8/10/12
Opresión
Definitivamente soy mi peor enemigo. Mis miedos, mis preocupaciones, mis deseos... La vida es tan simple. Personas van y vienen, se acercan y se alejan, nos involucran y después nos expulsan, y así es, no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. La vida es corta, el mundo es injusto, la sociedad es una basura, el poder destruye todo a su paso... Pero así es el mundo en el que vivimos. Será muy difícil, sino imposible, cambiarlo.
Una vez escuché que siempre que pienses que tu vida es demasiado complicada y que sufres mucho, lo único que tienes que hacer es recordar que eres un simio parlachín viajando por el espacio en una roca flotante. Visto así, no suena tan terrible. Al contrario, hasta te hace pensar en la suerte que has tenido. De que un montón de partículas que se originaron hace miles de millones de años en una explosión que ni Hollywood se puede imaginar, lograron sobrevivir al tiempo y al espacio hasta darte la forma que ahora tienes, plantando en ti todo tipo de sueños, esperanzas y preocupaciones que, al final de tus días, no valdrán de nada.
Y sin embargo, es difícil dejar de sentirse oprimido. Por las decisiones que tomamos o tomaremos. Eso es quizá porque nos movemos en un tiempo unidireccional. No hay forma de volver atrás. No hay manera de desandar los pasos andados. Y así avanzando el reloj de arena de nuestra existencia se va consumiendo, consumiendo, consumiendo... Se nos apaga la vela, se nos termina la hoja. Tiene que causar algo de angustia, por más relajados y valemadristas que seamos.
Pero eso mismo nos puede ayudar a la inminente resignación. De que las cosas son (fueron, serán) así y no de otro modo. De que las decisiones que tomamos nos han traído a este lugar en e que estamos, y las decisiones que tomaremos nos pueden alejar también de acá, si es que no nos gusta el lugar en el que estamos. Es un poco indescifrable a dónde nos pueden llevar las decisiones futuras. Como nos pueden salir las cosas bien, nos pueden salir peor. Pero también así es la vida.
Y todo esto provoca esa opresión. Sobre nosotros mismos, sobre nuestras pobres, tenues y fugaces existencias.
18/6/10
Hasta siempre, Saramago
«Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.», José Saramago (1922-2010)
22/3/10
Bala perdida

[El bloque de búsqueda del coronel Martínez celebra sobre el cuerpo de Pablo Escobar el 2 de diciembre de 1993. Fotografía del agente de la DEA Steve Murphy - Vista en el Flickr de andy z, quien la vio en Rotten.com]
Esta mañana, Barbara despertó y dijo, Basta ya de lamentarme. Se ha puesto un pantalón blanco y una blusa negra, ha tomado una ducha de agua fría y, mirándose la barriga hinchada, temiendo reventar, al sentir la patadita de la nena se le ha llenado la cara de dicha. Tuvo que sentarse en el piso del baño a llorar otra vez, pero ya no de culpa y de terror, por haber sido tan irresponsable, dejar la escuela a menos de un año de titularse, ver en la cara de sus padres la decepción y el desprecio, recordar las palabras de Fausto, No estoy listo, y nunca más saber de él. Esta mañana, Barbara se ha levantado convencida de que todo irá bien, por eso llora, por no haber disfrutado los últimos ocho meses, en vez de acudir al ginecólogo y querer preguntarle si conoce una clínica de abortos, sin atreverse nunca, pudo haber mirado los ultrasonidos y sentirse emocionada de formar en su interior una nueva vida, que es lo mismo que una nueva oportunidad, para ella y para alguien más.
Quizá es muy tarde para avisar a sus amigas que siempre sí habrá baby shower. No esperará que nadie venga, con un cambio de actitud así, cualquier se sorprendería. Ha decidido gastarse el cheque por incapacidad que le dieron en el trabajo en ropa para su hija. Toma un taxi sin mucha dificultad, es lo bueno de estar embarazada, el mundo se vuelve más amable, más cariñoso, cualquier hijo de vecino que la ve en la parada del camión le ofrece un lugar para esperar en la sombra, un trago de agua, le acaricia el vientre suspirando, le cede el taxi que viene. Lástima haber valorado todo esto hasta ahora, pero no importa, nunca es tarde para empezar, menos para ella. El taxista sólo la baja unas cuantas cuadras, con este calor está imposible caminar, y para su sorpresa, cuando le pregunta cuánto es, el conductor del vehículo le dice que Nada, así está bien, señora, y le mira, sonriente, el bulto debajo de la blusa. Barbara le agradece y sale del taxi lo más rápido que puede, entra en la tienda y se refugia del infierno del exterior en el aire acondicionado del local de ropa para bebés.
La encargada se le acerca maravillada, Ay mira que enorme pansa, felicidades, y le da un abrazo. El mundo percibe su cambio de actitud de Barbara, ya no lleva el ceño fruncido o la cara sombría, ahora irradia esperanza y calma, como toda futura madre entusiasta, y la gente no tiene miedo de acercarse y llenarla de mimos. Qué va a ser, niño o niña, le pregunta la encargada, y Barbara responde, Nena, mientras se deja dirigir a la parte rosa del local, justo frente al aparador que da a la calle. Le enseña un vestidito, dos, tres, Barbara quiere comprarlo todo, se muere por ver a su nena en cada trajecito rosa, amarillo, con osos o con conejos, con flores o con abejas. Ríe, siente ganas de llorar otra vez, lo que no daría por que su madre estuviera aquí con ella, quién necesita a Fausto, ese cabrón.
El cristal del aparador estalla en mil pedazos y lo primero que Barbara escucha son las llantas de las camionetas, enormes y negras, patinando tratando de escapar de sus atacantes, otras camionetas, blancas y rojas, que van detrás a toda velocidad, tirando balas. Muy atrás, las sirenas de la policía. Luego sintió las pequeñas heridas en la cara, de los pedazos de vidrio que habían volado por todas partes. La encarga de la tienda, horrorizada, gritaba, Auxilio, auxilio, una ambulancia, mientras salía corriendo a la calle, parecía ilesa. Por último, una fuerte punzada en el abdomen. Súbitamente baja la vista, su blusa negra está húmeda, más negra todavía, y su pantalón blanco está lleno de sangre. No, iba a empezar a lamentarse, se lleva una mano al vientre, No por favor, murmura, no siente dolor, sólo puede pensar en la nena, Mi nena, exhala por última vez, y cae para siempre, sujetándose la barriga, pensando, ingenuamente, no lastimar a la niña al caer al piso.
[FIN]
---------------------
[Inspirado por "En el paralelo 23º", de Freddy]
---------------------
Más información:
- ElPaís.com: "El presidente no tiene quien le crea", de María de las Heras.
- El Universal.com.mx: "Vargas Llosa dice que la política represiva no acabará con el narco".
- Elsemanario.com.mx: "Estrategia de Calderón contra narcotráfico ha fracasaso: WSJ"
12/12/09
Yo no quería venir

Cuéntenos todo lo que recuerde, señora, le dice el policía, ya en la comisaría, cuando la mujer hace una pausa en su largo llanto para respirar, se enjuga las lágrimas con el dorso, se sacude la cabeza, y sólo atina a decir, Es que yo no quería venir, señor. Pero no se puede con mi suegra. Si no es como ella dice, está mal hecho, desde el caldo de gallina hasta el doblado de los calzones, y mi marido, ese inservible, hace lo que sea para complacerla. Y cuando nos dijo el doctor que ya no se podía hacer nada por mi niña, pues yo dije, Ya, ¿verdad señor? Ni modo, qué hacer, y me resigné, y estaba muy en paz, la cuidaba, ya sabe, trataba de hacer que estuviera bien, los días que le quedaran, digo, para qué hacerla sufrir más, para qué hacerme sufrir más, si apenas puedo con esta vida ingrata que hasta ahora no me ha dado más que penares. Y le dije a mi marido, Ya, déjalo, mira, cuando menos lo esperes, nuestra niña se nos va a ir y tú por andar buscando un milagro no vas a poder disfrutar el tiempo que nos queda, pero él no entendía, pero era por mi suegra, vieja desgraciada, ella tiene la culpa, señor. Bueno, ella y la virgencita.
Es que yo nunca creí, la verdad. Cómo decirle… Era como pensar que existe la magia, pues. Que con ir de rodillas y cantar y rezar se le desaparecen los problemas a uno. Y pues son más las veces que no pasa nada, ¿me entiende? Son más las veces en que no importa lo que uno haga, la vida dispone, y nada, pues qué, uno se aguanta, señor. Mi suegra no puede caminar ya, pero le dijo a mi marido que nos trajera, y le dio dinero, y mi marido, inútil como siempre, obedeció, aunque yo le dije que no quería venir, que para qué. Pero tampoco lo iba a dejar que se trajera a mi hija así como así, no señor, pues tuve que venir, aunque no quería. Viajamos tres días, mi niña estaba ya medio muerta, y a menos que la virgencita nos la fuera a revivir, yo estaba piense y piense que este méndigo viaje más había fregado a mi niña que lo que le había ayudado. Ya en la noche, cuando llegamos al atrio, yo me quedé con mi niña cerca de la puerta, muerta de miedo, no sabía que hubiera tanta gente en el mundo, y que se quisieran juntar tanto, cuando otras veces nomás puras caras chuecas, puras mentiras, puras hipocresías. Me senté al lado de mi niña, le di agua, la pobre, hubiera visto su carita, estaba muy cansada, le dije Ya, ya casi nos vamos, y ella me veía con esos ojos que me echó la vez que la recogimos del hospital, después del accidente, como pidiéndome algo, Mamá, por favor, eso quería decir esa mirada, y qué le decía yo, señor, nada más me quedé ahí, recargada en la silla de ruedas, acariciándole las piernitas, tratando de consolarla.
