5/5/09

No es una mujer (parte dos)


[Imagen tomada de http://www.rtp.gob.mx/imagenes/atenea_6.jpg]


Ha sido un gran acierto del gobierno, desde el punto de vista de esta mujer que viene casi dormida de pie, sujetándose del mismo tubo pegajoso al que otras tantas mujeres vienen sujetadas, destinar autobuses al uso exclusivo de personas de su mismo sexo y condición, mantenerlas a salvo de los hombres, que son todos unos cerdos, al menos ahora puede sentirse segura, a bordo de un autobús rotulado con letreros rosas y flores que versan, Programa de Transporte Público para Mujeres Afrodita. Sobresaltada, se da cuenta que se acerca el momento de bajar, si no hace la parada aquí el chofer no la bajará hasta seis o siete cuadras adelante, así que reacciona con violencia, se abre paso entre las cabezas y los cuerpos, Con permiso, permiso por favor, toca el timbre, el chofer frena bruscamente, todas se tambalean pero ninguna cae, se mantienen, firmes, en sus lugares. Sólo bajan dos, el autobús cierra la puerta trasera y continúa su camino, las mujeres que bajaron no se volverán a encontrar, una va en una dirección, la otra en la opuesta, ni siquiera se han mirado.

La mujer camina las tres cuadras que separan la parada del camión de su casa. Los tacones la están matando, siente su cuerpo sucio, por el polvo de la ciudad, por el sudor del calor, necesita con urgencia un buen baño. Sus hijos deberían estar en casa, ya no son horas para que anden en la calle, sólo espera que la mayor sea tan responsable como para encargarse de sus dos hermanitos, pero con ese novio que trae, No me gusta nada, nada, pero qué le va a hacer, alguien le ha dicho que a nadie le gustan los novios de las hijas, menos las novias de los hijos, pero hay que resignarse, con mantenerlos vigilados bastará, nada más le pide a dios que no resulte embarazada, Soy muy joven para ser abuela, dice. Y su marido, quién sabe si llegó o no, desea que no, pero tampoco se le ocurre qué tanto puede estar haciendo en la calle, no cree que den entrevistas de trabajo tan tarde, Mejor ni le pregunto, es muy orgulloso, ha de estar apenado por ser mantenido por su mujer, y ella, a estas alturas, ya está hartándose, No me casé para esto.

Busca en su bolso las llaves, nada más falta que se le hayan olvidado, no tiene tan mala memoria, sólo es el temor de todos los días, haber dejado el foco prendido, las llaves pegadas, la puerta abierta, así somos, nunca vamos a estar tranquilos todo el tiempo. Entra. El pasillo está oscuro, pero las escaleras son iluminadas por la luz que llega de arriba, del número cinco, entonces sí hay alguien, Más les vale, canijos, piensa y sonríe, le da gusto, quizá esta es la mejor parte del día, antes de llegar a la casa, abrir la puerta y ver el desorden monumental que le han hecho sus hijos, nunca va a poder mantener la casa limpia aunque sea un día, entonces empiezan los corajes, pero aquí, en el pasillo, antes de subir la escalera, sabe que no ha pasado nada malo, y es feliz por un instante al día.

Tal y como lo esperaba, sus hijos menores juegan videojuegos en la sala, su hija mayor, en el cuarto, besuqueándose con el novio mientras un dvd se reproduce en la tele, Mira nada más, desvergonzados, la mujer le da al novio un golpe en la cabeza y lo saca de la casa, Órale, para su casa, chamaco, el novio sale, sonriendo, y desde la puerta, le tira un beso a su cómplice, para luego desaparecer, sólo tiene que cruzar la calle y estará a salvo en su casa, la hija, por su parte, se hará la indignada y luego bromeará al respecto, la mamá no se preocupa tanto, son besos inocentes, mientras no los encuentre desnudos en la cama todo irá bien, aunque a veces piensa, Y si lo hicieron mientras yo no estaba, pero descarta la idea, no se atreverían, después de todo, le ha inculcado los valores correctos a su hija. Luego de medio poner las cosas en orden, la madre pregunta si nadie llamó en su ausencia, y el hijo de enmedio responde que sí, que le hablaron a su papá, Quién, No sé, una señora, No te dijo para qué, Sí, que por un trabajo. Y hay un mensaje en el buzón, dijo la hija mayor, tratando de redimirse de su delito y demostrando que es tan capaz como su hermano de poner al tanto a su madre. Ella alzó la bocina, marcó las claves correspondientes, y escuchó, Este es un mensaje para el señor Hugo Estrella, le estamos llamando de Empresas Industriales, nada más queríamos saber qué había pasado con la entrevista que concertamos, ya que usted no se presentó y nos preguntábamos si le gustaría reagendarla para otro día, esperamos su respuesta a nuestros teléfonos, de diez a dos y de cuatro a seis por favor, con la licenciada Aurora, a sus órdenes, gracias.

