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24/2/10

Sueños y escombros


[Imagen de United Nations Development Programme en flickr.com]

Cuando por fin logra quedarse dormida, Jackie sueña con la oscuridad. Se ve a sí misma, como mirando una pantalla de cine, en medio de un gran espacio vacío, negro, sin ningún lugar a dónde ir. Sólo su cuerpo, como si tuviese luz propia, puede verse entre la nada, pero no es una luz que ilumine: el resplandor no logra atravesar más allá de su piel. En este espacio vacío, no tiene sentido moverse, porque ningún paso lleva a ningún lado, todo es inútil, se ha perdido para siempre, la esperanza, el futuro, aquí no hay días mejores, ni peores, simplemente no hay nada, no hay gente, no hay aire, no hay vida.

No es que haya una gran diferencia entre las ilusiones oníricas de Jackie y la realidad que la recibe, con cara de pocos amigos, cuando despierta sobresaltada y sus sobrinos, unos delincuentes de dieciséis años, le lanzan con rudeza un par de sshh, hay gente aquí intentando descansar. Jackie, empapada de sudor, decide levantarse y estirar las piernas. Por las ventanas cubiertas con cortinas polvorientas apenas se filtra un poco de esa luz de media tarde que todo lo vuelve más melancólico, casi triste. Afuera la vida sigue para aquellos afortunados que tienen empleo. Acá, en las casas de la periferia, hechas de grandes y frágiles ladrillos grises, con varillas saliendo por todos lados, no hay otra manera de engañar el hambre, además de las drogas, que dormir. Pero los dioses del descanso ni siquiera ese gusto le dan a la pobre de Jackie. Atravesando con cuidado el cuarto, para no pisar a los familiares y amigos que se refugian en esta casa, por ser, según dicen, más fresca que otras, llega hasta la cocina y trata de servirse un vaso de agua, pero abre la llave y lo único que sale es el ruido que hace el aire al subir por las tuberías sofocadas. Sigue sin haber agua. Ahora tendrá que volver a cruzar la casa entera para ir con la vecina, y se dispone a ello cuando, sin más, se abre la tierra y les cae la casa encima.

Por un breve instante, Jackie pensó que había sido otro sueño. Que en realidad no había despertado, hasta ahora, envuelta otra vez en un manto de tiniebla absoluta. Pero pronto llegó el dolor. Sintió la cabeza caliente, las piernas destrozadas, y el peso del techo haciendo presión sobre su espalda. Trató de levantarse, pero estaba totalmente inmovilizada por los escombros. Se ha vuelto realidad, piensa, al ver que, como siempre, la realidad es mucho más cruel, mucho más espantosa y terrible que el más siniestro de los sueños. No consigue ver nada, por más que abre los ojos. Sus oídos no logran captar sonido alguno, sólo un zumbido agudo, interminable, como si le hubiera estallado una bomba en la cara. A sus pulmones casi no llega aire, las piedras que la aplastan no le permiten expandir el pecho.

Quiere gritar, pedir auxilio, alguien, quien sea, que me ayude. Si he de morir, que no sea de esta manera, implora Jackie, no se sabe a quién. Pero no cree poder resistir mucho. Ni siquiera le queda claro qué ha pasado. Llama con el pensamiento a Alex, a Piró, a Manuel, a quien sea, que vengan, seguro a ellos no les cayó el techo encima, seguro ellos están a salvo, y no tardarán en sacarme. Qué importa ya. Aunque la sacaran, qué haría después. Ni casa le ha quedado, que era lo único que tenía. Así pues, mejor la resignación. El fin, la extinción de la llama vital, que venga y me tome sin remordimientos, Jackie implora, que se acabe, por favor, que se acabe, le parece que ha sido una eternidad, por qué su cuerpo se resiste a lo inevitable, por qué desear algo imposible.

Un hombre que pasaba por allí levantaba desesperado pedazos de piedra y loza, intentando guiarse por el instinto más que por los gritos, los llantos y los lamentos, que a partir de ahora y por muchos días más, serían todo lo que viajaría por el cielo de Puerto Príncipe. Tiene suerte de haber salido ileso, iba caminando por la calle cuando de pronto la tierra decidió echar abajo todo el vecindario de una sola sacudida. A su alrededor, fuego, caras ensangrentadas, polvo, desesperación. Levanta un gran bloque de ladrillos, con mucho esfuerzo, y debajo ve la cabeza de una mujer. Una pesada loza le aplasta las piernas, y entonces es él quien comienza a gritar, Ayuda, que alguien me ayude, hay una mujer aquí. Otro hombre acude al llamado, entre los dos, después de varios intentos, logran liberar a la mujer.

