19/5/10

Veinticuatro


["24 || 25", de Libertinus]

Mi nombre es Daniel. Soy tauro, aunque la astrología me parece una burrada. Vivo en la Ciudad de México, aunque nací en Mazatlán, Sinaloa, un día como hoy, pero hace 24 años, a eso de las diez de la mañana. Pasé toda la infancia en Tijuana, hasta por ahí de los 10 años, cuando migramos a mi ciudad natal donde viví hasta que salí de la preparatoria. Entonces decidí volver a Tijuana, a estudiar la licenciatura en comunicación y publicidad. Las cosas no pasaron como tenía planeado y tuve que regresar al puerto sinaloense, donde entré en un comité de promoción de la Otra Campaña, del EZLN, y mi vida cambió. Conocí a F, e iniciamos una aventura que sigue hasta ahora, y que seguirá por mucho tiempo todavía. Aunque ahora, la primera parte está próxima a concluir, cuando por fin termine de una buena vez la carrera, ya no en comunicación, sino en antropología social (no, no busco dinosaurios, lo siento), y entonces veremos qué pasa.

Soy una persona tranquila, algo perezosa, indolente o pasiva, sobre todo cuando no le veo el caso, que es la mayor parte de las veces. Para mí la vida es como una canción. Hay partes que te gustan y partes que no, a veces estás en la mejor disposición de oírla, incluso de cantarla, a veces no, y siempre es bueno encontrar personas con quién compartirla. Soy de los que procuran ver el vaso medio lleno, aunque también disfruto divertirme, reírme de mí mismo y de los demás, no tomarme las cosas muy en serio, jugar, despreocuparme. Un poco hippie, diría yo. En algún momento quise dedicarme a escribir, en otro a dibujar, luego a la música, o al teatro, por lo que, supongo, siempre fue del tipo de los artistas. Traté de cambiar un poco con la antropología pero es imposible, ya lo dijo Evans-Pritchard, la antropología social, más que una ciencia, es un arte: el de interpretar la cultura. Tiene algo de razón, pero no toda, porque el arte a veces no es práctico, aunque bueno: lo mismo con la antropología, pero en el primer día de clases, con el discurso de Falomir, supe que había encontrado mi vocación. Quizá no sea el mejor, ni el más inteligente o creativo, pero sé que me gusta, y cuando haces algo que te gusta, vas por buen camino.

No soy mucho de cumpleaños, me he dado cuenta. No recuerdo como algo especial las piñatas que me hacían de niño, sólo esperaba los regalos. Ya más grande, prefería pasarla con unos cuantos amigos, haciendo nada, descansando o distrayéndome. En mis primeros años de adultez, la cosa ha ido peor. Sobre todo desde que entré a la universidad. Francamente no me entusiasma la fecha. Me gusta, sí, que me feliciten, que me deseen un buen día, que se alegren por mí, y lo agradezco de todo corazón, pero no creo que cumplir años sea un logro, o que merezca un premio. Ese día más bien debería conmemorarse a la madre de uno, por haber soportado el trabajo de parto. En fin. Últimamente tampoco soy mucho de fiesta. No, no me considero antisocial. Quizá un poco. Pero cuando estás lejos de la familia, sobre todo si es por decisión propia, y has hecho un compromiso, lo mejor es cuidar, lo más que se pueda, el dinero que generas. Eso y las deudas, que en lugar de reducirse se incrementan, por más pagos que uno hace. Si hay algo que no me gusta de la adultez es justamente la dependencia que esta sociedad ha creado hacia el dinero. Yo sería feliz con el sistema de trueque, la verdad.

El caso es que ha pasado un año más, y el día en que naciste es un buen día para tomarlo como referencia del tiempo transcurrido, aunque en los hechos, es sólo otro día, como cualquiera. Hay muchas personas que extraño, muchas situaciones que extraño (ahora me viene a la mente el ceviche que compraba a la salida de la primaria, qué delicia), muchos lugares a los que algún día, de ser posible, me gustaría volver a ver, muchas sensaciones que me gustaría volver a sentir, como la emoción de estar en un lugar nuevo, rodeado de gente que no conoces. Me siento muy tranquilo, muy contento con lo que tengo y con lo que he logrado, aunque sé que todavía falta, falta mucho por hacer. Pero, una vez que has encontrado a alguien con quien compartirlo todo, desde lo bueno hasta lo malo, todo parece sencillo. Se siente uno invencible, de acero. El amor se trata de muchas cosas, pero sin duda, ese es uno de sus efectos, o de sus causas, nunca se sabe, hace años que paré de intentar definirlo. Quizá, cuando empecé a sentirlo nada más.

