Mostrando las entradas con la etiqueta gay. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta gay. Mostrar todas las entradas

1/9/09

Hay días así



[Para Tony, por la injusticia de su vida truncada]

No quiere abrir la puerta. El aire fresco del interior del coche es, con seguridad, mucho más acogedor que los casi cuarenta grados que lo esperan en la calle. Son casi las doce y el calor apenas empieza a mostrarse tal cual es, sin la menor consideración por los nobles habitantes del puerto. Mejor me voy, piensa, a tomar un refresco al sanborn's, al cabo no tengo citas hoy. Una sonrisa le llena la cara. Busca su celular, marca un número, es el primero que se ha aprendido de memoria. Aguarda. Hola, soy yo, cómo estás, vamos al sanborn's, sí, sí, estoy aquí, pero no quiero abrir hoy, no tengo citas, y pensaba, ah, sí, no me acordaba, a qué hora sales, bueno, te espero, paso por ti... te amo, adiós. Cuelga y suspira. Hacía mucho que no estaba enamorado, y a pesar de que sus súbitos planes se han frustrado, o más bien, desplazado hacia horas más lejanas, se siente feliz. Ni hablar. Toma las llaves, se pone sus lentes oscuros y de un salto sale al cruel mundo exterior. Pone la alarma mientras se aleja de su camioneta nueva, la verdad le ha ido bien en el trabajo, no puede quejarse. Sin sospecharlo, a unos pocos metros de ahí, dos hombres y una mujer lo observan sigilosos enfilarse hacia el local.

Lo primero que hace, como cualquiera lo haría, es prender el aire acondicionado. Cierra con llave por dentro, es hora que la cerradura no sirve. Se deshace de sus lentes, de su mochila y de las llaves. Enciende la computadora, verifica el teléfono. El silencio de aquí dentro le causa algo de tristeza. Hay días así. En que nadie asoma las narices ni para saludar, en que se pasa todo el día solo, con la única conversación de sus clientas. Quizá otra vez contrate un asistente, sólo para tener a alguien con quién conversar en estos días. Lo que de veras pesa no es la soledad, sino la sensación de que está envejeciendo. Que sus amigos jóvenes no quieren más estar con él, que sus amigos viejos han empezado a hacer amigos jóvenes, o se han ido de la ciudad, o simplemente, lo han olvidado. Este tiempo, inclemente, irremediable, que parece derretirse como todo lo demás, se vuelve viscoso, insoportable. Se sienta frente a la computadora, y busca las fotos de su viaje a Europa. Aquello sí era mundo, carajo. Mira esos paisajes, esos árboles, esas nubes, esa gente. No hay comparación, y nunca la habrá, siempre se ha preguntado por qué dios, si es que existe, lo hizo nacer en un pueblo insignificante que nunca llegará a su nivel. Ahora ya ha pasado su tiempo. No le queda más que resignarse.

En el mensajero virtual, los de siempre lo saludan medio distraídos. Estarán viendo pornografía o bajando videos de sus bandas favoritas, como nacos que son. Les responde también distraído. Sí, se me hizo tarde, es que no tengo citas, hay días así, no, no me aburro, tengo mucho qué hacer. Suena el teléfono. Mira el reloj. Doce veintisiete. Aún faltan cinco horas para el que será el mejor momento de este día. Alza la bocina, es una mujer, preguntando si hoy tiene libre, Seguro, a la hora que quieras, sí, a las tres, o si quieres llegar antes no hay problema, muy bien, chao. Se asoma por la puerta de vidrio que da a la calle desierta, sólo para ver el cielo brillante y el asfalto caliente. Se recuesta en el sofá del fondo. Y piensa en el amor. En lo que se pudo haber perdido si no le hubiese dado otra oportunidad, en lo mucho que puede cambiar una persona enamorada, y pasar de ser un borracho, flojo y vago, a un hombre de bien, ya con tres meses de ayudante de cocinero, no será el mejor trabajo pero es algo honesto, así hay que empezar, desde cero, sobre todo si antes no había llegado a ningún lado, le da gusto, que lo haya hecho por sí mismo, y se alegra de ser el motor de una transformación tal, ser la inspiración de alguien, compartir sueños, recuerdos, sensaciones...

Se despierta de golpe, ante los insistentes golpes a la puerta de vidrio de la calle. Mira el reloj. Dos cuarenta y dos. Vaya, se ha quedado dormido. Vuelven a tocar. Se levanta, se peina el cabello, se estira, se acomoda la camisa. Tocan de nuevo. Ya voy, ya voy. Al otro lado de la puerta de vidrio, hay una mujer y dos hombres. Debe ser la clienta que habló hace rato. Abre la puerta. Hola, buenas tardes, pasen, pasen que afuera hace mucho calor. Luego que pasan, vuelve a cerrar. Y bueno, qué vas a querer, le dice a la mujer, pero al observar a sus presuntos clientes, se da cuenta que no parecen estar dispuestos a cortarse el cabello. La mujer se ve pálida, sudorosa, y los hombres miran a la calle, nerviosos, uno no tiene ni veinte años, otro ya debe tener unos treinta. El más joven, sin duda, es bastante apuesto. Quizá se han incomodado por las fotografías de los modelos desnudos en las paredes. Bueno, qué esperaban. Mija, qué te hago, insiste Tony. No venimos a eso, le dice ella. Uno de los hombres, el mayor, saca una navaja para afeitar y se la muestra. El dinero, cabrón, dónde lo tienes.

Levanta las manos, para evidenciase indefenso. Cálmense, se los voy a dar. Pasa entre ellos despacio, pero el que trae el arma lo apresura. Ándale, culero, no tenemos todo el día. Tembloroso, Tony les da la espalda y busca el tubo de cartón donde esconde el fondo. Recuerda que lo acaba de depositar en el banco hace tres días, por lo que ahora no hay mucho. Seiscientos pesos, nada más. Es todo lo que tengo aquí, les dice, mientras les entrega los billetes. No mames, cabrón, nada más, le dice el más joven, enojado. La mujer mira hacia afuera, pero a esta hora, la calle está más sola que nunca. Creo que en mi cartera tengo más, les dice, y una vez más, pasa entre ellos, cruza el salón hacia la parte de atrás, busca su mochila junto a la computadora. Sólo trae doscientos, y sus tarjetas de crédito. Tomen, tomen, es todo lo que tengo. Vale madre, dice el más joven, ya güey, vámonos, vámonos. La mujer está dispuesta a irse cuanto antes. Tony sigue con las manos alzadas. Pero el hombre de la navaja, furioso, se acerca a él y lo toma del cuello, por atrás. No, no, por favor, le dice Tony. Las llaves de tu camioneta, pinche puto, dámelas. Tony obedece. Es todo lo que tengo, por favor, es todo. La mujer ya ha abierto la puerta y sale del local, apurada. El de veinte años también, y le dice, Ya, güey, vámonos. Tony cierra los ojos, el hombre no lo suelta, respira agitado, le aprieta el cuello con una mano y con la otra sostiene la navaja cerca de su oreja. No sabe si por los nervios o el terror, Tony cree sentir en el muslo la erección de su captor. Él se da cuenta, le dice, Pinche puto, y le corta el cuello. Tony cae al suelo, desangrándose, y a los pocos minutos, muere sin remedio.