Jackie no abre los ojos, pero siente cómo su pecho se infla otra vez de aire, cómo el alma le regresa al cuerpo, y con ella, el dolor expandiéndose sin tregua ni compasión por todos sus huesos. Un hombre la lleva en brazos, a algún lugar, a dónde sea, no tiene importancia. Susurra algo, pero el hombre, ese gran héroe, ese salvador desinteresado, no entiende lo que dice. Cálmese, ya está a salvo, le dice, queriendo tranquilizarla. Acerca el oído a los labios de Jackie. Me hubieras dejado ahí, dice ella, mientras unas gruesas lágrimas resbalan, viscosas, abriéndose paso por el polvo del rostro. Me hubieras dejado ahí.

[FIN]

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Haiti Earthquake Aftermath Montage from Khalid Mohtaseb on Vimeo.

17/12/07

Superviviente (Stephen King)

Hace un buen tiempo que leí este cuento, gracias al blog de Ivet Sosa, y me fascinó. Les dejo unos fragmentos y el link para que lo lean completo.

[Acompaña su lectura con Taste You de Melissa Auf der Maur]



Más tarde o más temprano, la pregunta surge siempre en la carrera de un médico: ¿Hasta qué punto puede un paciente soportar un shock traumático? Según las teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial es otra pregunta: ¿Hasta qué punto el paciente quiere sobrevivir?

26 de enero

Hace dos días que la tormenta me arrojó a esta playa. Me he estado paseando por la isla toda la mañana. ¡Qué isla! Mide 190 pasos de ancho por 267 pasos de punta a punta.

Además, por lo que veo, no hay nada que comer. (...)

28 de enero

Bueno, he comido..., si es que a eso se le puede llamar comer. Una gaviota vino a posarse en una de las rocas del centro de la isla, un montículo también cubierto de excrementos de pájaros. Agarré una piedra que tenía a mano y me acerqué a ella todo lo posible. No se movía, observándome con sus ojos negros y brillantes. Me sorprendió que no la asustara el ruido de mis tripas. (...)

1 de febrero

He visto un avión. Pasó de largo sobre la isla. Intenté subir al montículo central para llamar su atención y metí el pie en el mismo agujero del día en que cacé la primera gaviota. Me rompí el tobillo. Fractura compuesta. Fue como un disparo. El dolor era insoportable. Grité y perdí el equilibrio. En vano, agité los brazos como un molino de viento. Caí y me golpeé la cabeza. Todo se puso negro. Cuando volví en mí, se había puesto el sol. Había perdido un poco de sangre. El tobillo se me había hinchado como un neumático y tenía una buena insolación. Creo que, de haber habido una hora más de sol, tendría todo el cuerpo llagado. (...)

3 de febrero

La hinchazón y la pérdida de color son todavía mayores. Esperaré hasta mañana. Si la operación es imprescindible, creo que podré llevarla a cabo. Tengo cerillas para esterilizar el cuchillo y aguja e hilo de la cajita de costura. Como vendaje, la camisa. (...)

5 de febrero

Lo hice.

El dolor era lo que menos me preocupaba, porque puedo soportarlo, pero temía que la debilidad, el hambre y el dolor combinados me hicieran perder el conocimiento antes de acabar.

Pero la heroína resolvió el problema maravillosamente.

Abrí una de las bolsitas y aspiré dos generosas dosis sobre una roca plana, primero la ventanilla derecha, luego, la izquierda. Era una especie de hielo deslumbradoramente anestésico que invadía mi cerebro íntegro. Aspiré la heroína al dejar de escribir, ayer, a las 9.45. Cuando volví a mirar la hora, las sombras se habían movido, dejándome parte del cuerpo al sol, y eran las 12.41. Me había adormilado. Nunca había imaginado que fuese tan fantástico y no comprendo por qué le tenía tanta manía. El dolor, el miedo, la infelicidad... todo desaparece, dejando sólo una calma eufórica.

Operé en esas condiciones.

Como era de esperar, sentí un dolor agudísimo, especialmente en la primera parte de la operación. Pero el dolor parecía desconectado de mí, como si fuera de otro. Me molestaba, pero me resultaba extraordinariamente interesante. ¿Podéis entender lo que digo? Si alguna vez habéis empleado un calmante con una fuerte base de morfina, sabréis de qué hablo. Hace algo más que mitigar el dolor. Induce un estado mental. Una cierta serenidad. Entiendo por qué la gente se queda colgada, aunque ésa sea una palabra horrorosamente fuerte y que usa, en general, la gente que nunca lo ha probado.

