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7/12/06

Nostalgia de neón vol. 3



Hace un año, me encontraba en Tijuana, con tres materias reprobadas y la conciencia abrumándome todos los días, por haber fallado, por no haber sido fuerte y por haberme dejado arrastrar por un camino que creí podría controlar, pero no, no pude. Y haciendo el balance del año que agoniza -pues nadie ve a diciembre como otro mes más, sino como el final, el último, el magistral verdugo que corta la cabeza de otro año poco a poco, con dolor, y, por supuesto, con nostalgia-, el balance es positivo. He ganado más de lo que he perdido. He aprendido más de lo que he olvidado. He amado más, mucho más, de lo que he odiado en toda mi vida. Eso, creo yo, puede considerarse una ganancia.
Jamás podré escapar a la nostalgia, mucho menos a la que invade el inconsciente colectivo durante la época navideña. Los medios y la publicidad te hacen recordar que en algún lugar, tienes una familia, que en algún tiempo, pasaste una navidad con ella, en medio de cenas y recalentados, de oraciones y ritos absurdos, de regalos esperados con ansias y abiertos con desilusión, porque no era lo que querías, sino la copia barata, pues la economía no andaba bien por esos días. Diecinueve navidades he pasado con mi familia. Esta será la primera que, por voluntad propia, estaré ausente.
Y es que a pesar de que la nostalgia me sigue a todos lados, como una sombra que me supera, he cambiado, he crecido, he madurado, dirían algunos. Tantos ires y venires, tantos golpes, raspones y caídas, tantos tropiezos cuando ya había encontrado, suponía, el ritmo de mis pasos y la dirección de mi camino, me han convertido en un hombre diferente al precario y soberbio adolescente que una vez fui, y que se resiste a morir dentro de mí, pero he aprendido a controlarlo. Y la nostalgia, que es parte de mí desde pequeño -se me ve en los ojos, dicen quienes me conocen y se atreven a decírmelo-, ha cambiado conmigo. Ya no es ese deseo desesperado por revivir a los fantasmas y reparar lo irreparable. Ya no es la sensación de haberse quedado estancado en una época y en un lugar al que estoy obligado a regresar para completarme con esa parte que dejé. Eso sería como si la serpiente, luego de haber mudado de piel, volviera sobre sus huellas a buscarla para vestirse con ella de nuevo, al final de sus días no podría ni arrastrarse por tantas capas que ha ido volviendo a poner en su lugar.
La gente cambia, eso siempre lo supe, pero jamás lo apliqué en mí. Yo me resistía, pretendía haber cambiado pero tarde o temprano regresaba a mi origen, como una espiral que gira sobre su propio eje, y no se expande, y no abarca el espacio disponible que hay para seguir creciendo, para ocuparlo todo, para mostrarse en todo su esplendor. Qué sería del viajero incansable si al menor indicio de melancolía, cansancio o frustración, volviera a su pueblo, a sus casas y a sus gentes, a recuperar energía: jamás llegaría lejos, y pudiendo haber recorrido un camino muy largo y haber llegado muy lejos con todo lo que avanzó, decidió retroceder y recorrer pequeños fragmentos de muchos caminos diferentes. Yo no quiero eso.
Porque siento que ya me he encontrado. Que poco a poco voy descubriendo lo que soy y lo que puedo hacer. Porque estoy confiando en mi suerte y mi suerte me está consintiendo, a veces más y a veces menos, pero nunca me falla. Porque la nostalgia ya no está compuesta de añoranza, sino de satisfacción. Estoy contento con lo que hice y dejé de hacer. Estoy a gusto con lo que fui y lo que quiero ser. Estoy tranquilo con quien abandoné y con quien ahora estoy. Porque lo que no hice ya no lo puedo ser, y lo que fui me ha hecho lo que soy, y a quien abandoné le di todas las bases para que pudiese seguir sin mí, le dejé un pedazo mío, y no pienso ir a quitárselo. Yo, también, voy recogiendo partes de otros, de gente a la que quiero y a la que no, y me voy armando con esas piezas, y tomo las que me sirven y las que no las hago a un lado, y sigo caminando.
Porque ahora, en este punto de mi vida, siento que ahora sí he encontrado mi camino. Ya no ando como loco buscando no sé qué, ahora avanzo y disfruto, camino alegre, tarareando, dando saltitos, por un sendero que elegí y que no quiero abandonar, aunque a veces se ponga feo, aunque a veces se ponga difícil, no dejo de disfrutarlo, quiero seguir hasta la punta, hasta que se me acabe la vida, a ver hasta dónde llego, sé que será lejos. Y es que los caminos, al igual que los amigos, que el mar y que los días, que los números y las estrellas, no tienen final.


