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16/5/14

Doña Nostalgia

Mi hermana y yo, esperando el trolebús en Eje Central

-Buenas, joven.
-Buenas, señora. ¿Dígame?
-Pues nada, ya vine a visitarte.

En otros tiempos, la hubiera dejado pasar a regañadientes, inquieto por su visita, deseando que termine pronto, distraerme en otra cosa y que doña Nostalgia se canse de andar por ahí, hablando de tiempos pasados, contándome sus historias favoritas, de cuando yo era niño, cuando éramos jóvenes y no teníamos nada qué perder. La hubiera mirado de reojo mientras trabajaba, o mientras comía, o mientras me bañaba, haciendo como que la escucho, en ocasiones, distrayéndome con sus palabras, viajando hacia los lugares que describe, reviviendo esos anhelos, esas emociones, tan nítidamente que me espantaba sentirlo, algo que ya había dejado atrás, volver a vivirlo, qué angustia, pero aunque me atormentara, la dejaría hablar, y le pediría que se estuviera otro ratito más, hablándome de los buenos tiempos, con su voz ronca, pausada, y su mirada perdida, llena de recuerdos.

-¿No me invitas a pasar?
-Claro, pásele por favor, póngase cómoda.

Esta vez, la recibí con una sonrisa. La hice pasar, le ofrecí un asiento, me senté junto a ella, mirando sus canas, sus arrugas, sus manos firmes y seguras haciendo gestos amplios en el aire mientras me hablaba de lo bien que la pasaba con mi hermana, lo mucho que nos reíamos, la primera vez que la vi, en su cuna, envuelta en mantas rosas, la cabeza negra, llena de pelo, y su fragilidad de bebé. "Ese día te convertiste en el hermano mayor que nunca has dejado de ser", me dijo doña Nostalgia, que me conoce tan bien, mejor que yo mismo.

-¿Gusta un cafecito, señora?
-Ay, qué amable eres. Ándale pues.

Le gusta el café negro, bien cargado, y mientras lo bebía sin prisas, disfrutando cada sorbo, continuaba su relato, por momentos sus ojos brillaban y me recordaban a los de mi hermana, a los míos, cuando éramos más jóvenes, tantas angustias, tantas esperanzas y tantos buenos momentos. Yo la miraba extasiado, por primera vez en muchos, muchos años, estaba disfrutando su charla y su compañía. La escuchaba con atención, le pedía más detalles, "¿Te acuerdas lo bonita que se veía con ese vestido de frutas? ¿Lo mucho que te angustiaste cuando le dio apendicitis el día de su cumpleaños? ¿Lo mucho que sufriste cuando la viste recuperándose en la cama del hospital, tan niña, tan frágil?". Sí, yo me acordaba. Y sonreíamos con complicidad.

-Bueno joven, ya se hace tarde. Me voy.
-¿Cómo? ¿Tan rápido?

En otras ocasiones, ni se había despedido. O más bien, yo simplemente no me había dado cuenta de que se iba, nada más la ignoraba, hasta que se cansaba de murmurar sus historias por los rincones y se marchaba. Pero esta vez, le retiré su taza de café, la ayudé a ponerse en pie, le di un abrazo cariñoso y un beso en la frente. "Váyase con cuidado, señora".

No dijo más nada. Sólo atravesó la puerta y se fue, sin mirar atrás, con su paso lento, pausado. Yo me quedé ahí, parado en el umbral, viendo cómo se alejaba, no podía quitarme la sonrisa de la cara. Me quedé mirando hasta que su figura encorvada y dulce, pero fuerte y decidida, se perdió de vista, como si se hubiera evaporado en el aire.

Hasta la próxima, doña Nostalgia. Aquí la espero cuando guste.

24/9/12

Vivir solo (parte dos)


A mí hermano, por su valentía

Vivir solo no es fácil. Hacerte cargo de tus propias cosas, sin que haya nadie directamente responsable de tus emociones, buscar qué comer, pensar cuál es la mejor hora para dormir, ser dueño de tu tiempo... En fin, no tener nadie que te diga lo que tienes que hacer tiene sus cosas buenas, pero también su lado malo.

Por el lado bueno está el total control de tus decisiones. ¿Me bañaré hoy? ¿Arreglaré mi cuarto? ¿Me dormiré temprano? Nadie que te diga nada representa total y absoluta libertad. Por el lado bueno, al menos para mí, es exactamente lo mismo. Nadie que te pregunte: ¿Ya hiciste lo que tienes que hacer? ¿A qué hora tenías que estar en tal lado? ¿Tienes dinero? ¿Te sientes mal? Y la soledad, que no es cosa menor.

Lo peor es cuando todo sucede de un día para otro. Parece que fue ayer cuando echabas maldiciones porque no podías hacer nada, no te dejaban un segundo en paz, todo el mundo diciéndote qué hacer, cómo hacerlo, cuándo, dónde, con quién, gente entrando y saliendo de la casa, el calor infernal, sobrinxs qué cuidar, un perro qué pasear, una mamá que cuidará de ti, y de repente, poof, nada de eso está, todo ha desaparecido, como si estuvieras al otro lado del mundo y aquel tiempo se apareciera en tu vida muy, muy lejano.

Acostumbrarse a eso puede ser difícil. O muy difícil. Pero desde mi experiencia puedo decir que sólo lo es mientras uno mismo lo permita. Mientras uno mismo siga pensando en lo inmensamente felices que fuimos antes y lo inmensamente desorientados (confusos, deprimidos) que estamos ahora. Que todo esto que estamos pasando no es igual a lo que antes vivíamos. Que no sabemos si tomamos la decisión correcta...

Es decir, la única manera de dejar de sentirnos torturados por la nueva situación que estamos viviendo es aceptar con serenidad y tranquilidad que ya nada es igual. Que comienzan cosas nuevas, experiencias nuevas, gente nueva, y que lo que antes vivimos (nuestra casa, nuestra familia), se convierte en una biblioteca inmensa de experiencia y de hermosos recuerdos. Sólo tenemos el aquí y el ahora. Mientras sigamos anclados al pasado, las cosas no podrán mejorar.

Se vale un poco de drama de vez en cuando, la nostalgia se sufre pero se disfruta. Lo que no se vale es que esa nostalgia nos detenga. Nos haga temer lo que viene de nuevo... Un poco de motivación nunca viene mal, pero es uno mismo el que debe encontrarla. A mí, por ejemplo, lo que me motivó fue el amor, una fuerza bastante poderosa. Pero hay otras emociones que pueden tener similares efectos. Es tarea tuya encontrarla.

Lo que te quiero decir es que no te desanimes. No sientas que no puedes. Sólo tú puedes establecer tus propios límites, de lo que quieres y de lo que no. Pero no te dejes vencer.

Es un nuevo camino, y como todo nuevo camino puede que de un poco de miedo al principio... pero después, con el tiempo, aprenderás a disfrutarlo.


10/9/12

Vivir solo

[Foto: Arturo Trejo | Yo a los 19]
Recuerdo levemente cuando tenía la edad que mi hermano tiene ahora. No estoy seguro de cuáles eran mis expectativas de la vida o si tenía claridad en los objetivos que quería alcanzar. Lo que sí recuerdo es que me sentía valiente, capaz, imparable, desafiante y motivado. Quería ver, vivir, conocer, sentir, experimentar... Pero al mismo tiempo deseaba tener todo lo que tenía hasta ahora. No podía (nunca he podido) desprenderme del pasado. Y por supuesto, una masa amorfa de ideas flotando sin control en mi cabeza, sobre el mundo y sobre las cosas que habitan en él.

No fue tanto el vivir solo lo que me ayudó a madurar como ser humano y a ver con mayor claridad la forma en que funciona la sociedad en que vivimos, y a plantarme firmemente en el lugar que, siento, me corresponde (el margen). Porque en ese entonces era uno de mis más grandes deseos: vivir solo. No tener a nadie que me controlara, que me vigilara o que me dijera lo que tenía qué hacer. Pero esa clase de libertad trae consigo, sí, algunas satisfacciones, pero también incomodidades y peligros.

Recuerdo la sensación de llegar a casa después de estar todo el día por toda la ciudad, y que nadie me saludara, Hola cómo estás, Ya comiste, Quieres cenar. Recuerdo lo fastidioso que era tener que lavar la ropa y lo desagradable que se sentía descubrir el cuarto sucio y desordenado después de semanas de valemadrismo. Recuerdo la ardua labor (todavía es igual) de buscar qué desayunar, qué comer y qué cenar.

Pero todo eso sólo te hace apreciar más el tiempo en que vivías con alguien que hacía todo eso (y más) por ti, no te vuelve realmente una persona más conciente, más decidida ni más segura. Lo que sí te vuelve todo eso, o al menos ayuda, es de verdad vivir solo. Hacerte responsable de tus cosas, de ti mismo. Conseguir tus propios recursos y perderle el miedo a estar solo en el mundo, aunque en realidad nunca lo estás, y con algo de suerte, el primer desconocido que se cruce en tu camino se puede convertir en tu mejor amigo. Pero realmente es eso, perder el miedo, según yo lo veo.

No hay mejor sensación que descubrirte capaz de poder obtener tus propios medios para sobrevivir en este mundo de locos, hacerlo bien, hacer lo que te gusta, que te paguen por eso y dejar de depender de alguien más. Creo que es una buena oportunidad para mi hermano de lograrlo antes. Sé que es capaz, pero a veces su hermetismo absoluto e impenetrable (como el de mi papá) me desespera sobremanera.

Bueno, no hay que presionarlo. Ya aprenderá. Seguro.

11/7/08

Soy tío [...!]



A pesar de todo, las ganas de tener un hijo no se me han quitado. Es un sentimiento egoísta, lo sé, pero es lo que hacen todos los papás, diría yo si tratara de justificarme. O diría, también, que quiero perpetuar el material genético de mi familia... O diría cualquier tarugada. Pero una cosa son las razones que la gente da para hacer lo que hace, y otra son las que realmente tiene para hacer lo que hace. No sé si me explico.

Mi cuñada, por ejemplo, le compró una camisita, muy mona, eso sí, del América. Su abuelo, don J, le compró un mameluco de las Chivas. Y yo pienso, Por favor, el niño ni sabe lo que es el fútbol. Pero eso no es todo, F le compró también un trajecito del América, porque quería comprarle algo... Yo, por ejemplo, jamás permitiría eso con mi hijo. No permitiría que lo bautizaran, no lo pondría a ver la tele para que los colores y los ruidos lo apendejen un rato, ni, al escuchar reggaetón en el metro, le diría "¡Baila, baila!", mientras aplaudo y lo obligo a moverse como títere. Lo dejaría que creciera con la menor carga social posible. Le diría que no es verdad que está bien hacer todo lo que los demás lo obligan, que está bien decir lo que siente, y sobre todo, sentirlo. Que no tiene por qué hacer el ridículo para complacer a los mayores. Lo dejaría elegir la religión que prefiera al crecer, pero por supuesto, le inculcaría los sagrados valores del ateísmo más escéptico y racional. En fin, haría con mi hijo todo lo que deseo hacer con los hijos de los demás (incluído mi sobrino) pero que las reglas sociales no me permiten por no tener el título de "padre".

