30/1/06

Eva y Adán (2/2) (Republicado)

Eva y Adán

Pero Adán se olvidó por un tiempo del árbol, y empezó a seguir sus instintos primarios, irresistibles ante las pronunciadas curvas de Eva, una mujer recién hecha, de semblante casi infantil, rubia y larga cabellera, manos delicadas, labios rojos, y un olor extraño a flores, extraño y atrayente. Pronto ambos comenzaron a experimentar, descubriendo el placer de tocar sus cuerpos, de besar sus cuerpos, de ensamblar sus cuerpos con una perfección que sólo podía ser obra del mismísimo Dios, quien los observaba desde su magnífico trono como un simple vouyerista mientras hacían el amor con todo el vigor de dos adolescentes. "Ahora sí esto es el Paraíso", pronunció Adán, después de que Eva, exhausta de pasión, se dejara caer sobre su cuerpo sudado. No había más, nada de rituales sociales y plásticos, nada de juegos previos ni de desvestirse, nada de apariencias ante nadie. Dos cuerpos solos y desnudos, no necesitan nada de eso. Dios se dio cuenta, y cuando se aburrió, cuando el Edén ya era un lugar monótono y horrible, los echó.

Despertó en la pareja la curiosidad, y ambos rondaban el árbol, deseosos de conocer qué pasaría si comieran de él. Los frutos habían crecido, eran jugosos y emitían perfumes irresistibles. Sin poder evitarlo, Adán arrancó uno de los frutos, y se disponía a comerlo, pero Eva se lo arrancó de las manos. "Espera. antes, pregúntale otra vez por qué no". Adán la miró y se tranquilizó, pero sabía que comerlo ahora era inevitable.

-Por qué lo único que nos prohibiste fue comer el fruto.
-Porque soy Dios, y hago lo que se me antoja.
-Entonces lo descubriré yo mismo.
-Sabes lo que pasará. Te echaré al mundo vulgar, y jamás volverás.
-Sí. Lo sé. No me importa.

Adán regresó con Eva. "Comámoslo". Pero Eva, temerosa aún, se lo ofreció al hombre. "Comeré si tú comes". Adán se lo quitó, lo miró por última vez, y lo mordió. Luego se lo pasó a Eva, y ella también mordió. Pero nada pasó. Hasta que unas nubes de tormenta comenzaron a formarse en el horizonte, y ellos, Eva y Adán, fueron privados por primera vez de la luz del sol. Sólo se oía la voz de Dios, rugiendo de furia entre las nubes, y los rayos que lanzaba, destruyendo el Edén.

(FIN)

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[Parte uno]

25/1/06

Eva y Adán (1/2) (Republicado)

Eva y Adán


El sol del mediodía anulaba las sombras en el jardín del Edén. Adán paseaba de la mano de Dios, gigantesco y omnipotente, quien le explicaba lo que había venido a hacer al mundo. "Te hice para entretenerme" le dijo Dios, y Adán, todavía ignorante de su propia insignificancia, lo tomó como una broma. No se había dado cuenta aún del poder que aquel hombre altísimo de blancas barbas había necesitado para darle vida y razón a una figurilla de barro. "Polvo eres, y en polvo te convertirás", y al pronunciar esta terrible sentencia, Adán sintió la vida y por vez primera, que se moría, como cuando a uno se le atora algo en la garganta y no puede respirar, y al lograr escupirlo siente uno que vuelve a nacer, o que nace por vez primera, porque nadie, excepto Adán, recuerda qué se siente nacer.

Pero dios tenía otros asuntos, el tiempo se agotaba y había decidido ya que a partir de aquel momento no se añadiría ni un solo átomo más a la Creación, y Adán se sentaba junto a las bestias salvajes, todavía en paz sin ningún arma que los amenazara, y se aburrían juntos. Adán se bañaba en su manantial preferido, se echaba al pasto a observar las nubes, y de vez en cuando se acercaba al límite del edén, y podía ver, en toda su extensión, el sombrío mundo vulgar, desolado, donde el sol no brillaba, y la vida era hostil y egoísta. Dios sabía que de seguir así, su única compañía terminaría cruzando el límite hacia el mundo vulgar en busca de algo qué hacer, pues la soledad de su pecho era tan inherente a él como la vida misma. Así que llamó a Adán, y con un rápido movimiento le arrancó una costilla, y el hombre sintió que volvía a morirse. "No te apures", le dijo Dios, "no te morirás hasta que a mí me dé la gana", y Adán dejó de sangrar. Con la costilla en la mano, Dios tomó unos granos de polvo del suelo y sopló, creando una masa deforma que latía como un corazón enorme. Dios la fue moldeando, formando sus figuras, pensando en cómo hacerle un complemento a Adán.

