7/3/05

ainulindalë (fragmento)

En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvitar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por mucho tiempo cada uno de ellos cantó solo, o junto con unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque
cada uno sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvitar de la que provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía.

Y sucedió que Ilúvitar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvitar y guardaron silencio.

Entonces les dijo Ilúvitar: -Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adoro de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

(...)


J.R.R. Tolkien

noé (primera parte)

Almacenaba el vino de mayor calidad en barriles ocultos en las bodegas, y se encerraba junto a ellos todas las noches, a beber hasta quedar inconsciente. Jafet, su hijo menor, se dirigía al almacén antes del amanecer y arrastraba a su padre hasta la habitación, le echaba una sábana encima y lo dejaba roncando su ebriedad. Desde que tenía memoria, las cosas eran así. Cuando la madre servía el desayuno, los tres hermanos procuraban no hablar sobre su padre, organizando los negocios familiares y cada uno dándole órdenes expresas a su mujer. Jafet y Nmera en verdad se habían casado enamorados, mas la cruel postura de los dos hermanos mayores hacia sus esposas lo hicieron desistir de sus tratos amables y sus palabras tiernas.

Las costumbres los obligaban a respetar a su progenitos, a pesar de que los años le habían causado algún mal. Agradecían los buenos años juveniles de Noé, cuando tuvo fuerzas e inteligencia para recorrer el mundo buscando animales exóticos para criarlos. Había comenzado con un criadero de gallinas y cedos, y fue aumentándolo hasta tener tigres, zebras, gorilas, leones, caballos, jirafas y hasta elefantes. Los hacían reproducirse y luego vendrían a las crías por verdaderas fortunas a sus clientes, en su mayoría reyes excéntricos o nobles sin compañía. Los tres hijos manejaban el negocio como unos profesionales y dejaban a su padre perderse en las delicias de su excelente vino, mientras nadie se enterara. Pero no podrían ocultarlo por siempre.

La noche estaba oscura, con la luna invisible por culpa de las numerosas nubes. Noé andaba a tientas por el patio, tratando de orientarse para llegar al almacén, cuando le pareció que una estrella atravesaba la pared de nubes y zurcaba el cielo como una bola de fuego. Su miedo se multiplicó cuando una llama incandescente se estrelló en el patio y de entre las flamas salió un ángel. Noé apenas si sospechaba la existencia de tan fantásticos seres. Su rostro era fino y hermoso como el de una mujer, con los rizos dorados cayendo más allá de los hombros. Su piel era tersa y blanca, y sus rasgos femeninos se truncaban en la falta de senos, pues ni siquiera su desnudez delataba su sexo: no llevaba nada entre las piernas, como los eunucos.

-¿A dónde ibas, Noé?

La voz del ángel pareció salir de todos lados, menos de su boca, pues Noé estaba seguro que no había movido los labios. No logró contestarle, tirado en el lodo y expuesto a los ojos de un Dios que pensaba muerto, o distante, pero sabía que para el ángel no era un impedimento el silencio de Noé. Bastaba pensar en su respuesta, y el ángel la sabría. Sin embargo, tampoco pudo enfocar su pensamiento. "Me voy a ir al infierno". Nada más se le ocurría.

-Sin duda, pero hasta que te mueras. Hoy, Dios ha salvado tu vida.

Le explicó una complicada relación de genealogías y alianzas con sus antepasados que lo liberaban de cualquier represalia que Dios pudiera tomar contra la humanidad. Le reveló que Dios planeaba dejar caer todo el agua de los cielos a la tierra y acabar con los humanos infames y criminales, y sólo unos pocos se salvarían, incluídos en esa prestigiada lista iban Noé y su familia. El hombre se horrorizó ante el irremediable futuro.

-¿Qué... qué debo hacer?
-Usa tu imaginación.

Y así como llegó, el ángel se fue y tomó su lugar en el firmamento, dejando la noche tan oscura como antes de su llegada.

(...)

Los hijos lo veían empecinado en la extenuante labor de construir un arca inmensa en la que pudieran salvar hasta a sus preciados animales. Los vecinos, intrigados, dirigían sus primeras palabras a Noé, interrogándolo.