(FIN)

6/4/08

La condena [3 de 3]



[ADVERTENCIA: El siguiente relato contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

"Y... ¿cómo has estado?", preguntó Francisco, mientras le traía un vaso con agua a Gabriel. Algo le decía que no era bien recibido. Pero no se explicaba por qué. No le había hecho nada. Había mantenido su distancia todo este tiempo, le dijo, para dejar que sus padres se calmaran. Pero después de tanto esperar, había perdido la paciencia, necesitaba verlo. Acariciar su rostro duro, su cuello suave, su espalda cálida, su piel blanca. No había aguantado más, y venía a convencerlo de que no necesitaba el perdón de Dios. Que lo que habían hecho no era un pecado, que había sido, nada más, amor. Francisco se rió. Enfadado, le dijo, "Eres sólo un niño, ¿qué entiendes del amor?". Y Gabriel no supo qué contestar. Era verdad que era un niño, pero no como los demás, Francisco le había dicho que eso le atraía de él, que no era igual a los demás, que podría pasarse la vida entera abrazándolo, besándolo, haciéndole el amor. ¿Ya se le había olvidado? Fue Gabriel quien se levantó del sofá y fue a sentarse más cerca de Francisco, fue él quien le puso la mano en la entrepierna, mientras Francisco tragaba saliva, fue él quien le dijo, "Hay que hacerlo como despedida", y le bajó la bragueta, pero Francisco, con la sangre fría, le sacó la mano y se cerró el pantalón, diciéndole, nada más, "No, Gabriel. No".

Estuvieron un rato en silencio, escuchando la lluvia, reviviendo, cada uno en su mente, un pasado incómodo y doloroso, producto del azar. Una calentura de Francisco, una ilusión de Gabriel, ¿qué había sido aquello? ¿A dónde se había ido? ¿Regresaría? Gabriel deseaba que sí. Había visto a otros muchachitos gay en estos cuatro meses. Isaac, por ejemplo, un joven de su edad, de cabello chino y con una perforación en el labio, que incluso llegó a obsesionarse por Gabriel; o Luis, uno no tan varonil, con el cabello teñido que no salía mucho de antros... Pero ninguno había sido tan pasional y tan intenso como Francisco. Lo necesitaba. "Mira, Gabriel, ya habíamos quedado que no podía haber nada entre nosotros", le dijo Francisco. "Tú sabes a qué vine, lo siento. No te engañé". Había dejado de llover. Francisco se levantó y abrió la puerta, "Adiós, Gabriel".

Ya sin poder disimular las lágrimas con la lluvia, Gabriel salió del departamento de Francisco y abrió el portón de la calle. Por casualidad, un hombre, unos tres años mayor que él, estaba a punto de tocar uno de los timbres cuando Gabriel salió. "Disculpe", le dijo al hombre, y miró su cara: tenía los ojos negros y los labios gruesos, piel morena y cabello chino. Gabriel no le prestó más atención y salió corriendo, de regreso al metro, con el corazón doliéndole.

(...)

Creía en los ciclos. Gabriel creía que, cuando se quería avanzar y superar una situación que terminaba de forma abrupta, como lo de Francisco, había que cerrar un círculo con un ritual que asemejara el inicio de dicha situación. No sabía donde había leído algo así, pero era su única alternativa para olvidarse del primer hombre de su vida. Así pues, un día que descansó, regresó a aquella sex shop.

Parecía haber pasado mucho tiempo, pero todo estaba igual. Las mismas personas detrás del mostrador, los mismos estantes, las mismas películas, y las mismas tarifas para las cabinas. Se acercó a ellas, algo nervioso, y cuando tomó una para "leer la sinopsis", levantó la vista de forma disimulada, como había hecho cuando notó que Francisco estaba frente a él, pero esta vez, nada más, no había nadie. Francisco no estaba otra vez frente a él, y no iba a sonreirle, ni a guiñarle el ojo, ni a decirle "Chico, que rico...", no iba a meterse con él a la cabina y a quitarse todo, excepto la camisa y la mochila, nunca supo qué guardaba allí. No iba a pasar todo eso porque Francisco, justo ahora, mientras Gabriel lo evocaba con el pensamiento, cómo es la vida, su amado entraba por la puerta de la tienda y se dirigía, sin mirar alrededor, al mostrador, la encargada le daba un tubo de lubricante, él pagaba y sin decir más, se iba.

Tuvo que seguirlo. No iba a quedarse ahí, nada más dejándolo irse. Tenía que intentar algo, hacer un último esfuerzo por revivir en él la nostalgia, los sueños que sólo atacan a los adolescentes, las ansias de vivir algo prohibido, para ambos, para él por sus padres, para Francisco por Dios, ¿quién era más importante? "A mí no me importa Dios, soy ateo", pensaba Gabriel, mientras seguía a Francisco no tan de cerca, lo seguiría así, oculto, sin que lo viera, hasta su casa, una vez ahí, sería improbable que lo rechazara, que lo obligara a volver, a lo mejor, nada más por puro instinto, Francisco le permitiría pasar, le invitaría un vaso de agua, se sentaría a su lado, alzaría las cejas, "¿Qué piensas?", mientras le sonríe, luego su mano, disimulada, iría hacia la entrepierna de él, suave, relajada, y Gabriel, temblando como siempre, le acariciaría el rostro, ese rostro duro, con arrugas, que tanto le excita, y se besarían un rato, no mucho pues Francisco es impaciente, cerraría las cortinas para evitar a los vecinos fisgones, se quitaría la camisa, en algún lugar de esta casa guarda su preciada y misteriosa mochila negra, enorme, luego el pantalón, y obligaría a Gabriel de una forma no tan sutil (poniéndole el pene en la cara y empujando en su boca) a practicarle una felación que se prolongaría un rato, hasta que se fueran a la cama, todavía terminando de desnudarse, y Gabriel se le subiera encima, le pusiera el condón, usara saliva como lubricante y se pusieran a brincar, a cambiar de posición, una y otra vez hasta que las piernas le dolieran, entonces le diría a Francisco, "Ya", y Francisco se quitaría el condón para eyacularle en la cara.

