a la pista, se escuchan más gritos, chiflidos invitando al novio para que baile también, pero el novio no aparece, no está, nadie sabe dónde anda, No está, pregunta el animador, alguien grita, Está en el baño, la carcajada es general. Diana sabe que a Raúl no le gusta bailar, que no le gustan las fiestas, que no le gustan las multitudes, y que el pobre aceptó pagar la boda a pesar de todo, tanto ha de amarla.
Logra escaparse de las manos y las voces que la llaman. Está exhausta. Se sienta en una jardinera, el vestido pesa como no se imaginó jamás, muere de calor, le pide a un mesero una cerveza. Consigue borrar por un instante la sonrisa de su rostro, y sus músculos faciales toman un respiro. Que bonita boda. Hasta ahora no había pensado, si era una buena decisión, si no se habría precipitado. Casi no conocía a Raúl. Fue su secretaria un tiempo, hasta que de pronto, sin siquiera saber su nombre, se le acercó con timidez un día, y la invitó a cenar. Ella aceptó, gustosa, pues desde que lo vio le pareció atractivo. Quién sabe si por sus finas facciones o por sus múltiples cuentas de banco, con muchos ceros, heredadas por el magnate que había sido su padre. Y a pesar de que era él quien la llevaba, que al cine, que al teatro, que al restaurante más caro de la ciudad, que a la fiesta más privada, siempre parecía que era ella la que lo estaba cortejando. La que le buscaba los ojos para darle un beso, la que le tomaba la mano o le proponía un tema de conversación. Él nunca hablaba de asuntos personales. Debía ser Diana la que intuyera que estaba preocupado, enojado o triste, y entonces se encargaba de consolarlo. Le tomó un cariño muy maternal, que jamás se transformó, ni se transformaría, en amor. Pensó en esto cuando Raúl le propuso matrimonio, con su frialdad e impersonalidad características. Creía que, como en los cuentos de hadas, un día llegaría un valeroso caballero a resolverle la vida, a llenarla de pasión y de caricias, aspecto en el que por cierto era Raúl muy torpe y brusco, y sería ella la mimada, la consentida, la princesa. Qué importaba. El dinero podía comprar mucha felicidad.

[Continúa]

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[Segunda parte]

7/3/06

#3: "Quien te quiera como yo" (Sábado)



Parecen estrellas, dice Gerardo, mientras contempla con la boca abierta el cielo repleto de puntos luminosos que se encienden y se apagan mientras caen con suavidad a la negrura del mar, donde los más resistentes acaban de extinguirse. Diana mira la pirotecnia como miraría una barda de ladrillos, es decir, con el menor interés del mundo, pensando que aquel espectáculo ya se alargó demasiado y sintiendo que entre más tiempo pase, más difícil será decirle a Gerardo lo que tenía (tiene) que decirle. Es normal que sienta lástima, mira que gastar tanto dinero en rentar una suite en el Freeman, en la champaña, en las velas, en las flores que deshizo para darle al ambiente un toque de romanticismo que, por cierto, será inútil, Diana no ha venido a tener sexo, y además, todo eso ha sido cada vez, los vinos, las velas, las flores, tantas veces han hecho el amor en medio de toda esa ridiculez que Diana ya no se conmueve como al principio, se ha vuelto algo común, de todos los días, y es que el sentimentalismo de Gerardo es demasiado, ya no encuentra qué hacer con tantas rosas de todos los colores, no le alcanzan los floreros, no sabe dónde colgarse tantas joyas sin parecer árbol de navidad, tantos regalitos, ositos, chocolates, tarjetas, cartas, poemas, es como si en el calendario de su novio todos los días fueran 14 de febrero, mierda, la pobre ya está harta.
Aunque fuese una vez le gustaría tener algo qué reprocharle, una cita incumplida, que la dejara plantada, incluso se conformaría con que llegara tarde. Le gustaría verlo un día de estos besuqueándose con otra, o tomándole la mano, bebiendo un café, mirándola nada más, carajo, le gustaría que mirara a alguna de las tantas mujeres más hermosas y mejor formadas que ella para poder enojarse, gritarle y hacerlo rogar por el perdón, armar un escándalo y demostrar así que le preocupa perderlo, pero no, en la vida de Gerardo no hay otra mujer, Diana ni siquiera tiene la suerte de una suegra, la que debería jugar ese papel vive en Londres o algo así. Tal parece que Gerardo pone todo de su parte para hacer feliz a Diana, a pesar de los esfuerzos de ella por pelear. Si no toma, porque no toma, y entonces él, para complacerla, empieza a tomar y ella se saca de quicio. Ya se ha cansado de buscar pretextos para discusiones, ya está harta de no sentirse amenazada, extraña los celos, los llantos, los gritos que eran leyes con sus anteriores parejas. Gerardo es como el novio perfecto, y eso, disculpen la expresión, ya la tiene hasta la madre.
El combate naval y su derroche de pirotecnia han finalizado. Gerardo intenta besar a Diana, pero ella voltea la cara y se aparta un poco. Él parece un poco nervioso, pocas veces lo había visto así, incluso suda, no sonríe, se acomoda la corbata, truena los dedos. Tal vez aquello sea una señal positiva para Diana, tal vez Gerardo se ha esmerado un poco más que otras veces (si eso puedo ser posible) porque tiene planeado lastimarla, tal vez le dará la noticia de que al fin se va a estudiar la maestría al extranjero, o que le ofrecieron un trabajo en Estados Unidos, o (aunque parece improbable para Diana) que ya no siente por ella lo mismo que antes.
Diana, tengo algo que decirte, Yo también, Di tú primero, No, dime tú, No, tú, Tú, Tú, juego estúpido, piensa Diana, y sabe lo que a continuación dirá Gerardo, Los dos al mismo tiempo, es tan predecible, y en efecto, eso dice, están todavía en el balcón. Diana lo mira a los ojos mientras cuenta, reúne el valor, Uno, ojalá que sean malas noticias, Dos, tengo que decírselo, no me puedo acobardar, Tres.
–Quiero terminar contigo
–¿Quieres casarte conmigo?