Mi marido, el muy cabrón, quién sabe dónde se había metido, y cuando yo empecé a escuchar las murmuraciones me asusté, primero pensé que algo le había pasado, luego escuché bien, decía la gente, La virgencita está llorando, Dicen que es sangre, Milagro, milagro, y yo me asomé para dentro, a ver si veía al inútil ese, pero no, desde donde estaba alcanzaba a ver a mi niña, pero luego todo pasó tan rápido, no supe qué hacer, señor, no supe… La señora vuelve a quebrarse. El oficial le pasa otro pañuelo y una galleta. Cálmese, señora, cálmese, le dice, pero lo cierto es que le da mucha lástima. La mujer, sucia y maloliente, está desconsolada. No tiene corazón para hacerla seguir contando su relato, ya todos sabemos en qué acabó. Pero, por otro lado, cree que le hará bien a la mujer desahogarse. Que diga lo que tenga que decir. Si quiere le paramos, le dice, y la mujer suspira con fuerza, hace señas con la mano, No, no, ya me calmo, toma otra vez aire y continúa hablando.
Ahí estaba mi niña, a unos poquitos pasos, pero las murmuraciones fueron más veloces, de pronto toda la gente que estaba en el atrio se abalanzó hacia las puertas, corrían eufóricos, gritaban, se jalaban los cabellos y lloraban, Milagro, milagro, Alabado sea el señor, y no sé qué más, y mi niña, todavía alcancé a ver su carita espantada antes que alguien me tumbara, me ayudaron a levantar pero por más que yo les gritaba Mi hija, mi hija, nadie me hacía caso, la gente histérica trataba de entrar a la basílica y yo quería ir para afuera, pero no pude, no pude con la gente… Parece que empieza a llorar de nuevo, pero se detiene antes. Ya cuando todos estaban que no se podían mover, les empecé a dar de codazos y a pisarlos, y me decían de cosas pero no me importaba. Ya no estaba donde la había dejado. Empecé a gritar como loca mientras todos rezaban y lloraban por el milagro, pero nadie se preocupó por mi niña. Ya después cuando llegaron los otros oficiales encontramos la silla por allá, bien lejos, y pues hasta en la mañana cuando se despejó la gente dimos con su cuerpecito, todo quebrado, todo molido, la pobre… Yo no quería venir… Yo no quería venir…
Rompió en llanto de nuevo y esta vez el oficial decidió parar el interrogatorio. Cuando se llevaron a la mujer, terminó de llenar el expediente y, tras el punto final, pensó, Que hijos de puta. Luego se arrepintió en su mente, no fuera pensar la virgencita que ella también. Luego pensó otra vez, en todos los reportes de personas aplastadas y tragedias parecidas que faltaban por llenar… y cómo se le ocurre llorar sangre con tanta gente junta… Que insensatez, de veras. Seguía otra mujer, con el brazo roto, que tenía a su mamá desaparecida… Se asomó a la puerta y le dijo a la secretaria, Échame a la que sigue, Lupe, y dejó la puerta abierta.
[FIN]
19/11/09
Canto a Toño

1. Los caprichos de la muerte y de la vida son siempre misteriosos. No hace tanto de esta foto. Apenas este año, y pensar que ya, que se acabó, que las vidas se extinguen y que no hay marcha atrás, que no volveré a hablarle, a reírme con él, a recibir una botella de agua, una tajada de pizza, una "zona gay" que me diga Ten, llévatela. No volverá a preguntarme cómo va la escuela y a regañarme para que le eche ganas, ni me hará caminar a toda velocidad siguiéndolo por zona rosa. Esa maraña de crueldades inexplicables, ni más ni menos, es la vida, y el reverso de la moneda, reverso inevitable y omnipresente, la muerte. Que ganas de volver el tiempo atrás, repetir ese último abrazo y grabarlo para siempre en mi memoria para no tener que completarlo con invenciones mías, como lo hago ahora. Es, lo quiera o no, lo trate o no de evitar, una gran tristeza, que se resiste a diluirse, como un aceite negro y espeso, entre las demás preocupaciones de este mundo cruel de los vivos sin muertos, y de los muertos sin vivos.
2. Todo se remonta al inicio de los tiempos. Pero lo cierto es que yo no estaría aquí de no ser por Toño, y por eso le estaré siempre agradecido. Fue él quien nos consiguió dónde quedarnos cuando decidimos iniciar, Freddy y yo, una nueva aventura en una ciudad que no era la nuestra. Fue él quien nos sacó en repetidas ocasiones de muchos apuros económicos que derivaban en apuros emocionales. Fue él quien creyó en nosotros, quien compartió con nosotros un pedacito diminuto de su vida, quien nos confío su cotidianidad y su esperanza, sus pensamientos en voz alta y sus expectativas. Fue él quien, cuando quedé en la uam, me regaló una caja de plumas, un organizador para el refrigerador, y un diccionario de antropología. He sido muy afortunado por encontrarlo en mi camino. Y no, no se ha ido: vive, siempre vivirá en mis acciones, así como todos sus muertos vivieron a través de él. Ahora forma parte integral de mí como un recuerdo y como patrones de conducta deseables. Su energía se reintegrará poco a poco en este mundo, y se convertirá en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en las plantas que crecen, en las aves que vuelan. No, Toño, no te has ido. No te has ido.
-------
"Al final todos somos sólo un montón de tierra"
11/10/09
Canto a Ruy
1. Dicen que en la vida de todas las personas, llega un momento en que la muerte nos comienza a acechar en todo momento, llevándose a nuestros seres queridos, a las personas cercanas a nosotros, a nuestros vecinos, conocidos y familiares, como una epidemia de la que vamos sobreviviendo hasta que nos llegue la hora. Lo cierto es que la muerte está siempre ahí, vigilante, impetuosa, atenta a cada paso, a cada movimiento, y sucediendo todos los días, a todas las horas, en todos los instantes. Lo único constante de la vida, es la muerte, pero la sociedad del consumo (a la que últimamente le echo la culpa de todo) la ha vuelto un asunto cotidiano y tan natural como los fenómenos metereológicos, anunciando en los noticieros que ayer murieron tantas personas en un ataque terrorista, por ejemplo, y que para hoy se espera una lluvia ligera durante la noche. La muerte está, está siempre, sólo que algunas veces, se nos muestra más visible que otras.
2. Una de las funciones primordiales del pensamiento religioso (pero, según muchos antropólogos, no la única ni la que le da origen) es la de darle al hombre la esperanza de la eternidad, sembrar en su mente la idea de que, una vez que el cuerpo haya cumplido con su ciclo vital, y si es que nos hemos comportado conforme a lo dictado por los dogmas preferidos, un alma, espíritu o esencia inmaterial se desprenderá, liberada de su cárcel carnal, para ir al encuentro con lo divino y lo trascendental, que es por definición puro, imperecedero y feliz. Es un consuelo poderoso y sin duda, una buena razón para creer en un ser imaginario superior que nos libre del suplicio sin límites que provoca la pérdida de un ser querido o el pensamiento de la propia muerte. Pero, ¿qué hacemos nosotros, los incrédulos (porque es bien sabido que "ateo" es una palabra fea y un calificativo indeseable, insultante, peor que "homosexual")? ¿A qué podemos aferrarnos? ¿Cómo lidiar con el hecho concreto, impostergable, de la muerte? Confío, como siempre, en una perspectiva optimista (o positivista, como dicen en la televisión, burlándose con su ignorancia del pobre de Comte), en celebrar los recuerdos, las memorias, y los actos sucesivos que constituyeron la vida de aquellos que amamos y que se nos van muriendo, alegrándonos por la afortunada coincidencia de haberlos topado en nuestros caminos provocando un cambio de ruta, un nuevo enfoque, enseñándonos una importante lección o una nueva palabra, guiándonos con su sabiduría acumulada y poniendo en práctica sus invaluables consejos. En fin, convertir la agonía y el dolor que nos provoca la pérdida, en una felicidad basada en la celebración de la casualidad de la vida, pensar en la interminable cadena de sucesos que tuvieron que darse para que los caminos se cruzaran, y en la maravilla que eso representa en un universo del que no somos más que un pestañeo.
3. No lo conocí muy a fondo, ni muy bien. Lo que Freddy me contaba de él era suficiente para formarme en mi cabeza la idea de una persona admirable, digna de confianza, plena de fuerza y de valentía para enfrentarse con un mundo que siempre se mostró hostil y despiadado, como a todas las personas justas y comprometidas que en él habitan. Las pocas veces que lo vi, y que charlamos, capté los destellos de su sabiduría, de su rabia, de su pasión cada vez más gastada, de sus fuerzas cada día más roídas, no por las personas a su alrededor, sino por la sociedad en la que uno vive, por los fantasmas del pasado, por la maldición de la consciencia de saberse parte de esa sociedad injusta y miserable, donde puede más la corrupción y la desfachatez que la honestidad y la responsabilidad. En esta breve relación, conseguí respetarlo, admirarlo, apreciarlo y valorarlo como una persona excepcional. Duele que se haya ido así. Hasta siempre, Ruy: tu recuerdo, aunque breve, pero profundo, vivirá hasta siempre mientras sigamos haciendo eco de tu voz, mientras tus ideas y anhelos se sigan reflejando en nuestra acciones, y mientras nos empeñemos en hacer de esta sociedad un lugar mejor para todos.
------------
"No me llores, no/ no me llores, no/ porque si lloras yo peno/ en cambio, si tú me cantas/ yo siempre vivo/ y nunca muero..."
3/10/09
El argonauta del pacífico occidental [1 de 2]

[Basado en "Los argonautas del Pacífico Occidental", del antropólogo polaco Bronislaw Malinowski]
1.
Su hijo murió en sus brazos una tarde cualquiera, como todas las que se sucedían sin cesar en aquel rincón olvidado de dios, y su mujer sólo aguantó la enfermedad dos meses más. A veces los niños mueren, le dijo su Maestro a manera de frío, único e insensible consuelo, y lo apresuró para llevar a cabo el entierro, no le fuera a traer mala suerte el cadáver. Najut, con la oreja ensangrentada, pareció obedecer: en silencio y sin consultar a sus parientes, cavó un hoyo en la tierra, en una esquina del patio de su choza, y colocó el pequeño cuerpo envuelto en hojas de palmera sin mencionar las palabras rituales, ante la estupefacción del pueblo entero, que lo había seguido en silencio, lo había observado cavando, lo había visto arropar a su hijo, pero nadie había movido un dedo, presas de la expectación y paralizados por semejante herejía, fascinados al mismo tiempo por la presencia descarada del mismísimo demonio. Su Maestro lo reprimió con severidad cuando empezó a echarle la tierra encima, Nuestros ancestros no nos lo perdonarán, nos condenarás a todos, a lo que Najut contestó con parquedad, Ya estamos condenados, y el consejo de ancianos, al que le sobrevivían sólo dos miembros, acordó que apenas se recuperara su mujer, este hombre peligroso sería expulsado de la isla para siempre.
