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8/10/12
Opresión
Definitivamente soy mi peor enemigo. Mis miedos, mis preocupaciones, mis deseos... La vida es tan simple. Personas van y vienen, se acercan y se alejan, nos involucran y después nos expulsan, y así es, no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. La vida es corta, el mundo es injusto, la sociedad es una basura, el poder destruye todo a su paso... Pero así es el mundo en el que vivimos. Será muy difícil, sino imposible, cambiarlo.
Una vez escuché que siempre que pienses que tu vida es demasiado complicada y que sufres mucho, lo único que tienes que hacer es recordar que eres un simio parlachín viajando por el espacio en una roca flotante. Visto así, no suena tan terrible. Al contrario, hasta te hace pensar en la suerte que has tenido. De que un montón de partículas que se originaron hace miles de millones de años en una explosión que ni Hollywood se puede imaginar, lograron sobrevivir al tiempo y al espacio hasta darte la forma que ahora tienes, plantando en ti todo tipo de sueños, esperanzas y preocupaciones que, al final de tus días, no valdrán de nada.
Y sin embargo, es difícil dejar de sentirse oprimido. Por las decisiones que tomamos o tomaremos. Eso es quizá porque nos movemos en un tiempo unidireccional. No hay forma de volver atrás. No hay manera de desandar los pasos andados. Y así avanzando el reloj de arena de nuestra existencia se va consumiendo, consumiendo, consumiendo... Se nos apaga la vela, se nos termina la hoja. Tiene que causar algo de angustia, por más relajados y valemadristas que seamos.
Pero eso mismo nos puede ayudar a la inminente resignación. De que las cosas son (fueron, serán) así y no de otro modo. De que las decisiones que tomamos nos han traído a este lugar en e que estamos, y las decisiones que tomaremos nos pueden alejar también de acá, si es que no nos gusta el lugar en el que estamos. Es un poco indescifrable a dónde nos pueden llevar las decisiones futuras. Como nos pueden salir las cosas bien, nos pueden salir peor. Pero también así es la vida.
Y todo esto provoca esa opresión. Sobre nosotros mismos, sobre nuestras pobres, tenues y fugaces existencias.
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24/9/12
Vivir solo (parte dos)
A mí hermano, por su valentía
Vivir solo no es fácil. Hacerte cargo de tus propias cosas, sin que haya nadie directamente responsable de tus emociones, buscar qué comer, pensar cuál es la mejor hora para dormir, ser dueño de tu tiempo... En fin, no tener nadie que te diga lo que tienes que hacer tiene sus cosas buenas, pero también su lado malo.
Por el lado bueno está el total control de tus decisiones. ¿Me bañaré hoy? ¿Arreglaré mi cuarto? ¿Me dormiré temprano? Nadie que te diga nada representa total y absoluta libertad. Por el lado bueno, al menos para mí, es exactamente lo mismo. Nadie que te pregunte: ¿Ya hiciste lo que tienes que hacer? ¿A qué hora tenías que estar en tal lado? ¿Tienes dinero? ¿Te sientes mal? Y la soledad, que no es cosa menor.
Lo peor es cuando todo sucede de un día para otro. Parece que fue ayer cuando echabas maldiciones porque no podías hacer nada, no te dejaban un segundo en paz, todo el mundo diciéndote qué hacer, cómo hacerlo, cuándo, dónde, con quién, gente entrando y saliendo de la casa, el calor infernal, sobrinxs qué cuidar, un perro qué pasear, una mamá que cuidará de ti, y de repente, poof, nada de eso está, todo ha desaparecido, como si estuvieras al otro lado del mundo y aquel tiempo se apareciera en tu vida muy, muy lejano.