15/11/05

Tulipanes (Versión 2)

Tulipanes

Elisa se rehusó a creerle al doctor Arriaga. No era normal, ni lógico, ni coherente. Armando había tenido siempre una salud inquebrantable. En seis años de matrimonio, le había dado una vez un resfriado leve, y nada más. Por eso aquella tarde fue una locura. Lo habían ascendido en el trabajo, y Elisa se había esmerado en prepararle una exquisita cena. Lo recibió con un beso, ambos estaban felices, se sentaron en la mesa, Claudia estaba en casa de su abuela cuando, a mitad de una copa de vino, Armando se desplomó sobre el plato y no se volvió a mover. Elisa creyó que era una broma, hasta que quince minutos después llamó al doctor porque su marido ya no estaba respirando. Señora, su marido está muerto.

Nadie pudo convencerla. Elisa decía que no, que no era posible, cómo así, nada más, y el doctor argumentaba que era un caso raro pero no imposible. "Caprichos biológicos", decía. La madre de Armando tuvo que encargarse del funeral, de la misa, del entierro, de los seguros, porque Elisa había declarado que no iba a hacer nada, que su marido no estaba muerto. No paró de llorar. Sus ojos grandes y hermosos se enrojecieron por tantas lágrimas, y se encerró en su cuarto hasta el momento del funeral. Se acercó despacio al ataúd, miró el rostro de Armando. No parecía muerto. Así permaneció durante un largo rato, esperando en secreto que su marido despertara y le dijera al mundo que estaban en un error, que él no estaba muerto. Despacio, vio cómo en el rostro de Armando se iba dibujando una leve sonrisa. Nadie le creyó. Le dieron pastillas para los nervios, la apartaron del cuerpo de su esposo y le ordenaron descansar.
En el panteón ya parecía más convencida. Su madre, su padre, su hermano, sus suegros, todos habían hablado con ella y le habían repetido hasta el cansancio que Armando estaba muerto. Elisa pensó "una mentira mil veces repetida se convierte en verdad", y sin dejar de llorar, caminó al lado del ataúd. Sin embargo, aún había algo, algo dentro de ella que la hacía dudar. De pronto sintió la presencia del marido, como cuando llegaba temprano y ella, sin oírlo, sabía que había llegado, o como cuando se acordaba de él con más intensidad y a los segundos sonaba el teléfono y era él. Es imposible, Armando está muerto. Creyó haber escuchado su voz, dentro del sepulcro, pronunciar "Elisa", aunque fue casi inaudible... No, no puede ser. Armando está muerto. Lo sé por los tulipanes. Él quería tulipanes en su entierro, y aquí están. Elisa toma un puñado de tierra y lo lanza a la fosa. Claudia, su hija, pregunta, Mamá, qué le pasó a mi papi. Elisa responde, Tu papi se fue al cielo, hija, y entonces deja de llorar.

(FIN)

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[Versión original]

19/8/05

Te tenía miedo

Te tenía miedo

-¿Nada más lo hacemos por el niño, verdad?
-Sí, nada más. En eso habíamos quedado.
-Pues ojalá que sean gemelos. Así uno para ti, y otro para mí.

Ambos ríen, pero pronto el silencio regresa. Miran la cortina cerrada, no deja entrar la luz del crepúsculo, miran las velas, los inciensos, los cuadros en la pared, los zapatos tirados, y no saben qué más mirar, se les acaban los lugares para poner los ojos y no les queda más remedio que mirar en los del otro. Ella mira el reflejo de sus anteojos, se ha puesto bonita. Él no sabe cómo está, imagina su barba desordenada y su pelo desaliñado, pero no desvía los ojos. Vuelven a sonreír, y así culmina con éxito la simulación de una antesala al sexo, sabían que era pura burocracia, puros modales, no somos animales, cómo llegar, abrir las piernas y ya, así no funciona esto, si queremos que salga bonito tenemos que hacerlo con amor. Sin decir una palabra, ella apaga las velas, y en la penuria de la habitación, se saca la blusa. Él se quita el cinturón y se desabotona la camisa. Comienzan a besarse.