No esperó a que su mujer se recuperara. Condenado al más estricto aislamiento por el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, que ya no podían hablarle más a menos que quisieran infectarse de su impureza, sólo podían observar a Najut pasear entre los árboles de la isla en los días siguientes a su expulsión de la comunidad, lo vieron talando el árbol seleccionado sin mencionar el conjuro para la protección de la madera de las serpientes marinas; lo vieron cortarla y tallarla, pasando por alto el hechizo para la repulsión de las ninfómanas del mar, y echarla al agua sin el ritual específico para evitar la lluvia de rocas en altamar. La isla más cercana estaba a dos días de navegación, pero sus vecinos y amigos estaban convencidos de que su canoa ni siquiera lograría pasar la primera ola.
Se preguntaban entre ellos qué le habría pasado para que se volviera un hereje, pero no concebían una razón. Estaba en camino a convertirse en el sucesor de Qat, el mayor y único hechicero que la isla tenía. El Maestro Qat le había enseñado toda clase de conjuros que, de su boca, no habían fallado ni una sola vez. La infalibilidad de la magia de Najut inspiraba en la gente del pueblo un profundo respeto, pero también cierto temor. Por supuesto, les parecía extraño que anduviera por ahí, preguntando si a alguien alguna vez lo habían atacado las serpientes marinas, o si se había visto atrapado en una lluvia de rocas, o si sabía de alguien que hubiera muerto en las vaginas insaciables de las ninfómanas del mar, pero todos sabían que los hechiceros jóvenes eran por regla excéntricos y mal educados. El Maestro Qat le instaba a dejar de hacer ese tipo de preguntas, Najut nunca hizo caso, y las hacía en los momentos menos esperados, en los banquetes, en las celebraciones, en las iniciaciones de los más jóvenes, en las visitas obligadas de la mañana. Y todos temían que, si le mentían, serían víctimas de su magia, por lo que la única respuesta que obtenía era No, nunca he visto nada de eso.
La cosa es que, cuando la mujer de Najut enfermó, él mismo realizó el ritual que se hacía para que las canoas no se hundieran en medio del mar. Creyó que el efecto mágico en su futuro hijo sería el mismo que daba inmortalidad a la madera de las canoas, pero se equivocó, la magia, siempre poderosa, siempre eficaz, esta vez no tuvo efecto alguno. Cuando lloraba frente al cadáver de su hijo, le confesó a su Maestro lo que había hecho y él, enfurecido, le dijo que los conjuros que le había enseñado sólo funcionaban para el Kula, no para la gente, Hacer lo que hiciste es un sacrilegio, es querer que te den un collar a cambio de otro collar. Najut se puso como loco, su Maestro pensó que estaba poseído: gritaba, blasfemaba, decía que la magia era una estupidez, que no servía para nada y que él y los demás hechiceros lo único que hacían era engañar a la gente con poderes que no eran reales. En ese momento, el Maestro Qat le arrancó de la oreja la pluma que lo distinguía como aprendiz de hechicero. Minutos más tarde, daría un paso más y lo desterraría de la isla.
Pasados los dos meses, su mujer murió. La escena del funeral anterior se repitió, Najut cavó un hoyo, envolvió a su mujer y la cubrió de tierra sin más formalidad. Esta vez, el hechicero había prohibido a la gente acudir, así que todo el pueblo se había repartido en las chozas de los vecinos de Najut y espiaban cada movimiento con morbosidad enfermiza. Apenas acabó, se dirigió a la canoa profana que había construido. Soltó la cuerda y la echó al mar, y los vecinos, atentos desde sus cabañas, creyeron entender que lo que Najut quería era suicidarse, víctima de la lluvia de piedras. Su madre, que lo veía desde la puerta de su choza, lloró durante días enteros luego que se fue, pensando que una serpiente marina se lo comería, pero nadie hizo nada para detenerlo. Lo vieron alejarse en el horizonte, con la cara dura y sin expresión, le desearon que, al menos, no se topara con las ninfómanas de mar, los más terribles monstruos, y él, sin mirar atrás, izó la vela y emprendió el camino.
[Continúa]
------------------
[Segunda parte]
1/9/09
Hay días así

[Para Tony, por la injusticia de su vida truncada]
No quiere abrir la puerta. El aire fresco del interior del coche es, con seguridad, mucho más acogedor que los casi cuarenta grados que lo esperan en la calle. Son casi las doce y el calor apenas empieza a mostrarse tal cual es, sin la menor consideración por los nobles habitantes del puerto. Mejor me voy, piensa, a tomar un refresco al sanborn's, al cabo no tengo citas hoy. Una sonrisa le llena la cara. Busca su celular, marca un número, es el primero que se ha aprendido de memoria. Aguarda. Hola, soy yo, cómo estás, vamos al sanborn's, sí, sí, estoy aquí, pero no quiero abrir hoy, no tengo citas, y pensaba, ah, sí, no me acordaba, a qué hora sales, bueno, te espero, paso por ti... te amo, adiós. Cuelga y suspira. Hacía mucho que no estaba enamorado, y a pesar de que sus súbitos planes se han frustrado, o más bien, desplazado hacia horas más lejanas, se siente feliz. Ni hablar. Toma las llaves, se pone sus lentes oscuros y de un salto sale al cruel mundo exterior. Pone la alarma mientras se aleja de su camioneta nueva, la verdad le ha ido bien en el trabajo, no puede quejarse. Sin sospecharlo, a unos pocos metros de ahí, dos hombres y una mujer lo observan sigilosos enfilarse hacia el local.
Lo primero que hace, como cualquiera lo haría, es prender el aire acondicionado. Cierra con llave por dentro, es hora que la cerradura no sirve. Se deshace de sus lentes, de su mochila y de las llaves. Enciende la computadora, verifica el teléfono. El silencio de aquí dentro le causa algo de tristeza. Hay días así. En que nadie asoma las narices ni para saludar, en que se pasa todo el día solo, con la única conversación de sus clientas. Quizá otra vez contrate un asistente, sólo para tener a alguien con quién conversar en estos días. Lo que de veras pesa no es la soledad, sino la sensación de que está envejeciendo. Que sus amigos jóvenes no quieren más estar con él, que sus amigos viejos han empezado a hacer amigos jóvenes, o se han ido de la ciudad, o simplemente, lo han olvidado. Este tiempo, inclemente, irremediable, que parece derretirse como todo lo demás, se vuelve viscoso, insoportable. Se sienta frente a la computadora, y busca las fotos de su viaje a Europa. Aquello sí era mundo, carajo. Mira esos paisajes, esos árboles, esas nubes, esa gente. No hay comparación, y nunca la habrá, siempre se ha preguntado por qué dios, si es que existe, lo hizo nacer en un pueblo insignificante que nunca llegará a su nivel. Ahora ya ha pasado su tiempo. No le queda más que resignarse.
En el mensajero virtual, los de siempre lo saludan medio distraídos. Estarán viendo pornografía o bajando videos de sus bandas favoritas, como nacos que son. Les responde también distraído. Sí, se me hizo tarde, es que no tengo citas, hay días así, no, no me aburro, tengo mucho qué hacer. Suena el teléfono. Mira el reloj. Doce veintisiete. Aún faltan cinco horas para el que será el mejor momento de este día. Alza la bocina, es una mujer, preguntando si hoy tiene libre, Seguro, a la hora que quieras, sí, a las tres, o si quieres llegar antes no hay problema, muy bien, chao. Se asoma por la puerta de vidrio que da a la calle desierta, sólo para ver el cielo brillante y el asfalto caliente. Se recuesta en el sofá del fondo. Y piensa en el amor. En lo que se pudo haber perdido si no le hubiese dado otra oportunidad, en lo mucho que puede cambiar una persona enamorada, y pasar de ser un borracho, flojo y vago, a un hombre de bien, ya con tres meses de ayudante de cocinero, no será el mejor trabajo pero es algo honesto, así hay que empezar, desde cero, sobre todo si antes no había llegado a ningún lado, le da gusto, que lo haya hecho por sí mismo, y se alegra de ser el motor de una transformación tal, ser la inspiración de alguien, compartir sueños, recuerdos, sensaciones...
Se despierta de golpe, ante los insistentes golpes a la puerta de vidrio de la calle. Mira el reloj. Dos cuarenta y dos. Vaya, se ha quedado dormido. Vuelven a tocar. Se levanta, se peina el cabello, se estira, se acomoda la camisa. Tocan de nuevo. Ya voy, ya voy. Al otro lado de la puerta de vidrio, hay una mujer y dos hombres. Debe ser la clienta que habló hace rato. Abre la puerta. Hola, buenas tardes, pasen, pasen que afuera hace mucho calor. Luego que pasan, vuelve a cerrar. Y bueno, qué vas a querer, le dice a la mujer, pero al observar a sus presuntos clientes, se da cuenta que no parecen estar dispuestos a cortarse el cabello. La mujer se ve pálida, sudorosa, y los hombres miran a la calle, nerviosos, uno no tiene ni veinte años, otro ya debe tener unos treinta. El más joven, sin duda, es bastante apuesto. Quizá se han incomodado por las fotografías de los modelos desnudos en las paredes. Bueno, qué esperaban. Mija, qué te hago, insiste Tony. No venimos a eso, le dice ella. Uno de los hombres, el mayor, saca una navaja para afeitar y se la muestra. El dinero, cabrón, dónde lo tienes.