La mujer, desconcertada, colgó la bocina. Esta había sido la entrevista que ella misma le había conseguido, y si no se había presentado, entonces dónde carajos había estado su marido todo el día, qué había estado haciendo, por qué le hacía perder el tiempo de esta manera. No le iba a preguntar. Una hora más tarde, cuando su marido llegara con aliento alcohólico, ella sabría que no había hecho el mínimo esfuerzo por encontrar un empleo, que se había pasado la tarde vagando por ahí con sus amigotes, y que si le decía algo, aunque fuese una insinuación, su marido se pondría violento, le gritaría a ella y a los niños, y no tenía humor para peleas, mejor esperar hasta mañana, ya dios dirá.

Cenaron en silencio, y el marido se fue a dormir sin dar las buenas noches. La mujer lavó los trastes y prendió el calentador, dispuesta a tomar una buena ducha antes de acostarse. Para no entretenerse en la mañana, sacaría desde ahora la ropa que se pondría para el trabajo. Una falda azul marino, una blusa color crema, su brasier blanco y esos calzones de encaje que tanto le gustaban. Todo fue bien, excepto los calzones. No estaban. Buscó y rebuscó en todos los cajones de la cómoda, pero faltaba justo esa prenda. Y no sólo esa. La segunda opción, unos sin encaje pero de una tela muy suave, también faltaban. Estaba segura que los había lavado la última vez. O quizá se habría confundido. El marido, desde la cama, roncó, Mujer, qué es ese escándalo, hombre. La mujer fue a revisar el cesto de la ropa sucia. Tampoco estaban ahí. Si no los encontraba, se volvería loca. Sus calzones no podían desaparecer y ya, tenían que estar en algún lugar. Buscó en los cojines de la sala, debajo del comedor, en el cuarto de los niños, quizá su hija los habría tomado prestados, aunque dudaba que le gustaran o que le quedaran, entre los calcetines, en la ropa limpia que estaba todavía extendida sobre una silla, ahí al lado estaba la bolsa esa que su marido se ha estado llevando estos días, una bordada con flores y pájaros, la tiró por accidente cuando revolvía el sillón, estaba muy pesada, Qué tanto traerá aquí, no pudo evitar la curiosidad, la abrió.

Mientras sacaba un objeto tras otro su espanto llegaba a niveles insospechados. Pero al menos, había encontrado sus calzones. Lo dejó todo en su lugar, furiosa. No iba a despertar al marido. Mañana llamaría al trabajo, diría que está enferma, y lo agarraría con las manos en la masa, aunque le costara creer lo que sus ojos vieran.

Él salió a las siete en punto. Ella esperó tres minutos y fue tras él. Los niños ya se habían ido a la escuela, así que no tuvo que dar explicaciones a nadie. En el camino llamó a la oficina, le dijeron que no había problema, pero que le tenían que descontar el día. Era de esperarse. Su marido entró en la estación del subterráneo. Ella detrás. Dos estaciones y bajó. Entre tanta gente, él jamás se daría cuenta de que estaba siendo seguido. Salió a la calle y caminó hacia el este, tres cuadras. Había unos baños públicos, se llamaban Sandoval, donde el marido entró sin dudarlo. La mujer esperó unos minutos antes de entrar. Que se sienta seguro, que crea que está a salvo. Entonces entró. Le preguntó al encargado, si no había visto a un señor bajo de estatura, gordito, calvo y que llevaba un enorme bolso bordado con flores y pájaros. El encargado dijo que sí, que había pagado un baño individual. Es que mire, le explicó la mujer, quiero darle una pequeña sorpresa. Oh, entiendo, dijo el encargado, aunque la verdad era que no entendía, y le dijo, Es al fondo del pasillo, a la izquierda, la tercera puerta. La mujer le guiñó el ojo.