Tal vez estoy mal. Tal vez nunca tendré un hijo. ¿Qué mujer pasaría nueve meses de su vida con un niño en el vientre para, al dar a luz, regalarlo a una pareja que está imposibilitada para procrear...?

Haré lo posible. Y tiene que ser pronto. Al terminar la carrera. Tampoco quiero ser un papá muy viejo... Ya estoy divagando. El estrés de los días pasados me atrofió el cerebro.

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"El ambiente social del que procedemos tiene mucho que ver con el tipo de decisiones que creemos apropiadas", Anthony Giddens

10/1/08

Para ser verdad (parte uno)




1.

Su hija lo despertó pegándole unas ligeras cachetadas que se sentían como piquetes de mosquito. Ya, carajo, gritó, y cuando abrió los ojos, y vio el rostro iluminado de Natalia, sonriendo, colorada, con los ojos brillándole, Genaro lloró. Abrazó a la niña y sin poder contenerse, lloró casi una hora, mientras Natalia intentaba safarse de sus brazos, sin entender por qué la efusividad, y repetía, Papá, tengo hambre, suéltame. Ay virgencita, repetía Genaro. Gracias, gracias. Su mujer, incapaz de formular un razonamiento cualquiera, se negaba a creer lo que sus ojos le mostraban. Debo estar soñando, alcanzó a murmurar, cuando al fin Genaro soltó a la niña y ésta corrió a los brazos de su madre postiza, quien la noche anterior había estado pensando ya en los fuertes gastos del funeral.

Nunca se había cansado de repetirle a Aurora, Vas a ver, mujer, Natalia se va a curar, vas a ver. Los doctores ya habían dado el caso por perdido, y a Genaro se le ocurrió, un día, ir a la basílica. Hacía, cuánto, diez años, hasta más, que no ponía un pie en la iglesia, desde el bautizo de Natalia. No se le había ocurrido otra cosa. Había gastado todo su dinero en medicamentos, tratamientos, consultas, viajes. Nadie podía hacer un diagnóstico seguro. La niña sufría, todas las noches, y nadie podía hacer nada por la pobre. Así el día anterior, gastó lo que quedaba de su ahorro en un arreglo de flores, y se los llevó a la virgen. Le prometió quién sabe cuántas cosas si le curaba a la niña, se estuvo en el altar, incado, toda la tarde, lloró y gritó, y uno que otro creyente le daban palmaditas en la espalda, Se va a poner bien tu hija, vas a ver, tú ten fe.

Llegó a su casa y la niña estaba dormida. Tuvo pesadillas horribles, pero apenas había conciliado el sueño, Natalia estaba de pie, despertándolo y anunciando que tenía hambre. Increíble, inexplicable. No se cansaba de mirarla. La miró comer con entusiasmo, parecía que nada había pasado desde que cayó enferma, hablaba con fluidez de lo que haría en la escuela, que ya quería ver a fulanita porque era su mejor amiga, que la maestra la iba a regañar porque no había hecho las tareas. Y Genaro no le quitaba los ojos de encima, impresionado. Terminaron de desayunar y él fue el primero en levantarse. Le dio un beso a su hija y le dijo a Aurora que iba a la basílica, a dar gracias. Tomó su chaqueta y se fue, solo.

[Continúa]

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[Segunda parte]

5/1/08

A qué hora llega Santa



Ante la insistencia de su hijo por esperar despierto a Santa, decidió que al día seguiente le pediría a su compadre un frasquito de esas píldoras milagrosas que hacían a los niños dormir como angelitos toda la noche. Son una maravilla, compadre, le decía, el chamaco se las toma y casi casi se nos cae dormido en ese mismo rato. Saúl pensaba que no tenía que darse por vencido así como así; después de todo, era su primer hijo, alguna forma había de haber para que Quique se quedara dormido sin tener que drogarlo. Para empezar, descartaba las amenazas, al niño lo que menos le importaba era obedecer, se había portado bien todo el año, y si Santa decidía mejor no llevarle los regalos porque no se había querido dormir para esperarlo... bueno, no iba él a dar una vuelta hasta acá desde el polo norte para nada, ¿o sí?

Le subió el volumen a la tele, después de haberlo arropado y de hacerlo prometer que se iba a dormir, para dejar de pensar en eso. Qué pasó, le preguntó Diana, y Saúl contestó, Nada, que no pienso tener otro hijo; no si sale como este. Ay, no digas barbaridades. Estaba viendo el resumen de noticias del día, el incendio de la fábrica por la mañana, la emocionante persecución policiaca por la tarde, el reportaje de los niños que no recibirían regalo esta navidad, Al menos ellos no se ponen tercos en esperar a Santa toda la noche. La mano de Diana en sus genitales evitó que el coraje de Saúl creciera más. El suave masaje, sobra decirlo, lo relajó tanto que ya no le puso atención a los resultados de la encuesta, ni a la entrevista con el procurador: al diablo el mundo. Apagó la tele, tomó con fuerza la mano de Diana, y estaba dispuesto a echársele encima cuando su Quique apareció en el marco de la puerta, arrastrando la cobija, con los ojos entrecerrados. Papá, ¿a qué hora llega Santa?

Lo tranquilizó su mujer, Yo voy, yo voy, no te preocupes, pero Saúl no se iba a dejar vencer por un escuincle, No, no, tú acuéstate y ponte cómoda, le dijo, mientras le guiñaba un ojo con una sonrisa pícara. Tomó al niño en sus brazos y se lo llevó a la cama. Quique no quería verlo, porque sabía que Santa era invisible para los niños, sólo quería saber si había llegado o no, y a qué hora, Ya se está tardando, papá, le dijo con una voz tan tierna que Saúl no pudo evitar olvidar el enfado. Sí mijo, pero mira, tiene que ir por todas las casas, son muchas, no jodas. El niño, al parecer satisfecho, se envolvió en las cobijas y le dijo a su papá, de la forma más impersonal que la hubiera escuchado jamás, Te quiero.

En la habitación, Diana se había cambiado y se había puesto el camisón de encaje negro que Saúl le había regalado en su aniversario y un gorrito navideño. Antes de que se echara un clavado en la cama, Diana le recordó que cerrara la puerta. Saúl la empujó con el pie y se metió en las cobijas, Ponle seguro, le dijo ella, Para qué, ya se durmió Quique, le contestó él. No sabía dónde poner las manos. Le gustaban las fechas especiales (navidad, halloween, el diez de mayo) porque su mujer se entusiasmaba y se volvía muy ingeniosa en la cama, Lo que hace la tele, se decía, agradeciendo la inspiración a las amas de casa para mantener contentos a los maridos, como debe de ser. ¿Te portaste bien este año, Saúl?, le preguntaba Diana, y Saúl, con la voz temblorosa, le decía, No, me porte mal, muy mal.

De pronto Diana se detuvo, cuando le estaba sacando la camisa a Saúl, con cara de espantada, y se quitó el gorro. Te dije que le echaras el seguro. Quique los observaba, más dormido que despierto, desde el marco de la puerta. ¿Ya casi llega, papá? Saúl se volvió a poner la camisa y se levantó de la cama mentando madres. Agarró al niño, se podría decir que con violencia, y lo llevó de vuelta a la cama. Orita llega, vas a ver si no, le dijo Saúl, pero en cuando escuches que llegue te duermes, ¿eh? Su hijo le prometió que sí, y se abrazó de su oso de peluche, sin percatarse del extremo coraje de su padre.

Qué vas a hacer, le preguntaba su esposa, mientras Saúl revolvía las cajas del armario maldiciendo la navidad. Ya verás, tú ve poniendo los regalos, pero que no te vea Quique. En el fondo de un baúl viejo, Saúl encontró una campana oxidada y mugrosa, que había usado hace años en una pastorela de su trabajo. Con una sonrisa triunfante en el rostro, salió al patio y colocó la escalera. Recordó que había que arreglar el tejado. Ba'h, el año que entra lo arreglo, se dijo, mientras subía con cuidado los peldaños mojados por la fría brisa de la noche. A ver si así se duerme el condenado chamaco, murmuraba, haciendo un mapa de la casa en la mente para ir a caminar al techo de su recámara. Lo cual era absurdo, siendo esa una casa sin chimenea, para qué carajos iba a querer Santa irse a trepar al techo, pero no pensó en eso, sino en la malvada santa con baby doll que lo esperaba en la cama.

Azotó con sus pasos el techo de Quique, mientras hacía sonar la campana con fuerza y gritaba, Jo jo jo, feliz navidad Quique, pórtate bien, jo jo jo, ya duérmete que ya llegue, jo jo jo. Y andaba de un lado al otro, divertidísimo, mientras Diana lo observaba desde abajo, sonriendo como boba. Está de la chingada el techo, pensaba, mientras caminaba a tropezones entre las tejas rotas, húmedas e inclinadas. Demasiado inclinadas, porque bastó que el tacón de la bota se atorara con una de las tejas, para que Saúl se fuera de rodillas hacia el borde del techo, y, ya sin poder detenerse de ningún lado, de cabeza hasta el suelo, estrellándose muy cerca de los pies de su mujer, quien vio cómo el cuello de Saúl se doblaba hasta quebrarse, y luego el resto del cuerpo le caía encima, y quedaba todo lo que había sido Saúl tendido en el pasto mojado, con los ojos, sin brillo, abiertos del susto; de la boca le corría un delgado hilo de sangre.

Ante los gritos de su mamá, Quique salió corriendo de la casa por la puerta del patio, se detuvo detrás de Diana y cuando ella vino corriendo a abrazarlo, llorando, tratando de taparle los ojos, el niño, sorprendido, murmuró, Entonces, ¿mi papá era Santa? Diana, llorando, le dijo, Sí mi amor, tu papi era Santa. Quique pensó un rato, mientras observaba el cuerpo inerte de su padre tendido en el suelo, y sentenció, Menos mal que alcanzó a dejarme los regalos.

(FIN)

2/1/08

Frío



La verdad es que no me gustan los camiones enormes, caros y con choferes escandalosos gritándose y jugando carreras. No me gusta la tierra ni el olor a mariscos podridos y a drenaje. No me gusta que todo el mundo hable como ranchero y grite aunque tenga a su interlocutor enfrente. No me gusta el sol que quema en pocos minutos, no me gusta saber que puedo recorrer la ciudad de punta a punta en media hora, porque me hace sentir limitado, encerrado entre edificios que ni siquiera son altos. No me gusta que la gente tenga o necesite fijarse cómo andas vestido, qué música escuchas, a qué bar vas, cuánto ganas, dónde vives y con quién para calificarte, y que pasen en sus coches y te griten cosas, como si tuvieran el derecho y el deber de juzgarte, así nada más.