-Voy a construir un barco para salvarme del diluvio.
Tenía que soportar las explosivas carcajadas de quien escuchara sus respuestas inverosímiles. La mujer de Noé no podía explicarse aquel milagro. En realidad, su marido jamás había sido hábil con la carpintería, y si no era capaz de construir una mesa con sus sillas, le resultaba excesiva su obsesión por el arca. No había duda. Eran delirios de un viejo borracho. No había de qué preocuparse.

Era poco su avance, y sentía que el tiempo se le acababa. Noé no tuvo más remedio que pedir ayuda a los carpinteros del pueblo, pero las consecuencias de haber visto a un ángel eran peores de lo que creía. No conseguía ocultarles sus verdaderos motivos, y todas las recomendaciones que les hacía se diluían en el aire. Las advertencias desesperadas fueron tornándose en agresivas amenazas poco a poco, cuando el implacable constructor perdió la paciencia ante la estupidez e incredulidad de las personas, y se lanzó a gritar en la plaza pública con toda la fuerza de su garganta que el mundo se iba a acabar. Los días estaban soleados, calurosos y secos. Los vecinos hartos del escándalo de Noé por tal disparate, y el resto del pueblo ofendido por sus insultos. El jefe de la aldea lo mandó encerrar a un calabozo, ante la deshonra que provocaba a sus hijos. En los seis meses que pasó en prisión, no cayó ni una sola gota de agua. Apenas puso un pie en la calle, un aguacero torrencial se desbordó del cielo.

[CONTINÚA]

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[Segunda parte]

3/3/05

olvidándome de mí

Me llamo Patricio Ortiz. La mayoría de mis conocidos me dicen Pato, y yo los dejo, a pesar de que me cagan los diminutivos. Estoy condenado a mirar la vida a través de unos cristales empañados por culpa de la miopía. Dejé la escuela después de cambiarme cuatro veces de carrera. Soy de Tijuana, pero vivo desde hace doce años en Mazatlán. Hace dos meses cumplí veintidós. No tengo novia, ni planes de tenerla. Trabajo en la caja de un supermercado escondido en el culo de la ciudad. Vivo en una casa prestada, porque mi madre no soportaba encontrar en mi cuarto los cuerpos desnudos de mis múltiples amantes todos los domingos en la mañana, y me corrió. Mi papá se compadeció de mí cuando me encontró dispuesto a dormir en un parque, y me consiguió la casa. Soy adicto, a la coca y al metal. Me gustan las mujeres más bien robustas y morenas. Nunca uso calcetines, me salen ronchas en los pies. Jamás digo mentiras. Odio al pendejo de mi hermano. Tuve un pequeño romance con una maestra de preparatoria que me llevó a la cárcel una semana, aunque de eso ya ni me acordaba. No tengo talento alguno, y me dedico a pasar los días, con poco dinero y con muchos excesos. Una amiga que estudia psicología me aconsejó escribir esta chingadera, y pues aquí me tienen, iluminado por una lámpara y con ciertas dificultades para trazar las letras en el papel.

Sucedió que llevaba casi un mes sin lavar mis escasas ropas, y fui a la casa de mi papá a que me prestara su lavadora. Su mujer me recibió entre sorprendida y reservada, invitándome a irme de su casa con una sutileza desastrosa. Primero, eché en la lavadora la ropa interior, lo más importante, y la máquina hizo el resto. Por esos días, yo me había percatado ya de lo patética que era mi rutina habitual: trabajo, casa, dormir, fiesta, droga, coger, dormir, y así todos los días. Nunca me pasaba nada nuevo, y veía que mis amigos conseguían trabajos mejores o se iban de viaje, y yo, desde hacía una eternidad, en el mismo lugar y con el mismo dinero. No sé si percatarme de que era un fracasado me puso triste o feliz, no me di cuenta, pero no me importó, y seguí como estaba. Lo que sí me daba miedo era que un día amaneciera muerto en la casa, por cualquier razón, y que me dejaran allí hasta que las ratas comenzaran a comerme, víctima de un olvido crónico y pestilente... Me sentía débil, la vista se me nublaba, no escuchaba ni mis pensamientos y las cosas que tomaba se me resbalaban de las manos.