Pero cuando llegaron a la estación del metro, Gabriel vio cómo Francisco se encontraba con alguien, alguien que lo estaba esperando ahí, sentado afuera, un hombre moreno, de ojos negros y con labios gruesos, el mismo hombre que había llegado a casa de Francisco el día de la despedida, el que estaba a punto de tocar su timbre cuando él salió, y le dejó la puerta para que pasara, y pasó, y tocó la puerta del departamento de Francisco, y éste antes se asomó por la ventana, y cuando vio que no era Gabriel, una sonrisa se dibujó en su rostro y abrió, radiante, "Llegas tarde, como siempre, chico", le dijo, y apenas cerró la puerta tras de él, lo empezó a besar, apasionado, ya había cerrado las cortinas, se lo llevó a la cama, a tropezones mientras se deshacían de sus estorbosas prendas. Y Gabriel, al verlos juntos, al verlos irse juntos, al ver su sonrisa cómplice, al verlo alzarle así las cejas, guiñarle así el ojo, hablarle con esa ternura, tal y como lo hacía con él, comprendió la verdadera razón de por qué lo suyo era imposible, y entendió que Francisco no quería el perdón, sino la condena. La condena para quienes lo amaran.

Se fue a su casa contento. Porque tarde o temprano, aquel hombre moreno, de labios gruesos y ojos negros, iba a sufrir como él, a llorar como él, a seguirlo y descubrirlo con otro jovencito ingenuo, porque era imposible no enamorarse de alguien como Francisco, de sus ojos claros y brillantes, de su cara dura con arrugas, de su bigote perfecto, y de los misterios en su mochila.

(FIN)

31/3/08

La condena [2 de 3]




La semana siguiente volvió a la misma sex shop donde había conocido a Francisco, más o menos a la misma hora, para ver si de nuevo lo encontraba. Pero no. Decepcionado, se metió a la tienda de discos de enfrente, y anduvo deambulando un rato entre los estantes. Estaba mirando un disco de The Doors cuando alguien detrás de él le dijo, "Yo lo tengo. Si quieres te lo presto", y Gabriel reconoció enseguida el acento hondureño de Francisco. Intercambiaron frases de sorpresa, como si fuesen amigos que no se ven muy seguido, Qué haces aquí, Pues ya ves, donde vinimos a encontrarmos, Que casualidad, ¿no? Sí, que casualidad. "¿Cómo te llamas?", preguntó Francisco, y Gabriel le dijo su nombre. "Yo me llamo Francisco", le dijo él, y Gabriel le dijo que ya lo sabía, que le había dado su teléfono. "¿Y entonces por qué no me has llamado?". Rieron. A Gabriel aquel hombre le parecía adorable, con su bigote recortado con precisión milimétrica, sus pestañas largas, un lunar en la mejilla y su mochila negra y enorme, repleta de misterios.

Salieron de la tienda de discos y comenzó a llover. Francisco iba para el metro, y como Gabriel no tenía nada qué hacer, lo acompañó. La verdad, aunque hubiese tenido algo qué hacer, lo habría acompañado, el hondureño lo había atrapado por completo. Llegaron corriendo a la estación, se detuvieron cerca de la taquilla, y Francisco, despidiéndose, le dijo que vivía por el metro cuitlahuac, que cuando quisiera visitarlo, ahí estaba su casa. "Puedo... no sé, hacerte de comer, es que no tengo ni tele, recién regresé a México", y Gabriel sonrió. "Bueno, entonces, cuando quieras, ¿okey?". Gabriel no pudo resistirse, después pensó que había sido un atrevimiento insólito para su temperamento, pero no se arrepintió: "¿Y si quiero ahora?", le preguntó. Francisco lo miró algo sorprendido. Pero no dijo nada. A él también lo había atrapado el niño este.

(...)

Por fin tocó el timbre. La lluvia no había amainado en lo absoluto. Ahí parado, le pareció una completa locura. Ni siquiera le había avisado que vendría. Tal vez calculó mal los sábados (Francisco descansaba un sábado sí y uno no), y hoy andaba trabajando. Esperó. Volvió a tocar. Miró su reloj. Las doce del día. Hacía mucho tiempo que no se veían. Desde... la última vez que había llegado aquí de imprevisto, traía las maletas con su ropa. Y Francisco le había dicho que algo entre ellos era imposible. Le confesó que era misionero. Que lo habían expulsado de la hermandad por haber intimado con el hijo de uno de los superiores. "Sólo fue sexo oral", dijo, excusándose, pidiéndole perdón sin tener que hacerlo. Por eso había regresado a México. Para pedir perdón.

A Gabriel le había parecido lo más absurdo del mundo. ¿Pedir perdón? ¿Acaso no debía sentirse arrepentido, entonces? Y no parecía hacerlo, pues Gabriel ya había ido a su casa en tres ocasiones, habían tenido mucho sexo, todo el día, y Francisco no parecía tener la más remota culpa en el pecho, al contrario, lucía radiante, más joven. Feliz. Gabriel había venido en busca de refugio: les había confesado a sus padres que era gay, y lo habían corrido de su casa. No podía volver. Francisco lo dejó quedarse esa noche. No hicieron nada. A la mañana siguiente, lo incitó a disculparse con sus padres, a regresar a su casa, le dijo que ellos estarían preocupados y se inventó todo un discurso sobre la familia y su importancia que Gabriel se creyó y volvió.

Desde entonces no se había animado a regresar a su casa. Había pasado un tiempo. Cuatro meses, más o menos. Pero Gabriel lo seguía recordando. Recordaba los vellitos que le nacían de la nariz y que llegaban hasta sus cejas. Recordaba la manera en que se convulsionaba cuando tenía un orgasmo. Recordaba la primera vez que lo había penetrado, cuando preguntaba a cada instante, "¿No te lastimo?". Era un hombre tierno, cariñoso y atractivo. No necesitaba pedirle perdón a Dios. Seguro también lo extrañaba. Bajo la inclemente lluvia, Gabriel sonrió con optimismo y volvió a timbrar.

Escuchó ruido del otro lado del portón. La puerta se abrió y Francisco apareció, sonriente, diciendo "Chico, que insistencia...", pero se calló al ver la cara empapada de Gabriel. "¿Gabriel? ¿Qué haces...?", y otra vez se detuvo. Se quitó de la puerta para que el joven pasara, y luego de asomarse a ambos lados de la calle, cerró, y puso el pasador.

[CONTINÚA]

4/3/08

La condena (1 de 3)



[Advertencia: El siguiente cuento contiene escenas sexuales explícitas que pueden herir susceptibilidades]

1.