A media operación, el dolor empezó a ser algo más personal. Oleadas de desfallecimiento me acometían. Miré con ansia la bolsita de heroína, pero me obligué a apartar la vista. Si volvía a adormilarme, moriría desangrado con la misma seguridad que si me desmayara. Conté hasta cien al revés.

La pérdida de sangre era el factor más crítico. Como cirujano, era vitalmente consciente de ello. No debía perder una gota más que lo imprescindible. Si un paciente sufre una hemorragia durante una operación en un hospital, se le puede suministrar sangre. Yo carecía de esos medios. Todo lo que se había perdido —la arena debajo de mi pie estaba ya negra— estaba perdido hasta que mi propia fábrica lo repusiera. No tenía hemostáticos, ni hilo de sutura, ni grapas.

Empecé la operación exactamente a las 12.45. Acabé a la 1.50 e inmediatamente me atonté con heroína, una dosis mayor que la anterior. Me dormí en un mundo gris, indoloro, y permanecí así hasta alrededor de las cinco. Cuando me espabilé, el sol estaba cerca del horizonte occidental, trazando un camino de oro sobre el azul del Pacífico que llegaba hasta mí. Nunca he visto algo tan increíble. Tanto, que me compensó del dolor en un segundo. Una hora más tarde aspiré un poquito más, para seguir disfrutando de la puesta de sol.

Poco después de hacerse de noche, yo...

Yo...

Esperad un segundo. ¿Os he dicho que no he comido absolutamente nada durante cuatro días? ¿Y que lo único que tenía a mi alcance para recuperar mis energías agotadas era mi propio cuerpo? Después de todo, ¿no se ha dicho, una y otra vez, que la supervivencia es una cuestión mental? ¿De una mente superior? No voy a justificarme diciendo que cualquiera hubiera hecho lo mismo. En primer lugar, hay que ser cirujano. Y aun conociendo la técnica de la amputación, es posible hacer una carnicería y desangrarse de todos modos. Y, aun en el caso de poder sobrevivir a la amputación y al shock traumático, jamás se le ocurriría algo semejante a alguien convencional. No importa. Nadie tiene por qué enterarse. Lo último que haré antes de abandonar la isla será destruir este libro.

Tuve mucho cuidado.

Lo lavé muy bien antes de comérmelo. (...)

