22/3/05

sangre azul, piel dorada

Siempre que salgo de viaje tengo problemas con el estómago. Esta vez no fue la excepción. Desde que salimos de la ciudad, con cuatro horas de retraso, procuré comer lo menos posible para no tener que enfrentarme al terror de combinar una colitis con los apestosos baños de las gasolineras. A media noche, el chofer en turno detectó un ruido extraño en la camioneta, y una grúa tuvo que arrastrarnos de regreso a Guadalajara, donde pasamos esa noche. Salimos al mediodía siguiente, pero sólo once de los diecisiete que éramos, por falta de espacio. Entre la pesadez de los párpados y la monotonía de mis sueños, pude ver cómo el paisaje de la carretera iba cambiando a medida que nos internábamos en el país, de los pastizales secos y palmeras altas de Sinaloa, a los pinos frescos y los extensos valles del Estado de México. Llegamos media hora antes de que comenzara el partido. Por primera vez me había vestido con la playera de los pumas, y la emoción al ver el estadio repleto, los edificios enormes de la capital, las escenas en vivo de lo que hasta ese día había visto sólo por TV se aglomeraban en un desorden terrible. Jamás había sentido tanta pasión al ver un gol de Diego Alonso, ni tanto odio cuando se la pasaban a Cuauhtémoc... En verdad que mi papá me heredó más que la voz y los gestos al hablar: me heredó su fanatismo casi religioso por el equipo de la UNAM. Por causa de nuevas fallas mecánicas en los coches rentados, dormimos una vez más en la agencia arrendadora, perdiendo otra noche.
La basílica de Guadalupe me impregnó de una sensación que no sabría definir. El agua bendita que rocío el padre me quemó la piel, la misa que pronunciaba taladraba mis oídos, el dinero que gastaban mis parientes en cuadros y rosarios se me hacía una obscenidad, mientras yo gastaba mi dinero en revistas de "edición sexy" y paletas de hielo para el calor. Al mismo tiempo, me asombraba la devoción de las personas, andando de rodillas hasta la capilla, embarrándose de la mugre de las vitrinas donde imágenes de la virgen los observaban indiferentes, vigilando las veladoras, haciendo fila para bendecir sus adquisiciones, rezando a todo pulmón plegarias esperando que fueran escuchadas en el cielo... Me pregunté si yo tendrá la misma fe a la hora de defender mis creencias, y no sabía qué responderme.
Viajamos la noche entera. La regadera me ayudó a despejarme. Ya no me duele tanto el estómago. Y ahora, la travesía sólo sobrevive en una parte fragmentada de nuestras memorias, y en el cassette de ocho milímetros, en las dos fotografías en el zócalo, en los cuadros de la virgen, y en la sensación en mi cara del agua bendita. Mientras, no hago nada. Me limito a existir, nada más.

19/3/05

esperando

Los boletos esperan sobre el escritorio. Mi mochila espera en la silla blanca. La palmera, imperturbable, espera erguida mientras el viento agita con furia sus hojas. El sol se ha detenido. El teléfono enmudeció. El mundo no avanza... No será un fin de semana cualquiera. Mi amiga, desde Guadalajara, ha llegado a sus merecidas vacaciones para echarme en cara que me la paso pensando en la inmortalidad del cangrejo. Yo no estaré en casa. Dentro de un rato, cuando mi papá pase por nosotros, mis hermanos y yo nos iremos, dejaremos a nuestra madre sola, viajaremos una noche entera hasta llegar al D.F., buscaremos el estadio olímpico universitario y nos uniremos al canto de miles de aficionados entonando el poderoso himno de guerra... "¡Gooooya!¡Gooooya!¡Cachún cachún ra ra!¡Cachún cachún ra ra!¡Gooooya!¡Universidad!". Después, regresaremos y será como si nunca hubiera pasado, y serán unas vacaciones tranquilas, sin sobresaltos, con mis amigos, con mi familia, con mi eterna soledad, no más niños de secundaria gritando al mediodía cuando salen de clases, no más levantarse temprano para llevar a mi hermano a la escuela... Seguiré perdiendo el tiempo, hablando con objetos, creando amigos imaginarios que ni yo mismo tomo en cuenta. Tal vez vaya al cine. Quizá me arrastren al Bora, por no haber adónde más ir, porque acá no hay Che'z, ni Zacas, ni nada. Quizá vaya a la playa... Quizá...

18/3/05

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no somos más que fichas de ajedrez...

mala poesía

Aunque yo soy para soñar esquivo,
sé que para soñar nací despierto.
Me he sentido morir y aún estoy vivo;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerto.

Juan de Dios Peza.

lo que nunca fue

Al fin decidió regresar mis llamadas y concretamos un encuentro, como siempre, en su casa, una esquina de la calle Libra, donde había un árbol y una piedra que presenció mi primera perforación. Sólo recuerdo que salió acompañada de sus perros. Lucky me ladraba, incapaz de reconocerme, mientras la melosa Frida brincaba y ladraba por el gusto de tener a alguien más que le dijera qué bonita perrita. El barandal nos separaba, frenando mis impulsos de tomar sus manos otra vez, de besarla con la misma pasión de hace apenas unos meses, de decirle vuelve conmigo, por favor, te lo ruego, y de escuchar claro, volvamos y amémonos como nunca nos amamos.
Hablabamos de trivialidades, por temor a tocar los temas que sólo a nosotros dos nos incumbían, y ella me miraba con curiosidad, y yo la miraba con tristeza. El teléfono sonaba. Ella entró y un instante después venía con el aparato en la mano, hablando con un desconocido. Me dijo "Ten", aunque la llamada no era para mí. No soy muy adepto a hacer locuras de ese tipo, pero con ella mis impulsos no tenían para dónde hacerse, y sus palabras eran órdenes a mis oídos.
-¿Bueno?
-¿Con Virginio Urbina?
-...Sí, diga...
-Oiga, le hablo para saber cuando va a venir, porque ayer lo estuve esperando como quedamos...
-...Ah, sí, disculpe usted, es que no tuve chance, pero voy mañana...
-¿Mañana? ¿A la misma hora?
-...Sí, sí, no se apure... Mañana me echo una vuelta.
Ella sólo sonreía. Para mí, era un deber complacerle sus caprichos de Niña. Estuvimos hablando un rato más. Mis intentos por tocarla siquiera eran desesperados. Ella apartaba sus manos, apartaba el rostro, y me decía con la mirada "No, ya no hay nada", sin tocarse el corazón. Un carro llegó y se estacionó frente a nosotros. Él bajó y me miró como quien mira a un intruso en sus territorios. Tras un breve hola, un largo beso que se alargó para siempre en mi memoria. Ella me presentó con él como "un amigo", nos estrechamos las manos como dos eternos y mortales rivales. Él algo le dijo sobre ir a la casa de no sé quién.
-Sí, bueno... Yo ya me iba.
No conseguí disimular la perturbación que me provocaba aquel desafortunado encuentro. Quien crea en el destino, habría tomado la escena como una señal inequívoca. Di media vuelta y me fui, pero seguí sintiendo la mirada de él sobre mi nuca, y cuando llegué a la otra esquina miré hacia atrás, temiendo convertirme en estatua de sal, pero ellos ya se iban, y ninguno me miraba.