Cuando bajó del microbús, la lluvia se había desatado con toda su furia. Las gotas de agua caían con tanta fuerza que dolían en la cabeza. Gabriel no llevaba nada con qué cubrirse, iba tan sólo con la ropa puesta, y siete pesos más. Era una suerte que hubiese empezado a llover así: las lágrimas se le habían confundido con el agua, y Francisco no notaría que estuvo llorando. Cruzó la calle y se detuvo en la puerta blanca, al lado del negocio de baterías de coches, y estuvo un rato ahí de pie, sin tocar el timbre del número 2, pensando con temor. ¿Qué le dirá a Francisco? ¿Qué le responderá él? Después de todo, su relación ni siquiera había empezado. Un día, Francisco lo invitó a su casa y él aceptó la invitación. Lo único que sabían el uno del otro eran sus nombres, y que estaban deseosos de acostarse juntos. Así, parado afuera de su casa, recordó la manera tan azarosa en que se habían conocido.

(...)

Estaba harto de ocultarlo. Harto de masturbarse y sentirse culpable, harto de tener que mirar de reojo a los hombres que le gustaban, por temor a que la gente lo descubriera. Había reunido todo su valor adolescente, no podía ser que ya tuviera 18 años y se mantuviera virgen. En su día de descanso, fue a la zona rosa y se metió en una cabina de sex shop. Había escuchado en una conversación ajena la de cosas que pasaban en esos lugares. Primero, deambuló un poco por la tienda, poniendo especial atención en los dildos y las revistas gay. Y en la sección de videos, lo encontró. Francisco llevaba su mochila negra, repleta de misterios, en la espalda. Su bigote perfecto, su cabello canoso, sus ojos claros y brillantes se cruzaron con los ojos cafés, el cabello largo y las manos temblorosas de Gabriel. Francisco era más bajo. La verdad no era un hombre fuera de lo común. Es decir, de haberlo visto en la calle, pasando, tal vez hubiese sido merecedor de una mirada furtiva, y lo habría olvidado en el acto, vestido como vendedor (pues lo era), con los zapatos viejos y la mochila sucia, no habría pasado de ahí, quién sabe, tal vez antes se habían cruzado otras tantas veces en la calle y ninguno había reparado en el otro. Pero ahí, en la complicidad de la sección de videos para las cabinas, ambos se habían fijado en el otro, y se habían empezado a desear.

Con el corazón acelerado, Gabriel tomó uno de los videos y lo llevó a la caja. Pagó una hora de cabina y se fue, con el video, hacia la parte posterior de la tienda, sin dejar de mirar a Francisco. Seguro él captaría el mensaje, seguro lo seguiría, seguro se meterían en la misma cabina y tendrían sexo apasionado y furtivo. Se sentó y puso el video. Para su gusto, el volumen estaba demasiado alto, los gemidos de los protagonistas retumbaron en sus oídos, y sintió vergüenza. Después de todo, estaba en un lugar público. Miró por el agujero que daba a la cabina de al lado, pero estaba vacía. Igual que la del otro lado. Ni siquiera había logrado una erección, de lo nervioso que estaba, así que entreabrió la puerta y asomó la nariz, para ver si Franciso (aunque no conocía todavía su nombre) aún estaba allá afuera, sin animarse a entrar. Pero no lo vio. Ya no estaba en los videos. Frustrado y decepcionado, cerró la puerta, y se apretó la cabeza con los brazos, a punto de llorar de rabia, sin saber con exactitud por qué.

Alguien tocó a la puerta. Gabriel dejó de hacer ruido y se puso de pie, otra vez con el corazón acelerado. Volvieron a tocar. "¿Sí?", dijo Gabriel, y del otro lado preguntó alguien, con acento sudamericano, "¿Se puede?". Gabriel abrió por dentro y allí estaba él. Rojo, temblando, con la frente sudorosa y la mochila en la espalda. Sonrieron, Francisco pasó y cerraron la puerta. Y sin decir una palabra, comenzaron a besarse, como si hubiesen estado esperándose la vida entera. Atrapados en un apretado abrazo, Gabriel pudo sentir la erección de Francisco en su pierna, y pensó, lleno de excitación, que aquel hombre era al menos 20 años mayor. Luego se enteraría que le llevaba 23 años, la edad de su padre, y aquello sólo conseguía encenderle más los instintos.

Se bajaron los pantalones y Francisco abrió la boca por segunda vez para preguntar, "¿Qué te gusta?". Gabriel, sintiéndose cómplice de una locura, devolvió la pregunta, "¿Qué te gusta a ti?". Francisco acercó la boca a su oído y murmuró, "¿A mí? Me gusta... besar... abrazar... penetrar...". La luz de neón, tenue y oscura, le daba a la escena un aire de sensualidad que Gabriel jamás hubiese imaginado para su primera vez. Tomó un condón de la mesa, lo abrió como había leído cientos de veces que debía abrirse un condón, y se lo colocó a Francisco, quien ya empezaba a perder la erección, quién sabe si por los nervios. No consiguieron la penetración, así que Gabriel retiró el condón y empezó a chupar. Un rato respués sintió el sabor salado del semen inundando su boca, miró la cara de Francisco, que parecía estarse convulsionando, y tragó, satisfecho.

Francisco sacó de su mochila una libretita y una pluma. Escribió su teléfono y su nombre en una hoja y, mientras todavía se fajaba los pantalones, se lo entregó a Gabriel y le dijo, con su atractivo acento (que más tarde se enteró, era hondureño) "Me llamas, ¿eh?". Gabriel asintió con la cabeza y se guardó el papel mientras veía irse a Francisco. Luego, ya solo, se masturbó, saboreando todavía lo que, por primera vez, acababa de probar.

[Continúa]

28/11/07

Trastornos mentales


Simplemente sentí rabia. De que en pleno siglo XXI siga habiendo gente que diga esta clase de sandeces, en público y frente a un auditorio... No puedo imaginar qué tienen en la cabeza. Es indignante, una muestra más de la increíble ignorancia de los mexicanos... Les dejo la nota completa aparecida en La Jornada:

“Es un derecho que corresponde a padres de familia”, señalan

Demandan ONG de León quitar de los planes de enseñanza la educación sexual

Martín Diego Rodríguez (Corresponsal)

León, Gto., 27 de noviembre. Integrantes de la organización no gubernamental Comisión Mexicana de los Derechos Humanos condenaron la homosexualidad, que consideraron “trastorno de la conducta sexual”; recriminaron la perspectiva de género, criticaron las políticas de salud que incluyen el uso del condón y exigieron que el Estado mexicano retire de la educación básica cualquier tipo de enseñanza sexual, “por ser un derecho que corresponde a los padres de familia”.

Este martes, agrupaciones ultraconservadoras, que consideran la abstinencia sexual, la fidelidad y el rechazo a cualquier método anticonceptivo “únicas formas científicas eficaces en la lucha contra el sida”, presentaron en conferencia de prensa las conclusiones del foro El valor humano de la sexualidad, celebrado el fin de semana en esta ciudad.