Una luz en la lavadora se encendió para indicarme que era el momento de añadir el jabón, y pasó por primera vez. Intenté tomar la bolsa de plástico con mi mano derecha, y sentí que cuatro de mis dedos la atravesaban como a una cortina de humo, sin poder agarrarla. Me quedé paralizado, y al instante me convencí de que sólo había sido mi imaginación. Terminé de lavar, me despedí de la familia de mi papá y salí de la casa en el momento justo en el que él iba llegando. Bajó del coche y caminó hacia la casa, pasándome por un lado sin mirarme siquiera. Antes de que entrara, lo llamé y él, medio distraído, volteó hacia mí, y sonrió como el que saluda a un desconocido.

-¡Hijo! No te había visto.

Y así, sin más, entró a su casa y cerró la puerta detrás. En otras circunstancias yo me habría puesto furioso y le hubiera roto las ventanas a pedradas, pero no, ni siquiera me importó, nada más se me hizo raro que no me viera y me fui... caminando, por cierto, ya que ni los camiones ni los taxis me hacían caso.

Desde entonces la gente me mira como si no me mirara, o como si yo no estuviera, y sólo se percatan de mi presencia cuando me hago notar. Lo curioso es que no me interesa, aunque mi amiga psicóloga diga que me nota cabizbajo y melancólico... Será que me resulta extraño comenzar a atravesar las cosas, primero los vasos, luego las ventanas cerradas, luego los postes en la calle. Ayer atravesé una puerta. Esta mañana, al mirarme en el espejo, me sentí raro, y me pareció ver a través de mí... Hace semana y media que mi padre no viene a visitarme... Es como si me desvaneciera poco a poco en el aire y en las memorias de todos los que me conocieron. Casi siento que estoy olvidándome de mí, de cómo era antes.

Lo bueno del caso es que mi peor miedo no se volverá realidad. Un día saldrá el sol y el mundo ya no me tendrá, pero no porque me haya muerto de una sobredosis o algo así, sino porque me desvanecí para siempre. Será mejor... Quizá ni yo mismo me de cuenta.

[FIN]

el relol del conejo blanco (segunda parte)

[basado en el cuento de Lewis Carroll]

Los árboles extendían sus ramas a lo largo del cielo nublado, extinguiendo los colores habituales del bosque. Una oruga que descansaba sobre una seta atrajo la atención de Alicia, sacándola del estupor en el que estaba sumida, se levantó y dejó caer su pie sobre el insecto. Luego volvió a sentarse entre las raíces del árbol, cubriéndose mejor la cabeza con el manto azul, y echando piedras al río, recordando un apacible día de verano, cuando el pedía a Mr. Dodgson una historia. Pero los recuerdos se le confundían en la mente, saltando de un lado a otro, y recordó a su hermana mayor leyéndole un libro aburrido, mientras ella se entretenía con las guirnaldas, cuando apareció el conejo blanco. Alicia tomó el reloj y lo examinó. Nada extraordinario había en él como para considerarlo un objeto maravilloso. Ya ni siquiera caminaba. Su única funcionalidad era usarlo como llave para volver al mundo de donde había sido expulsada.

El estudio del Conde estaba invadido por el humo de la pipa. Si hubiese permanecido una hora más allí, tal vez habría muerto asfixiado. Nicole apareció tosiendo, y anunció la llegada de Mr. Dodgson.

-¿A qué ha venido ese vago?

Alzó tanto la voz, que Dodgson pudo escuchar sus reproches sin sentido mientras esperaba en la estancia, pero no le dio importancia. Sus manos temblaban, sudorosas, con la mirada clavada en las escaleras, deseando ver bajar unas piernas ágiles y unos cabellos dorados... El Conde lo saludó con frialdad, mas su astucia mental no alcanzó a elaborar una salida ante la intromisión de Mr. Dodgson. Tuvo que decir la verdad.

-Alicia desapareció.
-¿Alicia...? ¿Alicia qué?
-¡Desapareció! ¡Alicia despareció! ¡Se esfumó!