["Yo que era un solitario bailando me quedé sin hablar mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar"]

20/1/06

La Negrita

La Negrita

y bueno el cuento de la negrita sigue así:
después de haber viajado tanto por todo el país
regresa a su costa amada pa'seguir en el malecón gritando
vendo pescado frito con limón

y si supieran las cosas que pudo ver
que no se parece nada a los sueños de su niñez
la negrita no comprende de dónde fue que salió el cuento ese
que en otro lugar vives mejor...

porque es muy fácil de pensar
que hay que viajar para triunfar
que aquí no hay oportunidad
que en otro lado sí la habrá
y aunque experiencia ella adquirió
nunca se pudo olvidar
que su cadera al caminar
lleva el ritmo de la mar...

por eso un día nublado se regresó
y vio que acá en su puerto siempre calentaba el sol
y cuando alguien le pregunta
de las cosas que aprendió contesta
que viajar a veces no es mejor...
que quedarse al sol es lo mejor...
que vende pescado con limón...
que si lleva uno lleve dos...
porque al rato ya se acabó...
que ella prepara siempre el mejor...
como este no hay dos en el malecón...

ah, pero eso sí, duro el trabajo
no se vaya uste' a dormir
como dicen que pasó
a mi amigo el camarón
o como al señor cangrejo
que por andar de crustaceo
se lo comieron al ajo
o como a este pescadito

que tiene el ojito azul
creo que viene de lejos
y mire dónde fue a dar...

J. A. Rangel/ E. Rangel

2/1/06

Nostalgia de años nuevos

Nostalgia de años nuevas

no es como era antes. mi memoria nunca ha sido de fiar, pero mi padre es un gran aficionado a dejar registros de cuanta reunión familiar se atraviesa en vhs, así que, a lo largo de los años, he tenido la oportunidad de refrescar mis recuerdos por medio de los muchas veces embarazosos videos. y he visto en ellos que en años anteriores, las fiestas del día 31 de diciembre en casa de mi abuela eran mucho más fiestas.

he visto en esos videos, donde yo tengo 10, 11 ó 12 años, que mis tíos se pasan la noche bailando en la sala de la casa, que por única ocasión al año es acondicionada como pista de baile, en un estado de intoxicación etílica que no podría ser calificada como alarmante, sino más bien como divertida. por desgracia en aquellos tiempos yo no tenía edad para beber, así que me la pasaba echado en un sillón, al principio riéndome por las ocurrencias de aquella bola de borrachos, pero ya pasadas las tres de la mañana bostezando cada cinco segundos. mis primos y mis hermanos eran unos mocosos, después del abrazo tradicional a las 12 de la noche no pasaban más de 30 minutos antes de que todos estuvieran distribuidos en las camas de la casa, durmiendo como angelitos a pesar del escándalo de los mayores que muchas veces se prolongaba hasta el amanecer, y no había necesidad de dormir entre la cena del 31 y el desayuno del 1ro., que siempre es menudo. mis cinco tías bastaban para amenizar la fiesta, mi abuela se les sumaba, todavía joven y capaz de bailar la noche entera con una botella en la mano y otra en la cabeza. además, a lo largo de la velada, vecinos, parientes no tan cercanos, amigos y enemigos de la familia, acudían a pasar un rato en la casa, inyectando así nueva frescura a la celebración. todos se sentían jóvenes, con un enorme futuro por delante, pues el presente lucía como si jamás fuera a perder su brillo.

pero basta rememorar la velada de este año para darse cuenta de que el presente se ha venido opacando. se notó desde navidad: los niños, ya no tan niños, no recibieron tantos regalos como estaban acostumbrados. de los videojuegos, los tennis de marca, las sudaderas oficiales de las pumas, los muñecos y muñecas más solicitados, pasaron a recibir chanclas de un dólar (un par por cabeza) y playeras casi idénticas, una para cada uno, que se diferenciaban por el color. ¿los adultos? tuvimos suerte si logramos abrir un sólo regalo, que por lo general era de los papás o los respectivos(as) esposos (as).

volviendo a la fiesta de año nuevo, esta vez tuvimos que contar los tamales, y cooperar, tú traes las sodas, tú los frijoles, tú el ceviche, tú el pastel de atún, tú los desechables. las dos botellas de tequila ni siquiera se terminaron (a pesar de que contribuí lo mejor que pude a extinguirlas), porque después de tantas vidas destruidas en la familia por culpa del alcohol ya nadie bebe como solíamos hacerlo antes. cada quien cenó cuando le llegó el hambre, los relojes no fueron sincronizados e hicimos la cuenta regresiva dos veces porque no nos poníamos de acuerdo, y ni siquiera el reggaetón llamó a todos a la pista de baile, que esta vez terminó luciendo casi tan limpia que como al principio de la noche. los niños, que antes brincoteaban por toda la casa de las 9 a las 12, se encerraron en el cuarto de la tv para jugar mario kart y fifa street hasta las 4am, hora en la que los tres adultos que todavía quedaban en la casa se encontraban acostados en un sillón de la sala, dormitando y viendo bailar a mi prima de 7 años como toda una rockstar canciones de la cuca, caifanes y moderatto con belinda. mi abuela bailó cinco minutos con mi primo de 4 años, y le empezó a doler la rodilla.

