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7/2/08

Si no te quiere (3 de 3)



3. Última vez

Es que no me estoy metiendo en su vida. Cuando cumplió un mes aquí, después de disculparse con mucha pena por lo de la cena, le llevé un pastel que yo hice, decía Feliz Primer Mes, y creo que le gustó, aunque no me invitó a pasar a su casa porque estaba muy ocupado, dijo. La verdad es que desde el día de la limonada no he vuelto a pasar a su casa. A cada rato voy y le tocó, a ver si está bien, si necesita algo. Digo, si no se quiere enamorar, todavía, está bien, algunos requieren tiempo, sobre todo si son tan jóvenes, y yo soy paciente, mucho, sabré esperar. Pero mientras no puede negarme el derecho a velar por su bienestar, para que se vaya acostumbrando.

Sobre todo porque esa mujer de su trabajo ya lo está acechando. De inmediato advirtió la inocencia de Emanuel y quiere abusar, estoy segura. La primera vez que vino lo pasé por alto. Pensé que seguro venía por un papel o alguna cosa que Emanuel fuera a darle. Si se quedó toda la noche, tal vez fue porque se le hizo tarde y cerraron el metro, y andar en taxi a esas horas es muy peligroso, es mejor quedarse en casa de alguien, eso demuestra que es caballeroso.

Sé que ha vuelto a venir. Emanuel no me quiere decir nada porque tiene miedo y está muy confundido. Maldita perra. Crearle esos sentimientos encontrados a un pobre muchachito indefenso. Pero ya verá cuando me la encuentre cara a cara, va a saber de mí. Si tan sólo Emanuel me hiciera su novia, podría irme a vivir con él y la zorra esa no tendría ya a qué irse a meter a su casa. Pero me va a escuchar. Ya verá.

[...]

Emanuel descansó y se fue muy temprano a la calle, lo oí. Estoy dispuesta a hablar con él con mucha seriedad. Lo he estado pensando. Creo que sí me alcanzan mis ahorros para una boda sencilla. Sin muchos lujos, invitando sólo a los amigos cercanos, una cena discreta, un vestidito mono, ya he bajado un kilo y medio desde que Emanuel llegó, seguro lo ha notado. Sólo me faltan 35 y estaré en mi peso ideal. Pan comido. Entonces, hablaré con él. Le diré que me preocupa. Ya van tres noches que no viene a dormir. Ayer llegó, con esa mujerzuela, haciendo un escándalo. Qué pensarán de él los vecinos, ay no, pobrecillo. Lo han enredado y no puede escaparse de sus garras viscosas y pútridas. Así que tengo que ir en su auxilio. Nada más que vuelva con ella, la voy a poner en su lugar.

Viene doblando la esquina. Me levanto de la banqueta, aliviada. Trae puestos unos lentes oscuros y la camisa desabrochada, carga una bolsa de plástico. Yo sé que no ha dormido bien, pero igual sigue viéndose apuesto. Tiene un encanto natural, desde su forma de caminar hasta su modo de hablar, no sé. Se acerca. Le digo Hola, mientras el mueve la cabeza y saca las llaves de la bolsa de su pantalón. Tengo que hablar contigo, le digo, Ahora no puedo, después, Pero es importante, Después, Renata, tengo cosas que hacer. Abre la puerta y se mete, yo no lo dejo cerrar. Quiero que te cases conmigo. Se queda petrificado, con la boca abierta. Yo sólo estoy esperando que se me lance y me atrape entre sus musculosos brazos.

Qué dices, Que quiero que nos casemos, tú y yo. Debes estar loca, No, hablo en serio, lo he estado planeando, mira, tengo unos ahorros y tú no tienes que... Azota la puerta en mi nariz. Debe estar aturdido por mi proposición, lo comprendo. Lo dejaré que lo piense, unos días, quizá, hasta que asimile lo que eso significaría para él. No más tener que estar soportando a esa miserable que sólo quiere abusar. Alzo la cara para mirar hacia su ventana, y veo que la mujer esa asoma la cabeza y me ve. Me hierve la sangre, pero está bien, que le diga, para que se vaya haciendo a la idea.