7/8/07

Príncipe azul



Noche de lluvia copiosa. Llega Omar a la clínica, al área de emergencias, para preguntar por su mil veces adorado Damián Ruvalcaba. No comprende cómo le pudo pasar eso. A dónde iba, con quién, para qué, pero no era culpa suya. El pobrecito no sabía cuidarse solo. La falta, lo sabía bien, la había cometido él mismo, por abandonarlo una noche nada más. Nadie sabe nada de él. No traía identificación. No pueden dejar pasar a Omar porque, el muy listo, tampoco la trae. Le preguntan si es familiar, No, soy su novio, Lo sentimos, el paciente está en shock, no podemos arriesgarnos. Tendrá que esperar. Tampoco le dicen su estado, para eso tiene que esperar al doctor. Sólo sabe que fue un accidente de coche. Qué imprudencia, en el coche de quién, persiguiendo qué. Omar enciende un cigarro y sale a la calle. Debe protegerse de la lluvia en el techito de la entrada. Eso es mala suerte, protegerlo día y noche, día tras día, de todo peligro, de todo lo que Omar consideró peligroso, de su vida de provincia, de sus amigos que venían a buscarlo, de su familia que quería verlo. No, ellos eran peligrosos, lo que no querían era que su hijo ejerciera su sexualidad de forma libre, querían disuadirlo, apartarlo de él y de la vida que llevaba con Omar, porque, le decían, era mala influencia. Por favor, mala influencia, pensaba Omar, quien se desvivía por el muchacho, quince años menor. Pero qué muchacho. Era un verdadero príncipe azul, con su tez blanca, sus ojos miel, su cabello sedoso, sus facciones finas, su cuerpo marcado. Jamás había visto a uno igual, y qué suerte, había caído en sus manos.
Cuando lo encontró era la inocencia encarnada. El pobre no sabía nada de nada, ni siquiera sabía que se había metido en un bar gay. Lo vi muy lleno, le contaría después, y por eso entré. Como el lugar era grande, se fue metiendo, subió las escaleras, nunca vio nada sospechoso, ni siquiera notó la total ausencia de mujeres, ya estaba en el cuarto oscuro, sin sospecharlo, y ahí fue cuando lo vio Omar. A este me lo pesco porque me lo pesco, pensó, y dejó ahí a su amigo para irse detrás de Damián. Dócil como siempre, el muchacho se dejó querer. Pero a Omar no le gustaba hacer esas cosas en público. Por eso le preguntó, Dónde te quedas hoy, y Damián, sincero como sólo él podía ser, contestó, No tengo dónde quedarme. Ah, me gané la lotería, pensó Omar, y se lo llevó a su departamento, pequeño, pero lujoso y acogedor. Ahí se quedaron esa noche, y las siguientes, todas.
Era un provinciano prófugo de las reglas absurdas que sus padres le imponían. Lo obligaban a trabajar en la televisora local de San Luis Potosí por un sueldo que se iba, completo, a las arcas de don Lucio, y lo retenían en casa el resto del día, sin comunicación alguna con el exterior. Su madre sabía que era su apariencia lo que le abriría las puertas del mundo, por eso le compraba cremas y tratamientos contra las arrugas, aunque cualquiera pensaría que intentar prevenir las arrugas a un muchacho de 17 años es algo excesivo. Por eso se escapó, un día, con Laura, su vecina, a la capital. Él mismo pensaba que tuvo suerte de encontrar a Omar. Jamás imaginó que sería gay, ni le preocupaba serlo, Omar le decía que no tenía nada de malo, que se dejara guiar por sus instintos. Y bueno, Damián aceptó, al fin y al cabo, estaba empezando una nueva vida, y la había empezado con mucha suerte.
Omar se lo llevaba a todas las fiestas y reuniones a las que iba. Su vida social brilló más que nunca, pues cuando llegaba a cualquier lugar, todo el mundo volteaba para verlo, más a Damián que a él, pero le encantaba aquello, escuchar el rumor general de Mira, ya viste con quién viene Omar Muñoz, No sé, quién es, No, yo tampoco sé, pero está divino el tipo. Y así era siempre. La paternalidad con que Omar trató a Damián volvieron a éste dependiente de todo cuando el otro le podía ofrecer. No tenía que trabajar, pues Omar tenía un empleo muy bien remunerado y no era necesario, hasta le compraba sus lujos, que él ni pedía, pero lo hacían ver mejor. Por eso no lo abandonaba. Eso, aunado a su buen corazón, lo hacían sentirse en deuda con Omar.
Y cuando Damián se quedaba un poco rezagado, a Omar lo rodeaban sus amigos, ávidos de curiosidad algunos, otros muertos de la envida, y le preguntaban De dónde te sacaste a ese papito, y Omar sólo decía, Pues ya ves, un día me tenía que llegar mi príncipe azul, verdad que está guapo, les preguntaba, y ellos, Guapísimo. Eso era todo. Eso llenaba de satisfacción los oídos, el corazón y el ego de Omar. Presumir a Damián, llevarlo por ahí como nueva adquisición, que lo fotografiaran las revistas sociales con él, que todo el mundo lo viera con el hombre más guapo que haya existido en la historia, y que fuera suyo, que fuera dócil, amable, educado, que no lo quisiera por su dinero, sino porque en verdad se sentía dependiente de él.
Señor Muñoz, preguntó el doctor. Omar se puso de pie. Casi se quedaba dormido, viendo en la televisión los noticieros repetidos. El doctor se lo llevó por el pasillo hacia los cubículos. Le informó que Damián se había tranquilizado con sedantes y que ahora lo único que pronunciaba era su nombre, Omar Muñoz. Que había sido un accidente gravísimo, que el acompañante misterioso de Damián había muerto, y el coche había quedado deshecho. Que los traumas y lesiones de Damián eran serias y que necesitaría muchos años de rehabilitación. Pero él, cómo está, preguntó Omar. Las llamas le destrozaron el rostro, le dijo el doctor, estamos a la espera de un donante para injertarle piel. Omar quedó en silencio. El doctor siguió, Además, la pierna derecha quedó inservible, tuvimos que amputarla. Ya, basta, era demasiado, Omar no quería escuchar más. Hubiese preferido que le dijeran que estaba muerto antes de ver profanada tanta belleza, su propia belleza.
Quiere verlo, preguntó el doctor, a lo que Omar, todavía impactado, respondió con un seco No, dónde pago. El doctor, confundido, le señaló el área de cajas y Omar dio media vuelta, pagó la cuenta de Damián y salió de la clínica, decepcionado. Había perdido a su príncipe azul, al único que había encontrado, y no lo recuperaría jamás.