Ya era mediodía cuando el marido todavía seguía gritando en la puerta del número cinco. La mujer había llamado a la hija mayor, que recogiera a sus hermanos y que la viera en la central de autobuses. Llenó dos maletas con toda la ropa que podía cargar. Tomó un desarmador y abrió, al fin, la puerta. No me toques, pendejo, le dijo a su marido, amenazándolo con su improvisada arma, Me voy a ir, le dijo, me voy a llevar a los niños y más vale que no nos sigas porque te echo a la policía, cabrón. El marido dejó de intentar hablar. Bajó los brazos, se hizo a un lado, resignado. La mujer tomó las maletas y pasó. Antes de empezar a bajar la escalera, se detuvo, abrió una maleta y sacó un par más de calzones, rojos, y se los aventó en la cara. Quédate con mis calzones, pervertido. Salió de la vecindad y paró un taxi. Se fue llorando de rabia. Su madre, al verla al día siguiente en el umbral de la puerta, le diría, Ya te habías tardado, hijita, te habías tardado.

[Continúa]

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[Parte uno]

[Parte tres]

1/5/09

No es una mujer (parte uno)


[Imagen de http://brothermk1.blogspot.com/2007/03/freakshow-tanda-2.html]

Pintarse el borde de los ojos, hasta ahora, ha sido lo más difícil, pero un estúpido lápiz negro no lo va a detener, no después de haber revisado detalladamente los rostros de las modelos en las revistas de moda y glamour, no después de interrogar misteriosamente a su esposa, Este para qué sirve, cómo te pintas ahí, y para salir airoso, elogiarla, Es que siempre quedas muy guapa. Hay que otorgarle mérito, para ser la primera vez, no está tan mal, el rubor no se ve exagerado, las sombras están en su punto, el lápiz labial, bueno, parece que lleva haciendo esto toda la vida, y eso que las luces, densas y pesadas, de este baño individual que pagó no ayudan en lo absoluto, ni el espejo embarrado, ni el intenso olor a cloro. Se mira el rostro en el espejo, sonríe con malicia, si ese policía se hubiera dado cuenta de con quién estaba tratando, le habría merecido un poco más de respeto, carajo, sacarlo así, a rastras, del andén, con toda la gente mirando, no hacía caso a su Suélteme, yo puedo solo, no, no le dejó ni un poco de dignidad, habrá pensado que se enfrentaba a un degenerado sin cerebro, a uno de esos sujetos que sólo se dedican a sentir placer, en lo desconocido o en lo conocido, en lo arriesgado o en lo seguro, pero se equivocaba, a Hugo Estrella no le interesa el placer por el placer, sino ganárselo, y pensar, al final del día, Que bien lo hiciste hoy, carajo, y responderse, Y mañana irá mejor, vas a ver.

Toca el turno a la peluca. Le ha costado trabajo conseguirla, jamás imaginó en qué negocio harían cosas de estas, jamás pensó que tenía que combinarla con su tono de piel, buscar la medida, la forma del rostro, para que pareciera natural, Para que de verdad parezcas una dama, le dijo la encargada de la tienda, o el encargado, quien quizá había tenido más éxito en la labor que ahora absorbía a Hugo Estrella. Se acomodó la redecilla, suspirando al recordar los suaves perfumes de las féminas, encerrados en un vagón de metro, respirando ese aire de tranquilidad que sólo tienen allí, todas ellas, juntas, creyéndose a salvo de las manos sudorosas de los aprovechados, es la única manera en que adquieran tan particular encanto, los músculos descansados se tensan levemente al creer sentir algo duro encajándoseles en las nalgas, Hugo Estrella no sabe qué pensarán, es un celular, un bolso, una uña postiza, qué sé yo, esa mujer que lo delató, alta, usaba lentes, le podía ver el rostro en el reflejo del vidrio de la puerta, las cejas depiladas, los labios rosas, cerrados, la frente amplia, era una verdadera mujer, exhalando por sus poros esa sensación que se disipó cuando ella también alcanzó a verlo en el reflejo del vidrio, su gesto se endureció, furiosa, gritó, Hijo de puta, y lo tomó del cuello y cuando la puerta se abrió, al llegar a la estación, lo llevó directo al policía que vigilaba la línea que separaba los vagones exclusivos para mujeres del resto, mientras le gritaba, Pervertido, creíste que me iba a quedar callada, no elegiste bien a tu presa, cabrón, ahora sí vas a ver.