(...)

La calma vuelve, y ellos, abrazados, desnudos, sonrientes, vuelven a escuchar los perros ladrando y los grillos cantando en el monte.

-¿Alguna vez te imaginaste haciendo el amor conmigo?
-Jamás. ¿Tú?
-Yo sí.

Ella lo mira, asombrada, pero él mira el techo, y se le antoja un cigarro. Vuelve a abrazarlo, pone su oído en el pecho de él, escucha los latidos de su corazón.

-Para serte sincero, siempre te quise, en secreto. Pero tú decías que apreciabas mucho mi amistad, por eso no hice nada.

No sabe por qué ha dicho esto. Son confesiones inútiles, no vale la pena hacerlas. Por un momento cree que en realidad no lo dijo, que sólo lo pensó, hasta que ella levanta la cabeza de su pecho, y lo mira a los ojos. Su mirada brilla.

-Yo también. Es que te tenía miedo. Pero ya no. Ya te quiero.

(FIN)

29/7/05

La puerta

Ana y María conversan por el camino. Una inesperada ola de calor azota la ciudad, y las mujeres procuran andar con paso veloz refugiándose en las sombras que los edificios proyectan del inclemente sol de mediodía. Tenían varias semanas sin verse, sus horarios no coinciden, pues Ana trabaja en la mañana y María en la tarde, cuando una va, la otra viene. Hoy ha tocado que las dos vayan. María, con una radiante sonrisa, le cuenta a su amiga sobre lo bueno que es su jefe, y le muestra con alegría el brillante anillo que luce en su dedo anular.
-Julio me lo dio anoche. Fue tan romántico... Por eso mi jefe me dio el día libre.
"Váyase a festejar con su prometido", le dijo, y María, feliz, toma sus cosas y se va de la oficina. Ana mira de cerca el anillo, hace como puede para ocultar la envidia, pero se le nota en los ojos. Como María está ciega de dicha, no alcanza a notarlo, y se despide de su amiga esperando encontrarla pronto. "Nos hablamos", le grita, pero Ana ya va cruzando la calle, y finge no escuchar. Pasará un tiempo para que se recupere del golpe.
El autobús hace pocas paradas, y el chofer tiene prisa, así que María llega pronto a su destino. Mientras camina las últimas cuadras, va mirando su anillo, y sonríe. Se le nota la felicidad en el rostro, en los pasos que da, camina como si bailara una música interna que la envuelve. No puede decir que ama a Julio, pero confía en que el amor llegará. Antes de entrar en el edificio, María ve el coche de Julio estacionado afuera. Seguro estará dormido. Sube las escaleras de prisa, pero procurando hacer el menor ruido, no quisiera despertarlo así, con el escándalo de los tacones. A esa hora no hay nadie en el edificio, sin embargo, algún ruido extraño quiebra el silencio. Parecen rumores, alguna conversación acalorada. María enfoca el oído: no son palabras, son gemidos, son gritos de una pareja hundida en la pasión, intercambiando sudor y besos entre sus pieles desnudas... Sí, el ruido es inconfundible, y también el lugar de donde proviene. María, conteniendo la respiración y las lágrimas, se detiene ante el umbral del departamento y, aunque le duele, pone atención al sonido que viene desde adentro. Lo único que desea es no escuchar la voz de Julio mezclándose con los gritos de la mujer... Pero la esperanza dura poco. Julio grita sin pena el nombre de su amante, justo cuando el placer explota. Un minuto después, cuando la calma ha vuelto, María reune valor y toca la puerta. Julio se cubre con una sábana y salta de la cama para abrir. Cree que su prometida no llegará hasta el anochecer... Sólo encuentra el anillo de María en el suelo, y el eco de unos tacones alejándose.

(FIN)