-Ya está.
-Qué es.
-Una mujer. Eva.

Adán vio cómo Eva respiraba por primera vez, y sonrió. Comenzó a sentir algo, algo inexplicable, quizá inexistente hasta que Eva apareció. "Qué esperas, muéstrale el Paraíso", y Adán tomó su mano, obedeciendo el instinto, y la condujo por los verdes campos del Edén. Le mostró el valle, las montañas, los ríos y las cascadas, los animales, las cuevas, las playas... y el árbol. Pronto, muy pronto, Eva sintió curiosidad y preguntó a Adán por qué dios había prohibido el fruto de ese árbol. Adán, reflexionando, supo que eso era lo único que dios no había querido decirle.

(CONTINÚA)

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[Parte dos]

24/1/06

Probabilidades

Probabilidades

Vendarse los ojos o no fue en realidad la decisión en la que más se detuvo a pensar. De pie, en medio del cuarto, Idelfonso contempla la nada, se le ha perdido la mirada dos segundos antes de sentarse en la silla de madera que compró para la ocasión, pues piensa que sin venda podrá contemplarse a sí mismo, sus expresiones, el sudor, la adrenalina, el cañón del arma en la sien, el tambor girando al accionar el disparador, incluso, si pone la atención suficiente, la explosión de la descarga y la bala penetrando el cráneo, si esa fuese su suerte; en cambio, con los ojos inutilizados, toda la atención se la llevará el latido acelerado del corazón, la sensación de vértigo que lo conduce al éxtasis de su vida, un éxtasis que, por una ironía inevitable, sólo alcanza con la cercanía de la muerte, y sentirá el frío del metal en la piel, el peso del peligro y del destino sobre él, el dedo jalando el gatillo tres veces con la mayor lentitud del mundo para que la emoción se prolongue, en fin, podrá concentrarse en esas y otras tantas sensaciones. Tres minutos lo ha pensado, y prefirió quitar la silla de enfrente del espejo y ponerse la venda negra.

Éste, sin duda, es su volado más extremo. Pero no lo hace para retar a su suerte, sino para sentirse vivo, para provocar a la muerte, atraerla con insinuaciones cínicas para sentir casi en la piel el filo mortal de su guadaña y burlarse de ella al darse cuenta que todavía respira. Todo empezó el día en que se subió por vez primera a una montaña rusa, siendo todavía un niño. Hasta los 17 años fue un asiduo visitante de parques de diversiones, subiéndose a los juegos mecánicos que hasta a los más temerarios ahuyentaban, luego se aficionó por las caídas libres, los deportes extremos, los animales salvajes e incluso el escapismo. Desde entonces ya han pasado muchos años, y ni la vitalidad ni la juventud de Idelfonso son las mismas, pero la euforia que siente al poner en riesgo su vida, esa no ha disminuido.

Busca a tientas, entre la oscuridad sólida que le proporciona la venda, el respaldo de la silla, se sienta, abre la recámara de las balas, toca con los dedos los seis agujeros y elige uno, donde introduce una, gira el tambor con fuerza y lo cierra de nuevo. Ha decidido que jalará del gatillo sólo en tres ocasiones, pues la posibilidad de sobrevivir es un elemento principal en la acción. Se coloca el revólver en un costado de la cabeza, y siente el cañón frío y duro presionándole el cerebro. Su corazón se ha precipitado, su respiración va en aumento. Idelfonso traga saliva, aprieta los párpados, trata de controlar el terrible temblor de su mano. Como los suicidas, ha dejado una nota a su mujer y a sus hijos, en el caso de que no tenga la suerte necesaria, aclarando que fue feliz viviendo y que murió sintiéndose vivo, y pleno.

Basta de titubeos, piensa Idelfonso, confiado en que las probabilidades están de su lado. Cinco de los seis disparos no tienen ningún efecto, Idelfonso lo sabe, pero la certeza de que el restante le volará los seos es tal que ya se siente mareado. Idelfonso toma una profunda bocanada de aire, estira lo más que puede la espalda, alza el codo, acciona el disparados, jala el gatillo y ¡¡Bang!!

Pero su grito, provocado por la emoción, no alcanzó a salir de su boca, y si lo hizo, fue opacado con brutalidad por el estallido del disparo que llenó de sangre el piso de la sala y la nota no-suicida del, ahora, difunto.