Acostumbrarse a eso puede ser difícil. O muy difícil. Pero desde mi experiencia puedo decir que sólo lo es mientras uno mismo lo permita. Mientras uno mismo siga pensando en lo inmensamente felices que fuimos antes y lo inmensamente desorientados (confusos, deprimidos) que estamos ahora. Que todo esto que estamos pasando no es igual a lo que antes vivíamos. Que no sabemos si tomamos la decisión correcta...
Es decir, la única manera de dejar de sentirnos torturados por la nueva situación que estamos viviendo es aceptar con serenidad y tranquilidad que ya nada es igual. Que comienzan cosas nuevas, experiencias nuevas, gente nueva, y que lo que antes vivimos (nuestra casa, nuestra familia), se convierte en una biblioteca inmensa de experiencia y de hermosos recuerdos. Sólo tenemos el aquí y el ahora. Mientras sigamos anclados al pasado, las cosas no podrán mejorar.
Se vale un poco de drama de vez en cuando, la nostalgia se sufre pero se disfruta. Lo que no se vale es que esa nostalgia nos detenga. Nos haga temer lo que viene de nuevo... Un poco de motivación nunca viene mal, pero es uno mismo el que debe encontrarla. A mí, por ejemplo, lo que me motivó fue el amor, una fuerza bastante poderosa. Pero hay otras emociones que pueden tener similares efectos. Es tarea tuya encontrarla.
Lo que te quiero decir es que no te desanimes. No sientas que no puedes. Sólo tú puedes establecer tus propios límites, de lo que quieres y de lo que no. Pero no te dejes vencer.
Es un nuevo camino, y como todo nuevo camino puede que de un poco de miedo al principio... pero después, con el tiempo, aprenderás a disfrutarlo.
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10/9/12
Vivir solo
[Foto: Arturo Trejo | Yo a los 19]
Recuerdo levemente cuando tenía la edad que mi hermano tiene ahora. No estoy seguro de cuáles eran mis expectativas de la vida o si tenía claridad en los objetivos que quería alcanzar. Lo que sí recuerdo es que me sentía valiente, capaz, imparable, desafiante y motivado. Quería ver, vivir, conocer, sentir, experimentar... Pero al mismo tiempo deseaba tener todo lo que tenía hasta ahora. No podía (nunca he podido) desprenderme del pasado. Y por supuesto, una masa amorfa de ideas flotando sin control en mi cabeza, sobre el mundo y sobre las cosas que habitan en él.
No fue tanto el vivir solo lo que me ayudó a madurar como ser humano y a ver con mayor claridad la forma en que funciona la sociedad en que vivimos, y a plantarme firmemente en el lugar que, siento, me corresponde (el margen). Porque en ese entonces era uno de mis más grandes deseos: vivir solo. No tener a nadie que me controlara, que me vigilara o que me dijera lo que tenía qué hacer. Pero esa clase de libertad trae consigo, sí, algunas satisfacciones, pero también incomodidades y peligros.
Recuerdo la sensación de llegar a casa después de estar todo el día por toda la ciudad, y que nadie me saludara, Hola cómo estás, Ya comiste, Quieres cenar. Recuerdo lo fastidioso que era tener que lavar la ropa y lo desagradable que se sentía descubrir el cuarto sucio y desordenado después de semanas de valemadrismo. Recuerdo la ardua labor (todavía es igual) de buscar qué desayunar, qué comer y qué cenar.
Pero todo eso sólo te hace apreciar más el tiempo en que vivías con alguien que hacía todo eso (y más) por ti, no te vuelve realmente una persona más conciente, más decidida ni más segura. Lo que sí te vuelve todo eso, o al menos ayuda, es de verdad vivir solo. Hacerte responsable de tus cosas, de ti mismo. Conseguir tus propios recursos y perderle el miedo a estar solo en el mundo, aunque en realidad nunca lo estás, y con algo de suerte, el primer desconocido que se cruce en tu camino se puede convertir en tu mejor amigo. Pero realmente es eso, perder el miedo, según yo lo veo.