Pero allá están mis hermanos, mis papás. Lo único que me ata a ese lugar, es mi familia. No porque sea mi familia, ni por los lazos de sangre, no. Sino porque con ellos crecí, por ellos soy lo que soy, y se los agradezco. Siento una necesidad enorme de cuidar a mis hermanos, los siento tan lejos, tan solos y tan desamparados. Pero la verdad es que yo no soy el salvador de nadie. Han sobrevivido sin mí todo este tiempo, a todas mis locuras. Ahora que estoy convencido de que estoy en el lugar que debo estar y que estoy haciendo lo que quiero hacer para darme un gusto a mí, creo que sería un error enorme renunciar por un impulso frenético sentimental.

Somos fuertes. Ellos son fuertes, y yo soy fuerte. Cada quien hará su vida y seremos muy felices. Estaremos unidos, tal vez no juntos, pero ellos saben que si un día me necesitan, yo estaré.

Estaré.

[Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida...]

28/11/07

Trastornos mentales


Simplemente sentí rabia. De que en pleno siglo XXI siga habiendo gente que diga esta clase de sandeces, en público y frente a un auditorio... No puedo imaginar qué tienen en la cabeza. Es indignante, una muestra más de la increíble ignorancia de los mexicanos... Les dejo la nota completa aparecida en La Jornada:

“Es un derecho que corresponde a padres de familia”, señalan

Demandan ONG de León quitar de los planes de enseñanza la educación sexual

Martín Diego Rodríguez (Corresponsal)

León, Gto., 27 de noviembre. Integrantes de la organización no gubernamental Comisión Mexicana de los Derechos Humanos condenaron la homosexualidad, que consideraron “trastorno de la conducta sexual”; recriminaron la perspectiva de género, criticaron las políticas de salud que incluyen el uso del condón y exigieron que el Estado mexicano retire de la educación básica cualquier tipo de enseñanza sexual, “por ser un derecho que corresponde a los padres de familia”.

Este martes, agrupaciones ultraconservadoras, que consideran la abstinencia sexual, la fidelidad y el rechazo a cualquier método anticonceptivo “únicas formas científicas eficaces en la lucha contra el sida”, presentaron en conferencia de prensa las conclusiones del foro El valor humano de la sexualidad, celebrado el fin de semana en esta ciudad.

En el acto, auspiciado por la Secretaría de Educación de Guanajuato (SEG), participaron agrupaciones como la Asociación en Defensa de la Familia, la Asociación de Padres de Familia de Guanajuato, la Coalición Derechos Humanos y Bioética, Jesús Médico Fe en Acción y la Red Familia y Visión Humana de la Vida.

Aunque la SEG se deslindó de las conclusiones, la presidenta de la Comisión Mexicana de los Derechos Humanos, Beatriz Rodríguez Moreno, reveló que la dependencia envió a 200 profesores para que participaran en el encuentro. “La secretaría manifiesta su total apertura a las diferentes aportaciones de la sociedad en general respecto del tema de la educación sexual, especialmente de los padres de familia como primeros responsables de esta educación, y quienes comparten esa responsabilidad son los maestros”, expresó.

Rodríguez Moreno condenó el uso del condón, que rechazó como el método más efectivo para evitar males de transmisión sexual y embarazos no deseados, pues, sostuvo, “lo más efectivo es la abstinencia y la fidelidad”. (¿Qué clase de pendejo es este?)

Juan Dabdoud Giacomán, representante de Familia Mundial, aseveró que la perspectiva de género “carece de sustento racional o científico, pues la conducta sexual humana está determinada por la naturaleza propia del hombre y la mujer”. Por tanto, subrayó, “la homosexualidad es un trastorno de la conducta sexual humana, y aunque se respeta esa condición se tiene que dar apoyo sicológico para rehabilitar a los homosexuales; hay que corregirlos”. (Tú que me corriges y yo que te parto tu madre. Neta, cabrón)

7/10/07

Tarde o temprano



-Prende una veladora, y reza por mí. Esta noche me muero.

Creíste que sería uno más de sus delirios. Tu madre era fuerte como una vaca. Soportaba en silencio el dolor de su cáncer, tensando los músculos, poniéndose rígida, hasta el color le cambiaba por la falta de aire, pero ni un quejido salía de sus labios. Llegas de tu fingido trabajo, y le das todas las atenciones que necesite, que si el juguito de naranja, que si el lavado de pies, que si sacarla un rato al sol. Hasta eso, ese último día, no ibas a salir, te quedarías con ella todo el día, en parte porque no tenías nada qué hacer, pero también porque querías ver si era verdad lo que había dicho.

La alentaste a que redactara su testamento cuando todavía le quedaba algo de lucidez. En aquellos tiempos te agradecía todos los días que la cuidaras, te imploraba que no la dejaras sola, que estuvieras con ella hasta el último suspiro, porque su más grande temor era morir y ser olvidada. Así al menos al hijo menor le quedaría la frustración de no haberla podido salvar, por más intentos que hubiese hecho, o el insoportable recuerdo de su agonía, torturándole las noches. A ti no te iba a quedar nada de eso, sino la casa y el dinero: te había hecho su heredero universal. Se te olvidó entonces la tristeza que había nacido en ti cuando escucharon el diagnóstico del doctor. Tu hermano tomó a su esposa y a sus hijos, y se mudó al piso de abajo. Ni te dirigía la palabra. Tu madre decía que lo comprendieras, que había sido un golpe terrible, que él era muy sensible y tú muy fuerte, que no le hicieras caso. Luego le remordió la conciencia, pero ya no lo dejaste regresar. Le prohibiste la entrada a tu casa, cambiaste la cerradura, pero no por rencor, sino pensando en futuro, siempre fuiste tan previsor, así no te podría reprochar nada, cuando tuvieras en tus manos la casa y el dinero, no iba a tener ningún derecho a reclamar su parte.

Le comentaste a tu amante alemán quién sería el próximo dueño de la enorme casa, con 8 departamentos independientes para rentar, dinero suficiente para vivir, y vivir bien. Después de hacer el amor, se quedaban acostados, haciendo cuentas, pensando qué se podrían comprar con aquel dinero, a dónde viajarían, qué negocio pondrían. Pero el avance de la enfermedad fue retrocediendo gracias a las poderosas defensas de tu madre y a las efectivas medicinas que le comprabas. Fue idea del alemán, no tuya, frase que ahora no te cansas de repetirte. Él te comentó, Y qué pasa si no le das todas las medicinas. Era verdad, aquellas pastillas e inyecciones estaban arruinándote el futuro. El doctor había dicho que sólo un milagro podía salvarla. Tú no creías en los milagros.

Temías que se diera cuenta. Temías que tu madre fuera de esas personas paranoicas, y que en cualquier momento te descubriera, te lanzara platos, vasos, gritándote, Maldito, desagradecido, asesino, y pidiendo auxilio a tu hermano. Pero no fue así. Las medicinas la habían vuelto dócil, distraída, habían perturbado su memoria. Un día olvidó el nombre de tu hermano. Luego, olvidó que tenías uno. Primero le diste las pastillas a deshoras, a ver qué pasaba. Pero nada. Ella seguía igual, el doctor seguía diciendo que todo iba bien, que estaba mejorando. Así que suprimiste una, al azar. Se le quitó el hambre, dejó de comer. Pero aun así, su salud seguía estable. Entonces le quitaste otra. Y cuando la paciencia se te acabó, y pasaron dos años de quitarle pastillas y tu madre no se moría, se las quitaste todas. Todas. Le dabas dulces en su lugar, y le inyectabas agua. Entonces comenzó el deterioro, a una velocidad vertiginosa. Se le cayeron el pelo y las uñas. Se le partieron los labios. Envejeció de pronto, no podía caminar. Y tú veías el éxito venir, nadie sospechaba, el doctor decía, Tarde o temprano tenía que pasar, los medicamentos sólo estaban retrasando lo peor, pero al parecer, ya no funcionan.

Volvió a ti el alemán, pues por esos tiempos se había alejado, creyéndote débil e inmaduro, pero apenas se enteró que tu madre estaba en las últimas, se enamoró otra vez. Rehicieron los planes, las cuentas y los viajes. Te revolcabas con él y soñabas con tu madre, revolcándose también, pero en el dolor de su cama. Habías empezado a hartarte. Desde hacía seis meses no le dabas medicamentos, y todavía no se moría. Tu hermano había empezado a sospechar, y se metía a tu casa por la puerta de atrás. Un día descubrió el frasquito de las medicinas, olorosas a chocolate. Por fortuna no lo dejaste probarlas. No ves lo caras que están, apenas si me alcanza para comprárselas. Tu madre se había asustado con los gritos. Entraste en la recámara, luego de correr a tu hermano, y le acariciaste la cabeza, mientras la engañabas, Todo va a estar bien, te vas a recuperar, vas a ver.

Y al fin, aquella mañana ella misma te había dado las instrucciones de qué hacer cuando muriera, cómo quería su ataud, qué vestido quería traer puesto. La escuchaste atento. Se pasaron el día juntos. Cuando le llevaste las pastillas, te tiró la charola, furiosa, y te gritó, Para qué, si no sirven para nada. Tú te quedaste temblando. Era verdad que habías puesto en marcha aquel plan maligno sin que nadie te obligara, pero te aterrorizaba la idea de que alguien te descubriera, peor si era la propia víctima. Hiciste un segundo intento, Pero mamá, son por tu bien, para que te pongas mejor, y te agachaste a juntarlas, pero tu madre otra vez gritó, Cállate, no quiero nada. Bueno, allá ella. Se pasó el día entero en la mecedora, sin hablarte, sin mirar nada, sin moverse siquiera. Llegada la noche, murmuró, con una voz débil, de moribunda, Llévame a acostar. Dejaste la revista que leías en el sillón, y la cargaste hasta la cama.

La arropaste y le acomodaste la almohada. Ya te ibas, para acostarte también, pues te hayabas fastidiado por la falsa promesa y la espera eterna, cuando te detuvo, tomándote de la mano y negándose a soltarte. Se le empezaron a cerrar los pulmones. Sentía la muerte ahí, acostada a su lado, acariciándole el rostro, invitándola, Vente, vámonos, mientras ella le respondía, Espérame, dame un minuto. Te clavó los ojos, y tú le evadías la mirada, A ver mamá, no te sientes bien, verdad, deja llamo al doctor. Ella dijo No, ya no lo necesito. Entonces capturó por fin sus ojos. Se quedaron así, tú pidiendo disculpas, con las lágrimas a punto de salir, ella conteniendo a la muerte. Al final, con el último suspiro, pronunció tu propia sentencia:

-Ojalá que disfrutes mi casa y mi dinero, cabrón.

Y murió.