18/6/05

el cáncer no sólo lo lleva en los pulmones

Gustavo llega a casa a la una y media de la mañana, y apaga los faros del coche. Ha subido los vidrios para que no se escape el humo, y escucha, por tercera vez en el día, a Led Zepellin, esta vez con volumen bajo, no quiere hacer ruido, es suficiente con el que ha hecho el motor al detenerse frente al portón, incluso trata apenas de respirar, como si ya estuviese en la recámara intentando no despertar a Magda, la pobre estará cansada, como siempre, y el más mínimo ruido la hace volver del dulce estado de inconsciencia en el que, con mucho esfuerzo, logra encerrarse. Una vez más, antes de dar vuelta en la avenida, se detuvo en el parque, tres cuatras lo separaban de su hogar, subió los vidrios y encendió el vigésimo cigarro, el último, al menos por hoy, pues ya se nota su adicción creciente fumando tanto, como una chimenea incansable, se detuvo, pues, y pensó en lo mismo que piensa antes de estacionarse en la banqueta de su casa, recargó la frente en el volante, "Soy un pendejo", se repetía, torturándose y escupiendo humo.
El choque metálico entre la llave y la cerradura de la puerta provocan un escándalo devido al eco que crece con el silencio, y Gustavo siente vibrar hasta sus huesos, pero no puede evitar el ruido de la llave girando, de los goznes de la puerta rechinando, de sus pasos sobre el suelo recién pulido. Se quita los zapatos al pie de las escaleras, y sube de puntas hasta la recámara donde Magda se ha quedado dormida con la televisión encendida. Se quita la ropa y se mete en la cama, con sumo cuidado, pero los resortes gritan, las cobijas crujen, el aire se rompe y, es inevitable, Magada despierta, lo siente acostarse y girar para quedar sobre el costado derecho, y ahora que ambos se dan la espalda, ella puede abrir los ojos y llorar un poco. Gustavo huele a tabaco, como siempre, ha fumado todo el día, y ella llora, no por la traición, si puede llamarse así al no cumplir una promesa, ni por su desconsideración, su falta de preocupación, no, llora porque la vida es injusta, porque no comprende que su marido, fumador desde jjoven y siempre constante, esté sano, sano como un niño feliz o como un anciano deportista, ni siquiera tose de vez en cuando, ni se ahoga al comer, nada, y ella, que jamás le dio una chupada a un cigarrillo, ni hizo algo por intentarlo, tenga cáncer en los pulmones. Magda lo sabe bien, ambos se odian, ella por ser la víctima, él por sentirse culpable. Seca sus lágrimas y cierra los ojos. Ahora Magda duerme, pero Gustavo no.

(FIN)

3/3/05

demasiado lejos

Desde el inicio, su relación había sido un juego sadomasoquista, y esa noche lo llevaron todo al límite. Alejandro vio interrumpido su beso eterno al sentir la hoja afilada del cuchillo penetrándole un pulmón,y luego el chorro caliente de sangre brotar, en una imagen poética inigualable que lo conmovió hasta las lágrimas. Lidia lo miró, miró sus ojos sorprendidos y su garganta trabada, y siguió besándolo. Después de retirar el cuchillo de su espalda, la sangre surgió con mayor libertad, y al acostarse Alejandro, las sábanas se tiñeron de un tono escarlata delicioso. Trató de decirle algo a Lidia, pero ella selló sus laios con el índice, enmudeciéndolo, y él sonrió, complacido de morir en manos de su amada. Una ráfaga de viento cerró las ventanas con un golpe espantoso, y los dos, ella y él, se quedaron sumidos en el silencio penetrante de la habitación, roto apenas por los delicados gemidos de dolor o de placer de Alejandro. El olor de la sangre sin duda era algo nuevo, que complació a los amantes, reavivando su pasión. Alejandro sentía un hormigueo recorriéndole el cuerpo, y una voz en su cabeza le contestó la pregunta que todavía no formulaba: "Es la vida que se te escapa". Cerró los ojos, porque no iba a ser un cadaver con los ojos abiertos, en un intento patético por conservar la vida que ya no le pertenecía, y ya casi no sentía los húmedos labios de Lidia acariciándole el cuello y el abdomen, besando cada rincón de su cuerpo desnudo, frotando su piel contra la de él, cada vez más fría, cada vez más blanca. Cuando Alejandro dejó escapar el alma, resignado, Lidia estalló en el éxtasis del placer, y se tendió encima de su víctima, cubierta por una fina capa de sudor.

La casa entera estaba en penumbras. Se habían apagado todas las velas. El reloj indicaba las tres treinta de la mañana. Lidia escupía su aliento cálido en la cara de su amante, muerto ya, y le parecía excitante no ser correspondida con el mismo gesto, no sentir en su mejilla el suave arrullo de su respiración, y en sus pechos juntos sólo se oían los latidos de un corazón acelerado. Poco a poco, se levantó y se sentó en el borde de la cama, observando el cuerpo inerte de Alejandro, y vio sus manos y sus brazos, en donde se había mezclado el sudor de ella con la sangre de él. Tocó, con cierto temor, el cuerpo que se desangraba, y dejó las huellas de sus manos plasmadas en su piel. Después extendió, como si se tratara de pintura sobre el lienzo, el líquido rojo que había humedecido las sábanas y llenó con él ambos cuerpos, tanto el vivo como el muerto, cuando la razón le empezó a advertir que estaba yendo demasiado lejos. Mas la voz de la razón era débil y lejana, sin fuerza suficiente para detener su ardiente y lúgubre pasión. Lidia retozaba, más libre que nunca, con el cuerpo frío e inmóvil de Alejandro, y el ligero sabor de la sangre penetraba en ella por medio de su lengua de vampiresa, y parecía que aquel licor vital era lo único que podría saciar su ser. Su tercer orgasmo fue el mejor de la noche, y cuando la euforia pasional terminó y se descubrió desnuda y cubierta de sangre, se alejó de la cama y permaneció vacilante, desesperada, sin poder experimentar la célebre locura de hablarse sola, por no saber qué decirse.