Estar aquí, ahora, es algo por lo que debo agradecer a muchas personas, desde el momento mismo en que nací. Unos ya eran parte de mi familia cuando yo llegué a ella, otros llegaron después; gente con la que no tengo ninguna relación de sangre, pero que considero mis hermanos, o que simplemente aparecieron, me enseñaron algo y se marcharon, o quienes todavía, a la distancia, me tienen en sus más remotos recuerdos, o quienes desaparecieron para siempre, o quienes están a la espera de volver, o aquellos que siguen aquí, después de tanto tiempo, y los que recién se cruzaron en mi camino, para bien o para mal, y con quienes compartí el amor, o la comida, una cerveza, un cigarro, una película, un pedazo de vida. Todos ellos forman parte de mí, de lo que soy y de lo que me estoy volviendo, y les agradezco, con todas las fuerzas, por eso.

Gracias a todos. Y bienvenidos los que lleguen después.

27/4/10

Mala memoria

Había olvidado cómo es que le rompan a uno el corazón.
Mal día para recordarlo (del carajo).

24/4/10

Pedro el apóstol [Segunda parte]


[Uno de esos es Pedro. Según]

Aprovechó unos matorrales altos y espinosos a las afueras de la ciudad para esconderse mientras transcurría el tercer día. Quizá si rezaba y demostraba su fe redimida, el cuerpo del maestro cobraría vida, tal y como había dicho. Pasó las largas horas de aquel lúgubre día entre vómitos por la peste y azotándose con una rama de espinas, mientras repetía todas las oraciones y plegarias que Jesús les había enseñado, sin resultados. Lo único que llamaba eran las moscas y los buitres que, esperanzados ante un posible doble banquete, hacían círculos sobre la cabeza de Pedro. Lloró, gritó, imploró, pero nada funcionó. Llegada la noche, Pedro cazó unas lagartijas y se las comió crudas, junto con un par de frutos silvestres. Al siguiente día repitió lo mismo, y al siguiente también, hasta que se convenció que el maestro no cumpliría su palabra. Es culpa mía, lloraba desconsolado.

Cubrió el cadáver con ramas y hojas secas, y cuando se alejaba, vio cómo los buitres se daban el festín de su vida. Anduvo por los caminos, asaltando viajeros y escondiéndose, durante casi una semana, hasta que escuchó, en un pueblo vecino, la noticia que estaba en boca de todos: que el nazareno que decía ser hijo de dios había resucitado, que se le había aparecido a su madre y que andaba todavía por ahí, curando lisiados y predicando el amor, como en los viejos tiempos. Al llegar tales nuevas a los oídos de Pedro, no pudo hacer otra cosa que robar un par de ropas limpias e ir en busca de María.

La mujer, aunque madura, todavía no podríamos decir que era una anciana, pero ya los estragos de la edad empezaban a hacerle mella. Se estaba quedando con su hijo mayor en una posada a las afueras de Jerusalén, no fue difícil dar con ella. El hijo, al principio, no dejó que Pedro estuviera a solas con María, pero cuando Pedro se quitó la capucha y enseñó el rostro, cambió de parecer al reconocerlo. Ya en la recámara, Pedro preguntó, Es verdad que has visto al maestro, y María de Nazaret respondió, Sí, otras mujeres y yo fuimos a su tumba, hace unos días, y nos habló, me habló. Dónde lo viste, cómo te habló, le preguntó Pedro, impaciente, y la mujer respondió, Lo sentí en mi corazón, estaba vivo Simón Pedro, vivo, tal como lo prometió. Pedro no tardó en reconocer el brillo de la locura en los ojos de la mujer, y después de decepcionarse, pensó que podía sacar algo de provecho. Asomado a la ventana, miraba la calle polvorienta y la gente viviendo sus vidas, como si el drama de días pasados fuese un cuento lejano y olvidado, como si su propio tormento no le interesara ni al creador de todas las cosas, cuando María lo abrazó por detrás, Eres tú, hijo mío, eres tú, estás vivo, mientras lloraba de alegría. Pedro tuvo que abofetearla para que lo soltara, Qué ha pasado, preguntó María, y Pedro, benévolo, le respondió, El maestro estuvo aquí, mientras la tranquilizaba.

Tuvieron que huir de la ciudad ante las amenazas de los fariseos. Pero se reunieron con los otros apóstoles en pueblos vecinos, y Pedro contaba cómo se le había aparecido Jesús mientras andaba vagando en el descampado, y luego como lo había vuelto a ver en el cuarto donde se quedaba María, mientras la mujer corroboraba la información añadiendo que les había mostrado, además, las heridas de los pies y las manos, y que olían a perfume de rosas. Algunos de los discípulos también percibieron el destello de sin razón en la mirada de María, pero comprendieron lo que tenían que hacer. Era su deber divino, como discípulos elegidos por el hijo de dios, convertir en verdad la promesa que les había hecho antes de morir. Costara lo que costara, enfrentándose a la persecución y a la muerte. En eso, se convencieron, consistía la verdadera fe: en ser martirizados, justo como su maestro, y ascender a las alturas, como después juraron, habían visto hacerlo a Jesús, todavía presumiendo sus heridas. Nunca le preguntaron a Pedro lo que realmente había pasado con el cuerpo, y él, a la hora de la muerte, ya no lo recordaba. En sus últimas horas, sólo alcanzaba a repetir, Lo vi subir al cielo, lo vi subir, yo lo vi.

