1. El otro día estábamos en la fonda donde siempre comemos. No pica, nos dicen, pero esa es una mentira recurrente con la que hemos aprendido a vivir aquí en el DF: si tiene chile, pica, aunque te digan lo contrario. Cuando terminamos y salimos a la calle, comenzó a llover. Lo primero que pensamos fue "¡los periquitos!". Los habíamos dejado afuera. No a la intemperie, sino en el techo que cubre los lavaderos, pero aún así, no les gusta la lluvia, y siempre los estamos cuidando del viento. Tuve que correr mientras veía que cada vez caían gotas más y más gruesas. Subí las escaleras como un rayo hasta que llegué a la azotea, dos pisos arriba. Se me acababa el aire. Ni siquiera alcanzamos a meter la jaula a la casa: la tuvimos que resguardar en el cubo de las escaleras. Estuvimos atrapados como 30 minutos mientras el granizo caía sin piedad, destrozando las pobres plantas del balcón. Los periquitos estaban asustados, pero al menos no se mojaban ni tenían frío. Yo sólo pensaba en todos los miles, quizá millones de otras aves que viven en los árboles, que se alimentan de basura. En todos los nidos que tumbó el granizo. Estúpida lluvia.
2. Después de la cirugía no he sentido que haya retomado mi vida en el punto donde la dejé. Aún me siento raro saliendo a la calle, hablando con la gente... He tratado de llenar estos huecos enfrascándome en proyectos nuevos, pero como siempre, acepto más de lo que puedo mantener. Debo quedarme sólo con lo que puedo manejar. No está bien esto de siempre estar ocupado. Ni siquiera gano tanto dinero como para eso.
3. Nunca imaginé que tener periquitos pudiera implicar tanto trabajo. Levantarnos temprano para destaparlos, lavarles con agua y jabón las bases de la jaula y los trastes de agua y comida, las perchas donde pasan la mayor parte del día, ponerle su pomada y sus gotas a Rómulo sin que haya una mejora aparente (aún no le salen las plumas de la cola), servirles sus semillas de desayuno, alpiste, mijo o avena, y agua fresca y limpia por si se quieren bañar. Una hora después hay que volver a limpiarlos, volver a llenar los trastes, esta vez con croquetas (sí, hay croquetas para aves, ¿qué pensaban?), alguna verdura o fruta, les encanta la espinaca y ahora hemos descubierto que también la acelga, zanahoria, manzana, papaya ni siquiera hicieron el esfuerzo por picarla, pero ya le hallarán el gusto. Y así todo el día, estar al pendiente de que no peleen, de que tengan siempre comida limpia, taparlos antes de que se meta el sol para que descansen tranquilos... Pero con todo este trabajo, no los cambiaría por nada del mundo. Me encantan.
1. La creatividad se ha vuelto una parte fundamental en mi vida laboral y cotidiana. Ser creativo, imaginar nuevas maneras, de sobrevivir y de hacer bien las cosas, de relacionarme con las personas, de maximizar mi tiempo, de aprovechar las oportunidades... Nuevas maneras de decir no, y de decir sí (por ejemplo, hoy leí que sólo hay que decir sí cuando pensemos "hell yes!") para ser más felices y hacer sólo lo que queremos hacer, decir sólo lo que queremos decir y que la frustración no sea una constante de nuestro día a día. Y como este blog, desde hace muchos años, me ha servido como refugio personal para escribir por escribir y desahogarme y tener más claridad en mis ideas, creo que es justo y necesario retomarlo. Por si queda todavía alguien en este mundo que se interese por una ventana vouyerista a la cabeza de alguien más, que es donde encontramos las cosas más útiles y más fascinantes.
Para mí no es ninguna sorpresa. Desde que tengo memoria me he atormentado a mí mismo con una inverosímil e irracional nostalgia que no me deja descansar ni disfrutar de lo que tengo o de lo que tuve. Todo el tiempo es pensar en lo que dejé, en el tiempo que ha pasado, en los recuerdos que se esfuman como si fueran nubes en el cielo, arrastradas por la carretera interminable. Como si mi ser no terminara de luchar por todos los rincones que me faltan por conocer contra todos los lugares en los que he sido feliz. Quién lo diría, andar el mundo es más difícil de lo que te cuentan.
Me la paso haciendo planes que no sé si se concretarán, que la mayoría de las veces solo quedan en eso, porque ni una memoria, ni una añoranza de lo que pudo haber sido, ni para eso hay espacio en mi cabeza, solo para lo que ya fue, lo que se perdió en el vacío, el tiempo, los lugares, las personas que fuimos, los momentos con los seres queridos, la terrible certeza de que todos, alguna vez, habremos de abandonar este mundo, y entonces sí, ahí estará el reproche, el por qué no pasé más tiempo con fulano, por qué permití que la distancia nos separara, que el tiempo se nos escurriera por la borda.
Soy una de esas personas que lo único que desea es cargar con todo y con todos por el resto de su vida, pero que sabe que no lo logrará, así que se lamenta. Digo una de esas personas porque estoy seguro que hay más como yo sueltos por el mundo, queriéndolo todo al mismo tiempo. Irse, estudiar lejos, tener un trabajo decente, y al mismo tiempo quedarse, cuidar de los que uno quiere, o simplemente hacerles compañía, echarles una mano, prestarles un hombro, dedicarles una palabra o una lágrima. Conocer cosas nuevas y que las viejas no se terminen. Lo cierto es que si un sacrificio no importa, es porque no es un sacrificio.