No hay mejor sensación que descubrirte capaz de poder obtener tus propios medios para sobrevivir en este mundo de locos, hacerlo bien, hacer lo que te gusta, que te paguen por eso y dejar de depender de alguien más. Creo que es una buena oportunidad para mi hermano de lograrlo antes. Sé que es capaz, pero a veces su hermetismo absoluto e impenetrable (como el de mi papá) me desespera sobremanera.
Bueno, no hay que presionarlo. Ya aprenderá. Seguro.
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13/8/12
La noche a lo salvaje
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| Cuidado |
2. Caminar por Tlalpan fue mucho más cansado de lo que pensé. Todo fue bien hasta llegar al metro Chabacano. Justo antes había un puente peatonal, el primero con el que me topé: en esa avenida, la única manera de cruzar es por los pasos a desnivel, todos cerrados a esa hora de la noche. Varias patrullas se detenían unos instantes a checarme, y al ver que no iba borracho ni llevaba botellas de licor o churros, se iban sin importarles qué andaba haciendo un mozuelo como yo caminando sin rumbo a altas horas de la noche. Llegué a pensar que a la próxima patrulla que viera, le pediría que me llevara a uno de esos albergues que abren para la gente sin casa. Pero ya no vi ninguna. Digo que después del metro Chabacano empecé a sentir miedo por las trabajadoras sexuales que me salían al paso. Una se me acercó demasiado, "te la mamo", me dijo. "No, gracias", respondí, y aceleré el paso. Pero en cada esquina había o borrachos, o grupos de hombres toscos y de apariencia violenta. En San Antonio Abad empecé a toparme con los indigentes, durmiendo en plena banqueta, tapados con un periódico o un cartón. Hasta entonces me empecé a preguntar dónde dormiría yo.
3. La verdad no dormí mucho. Unos cuantos minutos. Las luces de los coches me daban en la cara, y los mosquitos no dejaban de torturarme, pero llovia mucho y yo no podía moverme de ahí. De vez en cuando la lluvia arreciaba y me tenía que poner de pie para que las gotas no me salpicaran. Pero sabía que si seguía caminando y me mojaba, me iba a morir de frío. Así que me volvía a sentar, me acurrucaba, trataba de matar a los mosquitos, de voltear la cara a la pared para no ver las luces de los coches y dormir, en ese hueco en la pared, aunque fuera unos minutos.
4. Ya salía la gente para sus trabajos. "Que triste", pensé, "levantarse tan temprano en domingo". Una lluvia muy leve seguía cayendo pero yo ya no soportaba estar quieto. Caminé por 20 de noviembre, estaba seguro que esa calle me llevaría hasta el zócalo y después podría decidir mis siguientes pasos. Me sorprendió la cantidad de indigentes que dormían, unos contra otros, cubiertos por cobijas sucias, pedazos de plástico, cartón y periódico, refugiados de la lluvia en las fachadas de los locales comerciales. De pronto, en una esquina vi un hombre parado que me preguntó la hora, me detuve porque no lo veía sin mis lentes y me volvió a preguntar "tienes la hora", no, no la tenía, "espérate, ven", me volví a dar la vuelta, "te la mamo", me dijo, me reí, "no gracias", y seguí mi camino. En la siguiente esquina giré la cabeza y me di cuenta que me seguía, así que sin pensarlo, doblé a la derecha. No estaba de humor para mamadas, literalmente. La lluvia arreció y con ella mis pasos. Di otra vez vuelta. Llegué a un parque. No estaba seguro si este camino seguiría llevándome al zócalo. El cansancio, la falta de sueño, la ofuscación de los sentidos me hicieron perder la orientación. Las calles desiertas y tenebrosas me hicieron sentir miedo. Pero de entre las tinieblas, en una vuelta que di, se alzaron los campanarios de la Catedral, y me sentí a salvo.