Llamaron a su mujer, por lo visto, al policía lo único que le interesaba era humillarlo públicamente, por eso iba gritando por los pasillos, Ahora sí te agarramos, pervertido, vas a ver cómo te va a ir, por quererte aprovechar de inocentes mujeres, por manolarga, la gente volteaba, lo miraban con asco, no concebían que un ser de esa naturaleza existiera todavía, algunos se referían al policía cumpliendo su deber, pero la mayoría, al gordo aprovechado y pervertido. Hugo Estrella sonreía mientras pensaba, Si supieras, pendejo, que no soy quien tú creíste. No era de los que se daban por vencidos, ni de los que aprendían su lección. Al contrario, ahora era un reto, más divertido, más excitante, burlar a la seguridad, encontrar la manera, y dentro de poco, conseguiría el éxito, ya sólo le faltaba acomodarse el vestido, ponerse las medias y los tacones, y vencería.

La esposa de Hugo Estrella llegó dos horas después. Le dio un sermón sobre los valores y el esfuerzo que ella hace ahora que está desempleado, pero no logró conmoverlo. Cuando llegaron a la casa, nada más para que aprendiera que con él no se juega, le dio una chinga. Creyó que se iba a salir con la suya nomás porque había un policía cuidándola, pues no, que equivocada estaba, mira nomás, y luego le dijo que durmiera en la sala y que le preparara chilaquiles. La mujer obedeció, llorando. Más le valía. Nadie iba a pasar por encima de Hugo Estrella, ni la policía moralista de la ciudad, ni las mujeres estúpidas que no saben lo que es un hombre. Quién diría, que este que ve el espejo, con tacones rojos, cabellos castaños y boca encendida, era tal. Ay cabrona, que buena estás, se dijo a sí mismo, y guardando sus cosas en su enorme bolsa bordada con flores y pájaros, salió del baño público ante la mirada atónita del encargado, quien jamás se imaginó que un hombre como el que había entrado se pudiese convertir en una mujer como la que había salido, y eso que había visto bastantes cosas en su no tan corta carrera como encargado del baño público, Jamás volveré a estar seguro de nada, pensó, y cambió el canal de la tele.

La primera prueba comenzó en cuanto puso un pie en la calle. Seguro de sí mismo, caminó con paso firme hasta la parada del camión, dos cuadras adelante, tratando de no tambalerse demasiado, hacerlo como lo había practicado, tacón, punta, tacón, punta, despacio, no lleva prisa. Con excepción de algunos viejos libidinosos que se ruenían en las jardineras, nadie se fijó realmente en Hugo Estrella vestido de mujer. Era una ciudadana más, con sus problemas y sus felicidades, sus temores y sus desvaríos. Se detiene junto a otras mujeres en la banca diseñada para aguardar el arribo del autobús de transporte público, se abrasa a su enorme bolsa, un tanto nervioso, puede desde ya sentir una erección rozando la ropa interior femenina, cualquier le preguntaría, Sólo tienes que verte como mujer, no sentirte como una, para qué usas también ropa interior, a lo que él, en este momento, no podría responder, porque, a pesar de considerarse listo, y hasta brillante, acepta que, cuando alcanza este nivel de excitación, no logra llegar a razonamientos, digamos, del todo correctos, o al menos coherentes.