(FIN)

1/9/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (#15 y #16)

#15: "Asesinado por el doctor Simi"

El doctor Simi es un asesino

Parece que dan vueltas sin sentido, que nadie va a ninguna parte, sólo son cuerpos errantes sin rumbo ni dirección, andan de aquí para allá, buscando Dios sabe qué, mirándose unos a otros, reconociéndose, varios ya se han visto durante estas inservibles caminatas, pero no se saludan, sólo sostienen la mirada del otro por unos segundos más, ambos piensan "Yo a ti te he visto", pero callan, de qué vale verlos, hablarles, saludarles. De nada. Vicente se ha unido al río de gente que fluye por las calles el dentro; él, al menos, sí lleva una dirección, o eso aparenta, camina por aquí, tuerce a la izquierda en una esquina, cruza la calle con seguridad, parece que tiene bien claro a dónde va y de dónde viene, nosotros lo ignoramos, sólo lo vemos caminando con prisa, respirando con dificultad, mirando al suelo mientras se fuma un cigarro. Va distraído, apenas hace algo por esquivar a la gente que se le atraviesa, él no los mira, sabe lo inútil que es reconocerlos, a lo lejos escucha música, una canción cualquiera, de esas que están de moda, ve las bocinas, ve la botarga ridícula del doctor Simi bailando al compás de los sonidos, un baile frenético, desquiciado, de repente se detiene, sus grandes ojos fijos parecen mirar y saludar a algún niño que pasa, el niño lo mira asustado y se aferra a su madre, la sonrisa eterna del doctor Simi no se borra, y sigue bailando, moviendo la cabeza, los brazos, la cintura, sin control, como loco. Vicente tiene que bajarse de la banqueta para esquivar a la botarga maniática, pero el doctor Simi da un sorpresivo giro, extiende los codos al azar, hubieran golpeado el aire nada más si la cabeza de Vicente no se hubiera atravesado, todos tenemos un punto débil, un talón de Aquiles, como dicen, también el cráneo, posee un lugar que no protege bien la masa encefálica, aquí, justo aquí, se impactó el codo del ilustre doctor, no fue culpa de nadie, fue un descuido, por decirlo así, pero Vicente ya no sabe de estas cosas, las convulsiones se detuvieron, el derrame cerebral fue instantáneo, el corazón no recibe ya la orden de latir, y, exhausto, se detiene a descansar.

(FIN)

#16: "Fallas mecánicas en una rampa"

Fallas mecánicas

Eleazar parece amo y señor de la casa, ha puesto su asquerosa música a todo volumen y se ha sentado en la sala común, solo, bebiendo una cerveza. Vicente apenas puede concentrarse en la lectura, ya sabemos por qué odia tanto a este vecino en particular, a los demás ni los ve, pero un eructo fuerte y sonoro de Eleazar es la gota que derrama el vaso, es de hombres eructar, no tiene nada de malo, Vicente lo ha hecho, pero en Eleazar sí le molesta, "Imbécil", piensa, mientras cierra el libro, "ojalá te mueras". Su teléfono suena, le han enviado un mensaje, es Cornelia, Ya estoy aquí, dice, Vicente toma sus llaves, su chamarra, y sale. Saluda a Eliazar, Qué hubo, él no responde, sólo mueve la cabeza, Que se joda, piensa Vicente. La camioneta de Cornelia, con los faros encendidos, parece una bestia feroz al acecho, amenazante en su monstruoso tamaño. Él le sonríe a ella, la saluda con un beso, todavía sigue fresco en su memoria lo que pasó el día anterior, siente el sabor de sus labios, el calor de su aliento, esta vez se contiene, no sabe por qué. Pasarán por unos amigos antes de ir al bar, Cornelia nota rara la camioneta, Esta cosa no quiere acelerar, se pone nerviosa, tiene que bajar por una rampa empinada, con un par de curvas, siempre es igual, los nervios, nunca ha pasado nada, pero esta vez es culpa de la camioneta, la transmisión falla, Cornelia pierde el control y se sale de la carretera, la camioneta se vuelca, da dos giros, y durante éstos Vicente se fa cuenta que no se abrochó el cinturón de seguridad, vaya olvidadizo, le ha costado cara su mala memoria

(FIN)

4/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (#3, #4 y #5)

#3: "Aplastado por un tráiler"

