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11/11/09

La puerta del cielo


[Imagen de: http://www.notitarde.com/]

El puré, de hace tres días, empezaba a ponerse grumoso y seco al mezclarse con los barbitúricos. Gueno estuvo a punto de añadirle apenas un chorro de agua para ver si recuperaba la consistencia original, pero recordó que Sol, cuyo cuerpo vacío empezaba a oler a podrido, les había dado instrucciones precisas de no modificar la fórmula, so pena de condena eterna, y si había algo a lo que Gueno temía más que a cualquier otra cosa de este mundo, era a la condena eterna. O al menos hasta ese instante así lo creía, pero estaba equivocado. Atravesó la cocina y llegó hasta la habitación donde Damar asistía a la última compañera, Pem. Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzadas sobre el pecho, como había visto en las películas, aunque nadie les había dicho si debían hacerlo así, todos los treinta y ocho tripulantes, excepto Sol, y tal vez porque de la emoción ni siquiera se acordó, habían decidido irse con los brazos así dispuestos. Cuando Gueno entró en el cuarto, Pem intentó por un instante respirar, trató de hacer llegar sus manos hasta las de Damar, que detenían la bolsa en su cabeza, se rindió a mitad del camino y con un último suspiro, se fue. Damar suspiró también, luego de comprobar que el cuerpo había quedado hueco, se volvió para mirar a Gueno y reconoció el terror en sus ojos, aunque pensó que era el reflejo de los suyos y, avergonzada, los apartó.
A ellos nadie los ayudaría. Sin decir una palabra, Gueno le dio el tazón de puré a Damar y esperó. Ella se quedó inmóvil un instante, luego dio tres pasos hacia la única litera que quedaba vacía, subió la escalera y se sentó con las piernas cruzadas. Gueno la veía, sintiendo desde el fondo de su ser cómo la angustia y el miedo ascendían hasta la garganta, estremeciéndole los nervios y tensándole los músculos. En menos de tres minutos, Gueno estaba invadido por la incertidumbre, convencido de la estupidez que estaba a punto de hacer, y decidido a no continuar con una locura de tan graves consecuencias. No puedo hacerlo, dijo en voz alta sin pensarlo. Damar, que ya estaba comiendo el puré, ni siquiera le dirigió una mirada de compasión, ni de curiosidad, nada, con la vista clavada en el puré siguió comiéndolo, y cuando el tazón estuvo vacío, se recostó y dijo, Te condenarás. Pero Gueno ya tenía un pie fuera de la casa, azotó la puerta y cuando ya bajaba por el jardín, regresó a cerrar con llave, como tenía por hábito.
Caminó durante horas hasta que los nervios empezaron a descender. No se había llevado ni una chamarra y trataba de cubrirse del frío agachando la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, sin mucho éxito. Había llegado a las calles lúgubres del centro, dudando entre ir a la estación de policía o telefonear a su madre para pedirle un giro, pues su mente, de alguna manera, había regresado a la normalidad en la huída, volvía a ser práctica y metódica, y no una pizarra en blanco en la que Sol escribía sus más disparatados deseos para ser cumplidos sin chistar, por lo que ahora tenía una enorme cicatriz negra en lugar de genitales. Pensaba, por ejemplo, que si acudía con la policía lo arrestarían por homicidio, y que si pedía ayuda a su madre no podría cobrar ningún giro porque no tenía identificación. Se había convertido apenas en una sombra sin identidad, sin rumbo y sin razón de ser. Mejor hubiera sido comerse el puré y morir como el resto del grupo, ahora que la vida no tenía más sentido.
Se topó con una pequeña multitud que se arremolinaba frente al escaparate de una tienda de televisiones, todas transmitiendo el noticiario de cadena nacional a las siete, cosa rara, pues el horario habitual era a las diez. Gueno se detuvo al ver en el recuadro, junto a la cabeza del presentador, la foto del cometa con una forma extraña y brillante al lado, que, según el boletín que leía, hasta ahora no podía verse por la posición de la Tierra respecto del cuerpo celeste. El experto que habían invitado, un astrónomo de la NASA, declaraba por teléfono que posiblemente se trataba de uno de los que hasta ahora habían llamado objetos voladores no identificados, nombre que ya no tendría sentido usar, y que el cometa quizá no era un cometa, sino una fuerza luminosa hasta ahora desconocida para la ciencia humana, dirigida por la nave espacial. El presentador, al terminar la entrevista, declaraba ante los ojos atónitos del mundo que era un momento determinante para la historia moderna, qué digo moderna, para la historia de todos los tiempos, hemos descubierto, con pruebas fehacientes al fin, y no por rumores incoherentes de lunáticos obsesivos, que no estamos solos en este mundo, no señor, y que debemos prepararnos para recibir, en futuros días, la visita de civilizaciones superiores, que lucharán por conquistarnos y esclavizarnos, tal como nosotros hemos hecho tantos siglos con nosotros mismos.
Fue entonces que Gueno comprendió que nunca debió dejar de temer a la condena eterna, pero ya no había nada qué hacer.