Ya viene el autobús. Por suerte, pertenece al programa de uso exclusivo para mujeres, Afrodita, quien lo haya bautizado habrá pensado que no podía elegir un nombre mejor o más apropiado, quién, en su sano juicio, puede objetar la comparación con una auténtica diosa del Olimpo. Viene casi lleno, con espacio suficiente sólo para que las cinco mujeres, y Hugo Estrella, aquí esperando, lo aborden. Se acerca a la puerta, cualquiera con un buen oído podría escuchar los latidos de su corazón, o cualquiera con un buen olfato percibiría el olor amargo del lubricante que ha derramado, se siente empapado, no esta mujer, que trata de meterse en la fila, es una cualquiera, que le sonríe, como si fueran cómplices, Hugo Estrella le permite pasar primero, ella dice Gracias, y ahora sabe quién será su primera víctima, esa pobre ingenua, insolente, que no alcanzó a verle la sombra de la barba bajo el maquillaje, bien elegido está el nombre, Afrodita no sólo era la diosa de la belleza, también de la prostitución. Tendrá su merecido si logra pasar al conductor, quien mira desde su asiento, recibe las monedas, las echa en la tómbola y entrega el boleto, tres veces ya lo hizo, Hugo Estrella pone un pie en el primer escalón, sin tacto alguno, abriendo las piernas, sólo piensa, Cuidado con la peluca, sube el otro pie, ya estoy arriba, la quinta mujer, esa zorra, pasa por delante del chofer, No tengo cambio, déjeme cambiar, sí, y el chofer, atrapado por sus viscosas redes, responde, Déjelo así, pásele, ándele, pásele, no cabe duda, es verdad lo que dicen de los hombres, todos son iguales. Al fin toca el turno de Hugo Estrella, la prueba de fuego, si él, que pertenece a su mismo género, no puede reconocerlo, nadie podrá. Ya llevaba las monedas en la mano, las deposita en la tómbola, el chofer baja la palanca y deja caer el dinero en la caja, luego arranca un boleto, Hugo Estrella lo mira fijamente, con los ojos llenos de nerviosismo, quizá el chofer piensa que es admiración, por lo que, al entregarle el boleto, le acaricia suavemente los dedos, y luego le guiña un ojo. Hugo Estrella casi habla, sorprendido, estuvo a punto de pronunciar un Gracias infestado de rabia, pero piensa mejor, si su disfraz es perfecto por fuera, no ha conseguido pensar en la voz, cualquiera lo reconocería por la voz rasposa, grave, que su abuelo le heredó.

Y he ahí el paraíso que le había sido arrebatado. De regreso a él, localiza a la quinta mujer de la fila, que debió haber sido la sexta si no hubiese usurpado un lugar que no le correspondía. Se las ha arreglado para irse casi hasta la puerta de bajada. No importa. El camino es largo, y será entretenido. Hugo Estrella comienza a avanzar. Diría Con permiso, pero no es tan zoquete.

[Continúa]

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[Parte dos]

[Parte tres]

28/4/09

Veinticinco



Imagino las historias de esas personas. Jóvenes, entre 20 y 50 años. Estaban bien, paseando por ahí, discutiendo con su esposa, desayunando con unos amigos, viendo en la tele las noticias de una tal gripe porcina, y de pronto, la fiebre, la tos, el dolor de cuerpo, No me pasa nada, estoy bien, ya se me pasa, se toman una aspirina para el dolor de cabeza, una tempra para la calentura, un jarabe para la tos, no pueden creer que les esté pasando a ellos, que sepan, no estuvieron cerca de nadie que tuviera los síntomas, No puede ser influenza, no puede ser. Tres días después, cuando no aguantan más, cuando sienten que van a explotar, van al hospital, los aislan, el médico con cubrebocas lo mira como a un bicho raro, como material altamente tóxico, como si bastara tocarlo para caer fulminado en el consultorio. Es muy tarde para los antivirales, no hay nada que se pueda hacer, esa persona ha de morir, sus días, desde el que nació, estaban contados.

Y mientras nosotros, los que estamos lejos del drama que vive la ciudad en estos momentos, miramos el cielo, despejado durante el día, nublado y con ligeras lluvias y truenos durante la tarde, parece que vivimos en un tiempo diferente, que el mundo tiene los ojos puestos sobre nosotros. Nos cuidamos de los demás, cualquiera es peligroso, no más chismes en las esquinas, no más insinuaciones inocentes, ni comentarios sobre el clima. Procuramos, incluso, no mirarnos a los ojos, no acercarnos demasiado unos a otros, no tocar pieles ajenas. La gente, en el supermercado, llena los carritos con garrafones de agua, con botellas de aceite, con comida enlatada, como si se prepararan para un desastre inminente, no me sorprendería que llevaran lámparas de pilas y platos desechables.