Es admirable la cantidad de fenómenos que pueden verse en el centro de la ciudad. Vicente mira y mira, fascinado, mientras espera a que el conductor del taxi se abra paso en el cuello de botella del tráfico de la calle Segunda. A su lado viene una señora con una adorable bebé que le va pellizcando el hombro mientras balbucea sabe Dios cuántas incoherencias. La madre le dice "Deja al muchacho, m'ija". La luz verde se muestra al fin en todo su esplendor, los automovilistas dejan caer el pie en el acelerador, la mayoría da vuelta a la derecha. El taxista encuentra un hueco entre un autobús y un tráiler. No se puede frenar en una curva, eso es bien sabido por todos, excepto, claro, por los desconsiderados peatones que decidieron no esperar su semáforo, el hombre verde tarda demasiado en aparecer y es mucho más práctico y divertido esquivar los coches. No para el trailero, sus frenos no sirven bien, las llantas se barren y se va de costado, aplastando al taxi y a unos cuantos transeúntes empedernidos. El cráneo deshecho de Vicente aparecerá en primera plana en los periódicos amarillistas de mañana, qué buena foto consiguió el reportero, lugar y momento oportunos, no hay más.

(FIN)

#4: "Múltiples fracturas por rodar de una escalera empinada"

Al fin pudieron despedirse de las computadoras, todo un día, ha sido un lunes lento, y la situación está bajo control, ya van rumbo a casa. Él lleva un sandwich en el estómago, es todo lo que ha comido, a la hora del desayuno, mucho tiempo atrás, y decide encender otro cigarro, "uno más no me matará", piensa. Su compañero va diciéndole un discurso tendido sobre un tema y sobre otro, la conversación comenzó con los futuros hijos y desembocó en el síndrome obsesivo-compulsivo de este amigo suyo, de qué manera terminó así, nadie lo sabe, pero así fue. Ya está oscureciendo, no hay nubes en el cielo, eso no quiere decir que habrá estrellas. La escuela, ubicada en lo alto de un cerro, tiene unas escaleras al costado para llegar más rápido a la calle, y por aquí se disponen a bajar. Vicente le ha dado dos chupadas al cigarro y se ha sentido mareado, se estuvo quejando todo el día, se tomó una coca cola, pero el dolor, que nacía en el estómago y se magnificaba al reír, no disminuyó. Fueron dos segundos, todo le dio vueltas, habían bajado cinco escalones, restaban cuarenta y dos, cuando Vicente no supo más de sí y se desplomó. Sólo la banqueta frenó su largo trayecto en picada, y se amigo, desde allá arriba, se quedó quieto, sin saber qué hacer.

(FIN)

#5: "Pisoteado en el slam"

"Quiénes son estos tipos", se pregunta, mientras escucha los chiflidos de los demás asistentes. La banda invitada ha tocado durante treinta largos y tormentosos minutos, un género que no es ni reggae, ni ska, ni punk ni rock, sino todo esto molido, triturado, licuado, echado en un colador, bebido por algún idiota, vomitado y luego embarrado en una pared de colores. Mira su reloj, y grita groserías, Vicente no sabe chiflar. Al fin, los músicos frustrados deciden no hacer más el ridículo y bajarse del escenario, unos minutos de silencio, y una voz diciendo "Atento... Permanece a la escucha", saca a todos del estupor en el que estaban inmersos y se abalanzan como fieras hambrientas al escenario. Las luces se encienden, las guitarras y los demás instrumentos raros suenan... El concierto comienza, la euforia despierta a la primera canción, nadie sabe dónde tiene la cabeza o dónde pone los pies, la música retumba en el recinto, el ritmo mueve a la masa, la masa no piensa, sólo baila. Vicente pierde primero sus lentes, y luego se pierde él mismo, devorado por la energía de los feroces bailarines, que sólo sienten que pisan algo, sin saber qué.

(FIN)

porque sólo morir una vez no es suficiente...

2/8/05

Las muchas muertes de Vicente Urbina (prólogo, #1 y #2)

la vida es una frágil copa de cristal. dice saramago que "si antes de cada acción pudiésemos prever todas las consecuencias, no llegaríamos siquiera a movernos del lugar donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos", y eso es una verdad universal. cada mañana, al despertar, me doy cuenta de que este podría ser mi último día con vida, cualquier cosa podría pasar, cualquiera... por eso decidí comenzar a escribir esta serie de cuentos "cortos" (ni tan cortos), y, como consideré injusto ponerme a matar a distintas personas, me inventé un hermano gemelo ficticio al que asesinaré una y otra vez y sin descanso. la vida es un cuento, eso sí, y el final puede llegar en cualquier punto y aparte, al final de este párrafo, en la siguiente coma... uno nunca sabe. espero que los disfruten.