[FIN]

21/9/09

Los mártires de la crisis



Fue mientras se servía la sexta taza de café cuando Ruperto Benítez, por pura intuición, miró por las paredes de cristal del despacho y vio, primero, el anuncio enorme de una mujer desvergonzada que enseñaba los senos en plena vía pública, luego, el bulto grisáceo de cabello rubio que descendía a toda velocidad desde quince pisos más arriba, y que después se enteraría, no al asomarse para ver una mancha de sangre y tripas en el pavimento mojado, era Silvia Mendoza, la jefa de ventas del corporativo en la zona oriente. El informe extraoficial que se difundió de boca en boca apenas se fueron los paramédicos narraba cómo el mismísimo presidente, que se había aparecido en las últimas dos semanas al menos trece veces, algo inusual e inverosímil bajo las leyes del universo del corporativo, desde su oficina repleta de asesores y demás parásitos la había mandado llamar por dos motivos, primero, otorgarle un merecido reconocimiento por treinta y cinco años trabajando para el corporativo con resultados inigualables, un impreso prediseñado con su nombre en letras cursivas y brillantes y una canasta de pan de dulce con listones rojos y blancos, y segundo, para obligarla a firmar su carta de retiro voluntario y ponerla de patitas en la calle sin mayor explicación que la crisis. Silvia Mendoza miró al presidente por encima de sus enormes gafas cuadradas, se aclaró la garganta, e incrédula, sólo alcanzó a articular, Habla usted en serio, antes que el presidente, con sólo un movimiento de mano, hiciera que sus dos guardaespaldas la sacaran de la oficina mientras él agitaba, cínico, los dedos gruesos y manchados y le decía, Muchas gracias señora Mendoza, hasta pronto. Ella no se resistió, pero cuando cerraron la puerta tras ella, caminó hasta su cubículo sin mirar a nadie ni decir palabra, se sentó frente a su computadora y lloró en silencio por dos horas. Luego la vieron poner sus cosas en una caja, nadie se animaba a decirle nada, aquello había sido tan inesperado para ella como para el resto, tiró con un movimiento elegante la pantalla del computador, haciéndola añicos contra el suelo, y salió del piso por la escalera, no hacia abajo como todo el mundo, mirándola por el rabillo del ojo, esperaba, sino hacia arriba, causando el asombro de las secretarias, que no se habían recuperado todavía de su acto reciente de vandalismo corporativo, o tecnológico, cuando ya la señora Silvia las sorprendía con este nuevo arranque de insensatez, A dónde va la señora Silvia, Qué va a hacer, pero nadie se atrevió a subir el primer peldaño para seguirla. Tres minutos después, la vieron descender en caída libre los cuarenta y cuatro pisos que separaban la banqueta de la azotea, y desbaratarse el cráneo contra el suelo.