Levanta las manos, para evidenciase indefenso. Cálmense, se los voy a dar. Pasa entre ellos despacio, pero el que trae el arma lo apresura. Ándale, culero, no tenemos todo el día. Tembloroso, Tony les da la espalda y busca el tubo de cartón donde esconde el fondo. Recuerda que lo acaba de depositar en el banco hace tres días, por lo que ahora no hay mucho. Seiscientos pesos, nada más. Es todo lo que tengo aquí, les dice, mientras les entrega los billetes. No mames, cabrón, nada más, le dice el más joven, enojado. La mujer mira hacia afuera, pero a esta hora, la calle está más sola que nunca. Creo que en mi cartera tengo más, les dice, y una vez más, pasa entre ellos, cruza el salón hacia la parte de atrás, busca su mochila junto a la computadora. Sólo trae doscientos, y sus tarjetas de crédito. Tomen, tomen, es todo lo que tengo. Vale madre, dice el más joven, ya güey, vámonos, vámonos. La mujer está dispuesta a irse cuanto antes. Tony sigue con las manos alzadas. Pero el hombre de la navaja, furioso, se acerca a él y lo toma del cuello, por atrás. No, no, por favor, le dice Tony. Las llaves de tu camioneta, pinche puto, dámelas. Tony obedece. Es todo lo que tengo, por favor, es todo. La mujer ya ha abierto la puerta y sale del local, apurada. El de veinte años también, y le dice, Ya, güey, vámonos. Tony cierra los ojos, el hombre no lo suelta, respira agitado, le aprieta el cuello con una mano y con la otra sostiene la navaja cerca de su oreja. No sabe si por los nervios o el terror, Tony cree sentir en el muslo la erección de su captor. Él se da cuenta, le dice, Pinche puto, y le corta el cuello. Tony cae al suelo, desangrándose, y a los pocos minutos, muere sin remedio.
(FIN)
10/10/08
Ich bin ein Schüler!

[Manu Chao en el Foro Sol]
10/6/08
[Fragmentos de un discurso] Irrelevante

1. La escuela.
Al fin han subido la primer calificación a la página de la uam. Sin noticias nuevas. Sigo nervioso por economía política, es la única que me preocupa. Pero, como bien me dicen mis camaradas, yo siempre me preocupo y siempre salgo bien. Una B no me caería nada mal. Pero con una S me conformo.
2. Los alemanes.
Cora es una persona sumamente talentosa. No sé si se decepcionó con la relativamente poca gente que acudió a su show el viernes pasado, pero antes del espectáculo la noté muy entusiasmada y hasta nerviosa; después, indiferente y hasta un poco seca. Pero me cae bien. A Gert no lo conocí mucho porque me daba un poco de miedo, pero cada vez que le hablaba me contestaba con una enorme sonrisa que dejaban al descubierto sus dientes separados, y durante el show fue muy simpático, sobre todo cuando dijo "he reservado una habitación... ¡con baño!". Gary es el que mejor me cae, no sé si porque me habla y me pide más cosas que Cora, y su esposa, Lavenia (creo que así se escribe) es una sonrisa viviente. Ella fue la que buscó cómo se dice "recuerdo" en alemán. Además, me da gusto que les haya agradado la ciudad lo suficiente como para dejar de ir a Acapulco.
Ah, y me gusta practicar mi muy mal inglés.
3. La pescada.
Cuando llegamos antenoche, después de ver el show de las Hijas de Safo, F casi pisa su cuerpo aguado e inerte. La juntamos del suelo y la volvimos a meter en la pecera, pero yo sabía que sería inútil. Me sorprendió ver cómo, a pesar de todo, de vez en cuando daba unas sacudidas muy macabras. Yo la había visto rara desde que la compramos: siempre inquieta, queriéndose salir de la pecera. Pero los peces no pueden vivir fuera del agua. Lo hemos comprobado.
4. Las vacaciones.
Hoy es el primer día. Quedan mañana, el jueves, sábado, domingo, lunes y martes. Y de nuevo a la escuela. Que fiasco. Quién me ha robado mis vacaciones.
5. Etcétera.
Estoy cansado. Tengo la barba crecida, los ojos me arden, la espalda y los hombros me duelen y tengo mucha, mucha, pero mucha flojera de ir al Vicio hoy. Pero el deber me llama.
-----------------------------------------
Vayan al sexto festival internacional de cabaret, no sean así. Acá la cartelera.
-----------------------------------------
"Bésame, bésame mucho... que tengo miedo a tenerte y perderte después..."
14/1/08
Para ser verdad (parte dos)
2.
Pensó en irse de rodillas todo el camino, pero no quería salir en algún noticiario y hacer famoso el caso de su hija. Aquello era entre la virgen y él, un favor que le había pedido y que ella le había cumplido. Lo que le prometió, lo cumpliría, pero hasta ahí. Ni pensar en volverse religioso, meterse en alguna iglesia o ir a predicar de casa en casa, ni loco. Como vio que mucha gente se ponía de rodillas hasta llegar a la entrada de la basílica, él hizo lo mismo. Cargando el enorme arreglo floral, se incó y avanzó. El suelo ardía, tuvo que detenerse un par de veces a descansar antes de llegar a la puerta. Adentro el piso estaba fresco, pero ya se había herido las rodillas y de todas formas dolía. Cuando llegó hasta el altar, fue un alivio para él.
Gracias, gracias, gracias. Repitió gracias no supo cuántas veces. Nadie parecía acordarse de él, hoy no le prestaron mayor atención. Se santigüó cien veces, recitó las oraciones de las que se acordaba con la mayor devoción, y cuando pensó que ya la tarea estaba hecha, se puso de pie y se disponía a volver a casa, cuando una inspiración súbita lo obligó a pronunciar, en voz alta, Usted disculpará, virgencita, que venga aquí nomás por cumplir, pero es que la verdad no me lo termino de creer. Una señora que estaba cerca le respondió, Pues créalo, señor, o la virgen se va a echar para atrás. Él le sonrió, le dijo, Cómo, si es la virgen, dio media vuelta y se retiró del lugar. Caía la tarde.
Pasó a compartir la noticia con sus hermanos y compadres. Llegó a su casa ahogado de euforia, con unas ganas tremendas de ver a Natalia. Pero ya desde la entrada a la vecindad escuchaba los rumores. Como rezos. Luz de velas. Pétalos de flores por las escaleras. No alcanzó a empezar a preocuparse, porque antes que cualquier pensamiento negativo se formara en su cabeza, ya había llegado a su casa. Las vecinas, con velos negros y rosarios en la mano, rezaban. Aurora estaba sentada en un rincón, con cara de fastidiada, las piernas cruzadas. Genaro empujó a la gente, se abrió paso con violencia hasta la recámara, donde el cuerpecito de Natalia yacía, inmóvil, con los ojos cerrados, pálida como la luna, en la cama, traía puesto el vestido blanco de su primera comunión, parecía un angelito.
No le dijo nada a nadie, sólo habló de aquello con Aurora. El escándalo que harían. Sintió, después de todo, que se había librado de un peso enorme. Bueno, al menos no había muerto en medio de dolor y sufrimiento. El pequeño milagro había servido para que Natalia terminara sus días con tranquilidad, según le dijo Aurora, dijo que tenía sueño, se fue a acostar y dejó de respirar. Genaro le contó lo que le había dicho la señora en la basílica. Y Aurora respondió, Le vas a creer, gente loca. Y Genaro le dijo, Sí, verdad. Era demasiado bueno para ser verdad.
[FIN]
-------------------
[Primera parte]
5/1/08
A qué hora llega Santa

Ante la insistencia de su hijo por esperar despierto a Santa, decidió que al día seguiente le pediría a su compadre un frasquito de esas píldoras milagrosas que hacían a los niños dormir como angelitos toda la noche. Son una maravilla, compadre, le decía, el chamaco se las toma y casi casi se nos cae dormido en ese mismo rato. Saúl pensaba que no tenía que darse por vencido así como así; después de todo, era su primer hijo, alguna forma había de haber para que Quique se quedara dormido sin tener que drogarlo. Para empezar, descartaba las amenazas, al niño lo que menos le importaba era obedecer, se había portado bien todo el año, y si Santa decidía mejor no llevarle los regalos porque no se había querido dormir para esperarlo... bueno, no iba él a dar una vuelta hasta acá desde el polo norte para nada, ¿o sí?
Le subió el volumen a la tele, después de haberlo arropado y de hacerlo prometer que se iba a dormir, para dejar de pensar en eso. Qué pasó, le preguntó Diana, y Saúl contestó, Nada, que no pienso tener otro hijo; no si sale como este. Ay, no digas barbaridades. Estaba viendo el resumen de noticias del día, el incendio de la fábrica por la mañana, la emocionante persecución policiaca por la tarde, el reportaje de los niños que no recibirían regalo esta navidad, Al menos ellos no se ponen tercos en esperar a Santa toda la noche. La mano de Diana en sus genitales evitó que el coraje de Saúl creciera más. El suave masaje, sobra decirlo, lo relajó tanto que ya no le puso atención a los resultados de la encuesta, ni a la entrevista con el procurador: al diablo el mundo. Apagó la tele, tomó con fuerza la mano de Diana, y estaba dispuesto a echársele encima cuando su Quique apareció en el marco de la puerta, arrastrando la cobija, con los ojos entrecerrados. Papá, ¿a qué hora llega Santa?
Lo tranquilizó su mujer, Yo voy, yo voy, no te preocupes, pero Saúl no se iba a dejar vencer por un escuincle, No, no, tú acuéstate y ponte cómoda, le dijo, mientras le guiñaba un ojo con una sonrisa pícara. Tomó al niño en sus brazos y se lo llevó a la cama. Quique no quería verlo, porque sabía que Santa era invisible para los niños, sólo quería saber si había llegado o no, y a qué hora, Ya se está tardando, papá, le dijo con una voz tan tierna que Saúl no pudo evitar olvidar el enfado. Sí mijo, pero mira, tiene que ir por todas las casas, son muchas, no jodas. El niño, al parecer satisfecho, se envolvió en las cobijas y le dijo a su papá, de la forma más impersonal que la hubiera escuchado jamás, Te quiero.
En la habitación, Diana se había cambiado y se había puesto el camisón de encaje negro que Saúl le había regalado en su aniversario y un gorrito navideño. Antes de que se echara un clavado en la cama, Diana le recordó que cerrara la puerta. Saúl la empujó con el pie y se metió en las cobijas, Ponle seguro, le dijo ella, Para qué, ya se durmió Quique, le contestó él. No sabía dónde poner las manos. Le gustaban las fechas especiales (navidad, halloween, el diez de mayo) porque su mujer se entusiasmaba y se volvía muy ingeniosa en la cama, Lo que hace la tele, se decía, agradeciendo la inspiración a las amas de casa para mantener contentos a los maridos, como debe de ser. ¿Te portaste bien este año, Saúl?, le preguntaba Diana, y Saúl, con la voz temblorosa, le decía, No, me porte mal, muy mal.