Descubrió las ropas de Alejandro esparcidas por el suelo, y se tumbó hacia ellas para percibir su perfume, puro y vivo. Reunió las prendas y las dejó sobre el tocador. Después, tomó el rígido cuerpo de su amante inanimado y lo llevó a la regadera. Se bañó junto con él, extasiada por la sensación de sus cuerpos húmedos, y mientras le lavana la sangre, seguía besándolo y acariciándolo sin freno y a su total antojo. Lo secó y lo vistió de nuevo, colocándole cada pieza con ayuda de su boca, mordiéndolo todo con un amor insano y desquiciado. Lo sentó en la misma silla que había ocupado durante la cena, cuando todavía estaba vivo, yluego ella se vistió y encendió las velas del comedor, y se sentó junto a él. Repartió una serie de esos fugaces en su cuello y tuvo el placer de desvestirlo de nuevo, de manejarlo a su gusto, como un muñeco helado, de escuchar lo que quería escuchar y lamer lo que quiso lamer. Se echó con él al asuelo para no volver a llenarse de sangre en la cama, y no cesó en su inaudita pasión hasta que volvió a reventer de goce.

(...)

A las once de la mañana, Daniel regresó a la casa, esperando que Alejandro y su amante se hubieran levantado temprano para no encontrarse en la bochornosa situación de sorprenderlos todavía en la cama,
desnudos y dormidos. Para su mala fortuna, justo así los encontró, o peor. Las paredes estaban manchadas de sangre, y Lidia abrazaba el cuello, ya morado, de Alejandro, mirando con los ojos vacíos el inmenso cielo de la ventana, abierta otra vez.

-Lidia... ¿qué pasó?

Ella no respondió. Daniel sabía lo que había pasado, Alejandro no paraba de contarlo los intentos que ambos habían hecho de matar gente o de matarse entre sí tantas veces... Lidia conservaba una extraña expresión de dolor en el rostro... Sólo cuando se acercó lo suficiente a la cama, Daniel se dio cuenta de la herida en la espalda de su amigo, y encontró el cuchillo homicida, que seguía clavado en el pecho desnudo de Lidia.

(FIN)

28/2/05

cortina rosa

Los labios que la besaban sabían a gloria, y las manos que acariciaban su piel eran varoniles y expertas, y se metieron sigilosas debajo de su bata de dormir, y comenzaron a quitarle los calzones mientras ellasonreía y murmuraba "sigue, no te detengas". El escándalo de la puerta la despertó. Ernesto llegaba, ebrio e inoportuno como siempre, cantando canciones mezcladas de acuerdo a lo que se le iba ocurriendo, y Aurora abrió los ojos, espantada y sudando la excitación de su sueño. Su marido ni siquiera alcanzó a llegar a la cama, y se desplomó a mitad de las escaleras. La habitación tenía un aire de perturbación, la ventana del balcón estaba abierta de par en par, y el viento que se colaba daba la impresiónde que alguien había huído precipitado de allí. Lo que la dejó pensando no fue todo eso, sino su ropa interior hasta las rodillas, y la sensación en la piel de unas manos duras.

Ya iba a ser mediodía cuando Ernesto apenas salía para la oficina. Aurora ya estaba cansada de reclamos, de sermones, de pedir explicaciones o disculpas, todo sin resultado, y había preparado el desayuno y planchado la ropa de su esposo sin decir una palabra. Hasta aceptó el beso obligado de despedida,fastidiada por haberse casado con un hombre como aquel. Ya lo sospechaba, y en los tres meses que llevaban juntos lo había comprobado: Ernesto era homosexual. Se había casado con una mujer para conservar una buena imagen social, y tal vez porque a él mismo le aterraba su preferencia, pero todo apuntaba a una sola explicación. No se preocupaba por tocarla, pasando por alto sus provocaciones. Su celular estaba lleno de teléfonos de otros hombres, su maletín de recados comprometedores y de membresías de clubes gay. Y Aurora no era fea, para nada, si hasta sentía cómo el jardinero la miraba deseando su cuerpo joven hecho de gimnasio paseándose en shorts diminutos por el patio, o tomando el sol en la piscina vestina apenas con un pequeño y triste bikini. Se quitaba la ropa y se miraba en el espejo por todos lados, y no podía aceptar otra explicación.

-Él es el maricón.

A la noche siguiente, recordó el sueño tan realista que había tenido, y se quedó despierta hasta muy tarde. Justo cuando la somnolencia la dominaba, escuchó que la ventana se abría poco a poco, y cerró losojos para fingirse dormida. El hombre que había entrado destapó su cuerpo y comenzó a tocarlo, desde las pantorrillas, recorriendo los muslos, las caderas, el vientre, los senos, el cuello, y coronó su labor con un beso en los labios que Aurora correspondió. El hombre se asustó al verla despierta, y se disponía a irse, pero ella lo detuvo por el brazo, sin poder verle la cara por la oscuridad.