5. Me detuve un momento a obervar, tanto como pude sin mis lentes, el Palacio de Bellas Artes. No sé por qué lo recuerdo con tanto cariño. Me acuerdo perfecto de la noche fría que nos sentamos en la jardinera y compramos un ponche, y nos lo tomamos juntos, uno de los primeros días que estuvimos aquí. Sé que el edificio te encanta, no sé. Pero seguí caminando y caminando. Calculaba que para las 7 de la mañana ya habría llegado al metro Insurgentes. Llegué un poco antes, después de orinar en las jardineras que rodean el ángel. También me detuve frente a la casona de Amberes, el primer lugar en el que vivimos juntos. Recordé la primera noche que llegamos aquí, en el colchón inflable que Toño ya nos tenía listo. Esa noche, te abracé, miré el techo, pensé "qué carajos vamos a hacer", sin trabajo, sin dinero, sin familia aquí. Respiré hondo, "todo saldrá bien", te apreté y cerré los ojos. Lo recuerdo a la perfección. Me quedé un rato ahí, frente a la reja verda, que estaba abierta, pero no quise entrar. Seguí mi camino hasta la glorieta, donde muchos jovencitos, recién salidos del antro, esperaban a que abrieran la puerta para volver a sus casas. En un descuido del policía me pasé por los torniquetes, esperé el tren y emprendí el camino de regreso. Pero sabía que algo en mí había cambiado esa noche. O tal vez había cambiado antes, y sólo hasta entonces me daba cuenta.
19/11/09
Canto a Toño

1. Los caprichos de la muerte y de la vida son siempre misteriosos. No hace tanto de esta foto. Apenas este año, y pensar que ya, que se acabó, que las vidas se extinguen y que no hay marcha atrás, que no volveré a hablarle, a reírme con él, a recibir una botella de agua, una tajada de pizza, una "zona gay" que me diga Ten, llévatela. No volverá a preguntarme cómo va la escuela y a regañarme para que le eche ganas, ni me hará caminar a toda velocidad siguiéndolo por zona rosa. Esa maraña de crueldades inexplicables, ni más ni menos, es la vida, y el reverso de la moneda, reverso inevitable y omnipresente, la muerte. Que ganas de volver el tiempo atrás, repetir ese último abrazo y grabarlo para siempre en mi memoria para no tener que completarlo con invenciones mías, como lo hago ahora. Es, lo quiera o no, lo trate o no de evitar, una gran tristeza, que se resiste a diluirse, como un aceite negro y espeso, entre las demás preocupaciones de este mundo cruel de los vivos sin muertos, y de los muertos sin vivos.
2. Todo se remonta al inicio de los tiempos. Pero lo cierto es que yo no estaría aquí de no ser por Toño, y por eso le estaré siempre agradecido. Fue él quien nos consiguió dónde quedarnos cuando decidimos iniciar, Freddy y yo, una nueva aventura en una ciudad que no era la nuestra. Fue él quien nos sacó en repetidas ocasiones de muchos apuros económicos que derivaban en apuros emocionales. Fue él quien creyó en nosotros, quien compartió con nosotros un pedacito diminuto de su vida, quien nos confío su cotidianidad y su esperanza, sus pensamientos en voz alta y sus expectativas. Fue él quien, cuando quedé en la uam, me regaló una caja de plumas, un organizador para el refrigerador, y un diccionario de antropología. He sido muy afortunado por encontrarlo en mi camino. Y no, no se ha ido: vive, siempre vivirá en mis acciones, así como todos sus muertos vivieron a través de él. Ahora forma parte integral de mí como un recuerdo y como patrones de conducta deseables. Su energía se reintegrará poco a poco en este mundo, y se convertirá en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en las plantas que crecen, en las aves que vuelan. No, Toño, no te has ido. No te has ido.