De pronto Diana se detuvo, cuando le estaba sacando la camisa a Saúl, con cara de espantada, y se quitó el gorro. Te dije que le echaras el seguro. Quique los observaba, más dormido que despierto, desde el marco de la puerta. ¿Ya casi llega, papá? Saúl se volvió a poner la camisa y se levantó de la cama mentando madres. Agarró al niño, se podría decir que con violencia, y lo llevó de vuelta a la cama. Orita llega, vas a ver si no, le dijo Saúl, pero en cuando escuches que llegue te duermes, ¿eh? Su hijo le prometió que sí, y se abrazó de su oso de peluche, sin percatarse del extremo coraje de su padre.
Qué vas a hacer, le preguntaba su esposa, mientras Saúl revolvía las cajas del armario maldiciendo la navidad. Ya verás, tú ve poniendo los regalos, pero que no te vea Quique. En el fondo de un baúl viejo, Saúl encontró una campana oxidada y mugrosa, que había usado hace años en una pastorela de su trabajo. Con una sonrisa triunfante en el rostro, salió al patio y colocó la escalera. Recordó que había que arreglar el tejado. Ba'h, el año que entra lo arreglo, se dijo, mientras subía con cuidado los peldaños mojados por la fría brisa de la noche. A ver si así se duerme el condenado chamaco, murmuraba, haciendo un mapa de la casa en la mente para ir a caminar al techo de su recámara. Lo cual era absurdo, siendo esa una casa sin chimenea, para qué carajos iba a querer Santa irse a trepar al techo, pero no pensó en eso, sino en la malvada santa con baby doll que lo esperaba en la cama.
Azotó con sus pasos el techo de Quique, mientras hacía sonar la campana con fuerza y gritaba, Jo jo jo, feliz navidad Quique, pórtate bien, jo jo jo, ya duérmete que ya llegue, jo jo jo. Y andaba de un lado al otro, divertidísimo, mientras Diana lo observaba desde abajo, sonriendo como boba. Está de la chingada el techo, pensaba, mientras caminaba a tropezones entre las tejas rotas, húmedas e inclinadas. Demasiado inclinadas, porque bastó que el tacón de la bota se atorara con una de las tejas, para que Saúl se fuera de rodillas hacia el borde del techo, y, ya sin poder detenerse de ningún lado, de cabeza hasta el suelo, estrellándose muy cerca de los pies de su mujer, quien vio cómo el cuello de Saúl se doblaba hasta quebrarse, y luego el resto del cuerpo le caía encima, y quedaba todo lo que había sido Saúl tendido en el pasto mojado, con los ojos, sin brillo, abiertos del susto; de la boca le corría un delgado hilo de sangre.
Ante los gritos de su mamá, Quique salió corriendo de la casa por la puerta del patio, se detuvo detrás de Diana y cuando ella vino corriendo a abrazarlo, llorando, tratando de taparle los ojos, el niño, sorprendido, murmuró, Entonces, ¿mi papá era Santa? Diana, llorando, le dijo, Sí mi amor, tu papi era Santa. Quique pensó un rato, mientras observaba el cuerpo inerte de su padre tendido en el suelo, y sentenció, Menos mal que alcanzó a dejarme los regalos.
(FIN)
14/12/07
Volver otro día

Esta es la última vez, se dijo, tomó las llaves de la camioneta, encerró a los niños, y partió rumbo al lago. Apretaba con fuerza el volante mientras conducía sin prisas, sabía que si hoy descubría la verdad, John la esperaría. Pero qué tal si no. Lo imaginaba recargado en un árbol, escondiéndose, quizá fumando, como hace cuando espera algo que no sabe cuánto se tardará, atento a los sonidos de la carretera, lanzando piedras, mirando el cielo, abrazándose el pecho por el frío. Pobre, se decía, cómo habrá hecho todo este tiempo, dónde se habrá metido, por qué no fue a la casa, por qué no me pidió ayuda, pensó que lo traicionaría, que tonto, si yo lo amo.
Lo amaba tanto que se negaba a creerlo, y no sólo eso: estaba convencida de que la noticia había sido falsa. De que el acta de defunción la habían expedido con demasiadas prisas, para ocultar algo. De que el abogado tenía buenas intenciones, pero había arruinado la investigación. Estaba convencida de que el mundo había conspirado en su contra. Declararlo muerto, perdonarle las deudas, era lo que a todo el mundo le convenía, excepto a ella. No sabía cómo vivir sin él. Por eso Anne imaginaba todas las noches que John entraría a hurtadillas por la ventana, se recostaría a su lado y le diría, He vuelto, no te preocupes, estoy bien. Ella tocaría su cuerpo flaco y demacrado, mientras repite Lo sabía, lo sabía, y le plantaba sonoros besos en la cara. Pero luego despertaba, todas las mañanas, y se descubría sola en la inmensidad de la cama, bañada en lágrimas.
Siempre tomaba el mismo camino. Es que era supersticiosa. Desde que vio el bote estallando en mil pedazos en medio del lago. Fue una suerte que el helicóptero pasara por allí en ese preciso momento, y que ella estuviese viendo las noticias de la tarde. Si no, quién sabe hasta cuándo se habría enterado. Así pudo irse sin perder el tiempo hacia el lago, por ese camino que ahora recorría, pero pisando más a fondo el acelerador. Aquel día le urgía llegar. Para que fuese ella la que llevara a su marido al hospital, no la ambulancia, para que fuese ella quien le dijera las primeras palabras, No te preocupes, vas a estar bien. Pero la policía no la dejó pasar, hasta que barrieron toda el área del lago. La explosión, inexplicable, había sido tan aparatosa que esperaban encontrar los miembros de John regados por todo el lugar. No pasó eso. Al contrario, no pudieron encontrar un sólo rastro, una piedra manchada de sangre, un cabello, un trozo de uña. Nada. Buscaron y buscaron, hasta que la noticia se agotó, y nació el borrego con cinco patas, y fue la sensación. Todo el mundo se olvidó del hombre que se esfumó en el aire.
Tenía sus motivos para suicidarse. Pero Anne sabía que nunca tomaría una decisión como esa sin consultarla, o al menos, sin dejarle un recado, una nota, Es lo mejor para nosotros, así la habría firmado, porque él siempre se había sacrificado por su familia, hasta el suicidio habría sido un sacrificio y no un escape. Sabía que su muerte solucionaría todo. Anne podría cobrar el seguro de vida, el banco condonaría la hipoteca de la casa, y los delincuentes que los tenían amenazados la dejarían en paz, a ella y a sus hijos. Pero se negaba a creerlo. Quizá fingió su muerte. Nadie pudo comprobar que de verdad estuviera en el bote cuando estalló. No habían encontrado el cuerpo... No era, entonces, tan disparatado pensar en que había sobrevivido, se había escondido por un tiempo, y que en cualquier momento regresaría.
Pero cinco años es mucho tiempo. Al banco ya se le había olvidado el caso, la televisión nunca más tocó el asunto (en cambio hacían especiales de la oveja de cinco patas cada dos meses, hasta que murió y todo el país estuvo de luto). A nadie le importaba que estuviese vivo o muerto. Ya podía volver. Anne lo sabía, y por eso iba, de vez en cuando, al lago, para ver si lo encontraba por ahí, rondando la escena de su supuesta muerte.
Bajó de la camioneta y el frío le dio de lleno en la cara. Miró la quietud de la superficie, sintió el silencio y la calma de la tarde. Atenta a cualquier sonido, a cualquier sombra, a la señal que su marido le daría, esperó. Uno hora, dos horas, tres horas. Oscureció y ella siguió esperando. Hablándole como si estuviera presente, Ven mi amor, no tengas miedo, ya estás a salvo. John no respondía. Una vocecita, débil y desafiante, en el fondo de su pecho le decía, Ya no te engañes, pero Anne se negaba a escucharla. Ocho, nueve, diez de la noche. Ni un alma. Nada. Cuándo volverás John, cuándo.
Dio media vuelta y abrió la puerta de la camioneta. Ya era media noche y el frío era insoportable, incluso para un muerto. Sus hijos estaban solos, y de John, nada, como siempre. No importa. Tenía toda la vida para esperarlo. Volvería otro día... Y al encender la camioneta, estuvo segura de que la próxima vez que viniera a buscarlo, él la estaría esperando, y le preguntaría, Por qué tardaste tanto.
(FIN)
10/11/07
Un recuerdo que dejo

¿Con qué he de irme?
¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra?
¿Cómo ha de actuar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir,
a brotar sobre la tierra?
Dejemos al menos flores
Dejemos al menos cantos
2/11/07
Virginio Urbina y el Reino de Mictlán

Es que todo fue muy confuso. De pronto ya todas las almas habían sido despachadas y estaba yo, frente a Mictlantecuhtli, que me miraba fijamente desde una nube negra que hacía el papel de trono real. Si no hubiese estado yo muerto, habría muerto de un susto. Y ya me iba cuando Tláloc me detuvo. Supe que había sido él porque de pronto la profunda oscuridad del lugar se diluyó en una neblina brillante y espesa, que llenó el ambiente de tranquilidad. Hablaron entre ellos en el idioma de los dioses, una especie de conjunto de ruidos imprecisos, chillantes, y que sin embargo pude comprender. Tláloc dijo, Esa alma es mía. Pero Mictlantecuhtli se rehusó. De cierta manera, me sentí importante. Mira que no todos los días un par de poderosos dioses se pelean por tu alma.
Es que cuando resbalé del risco, caí al acantilado pero antes mi cabeza golpeó contra una roca. Cuando llegué al agua ya no supe si estaba vivo o no. Cualquier intento por opinar, de todas maneras, sería vano. A ellos qué les interesa mi opinión. A fin de cuentas, qué voy a saber yo de la muerte; ellos son los expertos. Me hice a un lado y esperé. Miraba con mucha curiosidad a mi alrededor. De verdad confiaba en que la muerte sería cosa de no existir. Para mí la vida era el ser, y su contraparte, el no ser. Y ahora estaba ahí, a la entrada de un valle enorme, frío y tétrico. Podía ver uno o dos ríos a lo lejos, la tierra asediada por rocas filosas y relámpagos feroces, y más allá, después del horizonte, se distinguía un lugar despejado y limpio.