(FIN)

8/9/07

Los profetas (parte uno)


Era una suerte que se supiera la misa de memoria, porque aquella mañana no había podido concentrarse. No escuchó ni una palabra de lo que dijo el padre, pero se ponía de pie en el momento adecuado, se persignaba cuando había que hacerlo, y se daba los habituales golpes de pecho como la más arrepentida de las pecadoras, pero su mente no estaba ahí, en la iglesia. Se había quedado, su mente, en la cama, entre las almohadas, ya a esta hora lisas y en su lugar, encima de la cama impecable. La razón, simple: su pesadilla. Era la misma pesadilla de siempre. Pero ahora, de alguna manera, ya no era igual. Ahora la sentía más como una premonición, un aviso, o un anuncio de lo inmediato. Ya no sentía que faltara mucho tiempo. Esa misma tarde, quizá, se acabaría el mundo.
Su madre le dijo toda la vida, Julia, te vas a volver loca si crees en todo lo que sueñas. Por eso la niña Julia había terminado convencida de que, a pesar de soñar lo mismo todas las noches, no debía creer que algún día se volvería realidad. El fuego, la sangre y la muerte en sus sueños ya no la afectaban, y vivía su vida como cualquier mujer decente debía vivirla, a sus 37 años. Tenía su casita en un edificio humilde, cuidaba de su madre, pues como la hija menor le correspondía hacerlo hasta su muerte, no hablaba con los hombres, ni pensarlo, iba al mercado cada tres días, preparaba el desayuno, la comida y la cena, y acudía a misa a rezar por la salvación del alma de su madre y de la suya propia. Su hermano mayor, el ingeniero, las mantenía, como debía hacerlo por ser el único hombre de la familia. No era muy bueno su hermano. Ya la había amenazado: nomás se muere nuestra madre, Julia, y te vas a tener que poner a trabajar, no voy a mantener viejas güevonas. Julia pensaba en esto cuando terminó la misa, y sonrió. Ni va a tener que preocuparse, pensó, porque el mundo no va a durar hasta que se muera mi mamá.
No iba a comentarlo con nadie. Imagínate, ir diciendo por ahí que soñó que el mundo se iba a acabar por la tarde, ni pensarlo. O creerían que está loca, o enloquecerían ellos. Pero, ¿y si dios la responsabilizaba por no decir nada? ¿Qué tal si, en las puertas del cielo, dios la detenía en seco y le decía que no podía entrar porque no había cumplido con su misión? Patrañas, dios elegía a gente mejor preparada y con muchos más sesos para sus misiones. Además, sería su culpa, por no haber sido claro. Ella sólo soñó que el mundo se acababa, no que debía pregonarlo por el mundo para que la gente se preparara. Iba doblando en la esquina cuando lo vio. Era alto, moreno, con la barba crecida y los ojos vacíos, andrajoso y pestilente. Con una campana medio oxidada trataba de llamar la atención, y cuando se percataba que la gente volteaba a verlo, les decía, con toda la determinación que su euforia le permitía, ¡El fin está cerca! ¡Muy cerca! Julia se le quedó mirando, asombrada. Y el profeta incomprendido también la miró, pero cuando captó sus ojos, dejó caer la campana de su mano, y se quedó petrificado, observándola. Julia sabía. Sabía que él sabía. Jamás lo había visto, pero lo reconoció de inmediato, creyó que así funcionaban los designios de dios. ¿Qué haría con él, ahora que lo había encontrado? Ni siquiera sabía que tenía que encontrarlo, pero ahora que estaba frente a él, y que él se había detenido frente a ella, todo le resultaba bastante claro. La pregunta ahora era Para qué. Y el problema era que faltaba poco tiempo.
Se acercó con cuidado, como si el hombre pudiera lanzarse contra ella y morderle el cuello en cualquier momento. Pero él no hizo movimiento alguno, se quedó inmóvil, esperándola, y cuando la tuvo a un palmo, siguió sin hacer nada. Julia lo miró de arriba a abajo. Su olor era insoportable. Le faltaba un diente. El bigote y la barba crecían, desordenados, bajo sus propias reglas, y no llevaba ropa interior, a juzgar por la notable erección del hombre. Aquello podía ser una señal, porque Julia notó enseguida que la erección del hombre, torcida a la derecha, señalaba en dirección a su casa. Lo tomó de la mano, y dirigiéndolo con cuidado, se lo llevó todo el camino hasta su casa. Pasaron por ahí unas mujeres de la iglesia y la saludaron. Cuando estuvieron fuera del alcance del oído de Julia, murmuraron, Mira la muchacha, que alma tan bondadosa, recogiendo locos. El hombre no habló más en todo el camino. Julia se cubría la cabeza del sol con su chal, y caminaba despacio, para no espantar al profeta callejero. Tenía ganas de preguntarle cosas, de compartirle sus sueños, de decirle, Somos iguales, pero no dijo nada. Sólo caminaron en silencio, todo el tramo, hasta el edificio donde vivían Julia y su madre.

(CONTINÚA)

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[Segunda parte]

3/9/07

Que bonita boda (primera parte)



1. La novia

El salón está a reventar. Todos los que fueron invitados, vinieron, todos los asientos están ocupados, y además, hay gente en la pista, bailando, conversando, tomándose una cerveza. La boda ha sido un éxito, los fotógrafos no se dan abasto con las personalidades que aparecen, inesperadas, en el cuadro, y las luces de los flashes parecen ir acordes con el ritmo de la música. Vaya, hasta hay gente alrededor de la piscina, quién sabe si con intenciones de meterse, de refrescarse un poco, a nadie se le avisó que podían traer traje de baño, por eso, asumen, tampoco se puede uno meter al agua. Qué importa, hay trago, música, y muchos, muchos solteros. Ella va de un lado a otro, saludando a quienes conoce, siendo interceptada también por los que no conoce, quienes la felicitan, le dicen, Que bonita quedaste, que bonitas las mesas, que rica la cena, todo perfecto, muy bonita boda, cásate más seguido. Le duelen las mejillas de tanto sonreír. Va de un lado a otro, a veces por su propio pie, a veces guiada por la mano de su hermana que le quiere presentar al novio de Anastasia, o la trae de la mano la nuera para que conozca a la tía que vino de Calcuta, qué andaba haciendo por allá, sólo ella sabrá, a Diana no le importa, no pregunta, lo único que dice es Gracias por venir, gracias por venir, luego la llevan, el animador del grupo musical invita a la novia al centro de la pista, Que pase la novia, y Diana, fascinada, extasiada, a punto de reventar de tanta y tanta felicidad que se le sale por todos los poros, pasa, y baila, a su alrededor todos aplauden, y el animador vuelve a intervenir, Ahora que pase el novio a la pista, se escuchan más gritos, chiflidos invitando al novio para que baile también, pero el novio no aparece, no está, nadie sabe dónde anda, No está, pregunta el animador, alguien grita, Está en el baño, la carcajada es general. Diana sabe que a Raúl no le gusta bailar, que no le gustan las fiestas, que no le gustan las multitudes, y que el pobre aceptó pagar la boda a pesar de todo, tanto ha de amarla.
Logra escaparse de las manos y las voces que la llaman. Está exhausta. Se sienta en una jardinera, el vestido pesa como no se imaginó jamás, muere de calor, le pide a un mesero una cerveza. Consigue borrar por un instante la sonrisa de su rostro, y sus músculos faciales toman un respiro. Que bonita boda. Hasta ahora no había pensado, si era una buena decisión, si no se habría precipitado. Casi no conocía a Raúl. Fue su secretaria un tiempo, hasta que de pronto, sin siquiera saber su nombre, se le acercó con timidez un día, y la invitó a cenar. Ella aceptó, gustosa, pues desde que lo vio le pareció atractivo. Quién sabe si por sus finas facciones o por sus múltiples cuentas de banco, con muchos ceros, heredadas por el magnate que había sido su padre. Y a pesar de que era él quien la llevaba, que al cine, que al teatro, que al restaurante más caro de la ciudad, que a la fiesta más privada, siempre parecía que era ella la que lo estaba cortejando. La que le buscaba los ojos para darle un beso, la que le tomaba la mano o le proponía un tema de conversación. Él nunca hablaba de asuntos personales. Debía ser Diana la que intuyera que estaba preocupado, enojado o triste, y entonces se encargaba de consolarlo. Le tomó un cariño muy maternal, que jamás se transformó, ni se transformaría, en amor. Pensó en esto cuando Raúl le propuso matrimonio, con su frialdad e impersonalidad características. Creía que, como en los cuentos de hadas, un día llegaría un valeroso caballero a resolverle la vida, a llenarla de pasión y de caricias, aspecto en el que por cierto era Raúl muy torpe y brusco, y sería ella la mimada, la consentida, la princesa. Qué importaba. El dinero podía comprar mucha felicidad.

[Continúa]

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[Segunda parte]