[FIN]

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[Primera parte]

4/4/10

Pedro el apóstol [Primera parte]


[Jesús y el ángel durante el desfile del jueves en la pasión según los iztapalapenses]

1.

Una mujer se abrió paso entre la multitud, gritando, empujando, vuelta loca, con manchas de mugre en la cara por las lágrimas y el sudor, preguntando por Pedro. Simón Pedro, el discípulo del nazareno, especificaba, cuando la gente alrededor, alborotada en la calle, le preguntaba, Qué Pedro. Al fin lo encontró, oculto en la oscuridad de una esquina. Su escándalo había puesto todas las miradas de la calle en ella. Pedro, le dijo, Pedro, aquí estás, vamos, rápido, han apresado a Jesús. Pedro miró alrededor. La gente los observaba, atentos. Un hombre que, hace apenas un instante, había puesto en duda su identidad, le clavó los ojos y sonrió, Con que sí, eh, mentiroso, te han expuesto. Abrumado por aquello, Pedro no tuvo más remedio que contestar, Yo no soy Pedro. La mujer se quedó totalmente pasmada, De qué hablas, no es tiempo de bromas, nuestro maestro está preso y, un empujón, zas, hasta el suelo, la mujer no lo vio venir, Déjame en paz, no conozco a ese hombre. Ante las expresiones de asombro de la gente, qué hacía tanta gente aquí en la madrugada, nada más que alimentar el morbo de ver al que había entrado, días atrás, triunfante en la ciudad, ahora preso, como un vil delincuente, y sus discípulos perseguidos, añadámosle a este espectáculo la cobardía de quienes han quedado expuestos, y que al mismo tiempo tampoco tienen el valor para huir, como esta rata que ahora se aleja, no conforme con negar a su líder, encima ataca a una inocente mujer en la vía pública, Es una prostituta, lo tiene bien merecido, apoyaban algunos, pero los murmullos fueron acallados en un santiamén por el canto sobrenatural de un gallo, que retumbó por todas las calles y en todos los oídos, luego otro, y otro, y entonces la gente pensó que todos los gallos de la ciudad habían empezado a cantar al mismo tiempo, un canto desesperado y acusador, algo así como No juegues conmigo, Pedro, que soy el hijo de dios.

Hasta entonces, Pedro decidió huir al descampado. Desde lejos vio cómo conducían a su maestro hasta el Gólgota, cómo los romanos lo clavaban en la cruz y le encajaban una lanza, cómo la madre, hecha pedazos, lloraba sobre el cuerpo inerte y bañado de sangre. No hizo nada porque, había dicho Jesús, esto tenía que pasar, y para demostrarle a los simples mortales que en verdad era el hijo de dios y no otro lunático hablador cualquiera, resucitaría al tercer día. Luego de que vio cómo le clavaban la lanza, atravesándole el pecho, Pedro dudó que su maestro fuese capaz de traer de nuevo a la vida su propio cuerpo vuelto una piltrafa. Pero esperó. Siguió a las tropas que llevaron el cuerpo a la tumba que les habían conseguido, y luego vio a los guardias que custodiaban la entrada, al acecho de los discípulos prófugos, pues era por todos sabido que tarde o temprano intentarían venir a la tumba del amado maestro.

Pedro dormía a la intemperie, presa del hambre y el remordimiento, se atormentaba pensando que la única razón por la que su maestro no resucitaría sería su falta de fe. Haberlo negado, haberle dado así la espalda, haberle traicionado peor que Judas Iscariote, era imperdonable. Lo único que podía hacer era resucitarlo con sus propias manos. En la madrugada del tercer día, tomó por sorpresa a uno de los guardias que orinaba alejado de sus compañeros, entre las piedras, le arrebató su espada y lo degolló, inyectado de valor por su tormento mental. Se puso el casco y la capa del romano y, así disfrazado, pudo acercarse al resto de los guardias con sigilo y aniquilarlos de uno por uno, en silencio. Luego movió la piedra que cubría la tumba de Jesús, algo ciertamente más difícil que sacarle las tripas a los romanos. Tomó una antorcha y entró a la tumba. Aguantó la respiración para no desmayarse por el fétido olor, y luego, sacando fuerzas divinas, seguramente provistas por su señor, cargó el cadáver, rígido, en su espalda, y lo sacó de ahí. Cuando las mujeres vinieron, al amanecer, y vieron la tumba vacía y los cuerpos de los guardias regados por todos lados, salieron gritando excitadas, Ha cumplido su palabra, el maestro ha resucitado.

