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29/7/12

Días de lluvia



Nubes de lluvia
1. El otro día estábamos en la fonda donde siempre comemos. No pica, nos dicen, pero esa es una mentira recurrente con la que hemos aprendido a vivir aquí en el DF: si tiene chile, pica, aunque te digan lo contrario. Cuando terminamos y salimos a la calle, comenzó a llover. Lo primero que pensamos fue "¡los periquitos!". Los habíamos dejado afuera. No a la intemperie, sino en el techo que cubre los lavaderos, pero aún así, no les gusta la lluvia, y siempre los estamos cuidando del viento. Tuve que correr mientras veía que cada vez caían gotas más y más gruesas. Subí las escaleras como un rayo hasta que llegué a la azotea, dos pisos arriba. Se me acababa el aire. Ni siquiera alcanzamos a meter la jaula a la casa: la tuvimos que resguardar en el cubo de las escaleras. Estuvimos atrapados como 30 minutos mientras el granizo caía sin piedad, destrozando las pobres plantas del balcón. Los periquitos estaban asustados, pero al menos no se mojaban ni tenían frío. Yo sólo pensaba en todos los miles, quizá millones de otras aves que viven en los árboles, que se alimentan de basura. En todos los nidos que tumbó el granizo. Estúpida lluvia.

2. Después de la cirugía no he sentido que haya retomado mi vida en el punto donde la dejé. Aún me siento raro saliendo a la calle, hablando con la gente... He tratado de llenar estos huecos enfrascándome en proyectos nuevos, pero como siempre, acepto más de lo que puedo mantener. Debo quedarme sólo con lo que puedo manejar. No está bien esto de siempre estar ocupado. Ni siquiera gano tanto dinero como para eso.

3. Nunca imaginé que tener periquitos pudiera implicar tanto trabajo. Levantarnos temprano para destaparlos, lavarles con agua y jabón las bases de la jaula y los trastes de agua y comida, las perchas donde pasan la mayor parte del día, ponerle su pomada y sus gotas a Rómulo sin que haya una mejora aparente (aún no le salen las plumas de la cola), servirles sus semillas de desayuno, alpiste, mijo o avena, y agua fresca y limpia por si se quieren bañar. Una hora después hay que volver a limpiarlos, volver a llenar los trastes, esta vez con croquetas (sí, hay croquetas para aves, ¿qué pensaban?), alguna verdura o fruta, les encanta la espinaca y ahora hemos descubierto que también la acelga, zanahoria, manzana, papaya ni siquiera hicieron el esfuerzo por picarla, pero ya le hallarán el gusto. Y así todo el día, estar al pendiente de que no peleen, de que tengan siempre comida limpia, taparlos antes de que se meta el sol para que descansen tranquilos... Pero con todo este trabajo, no los cambiaría por nada del mundo. Me encantan.

PD: Después les subo más fotos de ellos.

5/1/09

Último día



1. He disfrutado mucho estas vacaciones, de alguna manera, no han sido como las anteriores. Ahora me siento mucho más relajado y tengo seguridad, estabilidad y confianza en mi vida, que es lo que realmente necesitaba. Sé que puedo ser alguien, sólo necesito paciencia. Ver a algunos amigos me llenó de dicha, pero sobre todo, ver a mi familia. Es que cuando uno estudia antropología se da cuenta que en realidad, no son mi familia por los lazos sanguíneos, o cómo explicaría el cariño hacia mi tío D, por ejemplo, sino por las relaciones personales y sociales que he establecido con ellos. Lejos, en aquella urbe de acero, sólo tengo a F, y aquí me siento en compañía, de quienes me quieren y se preocupan por mí. Eso me llena de fuerzas para seguir.