22/7/07

Los esclavos



Suena la alarma de su reloj de pulso cuando la telenovela está mejor. Rebeca la apaga y se dice a sí misma, Ahorita voy, ahorita que pase un comercial. Deja pasar tres minutos más, tan pequeño tiempo no puede traer mayores consecuencias. Y es que le han revelado a Isabel Cecilia que Rubén Alberto es su verdadero hijo, no Armando Manuel. Ay no, ya se terminó, piensa, cuando ve correr la cortinilla de los créditos finales en la mitad de la pantalla, mientras en la otra el titular del noticiero estelar da un avance de los acontecimientos que según ellos conmovieron al día. Rebeca se levanta a toda prisa. Saca del tocador las ampolletas de su madre, y descubre con horror, que sólo le queda una. Y ahora no están para comprar más, tan caras que son. Tendrá que consultarlo con Ernesto, ahorita que llegue. Mientras prepara la jeringa, el algodón, el vaso de agua que debe tomar su madre para tranquilizarse después del inmenso dolor que le provoca aquello. Toca a la puerta, como siempre. A lo lejos, se escuchan las preliminares del partido de futbol de esta noche, juega la selección. Fernandito corre desde el patio, no se quiere perder el juego. Hasta Nancy, la pobre, deja a un lado su libro con la tarea y se hipnotiza con la pantalla brillante. No tarda en llegar Ernesto.
Saluda a su madre como si fuera una enfermera y no su hija, de una manera impersonal y áspera. Cómo está, mamá, le pregunta, y la mamá ni siquiera puede responder. Apenas se oye un desganado Bien, hija, y nada más. Le lleva sus dos pastillas en una charolita y la inyección ya preparada. Doña Isabel trata de erguirse un poco, mas le es imposible. Está más débil que otros días, ya no consigue ni mantener los ojos abiertos. Rebeca introduce la aguja en el catete del suero, y la incorporación del pesado líquido en sus venas la hacen fruncir el ceño, emitir un gemido inaudible, apretar el otro puño. Pero ya, todo termina pronto. Rebeca le acerca el vaso de agua a los labios, le dice, Duérmase ya, eh, y sale de la recámara. A ella tampoco le gusta perderse las preliminares.
Con la respiración agitada y el cabello mojado, porque afuera llueve, llega Ernesto haciendo un escándalo. Ya empezó, ya empezó, le pregunta a Fernandito, quien le contesta, entusiasmado, No papá, apenas están los comentaristas, y lo empuja hacia un extremo del sofá. Es lógico que el jefe de la casa tome el lugar del centro, del que mejor se ve la pantalla plana, recién adquirida, de 32 pulgadas y sonido envolvente. Cuando la trajeron, Rebeca pensó que era la mejor televisión que había en el mundo. Y debía ser, por lo que le costó a Ernesto, quien después de un año, no llevaba ni la mitad de la cuenta pagada. Eso era malo, porque ya habían amenazado con embargar si no se liquidaban los retrasos. Sería terrible. Habían por fin conseguido el dinero, casi por milagro, Rebeca tuvo que lavar y planchar ajeno todo el mes, montañas de ropa por toda la casa que le dejaron las manos destrozadas. Ernesto dobló turnos en el microbús, y daba sus vueltas a toda velocidad, incluso se salía de la ruta para tomar atajos, pero, entre más vueltas daba, más le pagaban. Hasta Fernandito y Nancy elaboraron una rifa falsa de un juego de video en la escuela, donde ganó el primo inexistente de la amiguita de Nancy. Pero no se había acordado de las medicinas de su mamá.
Le había advertido el médico que las dosis de su madre eran indispensables, que la falta, incluso el retraso, de una sola, le podría causar agravamientos mortales. No le había dado mucha esperanza. Le confirmaba en cada consulta el retroceso de su estado, le aconsejaba que fuera preparándose, porque los gastos del funeral son fuertes y más que indispensables, y que la necesidad de féretro, fosa y papeleo podía surgir en cualquier momento, uno de estos días. Pero ahora no quería pensar en eso. El partido había comenzado, la cena estaba caliente y Ernesto hambriento. Le puso una de las mesitas que tenían para comer en la sala, le sirvió el caldo y el guisado juntos, para que cupieran en el plato, y un enorme vaso de cocacola. Ernesto, eufórico, no despegaba los ojos ni un segundo del televisor, metía la cuchara en el plato sin voltear a verlo, y gritaba cuando la selección se acercaba a la portería contraría, regando comida por todo el suelo. Fernandito, a su lado, estaba contagiado por su fervor, ni siquiera entendía muy bien lo que era el futbol, sólo sabía que quien metiera más goles, ganaba, que eran los mismos conocimientos que su madre tenía del dicho deporte. Nancy, desde la mesa y con el lápiz todavía en la mano, seguro le faltaba muchísima tarea, tampoco podía voltear la cara, lo ideal hubiera sido que se retirara a su recámara, sin televisión, cerrara la puerta y se concentrara. Pero Rebeca, piadosa como siempre, le preguntó, Te falta mucho, mija, y la hija, Algo. Rebeca sonrió y la invitó, Vente, 'orita terminas eso. La niña saltó de la silla y se fue a sentar al lado de su papá, con una sonrisa de oreja a oreja.
Eso le gustaba de la televisión, que unía a la familia. Aunque fuese sólo por las noches, todos se reunían en la sala a ver el partido, un programa de comedia, uno de concursos, lo que sea, aquel aparato tenía el mágico don de unificar lo fragmentado, de conciliar lo alterado, de juntarlos y hacerlos felices como la bonita familia que eran. Aunque después, ya apagado el aparato, Fernandito siguiera con su mutismo inalterable y con su incapacidad para hacer amigos, Nancy volviera a la triste realidad de la escuela y su falta de talento para ella, y la inminente posibilidad de tener que repetir, una vez más, el cuarto año; Ernesto siguiera pensando en las deudas por montones y en las cuentas por pagar, además de mantener también a su amante y a su otro hijo, recién nacido, con el salario miserable de un microbusero, y Rebeca continuara angustiada por las sospechas, por vivir encerrada en esas cuatro paredes sin poder salir nunca, esperando paciente a que todos llegaran, de la escuela o del trabajo, para unirse en torno de su amo, de quien dependía su felicidad y su armonía. Estaba decidido. Mañana iría a dar el abono de la televisión. Las medicinas de su madre podían esperar, digamos, hasta el siguiente mes.

(FIN)

3/7/07

Los días que le queden



Guadalupe Pérez llega todos los días a las 6 de la tarde a la misma esquina transitada del centro de la ciudad. Viste siempre su chal morado, su falda blanca, amplia, sus lentes gruesos, sus zapatos negros cerrados y viejos. Trae consigo el vasito de plástico blanco, una bolsa misteriosa de nylon, y su bastón para caminar. Se coloca en el lugar exacto, y sin decir una palabra, deja la bolsa de nylon entre sus pies, se recarga en su bastón, y sosteniendo el vasito de plástico, estira el brazo. Y ya, a esperar. Trata de dirigir, junto con sus ojos casi cerrados, el vasito hacia los transeúntes, que pasan, pasan y pasan, la mayoría sin voltearla a ver siquiera, como si no existiera, como si fuera parte de la decoración de la ciudad, otra vez infestada de vagabundos, de limosneros, de parásitos sociales, según muchos, porque impera la ley del sálvese quien pueda, hagan lo que quieran para no morir de hambre, todo se vale. Algunos deciden robar, no sólo los bolsos de las damas en las calles, sino mediante fraudes a socios bien intencionados, o jugando con las finanzas de la compañía; otros, prefieren comerciar con objetos insólitos, dijes de la santa Muerte, calcetines para el frío o para el calor, películas para adultos que no sólo venden a adultos, sino a quien pueda pagarlas. Guadalupe Pérez no puede hacer nada de eso. Tiene órdenes precisas de no invertir. Una vez sugirió comprar una cajita de chicles, en uno de sus extraños momentos de lucidez, y subirse al metro, como lo hacían su comadre Petra, pero no, la mafia era enorme, y un gasto en eso es, dice su hijo, un desperdicio de dinero. A su edad, que ya ni ella misma recuerda, se le ha vuelto muy difícil ver de noche. Está atenta a las sombras que le pasan por enfrente, y al sonido que hace la moneda al caer al fondo del vaso, que jamás se llena. Apenas cae una, y Guadalupe le da la vuelta al vaso, para que la moneda caiga en su mano, y se la echa en el bolsillo. La mayoría son monedas pequeñas, es muy rara la vez que caen cinco o diez pesos, pero pasa todas las noches. La bondad de la gente, la necesidad de ayudar, es quizá el remordimiento de la conciencia, de saber que todos los días viven envueltos en la corrupción y la explotación, y que no mueven un dedo para remediarlo, al menos ayudo a la ancianita, pobrecita, ha de estar muerta de frío. Y de hambre. Pero no. Guadalupe Pérez no siente frío, ni hambre. Su estómago se ha reducido, su piel ya no es sensible al clima externo, ya nunca tiene frío ni calor. Un pan con café por la mañana, y un plato de sopa en la tarde, son suficientes para calmar las tripas todo el día. Ya se va haciendo tarde. Pasa casi cinco horas en la misma posición, sin decir palabra, alternando el vasito y el bastón de un brazo a otro, para no cansarse tanto. Está a punto de irse, cuando una mujer se detiene frente a ella, en ocasiones sucede, que le intenten decir algo, que la noten ahí parada y que descubran una persona de carne y hueso. Buenas noches, señora, cómo está. Guadalupe Pérez siempre hace lo mismo cuando esto sucede: se queda quieta, callada, con la mirada perdida. Sin embargo, la mujer no espera respuesta, está abriendo su cartera, saca un billete, lo mete en el vasito y le dice Ya váyase a su casa. Descanse unos días. Y desaparece. Es un billete de quinientos. Ella lo sabe porque de estos sólo le han dado tres veces, contando la de hoy. Se detiene en las escaleras del metro, saca el billete de su mandil y abre la bolsa de nylon, busca un viejo trapo, sucio y roto, lo desenvuelve y mete el billete, juntándolo con los otros que ahí guarda. No hay tiempo para contarlo, mejor será llegar a la casa ya. La mujer de su hijo la recibe de mala gana. Sólo le quita el seguro a la puerta, y se va. Guadalupe tiene que empujarla, meterse en la casa y volver a cerrarla.
-¿Ora, por qué tan tarde, Lupe?
Su hijo ni siquiera la mira, no puede quitar los ojos de la televisión encendida. Está cenando sobre el sofá, con la mujer de pie a su lado, haciendo guardia, esperando recibir alguna orden. Guadalupe no hace caso, camina en silencio hacia la mesita y vacía ahí el contenido del mandil. Al fin su hijo reacciona, deja el plato de comida, casi vacío, a un lado, y se apresura a contar. Uy, viejita, cada vez me traes menos, le dice a su madre, si sigues así, te vas a quedar sin comer otros tres días. Guadalupe agacha la cabeza. No puede evitar sentir miedo, aunque sabe que pronto todo terminará, pero el temor que siente hacia su hijo, ese se lo llevará a la tumba.
-Sírvele, Berta.
La mujer de su hijo se dirige de inmediato al rincón de la casa que simboliza la cocina, vierte en un plato hondo una cucharada de sopa, ya fría, y lo coloca en la barra que separa la cocina del comedor, gritándole a su suegra, Ahí'stá. Cena aprisa, y sin dar las buenas noches, se va a dormir.
Son las tres y media de la mañana cuando Guadalupe se decide. Ya su hijo ronca a pecho abierto, es imposible despertarlo cuando hace tanto ruido. A tientas, busca su bolsa de nylon, la desata procurando hacer el menor ruido posible, saca el trapo viejo y roto, lo desenvuelve, y descubre su pequeña fortuna. Tres billetes de quinientos, siete de doscientes, seis de cien. Los de cincuenta se los daba a su hijo, para que no pensara que no había gente generosa. Ha tenido que esperar ocho años, desde aquel primer día en que le dieron un billete de doscientos, y se le ocurrió la idea de irse, de abandonar a su hijo, de vivir por sí misma y bajo su propio régimen. Hoy es el día. Con esta pequeña fortuna puede comprarse algunas cositas y venderlas en la Merced, no más pedir limosnas. Puede rentar un cuartucho en la periferia de la ciudad, no le importa. Lo único que desea es pasar sus últimos días, los que le queden, siendo libre, independiente, alejada de las humillaciones que su hijo, ese vividor de mierda, igualito que su padre, le hacía pasar. Se pone su chal, sus zapatos negros, sus gafas gruesas. Abre la puerta, y sale de su casa, con el rumbo bien definido, aunque no sabe a dónde ir. Pero ya no siente miedo, porque ahora es libre.