[Continúa]

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[Segunda parte]

22/3/10

Bala perdida


[El bloque de búsqueda del coronel Martínez celebra sobre el cuerpo de Pablo Escobar el 2 de diciembre de 1993. Fotografía del agente de la DEA Steve Murphy - Vista en el Flickr de andy z, quien la vio en Rotten.com]

Esta mañana, Barbara despertó y dijo, Basta ya de lamentarme. Se ha puesto un pantalón blanco y una blusa negra, ha tomado una ducha de agua fría y, mirándose la barriga hinchada, temiendo reventar, al sentir la patadita de la nena se le ha llenado la cara de dicha. Tuvo que sentarse en el piso del baño a llorar otra vez, pero ya no de culpa y de terror, por haber sido tan irresponsable, dejar la escuela a menos de un año de titularse, ver en la cara de sus padres la decepción y el desprecio, recordar las palabras de Fausto, No estoy listo, y nunca más saber de él. Esta mañana, Barbara se ha levantado convencida de que todo irá bien, por eso llora, por no haber disfrutado los últimos ocho meses, en vez de acudir al ginecólogo y querer preguntarle si conoce una clínica de abortos, sin atreverse nunca, pudo haber mirado los ultrasonidos y sentirse emocionada de formar en su interior una nueva vida, que es lo mismo que una nueva oportunidad, para ella y para alguien más.

Quizá es muy tarde para avisar a sus amigas que siempre sí habrá baby shower. No esperará que nadie venga, con un cambio de actitud así, cualquier se sorprendería. Ha decidido gastarse el cheque por incapacidad que le dieron en el trabajo en ropa para su hija. Toma un taxi sin mucha dificultad, es lo bueno de estar embarazada, el mundo se vuelve más amable, más cariñoso, cualquier hijo de vecino que la ve en la parada del camión le ofrece un lugar para esperar en la sombra, un trago de agua, le acaricia el vientre suspirando, le cede el taxi que viene. Lástima haber valorado todo esto hasta ahora, pero no importa, nunca es tarde para empezar, menos para ella. El taxista sólo la baja unas cuantas cuadras, con este calor está imposible caminar, y para su sorpresa, cuando le pregunta cuánto es, el conductor del vehículo le dice que Nada, así está bien, señora, y le mira, sonriente, el bulto debajo de la blusa. Barbara le agradece y sale del taxi lo más rápido que puede, entra en la tienda y se refugia del infierno del exterior en el aire acondicionado del local de ropa para bebés.

La encargada se le acerca maravillada, Ay mira que enorme pansa, felicidades, y le da un abrazo. El mundo percibe su cambio de actitud de Barbara, ya no lleva el ceño fruncido o la cara sombría, ahora irradia esperanza y calma, como toda futura madre entusiasta, y la gente no tiene miedo de acercarse y llenarla de mimos. Qué va a ser, niño o niña, le pregunta la encargada, y Barbara responde, Nena, mientras se deja dirigir a la parte rosa del local, justo frente al aparador que da a la calle. Le enseña un vestidito, dos, tres, Barbara quiere comprarlo todo, se muere por ver a su nena en cada trajecito rosa, amarillo, con osos o con conejos, con flores o con abejas. Ríe, siente ganas de llorar otra vez, lo que no daría por que su madre estuviera aquí con ella, quién necesita a Fausto, ese cabrón.

El cristal del aparador estalla en mil pedazos y lo primero que Barbara escucha son las llantas de las camionetas, enormes y negras, patinando tratando de escapar de sus atacantes, otras camionetas, blancas y rojas, que van detrás a toda velocidad, tirando balas. Muy atrás, las sirenas de la policía. Luego sintió las pequeñas heridas en la cara, de los pedazos de vidrio que habían volado por todas partes. La encarga de la tienda, horrorizada, gritaba, Auxilio, auxilio, una ambulancia, mientras salía corriendo a la calle, parecía ilesa. Por último, una fuerte punzada en el abdomen. Súbitamente baja la vista, su blusa negra está húmeda, más negra todavía, y su pantalón blanco está lleno de sangre. No, iba a empezar a lamentarse, se lleva una mano al vientre, No por favor, murmura, no siente dolor, sólo puede pensar en la nena, Mi nena, exhala por última vez, y cae para siempre, sujetándose la barriga, pensando, ingenuamente, no lastimar a la niña al caer al piso.

[FIN]

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[Inspirado por "En el paralelo 23º", de Freddy]

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