Cuando abro la puerta ella viene bajando las escaleras. Se para frente a mí, alterada. Detrás viene Emanuel. Óyeme, Renata o como te llames, Me llamo Renata, y tú, Qué te importa, pendeja, óyeme nomás, deja en paz a Emanuel, ya estamos cansados de que lo acoses, ya no te aguanta, de tan sólo verte se le revuelve el estómago así que será mejor que te alejes de él y lo dejes tranquilo. Increíble. ¿Quién se cree...? Detrás viene Emanuel. Le dice, Ya, tranquila Rocío, no vale la pena. La empujo y me acerco a él. Lo miro, cuestionándolo con la mirada. Quiero que me diga que todo eso no es verdad, que él jamás lo habría dicho, que se disculpe y que corra de su casa a esa mujer horrible y mentirosa. Pero no lo hace. Más bien parece fastidiado, como si quisiera estar en cualquier otro lugar menos aquí. Se da la vuelta y empieza a subir las escaleras.

La mujer sonríe, divertida de la escena. Yo no entiendo. No sé qué ha pasado. Unas lágrimas se me escapan casi sin que las perciba. Murmuro, Por qué, por qué, mientras me dirijo a las otras escaleras. Rocío se me acerca, todavía sonriente, contenta por su soberbio triunfo, y me dice, Si no te quiere es por gorda, babosa. Y se va, detrás de aquel que, por última vez, me ha roto el corazón. Pero está es la última. Lo juro. Lo juro.

[FIN]

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[Primera parte]

[Segunda parte]

4/2/08

Si no te quiere (2 de 3)



2. Pollo del amor

Siempre me pasa lo mismo. Al principio todo es valentía y arrojo, y cuando llega la hora de la verdad, resulta que soy como una chiquilla miedosa. Me veo bien. No, qué importa cómo me veo, no me importa. Soy una buena persona. Aunque no quiera, todavía duele lo de Gerardo. Cómo lo quise. Lo único que quería era lo mejor para él, que estuviera tranquilo y que no se preocupara por nada. Lo invitaba a cenar, le compraba ropa y zapatos, hasta pensé en comprarle el coche que me vendía el Poncho, pero no me alcanzó el dinero. Nunca quiso venirse a vivir conmigo. Decía que no podía dejar sola a su mamá, pero cuando yo iba a su casa a buscarlo, jamás estaba, andaba con sus amigotes, yo traté de alejarlo de ellos y se puso como loco. No puedo olvidar lo que me dijo ese día.

En fin, lo pasado pasado. Hace mucho tiempo de eso y ya no me quiero acordar. Ahora es una nueva oportunidad. Emanuel se ve que es un muchacho decente y educado. Se tomó casi toda la limonada y me invitó unos pastelitos que le había dado su tía. Lo invité hoy a cenar y aceptó, parecía contento. Quise preguntarle qué le gustaba más, si quería vino o coñac, qué se le antojaba de postre, pero el muy tímido me dijo que cualquier cosa que yo hiciera estaría bien. Me esmeré. Llevo casi cinco horas cocinando y la verdad es que jamás había cocinado una cosa tan deliciosa: el pollo del amor, con vino blanco y pétalos de rosas, almendras y miel, huele riquísimo. Me he puesto mi vestido verde, las zapatillas doradas y me hice un arreglito en el cabello que me llevó un buen rato.