-Por favor... quédate.

El hombre vaciló un instante, pero al final regresó y desnudó a Aurora, y ella lo desnudó a él, y se dio vuelo con un cuerpo cuya existencia se limitaba a complacerla. Retozaron ciegos y alegres durante un buen rato, y Aurora explotó en placer dos segundos antes de que Ernesto llegara con su tradicional escándalo. Cuando recuperó las sensaciones de su cuerpo, su amante se había ido, dejándole el vacío de no ser lo que quisiera ser, en el abismo de la realidad. Ernesto la encontró desnuda sobre la cama, ruborizada y dispuesta a proseguir con su pasión. Sólo atinó a decir:

-Dormiré en la sala

(...)

Todas las noches, Aurora se preguntaba quién podría ser su amante nocturno. Tenía que ser un hombre joven para tener la vitalidad de cuatro o cinco sesiones por encuentro, dependiendo de la hora en que Ernesto llegara, y a juzgar por las propiedades físicas de su cuerpo, algún fisicoculturista muy bien dotado, o una estrella porno a domicilio. Se dio cuenta de que lo más atrayente de su relación no era el sexo en sí, sino el misterio de hacerle el amor a un desconocido. Ni siquiera tocaba su cara, para no formarse en la mente una idea de su rostro.

Estaban jugueteando en la cama sin pronunciar palabra cuando al amante se le ocurrió prender la luz del cuarto.

-Quiero ver tu cuerpo desnudo...

Aurora vio a su vez, con la claridad del foco, la cara de Esteban Parra, su joven vecino, el soltero más codiciado de la colonia.

-¿Tú?
-¿A quién esperabas? ¿A tu jardinero...?

Llegaron hasta el final aquella vez, pero Esteban no se dio cuenta del desencanto que Aurora había sufrido, y cuando volvió la noche siguiente, encontró la ventana cerrada, y una cortina rosa obstruyendo la vista. Aurora lo escuchó llegar, pero ya no le veía el caso, ahora que el rostro de su amante se había revelado. Hizo un gesto cualquiera, para no darle importancia al hombre de la ventana, y el jardinero continuó besando el cuello de Aurora.

(FIN)

21/2/05

episodio zoofílico

Desde muy niño tuve el talento de hacerme invisible. Por alguna razón, las personas no sentían mi presencia detrás de ellos, o mi mirada acechándolos, o mis oídos atentos a sus palabras secretas. Conservé esta habilidad hasta siempre, y así pude ver a mi esposa la noche del cuarto cumpleaños de nuestro hijo refugiada en nuestra recámara, llorando frente al espejo del tocador mientras contemplaba su gruesa figura. Fido reposaba complacido entre sus piernas, con su aspecto feroz de pastor alemán que escondía el temperamente de un cachorro de labrador, incapaz de dañar a una mosca el muy cabrón, y Norma no le prestaba atención, sucedo en verdad inaudito. No me atrevía a interrumpir su meditación íntima ni cuando me percaté de que sus manos curiosas comenzaban a revolver el contenido de mis cajones, ni siquiera cuando encontró lo que yo con tanto esfuerzo había escondido. Sorprendida, dejó el arma donde estaba y cerró el cajón, y fue a sentarse en la cama para hablarle al perro, como tenía por estúpida costumbre. Tuve que sacarla de su mundo de fantasía, mi hijo tenía un pastel que partir. Me miró como si viera a un criminal, y yo traté de conservar mi naturalidad.

-¿Te molestó lo que dijo tu hermana?
-Sabes que su comentario estaba fuera de lugar. Fido es un buen perrito...
-Tenemos que bajar.

¡Al carajo con el perro de mierda! Ya me tenía harto su obsesión por aquel animal, al que cuidaba más que al hijo, gastando miles de pesos en comida, en estética, en medicinas y en chingadera y media que yo y nadie más que yo pagaba. El perro más parecía el jefe de la casa que yo, y aquel que diga que exagero, no opinará lo mismo al enterarse de mi repugnante descubrimiento. Días después de la piñata de mi hijo, salí temprano del trabajo, y a diferencia de otras ocasiones me fui directo a casa, entré en silencio para sorprender a Norma y que llego y la encuentro desnuda, a gatas y con el pinche perro puto de mierda encima, babeándole la espalda, y la mujer fascinada ladrando... ¡ladrando de placer! El asco y la repulsión que aquella escena me provocó me hicieron salir de la casa y largarme de borrachoa cogerme una puta, y no volví a la casa hasta la mañana siguiente, y para colmo, la imbécil de Norma me recibió indignada, con el perro chupándole las patas hediondas.