Perdió el control. Una avalancha de reclamos, tal vez justos, atropellaron los oídos sordos de Mr. Dodgson, encogido en un diván. sus estúpidas historias habían enloquecido a su hija. Después de los paseos por el río, se dedicaba a charlar con su gato y con las flores del jardín, poniendo las respuestas en sus bocas y contestándose sola. Jugaba con los naipes y con las fichas de ajedrez sin método alguno, y hablaba de meriendas con liebres y de cerdos bebés... Una tarde, regresó de su paseo con su hermana excitada por haberse topado al conejo blanco, y les contó a todos lo que había pasado al caer por la madriguera. El Conde, al principio, lo encontró divertido, pero cuando la niña vino asegurando que había visitado el País del Espejo, creyó que se había sobrepasado, y le prohibió contar más historias ridículas.

Pasaron unos días en que la niña andaba triste y pensativa por la casa, incluso con algunos aires de temor. Nadie ingadó demasiado, y se conformaron con el olvido de los cuentos de Dodgson. Sin embargo, al Conde le preocupó el hecho de que cada día estuviera más callada y más pálida. No salía para nada de la casa, a veces la encontraba escondida en los armarios o en la cocina, como si la complaciera la soledad. Lo más alarmante, fue cuando los gatitos de Alicia amanecieron degollados, colgados con una cuerda del espejo del tocador en la recámara de la niña, y ella en una esquina, cubierta con un velo azul marino, llorando y con una navaja de afeitar llena de sangre a sus pies.

-¿Qué has hecho, Alicia...?
-No fui yo.
-¿Entonces quién lo hizo?
-Fue el conejo blanco.

Esa había sido la mentira más recurrente de aquellos días, y el Conde no tuvo más remedio que llamar al doctor Prouse y prohibir las visitas de Mr. Dodgson a sus demás hijas. Después fracasó en sus negocios, lo
abandonó su familia y lo sedujo la soledad. Pero eso era lo de menos. Dodgson, el culpable de su mayor desgracia, estaba sentado en la estancia, preguntando por Alicia. Logró arrastrar al Conde en busca de la
niña, y la encontraron bajo un árbol tupido, al lado del río. La niña murmuraba reclinada hacia adelante, como hablando con alguien, hasta que un conejo blanco salió disparado de sus manos, y Alicia se apresuró a seguirlo. El Conde reconoció el reloj de bolsillo en la mano de su hija y se echó a correr detrás de ella. Pudo observar cómo conejo y niña se escurrían por una madriguera oscura y diminuta, donde él no pudo tener acceso. Buscó a Dodgson y regresaron a la casa por ayuda. Buscaron durante meses enteros, mas ya la cueva había desaparecido sin dejar rastro.

(...)

El Conde nunca volvió a Ver a su hija. Tan pronto llegó el invierno, se encerró en su estudio a fumar y a mirar por la ventana. Nicole lo encontró sentado en el diván, y su mano muerta todavía sostenía el revolver que le había volado los sesos.

[FIN]

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[Primera parte]

demasiado lejos

Desde el inicio, su relación había sido un juego sadomasoquista, y esa noche lo llevaron todo al límite. Alejandro vio interrumpido su beso eterno al sentir la hoja afilada del cuchillo penetrándole un pulmón,y luego el chorro caliente de sangre brotar, en una imagen poética inigualable que lo conmovió hasta las lágrimas. Lidia lo miró, miró sus ojos sorprendidos y su garganta trabada, y siguió besándolo. Después de retirar el cuchillo de su espalda, la sangre surgió con mayor libertad, y al acostarse Alejandro, las sábanas se tiñeron de un tono escarlata delicioso. Trató de decirle algo a Lidia, pero ella selló sus laios con el índice, enmudeciéndolo, y él sonrió, complacido de morir en manos de su amada. Una ráfaga de viento cerró las ventanas con un golpe espantoso, y los dos, ella y él, se quedaron sumidos en el silencio penetrante de la habitación, roto apenas por los delicados gemidos de dolor o de placer de Alejandro. El olor de la sangre sin duda era algo nuevo, que complació a los amantes, reavivando su pasión. Alejandro sentía un hormigueo recorriéndole el cuerpo, y una voz en su cabeza le contestó la pregunta que todavía no formulaba: "Es la vida que se te escapa". Cerró los ojos, porque no iba a ser un cadaver con los ojos abiertos, en un intento patético por conservar la vida que ya no le pertenecía, y ya casi no sentía los húmedos labios de Lidia acariciándole el cuello y el abdomen, besando cada rincón de su cuerpo desnudo, frotando su piel contra la de él, cada vez más fría, cada vez más blanca. Cuando Alejandro dejó escapar el alma, resignado, Lidia estalló en el éxtasis del placer, y se tendió encima de su víctima, cubierta por una fina capa de sudor.