Enfoqué los ojos y distinguí las almas de las gentes. Todos eran como calaveras, sólo los esqueletos moviéndose, andando con pasos pesados, desorientados. Nadie les había explicado nada, Mictlantecuhtli sólo les había dicho, Adelante, uno por uno. Miré hacia atrás pero no había nadie. Quién sabe si las muertes se habían suspendido debido a mi caso particular. Me sentí más importante aún. Me puse de pie y avancé un poco. El primer río con el que se encontraban las almas parecía ser de corriente potente, porque muchas eran arrastradas por las aguas. De la inmensa cantidad que se sumergía en él, sólo unos pocos lograban pasar a la otra orilla.
Sentí de pronto una urgencia de mirarme las manos. Yo también era un alma, ¿sería igual sólo huesos? Pero no pude verme. Sabía que estaba ahí, de pie, con la mano extendida frente a mi cara, pero no la veía. Me di cuenta que los esqueletos de las otras almas tampoco parecían muy sólidos. Una ansiedad terrible se apoderó de mí. No podía esperar a que Tláloc y Mictlantecuhtli terminaran de discutir a dónde debía ir yo. Necesitaba llegar a ese valle lejano, despejado y limpio, así que empecé a caminar, casi corrí.
Era difícil dar los pasos. La tierra no era dura, los pies se hundían, a pesar de que no podía verlos. Me costó mucho trabajo llegar a la orilla del río, pero al fin estaba ahí. Respiré y miré adelante. La extensión del Reino de Mictlán se apreciaba mejor de aquí. Logré contar nueve ríos antes de la meta. Pude ver almas cortadas en trozos por el mismo viento, y otras aplastadas por rocas enormes que caían del cielo. Tuve miedo, pero no podía permanecer ahí. Tenía que llegar. Metí un pie al agua y sentí que mi alma se congelaba. Si mi otro pie no hubiese estado todavía en tierra firme, la poderosa corriente me habría arrastrado hasta dios sabe dónde.
En ese momento sentí los ojos centelleantes de Mictlantecuhtli sobre mí, y al siguiente segundo ya estaba yo en sus manos huesudas; me gritaba y me escupía, Está prohibido pisar el Reino de Mictlán sin mi autorización, cómo te atreves... Otra vez, si no hubiese estado ya muerto, me habría muerto del susto. Por esta tontería me expulsaron para siempre del Reino.
Me he pasado los años pensando. ¿Qué tal si ya no muero? Tuve mi oportunidad, y por impaciente, la perdí. Qué se le va a hacer.
(FIN)
7/10/07
Tarde o temprano

-Prende una veladora, y reza por mí. Esta noche me muero.
Creíste que sería uno más de sus delirios. Tu madre era fuerte como una vaca. Soportaba en silencio el dolor de su cáncer, tensando los músculos, poniéndose rígida, hasta el color le cambiaba por la falta de aire, pero ni un quejido salía de sus labios. Llegas de tu fingido trabajo, y le das todas las atenciones que necesite, que si el juguito de naranja, que si el lavado de pies, que si sacarla un rato al sol. Hasta eso, ese último día, no ibas a salir, te quedarías con ella todo el día, en parte porque no tenías nada qué hacer, pero también porque querías ver si era verdad lo que había dicho.
La alentaste a que redactara su testamento cuando todavía le quedaba algo de lucidez. En aquellos tiempos te agradecía todos los días que la cuidaras, te imploraba que no la dejaras sola, que estuvieras con ella hasta el último suspiro, porque su más grande temor era morir y ser olvidada. Así al menos al hijo menor le quedaría la frustración de no haberla podido salvar, por más intentos que hubiese hecho, o el insoportable recuerdo de su agonía, torturándole las noches. A ti no te iba a quedar nada de eso, sino la casa y el dinero: te había hecho su heredero universal. Se te olvidó entonces la tristeza que había nacido en ti cuando escucharon el diagnóstico del doctor. Tu hermano tomó a su esposa y a sus hijos, y se mudó al piso de abajo. Ni te dirigía la palabra. Tu madre decía que lo comprendieras, que había sido un golpe terrible, que él era muy sensible y tú muy fuerte, que no le hicieras caso. Luego le remordió la conciencia, pero ya no lo dejaste regresar. Le prohibiste la entrada a tu casa, cambiaste la cerradura, pero no por rencor, sino pensando en futuro, siempre fuiste tan previsor, así no te podría reprochar nada, cuando tuvieras en tus manos la casa y el dinero, no iba a tener ningún derecho a reclamar su parte.
Le comentaste a tu amante alemán quién sería el próximo dueño de la enorme casa, con 8 departamentos independientes para rentar, dinero suficiente para vivir, y vivir bien. Después de hacer el amor, se quedaban acostados, haciendo cuentas, pensando qué se podrían comprar con aquel dinero, a dónde viajarían, qué negocio pondrían. Pero el avance de la enfermedad fue retrocediendo gracias a las poderosas defensas de tu madre y a las efectivas medicinas que le comprabas. Fue idea del alemán, no tuya, frase que ahora no te cansas de repetirte. Él te comentó, Y qué pasa si no le das todas las medicinas. Era verdad, aquellas pastillas e inyecciones estaban arruinándote el futuro. El doctor había dicho que sólo un milagro podía salvarla. Tú no creías en los milagros.
Temías que se diera cuenta. Temías que tu madre fuera de esas personas paranoicas, y que en cualquier momento te descubriera, te lanzara platos, vasos, gritándote, Maldito, desagradecido, asesino, y pidiendo auxilio a tu hermano. Pero no fue así. Las medicinas la habían vuelto dócil, distraída, habían perturbado su memoria. Un día olvidó el nombre de tu hermano. Luego, olvidó que tenías uno. Primero le diste las pastillas a deshoras, a ver qué pasaba. Pero nada. Ella seguía igual, el doctor seguía diciendo que todo iba bien, que estaba mejorando. Así que suprimiste una, al azar. Se le quitó el hambre, dejó de comer. Pero aun así, su salud seguía estable. Entonces le quitaste otra. Y cuando la paciencia se te acabó, y pasaron dos años de quitarle pastillas y tu madre no se moría, se las quitaste todas. Todas. Le dabas dulces en su lugar, y le inyectabas agua. Entonces comenzó el deterioro, a una velocidad vertiginosa. Se le cayeron el pelo y las uñas. Se le partieron los labios. Envejeció de pronto, no podía caminar. Y tú veías el éxito venir, nadie sospechaba, el doctor decía, Tarde o temprano tenía que pasar, los medicamentos sólo estaban retrasando lo peor, pero al parecer, ya no funcionan.
Volvió a ti el alemán, pues por esos tiempos se había alejado, creyéndote débil e inmaduro, pero apenas se enteró que tu madre estaba en las últimas, se enamoró otra vez. Rehicieron los planes, las cuentas y los viajes. Te revolcabas con él y soñabas con tu madre, revolcándose también, pero en el dolor de su cama. Habías empezado a hartarte. Desde hacía seis meses no le dabas medicamentos, y todavía no se moría. Tu hermano había empezado a sospechar, y se metía a tu casa por la puerta de atrás. Un día descubrió el frasquito de las medicinas, olorosas a chocolate. Por fortuna no lo dejaste probarlas. No ves lo caras que están, apenas si me alcanza para comprárselas. Tu madre se había asustado con los gritos. Entraste en la recámara, luego de correr a tu hermano, y le acariciaste la cabeza, mientras la engañabas, Todo va a estar bien, te vas a recuperar, vas a ver.
Y al fin, aquella mañana ella misma te había dado las instrucciones de qué hacer cuando muriera, cómo quería su ataud, qué vestido quería traer puesto. La escuchaste atento. Se pasaron el día juntos. Cuando le llevaste las pastillas, te tiró la charola, furiosa, y te gritó, Para qué, si no sirven para nada. Tú te quedaste temblando. Era verdad que habías puesto en marcha aquel plan maligno sin que nadie te obligara, pero te aterrorizaba la idea de que alguien te descubriera, peor si era la propia víctima. Hiciste un segundo intento, Pero mamá, son por tu bien, para que te pongas mejor, y te agachaste a juntarlas, pero tu madre otra vez gritó, Cállate, no quiero nada. Bueno, allá ella. Se pasó el día entero en la mecedora, sin hablarte, sin mirar nada, sin moverse siquiera. Llegada la noche, murmuró, con una voz débil, de moribunda, Llévame a acostar. Dejaste la revista que leías en el sillón, y la cargaste hasta la cama.
La arropaste y le acomodaste la almohada. Ya te ibas, para acostarte también, pues te hayabas fastidiado por la falsa promesa y la espera eterna, cuando te detuvo, tomándote de la mano y negándose a soltarte. Se le empezaron a cerrar los pulmones. Sentía la muerte ahí, acostada a su lado, acariciándole el rostro, invitándola, Vente, vámonos, mientras ella le respondía, Espérame, dame un minuto. Te clavó los ojos, y tú le evadías la mirada, A ver mamá, no te sientes bien, verdad, deja llamo al doctor. Ella dijo No, ya no lo necesito. Entonces capturó por fin sus ojos. Se quedaron así, tú pidiendo disculpas, con las lágrimas a punto de salir, ella conteniendo a la muerte. Al final, con el último suspiro, pronunció tu propia sentencia:
-Ojalá que disfrutes mi casa y mi dinero, cabrón.
Y murió.
(FIN)
7/4/06
La llegada de los demonios blancos

Ella siempre había sido demasiado sentimental. Amaba a sus hijos, y no podía soportar la idea de perderlos de aquella manera brutal, despiadada. No dudó nunca sobre lo que tenía que hacer, desde que llegaron los mensajeros de los otros pueblos, con las cuentas de vidrio, las historias de los demonios blancos que se acercaban buscando oro y plata. Alguien les había contado una leyenda absurda sobre una ciudad dorada para mandarlos lejos, y los habían mandado justo donde estaban ellos. Pero algo era seguro: los demonios blancos destruirían todo a su paso, y dejarían las tierras desiertas y desoladas, quemarían las casas, se llevarían a las mujeres y a los niños, y los pondrían a trabajar sin descanso, desde el nacimiento del sol hasta su muerte, sin comer, sin dormir, matarían a sus dioses y a sus costumbres, talarían árboles, saquearían templos… Un rastro de desolación dejaban por donde quiera que pasaran, y todas las almas contaminadas por el odio y el rencor, perdían su derecho al descanso eterno. Eso era bien conocido.