Sólo estaba esperando una excusa, una sola, para chingarme al pendejo del Fido. Pero había algo mal con Norma, ya no buscaba razones para discutir conmigo ni me comparaba con el perro. No me quedó otra alternativa, tuve que provocar una pelea, echándole en cara por quincuagésima vez que atendía mejor al Fido que a mí, por desgracia, la furia que conseguí expulsar fue suficiente para que el episodio zoofílico entre mi mujer y el pinche perro se me escapara del subconsciente. Norma pareció indignarse, dándose las ínfulas de mujer decente, incapaz de una atrocidad así.

-No me digas que no es cierto ¡porque te ví dejándote coger por el pinche perro de mierda!

Norma se quedó en silencio, eligiendo entre aceptar o no la verdad.

-No me dejaste otra. Al menos Fido hace algo por complacerme...

Aquello fue la mierda de las mierdas, le solté un chingazo en el hocico que todavía le ha de doler, y saqué el revolver del cajón, le quité el seguro y bajé al patio. El perro, al verme, me gruñió el hijo de su chingada madre, y le volé la cabeza en mil pedazos, y sus sesos se desparramaron por los suelos. Norma gritó desde la ventana como si le hubieran matado al marido o al hijo.

-¡Voy a llamar a la policía, loco psicótico!
-Tú que llamas a la policía y yo que difundo una foto tuya cogiendo con el perro, pinche pervertida.

La tuve amenazada un buen rato con esa foto inexistente, hasta que al pendejo de mí se me ocurrió mandarle una sentencia por escrito cuando me corrió de la casa a patadas, y con esa evidencia me encerraron por chantaje emocional, pero no estoy dispuesto a volver a la cárcel hasta que me condenen por asesinar a una coge-perros.

(FIN)

18/2/05

mi caldo preferido

Los gritos agonizantes de Sara no lo dejaban dormir, a pesar de que cerraba las puertas y dormía en la habitación más alejada y la saturaba con sedantes y subía todo el volumen a los audífonos incapacez de arrullarlo si cantaban "se nos muere el amor". Nunca le había gustado Arjona, pero Sara lo adoraba y en toda la casa no había un disco que no fuera del mentado cantante, y ni sus empalagosas letras lograban conmoverlo y hacerle pensar que su esposa quizá necesitaba sólo algo de atención en sus últimos días de vida. Leonardo se cansaba de pasear a las dos de la mañana, y se quedaba dormido en la sala, soñando con los gritos de la mujer, como si no fueran ya una tortura a lo largo del día. Todas las mañanas, apenas abría los ojos, no podía evitar que un pensamiento tan cruel como auténtico cruzara su mente."Ojalá que se muera hoy". Ojalá...

Diferentes doctores desfilaban por la casa en los últimos meses. Había comenzado como una jaqueca normal, dos años antes, tres meses después de haberse casado. El dolor de cabeza se hizo cada vez más recurrente, Leonardo llegó a pensar que era una ridícula excusa para evitar el sexo, cada noche menos romántico y más fugaz. Tiempo después, Sara comenzó a escuchar sonidos en su cabeza, como si alguien le murmurara palabras ininteligibles que, según ella, la amenazaban, y le ordenaban que se hiriera la palma de la mano con navajas y que rompiera los espejos con la frente. Leonardo comenzó trayendo psicólogos, ya bastante perturbado por las paredes manchadas de sangre y las cicatricez de Sara, y el diagnóstico era que su enfermedad era un trastorno neuronal severo. Llegaron tantos doctores diferentes que Leonardo tuvo que numerarlos a todos y usar claves para distinguir uno de otro.

La enfermedad, desconocida hasta entonces, pudo controlarse unos meses con una lista interminable de medicamentos, que dejaron a Leonardo en la bancarrota y a Sara ida y sin saber lo que pasaba a su alrededor. Leonardo no lo soportaba, era como un cuerpo sin vida, limitado al simple hecho de existir y nada más, sin poder hablar, sin reír, sin reconocer nada ni a nadie. Poco a poco, a medida que el cuerpo iba resistiendo más a los efectos de las drogas, y las dosis tuvieron que aumentarse, Sara fue recobrando su lucidez. Sabía que estaba volviéndose loca, y le echaba la culpa a todo el mundo, en especial al marido inepto que la había desposado. A pesar de todo, el estado de Sara era un avance, y Leonardo tuvo una última esperanza, hasta que llegó la amnesia crónica para ella, y el inicio de un nuevo suplicio para él. Volvieron las jaquecas, esta vez mucho más agudas y dolorosas. Comenzó a gritar del dolor, a revolcarse en la cama sin querer tomar las medicinas. El marido la sabía deseosa de morir. Su vida se había convertudo en un infierno, según ella, y lo mejor, según él, sería cumplir su último deseo.
Una rara mañana despertó tranquila, intuyendo tal vez los planes de Leonardo. La enfermera entró para inyectarle el desayuno, pero Sara la detuvo.