En el acto, auspiciado por la Secretaría de Educación de Guanajuato (SEG), participaron agrupaciones como la Asociación en Defensa de la Familia, la Asociación de Padres de Familia de Guanajuato, la Coalición Derechos Humanos y Bioética, Jesús Médico Fe en Acción y la Red Familia y Visión Humana de la Vida.

Aunque la SEG se deslindó de las conclusiones, la presidenta de la Comisión Mexicana de los Derechos Humanos, Beatriz Rodríguez Moreno, reveló que la dependencia envió a 200 profesores para que participaran en el encuentro. “La secretaría manifiesta su total apertura a las diferentes aportaciones de la sociedad en general respecto del tema de la educación sexual, especialmente de los padres de familia como primeros responsables de esta educación, y quienes comparten esa responsabilidad son los maestros”, expresó.

Rodríguez Moreno condenó el uso del condón, que rechazó como el método más efectivo para evitar males de transmisión sexual y embarazos no deseados, pues, sostuvo, “lo más efectivo es la abstinencia y la fidelidad”. (¿Qué clase de pendejo es este?)

Juan Dabdoud Giacomán, representante de Familia Mundial, aseveró que la perspectiva de género “carece de sustento racional o científico, pues la conducta sexual humana está determinada por la naturaleza propia del hombre y la mujer”. Por tanto, subrayó, “la homosexualidad es un trastorno de la conducta sexual humana, y aunque se respeta esa condición se tiene que dar apoyo sicológico para rehabilitar a los homosexuales; hay que corregirlos”. (Tú que me corriges y yo que te parto tu madre. Neta, cabrón)

15/11/07

La farsa



No alcanza los pañuelos desechables, tiene que quitarse de encima de Derek para llegar hasta el buró al lado de la cama. Toma uno, y se limpia. Le pasa uno a Derek, quien hace lo mismo, y luego abre los brazos y se queda tendido en la cama, con la respiración todavía agitada, cierra los ojos, estira las piernas, ha sido demasiado para él. John, a pesar de la oscuridad, puede ver sus facciones relajadas e inocentes, provocándole un enorme arranque de ternura. No puede resistirse, le da un beso antes de dirigirse al baño. Derek apenas logra responder, pobre, ha quedado agotado, bien dicen que el amor cansa, y bastante. Es por eso que John no tiene una gota de sudor. Deja al muchacho ahí, recostado, le murmura, Ha dormir, le parece mucho más fácil esta forma verbal que el presente, no hace mucho aprendió español para poder acostarse con un mexicanito que conociera en su largo, larguísimo viaje de negocios, pero no se topó con ningún mexicanito que le gustara, los veía a todos, horribles, no porque fueran feos, sino porque los jovencitos, los que quería, eran unos verdaderos idiotas. Todos. No sabían ni jota de inglés, no tenían tema de conversación si no era la absurda televisión de su país, la ropa o los mejores antros. No había remedio. Por fortuna, se le atravesó en el camino este bonito espécimen argentino, de ojos grandes, moreno, pelo negro, en pleno desarrollo. Diecisiete años tenía, Wow, fue lo único que dije John cuando Derek le mencionó su edad.

Es una verdadera lástima. Pero es que así no se puede. Cada año hace lo mismo, y aunque esta vez le ha gustado mucho el pibe, sabe bien que no puede quedarse con él. Las promesas no valen nada, apenas se conocen, cómo espera el pobre Derek que un gringo cuarentón, con toda una vida a cuestas, cumpla sus promesas, si le cree es por su ingenuidad adolescente, pero ya aprenderá, con el tiempo se irá curtiendo, los dolores del amor y de la vida lo harán convertirse en un ser frío y calculador, incapaz de amar a nadie. Lo sabe porque son muy parecidos. De inmediato te das cuenta, o al menos así lo cree John, cuando una persona es compatible contigo, por lo que dice, las palabras que usa, hasta los gestos que hace. Toma un poco de papel higiénico y se limpia otra vez. Han sido noches placenteras, ni dudarlo, pero ya, se le terminó su plazo, imposible continuar la farsa. Ya será el año que entra, quién sabe, quizá vuelva a encontrar a Derek por ahí, deambulando por las calles, yendo de un antro a otro porque en todos se aburre, igual que él. O quizá no. Como sea. Le dirá a su mujer y a sus hijos que se va a impartir unas conferencias importantísimas a sus empleados de Polonia. Es ahí donde tiene sus negocios y sus socios, ahí y en Francia, Alemania, Portugal, por toda Europa. En México, ni pensarlo. Además de que no se puede, le gustan mucho los mexicanos, por eso no puede arriesgarse a que en uno de estos viajes de placer, se encuentre a uno de sus colegas y le pregunte qué anda haciendo en el Tercer Mundo, o peor aún, que lo vea caminando abrazado de su chamaco, melosos, comiéndose un helado. La que se le armaría. Pero sabe que está a salvo acá.

Se mira en el espejo y comprueba que no es feo. Su mujer ha tenido suerte. Igual sus hijos, tendrán todo lo que quieran, cuando lo quieran. El único requisito es no cuestionarlo nunca. Su mujer no debe preguntar, ni siquiera pensar, en por qué no le hace nunca el amor. Por qué viaja tanto, por qué tiene secretario en vez de secretaria. En Washington sabe guardar las apariencias y resistir las tentaciones. Se limita a ver, con disimulo, a los latinos que se le van cruzando por la calle, pero jamás le gana el instinto. Es triste, en ocasiones, frustrante muchas veces, sabe que un día no va a resistir y se va a lanzar encima de su amigo Frank, un marica tremendo, por lo bueno y por lo marica, víctima de sus eternas provocaciones. No hay de otra, es hora de volver.

Sus maletas ya estaban listas, detrás del guardarropa. Toma un baño rápido, se viste, se perfuma. Derek se retuerce entre las sábanas. Luce tan tranquilo, tan seguro. Busca en su saco el boleto de avión, debe estar en el aeropuerto a las cinco de la mañana, así que ya es hora de salir. Como siempre hace, le deja un fajo de dólares en el buró, junto con una nota: "Me he ido a San Francisco. Take care. Love. John", se le acerca, no despertará, está bien dormido. Le da un beso en la frente, Last kiss, piensa, le acaricia el cabello. Se da media vuelta, toma su maleta y sale de la habitación. El pobre Derek despertará tarde, se descubrirá solo, sin John, llorará un rato, se llevará el dinero, y se pasará la vida entera juntando plata para irse a San Francisco, detrás de su amado, pero jamás volverá a verlo, porque irá a buscarlo en un tiempo y lugar equivocados.