Ella fue la primera. Ruperto Benítez, coordinador de enlace y medios, zona sur, vio con sus propios ojos cómo despedían a dieciocho jefes, subjefes, gerentes, coordinadores y asesores de todos los pisos en los siguientes dieciocho días, todos y cada uno siguiendo los pasos de la señora Silvia: luego de ver, muchos de ellos, por primera vez al presidente del corporativo de frente a los ojos, ponían sus cosas en una caja y se tiraban de la azotea del edificio sin hablar con nadie y sin que nadie les hablara. Alrededor de las cuatro de la tarde eran llamados a la oficina del jefe, y dos horas después ya se les veía pasar como una mancha lúgubre por las paredes del cristal del edificio a toda velocidad, uno tras otro, después del quinto a nadie le sorprendió que todos siguieran sus pasos. Para los empleados, se había convertido en un pacto secreto, todo un ritual obligatorio que debía cumplirse al pie de la letra, apenas empezaban los rumores y la víctima tenía que mentalizarse para lo inevitable. Los noticiarios y gobiernos locales, en cambio, estaban escandalizados, exigiendo a la empresa que tomara medidas inmediatas para solucionar aquella ola de suicidios que amenazaban con desatar el pánico laboral en todo el país, pero lo único que hizo el presidente fue mandarles un email de aliento a todos los empleados, Todos son parte esencial del corporativo, saldremos adelante juntos como un equipo y demás disparates, y poner una pizarra en la recepción con ofertas de empleo de otras empresas, para que vieran que afuera, en el mundo, todavía podían ser alguien, Se solicita chófer de ambulancia, excelente presentación, Urge capitán de meseros, ofrecemos sueldo base, Prestigiosa empresa líder en su ramo solicita vendedores ejecutivos, telefonistas, guardias de seguridad y personal de limpieza, llamar a la licenciada Aurora. Pero aquellos no eran trabajos que valieran la pena, al menos no para los jefes, subjefes, gerentes, coordinadores y asesores, que eran los más vulnerados ante las medidas para combatir la crisis, ninguno de ellos, con al menos diez años en el mismo empleo, se veía vendiendo seguros de vida.

El día diecinueve anunciaron que les entregarían las nuevas credenciales y que ya no despedirían a una persona por día, sino a cincuenta y cinco al mes, comenzando hoy y durante los siguientes tres meses, a ver si tenían los suficientes pantalones para ir lanzándose unos detrás de otros, sin la satisfacción del protagonismo personal, vueltos una cifra más de las espeluznantes estadísticas que los reporteros llevaban con rigurosa exactitud, sin más notas sobre la cotidianidad de sus vidas de boca de sus familiares, amigos y conocidos, pero no de los compañeros de trabajo, que tenían prohibido dar entrevistas, so pena de despido inmediato que bajo estas circunstancias era igual a una condena súbita. Ruperto Benítez se tomó la quinta taza de café de un trago y se sirvió uno más. Las manos le temblaban, el sudor resbalaba por su frente, porque intuía lo inevitable. Desde que llegó por la mañana, nadie lo miraba a los ojos. Grupos de secretarias, sabiéndose inmunes a las estrategias de la dirección, murmuraban en los rincones y se dispersaban ante su cercanía. Descubrió a cuatro compañeros mirándolo de reojo, casi compadeciéndolo. Carajo, pensaba, si no me compadecieron cuando mi mujer me dejó, qué les da el derecho a hablar así de mí. No consiguió concentrarse en toda la mañana. Miraba el reloj, impaciente, y luego su teléfono, esperando la llamada final, la sentencia de muerte irrevocable. Estuvo a punto de rezar, pero antes de aceptar su destino, tenía que salir de esa maldita angustia. Se desató la corbata, se sirvió un duodécimo café y salió del piso a toda velocidad. Pobre hombre, dijo una secretaria, está muy alterado, si supiera lo que le espera. Pero Ruperto ya se encontraba bajando las escaleras a toda velocidad, esquivando a los intendentes, disculpándose con los que subían y tropezando con los que bajaban, hasta que llegó al piso tercero, donde se encontraban las bodegas. El guardia de la puerta, al ver su determinación, no se atrevió a hacerle el interrogatorio de rutina, Con quién va, qué asunto, nada más se hizo a un lado, y Ruperto no se molestó en agradecer.

No le costó trabajo encontrar las cajas con las nuevas credenciales. Estaban organizadas por departamento, por zona y por inicial. Aquí está, departamento de enlace y medios, zona este, zona oeste, zona sur, este es. No le era suficiente con mirar las fotografías, leía los apellidos y el puesto, Alarcón, mensajero, Almeida, intendencia, Arámbura, inspector de calidad, Azabache, técnico, Baluarte, intendencia, Benavides, secretaria, Benigno, contabilidad, Bretón, auxiliar de contabilidad, Casares, secretaria. Repasó los apellidos una vez más, y todavía una tercera, desde la A hasta la Z, seguro que se había despistado, se le habrá pasado sin ver, No es esto posible, dónde se ha metido mi credencial…