2. Quisiera decirles, para empezar, que la vida no es sencilla. Que un día van a tener que dejar a los papás y continuar por su camino, y que el mundo no les va a poner las cosas fáciles. Es verdad que el dinero es una mierda y que el sistema es terrible y opresor, creador de masas ignorantes y consumistas, pero también es verdad que no hay de otro. Somos, sin duda, individuos libres, y por eso mismo hemos decidido continuar reproduciendo los patrones de conducto, siendo sus cómplices desde el momento en que permanecemos en la sociedad. No hay de otra. Pero no por eso hay que quedarse callados. No sirve de nada, por ejemplo, negarse a ver la tele, o no ir a mcdonalds, pero sí sirve tener una mirada crítica, dejar de creer en los medios, fomentar otros modos, otras formas, respetar, tolerar y promover las diferentes maneras de pensar. Creo firmemente que cualquier modo de pensar es válido, pero también que el fanatismo religioso hace mucho daño, y eso es lo que en verdad no tolero, porque soy enemigo de la ignorancia, porque la libertad sin conocimiento es esclavitud. Creer sólo por creer no tiene sentido.

3. El puerto que me vio nacer va en camino desenfrenado a convertirse en un producto más para las necesidades consumistas de los ricos. No se necesitan tantos hoteles en una ciudad tan pequeña. Mientras, por un lado, las calles permanecen sin pavimento, los camiones cumplen 30 ó 40 años de viejos, y la cultura del narco y el "pseudoprogreso" prolifera, del otro lado hay grandes inversionistas haciendo su minita de plata, vendiéndole a la gente ilusa la idea de que, embelleciendo las zonas turísticas Mazatlán alcanzará el nivel del primer mundo. Lo único que yo veo es una enorme tienda departamental, ofreciendo sus productos y servicios a gringos engreídos y rascistas que disfrutan dando órdenes a gente con un color de piel distinto. Pobres mazatlecos, creyendo que su ciudad progresa cuando en realidad, la están vendiendo.

4. Me harté de pararme y sentarme como idiota. Al principio me parecía interesante mirar con otros ojos la liturgia católica, y pensé, Será divertido escuchar el sermón del padre. Fue divertido, sí, ver cómo todos sabían los cantos y las alabanzas, fue fascinante y muy interesante ver cómo creen que así rinden culto a un ser que no conocen y que nunca conocerán, y después de estallar, fue asombroso ver cómo la gente paga 10mil pesos por un lugar diminuto dentro de la iglesia donde las cenizas de sus cuerpos reposen. Simplemente increíble. Pero no pude soportar al padre diciendo una sarta de pendejadas sobre el derecho a la vida y aconsejando a los padres para que no dejaran abortar a sus hijas. Dijo, "Ahora, con toda esa mugre de la liberación, nuestras hijas corren peligro", ni más ni menos. Me dieron ganas de apedrearlo. Por hacer que la gente lo escuche. Por hacerles pensar que tiene la razón. ¿Qué clase de personas lavan el cerebro de la gente de esa manera? ¿Con qué clase de ideas basura llenan las cabezas de gente que necesita que le digan lo que tienen que hacer, porque viven sumidos en la ignorancia? Y lo decidí: continuaré (o iniciaré) alguna clase de campaña contra las creencias religiosas. La superstición, como siempre he dicho, nubla la razón.

5. Por increíble que parezca... Extraño el df. Pero también, a unas horas de partir, ya estoy extrañando Mazatlán.

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"Porque allá donde voy me llaman el extranjero"