(FIN)

6/9/07

Que bonita boda (segunda parte)




2. El novio.

Hizo todo de forma mecánica. Le pidió a José Luis el video de su boda, y lo vio una y otra vez, hasta que aprendió los pasos que un buen novio debía ejecutar. Desde el Sí acepto, hasta el brindis al llegar a la recepción. Y vio que a partir de ahí, ya no era necesario. Que Diana se divirtiera con su fiesta, él casi no había invitado a nadie, a algunos socios nada más, y claro, a Emanuel. Su madre se había encargado de darle clase a la fiesta, según sus propias palabras, porque si por Diana fuera, hubiese invitado a todo el rancho. Por fortuna le restringieron las invitaciones, y la boda fue una mezcla de fiesta popular con distinguido coctel. A Raúl poco, o nada, le importaba aquel asunto. Le gustaba consentir a Diana, porque veía que se ponía contenta cuando le compraba algo, o cuando le daba dinero, cuando la llevaba a algún lado. Y le gustaba verla feliz, bueno, por algo la había elegido a ella. Además, tenían una especie de pacto secreto. Él sabía que Diana sospechaba algo, que intuía algo, justo como su madre, pero con su madre no tenía pacto alguno, sino una guerra. Ella misma se encargó de que la invitación no llegara a manos de Emanuel. Pero sus intentos fueron vanos, porque a pesar de todo, Emanuel vino. Raúl lo vio en cuanto llegaron. Estaba en la última fila, con su mirada melancólica, con un traje elegante, negro, y sus ojos brillantes. Había llegado a pensar que no vendría. Que su furia había sido tanta, que se alejaría para siempre, que había cumplido sus amenazas, sin importarle lo que le juraba Raúl, una y otra vez, A ti te amo, sólo a ti.

Fue duro para el pobre muchacho. Se había ilusionado tanto. Raúl lo mantenía al margen de su vida pública, lo escondía como a su más preciado tesoro. Iba por él a la escuela, en su coche menos lujoso, para no llamar la atención, y lo llevaba a algún mirador, al estacionamiento de un centro comercial, al principio, después empezaron a ir al motel más seguro del mundo gracias al dinero todopoderoso. Emanuel no entendía la razón del clandestinaje. A él le parecía tan natural. En la escuela podía ver a las parejas de hombres echados en el pasto, sonrientes y amorosos, o a las muchachas besándose, y creía que el temor de Raúl era por su edad. Siempre le decía que no tenía nada de malo. Que nunca se era demasiado grande como para empezar a ser auténtico. Una tarde le explicó todo. Su pasado, su vida pública, sus relaciones multimillonarias que, de fracasar, llevarían a la quiebra no sólo a su familia, sino a muchas otras que trabajaban en sus empresas. Que debía mantener las apariencias, porque a los socios no les gustaban los escándalos. Por eso, le dijo, voy a casarme con una mujer. Lloró por horas Emanuel, herido y destrozado, pero incapaz de asesinar el amor que ya sentía. Raúl le había dado alternativas que parecían sacadas de novelas de ciencia ficción, fingir su muerte y escapar, por ejemplo, o llevárselo con él a todas partes, aparentando ser su asesor, o su sobrino. La sola relación de ellos dos era riesgosa. La madre de Raúl lo sabía, por eso había insistido tanto en la boda.

Y a pesar del dolor, a pesar del incierto futuro, Emanuel acudió. Encontró a Raúl en medio del jardín, lo tomó de la mano y sin decir una palabra, sin hacer promesas que tal vez no se habrían de cumplir, se dispuso a disfrutar aquello mientras durara. Ni los millones de dólares, ni los socios internacionales, ni la esposa interesada podrían acabar jamás con el inmenso amor que se tenían, eso lo sabían muy bien los dos. Se fueron a un baño privado, que Raúl había rentado y que era independiente al del salón, y ahí se desnudaron, a prisa, con furia casi, y a lo lejos se escuchaba la fiesta, en su máximo esplendor, y al animador gritando, Ahora que pase el novio a la pista, y a alguien diciendo, Está en el baño.

(FIN)

-------------------
[Primera parte]