-Quiero comer.
Leonardo recibió la noticia como una señal. Él mismo preparó el caldo, él mismo lo llevó a la recámara y él mismo se lo dio de comer. Sara miró con desconfianza la cuchara.

-Es caldo. Pruébalo.
La mujer estaba decidida a hacerle infeliz por última vez.

-Huele raro. Come tú primero.
-No me gusta este caldo... Anda, come. Es tu preferido.
-Mentira. Mi caldo preferido te gustaba.
-Estás confundida...
-¡No me digas loca! ¡Si estoy loca es por tu causa!
-¡No digas barbaridades...! Anda, come...

Leonardo intentó meter la cuchara en la boca de Sara, pero ella no despegó los labios y sacó de quicio a su marido.
-¡Vete a la mierda entonces!

El caldo y la cuchara se quedaron al alcance de Sara, sobre la mesa. Leonardo, horas más tarde, recapacitó, y concibió la vaga idea de un milagro que le devolviese la salud a su mujer. Pero cuando regresó al cuarto ya era tarde. Sara ni siquiera había usado la cuchara para beber hasta la última gota de caldo, y ahora su cuerpo reposaba, inmóvil para siempre, encima de la cama impregnada de olor a muerte.

[FIN]

16/2/05

fotografías

-¿Qué se siente?
-¿Qué se siente qué?
-Ver.

Era más sabia que yo. Era más alta, y más vieja. Los albañiles no estaban, y la construcción, ya con aires de abandono, era para nosotros solos. La luz era perfecta para fotografiar su figura, y sus ojos, ojos con brillo falso por el cielo tosco y cenizo.

-Déjate llevar.

Quité del suelo todo para que no tropezara, y lo arrinconé contra la pared. Pero treinta y dos años de vivir prescindiendo de la vista habían logrado que sus oídos captaran, tan solo con el eco de su risa, la distancia entre ella y las paredes. A veces me parecía que miraba el lente de la cámara siguiéndola, buscando sus perfiles. A veces pensaba que miraba mis ojos, y yo tenía que voltear a otro lado. Me acerqué demasiado a su cuerpo mientras bailaba la dulce tonada de la libertad, y sus piernas chocaron contra mis rodillas, y tuve que detenerla para que no cayera. Nuestras caras quedaron a un palmo de distancia, y sentí su aliento en mi boca, y ví sus ojos vacíos de toda luz muy cerca, y ella buscó no sé con qué mis labios y los atrapó en un beso suave, temeroso, a pesar de que trece años nos separaban... Pero eso era lo menos importante.

-Ana.
-¿Qué?

Separé mi rostro, y la ayudé a levantarse. Ana había confiado en mí. Yo confiaba en ella... No podía hacerle eso. Laura me encontró entre sus tinieblas, y me pidió disculpas, no sabá qué le había pasado, y algo dije yo que volvimos a reir. Le presté la cámara, y le pedí que tomara fotos, que usara su instinto, o lo que fuera que usase para percibir el mundo, y tomara fotos. Parecía encontrar en la cámara la vista que le había sido negada, y reía mientras se asomaba a los huecos de las ventanas y fotografiaba la calle, mientras yo la miraba a ella, y pensaba en qué se sentirá no ver.

(...)

-Me dijiste que lo de Héctor y tú había terminado.

Ana me miró como si la estúpida no supiera de lo que estaba hablando, y su enfado de tenerme en su casa sin avisar era notable, pero no había podido controlarme. Ahora era tarde.

-¿Qué insinúas?
-¿Insinuar? ¡No insinúo nada! ¡Mira! ¡Mira con tus pinches ojos!

Sacaba las fotos recién reveladas en escala de grises, algunas eran de Laura, otras de puntos aleatorios de la construcción abandonada, y otras de Ana con Héctor en diferentes poses, caminando por la calle como dos románticos enamorados sin culpas, viviendo un amor puro, libre de calumnias.

-Estuviste con esa puta ciega otra vez, ¿no?
-Laura no tiene nada qué ver en esta discusión...
-¿Ah, no? ¡Por Dios, Diego, es una señora!
-¡Pero no hay nada!

Los gritos hacen que su perro ladre desde la ventana.

-¿Y esperas que te crea...? Si la traes loca, Diego, por favor...
-¡Ella no me importa, Ana...! Confié en ti...

Al parecer, mi comentario la ha desarmado. Claro que la perdonaré, me prometerá que ahora sí se acabó con Héctor, y preparo el modo en que se lo diré, no debe parecer que ya lo esperaba, no, lo pensaré un poco, dejaré correr algunas lágrimas suyas, y por fin, un "claro, mi amor, te perdono"...

-Pensaba decírtelo, Diego... lo de Héctor.

Ese fue un golpe bajo. No sé qué decir... Es obvio que "te perdono" no encaja en el contexto.

-Es una lástima que haya tenido que ser así... perdón.

No llora. Ahora sí encaja, al menos en su contexto, la frase preparada.

-Te perdono...

Pues ya qué.

(FIN)