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"Al final todos somos sólo un montón de tierra"
11/10/09
Canto a Ruy
1. Dicen que en la vida de todas las personas, llega un momento en que la muerte nos comienza a acechar en todo momento, llevándose a nuestros seres queridos, a las personas cercanas a nosotros, a nuestros vecinos, conocidos y familiares, como una epidemia de la que vamos sobreviviendo hasta que nos llegue la hora. Lo cierto es que la muerte está siempre ahí, vigilante, impetuosa, atenta a cada paso, a cada movimiento, y sucediendo todos los días, a todas las horas, en todos los instantes. Lo único constante de la vida, es la muerte, pero la sociedad del consumo (a la que últimamente le echo la culpa de todo) la ha vuelto un asunto cotidiano y tan natural como los fenómenos metereológicos, anunciando en los noticieros que ayer murieron tantas personas en un ataque terrorista, por ejemplo, y que para hoy se espera una lluvia ligera durante la noche. La muerte está, está siempre, sólo que algunas veces, se nos muestra más visible que otras.
2. Una de las funciones primordiales del pensamiento religioso (pero, según muchos antropólogos, no la única ni la que le da origen) es la de darle al hombre la esperanza de la eternidad, sembrar en su mente la idea de que, una vez que el cuerpo haya cumplido con su ciclo vital, y si es que nos hemos comportado conforme a lo dictado por los dogmas preferidos, un alma, espíritu o esencia inmaterial se desprenderá, liberada de su cárcel carnal, para ir al encuentro con lo divino y lo trascendental, que es por definición puro, imperecedero y feliz. Es un consuelo poderoso y sin duda, una buena razón para creer en un ser imaginario superior que nos libre del suplicio sin límites que provoca la pérdida de un ser querido o el pensamiento de la propia muerte. Pero, ¿qué hacemos nosotros, los incrédulos (porque es bien sabido que "ateo" es una palabra fea y un calificativo indeseable, insultante, peor que "homosexual")? ¿A qué podemos aferrarnos? ¿Cómo lidiar con el hecho concreto, impostergable, de la muerte? Confío, como siempre, en una perspectiva optimista (o positivista, como dicen en la televisión, burlándose con su ignorancia del pobre de Comte), en celebrar los recuerdos, las memorias, y los actos sucesivos que constituyeron la vida de aquellos que amamos y que se nos van muriendo, alegrándonos por la afortunada coincidencia de haberlos topado en nuestros caminos provocando un cambio de ruta, un nuevo enfoque, enseñándonos una importante lección o una nueva palabra, guiándonos con su sabiduría acumulada y poniendo en práctica sus invaluables consejos. En fin, convertir la agonía y el dolor que nos provoca la pérdida, en una felicidad basada en la celebración de la casualidad de la vida, pensar en la interminable cadena de sucesos que tuvieron que darse para que los caminos se cruzaran, y en la maravilla que eso representa en un universo del que no somos más que un pestañeo.
3. No lo conocí muy a fondo, ni muy bien. Lo que Freddy me contaba de él era suficiente para formarme en mi cabeza la idea de una persona admirable, digna de confianza, plena de fuerza y de valentía para enfrentarse con un mundo que siempre se mostró hostil y despiadado, como a todas las personas justas y comprometidas que en él habitan. Las pocas veces que lo vi, y que charlamos, capté los destellos de su sabiduría, de su rabia, de su pasión cada vez más gastada, de sus fuerzas cada día más roídas, no por las personas a su alrededor, sino por la sociedad en la que uno vive, por los fantasmas del pasado, por la maldición de la consciencia de saberse parte de esa sociedad injusta y miserable, donde puede más la corrupción y la desfachatez que la honestidad y la responsabilidad. En esta breve relación, conseguí respetarlo, admirarlo, apreciarlo y valorarlo como una persona excepcional. Duele que se haya ido así. Hasta siempre, Ruy: tu recuerdo, aunque breve, pero profundo, vivirá hasta siempre mientras sigamos haciendo eco de tu voz, mientras tus ideas y anhelos se sigan reflejando en nuestra acciones, y mientras nos empeñemos en hacer de esta sociedad un lugar mejor para todos.