No se tomó la molestia de meter sus cosas en una caja, ni de darle a sus compañeros de oficina el gusto de verlo humillado y convertido en objeto de compasión. Paso a paso, escalón por escalón, subió desde el tercer piso hasta la azotea, sin esperar para ser llamado a la oficina del presidente, miró la ciudad desde las alturas, invadida de nubes de tormenta, se dio cuenta que hoy no llovería, y que nada, ni ser despedido junto con otros cincuenta y cuatro incautos, lo detendría de cumplir con lo que ya estaba escrito desde el inicio de los tiempos sería su final, descerebrado como un mártir de la crisis en la banqueta. Sin dudar, se lanzó, casi con gusto, hasta sintió alivio, sólo pensando en el viento fuerte rompiéndose a su paso, en el frío del otoño y en el vértigo de la caída libre, y luego, la oscuridad.

Cuando Ruperto Benítez terminó de hurgar entre las cajas, un grupo de empleados entró por algunas y el presidente mandó llamar a todo el personal del departamento de enlace y medios a la sala de conferencias para repartir las nuevas credenciales y anunciar el ascenso del coordinador de la zona sur, Ruperto Benítez, a jefe de departamento en reemplazo de Lupita Martínez, quien lamentablemente había fallecido hace tres días, mostrándole a todos la credencial del empleado afortunado como si se tratara de un premio de consolación para el resto, Ya ven, no nada más hay despidos. Nadie lo encontró cuando lo mandaron llamar, pero todo el mundo se alborotó cuando una secretaria histérica salió por el pasillo gritando que se había matado alguien. El presidente, indignado, refunfuñó, Pero si todavía no he despedido a nadie hoy, lo que me faltaba, y se encerró en su oficina dando órdenes expresas y determinantes de que nadie lo molestara.

(FIN)

11/2/08

Un simple y sencillo homicidio (1 de 3)



Era joven. Bonita. Tenía buena salud. Cocinaba muy bien. Caderas anchas, podía ser una excelente madre. Pero esa cara. Triste y sin luz, con los ojos siempre rojos de tanto llorar, era suficiente dirigirle la palabra para que encontrara una excusa y se deshiciera en lágrimas, gritando que la vida no valía la pena y que se iba a matar, sin nunca cumplir su promesa. Todos creían que era un juego, que era porque los medicamentos ya no le hacían el mismo efecto, sus pocas amigas le recomendaban que visitara a otro psiquiatra para que le recetara algo más fuerte. Pero Héctor le había dicho, la noche anterior, que ya no podía pagar sus medicinas, que fuera buscando qué hacer. Pues qué iba a hacer, morirse, eso es lo que iba a hacer, no podía -ni quería- hacer nada más.

Por qué ha tenido tan mala suerte en su vida, no lo sabe. Sólo de una cosa está segura: está harta, y quiere que todo termine. Su madre, única confidente que le queda, le ha dicho que rece. Que a veces ella se siente sola, en una casa tan grande y ahora que su esposo ha muerto, pues más, pero que se pasa la tarde entera rezando y se le olvida el dolor. Carla no puede concentrarse, así que va a la iglesia del parque, pues ahí, dicen, es la casa de Dios. Se sienta en una banca, casi hasta adelante, y al ver a aquel hombre, semidesnudo, con los músculos marcados, la cara de eterna agonía, la barba enmarañada, sudorosa, las espinas clavándosele en el cráneo y la sangre chorreando por su cara, clavado en una enorme cruz de madera, se siente más desdichada que nunca, y la iglesia entera retumba con su llanto.