Su ventana está oscura. Son las siete quince, y no ha llegado aún. Bueno, está bien. En cuanto llegue le haré señas para que se venga directo acá, para qué va a su casa, no hay necesidad de ponerse elegante, seguro va a querer bañarse y perfumarse, para qué, si así me gusta, sudoroso, oliendo a trabajo. Aunque creo que es muy vanidoso. En cuanto llegué con la limonada, se puso una camisa nueva y dejó la sudada en un rincón de la recámara. Pero conmigo no tiene que guardar las apariencias. Después de todo, va a estar conmigo toda la vida, lo voy a conocer con ropa o sin ella, limpio o mugroso, perfumado o apestoso: igual voy a quererlo y a cuidarlo.

[...]

Son las ocho y treinta y no ha llegado, su ventana sigue oscura. Estoy preocupada. Me dijo que iba a cambiar su número de celular y que por eso no me lo daba, debí insistirle más, ahora no sé dónde anda, con quién, si le habrá pasado algo, si está en la cárcel o en el hospital... Ay no, ojalá que no. Que esté atorado en el tráfico, que haya tenido un problema en su trabajo, que se haya metido en medio de una marcha nocturna o haya tomado mal la salida... Lo que sea, pero que esté bien. Lo que no sé es por qué no me llama para decirme que ya viene. Yo sí le di mi número.

[...]

Creo estar soñando, pero no: alguien abrió la puerta del edificio, al parecer de una patada. No pienso en nada, sólo en que puede ser él, y me asomo a la ventana. En algún momento de la noche, me cansé de tanto estar angustiada y me quedé dormida. No puedo ver más que una silueta azul que se mueve por el pasillo del patio, sosteniéndose con la pared, mientras anda como si el cuerpo le pesara mil kilos. Empieza a subir las escaleras a tropezones. Le grito. Emanuel, eres tú, Emanuel, estás bien, Emanuel, ¡Emanuel...!

-Ya cállate... pinche gorda... Ja ja ja... pinche gorda...

Sigue subiendo hasta llegar al segundo piso, y se va al fondo del rellano. Se talla la cara, saca una llave y con mucha dificultad, abre la puerta. La luz dura prendida dos minutos, luego se apaga. Bueno, al menos llegó bien. Al menos no le pasó nada. Se perdió de un pollo exquisito.

[Continúa]

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[Primera parte]

[Tercera parte]

1/2/08

Si no te quiere (1 de 3)



1. Persianas

Tener persianas en las ventanas resulta conveniente sobre todo cuando llega un nuevo vecino. Viviendo en el último piso, con la ventana hacia el edificio de enfrente, puedo observar las escaleras, y vigilar quién sube y quién baja. Hoy sube y baja un muchacho de unos 25 años, que lleva días sin afeitarse. Ojos claros, piel morena, cara afilada, pelo corto, brillante. El sudor le sienta bien. Desde su coche estacionado en la puerta del edificio, acarrea cajas con sus cosas sin detenerse a descansar. Ya ha subido una televisión de las viejas, de perillas, una radio negra, muy moderna, con luces de colores, y un horno de microondas. Iba subiendo un mueble, de esos que se arman casi solos, cuando se detuvo en el rellano de las escaleras, se desabotonó la camisa y la dejó en el barandal. Nada más de verlo sentí un calor por todo el cuerpo que me dobló las rodillas. He tenido una idea para acercármele. Es que un soltero como ese, y joven además, no se ve todos los días.

Hice limonada. Estoy esperando a que pare su ir y venir para salir bamboleando las caderas, con una sonrisa coqueta, mis pestañas enchinadas y mi lápiz labial rosa que tan bien me queda. Con el vestido suelto ni se me nota lo gorda. Quizá le lleve un poquito de nieve, y unos dulces. No, mejor sólo agua. Digo, apenas lo voy a conocer. El agua no se le niega a nadie, por educación, pero yo qué sé, quizá es diabético el pobre. Yo voy a cuidarlo. Nada más que se enamore de mí, y va a ver, se va a preguntar cómo es que pudo vivir tanto tiempo solo. Lo voy a tratar mejor que su madre. Lo voy a mimar todos los días. Voy a trabajar horas extras, y voy a adelgazar, ahora sí. De cualquier manera, no se va a enamorar por mi apariencia. Se ve un muchacho sensible, inteligente, muy noble, sé que él sí sabrá apreciar lo que tengo para ofrecer, sé que podrá valorarlo.