18/6/07

Ha sido un año



No me puedo quejar. Ha sido un año duro y generoso al mismo tiempo. Ha sido un año de aventuras, de enfrentar temores mucho tiempo evadidos, algunos superados y otros vueltos a evadir. Han habido angustias, limitaciones, emergencias, en las que, de no ser por nuestros incondicionales salvadores (T., R., y nuestras familias), nos hubiésemos quebrado al inicio de la jornada. Gracias a ellos pudimos continuar luchando, haciendo un esfuerzo más cada día para mantenernos a flote.
Nuestro primer hogar fue la casa de la colonia Del Valle, dos días en cuarto propio, el resto, ocultos detrás de un sofá en la sala, debajo de la ventana, protegidos por la oscuridad. Fue divertido, mientras conocía otra ciudad, iba conociendo un nuevo tipo de amor, que al principio, incluso a estas alturas, me fue difícil aceptar, y veía como algo pasajero, algo difuso, volátil. Casi no nos conocíamos, además, el miedo a enfrentarme a la realidad suspendida en nuestro puerto natal me hacía frenarme. Lo primero que conocí fue Coyoacán, donde, mientras caminábamos por la placita, un vago se nos acercó y nos intentó vender un churro por cualquier moneda que trajéramos. Por obvias razones, me negué.
Conocí Teotihuacán, Xochimilco, el paseo de la Reforma, la Zona Rosa, y el Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano, que en aquellos días me pareció maravilloso. La Ciudad nos recibió con lluvias frecuentes y climas variados. Por las mañanas, cuando salíamos, el sol brillaba en todo su esplendor y por las tardes al regresar, nubarrones grises dejaban caer lluvias torrenciales sobre nosotros. Comprobé que los conductores de micros, la mayoría, sí manejaban como el diablo. Y así, mientras yo iba descubriendo un lugar fascinante por sus contrastes y sus exotismos, se iba fraguando dentro mío un deseo de que aquellas vacaciones, de que la pequeña aventura de antes del inicio de clases, no se terminara jamás, no tanto por la aventura en sí, más bien, por la compañía.
Lloré la noche anterior. Y esa es otra: ha sido un año de lágrimas, donde por fin la tubería por algún motivo se destapó y ahora soy libre para sentirme triste y llorar, si quiero, y si no quiero también, porque las abundantes lágrimas se han vuelto irreprimibles y yo me he vuelto un chillón. Le dije, de repente, y juro que no había planeado nada antes, Hay que quedarnos. Me miró con incredulidad, mientras sostenía mi cara húmeda con sus manos, y como no hubo respuesta de su parte, repetí, Hay que quedarnos. Imposible. No teníamos papeles, ni más dinero, ni dónde quedarnos, ni nada. Y volvimos, con el firme propósito de regresar a la capital en el menor tiempo posible.
Ya de vuelta en nuestro puerto, el amor explotó. De hecho aquella última noche en la casa de la Del Valle, me sostuve a su cuerpo con tal firmeza, que parecía que si me soltaba, me moriría. Fue difícil acostumbrarse otra vez a dormir en una cama para uno, tanto que mejor no nos esforzamos, y me iba a su casa, de clandestino, a recostarnos debajo del guayabo, o en su camita ruidosa y caliente, protegidos del calor con un raquítico ventilador. Fueron días buenos, los recuerdo con mucha nostalgia. Nos pasábamos el tiempo planeando, juntando dinero, reuniendo fondos que hubiera de otros lados, no nada más para los pasajes, sino para todo lo que necesitaríamos acá. En ocasiones me daba la impresión de que sería una labor imposible, pero la seguridad que me brindaba su amor me hacían permanecer firme, no retroceder ni un paso.
Las ideas revolucionarias, otro de los motivos por los que viajamos al Distrito Federal -para participar en la marcha multitudinaria de la Otra Campaña-, se han ido evaporando en el aire, no por la falta de convicción, pues estamos en sabotaje permanente al capitalismo -sin cocacola, sin macdonalds o burguer king, y sobre todo, sin televisa, ni televisión-, y siempre que nuestros recursos lo permiten, compramos el Machete, y nos informamos del desarrollo de la revolución. Pero, ay, si nos quedara algo de tiempo libre, si el dinero no fuera tan obligatorio, y si el trabajo diera más... Aunque confío que, llegado el momento, regresaremos al activismo social, eso ni dudarlo.
Ha sido un año de éxitos y fracasos, de gente nueva y de nuevos lugares, de pasar hambres y darnos pequeños lujos una que otra vez. Pero sobre todo, de forjar muchos planes, los cuales, después de este año, ya no los veo tan irrealizables. Y el siguiente año, ese pinta mejor: con escuela, más actividad, madrugar todos los días, más cansancio, más estrés, más aprendizaje, y con un poco de suerte, una o dos deudas menos, si nos aplicamos. Lo bueno es que no perdemos el rumbo. Y que el amor no se detiene, sigue, se mantiene, y no sólo eso, sino que crece, se expande, se afirma junto con nosotros.
A todos los que hicieron posible este año maravilloso, con sus ayudas directas o apoyos simbólicos, morales o monetarios, de todo corazón: Gracias. Y vamos por el siguiente.