#1: "En el umbral de su casa"

Al cigarrillo todavía le falta la mitad, y ya sólo resta por caminar una cuadra, así que apresura el tabaco y disminuye la velocidad. Enfrente, unos niños juegan, Vicente oye sus risas y sus gritos. "Son odiosos, los niños", piensa, mientras ve cómo un peatón más se le adelanta por la derecha. No puede creer que sean las nueve y treinta, las calles parecen desoladas, de no ser por los contados caminantes luciría como si fueran las cuatro de la mañana. Su visión es defectuosa, más de lo normal, en la penumbra nocturna, suavizada apenas por los faroles públicos que a veces prenden, pero alcanza a distinguir cómo desde la otra esquina viene un tipo corriendo. Ya ha visto a muchos tipos corriendo por esta avenida, no le da importancia y se saca las llaves del bolsillo, las tantea, ya no necesita verlas para saber que esta es la de la reja verde, esta la de la puerta negra y la última la de su cuarto, el número cuatro. Se detiene, busca la cerradura, el tipo que viene corriendo le roza el hombro, Vicente oye sus jadeos, parece que huye de algo, o de alguien. De alguien, más bien: una camioneta negra aparece de la nada escupiendo sendas ráfagas de plomo. Los niños de enfrente se asustan, algunos alcanzan a ver los cuerpos que caen, uno se da con la frente en la banqueta, el otro no suelta las llaves, ni siquiera alcanzó a abrir la puerta.

(FIN)

#2: "Víctima de la conspiración de las cucarachas"

La atmósfera del cuarto es densa, huele a tabaco y a otros olores que Vicente ya no distingue. Las luces hacen huir a las cucarachas, que se paseaban por todos lados y andaban por el tocador, en el radio, entre los platos sucios, entre los libros tirados, o nada más por ahí, arrastrándose en el suelo. Alcanza a pisar unas cuantas, ya es hora de comprar un insecticida, pero los olores encerrados se intensificarían. Vicente tira la mochila, se quita los zapatos y echa al suelo todo lo que había encima de la cama para tenderse a descansar en ella. Ni ha encendido el radio, en menos de cinco minutos se queda dormido, con la boca abierta y la ropa puesta. Las cucarachas, al sentir de nuevo la calma, salen de la oscuridad y reanudan sus paseos. Una de ellas se aventura, por aquí huele a comida, sube por el cuello de Vicente, llega al oído, a la nariz, más abajo, la lengua se mueve, es un reflejo, y esta cucaracha tiene la desdicha de resbalar y atorarse en la garganta del durmiente, de donde no volverá a salir.

(FIN)

24/6/05

último día de clases

El paletero siente que los pies se le queman por el ardiente pavimento después de caminar durante tanto tiempo. Un grupo de niños de secundaria, con las camisas desfajadas y limpiándose el sudor de la frente con el brazo, lo interceptan ansiosos de meterse un trozo de hielo saborizado en la boca y refrescarse tanto como puedan. Son los últimos días de clases antes de las vacaciones de verano, por eso los estudiantes lucen tan relajados y los paleteros tan preocupados, ahora que las escuelas estarán vacías durante casi dos meses, qué harán, a quién le venderán tanta paleta si ya no hay niños muriéndose de calor.
Flor viene en el coche, con el aire acondicionado prendido a la máxima potencia, y va tarde, acaba de salir del trabajo. La luz del sol parece densa, el calor descansa sobre la ciudad entera, provocando una somnolencia insoportable. El semáforo verde comienza a parpadear y cambia al amarillo, Flor no sabe si acelerar o detenerse, odia estas situaciones, de último minuto frena, tres niños decidieron cruzar la calle antes de tiempo y ella se queda ahí, un tanto asustada, suspira y prende la direccional para anunciar que dará vuelta a la izquierda. Comienza a mirar a su alrededor, para no pensar en el calor, a su lado viene una camioneta negra inmensa, el conductor lleva puestos unos lentes oscuros enormes y discute con alguien por teléfono, parece agitado. Su equipo de audio hace retumbar el coche de Flor, tal vez si bajara el columen de la música no tendría que gritarle al celular. El bigote delgado del sujeto le da un aspecto ridículo. Flor no se da cuenta de que el semáforo ha vuelto a cambiar y, distraída, mira cómo la camioneta acelera, y en una fracción de segundo ve a un niño, algo gordito, que sintió que todavía tendría oportunidad de aprovechar el alto y llegar al otro lado, y se lanzó corriendo con sus piernas cortas y su enorme mochila al hombro. Aquel día, sus compañeros le habían firmado la playera de la escuela, al fin saldría de la primaria, y ahora, empujado por la enorme masa de acero de la camioneta negra, con su craneo destrozado en el asfalto, jamás sabrá lo que es crecer, seguir estudiando, tener una novia, casarse... su vida había terminado, y él ni lo sospechaba. Flor se bajó del coche, miro el rostro muerto del niño y el horror la paralizó, el conductor de los lentes oscuros gritaba histérico por el teléfono y pronto el área se llenó de mirones, observando el cadaver cubierto de sangre del niño gordito, las sirenas de la ambulancia y de las patrullas comenzaron a sonar a los pocos minutos. Flor entró en una crisis terrible, no podía moverse, no podía contestar las preguntas de los policías, ni hacer nada, "llévenme a mi casa, llévenme a mi casa", repetía, y una señora tuvo que hacerle el favor.
Al llegar, su marido la recibió preocupado, le preguntó que qué le pasaba. Ella sudaba frío, no podía quitarse la imagen del niño destrozado de la cabeza, estaba muda de horror, no sabía cómo decirle, no sabía por qué no había dicho nada, el miedo habrá sido, el miedo... Comenzó a llorar, se acurrucó en los brazos del marido. Al fin, secándose las lágrimas y en un leve murmullo, responde, justo antes de que los policías toquen a la puerta de su casa:
-Atropellaron a nuestro hijo enfrente de mí...