De los rostros, azules de la nariz para abajo, sólo puede verse una expresión en los ojos, compartida, a veces más explícita, a veces oculta, pero es una sola: temor. Nos preguntamos, vamos a morir, sobreviviré, cuánto durará esta pesadilla. El temblor no fue nada. Una pequeña sacudida sin consecuencias. Y el país entero, conforme pasan los días, se va paralizando. Conciertos cancelados, concentraciones masivas dispersadas, las escuelas cerradas hasta el seis de mayo. El miedo se esparce con más rapidez que la enfermedad. Pero tienen las mismas consecuencias, por el momento, son una y la misma cosa.

13/4/09

Vacaciones



1. Siempre me pasa lo mismo. Voy, estoy unos días, me divido entre la familia de F y la mía, entre mis numerosos tíos y tías y mis hermanos y padres, nunca es suficiente tiempo y siempre, al terminarse esos gloriosos días, me queda una sensación de vacío y de depresión que no me puedo sacudir tan fácilmente. Todo el camino de regreso al DF pensé, qué pasará, valdrá la pena, estaré haciendo lo correcto, y la respuesta era siempre la misma, no sé, cómo saberlo, y yo ya no tengo a nadie que me digo, Estás mal, para que me de fuerza de voluntad, para intentar demostrar, una vez más, que estoy bien. Dormía y despertaba, la película no sirvió, el chofer se dio por vencido, cuando se paró, asumió que en realidad no valía la pena poner otra, que era hora de mandar a dormir a los pasajeros, y así lo hicimos, qué más da, habrá otros viajes, veremos otras películas, a fin de cuentas, siempre son malas. Hacía frío. Y yo, pensando y pensando. Que aún quedan dos años, un poco más, para terminar la carrera, y que hasta entonces yo estaré limitado en todos los sentidos, que no podré ocuparme de mis hermanos como me gustaría. Nadie me obliga, pero yo siento que debo hacerlo. Luego miré a F. El gesto relajado, los labios entreabiertos, las piernas recogidas, dormía como un angelito. Mis dudas se disiparon en ese mismo momento. Con su apoyo, lograré todo lo que me proponga. Aunque fuese el único. Hasta entonces pude dormir tranquilo.

2. Sé que ser madre no debe ser fácil. Trato de imaginarme a mí con un hijo. Que crea en el partido de derecha, en la iglesia católica y en las instituciones del gobierno. Me mataría de coraje, si hiciera cosas que a mí no me gusta que haga. Pero sabría que estoy mal, y que la mejor manera de hacercarse no es la violencia. Sé que un padre no sirve para decirte qué debes hacer, qué es lo bueno y qué es lo malo, porque eso cada quien debe irlo descubriendo. Tampoco sirve para darte órdenes, para guiarte por el sendero correcto, para que le hagas caso en todo, para tener alguien a quien pedirle permiso. El papel de un padre, o al menos el que debería ser el papel de un padre, es acompañar, apoyar y respetar. Enseñar al hijo a encontrar sus propias herramientas para sobrevivir en el mundo. Crear un ser humano consciente, capaz, decidido, con los pies puestos sobre la tierra, que pueda confiar en ti y pedirte consejo ante un problema. Ser padre es, ante todo, ser amigo. Yo no tuve eso. Y mi hermana lo tiene más difícil, porque es todavía más rara que yo. En lo que jamás estaré de acuerdo es en la violencia. Es difícil explicarle a mi madre, y es difícil explicarle a mi hermana, porque se encuentran en polos opuestos. Pero en verdad me preocupan. Las dos me preocupan, y cada una me preocupa. Pero creo que, en este caso, es mi madre quien está haciendo todo mal. Y no sé si acepte mi ayuda.

A fin de cuentas, yo estoy lejos.

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"One day my dreams will be reality..."

8/4/09

Season finale



La escuela ha finalizado. No fue un trimestre estresante, pero sí agotador. Y ahora, como recompensa, nos vamos a Mazatlán. Unos días de relajación y playa es justo lo que necesito en este momento.

Porque sé que este mes será como un final de temporada de mi serie de tv favorita. Muchas cosas embonarán en su sitio, descubriremos cuáles son los siguientes pasos y nos pondremos manos a la obra para comenzar de nuevo. No tengo miedo, estoy entusiasmado. No sé qué pasará, pero todo será diferente. Comenzaré mi proyecto sobre vih/sida, conoceré gente, leeré nuevos libros...

Estoy entusiasmado. Tanto que no puedo escribir coherentemente.

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"They will se us waving from such great highs..."