(Dedicado a F.B.C., por el tiempo y el amor compartidos)

26/10/06

Amanece



Me dice A ver, voy a usar la compu, y yo me levanto, furioso, y me voy al baño. Me miro en el espejo, noto mi respiración agitada, mis ojos inyectados de ira, mis manos tiemblan mucho más de lo normal, y entonces recuerdo. El ejercicio de la crueldad, una práctica de una llamada Tradición del Sol que aprendí en un libro hace muchos años, consiste en clavar la uña del dedo índice en el nacimiento de la uña del dedo pulgar y dejarla así hasta que el dolor sea insoportable, tratando de concentrarse en el dolor, y viendo a éste como el mismo que te causas en el interior con los sentimientos negativos, como la ira, los celos, las envidias, las depresiones, y toda esa gama de emociones que el hombre se inventó para martirizarse. Se supone que cada vez que te domina uno de estos sentimientos, al practicar el ejercicio de la crueldad, la sensación se aleja, quedas tranquilo, relajado, dispuesto a enfrentar lo que venga, y conforme lo vas realizando más seguido, esos sentimientos van desapareciendo poco a poco.

La situación lo ameritaba. Hacía años que no practicaba el ejercicio, recuerdo que tendría unos 14 ó 15 años, lo realicé durante meses y el dedo pulgar me quedó horrible, en carne viva, pero aprendí a ser mucho más paciente, tolerante y tranquilo. Y ahora me vi obligado a usarlo de nuevo, porque el amor, así como despierta sentimientos nobles y sublimes, también despierta a los viles y malvados, no hay remedio, debe haber un equilibrio, como en el resto del universo. Así que cerré los ojos, para concentrarme mejor, y clavé la uña tan fuerte como pude, y la mantuve ahí más de un minuto, hasta que sentí que el enojo se iba, reflejando el daño emocional que me hacía en el lado físico, no tenía por qué estarme soportando. Ya más tranquilo, regresé a la recámara, me senté en la silla azul, justo detrás suyo, y le hablé. Ni siquiera recuerdo qué le dije, pero sé que me respondió a la defensiva, ahora atacándome, tal vez pensando en adelantarse, mi intención no era esa, sólo quería hablar, no gritar, nos dijimos esto y aquello, se voltea de nuevo, y de nuevo me quedo mirando su nuca. Y lo vuelvo a hacer, porque no quiero que el enojo crezca. Clavo mi uña otra vez, cierro los ojos, espero a que el dolor crezca, y lo suelto. De nuevo le hablo, atraigo su cuerpo hacia el mío y lo envuelvo en un abrazo, me recargo en su cuello, empieza a hablar, a decirme que estoy equivocado, que si es egoísmo salirse de su casa, dejarlo todo para empezar de nuevo en una metrópoli, haber aceptado un trabajo de lavatrastes teniendo una licenciatura, haber soportado burlas, gritos, insultos, si eso es egoísmo, entonces es egoísta.