En las amistades ya no se puede confiar. Por eso es siempre bueno tener a alguien, una pareja, contigo, que te apoye, que te cuide, que te diga lo que te conviene y lo que no. Y ese muchacho, tan simpático, tan puro, cualquiera podría abusar de él, pobre, tiene cara de inocente. Pero ya verá, conmigo a su lado no le va a pasar nada, no tendrá qué temer. Esa es la última caja. Regresó a estacionar bien su coche, y ahora sube las escaleras sin nada en las manos. Se detiene otra vez en el rellano y se empieza a abotonar la camisa. Esa es la señal. Le voy a tocar la puerta, veré de cerca sus ojos claros y su sudor, todavía fresco, y le diré: Hola, yo vivo enfrente, me llamo Renata, te traje limonada. Con eso cae. Con eso.

[Continúa]

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[Segunda parte]

[Tercera parte]

7/8/07

Príncipe azul



Noche de lluvia copiosa. Llega Omar a la clínica, al área de emergencias, para preguntar por su mil veces adorado Damián Ruvalcaba. No comprende cómo le pudo pasar eso. A dónde iba, con quién, para qué, pero no era culpa suya. El pobrecito no sabía cuidarse solo. La falta, lo sabía bien, la había cometido él mismo, por abandonarlo una noche nada más. Nadie sabe nada de él. No traía identificación. No pueden dejar pasar a Omar porque, el muy listo, tampoco la trae. Le preguntan si es familiar, No, soy su novio, Lo sentimos, el paciente está en shock, no podemos arriesgarnos. Tendrá que esperar. Tampoco le dicen su estado, para eso tiene que esperar al doctor. Sólo sabe que fue un accidente de coche. Qué imprudencia, en el coche de quién, persiguiendo qué. Omar enciende un cigarro y sale a la calle. Debe protegerse de la lluvia en el techito de la entrada. Eso es mala suerte, protegerlo día y noche, día tras día, de todo peligro, de todo lo que Omar consideró peligroso, de su vida de provincia, de sus amigos que venían a buscarlo, de su familia que quería verlo. No, ellos eran peligrosos, lo que no querían era que su hijo ejerciera su sexualidad de forma libre, querían disuadirlo, apartarlo de él y de la vida que llevaba con Omar, porque, le decían, era mala influencia. Por favor, mala influencia, pensaba Omar, quien se desvivía por el muchacho, quince años menor. Pero qué muchacho. Era un verdadero príncipe azul, con su tez blanca, sus ojos miel, su cabello sedoso, sus facciones finas, su cuerpo marcado. Jamás había visto a uno igual, y qué suerte, había caído en sus manos.
Cuando lo encontró era la inocencia encarnada. El pobre no sabía nada de nada, ni siquiera sabía que se había metido en un bar gay. Lo vi muy lleno, le contaría después, y por eso entré. Como el lugar era grande, se fue metiendo, subió las escaleras, nunca vio nada sospechoso, ni siquiera notó la total ausencia de mujeres, ya estaba en el cuarto oscuro, sin sospecharlo, y ahí fue cuando lo vio Omar. A este me lo pesco porque me lo pesco, pensó, y dejó ahí a su amigo para irse detrás de Damián. Dócil como siempre, el muchacho se dejó querer. Pero a Omar no le gustaba hacer esas cosas en público. Por eso le preguntó, Dónde te quedas hoy, y Damián, sincero como sólo él podía ser, contestó, No tengo dónde quedarme. Ah, me gané la lotería, pensó Omar, y se lo llevó a su departamento, pequeño, pero lujoso y acogedor. Ahí se quedaron esa noche, y las siguientes, todas.