Los que estaban cerca se fueron de inmediato, asustados. Sólo algunas mujeres, ya acostumbradas a aquellas explosiones de insensatez ("Cómo viene a la casa de Dios y hace todo ese escándalo, debe estar loca"), y por supuesto, sin nada qué hacer, se quedan. Carla no sabe cómo rezar, se le han olvidado las oraciones del catecismo, pero su madre le dijo que sólo hablara como si tuviese a Dios enfrente, que le pidiera algo, que él a veces respondía y a veces no, así era siempre. Pidió, pues, de la siguiente manera, Dios, no sé si me escuchas, con tanta gente que habrá por ahí pidiéndote cosas ahora, qué puedo tener yo de importante para que me prestes atención, siendo Tú tan poderoso como eres. Sólo quisiera saber si debo o no suicidarme, ¿sabes? Es que estoy harta de mi vida, no sé lo que quiero, nunca lo he sabido y nunca lo sabré, me salí dos veces de la escuela, me casé con el primer hombre que me lo propuso, me fui de mi casa en busca de algo que hasta ahora no he encontrado y que empiezo a sospechar que jamás encontraré, ya han pasado dos meses desde que estamos casados y mi vida, en lugar de volverse más tranquila, se ha vuelto más insoportable, no nos aguantamos, estamos toda la noche discutiendo, él está irritado porque no he quedado embarazada, desde antes que nos casáramos, entonces era cariñoso y pensé que quizá podría ser feliz, es varonil y fuerte, seguro de sí mismo, pero no me ama, yo lo sé, porque siempre que salimos le coquetea a otras mujeres como un descarado, como si yo no estuviera ahí, no me respeta ni me trata con delicadeza, me estoy quedando dormida apenas cuando se me sube encima y me baja la ropa interior, me obliga a abrir las piernas y me tapa la boca, termina en cinco minutos y me da la espalda, y no se despierta hasta la mañana siguiente, cuando me está apurando para que le haga el desayuno antes de irse al trabajo. La verdad ya no lo aguanto, no quiero pasar el resto de mi vida así y he decidido suicidarme, pero si tienes una misión para mí, si hay algo más en el mundo destinado a mí, dame una señal, por más mínima que sea, y de algún lado sacaré valor para continuar con esta vida que me está matando.

Detuvo su oración y se calló. Se percató hasta entonces del angustiante silencio del templo, del eco de las mujeres, rezando en el altar de la virgen, cuando murmuraban el avemaría, cuando carraspeaban la garganta para que la virgen las entendiera, cuando una daba unos pasos y se sentaba en la banca más cercana, porque sus piernas ya no la aguantaban de pie tanto como antes. Carla se quedó mirando el rostro del crucificado, a la espera de la señal que había pedido. Siendo algo tan importante como la vida de una mujer que acudía a Él, Dios al menos tenía que tomarse la molestia de contestarle. Pero el crucificado no se movió. Se quedó tan estático como antes de que ella llegara, como se quedaría luego de que se fuera, y como estaría si volviera mañana. Igual. Nada pasó. Las voces de las mujeres desaparecieron, alejándose cada vez más.

Ya se estaba convenciendo de que la señal no llegaría, de que Dios no había respondido, ni respondería jamás, a su petición, cuando una mano dura y olorosa a humo le tocó el hombro. Carla volteó la cara, espantada, y vio a un hombre maduro, calvo y con un grueso bigote, sonriéndole, mientras sostenía en la otra mano una escoba. Le dijo:

-Señorita, disculpe usted. Ya vamos a cerrar.

¿Era esa su señal? ¿Qué quería decir? ¿Por qué mandar una señal tan absurda e incoherente, ante una pregunta tan importante para ella? Sintió un profundo coraje, se levantó y salió de la iglesia, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara, enfriándosela por el viento helado que soplaba ese día, en pleno mediodía.

[Continúa]

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[Segunda parte]

[Tercera parte]

24/1/06

Probabilidades

Probabilidades

Vendarse los ojos o no fue en realidad la decisión en la que más se detuvo a pensar. De pie, en medio del cuarto, Idelfonso contempla la nada, se le ha perdido la mirada dos segundos antes de sentarse en la silla de madera que compró para la ocasión, pues piensa que sin venda podrá contemplarse a sí mismo, sus expresiones, el sudor, la adrenalina, el cañón del arma en la sien, el tambor girando al accionar el disparador, incluso, si pone la atención suficiente, la explosión de la descarga y la bala penetrando el cráneo, si esa fuese su suerte; en cambio, con los ojos inutilizados, toda la atención se la llevará el latido acelerado del corazón, la sensación de vértigo que lo conduce al éxtasis de su vida, un éxtasis que, por una ironía inevitable, sólo alcanza con la cercanía de la muerte, y sentirá el frío del metal en la piel, el peso del peligro y del destino sobre él, el dedo jalando el gatillo tres veces con la mayor lentitud del mundo para que la emoción se prolongue, en fin, podrá concentrarse en esas y otras tantas sensaciones. Tres minutos lo ha pensado, y prefirió quitar la silla de enfrente del espejo y ponerse la venda negra.