(FIN)

2/5/07

Las cinco desgracias de Irma (parte final)



5. El hijo.

Siente que todos los ojos de toda la gente van posándose en ella a medida que avanza por las calles retorcidas del barrio, cada vez más vacías conforme va subiendo la loma, lo cual es un verdadero alivio para ella. Y es que el rumor se extendió más rápido que el fuego. La madre vendía a los hijos, y a todos los escuincles que había ido recolectando a lo largo de su amarga vida. Se los llevaba a la ciudad y los rentaba, para fotos, videos o uso personal. Hasta eso que le pagaban muy bien, pero sabía moderarse, tenía contactos que le ayudaban a administrarse, a pagar a quien tenía que pagar y a firmar con el nombre que debía firmar, pero un día no pagó a quien tenía que pagar y no firmó con el nombre que debía firmar, y por eso la agarraron, no por otra cosa. Mala suerte, quizá.
Acá arriba, en el silencio y la soledad del cerro, alcanzaba a escuchar un llanto ahogado que se le escapaba de la mochila colgada en la espalda. Miró hacia atrás. Nadie la seguía. Entonces nadie había escuchado. Se interna entre los árboles, fuera de los caminos de terracería que con seguridad conducían a algún sitio, y busca el lugar idóneo para, de una vez por todas, acabar con su maldición, con su cadena, y ser libre por siempre jamás. Encontró una diminuta cueva, detrás de la parte poblada del cerro, cubierta de ramas y hojas secas. No había basura, por lo que no debían ir personas muy seguido para allá. Se arrodilló, se quitó la mochila y la abrió con cuidado. El llanto se escapó con toda su fuerza y resonó en el hueco de piedra frente a ella, pero a Irma no le importó: ahí nadie lo escuchaba, y no iba a durar mucho.
Buscó una piedra. Una piedra grande, filosa, y de ser posible, no tan sucia. Pero luego se arrepintió, si se manchaba de sangre sería difícil huir sin levantar sospechas. Además, sentía que la sangre de bebé jamás se le iba a lavar de las manos. Buscó una raíz o un bejuco flexible con el cual poder estrangular el cuello, interrumpiendo la respiración y por consiguiente, el incesante llanto que ya la comenzaba a irritar. Encontró uno perfecto, que parecía resistente. Envolvió el cuello de su hijo con la enredadera, y apretó. Pronto el llanto se fue opacando, los párpados apretados del niño y la boca abierta se tornaban de un color azuloso insoportable. Irma dejó de apretar cuando ningún sonido salía de la boca, pero no reparo en que los bracitos continuaban debatiéndose, así que cuando soltó el bejuco, el llanto volvió, precedido de una tosesita que, bajo otras circunstancias, a cualquiera le habría parecido cómica.
No puedo, se dijo, irritada, frustrada y agobiada por su cobardía. No era que odiara a su hijo, sino que no lo quería, no quería verlo feliz ni tampoco verlo sufrir en un mundo ingrato, no quería saber que andaba por ahí, quién sabe dónde, quién sabe con quién, haciéndo quién sabe qué; no quería que la conciencia le dijera por las noches, Qué habrá sido de él, porque sabía que un día se iba a levantar, así, de madrugada, y lo iba a ir a buscar, a encontrarlo, no porque lo quisiera, sino para enterarse que, en efecto, estaba sufriendo, por no tener papás, por no tener dinero, por no tener casa, o por lo que fuera, iba a sufrir, y ella, sólo ella, iba a ser la única culpable. En cambio, muerto, no había de qué preocuparse. Los muertos se mueren y se olvidan, y no hay que ir a ver cómo están, porque de su tumba no se salen y en ella nadie los molesta. Pero ahora que le había visto el rostro, ahora que le había escuchado el llanto, no se atrevía a acabar con él. Ya no.
Por eso se resignó. Haría de cuenta que ahí nadie lo encontraría, que se moriría de hambre y que la misma naturaleza se encargaría de finalizar lo que ella había comenzado, sin quererlo, sin desearlo, sin planearlo. Era inocente. Se levantó, con el llanto del hijo retumbándole en la cabeza. Dio un paso hacia atrás, luego otro, luego se dio la vuelta y caminó como quien camina a su libertad.
Y fue libre. Aunque algunas noches, sola en la cama o acompañada, le parecía que el viento traía hasta su ventana el llanto de su hijo, desde aquel lejano sitio, desde aquel lejano tiempo.

(FIN)

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[Primera parte]

[Segunda parte]

25/4/07

Las cinco desgracias de Irma (segunda parte)



3. El doctor.

La "total discreción" del anuncio significaba no poder verle la cara al doctor que en ese momento le pedía que se recostara en la camilla -una base de piedra cubierta por un colchón imperceptible y una sábana azul, carcomida por el tiempo y manchada de sangre seca-, ni conocer su nombre, ni nada. A ella tampoco le pidieron el nombre, cuando llegó, sólo dio su clave, su número de cita, y pagó. Con eso fue suficiente. La secretaria, distraída, le dio a firmar una carta donde los eximía de toda responsabilidad, a los empleados, doctores, y a todo el personal de la clínica, en caso de "acontecimientos desafortunados, fuera de nuestro control". Irma, con un valor poco común en ella, producto del mismo nerviosismo, se aventuró a preguntar, Y si no firmo. Fue entonces que la secretaria levantó la cara, la miró a los ojos, hizo una mueca de enfado y contestó, Si no firma, se va. No tuvo más remedio.
Estaba temblando. No podía ocultar el miedo que sentía, la respiración agitada, las contracciones en su cara. Cuántos años tienes, muchacha, le preguntó el doctor con una voz gruesa, pausada, que a Irma le pareció fingida desde la primera hasta la última letra pronunciada. Dieciocho, contestó. El doctor se rió. Sí, cómo no. Irma volteó el rostro, miró el cuartucho donde la habían metido, la bata olía mal, o quién sabe si era la sábana, o la mesa donde el presunto doctor ahora ordenaba los instrumentos que utilizaría durante el proceso de interrupción del embarazo. El doctor era alto, sus ojos parecían ausentes, su cuerpo era robusto, y lo único que lo hacía parecer un doctor era el tapabocas, porque iba vestido con una camisa azul marino -también manchada de sangre- y un pantalón de mezclilla negro. Estaba husmeando en el pequeño refrigerador que había en una esquina. Sacó una lata de cerveza y la abrió. Irma dedujo que, de espaldas a ella, se había levantado el tapabocas y le había dado un trago largo a la lata. Aah, exclamó, volviéndose a cubrir la cara y mirando a Irma. Quieres algo de tomar, le preguntó. Ella movió la cabeza con rapidez, ahora estaba más nerviosa que cuando había llegado, quería que aquello empezara de una vez para que acabara pronto. Pero el doctor había decidido sacarle plática. Relájate, niña, vas a ver que todo va a estar bien, te vamos a quitar esa carga y luego vas a poder seguir trabajando, o estudiando, o prostituyéndote, o lo que sea que hagas, al fin y al cabo, cada quien su vida, ¿o no? Irma cerró los ojos. Empiece ya, por favor, murmuró, pero el doctor la escuchó, volvió a reir.
-Ah, tenemos prisa. Bueno, empecemos. Abra las piernas.
Irma hizo caso. Apretó los párpados tanto como pudo, mientras se escuchaba el choque de los instrumentos metálicos que el doctor maniobraba, como si no se decidiera con cuál comenzar. Irma sentía que el aire no le alcanzaba a entrar por los pulmones, que el pecho le iba a reventar, pero estaba decidida a no pensar. Era su única salida.
Justo cuando sintió el filo de algo puntiagudo y frío introduciéndose en su vagina, escuchó un grito en el otro cuarto -la recepción, dijo la secretaria-. Doctor, doctor, y el doctor retiró con violencia el aparato ese, provocándole a Irma una diminuta herida, que la movió a incorporarse sobre la cama de piedra y clavar los ojos en la puerta. Entraron los policías, uno tras otro, todos con el arma en alto, apuntándole hasta a los focos, y gritando, Revisen todo, Dónde están los otros, Agarren a ese, cuando el doctor trató de echarse a correr y lo detuvieron tres o cuatro uniformados, dándole fieros macanazos. Irma no sabía si tenía más o menos miedo ahora, con el reducido espacio invadido por policías. Uno se le acercó, con una sonrisita paternal, y le dijo, Justo a tiempo, señorita, la salvamos.

4. La madre.

No hubo un sólo día, dentro de los siete meses siguientes, en que su madre se aguantara las ganas de regañarla por la estupidez -así lo dijo- que había querido hacer. Irma no hacía más que decirle a todo que sí, porque no tenía más remedio. Sin trabajo, sin marido, y con la barriga a punto de reventar, su madre era la única que podía darle asilo y apoyo. Me lo dejas a mí, si no lo quieres, sea niño o niña, yo sabré qué hacer con él, le repetía, cada vez que le veía intenciones de aventurarse a repetir la hazaña. A estas alturas ya se había resignado. Se apretaba el vientre con las uñas, odiando su suerte y al patán que la había orillado a eso, que le había arruinado la vida.
Se sentía como una prisionera. Su madre la dejaba todo el tiempo al cuidado de Georgina, la madrina de Irma y de Magdalena, quien no la dejaba salir ni a la esquina, la cuidaba como quien cuida a la reina de España. Se limitaba a ver al mundo por la ventana, ansiosa del día en que se desharía de la carga indeseada y sería libre de nuevo. Se iría lejos, lejos de todo lo que conocía y de todos a los que conocía, y no volvería jamás. Se olvidaría de su marido, de su hermana, de su madre, y de ese hijo que se había visto obligada a traer al mundo.
Por alguna razón el comportamiento de su madre le parecía extraño, sospechoso. La casa estaba llena de niños y niñas pequeños, hermanos o medios hermanos de Irma que jamás había conocido, pues muy chica -uno o dos años-, su padre se las había llevado, a ella y a Magdalena, a la capital, y no habían conocido a su madre hasta hace apenas unos años, cuando su padre murió y les dijo, en su último aliento, Vayan a perdonarla. Jamás había hablado de ella, hasta esa vez. Y así, sin conocerla, la acogió en su hogar, donde vivía sola con ese mundo de niños retraídos, silenciosos, víctimas de una severidad absoluta e indolente, sin duda. En realidad, poco le importaba. Apenas diera a luz, se iría de ese lugar para siempre.
La despertaron los dolores del parto. La comadre Georgina le puso trapos fríos en la frente y le dio su mano para que la apretara mientras llegaba el taxi que las llevaría al hospital. Todo pasó muy rápido, le pareció a Irma. El vehículo no demoró ni cinco minutos en llegar, una camilla ya las esperaba, rodeada de un pequeño grupo de paramédicos. Las luces de la sala de parto eran deslumbrantes, no podía percibir nada más que los ojos asomándose entre las máscaras azules, brillantes, de la gente que la rodeaba. Los dolores, esos sí, los sentía en todo el cuerpo. Alcanzó a escuchar el gritito del bebé, traído al mundo sin que nadie quisiera, ni él mismo, y cuando le preguntaron, Quiere verlo, contestó que no, y se quedó dormida.
La siguiente mañana, había un escándalo en el hospital, justo frente a su puerta. Abrió los ojos y levantó la cabeza, para ver qué pasaba. Unos hombres, tres en total, rodeaban a su madrina Georgina, uno de ellos tomándole las manos por la espalda, mientras la mujer se debatía dando patadas al aire y gritos desgarradores, y los otros intentaban calmarla. Al fin pudieron someterla, y llevársela, mientras uno más, salido de las sombras, entraba en el cuarto y le preguntaba si ella era fulana de tal, a lo que contestó que sí. Le informamos que su madre fue detenida esta mañana, le dijo, y usted debe presentarse a comparecer la semana entrante, dado su estado hacemos esa consideración, si no nos la lleváramos también, le dijo. Pero por qué, preguntó ella. Se le acusa de explotación sexual de menores, pornografía infantil, extorsión, fraude, prostitución -también infantil-, y un largo etcétera. El agente dejó un sobre en la mesa y se fue. Irma suspiró hondo, y se encajó las uñas en el vientre, ya vacío, con un odio profundo.