Era un provinciano prófugo de las reglas absurdas que sus padres le imponían. Lo obligaban a trabajar en la televisora local de San Luis Potosí por un sueldo que se iba, completo, a las arcas de don Lucio, y lo retenían en casa el resto del día, sin comunicación alguna con el exterior. Su madre sabía que era su apariencia lo que le abriría las puertas del mundo, por eso le compraba cremas y tratamientos contra las arrugas, aunque cualquiera pensaría que intentar prevenir las arrugas a un muchacho de 17 años es algo excesivo. Por eso se escapó, un día, con Laura, su vecina, a la capital. Él mismo pensaba que tuvo suerte de encontrar a Omar. Jamás imaginó que sería gay, ni le preocupaba serlo, Omar le decía que no tenía nada de malo, que se dejara guiar por sus instintos. Y bueno, Damián aceptó, al fin y al cabo, estaba empezando una nueva vida, y la había empezado con mucha suerte.
Omar se lo llevaba a todas las fiestas y reuniones a las que iba. Su vida social brilló más que nunca, pues cuando llegaba a cualquier lugar, todo el mundo volteaba para verlo, más a Damián que a él, pero le encantaba aquello, escuchar el rumor general de Mira, ya viste con quién viene Omar Muñoz, No sé, quién es, No, yo tampoco sé, pero está divino el tipo. Y así era siempre. La paternalidad con que Omar trató a Damián volvieron a éste dependiente de todo cuando el otro le podía ofrecer. No tenía que trabajar, pues Omar tenía un empleo muy bien remunerado y no era necesario, hasta le compraba sus lujos, que él ni pedía, pero lo hacían ver mejor. Por eso no lo abandonaba. Eso, aunado a su buen corazón, lo hacían sentirse en deuda con Omar.
Y cuando Damián se quedaba un poco rezagado, a Omar lo rodeaban sus amigos, ávidos de curiosidad algunos, otros muertos de la envida, y le preguntaban De dónde te sacaste a ese papito, y Omar sólo decía, Pues ya ves, un día me tenía que llegar mi príncipe azul, verdad que está guapo, les preguntaba, y ellos, Guapísimo. Eso era todo. Eso llenaba de satisfacción los oídos, el corazón y el ego de Omar. Presumir a Damián, llevarlo por ahí como nueva adquisición, que lo fotografiaran las revistas sociales con él, que todo el mundo lo viera con el hombre más guapo que haya existido en la historia, y que fuera suyo, que fuera dócil, amable, educado, que no lo quisiera por su dinero, sino porque en verdad se sentía dependiente de él.
Señor Muñoz, preguntó el doctor. Omar se puso de pie. Casi se quedaba dormido, viendo en la televisión los noticieros repetidos. El doctor se lo llevó por el pasillo hacia los cubículos. Le informó que Damián se había tranquilizado con sedantes y que ahora lo único que pronunciaba era su nombre, Omar Muñoz. Que había sido un accidente gravísimo, que el acompañante misterioso de Damián había muerto, y el coche había quedado deshecho. Que los traumas y lesiones de Damián eran serias y que necesitaría muchos años de rehabilitación. Pero él, cómo está, preguntó Omar. Las llamas le destrozaron el rostro, le dijo el doctor, estamos a la espera de un donante para injertarle piel. Omar quedó en silencio. El doctor siguió, Además, la pierna derecha quedó inservible, tuvimos que amputarla. Ya, basta, era demasiado, Omar no quería escuchar más. Hubiese preferido que le dijeran que estaba muerto antes de ver profanada tanta belleza, su propia belleza.
Quiere verlo, preguntó el doctor, a lo que Omar, todavía impactado, respondió con un seco No, dónde pago. El doctor, confundido, le señaló el área de cajas y Omar dio media vuelta, pagó la cuenta de Damián y salió de la clínica, decepcionado. Había perdido a su príncipe azul, al único que había encontrado, y no lo recuperaría jamás.