en definitiva, ya nada es como antes. los años nos están llegando, la situación económica es cada vez más difícil ahora que los niños crecen y empiezan a ir a la secundaria, y eso no quiere decir que los primitos dejen de llegar: este año nacieron dos nuevas. además, los juguetes para grandes son más caros que los juguetes para chicos, los tennis, los balones originales, los discos de gamecube, y los niños grandes son cada vez más que los niños chicos. es difícil mantener a la familia reunida toda la noche, porque los que no están en otra ciudad tratando de vivir mejor, ya se han olvidado de nosotros o descubrieron que en otras casas se come mejor y se bebe más. y mi abuela pegó como cinco pirámides de monedas en la puerta para que el dinero nunca le falte a ninguno de sus hijos este año que comienza. con los años, los rencores se acumulan, el dinero rinde menos y el entusiasmo decae. las esperanzas son como castillos de naipes. la familia, antes joven, unida, llena de vida, se va desmoronando año tras año... de verdad que me da bastante tristeza.

"ojalá que llueva café en el campo..."

6/8/05

del hambre y el desconsuelo

leo. leo sin descanso, hasta que me harto, entonces escribo, hasta que se me acaba la inspiración, y luego me quedo acostado, mirando el techo, pensando que debo comer algo, sin saber qué. no tengo ganas de salir de casa, algo ha pasado que me ha tumbado en la cama como un pobre ciego convaleciente, escucho a los vecinos que entran y salen, discuten deudas, comentan planes, yo no participo, si llego a salir de mi cuarto para buscar algún bocadillo en el refrigerador, no los miro, ni les hablo, apenas los saludo, les digo qué hubo, qué cuentas, pero en realidad no me interesa lo que esos tipos cuentan. vuelvo a mi jaula, leo un poco más, escribo un poco más, escucho las canciones mil veces repetidas en la radio, no tengo humor de ninguno de mis discos, me los sé ya de memoria, igual los libros, sólo espero, que suene el teléfono, que pase algo, que pase cualquier cosa y me saque de debajo de la tierra. pero no pasa nada.
salgo y miro la calle. el sol no calienta, lo que calienta son las calles, los edificios, el aire. ando como un perro callejero, oliendo aquí y allá las vapores que salen de las casas donde viven familias, se reúnen ya al comedor para ingerir los sagrados alimentos, la madre sirve los platos, la hija pone la mesa, el hijo y el papá se sientan sin remordimientos, y comen, como familia. yo los imagino con envidia, desde hace meses que como solo, que sólo escucho mi quijada masticando y nadie me pregunta Me quedó rico, te gustó, no está muy caliente, nada de eso, si está malo no puedo reclamar, si me gustó o no, es cosa que no interesa, basta con que calme el hambre, si está caliente no hay remedio más que esperar a que se enfríe, es ahí cuando sale el problema, cuando ya está frío y es imposible calentarlo.
nadie me reconoce. camino por la calle y soy como un fantasma, con un ente errante que vaga desconsolado, que no sabe de dónde viene ni a dónde irá a parar. la gente me ve, algunos piensan Qué le pasa a este jovenzuelo, lleno de aretes y todo greñudo, Queremos rock, dicen los albañiles cuando les paso por enfrente, burlándose de mí. que se burlen, que piensen lo que quieran, me importa poco, en parte porque tienen razón, a mí qué. no sé qué comer, no hay nadie que me oriente, que me diga Qué se te antoja, yo te lo preparo, Unas enchiladas, diría yo, unas suculentas enchiladas de pollo, no habrá gloria más grande este día que llenar mi estómago vacío con un platillo casero, ya basta de hamburguesas y de tortas, basta de tacos y de pizzas, estoy harto de comida chatarra, quiero algo que sepa a hogar, a familia, a recuerdo.
no es culpa de nadie. yo decidí esto, ahora no sé si lo quiero, pero no hay otra forma de saberlo más que llegar al final, entonces sabré si tanto sacrificio valió la pena. cualquiera podría pensar, Eso no es ningún sacrificio, tendrás oportunidades, tienes una libertad que muchos desearían, tienes un futuro prominente, una vida ideal, no sé de qué tanto te quejas, pero yo no me quejo, no estoy diciendo que ya no quiero esto, si no que no lo aguanto, y es bien sabido que el ser humano tiene esa capacidad masoquista de acostumbrarse a lo que no aguanta, si no cómo se explican todas esas parejas que evaden el divorcio por el miedo, no hay otra respuesta, es el miedo. si no estoy aquí, si no hago esto, dónde estaré, qué haré, no tengo otro camino, este es el único que me atrae, a pesar de que no lo soporte. entro en el local, saludó a don enrique, creo que ese es su nombre, buenas tardes, está disponible la nueve, me dice, ya ni me saluda, se ha acostumbrado a mi presencia, a que venga por aquí, a veces más tarde, a veces más temprano, ya soy su cliente habitual. avanzó hasta el fondo del local, me siento en la silla negra y, tras esperar los inevitables retrasos del explorador, comienzo a escribir. el hambre disminuyó, la compañía de todos estos desconocidos a mi alrededor la ahuyenta. nadie me habla, nadie me conoce. soy como un fantasma. un fantasma hambriento.

Gira y da vueltas y rueda girando... Gira y da vueltas, y rueda, y rueda...