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[Primera parte]

[Parte final]

22/4/07

Las cinco desgracias de Irma (primera parte)



1. El marido.

Ya no sentía mareo alguno, sólo restos de una sensación desagradable en la garganta, y un ligero dolor de cabeza. Pero no era tan tonta como para dar media vuelta y regresar a la casona donde trabajaba, menos ahora, que la patrona se había mostrado tan condescendiente y piadosa, Te sientes bien, Irma, le preguntó apenas la vio, Irma creyó no haber escuchado bien, Mande usted, señora, Que si te sientes bien, mujer. Irma mintió, pero la señora Lidia no iba a permitir que una muchacha cualquiera se vomitara en su baño, por ejemplo, o peor aún, que rodara por las escaleras, desmayada, y la acusaran de homicidio imprudencial. Le checó la temperatura (Estás fría como el hielo, niña), las pupilas, la garganta, en busca de no sabía qué, porque nunca había estudiado primeros auxilios, mucho menos enfermería. Le bastó embarrarse la mano del sudor frío de la muchacha para darse cuenta que, al menos ese día, no iba a trabajar.
Ahora que se le habían pasado los dolores podía aprovechar para, quién sabe, ir al cine, salir al parque, o a un antro, incluso, dependía en gran medida del humor de su marido, por estos días ha estado deprimido, estresado, lo pone mal no conseguir trabajo, quedarse el día entero en casa, a la espera del inclemente teléfono que nunca sonaba. Pobrecillo, pensó, lo voy a llevar a pasear. Iba al fondo del vagón, esperando con paciencia la siguiente estación, faltan cinco, faltan cuatro, faltan tres, le da alegría tener el día libre, va haciendo planes, ya ni se acuerda ni se preocupa por el mareo matutino, habrá sido que salió de casa sin desayunar, tal vez, o las quesadillas de anoche, era muy tarde, lo que haya sido, no importa ya, el dolor se fue, hay que disfrutar del tiempo que tenemos libre, porque no es mucho.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Sólo contestaba, Nada, aquí me la paso, y cambiaba el tema. Tal vez salía, tal vez se quedaba dormido hasta el mediodía, quizá se ponía a ver esa pornografía rara que le había descubierto un día, sin querer casi. Iba pensando en esto, iba pensando que hoy lo descubriría, porque él no la esperaba, ella no había avisado, quería darle una sorpresa, sentía la imperiosa necesidad de hacerle un detalle así. Subió las escaleras en silencio, hasta se emocionó, le temblaban las manos. El pasillo de su piso estaba vacío, qué suerte, así ninguna vecina arruinaría la sorpresa. Metió la llave en la cerradura con sumo cuidado, la giró muy despacio, entreabrió la puerta poco a poco, para que no rechinaran los goznes, hasta donde calculó que ya le cabía el cuerpo para pasar, y pasó. Escuchó ruidos raros. Hubiese jurado que eran gemidos, golpes, gritos incluso. Sintió algo de miedo. Se puso nerviosa. Llegó hasta la recámara, y los vio: el cuerpo sudoroso, desnudo y moreno de su marido, disfrutando de un brinco tras otro encima del cuerpo sudoroso, desnudo y moreno del vecino del 4.
Su marido nunca le decía qué hacía en las mañanas. Ahora sabía por qué.

2. La hermana.

Magdalena abrió la puerta y recibió a su pobre hermana con un abrazo escueto, frío y obligado. Nunca le había caído bien, pero era su hermana, no podía decirle que no. Ella no. Pero su marido sí.
Le contó que le hizo un escándalo. Que le abrió la cabeza al muchachito del 4 -un jovencito flacucho e introvertido que siempre le pareció sospechoso- con un florero, que los sacó a los dos desnudos hasta el pasillo, para que los vecinos los vieran, mientras gritoneaba desde adentro, Maricones de mierda, hijos de puta, y le rompía plato por plato contra las paredes. Cuando hubo roto todo lo que pudo, sacó del ropero una maleta grande, con llantas, y metió dentro su ropa, sus papeles, su dinero, y se fue. Los vecinos ahí estaban, todavía en el pasillo, pero su marido y el vecino del 4 se habían metido en el departamento de éste, lo supo por el rastro de sangre, quién sabe si a continuar lo que la mujer loca les había interrumpido. El caso es que no la siguió, ni le salió al paso, ni le pidió perdón, ni nada. Por eso Irma, destrozada, no tuvo más remedio que acudir con su hermana.
Cuando llegó se empezaba a sentir mal. Pronto volvió el sudor, el mareo y las náuseas. La hermana le dio una pastilla, también la revisó, como la señora Lidia, y aterrada, quitándose a los niños de encima -Mamá, tengo hambre, Mamá, quiero unas galletas, Mamá, puedo salir a jugar, Mamá, vamos a la calle-, le tomó el rostro a la hermana en las manos y le preguntó, cuando hubo callado a sus hijos, No estarás embarazada, Irma. Ay, no, qué horror, cómo se te ocurre, estás loca, no lo digas ni en broma. La hermana no lo decía en broma. De inmediato fue a la recámara, sacó una prueba de embarazo y se la extendió a Irma. Hay que salir de la duda, le dijo. Irma, temblando, le tomó la cajita.
Esperaron los cinco minutos que había que esperar. La banda se había puesto rosa. Rosa es que sí o es que no, preguntó Irma, horrorizada. La hermana suspiró, aliviada. Que no, contestó, e Irma se derritió en la silla. Ah, no, espérate, ¿rosa? Irma volvió a erguirse, a temblarle las manos, a sentir que el mundo se le derrumbaba en la cabeza. Rosa es que sí, le dijo su hermana. Ay, no, gimió Irma, y se tapó la cara.
-Pero es maricón...
-Pero te metió el pito.
Justo en ese momento llegó el marido de la hermana, es decir, el cuñado de Irma, y con la pura mirada, sin decir una sola palabra, sin entrar siquiera en la cocina, Irma se encogió de hombros, levantó se maleta grande, con llantas, y se fue, desolada.

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[Segunda parte]

[Parte final]

12/8/06

Buenas noches


No voy a negarlo, ¿para qué? Los odio. A los dos. Y a todos los que son igual que ellos: chuecos, torcidos, pervertidos. Odio cuando llegan juntos, riéndose de alguna estupidez. Odio que se callan de repente cuando me ven sentado en la entrada de mi casa, han de creer que los estoy esperando, pendejos. Como si no pudiera sentarme aquí a pasar el calor, es mi puta casa, puedo hacer lo que me venga en gana. Pero mi hijo cree que no… ¡Que se chingue! Son ellos los que vienen acá, los que invaden mi lugar, los que ensucian con sus porquerías lo que yo construí con mis propias manos. Y ahora resulta que por más que me encabrone, no puedo decir nada. Vienen acá y se encierran en el cuarto hasta que me voy a acostar. El pendejito que trae me ve, y enseguida desvía la mirada el muy maricón, y apenas me saluda con un solemne “Buenas noches”. Cabrón, puto. Yo sólo murmuro algo, cualquier cosa. Antes le contestaba, pero me cansé. La primera vez que él me dirigió la palabra a mí, me sorprendió. Pero bueno, yo no tengo por qué estar hablando con maricones.

A veces los oigo desde la esquina, cuando llegan temprano. Vienen saludando a quienes se les atraviesan, orgullosos de andar por ahí exhibiéndose, como reinas del carnaval. No les preocupa que los vean llegar y entrar a mi casa. Los vecinos se han de hartar hablando de mí, de cómo permito que pase esto en mi casa, estoy seguro, pero eso a mi hijo le importa un carajo. Otras veces llegan más tarde, cuando las calles ya están vacías y yo ya estoy acostado, intentando dormir, soportando esta puta rodilla que no me deja en paz la culera, y soy yo el único que los tiene que aguantar. Aunque, lleguen temprano o tarde, a mí es al que peor le va. Aguanto sus murmullos, sus risitas bobas, los chasquidos de sus puercos besos, las luces que van encendiendo por toda la casa. Pero eso no les basta. No les basta venir acá y hacer un escándalo. ¡Ojalá! Yo no los veo, pero hacen tanto ruido que es imposible no escucharlos… Cuando se meten juntos a la regadera, cuando salen al baño a mitad de la noche… Y escucho también los asquerosos ruidos que salen del cuarto. La cama moviéndose, los gritos ahogados, los gemidos… Que Dios los perdone, a los pobres.

Y, a pesar de todo eso que me hacen soportar, son ellos los que se ofenden. Antes podía tolerarlo, cuando era nada más mi hijo. Lo vi venir siempre, pues. Que no estaba bien el chamaco. Pero ya es otra cosa muy distinta que traiga a otro joto a vivir a la casa. A casa. Y él no entiende. “Hazle como quieras”, me dice el hijo de su reputísima madre. Y me amenaza con irse… Dice que se quedan acá nada más para no dejarme solo, pero que si sigo “haciendo mis caras” –así me dice–, se van a ir. ¡Pues qué mejor, que se larguen…! Aunque bueno… pensándolo bien… Claro, me gustaría que se largaran y me dejaran de poner en vergüenza, pero por otro lado…

Es que yo estoy solo, pues. No tengo a nadie más. Mi mujer me dejó hace años, mis hijas mayores ya están casadas, y ni nietos tengo para traerme uno, pues las muchachas son “modernas e independientes” –mamonas, ¿entonces pa’qué chingados se casaron?–, y el otro es puñal, así que tal vez no viva para ver mis nietos. Fíjate, ni en eso pudo complacerme el cabrón de mi hijo. El apellido se perderá, se acabó, mi único hijo jamás me dará nietos. Qué mierda. Y además, odio a los animales tanto como a los maricas, así que no habría mucha diferencia entre los putos y un chucho o un perico. Bueno, sí: el animal no podría lavarme la ropa, ni hacer el aseo, ni prepararme la comida. Y yo ya estoy muy viejo, chingado. Aparte, mi hijo fue el único que se quedó, a pesar de todo… Yo hice lo que pude para que todos se largaran a la verga, y él se quedó, no sé por qué. Siempre se quedaba. Y pues… no está tan mal. Ya me acostumbré.

Tal vez tenga razón, hombre. No debería ponerme así. Su noviecito no es tan malo, después de todo. A veces me trae bolis de la tienda. En mi cumpleaños me regaló una cachucha. Me tiene tanto miedo que nunca me ha dado nada personalmente, todo lo manda con mi hijo… ¡Ja ja ja! Está bien, que me respete el cabrón. En todo el tiempo que lleva aquí –y ya es bastante…–, lo único que me ha dicho es “Buenas noches”. Tal vez tenga razón mi hijo y sea mejor callarme. ¿Qué me puede pasar? Es que no entiendes, pues, lo feo que es ponerse uno viejo y quedarse solo, solo… Viéndolo así, hasta un simple “Buenas noches” te alegra, un poco, el corazón… Aunque venga de un maricón… Bueno, algo es algo.