No sé si algún día se me quitará esto, sospecho que no. Siempre seguiré añorando los días cálidos, impasibles en mi casa, cuando miraba por la ventana y se tejían esas historias en mi cabeza, las tardes dibujando mientras alguien me observaba y me decía Que bien dibujas, las calles con los amigos de la infancia, corriendo en bicicleta o jugando videojuegos, el calor de mi mamá abrazándome por la noche, cuando estaba enfermo, su mirada igual de tristona y nostálgica que la mía, la infancia de mis hermanos que duró tan poco y que todavía no concibo que se haya terminado. Y siempre se librará en mí esta lucha, porque quiero asegurar lo que viene, sin soltar lo que tuve, aunque sepa que ocupan el mismo lugar o que no puedo conservar ambas cosas.
Si hay un destino para mí, es ese. Cargar con todo. O al menos intentarlo, y sufrir porque no puedo.
Es que en el fondo creo que tienes razón. Que todo esto que está pasando, no puede volvernos a pasar, y que la única forma de lograrlo es dejarnos ir. Pero, ah, el dolor. El dolor y los recuerdos, que tanto pesan, que tanto nos atan. El dolor a equivocarnos, a equivocarme, no puedo hablar por ti, porque a ciencia cierta no sé lo que pasa por tu mente, por tu corazón. Por el mío, pasa el dolor, una opresión tremenda en el pecho, una espina clavada irremediablemente, para siempre jamás, porque sé que no importa si seguimos juntos, no se va a quitar, porque sé que no podré negar esta parte de mí (por muchas razones: porque no creo en la moral, porque cuestiono lo que aprendí, y lo más importante, porque creo que es parte de mi esencia, como dices), y que eso te lastimará, tarde o temprano, y que no estás dispuesto, ni yo, y entonces, así visto, es lo mejor. Fríamente, calculadoramente, es lo mejor. Pero me puedo equivocar.
La peor parte es que si me equivoco, una marcha atrás será difícil, y no será justo para nadie. Pero, ¿qué va a ser de mí, después de todos estos años juntos? ¿Qué voy a hacer sin ti? No es tu problema, lo sé, pero he dependido tanto tiempo de ti, de tu aprobación, de la seguridad que me haces sentir. Tengo miedo, porque aunque sé que estoy dispuesto, porque si me dieras a elegir, me quedaría contigo sin pensarlo, pero no quiero seguir siendo deshonesto, no quiero ocultarte nada, y si lo consigo, invariablemente, te voy a lastimar, y tampoco eso quiero.
Así que, del modo en que lo vea, estoy jodido. Jodido si me quedo, jodido si me voy. Jodido si me quedo porque la única forma que tengo de quedarme es siendo sincero y pidiéndote ayuda, porque ya no quiero engañarte; pero al hacerlo, te haré daño, al decirte lo que siento, y no es justo; porque si no lo hago así, si me dejas solo con mi dolor, no estaré bien, y tú te mereces a alguien que pueda sentirse a gusto. Y si me voy, tal vez seré libre para experimentar esta parte de mí, tal vez me de cuenta que en realidad sí era una curiosidad absurda y un error garrafal, y aunque ya no habrá marcha atrás, al menos ya no lo volveré a repetir; pero no te tendré, que es lo que más quiero en este mundo. Tenerte y hacerte daño, o dejarte ir y no hacerte mal. Estoy jodido.
Mientras tanto, estamos juntos, porque han sido años y no podemos estar de otra forma; hay una fuerza centrífuga que va a tardar en detenerse, si es que nos separamos. Pero al final pasará, y me tendré que ir, o tú te irás, y en eso no hay marcha atrás, y saberlo y tener que esperar es insoportable. Porque mientras esté aquí, la esperanza sigue, y el miedo, y la angustia de saber que muy probablemente sea una esperanza vacía, que nada cambiará y que al final no habrá remedio.
Paradójicamente, creo que esto, estar así, es mejor todavía, a simplemente estar sin ti. Si es o no sano, es algo que no me he puesto a pensar todavía.
Si me das a elegir entre tú y mis ideas aunque yo sin ellas soy un hombre perdido
Si me das a elegir entre tú y la gloria pa' que lleven la historia de mí por los siglos
Si me das a elegir entre tú y ese cielo donde libre es el vuelo pa' llegar al olvido
Si me das a elegir... Me quedo contigo...
Si me das a elegir entre tú y la pereza con esa grandeza que lleva consigo
Si me das a elegir me quedo contigo
Porque me he enamorado y te quiero y te quiero sólo deseo estar a tu lado soñar con tus ojos, besarte los labios...
Hoy, apenas enciendo la computadora y me encuentro con esta terrible noticia. Hemos perdido a un gran ser humano, a un gran intelectual, lleno de pasión, de utopías, una gran inspiración. A los 87 años, en Lanzarote, España, ha dejado por fin las ataduras de la vida para dar paso al vacío. Pero su obra, sus increíbles relatos, sus fantásticas noveles, que encierran lo más íntimo de la esencia humana, estarán para siempre, y él vivirá a través de ella, sirviendo para hacer de este mundo un lugar mejor. Me duele en el alma esta pérdida, pero no hay nada qué hacer. La vida termina, y no hay marcha atrás.
Hasta siempre, José. Toda mi admiración, mi respeto, mi inspiración.
«Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.», José Saramago (1922-2010)