Yo no me refería a eso, pero igual aplicaba. Yo me refería a los pequeños detalles, que son también importantes. Lo cierto es que hoy es mucho más detallista que al principio, no sé si por mis reclamos o por convicción propia, ha de haber algo de los dos. Pero ya, después de ese terrible pseudo-pleito, no tengo otra idea en la cabeza más que ser feliz a su lado. No quiero más gritos, ni más miradas de rabia, ni más reproches... Aunque lo mismo pienso después de cada grito, de cada mirada de rabia y de cada reproche. No me desanimo, para nada, sé que sólo con voluntad podremos aprender del otro y crecer, como pareja y como personas. Tenemos metas, sueños, proyectos para el futuro, pero dejemos que el futuro llegue a nosotros, no hay que correr hacia él, ahora es tiempo de aprendizaje y consensos, es tiempo de curarnos con besos las heridas y con abrazos los raspones, es tiempo de ser hombros para llorar y aplausos para animar. Es tiempo de alzar la vista, y sonreír, porque amanece allá, en el horizonte, entre las montañas.

[Y por fin he encontrado el camino que ha de guiar mis pasos, y esta noche me espera el amor en tus labios]

15/9/06

Independencia



Siete de la mañana. Tomo el metro Insurgentes con dirección Pantitlán (no es tan difícil como parecía), y trasbordo en Balderas, dirección Universidad, hasta Miguel Ángel de Quevedo. Por fortuna, aún era temprano y pude irme sentado. Salgo de la estación, camino hacia la esquina y procuro orientarme, hacia dónde está Insurgentes. Y camino. Voy comiéndome un durazno enorme y desabrido. Cruzo un par de calles y veo el metrobús. "Llegué", me digo, cuando veo un letrero de Pizza Hut y una fila de jovenzuelos esperando la llamada del guardia de seguridad. Me hace firmar una hoja de registro de entrada, y me dice que espere a que nos llamen. Me siento en un escalón, junto a una muchacha de lentes redondos, y espero. Se me antoja un cigarro, pero odio apagarlos a la mitad. Después de un rato, el guardia nos manda llamar. Somos como once o doce gentes. Subimos por las escaleras, entramos a un salón con pupitres y una televisión transmitiendo "Daniel el travieso", y espero.
Trabajar para una trasnacional gringa no es (ni será jamás) mi meta en la vida, pero bajo las circunstancias en las que me encuentro (poco dinero y 1800 de renta para el día 9 de octubre), lo que sea es bueno. Así tenga que disfrazarme con un ridículo pantalón caquí, playera azul con la cara de un viejito estampada de un lado, un mandil igualmente ridículo, y una gorra, más ridícula aún. Observo a los sujetos del video del curso de inducción, y se me hacen unos completos retrasados, siempre sonriendo y echándose porras, siendo que, días antes, cuando me mostraron las instalaciones de lo que sería (a partir del lunes próximo) mi nuevo lugar de trabajo, veía las caras largas y frustradas de los muchachos que trabajaban atrás, sacando basura, preparando ensalada, lavando los baños. Comeré pollo todos los días, que emoción (nótese el sarcasmo).
Tengo sueño, y hambre. Un repartidor entra al salón mientras nos tienen esperando, y deja tres pizzas olorosas y cuatro litros de refresco en la mesa... Carajo, hasta las pizzas de plástico huelen delicioso cuando uno tiene hambre. Un rato después, cuando el video al fin termina, una licenciada viene y nos trae platos y vasos desechables, y nos dice que comamos. Se va, y todos se voltean a ver, esperan que uno sea el que se levante, para no verse tan hambrientos, o qué sé yo. Los miro, sonrío, y voy por mi pizza. Luego nos hicieron firmar y más firmar, nos entregaron los uniformes. "Preséntate el lunes en tu sucursal, pregúntale a tu gerente en qué horario". Qué bien, ya me voy.
Ahora camino hacia Insurgentes y busco una parada próxima de metrobús. Hay una cruzando un parque. Reviso el mapa, me doy cuenta que estoy en la penúltima estación... Mierda, viajaré un buen rato. Por fortuna (otra vez), me voy sentado. Satisfecho de al fin tener empleo. Con seguro y sindicato y todo el rollo. Claro, es temporal, mientras consigo otro de editor... Mientras... preparar hamburguesas y atender chilangos hambrientos, estará bien. Cerca de casa, de seis a ocho horas, comida incluída... Insisto: MIENTRAS, está bien.
Y en casa, el amor me espera. Está poniéndose los tennis cuando entro... El amor.