(FIN)

18/4/06

Un cadáver y esperanza

Todos los días se levantaba antes del amanecer, se vestía de luto con un chal negro, se amarraba las trenzas, veía que cada vez había más canas en su cabeza y más arrugas surcándole el rostro, y sus ojos más secos, y toda ella iba transformándose poco a poco en un cadáver ambulante que se negaba a entrar en la tumba. No por testarudez, Camelia es, de hecho, muy testaruda, pero ha pasado tanto tiempo burlando a la muerte, retándola, bromeando con ella, que no le asusta, al contrario, la respeta y sabe que su hora llegará en el momento adecuado, no ahora, no sin su hijo.
Silvio le decía que ya dejara eso, que no había logrado nada en todos esos años y que jamás lo lograría, que el gobierno era ciego y sordo y aquí todo está bien, que si en el tiempo de los reporteros y las televisoras no había pasado nada, mucho menos ahora, que ya todos se han cansado de su historia, con tantas guerras y tantas guerrillas, a quién le interesan los lamentos de una madre. Tú no entiendes, le decía Camelia, esta es mi guerra, y tomaba su cartulina, que en su tiempo había sido blanca pero ahora tenía un tono amarillento como el de los papiros, y las letras borrosas ya de tanto sol y de tanta lluvia, de tanto polvo, de tantos años, de tanto olvido, de tanta indiferencia. Silvio en ocasiones la detenía en la puerta, y volvía a decirle, Ya deja eso, vieja, mírate, estás perdiendo, pero ella no escuchaba, y extrañaba los viejos tiempos en que su esposo iba con ella y los dos juntos se plantaban frente al palacio de gobierno, todo el día, con cartulinas y letreros, rodeados de cientos, miles de personas, que exigían la inmediata localización de Rodolfo Navarro, estudiante de ciencias políticas, activista de numerosos grupos sociales, defensor de los derechos humanos y del medio ambiente, desaparecido un día cualquiera bajo circunstancias desconocidas, no había testigos, ni culpables, ni nada, como si se hubiese esfumado en el aire, pero Camelia conocía a su hijo, 24 años juntos le habían enseñado que Rodolfo no era de los que se esfumaban en el aire, al contrario, era de los que enfrentaban, de los que luchaban, de los que alzaban la voz.
Y así, cuando la guerrilla terminó y la “democracia” regresó al país, muchas madres y muchos padres salieron a las calles a exigir que les devolvieran los cuerpos de los hijos para darles un funeral digno. No era secreto que la dictadura los había matado a todos, no podían dejar a nadie con vida, si la desaparición duraba más de una semana era definitiva, jamás volvían. Camelia y Silvio se unieron a la marcha, ciegos de rencor ante lo que les habían hecho, un muchacho tan bueno, tan noble de corazón, que jamás le hizo daño a nadie, sino al revés, con la vida por delante, la única esperanza de sus padres, su único orgullo, su único motor.
Los años pasaron y la noticia de la marcha perdió fuerza. Cada día eran menos los manifestantes, debían ir a ganarse la vida, ocuparse en otras cosas, avanzar, carajo, de qué sirve quedarse estancado en el pasado, decían, pero Camelia no podía avanzar con el fantasma de su hijo rondándola todas las noches, y ella fue todos los días, primero con el apoyo de Silvio, Ve tú vieja, yo tengo que irme a trabajar, y con el de varias decenas de madres que se fueron haciendo menos, y menos, y menos, víctimas de la amnesia perpetua, del olvido de la dignidad, del “ya ni modo”, hasta que sólo quedó Camelia, plantada en el medio de la explanada, sin decir una palabra, con su cartulina extendida, Devuélvanme a mi hijo, por favor. Pero a quién le interesaba su desgracia, a nadie, la gente pasaba a su lado y nadie se detenía a verla, tal vez, ya tan acostumbrados a su presencia, los transeúntes y los funcionarios federales creerían que era un monumento o algo así. Claro, antes Camelia lloraba, gritaba, se lanzaba a los brazos de cada funcionario que salía caminando con su maletín en la mano y sus zapatos lustrosos, Dónde está mi hijo, por favor, dónde lo tienen, pero ellos no decían nada, Señora, por favor, ya estamos viendo su caso, en cuanto tengamos información se la haremos llegar… Pero así decían todos ellos, y la información jamás llegaba.
Por eso aquel día era como cualquier otro. Se tomó su jugo de zanahoria, y se fue. Silvio la miró resignado, ya ni siquiera le decía nada. Camelia tomó el autobús de siempre, saludó al voceador del periódico, a la señora de los nopales, al vigilante de la explanada, Buenos días, sonriente, como si ella fuera de paseo, olvidado, como todos, de que estaba allí por una razón. Pero se inmediato se percató que su lugar, el que ocupaba todos los días, justo frente a la entrada del palacio, entre las dos fuentes, ya estaba ocupado. Una decena de reporteros formados en círculo, fotografiando un bulto en el suelo, otra decena transmitiendo con cámaras a los noticieros y programas informativos, un alboroto por todos lados, ¿qué pasaba?
Camelia avanzó temerosa de lo que pudiera encontrar entre el caos de personas, hasta llegar donde los fotógrafos, y vio, no supo sin con alegría o con terror, una bolsa negra, rasgada, que dejaba ver algunas partes de un cuerpo en descomposición, fétido, con un gran letrero encima: “Para que ya no esté jodiendo: Aquí está su hijo”. Camelia cayó de rodillas al lado del cuerpo, murmurando, Mi hijo, mi hijo, hijo mío, y entonces comprendió que lo que sentía era esperanza, que aún quedaba esperanza en el mundo, y que ahí no paraba su lucha, como pretendía el letrero. Hubiera terminado todo si junto al cuerpo estuvieran, amordazados, los asesinos de su hijo. Pero no. Sólo había un cadáver, y esperanza.

5/1/06

Puntos de vista (2/2)

Puntos de vista 2

Camina con calma las ocho cuadras que lo separan de su hogar, pensando como siempre en lo que le espera al llegar. Basta con que el viejo Matías aparezca en el umbral de la puerta para que los nietos borren de sus rostros las sonrisas y los hijos apaguen el ánimo, y todos empiecen a dispersarse a sus respectivas casas. Claro, podría ser que ya es tarde, los niños tienen sueño, los papás deben trabajar, no hay escuela porque son vacaciones, pero el hecho es que con la llegada del abuelo, la casa de vacía en menos de quince minutos. Y es en esta situación donde los puntos de vista, contrarios, chocan.

¿Y qué tal si aquello no es una simple coincidencia de horas? ¿Qué tal si, en lugar de que todos se vayan a la hora que él llega, todos se vayan porque es la hora en la que él llega? A pesar de que son cuatro diminutas palabras las que se añaden, el sentido de la segunda frase es, sin duda, mucho muy diferente que el de la primera. Don Matías sabe que cuestionar las razones que tienen sus hijos para sacar a sus nietos de la casa a la que el abuelo acaba de llegar es un acto de ingenuidad pura, aunque él, en el fondo, prefiere el término "autoengaño". En ocasiones le gustaría pensar que es nada más una cruel coincidencia, le gustaría ignorar el frío recibimiento, repleto de silencios, de miradas esquivando la suya a toda costa, de fugaces apretones de mano que se dan sólo por educación elemental, de besos en sus mejillas por parte de los nietos obligados a hacerlo y superar la repulsión, el asco o la vergüenza de su piel áspera, arrugada e infestada de verrugas y pelos mal rasurados, de la salida de cualquier persona de la habitación a la que don Matías entre, cuando las nietas mayores están viendo tele en la habitación y el abuelo entra, las niñas apagan el aparato, como si obedecieran una orden implícita, y salen disparadas sin dar explicaciones; si están reunidos en la sala tomándose un café y el abuelo llega y se sienta en el sillón, uno a uno, a cuenta gotas, van saliendo al porche donde continúan sus tazas ylas conversaciones, dejando al abuelo solo con su periódico como única compañía.

A veces trata de justificarlos. Sabe que nunca fue un padre ejemplar, y se ha resignado a buscar la anhelada redención en los nietos de mayor edad, aunque sin mucho éxito, pues los nietos de mayor edad han escuchado historias del ogro que fue don Matías en sus años de esplendor autoritario, cuando era la principal fuente de ingresos de la casa y nadie comía si él no llevaba el dinero. Han escuchado, pues, los despilfarros en alcohol y prostitutas, han escuchado de los amigos parásitos que lo abandonaron cuando le exprimieron el último centavo, han escuchado de las explosiones de furia y los golpes que en repetidas ocasiones repartió, tanto entre sus hijos e hijas como en su mujer. Don Matías alcanza a comprender que toda una vida de errores no se borra de la noche a la mañana, y a pesar de que no pasa un día en que no se arrepienta de todo lo que hizo y dejó de hacer, le resulta difícil tratar de arreglar las cosas. Sabe que si empieza hoy a tratar de ser buen padre, los hijos reaccionarían con incredulidad y hasta con indignación. Él mismo lo sintió cuando su propio padre, ya en la etapa terminal de su cirrosis hepática, lo llamó a su lecho de muerte y le rogó perdón por todas las barbaridades que había cometido a lo largo de su vida. Sólo podía pensar, Cómo se atreve, cree que es nada más decir "perdón" y ya, cree que con escuchar esa clave mágica antes de morir se le abrirán las puertas del paraíso, pues mi "perdón" significa otra cosa: Púdrete en el infierno, cabrón.

Esa noche se dio cuenta de que era tarde para tratar de hacer algo. Los intentos anteriores, aunque escasos, hay que aceptarlo, habían sio improductivos por la razón ya mencionada de los hijos incrédulos. Nadie creía que, en los pocos años, o meses, o días -ya a esta edad uno debe estar preparado para cualquier sorpresita- que le quedaran de vida, don Matías pudiera hacer algo por recompensar la infancia arruinada y los traumas emocionales derivados del inframundo que había sido su familia primaria, con el alcohol y la violencia como principales actores del drama de la vida real.

Llegó a casa y, como siempre, saludó a los hijos que todavía le dirigían la palabra -dos de ellos habían roto toda comunicación con don Matías dos meses antes por discusiones que se fueron inflamando hasta reventar-, y a los nietos que, tímidos, o más bien, temerosos, se acercaban a besar la áspera piel del abuelo. Cuando se sentó a cenar a la mesa, solo, sus hijos se preparaban para marcharse, e hicieron fila para despedirse del malhumorado padre. Una vez devorada la cena en su totalidad, recogió sus platos y los llevó al fregadero, donde una alta torre de trastes lo esperaba, como cada noche, y recordó lo que durante el camino había venido pensando. La impotencia, la amargura, la terrible resignación, le exprimieron el corazón hasta sacarle las lágrimas. La mujer lo descubrió y, en tono burlón, le preguntó Qué tienes gordo, ya estás llorando otra vez. No estés chingando, contestó. A las tres de la mañana tuvo un infarto más, y esta vez sabía que era el último. Debo pedirle perdón a mi vieja, pensó. ¡Vieja! ¡Me muero!, le gritó. Ella creyó que era uno más de sus ataques inventados, se tapó la cabeza con la sábana. ¡No estés chingando!

(FIN)

"...Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no".

(Tomado de "Las intermitencias de la muerte", de José Saramago)