(FIN)

21/1/06

Placer enfermizo

Placer enfermizo

No parece pensar siquiera en el siguiente movimiento. Sólo fija su mirada en el objetivo, analiza los obstáculos, planea la mejor ruta, todo en una fracción de segundo, y sale disparado con toda la vitalidad de sus cinco años. El pequeño Nicolás corre una distancia de diez metros, esquivando a las personas que se atraviesan en su camino, aunque más bien es él quien se atraviesa en el camino de las demás personas, con una sonrisa deslumbrante, purísima, pintada en la cara de oreja a oreja, y agita sus bracitos para darse impulso, intentando llegar cuanto antes al bote de basura que representa su meta, como si de ello dependiera su existencia propia. Yo lo miro, de pie, desde cerca; tan cerca que me ha pasado por enfrente en sus ya tres carreras contra nadie, a sólo un palmo, y sería tan sencillo para mí frenar su loca y angustiante carrera y darle una lección a este insolente con tan sólo extender mi pie derecho, como para estirarlo nada más, nadie notaría nada, nadie pensaría que el culpable he sido yo porque no se puede ser tan amargado siendo tan joven, y como uno de los dos debe tener la culpa, será él, Nicolás, por andar corriendo como desquiciado por el andén, sin fijarse bien. Siento tanto placer, un placer enfermizo y difícil de ignorar, con sólo imaginar el momento, sus diminutos pies chocando contra la punta de uno de los míos, enormes, que se escondería de inmediato detrás del otro mientras el cuerpecito del infante es atraído hacia el centro de la tierra por la fuerza de gravedad, las manitas tratarán de detener o amortiguar el choque inevitable atravesándose entre el suelo y el resto de su ser, pero aún así, por la velocidad y porque las leyes de la física jamás fallan, el niño Nicolás se impactará en el piso, primero las valientes e instintivas manos, luego las frágiles rodillas, el pecho, el estómago, y, con algo de suerte, también el rostro, y el dolor, el susto, no van a tardar en llegar, y éstos traerán el llanto, instintivo también, que será para mí, en esta analogía imaginada, el clímax de mis sentidos, el orgasmo de mi malignidad y perversión.

Ya es la sexta vez que Nicolás repite la cada vez más absurda operación, retando la autoridad de los mayores y sus buenas costumbres, las cuales ordenan no correr entre la gente. Lo miro con discreción, oculto mi sonrisa maliciosa, levanto la cara y de reojo veo cómo el mocoso se acerca a toda velocidad y me preparo para liberar mis demonios internos. En el momento oportuno, estiro un poco el pie derecho, lo suficiente como para que interrumpa el ritmo de Nicolás y éste caiga, caiga sin remedio y se estrelle contra el suelo. Ya sólo espero las lágrimas para coronar mi horripilante acto. El mundo entero se queda en silencio un segundo, Nicolás se queda quieto un instante, contemplando el suelo desde muy cerca, y cuando mis oídos ya se disponen a escuchar la gloria de su dolor, el mocoso se levanta del suelo sin ayuda de nadie, se sacude como si nada hubiera pasado y, con la misma impertinente sonrisa, reanuda su inaudita carrera mientras yo lo observo tratando de disimular mi coraje.

(FIN)

20/1/06

La Negrita

La Negrita

y bueno el cuento de la negrita sigue así:
después de haber viajado tanto por todo el país
regresa a su costa amada pa'seguir en el malecón gritando
vendo pescado frito con limón

y si supieran las cosas que pudo ver
que no se parece nada a los sueños de su niñez
la negrita no comprende de dónde fue que salió el cuento ese
que en otro lugar vives mejor...

porque es muy fácil de pensar
que hay que viajar para triunfar
que aquí no hay oportunidad
que en otro lado sí la habrá
y aunque experiencia ella adquirió
nunca se pudo olvidar
que su cadera al caminar
lleva el ritmo de la mar...

por eso un día nublado se regresó
y vio que acá en su puerto siempre calentaba el sol
y cuando alguien le pregunta
de las cosas que aprendió contesta
que viajar a veces no es mejor...
que quedarse al sol es lo mejor...
que vende pescado con limón...
que si lleva uno lleve dos...
porque al rato ya se acabó...
que ella prepara siempre el mejor...
como este no hay dos en el malecón...

ah, pero eso sí, duro el trabajo
no se vaya uste' a dormir
como dicen que pasó
a mi amigo el camarón
o como al señor cangrejo
que por andar de crustaceo
se lo comieron al ajo
o como a este pescadito

que tiene el ojito azul
creo que viene de lejos
y mire dónde fue a dar...

J. A. Rangel/ E. Rangel