(FIN)

4/4/05

bonita pareja

Llevaba en la mano sudada el recorte viejo del periódico, la única prueba tangible de su existencia. No despegaba la vista de la entrada del restaurante, ansiosa, aunque todavía faltaban algunos minutos para que dieran las seis. Esperaba encontrar a ese hombre de doscientos kilos, feo, de 37 años, que aceptaba "madre soltera para fines matrimoniales". Aunque Diana no tenía hijos, al abrir el periódico en la página de anuncios calificados, sección avisos personales, dispuesta a que un desconocido le ayudara a alejar la soledad que la embargaba, la profunda meditación la hizo descartar al "joven aventurero de 18 años, guapo, buscando compañera para diversión", al "joven de 28 años, profesionista, ojos de color" y al "chico solitario bien parecido", convencida de que si éstos eran sinceros, les faltaba modestia, y si mentían, su apariencia real estaría lejos de la descripción, además de que jamás podría esperar que le dijeran la verdad. "Prefiero uno feo y gordo, pero modesto y que no me mienta", pensó. Entonces vio entrar a un joven vestido con un saco gris y pantalón de vestir, rubio, ojos azules, sonrisa perfecta, y los ojos se le desviaron de la puerta hacia sus zapatos lustrosos y recorrieron el cuerpo del especimen masculino hasta la punta del último cabello brillante. La sorpresa de Diana fue ver en el bolsillo de su saco la rosa blanca que habían acordado llevar a su cita para reconocerse, y no pudo fingir la indiferencia planeada cuando él se sentó frente a ella y saludó con su radiante sonrisa.

-Hola. Soy Rodrigo. Tú debes ser Diana, ¿cierto?
-Sí... -apenas pudo articular el monosílabo.
-¿Sorprendida?
-Pues, la verdad... esperaba que fueras...
-¿Cómo?¿Gordo y feo?
-Pues... sí.
-Qué va. Busco a una mujer que no se deje llevar por las apariencias, por eso mentí en la descripción. Tú fuiste la única que contestó... Gracias.
-No... No hay por qué.

Él insistió en conocer todo de su vida. Tenían mucho en común. Bebieron vino. Comieron una ensalado, y fumaron un cigarrillo. Después, fueron a bailar, y ya en la madrugada, Rodrigo se ofreció a llevarla a su casa en su flamante coche, y ella lo invitó a entrar. Fue el mejor sexo que Diana hubiese tenido en su vida.

(...)

Rodrigo se retrasó un poco por los nervios. Al final, decidió no seguir el consejo de su amigo Ignacio y acudir al restaurante. Si ella había llamado, a pesar de la fiel descripción que se arriesgo a publicar, era porque de verdad no le importaban sus doscientos kilos y su fea cara. "O tal vez quiera burlarse de ti", le dijo su amigo. Tomó un baño, se afeitó, se peinó, e perfumó. Llegó al restaurante, pero desde la puerta distinguió el porte elegante de Ignacio. Frente a él, una mujer joven, de cabello castaño, ojos grandes, lucía como prendedor en su blusa una rosa blanca. Era ella. Rodrigo sacó la flor de su bolsillo y la tiró al suelo. El engaño de su amigo lo lastimó... pero pensó que sería mejor así. Ellos formaban una bonita pareja. ¿Cómo se vería una mujer hermosa y delgada como Diana al lado de un enorme y nada agraciado hombre como él? Vio que se disponían a marcharse, Ignacio y Diana, así que dio media vuelta, se secó la humedad de los ojos y regresó a casa. Abrió las válvulas de gas de la estufa, y un par de horas después, cuando el aire ya era muy denso, alcanzó la caja de los fósforos. "Sí... se veían bien juntos. Serán una bonita pareja".

(FIN)