8/9/06

La despedida #"?"



La cuestión es que ya no soy ningún niño. Me he ido de mi casa infinidad de veces, cada vez por más y más tiempo. La última duré casi dos años. Esta vez, si todo sale como planeo, será mucho más. He aprendido a cuidarme solo, aprendí a depender de mí y de nadie más, y a ganar (y gastar) mi propio dinero. Se me quitó el miedo a no conseguir trabajo, porque, pues, conseguí, y sé que puedo conseguir otro, y sé que puedo valerme por mí mismo. Antes tuve miedo, porque jamás lo había intentado... Pero sospecho que es verdad, que todo pasa por algo. Tal vez sea que, viendo hacia el pasado, hacemos analogías y llegamos a conclusiones que podrían parecer lógicas, pero no lo son tanto. En fin, el caso es que, gracias a que regresé de Tijuana, conocí gente, conseguí empleo, redescubrí el amor y aprendí que mi prioridad debe ser buscarme un lugar para mí en este mundo. Establecerme, comenzar a crear un proyecto de vida, no andar por ahí viendo qué puedo hacer y al final no hacer nada.
Irme al D.F. será probar mi suerte. Pero aquí, en Mazatlán, nomás no me acomodo. Me siento atrapado, fastidiado, harto. Ya intenté Guadalajara, intenté Tijuana, y ahora voy por un reto mayor. La diferencia es que ahora sé que busco algo, y antes nada más iba a ver qué encontraba. Ahora tengo una motivación propia, estoy plenamente convencido de que esto quiero hacer y no hay vuelta de hoja. Si esta vez no puedo, regreso, junto más dinero y lo intentaré de nuevo... Pero ya sé hacia dónde está lo que busco. Además, ya sé con quién quiero buscar, y eso es un gran avance. Cómo es eso que busco, no lo sabré hasta que lo encuentro, pero intuyo que me acerco. Es difícil de explicar.
Se sienten bien ricos los nervios, la emoción, el desconcierto, la incertidumbre. Esta vez no me agobian, por la sencilla razón de que estoy convencido a plenitud de lo que haré. Confío en mí, aunque nadie más lo haga, aunque mis padres se enojen, aunque mis hermanos se entristezcan, aunque mi familia me dé la espalda... Es fascinante, ya no me importa. No me importa, de verdad. Esta vez no me voy para demostrar nada a nadie, y si triunfo no presumiré, y si fracaso no sentiré pena, porque no me importa lo que piensen. Me siento feliz, es todo. Me siento libre, seguro, completo. Confío en mi buena suerte. Y alguna vez leí que cuando alguien desea sinceramente una cosa, todo el universo conspira para que la consiga. Y no sé por qué, creo en eso.

Hoy me voy, a las 10 de la noche. Y estoy muy entusiasmado. No puedo esperar...

[Tú... Mi ilusión eres tú... Una estrella que alumbra el corazón...]