Éste, sin duda, es su volado más extremo. Pero no lo hace para retar a su suerte, sino para sentirse vivo, para provocar a la muerte, atraerla con insinuaciones cínicas para sentir casi en la piel el filo mortal de su guadaña y burlarse de ella al darse cuenta que todavía respira. Todo empezó el día en que se subió por vez primera a una montaña rusa, siendo todavía un niño. Hasta los 17 años fue un asiduo visitante de parques de diversiones, subiéndose a los juegos mecánicos que hasta a los más temerarios ahuyentaban, luego se aficionó por las caídas libres, los deportes extremos, los animales salvajes e incluso el escapismo. Desde entonces ya han pasado muchos años, y ni la vitalidad ni la juventud de Idelfonso son las mismas, pero la euforia que siente al poner en riesgo su vida, esa no ha disminuido.

Busca a tientas, entre la oscuridad sólida que le proporciona la venda, el respaldo de la silla, se sienta, abre la recámara de las balas, toca con los dedos los seis agujeros y elige uno, donde introduce una, gira el tambor con fuerza y lo cierra de nuevo. Ha decidido que jalará del gatillo sólo en tres ocasiones, pues la posibilidad de sobrevivir es un elemento principal en la acción. Se coloca el revólver en un costado de la cabeza, y siente el cañón frío y duro presionándole el cerebro. Su corazón se ha precipitado, su respiración va en aumento. Idelfonso traga saliva, aprieta los párpados, trata de controlar el terrible temblor de su mano. Como los suicidas, ha dejado una nota a su mujer y a sus hijos, en el caso de que no tenga la suerte necesaria, aclarando que fue feliz viviendo y que murió sintiéndose vivo, y pleno.

Basta de titubeos, piensa Idelfonso, confiado en que las probabilidades están de su lado. Cinco de los seis disparos no tienen ningún efecto, Idelfonso lo sabe, pero la certeza de que el restante le volará los seos es tal que ya se siente mareado. Idelfonso toma una profunda bocanada de aire, estira lo más que puede la espalda, alza el codo, acciona el disparados, jala el gatillo y ¡¡Bang!!

Pero su grito, provocado por la emoción, no alcanzó a salir de su boca, y si lo hizo, fue opacado con brutalidad por el estallido del disparo que llenó de sangre el piso de la sala y la nota no-suicida del, ahora, difunto.

(FIN)

18/8/05

En un árbol

En un árbol

La parte fácil fue brincar el cerco y esconderse del velador. La parte difícil fue encontrar una soga. Que imbécil, cómo salí de mi casa sin soga, se reprocha, pero no puede volver, ahora que está tan decidido, si vuelve se queda en su casa, esperándola otra vez. Le parecían estúpidas sus amigas de la preparatoria que tenían cicatrices en las muñecas, problemas familiares, vaya niñería, y aquellos amargados que se quejaban de su vida aburrida. Él siempre creyó que para eso se vivía, para disfrutar a veces, a veces para sufrir, no hay de otra, y se conformaba, hasta que se dio cuenta de que se había engañado, era siempre sufrir, las alegrías distraían en ocasiones, pero la tristeza era permanente, incorruptible, eterna.
Buscó en los botes de basura, en los quioscos, en los cuartos donde guardaban las escobas, pero sólo encontraba cuerdas y listones, no tenían la resistencia necesaria para cargar su cuerpo, no pesaba mucho, pero si podía romperlo con las manos, no servía. Al fin, en un edificio que parecía un almacén, encontró una soga gruesa y larga, perfecta, la tomó en sus manos, la palpó, incluso la olió, y empezó a llorar. Pero no se echó al suelo, no, ya casi era de mañana, podía sentir cómo huía la oscuridad ante la proximidad del sol matutino, las lágrimas brotaban por propia voluntad y él se tallaba los ojos, alzaba la cara, buscando una rama fuerte que le sirviera para colgarse.
Los pájaros comenzaban a cantar. El cielo fue tornándose gris, las sombras nocturnas desparecían, los coches empezaban a invadir la ciudad, y él, sentado, los ojos rojos, haciendo un nudo bajo el árbol elegido. Fue sencillo trepar, y amarrar la soga con firmeza en la rama, fue tan fácil que se sorprendió, cómo no se me ocurrió antes, y cuando ya tuvo todo listo, esperó, con ambos extremos de la soga en su posición, uno en la rama, otro en su cuello. El sol se asomó entre las copas de los demás árboles, queriéndose hacer el tímido, pero no era eso, no, quería sorprender al mundo desprevenido. Eso estaba esperando, sin saber para qué, al sol. Se deja caer, la soga detiene con determinación lo que parecía un trayecto sin escalas hasta el suelo, su cuerpo, suspendido a mitad del camino, gira y se balancea. El velador cree ver la silueta de algo en un árbol al fondo del parque, piensa "carajo, quién dejó ahí esa piñata".