15/2/05

coma

me parece que he dormido una eternidad, una larga noche de sueños extraños y pesadillas interminables, pero un sol ya maduro entra por la ventana y pinta la oscuridad de mis párpados cerrados de rojo. no consigo abrir los ojos, no consigo moverme, ni hablar... de repente, mi memoria comienza a trabajar y con mucha lentitud me trae las imágenes más recientes: el cumpleaños de consuelo, los litros de alcohol, los churros de mota, el auto a toda velocidad por las calles de la ciudad, saúl fuera de control al volante, los demás asustados y eufóricos, la lengua de mariel en mi boca, su mano en mi pantalón... y por último, el sonido de los frenos, y gritos.

abro los ojos y la luz me lastima. siento el cuerpo entumecido, y miro alrededor, pero no hay claridad en lo que percibe mi vista. máquinas rodeándome, tubos, una recámara extraña, una enfermera que tira al suelo su libro y sale a buscar al doctor, porque el paciente despertó. ¿qué pasó...? todo está tan... cambiado. se acerca el doctor.

-señor buelna, ha vuelto usted a nacer.

lo miro atónito. me ha llamado "señor".

(...)

-¿qué le pasó a mariel?
-nada. salió ilesa. no deberías hablar... el doctor dice que...
-¿y saúl? ¿dónde está?

mi madre me mira con compasión. el tiempo ha hecho estragos en su rostro, privado de una juventud que se negaba a abandonarla.

-saúl murió en el choque.

silencio. las cortinas se agitan con pereza y dejan entrar los ruidos de una calle desierta. tengo miedo de seguir preguntando.

-¿y consuelo?
-consuelo perdió las dos piernas en el accidente. se suicidó seis meses después.

un silencio aún más profundo. las lágrimas son ya incontenibles.

-quiero ver a mariel.

mi madre se levanta de la silla y echa un vistazo por la ventana. no puede ser tan malo si ella sobrevivió... tendríamos un hijo... íbamos a casarnos.

-mariel se fue de la ciudad.
-¿qué? ¿por qué? ¿a dónde?
-regresó a guadalajara. con su esposo...

otro silenio, esta vez violento y agresivo. hubiese preferido que me dijera que había muerto. el mundo se detiene, quizá por piedad, hasta que la furia me invade y tomo el florero que hay en la mesa y lo arrojo con todas mis fuerzas contra la pared. ni siquiera se rompe. cómo pudo haberme hecho esto...

-¿qué esperabas, hijo? han pasado... ha pasado tiempo. estuviste largo tiempo en coma.

¿coma...? pero... nos amábamos... no puede justificarse una traición así.

-cuánto.
-¿qué?
-¿¡cuánto tiempo!?

mi madre evade mi mirada. de pronto sonrié nerviosa, se acerca a mí y toma mi mano.

-tu... tu hermana... tuvo un bebé... ahora eres tío y...
-¿¡cuánto tiempo, carajo!?

he gritado con una ira atroz, y mi madre retrocede y me mira como si no me reconociera, y comienza a llorar de nuevo.

-quince años.

silencio. mi madre sale de la habitación, todavía llorando. yo no puedo permanecer sentado, pero tampoco puedo ponerme de pie, así que me recuesto. cierro los ojos, esperando que esto sea sólo un sueño más. hay un espejo en la mesa junto a la cama, lo tomo y un treintañero desconocido aparece sobre el cristal. desearía no haber despertado.

(FIN)