7/8/07

Príncipe azul



Noche de lluvia copiosa. Llega Omar a la clínica, al área de emergencias, para preguntar por su mil veces adorado Damián Ruvalcaba. No comprende cómo le pudo pasar eso. A dónde iba, con quién, para qué, pero no era culpa suya. El pobrecito no sabía cuidarse solo. La falta, lo sabía bien, la había cometido él mismo, por abandonarlo una noche nada más. Nadie sabe nada de él. No traía identificación. No pueden dejar pasar a Omar porque, el muy listo, tampoco la trae. Le preguntan si es familiar, No, soy su novio, Lo sentimos, el paciente está en shock, no podemos arriesgarnos. Tendrá que esperar. Tampoco le dicen su estado, para eso tiene que esperar al doctor. Sólo sabe que fue un accidente de coche. Qué imprudencia, en el coche de quién, persiguiendo qué. Omar enciende un cigarro y sale a la calle. Debe protegerse de la lluvia en el techito de la entrada. Eso es mala suerte, protegerlo día y noche, día tras día, de todo peligro, de todo lo que Omar consideró peligroso, de su vida de provincia, de sus amigos que venían a buscarlo, de su familia que quería verlo. No, ellos eran peligrosos, lo que no querían era que su hijo ejerciera su sexualidad de forma libre, querían disuadirlo, apartarlo de él y de la vida que llevaba con Omar, porque, le decían, era mala influencia. Por favor, mala influencia, pensaba Omar, quien se desvivía por el muchacho, quince años menor. Pero qué muchacho. Era un verdadero príncipe azul, con su tez blanca, sus ojos miel, su cabello sedoso, sus facciones finas, su cuerpo marcado. Jamás había visto a uno igual, y qué suerte, había caído en sus manos.
Cuando lo encontró era la inocencia encarnada. El pobre no sabía nada de nada, ni siquiera sabía que se había metido en un bar gay. Lo vi muy lleno, le contaría después, y por eso entré. Como el lugar era grande, se fue metiendo, subió las escaleras, nunca vio nada sospechoso, ni siquiera notó la total ausencia de mujeres, ya estaba en el cuarto oscuro, sin sospecharlo, y ahí fue cuando lo vio Omar. A este me lo pesco porque me lo pesco, pensó, y dejó ahí a su amigo para irse detrás de Damián. Dócil como siempre, el muchacho se dejó querer. Pero a Omar no le gustaba hacer esas cosas en público. Por eso le preguntó, Dónde te quedas hoy, y Damián, sincero como sólo él podía ser, contestó, No tengo dónde quedarme. Ah, me gané la lotería, pensó Omar, y se lo llevó a su departamento, pequeño, pero lujoso y acogedor. Ahí se quedaron esa noche, y las siguientes, todas.
Era un provinciano prófugo de las reglas absurdas que sus padres le imponían. Lo obligaban a trabajar en la televisora local de San Luis Potosí por un sueldo que se iba, completo, a las arcas de don Lucio, y lo retenían en casa el resto del día, sin comunicación alguna con el exterior. Su madre sabía que era su apariencia lo que le abriría las puertas del mundo, por eso le compraba cremas y tratamientos contra las arrugas, aunque cualquiera pensaría que intentar prevenir las arrugas a un muchacho de 17 años es algo excesivo. Por eso se escapó, un día, con Laura, su vecina, a la capital. Él mismo pensaba que tuvo suerte de encontrar a Omar. Jamás imaginó que sería gay, ni le preocupaba serlo, Omar le decía que no tenía nada de malo, que se dejara guiar por sus instintos. Y bueno, Damián aceptó, al fin y al cabo, estaba empezando una nueva vida, y la había empezado con mucha suerte.
Omar se lo llevaba a todas las fiestas y reuniones a las que iba. Su vida social brilló más que nunca, pues cuando llegaba a cualquier lugar, todo el mundo volteaba para verlo, más a Damián que a él, pero le encantaba aquello, escuchar el rumor general de Mira, ya viste con quién viene Omar Muñoz, No sé, quién es, No, yo tampoco sé, pero está divino el tipo. Y así era siempre. La paternalidad con que Omar trató a Damián volvieron a éste dependiente de todo cuando el otro le podía ofrecer. No tenía que trabajar, pues Omar tenía un empleo muy bien remunerado y no era necesario, hasta le compraba sus lujos, que él ni pedía, pero lo hacían ver mejor. Por eso no lo abandonaba. Eso, aunado a su buen corazón, lo hacían sentirse en deuda con Omar.
Y cuando Damián se quedaba un poco rezagado, a Omar lo rodeaban sus amigos, ávidos de curiosidad algunos, otros muertos de la envida, y le preguntaban De dónde te sacaste a ese papito, y Omar sólo decía, Pues ya ves, un día me tenía que llegar mi príncipe azul, verdad que está guapo, les preguntaba, y ellos, Guapísimo. Eso era todo. Eso llenaba de satisfacción los oídos, el corazón y el ego de Omar. Presumir a Damián, llevarlo por ahí como nueva adquisición, que lo fotografiaran las revistas sociales con él, que todo el mundo lo viera con el hombre más guapo que haya existido en la historia, y que fuera suyo, que fuera dócil, amable, educado, que no lo quisiera por su dinero, sino porque en verdad se sentía dependiente de él.
Señor Muñoz, preguntó el doctor. Omar se puso de pie. Casi se quedaba dormido, viendo en la televisión los noticieros repetidos. El doctor se lo llevó por el pasillo hacia los cubículos. Le informó que Damián se había tranquilizado con sedantes y que ahora lo único que pronunciaba era su nombre, Omar Muñoz. Que había sido un accidente gravísimo, que el acompañante misterioso de Damián había muerto, y el coche había quedado deshecho. Que los traumas y lesiones de Damián eran serias y que necesitaría muchos años de rehabilitación. Pero él, cómo está, preguntó Omar. Las llamas le destrozaron el rostro, le dijo el doctor, estamos a la espera de un donante para injertarle piel. Omar quedó en silencio. El doctor siguió, Además, la pierna derecha quedó inservible, tuvimos que amputarla. Ya, basta, era demasiado, Omar no quería escuchar más. Hubiese preferido que le dijeran que estaba muerto antes de ver profanada tanta belleza, su propia belleza.
Quiere verlo, preguntó el doctor, a lo que Omar, todavía impactado, respondió con un seco No, dónde pago. El doctor, confundido, le señaló el área de cajas y Omar dio media vuelta, pagó la cuenta de Damián y salió de la clínica, decepcionado. Había perdido a su príncipe azul, al único que había encontrado, y no lo recuperaría jamás.

(FIN)

18/6/07

Nada personal



Su enorme tamaño, sus ojos penetrantes, sus entradas pronunciadas y sus pantalones ajustados de inmediato llaman la atención de Carlos. No consigue evitar no mirarlo, y no lo mira como lo miraría cualquiera, con un aire de curiosidad, de timidez, no, hace evidente su mirada de deseo, de lujuria, de pasión. La librería está vacía. Qué hace aquel ser descomunal, perfumado, vestido con un suéter negro abierto en el pecho velludo y un pantalón vaquero azul marino apretándole los testículos, los cuales, a juzgar por el bulto, han de ser gigantescos. No, no lo va a dejar pasar, pocos como este vienen a la librería, y ahora que hay oportunidad, hay que aprovecharla. Su jefe ha salido a comer, que vuelve en media hora, y los clientes, esos han estado ausentes todo el día. La mejor parte, la señal de arranque, es la mirada coqueta que le echa el tipo, arqueándole las cejas, dibujando una sonrisita dulce que desentona con su rudo físico.
Carlos sale de detrás del mostrador, con unos libros en la mano, y se dirije a un estante cercano al sujeto grande para acomodarlos, sin importarle que no vayan ahí, luego los pondrá en su lugar. Se tarda un poco, siguen con el jueguito de las miradas, se agacha y se pone de pie, el sujeto se acerca, como si nada, le pasa por detrás y Carlos siente en sus nalgas el roce de su mano. Se detiene ahí, a unos cuantos pasos, ambos confirman lo que quieren, lo que buscan, así que Carlos camina, volteándolo a ver, hacia el fondo del local, el tipo este, grandísimo, peludo, mucho mayor que él sin ser viejo, lo sigue disimulando, aunque no entran en la tienda, pasa gente por la calle, y la verdad no quiere que nadie lo vea ahí. Llega hasta Carlos, quien abre la puerta del armario de empleados, mirándolo a los ojos, mordiéndose un labio, y el fulano se acerca más, Carlos le abre paso, huele su perfume, y cierra la puerta detrás.
La oscuridad los envuelve. No logran ver nada, pero sustituyen los ojos con las manos. El tipo se desabrocha el suéter, Carlos le ayuda a desabotonarse el pantalón, ya puede sentir la erección, saca su miembro, retorcido hacia la derecha, y lo acaricia, mientras el otro sujeto lo abraza, le baja el pantalón, acaricia sus nalgas. Carlos desciende, se pone de rodillas y comienza a mamar, el otro gime, a Carlos le gusta aquello, está muy bien proporcionado, trata de metérsela toda en la garganta, el tipo le empuja la cabeza, sin decir una palabra, luego lo detiene, no quiere eyacular tan rápido, lo hace ponerse en pie y lo guía hacia sus pezones, los cuales son besados, lamidos y mordidos por la lengua experta de Carlos. La respiración del fulano se acelera en medio de aquella oscuridad. Saca algo de la bolsa de su suéter, tira la envoltura y se lo pone él mismo. Pone a Carlos de espaldas a él, escupe en su mano y embarra el ano del muchacho con la saliva. Lo penetra sin previo aviso, introduciéndose de prisa y con fuerza. A Carlos le duele un poco, pero está tan excitado que ni dice nada. El fulano lo empuja con la cadera, mientras que con las manos lo toma de los hombros y lo jala hacia él, haciendo la penetración violenta y deliciosa. Intenta estimular el pene de Carlos, quien ni siquiera tiene una erección bien hecha, y al darse cuenta de esto, lo suelta. En menos de tres minutos el sujeto termina conteniendo sus gemidos, apenas se escuchan, Carlos está ya erecto, pero eso al sujeto no le importa.
Retira su pene, quita el condón y lo deja por ahí tirado, saca un pedazo de papel higiénico de su bolsa y se limpia las manos. Se abrocha el suéter y los pantalones, suspira, y abre la puerta, saliendo y volviéndola a cerrar detrás de sí, dejando a Carlos todavía medio desnudo, solo en la oscuridad, con la respiración agitada y el culo húmedo. Ni siquiera le ha dicho su nombre. De hecho, no cruzaron una sola palabra. Se da cuenta que ha sido utilizado, que aquel sujeto jamás volverá a la librería, que no le importaba él, sino encontrar sexo rápido, con un chamaco y gratis. Sonríe, y piensa en lo excitante que es el sexo así, casual e impersonal. Toma unas servilletas, se limpia, envuelve el condón juntándolo del suelo y lo echa al bote de basura. Luego sale del cuarto y ve que la librería está vacía. En efecto, el sujeto se ha ido. Vuelve a sonreír, Qué bien, piensa, fui usado.