(FIN)

4/4/05

bonita pareja

Llevaba en la mano sudada el recorte viejo del periódico, la única prueba tangible de su existencia. No despegaba la vista de la entrada del restaurante, ansiosa, aunque todavía faltaban algunos minutos para que dieran las seis. Esperaba encontrar a ese hombre de doscientos kilos, feo, de 37 años, que aceptaba "madre soltera para fines matrimoniales". Aunque Diana no tenía hijos, al abrir el periódico en la página de anuncios calificados, sección avisos personales, dispuesta a que un desconocido le ayudara a alejar la soledad que la embargaba, la profunda meditación la hizo descartar al "joven aventurero de 18 años, guapo, buscando compañera para diversión", al "joven de 28 años, profesionista, ojos de color" y al "chico solitario bien parecido", convencida de que si éstos eran sinceros, les faltaba modestia, y si mentían, su apariencia real estaría lejos de la descripción, además de que jamás podría esperar que le dijeran la verdad. "Prefiero uno feo y gordo, pero modesto y que no me mienta", pensó. Entonces vio entrar a un joven vestido con un saco gris y pantalón de vestir, rubio, ojos azules, sonrisa perfecta, y los ojos se le desviaron de la puerta hacia sus zapatos lustrosos y recorrieron el cuerpo del especimen masculino hasta la punta del último cabello brillante. La sorpresa de Diana fue ver en el bolsillo de su saco la rosa blanca que habían acordado llevar a su cita para reconocerse, y no pudo fingir la indiferencia planeada cuando él se sentó frente a ella y saludó con su radiante sonrisa.

-Hola. Soy Rodrigo. Tú debes ser Diana, ¿cierto?
-Sí... -apenas pudo articular el monosílabo.
-¿Sorprendida?
-Pues, la verdad... esperaba que fueras...
-¿Cómo?¿Gordo y feo?
-Pues... sí.
-Qué va. Busco a una mujer que no se deje llevar por las apariencias, por eso mentí en la descripción. Tú fuiste la única que contestó... Gracias.
-No... No hay por qué.

Él insistió en conocer todo de su vida. Tenían mucho en común. Bebieron vino. Comieron una ensalado, y fumaron un cigarrillo. Después, fueron a bailar, y ya en la madrugada, Rodrigo se ofreció a llevarla a su casa en su flamante coche, y ella lo invitó a entrar. Fue el mejor sexo que Diana hubiese tenido en su vida.

(...)

Rodrigo se retrasó un poco por los nervios. Al final, decidió no seguir el consejo de su amigo Ignacio y acudir al restaurante. Si ella había llamado, a pesar de la fiel descripción que se arriesgo a publicar, era porque de verdad no le importaban sus doscientos kilos y su fea cara. "O tal vez quiera burlarse de ti", le dijo su amigo. Tomó un baño, se afeitó, se peinó, e perfumó. Llegó al restaurante, pero desde la puerta distinguió el porte elegante de Ignacio. Frente a él, una mujer joven, de cabello castaño, ojos grandes, lucía como prendedor en su blusa una rosa blanca. Era ella. Rodrigo sacó la flor de su bolsillo y la tiró al suelo. El engaño de su amigo lo lastimó... pero pensó que sería mejor así. Ellos formaban una bonita pareja. ¿Cómo se vería una mujer hermosa y delgada como Diana al lado de un enorme y nada agraciado hombre como él? Vio que se disponían a marcharse, Ignacio y Diana, así que dio media vuelta, se secó la humedad de los ojos y regresó a casa. Abrió las válvulas de gas de la estufa, y un par de horas después, cuando el aire ya era muy denso, alcanzó la caja de los fósforos. "Sí... se veían bien juntos. Serán una bonita pareja".

(FIN)