La casa entera estaba en penumbras. Se habían apagado todas las velas. El reloj indicaba las tres treinta de la mañana. Lidia escupía su aliento cálido en la cara de su amante, muerto ya, y le parecía excitante no ser correspondida con el mismo gesto, no sentir en su mejilla el suave arrullo de su respiración, y en sus pechos juntos sólo se oían los latidos de un corazón acelerado. Poco a poco, se levantó y se sentó en el borde de la cama, observando el cuerpo inerte de Alejandro, y vio sus manos y sus brazos, en donde se había mezclado el sudor de ella con la sangre de él. Tocó, con cierto temor, el cuerpo que se desangraba, y dejó las huellas de sus manos plasmadas en su piel. Después extendió, como si se tratara de pintura sobre el lienzo, el líquido rojo que había humedecido las sábanas y llenó con él ambos cuerpos, tanto el vivo como el muerto, cuando la razón le empezó a advertir que estaba yendo demasiado lejos. Mas la voz de la razón era débil y lejana, sin fuerza suficiente para detener su ardiente y lúgubre pasión. Lidia retozaba, más libre que nunca, con el cuerpo frío e inmóvil de Alejandro, y el ligero sabor de la sangre penetraba en ella por medio de su lengua de vampiresa, y parecía que aquel licor vital era lo único que podría saciar su ser. Su tercer orgasmo fue el mejor de la noche, y cuando la euforia pasional terminó y se descubrió desnuda y cubierta de sangre, se alejó de la cama y permaneció vacilante, desesperada, sin poder experimentar la célebre locura de hablarse sola, por no saber qué decirse.

Descubrió las ropas de Alejandro esparcidas por el suelo, y se tumbó hacia ellas para percibir su perfume, puro y vivo. Reunió las prendas y las dejó sobre el tocador. Después, tomó el rígido cuerpo de su amante inanimado y lo llevó a la regadera. Se bañó junto con él, extasiada por la sensación de sus cuerpos húmedos, y mientras le lavana la sangre, seguía besándolo y acariciándolo sin freno y a su total antojo. Lo secó y lo vistió de nuevo, colocándole cada pieza con ayuda de su boca, mordiéndolo todo con un amor insano y desquiciado. Lo sentó en la misma silla que había ocupado durante la cena, cuando todavía estaba vivo, yluego ella se vistió y encendió las velas del comedor, y se sentó junto a él. Repartió una serie de esos fugaces en su cuello y tuvo el placer de desvestirlo de nuevo, de manejarlo a su gusto, como un muñeco helado, de escuchar lo que quería escuchar y lamer lo que quiso lamer. Se echó con él al asuelo para no volver a llenarse de sangre en la cama, y no cesó en su inaudita pasión hasta que volvió a reventer de goce.

(...)

A las once de la mañana, Daniel regresó a la casa, esperando que Alejandro y su amante se hubieran levantado temprano para no encontrarse en la bochornosa situación de sorprenderlos todavía en la cama,
desnudos y dormidos. Para su mala fortuna, justo así los encontró, o peor. Las paredes estaban manchadas de sangre, y Lidia abrazaba el cuello, ya morado, de Alejandro, mirando con los ojos vacíos el inmenso cielo de la ventana, abierta otra vez.

-Lidia... ¿qué pasó?

Ella no respondió. Daniel sabía lo que había pasado, Alejandro no paraba de contarlo los intentos que ambos habían hecho de matar gente o de matarse entre sí tantas veces... Lidia conservaba una extraña expresión de dolor en el rostro... Sólo cuando se acercó lo suficiente a la cama, Daniel se dio cuenta de la herida en la espalda de su amigo, y encontró el cuchillo homicida, que seguía clavado en el pecho desnudo de Lidia.

(FIN)