Mientras afuera el pueblo entero enloquecía, la mujer vio que su marido no regresaba, pero ya estaba oscuro y los niños tenían sueño. Los acostó en el petate, como nunca lo había hecho, y les besó la frente a manera de despedida. Sus rostros, sucios y cansados, resplandecían reflejando la claridad de la luna llena. Los encomendó al espíritu de la noche y al dios de la muerte, y con la respiración agitada, colocó las manos alrededor del cuello del más grande, y se quedó mirándolo. Su hijo apenas se movió, aún vacilante entre el sueño profundo y la vigilia decadente, y ella apartó las manos, para limpiarse las lágrimas antes de que rodaran por sus mejillas.
Se puso de pie y se asomó a la entrada de la choza. Hombres y mujeres, algunos niños arrastrados por sus padres, se dirigían a los árboles a la entrada del pueblo, con sogas en las manos, mientras gritaban que no quedaba tiempo. A los viejos les había resultado sencillo, pues sólo una poderosa voluntad los aferraba aún a la vida, y al suprimirla, las sombras cálidas y apacibles los envolverían. Otras madres, presurosas, iban haciendo los nudos alrededor del cuello de los niños mientras desfilaban en interminables filas en busca de un árbol vacío de cuerpos y con ramas fuertes, donde se pudiera colgar la familia entera, pues ya se habían visto accidentes a lo largo de la noche, en que las ramas cedían ante tanto peso y se quebraban todas juntas, dejando a las familias adoloridas por el golpe de la caída y frustradas por tener que ir en busca de otro árbol, y a los niños temerosos porque la falta de aire los había asustado y por la corazonada de que aquello sí iba a dolerles. La mujer miró hacia dentro de la choza, y vio los petates en el suelo, y los cuatro niños durmiendo ya sin preocupaciones ni esperanzas. Dio un último suspiro, y ahora dejando que las lágrimas silenciosas fluyeran, hizo lo que tenía que hacer. Había aprendido que la muerte no era sino otro comienzo, pero aún así, le dolía que éste tuviera que llegar tan rápido, y que ninguno de sus hijos pudiese disfrutar de las maravillas de la vida terrenal. Pero ahora que la tierra se había convertido en infierno, no había otro remedio. Si sus almas se contaminaban de violencia y odio, jamás alcanzarían el anhelado descanso eterno. Y lloró mientras iba de un cuello a otro, sin hacer ruido para que el de al lado no se despertara. Sin embargo, lo más doloroso no fue verse obligada a matar a sus hijos, sino comprobar, antes de prenderle fuego a la casa, que estuvieran bien muertos. Y los llamó a cada uno por su nombre, a gritos, sin poder dejar de llorar, y los sacudió con violencia, y los abofeteó con la esperanza oculta y enfermiza de que uno despertara y escapar con el sobreviviente a la sierra, irse lejos, donde ningún demonio blanco los alcanzara, pero sabía que era imposible: su poder no conocía límites, si eran capaces de cruzar los mares en cerros que se movían y escalar altas montañas en esos venados monstruosos, nada los detendría. Lo hizo para que ninguno sufriera lo mismo que ella, pues sabía que no había tiempo para las ceremonias funerarias tradicionales, y no quería que sus hijos fueran exhibidos como provocaciones para los demonios blancos.
Salió de la choza y fue en busca de una antorcha. A lo lejos reconoció la figura de su marido, suspendido de un árbol fuerte, balanceándose con lentitud por virtud del suave viento que soplaba. Cobarde, le había dejado toda la labor a ella. Y allá, en el horizonte, distinguió los fuegos de las caravanas de demonios, acercándose implacables, y escuchó los estallidos ensordecedores y los golpes de las patas de sus venados monstruosos, y supo que no quedaba más tiempo. Entró en la choza, se sentó en una silla, y, al fin consumido su llanto, prendió fuego a las paredes, al techo, y, al final, a sus propias ropas y cabellos, y vio, antes de que las llamas lo envolvieran todo, que uno de sus hijos, confundido, se levantaba del suelo, tosiendo. Entonces volvió a llorar, aunque ya no pudo sentir las lágrimas.
(FIN)
11/1/06
Moscas
Toda su vida había soñado con hacerlo, pero sólo hasta hoy había tenido la oportunidad. O el valor. Llevaba meses haciendo que su departamento se pudriera con restos de comida, mierda de animales, basura y demás pestilencias. Él mismo había dejado de asearse. Y lo hacía persiguiendo un único, firme y claro objetivo: cumplir su más grande y más perversa fantasía sexual.
Se consideró siempre distinto a los demás. De niño no iba a los parques a jugar, sino a buscar hormigueros, echarse al pasto y ver de cerca el arduo e interminable trabajo que las diminutas criaturas realizaban. Capturaba mariposas, las metía en un frasco con agujeros en la tapa para contemplar su belleza inigualable hasta que los ojos se le cansaban de tanto verlas. Correteaba por su casa a las cucarachas, las tomaba con cuidado entre las manos y se conformaba con sentir las patas viscosas en la palma de la mano, y en concha dura y fría, y las antenas en constante movimiento... Jamás mataba a los animales para coleccionar sus cadáveres, como hacían otros aficionados a los insectos, ya que la sola idea le parecía horrible, cruel, brutal.
Apenas llegó a la adolescencia, tras encenderse sus todavía inocentes pasiones y oscuros deseos, descubrió que el amor que profesaba por los insectos iba más allá de una simple admiración. Sobre todo, por las moscas. Su anatomía armoniosa, la agilidad de sus movimientos, sus hábitos, el zumbido de sus alas, el cosquilleo que sentía en la piel cuando sus finas, casi imperceptibles patas se paseaban encima suyo, le provocaban un placer difícil de experimentar por otros medios. Las raras ocasiones en que conseguía que una mosca se posara sobre su pene mientras se masturbaba, hacía estallar en él un orgasmo indefinido, irreal, tan feroz como la creación misma del universo.
Por supuesto que tuvo serias dificultades para ocultar a sus padres su inclinación sexual. Llegaron a pesar que Higinio, ese era su nombre, era homosexual, por aquello de que jamás le conocieron novia que no fuese inventada. Poco a poco, aprendió a balancear su escasa vida social con su perversa faceta sexual, y sus compañeros de escuela, y más tarde los del trabajo, comprendieron, al no encontrar otra explicación coherente, que Higinio era lo que se llamaba un asexual, pues sus amigos varones lo invitaban a prostíbulos y tables-dances, y aunque iba de vez en cuando, sólo para no levantar sospechas, se mantenía reservado, distraído, hasta parecía aburrido, y lo mismo pasaba cuando sus dos o tres amigas, pensando que no tenía el valor suficiente para salir del clóset, como dicen, lo llevaron a un antro gay, con strippers y cuartos oscuros. En un par de meses se daban por vencidos, y para consolarse, suponían que Higinio tendría un desorden hormonal, o genético, o psicológico, que lo hacía invulnerable a la influencia y el deseo del sexo.
Él no se consideraba como los demás zoófilos. Le parecía asqueroso introducir su miembro en cualquier tipo de cavidad que se prestase para ello, odiaba a los mamíferos, siempre llenos de pelo y salivando sin descanso o haciendo ruidos insoportables. Higinio, en cambio, disfrutaba de la sutileza, la gracia, la viscosidad. Había probado con gusanos, arañas y termitas, pero nada tenía comparación con las moscas.
Un día vio en televisión un sujeto que, para romper un absurdo récord, se cubría el cuerpo con alacranes. Aunque los alacranes le asustaban un poco por el veneno mortal, la idea le pareció demasiado excitante, y decidió hacer lo mismo, pero no para romper ningún récord mundial, sino uno personal, el del mayor orgasmo de su vida.
Se desnudó por completo, se paró en medio de la cocina y alzó la cubeta sobre su cabeza. Ya algunas moscas, atraídas por la basura acumulada y la podredumbre circundante, se habían posado, curiosas, en su cuerpo. Volteó la cubeta y dejó caer sobre sí, poco a poco, las vísceras, los sesos y la sangre, hasta que se cubrió por completo y se tendió de prisa en el suelo. De inmediato las moscas volaron hacia él, y como una segunda piel, transformaron su cuerpo en una masa negra, asquerosa y zumbante. Minutos después, Higinio perdió el conocimiento, víctima de un placer profundo y descomunal, pero las moscas, enloquecidas, salvajes, carcomieron la basura que cubría el cuerpo, y luego, cuando terminaron, pasaron a la piel viva, hasta atravesarla, y empezaron con la carne, entraron por sus oídos, por la nariz, por el ano, y se dieron el banquete de su efímera existencia, mientras Higinio, ya en el umbral de la muerte, volvía al mundo conciente por un breve lapso sólo para sonreír, satisfecho por al fin sentir moscas dentro de su cuerpo.
(FIN)
5/1/06
Puntos de vista (2/2)
Camina con calma las ocho cuadras que lo separan de su hogar, pensando como siempre en lo que le espera al llegar. Basta con que el viejo Matías aparezca en el umbral de la puerta para que los nietos borren de sus rostros las sonrisas y los hijos apaguen el ánimo, y todos empiecen a dispersarse a sus respectivas casas. Claro, podría ser que ya es tarde, los niños tienen sueño, los papás deben trabajar, no hay escuela porque son vacaciones, pero el hecho es que con la llegada del abuelo, la casa de vacía en menos de quince minutos. Y es en esta situación donde los puntos de vista, contrarios, chocan.