22/3/05

sangre azul, piel dorada

Siempre que salgo de viaje tengo problemas con el estómago. Esta vez no fue la excepción. Desde que salimos de la ciudad, con cuatro horas de retraso, procuré comer lo menos posible para no tener que enfrentarme al terror de combinar una colitis con los apestosos baños de las gasolineras. A media noche, el chofer en turno detectó un ruido extraño en la camioneta, y una grúa tuvo que arrastrarnos de regreso a Guadalajara, donde pasamos esa noche. Salimos al mediodía siguiente, pero sólo once de los diecisiete que éramos, por falta de espacio. Entre la pesadez de los párpados y la monotonía de mis sueños, pude ver cómo el paisaje de la carretera iba cambiando a medida que nos internábamos en el país, de los pastizales secos y palmeras altas de Sinaloa, a los pinos frescos y los extensos valles del Estado de México. Llegamos media hora antes de que comenzara el partido. Por primera vez me había vestido con la playera de los pumas, y la emoción al ver el estadio repleto, los edificios enormes de la capital, las escenas en vivo de lo que hasta ese día había visto sólo por TV se aglomeraban en un desorden terrible. Jamás había sentido tanta pasión al ver un gol de Diego Alonso, ni tanto odio cuando se la pasaban a Cuauhtémoc... En verdad que mi papá me heredó más que la voz y los gestos al hablar: me heredó su fanatismo casi religioso por el equipo de la UNAM. Por causa de nuevas fallas mecánicas en los coches rentados, dormimos una vez más en la agencia arrendadora, perdiendo otra noche.
La basílica de Guadalupe me impregnó de una sensación que no sabría definir. El agua bendita que rocío el padre me quemó la piel, la misa que pronunciaba taladraba mis oídos, el dinero que gastaban mis parientes en cuadros y rosarios se me hacía una obscenidad, mientras yo gastaba mi dinero en revistas de "edición sexy" y paletas de hielo para el calor. Al mismo tiempo, me asombraba la devoción de las personas, andando de rodillas hasta la capilla, embarrándose de la mugre de las vitrinas donde imágenes de la virgen los observaban indiferentes, vigilando las veladoras, haciendo fila para bendecir sus adquisiciones, rezando a todo pulmón plegarias esperando que fueran escuchadas en el cielo... Me pregunté si yo tendrá la misma fe a la hora de defender mis creencias, y no sabía qué responderme.
Viajamos la noche entera. La regadera me ayudó a despejarme. Ya no me duele tanto el estómago. Y ahora, la travesía sólo sobrevive en una parte fragmentada de nuestras memorias, y en el cassette de ocho milímetros, en las dos fotografías en el zócalo, en los cuadros de la virgen, y en la sensación en mi cara del agua bendita. Mientras, no hago nada. Me limito a existir, nada más.

19/3/05

esperando

Los boletos esperan sobre el escritorio. Mi mochila espera en la silla blanca. La palmera, imperturbable, espera erguida mientras el viento agita con furia sus hojas. El sol se ha detenido. El teléfono enmudeció. El mundo no avanza... No será un fin de semana cualquiera. Mi amiga, desde Guadalajara, ha llegado a sus merecidas vacaciones para echarme en cara que me la paso pensando en la inmortalidad del cangrejo. Yo no estaré en casa. Dentro de un rato, cuando mi papá pase por nosotros, mis hermanos y yo nos iremos, dejaremos a nuestra madre sola, viajaremos una noche entera hasta llegar al D.F., buscaremos el estadio olímpico universitario y nos uniremos al canto de miles de aficionados entonando el poderoso himno de guerra... "¡Gooooya!¡Gooooya!¡Cachún cachún ra ra!¡Cachún cachún ra ra!¡Gooooya!¡Universidad!". Después, regresaremos y será como si nunca hubiera pasado, y serán unas vacaciones tranquilas, sin sobresaltos, con mis amigos, con mi familia, con mi eterna soledad, no más niños de secundaria gritando al mediodía cuando salen de clases, no más levantarse temprano para llevar a mi hermano a la escuela... Seguiré perdiendo el tiempo, hablando con objetos, creando amigos imaginarios que ni yo mismo tomo en cuenta. Tal vez vaya al cine. Quizá me arrastren al Bora, por no haber adónde más ir, porque acá no hay Che'z, ni Zacas, ni nada. Quizá vaya a la playa... Quizá...