(FIN)

12/8/06

Buenas noches


No voy a negarlo, ¿para qué? Los odio. A los dos. Y a todos los que son igual que ellos: chuecos, torcidos, pervertidos. Odio cuando llegan juntos, riéndose de alguna estupidez. Odio que se callan de repente cuando me ven sentado en la entrada de mi casa, han de creer que los estoy esperando, pendejos. Como si no pudiera sentarme aquí a pasar el calor, es mi puta casa, puedo hacer lo que me venga en gana. Pero mi hijo cree que no… ¡Que se chingue! Son ellos los que vienen acá, los que invaden mi lugar, los que ensucian con sus porquerías lo que yo construí con mis propias manos. Y ahora resulta que por más que me encabrone, no puedo decir nada. Vienen acá y se encierran en el cuarto hasta que me voy a acostar. El pendejito que trae me ve, y enseguida desvía la mirada el muy maricón, y apenas me saluda con un solemne “Buenas noches”. Cabrón, puto. Yo sólo murmuro algo, cualquier cosa. Antes le contestaba, pero me cansé. La primera vez que él me dirigió la palabra a mí, me sorprendió. Pero bueno, yo no tengo por qué estar hablando con maricones.

A veces los oigo desde la esquina, cuando llegan temprano. Vienen saludando a quienes se les atraviesan, orgullosos de andar por ahí exhibiéndose, como reinas del carnaval. No les preocupa que los vean llegar y entrar a mi casa. Los vecinos se han de hartar hablando de mí, de cómo permito que pase esto en mi casa, estoy seguro, pero eso a mi hijo le importa un carajo. Otras veces llegan más tarde, cuando las calles ya están vacías y yo ya estoy acostado, intentando dormir, soportando esta puta rodilla que no me deja en paz la culera, y soy yo el único que los tiene que aguantar. Aunque, lleguen temprano o tarde, a mí es al que peor le va. Aguanto sus murmullos, sus risitas bobas, los chasquidos de sus puercos besos, las luces que van encendiendo por toda la casa. Pero eso no les basta. No les basta venir acá y hacer un escándalo. ¡Ojalá! Yo no los veo, pero hacen tanto ruido que es imposible no escucharlos… Cuando se meten juntos a la regadera, cuando salen al baño a mitad de la noche… Y escucho también los asquerosos ruidos que salen del cuarto. La cama moviéndose, los gritos ahogados, los gemidos… Que Dios los perdone, a los pobres.

Y, a pesar de todo eso que me hacen soportar, son ellos los que se ofenden. Antes podía tolerarlo, cuando era nada más mi hijo. Lo vi venir siempre, pues. Que no estaba bien el chamaco. Pero ya es otra cosa muy distinta que traiga a otro joto a vivir a la casa. A casa. Y él no entiende. “Hazle como quieras”, me dice el hijo de su reputísima madre. Y me amenaza con irse… Dice que se quedan acá nada más para no dejarme solo, pero que si sigo “haciendo mis caras” –así me dice–, se van a ir. ¡Pues qué mejor, que se larguen…! Aunque bueno… pensándolo bien… Claro, me gustaría que se largaran y me dejaran de poner en vergüenza, pero por otro lado…

Es que yo estoy solo, pues. No tengo a nadie más. Mi mujer me dejó hace años, mis hijas mayores ya están casadas, y ni nietos tengo para traerme uno, pues las muchachas son “modernas e independientes” –mamonas, ¿entonces pa’qué chingados se casaron?–, y el otro es puñal, así que tal vez no viva para ver mis nietos. Fíjate, ni en eso pudo complacerme el cabrón de mi hijo. El apellido se perderá, se acabó, mi único hijo jamás me dará nietos. Qué mierda. Y además, odio a los animales tanto como a los maricas, así que no habría mucha diferencia entre los putos y un chucho o un perico. Bueno, sí: el animal no podría lavarme la ropa, ni hacer el aseo, ni prepararme la comida. Y yo ya estoy muy viejo, chingado. Aparte, mi hijo fue el único que se quedó, a pesar de todo… Yo hice lo que pude para que todos se largaran a la verga, y él se quedó, no sé por qué. Siempre se quedaba. Y pues… no está tan mal. Ya me acostumbré.

Tal vez tenga razón, hombre. No debería ponerme así. Su noviecito no es tan malo, después de todo. A veces me trae bolis de la tienda. En mi cumpleaños me regaló una cachucha. Me tiene tanto miedo que nunca me ha dado nada personalmente, todo lo manda con mi hijo… ¡Ja ja ja! Está bien, que me respete el cabrón. En todo el tiempo que lleva aquí –y ya es bastante…–, lo único que me ha dicho es “Buenas noches”. Tal vez tenga razón mi hijo y sea mejor callarme. ¿Qué me puede pasar? Es que no entiendes, pues, lo feo que es ponerse uno viejo y quedarse solo, solo… Viéndolo así, hasta un simple “Buenas noches” te alegra, un poco, el corazón… Aunque venga de un maricón… Bueno, algo es algo.

(FIN)