¿Y qué tal si aquello no es una simple coincidencia de horas? ¿Qué tal si, en lugar de que todos se vayan a la hora que él llega, todos se vayan porque es la hora en la que él llega? A pesar de que son cuatro diminutas palabras las que se añaden, el sentido de la segunda frase es, sin duda, mucho muy diferente que el de la primera. Don Matías sabe que cuestionar las razones que tienen sus hijos para sacar a sus nietos de la casa a la que el abuelo acaba de llegar es un acto de ingenuidad pura, aunque él, en el fondo, prefiere el término "autoengaño". En ocasiones le gustaría pensar que es nada más una cruel coincidencia, le gustaría ignorar el frío recibimiento, repleto de silencios, de miradas esquivando la suya a toda costa, de fugaces apretones de mano que se dan sólo por educación elemental, de besos en sus mejillas por parte de los nietos obligados a hacerlo y superar la repulsión, el asco o la vergüenza de su piel áspera, arrugada e infestada de verrugas y pelos mal rasurados, de la salida de cualquier persona de la habitación a la que don Matías entre, cuando las nietas mayores están viendo tele en la habitación y el abuelo entra, las niñas apagan el aparato, como si obedecieran una orden implícita, y salen disparadas sin dar explicaciones; si están reunidos en la sala tomándose un café y el abuelo llega y se sienta en el sillón, uno a uno, a cuenta gotas, van saliendo al porche donde continúan sus tazas ylas conversaciones, dejando al abuelo solo con su periódico como única compañía.
A veces trata de justificarlos. Sabe que nunca fue un padre ejemplar, y se ha resignado a buscar la anhelada redención en los nietos de mayor edad, aunque sin mucho éxito, pues los nietos de mayor edad han escuchado historias del ogro que fue don Matías en sus años de esplendor autoritario, cuando era la principal fuente de ingresos de la casa y nadie comía si él no llevaba el dinero. Han escuchado, pues, los despilfarros en alcohol y prostitutas, han escuchado de los amigos parásitos que lo abandonaron cuando le exprimieron el último centavo, han escuchado de las explosiones de furia y los golpes que en repetidas ocasiones repartió, tanto entre sus hijos e hijas como en su mujer. Don Matías alcanza a comprender que toda una vida de errores no se borra de la noche a la mañana, y a pesar de que no pasa un día en que no se arrepienta de todo lo que hizo y dejó de hacer, le resulta difícil tratar de arreglar las cosas. Sabe que si empieza hoy a tratar de ser buen padre, los hijos reaccionarían con incredulidad y hasta con indignación. Él mismo lo sintió cuando su propio padre, ya en la etapa terminal de su cirrosis hepática, lo llamó a su lecho de muerte y le rogó perdón por todas las barbaridades que había cometido a lo largo de su vida. Sólo podía pensar, Cómo se atreve, cree que es nada más decir "perdón" y ya, cree que con escuchar esa clave mágica antes de morir se le abrirán las puertas del paraíso, pues mi "perdón" significa otra cosa: Púdrete en el infierno, cabrón.
Esa noche se dio cuenta de que era tarde para tratar de hacer algo. Los intentos anteriores, aunque escasos, hay que aceptarlo, habían sio improductivos por la razón ya mencionada de los hijos incrédulos. Nadie creía que, en los pocos años, o meses, o días -ya a esta edad uno debe estar preparado para cualquier sorpresita- que le quedaran de vida, don Matías pudiera hacer algo por recompensar la infancia arruinada y los traumas emocionales derivados del inframundo que había sido su familia primaria, con el alcohol y la violencia como principales actores del drama de la vida real.
Llegó a casa y, como siempre, saludó a los hijos que todavía le dirigían la palabra -dos de ellos habían roto toda comunicación con don Matías dos meses antes por discusiones que se fueron inflamando hasta reventar-, y a los nietos que, tímidos, o más bien, temerosos, se acercaban a besar la áspera piel del abuelo. Cuando se sentó a cenar a la mesa, solo, sus hijos se preparaban para marcharse, e hicieron fila para despedirse del malhumorado padre. Una vez devorada la cena en su totalidad, recogió sus platos y los llevó al fregadero, donde una alta torre de trastes lo esperaba, como cada noche, y recordó lo que durante el camino había venido pensando. La impotencia, la amargura, la terrible resignación, le exprimieron el corazón hasta sacarle las lágrimas. La mujer lo descubrió y, en tono burlón, le preguntó Qué tienes gordo, ya estás llorando otra vez. No estés chingando, contestó. A las tres de la mañana tuvo un infarto más, y esta vez sabía que era el último. Debo pedirle perdón a mi vieja, pensó. ¡Vieja! ¡Me muero!, le gritó. Ella creyó que era uno más de sus ataques inventados, se tapó la cabeza con la sábana. ¡No estés chingando!
(FIN)
"...Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no".
(Tomado de "Las intermitencias de la muerte", de José Saramago)
3/1/06
Puntos de vista (1/2)
Es hora de bajar la cortina del local y regresar a casa. Don Matías rectifica y actualiza las cuentas, toma nota de lo que ya vendió y de lo que hay para vender mañana, saca las cervezas de la hielera y las devuelve al refrigerador, desconecta el radio, desarma las mesas, ordena el periódico, y con algo de esa angustia inexplicable que de vez en cuando lo asalta, apaga las luces y sale a la calle. Ha llegado a su fin la jornada de trabajo en el depósito, a pesar de que es la hora y el día en que la gente busca más alcohol, ya sea para una reunión, con los amigos o con la familia, por coincidencias o por anticipaciones, los sábados de noche son ideales para beber, pero tendrán que arreglárselas como puedan, este depósito tiene permiso hasta las nueve, ni un minuto más.
Camina con calma las ocho cuadras que lo separan de su hogar, pensando como siempre en lo que le espera al llegar. Basta con que el viejo Matías aparezca en el umbral de la puerta para que los nietos borren de sus rostros las sonrisas y los hijos apaguen el ánimo, y todos empiecen a dispersarse a sus respectivas casas. Claro, podría ser que ya es tarde, los niños tienen sueño, los papás deben trabajar, no hay escuela porque son vacaciones, pero el hecho es que con la llegada del abuelo, la casa de vacía en menos de quince minutos. Y es en esta situación donde los puntos de vista, contrarios, chocan.
Los cinco hermanos, todos ya con, al menos, dos hijos, acuden a la casa de sus padres casi todas las tardes, se podría decir que por la fuerza de la costumbre, pero no se puede ignorar el hecho de que esta familia siempre ha sido, valga la redundancia, muy familiar, o dicho con otras palabras, más unidas que muchas, y se reúnen con la madre para contarse sus problemas y pedir consejos, siempre de forma relajada y sin dramas. También hablan de otros asuntos mucho más superficiales, como los chismes de barrio, las noticias de la tele, los rumores de los parientes menos cercanos, enfermedades de los niños, anécdotas, proyectos, chistes. A veces incluso juegan a la lotería, o al dominó, o a las barajas, a "dígalo con mímica", en fin, se la pasan bien, a pesar de las pequeñas fricciones naturales entre hermanos, más que nada causadas por los hijos maleducados, que en la educación de los retoños los padres respectivos, eso lo sabemos todos, nunca coinciden unos con otros, y lo que a unos les parece adecuado a otros puede parecerles faltas de cortesía, o por las parejas de cada uno que, para qué negarlo, no siempre agradan a todos. Pero la mayor parte del tiempo, el ambiente que se respira en la casa es de armonía y jovialidad, hasta que llega el abuelo. Y es que don Matías tiene fama de ser un cascarrabias, de caracter difícil, renegado, enojón, de pocos amigos, amante del orden, del silencio y de la tranquilidad. Llega y recorre la casa recogiendo las secciones del periódico esparcidas por doquier, lavando los platos, regañando a los chamacos que no se pueden estar quietos un rato, preguntando que dónde me dejaron las chanclas, chingado, que qué hay de cenar, que quién dejó esto aquí, que por qué no hay tortillas, que dónde dejaron el teléfono, qué manía de dejarlo desvalagado donde terminan de hablar, quién destendió la cama, apaguen esa tele, bájenle a esa música y ya no estén haciendo tanto escándalo porque ando bien madreado y quiero dormir.
Los hijos, los nietos y la abuela deben soportar todo esto en silencio y sin ningún intento por contradecir sus órdenes, deseos o quejas, pues saben que el alboroto que se armaría sería peor que el peor de los alborotos, pero como ha sido igual por largos años, ya todos se limitan a tratar de ignorarlo mientras encuentran una excusa cualquiera para irse. Han aprendido que la mejor manera de no provocar la ira, tan fácil de despertar, en don Matías, es alejarse de él y entablar el mínimo contacto, qué pasó, cómo está, cómo le fue, y un hasta luego respetuoso, nos vemos mañana, son suficientes para evitar cualquier conflicto, de los cuales ya ha habido muchos y tan graves que no valdría la pena volver a desencadenarlos. Muchas veces, los más comprensivos de la familia -uno o dos-, han tratado de explicarse las razones del abuelo para ser así, como es, pero lo único que encuentran es un corazón frío, pesado, insensible, incapaz del diálogo. Podría decirse que de piedra.
Esa noche don Matías llegó y pasó lo que siempre pasaba. A los diez minutos la casa estaba vacía, silenciosa, tranquila, justo como a él, según la creencia familiar, le gustaba. Extraño es el hecho de que don Matías demostrara su satisfacción con lágrimas que se le escapaban mientras lavaba los platos en la cocina. Su mujer lo descubrió, se acercó con cautela y preguntó Qué tienes. Respondió él, sin voltearla a ver siquiera, No estés chingando. Dormían, como la lógica manda suponer, en cuartos separados, pues la repulsión, el desprecio y el rencor mutuo era inmenso y no toleraban estar en la misma habitación por más de cinco minutos. A las tres de la mañana, don Matías sintió que se le entumecía la mitad del cuerpo y que la garganta se rehusaba a abrirse para dejar paso al aire. Voy a morir, pensó el abuelo, pero sacando Dios sabe de dónde fuerzas para dar un último grito antes de perder el sentido y la vida, llamó a su mujer, con toda la intención de arrepentirse de sus pecados en el último instante, y adquirir así la redención de la familia entera por medio del corazón blando, puro, capaz de perdonar, de la siempre amable abuela, ¡Vieja! ¡Me muero!
Ella lo escuchaba desde su recámara, escuchaba su respiración desesperada y su pataleo nervioso, pero pensó que sería uno más de sus teatros para llamar la atención. Ya otras veces había ocurrido, iban corriendo al hospital y descubrían, al llegar, que no era nada. Así que se envolvió en las sábanas, giró su cuerpo hacia la pared y respondió, No estés hingando.
Don Matías amaneció muerto la mañana siguiente. Su familia no pudo evitar sentir, en lo más profundo de su corazón, algo de una extraña y retorcida alegría.
(CONTINÚA)
"Érase una vez una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y un niño de ocho años. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quería, no conseguía mantener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme le era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa..."