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"No me llores, no/ no me llores, no/ porque si lloras yo peno/ en cambio, si tú me cantas/ yo siempre vivo/ y nunca muero..."
24/1/06
Probabilidades
Vendarse los ojos o no fue en realidad la decisión en la que más se detuvo a pensar. De pie, en medio del cuarto, Idelfonso contempla la nada, se le ha perdido la mirada dos segundos antes de sentarse en la silla de madera que compró para la ocasión, pues piensa que sin venda podrá contemplarse a sí mismo, sus expresiones, el sudor, la adrenalina, el cañón del arma en la sien, el tambor girando al accionar el disparador, incluso, si pone la atención suficiente, la explosión de la descarga y la bala penetrando el cráneo, si esa fuese su suerte; en cambio, con los ojos inutilizados, toda la atención se la llevará el latido acelerado del corazón, la sensación de vértigo que lo conduce al éxtasis de su vida, un éxtasis que, por una ironía inevitable, sólo alcanza con la cercanía de la muerte, y sentirá el frío del metal en la piel, el peso del peligro y del destino sobre él, el dedo jalando el gatillo tres veces con la mayor lentitud del mundo para que la emoción se prolongue, en fin, podrá concentrarse en esas y otras tantas sensaciones. Tres minutos lo ha pensado, y prefirió quitar la silla de enfrente del espejo y ponerse la venda negra.
Éste, sin duda, es su volado más extremo. Pero no lo hace para retar a su suerte, sino para sentirse vivo, para provocar a la muerte, atraerla con insinuaciones cínicas para sentir casi en la piel el filo mortal de su guadaña y burlarse de ella al darse cuenta que todavía respira. Todo empezó el día en que se subió por vez primera a una montaña rusa, siendo todavía un niño. Hasta los 17 años fue un asiduo visitante de parques de diversiones, subiéndose a los juegos mecánicos que hasta a los más temerarios ahuyentaban, luego se aficionó por las caídas libres, los deportes extremos, los animales salvajes e incluso el escapismo. Desde entonces ya han pasado muchos años, y ni la vitalidad ni la juventud de Idelfonso son las mismas, pero la euforia que siente al poner en riesgo su vida, esa no ha disminuido.
Busca a tientas, entre la oscuridad sólida que le proporciona la venda, el respaldo de la silla, se sienta, abre la recámara de las balas, toca con los dedos los seis agujeros y elige uno, donde introduce una, gira el tambor con fuerza y lo cierra de nuevo. Ha decidido que jalará del gatillo sólo en tres ocasiones, pues la posibilidad de sobrevivir es un elemento principal en la acción. Se coloca el revólver en un costado de la cabeza, y siente el cañón frío y duro presionándole el cerebro. Su corazón se ha precipitado, su respiración va en aumento. Idelfonso traga saliva, aprieta los párpados, trata de controlar el terrible temblor de su mano. Como los suicidas, ha dejado una nota a su mujer y a sus hijos, en el caso de que no tenga la suerte necesaria, aclarando que fue feliz viviendo y que murió sintiéndose vivo, y pleno.
Basta de titubeos, piensa Idelfonso, confiado en que las probabilidades están de su lado. Cinco de los seis disparos no tienen ningún efecto, Idelfonso lo sabe, pero la certeza de que el restante le volará los seos es tal que ya se siente mareado. Idelfonso toma una profunda bocanada de aire, estira lo más que puede la espalda, alza el codo, acciona el disparados, jala el gatillo y ¡¡Bang!!
Pero su grito, provocado por la emoción, no alcanzó a salir de su boca, y si lo hizo, fue opacado con brutalidad por el estallido del disparo que llenó de sangre el piso de la sala y la nota no-suicida del, ahora, difunto.
(FIN)
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